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"Las dunas, tanto anaranjadas como albas, poseían un absurdo brillo por sí mismas. Eran tan hermosas, extendidas a innumerables kilómetros de distancia, formando un mundo unánime al misterio comprendido por "galaxias espejismo". Contrastaban con la noche eterna, que por cielo poseía un mar con miles de burbujas, cada una con un singular destello en reflejo del protagónico invitado. Al centro, escondida entre aquel océano, se encontraba una luna, pero no una cualquiera, no satélites naturales de planetas. Si bien, su apariencia no era muy distinta a los cuerpos celestes que rondan nuestro sistema, su misterio yacía en un orden nunca comprendido por los mortales y los metahumanos. Se debía poseer aquella energía, la gama esmeralda, que concede, más alla de fuerza, una armonía con la mortalidad y el infinito...". Así abre Nueva Era: El paraíso de la luz de la luna. La historia de Malcolm Lee es una de esas historias que comienza con un guiño y que persiste eternamente, como un recuerdo que se pierde a través de los días y termina por volverse solo un sueño. Desde las rotas calles de Ciudad S emprende el viaje de un joven que no se detendrá hasta tocar los peldaños de un paraíso destinado a esos elegidos perdidos en sí mismos. Una historia verdadera, una historia a la que todos pertenecemos. Una historia destinada a tocar la fe de nuestros tiempos.
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Seitenzahl: 402
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Diego Valverde
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-545-0
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Para mis hermanos,
Gerardo, Berenice y Mauricio.
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«El hombre es todo lo perfeccionista en torno suyo; lo que no hace es perfeccionarse a sí mismo».
Jean Baptiste Alphonse Karr
El paraíso
Las dunas, tanto anaranjadas como albas, poseían un absurdo brillo por sí mismas. Eran tan hermosas, extendidas a innumerables kilómetros de distancia, formando un mundo unánime al misterio comprendido por «galaxias espejismo». Contrastaban con la noche eterna, que por cielo poseía un mar con miles de burbujas, cada una con un singular destello en reflejo del protagónico invitado. Al centro, escondida entre aquel océano, se encontraba una luna, pero no una cualquiera, no satélites naturales de planetas. Si bien, su apariencia no era muy distinta a los cuerpos celestes que rondan nuestro sistema, su misterio yacía en un orden nunca comprendido por los mortales y los metahumanos. Se debía poseer aquella energía, la gama esmeralda, que concede, más alla de fuerza, una armonía con la mortalidad y el infinito. ¡Oh, aquel paraje de ensueño, aquel regalo prometido!
Y era aquel palacio una pirámide obsidiana; reflejo permanente del sueño de un dios tan miserable como humano, quien no dormía ni desistía de su labor eterna…
Y las ruinas, el tiempo y el universo mismo; cada uno, todos por igual, advierten los espectros donde han de llevarse a cabo las malarias del viaje que nadie quiere realizar: el cambio, la metamorfosis …
Me gustaría que hubieran estado ahí, conmigo, su narrador. Fue como ver el pi y el pa de las cosas, un orden que se conoce, un caos que se disfruta; una leyenda, una historia verdadera.
Sean bienvenidos a un reencuentro con mis memorias. Sean bienvenidos a la Nueva era.
Primera parte
I
—¿Será…?
Alejado del sonido y la gravedad se encontraba viajando el superhombre perfecto, acompañado únicamente de su cuerpo y su estela verde esmeralda, surcando el espacio entre nosotros y el miedo, rodeado por la soledad y el perpetuo silencio de la inmensidad del cosmos, apartándose más y más de su planeta y de su gente. Primero, fue luz; luego, oscuridad, y de entre la oscuridad se manifestó la luz en manera de pequeñas estelas de vida suspirando a distantes miles de años. Ajeno a toda maravilla, fue él. Malcolm Lee era su nombre. Vino de la Tierra en respuesta a un llamado que resonaba a su oído, uno que prometía todo perdón y todo ensueño. Avanzó por galaxias enteras como si ya las conociera, a los grandes y firmes pasos de un vuelo brusco e inamovible, sin mirar atrás ni una sola vez, absorto en su destino oculto en la inexacta infinidad desconocida. Fuerte, determinado, meticuloso y precavido en lo que podía, limitado por su díscola juventud y por su nacimiento entre la gente. Era un binomio íntimo y perfecto: el infinito y lo eterno y lo humano y pasajero.
Dentro de los superhumanos, él era un prodigio, una fuerza como ninguna otra nacida en el planeta Tierra. Este don de fuerza provenía de la llamada «energía gamma», un poder implacable al mismo tiempo que hermoso. Esta energía brindaba cosas comunes dentro de cualquier superhombre, tales como fuerza, velocidad y regeneración sobrehumanas. Pero sin duda su característica eran los rayos gamma, implacables manifestaciones que nacían desde sus manos y pies; rayos color esmeralda que tenían el único propósito de la destrucción absoluta (o mínimo eso pensaba). Mas aun con semejante virtud entre sus manos, ahora no era nada, no desde lo sucedido. Entonces un día llegó susurrante, de manera casi amable, un llamado a su oído derecho. Era un mensaje desconocido y algo efímero, sin duda real como para los humanos ficticio. Le habló primero; después, se impuso; por último, lo tomó por la fuerza encaminándolo hacia lo distante. Emprendió en una tarde dorada, sin previo aviso, sin palabra ni impía mirada.
Tras su partida, superó a los pocos minutos la pequeña luna que rota nuestro existir, aquella que nos llena de asombro en las noches sin filtro. En unas cuantas horas llegó a Marte. Se alejó con tal velocidad que los anillos de Saturno fueron solo un parpadeo y el colosal Júpiter no representó más que la migaja más grande del sistema solar. Continuó así hasta que Plutón fue su caseta de peaje a lo profundo del espacio exterior. Entonces viajó a través de astros desconocidos. Por galaxias, nebulosas, materia oscura, constelaciones, supervacíos y agujeros negros y blancos. Su éxodo osciló entre la realidad y la ficción. Y el tiempo, más que cobrarle por trayecto, le regalaba partes de sí a su salud. Pero él ignoró todas esas creaciones y esos fenómenos, limitando sus sentidos y su cuerpo en el camino expectante y en su ambición sin nombre. Fue ahí cuando encalló.
