Notas del destino - Helena Nieto - E-Book

Notas del destino E-Book

Helena Nieto

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Beschreibung

Un profesor bohemio de violonchelo, un comienzo en una nueva ciudad y una búsqueda de los orígenes   Katia Ivanov decide empezar de cero en el lugar que vio nacer a su queridísima abuela Adelina. En su nueva vida en la ciudad, se enfrenta a desafíos y descubre nuevas amistades, entre las que destaca el encantador y talentoso Leo, un profesor en el Conservatorio donde ella también enseña piano. A medida que se adapta a su entorno se siente cada vez más atraída por Leo, cuya pasión por la música rivaliza con la suya. Mientras navegan por su creciente conexión, Katia lee los escritos de su abuela, lo que la lleva a una profunda introspección sobre su propia identidad y los orígenes de su familia. Dividida entre el presente vibrante con Leo y el pasado intrigante de su abuela, Katia se embarca en un viaje de autodescubrimiento y amor, aprendiendo que a veces, para encontrar nuestro lugar en el mundo, primero debemos entender de dónde venimos. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporáneo, histórico, policiaco, fantasía… ¡Elige tu romance favorito! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 456

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2025 Helena Nieto

© 2025, Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Notas del destino, n.º 426 - septiembre 2025

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor y del editor, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta edición para entrenar a tecnologías de inteligencia artificial (IA) generativa.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 9791370006303

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Prefacio

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Prefacio

 

 

 

 

Aparte de los acontecimientos históricos que suceden en esta novela, todo lo demás es completamente ficticio. Tanto los personajes como las situaciones que transcurren son fruto de mi imaginación.

Esta novela está dedicada a todos esos niños que, por causa de los adultos, la política y la guerra tuvieron que vivir situaciones que no les correspondían. Entonces y ahora…

Capítulo 1

 

 

 

 

La despedida fue como ella dejó escrito. Un breve funeral, incineración y el depósito de sus cenizas en el cementerio. Sus restos no podrían reposar con los de Alexei, su marido, que falleció en Rusia cuando era muy joven. Solo los miembros de su escasa familia, su hijo Sergio, su nuera Magdalena, un par de amigas y sus nietos, Nicolás y Katia, estaban allí para despedirla aquel caluroso día de principios de agosto.

Todos serenos, aunque con semblante serio, especialmente Katia, que no podía ocultar la tristeza que la invadía. Su abuela Adelina, a la que muchos conocían como «la rusa», ya no estaría en su vida, ni la volvería a ver.

Antes de que su madre empezara una conversación con ella, Katia decidió alejarse del camposanto. No era momento para hablar de sus planes ni tampoco el lugar. Por su mirada supo que insistiría en que no abandonase su plaza en el Conservatorio de Música de Madrid para trasladarse al norte. Pero ahora, más que nunca, lo necesitaba. Deseaba alejarse, estar sola, olvidar esa relación tóxica que había tenido con Fran y, sobre todo, necesitaba buscar sus raíces.

Su padre la apoyó en esa decisión, pero su madre, como siempre, no estuvo de acuerdo. Durante los días siguientes se ocupó de los trámites necesarios para hacer efectivo su traslado. Alquiló un pequeño piso cerca de la playa. Se llevaría unos cuantos recuerdos: fotos, libros y por supuesto el piano, que una agencia de mudanza trasladaría cuando ya estuviera instalada. Fue una suerte que surgiera una plaza en la ciudad donde había nacido su abuela. Una plaza que ansiaba y casi consideró un milagro, pues con ella tendría una estupenda oportunidad de conseguir sus objetivos.

Se despidió de sus padres y de su hermano a últimos de ese mismo mes, y visitó la tumba de su abuela para prometerle que recorrería las calles y mojaría sus pies en ese mar que Adelina tanto había añorado, desde que partiera un 23 de septiembre del puerto de El Musel, junto a un vecino, rumbo a Saint-Nazaire, para luego embarcarse en un buque soviético que los llevaría a Leningrado. Porque, sí, su abuela había sido una de los llamados «niños de la guerra».

Capítulo 2

 

 

 

 

Katia no recordaba casi nada. Era demasiado pequeña cuando viajó con su familia a ese mismo lugar que ahora recorría.

Su abuela, después de unas cuantas visitas a su ciudad natal, ya no quiso volver. No le quedaba familia allí. Sus padres ya habían fallecido, lo mismo que sus hermanas más pequeñas. Sus primas, que vivían en la cuenca minera, a las que escribió durante un tiempo en su estancia en el país soviético, no tuvieron ningún interés en conocerla, y por supuesto, no reconocía su ciudad. Su hijo Sergio, criado ya en España, se había casado con una española llamada Magdalena y había tenido dos hijos, Nicolás y Katia, que eran para Adelina su mayor felicidad.

Tal y como prometió, Katia paseó por las calles y buscó una en particular justo al lado de la plaza de San Miguel, según tenía anotado en su agenda. No tardó en encontrarla. Allí había vivido su abuela hasta los diez años, aunque ya no quedaba nada de lo que fue su casa. Los edificios eran modernos. Aun así, caminó despacio observando todos los detalles.

Por la tarde se acercó a la playa, dispuesta a tomar un poco el sol, y como hacía un día espléndido, con casi treinta grados, algo muy poco común en la comarca, decidió darse un baño. Disfrutaba nadando. Estuvo poco rato, ya que el agua estaba helada, y se encaminó a su nuevo domicilio que estaba muy cerca.

 

 

El piso alquilado era más bien pequeño. Katia se esmeró en colocar las fotos que había traído en la maleta intentando conseguir una estancia lo más acogedora posible. No solo puso retratos, también colocó la matrioska que conservaba desde niña. Su abuela, que la tenía en su piso, se la regaló después de mucho insistir, y Katia, ahora, la conservaba con mucho cariño. Eran seis muñecas de bonitos colores. Adelina le había explicado que simbolizaban la maternidad. De cada muñeca grande nacía otra más pequeña, y así sucesivamente. Podrían ser un centenar, solía decir la mujer. Las colocó una por una empezando por la de mayor tamaño hasta la más pequeña. Tampoco se olvidó de la cajita de música, que, cuando se abría, aparecía una bailarina que giraba mientras sonaba la melodía de la Canción de cuna de Brahms. Aquella caja se la regaló su padre por su séptimo cumpleaños. Ya entonces había empezado a tocar el piano y le entusiasmó poder interpretar la melodía al compás de esa cajita. Su madre le escondió la llave durante una temporada para que se olvidara por un tiempo del regalo, pues los volvía locos con la misma música sonando una y otra vez. Era verano y se pasaba mañanas enteras sentada al piano mientras su hermano protestaba y decía que no había que practicar tanto. Ella hacía caso omiso a las quejas de Nicolás, que cada día detestaba un poco más el dichoso instrumento.

