Obsesión de un anónimo - Alejandro Landín Martínez - E-Book

Obsesión de un anónimo E-Book

Alejandro Landín Martínez

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Beschreibung

Paola, una joven española universitaria, llega a México por parte de un intercambio estudiantil. Durante su estancia temporal, ella pretende tener una gran experiencia académica y buenas vivencias con sus nuevas amistades. Con el pasar de los días, Paola conoce y se enamora profundamente de un chico quien es acosado por los celos y envidias de su exnovia. Sin embargo, los planes no marcharon tal como lo esperaba la española, y su vida se ve involucrada en turbias situaciones y llena de momentos de altibajos emocionales después de desencadenarse sucesos de jóvenes universitarias desaparecidas de manera misteriosa. Esta historia te atrapará con momentos de diversión, alegrías, romance, misterios, crímenes, persecuciones, investigaciones policiacas y tragedias. En fin, todas estas experiencias son la combinación ideal para no querer dejar de leer, y desearás continuar inmediatamente con el siguiente capítulo. Anhelarás ser parte de la historia para acompañar a Paola en cada vivencia hasta lograr descubrir cuál es la Obsesión de un anónimo que tanto perturba la estancia de Paola en México.

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Seitenzahl: 627

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Alejandro Landín Martínez

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1114-834-4

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

DEDICATORIA

Para mi esposa Erika y a mis tres hijas; todas ellas son el motor de mi vida.

A mi madre, quien también fungió como padre desde que él partió al cielo.

A mis tres hermanas y hermano, quienes a pesar de la distancia que nos separa y de las dificultades que nos ha puesto la vida, siempre hemos estado unidos.

A mis suegros, quienes siempre han estado siempre como un gran soporte familiar.

Para todas mis amistades y grandes colegas a quienes les ruego conservar la amistad eternamente.

1

Dolor, mucho dolor. El mismísimo dolor tan ensordecedor e insoportable fue lo que hizo que ella volviera a la vida después de estar acariciando a la muerte. ¡Qué ironía! Estás casi muerta y no sientes nada, luego, vuelves a la vida y te sientes morir por el dolor tan penetrante. ¿Quién puede explicar eso? ¿Alguien ha vivido algo similar?

Sus movimientos eran aletargados, no tenía fuerzas para mover sus extremidades, ni tan solo un dedo. Por un momento sintió ser como un gusano lastimado y herido tirado en el suelo sin poder moverse. Quiso abrir sus ojos para entender la situación en la que estaba, pues todo estaba sombrío; sin embargo, ni siquiera pudo abrir ni la mitad de uno de ellos. Un trapo viejo y oloroso a humedad rodeaba su cabeza para privarla de la visibilidad. El trapo estaba atado por la parte posterior de la cabeza con un nudo difícil de desanudar. Ella no lograba entender por qué estaba vendada de los ojos ni la razón del dolor tan intenso de todo su cuerpo. Intentó hacer el mayor de sus esfuerzos con sus manos para ponerlas en su rostro y despojarse del sucio trapo, pero sus manos también estaban inmovilizadas. Hasta ese momento logró entender que estaba atada de pies y de manos. —¿Qué está sucediendo? —se preguntó dentro de su cabeza, la cual sentía que le iba a estallar. Soltó la tensión de su cuerpo para retomar un poco más de energía. No existía ni el más pequeño ruido como para tener alguna pista o referencia e identificar el lugar en el que estaba. Sus quejidos y el acelerado latir de su corazón eran los únicos sonidos generados en ese espacio.

Pasaron varios minutos. ¿Cuántos? No tenía ni la menor idea. El tiempo ya no importaba, ni siquiera el motivo de estar así, eso ya era lo de menos. Lo importante era desatarse y salir huyendo para irse a un lugar más seguro. Pero ¿a dónde? Ni por lo menos sabía dónde estaba. Comenzó a remolinear sus muñecas y moverlas de un lado a otro lo más que pudo para aflojar la soga que ataba tanto sus manos como sus pies. Mucha paciencia y concentración es lo que ahora necesitaba, pero el dolor cada vez acrecentaba y no era una tarea fácil. El nudo fue cediendo de manera paulatina hasta que ella consiguió zafar la mano izquierda. Suspiró, pero no fue como cualquier otro suspiro, había algo diferente en ese último suspiro. Sentía que el aire que entraba a sus pulmones no era el suficiente, lo sentía muy pesado y casi nulo por el enorme esfuerzo que hizo para desatarse. Ahora que ya tenía una mano libre le fue más sencillo el desatar la mano derecha. Esperó más tiempo para recuperar un poco más de energía y llenar sus pulmones con suficiente aire. Una vez que lo hizo, subió sus manos hasta tocar el trapo húmedo que rodeaba su cara y lo toqueteó de un lado a otro con sus dedos hasta detectar el nudo. Con menos problemas de los que tuvo con sus muñecas, ella pudo despojarse del lienzo. En su cuello se formaron pequeñas gotas de sudor por el esfuerzo que estaba haciendo, rodaban y recorrían su piel hasta llegar a sus pechos y terminar absorbidas por la tela de la camisa que estaba usando desde quien sabe cuántos días atrás. De manera pesada intentó abrir sus párpados para identificar el lugar en el que se encontraba; sin embargo la oscuridad no le permitía ver del todo. ¿Acaso perdió la visibilidad o realmente estaba en las penumbras? Un tenue esplendor se veía a unos quince metros de distancia, era muy débil pero con toda la tenebrosidad que invadía el territorio era inevitable no detectarlo. Obviamente, le interesó ir para tener contacto con algo que pudiera visualizar y saber del lugar en el que estaba. Por tal motivo prosiguió a zafarse la atadura de sus pies. Sus ánimos se acrecentaron y su mente estaba llena de positivismo para salir de la lastimosa experiencia que estaba viviendo. A pesar de tener sus dos manos libres, la soga que ataba los pies le hizo perder la cordura; al parecer quien haya hecho el atado se esforzó más en los pies que en las manos y la cabeza. Se le complicó por un momento pero se propuso no llegar a la desesperación. Una vez sentada en el suelo, con sus piernas dobladas y sus rodillas casi hasta la barbilla, comenzó nuevamente con un esfuerzo de mayor esmero y paciencia. Ambas muñecas le punzaban de dolencia, mas no fue motivo para ceder al fracaso. Ahora, además de sollozos y lamentaciones, también se escuchaba el remolinear de su cuerpo sobre el piso. Todo era muy extraño, no era un piso cualquiera, no era firme ni pavimentado. Con sus manos hurgó el área en el que ella estaba sentada pero solo pudo sentir tierra y un par de pequeñas rocas incrustadas en el piso. Prosiguió con la atadura de sus pies y a consecuencia del esfuerzo, dedicación y ganas de liberarse, ella logró quitar la soga que privaba el movimiento de sus pies.

El miedo la invadió más ahora que estaba libre y no cuando estaba atada, pues no sabía a dónde se iba a dirigir. ¿Habría más peligro si se fuera a otro lugar desconocido? ¿Será mejor que se quede y espere a alguien? No sabía absolutamente nada de lo que había pasado antes de que ella llegara a ese lugar o que alguien, por motivos desconocidos, la dejara en ese tenebroso precinto. No recordaba nada, ya no quiso hacer más cuestiones en su cabeza y decidió seguir. Se puso de pie y caminó con destino al único y ligero resplandor que se podía ver. Se acercó tanto a la luz que pudo ver sus propias manos. Era una luz tenue de color blanquecina pero lo suficiente para ver a su alrededor. Puso sus muñecas frente a sus ojos y sintió más dolor simplemente de ver lo lastimadas que estaban. El color de su piel en esa parte de las muñecas estaba de color rosa casi aparentando un color rojizo, dejando la evidencia de la brutalidad con la que fue amarrada por una persona salvaje, o tal vez varias personas sin conciencia ni sentimientos. ¿Quién se habría atrevido a hacer semejante fiereza? Esta y un sinfín de preguntas pasaban por su cabeza, pero de ninguna le interesaba saber la respuesta, por lo menos no en ese momento. La única respuesta era huir, huir hasta un lugar diferente, huir para pedir ayuda con alguien que la pueda socorrer.

