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Un volumen colectivo que profundiza en la figura de Ocaña, uno de los artistas más admirados, libres y transgresores de los años de la Transición. ¿Qué tiene la figura de José Pérez Ocaña que, cuarenta años después de su muerte, sigue despertando admiración? Ocaña. El eterno brillo del Sol de Cantillana es un volumen colectivo coordinado por Carlos Barea que trata de responder a esta pregunta a través de una mirada multidisciplinar a la vida y la obra de uno de los artistas más destacados de la contracultura catalana de finales de los años setenta y principios de los ochenta. Con la intención de arrojar algo de luz sobre un personaje del que mucho se ha dicho pero poco se ha escrito, el libro reúne a un gran plantel de autoras y autores que se han encargado de investigar su trabajo y todo aquello que rodeó su figura: desde su sexilio casi forzado a su obsesión por el imaginario religioso en sus pinturas o performances, pasando por un análisis del contexto artístico-cultural en el que se desenvolvió. Además de textos de personas tan cercanas a Ocaña como el director de cine Ventura Pons, su amigo íntimo Nazario o una entrevista a su hermano mellizo, se incluyen dos documentos inéditos: un relato biográfico firmado por el propio artista y una carta de su puño y letra que escribió a Felipe de Paco. Ocaña. El eterno brillo del Sol de Cantillana es, en definitiva, un libro que pretende desentrañar el misterio de un artista absolutamente libre que se marchó vestido de sol y cuyo resplandor ha llegado hasta nuestros días.
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Seitenzahl: 258
Veröffentlichungsjahr: 2024
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EL ETERNO BRILLO DEL SOL DE CANTILLANA
Editorial Dos Bigotes
Primera edición: septiembre de 2023
Segunda edición: diciembre de 2023
OCAÑA. EL ETERNO BRILLO DEL SOL DE CANTILLANA
© de los textos (por orden de publicación): José Pérez Ocaña, Carlos Barea, Ventura Pons, Nazario, Roberta Marrero, Luis Maura, Ernesto Artillo, Joan Galo (MARINA), Juan-Ramón Barbancho, Pedro G. Romero, Álex Ander; 2023
Los textos de Nazario y Pedro G. Romero, ambos publicados previamente, han sido reproducidos con el permiso de sus autores.
© de esta edición: Editorial Dos Bigotes, S.L.
Publicado por Editorial Dos Bigotes, S.L.
www.dosbigotes.es
ISBN: 978-84-126535-7-1
Depósito legal: M-27649-2023
Impreso por Estugraf
www.estugraf.com
Las imágenes utilizadas en este libro se han empleado para ilustrar las referencias que se hacen en el texto.
Diseño de colección: Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
El papel utilizado para la impresión de Ocaña. El eterno brillo del Sol de Cantillana es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.
Impreso en España — Printed in Spain
Nota del editor
Autobiografía de Ocaña
Carlos Barea
La Pasionaria de las mariquitas
Ventura Pons
Una película catalana hablada en andaluz
Nazario
Ocaña: chou, exhibicionismo y cachondeo
Roberta Marrero
Ocaña y la España perdida
Luis Maura
Irse para salvarse: Ocaña y el sexilio
Ernesto Artillo
Virgen de carne
Joan Galo (MARINA)
Ocaña y el instinto de la pluma
Juan-Ramón Barbancho
Una fórmula irrepetible. Cuadros, artefactos y performances
Pedro G. Romero
Ocaña: el ángel de la histeria. Averiguaciones en torno a la cultura popular, la vanguardia y la historia entre 1973 y 1983
Álex Ander
Entrevista a Jesús Pérez Ocaña
Carta de Ocaña a Felipe de Paco
«Y mil veces que naciera, mil veces como soy»
José Pérez Ocaña
No hay sensación más satisfactoria para el coordinador de un proyecto que pretende reivindicar la memoria de un personaje público que tener acceso a documentos personales que no han visto antes la luz. Es por eso que me siento afortunado de poder publicar en este volumen dos textos inéditos que resultan de un interés mayúsculo: un relato biográfico escrito por el propio Ocaña y una carta que este envió a su amigo Felipe de Paco. Ambos documentos han sido cedidos de forma muy generosa por el dibujante, escritor y artista contracultural Nazario.