Durante los primeros días visitó tiendas, compró cojines de colores llamativos para alegrar un poco el sofá y diversos adornos que, sin ser excesivos, hicieron que su apartamento cambiara de tono. Con la llegada de su piano terminó de decorarlo a su gusto. Desde niña sintió pasión por las teclas del piano, y sus padres, sobre todo Sergio, amante de la música clásica, apoyaron con entusiasmo que empezara sus estudios en el conservatorio. Tenía talento para la música. Las materias del colegio, en cambio, las aprobaba sin destacar demasiado. Y no porque no tuviera capacidad, como advirtieron los profesores a sus padres, sino porque era demasiado soñadora y parecía perderse en otro mundo cuando estaba en clase. Al contrario que su hermano Nicolás, que adoraba las Matemáticas y la Física, ella odiaba ese mundo abstracto de números y fórmulas. Quizás por eso, a los diecisiete años, afirmó con contundencia que se dedicaría a la música y que no haría ninguna carrera universitaria.

Magda, funcionaria del Estado, no se tomó bien la decisión de su hija. Deseaba que fuera a la universidad y dejara la música como un pasatiempo. Pero Katia tenía muy claro que el piano era su vida.

Además, allí estaba Nicolás, dispuesto a acceder a los deseos de su madre. Había hecho la carrera de Informática y había encontrado trabajo en una gran empresa donde ganaba un sueldo considerablemente alto. No se había casado aún, pero ya había comentado que tenía una novia nueva y que esta vez iba muy en serio, algo que hizo mucha ilusión a sus padres.

Katia y Nicolás no se parecían en nada. Su hermano era idéntico a su madre, aunque él era alto. De pelo castaño claro y ojos marrones, siempre llevaba barba y era bastante apuesto. Vivía solo en un lujoso apartamento, no muy lejos de la casa familiar.

«El orgullo de Magdalena», solía decir la abuela Adelina, porque nadie podía negar que Nicolás fuera el «ojito derecho» de su madre. Tal vez porque siempre siguió sus consejos, y porque, además, era un niño muy dócil y deseoso de complacer a sus padres, mientras que Katia fue siempre rebelde y nunca estaba de acuerdo con su madre, ni siquiera en la ropa que debía ponerse, sobre todo si se lo imponía. Vestía demasiado informal para el gusto de Magda, con vaqueros y camisetas o blusas nada sofisticadas. Calzaba zapatillas deportivas o sandalias sin tacón alguno durante el verano. Y cuando empezaba a hacer frío, se pasaba a las botas tipo safari o de caña, o a los zapatos planos. Nunca usaba tacón, aunque con una estatura de un metro setenta y cinco, aseguraba no necesitarlo porque no le gustaba parecer una jirafa.

Katia había heredado los genes de su abuelo Alexei Ivanov. Rubio, de ojos claros, alto y cuerpo atlético. Un ruso que enamoró a su abuela y con quien terminó formalizando su vida. El matrimonio tuvo dos hijos nacidos en Moscú: Sergey y Katia, que murió cuando todavía era un bebé.

Cuando Adelina se propuso volver a España, quiso hacerlo acompañada de su marido y su hijo; pero Alexei era ruso, y el gobierno prohibía la salida del país a cualquier ciudadano soviético. La única solución que le daban era el divorcio. Ella no aceptó y prefirió quedarse junto a él.

Hasta 1960, después del triste fallecimiento de Alexei, no pudo volver a su país.

Al verse viuda tan joven y con un niño pequeño, aceleró su regreso. Gracias a sus tíos, que vivían en Madrid y con los que se carteaba, consiguió la repatriación en 1961. La acogieron en su casa, pues no tenían hijos, y por medio de su tío Ramiro, que era un influyente militar, empezó a trabajar como oficinista. Así pudo pagarle los estudios a Sergio, que se licenció en Filología Inglesa. Al morir los tíos, toda la herencia fue para ella. Le dejaron un piso en una buena zona de Madrid, que Adelina le cedió a su hijo al casarse, mientras que ella se trasladó a uno más pequeño del mismo edificio. Nunca podría agradecerles lo que hicieron por ella. La trataron como a una hija. Su tío Ramiro era hermano de su padre, y aunque nunca tuvieron las mismas ideas políticas, siempre se llevaron bien. Durante los años que Adelina vivió con ellos, jamás se habló de política en la casa ni se nombró Rusia. Ella, que dominaba el ruso, cuando estaba sola con su hijo le hablaba en ese idioma para que no perdiera sus raíces, aunque le hacía prometer que nunca lo hablaría con nadie que no fuera ella. Pero Sergio, cuando era un muchacho aún, se inscribió en clases de ruso en la Escuela Oficial de Idiomas. Recordaba de aquella época que en todas las aulas había un policía secreto que solía marcharse al mes de empezar el curso, cuando comprobaba que allí solo se iba a estudiar.

Nicolás y Katia se apellidaban Ivanov, y aunque según las costumbres rusas ella tendría que apellidarse Ivanova, en España no estaba permitido que dos hermanos tuvieran distinto apellido, por lo que se quedó con el de Ivanov, como su padre y su hermano. Se sentía orgullosa cuando era niña porque en el colegio solían hablar de ella como «la rusa», que era el sobrenombre de su abuela.

Poco después de llegar a España, Adelina comenzó a escribir la historia de su vida, desde que partió de su ciudad natal con diez años. Eran unas cuartillas que conservaba guardadas en una carpeta azul y que pretendía ceder a su nieta Katia antes de que la vida se le terminara. Adoraba a Katia. Y ese cariño era recíproco. Por eso decidió cederle esos papeles a ella. Además, Katia tenía ávida inquietud por conocer la historia de sus antepasados rusos, mientras que Nicolás no tenía ningún interés.

Su hijo Sergio, aunque no renegaba de su origen, se sentía español, sobre todo desde su matrimonio con Magdalena, a la que amaba con locura. Con todo, a sus hijos les hablaba en ruso muchísimas veces para que, al menos, tuvieran unas nociones.

Katia se inscribió, como antes hiciera su padre, en la Escuela Oficial de Idiomas para estudiar ruso, ya que le encantaba la idea de hablarlo. Su hermano también hizo lo mismo, pero no llegó a terminar todos los cursos. Le apasionaba más el mundo de los números y los algoritmos.

A Magdalena le molestaba que los niños hablaran en ruso con su padre, y mucho más que lo hablaran con Adelina. Pensaba que la mujer aprovechaba esos momentos para criticarla, cosa que no era cierta.