Con el paso de los minutos identificaba nuevas partes de su cuerpo igual o peor de adoloridas. Sabía que tarde o temprano su cuerpo se invadiría de moretones como evidencia de cada golpiza recibida.

La luz que le ayudó a visualizar su cuerpo era la luz reflejada por la luna. Ese día la luna estaba en su fase llena; por lo tanto la luminosidad era más incandescente que en cualquier otra fase. El lugar olía a tierra húmeda, todo el territorio estaba mojado, había lodo por doquier, era sencillo entender que acababa de llover unos minutos, o quizá una o dos horas antes. Al volver la vista atrás se percató del lugar en el que estaba metida. Una gran pared rocosa con una abertura del tamaño de un automóvil, toda cubierta de musgo y helechos por todas partes, le dieron las razones para entender que ella estaba metida en una cueva. En ese momento entendió la razón de por qué no podía ver nada allá dentro. Volvió nuevamente la mirada al frente y entre las penumbras de la noche y la luz de la luna logró identificar una zona repleta de grandes árboles del tamaño de casas de hasta tres pisos de altura, unos más pequeños que otros y de diferentes estilos. Por la parte de su tronco estaban muy cerca uno del otro pero por la parte de arriba sus ramas se abrazaban como grandes amigos o hermanos, unidos por la eternidad a pesar de los fuerte vientos a los que se pudieran enfrentar.

El tiempo era fundamental para alejarse del peligro y no debía de estar perdiéndolo en estar analizando más el paisaje, tal vez estaba muy admirable pero no era prioridad en ese momento. Su mente buscaba la decisión más sensata; trabajaba a exceso de velocidad al grado de que sus propias ideas se contusionaban entre sí y no lograban generar un plan exitoso.

Finalmente, decidió dar el primer paso con destino a la zona boscosa desconociendo si era hacia el norte, sur, oriente o poniente, sin saber si habría más riesgos o más posibilidades de recibir ayuda.

Apenas había caminado dos pasos cuando escuchó una voz demasiado tenue, muy cansada y adolorida.

—¡No me dejes sola!

Su tercer paso ya no se completó. Se quedó congelada como una estatua posada en medio de la plaza de la ciudad. No sabía si lo que escuchó era parte de su alucinación, seguramente lo generó dentro de su subconsciente por tal brutalidad que ella había recibido, aunque le quedó la duda por un momento. Sus ojos giraban lentamente de un lado a otro sin concentrarse en lo que veían, pero sí en lo que su mente pensaba, ya que es la que trabajaba a mil revoluciones por segundo. La imaginación de su mente superó a la imagen que sus ojos obtenían. Quiso ignorar la frase que retumbaba en su mente e intentó largarse de allí.

—¡Ayúdame… Por favor… No me dejes aquí! —Una desconocida voz femenina insistió en pedir ayuda. Esta vez fue con mayor intensidad. La idea de creer que la voz había estado dentro de su mente quedó descartada. Ella aseguraba que el sonido de la voz provenía del interior de la cueva, así que sin pensarlo dos veces dio media vuelta y se dirigió al interior del cerro justamente de donde despertó a su pesadilla.

—¿Hola? —dijo la chica con cierta incertidumbre—. ¿Quién está ahí?

—Acá estoy. No me dejes, por favor.

—No te veo, está muy oscuro.

La poca visibilidad que tenía de la luna desvaneció una vez más. La chica siguió avanzando con pasos lentos con destino al lugar de donde provenía o se escuchaba la voz. Por un momento experimentó lo que una persona ciega sufre durante todo el día y todos los días. Su oído se agudizó más que su mirada hasta llegar a tan solo un par de metros sin saber lo cerca que estaba de llegar con la otra persona.

—Ven por mí. —Entre sollozos fueron pronunciadas esas tres palabras. Sus frases reflejaron dolor, mucho dolor, cansancio y resignación, pero con cierta esperanza de ser ayudada.

La mujer que estaba de pie caminó un poco más y se detuvo justo hasta chocar con algo muy duro a la altura de sus rodillas. Estuvo a punto de caer, pero consiguió equilibrarse lo suficiente y no llegar nuevamente al suelo.

—Aquí estoy, justo frente a ti —dijo la persona que estaba tirada en el suelo al sentir el impacto de la chica que estaba de pie.

La chica que regresó al rescate estiró sus brazos con las manos extendidas, las fue descendiendo hasta tocar cualquier cosa con la esperanza de tocar a la chica que estaba en el suelo. Afortunadamente, tocó parte de su hombro y recorrió su piel hasta llegar a su cara para cerciorarse de que no tuviera un vendaje tal como ella lo tuvo al despertarse. Lo único que sintió en su rostro fueron lágrimas, o tal vez sudor, pero lo mejor es que no estaba privada de la vista.

—Creí que no vendrías por mí —dijo la mujer que estaba tirada.

—¿Qué razones me das para no regresar por ti si ambas estamos en la misma situación? —Hubo un momento de silencio mientras sus manos seguían recorriendo su cuerpo para identificar alguna posible atadura en sus manos o piernas.

—Estoy atada de las manos —fue la respuesta que dio la mujer del suelo.

—Ok, te desataré. —Las rodillas de la chica rescatista se apoyaron en una base dura y firme, se inclinó un poco para alcanzar las manos atadas de la joven recostada e intentó desatarla. No entendió el motivo de un ligero movimiento de lugar, pero los cuerpos de ambas chicas se recorrieron unos centímetros con mucha facilidad.

—¡Oh, Dios! ¿Qué pasó? ¿Por qué te recorriste de lugar tan fácil?

—Creo que me tienen atada a una carretilla —contestó la otra mujer.

—¿En serio? —Ella pausó el intento de vencer la atadura de la soga para dirigirse a la base dura y firme en la que se encontraba la chica, la recorrió de manera rápida como si la estuviera escaneando con sus dedos de la misma manera que un ciego hace cuando quiere leer el lenguaje braille. Llegó a la parte inferior de la plataforma y detectó una llanta a tan solo unos centímetros de sus pies.

—Tienes razón, estás en una carretilla o algo parecido a eso —dijo la joven rescatista. Continuó con el escaneo de sus manos hasta llegar a la palanca para jalar y dirigir al vehículo. Se esforzó para erguirse a pesar de su adolorido cuerpo, sujetó la palanca con ambas manos y haló de ella con su casi nula energía. Con dolor, cansancio, sudor, sangre y lágrimas comenzó a recorrer cortas distancias con la carretilla. Algunos tramos del suelo eran más complicados que otros debido a que pequeñas rocas impedían el rodar de las llantas. La chica recostada en la carretilla simplemente esperaba y suspiraba. En ocasiones se quejaba y trataba de ocultar su dolor por el retumbar de la plataforma. La carretilla fue cediendo poco a poco hasta aproximarse a la salida de la cueva. La luz de la luna iluminaba paulatinamente el rostro de la joven.

Antes de llegar al exterior de la cueva, el suelo enlodado le jugó un mal plan a la mujer que halaba la carretilla y resbaló con ambos pies en uno de los momentos que la chica tironeaba de la palanca. El dolor de esa caída llegó hasta el último hueso del coxis y la inmovilizó por unos instantes.

—¿Estás bien? —preguntó la joven que estaba en la carretilla.

