Nuevas devociones populares - Tamara Le Gorlois - E-Book

Nuevas devociones populares E-Book

Tamara Le Gorlois

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Beschreibung

Apariciones, muertes tempranas y trágicas, milagros expandidos a través de rumores, certezas que da la fe, altares a la vera del camino, flores frescas que se multiplican en una vieja tumba, un ídolo del deporte que arrastra devotos, sanadores, curanderos…  La fe y la esperanza se unen y dan paso a la consagración. La gente crea sus nuevos cultos, la mayoría surgidos al calor del sincretismo religioso. Nacen santas, santitos, santos, milagreros. Figuras vivas o desaparecidas, evocaciones, recuerdos, fotografías borrosas a quienes invocar, en quienes creer, a quienes rezar, pedir y agradecer. El mapa de las devociones populares está en permanente transformación: a las ya instituidas, se suman nuevas. Y sobre ellas habla en este libro Tamara Le Gorlois, con enorme conocimiento, con vasta información y con respeto. El niño Miguel Ángel Gaitán, la Juana Figueroa, Benjamín Solari Parravicini, María Soledad Morales, el Frente Vital, Rodrigo Bueno, Roberto –el sanador de Moreno-, Bertha Smith, la Iglesia Maradoniana y los Curanderos de Dolores son los protagonistas de este libro. Las historias reales se narran con detalle, sorpresa, dramatismo y estupor. De allí nacen creencias, santuarios, ofrendas, nuevas formas de la fe.

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Seitenzahl: 261

Veröffentlichungsjahr: 2020

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A mis padres

y a Gabriel Castro.

Con un especial agradecimiento a

Silvio Vitarella y

Daniel Fernández.

“No se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo.”

León Tolstoi

Introducción

 

No sorprendería a nadie, en aquel barrio humilde de la zona norte bonaerense, que la tranquilidad de la noche sea interrumpida por la bulla de errantes borrachines en busca de emociones. Pasa hasta en los barrios más selectos. Por eso, los gritos de aquella noche no levantaron sospecha alguna:

—¡Pará loco! ¡Pará! ¡Tenés a la Virgen atrás tuyo!

A los gritos siguieron ruidos de golpes, precipitaciones, desparramo de cosas, el típico desorden callejero.

La incertidumbre surgió el día siguiente cuando la vecina celadora, en su ronda de rutina, se encontró con que la cerra-dura de la escuelita había sido forzada. Sospechando lo peor, se adentró en el patio donde encontró el desparramo de bolsos, computadoras y cuanto elemento de valor hubieran podido encontrar aquellos sujetos que desvelaron a los vecinos de la cuadra en aparente juerga nocturna. Esta irrupción en el jardín maternal número 909 de Boulogne, lamentablemente, no nos sorprendió en el marco de inseguridad social que se respira por doquier, pero la intriga fue grande aquella mañana al ver que, a pesar de la impunidad, los ladrones no se llevaron nada. Todo quedó sembrado en el piso del patio, lo cual ya no era normal. Sin embargo, una gran incógnita solo puede resolverse con una gran revelación. Al levantar la vista, la celadora quedó tan estupefacta como los ladrones y los vecinos que se acercaron luego: la celadora estaba frente a una fulgente silueta en la pared. Para los vecinos quedaban pocas dudas: consideraron que aquella imagen humanoide, tan difusa como radiante, de rostro poco definido, con velo celeste y blanco y sosteniendo otra figura más pequeña en su brazo tenía que tratarse de la Virgen del Rosario. La imagen era muy clara, además de intriga, inspiraba admiración, fe y paz. Perduró muchos días y se dejó fotografiar, al igual que los misteriosos aros de luz, algunos tan grandes como una ventana, otros más pequeños, amorfos y especialmente radiantes, con nebulosas manchas en su interior. Los círculos se posaban en las paredes, las puertas, el tobogán, cambiando de lugar, apareciendo y desapareciendo a veces ante la presencia de agnósticos y escépticos, y volviendo a parecer en otros lugares.

En medio del desconcierto se recurrió a lo que había a mano: se llamó a la policía, que investigó si había algún proyector ubicado estratégicamente para crear aquella imagen, algún agujero en la pared o algún reflejo de luz desde las ventanas… Nada, no se encontró absolutamente nada que pudiera justificar lo que todos estaban viendo. Y como si fuera poco, la imagen se quedó allí varios días. No se le dio participación a los medios de difusión porque ya se había provocado bastante excitación en el vecindario y prefirieron proteger la imagen para que se quedara allí. Tampoco faltó tiempo para tomarle las fotos que le hicimos llegar a sacerdotes conocidos por sus dones especiales, con la esperanza de que dieran algo de luz sobre este acontecimiento que conmocionó a gran parte de la población. Los sacerdotes llamaron a la prudencia y la reserva, procurando desentenderse por no sentirse en condiciones de dar respuestas acerca del tema.