Puede que hayan pasado horas, días, meses o años. El tiempo se volvió una expresión sin significado en su viaje sin descanso, pues la carencia de todo aspecto conocido hizo imposible su medida. Cercanos los últimos momentos de su vuelo, el llamado se iba volviendo más y más débil. Pero si bien no protestaba con la misma intensidad, se volvía más claro a cada minuto; un mensaje que solo ciertos elegidos podrían entender por su léxico a base de códigos y metáforas absurdas. Él pudo comprender lo que decía: «Ven», cada vez más silencioso. Entonces el llamado se fue desvaneciendo entre la órbita de remotas estrellas, hasta que acalló por completo. Malcolm supo que había llegado.
Su viaje sin escalas admitió un respiro. Aquella estela esmeralda se difuminó en el vacío, quedando únicamente él a flote tranquilo. Se empezaron a notar sus prendas. Vestía un uniforme entallado a cuerpo completo, de colores rojo y negro, con botas que llegaban hasta por debajo de las rodillas, totalmente negras en combinación al porte. Igualmente se apreciaban sus facciones. El joven no pasaba de los veinte, de cabello negruzco, tez blanca y rostro afilado. Sin duda, era el modelo de su nación, como bien decían las lenguas conservadoras. Yacía a flote con los ojos totalmente cerrados, como dormido, en descanso tras su abrumador viaje. Por fin tenía un momento para él mismo y el silencio espacial, al que tan poca atención le había prestado. Seguido a este breve calmo, sintió la inmensidad y su existencia como materia, siendo uno con todo lo que lo rodeaba. Era una sensación extraña, pero bastante cordial. Sintió poco a poco cómo la corriente cósmica lo llevaba de la mano, cómo poco a poco la voluntad de esta lo acercaba a una puerta, una puerta invisible que se posaba en la oscuridad, diferible de entre todo por su contorno: una tenue estela blanca en forma de un rectángulo mal trazado, como la silueta de los agujeros de gusano. Él se dejó llevar y, confiando en su suerte y en lo que lo trajo allí, viajó a través de ella.
Pasaron muchas cosas en aquel lugar. Al cruzar por el umbral se encontró con las memorias de su vida, episodios amargos que lo marcaron desde entonces. La luz, la alegría, la risa de su hermana, la última plática con su padre, la voz de su madre («No puedes mostrar al mundo…»), la soledad, los días de escuela, la indiferencia en los murmullos de la gente, el régimen en el cual vivían, el sueño de ser libre. También llegaron memorias recientes. El momento en que despertó su poder frente a todo el mundo, su discurso de liberación, la guerra que ocasionó, su desenlace y la última charla con su mejor amigo y enemigo, quien provenía de otra lejana nación. Entonces contempló a los hombres y mujeres de la Tierra y su naturaleza, trastornándose de comprensible y amable a cruel e ignorante. De misma cuenta, en contraste, vio a los otros como él. Muchas cosas pasaron frente a sus ojos, ojos que se tornaron rojos y cristalinos previos a una lágrima que se partió contra un hálito perdido. Un lóbrego pasado, un futuro esperanzado en consagrarse a un amable y revivido sueño meridiano.
Y de pronto desaparecieron los recuerdos. Dentro de la puerta y a su vista, todo era negrura. Solo estaba él entre su brío esmeralda, vagando sin rumbo en la profunda oscuridad que le rodeaba. Era un lugar unánime al fin del Todo. Sintió un frío agudo y cómo este lo vestía. Prestó atención a un rumor aparentemente lejano. Eran unos pasos sin rumbo. Decidió a seguirlos. Estuvo de esa manera por varias horas, buscando cómo salir de aquella prisión inmaterial. Comenzaba a sentir un ligero temor. El sonido de aquellos pasos jugaba con su esperanza, resonando con fuerza y de pronto en susurros, despertando la intranquilidad y la impaciencia. De pronto un alfiler reventó esa angustiosa burbuja. Se disipó una tenue luz, muy a lo lejos. Al ver aquel rayo de esperanza en la distancia, Malcolm no dudo en ir en su dirección. Pero al dirigirse a ella, esta se alejaba, manteniéndose a una distancia inalterable. Se encontró en aquel desesperante y fatigoso bucle por buen rato, más del que me gustaría recordar. Hizo uso de su fuerza en los pies para volar más rápido y en las manos para intentar desgarrar el espacio en torno suyo, y desataba sus violentos rayos con el fin de atacar, embebido en impotencia. Todo fue inútil. Se mantuvo distante en todo momento, escuchando aquellos provocativos pasos, contemplando aquella luz como una esperanza inalcanzable. Sus ataques se iba volviendo más violentos. Su vuelo, sin duda doloroso, marcó en su rostro un entrecejo de ojos absolutos, envueltos en un fulgor verdoso. Un grito sin ruido era libertad en su cruzada, un arrebato violento era su llave. Fue ahí, tras una formidable y severa lucha consigo mismo, cuando logró su cometido, llegando a tocar la ínfima estela y su calidez manifiesta. Se liberó del resonante caminar en sus oídos y de la inquietud que había invadido su corazón. Posó su pie a la orilla de la estela y su mano la tomó con el propósito de no soltarla. Respiró por unos breves minutos, pues algo en su interior le dijo que lo hiciera, que iba a necesitar de ese aire sosegado. Sin temor alguno, avanzó a través de aquel camino de luz, dejándose envolver por una cándida ceguera.
Por fin en libertad y en silencio, cerró los ojos y, de manera inmediata, cayó. Cayó por varios miles de metros, aceptando, dejando que un extraño y dulce aire acariciase su rostro. Una fuerza no permitía que volase con aquella estela parte de él; aun así, él no quería volar. Al abrir los ojos, con paciencia, encontró un soberbio cielo azul decorado por unas cuantas nubes blancas y, tras de ellas, tapizando el fondo, incontables lunas y planetas de diversos tamaños. Al mirar hacia abajo, vio que no había nada más que cielo de sobra. Se encontró en la realidad de los cielos y los aires. Y no le dio importancia a su largo descenso, pues a diferencia de la realidad pasada, esta brindaba una dulce tranquilidad. Él quiso creer que estaría bien, él sintió que estaría bien. Se limitó a ser uno con el cielo, uno mismo con la caída. Entonces se hizo presente el tiempo, como hace tanto no lo hacía, volviendo el cielo de azul a púrpura, de púrpura a rojizo, de rojizo a oscuro. La noche era peculiar debido a su total ausencia de brillo. No encontraba ya aquellos planetas y lunas que existían de día o alguna estrella distante con el fin de brindarle una pequeña compañía. Mas no resultaba carente de nubes, ahora grisáceas, ni de aquel primoroso viento, un poco más liviano que antes. A su suerte, el tiempo, indeterminable desde el momento en que se fue la luz del día sin sol, y el destino, decidieron ser caritativos con él.