Con respecto a la autobiografía, el íntimo amigo de Ocaña me hizo saber que se trataba de un texto que el pintor probablemente escribió para una exposición o para la promoción de alguna de sus películas. Así pues, es posible que se hubiera publicado en algún catálogo muchos años atrás o ni tan siquiera eso. El documento fue salvado y «puesto a limpio», como bien se indica en el Word que me hizo llegar Nazario, por el tristemente fallecido Pep Torruella, amigo personal de Ocaña y gran conocedor de su obra, además de director técnico durante muchos años del Mercat de les Flors.
Con relación a la carta, Nazario me informó de que se la había legado Felipe de Paco, quien también se marchó hace tiempo, acompañada de una dedicatoria: «Para Nazario. De nuestro amigo común, la “Ocaña”. Tienes que guardarla tú (la tieta)!! … y tu novio. Tu amigo que os quiere. Felipe de Paco. Primavera 2008».
Más allá de lo que supone en lo personal un hallazgo así para este humilde coordinador, considero que también resulta muy interesante a nivel de investigación que sigan apareciendo documentos de nuestro querido Ocaña, incluso cuarenta años después de su muerte. No es casual, por tanto, que los dos escritos abran y cierren este libro homenaje que con tanto cariño hemos preparado. Es evidente que no existe mejor persona para presentar a José Pérez Ocaña que el propio José Pérez Ocaña, así como tampoco hay mejor forma de poner el punto y final a esta obra que con una carta de su puño y letra.
Para concluir, tan solo me queda recordar que la memoria del colectivo LGTBIQ+ siempre ha sido frágil porque su tradición oral la ha hecho difícil de capturar. Quizá a eso se debe que hayamos encontrado alguna que otra incoherencia en los testimonios en primera persona de este libro —por ejemplo, que Ocaña escriba que conoció a Pons en una comida mientras que el director catalán mantiene que fue en una cena, o que el artista sevillano afirme que conoció a un director francés en el Festival de Berlín tras el estreno de Manderley cuando entendemos que fue de Ocaña, retrato intermitente—. No obstante, hemos preferido no intervenir los textos porque asumimos que la memoria, además de frágil, también es juguetona. Sin embargo, lo verdaderamente importante de esta labor es poner al servicio de los seguidores de Ocaña unos documentos como estos, ya que es la mejor forma de rendir tributo a una figura de la que mucho se ha dicho, pero de la que no se ha escrito tanto. Espero que este volumen, tejido a base de interpretaciones, investigaciones y recuerdos, sirva para arrojar un poco más de luz sobre un artista polifacético y generoso que valoró la libertad —su libertad— por encima de cualquier otra cosa y que instó a todo un país a deshacerse, aunque tan solo fuera un poco, del puritanismo y la represión que lo asolaba.
Carlos BareaAgosto de 2023
Nací en 1947 en un pueblo de Sevilla llamado Cantillana. De pequeño era bastante introvertido, pero cada vez que podía me marchaba al campo para cantar, coger flores, hacer el amor y beber agua de las fuentes sin contaminar, pues todavía no habían llegado las nucleares. Yo soñaba demasiado y no me daba cuenta de muchas cosas, pues no estaba demasiado politizado y la verdad es que era una suerte porque así ignoraba tantas rencillas y rollos —lo siento por los políticos—, porque yo he venido al mundo para vivir, soñar y pintar, y no para arreglarlo. Me gustaba hacer comedias y me divertía ensayando delante de los espejos. ¡A mí es que siempre los espejos me volvieron loca! A los veinte años me fui a la marina y cuando terminé el servicio militar me vine a Barcelona. Viví en la calle San Pablo y en Sant y trabajaba con dos albañiles con los que pintaba paredes. Un día conocí a José María Caralt y estuve viviendo en su casa durante un par de años. Allí llevé una vida muy divertida, con muchas fiestas y conociendo mucha gente nueva. Un día tuve la oportunidad de coger un estudio en la plaza Real y me fui allí a vivir solo.