Ya en aquel jardín, la filantropía de la Fundación había despertado el deseo de autosuperación del entorno, tan necesario en poblados marginales, plagados de grandes carencias.

Esta sinergia y el espíritu de progreso se había fraguado entre los locales, que sumado al escueto equipamiento del estable-cimiento, representaba un gran tesoro en aquel paupérrimo barrio; pero de nada sirve el desarrollo material e intelectual si no va acompañado de lo espiritual, por eso las señoras de la Fundación regularmente se encargaban de concertar momentos de oración para generar, desde sus posibilidades, aquella contención espiritual tan necesaria.

Considerando este caso que se desencadenó durante el invierno de 2009, es interesante hacer un seguimiento para analizar cómo evoluciona, ya que la Iglesia no toma cartas en el asunto, y la gente continuamente demanda renovar su contención espiritual, sobre todo cuando escasean las banalidades materiales que puedan “distraerla” como ocurre en aquel barrio bonaerense.

Ante esta necesidad espiritual, la “aparición” podría devenir en un culto popular de múltiples versiones, según los ojos que la miren y quienes deseen hacerse responsables de sostener esta tradición. Los católicos verán en la imagen a Nuestra Señora del Rosario, otros hablarán de fuerzas energéticas, otros verán un alma en pena, o a la misma Difunta Correa. Y sin agotar la lista, otros, más allegados a las enseñanzas herméticas, podrían ver a Isis, Cibeles, Ceres, Deméter o cualquier otro símbolo que según la Tradición Primordial tenga analogía con el mercurio alquímico, la materia pasiva, el indispensable opuesto presente en la dualidad o la polaridad y la regeneración que hacen al equilibrio de la naturaleza. Después de todo, los mismos alquimistas nos enseñan que las famosas vírgenes negras que aparecían “milagrosamente” en la Europa Medieval y que luego eran materializadas en alguna cripta o gruta de iglesias y catedrales (Nuestra Señora de la Candelaria, Nuestra Señora de Montserrat, Nuestra Señora de Loreto, etcétera), no estaban muy lejos de la materia o tierra que metafóricamente usaban los alquimistas en la transmutación que produciría la Piedra Filosofal.

No deben sorprender los derivados de la palabra “madre” (mater, matriz, materia…), que identifica a la Virgen María negra, ya que en la matriz o útero de la Virgen se generaría la Salvación, nacería Cristo. Es la materia (tierra negra o metales vulgares) que los alquimistas trabajan en la transmutación para la sublimación del Ser, en la búsqueda de la Piedra Filosofal o Salvación.

Resulta interesante rever, en estos casos, los signos o símbolos manifiestos desde una óptica teosófica. A menudo se dictamina ver tal o cual figura mariana (como en el caso de la mencionada escuelita de la Provincia de Buenos Aires), cuando la figura es comparable con muchas otras.

Incluso, no es de subestimar que el icono pueda representar algún otro de la Tradición Primordial (como la figura egipcia de Isis).

Tampoco es cuestión de vivir para la gnosis buscando todo el razonamiento, excluyendo la connotación espiritual.

La dicotomía ciencia-espiritualidad fue tratada por la teósofa Helena Blavatsky (1831-1891) en sus tomos de Isis revelada: “Ciencia” y “Teología” (1875).

Blavatsky decía que ver los fenómenos desde una visión puramente teológica o espiritual peca en tener una percepción dogmática y fanática, siguiendo lineamientos obtusos que esclavizan al Ser.

De la misma manera tampoco se debería hacer una interpretación absolutamente científica aboliendo toda espiritualidad, ya que en este caso la ciencia contradeciría sus propios principios al negar la espiritualidad sin tener pruebas contundentes de la ausencia del espíritu. Según Blavatsky, definitivamente, la mirada espiritual y la mirada la científica deben complementarse y no cauterizarse mutuamente.

El relato de la escuelita maternal es tan solo un ejemplo de decenas de situaciones que generan cultos y tradiciones populares; y si pretendemos realizar un estudio psicoétnico, deberíamos hacer una cuidadosa lectura de las manifestaciones primigenias y la inclusión de otros hechos que puedan darse a futuro retroalimentando la creencia, lo cual se reflejaría en la prosperidad y en la magnitud de cada culto.

