Nuestras primeras veces - Nicolas Teyssandier - E-Book

Nuestras primeras veces E-Book

Nicolas Teyssandier

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Beschreibung

La historia de la humanidad es el relato de una larga invención. Siempre se ha dicho que los seres humanos no viven en el medio natural, sino que lo transforman para sobrevivir. La inteligencia del hombre reemplaza el instinto y las garras de los animales o la fuerza de la naturaleza. Desde tiempos remotos, los humanos avanzamos a golpe de primeras veces, que, situadas en su contexto cronológico, permiten descifrar algunas de las grandes etapas evolutivas de nuestro comportamiento: hubo una primera vez en la que alguien encendió un fuego, construyó una cabaña, ideó una herramienta, se vistió, transmitió un conocimiento, decidió migrar en busca de un lugar mejor o esbozó una pintura. El prehistoriador francés Nicolas Teyssandier responde a muchas preguntas en esta original, apasionante y lúdica narración de la historia del ser humano. A través de treinta momentos fundamentales, traza un retrato de cómo hemos llegado a ser lo que somos. Lejos de tratarse de meras especulaciones, el puzle de la humanidad se completa a través de la arqueología, ciencia de lo efímero por excelencia –en la que cada prueba viene condicionada no sólo por el azar de las leyes de la evolución, sino también por el que rige los misterios de la conservación–, y de indicios que van más allá de nuestra memoria como especie: el del nacimiento del lenguaje –demostrado a partir de un hueso de neandertal de hace 60000 años–, de los dioses, de la pintura o del consumo de leche. Cuando se acaba la lectura de este libro, erudito y divulgativo a la vez, se tiene la certeza de que la imaginación humana carece de límites.

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Seitenzahl: 261

Veröffentlichungsjahr: 2024

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COLECCIÓN FUERA DE SERIE, 11

Nicolas Teyssandier

NUESTRAS PRIMERAS VECES

30 (PRE)HISTORIAS EXTRAORDINARIAS

TRADUCCIÓN DE LAURA SALAS RODRÍGUEZ

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: septiembre de 2024

TÍTULO ORIGINAL:Nos premières fois

 

© Éditions La ville brûle (France), 2019 www.lavillebrule.com

© de la traducción, Laura Salas Rodríguez, 2024

© de esta edición, Editorial Periférica, 2024. Cáceres

[email protected]

www.editorialperiferica.com

 

ISBN: 978-84-10171-24-4

 

La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.

ÍNDICE

Prefacio

 

La primera huella

Las primeras herramientas

La primera lección

La primera migración

La primera cacería

El primer caníbal

El primer fuego

La primera cueva

El primer entierro

La primera joya

La primera cabaña

La primera palabra

El primer intercambio

El primer hashtag (#neandertal)

El primer híbrido

El primer mamut

El primer dios

La primera pintura

La primera escultura

El primer jefe

La primera pareja

La primera aguja de coser

La primera América

El primer perro

Del primer crimen a la primera violencia en masa

La primera máquina

El primer vaso de leche

La primera droga

El primer gato

La primera operación quirúrgica

 

Epílogo

Glosario

Notas

Notas de la traductora

Agradecimientos

Para Zoé, una preciosa primera vez

PREFACIO

Las primeras veces de las que trata este libro remiten a preguntas que todos nos planteamos: ¿de dónde vengo?, ¿qué había antes de mí?… En efecto, ¿quién no se ha preguntado nunca sobre las primeras veces de la humanidad: la primera herramienta, el primer fuego, la primera pintura, la primera arma, el primer asesinato…? Este inventario al estilo Prévert refleja algunas preguntas clave acerca de nuestras sociedades, ávidas de categorización.

¿Qué representan esas primeras veces? ¿Qué sentido darles? ¿En qué contexto tienen lugar y por qué les otorgamos tanta importancia?