—¡Me dolió hasta el alma! —exclamó con mucho sufrimiento mientras se retorcía en el mismo lodo. Una lágrima nueva rodó por su mejilla, pero dejó que el dolor cediera un poco; sin embargo, recordó nuevamente que no debería de perder más tiempo. Una dolencia más a su cuerpo en ese momento ya no era tanta la diferencia después de haber recibido tremenda golpiza.

Una vez que se recuperó de su golpe, terminó de sacar la carretilla de la cueva para que la luz lunar les permitiera a ambas verse a la cara claramente. Se percató de que las manos eran las únicas que estaban atadas al vehículo justamente en la unión de la parte inferior de la palanca con la carretilla. No demoró mucho tiempo para desatarla. Mientras lo hacía, vio una leyenda escrita en una franja de la carretilla que decía «Yo amo la cacería». La palabra “amo” estaba representada con un gran corazón rojo. Simuló ignorar el texto pero se quedó impreso en su mente, o por lo menos en su subconsciente.

—¡Levántate! Tenemos que irnos de aquí.

—¿A dónde iremos? —preguntó la chica recién rescatada.

—¿Crees que tengo idea de a dónde ir?

—No, pero… —Fue interrumpida irrespetuosamente.

—A cualquier otro lugar diferente a este.

Su cuerpo estaba entumido y adolorido. La chica se puso de pie lentamente y aun así su mirada se le nubló hasta ver todo en blanco como si estuviera rodeada de una bromosa nube. Estuvo a punto de desvanecerse y caer al suelo, pero se aferró del hombro de la otra chica para no perder el equilibrio.

—Ya estoy bien, vámonos de aquí —dijo después de recuperarse del váguido.

—Perfecto… ¿Y cuál es tu nombre? —preguntó la joven rescatista.

—¿Qué? ¿En verdad no sabes quién soy? —preguntó muy confundida.

—No tengo idea. No te conozco.

—Urge que nos vayamos de aquí. Después te platicaré.

Las dos chicas huyeron del lugar sin conocer el destino. Sus ojos, oídos e incluso el olfato estaban en alerta para cualquier amenaza o, dudosamente, una posible ayuda. Siguieron caminando entre los altos árboles hasta perderse entre ellos.

2

TIEMPO ANTES

14 de octubre

El autobús se detuvo a tan solo unas cinco cuadras antes de llegar a la universidad para abordar a más estudiantes universitarios. Cada vez se poblaba más el pasillo del autobús pues todos los asientos ya estaban ocupados. Afortunadamente Paola pudo tomar un asiento de la penúltima fila ya que al subir aún había lugares disponibles. La mayoría de los muchachos y muchachas que iban también rumbo a la casa de estudios hablaban y bromeaban entre sí para tener un traslado más ameno; ellos ya tenían una amistad más forjada y con más confianza desde semestres anteriores. Paola no pudo evitar los nervios que invadían todo su cuerpo y por dentro sentía como si estuviera temblando. No sabía si era por el frío o por los nervios de ya estar a punto de llegar a la universidad. La gente, la ciudad, la universidad y hasta los ruidos eran nuevos para ella.

—¿Y tú por qué no platicas con tus amigos como ellos lo hacen? —preguntó con tono de curiosidad la anciana que iba en el asiento adjunto a Paola.

—¿Perdón? —Paola contestó atónita al no esperar esa conversación con la anciana.

—Sí… La mayoría de ellos demuestran su amistad sonriéndole a la vida y a sus amigos —insistió la septuagenaria mujer—. Yo a tu edad tenía más amigos que el número de páginas que tiene la biblia.

—Discúlpeme, señora, pero yo apenas soy nueva. —Soltó una risita nerviosa—. De hecho, hoy es mi primer día en esta universidad y le aseguro que tendré muchas amistades además de obtener muy buenas notas en mis calificaciones.

—¿Pero por qué eres nueva en la universidad si todos estos muchachos abordan el autobús desde Julio? —La mujer frunció el ceño con semblanza de duda—. ¡Ya estamos en octubre, eh! —ella advirtió levantando su dedo índice.

—Lo sé, señora, pero…

—¡Señorita, por favor! —la mujer espetó con cara de orgullo.

—Discúlpeme nuevamente, pero yo apenas ni la conozco —repuso Paola al comentario de la madura mujer.

—Me llamo Sara —contestó inmediatamente mientras extendía su mano para estrecharla con Paola—. Soy mejor conocida en el barrio como Doña Sarita.

—Mucho gusto, Doña Sarita. Lo que quería decirle es que estoy de intercambio por lo que resta del semestre, es por eso que apenas me estoy integrando hasta el día de hoy. Yo vengo de otra universidad. Vengo desde Barcelona, España.

Doña Sarita se quedó fascinada al escuchar el lugar de procedencia de Paola.

—¡Olé, torero! Eso suena muy lejos —dijo Sara—. Ahora entiendo tu estilo de pronunciar las palabras. Suenan algo raro, o al menos diferente a lo que conozco. —Sonrió de manera más amigable.

—Usted tiene mucha razón, suena muy diferente al estilo de habla de esta región.

Después de un silencio prolongado el autobús estaba llegando a su destino. Todos los alumnos se preparaban para bajar y aseguraron que trajeran consigo todas sus pertenencias. Ya no era necesario tirar del listón que indica la señal para solicitar la bajada en la siguiente terminal. El chofer ya sabía que era una parada obligada, pues la mayoría de los pasajeros descendía en la universidad.

—Espero verla pronto nuevamente, doña Sarita —Paola mintió—. Este será mi camino de todos los días y a la misma hora.

—Yo no tomo el autobús todos los días pero… Mmm… —Se rascó sus encías un par de veces con la parte interna de sus labios—. Me encantaría coincidir contigo por lo menos una vez a la semana.

—Tengo que irme para comenzar una nueva etapa de mi vida.

Te deseo mucha suerte y todo lo mejor… Española —la última palabra la dijo con más entusiasmo y mayor volumen para remarcar nuevamente su procedencia. Un par de chicos que estaban muy próximos a ellas lograron escuchar su lugar de origen y giraron la mirada para ver a quién se refería.

—¡Gracias! La necesitaré constantemente.

Antes de ponerse de pie, Paola se tomó su cabellera para asegurar que quedara nuevamente sujetada a la liga que llevaba en su pelo. Tomó entre sus manos el pequeño bolso con sus pertenencias personales y las presionó en su pecho para no golpear a nadie al momento de descender del autobús. Esperó a que algunos de los estudiantes bajaran para tener más libertad de movimiento al ponerse de pie.

Al dar el primer paso en la acera principal de la universidad sintió la frescura y el ligero viento de la mañana en su cara. Los alumnos descendieron como cuando las embarcaciones de los soldados llegan a la costa en plena guerra y tiene que atacar sin pensarlo dos veces, de lo contrario serían aniquilados. Al bajar todos ellos, inmediatamente se fueron con dirección a la entrada peatonal de la universidad. Aún había tiempo suficiente para que Paola pudiera llegar a la oficina administrativa del departamento de la carrera de Turismo y así presentarse e integrarse como la nueva alumna de intercambio. Antes de entrar a la universidad, Paola observó la fachada principal y pasaron miles de cuestiones y dudas acerca de su nueva experiencia, así como también sintió decenas de sentimientos encontrados y alegría al saber que conocerá nuevas amistades y estilos de vida. Después de unos instantes de reflexión, inhaló profundamente para continuar con su caminata y llegar a su primer destino.