Las sorpresas que nos brinda la vida, si bien son pocas, muchas veces no suelen ser como esperamos. Si pedimos una tarde de purpúreo crepúsculo, nos brindan un amanecer rosáceo. Si pedimos un inolvidable amor de verano, nos regalan uno amable para toda la vida. Si pedimos una marea tranquila para la pesca, nos deparará una agitada con peces de sobra. Así funciona normalmente el destino positivo-sorpresivo. Para nuestro protagonista, su perpleja sorpresa fue agua por debajo de él, marcando la línea de llegada. Era una extensión de agua interminable, sin oleaje y con un brillo propio. No hablo de una clásica luminiscencia marina repartida equitativamente a lo largo y ancho, no. Era una única luz de gran tamaño al centro de ella, inmensa, de una impecable blancura. Llamó su atención la calma del agua, notando así que el enorme brillo albo era propio de tal inmensidad acuática, como un etéreo dibujo al centro de un lienzo oscurecido. Sus ojos se llenaron de curiosidad, así como de cautela. Manifestó de nueva cuenta su fuerza en estela, mas no para volar fuera de riesgo. Solo amparó su cuerpo. De manera directa y violenta, entró al agua después de caer más kilómetros de los que recordaba.
Malcolm no sabía si todo eso era un espejismo de lecho de muerte o la realidad vuelta en fantasía. Dudaba de sí mismo y sobre lo que veía y sentía. No comprendía la puerta, la caída y ahora la realidad en su totalidad marina. Estaba ensimismado en sus preguntas, presa de inciertas ideas futuras. Al mismo tiempo que entró al agua, aquel llamado retornó, con sus mensajes en código y metáforas absurdas: «Solo uno nacerá a los ojos de la luna», fue lo que entendió tras escuchar atentamente. Entonces, de nueva cuenta, se hizo silencio. Siguió su descenso al fondo marino, que ya no era oscuro. La luz de tono albo que yacía siendo parte de esa vasta extensión de agua se enmarañaba frente a sus ojos, como hilos de luz que ondulaban sobre su cuerpo, como telarañas danzando entre las aguas agitadas. Finalmente podía ver un poco más de lo necesario. No había corriente o animales, plantas, cuevas o corales, simplemente él y una nada taciturna, moldeada solo por las burbujas que brotaban de sus pulmones a la superficie. Malcolm sabía que tenía que seguir tanto como fuera. Tenía que conocer aquella promesa dicha a su oído en la Tierra: el perdón y la fuerza.
Mientras, los humanos, en el augurio de una próxima batalla, se preguntaban por qué y a dónde había partido su héroe. Estos eran únicamente testigos sin voz de un adiós sin motivo. Pensamientos sobre el abandono de su salvador invadían la ansiedad de unos, mientras que otros, los más escépticos, aceptaban su partida, asumiendo que no habían sido lo suficientemente merecedores de aquel mesías. Como sea, todos convenían en una posibilidad: «Un ser extraordinario a su manera ha regresado al espacio extraordinario». Juraban que el cosmos lo había tomado de vuelta tras prestárselo a una humanidad indigna de tal fuerza.
Siguió su descenso entre las burbujas y sus luces. El abismo en el que se hundía era cada vez más inhumano, y la presión y el frío iban poco a poco reventando sus oídos, comprimiendo su cabeza, machacando sus pulmones, orillando sus músculos a la hipotermia, deteniendo la circulación en su sangre y quemando su piel. Se sumergió en el espacio desconocido al ritmo de un vuelo ininterrumpido. No había dormido ni comido por tiempo indeterminado. Había luchado mentalmente contra el vacío y contra una caída sin fin. Pero aquel océano era demasiado. «La última puerta», o eso quería creer. Mientras la vida era cada vez más difícil de sostener sobre su cuerpo de carne y hueso, la energía gamma resplandecía en su interior, como una vela que, sin importar la lluvia o el viento, arde con auténtica vehemencia. Era el pequeño detalle sobre esta fuerza divina: nacía de la voluntad de uno mismo; lo que quiere decir que, para mantenerse con vida, únicamente tenía que mantener su voluntad de vivir a flor de piel en todo momento (cosa no sencilla). Iba cerrando los ojos y apretaba sus dientes en modo de lucha por un minuto de vida. No había más aire en sus pulmones y la sangre se detenía. Pero algo no permitía que durmiese tranquilo. En su interior, él no dejaba de ver su pasado derrotado. No dejaba de sentir su presente entre la bruma.
Recordó cuando despertó su poder en Ciudad S, cómo mostró a toda su nación y al mundo entero la fuerza dormida en su interior, cómo protestó su voluntad y la hizo realidad ante su gobierno, destruyendo sus armas y voluntades tiranas y liberando a su gente, y cómo declaró la guerra a un mundo dividido, popularmente, en humanos, elegidos y metahumanos. Recordó cómo dividió a esta gente que gozaba de dones inimaginados y los segmentó entre incomprendidos y privilegiados, y cómo ambos bandos pelearon de manera incesante y primitiva sobre los cuerpos de los inocentes. Por último, recordó el fin de su batalla, el enfrentamiento contra el hombre del nuevo mundo, el ejemplo del hombre del mañana, el primero en dar voz a todos aquellos distintos de la regularidad humana: «White Mask»; y cómo este, tras una largo combate, lo derrotó. De ahí su rivalidad cesó y fue entonces que su tregua marcó el fin de la última gran guerra que haya visto la humanidad. Fue ahí cuando lo entendió. Él debía seguir sin importar la adversidad. No podía desistir de sus sueños o ambiciones, puesto que el futuro debía de ser uno con él y él con el futuro. No había vuelta atrás. No existían segundas opciones. Entonces, su ímpetu y coraje lo llevaron a lo más profundo de aquellas gélidas y abismales aguas, resistiendo sin importar cuanto sufriera.
