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Esta criatura de alta soledad y vuelo invicto transmuta en múltiples dimensiones que han incidido desde siglos en el espíritu de los hombres. En el transcurso de diversos viajes por el Perú, contemplé durante horas decenas de cóndores sobrevolar a pocos metros, en el Cañón del Colca. Perpleja y conmocionada por el imperio de su sombra, intenté transmitir en estos poemas los ecos de su silencio y la extensión universal de su mensaje.
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Seitenzahl: 28
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Casiraghi, María
Condor / María Casiraghi. - 1a ed. - Florida : El Cedro Azul, 2020.
libro digital, EPUB
archivo digital: descarga / isbn 978-987-8439-02-0
1. Poesía Argentina. I. Título
CDD A861
Ficha técnica Imágen de portada: Monte León, huellas, fotografía de Marta Caorsi Diseño y maquetación: [email protected]
Contacto [email protected]
Lugar de publicación: Florida, Buenos Aires, Argentina
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento, sin permiso previo del editor y/o autor.
A Iulan y Teuco, mis dos alas.
Si quieres ser el primer hombre de la tierra abre estas rocas, ahora.
Habrá tiempo después para pintar las cuevas.
Como el silencio, refúgiate en los tímpanos de la montaña oye solamente la fe de la naturaleza.
Que se apaguen los otros esos que esperan como tú que suban el telón los buitres.
Porque esta butaca es tuya.
Pero el tiempo, impune, se ha vuelto desertor.
Paciencia estos parajes de América no escupen tiempo ni sangre
son espejos de arena donde hasta el viento se detiene para verse con sus alas incesantes moviendo la historia.
Verás lo que puedas ver.
Verás solamente lo que ellos quieran que veas.
Siempre en el mismo planeta cansado de los mismos paisajes pides un vuelo ajeno que te haga temblar
planeando lentamente en tus sigilos mirando todo desde arriba creerás que es tuyo también el paraíso.
Las aves saben que nunca se alcanza el cielo.
Su don es hacerte esperar.
El espacio de sus viajes es de carne es materia.
No es tiempo de abandonar la tierra aún es tu lugar, tu precipicio.
No salen de sus nidos no se oye siquiera el aleteo de ayer de años atrás.
Habrá que aprender que la era de la siembra humana no comparte relojes con las horas de las aves (las madres cóndoras sólo amamantan su instante y cultivan terrazas sin época para que nada suceda).
Habrá que esperar que los cóndores digieran la mañana la vendimia en la altura es siempre suave como el agua que baña a los niños como llovizna que roza las campanas.
Ellos recogen corazones recién muertos y los comen
para duplicar su alma.
Esta mañana, somos iguales extranjeros y americanos esperamos la misma revelación hombres y mujeres buscando en la atmósfera energías que ya no da la tierra.
Todos juntos, promiscuos y apunados por desear la altura del tiempo.
Niños que aún creen que saltando llegarán a Dios.
Tanta inquietud tantos suspiros desmesurados de los hombres hacia el misterio retumba cada mañana en el fondo del cañadón.
Pero hay un eco que no es nuestro más allá del río, en la piel de las piedras.
Su sonido se nutre de la templanza del cóndor y al resonar en las rocas