Sin duda, porque son las que forjan nuestra memoria colectiva, la memoria colectiva de todos los humanos: nuestras primeras herramientas de piedra, las de hace 3,3 millones de años, sirven de punto de referencia para definir al hombre, aunque, según veremos, no se trata de una relación ni sencilla ni unívoca; esos recuerdos compartidos, esos recuerdos transmitidos, son también hitos históricos que nos permiten situarnos en el fresco multimilenario de nuestra larga evolución. Nuestras primeras veces son también individuales; nos remiten a instantáneas, a individuos, a invenciones e incluso a sentimientos más personales: nuestra vida está jalonada de primeras veces, al igual que, a escala colectiva, lo está la historia de la humanidad. Como veremos, si bien hay primeras veces que pueden situarse y recomponerse con precisión, hay otras cuya datación1 se nos escapa: en muchos casos, captamos dichos procesos cuando ya están bien avanzados.

Pero, sea como sea, las primeras veces anteriores a la Historia, situadas en su contexto cronológico, permiten descifrar algunas de las grandes etapas evolutivas del comportamiento humano. Vamos a retroceder juntos en el tiempo usando los conocimientos más actuales sobre la prehistoria y la evolución humana para pasar revista a las primeras veces fundacionales, aquellas que nos han convertido en lo que somos.

Daremos comienzo a este viaje en el tiempo con los primeros vestigios arqueológicos del comportamiento humano, en concreto con las primeras herramientas de piedra tallada, que datan de hace 3,3 millones de años, y terminaremos con los últimos cazadores-recolectores europeos, al comienzo de una profunda evolución que convertiría a los cazadores en ganaderos, a los recolectores en campesinos y a los nómadas en sedentarios en el seno de los primeros asentamientos.

A lo largo de esta epopeya humana, cambiaremos a menudo de universo, ya que pasaremos del ámbito de la técnica al de las esferas económica, social y simbólica; cambiaremos de escala, tanto en el plano espacial como en el temporal, y, aún más importante, cambiaremos de mirada sobre las primeras sociedades humanas.

A través de todas estas primeras veces, los invito a todos ustedes a hacer un vertiginoso viaje por el pasado de la humanidad para encontrar al hombre primitivo, cuyas prácticas arrojarán una luz nueva sobre nuestro presente…

LA PRIMERA HUELLA

¿Cuáles son nuestras primeras huellas, en el sentido de vestigios identificables y susceptibles de ser datados por los arqueólogos? Diría que los restos arqueológicos más antiguos conocidos hoy en día son las piedras talladas de Lomekwi en Kenia, con una antigüedad de 3,3 millones de años.2 Pero ¿se trata de nuestra primera huella, del primer indicio que se conserva de una actividad humana?

Dicha pregunta puede parecer sencilla, pero no lo es en absoluto, pues presupone otras tantas anteriores: ¿qué es lo que nos hace humanos?, ¿a partir de cuándo, en la evolución de los primates y los homininos, se habla de humano, en el sentido estricto del término?, ¿tiene sentido definir al primer hombre?, ¿se puede, siguiendo criterios científicos, establecer una distinción fundamental entre los Hominini humanos y los no humanos? Hace algún tiempo algunos habrían dicho que, para ser humano, habría que contar, además de con un bipedismo activo, con la capacidad de fabricar herramientas. Pero las cosas ya no son tan simples: según nuestros conocimientos actuales, la invención de la herramienta de hace 3,3 millones de años precede con mucho a la aparición del género Homo. Por tanto, no existe una relación estricta y unívoca entre los primeros miembros del género humano y las primeras herramientas de piedra.

A menudo se dice que las herramientas son características del hombre, pero eso no es del todo exacto; sabemos, por ejemplo, que los chimpancés introducen palos en las termiteras para capturar insectos o que usan piedras a modo de martillo y yunque para cascar nueces. En un famoso artículo3 publicado en 1999 en la revista Nature se elaboraba un inventario bastante completo de los comportamientos culturales de dicho primate. A raíz de su publicación, se sugirió que la característica propia de las culturas humanas era la capacidad acumulativa, ya que las tecnologías mejoraban de forma progresiva a base de innovaciones que se transmitían y acumulaban de generación en generación.4 También se podría barajar la posibilidad del lenguaje complejo, así como nuestra facultad de combinar palabras según una gramática que permite formar frases para dar a las palabras un sentido más complejo que el que resulta de su simple suma. En resumen, podríamos seguir discutiendo largo y tendido sobre cuáles son los criterios que hacen que el hombre sea humano… sin llegar necesariamente a ponernos de acuerdo.

