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San Benito es una pequeña localidad del interior de la provincia de Tucumán. En su escuela conviven los resabios de un pasado plagado de injusticias, un presente de individualismo arraigado, y el silencio ensordecedor de los niños. Al mismo tiempo, la soledad de Aurora, una jovencita ignorada por sus compañeros, hará mella en su madre. Ella vivió en carne propia esa misma situación y vio cómo muchos de los que fueron sus compañeros de escuela, hoy ya adultos, parecen escapar de esa sociedad que los condenó al olvido de alguna manera. El amor entre madre e hija, como una fortaleza sublime, la llevará a reflexionar sobre su visión pasiva sobre esa realidad ignominiosa que ahora golpea a su hija. Cartas, un reencuentro con el pasado, y un discurso, serán las herramientas que la mujer encontrará para dilucidar esa sinrazón imperante. Así podrá enfrentar esos abusos, al parecer ensañados con esa familia y con los que fueron y son dejados de lado, por ser considerados diferentes o extraños. Esta historia, cargada de pasiones y conflictos sin resolver, se desarrolla en distintas etapas del siglo XX. En ella convergen diversos acontecimientos de la historia que estarán presentes, aunque de forma breve. ¿Acaso un acto de rebeldía podrá quebrantar ese mandato social tácito? ¿O el miedo, una vez más, prevalecerá? ¿El temor seguirá siendo el mecanismo de defensa para sobrevivir a ese universo que silencia a "esos invisibles"?
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Seitenzahl: 103
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Sánchez, Karina Alejandra
Nosotros, los invisibles : Los olvidados de la escuela El Libertador / Karina Alejandra Sánchez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
91 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-743-7
1. Narrativa Argentina. 2. Narrativa Histórica. 3. Novelas Históricas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Sánchez, Karina Alejandra
© 2021. Tinta Libre Ediciones
A mis hijos
«…y un buen día la aurora nos trajo una promesa, el sol esperanzas, y Dios los colores que años atrás nos fueron arrebatados por el olvido. Hoy nuestras almas se nutren y recobran fuerzas por las maravillas que da el amor y el perdón».
Nosotros, los invisiblesLos olvidados de la escuela El Libertador
Karina Alejandra Sánchez
Capítulo I
Un día de sol, tu mundo gris
22 de septiembre de 1989
Aurora, querida hija:
Tal vez, cuando leas esta carta serás toda una mujer. Te preguntarás por qué te escribo sin saber cuándo la recibirás, realmente ni yo lo sé, tal vez crea que no es el momento para traerte a esta cruda realidad que te rodea, mejor dicho, que nos rodea. Quizá, temo no llegar a verte convertida en “mi hija adulta”, ¡qué raro que suena todo esto! Pasaré a contarte sin más rodeos qué fue lo que me llevó a escribirte.
Ayer fui por tu escuela, esa en la que en algún momento también fui alumna, pensé que te alegraría que fuese de sorpresa y te llevara tu chocolate preferido, ese que compramos y te olvidaste de llevar. Sé que ya no vas al quiosco porque nunca podés comprar nada, todos te empujan, te piden tu lugar, muchas veces te quitan de la fila por la fuerza para que ellos puedan hacer sus compras. Al final, siempre te quedas al último, sin poder llevarte nada, toca el timbre y encima te llaman la atención por llegar tarde al aula. Sé que ya ni lo intentas, por eso quise darte una sorpresa. Una vez me dijiste que te gustaba cuando te iba a buscar dentro de la escuela, decías que te hacía sentir importante ante los demás, mi sol, ¿cómo podés pensar así? Sos un ángel que llegó a un lugar equivocado que no te merece. Según vos, todos verían que no estabas sola, no se reirían de vos, ni te mirarían raro al verte con alguien que se interesa por vos, pero a la sorpresa me la llevé yo. ¿Cómo puede ser que el día del estudiante, cuando se supone que todos los chicos están felices divirtiéndose, vos estés sola sobrellevando tus doce años con padecimiento? Ese triste cuadro jamás se borrará de mi mente.
Vi y viví cosas muy tristes en mi vida, pero lo de ayer me rompió el corazón; fue como si existieran dos mundos paralelos, uno donde todos eran felices bajo un hermoso día soleado, y otro, el tuyo, totalmente gris donde reinaba la soledad, solo esta te hacía compañía, qué paradójico, ¿no? Estabas al borde del llanto, y a la vez como ausente, como si quisieses escapar de esa realidad tan ingrata que te retenía en aquel lugar, pero no lo lograbas, estabas parada, ni siquiera apoyándote del pequeño árbol que tenías al lado, ni él podía soportar el peso de tu dolor.
