Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Diversos objetos han sido testigos materiales de las experiencias de violencia y conflicto en América Latina. En este libro, aquello que está conservado en museos, en lugares ruinosos, en paisajes, en archivos, en cuerpos de agua o incluso en cuerpos humanos, ayuda a entender las adversidades ocurridas en nuestro continente. Investigadores e investigadoras de Argentina, Brasil, Chile, Colombia y México estudian el vínculo indisoluble entre materialidades, emociones y conflictos, lo que permite una lectura novedosa de procesos históricos, políticos y sociales que han marcado el destino de nuestros países.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 468
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
OBJETOS QUE EMOCIONAN
Testigos materiales del conflicto en América Latina
Ana María Forero Angel y Andrés Góngora
(Edición académica)
La edición de este libro es un proyecto en conjunto con la Universidad de los Andes de Colombia.
Ediciones Universidad Alberto Hurtado
Alameda 1869 – Santiago de Chile
[email protected] – 56-228897726
www.uahurtado.cl
Los libros de Ediciones UAH poseen tres instancias de evaluación: comité científico de la colección, comité editorial multidisciplinario y sistema de referato ciego. Este libro fue sometido a las tres instancias de evaluación.
ISBN libro impreso: 978-956-357-480-7
ISBN libro digital: 978-956-357-481-4
Coordinador colección Antropología
Enrique Antileo
Dirección editorial
Alejandra Stevenson Valdés
Editora ejecutiva
Beatriz García-Huidobro
Diseño interior
Elba Peña
Diseño de portada
Francisca Toral
Imagen de portada: Remington. Máquina de escribir incinerada en la toma del Palacio de Justicia que perteneció a José Antonio Salazar Cruz. Ca. 1985. Museo Nacional de Colombia.
Donada por José Antonio Salazar Cruz, octubre de 2003.
Con las debidas licencias. Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
Contenido
Lista de recursos gráficos
PrólogoJaime Humberto Borja Gómez
IntroducciónAna María Forero Angel y Andrés Góngora
PRIMERA PARTEMaterialidades, emociones y confrontaciones
1. Narrativas del derrumbe: la ruina de la Basílica del Salvador, Santiago, ChileFrancisca Márquez y Gabriel Espinoza
2. La huella material del estallido social en Temuco, Chile: una etnografía arqueológicaHenrik B. Lindskoug, Wladimir Martínez C., Sebastián Ponce A., Morelia Mora y Yarlin Norambuena R.
3. Materialidades y afectividades en disputa en torno a un cuerpo de agua ausenteAriana Mendoza Fragoso
4. “Lo que guardan las taperas”: restos de violencia tras el desalojo de 1937 en Boquete NahuelpanAyelen Fiori
5. Indagaciones etnográficas sobre las prácticas, sentidos y sentires en torno al cadáver de Marcos O.Lucia Ríos
SEGUNDA PARTEViolencia, memorias y espacios museales
6. Experiencias, encuentros y emociones: las piezas etnográficas del ICANH en el Museo Nacional de ColombiaYaid Ferley Bolaños
7. La violencia en los muros: la situación de las mujeres durante la represión política en los pueblos del interior de la provincia de Tucumán, Argentina (1975-1983)Costanza Cattaneo y Bruno Salvatore
8. La memoria digital de las experiencias de exterminio: El Campito, ArgentinaVirginia Vecchioli, Diego Higuera Rubio, Martín Malamud y Diego Cagide
9. El espíritu de la tragedia: narrativa y emociones en la exposición fotográfica “El testigo”Nicolás Fernando Carranza Pulido
10. O Mural dos Heróis e a Sala das Caveiras: a construção de uma “tradição” militar e bélicaJosé Douglas dos Santos Silva
11. Objetos abyectos: narrativas en disputa en el Museo Histórico de la Policía Nacional de ColombiaAna María Forero Angel y Andrés Góngora
Sobre los autores
Lista de recursos gráficos
1. NARRATIVAS DEL DERRUMBE: LA RUINA DE LA BASÍLICA DEL SALVADOR, SANTIAGO, CHILE
Fotografía 1.1. La Basílica y el terremoto
Fotografía 1.2. El vecindario desde el interior de la Basílica
Fotografía 1.3. Multitudinario funeral de Rodrigo Rojas de Negri
Fotografía 1.4. Jóvenes punks en la Basílica
Fotografía 1.5. Dádivas al Cristo del Sagrado Corazón, Basílica del Salvador
Fotografía 1.6. El Estado en la ruina patrimonial
2. LA HUELLA MATERIAL DEL ESTALLIDO SOCIAL EN TEMUCO, CHILE: UNA ETNOGRAFÍA ARQUEOLÓGICA
Fotografía 2.1. Escena nocturna de manifestación
Mapa 2.1. Mapa de la zona cero y registro de la cultura material
de la protesta durante el 21 de noviembre del 2019
Fotografía 2.2. Mural “Hasta que la dignidad se haga costumbre”
Fotografía 2.3. Collage de fachadas con consignas que detallan el malestar social
Fotografía 2.4. Estatua de Pedro de Valdivia arrastrada por las calles de Temuco
Fotografía 2.5. Protesta en la plaza Teodoro Schmidt con el derrumbe
de la estatua de Arturo Prat, y dos chemamüll
Fotografía 2.6. Marcha del 25 de octubre del 2019
Fotografía 2.7. Manifestantes en la avenida Caupolicán
Fotografía 2.8. La materialidad de la protesta
Fotografía 2.9. Alegoría sobre las consecuencias de la violencia policial
Fotografía 2.10. Cuerpos humanos en bolsas
Fotografía 2.11. Calle Las Heras, Temuco
3. MATERIALIDADES Y AFECTIVIDADES EN DISPUTA EN TORNO A UN CUERPO DE AGUA AUSENTE
Fotografía 3.1. Ejido de San Cristóbal Nexquipayac, al fondo la construcción
del proyecto aeroportuario
Mapa 3.1. Localización de los pueblos de la Costa Chica Texcocana
Fotografía 3.2. Ejido de San Miguel Tocuila
Fotografía 3.3. Ejido de San Salvador Atenco y el vecino polígono
de construcción del aeropuerto
Fotografía 3.4. Romana sosteniendo tequesquite y romeritos recién recolectados
Fotografía 3.5. Ciénega de San Juan: los rastros del pasado lacustre rodeados por la ciudad
4. “LO QUE GUARDAN LAS TAPERAS”: RESTOS DE VIOLENCIA TRAS EL DESALOJO DE 1937 EN BOQUETE NAHUELPAN
Fotografía 4.1. Tapera, lote 5
Fotografía 4.2. Tapera de Castro
Fotografía 4.3. Tapera, lote 4
Fotografía 4.4. Cimientos de piedra en el lote 5
Fotografía 4.5. Planta de paramela
Fotografía 4.6. Antiguo camino de carro
Fotografía 4.7. Vista desde lejos de una tapera del lote 4
Fotografía 4.8. Alambrado que atraviesa los lotes 4 y 5
Fotografía 4.9. Tapera de Emilio Prane, lote 4
Fotografía 4.10. Vista de dos taperas del lote 4
Mapa 4.1. Mapa de los lugares de memoria
5. INDAGACIONES ETNOGRÁFICAS SOBRE LAS PRÁCTICAS, SENTIDOS Y SENTIRES EN TORNO AL CADÁVER DE MARCOS O.
Fotografía 5.1. Cara transversal del segundo sobre de morgue de Marcos O.
