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¿Qué sucede cuando el destino te encara con lo que más temes? ¿Qué pasa cuando descubres tu propósito? ¿Cuánto amor equivale una herida? Shannon una chica que vive su vida al máximo y Lyan, un joven médico cuya vida trascurría dentro de reglas y restricciones, llegan a un pueblo en la región amazónica para realizar su año de servicio social obligatorio. Al llegar descubren que el sitio está sumido en la corrupción de un temido narcotraficante (Leonardo Zepori) y que dicho pueblo esconde una antigua maldición que necesita ser saldada. Pronto la historia de una deidad llamada Nua Shiramp los conducirá a explorar sus límites, además de encontrar un collar atrapado en uno de los muros de un antiguo hotel, serán arrastrados a una serie de eventos que pondrán en peligro sus vidas y la de los que los rodean. Bajo el roce del desenfreno juvenil, la adrenalina, las apariencias y el misterio descubrirán el amor y una promesa que marcarán su destino para siempre. No sé cuántas vidas me tome volver a encontrarte, pero te buscaré en cada una de ellas…
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Seitenzahl: 475
Veröffentlichungsjahr: 2022
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LENIN MIGUEL REAL P.
Nua Shiramp
Hasta que la vida nos vuelva a encontrar…
Nua Shiramp
Hasta que la vida nos vuelva a encontrar
Primera edición julio 2022
©De esta edición, Luna Nueva Ediciones. S.L
© Del texto 2019, Lenin Miguel Real P.
©Edición: Elizabeth S.B
©Diseño: Antonella Jara
©Maquetación: Gabriel Solórzano
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Luna Nueva Ediciones.
Guayas, Durán MZ G2 SL.13
ISBN: 978-9987-8954-5-8
A mis amigos:
Alex, Robert, Kari, Joselyn, Carolina y Anita T.
Con mucha gratitud.
“El cuidado y afecto sincero emerge de nobles espíritus”
Una nota del autor
Querido lector, ésta historia está cargada de un exhaustivo esfuerzo en no darse por vencido. Fue escrita durante un tiempo maravilloso, pero también durante el proceso más difícil de mi vida. La salud mental siempre será una prioridad fundamental en nuestra cotidianidad, que no se nos olvide que sino cultivamos nuestra mente y dejamos que la sociedad la envenene, nos conducirá a desenlaces innecesariamente penosos. Si yo hubiese bajado la guardia quizás hoy no estarías leyendo ésta historia, debes saber que más allá de todas las penurias de la vida, que más allá de toda la desesperanza, de todo el dolor y de todo sufrimiento hay una gran oportunidad para cambiar las cosas, no todo el caos dura para siempre. Tu fortaleza es más grande de lo que te imaginas, tienes habilidades que aún no has descubierto, sentimientos intensos que aún no has experimentado, metas increíbles que aún aguardan ese pequeño impulso que te hace falta en la vida. El panorama de nuestra situación solo depende únicamente de nosotros mismos, tú decides que hacer con el dolor que sientes, ¿te dejarás consumir por él? o ¿lo utilizarás a tu favor? como la motivación más grande que alguien pueda darte.
Estás a un solo paso de saber quién eres en realidad y de lo que eres capaz de hacer, solo déjalo salir, hay tantas cosas de las cuales no tenemos control, no podemos agobiarnos con pensamientos innecesarios, pero si podemos inundar nuestra alma de pensamientos positivos, a pesar de la situación a pesar del desánimo, una fuerza imparable se halla dentro de aquel espíritu decaído, da un esfuerzo más, corre ese kilómetro adicional, libera tu voz una vez más, inténtalo y vuélvelo a hacer hasta que el destino te encare con el éxito. Cambia ese dolor por arte, transforma esas lágrimas en sonrisas, esas heridas en cicatrices de poder, de las que no te hacen sentir avergonzado sino experimentado y fuerte. Yo lo hice y estoy seguro que tú también podrás hacerlo. En el mundo no existe absolutamente nadie como tú, eso te hace especial y por eso solamente tú puedes darle un brillo único a esta sociedad.
Prólogo
Los minutos me parecían una eternidad, después de todo el tiempo suele ser relativo para cada ocasión, corto en los momentos felices, y extenso para los no tan buenos, aun así, una agonía para la ansiedad. Miraba cada cinco segundos mi reloj con cierto nerviosismo, las piernas no me dejaban de temblar. Las personas sentadas en ambas hileras y usando sus mejores trajes comenzaban a notar la intensidad de mi impaciencia, entonces intenté controlarme, me desajusté un poco la chonga (corbatín blanco utilizado por los mariachis) dejando salir un suspiro atorado por el peso de la ocasión. Me hallaba usando un elegante uniforme de mariachi color negro, con bordado blanco y ciertas chucherías de plata colgando de los laterales de mi pantalón, un par de caballos atados a unas cadenas de plata sujetaban la chamarra, mis botas rodeadas por las espuelas intensificaban el sonido repetitivo de mi impaciencia. No creían que enserio me casaría usando uno de mis mejores trajes. Ese era mi sueño después de todo. Suspiré por un instante más para mantenerme cuerdo.
—Llegará pronto —susurró Rafa, quien se había convertido en mi mejor amigo y a quién habíamos otorgado el honor de ser nuestro padrino. Sus ojos se habían posado en mí mientras me daba algunas palmadas de confianza en la espalda. Reaccioné de inmediato y lo miré con un poco más de tranquilidad.
—Tienes razón, solo estoy un poco nervioso.
Los minutos se extendían cada vez más, de pronto el rostro de la gente apuntaba desconfianza sobre su decisión. El silencio rompía con murmuraciones fantasiosas e irreales, después de todo era la segunda vez que ella había decidido jugársela. Me había costado horrores convencerla para que se diera una segunda oportunidad. Su antiguo matrimonio hizo de ella una mujer fría y desconfiada, su corazón se había convertido en un profundo mar de secretos y heridas. No importaba si no llegaba, al fin y al cabo, lo entendería.
Observé a cada una de las personas que se hallaban sentadas, cada una le dio gran importancia a nuestra historia, cada una aportó con detalles inefables y auténticos. Ahí estaban familiares y amigos reunidos para compartir la felicidad que tan indistintamente se lograba alcanzar en un pequeño lapso de la vida. Sin embargo, aún faltaba alguien, su asiento estaba vacío. Había creído que tal vez una fecha tan importante movería sus pasos hasta aquí, encarar los hechos o simplemente compartir el protocolo social, si ha de considerarse un amigo; vaya que lo habíamos considerado como uno, pero no fue así, no estaba siquiera cerca del lugar, lo habríamos notado, aun oculto en las afueras lo hubiésemos presentido.
Volví a retomar la atención en lo esencial, comenzaba a recordarlo todo, desde el primer día de aquella gran aventura, a partir de ahí solo habría un antes y un después…
“La rural” no era más que el servicio obligatorio que se debía cumplir para las personas que terminan sus estudios dentro del área de salud (médicos, odontólogos, enfermeras, obstetrices), un requisito como medio de oferta de servicios profesionales en pos del inicio de un gran camino laboral. Muchos lo ven como una tediosa forma de hacerlo, otros como una oportunidad para explorar el mundo y su cultura, yo era más partícipe del segundo grupo. Sin embargo, todo tiene un riesgo, riesgo a descubrirte, a revelarte a ti mismo ante las reglas de la vida, riesgo a evadir lo que creías cierto hasta ese punto, riesgo a no volver a ser el mismo que has sido siempre.