Al entrar a la universidad, se percató de que dos vigilantes de la caseta de entrada estaban pidiendo la identificación universitaria de todos ellos. Los alumnos y algunos profesores mostraban su identificación de manera rápida tal como lo hacen los agentes del FBI y sin ningún comentario los alumnos ingresaban de manera rápida al recinto universitario. Paola no tuvo otra opción más que dirigirse directamente con uno de ellos para explicarle su situación de su incorporación. El guardia le pidió alguna otra identificación para anotar sus datos personales en un cuadernillo de registro para personas ajenas a la institución educativa. Ella sacó de su bolso su identificación de su país de origen y se la entregó al vigilante. La analizó unos instantes y comenzó a escribir los datos requeridos en la libreta de registro.

—¿De dónde eres? —preguntó el guardia—. No había conocido una identificación igual a la tuya.

—Soy de España. Estaré de intercambio unos meses y hoy es mi primer día, es por eso que no tengo la identificación que todo mundo le muestra a usted al ingresar. Supongo que aquí me la darán, ¿cierto?

—Es correcto. Sea usted bienvenida, señorita, únicamente le pido de favor que me firme en este espacio —señaló el guardia en la libreta de visitas—, y corrobore que sus datos sean idénticos a los de su identificación, por favor.

Leyó sus datos los cuales estaban perfectamente escritos y después firmó en la última columna de la libreta de registro.

—¡Muchas gracias! ¿Ya puedo pasar?

—Sí, claro, adelante.

El vigilante se reincorporó a su misión de seguir revisando las identificaciones. Era fundamental que siempre estuvieran dos vigilantes en cada entrada pues si uno de ellos se enfoca a registrar personal ajeno, el otro siga con el rol de revisar las identificaciones.

Paola continuó con su objetivo. Se sintió como Dorita recorriendo el camino amarillo en busca de la ciudad de Oz a punto de llegar al castillo del mago en ciudad Esmeralda. El sendero estaba rodeado de bellos y recortados arbustos como los campos de juego de los estadios de beisbol de las grandes ligas. Cientos de esponjosos y aromáticos rosales adornaban el límite que existía entre el sendero y el bello y verde césped. El cantar de las diferentes aves que rondaban en los árboles amenizaba la fresca mañana con hermosas melodías como si entre todas formaran una orquesta musical mientras que los alumnos se integraban a sus aulas de estudio. El viento mecía a los árboles de un lado a otro, también parecían estar cantando con el zumbar del viento entre las ramas. Algunas hojas caían en el camino peatonal, pero hasta esas hojas eran del agrado de Paola. Cada paso que daba era un palpitar de su corazón. ¿Sería de alegría, de nervios, de curiosidad? Ni ella misma lo sabía.

A unos diez metros de distancia estaba un letrero con sus bases de fierro tubular pintado de color blanco con una medida aproximada de dos metros de alto por un metro de ancho en el cual Paola identificó el mapa de toda la universidad. Al aproximarse a este y después de analizarlo unos instantes, ella localizó un llamativo círculo y una delgada línea señalando un punto en específico sobre el mapa, ambos de color rojo, y además incluía la leyenda que decía “tú estás aquí”. De manera rápida sacó su celular para tomarle una fotografía y tenerlo disponible en caso de perderse. No le tomó mucho tiempo para perder la paciencia y desesperarse pues no podía localizar el departamento de Turismo a pesar de tener el mapa frente a sus ojos. Vio su reloj para calcular el tiempo que le restaba y aumentó aún más su preocupación. Giró la cabeza a la izquierda y luego a la derecha con la esperanza de ver algo que le auxiliara a solucionar su problema. Se rascó la cabeza como síntoma de incertidumbre y preocupación y volvió su resignada mirada nuevamente al mapa.

Como caído del cielo, un chico muy apuesto se acercó paulatinamente a ella simulando buscar algún punto de referencia al igual que Paola lo hacía. Sin embargo, el mapa y la situación solo era el pretexto para poder obtener alguna charla con ella.

—¿Estás perdida? ¿Buscas algún lugar en específico? ¿Te puedo ayudar en algo? —preguntó el chico de manera muy amigable—. Tal vez mi ayuda te sirva de algo, ¿no crees?

Paola dio un suspiro de gran alivio al escuchar las palabras del joven caballero. Justo lo que ella necesitaba se encontraba simplemente a su lado. Ella estuvo a punto de pedir ayuda a la primera persona que pasara a sus alrededores cuando sin imaginarlo salió de la nada aquel joven. Un joven de aproximadamente un metro y ochenta centímetros de estatura, tez moreno claro, con cuerpo atlético, pelo corto y de expresión muy amigable.

—Hola… Sí, muchas gracias —–respondió finalmente Paola con duda aún sin comprender cómo fue posible que le llegara tan pronto el apoyo de alguna persona tal como ella lo estaba anhelando.

—¿Qué estás buscando?

—Eh… Pues mira, estoy buscando el departamento de Turismo. Necesito pasar con el coordinador del área o no sé cómo se le diga.

—Es el jefe de departamento —corrigió inmediatamente el joven muchacho de manera muy sutil. Vio que Paola ya tenía el mapa en su celular y se aproximó a ella para darle una buena referencia de la ubicación. Colocó su dedo índice en el mapa y señaló justo en el lugar que Paola requería ir.

—Es justo aquí —añadió el chico—. Si gustas yo te puedo acompañar; yo también voy para aquel rumbo.

—¡Vale, me parece ideal! —respondió—. Por cierto, me llamo Paola.

—Discúlpame, he sido muy descortés al no presentarme como debe de ser. Mi nombre es Erik. —Extendió su mano esperando la misma respuesta por parte de Paola. Prontamente fue correspondido con el mismo saludo como símbolo de haber aceptado su amistad y dar su agradecimiento.

—¡Andemos que se nos hace tarde! —añadió Erik justo cuando soltó la mano de Paola. Sin embargo, antes de soltarla sintió la delicadeza y suavidad de su piel como si estuviera tocando la piel de un bebé recién nacido. Erik no hizo ni dijo expresión alguna al respecto, pero se quedó con la impresión de esa hermosa suavidad. Cinco minutos antes no se hubiera imaginado la sensación que sentiría al tener contacto con una chica, que por asares del destino se cruzaron en el mismo camino.

—Es por aquí —señaló Erik con destino a la parte poniente de la universidad. Ambos se dirigieron de manera acelerada para poder llegar a tiempo.

Una vez ya yendo por el sendero, en el camino con rumbo a sus destinos, hubo un momento de silencio sin que ninguno de ellos dijera ni el más mínimo comentario para hacer una charla. En la mente de Erik pasaron muchas imágenes, o incluso la recreación del momento justo en que vio a Paola parada frente el letrero del mapa universitario y el cómo se fue aproximando a ella sin temor alguno. Él siempre había sido un chico muy introvertido, demasiado cohibido, pero justamente semanas antes de que iniciara el ciclo escolar en la universidad, sus padres hablaron de la necesidad y urgencia que Erik, por beneficio de su futuro personal y laboral, tenía que modificar para poder socializar, sin importar que sea con personas conocidas o desconocidas. No fue tarea fácil iniciar diálogo acerca de su comportamiento antisocial para querer convencerlo; no obstante, poco a poco fue cediendo a entablar plática con ellos y en especial con su padre que en ocasiones tuvieron pláticas a solas acerca del tema en la habitación del mismo Erik. El principal motivo por el que accedió a escuchar consejos para ser más sociable fue todo lo relacionado con la posibilidad de que algún día tendría que conocer a una chica, la cual podría ser la compañera del resto de sus días. Así pues, Erik se propuso ser más sociable y actualmente nadie se imaginaría que tuvo una vida muy reservada en su pasado. Todo ese esfuerzo del pasado ayudó para que Erik tuviera la valentía de acercarse a Paola en esa fresca mañana.