Fotografía 5.2. Ficha de salida del cadáver de Marcos O. de la morgue
provincial de Córdoba
Fotografía 5.3. Ficha de ingreso del cadáver de Marcos O. a la morgue
provincial de Córdoba
Fotografía 5.4. Nota de la solicitud de la Policía de la provincia de Córdoba
Fotografía 5.5. Nota del Poder Judicial de Córdoba
6. EXPERIENCIAS, ENCUENTROS Y EMOCIONES: LAS PIEZAS ETNOGRÁFICAS DELICANH EN EL MUSEO NACIONAL DE COLOMBIA
Fotografía 6.1. Edilma y Luna (hija) tejen e hilan para la vida
Ilustración 6.1. Entrada a la Reserva Visible de la Colección Etnográfica del ICANH
Fotografía 6.2. Bastón ceremonial emberá
Fotografía 6.3. Corona-collar sikuani
Fotografía 6.4. Corona sikuani
Fotografía 6.5. Nasa taaw, chumbe del pueblo nasa
Fotografía 6.6. Tampalkuari o kuarimpoto del pueblo misak
7. LA VIOLENCIA EN LOS MUROS: LA SITUACIÓN DE LAS MUJERES DURANTE LA REPRESIÓN POLÍTICA EN LOS PUEBLOS DEL INTERIOR DE LA PROVINCIA DE TUCUMÁN, ARGENTINA (1975-1983)
Fotografía 7.1. Inauguración de unos de los puestos estratégicos
en agosto de 1977
Fotografía 7.2. Contraste entre el estado del lugar en la actualidad y
durante el Operativo Independencia
Fotografía 7.3. El adoctrinamiento a los soldados
Fotografía 7.4. Detalle de la terraza de la torre de control
Fotografía 7.5. Inscripciones que forman parte del eje temático “Amorosos”
Fotografía 7.6. Emplazada en la torre de control
Fotografía 7.7. Inscripciones encontradas en Sargento Moya
Fotografía 7.8. Grafiti: “Compañía subordinación y valor para pinchar a todas las tucumanas. S01/58 VIAR LA INS M5”
Fotografía 7.9. Grafiti de Los Machos
8. LA MEMORIA DIGITAL DE LAS EXPERIENCIAS DE EXTERMINIO: EL CAMPITO, ARGENTINA
Fotografía 8.1. Actual camino de ingreso al ex-CCDTyE
Imagen 8.1. Reproducción en 3D que muestra cómo era el camino
antes de su destrucción
Imagen 8.2. Imagen digital del arco y del portón de ingreso
Imagen 8.3. Imagen digital de la sala de tortura
Imagen 8.4. Imagen digital del galpón de confinamiento n.° 1
Imagen 8.5. Fachada del centro de comando del centro clandestino
Fotografía 8.2. Carátula de un expediente consultado en la sede judicial
Fotografía 8.3. Croquis de El Campito realizado a mano alzada
por el sobreviviente Juan Carlos Scarpatti
Fotografía 8.4. Primer ingreso e inspección en Campo de Mayo
Fotografía 8.5. Nuevo ingreso e inspección de los sobrevivientes
Fotografía 8.6. Trinchera de excavación
Imagen 8.6. Reconstrucción de El Campito
con base en el croquis y las fotos aéreas
Fotografía 8.7. Reproducción del croquis realizado por un testigo protegido
Imagen 8.7. Mapa de la entrada en la reconstrucción 3D
Fotografía 8.8. El sobreviviente Gregorio Díaz con Virginia Vecchioli
Fotografía 8.9. Comparación entre el croquis original de Gregorio Díaz
y el croquis elaborado por Diego Higuera
Imagen 8.8. Imagen digital de la zona descrita por Griselda
Imagen 8.9. Interior del edificio donde se encontraba la “sala de situación”
Imagen 8.10. Comparación entre la iluminación de la imagen borrador
y la imagen final
Imagen 8.11. Comparación entre el grosor de los árboles de la maqueta
borrador y de la versión final
Imagen 8.12. Interior del baño
Fotografía 8.10. Estado actual de Birkenau y de El Campito
9. EL ESPÍRITU DE LA TRAGEDIA: NARRATIVA Y EMOCIONES EN LA EXPOSICIÓN FOTOGRÁFICA “EL TESTIGO”
Fotografía 9.1. El cruce del primer umbral
Fotografía 9.2. La pietà
Fotografía 9.3. La niña y la gallina
Fotografía 9.4. Tierra callada
Fotografía 9.5. Desaparición forzada
Fotografía 9.6. Dolor
Fotografía 9.7. Desaparición forzada en Chile
Fotografía 9.8. “No hay tinieblas que la luz no venza”
Fotografía 9.9. Aflicción
Fotografía 9.10. El público
Fotografía 9.11. “Pongo mis manos en las tuyas”
11. OBJETOS ABYECTOS: NARRATIVAS EN DISPUTA EN EL MUSEO HISTÓRICO DE LA POLICÍA NACIONAL DE COLOMBIA
Fotografía 11.1. Sala de espera del MHPN
Fotografía 11.2. Sala “Origen universal de las leyes”
Fotografía 11.3. El Güecha
Fotografía 11.4. Mochila wayuú y apoyos arqueológicos
Fotografía 11.5. Traje de Juan María Marcelino Gilibert
Fotografía 11.6. Murales de la maestra Graciela Gómez
Fotografía 11.7. Sala “La plata y el crimen no pagan”
Fotografía 11.8. Moto de El Arete
Fotografía 11.9. Objetos de Pablo Escobar
Fotografía 11.10. Objetos de agentes caídos
Prólogo
Jaime Humberto Borja Gómez
Las emociones, parte integral de la condición humana, han sido objeto de reflexión desde la antigüedad. Desde entonces y en los diferentes momentos de la historia, la filosofía, la teología, los géneros narrativos de la gramática –como la lírica, el teatro o la poesía– han explorado el mundo de las experiencias emocionales. Estas han tenido tanta importancia, que incluso el objetivo de la retórica como arte para tratar los discursos era generar una reacción emocional, el pathos. El advenimiento de la racionalidad y con ella el método científico y la formación de las ciencias sociales y humanas les dieron un lugar diferente a las experiencias emocionales. En el siglo XIX, el positivismo enunciaba que la verdad reposaba en un relato aséptico, desvinculado de cualquier expresión sensible o sentimental: la objetividad era el resultado de desproveerse de las emociones. Este contexto planteaba una vieja dualidad con respecto al lugar que ocupaban las emociones en la cultura occidental: se les reconocía como ejes de las acciones humanas, pero no eran objeto de conocimiento, pues vulneraban la verdad y la objetividad, los dos pilares de las ciencias.
Esta tradición se mantuvo hasta la década de 1970. En el contexto de las transformaciones epistemológicas del momento, y particularmente bajo los efectos del giro lingüístico, se dieron dos condiciones: el reconocimiento de que el sujeto que investiga lo hace desde un lugar de producción: es decir, desde su propia experiencia, y el hecho de que las disciplinas sociales son también discursos, lo cual integra lo no fáctico y lo “inmaterial” como objeto de investigación. Así se retornaba a las subjetividades, en donde los afectos, pasiones, sentimientos y emociones podían ser objetos de interpretación. De ello se encargaron particularmente la antropología, la historia y la sociología. En consecuencia, en las últimas dos décadas del siglo XX aparecieron diferentes paradigmas que trataron de explicar lo emocional, algunos con una mayor influencia de la sicología, otros de la filosofía. La historia de las emociones, por ejemplo, se consolidó en la década de los años noventa recabando perspectivas tan diversas como estas, de lo que dan fe los trabajos de Bárbara Rosenwein y William Reddy. A comienzos del siglo XXI, estas tendencias desembocaron en el llamado “giro afectivo”, en el que hacen eco desde las teorías de género hasta la nueva teoría política. Encontramos entonces una primera problemática: los estudios emocionales son resultado de las relaciones interdisciplinarias de las ciencias sociales y humanas.