Fue en ese momento, al filo de la noción y la cordura, de la vida y la muerte, que pudo notar un horizonte al fondo del abismo. Un brillo nació de lo profundo. Entonces, motivado por su instinto, su estela se hizo relucir, evaporando el agua en torno a él. Sus músculos se liberaron de aquella gélida presión y su mirada brilló en la mitad de la nada. Con la escasa vida que le quedaba, su poder, en contraste, se volvió más grande que nunca. Fue a toda velocidad a lo profundo. Había algo tras esa espesa cortina de agua calma, algo parecido a una alfombra de tono anaranjado, la cual parecía cubrir, en un plano inferior, las mismas dimensiones que el agua. Llegando al límite, a unos metros de su destino, se planteó, sobre un juicio repentino, una respuesta a lo que veía. «El planeta alberga dos cielos, uno por el que caí libremente miles de kilómetros y el segundo esta extensa masa de agua con su luz en medio de ella». De no ser el caso, Malcolm asumió que sería tan solo el delirio de sus últimos momentos. Pero cuando de manera repentina terminó su trayecto al romper el límite acuático, vio cómo su teoría se hizo realidad. Violentamente salió del agua, dando un gran jadeo, desesperado por tomar aire. Su estela se difuminó al mismo tiempo en que sus músculos se rindieron. Y sin tomar en cuenta y sin temerle a la altura y caída libre, durmió, desplomándose a la suerte de lo fuera que le estaba aguardando. Pero este lugar iba a tener en consideración a la vida: el futuro sería certero a su salud. Pero ¿por qué…? Al fin había llegado. Sabía, sin saber concretamente, que este era el lugar al cual estaba destinado.
Entreabrió los ojos por última vez, apreciando el segundo cielo. Era un hermoso manto acuático anti gravitatorio, que por estrellas poseía burbujas, cada una con un singular reflejo; miles, millones de burbujas. Y más allá de las definiciones que comprenden nuestra lengua, se encontraba aquella luz que era una con el agua. A sus ojos fue una luna, la más grande que jamás haya visto, la más fuerte y hermosa y deslumbrante de todas. Notó, por último, que la totalidad del segundo cielo daba fe a un «paraíso». Nuestro joven héroe durmió profundamente, azotando contra el suelo, levantando sus anaranjadas arenas por los aires, resonando así la llegada del segundo invitado.
0. I
Nació en el año 1118 en el corazón de Ciudad S, en el seno de una familia de estrato social medio-bajo y pesando tres kilos y cuatrocientos diez gramos, Malcolm Oswald Lee Harper. La ciudad se sumía en el cuadragésimo aniversario de la dictadura de un hombre desentendido del bien humano: Carl Pilarie, «El Gran». Una ciudad sin voz ni futuro, privada de libre albedrío y opinión, ajena al mundo exterior, víctima de un solo conocimiento y despojada de la oportunidad de algo mejor. Las calles estaban vacías. El miedo cotidiano era palpable a ojos de ciego y los días eran alegría únicamente al son de unos pocos. La madre de nuestro protagonista, Amanda Harper, era una mujer de clase asalariada, trabajadora en toda la extensión de la palabra. Nunca estaba en casa a causa de los demandantes horarios laborales. Catorce horas diarias y un día de descanso para disfrutar a su familia era la ley. Trabajaba en el único diario de la ciudad, El Presente, siendo presa y participe del amarillismo, la idolatría y el populismo que este dictaba. Su padre, Nicolas Lee, era un soldado de rango menor en el ejército, quien pocas veces tenía tiempo de estar en casa, por lo que nunca fue muy allegado a su familia. Por último, estaba su hermana menor, Michelle Lee, quien al momento de su nacimiento sufrió una pequeña complicación médica, una falta de oxígeno, la cual ocasionó que la pequeña y cenceña niña sufriera de un pequeño retraso. Tal hecho género en Malcolm un marcado complejo de hermano mayor sobreprotector. Sin duda alguna, era una familia tan desdichada como todas las de su tiempo.
La metrópoli no lucía nada de especial en comparación a sus vecinas. Era una inmensa concentración urbana extendida kilómetros al horizonte en pasos de hambriento concreto. La diferencia radicaba en sus gobernantes. Mientras otras ciudades como Ciudad M o Ciudad J gozaban de un gobierno democrático y superficialmente justo, aquí nos encontramos con otra realidad. Una tersa dictadura era la primera impresión; pero cuando uno vivía lo suficiente para abrir los ojos y ver alrededor, se encontraba con el temor, la represión, la brutalidad, el hambre, el desempleo, la segregación racial y el desinterés ajeno. «Vive por el Gran. Vive para él y con él», era el eslogan de cada mañana, uno que se veía en la televisión, se leía en los diarios y se escuchaba por las sirenas callejeras y la radio matutina. Pero el detalle más turbio de esta distópica ciudad yacía en la labor de labores: mantener fuera del orden cotidiano a los elegidos y metahumanos. Cabe detallar que esto era igual en todos lados. Desde Ciudad A hasta Ciudad Z, los gobiernos eran conscientes de la existencia de los superhumanos, así como tenían la obligación de desaparecerlos. Pero dentro de Ciudad S era algo distinto, ya que no solo buscaban dejarlos fuera del mapa, sino que era su fin y placer desaparecerlos a ellos y a todo lo que los rodease de una manera tan fría y salvaje como nunca se practicó en otras ciudades.
Al crecer, Malcolm se volvió un joven como cualquier otro. Era tímido y algo risueño, sus principales motivaciones eran su madre y hermana, y sus sueños y actividades eran de lo más usual en cualquier mancebo: ir al colegio, jugar, hacer ejercicio, leer, escuchar música. Con el paso de los años, empezó a jugar con su poder a los ojos de su hermana para divertirla, ya sea con un espectáculo de luces o levitando en las planicies alejadas de la urbe, donde nadie los viera. Desde siempre, como era habitual en los elegidos, fue consciente de su naturaleza distinta, de ser poseedor de virtudes más allá de la comprensión y la normalidad. Pero no le importaba el serlo. Él era feliz e inocente. «Nunca muestres quién eres», le repetía su madre cada mañana. Ella sabía lo que podía sucederle. Su madre jamás aflojó su carácter estricto, motivada en volver a su hijo un hombre prudente y capaz de protegerse a sí mismo. No quería perderlo así tuviera que reprimirlo de la misma manera en que su gobierno hacia con ella, por lo que estaba dispuesta a ser la mala de la historia a los ojos de Malcolm con fin de salvarlo y salvarse. Creció al son de los días que envejecen un retoño dormido, a las noches despierto reflexionando sobre lo que era y de dónde había venido, al sentir de un rencor incomprendido. Tenía tan solo catorce años cuando por fin entendió la naturaleza humana, temerosa casi siempre.