Por otro lado, la mente de Paola estaba aún llena de dudas y grandes expectativas, no tenía ni la menor idea de cómo ordenarlas en su mente. ¿Qué tendrá que decir cuando esté frente al jefe del departamento? ¿Cómo la presentarán en el grupo al que llegará? ¿Quién o quiénes serán sus primeras amigas? Antes de que todas esas dudas fueran aclaradas, una duda más se anexó en su mente desde que Erik le ayudó a identificar el departamento de la carrera de turismo en el mapa universitario y quería que se le aclarara antes que las demás.

—Entiendo bien que apenas tengo unos minutos de conocerte Erik, pero hay algo extraño en ti que me gustaría que me aclares —Paola rompió el silencio con entonación de incertidumbre.

Erik se sorprendió y sacudió la cabeza con ese comentario y su expresión reflejó síntomas de duda.

—¿Algo extraño? —frunció el ceño—. ¿A qué te refieres?

—¿Para qué te acercaste al mapa? —Ella hizo esa curiosa pregunta—. A lo que me di cuenta, parece que ya conoces todos los lugares de toda la universidad y no veo la necesidad de analizar un mapa cuando ya conoces el lugar como la palma de tu mano.

Erik tuvo la sensación de que ambos jugaban a que el policía entrevistaba al ladrón o el detective al presunto asesino hasta obtener la culpabilidad. No tuvo palabras que le llegaran a la mente ni mucho menos que saliera de su boca para dar la justificación más creíble. Él disimuló un poco al ver su reloj de color negro que portaba en su muñeca, que además de reloj también era calculadora. Anteriormente la utilizaba mucho para cualquier cálculo que requería en constantes ocasiones. Los usos más comunes los hacía al ir de compras y querer saber el costo más barato de un mismo producto pero de diferentes marcas. La regla de tres era su favorita; la aprendió tan eficientemente en secundaria que en la actualidad le sigue dando un funcional uso. O también la utilizaba en clases, era el lugar en el que más uso le había dado; sin embargo, en la actualidad el celular ha sustituido a tantos dispositivos que el reloj ya no es tan fundamental.

—Pues mira… La verdad… Mmm… No es muy común que a casi mitad del semestre te encuentres a una alumna analizando el mapa porque todavía no conoce la universidad sabiendo que ésta no es muy grande —fue un comentario muy sincero y acertado de parte de Erik—. Por lo tanto, inferí que eras nueva o que tenías muy poco en la universidad.

—Para ser exactos, hoy es mi primer día.

—¿Hoy?

—Sí.

—¡Pero ya estamos casi a mitad del semestre!

—Lo sé. Pero así es esto de los intercambios.

—¿O sea que estás de intercambio?

—Efectivamente, y hoy me integraré a la carrera de turismo.

—¡Espera! —El rostro de Erik se alegró por completo—. Yo también estoy en esa carrera.

—¿En serio? —se admiró Paola—. ¿En qué semestre estás?

—En séptimo.

—¡Wow! Coincidencias de la vida. Es justo al que me integraré.

—Espera, espera… Hay dos grupos de séptimo semestre. ¿A cuál vas tú?

—Eh, mmm… No tengo respuesta para eso. Precisamente para eso necesito pasar con el… —Paola olvidó el puesto de la persona que buscaba.

—…Jefe de departamento —Erik concluyó la idea.

—Eso.

—Estaría genial que te integraras a mi grupo —Erik lo dijo con entonación muy noble y sincera.

—¡Me agradaría mucho!

Ambos llegaron precisamente a los alrededores de la oficina del jefe de departamento. Erik le reveló que la oficina se encontraba en la planta alta justo a la izquierda después de subir las escaleras.

—Allá verás una puerta de color café marrón —enfatizó Erik—. Después de esa puerta encontrarás a la persona que buscas; su nombre es Javier.

—Muchas gracias. No tengo cómo agradecerte, pero no me despido, al rato te veo en tu aula. Espero no equivocarme, claro. —Paola se encogió de hombros.

—Allá te espero —Erik suspiró detenidamente—. Es momento de irme a mi clase.

—Mucha suerte en tu día.

Paola se dirigió a las escaleras hasta llegar a la planta alta. Al ir subiendo, recorrió su mano izquierda por el pasamanos y sintió lo frío que estaba por la fresca mañana de ese día. Giró a su izquierda e identificó la puerta tal como la describió Erik. Además del color café marrón, tenía características muy sobresalientes como su chapa con su brilloso color dorado. Era un poco más ancha de lo tradicional. Había otras dos puertas, una de cada lado de la puerta principal. Las demás eran aproximadamente de noventa centímetros y la de la oficina del jefe de departamento era aproximadamente de un metro y veinte centímetros. Un escritorio solitario y una computadora estaban afuera de las tres puertas. Seguramente Paola llegó más temprano que la persona que ocupaba ese lugar.

Al acercarse se percató de que la puerta estaba entreabierta. No pudo ver a nadie por la pequeña ranura de alrededor de diez centímetros de espacio que había entre la puerta de la oficina y el marco donde se encontraba el cerrojo. No había tiempo para tanta espera y Paola decidió tocar la puerta tres veces con sus pequeños y delgados nudillos. No hubo respuesta alguna que le diera pauta o permiso para entrar. Lo intentó nuevamente al pasar un pequeño tiempo. Su corazón latía a mil revoluciones por hora al sentirse como un delincuente antes de entrar a hacer un atraco domiciliario. Giró la cabeza a ambos lados para ver si alguien se acercaba a orientarla tal como le sucedió frente al mapa pero la suerte no estuvo de su lado en esta ocasión.

—No tengo otra alternativa —Paola dijo esto en su pensamiento—, abriré la puerta yo misma.

Ella la fue recorriendo perezosamente como el telón de un teatro a punto de dar inicio con el show de la noche. No esperaba la presencia de alguien dentro de la oficina, pues no hubo respuesta de su llamado. Se quedó perpleja y apenada al ver a una persona sentada en el sillón del escritorio quien miraba fijamente el monitor de su laptop y quien seguramente no escuchó el tocar de la puerta debido a los audífonos que tenía puestos y que sin duda escuchaba algunas melodías de su preferencia.

Se quitó inmediatamente los audífonos para ponerlos sobre el cristal de su escritorio y posteriormente se puso de pie.

—Discúlpeme, señorita —dijo muy apenado, pues él sabía que debería de estar atento al llamado de cualquier persona en busca de su apoyo—. Sea usted bienvenida. ¿En qué puedo ayudarle?

—Buenos días. Estoy buscando al jefe del departamento de la carrera de turismo y me dijeron que aquí era la oficina, ¿es cierto?

—Buen día. Está usted en el lugar correcto y con la persona correcta —confirmó a la indagación de Paola—. Yo soy el maestro Javier, el jefe de departamento, efectivamente. Todos me dicen el profe Javier.

Era una persona con un físico imponente por su tamaño y su personalidad, fornido, muy corpulento, pero en ocasiones se apreciaba embarnecido por su vientre tan abultado aunque en temporada de frío no sobresalía tanto por las capas y capas de ropa que se ponía; las chamarras o sudaderas le hacían el favor de ocultar su lado comelón. Su barba dorada y tupida, pero no larga, le daba un estilo de la época medieval de los grandes y valientes caballeros que peleaban hasta la muerte con sus escudos y espadas, o en mejores ocasiones hasta triunfar con el resto de sus hermanos de pelea.

—Ah, mmm… Yo soy Paola, la estudiante que viene de intercambio —lo dijo con modulación nerviosa y apenada al mismo tiempo. Era muy común que ella usara las mismas muecas de siempre cuando se encontraba en situaciones que la hacían sentir tímida, observada, nerviosa, etc.

—¡Excelente! —se admiró el profesor—. Toma asiento por favor, siéntete como en casa.