Este breve recorrido en torno a los estudios sobre las emociones permite descubrir su carácter interdisciplinario, así como sus efectos en las reflexiones de las ciencias sociales. De estos quisiera llamar la atención sobre cómo la aparición de los estudios emocionales generó un nuevo tipo de análisis de los temas y problemas de la cultura, pero ya no basados en el relato de los hechos. La mirada desde las emociones rompe las visiones esencialistas y pone de presente otro tipo de paisajes culturales. Esto es precisamente lo que aportan los doce capítulos que componen Objetos que emocionan. Testigos materiales del conflicto en América Latina, los cuales recuperan la emocionalidad como un fenómeno de lo humano en procesos que ya han sido abordados por diferentes disciplinas de las ciencias sociales. De este modo, se lee desde lo emocional el significado de la ruina, el estallido y el conflicto social, los cuerpos de agua, el consumo cultural, los “héroes” del narcotráfico, el museo, la muerte, las dictaduras y sus desaparecidos, la violencia en muchas de sus facetas. En este conjunto de capítulos se cumple una de dos expectativas: lo emocional es el objeto de estudio, ya sea por las fuentes o la temática, o irremediablemente apelan a lo emocional en el lector.
En cualquiera de las dos posiciones, recurren, en términos de Rosenwein, a la formación de una “comunidad emocional”; es decir, “grupos en los cuales las personas se adhieren a las mismas normas de expresión emocional y valoran (o devalúan) las mismas emociones o emociones relacionadas”1 (Rosenwein, 2007, p. 3). En los capítulos nos podemos reconocer como sujetos que participamos en un mismo “sistema de sentimientos”, por medio de los cuales definimos una forma latinoamericana de entender lo emocional. Desde esta búsqueda de lo particular cultural en el universo de las emociones, este tipo de investigaciones generan una empatía especial con procesos políticos y sociales, una práctica que académicamente era impensable hace dos décadas. Los doce temas tratados son posibles por el mismo proceso histórico. Algunos autores vinculados a la investigación de la emocionalidad han demostrado cómo hubo un aumento de los estudios sobre cultura y emociones después de los atentados del 11 de septiembre del 2001. Si bien el camino ya estaba labrado desde años antes, estos acontecimientos generaron una “sociedad emocional” (affective society) o, si se quiere, una empatía con lo emocional que creó un verdadero auge de estudios y hasta la creación de institutos dedicados a estos temas (Bergoña Barrera, 2020, p. 119).
Este auge también fue el resultado de los efectos del denominado “régimen de temporalidad presencialista” (Hartog, 2007), que fortaleció los estudios sobre la memoria y la conmemoración, lo que abrió un amplio espacio a los estudios sobre el trauma como presentificación del pasado trágico. La historia de América Latina es un buen laboratorio para este tipo de estudios, aunque aún no hay una escuela consolidada con esta orientación. Precisamente este es otro valor agregado de este libro, pues sus reflexiones vinculan lo emocional y su materialidad a las muy variadas experiencias históricas que pueden ser leídas desde el trauma. Los artículos estudian la represión estatal, los levantamientos sociales; el impacto de los desaparecidos durante las dictaduras; las guerras y las violencias en sus múltiples facetas –sexuales, ambientales, sociales y culturales–. Estos textos, como narraciones, presentifican estas memorias del pasado mostrándolas como traumas emocionales, arraigadas en cuerpos sociales específicos. Hacer conscientes las emociones que surgen en un acontecimiento es una parte central del proceso de duelo. Metodológicamente, la arqueología, la historia o la antropología se emplean para revindicar y sanar esas tragedias.
Un elemento común a estas disciplinas es el tratamiento de la materialidad, que, como objeto de investigación, tiene un proceso similar a las emociones en los estudios sociales. Antaño se constituyó fundamentalmente en una fuente para reconstruir procesos, pero los mismos cambios epistemológicos de la década de 1970 la convirtió en un problema en sí mismo. Por esta razón, la emocionalidad, además de sus expresiones “inmateriales”, se vinculó a materialidades como una forma de manifestarse. En los textos de este libro se explora en muchas de sus formas: la ruina, el cadáver, el grafiti, los murales, el objeto museal, la fotografía e incluso el objeto ausente que puede ser sustituido virtualmente (de manera digital) o por medio del recuerdo. La materialidad, como su componente espacial, textualmente pone de presente sentimientos, proporciona experiencias y significados emocionales.
El museo es un caso interesante de esta materialidad emocional, del cual en el libro están presentes varios ejemplos. Los museos modernos, a diferencia de las “cámaras de curiosidades”, nacieron aferrados a un conflicto, al imperialismo y, en América Latina, a la formación de los Estados nación para dar rostro al incipiente nacionalismo. Por esta razón, los museos son el “altar de la nación”, y en este sentido no albergan objetos, sino las materializaciones del pasado –indígena, republicano, militar–. Precisamente las disciplinas que trata este libro –la historia, la antropología, la etnografía y la arqueología– han generado por medio del museo modelos de identidad e invenciones del pasado. La idea de invención es explícita, porque las materializaciones, sacralizadas por el relato, contienen la esencia emocional sobre la cual se construye un tipo de pasado. Los artículos muestran cómo el conflicto, el trauma o la violencia median la construcción de relatos que fundamentan los valores o identidades de muchos tipos de comunidades, como es el caso de los museos militares o de Policía. Quedan entonces preguntas sobre las emociones que trasmite la materialidad museal, complejas por sí mismas: ¿qué pasado emocional construye un museo?, ¿cómo contribuye a formar un tipo de comunidad emocional?
De esta forma, la novedad de este libro se encuentra en una lectura de hechos y procesos latinoamericanos desde la perspectiva de lo emocional y sus materialidades. La riqueza de los doce capítulos es su articulación desde el profundo espectro interdisciplinario de las ciencias sociales. Líneas atrás, mencioné que una primera problemática es que los estudios sobre emociones son el resultado de las relaciones interdisciplinarias de las ciencias sociales y humanas. Este libro lo pone de presente. Si bien es cierto que el eje disciplinario gira alrededor de la antropología, la arqueología y la historia, los capítulos reflejan los complejos matices de los estudios sobre las emociones: un amplio campo de estudio con un repertorio igualmente amplio de métodos y categorías que permiten entender otras formas de acercarse a la cultura latinoamericana. Los textos abren múltiples posibilidades teóricas y nuevos campos de indagación desde lo emocional. Por ejemplo, la posibilidad de explorar la memoria y el olvido que se despliegan en la fotografía; el mundo emocional de los consumos culturales que vinculan los discursos del conflicto; los actos performativos del poder político y ritual; el cuerpo como principal campo de emocionalidad; la ciudad en todos sus matices; las diversas experiencias y materialidades de la violencia y hasta la memoria digital.
Al final de este recorrido queda la certeza que los viejos problemas pueden ser reinterpretados, con nuevas posibilidades teóricas y metodológicas. Sin embargo, sobreviene una condición y una sensación: el alto componente ético que implica la reconstrucción emocional del pasado, tanto el lejano como el reciente.
Referencias
Begoña Barrera, M. (2020). Historia de las emociones: ¿qué cuentan los afectos del pasado? Historia y memoria, (número especial), 119.
Hartog, F. (2007). Regímenes de historicidad: presentismo y experiencias del tiempo. Universidad Iberoamericana.
Rosenwein, B. (2007). Emotional Communities in the Early Middle Ages. Cornell University Press.
1“[…] groups in which people adhere to the same norms of emotional expression and value –or devalue– the same or related emotions”. Traducción propia.