¿Te has preguntado alguna vez si el verdadero amor existe realmente? Partiendo desde el punto de vista contemporáneo dónde su concepto es bastante limitado yo creo que ya no. Lo más probable es que a estas alturas de la vida ya no creas en cuentos de hadas, bueno, pienso que sería más fácil creer en uno de ellos antes que en la existencia del verdadero amor. Descuida, nos ha pasado a muchos, y seguirá sucediendo, quizás hasta que llegue el momento oportuno (eso es lo que nos dicen). Lo importante es que sabrás cuando llegue, y cuando lo hagas no lo sueltes, ni tengas miedo.
Mario Benedetti decía una frase que se transformaba en mi interior, como un emblema arrastrándome a mantener esperanza. “El plazo del amor es un instante y depende de nosotros hacerlo durar como un milagro”
Yo no lo entendía al principio, pero luego comencé a comprenderlo todo. La sociedad adormece lo esencial, y son pocas las personas que despiertan en una búsqueda de emociones tangibles, mantente atento a la divinidad oculta del sentimiento, y vive cada momento como lo que hemos sido siempre… un milagro.
Este es el mío, la historia más extraña e inusual contada por el poeta del distrito, por el mariachi de oro, por el médico del pueblo, por el Rey Ruin.
Primera parte
Capítulo 1
La primera impresión no siempre cuenta
Un sillón negro, una barba inusual, y una traición antigua.
La mañana coloreaba el cielo de un azul grisáceo disiente de gracia, puesto que las nubes se perfilaban encantadoramente tentadoras a la hora de decidir si llevaría un paraguas, aun así el viento soplaba con suavidad tintes de indiscreta emoción, la calle empapada por húmedo rocío sobresalía extensa en un trayecto rectilíneo y austero, a aproximadamente un kilómetro desde donde iniciaba la rutina hasta dónde se hallaba el punto central del Distrito, se hallaba el lugar de concentración del nuevo personal de salud para aquella provincia llamada Morona Santiago.
El primer día de inducción, todo un año de trabajo en una región totalmente desconocida a varios cientos de kilómetros lejos de casa. Etapa muy famosa para los egresados de las distintas carreras de salud, conocida como “La Rural” médicos, enfermeras, odontólogos y obstetrices comulgados por el requisitos inherente del Estado Ecuatoriano para ejercer con independencia y libertad.
Aún seguía pensando en si Shannon consideraría la probabilidad de compartir juntos un apartamento. Parecía sorprendida cuando se lo pregunté hace un par de días, después de todo solo habíamos sido compañeros durante toda la carrera universitaria y la única persona a quién conocía en éste pueblo olvidado por Dios, quizá debí evadir la idea de tener algo de compañía en ésta nueva etapa y enfocarme en desarrollar las habilidades de médico general. Reaccioné a tiempo y abandoné definitivamente esa idea.
El auditorio era una cueva inundada de calor y sillas blancas de plástico, el frente sostenía un par de mesas agrupadas en una sola hilera cubierta de una manta crema con algunas botellas de agua destinadas a las autoridades que nos recibirán y darían la bienvenida. Uno a uno comenzó a llegar al lugar, cada uno envuelto en su rol, en su historia, en su contexto, cada uno convergiendo en éste maldito menester.
—Hola Lyan —me sorprendió aquella voz tras de mí, que indiscutiblemente no pasaría desapercibida, un tono fino y dulce pero dinámico y la mayoría de veces excelso, Su nombre representaba la autenticidad por ego y orgullo de la feminidad que pocas veces sobresalía del resto, Shannon. Vestía un exquisito vestido azul con flores amarillas y blancas, que en conjunto con el vislumbrante tono claro de su piel atenuaba la textura de aquel increíble vestido que, se meneaba con la brisa temprana al igual que los rizos negros de sus cabellos. Su aroma encantador, la podías identificar a una cuadra de distancia, siempre se caracterizaba por el dulce perfume de jazmines y lavanda.
—Hola Shannon que tal, no esperaba verte tan temprano —respondí aún con asombro y quizá algo torpe. Me detuve a decir algo más pero me di cuenta que no estaba sola, pronto aparecieron tras de ella dos chicos de apariencia excéntrica y muy cuidada.
—Lo se, he detestado madrugar ésta mañana… Casi lo olvido, ellos son Jared y Matt unos amigos de mi ciudad natal.
—Mucho gusto —contesté luego de extenderles la mano con cierta desconfianza.
Jared parecía ostentoso y presumido, mientras que Matt se veía un poco más amigable, llamaba mucho la atención el color de su cabello claro o lo poco que quedaba de él.
Intenté conducir la plática a una entrevista personal pero fui interrumpido por el altavoz del micrófono que anunciaba el inicio de la semana de inducción para el nuevo ciclo de la medicatura rural.
—Sean bienvenidos todos ustedes, mi nombre es Arturo soy jefe de provisión de servicios y el Distrito 14D01 les agradece haber escogido éste cantón para poder realizar su año de rural, sé que estaremos gustosos de poder trabajar con todos ustedes y que se enamorarán de ésta región y su gente —manifestó un hombre de mediana edad, alto, muy agraciado, llevaba el cabello liso muy bien peinado y una barba de candado espesa casi pelirroja, por un momento creí que era el director pero luego continuó—. Mi padre no ha podido venir a recibirlos pero lo conocerán en los próximos días, he venido a desearles mucha suerte en representación de él y sabrán que él es mucho más accesible que yo.
Esas palabras reconfortaron muchísimo nuestras expectativas de un personal agradable y sobretodo genial. Pero su risa al final de aquella frase forjó la temible duda. Luego de un montón de aplausos redirigieron la atención a la primera autoridad del cantón, el alcalde, un hombre de rostro serio, cabello totalmente blanco, y apariencia rígida, se acomodó sus lentes de marco transparente y se levantó para dirigir unas palabras hacia nosotros.
—La medicina ha sido un área de suma importancia para nuestro cantón. El personal que labora en sus distintas ramas ha forjado un profundo respeto en los ciudadanos de Palora. A todo ese gran sacrificio que realizarán por nosotros día a día y por el compromiso que involucra su doctrina blanca sea la dicha. Deseo felicitarlos desde ya por brindar salud con todos sus conocimientos y destrezas del área. Además agradezco todo el esfuerzo que implementarán por sacar adelante a todo mi pueblo, sean bienvenidos.
Luego de su intervención aquel hombre se despidió alegando que tenía una reunión importante y debía ausentarse, en su trayecto se encaminó hasta un joven robusto de apariencia incómoda y altanera, tenía el cabello castaño y un par de aretes negros en su orejas, vestía indistintamente como si se hubiese apurado en ponerse lo que estuvo a la mano. Rebelde quizás, pero no impedía que la mayoría de mujeres que se hallaban allí dejaran de verlo y sonreírle. Su padre le retó a ponerse de pie y apresurarse para irse, se pudo observar como jaloneó su brazo como si fuese un adolescente, mismo que se soltó y amenazó con ese par de ojos grises la autoridad de su padre para luego salir a pasos rápidos fuera del auditorio.
—¿Quién ha sido él? —pregunté al tipo que estaba junto a mi.
—No lo sé, tampoco soy de acá —respondió.