Aplicaremos el término culto en pos de la brevedad, pero no siempre define a la realidad en sí. Son considerados cultos populares porque involucran una masa de creyentes, iniciados y/o practicantes de los cuales no hay estadísticas.

A menudo encontramos los cultos oficializados, pero son más prolíferas las devociones paralitúrgicas, o sea, aquellas devociones hacia figuras no reconocidas por la Iglesia Católica como venerables, ni beatas, ni santas.

Un santo es un modelo que Dios pone ante los hombres y el proceso de canonización, largo y minucioso, es reservado a la Santa Sede que declara a alguien como integrante de la gloria y establece que puede ser honrado con culto de dulía.

Se toman en cuenta los casos de bautizados católicos, que vivieron en forma proba en la Gracia de Dios, permaneciendo en la memoria de la gente que los conoció, por lo menos hasta cinco años después de su muerte. Se tendrá en cuenta la ausencia de pecados mortales, y no los pecados veniales e imperfecciones de la persona en cuestión.

La Congregación para la Causa de los Santos, con sede en el Vaticano, está compuesta por veintitrés miembros de la alta jerarquía eclesiástica (cardenales, arzobispos, obispos) y especialistas (en gran parte laicos), que analiza en forma científica y jurídica las pruebas de los hechos sobrenaturales (un promotor de la fe, seis relatores y setenta y un consultores que pueden ser médicos, historiadores y canónicos).

Será este equipo el que determine las nominaciones de venerables, beatos y finalmente santos (el Papa da la última y definitiva palabra), a aquellos aspirantes que han alcanzado la gloria a través de milagros comprobados, y la nominación será sentenciada solemnemente por el Sumo Pontífice.

Tras comprobar mediante un denodado estudio biográfico que el candidato vivió las virtudes cristianas en grado heroico, y si dos tercios de la congregación lo avala, se convierte en venerable.

Si las comisiones médicas laicas consignan que hubo un fenómeno que carece de explicación científica, al corroborarse un milagro, deviene en beato. Y si se certifican dos milagros, es canonizado, o sea, declarado santo.

Así fue reconocido santo de nuestro país, el hijo de españoles y profesor en el barrio de Boedo, Héctor Valdivieso Sáenz (1914 - 1934). Se le atribuye haber curado de cáncer de útero a una joven nicaragüense, hecho al que las juntas médicas no logran darle una explicación científica. Conocido como San Benito de Jesús, fue beatificado en 1990 y canonizado en 1999, tras haber sido considerado mártir junto a otros ocho que fueron fusilados en Turón durante la Revolución de Asturias.

En la Argentina, la Iglesia tiene más de veinticinco causas en marcha, entre las cuales hay varios firmes candidatos: Sor María Ludovica de Angelis (beatificada en 2004), Ceferino Namuncurá (beatificado en 2007), Monseñor Eduardo Pironio y el Cura Brochero (cuyos procesos de beatificación en la Iglesia Católica ya están bastante avanzados), Mamerto Esquiú, la madre Camila Rolón, el fraile José León Torres (ya declarados venerables) y el empresario Enrique Shaw, entre otros.

El caso de Ceferino Namuncurá (1886-1905) está entre los más mentados. Hijo de un cacique y una cautiva, se internó en el Colegio salesiano Pío IX, donde curiosamente compartió su amistad con otro interno, quien también devendría en mito popular, Carlos Gardel. Ambos cantaron juntos en el coro de la capilla y en actos del colegio. Su beatificación se inició en 1944 atribuyéndosele la curación de la cordobesa Valeria Herrera, quien padecía cáncer de útero e incluso pudo concebir tras la intercesión de Ceferino.

Otro caso, el del “cura gaucho”, el cordobés José Gabriel Brochero (1840-1914), es recordado por su evangelización a gauchos y comechingones, atravesando a lomo de mula la Pampa de Achala y el Valle de Traslasierra. La lepra hizo que pasara sus últimos días sordo, ciego y en una gran miseria. Años después de su entierro, su cuerpo se encontró incorrupto.