Introducción
Ana María Forero Angel
Andrés Góngora
En noviembre del 2010 el Museo Nacional de Colombia le muestra al público por primera vez la máquina de escribir Remington, que aparece en la carátula de este libro. Dicho objeto perteneció al magistrado auxiliar José Antonio Salazar, quien el 6 de noviembre de 1985 no estaba en el Palacio de Justicia. Salazar se ausentaba el día en el que el movimiento guerrillero M-19 tomaba de forma violenta las instalaciones de las altas cortes iniciando una confrontación con las Fuerzas Armadas que duraría veintiocho horas. El saldo: ciento once personas fallecidas, entre magistrados, funcionarios, civiles, guerrilleros y uniformados, y once personas desaparecidas. Durante el 6 y el 7 de noviembre los colombianos presenciamos el terror de lo indescriptible, en los televisores de nuestras casas vimos tanques de guerra derribar la entrada del Palacio de Justicia, asistimos a los desmanes de soldados y policías, quienes, inexpertos y asustados, apostados en techos y esquinas, disparaban para “recuperar” el orden público, y vimos cómo un grupo guerrillero desde adentro del Palacio prendía fuego a los archivos judiciales. Las Remington, máquinas de escribir de dotación de los magistrados, se derretían junto con el mobiliario y otros testigos materiales de este evento.
Algunos de estos objetos llegarían años más tarde a las salas permanentes Hacer Sociedad y Tiempo Sin Olvido del Museo Nacional de Colombia y allí, emplazados (Witcomb, 2010), se transformarían en “objetos que emocionan”, en testigos materiales que no dejan indiferente al visitante. No hay certeza de que quienes recorran estas salas comprendan lo que sucedió durante la “toma” y la “retoma” del Palacio, pero, por lo que cuentan los funcionarios y mediadores del Museo, muchas de las personas que las ven expuestas se conmueven. La máquina de escribir y un sofá ruinoso perteneciente al mismo conjunto patrimonial exhibido en el Museo mueven fibras, como decimos los colombianos al referirnos al impacto provocado por un evento o una interacción emotiva. Ambos objetos constituyen vestigios palpables de un hecho violento que nos interpela, transportan afectos y, en términos de Alfred Gell (1998), “nos atraviesan”. Por tanto, no somos indiferentes a su agencia ni a su influencia, pues forman parte del flujo de la vida, de las relaciones que constituyen nuestro mundo. Los objetos nos conmueven, pero también orientan nuestra acción. A veces hacen que nos detengamos, otras veces nos ayudan a atravesar un flujo o a aumentar nuestra velocidad de desplazamiento, somos con ellos. En otras oportunidades nos movemos hacia los objetos en busca de estatus, gratificación o valores afectivos. Por eso, a decir de Sara Ahmed (2019), algunos afectos comienzan en un lugar distinto al sujeto. Algo parecido pensaba Latour (2012) cuando describió las redes de la economía como el flujo de los seres del “interés apasionado”, en el que la influencia está dada por la capacidad de los actores –humanos y no humanos, según su visión– para circular cosas enmarañadas de todo tipo de valores. No hay que olvidar que tanto la antropología clásica (Mauss, 2009), como la etnología y la etnografía de la economía (Gordon, 2006; Kopytoff, 1991; Neiburg, 2016; Strathern, 2014; Thomas, 1991) han puesto el tema de la circulación de objetos en el centro de atención. En este libro hablamos de objetos atesorados en museos, lugares ruinosos, vestigios arqueológicos del conflicto, palimpsestos, trofeos militares, paisajes, archivos, cuerpos de agua y cuerpos humanos que, con temporalidades, formas y configuraciones diversas, ayudan a entender los conflictos violentos acaecidos en América Latina.
Ahora bien, ¿qué tienen en común estos objetos tan disímiles? O, mejor aún, ¿por qué juntarlos en un libro sobre conflictos y afectos en América Latina? Para responder a estas preguntas es preciso usar la fórmula de Ingold (2018) y, antes que nada, traer estos objetos a la vida. Hay varias formas de enfrentar este desafió. Algunos de los “objetos” estudiados en este libro datan de comienzos del siglo XX, y fueron, por ejemplo, bosques sembrados por pueblos indígenas expropiados y desplazados por diferentes oleadas de colonización en el sur de Argentina. Es cierto que este bosque no es exactamente un “objeto”, sino más bien un ser viviente o un ser de la reproducción, si queremos seguir las clasificaciones propuestas por Latour (2012). Estos bosques, llamados taperas, nos recuerdan los abedules de Auschwitz-Birkenau descritos por Didi-Huberman (2014), árboles que crecieron con y gracias a los sustratos orgánicos producidos por la violencia y que hoy nos ayudan a construir una memoria viva del conflicto.
En otro extremo ontológico tenemos los fragmentos materiales del estallido social chileno (2019-2020): casquillos, latas de gas lacrimógeno, guijarros, entre otros, hallados por un grupo de arqueólogos que usó sus conocimientos para defender los derechos humanos de los manifestantes, haciendo evidente la brutalidad policial y el uso exagerado de la fuerza. Aquí tendríamos objetos propiamente dichos, pero que no tienen nada de inertes. Seguir sus redes y trayectorias, sus cursos de acción, puede arrojar muchas sorpresas. Un universo tecnológico, político, militar, una acción premeditada, una junción de escalas se hacen presentes en los rastros de las armas “no letales” empuñadas por la Policía para reprimir a los manifestantes en las calles. Como dice Latour (2012), hay objetos que son cuasisujetos, y hay sujetos que son cuasiobjetos. De manera que en esta compilación usamos la palabra objeto para hablar de múltiples seres estudiados por la antropología contemporánea con diferentes fines, aunque, de manera general, estos no pueden ser entendidos por fuera de redes ni de relaciones. Algunos autores optan por el concepto de materialidad, otros hablan de cosas, otros de huellas, vestigios o materiales; sin embargo, más allá de las profundas diferencias que puedan existir entre estas aproximaciones, lo interesante son las conexiones afectivas que nos vinculan con los objetos y, por consiguiente, los significados que incorporan, las prácticas para preservarlos o, por el contrario, para dejarlos a la deriva del tiempo, las temporalidades que evocan y las controversias políticas que propician. Asimismo, siguiendo los postulados críticos de Luis Alberto Suárez (2019) sobre el auge de la antropología de los objetos, la apuesta etnográfica de los autores que participan en esta compilación es un llamado a poner en el centro el trabajo de campo, y a darle lugar a la manera como los objetos adquieren forma, presencia, sentido y significado en diferentes configuraciones históricas, sociales y culturales.
Consideramos que el enfoque adoptado es relevante y necesario por varias razones: en primer lugar, porque abre una nueva dimensión a la prolífica literatura antropológica sobre violencia y emociones (Davies y Spencer, 2010; Jimeno, 2019; Lutz y White, 1986), al aportar elementos de los estudios contemporáneos de las materialidades, las cosas, los objetos y, en general, de aquellos actores que según la epistemología moderna están destinados a ser meros recipientes de la acción humana. Porque el proyecto moderno, además de negar otras posibilidades del ser, u otras ontologías, si se quiere recurrir al vocabulario de autores como Descola (2015) y Viveiros de Castro (2018), petrifica la separación entre sujeto y objeto, y más aún, entre lo material y lo simbólico, dicotomías fuertemente criticadas en las últimas décadas. En segundo lugar, seguirles la pista a los objetos es una invitación a contemplar el universo de los afectos para pensar la vida. Esto implica continuar estudiando las tramas culturales, históricas e intersubjetivas de las emociones, pero también incluir posibilidades de conexión que no se dan necesariamente entre sujetos, recorrer los caminos trazados por los objetos, su historicidad y las narrativas que incorporan para ampliar la comprensión sobre las adversidades de nuestros pueblos. El objetivo central de este libro es, pues, desenmarañar las tramas relacionales que entrelazan objetos, emociones y experiencias de violencia y conflicto social en América Latina.