Se encontraban en un campo de verde césped, bastante alejados de la ciudad, Malcolm, su hermana y su madre. Era un domingo cualquiera. Descansaban relajados, haciendo un pequeño picnic, hablando de nada y riendo por poco, como suele hacerlo la gente en los días de sobra. Fue ahí cuando Malcolm, al irse su madre por unos breves momentos y desobedeciendo las reglas, le enseñó a su hermana tres rayos gamma, uno haciéndolo chocar contra una piedra de gran tamaño y dos lanzándolos al cielo cual pirotecnia, con el único fin de divertirla. Y así fue. Ella desprendía sus últimas risas. Un joven matrimonio, el cual apenas iba de paso, contempló aquel acto. Ellos vieron al joven y su increíble poder. Malcolm, al darse cuenta de ello, en respuesta, les vio con los ojos bien abiertos, reflejando en su entrecejo un temor enmudecido. El matrimonio se marchó sin dirigirle la palabra. Malcolm no dijo nada a su madre. Tres días después ocurrió lo inminente.
Era una noche cualquiera. En una habitación, los pequeños niños dormían. En otra, su madre dejaba el espacio en la cama a un esposo que jamás llegaría. La noche era espesa. La ventana en la sala entreabierta y su vista desde el décimo piso permitía el correr del aire nocturno. Fue por tal frío que Michelle se despertó. Movió a su hermano mayor. Susurró un poco para despertarlo. Le pidió que fuera a cerrar la ventana. «No puedo dormir. Tengo frío». Malcolm se puso de pie, yendo entresueños. Al llegar a la sala, tras el angosto pasillo desde los dormitorios, vio frente a él una silueta negruzca tambaleándose. Al ver más de cerca, encontró a su padre, Nicolas. Al acercarse a la luz de luna que se abría paso por la ventana, ondulando por el cortinaje, mostró cuatro heridas de bala en su pecho. Cayó de espaldas contra el gélido piso. «¡Papá!», fue lo que Malcolm exclamó, alucinado. Se acercó y sujetó la cabeza de su padre sobre sus pequeñas rodillas. Sus rígidas extremidades y su lívida piel eran sinónimo de próxima muerte. Él, al verlo, con los ojos estáticos y perdidos en las memorias de su vida, únicamente dijo una frase, una que Malcolm jamás olvidaría y habría de orillarlo al sendero del odio y la venganza, casi murmurándola, decorada por la sangre que brotaba de su boca: «Ojalá nunca hubieras nacido». Quedó atónito. Vio entre sus lágrimas cómo la vida de su padre se esfumaba, sin ser capaz de hacer algo para impedirlo. Acto seguido, un sorpresivo y salvaje golpe en la nuca noqueó al joven hasta la mañana siguiente. No recuerda más, no recuerda menos.
II
Aquel refugio, árido paraje donde espabilan los deseos, sitio donde dejamos de lado lo que conocemos y nos enfocamos en lo que vemos y sentimos, empezó con un guiño.
Despertó al poco tiempo de iniciado su letargo. La sábana del viento ya no era calor suficiente. Su perpleja mirada, aún exhausta, era incapaz de desprenderse de aquel cielo, el cual incitaba las más placientes sensaciones. Desvió entonces, con sumo esfuerzo, casi por deber, su vista contra lo que le rodeaba. Nada más que arena había en aquel lugar. Era un interminable desierto de dunas anaranjadas que brillaban por sí solas, en contraste perfecto contra el oscurecido cielo, decorado nada más que por uno que otro árbol marchito y por alguna piedra tan sola como ella misma. Sintió los incalculables granos de arena helada correr entre sus dedos al tratar de sostenerla, y sintió un viento repleto de emociones acariciar sus mejillas y sus párpados templados. Fue su sorpresa que un paraíso fuera, en contraste a lo establecido, algo así como un alma dormida.
Se puso de pie, adolorido y con trabajos, y se sacudió la poca arena que había quedado pegada a su traje. Comenzó a caminar. Cual navegante errante marcó su trayecto en dirección a la luna, la cual en todo momento se posaba a las tres de la tarde, sin importar la latitud donde se encontrase. Era de esas caminatas que solo los trotamundos conocen bien: sin inicio ni final, pero con rumbo claro. Fue sumamente pesada, pues sus músculos aún estaban fatigados, mas siempre constante, motivado por recónditos anhelos. El hambre y la sed se iban haciendo presentes, así como un adormecimiento más intenso que el vivido previamente. Y el llamado que lo trajo había acallado sin dar fe a un cercano regreso. Estaba algo preocupado, mas seguía predominando en su corazón el convencimiento de que su destino no era haber llegado solo para morir, de que había algo más. Entonces ignoró sus padecimientos. Alistó su voluntad y su sombra y se dispuso a seguir hasta dar con ese algo desconocido.
Al inicio todo corrió con normalidad, como sucede en todo éxodo. Lamentablemente el tiempo cobra tarde que temprano. A las cuatro horas se volvió difícil el cargar la voluntad entre aquella gélida arena, blanda ante todo. A las seis horas y media fatigó la certidumbre, perdiendo el sentido sobre camino que seguía. Empezó su verdadera agonía a las diez horas, al sentir alfileres de hielo clavándose en sus piernas y el corte de los finos vientos contra su rostro y su cuerpo. Crujían sus huesos. Rugía su estómago. Su alma se roía. Su mente jugaba desesperantes bromas, mostrándole espejismos jamás al alcance o entretejiendo aromas de alimentos en los aires o alertando voces y ruidos irreales. No pudo volar a falta de algo que desconocía, pero era lo de menos, pues era llevado de la mano por un pequeño destello de voluntad en cautiverio.