Son muchas las tradiciones donde predominan elementos litúrgicos cristianos; cultos a santos reconocidos por la Iglesia que se caracterizan, allende su connotación espiritual, por su manifestación colectiva, masiva, popular, verdadero acto social. Las devociones marianas son las que reúnen mayor número de peregrinos. Cada 8 de diciembre (día de la Virgen), en Fuerte Quemado (Catamarca) la gente descuida su rutina diaria para asistir a misa, participar de las procesiones, de las ofrendas, y luego acudir a la feria que entrevera comidas y bebidas típicas con artesanías, cantos, bailes, espectáculos y un relevante clima social. Así se celebra el Día de Nuestra Señora de la Candelaria, Santa María de La Pampa, la Virgen de Guer Aike en Santa Cruz, Nuestra Señora de Sumampa en Santiago del Estero, la Virgen del Valle de Tulum en San Juan, la Virgen de Andacollo en Neuquén, la Virgen de Iguazú en Misiones, la Virgen India de Sanagasta en La Rioja, y el Señor y la Virgen del Milagro en Salta. Como también, insistiendo con pocos ejemplos, son litúrgicas las fiestas del Niño Alcalde; del Cristo de la Peña; San Miguel Arcángel en Entre Ríos; San Roque, que tiene lugar en la ciudad de San José (Catamarca) o en Salta o en cualquier otra iglesia franciscana del noroeste argentino.

En cambio, la veneración tributada a los santos populares tiene facciones individualistas. Es un culto de promesas y visitas solitarias (y muchas veces anónimas) al santuario o cementerio donde se encuentra el santito. Ricos y pobres se encuentran en el cementerio en el Día de Todos los Santos, o de los Difuntos, en animada peregrinación, pero se diferencian bien de las veneraciones familiares. La mayor asistencia o concurrencia colectiva también se da en la fecha del natalicio o muerte del venerado.

Se evidencia una mayor necesidad de dejar testimonio escrito, ya sea por medio de una placa de agradecimiento o una simple nota, si los recursos no lo permiten.

Los santos “oficiales”, los reconocidos por la Iglesia Católica, generalmente vivieron hace tanto tiempo y de tal manera, que no son realmente conocidos en el momento de la canonización; no se sabe gran cosa ni de su vida, ni de sus obras, ni de las circunstancias de su muerte. Algunos fueron recreados y designados por sus imágenes, nombrándoselos patrones y protectores de determinados elementos. Así, por ejemplo, en el noroeste argentino, San Antonio deviene patrón de las llamas; San Ramón, de los burros; San Roque, de los perros.

Por lo contrario, generalmente los ungidos por la devoción popular vivieron en un marco geográfico local, descendieron de alguna familia lugareña, padecieron las mismas carencias, angustias y problemáticas que todos. Son figuras allegadas, con las que los devotos se sienten identificados o proyectados. Su santidad fue impensada en vida y adquirida por el sufrimiento, la vida sacrificada, una muerte violenta, o por haberse convertido en víctima inocente de algún exceso de autoridad local. Es la circunstancia de la muerte la que determina su paso a la santidad. Las muertes trágicas se consideran signadas con un sello divino. El sufrimiento purifica y borra todos los pecados, como sucede con los mártires, que llevan implícita la idea de purgatorio. El alma purificada se eleva a la santidad.

Ha de tenerse en cuenta que, para el creyente, no se contraponen las ideas de ser un buen católico y venerar un mito popular a la vez, al contrario, se complementan. Asisten a misa, reciben los sacramentos y se aseguran de que sus hijos los reciban, con marcada devoción hacia Cristo, la Virgen y los santos oficiales de la Iglesia. De la misma manera no harán diferencias entre los santos católicos y los canonizados por él mismo. Todos son considerados milagrosos e intercederán ante Dios. En ambos casos rezarán, tocarán y besarán las imágenes, peregrinarán hacia la tumba del venerado o hacia el santuario, con velas encendidas, con ofrendas de flores, exvotos y con la necesidad de cumplir sus promesas.

La Iglesia siempre reprobó estos hechos, pero el problema es complejo, y según Félix Coluccio: “Lo que frecuentemente se designa como superstición es una auténtica manifestación religiosa”.

El primer santo popular venerado en la Argentina del que se tiene memoria es “El Quemadito” (año 1830), cuya historia comenzó después de la derrota de los federales en Oncativo.

Los unitarios, bajo el mando de José María Paz, tomaron el gobierno en Catamarca y persiguieron cruelmente a los federales. Así cayó prisionero José Carrizo y, acusado de ser espía del General Facundo Quiroga, fue arrojado vivo a la hoguera.

Como se cree que esto ocurrió en el antiguo camino real entre Miraflores (Capallán) y Huillapima, allí se erigió una cruz de madera clavada en el tronco de un quebracho que se conoció como “la Cruz del Quemadito”. Ante ella se rezaba y se prendían velas pidiéndole, sobre todo, recuperar a los animales extraviados.