Lo que querría expresar aquí, antes de comenzar este largo viaje a través de nuestras primeras veces, es el aspecto finalista y antropocéntrico del concepto de hominización en sí, es decir, de los procesos evolutivos, biológicos y culturales que confluyen en lo que nos caracteriza hoy en día. Uno de los primeros en fundar dicho concepto fue sin duda Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), cura jesuita francés, además de geólogo y paleontólogo, que intentó reconciliar sus conocimientos de paleoantropología con una mística de la evolución que convertía al hombre en el culmen de los seres vivos.5 Hoy en día ya no es posible razonar de esa forma, en especial porque todos los criterios que, en el pasado, se establecieron para definir los umbrales del proceso de hominización que lleva hasta nosotros han resultado ser frágiles en extremo.

Durante mucho tiempo se insistió en la capacidad volumétrica de la cavidad craneal, con un Rubicón cerebral más allá del cual se podría hablar de humanos completos. Pero las cosas son complejas: los primeros Homo presentan una capacidad craneal máxima de 600 cm3 y los australopitecos no andan muy lejos, con sus 500 cm³, mientras que los neandertales nos superan a veces en ese aspecto (alrededor de 1500 cm³ en los neandertales frente a los 1350 cm³ del Homo sapiens). Asimismo, el bipedismo está presente, de varias maneras, en distintos primates, y acabamos de mencionar las limitaciones de un enfoque basado en las herramientas y el lenguaje.

En cambio, hay un elemento indiscutible: el hombre actual tiene su origen en la evolución de los primates africanos de hace al menos diez millones de años. Durante este largo proceso, varios aspectos han influido en nuestro aspecto actual y, entre ellos, el azar de la selección natural ha sido determinante.

Definir al primer humano hoy en día depende, pues, del enfoque que elijamos. Por ejemplo, como subraya mi colega José Braga,6 podemos intentar definir el género humano tomando como primer elemento definitorio las características humanas actuales. Es un proceso que tiene sentido, pero resulta incompleto dado que el producto final, todas nosotras y todos nosotros, no permite predecir por sí mismo las distintas etapas del recorrido evolutivo. Siguiendo estas reflexiones, ¿cómo podríamos haber integrado al neandertal y su singular anatomía en la familia de los humanos? Y, sin embargo, caza, habla, entierra a sus muertos e incluso utiliza ya los hashtags, como veremos… En un primer sentido, el proceso de hominización no es defendible desde un plano biológico por ser demasiado finalista. Así pues, hay que pensar en la evolución no sólo partiendo de nosotros como tipo ideal, sino avanzando también desde el pasado hasta la actualidad para integrar en nuestra comprensión del género Homo a otros predecesores, por ejemplo, el parántropos y el australopiteco. En el plano evolutivo, también es importante (aunque no sólo) pensar que el hombre es un animal más y distanciarnos, en la medida de lo posible, de una antropología ingenua y espontánea que en la evolución humana únicamente vería una cadena de acontecimientos orientados a lo que somos hoy en día. En otras palabras, distanciarnos de una visión finalista contraria a las principales enseñanzas del darwinismo.

Como vemos, tanto en la evolución humana como en las ciencias en general, nunca se da una respuesta contundente a una pregunta supuestamente simple. Por el contrario, hay que huir de la seguridad para analizar los hechos, articularlos y proponer prolijas hipótesis que luego deberemos poner a prueba una y otra vez para confirmarlas, modificarlas e incluso rebatirlas. Dicha duda es la esencia misma de la práctica científica y debe ser la base de nuestros planteamientos. Así pues, el primer vestigio se convierte entonces en una indagación tan vana como la búsqueda del primer relámpago original que creó al Hombre.