 

 

Hacía calor. Pero un calor muy diferente al que estaba acostumbrada Katia. Era un calor bochornoso, húmedo, que hacía que la ropa se pegara a la piel. Le recordó al calor caribeño que había pasado el año anterior en unas vacaciones con su novio Fran. Se preguntaba por qué había sido capaz de aguantarlo tanto tiempo. Fran era celoso, posesivo, y esa presión la ahogaba. Lo había querido mucho y él decía estar muy enamorado de ella, pero ese amor no era sano, se dijo un día después de una fuerte discusión entre los dos. Decidió dejarlo.

A Fran le costó mucho aceptar su ruptura. De hecho, estuvo acosándola durante largo tiempo hasta que se rindió. Desapareció de su vida de un día para otro y ella se sintió aliviada de desprenderse de él. Con todo, cuando se marchó al norte, le hizo prometer a Nicolás que no le diría nada de su marcha, y mucho menos del lugar donde se encontraba. No deseaba volver a verlo ni que apareciera con intención de reconciliarse. Había cambiado hasta el número de móvil, y advirtió a sus amistades lo mismo que a su hermano.

A quien echaría de menos sería a su amiga Mar, pero se comunicaban casi todos los días con el WhatsApp o por videollamada. Algo que no hacía con su madre. Ellas dos nunca se habían llevado bien. Katia pensaba que era bastante fría a la hora de demostrar cariño. En cambio, estar con su abuela, que le cantaba en ruso o le narraba cuentos populares cuando se quedaba a dormir en su casa, la hacía feliz.

Sonrió al recordarla mientras miraba una de las fotos que había colocado en el mueble de la sala. Allí estaban las dos, sonrientes. Sintió nostalgia. Incluso un par de lágrimas llegaron a sus ojos, que limpió rápidamente para luego lanzar un suspiro. Aunque no era especialmente creyente, estaba segura de que, desde algún lugar, la estaría observando. Su hermano solía reírse de sus teorías espirituales.

—No seas absurda —había afirmado sonriendo—. Después de esto no hay nada. Si analizamos los dogmas, tradiciones de cualquier religión, ya sea muy populosa o de una pequeña tribu, encontraremos que en su momento obedecían a la necesidad de explicar algo muy difícil de entender, o bien conseguir que se actuara de un modo u otro. Dado que lograrlo por medio de leyes o convencimiento sería casi imposible. Métetelo en la cabeza, Dios no existe, Katia, no existe. Después de esto, no hay nada.

—Nadie lo sabe, Nicolás. Y tal vez no existe ese Dios del que habla la Iglesia, pero de que algo hay, estoy convencida. Y de que Jesús existió, también —le había respondido ella.

—Existiría, no lo dudo, pero de ahí a todo lo que cuentan… —había dicho Nicolás, moviendo la cabeza de un lado a otro.

Katia y Nicolás tuvieron una educación laica. No hicieron la comunión, ni estaban bautizados, pero Katia siempre se había sentido atraída por el mundo espiritual. No sabía explicarlo, pero sentía curiosidad por el tema. Por eso buscó todo tipo de información sobre religiones y sacó sus propias conclusiones, inclinándose un poco más hacia el budismo que hacia otra creencia.

Estaba segura de que algo había detrás de esta vida y de que sus abuelos y antepasados estaban en algún lugar, quizás en otro plano dimensional, o en el mismo universo.

Una de las tardes que caminaba por el paseo de la playa vio un montón de gente en el carril bici. Tenía una bicicleta en Madrid, casi nueva, pero no había podido llevársela porque no tenía suficiente espacio en el coche. Pero decidió que les encargaría a los de la mudanza, como había hecho con el piano, que se la trajeran.

Katia se compró ropa nueva, tipo informal, como siempre, y se propuso relajarse el resto de los días que le quedaban hasta empezar a trabajar, pues faltaba menos de una semana para presentarse en el conservatorio donde se pasaría, como mínimo, dos cursos. En ese momento pensó que no tenía ninguna gana de volver a Madrid. La ciudad era tranquila, no tan bulliciosa como la capital, y se respiraba el aroma del mar. Si todo iba a ir tan bien como hasta el momento, se plantearía fijar allí su lugar de residencia. Esperaba encontrar amistades pronto; seguro que eso sucedería cuando comenzaran las clases. Dependiendo del horario que fuera a tener, pensaba hacer otras actividades como asistir a sesiones de yoga o tal vez inscribirse en un gimnasio. Le hacía gran ilusión comenzar en un sitio nuevo. No le asustaba ni le importaba estar sola. Todo lo contrario. Tampoco tenía ningún interés en tener pareja. Necesitaba desintoxicarse de su última relación y estaba muy cómoda así. Encargó unas tarjetas con su nombre y dirección, y colocó una en el buzón. También barajó la idea de dar clases particulares. Siempre había tenido alumnos que estudiaban por libre o solo aficionados a los que no les interesaban los exámenes ni los títulos. Así sacaba algún dinero extra disfrutando de las actividades que más le ilusionaban en la vida: tocar el piano y dar clases.

Esos días pasó mucho tiempo paseando, fijándose en lo que la rodeaba, memorizando el nombre de algunas calles. Caminó por las peatonales que estaban en el centro. Había numerosas terrazas de bares y cafeterías que, casi siempre, sobre todo por la tarde, estaban repletas de gente. Varias tiendas conocidas de ropa, calzado o complementos. Y al final de la calle, el Puerto Deportivo. Anduvo también la parte antigua de la ciudad, con calles empedradas y luego atravesó una zona verde para salir a la iglesia que estaba situada en un extremo de la playa. El lugar le pareció precioso y tomó unas cuantas fotos con el móvil.

Cuánto habría disfrutado su abuela en esa playa antes de la guerra, pensó. Porque la casa donde suponía que vivió la familia estaba bastante cerca. ¡Y cómo habría cambiado todo desde entonces!

En uno de los paseos que dio por la ciudad, Katia fue a visitar la escultura que rendía homenaje a los niños de la guerra. Estaba situada en una de las playas. Era una escultura de bronce de tamaño natural con una placa donde se podía leer: Memoria a mil cien niños evacuados a la URSS desde El Musel de Gijón, con sus maestros y educadores durante la guerra civil. 23 de septiembre de 1937. La escultura fue esculpida por uno de esos niños.

Capítulo 3

 

 

 

 

Después de presentarse en la Jefatura de Estudios le asignaron un aula y un número determinado de alumnos de todas las edades. Katia se sintió encantada de saber que no tardaría en empezar su jornada laboral. Casi todas las clases eran por la tarde, a excepción de un día, que tendría que ir al mediodía. Le gustó el conservatorio, sobre todo porque estaba lejos del casco urbano; bastante, en realidad. El edificio estaba rodeado de grandes jardines y era digno de contemplar. Le pareció precioso.