Hay cultos trascendentes al tiempo y al espacio, de Tradición Primordial, principios esotéricos, enseñanzas herméticas que se auto fecundan y reemprenden su ciclo cuan ouroboros (serpiente en forma de círculo que se muerde la cola) y se manifiestan muy a pesar de los sabotajes del mundo exotérico (del mundo externo), porque más allá de la expresión que le dé el ser humano, están manifiestas en la naturaleza misma. Se delatan con la presencia de símbolos como, por solo dar un ejemplo, la serpiente, que lejos de verse como un símbolo del mal, es la materia que puede sublimarse. La serpiente que se eleva es la autosuperación del Ser, y la serpiente que se muerde la cola, el ciclo de la naturaleza que se cumple y se renueva.

Solo así puede explicarse la omnipresencia de los ofidios en las culturas aztecas, egipcias, mapuches y tantas otras.

También hay cultos que, para conformidad de los agnósticos y escépticos, pueden ser vistos como verdaderos plagios, farsas o modas, creación de una constelación de timadores que se aprovechan de la ingenuidad ajena para vivir sin trabajar, o de la necesidad de llamar la atención en un entorno de injusticia social. En las Escrituras, Jesús anticipó la llegada de falsos profetas que vendrían en su nombre y dijo: “Vendrán lobos rapaces disfrazados de corderos en mi nombre”. Es una veta a la que se puede recurrir para despertar o distraer la atención popular, como se intuye de la leyenda o historia de Bertha Smith, en Dolores (provincia de Buenos Aires).

Sin embargo, esta devoción tiene características diferencia-les respecto de la mayoría de las estudiadas: es subrepticia por la invisibilidad de sus fieles. Nadie ve quién deja las flores ni quién escribe los grafitis en la tumba de Bertha, que se suicidó en medio de historias de amor y desengaño en 1881. Las flores frescas que se renuevan en forma consuetudinaria, hasta la actualidad, son símbolo del ciclo vida-muerte-renacer, que se reanuda cada vez que se cambian las flores o que la tradición oral vuelve a relatar la tradición.

Es también de destacar la veneración que surge de la humorada, como es el caso de la Iglesia maradoniana, donde el culto dejó de ser una parodia para despertar la fe de un sector de la población.

En definitiva, en todos los casos, más allá de su origen, el culto popular pasa a suplir muy a menudo, huecos o insatisfacciones espirituales que los diversos credos no han sabido cubrir.

Los enclaves étnicos siempre practicaron cultos no institucionalizados, o sea, no reconocidos bajo ningún estamento: ni estatal, ni provincial, ni municipal, menos todavía por parte de los credos, sean católicos, judaicos o musulmanes, ni por ninguna de las centenas de religiones registradas en los anales del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto.

Así pululan en la cultura nacional, vástagos de líderes espirituales, reales o imaginarios, a quienes la tradición oral les adjudica la concreción de milagros. Y la religiosidad popular, por su lado, sin respetar la ortodoxia católica romana, los suele canonizar.

Puede haber cultos desarrollados sobre la base de un fenómeno paranormal, o haciendo uso voluntario o involuntario de fuerzas energéticas hacia horizontes nunca sospechados.

En todo caso, la gran mayoría surgen de algún hecho histórico-social que hizo ruido, despertando la chatura de la vida pueblerina, donde la imaginación y la tradición oral logran disparar su fama hacia dimensiones inesperadas.

Factores histórico-sociales suelen ser la muerte prematura, repentina, violenta, solitaria, injusta y hasta cruel de figuras jóvenes, no necesariamente adeptas a la religión católica.

A veces son iconos muy populares y carismáticos, fallecidos trágicamente, como el cuartetero cordobés Rodrigo Bueno, la cantante de bailanta Gilda, el corredor de carreras de autos Osvaldo “Pato” Morresi, Evita, Carlos Gardel, Michael Jackson, James Dean…, incluso existen otras figuras que ya “disfrutan” del culto que se les rinde en vida, como es el caso del jugador de fútbol Diego Maradona. Pero la mayoría de las veces son tan solo figuras locales, insignificantes hasta ese momento (como gauchos, malandras, niños o indefensas mujeres), que, tras conmover a la gente con su sufrimiento, devienen en un mito milagroso. Evocando al filósofo Roland Barthes (1915-1980), según establece en su obra Mythologies (1957), entendemos que “un mito constituye un sistema de comunicación, un mensaje”.