LAS PRIMERAS HERRAMIENTAS

Ayer, 2,5 millones de años; hoy, 3,3 millones de años, pero ¿hasta cuándo se dilatará? La antigüedad de las primeras herramientas de piedra no deja de aumentar y, en consecuencia, se aleja cada vez más el momento de la invención de aquello que, durante mucho tiempo, se consideró característica exclusiva de los humanos. Es cierto que el hombre no es la única especie en la tierra que usa herramientas: los chimpancés deshojan ramas que emplean para capturar termitas, las nutrias parten moluscos sirviéndose de piedras… Pero nada en el reino animal es comparable a lo que caracteriza de forma estructural los comportamientos humanos; el Homo, antes de ser sabio (sapiens), es fabricante (faber),7 como señalaba, hace más de un siglo, el filósofo Henri Bergson:8 «En definitiva, la inteligencia, considerada en lo que parece ser su planteamiento original, es la facultad de fabricar objetos artificiales, en concreto herramientas para fabricar otras herramientas, y de variar indefinidamente su fabricación».

Mientras que el animal aprovecha al máximo las formas naturales adaptándolas de manera sencilla para utilizarlas como herramienta, el hombre inventará «la herramienta para fabricar otras herramientas», que le permitirá transformar en profundidad las materias primas naturales con el fin de crear objetos eficaces y en constante evolución.

El principio de este proceso nos lleva hasta el Gran Valle del Rift, en África oriental. En esa región volcánica fue donde se descubrieron las piedras más antiguas conocidas hasta el día de hoy, en algunas formaciones geológicas de nombres evocadores para cualquier aficionado a la prehistoria: la garganta de Olduvai, al norte de Tanzania; Hadar, en la depresión de la región de Afar, en Etiopía, y el valle del Omo, que fluye por el sur de Etiopía y desemboca en el lago Turkana, en Kenia. Hasta finales de la década de 1990, conocíamos un puñado de herramientas de piedra de alrededor de 2,6 millones de años de antigüedad que se habían descubierto en la región de Afar, en el yacimiento de Kada Gona:9 cantos de roca volcánica tallados de forma sencilla, tras desgajar algunas lascas del extremo, en una o ambas caras del bloque de materia prima. Dichos procesos permitían tallar un borde afilado. Más numerosos fueron los hallazgos arqueológicos en unas formaciones sedimentarias del valle del Omo que se remontaban a casi 2,2 millones de años; ahí no había cantos tallados, sino lascas o fragmentos de cuarzo extraídos por percusión violenta de los cantos.