Había autobuses que llegaban hasta casi a la entrada, pero ella disponía de su coche, un pequeño Peugeot de cuatro puertas de color blanco; aunque también era un buen sitio para ir en bicicleta, pues se había fijado que el camino contaba con diversos carriles bici. Hasta podría ir andando dando un largo y bonito paseo mientras hiciera buen tiempo. Aunque le dijeron a Katia que solía llover bastante, desde que se había instalado ella no había caído ni una gota. Y para estar casi en otoño, la temperatura era muy templada.

 

 

Katia ya llevaba más de una semana trabajando. Estaba entusiasmada con su nueva vida. Solo le faltaba un detalle: hacer amistades. Sabía que era el centro de muchas miradas, porque casi todos se conocían, y ella era «la nueva». Entabló conversaciones con unos y con otros, porque, aunque tenía una mínima timidez, solía ocultarla cuando le interesaba. Con la que más hablaba era con Paz, una profesora, también de piano, con la que parecía tener bastantes cosas en común. Era más o menos de su misma edad, o eso calculó. Seguro que no pasaba de los treinta y dos. Habladora y alegre, le pareció simpática. Morena, con cara redonda y pequeños ojos oscuros. No era tan alta como ella, pero tampoco se podía decir que fuera bajita. Tenía un buen cuerpo y sonreía mucho.

—¡Cuéntame de Rusia! Siempre ha sido un país que me ha llamado la atención —exclamó dejando el vaso de café sobre la mesa.

Katia sonrió.

—No he estado nunca, así que no sabría qué contarte. Mi abuela vivió allí mucho tiempo, y mi padre, aunque nació en Moscú, vino a España con cinco años. Apenas recuerda nada. Está muy feliz aquí y no tiene intención alguna de volver. Yo, en cambio, tengo mucha curiosidad. Me gustaría ir algún día.

Paz la miró confusa.

—¿Tu abuela era rusa entonces? —preguntó con curiosidad.

—No…, bueno, es una larga historia que estoy descubriendo… —Hizo una pausa y se quedó observando el suelo. Luego levantó la cabeza y miró a su nueva amiga—. Algún día te lo contaré —añadió, no muy convencida.

Paz no dijo nada. Se quedó intrigada ante tanto misterio y se limitó a preguntarle si hablaba ruso.

—Sí. Aparte de que mi padre nos hablaba muchas veces para enseñarnos, me inscribí en la Escuela de Idiomas para estudiarlo. Hice todos los cursos. Mi hermano, en cambio, lo dejó sin terminar. Los idiomas no son lo suyo. Él prefiere los números —respondió mientras revolvía el café con la cucharilla.

—Me encanta tu apellido —aseguró Paz, sonriente—. Suena como muy solemne: Ivanov. No como García, que es tan común —continuó poniendo una mueca que hizo que Katia soltara una risita.

Estuvieron hablando hasta que dos voces masculinas interrumpieron la conversación.

—¡Holaaaaa! —dijeron a la vez.

Las dos mujeres levantaron la vista. Paz los saludó con entusiasmo. Katia se limitó a observarlos. Los dos eran altos. Uno con gafas y demasiado delgado con pelo oscuro, casi negro, y otro mucho más atlético de pelo castaño claro, que se fijó en ella.

—¿Y tú eres…? —preguntó con curiosidad.

—Ella es Katia. Katia Ivanov —aclaró Paz—. Recién incorporada. Profesora de piano. Viene con un traslado desde Madrid.

—¿Ivanov? —preguntó Leo, mirándola con curiosidad—. ¿Rusa? —continuó mientras se sentaba en una de las sillas.

Ella negó con la cabeza.

—Soy española. Mi abuelo era ruso —respondió Katia, un poco cansada de tanto interrogatorio, ya que Paz parecía querer conocer toda su vida. No había dejado de preguntarle, aunque ella no le aclaró gran cosa.

—Yo soy Leo.

—Profesor de violonchelo —aclaró Paz.

También el otro chico se presentó. Era Tobías, el profesor de guitarra.

Los dos la observaban con insistencia y Katia bajó la vista algo incómoda. Hubo un largo silencio. Fue Paz quien habló primero:

—¿No tomáis nada? Os advierto que el café está malísimo. Pedid otra cosa —comentó riéndose.

Con la excusa de que tenía que dar una clase, Katia se levantó y se despidió con una sonrisa, dejando el café sin terminar.

—Tiene razón Paz. El café es horrible —advirtió, poniendo una mueca de asco y cogiendo su chaqueta.

Los tres la siguieron con la mirada.

—A ver, aclaradme —preguntó Paz después de que Katia se hubiera alejado—. ¿Qué es lo que más os pone, su culo o sus tetas? Aunque no parezca que tenga mucho de las dos cosas. Es tan delgadita… —dijo con cierto sarcasmo.

Los dos sonrieron sin saber qué decir. Con la ropa que llevaba, tampoco se podía apreciar mucho, pensaron ellos.

—Simplemente es guapa —contestó Leo de pronto—. Más que guapa. Es una preciosidad. Tiene unos ojos y una mirada… —aseguró.

—¿Por ser rubia y de ojos azules? —preguntó Paz—. Yo siempre creí que no te gustaban las rubias, Leo. ¿Has cambiado de gustos de repente? ¿No bromeas siempre con lo de las rubias tontas?

—Mmm… Depende, Paz. Esta es rubia auténtica. Y apuesto lo que quieras a que de tonta no tiene nada —afirmó convencido.

Su amiga movió la cabeza de un lado a otro y, alegando que también tenía que dar una clase, se fue dejándolos solos.

—Creo que Paz se ha puesto celosa —afirmó Tobías.

Leo se encogió de hombros. Para él solo era una amiga, aunque todos los que los conocían sabían que estaba loca por él. Se preguntó cómo no había visto antes a Katia si ya llevaban dos semanas allí. Sin duda, se habría fijado en ella. Tal vez no habían coincidido.

 

 

Leo se volvió a cruzar con Katia en uno de los pasillos dos horas después. Ella estaba mirando un cartel de anuncios. La observó con calma. Era alta, delgada, rubia y tenía unos ojos tan azules como el cielo. En eso era en lo que se había fijado en la cafetería, en sus ojos. Vestía vaqueros claros, una camisa blanca y también una chaqueta de azul más oscuro. Calzaba unas botas tipo safari de color marrón y llevaba una mochila de cuero colgada de un hombro. Estaba tomando notas en un cuaderno, tal vez algo que le había interesado del cartel de anuncios, pensó Leo.

Con paso decidido, fue hacia ella.