La palabra ángel significa ‘mensajero’ en hebreo; y serafín (del latín seraphim, y este, a su vez, del hebreo serafĭm) deriva de la palabra ‘ser’ que significa ‘yo soy’ y al hebreo rapha, ‘sanador’. Querubín (del latín bíblico cherŭbim o cherŭbin, y este del hebreo kĕrūb[īm]) que, a su vez significa ‘rebosante de sabiduría’ o ‘plenitud de conocimiento’. Los querubines son espíritus celestes, que, por su suprema sabiduría, la plenitud de ciencia con que ven y contemplan la belleza divina, devienen mensajeros de Dios, y le sirven permaneciendo muy cerca de él (Antiguo Testamento). El devoto popular tiende a fusionar la imagen de todos ellos (serafines, querubines y ángeles), reconociéndolos como mensajeros sanadores. En forma análoga, de la misma manera y con las mismas pretensiones, le reza al mito, a su santito, para que arbitre su función de mensajero ante Dios.

Si se cumple algún pedido, pronto se le hará fama de sus poderes sobrenaturales. Una de las formas de transmisión más común es protagonizada por los mismos beneficiados. Aquellos ungidos por los milagros del santo se convierten en su principal carta de recomendación: vecinos, devotos, viajeros y artistas, por medio del relato oral y personal, serán artífices de la difusión de la trágica historia y los milagros adjudicados, dando letra a novelas, obras de teatro, películas, programas de televisión, canciones y escritos.

Por otro lado, el anecdotario coloreará y enriquecerá la historia, amalgamándose lo documentado en los prontuarios policiales con la ficción popular en una nueva tradición.

El lugar de la tragedia es susceptible a constituirse un enclave de veneración. Para comenzar, se instalará una cruz o ermita en memoria del legendario personaje que padeció la trágica muerte. Y nadie sabrá bien quién la construyó o quién dejó por primera vez velas, botellas con agua u otras ofrendas.

Según Stulwark, “la memoria es un conjunto de fuerzas heterogéneas, y hasta contradictorias, que afectan, alteran, suplementan un objeto o un espacio y lo transforman en lugar”.

Un cementerio, una tumba, un punto en el camino, el escenario de una tragedia son entonces un lugar.

“Memoria” es también una de las palabras más usadas en un cementerio. In memoriam es casi el análogo al fiat lux de la necrópolis, reflejo de la ciudad de los vivos. La memoria requiere de un lugar donde acontecer porque la memoria ad-viene un diálogo complejo e indeterminado entre espacio y tiempo.

Las devociones hacen un santuario —algunos de gran magnitud— de estos lugares (cementerios, tumbas, ermitas, capillas, altares o monumentos diseminados por el país). La profusión de ermitas hizo que en Catamarca se nomine a un paraje “Las Capillitas”; pero las ermitas ya son parte del paisaje a orillas de cualquier camino en la Argentina.

Los sufragios a los santitos se materializarán en estampitas, rezos, consuetas, prometimientos, pedidos, ofrendas y sacrificios: ayunos, peregrinaciones, largos caminos de rodillas o gateando, rezos de novenas y “cadenas” que son cartas que deben copiarse y enviarse por correo electrónico o tradicional, según dicte la carta original. Todas tienen un contenido similar “cumple y tendrás suerte y fortuna... si cortas la cadena, caerás en desgracia”.

Las ofrendas pueden variar desde cruces hasta encendido de velas, misas, exvotos de metal que representan miembros u órganos humanos, obsequio de ropa (la primera ropa del bebé, trajes de novia), placas con leyendas de agradecimiento, limosnas, agradecimientos publicados en medios gráficos, fotos de promesantes, banderas, insignias, sables o gorras militares, muñecas, patentes de autos, cigarrillos, maquetas de casas, relojes, joyas de familia, pañuelos y flores, entre muchas otras.

En la tumba, a veces se dejan tan solo flores o una delicada placa debido a las restrictivas reglamentaciones de algunos cementerios (como es el caso del mausoleo de Evita en el Cementerio de la Recoleta). En otras, se coloca imágenes y placas de agradecimiento en las paredes externas o inmediaciones.

Los votos deberán hacerse efectivos, sino se generarán inconvenientes que solo serán superados en el momento de cumplir las promesas. La tradición oral deja claro que las personas ingratas siempre son castigadas por no corresponder a la ayuda del santo. Si él cumple, el promesante también debe cumplir.