—Es Sergio Saavedra, hijo del Alcalde —interrumpió una chica de tés morena, muy amable pero ligeramente elocuente, se rió cuando dimos a notar nuestra curiosidad sin fundamentos interesantes.
—Se notó mucho la indiferencia hacia nosotros —pronuncié.
—No lo creo, es buena persona, pero su padre siempre lo ha saca de quicios.
—¿Cómo lo sabes?
—Nací aquí, literalmente, aquí fue antes el servicio de emergencia.
—Demasiada información…
—Soy Janeth
—Yo soy Lyan, es un placer… aun así ha sido agraviante esa escena.
—Padres, siempre intentan que seamos como ellos.
Luego cada uno de las 32 personas que nos encontrábamos en las sillas debíamos presentarnos, nombre, cargo y lugar dónde trabajaríamos.
Hasta el momento era bastante manejable la condición actual en la que me hallaba, pero de a poco comenzó a filtrarse como una gotera incesante aquel pánico de estar a cientos de kilómetros lejos de las personas que amaba, mis amigos y familiares se habían quedado atrás, los planes y anhelos que tenían se comenzaban a evaporar sin razón alguna.
<<Qué diablos hago aquí>> pensé. Hace un par de semanas había quedado con mi mejor amigo para escoger juntos aquella plaza disponible en otra provincia, pero no, cambié a última hora de opinión. Quizás en un lapso metafísico y espiritual como eufemismos para la estupidez, escogí éste lugar solo y sin razón alguna.
Palora, un pueblo pequeño ubicado en la región amazónica del Ecuador, quedaba a muchas horas de mi ciudad natal. Pero la desdicha no terminaba ahí, mi plaza de trabajo quedaría en la parroquia de San Ignacio de Arapicos, ubicada a una hora del centro de Palora, selva adentro. El único lugar habitable era Metzera (la parroquia central de Palora) ahí conseguí hospedarme momentáneamente en un hotel hasta encontrar algún departamento disponible. Mi desaire involucraría viajar en un autobús demasiado pequeño lleno de trabajadores autóctonos que iban hasta las fincas aledañas de la región, por una carretera deteriorada en gran manera por las fuertes lluvias, durante una hora hacia el interior de la selva, llegar al puesto de salud más lejano del cantón que pude escoger, trabajar para una parroquia con quinientos veintidós habitantes y repetir cada día esa misma rutina por todo un año del servicio social.
La jornada de inducción del primer día se había envuelto de juegos y dinámicas para socializar y una serie de charlas sobre el papeleo que agobiaría nuestra jornada laboral cada día.
Al finalizarlo y mientras me dirigía hasta mi hotel se colaron a mi destino un par de nuevos compañeros, me hicieron la conversa y comprendí que el tema iba encaminado a Shannon.
—Oye nos puedes presentar a la nueva compañera —musitó uno de ellos.
—Se la ve muy bonita —añadió otro. Y si no los detenía, el resto de ellos me habrían invadido de peticiones comprometedoras.
Pronto inconscientemente comencé a darles características alejadas de su verdadera personalidad para despistarlos de la idea de conseguir algo con ella.
—No se hagan ilusiones queridos compañeros, no es tan grandiosa como creen, además no les tomará en cuenta, es algo apática —mentí para hacerles frente sobre sus intenciones.
Estaba seguro que no se lo creyeron pero al menos evitó que continúen indagándome sobre ella.
La semana había pasado rápidamente y la información recibida fue irrelevante, pues habían obviado lo más importante del trabajo, el uso de matrices y formularios de pacientes.
El último día finalizó con una celebración en uno de los pocos bares de aquel lugar, justamente Shannon había sido la que me invitó. Era un poco extraño pues sabía muy bien que a mí no me gustaba para nada salir a bailar, mucho menos a tomar. Solía ser más conservador, preferiría quedarme en casa disfrutando de una buena película y comiendo mis golosinas favoritas antes que salir de casería en busca de pareja. La verdad es que en la condición que estaba mucho menos quería salir, pues había terminado una relación hace un mes, de la cual había salido muy devastado. Aun así Shannon insistió, así que decidí salir.
—En hora buena, llegaste —replicó mientras me rodeaba con sus brazos.
—Prácticamente me exigiste hacerlo, no tenía opción —contesté con ligera empatía.
—Deberías agradecerme —insistió restregando su puño sobre mi cabello recién peinado.
—Oye deja algo para las chicas —bromeé.
—Eso quisiera verlo, así que haré que te creo “don Juan”
Enseguida aparecieron Matt y Jared, en su Jepp color gris, lo estacionaron y se incluyeron en el grupo, mismo que poco a poco iba aumentando en número por los nuevos rurales.
El lugar se llamaba “El Punk” un local pequeño color blanco, adornado de tonos oscuros y cuadros de artistas de rock, las mesas eran bajas, los asientos se reducían a banquillos negros tapizados de cuero. La mayoría gozaba de una buena plática acompañados de una botella de cerveza o un vaso grande de michelada, sin dejar espacio para la danza.
—Ésta noche nos vamos a divertir —comentó Jared acercándose a la mesa con seis botellas de cerveza en sus manos.
—El clima está espectacular, pero pronto hará más calor, deberían tomarlas rápido antes de que se calienten —replicó Matt
—No sean rudos chicos, pensarán que somos unos borrachos —mencionó Shannon mirándome a los ojos.
—Descuiden estamos aquí para divertirnos. ¡Adelante! —Añadí con seguridad, intentando estar a la talla de sus vidas farreras.
Shannon parecía asombrada, pero sabía con exactitud que me sentía incómodo en ese nuevo ambiente.
—¿En qué lugar trabajaran? —preguntó Mario, el dueño de aquel bar y del cual se habían hecho amigos desde ya Matt y Jared.
—En una parroquia llamaba San Ignacio —contesté adivinando la reacción que pondría al escucharlo.
—Oh, San Ignacio de Arapicos. Les queda lejos de aquí —respondió a rienda suelta.
—Si, lo sabemos, a una hora para ser exactos.
—¿Sabían que el camino es pésimo? —insistió Mario. Pero mi gesto parecía hacerle notar mi inconformidad.
—¡Qué maravilla!
—Descuiden, he escuchado que el Distrito no los molestará allá —respondió en un intento de condescendencia.
—¿Es la Rural no?, es para eso que vinimos, mientras más exótico mejor —intenté disimular.
Para ese entonces ya Shannon se había volteado a conversar con alguien más. Y yo estaba a punto de hacer lo mismo.
—Oye pero… ¿sabes que hay algo muy interesante en tu parroquia?
—¿Acaso hay algo interesante ahí? —respondí asombrado. Pareció por fin capturar mi atención. Me encantaba el misterio, me encantaba conocer historias de los lugares a los que visitaba, y parecía que aquel lugar también guardaba una, así que si, si me emocionó un poco escuchar algo nuevo.
—¿Tienes idea de cuantos años tiene tu parroquia? —preguntó mientras sonreía.
—La verdad no, unos pocos tal vez, la comunidad se ve muy pequeña, no he visto muchas casas.
—¡Error! —respondió mientras se reía cada vez más, luego se acercó hacia mi oído y susurró—. Tiene 107 años.
Si dijera que sorprendido era la palabra más limitada que se me ocurría sabrían con exactitud el asombro que me produjo.