Sin pensarlos dos veces, Paola caminó y se sentó en una de las dos sillas confortables que estaban en el escritorio del lado opuesto del maestro. Esos lugares eran muy concurridos por infinidad de alumnos, compañeros maestros de varias carreras y en mínimas ocasiones hasta por padres de familia que comúnmente iban a platicar y dialogar acerca de los problemas en que sus hijos se metían y que generalmente les perjudicaba en su calificación y en últimas instancias hasta en la permanencia de la carrera. Esos lugares han tenido mucha historia, también han tenido buenas pláticas, muchos agradecimientos y felicitaciones por buen desempeño de estudiantes y las muy esperadas visitas de sobresalientes docentes que vienen de otras universidades del país o del extranjero a dar conferencias al alumnado.

—Estoy muy enterado de tu ansiada visita a nuestra universidad —continuó el profe Javier—. Hace unos días me enviaron un correo electrónico de parte de tu universidad de origen y pude leer tu gran expediente. Quiero felicitarte por tu enorme desempeño como alumna de muy buenas calificaciones y también como la ágil deportista que eres. Creo que por alguna razón fuiste la elegida para honrarnos con tu presencia.

La piel se le erizó a Paola por tan buena referencia que tenían de ella. Sonrió alegremente y quiso decir algún comentario al respecto cuando fue interrumpida por el profe.

—¿Sabes a qué grupo vas?

—No. Es lo que me interesa saber porque ya es casi la hora de inicio de la primera clase y no quiero llegar tarde en mi primer día.

—Me sorprende tu responsabilidad, no te preocupes. Dame un minuto.

Hurgó un momento en la laptop nuevamente para saber el grupo asignado de la chica extranjera.

—¿Tendrás alguna identificación que me puedas proporcionar, por favor? —preguntó Javier.

—Claro que sí. —Paola la sacó inmediatamente del bolsillo de sus jeans y se la entregó al profesor. Allí la puso después de que el guardia de la entrada se la regresó.

—Muy amable —la analizó unos segundos y la comparó con alguna información que miraba en su laptop.

Paola tuvo el tiempo suficiente para escanear la pequeña pero cómoda oficina. El escritorio era de fina caoba con un delgado vidrio biselado que lo hacía ver más lujoso. Cierto material no organizado en el escritorio como folders, hojas membretadas con el logotipo de la universidad, plumas de varios colores, entre otras cosas más, daban la impresión de que su espacio para trabajar era reducido; sin embargo, su mala organización le restaba visibilidad a la amplitud de su área de trabajo. En la pared había una cantidad presumible de diplomas y reconocimientos a nombre del profesor Javier. Detrás de la silla principal del escritorio había un estante muy bonito de fina madera que al parecer también era de caoba, o por lo menos el color así daba la impresión de la fina madera. Infinidad de libros organizados del más grande al más pequeño de izquierda a derecha que simplemente con girar la silla del profesor Javier ya los tenía a su alcance.

—¿Habrá leído todos estos libros? —pensó Paola sin hacer expresión alguna—.¿O solo los tiene allí para hacer creer a los demás que es muy dedicado a la docencia y al estudio como muchos jefes engañan a los que entran y salen de sus oficinas? Seguramente no tiene ni idea de los conocimientos que están escritos en ellos.

Encima del estante de madera donde él tenía los libros había tres trofeos de tamaños similares y cada uno de ellos contenía una pequeña placa metálica indicando la razón por haber recibido cada trofeo. Ella hizo un esfuerzo por leer la leyenda escrita en las placas pero la letra era demasiado pequeña como para leerla desde donde ella estaba sentada. Ella continuó mirando cada detalle de la oficina mientras que el sonido del motor de un dispensador de agua fría y caliente era lo único que se escuchaba mientras Paola esperaba su instrucción. Varios miembros del área administrativa de la carrera solían entrar y salir para llenar sus tazas y preparase su típico café calientito o uno que otro té de manzanilla o limón durante el transcurso de las mañanas más frescas.

Por encima del dispensador de agua, empotrados en la pared, se encontraban dos cabezas de animales: un hermoso venado con su pelaje tan pulcro que daba la ilusión de creer que aún estaba con vida y junto al hermoso venado estaba la cabeza de un jabalí con sus largos y feroces dientes que surgían desde la parte inferior de su boca hasta sobrepasar la parte superior de su hocico. Con su boca abierta el animal presumía su sedienta lengua que la mantenía inmóvil por la eternidad. A Paola le dio pánico solo con imaginarse el estar parada frente a un animal con esas ganas de devorar a cualquier ser vivo. Mientras que el venado irradiaba ternura y serenidad, el jabalí inspiraba miedo y fiereza.

—¡Listo!

El profesor analizó una vez más la identificación antes de regresársela y luego la miró directamente a los ojos.

—Eres más guapa en persona que en fotografía —piropeó el jefe.

—Gracias. —Paola sonrió incómodamente.

—Estarás en el grupo A. Acompáñame, yo te llevaré y te presentaré personalmente con el permiso del profesor de la clase.

—Ok. —Paola quiso recordar en qué grupo estaba Erik pero él nunca se lo mencionó, así que sería una gran expectativa al entrar al aula y saber si Erik iba a estar en ese grupo.

—Vamos. —El profesor vio su reloj para saber la hora exacta—. Estamos a solo dos minutos de que inicie la clase.

Ambos se pusieron de pie para dirigirse a la salida de la oficina. Caballerosamente él abrió la puerta e indicó a Paola que las damas van primero. Salieron y cerró la puerta bajo llave. Ambos se dirigieron al grupo A de séptimo semestre.

3

Ya faltaba muy poco para oficialmente dar inicio con la clase de las ocho de la mañana. La mayoría de los alumnos ya estaban en el aula, algunos sentados en sus lugares y con la cabeza reposada en la paleta del pupitre con muchas ganas de seguir dormidos. Coincidentemente los alumnos que anhelaban estar dormidos más rato eran los que todos los días llegaban en autobús y venían de una parte de la ciudad muy lejana a la universidad. Es un tiempo muy considerable el que invierten en prepararse desde casa para luego, quien sí lo haga, por lo menos desayunar algo ligero que les ayude a mantener el estómago ocupado durante el tiempo de clase. Además de eso, tienen que estar a tiempo en la estación de autobús para no perderlo, de lo contrario tendrían que esperar al siguiente que ordinariamente ya viene muy retacado de gente, principalmente estudiantes universitarios. En las peores situaciones y para mala suerte de los que esperan el autobús, el chofer ya no se detiene por la razón de que el cupo ya no es suficiente para seguir subiendo a más pasajeros. Una de las reglas que cualquier chofer de autobús debe de respetar es que no deben de llevar más pasajeros de lo que permite la ley; no obstante, esa ley no se ha respetado por años a pesar de que los agentes de la seguridad vial se den cuenta de la violación del reglamento.

Un pequeño grupo de cinco varones tomaron sus pupitres respectivamente y los giraron de tal manera que entre los cinco estudiantes formaron un círculo para poder verse la cara entre sí como si estuvieran trabajando en una mesa redonda para debatir sobre un tema en común. Dialogaban con risas y comentarios aleatorios de temas comunes entre ellos mismos.