Las investigaciones contenidas en este volumen muestran cómo algunos objetos nos sacuden y nos sacan de nuestras zonas de confort para afectarnos y trascender la indiferencia. La máquina de escribir Remington y el sofá en ruinas sobrevivientes al incendio del Palacio afectan a los visitantes del Museo Nacional de Colombia porque hacen eco en sus emociones, en sus recuerdos, en las narrativas en las que se inscriben los hechos del 6 y del 7 de noviembre. Los sujetos, a su vez, afectan los objetos en la medida en que permiten que estos hablen,que toquen sus sensibilidades y reconocen su autoridad como testigos materiales de un pasado violento. Los objetos afectan porque su fuerza se nutre del mundo de la vida de quien se deja conmover. A las cosas se les da vida, se les afecta en tanto se hacen objeto del trabajo curatorial y museográfico y son expuestos para darle verosimilitud a una historia. Así, se transforman en testigos, huellas y sobrevivencias de procesos sociales legitimados, en este caso, por una institución encargada de preservar la memoria de una nación.
Los objetos y seres elegidos por los autores y autoras de este libro, tales como ruinas, escombros del estallido social, cuerpos de agua, cultura material icónica de grandes capos del narcotráfico, murales de héroes militares, documentos que objetivan cuerpos, bosques, piezas etnográficas, muros de bases militares, modelos digitales que reviven la arquitectura de campos de exterminio, fotografías de guerra y objetos de los museos de cuerpos policiales, sirven para entender los nudos relacionales por medio de los cuales los objetos se transforman en “cosas vivas”, en actores con la propiedad de afectar y ser afectados. Cada uno de los objetos elegidos permite que los lectores rastreen el entramado en el que el conflicto social, los objetos y las emociones viven. En resumidas cuentas, la obra pone en diálogo las contribuciones de académicos y académicas de la región que se han concentrado en el estudio de testigos materiales del conflicto y su relación, no necesariamente armónica, con distintos tipos de narrativas y representaciones sobre los afectos, las memorias y el devenir político del continente.
En este volumen asumimos que el conflicto social y la violencia pueden comprenderse reconociendo el carácter protagónico de los objetos e insistimos en que los actores los usan para comunicar narrativas ideológicas, para generar acciones de reparación, para transformarlos en testigos de eventos o convertirlos en monumentos y trofeos. A lo largo de estas páginas veremos cómo objetos relacionados con la dominación, las confrontaciones, problemas ecológicos, guerras y violencia cotidiana pueden ser hallados en museos, ruinas, sitios de interés patrimonial y arquitectónico, lugares de memoria, pero también en espacios íntimos de personas que los coleccionan para actualizar los vínculos emotivos con el pasado. El análisis de estos objetos permite rastrear conexiones entre actores que buscan posicionarse como narradores, voceros, protagonistas del conflicto o como víctimas,categorías esenciales para entender la economía moral contemporánea.
Los editores académicos del libro, en el ejercicio curatorial implícito en la organización del volumen, establecimos dos secciones: “Materialidades, emociones y confrontaciones” y “Violencia, memoria y espacios museales”.Ambas siguen el norte propuesto: trazar el entramado en el que se dan los vínculos entre objetos, emociones y conflicto social. Para esto, les propusimos a quienes escriben este libro optar por dos formatos diferentes de escritura. En el primero, se privilegia lo visual con la intención de presentar trabajos más cercanos al lenguaje literario sin renunciar al rigor investigativo. En el segundo, se usan herramientas más convencionales de escritura académica para presentar descripciones más amplias y discusiones conceptuales complejas. Quienes escriben este libro eligieron la forma más cónsona con sus investigaciones, sensibilidades y estilos.
En la sección “Materialidades, emociones y confrontaciones” los objetos se emplazan en el estallido social, en las dictaduras argentina y chilena, en los movimientos de resistencia de los indígenas de la Patagonia, y en las nuevas ontologías que emergen de los problemas ecológicos provocados por el capitalismo y la modernidad en el continente. En la sección “Violencia, memoria y espacios museales” los objetos se emplazan en los complejos procesos de curaduría en los que participan antropólogos indígenas, en la violencia de género, en las políticas de la memoria implícitas en la (re)creación de campos de exterminio, en el conflicto armado colombiano y en la memoria de las fuerzas militares brasileñas y de las fuerzas policiales colombianas.
La sección “Materialidades, emociones y confrontaciones” se abre con el texto “Narrativas del derrumbe: la ruina de la Basílica del Salvador, Santiago, Chile” de los antropólogos Francisca Márquez y Gabriel Espinoza. Los académicos chilenos reflexionan sobre cómo las ruinas resisten y persisten en las ciudades planificadas desde la razón. Se ocupan de la desestabilización y los movimientos que recuerdan que la condición de lo urbano es la historicidad. Márquez y Espinoza estudian el caso de la Basílica del Salvador en Santiago para mostrar, por medio de una serie de imágenes y relatos, los procesos de “desestabilización” que históricamente ha atravesado. La idea central de su propuesta es que la ruina de la Basílica puede ser leída en su agencia del deterioro y derrumbe de certezas ancladas en el origen de la sociedad católica, urbana, oligárquica y dictatorial (1973-1989). Un derrumbe del que participan, también, prácticas y voces subalternas, dejando en claro que nadie es un mero espectador.
Al texto de Márquez y Espinoza le sigue el escrito “La huella material del estallido social en Temuco, Chile: una etnografía arqueológica”, del equipo de arqueólogos y arqueólogas compuesto porHenrik B. Lindskoug, Wladimir Martínez C., Sebastián Ponce A., Morelia Mora y Yarlin Norambuena R. Este ensambla un ejercicio coral en el que se ilustra el paso del estallido social por la ciudad de Temuco, por medio de un registro material y fotográfico elaborado por ellos mismos. La premisa del escrito es que las huellas materiales de las protestas y la consecuente transformación del paisaje urbano son el “índice artefactual” del despliegue de cuerpos, agencias, metáforas y emociones que, en tiempos de crisis, exhiben con fuerza las contradicciones de la sociedad chilena.
Este ejercicio de escritura colectiva precede el texto “Materialidades y afectividades en disputa en torno a un cuerpo de agua ausente”de la antropóloga mexicana Ariana Mendoza Fragoso. Mendoza analiza cómo las narrativas hegemónicas acerca de la historia de la ciudad de Texcoco han desplazado el hecho de que sus habitantes viven en una cuenca rica en agua y que hoy dependen de múltiples infraestructuras hidráulicas que evitan las inundaciones en época de lluvias. La abundancia hídrica, reconocida en los mitos fundacionales, para la gran mayoría de pobladores forma parte de un pasado que importa en tanto que da cuenta del “progreso” que da paso a la modernidad. Las preguntas guía que Mendoza Fragoso construye son: ¿cuál es el papel del medio ambiente, sus transformaciones y destrucciones en la generación de sentimientos subjetivos?, ¿cómo se entrelaza el sentimiento subjetivo con el medio ambiente, el paisaje y la ausencia en escenarios de conflicto?
La antropóloga argentina Ayelen Fiori, en el texto “Lo que guardan las taperas: restos de violencia tras el desalojo de 1937 en Boquete Nahuelpan”propone, a partir de una reflexión etnográfica, poner de relieve la materialidad y la carga emocional de las taperas en tanto lugar de memoria. Fiori toma como horizonte el problema planteado por el filósofo Didi-Huberman sobre los restos materiales del Holocausto y analiza las taperas como dispositivos que potencian los relatos de memoria de las familias indígenas desalojadas de Nahuelpan en 1937.