—¿Ya te vas? —preguntó, sonriente.

Ella se giró sorprendida.

—Sí. He terminado —aclaró—. Ya nos veremos… —continuó mientras echaba a andar al tiempo que le decía adiós levantado los dedos en el aire.

Él la siguió observando hasta perderla de vista. Sí, era delgada sin ser demasiado flaca. Se animó pensando que coincidirían muchísimas veces a lo largo de los muchos meses que pasarían hasta final de curso. Y seguro que tendrían que hacer alguna colaboración a lo largo del tiempo. Quizás en el concierto de Navidad. Pensó en esa idea mientras caminaba hacia su clase donde varios alumnos esperaban.

Katia dejó el coche en el garaje y se dirigió al ascensor. Coincidió con un vecino y subieron juntos. El hombre parecía comérsela con la vista. Ella se sintió más que incómoda. Solo deseaba llegar cuanto antes para poder salir de allí y entrar en su piso. Por fin, la puerta se abrió en el séptimo y salió apresurada, lo mismo que él, que vivía en la puerta de al lado.

—Buenas noches, preciosa —dijo el individuo después de abrir con la llave.

Ella contestó muy seria:

—Buenas noches.

Entró, encendió la luz y dejó caer la mochila y la chaqueta sobre el sofá. Se dirigió al baño. Estaba agotada. Había sido una jornada muy larga la de esa tarde. Después de una ducha que la confortó, cenó la ensalada que tenía en la nevera y un poco de fruta. No era de mucho comer. Llevaba años sin probar la carne, aunque sí el pescado. Nunca fue una gran comedora, lo que traía de cabeza a su madre. En cambio, su hermano se comía lo suyo y lo que ella dejaba en el plato.

—¡Qué suplicio con esta niña! —solía exclamar su madre enfadada.

Estuvo revisando el móvil para ver si tenía alguna llamada. Al no ver ninguna, decidió telefonear a su hermano a ver qué tal le iba. Pero Nico era de pocas palabras y no le pudo contar nada nuevo, excepto que iba muy en serio con Inma y pensaba presentarla en familia.

—No me creo nada, hermanito. Eres tan enamoradizo —dijo riéndose—. Ya he perdido la cuenta de las novias que has tenido —añadió dejándose caer en el sofá.

Su hermano le aseguró que esta vez era la definitiva.

—Por cierto, ¿por qué no llamas a mamá? Aunque no lo creas, está preocupada. No sabe nada de ti desde el domingo. Dice que nunca la llamas.

—Nico, no empieces tú también, ¿quieres? Ya la llamaré cuando me apetezca, ¿vale?

Su hermano no respondió y ella se despidió sin más. No deseaba seguir con el tema. Ya había vivido sola en Madrid, la única diferencia era que ahora estaba a quinientos kilómetros. Luego lo pensó mejor y decidió llamar a sus padres.

Como era de suponer, Magda la atosigó a preguntas que ella respondía escuetamente. También habló con su padre, al que le aseguró que estaba perfectamente y muy feliz con su trabajo.

Después de colgar, Magda miró a su marido.

—No cambiará nunca —afirmó sentándose en el sofá—. Y me gustaría saber qué hago mal. Todo le molesta. Todo lo que viene de mí. En cambio, contigo es distinto, y con tu madre ya ni te cuento, la adoraba.

Sergio se quedó pensando en su madre. Era cierto que Katia y ella tenían una relación muy especial. Una relación que nunca había logrado tener con su mujer.

—Le exigías demasiado, Magda.

—¿Lo dices por el colegio? Tú también querías que sacara mejores notas, y también que fuera a la universidad. ¡No lo niegues! —protestó enfadada.

—Pero que eligiera estudiar Música me pareció una buena opción, no como tú, que te opusiste desde el primer momento. Estabas empeñada en que hiciera una carrera sabiendo que ella no tenía ningún interés en estudiar ni ciencias ni letras. Solo le interesaba la música, y no le ha ido mal, por cierto. No aprobabas nada de lo que decidía. No digas que no.

A Magda le molestaron sus palabras.

—Siempre he querido lo mejor para ellos, tanto para uno como para otro. Nicolás no daba problemas. Pero Katia siempre se rebeló a todo, desde bien pequeña. ¡Como ahora! Con lo bien que estaba aquí. Ese capricho de irse, no sé aún con qué motivo, porque ya sabes, con encogerse de hombros cuando le preguntas, tiene bastante —dijo con tono de enfado.

—Ahora no vayamos a discutir tú y yo —advirtió Sergio más suave mientras se acercaba a ella para abrazarla.

Magda sonrió. Sergio siempre evitaba discutir. Y, a pesar de los años pasados, seguía muy enamorada de su marido. Era un hombre dócil y muy afectuoso, mientras que ella era de más carácter y la que solía imponer las reglas en casa. Él, en cambio, era muy permisivo con sus hijos, los apoyaba siempre y muy pocas veces les había levantado la voz o los había castigado por algo. Lo que sí le importaba era que fueran educados y supieran comportarse en cualquier sitio a donde tuvieran que ir, sobre todo si iban a estar con adultos que no conociesen.

Con Nicolás no había problema. Podría estar sentado en una silla sin moverse tan tranquilo, aunque fuera mucho tiempo, sobre todo si tenía algo para leer. Pero Katia era un torbellino que no paraba ni un segundo y eso de estar sentada sin moverse solía ser por poco tiempo. Era muy curiosa y le gustaba observar lo que tenía alrededor. Tocarlo todo y preguntar cualquier cosa.

Magda casi siempre acababa llamándole la atención o riñendo con ella. Katia odiaba que lo hiciera delante de gente desconocida. Cuando se hizo más mayor, se fue calmando, aunque continuó con esa curiosidad innata sobre los temas que le interesaban, que eran casi todos. Por eso Katia, cuando estaba con su abuela Adelina, la interrogaba sin parar. Y cuando fue consciente de que en sus venas había sangre rusa, le preguntó a su padre sobre el abuelo. Sergio le explicó que apenas lo había conocido porque era muy pequeño cuando Alexei Ivanov falleció.

Katia intentó averiguar alguna cosa más sobre sus raíces, y fue entonces cuando su abuela le habló por primera vez de los niños de la guerra, aunque muy brevemente, porque en ese momento Katia era una preadolescente muy sensible y Adelina pensaba que era demasiado joven para entender muchas cosas de aquellos años.