¡Tan linda que te veías con tu enterito de jean y tus trencitas! Tenías colgada tu mochila de un hombro, allí llevabas una gaseosa y galletas que nunca llegaste a compartir con nadie porque nadie se percató de tu presencia. El hecho de haber llevado las galletitas y la gaseosa representaba una pequeña esperanza de que te llamen a la mesa donde todos compartirían alegres. Con una mano cruzada te tapabas tu pancita (tantos complejos absurdos que envuelven a las adolescentes), con la otra, te sostenías el flequillo con la intención de que cubriera todo lo posible tu carita triste. Seguro sentías que no le importabas al resto, por eso tal vez querías irte a tu mundo de fantasías, a ese que en muchas oportunidades solías refugiarte, pero tu rostro de ángel dejaba ver que hasta este te había abandonado.
Sentí ganas de llorar, de sacarte de allí, de rescatarte y gritarle a todo el mundo lo descorazonados y malvados que eran, pero no, no era maldad, quizá era desidia y falta de empatía, tal vez egoísmo… ¿hacían daño? Sí, pero tal vez ni ellos lo sabían. La rabia y dolor me invadieron, no supe cómo reaccionar. Al final, me acerqué, te abracé, y nos fuimos de ese lugar que te lastimaba, que nos lastimaba. Sé que te costará mucho recuperarte de aquello, pero fuerte como sos, lo lograrás.
Mi niña, ¿cómo fue que te pasó esto? ¿Tal vez, ya grande como estás, te diste cuenta de aquellas miradas acompañadas de “esos comentarios”? Aún vive en mí aquel día que nuestro país salió campeón en el Mundial de México 86, eras tan chiquita, escuchabas los gritos de alegría de tu padre y lo abrazabas, se abrazaban, salieron a la calle envueltos con banderas, vos ibas en tu bicicletita, le habías puesto dos banderitas en el manubrio, llevabas una vincha celeste y blanca y cantabas “Vamos, vamos, Argentina”. Apenas se entendía lo que querías cantar, pero a vos no te importaba, cuando te oían y reían, vos les devolvías la sonrisa, tu inocencia te protegía por entonces. Esos momentos de felicidad fueron desapareciendo en vos, veo cómo te vas apagando de a poco, tu única compañía hoy, aparte de tu mundo de fantasías, es la televisión, creo que, en tu cuarto, encerrada te sentís más segura rodeada de tus peluches. Tengo miedo de que te rindas para siempre, lo de ayer me causó terror, terror de que caigas en un pozo depresivo. Sé que hay muchas personas que serían excelentes amigos, solo tenés que tener paciencia, ya aparecerán, no cambies ni abandones las esperanzas, mi bonita.
Hace solo unos años el papa Juan Pablo II vino de visita a nuestro país, con la familia fuimos al aeropuerto a verlo, fue tan emocionante, mi niña, seguro te acordás, con tus banderitas en manos, una de Argentina, la otra papal, cantabas feliz, llena de esperanzas, aún creo escucharte:
¡Bienvenido, bienvenido!
Aquel que llega
en nombre del Señor
bienvenido, santo padre
a ver
a tus hijos…
Recuerdo que vos estabas rodeada de gente grande, conversabas con todo el mundo y no parabas de hablar del santo padre. ¿Qué pasó con esa niñita feliz?
Muchas veces, nosotros, a los que llaman “raros”, también sufrimos la ley de la selva, están los que tratan de “encajar” a cualquier costo, los que se juntan entre ellos y tratan de sobrellevarla, y están los solitarios, esos somos los que peor la pasamos.
Te recuerdo que cuando niña solías ser un “cascabelito”, eras feliz, mi amor, con tu inocencia, es que aún no te dabas cuenta de que muchos eran los que te veían de esa forma tan odiosa. Yo te quería proteger de los que te molestaban, o los que te culpaban por todo, incluso por lo que no hacías; pero tu maravillosa existencia lo ignoraba, solo querías jugar con esos niños, porque para vos era normal que los chicos jueguen con otros chicos. Eras tan sociable, tan simpática, tan… rechazada. Hoy siento culpa por querer cortar tus alitas para que no te lastimaran, ya que a los demás les incomodabas con tu vuelo de libertad, no lo comprendían, por eso a veces intentaba esconderte de ellos para que no te hagan daño, pero igualmente todo siempre terminaba de la misma forma:
—Mamá, la nena no se adapta, no sabe jugar y encima no se le entiende lo que habla.