Como todas las locas morbosas, me pasaba el día errando de váter en váter buscando pollas que meterme en la boca. Conocí a un pintor muy divertido que se llamaba Camacho y venía a menudo por mi estudio, y al ver mis obras me decía que yo podía pintar cosas mejores que las que pintaba entonces.
Animado por sus palabras, me marché a París, en donde me reuní con Jordi. Allí estuve vendiendo periódicos, dibujando mucho y llevando una vida de pintor bohemio. Empecé a ver museos y a ver películas buenas porque mi cultura y mis conocimientos he tenido que ir descubriéndolos yo por mí mismo y no como otros que se los han regalado sus papás. Creo que es más hermoso descubrir las cosas poco a poco como un juego o un cuento y así puedes llegar a cumplir cien años y aún no has tenido tiempo de aburrirte o suicidarte porque siempre te quedará algo por descubrir.
Por aquella época de mi estancia en casa de José María conocí a Ventura Pons en un bar que se llamaba Nelson o Chapó, pero para mí pasó bastante desapercibido. Cuando años más tarde muere Franco, yo ya vivo en la plaza Real como una faraona, rodeada de chulos y escritoras raras pero muy inteligentes seguramente por haberse tragado toneladas de libros y haberse dado un hartón de sicoanálisis.
Cardín escribe el libro Detrás por delante, en el que me dedica un cuento llamándome Renata Saldaña que es la historia de la polla de un negro. La primera vez que me disfracé en las Ramblas fue con un vestido de ángel y pintando un cuadro que nada tenía que ver con las Ramblas. Chou, exhibicionismo y cachondeo. Después de esto no paré de disfrazarme para los carnavales con trajes muy diferentes. Camilo me acompañaba siempre. Recuerdo un día que estábamos en casa y él le metía mano a un moderno que decía que era bisexual. Al ver que no follaba ni nada, terminé echándolo a la calle porque no aguanto a los cursis y además teníamos que disfrazarnos para irnos a las Ramblas.
Un día fui a una comida de los del FAGC [Front d’Alliberament Gai de Catalunya] y allí me sentí la Pasionaria de los maricones y resultó que estaba Ventura Pons y estuvimos charlando y conociéndonos, quedando fascinado por el cachondeo y la espontaneidad de la Cañí. Cuando me propuso hacer la película, yo acepté inmediatamente porque me gustaba la idea, por mi vanidad y por mi vena revolucionaria si así se la podría llamar. Creo que también contribuí con ella a conseguir la liberación homosexual.
Con Ventura trabajé muy bien porque me dejaba libertad para decir todo lo que quería. La represión de los machos en Andalucía sobre las mariquitas cuando ninguno tuvimos nunca libertad para escoger nuestra sexualidad como no podíamos elegir nuestra religión. Pero yo pienso que el sexo y el amor son dos cosas tan divinas que todo el mundo debe tener derecho a disfrutarlas con quien le dé la gana.
Hay quien me decía que no dijera polla y que se debe decir pene, que era una palabra que yo no conocía y que aprendí del vocabulario de la Cardina.
En fin, tras unos años de boom de Ocaña —entrevistas en periódicos y revistas, fiestas, intelectuales y amigos—, vino la tranquilidad, pudiendo dedicarme a pintar todo el tiempo. Yo conocía a Jesús Garay desde hacía tiempo y un día me dice que si quiero hacer una película con él. Aunque promete dejarme libertad para expresarme libremente, tuve que estudiarme un poco el guion. Esta película no tiene nada que ver con la anterior y en ella, aunque yo sigo siendo Ocaña, tengo que repartir protagonismo con otras dos locas. Yo tenía que hacer el papel de pintor loco, extravagante aunque no mucho más de como soy en la realidad.
Rodamos la película, que se llamaría Manderley, en un pueblo de Santander que se llamaba Ontoria, en donde hacía un frío que pelaba. Yo, además de pintor, era una loca que se pasaba el día buscando pollas que llevarse al culo o a la boca y allí, con aquel frío, los hombres están todo el día de copas, reprimidos, hablando de política, olvidándose de follar y de fiestas. Aquellos hombres parecían tener la leche en los pies y resultaba muy difícil sacársela.