El texto de Fiori es seguido por la contribuciónde la antropóloga argentina Lucia Ríos, quien en su texto “Indagaciones etnográficas sobre las prácticas, sentidos y sentires en torno al cadáver de Marcos O.” se concentra en indagar etnográficamente los modos de escritura relacionados con los cadáveres de personas en el periodo mencionado. Ríos interpela la documentación producida por distintas dependencias estatales; se concentra en el análisis de los memorandos policiales y sobres de morgue,y extiende su trabajo a otras tipologías de documentos: artículos periodísticos y registros fotográficos elaborados en el mismo periodo histórico. Ríos, en su texto, propone una reflexión sobre las dificultades existentes para acceder a este tipo de documentos y contribuye a una discusión sobre la ética y la metodología involucradas. La antropóloga argentina se concentra en las siguientes preguntas:¿quiénes escriben sobre esos muertos?, ¿cuáles son las voces autorizadas?, ¿hay transición entre cuerpo y cadáver?, ¿qué efectos generan esas formas de escritura? Ríos se vale de los documentos analizados como la materialidad producida por el Estado que da origen al objeto cadáver inscrito en las políticas estatales de la Argentina dictatorial.
El escrito de Ríos cierra el primer eje y sirve de puente para acceder a la segunda sección del libro:“Violencia, memorias y espacios museales”. Aquí los lectores encontrarán propuestas metodológicas y teóricas para comprender los espacios museales como escenarios en los que los objetos que emocionan son testigos de “eventos” que merecen ser custodiados en salas y dispositivos digitales. El texto “Experiencias, encuentros y emociones: las piezas etnográficas del ICANH en el Museo Nacional de Colombia”del antropólogo e indígena nasa, Yaid Ferley Bolaños, abre esta sección. En este trabajo Bolaños narra su labor como investigador de curaduría durante el proceso de consolidación de la reserva etnográfica que guarda más de tres mil piezas provenientes de diversos grupos étnicos de Colombia. Este conjunto “patrimonial”, recogido principalmente a partir de la década de 1960, cuando estaban en boga las teorías de aculturación y se temía por la desaparición de los indígenas y sus costumbres, es objeto de crítica y recontextualización por parte de académicos y de los propios pueblos indígenas. En una práctica de descolonización propia de los museos contemporáneos, el arte plumario, la cestería, la tallas, las armas, las cerámicas y los accesorios que componen esta colección son reclamados, usados, estudiados y expuestos con distintos fines. El artículo de Bolaños mueve los cimientos de la museología tradicional y resalta la centralidad de los investigadores y antropólogos indígenas en las discusiones actuales sobre patrimonioy descolonización epistémica.
A continuación, los argentinos Constanza Cattaneo y Bruno Salvatore, en el ensayo visual “La violencia en los muros: la situación de las mujeres durante la represión política en los pueblos del interior de la provincia de Tucumán, Argentina (1975-1983)”,avanzan en la comprensión de la violencia de género ejercida en contra de las mujeres de los pueblos Santa Lucía y Sargento Moya, ocupados por los militares. Además de analizar los testimonios, Cattaneo y Salvatore describen una serie de grafitis que retratan las diferentes relaciones tejidas entre reclusas y militares. Los antropólogos proponen el grafiti como una nueva entrada epistemológica y metodológica para comprender las prácticas sociales de los campos de reclusión.
La reflexión sobre las huellas materiales dejadas por la ocupación militar es seguida por el trabajo “La memoria digital de las experiencias de exterminio: El Campito, Argentina” elaborado por el equipo internacional de investigación compuesto por Virginia Vecchioli (argentina), Diego Higuera Rubio (colombiano), Martín Malamud (argentino) y Diego Cagide (argentino). Este ensayo da cuenta de la producción de un dispositivo digital interactivo (DDI) que recrea el centro clandestino de detención, tortura y exterminio (CCDTyE) El Campito, que funcionó entre 1976 y 1978 durante la dictadura cívico-militar argentina (1976-1983) y que fue destruido para borrar las pruebas de los crímenes que allí se cometieron. Los autores exploran el dispositivo por medio de la fotografía y realizan un recorrido por su proceso de elaboración. El escrito llama la atención sobre los vínculos entre memoria y herramientas digitales, mientras problematiza la creación misma del dispositivo, que es concebido como un artefacto cultural y un espacio de articulación de materialidades, temporalidades y agencias diversas política y éticamente situadas.
Otro espacio museal es analizado por el antropólogo colombiano Nicolás Fernando Carranza Pulido en el texto “El espíritu de la tragedia: narrativa y emociones en la exposición fotográfica ‘El testigo’”, exposición exhibida en uno de los museos de la Universidad Nacional de Colombia. Carranza construye su texto con base en dos pilares simbólicos deducidos de la curaduría y la museografía de la exposición: la tragedia y la puesta en escena. En su escrito se concentra en hacer de la colección del periodista y fotógrafo colombiano Jesús Abad Colorado un objeto de análisis en el que las más de quinientas fotografías tomadas entre 1992 y el 2018 funcionan como objetos que emocionan. Este material, junto al testimonio del fotógrafo y al trabajo etnográfico, realizado durante la exposición con el equipo del museo y con el público, sirve para entender el impacto del conflicto armado colombiano y la manera como sus efectos y narrativas son susceptibles de ser transmitidos.
La investigación de Carranza es seguida por otra propuesta de análisis de imágenes y objetos. En el texto “Mural dos heróis e Sala das Caveiras: a construção de uma “tradição” militar e bélica”,del antropólogo brasileño José Douglas dos Santos Silva, se analiza la vida de una narrativa militarizada y bélica emplazada en los objetos dispuestos en la sala de instrucción de un batallón de Policía. Las materialidades allí expuestas son testigos de una tradición inventada sobre la cual el autor ofrece una rigurosa descripción. En la etnografía se estudia específicamente el papel de la Guarda Civil Municipal,entidad por medio de la cual puede rastrearse el proceso de militarización de la Policía brasileña y su impacto en las comunidades pobres y racializadas afectadas por la guerra contra las drogas en el país suramericano más grande y poblado.
El libro se cierra con el texto “Objetos abyectos: narrativas en disputa en el Museo Histórico de la Policía Nacional de Colombia”de los antropólogos Ana María Forero Angel y Andrés Góngora. Los autores sostienen que este museo puede ser leído como un “ensamblaje”de objetos, temporalidades, afectos, agencias y narrativas, y que esta entrada constituye un aporte metodológico para la comprensión de las instituciones que rigen el destino de las comunidades políticas. A lo largo del texto se hace evidente que en el ensamblaje museal conviven dos narrativas: una evolutiva, que describe la existencia inexorable de la Policía, y una contemporánea, que rompe el orden cronológico para exhibir las principales victorias sobre sus enemigos y exaltar a sus héroes y a sus mártires. En el museo, al decir de los autores, se encuentran materialidades que testifican el uso legítimo de la fuerza y se encuentran también “objetos abyectos”,artefactos contaminados por la esencia del enemigo y usados en procesos de “limpieza” de aquello concebido como inmundo y peligroso por el orden social. Los autores señalan cómo los objetos abyectos expuestos en el museo emocionan a los visitantes, quienes constantemente rechazan la propuesta curatorial de la institución, demostrando que los ensamblajes y emplazamientos dispuestos “mueven fibras” que ni los guías ni las directivas del museo pueden controlar.
Bogotá, febrero del 2023
Referencias
Ahmed, S. (2019). La promesa de la felicidad: una crítica cultural al imperativo de la alegría. Caja Negra.
Davies, J. y Spencer, D. (2010). Emotions in the Field: The Psychology and Anthropology of Fieldwork Experience. Stanford University Press.
Descola, P. (2015). Par-delà nature et culture. Folio.