Los últimos pasos del viaje son siempre los más lentos y eternos, los que suelen prolongarse más de lo debido a causa de nuestra ansia de llegada. Al mismo tiempo, suelen ser de los más hermosos, pues en ellos, por vez primera, se contempla el extremo contrario de nuestra partida. Al tomar su segundo descanso en lo inhóspito, sentándose sobre una roca que apenas sostenía su cansancio, volviendo la vista ante un cándido reojo, contempló, con sus firmes y almendrados ojos, una pequeña luz en la cuna del horizonte. De inicio le pareció extraña. Al poco asumió, por la suavidad de su brillo, el cual apenas y rozaba sus pupilas, y por su posición estática, que no se trataba de una casualidad. Se planteó varias explicaciones a su origen, pero aquello era lo de menos. Se trataba, sin importar su naturaleza, de una respuesta. Y fue en aquella misma dirección, perdiendo su mirar y confiando su suerte en la luz del horizonte, en donde la encontró. Una silueta humanoide apareció de entre la nada, de entre el silencio. Una figura nunca vista: el sublime trazo de un perfil femenino delicado. De estela blanca, ausente de todo relleno o facción, de todo organismo o materia tangible. Se apreciaban únicamente dos rasgos más allá de su sexo, los cuales eran sus indumentos, un grácil vestido a manga corta hasta por debajo de las rodillas, y su cabellera lacia, rozando apenas sobre la cintura. Malcolm se levantó. La observó por unos instantes. Siguió su camino, convencido de que se trataba de otro espejismo. Pero esa convicción no duró por mucho tiempo. Esta caminó con él la recta final, entre la ligera caricia del viento y la arena bajo sus pies. Entonces no pudo resistir más la tentación, al ver como lo seguía en una caminata etérea y rezagada. Alentó su paso, dejando que la silueta llegase a su merced.
—Hola —susurró Malcolm.
Nuestro protagonista habló sin esperar respuesta alguna. A su sorpresa, un saludo común y cordial se desprendió de la silueta sin boca. El soez viento iba soplando más fuerte, siempre inaudible, augurio de cierta inquietud sin apariencia. No perdió el tiempo y preguntó a la silueta la mayor de las dudas:
—¿Fuiste quien me llamó?
—Una esencia de ello.
—¿Y qué haces aquí?
—He venido a verte. No te esperábamos tan pronto.
—¿Quién más no me esperaba?
—El autor de lo que tu vista ve, el que sopla el viento que te roza, el que divide los cielos y las aguas. Tu creador.
—¿Mi creador? —Lo tomó en broma—. ¿Sería tan amable «mi creador» de presentarse?
—Todo a su tiempo, todo a su tiempo… Sigue caminando sin miedo, Malcolm. Sigue caminando.
Acto seguido, la silueta se desprendió de la arena, dando un salto en diagonal hacia delante, como marcando el trayecto. Voló de manera delicada, en un aura apacible y arcana, cual pluma en un viento tranquilo. Malcolm seguía sin volar, observando en silencio la inmaterial gracia de aquel ente
Anduvo varios kilómetros todavía con dirección al horizonte donde aquella silueta, junto al destello, se había escondido. Poco a poco la arena, antes anaranjada, se fue volviendo blanca. Y de la misma manera en que cambió el color en ella, también la materia, tornándose en una arena firme de fácil andar. Al igual que el suelo, el segundo cielo recibía su respectiva evolución. La luna en el cielo dejaba su pose a las tres de la tarde para ubicarse al medio día sin minuto de más. Y cuando Malcolm llegó al pequeño montículo donde la silueta se encontraba contemplando la caída del desierto, esta se difuminó sin decir más. Entonces Malcolm encontró, tras los blancos pétalos en que se convirtió aquella silueta, el lejano destello, el destino por sí mismo prometido. Era una colosal pirámide, entera de vidrio negruzco, al fiel estilo de la antaña obsidiana. Se encontraba dentro de un inmenso sumidero de arena blanca, asimilando al núcleo del mismísimo desierto. Entonces el llamado al fin regresó; naturalmente, con sus códigos y metáforas absurdas: «Bienvenido». Así, el llamado acalló para siempre. Tras esto, el segundo cielo prestó sus servicios a lo fantástico. Un rayo de luz se desprendió de la luna. El blanquecino hálito impactó en la punta piramidal, con endeble poderío, estableciendo un nexo entre las aguas y el desierto. Malcolm no hizo esperar su actuar, tan instintivo como de costumbre. Bajó lentamente por el leve declive de pálida arena en dirección a la entrada principal de la estructura. Lucía un aura y gesto reconfortado, complacido por haber dado con aquello que por tanto tiempo estuvo buscando. Pero el hambre y la sed agudizaron, el sueño golpeaba con fuerza, el dolor y el frío de los músculos le alcanzaba. Estaba completamente exhausto. Bajo su harapiento traje, había un cuerpo al límite. En su interior, un espíritu abatido. No pudo soportarlo más. Perdió el conocimiento, desplomándose a los pies de aquel templo.
De entre sus sueños y pesadillas, llegaron imágenes amorfas sobre su pasado y futuro. Si bien fueron pocos y en gran medida confusos, las sensaciones que despertaron fueron de un orden superior al habitual. Malcolm, quien usualmente entendía todo sueño y pesadilla, así fueran de la singularidad de una hoja o una hormiga, en este caso específico, tuvo gran dificultad para apreciarlos. Los del pasado eran gritos desesperados, estruendos de explosiones, lugares alguna vez visitados, una risa y una frase nunca olvidada: «Vive, vive todo lo que puedas». Y llegaron los sueños futuros, siendo tan abrumadores que resultaron un vórtice de las más angustiosas y excepcionales cualidades. Fueron seis imágenes. La primera era un espejo del mundo entero; no sabría exponerlo de la manera en que fue concebido por nuestro protagonista, mas solo que eran él y la existencia conocida por su mente y su reflejo. La segunda era la imagen de su hermana y su madre en un escenario extraño; esta imagen acompañada por el sonido de una bala perdida y de una aguda voz diciendo «tengo ganas de vivir». La tercera era de nueva cuenta la Tierra, pero una más cruda de la que habita: era él ante una atroz apariencia aún no concebida. La cuarta era él caminando entre el cielo y la noche, caminando del cielo a la noche, viviendo el cielo y la noche. La quinta fueron sus manos: las mismas que le otorgaban fuerza, se encontraban bañadas de sangre y bastante heridas, calcinadas en cierta medida; eran señal de batalla. Por último, era él subiendo unas escaleras de piedra, yendo contra un remolino de luz en la parte más alta de una plataforma. Seis imágenes futuras augurando una odisea entre el nuevo mundo y la Tierra. Pero ya soñados minuciosamente, se limitó a despertar. Fue dentro de la pirámide, en una habitación sin ventanas, de paredes y pisos negruzcos, sobre una cama blanca sin almohada ni manto, donde encontró el despabilo. «¿Dónde estoy?», se preguntó, sintiendo un frío sudor correr por su frente y en su pecho un corazón agitado. Se sentó a lo largo de la cama.