Se procurará “purificar” la imagen del canonizado en forma póstuma, recordándolo como una persona piadosa, caritativa, aun si violentaba el orden y la Ley. Se le adjudicarán pensamientos o predicciones, aunque difícilmente se los haya tenido en cuenta en su vida precoz. Y si alguien osara macular su imagen, se considerará que es producto de la envidia.

Intentando relevar los diferentes cultos populares en la Argentina, trascienden las figuras de San La Muerte, de gran raigambre en todo el noreste argentino, extendiéndose a Paraguay y Brasil; el Gauchito Gil en Corrientes, la Difunta Correa y Martina Chapanay, muy veneradas en Cuyo; el Hachero, en Formosa, el gaucho resentido y el chaqueño luchador en la Provincia del Chaco; Lázaro Blanco en San José de Feliciano, Entre Ríos y el Litoral; el Maruchito en Neuquén; Niña Paula; el Degolladito; el Alma del Quemadito; el Finado Arrieta; el Futre; el Linyerita; José Sepé Tiarayú; la Cruz Negra; Negrito del Pastoreo y Carballito, entre decenas y decenas de casos.

Las celebraciones populares del pueblo correntino y litoraleño, en general, están impregnadas de connotaciones religiosas de innegable influencia evangelizadora y colonizadora.

Las misiones jesuíticas hicieron un gran aporte que sobrevivió, tras su expulsión de la Compañía de Jesús en 1767, en aquellas imágenes religiosas de talla y manufactura local, rescatadas por los nativos de las ruinas misioneras. Las imágenes católicas serían luego las “protagonistas” de cultos paganos o populares que se proyectarían en el tiempo.

Tradiciones amerindias precolombinas se fusionan con elementos de la religión católica y/o evangélica (por ejemplo, San La Muerte, San Esteban Chico, o el rito popular de arrojar el primer trago de vino a la tierra, ofrendado a la Pachamama, identificada, a su vez, con la Virgen María).

Al igual que las anteriores, también se vislumbra el sincretismo en algunos cultos y fiestas con origen en las creencias y tradiciones africanas, o en las figuras católicas donde los afroamericanos se vieran representados (San Baltazar, San Martín de Porres, San Benito de Palermo, las vírgenes negras, etcétera).

Algunas de estas canonizaciones populares son de facciones endémicas (se desarrollan en una región determinada y raramente trasciende de su entorno geográfico), así con el tiempo, logran más difusión y devotos, en cambio otras tienen una vida muy efímera.

A los líderes espirituales se les reconoce poderes extraordinarios en vida, y se espera que continúen actuando aún después de fallecidos.

Muchos de ellos no habrían nunca sospechado que terminarían convertidos en mitos, en tanto que otros se esfuerzan deliberadamente por asumir el rol de milagreros, sanadores, iluminados, carismáticos, guías espirituales de los humildes.

Entre unos y otros se reconocen los casos del Padre Mario (en González Catán), la Madre María y el Hermano Miguel (en la Ciudad de Buenos Aires y Gran Buenos Aires) y Pancho Justo Sierra (en Salto, provincia de Buenos Aires).

Se veneran también muchas figuras infantiles, considerando que los niños que mueren no han perdido su inocencia, por lo que sus almas se suman a los ángeles sin mediar juicio alguno.

Todavía en el noroeste de nuestro país se hace el velorio del angelito, donde el niño es vestido de blanco y se le colocan alitas de papel; hasta se le suele colocar una pequeña escalerita para ayudarlo a subir al Cielo. En el norte argentino se considera angelito a todo niño fallecido antes de cumplir los siete años.

Si su muerte fue trágica, se incrementa la creencia de su santidad. Entre los casos más conocidos se menciona el de los mellizos Lucas Hallao (“hallado”, encontrado), cuyos cuerpos mutilados fueron encontrados en la puerta del Cementerio del norte de Tucumán, en la noche de San Lucas, en 1943. Pedrito Hallao, recién nacido, fue encontrado también en el mismo cementerio, el 29 de junio de 1948, día de San Pedro, por lo cual fue bautizado en la capilla de ese cementerio con el nombre de Pedro. La Sibila, en Jujuy, fue una pobre niña, minorada mental, violada y descuartizada por un insano. La Pilarcita, de seis años, viajaba en carro cuando perdió su muñeca, y al tratar de recuperarla cayó al piso y fue aplastada por la caravana. Pedrito Pablo Sangüeso, en Salta, fue un niño de seis o siete años, violado y asesinado por su tío con la complicidad de su propia madre. A esta lista que no se agota, también se suma el “Almita Perdida”, historia de un niño cuyo nombre se ignora, quien pereció ahogado tras extraviarse; y también por qué no, el pequeño Miguel Ángel Gaitán quien falleció sin haber cumplido un año, y su sarcófago aparecía inexplicablemente, una y otra vez a cielo abierto, con la tapita abierta.