—No lo creo —contesté muy desconfiado—. Es imposible, ni siquiera ésta ciudad tiene tantos años y ha demostrado un crecimiento grandioso ¿Cómo es posible que una de las primeras parroquias en ser fundada carezca de progreso en comparación a las nuevas parroquias que si lo han hecho?
—Hay una leyenda… dicen que durante los primeros años de fundación, la comunidad comenzó a crecer abruptamente, cosechaban té, Pitahaya, ese tipo de cosas que caracteriza la región. Se lanzó un boom económico, la inversión era moderada pero al poco tiempo las ganancias eran muy rentables. Aquella comunidad comenzó a crecer pero pasó algo. En ese entonces el líder de aquella parroquia había cometido un error fatal, le mintió a un viajero que había llegado con el fin de invertir y comprar sus tierras. Aquel forastero era nativo de otra comunidad sumergida en las profundidades del oriente, un misterio la verdad, pues a pesar de ser nativo tenía mucho dinero, e intentó comprar gran parte de aquella región para cosechar Pitahaya, pero al fin de cuentas aquel líder lo estafó y huyó con el dinero. El nativo se enojó tanto con aquel líder que llevó a uno de sus mejores Shamanes y en una noche mientras llovía estrepitosamente realizaron una maldición sobre aquella parroquia, se dice que solicitaron al espíritu del río que consumiera poco a poco aquel pueblo hasta dejarlo desbancado y en la ruina. Para forjar el pacto hechizó un par de patas de armadillo y las enterró en algún lugar de aquel pueblo. Entonces se dice que cada vez que llueve el espíritu del río recuerda aquel pacto e intenta desbancar aquellas tierras con su furia hasta encontrar las patas malditas. La envidia se anidó en el corazón de la población, creando división entres sus propias familias entonces poco a poco la economía decreció hasta quedar en la ruina. Muchos emigraron y solamente quedaron reducidos a 500 habitantes aproximadamente. La leyenda comenzó a tener importancia cuando se dieron cuenta que las comunidades que quedaban lejanas de aquella región si prosperaron con la cosecha de Pitahaya. Una de ellas fue ésta ciudad.
—Interesante… ¿Qué pasó con aquel líder de la comunidad?
—Nadie sabe qué sucedió con él, pero ¿te digo algo? —me señaló al hombre que se hallaba al otro lado del bar, vanidoso y ostentoso peinado de forma contemporánea, usaba jeans negros y una camisa entreabierta color crema que dejaba verse un esbozo de un tatuaje que tenía la forma de una estrella multicéntrica, habían un par de guarda espaldas cuidándolo y junto a el se hallaban varias mujeres bebiendo, su actitud desprendía prepotencia—. Se dice que es uno de los descendiente de aquel líder se llama Sergio Saavedra
—Lo sé, lo he visto en la semana de inducción ¿A qué se dedica?
—A las mujeres, pero es una buena persona, ya sabrás que es hijo del alcalde, pero como todo joven sale a divertirse con sus amigos —acotó mientras me dirigía la atención a otro lado—. En esta ciudad no hay ley querido amigo, no la hay y es mejor no meterse en los asuntos ajenos doc.
Dirigió nuevamente su mirada hacia un grupo de personas que se hallaban en el fondo del bar.
—Ya escuchará del nombre que hace temblar a todos, y espero que nunca se cruce su camino con él, porque no saldrá vivo…
—¿Quien?
—No tardará en saber de él, pero haga lo que haga no haga muchas preguntas sobre él, tiene oídos y ojos en todos lados… mucho cuidado Doctor, mucho cuidado…
Quedé perplejo por aquella historia, me invadía curiosidad aquel comportamiento exuberante de Sergio. Se hallaba en estado etílico, demasiado eufórico pero intentando mantenerse en pie, sus guardaespaldas decidieron acompañarlo hasta su auto. En su trayecto notó a Shannon, me di cuenta que aquellos ojos grises la miraron fijamente, luego sonrió y se marchó abrazado a las chicas que lo acompañaban.
Ya casi era media noche, el estado anímico de todos había pasado de sentirnos extraños a apropiarnos de aquella confianza obnubilada por el miedo, mismo que iba desarraigándose con cada sorbo de licor. Además el calor que apretaba nuestra ropa sobre nuestros cuerpos desplegaba el interés por refrescarse y dar rienda suelta al protocolo social de beber y beber.
—Es hora de ir a otro sitio —sugirió Jared.
—¿Conocen algún sitio donde podamos bailar? —preguntó Shannon acomodándose su largo cabello crespo.
—Por su puesto que si… iremos directo a la “Hueca” allí podremos bailar hasta la madrugada.
—Perfecto… daré la señal a todos y nos dirigiremos para allá.
Tragué saliva y retornó aquel temor innato que se había forjado de inseguridades. No me agradaba la idea, pero no quería amargar la noche con una mala actitud, así que le di un sorbo más a mi cerveza y salí tras Shannon.
El lugar parecía una gran bodega que se abría con puertas lanford color gris, no había ningún letrero de fuera, solamente un par de luces que giraban en varias direcciones, un par de hombres extendía los boletos de entrada a cambio de un valor muy cómodo. Muchas personas más hacían cola para poder ingresar, pero Jared y Matt también tuvieron preferencia en entrar. Las mesas y sillones se esparcían a los lados de aquel gran espacio, en el centro se hallaba la pista de baile, la iluminación era tenue, y sobresalían los efectos especiales de colores junto a la cámara de humo que filtraba un ambiente más atractivo. La acústica era impresionante, con el sonido de los bajos sacudiendo todo el lugar al ritmo de la música electrónica. La fachada dejaba mucho que desear pero su interior compensaba haciendo que valiese la pena.
La noche bailaba al ritmo desenfrenado de la algarabía, las botellas vacías de cerveza desapropiadas del manto húmedo que las cubría, yacían esparciéndose inertes sobre la mesita oscura, hasta que el mesero no tardaba en darse cuenta y las intercambiaba por otras llenas, de esa forma no se escatimaba aquel líquido vitalicio durante toda la noche. En breves lapsos bailamos en grupo y en otros me dediqué a estar sentado. Observaba todo el tiempo a Shannon. Siempre me había fascinado la seguridad que tenía y el desinterés por la crítica de las demás personas, ella bailaba disfrutando de su entorno al son de la música
Los ojos se me cerraban poco a poco, fracasé en mi lucha por fantasear con el ritmo imparable de la farra, hasta que el alcohol hizo su efecto y me quedé dormido en el sofá de aquel bar.
—¿Lyan estás bien? Despierta —me gritaban Matt y Jared
Abrí los ojos pero mi sistema motor estaba demasiado amortiguado.
—Oigan, yo quiero ese trago que le dieron a Lyan —decía Shannon en tono sarcástico mientras se burlaba de mi poca capacidad para aguantar una borrachera.
Me sacaron en brazos de aquel lugar en cuanto llegó la hora de cerrar. Decidieron dejarme en mi hotel, Shannon y Matt me ayudaron a bajar del jeep, me dirigieron hasta la puerta principal pero casi al llegar a puerta tropecé y me golpeé la cabeza contra la ventana lanford. Mientras todos reían por la condición en la que estaba, Shannon me ayudó a entrar.
Se detuvo de repente y encendió precipitadamente la luz
—¡Cielos! ¿Que ha sido eso? —pronunció muy atemorizada y confundida
—¿Hacer qué? —contesté balbuceante y con la mirada perdida.