Capítulo 4

 

 

 

 

Leo observaba a Katia diciéndose a sí mismo que no era su tipo de chica. Sí, era guapa, no se podía negar, pero vestía demasiado informal, no usaba maquillaje ni se pintaba apenas. Nada que ver con las mujeres con las que había salido, ni con su exnovia Mirella, con la que estuvo años de noviazgo para luego convivir juntos con la idea de pasar por el altar. Nunca llegaron a hacerlo. Ni tampoco entendía por qué habían acabado separándose. O se conocían demasiado o no se conocían nada, porque la convivencia fue un fracaso. De eso ya había pasado mucho tiempo. Quedaron como buenos amigos y cada uno siguió un rumbo diferente. Ahora, con treinta y cinco años, no buscaba nada serio. A veces, cuando salía de copas con Tobías y otros amigos, acababa liado con alguna chica, pero siempre les advertía que solo quería pasarlo bien.

Sabía que Paz estaba loca por él. Le parecía una buena chica, pero como amiga, no como pareja. Katia, al contrario que Paz, no había intentado entablar una relación más allá de la que mantenían laboralmente. Podía intuir que él no le interesaba en absoluto. Leo se enteró por Paz de algunas cosas, como que no tenía compromiso, que había pasado por una tormentosa relación y que no estaba interesada en tener una nueva pareja. También de su edad, treinta y dos años, aunque no los aparentaba. Era muy reservada; tanto, que a sus curiosas preguntas siempre contestaba sin dar muchas explicaciones.

Por su parte, Katia le comentó a Paz que Leo era demasiado clásico. Siempre vestido tan formal. Era raro que no llevara americana, incluso a veces corbata, y esas camisas tan caras de marca que solía vestir, iguales a las que usaba su hermano, que se gastaba un dineral en ropa cada poco tiempo.

—Parece todo un dandi —le dijo una vez a Paz refiriéndose a Leo—. Debe de creerse irresistible —bromeó.

—Es de muy buena familia —le contestó Paz—. Su padre es un famoso abogado, y tanto su hermana como su hermano pequeño estudiaron Derecho. Leo, que es el mayor, se negó a seguir la tradición. Su familia vive en una zona muy exclusiva y de mucho prestigio. Él, cuando se independizó, se instaló en un precioso ático en el centro. Y, además de tocar el violonchelo y el piano, también pinta. Es todo un bohemio, aunque use camisas italianas y ropa cara. Pero es un tío adorable. Te lo aseguro. Y guapísimo.

Sí, lo era. Más de un metro ochenta. De pelo castaño y ojos grises. Atractivo y con una sonrisa encantadora, pensó Katia. Pero no, no era su tipo. Se dio cuenta, por la expresión bobalicona de Paz, que su nueva amiga estaba loca por él. No quería ser indiscreta, pero le preguntó si era así.

—Claro que me gusta. ¿A quién no? Pero solo somos amigos —afirmó Paz, con voz desilusionada—. ¿Y tú qué? ¿Te ha gustado alguno de estos bohemios profesores que andan por aquí? —preguntó sonriendo.

—Después de la relación de dos años que he tenido con mi ex, no estoy para nadie. Los últimos meses fueron un martirio. No quiero saber nada de hombres por ahora —aclaró—. Enamorarme no es mi prioridad en este momento.

—Bueno, te confieso que tuve algo con Leo. Una noche que salimos y bebimos más de la cuenta, empezamos a tontear, besos, en fin, ya sabes… Acabamos en la cama, pero creo que estábamos demasiado bebidos para ser conscientes de lo que hacíamos. Él ha debido de olvidarlo porque después de esa noche no volvió a mencionarlo siquiera. Como si no hubiera pasado…

—Entonces, quién sabe, Paz. Si ya tuvisteis algo…

—¡Bah! Ese tipo de locuras que hace el alcohol —explicó riéndose—. ¿No te apetece liarte con alguno? No digo que te comprometas para casarte, pero algún rollito al menos… ¿No te apetece?

 

 

Un viernes, cuando se disponían a irse a casa después de una larga jornada laboral, Leo, acompañado de Tobías, las abordó ya en la puerta de salida.

—Ya que es viernes, podemos ir a tomar algo los cuatro —dijo sonriente mirando a Katia—. Si os apetece.

Paz no dudó en decir que sí, pero Katia no quería. Se excusó diciendo que estaba cansada y prefería irse a casa. Intentaron convencerla, pero no hubo manera, para total desilusión de Leo. Katia se despidió de ellos y, con paso apresurado, se dirigió al coche.

Por la noche, después de ver una serie que seguía por Netflix, se dispuso a leer algo que mantenía en secreto: el diario de su abuela Adelina. No era exactamente un diario, más bien escritos que le confió días antes de fallecer. Recuerdos de toda una vida. Escritos que había ido acumulando desde su llegada a España. Katia, accediendo a sus deseos, lo buscó en el armario donde su abuela guardaba sus cosas y lo escondió. Con el jaleo del traslado, no se había parado a leerlo, y ahora que estaba sola y tranquila, decidió que era el momento de empezar.

Se metió en la cama y, sentada, comenzó a leer. Algunas de las hojas eran más legibles que otras. Escritas a pluma, se veían algo borrosas. Iba a tener que hacer un gran esfuerzo para leerlo, sobre todo hasta la mitad. Después parecía más legible, pues estaba escrito a bolígrafo. Suspiró.

 

Casi tres mil niños españoles fuimos enviados a la Unión Soviética. Yo, junto a mi vecino Pedro, fui una de esos tres mil, mientras que mis otras dos hermanas, de cuatro y dos años, se quedaron con mi madre, que, viuda por causa de la guerra, se veía incapaz de sacarnos a todos adelante. La despedida fue muy triste. No quería llorar para que ella no sufriera, pero tenía los ojos llenos de lágrimas. Me aseguró que volvería cuando terminara la guerra y podríamos estar todos juntos de nuevo.

Me dolió mucho despedirme de mis hermanas, pues las quería con locura y ellas a mí. Me agarré a la mano de mi vecino que ya tenía catorce años y le prometí a mi madre que no me separaría nunca de él. Pedro sería mi protector y cuidaría de mí.

En el viaje, muchos de los niños, sobre todo los más pequeños, lloraban por tener que alejarse de sus familias y porque estaban muy asustados. Era lógico, si nosotros, los más mayores, teníamos un nudo en la garganta y hacíamos verdaderos esfuerzos para mostrarnos algo contentos, ¡cómo iban a estar aquellas criaturas tan pequeñas! Todos llevábamos un cartel con nuestro nombre colgado del cuello. Pero los pequeños se los cambiaban unos a otros como si fuera un juego de cromos. Al final, muchos no sabían ni de dónde eran ni a qué familia pertenecían. Por no decir que unos cuantos que se habían quitado el cartel lo perdieron durante el viaje. Por ese motivo, hubo mucho jaleo al repartir a los niños, pues unos iban destinados a Francia, Bélgica, y otros, como mi vecino y yo, íbamos a Rusia. Recuerdo que nos daban leche condensada para mitigar la larga travesía. Y yo no me separé de Pedro en ningún momento.