—Debería llevarla a un lugar donde ella se sienta más cómoda. —«¿Para que ella se sienta más cómoda o ustedes?», me preguntaba.
—Que primero haga un tratamiento y después vemos si se la recibe nuevamente.
—Señora, su hija empujó a un compañerito. —(Nunca la seño vio la escena completa).
—¿Está segura de que a Aurora no le está pasando algo en la casa?
—No, señora, la nena no podrá hacer el viaje de estudios, tengo miedo, no sé cómo se comportará. ¿Y a la noche? ¿Cómo hago? ¡Es mucha responsabilidad para mí!
Le contesté irónicamente:
—Pero mire, señorita, que Aurora no se convierte en nada por las noches, ¿eh?
Era inútil, la única forma de que pudieras realizar el viaje era pagar a una maestra para que te acompañara, ya que mi trabajo no me permitía viajar. Tampoco me lo permitieron desde la escuela, ya que las demás madres también querrían ir. En fin, todo lo que hacías era extraño y la solución que siempre proponían era el cambio de escuela. Aurora Fuentes era, en realidad, la extraña para muchos de ellos, pero las mismas cosas en otros niños eran normales… “normal”, ¡que palabrita que me llegó a hartar!
¡Cuántas veces tuve que morderme los labios para no contestar de forma grosera! La realidad era que querían “sacarse el problema de encima” mientras intentaban hacerme entender de manera amable que vos, hija, no encajabas en ese mundo “perfecto” que se empeñaban en mantener; yo sentía que el mensaje era “señora, llévese el paquete a otro lado”. Sí, había otros niños “diferentes”. ¡Por Dios, como si todos tuvieran que ser iguales! Muchas de estas madres se dieron por vencidas.
Vos, siempre con ganas de jugar y de ir a las fiestas de cumpleaños que no te invitaban, terminabas llorando y diciéndome: “¿Por qué no quieren jugar conmigo? ¿Por qué no puedo ir?”. Tus cumpleaños, qué difícil (esta palabra siempre presente en nuestras vidas) era tomar la decisión de invitar a tus vecinitas, o a tus compañeritos de la escuela. Te recuerdo haciendo la lista de invitados, tu padre y yo sin saber cómo decirte que tal vez muchos “no puedan venir”, tantas veces lo habíamos vivido y vos jamás te resignabas. ¿Cómo terminaban aquellos días para vos? ¡Para el olvido! La mayoría faltaba, los pocos que iban se marchaban muy temprano, salvo una o dos nenas que sus padres demoraban en buscarlas. La única forma de levantar tu ánimo era hacer una cena por la noche con la familia, claro que a veces debíamos escuchar los comentarios desubicados de algunos, pero ahí te encontrabas con la gente que realmente te quería, que te ama.
Es increíble que hayan existido chicos que tenían miedo de vos, aun me acuerdo de una niña que lloraba porque no quería ir a tu cumple, no sé qué le causaba temor, tal vez tus abrazos y tu demostración de cariño. También estaban las que llegaban a casa y armaban grupitos, usaban tus juguetes y encima te los mezquinaban, el colmo era que se iban enojadas diciéndoles a sus padres que vos estabas peleando, nosotros veíamos aquella injusticia. En realidad, no existen niños malos, sino tal vez confundidos, inocentes; para eso estamos los padres, para enseñarles y educarlos con amor y el respeto al prójimo. Una vez me preguntaste si tu vecina de la esquina te tenía miedo porque te miraba desde cierta distancia y se abrazaba a las piernas de su mamá. Vos, con tus ocho años ya te dabas cuenta. Claro que lo negué, solo te dije que era una nena llorona, ¿qué más podía decirte?
Así, mi vida, de esta forma me di cuenta de que habías crecido, por estas cosas feas que te pasaron te diste cuenta de cuál era la realidad que siempre te había rodeado, de un día para el otro, esa bella flor se estaba cerrando irremediablemente ante mis ojos, queriendo escapar de este mundo ingrato que la aislaba.
Hoy, arreglando las cosas que ya no usás, vi un librito que amabas, tal vez te hayas olvidado que tu cuento favorito era Pinocho, te encantaba, pasabas los días viendo los dibujos de ese cuento. ¿Será que Carlo Collodi logró que te identificaras con esa marioneta que soñaba ser un niño real y ser aceptado por todos? Tan inocente y con tantas ansias de jugar, de explorar un mundo que a veces le era vedado:
Dime por qué eres así
tan revoltoso y juguetón
por qué huyes, ¿qué busca
tu alma inquieta?
¿Por qué razón te alejas?