El descubrimiento que, a lo largo del verano de 1997, realizó un equipo internacional dirigido por la arqueóloga francesa Hélène Roche es de una naturaleza completamente distinta:10 al oeste del lago Turkana, en una árida región de vegetación rala en nuestros días, los arqueólogos realizan prospecciones en lechos de ríos secos que llevan a las orillas del gran lago. En Lokalelei, en sedimentos con una antigüedad de 2,4 millones de años, se descubre el primer taller de producción de herramientas de piedra. ¡Y menudo taller! No estamos hablando de cantos fracturados al buen tuntún, sino de un conjunto de más de 2000 restos de piedras talladas reunidas en una superficie de algo menos de 20 m². Gracias a un pequeño milagro de la conservación, las lascas de piedra, al encajar unas con otras como las piezas de un puzle, permiten que los arqueólogos reconstruyan los cantos originales y comprendan mejor la sucesión de acciones. Los científicos no pueden disimular su asombro ante el grado de destreza técnica que presuponen esas piedras talladas: la precisión de los golpes, el dominio de los ángulos…; el resultado de un impacto se anticipa hasta tal punto que puede condicionar el siguiente. De ciertos bloques no se desprenden menos de treinta lascas (e incluso cincuenta lascas en un caso), que conforman otros tantos filos útiles para actividades de despiece. Una vez superado el asombro, hay que rendirse a la evidencia: esa primera producción de filos cortantes revela un conocimiento sumamente preciso sobre la capacidad de tallar rocas duras y las trabas físicas que imponen dichos materiales; evidencian saber, maestría y gestos aprendidos, repetidos, organizados. Esos testigos materiales de habilidades cognitivas y psicomotrices que no esperábamos encontrar en períodos tan antiguos ofrecen un punto de vista inédito sobre ciertos aspectos del funcionamiento cerebral de esos primeros artesanos de la piedra tallada. Desde entonces se han acumulado otros descubrimientos, y uno de ellos saltó a la primera página de los periódicos a principios de 2016.11 Se lo debemos al equipo francés de Sonia Harmand, que tomó el relevo de la misión arqueológica francesa en Kenia. Quince años después de los hallazgos de Lokalelei, los arqueólogos encontraron, varios kilómetros al sur, una zona aún virgen de sedimentos muy antiguos: el circo de Lomekwi. Muy pronto se descubrieron en el suelo piedras con las marcas características de un tallado intencionado. En total, salen a la luz ciento veinte piedras talladas, en su mayor parte de dimensiones y pesos claramente superiores a las conocidas en los demás yacimientos de la región. Se hallaron tanto rocas talladas abandonadas (núcleos) como lascas desprendidas siguiendo diversas técnicas: golpeando la roca sobre otra depositada en el suelo (yunque) o, de forma más elaborada, mediante una técnica que los especialistas llaman percusión bipolar sobre yunque. El principio es sencillo: colocamos la roca que queremos tallar sobre un yunque de piedra y la golpeamos en un punto opuesto con un percutor que sujetamos en la mano. Las marcas que dejan en las piedras son características y se han reproducido en diversos experimentos, de modo que no hay duda en cuanto a su identificación. Lo que da que hablar es su datación… Al menos siete geólogos trabajaron juntos y llegaron a una conclusión asombrosa: ¡esas piedras talladas tenían 3,3 millones de años de antigüedad! Es decir, 700 000 años más que las más antiguas que se conocían, y lo más importante es que son varios centenares de miles de años anteriores a la aparición del género Homo. Por decirlo de otra manera: la herramienta no hace necesariamente al hombre, y nada nos dice que esas herramientas sean obra de nuestros ancestros. El aspecto de esos primeros talladores debía de ser muy distinto del nuestro: eran más bajitos, con una masa corporal proporcional a su estatura, un volumen craneal bastante inferior y una forma de bipedismo distinta a la nuestra.

Dado que estas primeras herramientas talladas no podían ser obra de nuestros ancestros Homo –que aún no existían–, ¿quiénes son los candidatos a inventores? Pues no hay demasiados: puede tratarse de un miembro de la familia de Lucy (Australopithecus afarensis), de un tipo diferente de australopiteco (Australopithecus deyiremeda) e incluso de otro género que aún se cuestiona, puesto que solamente se lo conoce por un único descubrimiento realizado no lejos de Lomekwi: el Kenyanthropus platyops.

Sea cual sea la identidad de estos talladores de piedra, tengamos presente la antigüedad de las primeras herramientas talladas y la sofisticación técnica que de ellas se desprende. Las investigaciones siguen su curso para saber qué propósito cumplían esas primeras herramientas y para comprender qué fue lo que, en aquel preciso momento, impulsó a varios grupos de homininos a producir equipos técnicos de piedra. Un fenómeno tan duradero como importante, ya que la piedra tallada se convertirá en un equipamiento técnico esencial del desarrollo de la cultura material de los humanos.

LA PRIMERA LECCIÓN

Ser capaz de aprender. ¿Es esta prodigiosa facultad, presente en todas las sociedades humanas sin excepción, exclusiva de los humanos?, ¿o la comparten con otras especies vivas? Se trata de una pregunta que excita los ánimos de cognitivistas, psicólogos, sociólogos e incluso etólogos. ¿Y qué piensan al respecto los prehistoriadores? En este caso, al igual que en muchos otros, todo depende de la definición…

Numerosos especialistas del comportamiento animal proponen a menudo una definición conductual y funcional de la enseñanza, lo que no implica necesariamente una acción intencional por parte del actor, al que aquí llamaremos profesor.12 De ese modo, se puede decir que un actor A enseña a otro individuo B si A modifica el comportamiento de B sin obtener un beneficio para sí y dicho comportamiento alienta, castiga o aporta experiencia a B, y le permite incorporar una serie de habilidades o de conocimientos con mayor rapidez y eficacia que si no hubiera estado en contacto con A. En este sentido, numerosos animales aprenden, como por ejemplo las hormigas, cuando se colocan de dos en dos en tandem-running para que una de ellas lleve a una recién nacida desde el hormiguero hasta la fuente de alimento que ha encontrado. Pero ¿hablamos en este caso de una enseñanza real? Para muchos autores se trata de mostrar un hecho que luego se reproducirá, y no de un comportamiento específicamente dedicado a mejorar el aprendizaje de otro individuo.