Didi-Huberman, G. (2014). Cortezas. Shangrila.
Gell, A. (1998). Art and Agency: An Anthropological Theory. Clarendon Press.
Gordon, C. (2006). Economia selvagem: ritual e mercadoria entre os índios Xikrin – Mebêngôkre. UNSP.
Ingold, T. (2018). La vida de las líneas. Ediciones Universidad Alberto Hurtado.
Jimeno, M. (2019). Cultura y violencia: hacia una ética del reconocimiento. Editorial Universidad Nacional de Colombia.
Kopytoff, I. (1991). La biografía cultural de las cosas: la mercantilización como proceso. En A. Appadurai (Ed.), La vida social de las cosas: perspectiva cultural de las mercancías (pp. 89-124). Grijalbo.
Latour, B. (2012). Étiquète sur les modes d’existence. La Découverte.
Lutz, C. y White, G. (1986). The Anthropology of Emotions. Annual Review of Anthropology, (15), 405-436.
Mauss, M. (2009). Sociologia e antropologia. CosacNaif.
Neiburg, F. (2016). A True Coin of Their Dreams: Imaginary Monies in Haiti (The 2010 Sidney Mintz Lecture). HAU: Journal of Ethnographic Theory, 6(1), 75-95.
Rutherford, D. (2016). Affect Theory and the Empirical. Annual Review of Anthropology, (45), 285-300.
Strathern, M. (2014). O efeito etnográfico. CasacNaif.
Suárez, A. (2019). Cosas vivas: antropología de objetos, sustancias y potencias. Editorial Pontificia Universidad Javeriana.
Thomas, N. (1991). Entangled Objects: Exchange, Material Culture, and Colonialism in the Pacific. Harvard University Press.
Viveiros de Castro, E.( 2018). Metafísicas canibais. Ubu.
Witcomb, A. (2010). Remembering the Dead. En S. Dudley (Dir.), Museum Materialities: Objects, Engagements, Interpretations (pp. 39-52). Routledge.
PRIMERA PARTEMaterialidades, emociones y confrontaciones
1
Narrativas del derrumbe: la ruina de la Basílica del Salvador, Santiago, Chile *
Francisca Márquez
Gabriel Espinoza
Las ruinas parecieran estar destinadas, por definición, a desaparecer, todo atenta contra ellas, desde la naturaleza con sus desgastes hasta las políticas urbanas o los procesos de patrimonialización. En la ciudad planificada y de la razón no hay espacio para la ruina. O, en otros términos, en la ciudad ideal la tierra y el polvo han sido expulsados de sus calles. Sin embargo, tal como veremos, la persistencia y porfía de la ruina, como constructo arquitectónico y artefacto cultural, desafía a la ciudad como concreción sensible de un ordenamiento ideal. Pero, sobre todo, la ruina, en su permanente desestabilización y movimiento, hace visible que la condición de lo urbano está hecha siempre de historicidad.
En las sociedades europeas y modernas, el estado ruinoso surgió como una oportunidad para reflexionar sobre los residuos y escombros en los que las ciudades se habían convertido. Para
los arquitectos de postguerra el estado de ruina de los centros urbanos presentaba una oportunidad para reimaginar las ciudades como páginas en blanco; en una reminiscencia cartesiana, la catástrofe podía ser la oportunidad para planear, esta vez efectivamente desde cero, la perfecta oposición entre forma arquitectónica y naturaleza, donde la primera habría de separarse claramente del exterior informe de la segunda. (Allard, 2013, p. 87)
En América Latina, las ruinas no obedecen a las mismas guerras de las latitudes del norte. Estas surgen con “el descubrimiento” de nuestras tierras y la construcción de los templos, palacios, cuadrículas y trazas que “la conquista” fue realizando a medida que avanzaba sobre nuestro territorio. Sobre esas primeras ruinas prehispánicas, que hoy permanecen enterradas bajo nuestras ciudades, otras se les fueron superponiendo, como estratos, ruinas sobre ruinas. Son las ruinas coloniales y modernas, de iglesias, de palacios, industriales y de edificaciones, que no resistieron al tiempo ni al carácter siempre movedizo de nuestra geología y de nuestros convulsos procesos políticos. Edificaciones cuya arquitectura no termina de instalarse ni de fijarse en nuestro territorio, como si su carácter ruinoso nos quisiera recordar su origen colonial e imperial. Ruinas que, en estas tierras nuestras, parecieran nunca cerrarse en su verdad original, en sus referencias primeras, en sus finalidades y usos. Pero ¿cuál es la vocación y destino de las ruinas nuestras?
Tomaremos el caso de la ruina de la Basílica del Salvador en Santiago poniente para mostrar, por medio de una serie de imágenes y relatos, los procesos de “desestabilización” que históricamente la han caracterizado. La tesis por desarrollar señala que la ruina de la Basílica puede ser leída en su agencia del deterioro y derrumbe de certezas ancladas al origen de la sociedad católica, urbana, oligárquica y dictatorial (1973-1989). Un derrumbe del que participan, también, prácticas y voces subalternas que dejan en claro que nadie es un mero espectador del derrumbe. Muy por el contrario, en la escena entran todos, el poder hegemónico, la materialidad de la ruina y los cientos de voces subalternas que hacen evidente que “mirar es también hacer”, en tanto se cuestiona la distribución de las posiciones o la “división de lo sensible” (Rancière, 2010)1. Agencias del derrumbe que se expresan tempranamente en el siglo XX en el lente del fotógrafo, en la retina del vecindario y de los ocupantes tránsfugas de la ruina, estableciéndose una suerte de complicidad analógica entre imágenes, prácticas y relatos. Aquí cada uno, como “espectador emancipado”, observa, selecciona, compara, interpreta e interviene su propia versión de la ruina.
Veremos cómo la serie de terremotos que afectaron la Basílica durante todo el siglo XX no son sino réplicas que agudizaron el deterioro que ella y su entorno sufrieron desde muy temprano en dicho siglo: el abandono de las élites del barrio; la separación entre el Estado y la Iglesia, con la consecuente pérdida del simbolismo patrio de la Basílica; la conmemoración de las víctimas de la dictadura; el empobrecimiento del entorno, las ocupaciones fugaces y la declaratoria patrimonial. Todo ello, además, hace de la ruina de la Basílica un buen testimonio de la crisis urbana y social que se asentó desde principios del siglo XX, y que hoy difícilmente puede ser subvertida, a pesar de los intereses inmobiliarios que allí comienzan a poner su mirada. Las crisis, como fracturas y ausencias de categorías definibles, se zurcen mediante gobiernos y gestiones patrimonialistas; pero también por medio de las prácticas y los imaginarios que fotógrafos, vecinos, ocupantes y transeúntes plasman sobre esta ruina.
Mediante el análisis de una serie de fotografías antiguas y contemporáneas, nos preguntaremos por esas fisuras materiales de la ruina de la Basílica que operan como índice de desestabilización y resignificación de la “condición de lo urbano” (Mongin, 2006). La imagen deviene en un recurso metodológico al vincular hitos que anclan la Basílica con registros de experiencias de la materialidad, de la naturaleza, de la política, de la vecindad e incluso de lo paranormal. Activaremos estas fotografías y relatos como una forma de excavar en la memoria y trabajar contra el olvido (Lista, 2021), pero, sobre todo, como un ejercicio de reconocimiento de la capacidad de agencia contenida en la ruina de nuestra ciudad.