—Al fin despiertas. Juraba que no lo lograrías. —Llamó su atención la voz de una mujer, recargada sobre su hombro en el marco de la puerta.
Malcolm volvió la vista en respuesta de aquella voz, que a primera instancia le pareció bastante dulce, hallando una sorpresa. Aquella mujer parecía una terrícola. No pasaba de los treinta, de metro ochenta, piel negra, cabellera alborotada y finos rasgos afroamericanos. Eran sus ojos los ojos más profundos que se pudiesen imaginar, grandes y redondos y repletos de una encantadora oscuridad que desprendía un íntimo y abundante brillo a donde sea que mirase. Y vestía un uniforme azulado, algo suelto, con unos cuantos ornamentos dorados y blancos de pies a cabeza. Pero que mis cumplidos no los engañen. De ella desprendía un aura poderosa, bastante más poderosa que la de la gran mayoría de elegidos o metahumanos de la Tierra. Contrastaba el vigor de su espíritu con su fina apariencia. Malcolm se dio cuenta al instante. Ella continuó hablando:
—¿Sabes? Es extraño ver a alguien tan similar a mí, enserio. Ha pasado tiempo. Y vaya que eres atractivo. Un poco joven, pero bastante atractivo.
—¿Quién demonios eres tú? ¿Dónde estoy? —dijo Malcolm súbitamente.
—Estás dentro de la pirámide, no te preocupes. Cuando llegué ya estabas aquí. Y llámame Lavendis. Mucho gusto, terrícola.
—Hola… Mucho gusto. —No se dio cuenta.
—Veo que estás bastante confundido.
—¿Eres adivina?
—No te preocupes, ya somos dos —respondió ignorando su sarcasmo.
Entonces, Malcolm razonó su respuesta y habló:
—Un momento, ¿dices que ya estaba aquí cuando llegaste?
—Así es —afirmó acompañada de una sonrisa—. Eres algo lento.
—¿Hace cuánto llegaste?
—Mmmm, es difícil darle una noción al tiempo en un lugar que no cambia. Yo diría que hace diez días, probablemente.
—¡¿Diez días?! —Supo de inmediato que no podía dar por hecho el concepto de diez días, pues no había forma certera de medir los tiempos en aquel lugar. Podrían haber sido unas horas, podrían haber sido unos meses.
—Puede que más. No recuerdo exactamente. Aunque sí recuerdo cuando cambiaron tus ropas. Esa fue mi parte favorita —dijo en tono vivaz.
Fue ahí cuando se percató de que sus vestimentas rojinegras habían desaparecido, siendo cambiadas por un harapo blanquecido que apenas y cubría su entrepierna.
—¿Qué pasó con mi ropa?
—Tranquilo. Está afuera de la habitación, colgada sobre el perchero. Aunque recomendaría que cambiases ese traje rojizo por algo más digno de tu porte. No te queda.
—A todo esto, ¿por qué estás aquí? —Malcolm estaba algo harto.
—¿En tu habitación? La verdad, venía a verte. Hace mucho que no veía a un hombre tan entero. Se extrañaba, más aún cuando el resto de los seres aquí son bastante extraños y feos.
—No, me refiero al planeta. ¿Cómo llegaste aquí…? ¿Dijiste otros seres?
—Tu confusión no se va a aclarar con una charla —dijo con una breve sonrisa—. Vamos. Cámbiate y sígueme. —Salió del cuarto.
Malcolm estaba confundido, por lo que no iba a quedarse esperando. Se levantó de aquella cama. Caminó a la puerta en búsqueda de sus indumentos, dejando caer aquel harapo. Se asomó y encontró a su mano derecha el perchero de plata. Tomó su ropa.
—Vaya, sí que tienes figura —dijo Lavendis al verlo salir al pasillo, al lado contrario, casi suspirando.
—¿No te habías ido ya? —dijo Malcolm algo molesto y sonrojado.
—Apresúrate, nos están esperando.
Tras esto, de jalón, tomó su traje rojo y negro y sus botas negras. Encontró de inmediato que habían sido completamente restaurados. Las rasgaduras y daños a causa del tiempo y la adversidad ya no estaban presentes, como si hubiesen sido pintados con delicioso lujo de detalle mientras dormía. Decidió no perder más el tiempo en sus dudas. Se vistió presuroso y calzó sus botas como si fueran nuevas y salió al pasillo nuevamente, donde lo esperaba Lavendis.
—Vamos, primor.
Era un inmenso corredor del mismo tono obsidiana, que se alumbraba con luz propia, naciente de las paredes y el techo y el piso, permitiendo observar no más que el siguiente paso. A los costados y a determinados metros una de otra, se encontraban habitaciones, idénticas todas a la que despertó Malcolm. Así mismo, la única decoración viva en el ambiente era el sonoro eco de los pasos, rompiendo un denso silencio, pues no existían más que unos cuantos percheros de plata por encima de la negrura. Al poco de caminar, Malcolm no pudo reprimir más su curiosidad y dijo tras un sutil comentario:
—Creí que sería el único capaz de llegar a este lugar.
—Creíste mal, primor.
—Debes de ser muy fuerte… Nunca te había visto. ¿De dónde eres? ¿Por qué no había oído hablar de ti?
—¿De dónde?
—¿De qué parte de la Tierra?
—¿Tierra? ¡Ja! Estás equivocado, primor. Yo no provengo de tu planeta.
—¿Qué?
—Veo que los terrícolas no son muy perceptivos. Era de esperarse, siempre condenados a la vista.
—¿De dónde eres?
—Vengo de una galaxia lejana, escondida a millones de años luz de la tuya, entre la constelación que ustedes conocen como Virgo. Mi planeta se llama Theós y es muy similar a la Tierra, de ahí la razón de nuestro parecido.
—Ya veo… Parece que saben de nosotros.
—Claro que los conocemos. Somos su creación gemela. Igualmente somos un planeta joven, orbitamos una enana amarilla, tenemos una atmósfera similar, la gravedad de ambos mundos es prácticamente la misma y sus ecosistemas se asemejan a la composición de los nuestros. Somos muy similares, aunque un poco menos anticuados.
—¿Me estás diciendo que somos primitivos?
—Cada especie evoluciona a su propio ritmo. Es cuestión de tiempo.
—Eso creo... Asumo que hay más como tú en tu planeta.