—Creí ver a alguien sentado al fondo del lobby, pero quizá solo ha sido mi imaginación, ves porqué no hay que tomar mucho.
Tras recuperar el aliento me llevó hasta mi habitación siguiendo mis torpes órdenes, no dejaba de sonreír y pronunciar:
—Lyan, no tenías que hacerlo, ha sido muy gracioso pero no intentes adaptarte a eso ¿quieres?
Capítulo 2
Nada es lo que parece
Una máscara, una pileta abandonada, y un esbozo en el muro.
—¿Aún no hay rastro de él? —preguntó aquel hombre de espaldas a su adepto, con un acento preocupado y ligeramente exaltado. No había dormido en varias noches desde aquel accidente, sentía el roce de aquella sombra mirándolo desde las profundidades de la oscuridad, es por eso que ordenó abrir todas las ventanas de la habitación, para que aquel desprestigio censurable de miedo se apague. Por otro lado, su estado paranoico solamente había sido infundado por el temor de su compañero. Desaparecido o muerto, era el dilema, mandó a buscar a sus mejores hombres los resto del cuerpo o alguna pista que le indicase que su instinto le daba la razón…
—Lo hay jefe, Castillo y sus hombres han encontrado los restos de un cuerpo calcinado.
—¿Están seguros que es él?
—Llevaba sus ropas y hemos encontrado los esbozos de unos apuntes en su bolsillo con su caligrafía, obviamente se trata de él.
—Sigo sin entender los sucesos, pero en buena hora, el fin ha sido el mismo.
Una hipnótica sensación de paz comenzó a aflorar sobre aquel paranoico semblante, bajó la cabeza y se acarició el cabello, dejó recostar su mejilla sobre aquel escritorio desordenado, soltando un suspiro por un trabajo culminado. Salió de la intensidad de la luz para reflejarse enseguida en el cristal liso de aquel sujeto, su pupila se dilató perdiéndose en un trance hipnótico, tras aquella máscara que filtraba el resplandor místico, se permitía infundir miedo y terror de quienes se adentraran en los dominios eternos de aquella mirada.
—El camino está libre, tal y como te lo prometí…
—¿Qué haremos ahora señor?
Abrió sus ojos y esculpió una gran carcajada reconfortante bajo su pseudofacie, o al menos eso se podía oír.
—Continuar con su legado mi buen amigo... continuar con su legado.
—Habla usted de…
—Mejor aún… apropiarnos de ello.
—¿Como?
—He visto cosas Rodríguez y he conocido a alguien extraordinario.
—¿Extraordinario señor?
—Como no tienes idea —le replicó colocando sus manos heladas sobre su rostro, luego acercó su nariz cerca de la mejilla de aquel sirviente respirando profundamente cerca de su mejilla como si intentara apropiarse de su esencia—. Su nombre es Nekamin.
Aquel uniformado tragó saliva, sentenció la poca lealtad que tenía y la encaminó por un pasillo oscuro hacia la horca. Pero un alma no puede estar vacía por mucho tiempo. Un brillo perpetuo emergió del fondo de aquella mirada oscura, su mente despilfarró los recuerdos del difunto, enterrando todo el miedo que había acarreado, claramente la codicia surgió con una intensidad que solamente su jefe ya había forjado con anterioridad.
—Deshazte de todo rastro de aquel accidente, le mentiremos a su propia gente y a todo aquel que intente averiguarlo, no podrán inculparnos de algo que un difunto cometerá.
—Tiene razón, después de todo éste territorio siempre nos ha pertenecido —pronunció el uniformado con tono grueso y despiadado.
—Recuperaremos lo nuestro y el temor ocultará todo indicio por forjar la ley, la autoridad no tendrá jurisdicción en nuestro camino —sentenció aquel hombre sostenía su mano sobre el hombro de Rodríguez—. ¡Ah! por cierto, necesito que busques algo por mí, algo de suma relevancia Rodríguez, ¿escuchaste bien?
—Como ordene señor.
***
El primer día de trabajo me aguardaba, sentía la boca seca y un tirón desde el fondo del cráneo que punzaba amplia y continua a medida que daba apertura a la luz del día. Tenía que llevar el almuerzo que preparé con anterioridad, o bueno lo que había quedado de él, pues no estaba seguro si habría algún sitio para comer, pero en fin, no podía arriesgarme.
El bus salía a las 7am, me habían dicho que era el único turno de la mañana, luego había otro recorrido a medio día y otro por la tarde. No había manera de perder el autobús. Me duché en agua fría, preparé mis cosas y salí a prisa del lugar.
El rostro de la gente apuntaba mi acelerado paso, sabían reconocer muy bien a los forasteros, pero también sabían reconocer las utilidades que les podíamos generar, así que levantaban un saludo hipócrita y poco creíble, aun así no dejaría que aquella costumbre diste de conocer a personas que merezcan la pena conocer.
Llegué a la estación y ahí se hallaban algunos compañeros esperando sus propios recorridos hacia sus respectivos lugares de trabajo, unos más cercanos y otros más lejanos como el mío. Shannon apareció juntamente con Loren una auxiliar de enfermería que llevaba trabajando seis años en aquella comunidad, se notaba desconfiada pero en el fondo sentí familiaridad y confort al verla, me pareció forzado el saludo que nos hizo al principio pero solamente intentaba impresionar seguramente, su antiguo grupo había sido de la patada y supongo que intentaba dar oportunidad a nuestras recién llegadas personalidades. Era alta y algo gordita, cabello lacio oscuro con tintes rubios ligeramente despintados en las bases pero exuberantes y cambiantes en su trayecto, mismos que estaba amarrados por una cinta blanca. Llevaba cargada una mochila rosada que se notaba era muy pesada, noté además que usaba brackets, mismos que serían la perfecta excusa para solicitar permisos sorpresivos para ir al odontólogo. Un par de licenciadas las acompañaban, reconocí a una de ellas, se trataba de Janeth, me parecía amigable, además animó mi espíritu sociable antes de emitir palabra mientras estuvimos en la inducción. La otra chica era más pequeña, usaba lentes, tenía un ritmo extraño pero divertido para caminar, luego comprendería ese curioso vaivén de caderas se debía a que habría sido marchista en su ciudad natal, incluso compitió en varias carreras, de ahí su carismática forma de andar, su nombre era Kamil. Luego llegó un odontólogo muy alto de aspecto iracundo y poco sociable.
—¿Aquí se toma el bus para San Ignacio? —Preguntó drásticamente.
—Si aquí mismo Doc. —respondió Loren quien ya lo había conocido días anteriores, incluso le habría ayudado a conseguir apartamento.
No dijo una sola palabra durante el trayecto, su nombre era Daniel, nuestro odontólogo del puesto de salud de San Ignacio, daba la impresión de estar todo el tiempo enojado, su voz era grave y algo tétrica, aunque su acento era indistinguible, quizás serrano con aires costeños.
<<Grandioso habrá un excelente ambiente laboral >> pensé…
El bus arribó la estación, un minibús color azul de estructura oxidada e inestable. El conductor era un hombre maduro de aspecto descuidado y regordete. Los trabajadores de las fincas fueron los primeros en subir de forma abrupta, tomaron los primeros asientos, nosotros nos ubicamos en el fondo, luego de limpiar el polvo que recubrían los asientos y paredes decidimos sentarnos, no tardamos en comprender la razón por la que la gente no escogía esos asientos. El camino era pésimo, el bus caía con fuerza en cada uno de los millares de baches que se distribuían sorpresivos, pero lo sentías con mayor intensidad en aquella parte trasera del bus, ocasionándonos grandes sacudones y contorsiones, parecía todo un deporte extremo viajar allí. Al principio parecía gracioso y divertido, hasta que te mareabas y deseabas llegar pronto.