Retrocedamos en el tiempo para ver si es posible distinguir una evolución en los comportamientos de enseñanza y aprendizaje de las sociedades humanas. Para ello, centrémonos en el mundo de las herramientas de piedra, dado que son los testigos materiales más fieles de los que disponemos para analizar la transformación de los comportamientos técnicos y lo que implican en términos de enseñanza y aprendizaje. Las piedras talladas son indicadores directos de las proezas técnicas de nuestros ancestros y nos proporcionan una valiosísima información sobre la evolución de las habilidades y las estrategias mentales a lo largo del proceso de humanización.13 Además de su perpetuidad, relacionada con la excelente conservación y resistencia al tiempo de las materias minerales, guardan fielmente la huella de las acciones realizadas en ellas. El prehistoriador, por su parte, dispone de las herramientas analíticas necesarias para hacerlas hablar y sacar conclusiones sobre la inteligencia técnica y las capacidades cognitivas de sus creadores. Es un poco como si se pudieran reconstituir a posteriori los movimientos de las piezas de un jugador de ajedrez que acaba de darle jaque mate a su adversario.

Estos talladores y talladoras de la piedra, cuyo saber y habilidades nos permiten hoy en día conversar sobre su inteligencia, son los fabricantes de producciones líticasmuy antiguas, entre tres y un millón de años antes del presente. Son edades que producen vértigo: 132 000 generaciones nos separan de las primeras piedras talladas descubiertas en Lomekwi, en Kenia, y hay 64 000 más entre los primeros bifaces y nosotros. El tiempo que nos separa de esos talladores de piedra es considerable y, sin embargo, esas producciones técnicas antiguas nos dicen muchísimo sobre ellos, sobre su inteligencia y su forma de transmitirse los distintos saberes.