—¿Cómo yo? ¿Podrías ser un poco más específico? —Lavendis se iluminó.
—Ya sabes, fuerte.
—¿Fuerte? Todo ser tiene algo de fuerza en su interior.
—¿Tanto como para poder llegar aquí?
—Vaya, vaya. Parece que no solo eres una cara bonita. Resultaste observador. —Vaciló—. Bueno, no hay razón para mentir. Si bien, somos una civilización más avanzada, no todos gozan de fuerza como la nuestra.
—¿Nuestra? Entonces sí hay más.
—Nuestra, en el sentido tuyo y mío… —Malcolm se extrañó ante sus palabras—. Respondiendo a tu pregunta previa de por qué estoy aquí, es porque somos iguales. —Recubrió lentamente su mano con la energía gamma—. También poseo este hermoso poder.
—¿Cómo sabes que yo lo poseo? —No estaba asombrado.
—Esa pregunta se responde con mi respuesta a tu otra pregunta: «¿Dijiste otros?»… No somos los únicos aquí, primor. Hay más como nosotros. Asumí que eras igual que todos puesto que sería extraño si no lo fueses. Serías el único distinto.
—Vaya, ya entiendo. Con que todos iguales…
—Aunque cada quién llama a este poder de una manera diferente. ¿Qué nombre le pusieron ustedes?
—Gamma —dijo con un leve tono de voz, como apenado—, energía gamma.
—¿Gamma? Qué curioso. ¿Y qué significa?
—Francamente, no sé. Me parece algo tiene que ver con el alfabeto griego.
—Ya veo. Es un lindo nombre. Me gusta.
—¿Ustedes cómo la llaman?
—Prásini zoí —Su voz vibró el tono de otra voz. Malcolm no le dio importancia.
—¿Vida verde?
—Ya sabes. El césped, las flores, las frutas, los árboles. Nombramos cada energía en virtud de algún elemento en la naturaleza.
— Entiendo… Así que conocen otras energías.
—¿Ustedes no?
—No del todo —respondió con un dejo de molestia.
Siguieron la plática con normalidad, sin mucha relevancia más que para conocer las culturas e historias uno del otro, vividas a extremos opuestos del universo. Los pasillos del lugar parecían infinitos, casi como un laberinto de cuatro dimensiones. Y de entre la charla, extendida ya por varios minutos de camino, se percató de un detalle.
—Tengo una duda —dijo Malcolm, cercano al filo del andar.
—¿Qué ocurre?
—¿Cómo es que podemos entendernos? Es decir, no creo que en tu planeta hayan desarrollado el mismo lenguaje que en el nuestro. Me es extraño. No sé por qué no me lo había preguntado antes.
—Esa es una increíble pregunta —animó con una sonrisa, como entendiendo la gracia de la misma—. A comparación del número de maravillas que este lugar me ha mostrado, creo que lo de menos es saber cómo podemos comunicarnos entre nosotros. Pero comprendo. De misma cuenta me plantee esa pregunta hace un tiempo, pero nunca pude llegar a una respuesta cien por ciento certera. Por lo que, si he de brindarte una respuesta, te la daré desde mi punto de vista, sin ser necesariamente correcto.
—Como suele ser.
—Parece ser que todos los que nos encontramos aquí podemos comunicarnos sin problemas entre nosotros. Todos compartimos dos similitudes: fuimos llamados por una voz susurrante a la vez que gozamos de este poder. Entonces creo que, o bien, es la gracia de nuestros poderes, o bien, es un permiso divino de fin desconocido.
—¿Y cuál crees que pueda ser ese fin?
—Me gustaría poder responder a esa pregunta. —Lanzó una sonrisa y un entrecejo amable e inocente, mostrando que en verdad no era capaz de contestar—. Yo igual tengo una duda.
—Dila.
—¿Cuál es tu nombre?
—Malcolm —habló con suma frialdad—, Malcolm Lee.
—Es un lindo nombre, tan lindo como tú. —Hizo gala de un hermoso gesto—. Bueno, Malcolm Lee, si hay algo que debes saber antes de salir de este pasillo, es lo siguiente. Han pasado varios días desde que el último arribado, Yuva, puso un pie en este lugar. Desde entonces te estuvimos esperando, pues era necesario que despertaras. —Terminó su respuesta Lavendis mientras llegaban a la luz al final del túnel—. No esperes que Xel ni Ametyst te reciban con los brazos abiertos. Los has hecho perder bastante tiempo.
Malcolm finalmente veía el centro del lugar. Todo era una inmensa construcción igualmente piramidal desde el interior. Desde allí, era apreciable el exterior como si se viera a través de un grueso vidrio polarizado. Había unas escaleras que daban a los dormitorios a cada lado. El piso brillaba por sí mismo y la frágil luz de la luna y el desierto entraba por todos lados. Pero eso no era lo más extraordinario. Colgando, al centro, exponiendo la máxima altiveza de la que puede gozar un objeto inanimado, había un reloj de péndulo de reluciente tono perla y ornamentos de piedra negra; mas sin manecillas, dejando de lado el pasar de las horas en sonidos y en memorias. A sus pies se encontraban los otros tres individuos. Xel, quien fue el primero en llegar. Ametyst, quien fue la tercera. Yuva, quien fue el último. Estos vieron por debajo de la escalera a la pareja que salía de los aposentos. Lavendis culminó:
—Bienvenido, Malcolm. Siéntete como en casa.
III
Los sucesos y su ritmo son lo que nos forman como seres humanos únicos y conscientes y racionales; pero, sobre todo, son lo que despierta nuestra empatía. Si sufrimos una guerra, nos unificamos. Si vivimos una pandemia, nos cuidamos. Si nos vemos aterrados, obtendremos nuestro cobijo desde el valor colectivo. Pero no solo empatizamos al paso de las desdichas, pues al compartir virtudes también nos vemos entre nosotros con ojos de comprensión y fraternidad y admiración. El entendimiento desde nada y hasta todo va, y con todo y con nada viene y va. Claro que, a diferencia de quienes se ven en desabrigo, los seres que empatizan desde alguna virtud, muchas veces, dadas sus extraordinarias cualidades, terminan siendo víctimas de la envidia y la arrogancia. Y el ejemplo más claro de esta malaria, naturalmente, se encuentra en esos elegidos que viven en favor de la venganza.
Arribaron desde lejos, de los confines más encantadores del universo.