 

Katia tuvo que dejarlo porque le conmovía demasiado y hasta le hizo soltar más de una lágrima. La angustiaba pensar en cómo esos niños aceptaron su destino, a pesar de las emociones contenidas y la incertidumbre de no saber si volverían algún día o qué sería de sus padres. Les dejaron escribir cartas a sus familias, aunque muchos años después se enteraron de que esos primeros sobres nunca fueron enviados. Eso Katia lo sabía porque su abuela se lo había contado más de una vez. Pensó que su bisabuela la habría enviado fuera con la mejor de sus intenciones, para que estuviera segura y no tuviera que vivir la atrocidad de una guerra. Y también estaría convencida de que algún día no muy lejano se volverían a reunir. Además, al quedarse viuda con tres hijas, estaría viviendo en unas condiciones terribles.

Le parecía una historia tremenda. Al pensar en sus raíces y que su ascendencia rusa venía de una decisión tomada a causa de una terrible guerra, se le encogía el alma. Podía imaginarse a su abuela embarcando, pues había visto imágenes por la televisión alguna vez. Incluso podría mirar por Internet, pero no se sintió con ánimo de buscar nada. Se limitaría a los escritos de su abuela, porque nadie lo iba a explicar mejor que ella. Evidentemente, su caligrafía no era perfecta, pero se entendía. Había comenzado a escribirlo en 1961, el mismo año en que se estableció en España ya para siempre.

Cerró la carpeta y se acurrucó en la cama, pensativa. Esa noche no pudo apenas dormir. Tuvo horribles pesadillas que la hicieron despertar más de una vez con el corazón latiendo con fuerza y con una gran angustia. Se quedó despierta echada en la cama pensando en lo que había leído hasta que consiguió dormirse muy entrada la madrugada.

Capítulo 5

 

 

 

 

El sonido del móvil la despertó. Al cogerlo, vio que el reloj marcaba las once. Se sentía aturdida y sin gana de hablar con nadie. Descolgó sin ningún interés porque no conocía el número y no tenía ni idea de quién podría ser.

Era Leo, que la invitaba a salir a dar un paseo e incluso a tomar algo antes de ir a comer, porque estaba pensando también en la idea de almorzar juntos. Ante la pregunta de Katia de cómo había conseguido su número, él confesó que Paz se lo había pasado después de insistir mucho.

—Lo siento, pero no me apetece —dijo, ya en el baño mientras se miraba al espejo contemplando su palidez—. He pasado una noche terrible. Y no me encuentro muy bien.

Él se llevó una decepción, porque en el fondo esperaba una respuesta afirmativa, ya que pocas veces le decían que no cuando invitaba a una chica a salir.

—Había pensado que tal vez te apetecía un poco de compañía —insistió él, tratando de que ella aceptara.

—Te lo agradezco, Leo. Para otra vez —respondió Katia mientras se apartaba un mechón de pelo de la cara.

—Vale. Como quieras. Si cambias de idea, solo tienes que llamarme. Ya tienes mi número.

—Vale. Gracias, Leo.

Leo pensó que era una antipática. Además, ¿por qué había creído que le diría que sí? Y, después de todo, ella no era su tipo. No, no lo era. Lo que estaba haciendo era ponerse en ridículo. Katia era solo una chica guapa como muchas que había conocido, y nada más. Mejor llamaría a Paz y a Tobías, que seguro que aceptarían su propuesta.

Durante el tiempo que estuvo con ellos, no hablaron de Katia, aunque Paz, cuando se despidió después de la comida, le dijo:

—Olvídala, Leo. Te aseguro que no es tu tipo. Al menos no se parece nada a las que te has ligado otras veces. Demasiado alta, además —comentó—. Anda, Leo, que no es tu tipo. No pegáis ni con cola.

Él se hizo el tonto dando a entender que solo había querido ser amable al invitarla a salir porque, después de todo, Katia no conocía a nadie y seguro que se sentía muy sola. Pero Paz no se lo creyó. Le había casi suplicado que le diera su número de móvil horas antes para poder llamarla. Y aunque en principio se negó, tanto había insistido, que acabó cediendo. Después, pensó que no tenía que haberlo hecho pues con eso le daba la oportunidad de acercarse a Katia, mientras que ella quedaría fuera de juego.

 

 

Katia se quedó en casa todo el fin de semana. Se dedicó a tocar el piano, a seguir viendo la serie policiaca en Netflix y a estudiar las fichas de sus alumnos para conocerlos por nombre. Eran demasiados y todavía no los reconocía a todos. No quiso seguir leyendo los papeles de su abuela. Lo dejaría para más adelante cuando se encontrara con mejor ánimo, pues lo que había leído la había dejado impactada.

Habló con sus padres, que la llamaron la noche del domingo, y con Mar, que le anunció su boda para mayo, a la cual, por supuesto, estaba invitada. Se quedó sorprendidísima, pues no contaba con que se decidiera a dar ese paso con un chico con el que salía desde hacía solo seis meses. Se alegró mucho al escuchar a su amiga tan entusiasmada y le prometió asistir a la boda. Tendría que viajar nada menos que hasta Andalucía, de donde era la familia de Mar. Sería un sábado, pero aún faltaba mucho tiempo para mayo. Ya lo planearía cuando llegara el momento.

Mar era su mejor amiga. Se habían conocido en el colegio y desde entonces habían estado unidas. En la adolescencia solían salir en pandilla. Tuvieron sus primeros ligues casi a la vez, pues, con dieciséis años, las dos empezaron a salir con sendos chicos. Ambas estaban muy ilusionadas ante aquel primer amor. La diferencia era que mientras Mar tenía al corriente a su madre de sus amoríos, Katia no había dicho ni una palabra. Entre otras cosas porque seguro que a Magda no le iba a gustar que tuviera novio tan joven. No sabía por qué motivo, cuando ya estaba preparada para salir, su madre se lo prohibía. Siempre estaba con el miedo de que pudiera pasarle algo, aunque ella le juraba que tenía cuidado y que no iba con malas compañías ni se metía en sitios raros. Magda siempre buscaba una excusa. «¿Has hecho los deberes?». «¿No tienes que repasar para los exámenes?». «¿Has recogido la habitación?». «¿Has ordenado tu armario?». «¡Y también tendrás que estudiar piano!». «Mientras no hagas todo eso, no puedes salir. Ya lo sabes».