—¡Hey Lyan parece que has visto un fantasma!, estás demasiado pálido —mencionó Shannon riendo.
—Más vale que se acostumbre doctor, esto nos espera durante todo el año y eso que por la tarde es aún peor.
—¿Peor? —pregunté demasiado temeroso.
—Así es, la inestabilidad del camino, acompañado por el calor intenso y el olor de 8 horas de transpiración de los jornaleros que se encerrará aunque abra todas las ventanas, se lo digo… es el infierno —sentenció Loren.
Creo que palidecí aún más, saqué un rato mi cabeza por la ventana del bus y por poco me vuela la cabeza una rama.
—Ha casi lo olvido, tenga cuidado en sacar su cabeza por la ventana, las ramas también son muy peligrosas — finalizó Loren.
Había transcurrido media hora de viaje y ya habíamos llegado a un pueblo llamado Sangay. El personal de aquel centro de salud bajó del autobús, aún quedaba media hora más de viaje hasta llegar a la parroquia de San Ignacio.
Durante el trayecto pude contemplar la inmensidad de la vegetación y las extensas plantaciones de Pitahaya, aunque a medida que nos adentrábamos en el espesor del trayecto me parecía extraño el hecho descontinuo de la vegetación, los bastos colores verdes iban disminuyendo hasta mostrarse tonos opacos y grises, aún peor, la fauna era casi inexistente a medida que llegaba. Pero me llamaba la atención la presencia de algunos pájaros completamente negros a excepción de sus picos que eran de color azul, surcaban de vez en cuando las copas de los árboles secos y graznaban de forma espantosa, como las cuchillas que rechinan al deslizarlas por el cristal, espantoso y a la vez amenazantes, habría jurado que intentaban advertirnos, o aún peor sentenciarnos por invadir su territorio. Parecía haberlos visto antes, en una pintura quizás o en alguna fotografía.
Casi al llegar a nuestro destino observé que a un lado del camino se extendía una herbolaria pigmentación rústica sobre una pileta abandonada, la misma que en la mitad emergía una columna de tres metros estilo Barroco y en la punta una escultura verdosa llena de moho, era una pitahaya o bueno la mitad solamente, al parecer se había fragmentado, pero su otra mitad no aparecía.
—Tétrico… ¿no? —mencionó Loren al darse cuenta de mi interés en aquel lugar.
—Sin duda lo es, pero dígame ¿por qué está así de descuidado aquel lugar?
—Larga historia Doc, uno de estos días se lo contaré, solo si me demuestra que no es asustadizo.
—Para nada Licen, es más me interesan mucho los asuntos relacionados con el misterio
—Bueno, eso lo veremos Doc, eso lo veremos —contestó aquella mujer, mientras levantaba su cabeza intentando ver si ya estábamos cerca de nuestro destino.
Mi mirada parecía no querer desprenderse de aquel misterioso sitio. Como un grito de desesperación me imaginaba oculta y afónica la voz de un prisionero desdichado intentando liberarse de sus demonios, nadie lo escuchaba, nadie lo veía, nadie lo salvaba, quizás ese era su maleficio, y quizás así nos sentimos por dentro, agonizantes víctimas de nuestro propio pensamiento, nadie nos escucha, y simplemente gritamos contra el alma cubierta de materia inerte, de inmundicia, de descuido divino, de pecado y fracaso, sin poder ser escuchados, sin poder ser descubiertos, sin poder ser salvados. ¿Nos lo merecíamos? ¿Hicimos algo para tener tal fin? Tal vez aquella libertad estaba cerca y no la vimos a nuestro alcance y no la comprendimos, quizás no era lo que buscábamos y nosotros mismos nos convertimos en verdugos de nuestro espíritu, con acciones de infelicidad que acarrearon desprestigios a la vida, a la esencia, a lo que realmente valía la pena hacer y no lo hicimos, por temor, por desconfianza o por inseguridad. Temor a la vida.
Un escalofrío me heló la espalda, la piel se me enchinó, y de pronto sentí un aura peligrosa en aquel lugar, como si las ramas maldijesen nuestra llegada, y fue así, una ráfaga abrupta golpeó mi ventana y entonces lo supe, no habíamos sido bienvenidos.
El autobús frenó de golpe liberándome de aquella quimera existencial para soltarme en la basta realidad de un universo indistinto, solo quedábamos el personal de salud y un par de personas más y había que bajarse.
La famosa parroquia de San Ignacio se pintaba misteriosa sobre el lienzo desolado y sombrío de sus calles, sus casas y personas. Su fama había sido cierta. Nadie estaba para recibirnos, silencio total, solamente los guijarros tiestos rechinaban al abandono del autobús. Dí un breve vistazo como escondite de la intranquilidad que me ahondaba, las casas se hallaban demasiado dispersas, algunas eran construcciones rudimentarias de caña y paja toquilla, otras de madera y zinc, pero de todas ellas se filtraban los ojos secretos de su poblado, acaparando informantes vistos de nuestra condición, para saber que emisarios los hostigarían con versículos y regaños salientes de un eslogan prefabricado, “salud universal, de calidad y calidez” era absurdo, sobre todo sin las herramientas adecuadas, herramientas desprovistas del sistema, con la única fuente de acción, la mente, y el discernimiento entre la vida y la muerte.
—No pues, ya hasta me siento como en casa — mencionó Shannon intentando liberarnos de la nostalgia vívida.
—Tranquila doctora, la gente debe estar temerosa por su llegada —sugirió Loren—. No todos son personas alejadas, otras son muy solidarias y buenas.
—Seguramente es tu cabello —mencioné como un niño que no pensaba en lo que dice.
—¿Qué tiene mi cabello? —preguntó preocupada.
—No creo que estén acostumbrados a ver la excentricidad de tus churos —respondí riéndome y suplicando que la tierra me tragase—, verdad Daniel.
Daniel tenía la mirada perdida, como si no se hallase en sintonía con lo que decíamos, aún así asentó la cabeza y mencionó dos palabras.
—Así es —respondió sin siquiera mirarnos.
—Ves, no soy el único que lo pensó —justifiqué.
—Serás un malnacido Lyan, ¿ves lo que provocas?
—Lo siento, solo ha sido una broma.
Shannon contorsionó sus ojos en señal de inconformidad, la primera de muchas ocasiones en las que me torcería la mirada de esa forma para indicarme intolerancia e indiferencia.
Caminamos varios metros por una carretera lastrada de ripio y arena hasta llegar a una construcción pequeña con paredes mezquinas de color blanco hueso y techo de zinc, dos puertas de madera descompuesta en su base por la zarpa intermitente, protegidas con un par de rejas negras recién pintadas. Al entrar se percibió un olor espeso, crudo y sin afán de libertad, exacerbado por el calor y humedad de la selva, por una nocturna víspera de insectos que hacían su hogar cuando las luces se apagaban, fauna hedionda que delimitaba su territorio con excremento y orina despilfarrada en varios sitios. Se trataba del Centro de salud San Ignacio.