Dejemos a un lado las piedras talladas de Lomekwi, las más antiguas que se conocen hoy en día, que aproximadamente datan de hace 3,3 millones de años, demasiado singulares y aisladas para interpretarlas aquí. Los cantos tallados (o choppers) al modo olduvayense (tradición técnica de principios del Paleolítico que data de entre 2,6 y 1,7 millones de años atrás) hallados a lo largo del Valle del Rift etíope serán nuestra primera referencia. Por su parte, las herramientas de Kada Gona y Kada Hadar, que datan de hace entre 2,6 y 2,4 millones de años, se han considerado durante mucho tiempo las más antiguas de la humanidad; son tecnologías que se asocian de forma clásica con el Homo habilis y el Homo ergaster, aunque sea cada vez más probable que otros homininos hayan adquirido dichos conocimientos. Se trata de cantos tallados monofaciales o bifaciales de los que se han desgajado tres, cuatro o cinco lascas. La mencionada cadena de acciones permite desprender una parte convexa que se caracteriza por un borde tallado y cortante. Los cantos tallados y las lascas que resultan de este proceso se utilizan principalmente para despiezar la carne o cortar las verduras. A menudo las lascas se desgajan mediante una fuerte percusión directa, es decir, golpeando con un percutor el canto o la piedra que constituye la materia prima. De por sí, esta técnica requiere una buena habilidad y una bimanualidad activa, ya que es necesario que una de las manos oriente de forma correcta, en las tres dimensiones del espacio, la piedra destinada a la talla, mientras que la otra ajusta el golpe con ayuda del percutor.14 En consecuencia, este tipo de fractura exige mucha más precisión que el cascado de nueces tal como lo realizan los chimpancés, por ejemplo, máxime cuando en la observación de las piezas arqueológicas no se advierte rastro alguno de golpes infructuosos o mal dados.15 En otras palabras: los olduvayenses de hace 2,6 millones de años dominaban a la perfección el gesto necesario para una talla compleja. Gracias al estudio de esos cantos tallados y a los experimentos sobre la talla de rocas duras que los prehistoriadores han llevado a cabo, sabemos que es preciso adquirir al menos dos grandes principios para conocer bien la tecnología en vigor durante el período olduvayense: para empezar, hay que superar las restricciones de ángulo entre la superficie sobre la que se realiza la percusión y la superficie de la que se desprenderá la lasca, y después asegurarse de que el desprendimiento de la primera lasca permite desgajar una segunda e incluso una tercera o una cuarta. ¡Créanme, aunque poseyeran ustedes la habilidad necesaria para separar una lasca, la ausencia de visión de lo que hay que hacer después les conduciría sin duda alguna a eliminar rápidamente las posibilidades de intervención sobre su bloque! La tecnología que aplicaban los olduvayenses a la talla de cantos hace más de dos millones de años requiere una capacidad de anticipación y planificación que exige práctica por parte del principiante para adquirir dicha habilidad. Un estudio que combinaba enfoques cognitivos, psicomotrices y arqueológicos, publicado no hace mucho en la revista Current Anthropology,16demuestra que la transmisión de las tecnologías olduvayenses recurre a la imitación y a la repetición, además de a una forma de enseñanza activa que comprende demostraciones destinadas a dirigir y condicionar la atención de un aprendiz; eso implica una modificación del comportamiento del profesor para dirigir la atención del aprendiz hacia los elementos importantes del proceso técnico. En este sentido, los comportamientos que dejan entrever las herramientas líticas olduvayenses distinguen con claridad a sus autores de los grandes simios, y estamos hablando de hace 2,6 millones de años. Algunos de mis compañeros han comparado directamente estas técnicas con las que serían capaces de poner en práctica los bonobos, algo que ilustra el caso de Kenzi, un bonobo famoso por los experimentos sobre el aprendizaje en los que participó.17 No obstante, si bien Kenzi es capaz de desprender una lasca de una piedra, lo hace siempre impulsado por un humano y como respuesta a un estímulo inmediato que, por lo general, consiste en obtener con facilidad un alimento. Kenzi en ningún momento emprende el proceso de repetición que caracteriza a la tecnología olduvayense cuando se trata de conservar en buen estado la piedra tallada con el fin de obtener más lascas. Para terminar, sus movimientos no dejan de ser desmañados, y, si consigue separar una lasca, será a base de cierto ensañamiento en sus gestos que no corresponde en absoluto a lo que observamos en las piezas arqueológicas de la garganta de Olduvai. Las sociedades olduvayenses se hallaban, pues, en un camino evolutivo bien diferenciado del de los grandes simios, un camino en el que la transmisión de los saberes ya constituía la norma y ésta se basaba en una enseñanza intencional necesaria para transmitir de generación en generación un bagaje técnico vital.

Hace alrededor de 1,7 millones de años algunas poblaciones de Homo ergaster, que serán las primeras en salir de África, dieron otro paso en la evolución del proceso de aprendizaje. Nuestra referencia arqueológica es en este caso un emblemático objeto lítico de la prehistoria: el bifaz. Como su nombre indica, se trata de una herramienta tallada por sus dos caras, con frecuencia en forma de almendra, que por lo general opone una punta afilada y una base redonda. Los bifaces, que en un primer momento eran más anchos, de morfología menos regular y bordes sinuosos, se irán afinando con el tiempo, en especial cuando empieza a emplearse un percutor de material blando (madera dura, astas de cérvido) para afinar su forma. Dicha técnica, que constituye una gran mejora en la evolución de estos objetos, descansa concretamente en el hecho de desprender lascas finas mediante golpes directos en el filo de la pieza. Esta percusión, llamada marginal, requiere que el punto de impacto se haya preparado previamente para circunscribirlo y reforzarlo con el fin de que un borde tan frágil resista la fuerza del golpe: se trata de una etapa intermedia de preparación que puede pasar desapercibida con facilidad.