La otra parte de los alumnos se encontraban al exterior del aula, algunos de ellos estaban fumando desde temprano sin importarles que aún no hubieran desayunado; el cigarro les daba tranquilidad y les calmaba el hambre indebidamente. Hombres y mujeres eran adictos a este común vicio, quizá se les podía olvidar su desayuno, su suéter o incluso su tarea, pero el cigarro no les faltaba nunca. Entre ellos mismos se ponían de acuerdo para cooperarse y comprar una o varias cajetillas para la jornada universitaria. Era sorprendente y alarmante identificar tanta colilla de cigarro tirada por doquier. A pesar de que existían muchos letreros en cada aula, en cada esquina y en cada rincón de la zona universitaria con la leyenda de “esta zona es libre de humo de tabaco”, los alumnos rara vez respetaban tal reglamento. Se habían realizado muchas campañas por parte del departamento de ecología para crear conciencia entre los alumnos, pero la respuesta no fue tan exitosa como se la esperaban los responsables de esas sanas campañas a favor de la salud de la sociedad estudiantil. Ese departamento estuvo en busca de nuevas estrategias para corregir el mal hábito que los universitarios, y en muchas ocasiones el mismísimo personal docente, no paraban de hacer por lo menos dentro de la casa de estudios.

—¡Alerta, alerta, un ruco gruñón se aproxima a nuestra zona! —Con tono de “alarma en peligro”, Oziel alertó a los compañeros que estaban fumando para que estos cesaran de hacerlo.

—¡Lizeth, esconde la cajetilla de cigarros antes de que sea confiscada por el profe Javier! —ordenó su amigo Oziel.

Lizeth y el resto de los compañeros dirigieron la mirada hacia donde Oziel tenía su vista clavada como un águila que está en las alturas acechando a su siguiente víctima roedora. Sigilosamente Lizeth fue guardando la cajetilla en la mochila que estaba colgando de su hombro. Sincrónicamente los fumadores lanzaron al suelo lo poco o mucho que les quedaba de cigarrillo para después ser cruelmente demolido por la suela de sus zapatos. A pesar de eso, el olor a tabaco quemado era la principal evidencia para delatarlos.

—¿Ahora a qué viene? ¿Que no sabe que la clase comenzará en unos pocos minutos más y que por cierto no es con él? —preguntó Lizeth.

—De seguro viene a traernos a una de esas falsas vendedoras que él normalmente acostumbra a traernos para interrumpir las clases —infirió Frank como posible respuesta a las preguntas de Lizeth—. ¿Ya se dieron cuenta de que viene acompañado por una chica guapa?

—Tú nomás te estás fijando en las mujeres y en su apariencia física —dijo Lizeth aparentemente celosa—. Eres un fijado. Deberías de tomar en cuenta la amabilidad y la parte sentimental de las personas.

—¿Pues qué quieres que haga, Lizeth? Date cuenta de que las mujeres son lo más hermoso de este planeta —piropeó Frank—, aunque a veces hay excepciones como tú.

La mayoría de ellos rieron y miraron a Lizeth para disfrutar de su reacción al comentario.

—Eres un animal asqueroso. Ya me quisieras a tu lado, pero no te daré el gusto.

Ambos tenían un estilo de amistad algo rara ante los demás, siempre estaban peleando y atacándose con comentarios groseros y altaneros pero su amistad nunca se separaba. Su forjada amistad ya era un símbolo en cualquier lado, eran los amigos inseparables que siempre se la pasaban discutiendo entre sí pero tolerándose mucho más que cualquier otro tipo de amistad.

—¡Basta, ya cálmense! —interrumpió un compañero del mismo grupito con un grito regañón—. Van a dar apenas las ocho de la mañana y ya están discutiendo otra vez. ¿Cuándo será el día en que no discutan ni un solo momento?

—¡Buuu! Ya apareció el amarguras de mi papi. Mejor ya no hablo —replicó Frank mientras miraba venir al profesor Javier.

El profe Javier y Paola llegaron juntos a la puerta del salón de clase y se detuvieron justo antes de entrar. Paola se percató de que la mayoría de los alumnos la miraban fijamente como a una desconocida y una rara rechazada, o por lo menos así lo presentía Ella.

—Muy buenos días jóvenes —inició el saludo el profe Javier—. Háganme el favor de ir pasando a sus lugares. —Él estiró su brazo con dirección al interior del aula y con su mano incitó e invitó a que todos pasen a su lugar de costumbre. Con una gran sonrisa de buenos amigos vio pasar a cada uno de los alumnos al ingresar. Algunos de ellos decían los buenos días casi susurrando y haciendo un ligero movimiento con la cabeza de arriba abajo como insignia de decir hola.

—Buenos días, profe —saludó Frank—. ¿A qué se debe su valiosa visita? ¿Qué lo inspiró para venir a visitar a un grupo de unos cuantos alumnos corrientes y mortales como nosotros?

—Buen día, Frank. En unos momentos más les platicaré el motivo de la visita con el permiso de su profesor Walter.

—Ok, pero no ha llegado el profe Walter. Yo creo que se le hizo tarde.

—Ese no será un problema —respondió Javier—. Yo estaré un rato con ustedes mientras él llega. Pasa a tu lugar por favor.

Después de que todos los alumnos pasaron al aula, el profesor Javier cedió nuevamente el paso a Paola para pasar al frente de todos. Ambos subieron a un estribo de unos veinticinco centímetros de altura y con un área suficiente para caminar por toda la sección del pizarrón; era donde los profesores se posicionaban al dar las sesiones para estar más visibles ante todos los alumnos. Él no dijo ninguna palabra mientras ya estaba parado al frente de los alumnos, solo les dejó la mirada en ellos hasta esperar a que todos quedaran en silencio absoluto, incluso no fue necesario pedirles que guardaran silencio. Era un método que muchos maestros o profesores solían usar antes de iniciar su discurso.

Estando arriba del peldaño se podía identificar claramente los pupitres que aún estaban vacantes o desocupados. Era muy probablemente que ese día hubo alumnos a los que se les hizo tarde y que aún no llegaban, o quizá también hubo alumnos que renunciaron al largo camino de su carrera estudiantil y la abandonaron incorrecta o inocentemente con la creencia de que una carrera profesional ya no era necesaria para su futura vida laboral y estabilidad económica.

Paola solo estaba mirando a sus nuevos compañeros y escuchando el diálogo establecido entre el jefe del departamento y los alumnos. Escaneó detenidamente cada uno de los lugares siguiendo un orden de fila en fila con la esperanza de identificar a Erik. Al llegar a la última fila, sus esperanzas estaban en plena agonía las cuales murieron justo al identificar solamente caras desconocidas. Era obvio que Erik estaba en el grupo B y que únicamente lo podría frecuentar durante los tiempos muertos que suelen haber entre clase y clase mientras los profesores tardan en llegar para inicia una clase nueva. A pesar de eso, Paola tenía toda la intención de ser amiga de todos sus nuevos compañeros para no tener ningún problema. La amistad había sido su hobby favorito, tenía tantas amistades que ella podría pasar un día completo con cada uno de ellos y sin repetirlos durante casi medio año. En esta nueva experiencia fuera de su país, ella estaba segura de que su lista de amigos iba a crecer infinitamente. De hecho, en sus primeros minutos dentro de la universidad ya estaba agregado a la lista un amigo nuevo que por cuestiones del destino él estaba en el grupo vecino de Paola.

—Bien, jóvenes, muchas gracias por guardar silencio y escucharme un momento —inició el profe Javier su perorata—. No tardaré mucho para no robarle tantos minutos de su clase al profesor Walter que seguramente hace el mayor de sus esfuerzos para compartir de su conocimiento acerca de la materia. El objetivo principal de mi visita es poder presentarles a ustedes a esta joven señorita que se acaba de integrar hace unos minutos a la carrera de turismo —el profesor Javier la señaló con un ligero movimiento de su mano derecha—. No es nueva en la carrera ni mucho menos viene con conocimientos nulos, ella viene desde una universidad muy prestigiada localizada al otro lado del planeta, del viejo continente; de un país donde sus antepasados vinieron a las tierras de los nuestros y poco a poco se fueron mezclando las razas hasta ser lo que actualmente somos; mestizos. ¿Alguien sabe a dónde me refiero?