Loren abrió enseguida las ventanas corredizas, quitándoles previamente su seguridad, que no eran más que palos atravesados para evitar recorrerlas por fuera. Solamente había un consultorio, así que modificamos el vacunatorio para poder improvisar el faltante, del cual se adueñaría Shannon por la comodidad discreta que gozaba, el mío por lo contrario debía tener abierta la ventana que daba a la calle principal permanentemente, de forma que la gente que pasaba vería rápidamente mi accionar diario.
Daniel no tardó en encontrar su consultorio odontológico y no hizo más que permanecer allí, excluido de socializar con nosotros o con alguien más.
No había señal telefónica ni tampoco internet algo que no me sorprendía. Por fortuna había llevado un buen libro en caso de que eso sucediese. Aunque a otra persona si le afectó mucho.
—¡Cómo se supone que me comunique con mis amigos! —reclamó Shannon llevando suavemente sus manos al rostro.
—Ya aprenderás a realizar señales de humo descuida — sugerí
No respondió una sola palabra, en verdad le había molestado la idea de pasar 10 horas incomunicada con sus seguidores de redes sociales. Shannon era una persona muy popular, obviamente no estaba acostumbrada a dejar un lado su celular. Por el contrario al resto de nosotros nos daba igual la existencia o no del internet.
—¡Aleluya! ¡Alguien tiene internet aquí! —expresó Shannon.
—Es la red de Doña Esperanza, la Tenienta política de ésta parroquia.
—Intentaré convencerla para que me comparta la clave de su internet.
—Dudo que lo haga, pero no saca nada intentándolo.
—Me subestima Loren, se nota que desconoce mis habilidades —afirmó con seguridad aquella chica de ojos bicolor mientras salía del puesto en busca de internet.
—Hay suciedad de murciélago por todo lado —soltó indignada Kamil.
—Más vale que se acostumbre Licenciada, aquí suele haber mucha actividad por la noche, por lo tanto hay que limpiarla cada mañana por el resto de tiempo que estén aquí.
—No es posible, tendremos que turnarnos, no vine hasta aquí para limpiar la suciedad de los animales.
—¡Oh mire Licen ahí está uno de ellos! —gritó Loren.
Kamil se espantó demasiado, lanzó la escoba por los suelos con mucha fuerza y gritó mientras sujetaba su cabeza muy atemorizada.
—Solo estaba bromeando, tranquila Licenciada —manifestó Loren mientras reía a carcajadas.
—No le veo la gracia Loren —argumentó Kamil torciéndonos los ojos a todos.
Kamil era una persona muy gruñona la mayor parte del tiempo, pero también tenía sus lapsos tiernos, sobre todo con los perros, sentía gran compasión por ellos, siempre intentaba darles de comer lo que podía en cuanto se encontraba uno por la calle, sin duda alguna tenía el alma sensible ante situaciones que muchas veces nosotros las pasamos desapercibidas, aunque también no se medía a la hora de recriminarte alguna transgresión, momento en el cual su vocabulario era muy florido. Su acento cuencano muchas veces nos causaba gracia, reíamos demasiado sobre todo cuando arrastraba la doble r, pero todo era risa y felicidad hasta que notábamos que aquel acento se nos iba pegando y entonces dejamos de burlarnos de ella.
El primer paciente había llegado y justamente yo sería quien iniciaría ésta nueva aventura laboral. Me lancé al ruedo con aquella batalla de emoción y temor. Solicité la historia clínica y lo hice pasar. Mientras lo examinaba descubrí que no era más que una lumbalgia producida por la actividad laboral minimizada en la región. Luego de aquel paciente comenzaron a llegar más, la mayoría con curiosidad por el nuevo personal, y otros ligeramente despreocupados, les daba igual quien le atendiese con tal de dar solución a su enfermedad.
El día transcurrió en medio de infecciones respiratorias, gastrointestinales y uno que otro control de embarazo. No parecía nada del otro mundo, lo único tedioso era el papeleo que había que llenar diariamente. Para aquel entonces la encargada del puesto de salud sería Loren quien era la que estaba más al tanto de la parroquia, sus líderes y problemas sociales. Me parecía perfecta la idea.
—Y… ¿Qué me dicen? ¿Qué les pareció el primer día? —preguntó Loren con cierto entusiasmo.
—Estuvo bien, o bueno eso creo, aún la gente se nota indiferente —mencioné.
—Poco a poco se irán adaptando a ellos, la verdad no esperen nada positivo, éste pueblo se caracteriza por el egoísmo y la mala fe. Aunque pocos son los que se salvan de esos desprestigios.
—Tanto así —comentó Kamil.
—No se dejen engañar, solo eso les pido queridos compañeros.
El sol comenzaba a exacerbar su intensidad, el rose de aquel majestuoso emisario de luz quemaba nuestra piel aun en su descenso, y ni aquellos uniformes de salud daban tregua alguna, Shannon quien era la más sensible al calor, se dirigió a la parte trasera del establecimiento, halló una manguera de agua, la abrió enseguida y mojó todo su cabello para refrescarlo. Las gotas caían al piso desprendiéndose de sus cabellos, algunas se deslizaban por su cuello hasta humedecer la indumentaria blanca que llevaba, perfilando indistintamente su piel, sus hombros y que decir de sus pechos, firmes seductores sostenidos entre encajes blancos. Lentamente aquel remanente de agua se deslizaba, y su trayecto donde se hallaba una que otra peca, silente y encantador era su roce. La tensión en mis pantalones comenzaba a sentirse, no había escapatoria, el pensamiento elucubraba indirectas que convergían en el deseo, era atractiva la gama de sensaciones que provocaba mirarla, pero por un segundo la razón derribó la quimera y se liberó el juicio, rápidamente mi boca titubeó despertando un comentario gracioso para despistar la inocencia de aquel vaivén.
—Doctora… ¡que sexi se ve así! —argumenté sarcásticamente.
—Lyan, qué bueno que tenemos un odontólogo en el establecimiento, porque creo que te están estorbando esos lindos dientes —exclamó con rudeza mientras se escurría el agua del cabello.
Shannon estaba acostumbrada a la manía innata de los hombres por realizar insinuaciones atrevidas y sexistas de sus acciones, de las cuales ella había aprendido a hacerles frente con razones verbales nada inofensivas. Sin duda alguna una mujer ruda que no necesitaba que nadie la defendiese. En los años que había sido su compañero no me había dado cuenta de esa virtud, pues siempre estuvimos distantes, yo con los nerds y ella con los más populares; de farra en farra, de fiesta en fiesta, o bueno, eso es lo que se decía. En fin, parecía que estaba a punto de conocerla mejor y me agradaba la idea.
Una hora más tarde arribó el mini bus a San Ignacio, con sonidos exuberantes y amplios para que escuchasen que el último turno estaría por retornar al centro de Metzera.
Subimos aún agobiados por el calor; en el trayecto los trabajadores de las fincas se iban sumando empapados de sudor y tierra, todos con machete en mano y una que otra liana sujeta a sus botas. Uno de ellos incluso había anidado inconscientemente a una gran araña en su pierna izquierda, la misma que con el sacudón que ocasionó un bache se soltó de la basta del pantalón y corrió por los suelos desesperada. Shannon y Kamil gritaron estrepitosamente, lo cual fue demasiado gracioso para todos los pasajeros. Por fortuna alguien la atrapó en sus manos y la devolvió a los matorrales.