Se han realizado experimentos18 con varios aprendices de talla separados en dos grupos; se les pedía que fabricaran unos bifaces bastante rudimentarios. El primer grupo recibía instrucción: demostraciones e indicaciones verbales; al segundo se lo guiaba simplemente mediante demostración. El análisis de los resultados ha permitido probar que, para los segundos, la etapa fundamental de preparación de los bordes para los golpes había pasado totalmente desapercibida, mientras que el primer grupo sí reconocía su importancia. De ello se concluye que la fabricación de bifaces, en concreto las formas más logradas, que al parecer surgieron en África al menos hace unos 800 000 años,19 requiere un aprendizaje apoyado en conceptos comunicativos, sean gestuales o verbales.

Ambos ejemplos revelan cierta sofisticación en los niveles de conocimiento y de experiencia, pero también en los procesos cognitivos y de orden comunicacional necesarios para aprender y dominar estas técnicas. De este modo, pasaríamos de un aprendizaje que sólo podría desarrollarse a través de demostraciones, en el período olduvayense, a la trasmisión necesaria de conceptos a lo largo del período achelense, a partir del momento en que los bifaces se vuelven tan finos que requieren un dominio completo de la percusión marginal. Por tanto, se plantea la duda de si, hace 800 000 años, estos nuevos procesos de aprendizaje venían acompañados de una forma de lenguaje articulado.

Las piedras talladas de la prehistoria son una buena ventana indirecta sobre la evolución tanto del cerebro como de las capacidades cognitivas de nuestros ancestros. A veces también nos proporcionan ejemplos concretos de transmisión de conocimientos entre un maestro y su aprendiz. Algunas piedras talladas en el Paleolítico superior asimismo dan fe del moldeado de un bloque según conocimientos y saberes complejos para entrenar a un aprendiz. Aprender y enseñar eran, en este pasado lejano, elementos fundamentales de la vida cotidiana, pero también, en una escala temporal mucho más larga, un éxito evolutivo de nuestros antecesores prehistóricos.

LA PRIMERA MIGRACIÓN

Voluntarias o forzosas, las migraciones contemporáneas se tiñen de dramatismo a causa del impacto de factores políticos, económicos, demográficos y ambientales. En una obra coordinada por Hervé Le Bras y Dominique Garcia,20 se recuerda que la palabra migración tiene seguramente sus raíces en la laicización de un término de la Edad Media, la transmigración, que designaba el paso de las almas del purgatorio al paraíso. El término no aparece hasta finales del siglo XIX y luego se generaliza en la literatura científica para describir los movimientos de población en la Inglaterra de la Revolución Industrial. Pero entonces, me dirán ustedes, ¿no es un anacronismo intentar escenificar migraciones prehistóricas? Pues no tanto, como verán en breve…

Out of Africa* no es sólo un drama literario y cinematográfico convertido en clásico, es también la expresión usual para designar los movimientos del género Homo fuera de su continente original: África. El ser humano se ha desplazado siempre, ha cambiado de territorio y recorrido nuevos espacios. Se trata de un elemento clave en la humanización del planeta. Sin duda ha sido la combinación21 de varios factores la que ha empujado a los humanos a desplazarse desde la noche de los tiempos. Algunos de dichos factores son extrínsecos, como es el caso de las variaciones climáticas y ambientales, de los probables aspectos competitivos tanto dentro de la propia especie como entre las diferentes especies, y de los factores demográficos. Otros son específicos de los humanos: su audacia, su curiosidad, su gusto por la aventura… Más adelante, probablemente al final de la prehistoria, se añadieron motivaciones económicas, por ejemplo el auge del modo de vida agropastoril y la especialización artesanal de las sociedades, que empujarán a los artesanos y, pasado mucho tiempo, a las élites sociales y guerreras a desplazarse recorriendo distancias cada vez mayores.22 La historia del linaje humano, incluso mucho antes de la aparición del género Homo, se ha construido de forma casi consustancial a través de los desplazamientos de población.

Hoy en día sabemos que el género Homo