—España —se escuchó el murmullo de varios alumnos al unísono.

—Efectivamente —él continuó con la presentación—. Su nombre es Paola y viene de la Universidad de Barcelona. Esta prestigiada universidad está categorizada como la número uno de todo España, y esto es de acuerdo a un ranking mundial publicado no hace mucho tiempo. En pocas palabras, no tenemos a cualquier alumna y compañera sino a una gran líder que seguramente aprenderemos de ella y ella de nosotros. Cabe mencionar que ella fue, de entre un grupo superior a las cincuenta solicitudes en dicha universidad, la afortunada elegida para venir de intercambio. Su alto promedio en desempeño y aprovechamiento le ayudaron lo suficiente para estar aquí además de su alto rendimiento en deportes, principalmente en atletismo y basquetbol. Así que, por favor, démosle la cordial bienvenida como se lo merece con un fuerte aplauso.

Todo el grupo aplaudió de manera respetuosa y efusiva para demostrarle la confianza que tendrá en su tiempo de estancia en la universidad. Frank se puso de pie para aplaudir más fuerte y sobresalir al resto de sus compañeros.

—Bienvenida, Paola, has sido muy afortunada por haber llegado al mejor grupo de la universidad, no te arrepentirás. Mi nombre es Frank, pero me puedes llamar Frankie, yo estoy a tus órdenes para cualquier duda.

Risas burlonas hicieron eco en el salón sin saber si iban dirigidas a Frank con su comentario o a Paola. Lizeth quiso devorar a Frank con la pura mirada por lo que acababa de hacer. Si hubiese tenido el poder de medusa, Frank ya estuviera petrificado en su silla desde hace bastante tiempo.

—Muchas gracias a todos —respondió Paola tímidamente—. Muchas gracias, Frank, sé que será una gran experiencia para mí, cuenten conmigo como una gran amiga y compañera. Mi aventura apenas comienza y ya la estoy disfrutando desde el primer momento. —Respiró hondo varias veces hasta retomar más ideas para compartir—. Y pues… Mmm… No tengo más palabras que decir para demostrar mi agradecimiento. Soy una chica de pocas palabras, pero las pocas que digo son muy sinceras y de todo corazón; ya se darán cuenta.

Nuevamente se escuchó la risa entre los compañeros, pero esta vez no tenía apariencia burlona sino todo lo contrario, risa de alegría por lo que acaba de decir.

—Perfecto, jóvenes —retomó nuevamente la palabra el profesor Javier—, les encargo mucho a su nueva compañera porque solo estará unos meses con nosotros y ella debe de regresar completamente sana y salva a su país, es una de mis grandes responsabilidades cuando llegan estudiantes de intercambio a esta carrera en nuestra universidad. Tomen su experiencia como un claro ejemplo de que ustedes también se pueden ir de intercambio a alguna otra universidad del extranjero. La universidad de Barcelona no es la única universidad con la que tenemos intercambio de alumnos, existe una variedad de muy buenas opciones, por tal motivo los exhorto a que hagan su mayor esfuerzo en el desempeño estudiantil, de esta manera podrán tener más posibilidades de ser alumnos idóneos e irse a otra universidad de nivel internacional durante unos cuantos meses a manera de intercambio. Obviamente su currículo será más extenso y esa experiencia les asegurará un mejor futuro laboral. —Todos los alumnos se quedaron muy sorprendidos y unos cuantos ilusionados por lo que acababa de mencionar el profesor Javier—. Sin más por el momento yo me despido, ya saben en donde localizarme para cualquier situación, sea buena o mala.

Una vez más el profesor Javier estiró su brazo y lo recorrió en forma de un abanico abierto para ofrecerle algún lugar disponible.

—El grupo es tuyo, escoge cualquier lugar. Hay varios lugares vacantes.

—Gracias, profesor, ha sido muy amable de su parte. No esperé que la bienvenida fuera tan evidente y cordial. —Paola echó una mirada a los lugares disponibles para escoger el que más le interesara.

—Acá hay un buen lugar amiga. —Frank se ofreció a acomodar o enfilar correctamente un pupitre libre que estaba cerca de él. Hubo algo en él que desde que vio a la extranjera se comportó más amable y participativo. Eso fue muy evidente para el resto del grupo, pues ellos ya lo conocían perfectamente, pero Paola no tenía antecedentes de ninguno de ellos y no sabía identificar su cambio de comportamiento o trato a los demás.

—Hoy estarás completamente en tus clases para que conozcas a algunos de tus maestros y a tus compañeros. Al terminar la jornada de hoy pasas, por favor, nuevamente a mi oficina para darte información fundamental para tu estancia, yo estaré en mi lugar y esta vez sí escucharé cuando llegues. —Sonrió apenadamente el jefe de departamento al concluir la instrucción.

—Ok, gracias. Allá nos vemos más tardecito.

Terminó de conversar con el profesor Javier y se giró para recorrer un pasillo de las filas y dirigirse al lugar que Frank le había sugerido. Al ir caminando entre algunos de sus nuevos compañeros escuchó varias veces la palabra bienvenida. Le conmovió el tener ese recibimiento. Tenía la sensación de que todo iba a estar mucho mejor de lo que ella misma esperaba.

—Perdón —interrumpió nuevamente el profesor Víctor—, necesito que todos me hagan un favor. Pónganse de pie alrededor de su nueva compañera y posen para una fotografía de bienvenida. Es para evidenciar que ella ya está en nuestra universidad.

Todos acataron la instrucción con gusto y posaron como si estuvieran festejándole su fiesta de cumpleaños. El profesor sacó su celular de su bolsillo, lo desbloqueó con una contraseña y accedió a la opción para tomar fotografías. Levantó el dispositivo y después de contar hasta tres, la luz led se encendió para iluminar más el inmortalizado recuerdo. Javier hizo lo mismo en tres ocasiones más y concluyó con un agradecimiento después de obtener las evidencias necesarias.

—Muchas gracias, con el permiso de ustedes yo me retiro para seguir en mis deberes y ustedes en los suyos, que por cierto ya es tarde y el profesor Walter aún no llega. No ha de tardar, seguramente tuvo un percance porque él no acostumbra a llegar tarde, es una persona muy responsable, lo conozco perfectamente. Por favor ya no salgan del aula para que no distraigan a sus compañeros vecinos del grupo B.

Ondeó su mano para decir adiós y se dirigió a la salida del salón después de haber bajado el peldaño. Al salir, tomó la puerta del picaporte y la jaló hasta dejarla casi cerrada tal como Paola encontró la puerta de su oficina cuando ella llegó en busca de él. Tal vez era su estilo o su costumbre de dejar las puertas así.

Al estar afuera del aula, el profesor Javier vio su reloj de manecillas de la muy costosa pero fina marca Rolex y levantó la mirada en busca del profesor Walter debido a que ya eran las ocho con once minutos y no se veía ni un rastro de él. En su oficina tenía la base de datos de cada uno de los profesores que impartían en la carrera; buscar su número de celular y llamarle para saber el motivo de su retraso era una buena opción, sin embargo, confió que todo estaría bien y que no tardaría en llegar. Él abandonó el lugar sin ninguna preocupación. A esa hora, ya no había ningún estudiante fuera de su aula, los únicos que estaban fuera era porque estaban llegando tarde.

—La impuntualidad aún sigue siendo un lamentable factor que no hemos podido mejorar en nuestra cultura —pensó Javier. Al ir rumbo a su oficina se saboreó un delicioso café con canela, una versión nueva que acababan de sacar a la venta y que desde que lo probó no lo había dejado de consumir, su adicción crecía cada día más por esta bebida tan consumida a nivel mundial.