La vista se hacía increíble a medida que llegábamos, la fauna aumentaba y el cielo azul hermoseaba las plantaciones verdes de pitahaya.
Me había parecido que ésta nueva experiencia me obligaría a descubrirme como persona, a dejar detrás las viejas costumbres que me arrastraban al pasado, viejos recuerdos que anidaban la mente y la volcaba; viejas heridas que me negaba a sanarlas. Había una nueva oportunidad y debía aprovecharla.
—Buenas tardes Doc, espero haya tenido un buen día —dijo la dueña del hotel, una señora anciana de baja estatura que usaba unos bifocales muy graciosos, pero era muy buena gente.
—Si Doña Carmen, hoy conocí mi puesto de salud, la verdad me gustó —contesté.
—¿Inclusive el pueblo?
—Así es Doña Carme.
—Me impresiona mucho la verdad, espero mantenga ese optimismo.
—Al parecer no solo a usted, pero así es, tengo grandes expectativas de aquella parroquia.
—Parece buen muchacho Doc, solo le daré un consejo, no se fíe de la gente. Veo las buenas intenciones que tiene y a veces es mejor mantenerse al margen, por precaución.
—Intentaré hacerlo Doña Carmen, gracias por el consejo. Que tenga una buena noche.
Subí las escaleras y me dirigí a mi habitación, quedaba al final de un largo pasillo, no era más que un cuarto color crema con una sola ventana junto a la cama. Había una mesa descolorida y un televisor pequeño guindado de la pared. Por fortuna el baño era privado, pero la dicha decayó cuando vi que era una versión “Hobbit” demasiado reducido el espacio, a duras penas cabía ahí. Además no había estado acostumbrado a bañarme en agua fría pero no tenía opción, a pesar de ser el oriente ecuatoriano, hacía demasiado frío por las mañanas y parecía un reto meterse a la regadera.
Me recosté por un momento pensando en toda la travesía que había vivido durante el día y lo emocionante que se ponía cada vez. Enseguida me quedé dormido y entonces me vi a mí mismo en un camino pedregoso, había abundantes matorrales que lo delimitaban y árboles tan altos que con sus ramas entrelazaban un túnel verde y frondoso. De pronto el tinte verde se tornaba gris y el sol que yacía al oriente se evaporaba dejando apenas un esbozo de luz al final, algunas manos y brazos pálidos comenzaban a brotar de aquellos arbustos, cubiertos de lodo y sangre, se ensuciaban, reptaban a través de ellos intentando liberarse pero las ramas lo impedían, intenté correr precipitadamente pero mis piernas se hacían cada vez más pesadas y se tornaba imposible llegar al final, la luz que se extendía en el fondo parecía desaparecer poco a poco. De aquel bosque comenzó a elevarse el murmuro de cientos de voces en idioma shuar, se amplificaba con el sonido del viento sobre las ramas, cada vez más estruendoso e inentendible era su clamor, hasta que de pronto todo se quedó en silencio, entonces una gran voz replicó una y otra vez que me largase. En mis manos sostenía las páginas de un cuaderno, del cual se desprendían sus hojas y formaban un torbellino amarillo que crecía más y más se abalanzaba sobre aquellos mensajes guturales para hacerlos callar, hasta que un gran resplandor me cegó y entonces desperté.
Era media noche, la televisión se había quedado encendida y me halle diaforético, demasiado ansioso, tanto que no pude dormir en las próximas horas así que decidí leer un poco.
Mientras me enviciaba por las mágicas tramas de Katzenbach una cucaracha en la pared pareció captar mi atención, la observé con cuidado mientras me deslizaba a tomar el insecticida que se hallaba en la mesa de alado, y sin perderla de vista lo tomé, pero un movimiento involuntario hizo que cediera y cayera al suelo, la cucaracha se espantó; se lanzó bajo la cama y se escabulló ahí, entonces encendí la luz de mi celular para enfocarla y deshacerme de ella. Metí mi cabeza bajo la cama decidido a exterminarla. Ahí se hallaba al fondo junto a un extremo del muro, pero la rocié con el insecticida tras intentar escapar de nuevo, dejó de moverse en unos segundos yaciendo inerte junto a la pared. Tenía que sacarla, pues sino las hormigas harían presa de ella, así que me sumergí más adentro para poder alcanzarla. En cuanto la retiré de allí, observé que brillaba algo en la pared, me acerqué un poco más y observé un pedazo de metal que parecía haberse quedado casi atrapado en el concreto de aquella construcción. Era tan solo un esbozo diminuto la verdad, pero brillaba demasiado como para dejarlo ahí, intenté rasparlo con una cuchara de metal que se había desaparecido días atrás por mí desorden; aquel esbozo soltó una ranura muy pequeña, parecía a una cadena, raspé más pero solo una pequeña parte se soltó,
el resto seguía atrapada, lo extraño era que no parecía estar oxidada, tuve miedo en romperla así que la dejé allí para poder sacarla con más cuidado al día siguiente.
Capítulo 3
Un par de nuevos amigos
Un volcán, una ancianita, y la itinerancia.
La mañana soltaba aforismos sabios, promulgando deidad en el color esparcido por la humedad de las plantas, de las calles y de las veredas, en todas ellas testigos de un imponente emisario de lava y nieve en su cúpula, que a lo lejos se erguía majestuoso, las nubes sin ese toque altanero muy propio de ellas, dejaban contemplarlo engreído de encanto, soltando humaradas grises sobre el basto cielo que empujadas sobre las poderosas brisas se encaminaban hacia el este. Tan magnifico coloso era conocido como el Sangay. Rodeado de la más espesa vegetación en sus faldas permanecían cautivas las esperanzas arraigadas por los ancestros y por la misma naturaleza autóctona sin pisada extranjera alguna, es decir vírgenes bosques, aún protegidos por el coloso.
—Ya vieron que impresionante está el Sangay —comentaron las voces de los rurales en medio de aquel recorrido hacia el trabajo.
—Si, se ve muy hermoso, miren le he tomado una foto, la subiré a mi estado para que todos lo vean —replicó Shannon.
Mientras los demás veían la foto en el celular de Shannon, mi atención se dirigió hasta Loren, se notaba pensativa y meditabunda, sus ojos intentaban decir algo que ella misma intentaba averiguar.
—Loren, ¿Que sucede? —pregunté, liberándola de ese lapso hipnótico que la envolvía.
—No siempre suele estar así, normalmente las nubes no lo dejan tan visible como ahora —mencionó con tono preocupado—, algo o alguien debió hacerlo enojar.
¿A qué se refería con esa última frase? ¿Cómo puedes enojar a un volcán? ¿Que pudo haber hecho enojar a un volcán? Debía ser la pregunta mejor formulada pero sin sentido que me podría haber hecho, aunque no debía ser sorpresiva la idea, la gente muchas veces ha espiritualizado los fenómenos naturales atribuyéndolos a deidades poderosas. Quizás solo intentaba burlarse de nosotros, pero no parecía hacerlo. Su tono era serio y alargado.
—Pues estamos de suerte, hoy no se ve ni una sola nube cerca, también tomaré una foto —acotó Daniel ya comenzando a tener más confianza con nosotros.
—Descuide Doc, me he quedado pensando en voz alta solamente, creo que estaba soñando con los ojos abiertos —terminó diciendo mientras se le salía una ligera sonrisa burlona para despistar mi atención.