Sobre la fotografía
Observar las ruinas de la Basílica del Salvador desde las fotografías no es solo un ejercicio estético, por sobre todo es una posibilidad metodológica. Un recurso que nos permitirá abrir la mirada e hilvanar la posición de la Basílica con respecto al país, la memoria y su propia historia, al menos en tres sentidos. En primer lugar, nos permitirá situar elnoema de la fotografía, en los términos de Barthes (1989), el “esto ha sido”. La fotografía se convierte así en un registro de referentes ausentes, mediante el ejercicio químico-mecánico de “captar e imprimir la luz de los haluros de plata” (p. 142);hay algo del mundo que queda, una presencia de algo que habitó o de la condición de algo que habita, pero que ya no es eso que se registró. En segundo lugar, la fotografía no solo actúa como testimonio o efigie de una ausencia, sino como posibilidad de producir un proceso en el cual lo ausente, lo contextual y las emociones se abren para examinar los vestigios. Gracias a que la Basílica-vestigio sigue en pie, la imaginación, la historia y el referente visual permiten un viaje a la memoria (Ricoeur, 2004). En tercer lugar, la apertura que mantiene este referente permite una actitud reflexiva, en la que tanto lo incluido en el registro como lo que queda en ese espacio vacío, no retratado, invita a una erótica de la imagen, permitiendo la interpretación mediante las cosas que quedan fuera del marco de lo registrado (Barthes, 1989).
En este texto la fotografía es utilizada y posicionada como anudador de eventos que se narran también desde las voces de los testigos de lo vivido, buscando una mirada que interpreta, juzga, suspende y que no pretende ser instruida en una verdad. La imagen opera en este sentido como recurso anafórico y propuesta de exploración de sucesos mediante la viscosa presencia de estos en un cuerpo arquitectónico, la Basílica2. La propuesta de la foto se levanta entonces como una instancia de diálogo sobre la historia, inscrita en luz y en químicos, haciendo evidente un fragmento de lo presente en la captura de un tiempo ausente. En este sentido, las imágenes nos sirven para narrar una distancia entre los hechos referidos por estas y el devenir de la actividad histórica. Es decir, las fotografías nos posibilitarán narrar la historia desde su interior, desde la actividad humana y material, y no solo desde las ideas y relatos que emanan de ella (Marx y Engels, 2014).
De guerras y terremotos
La Basílica del Salvador, templo de estilo neogótico, se construyó en memoria a la iglesia de la Compañía de Jesús, destruida por el histórico incendio que sufrió en el año 1863. Se encargó la obra al arquitecto alemán Teodoro Burchard (después continuaría el arquitecto chileno Josué Smith Solar). La primera piedra se puso en 1870 y las obras comenzaron en 1874. Aunque el inicio de la guerra del Pacífico (1879-1884) obstaculizó las obras, este hecho transformó el templo en lugar de peregrinación de los soldados, quienes comenzaron a visitarlo para presentar sus armas en agradecimiento. En 1892 pasó a ser la morada de la imagen de la Virgen del Carmen, la llamada patrona de Chile, convirtiéndose en un santuario desde donde se iniciaba la tradicional procesión. Los registros históricos indican que el primer terremoto que afectó y destruyó su estructura ocurrió en 1906. Y aunque el epicentro fue en Valparaíso (donde el terremoto alcanzó el grado IX en la escala de Mercalli), los daños que le causó dejaron en evidencia que la Basílica había sido construida sin las previsiones antisísmicas: la Basílica nació resquebrajada. En 1938, el papa Pío XI eleva la iglesia del Salvador al rango de basílica. En ese mismo periodo, las antiguas familias de las élites criollas que habitaban el barrio comenzaron su éxodo hacia otros barrios de las zonas altas de la capital. Lentamente el barrio y las antiguas casonas se fueron despoblando; la Basílica, a su vez, continuó su progresivo deterioro. Años después, con el terremoto de 1985, la Basílica quedó inutilizable debido a los serios daños de su fachada y de su interior. Ese año, a modo de un gesto iconoclasta, la Virgen del Carmen fue llevada a la Catedral de Santiago, y la Basílica fue “desprovista” de su categoría de lugar de peregrinación y veneración.
En el año 2010, un nuevo terremoto terminó por destruir el templo, consolidando así su carácter de ruina. La serie de fotografías que guardan los archivos nacionales permiten ver el derrumbe de torreones y muros por doquier; un siglo de terremotos que permanecerán en la retina de fotógrafos y vecinos del barrio. En ellas el cuerpo arquitectural se funde y vincula con otros cuerpos. En este triángulo de la imagen (medio-imagen-cuerpo), la distinción entre el archivo de imágenes y el recuerdo se diluye al punto de hacerse uno solo (Belting, 2007): “Lo terrible de cuando hay terremotos acá”, recuerda un vecino, “es que tú empiezas a sentir cuando caen, cómo se está derrumbando. Entonces no tienes idea de dónde se está cayendo, ves una humareda y sientes el ruido de cómo caen los escombros, entonces no tienes idea de dónde está cayendo, todo cruje, eso no se te olvida nunca”.
Así como las imágenes de principio del siglo XX muestran la relación entre la Basílica derruida y la vida cotidiana del entorno, las imágenes de los años ochenta y los relatos del vecindario del siglo XXI vinculan el polvo y los escombros de manera similar. Cuando ocurrió el terremoto del 2010, una vecina cuenta que corrió a su ventana para observar si la Basílica al fin se vendría abajo: “efectivamente se vino abajo una parte, por la calle Almirante Barroso, y se armó un globo gigante de tierra […], masticamos tierra media hora, una hora. Y todo quedó negro, sin luz, cuando volvió la luz, tú solo veías la tierra y los muros de la iglesia derrumbados sobre los autos”. Cuentan que cuando las gárgolas o los frisos caen a las veredas, más de un vecino acude a recogerlas, y como objetos preciosos que son, algunos las guardan para decorar la mesa de la sala de estar o mostrar los fragmentos de la reliquia a quien quiera verlos. Otros, sin embargo, regresan las piezas que caen durante los sismos a los encargados de cuidar y restaurar la Basílica patrimonial. En ambos casos, el fragmento, la gárgola, el friso o un bello escombro operan como objetos de deseo y ensoñación. Si la ruina lo ha “escupido” y lanzado a las veredas, el vecino o vecina continúa la tarea, teniendo cuidad de que no se pierda el aura y regresándolo a su régimen estético de objeto decorativo y patrimonial.
Fotografía 1.1. La Basílica y el terremoto, 1985.
Fuente: fotografía de Álvaro Hoppe.
Un barrio: de las élites a los desperdicios del capital
La Basílica del Salvador se sitúa en el barrio Brasil, en el casco histórico de la comuna de Santiago, específicamente del llamado Santiago poniente, que durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XXestuvo habitado por la élite aristocrática y burguesa, compuesta por terratenientes urbanizados, hombres de Estado y funcionarios de la república. En el barrio Brasil la vida social se desarrolló en la Basílica y también en palacetes con arquitectura de inspiración árabe, francesa o italiana (Imas, Rojas y Velasco, 2015). Dicha vida social contribuyó a dar forma al cariz moral e intelectual de la alta burguesía santiaguina (Vicuña, 2010).
Desde la primera mitad del siglo XX, la élite del barrio comenzó a migrar hacia el oriente de la ciudad (Lemebel, 2003). La desaparición de estas familias dejó vestigios arquitectónicos, cuyo deterioro y derrumbe fue progresivo a pesar de los esfuerzos de los nuevos habitantes. En efecto, con el tiempo, otras ruinas se sumaron y rodearon la Basílica, las mansiones carcomidas y tugurizadas. Ya fuera como vacíos o palimpsestos urbanos (Huyssen, 1997; 2006), lo cierto es que estos vestigios contribuyeron a desdibujar la historia previa del barrio y sus clases acomodadas.
A finales del siglo XX y en el contexto de la dictadura y la liberalización del paño urbano producto de la Política Nacional de Desar