Era una lucha continua. Cantidad de veces tenía que llamar a Mar o a Christian, su novio, para decirle que no podía salir. Luego se pasaba las horas tocando el piano porque era su evasión. Por supuesto que se enfadaba e incluso a veces lloraba por lo injustas que le parecían las decisiones de su madre, siempre a última hora, cuando al parecer se le ocurrían todo tipo de prohibiciones.

Más de una vez subió a casa de su abuela porque no quería ni ver a su madre. La mujer la consolaba, pero le decía que ella no podía meterse. Si ya las relaciones eran tensas con su nuera, como para buscarse más problemas. Además, por su hijo Sergio haría lo que fuera, jamás criticó a Magda ni dijo nada en contra de ella, porque, entre otras cosas, lo amaba con locura y él también adoraba a su mujer, y como cada matrimonio era un mundo, no se metería en medio por mucho que quisiera a su nieta.

—¡Es mala! —exclamó un día Katia, enfadada—. ¡Solo quiere fastidiarme!

—No digas eso, cariño —había dicho Adelina—. Solo se preocupa por ti. No le gusta que salgas tanto porque eres aún muy joven y tiene miedo de que te pase algo. Ya ves las cosas que están sucediendo últimamente con tantas desapariciones de jovencitas —le había asegurado su abuela.

Katia pensaba que eso era una estupidez. Lo que no sabía es que una amiga de su madre había sido una adolescente de las muchas que desaparecieron sin que se volviera a saber nada de ella. Magda se había quedado traumatizada porque estaba muy unida a esa chica.

Tenía verdadero terror a que a Katia le sucediera algo parecido. Su hija era muy bonita y llamaba la atención por su pelo tan rubio y los ojos tan azules. Más de una vez se había fijado en cómo algún que otro individuo la miraba demasiado. Y estaba en una edad en la que ya no era una niña pequeña. Que saliera de día no le importaba, pero que regresara más tarde de las diez de la noche le preocupaba mucho.

A las amigas de Katia las dejaban entonces salir hasta las doce y ella siempre tenía que coger un taxi para volver sola a casa porque le tenían prohibido volver en el metro o en el autobús. Y mucho menos regresar andando, a no ser que estuviera muy cerca de casa. Alguna vez habían ido a buscarla, pero ella odiaba que lo hicieran porque se sentía como una niña pequeña al lado de sus amigas o amigos.

Todas esas prohibiciones a Katia la fastidiaban muchísimo. Por eso, durante esa etapa, la relación con su madre fue pésima. Su padre tampoco hacía nada por contradecir a su mujer. Nicolás tenía mucha más libertad que ella. Claro que su madre opinaba que era un chico y no corría tanto peligro.

A Katia le parecía tan absurdo que en muchas ocasiones le gritó diciéndole que estaba paranoica. En esos momentos solo deseaba hacerse mayor, ser independiente y alejarse de su madre.

Capítulo 6

 

 

 

 

Al doblar la esquina para entrar en el aula, el sonido de unas voces llamó su atención. Se dirigió a una puerta que estaba medio abierta y vio al coro que estaba ensayando. Le gustó cómo sonaba. Recordó que ella también había formado parte de uno en sus años estudiantiles.

—Hola, profe —oyó detrás de ella.

Se volvió. Era uno de sus alumnos. Uno de los mayores. Jorge Sandoval tenía diecisiete años y, no sabía por qué extraña razón, cada vez que entraba en clase y la saludaba antes de tocar, se ponía rojo y se dibujaba en su rostro una sonrisa tonta.

—Hola, Jorge. ¿Has practicado algo? —preguntó dirigiéndose a su clase.

—¡Claro! —afirmó con una sonrisa.

Ella no pareció muy convencida de que fuera cierto. No avanzaba demasiado y así se lo hizo saber al terminar. Le marcó con un lápiz fluorescente todos los sostenidos que se había saltado.

—¿Pero no ves que no suena bien si no los tocas? —dijo ella un poco enfadada—. Toca nota por nota para saber al menos cómo tiene que sonar, Jorge. ¿Me estás oyendo? Y siéntate bien. ¿En qué tono estás tocando? —preguntó dejando el lápiz fluorescente sobre la mesa.

—En mi menor —respondió el chico.

—¿Entonces…?

—El fa siempre es sostenido, a no ser que lo marque un becuadro —contestó sonriendo y sin dejar de mirarla.

—Venga, empieza otra vez —ordenó—. Y fíjate un poco…

Jorge la miraba embobado. Katia le había gustado desde el primer día que entró en clase y la vio. Desde entonces, solo pensaba en que llegara la hora de ir a clase de piano para poder contemplarla.

—Vamos. Empieza. ¿A qué estás esperando? No tengo todo el día —protestó Katia.

Cuando terminó la clase, él la observaba mientras ella anotaba en un cuaderno.

—Puedes irte, Jorge. Y estudia un poco. Hasta el próximo día.

El muchacho se levantó y le dijo adiós sin perder la sonrisa.

 

 

Cuando acabó la jornada, se fue directa a la cafetería y pidió un agua fría sin gas, porque tenía la garganta seca de tanto solfear con los niños pequeños que todavía no lograban leer con rapidez el pentagrama. ¿Por qué los padres se empeñaban en que sus criaturas fueran músicos cuando muchos no tenían ningún interés en tocar el piano? Eso le preguntó a Paz pocos minutos después.

—Padres frustrados que desean que sus retoños hagan lo que ellos no pudieron hacer. De esos hay muchos. Ni te imaginas —comentó Paz, después de dar un sorbo a la cerveza.

—Tengo un par de niñas, dos hermanas mellizas. Curiosamente, una no debe de hacer otra cosa que tocar el piano, porque avanza a una velocidad que me tiene asombrada, y, en cambio, la hermana va atrasadísima. ¿Por qué sus padres la obligan si se ve que no tiene ningún interés? Ya tienen a la otra que sí tiene un enorme talento para el piano y podrá ser una gran pianista si sigue con tanto interés como ahora —dijo Katia, sonriendo.

—Ya te lo dije antes. Padres frustrados… Y, siendo dos mellizas, querrán que hagan lo mismo. Quieren un Mozart —añadió riéndose—. Que sean brillantes en el colegio, que hagan mil actividades extraescolares. Algunos vienen agotados del cole y no atienden a nada. Luego hay otros padres que en vez de querer un Mozart quieren un Messi o un Ronaldo, que también los hay —afirmó riendo más fuerte.

—Yo estudié piano porque desde muy pequeña les dije a mis padres que era lo que más quería en el mundo. Jamás me obligaron. Mi hermano nunca quiso. Solo pensaba en las matemáticas y en jugar al fútbol. De todos modos, no era tan bueno como para convertirse en un gran futbolista. Cuando empezó la carrera, lo dejó —dijo Katia mientras se quitaba la cazadora porque tenía calor.