Los Angelitos asisten la salud de los niños y su rendimiento escolar, y las ofrendas son juguetes, bicicletas, golosinas, ropitas, útiles escolares y fotos.

No son pocas las mujeres fallecidas trágicamente que pasan a verse como almas milagrosas o de culto, como Deolinda Correa, “la Difunta”, cuya furibunda veneración en Cuyo se extendió a todo el territorio nacional, incluso trascendió a los países vecinos.

Pero, no se trata de juzgar si Juana Figueroa, en Salta, fue una mujer impura o solo una víctima de las “malas lenguas”; lo que importa es que murió cruelmente a los 22 años en manos de su marido celoso, y es hoy invocada en procura de favores y milagros.

La lista de mujeres contempladas en el culto popular continua con la cordobesa Ramonita, estrangulada por su pareja en medio de un ataque de celos; como también la Finadita Juanita, apuñalada por la espalda por un joven no correspondido.

Algo similar sucedió con la muy mentada Felicia Guerrero, asesinada por su pretendiente despechado con un arma de fuego; la niña Patricia ya tiene su propio altar en el mausoleo de su familia, los Álzaga, en el cementerio de la Recoleta, custodiado por sendos leones cuan esfinges, celosos guardianes de los secretos familiares. Allí, en la necrópolis más aristocrática de la Argentina, donde el valor del metro cuadrado de tierra no fue nunca superado ni por el más sofisticado departamento de nuestro país, Felicitas es motivo de culto y recibe ofrendas, velas y notas con rogativas para que interceda en los problemas de pareja o familiares.

Continúan en la lista la brasileña, llorona y rezadora profesional en cementerios y velorios, quien murió carbonizada el 2 de noviembre (Día de Difuntos) al tocar accidentalmente las velas encendidas con sus ropas; Almita Sivila, degollada, violada y descuartizada; la Telesita, quemada y desaparecida (segunda mitad del siglo pasado en Santiago del Estero); y siguen la Degolladita; la Jujeña; Juana Layme; Bertha Smith y, más recientemente, María Soledad Morales, entre tantas otras.

Llama la atención la profusión de “gauchitos milagrosos”, quienes también podrían ser un jornalero o un campesino enfrentado con la policía, o buscado por la ley tras desertar de las levas, robar o asesinar.

La figura del verdadero gaucho errante y malevo ya desapareció. Aquel que se ganaba la vida y sobrevivía gracias a su habilidad con el cuchillo —herramienta que empleaba tanto para defenderse del indio, como para degollar el ganado cimarrón— desapareció con el progreso, el alambrado y el ganado de pedigrí.

La figura del marginado de la ley hoy se materializa en la de algún habitante de tantos barrios paupérrimos, que tras robar o matar, pueda sucumbir víctima del enfrentamiento con algún policía de turno.

A pesar del delito, es reconocido y apoyado por pobres y campesinos que ven en él (como veían a los gauchos devenidos en mito) a un héroe, paladín, justiciero, vengador de los humildes, incluso a un líder de la liberación. Es visto como una especie de Robin Hood repartiendo el botín entre los necesitados, por lo que la tradición oral lo sublimiza al corregir la versión de sus crímenes, los cuales son, a menudo, justificados como hechos inevitables.

Geográficamente se suele ubicar a los gauchitos milagrosos en zonas fronterizas, donde fácilmente podían huir y esconderse, asistidos por campesinos, ya sea por temor o simple solidaridad. Sus escenarios son las sierras cuyanas, los esteros del Iberá, los montes tucumanos o chaqueños y las planicies pampeanas.

Muchas veces son asesinados a traición, vinculándose sus muertes con motivaciones políticas, por eso sus tumbas son reconocidas por el color del partido al que eran adeptos.

Se los invoca por los más variados motivos (curar enfermos; conseguir o conservar novio o trabajo; aprobar un examen; proteger a los viajeros, el ganado y las cosechas; recuperar objetos perdidos; poder pagar deudas e hipotecas, etcétera).

Estos gauchos llegaron a convertirse en protagonistas de radioteatros, cine, cuentos e historietas.

El Gauchito Gil, de Mercedes, Corrientes, es sin dudas el santo popular de mayor devoción en todo el país, supera incluso el furor del culto a la Difunta Correa que siempre estuvo ubicada en las primeras líneas de los más venerados.