La Paula es increíble y maravillosa, se pasa todo el día alucinando creyéndose estar en Hollywood, y el otro personaje, Juan, es un director de teatro algo más serio. Yo estoy en medio de los dos, interpretando un papel entre serio y cachondo mental. Aunque no había dinero, conseguimos terminar la película e incluso fue presentada en el Festival de Berlín. Allí un director francés me pidió que hiciera para él un monólogo improvisado con una imagen de Marilyn en madera recortada. Yo estaba subido en una tarima frente a la Puerta de Brandemburgo muerta de frío, pero, como las cámaras me enloquecen, me olvido del frío pensando solo en ellas y en mi actuación. ¡Y es que el cine me encanta! ¡Cuando veo ante mí una cámara y unos focos, es como si tuviera delante una polla gigantesca!
Carlos Barea (Granada, 1987) es graduado en Publicidad y Relaciones Públicas por la Universidad Rey Juan Carlos, máster en Escritura Creativa por la escuela Hotel Kafka y máster en Estudios LGTBIQ+ por la Universidad Complutense de Madrid. Ha colaborado con varios medios, especializándose en crítica de cine y literatura LGTB, además de trabajar como lector profesional para diferentes editoriales. También imparte talleres de creación literaria LGTBIQ+, así como otros relacionados con la diversidad en el mundo audiovisual, en colaboración con FAD y Netflix. En relación con su faceta de escritor, en 2020 publicó su primera novela, Bendita tú eres (Egales), y en 2023 coordinó la obra colectiva Flores para Lola. Una mirada queer y feminista sobre la Faraona (Dos Bigotes y Egales). En ese mismo año también participó en ¡Larga vida al trash! (Dos Bigotes), un repaso por la obra de John Waters desde la óptica de diferentes autores especializados en cine.
«Ocaña, personaje central de la película de Ventura Pons Ocaña, retrato intermitente y figura muy popular en Barcelona, fue detenido por la policía cuando efectuaba un show de travestismo en las Ramblas. En varias ocasiones había ofrecido el mismo espectáculo sin que intervinieran los guardias urbanos». De esta manera informaba el periódico El País de los hechos ocurridos el 24 de julio de 1978 en el centro de Barcelona, con Ocaña y su arresto como protagonistas. Según se cuenta en la noticia, esta detención —junto con la de su fiel amigo Nazario— motivó que el Front d’Alliberament Gai de Catalunya, el colectivo que luchaba por los derechos de las personas homosexuales en la Cataluña de los años setenta, organizara una manifestación pidiendo su inmediata liberación. Esta improvisada marcha derivó en más de un altercado provocado por varios grupos de personas que exigían una libertad real y no solo teórica: «Lo que fue insólito es que intelectuales, travestis y homosexuales protestaron tirando sillas contra la policía y luego ante el cuartelillo gritando “¡Libertad Ocaña y Nazario!” y con pintadas. Nunca había pasado, era algo parecido a lo que pasaba en las primeras manifestaciones de homosexuales en las Ramblas», continuaba relatando la crónica.
El pintor andaluz, por su parte, fue liberado tres días más tarde, pero, lejos de victimizarse, contó que había aprovechado su estancia entre rejas para pintar las paredes de la celda de la compañía de teatro Els Joglars, que también había sido detenida por un delito de injurias al Ejército, y dejó claro que además había tenido tiempo para lo que más le gustaba, puesto que había «dejado en la cárcel cinco novios… y muchos amigos», añadiendo después: «¡Qué cosas se ven, niño, qué cosas se ven… y se tocan!». Y es que, según contó años más tarde a El Periódico de Catalunya Alejandro Molina, artista y antigua pareja de Nazario, «mientras Nazario les pintaba los brazos a los presos como tatuajes, ella [Ocaña] les hacía una felación».
Este era, ni más ni menos, José Pérez Ocaña: un personaje revolucionario que siempre encontró la forma de galopar sobre unos tiempos, los de la Transición, que fueron más que convulsos para las personas disidentes, por mucho que las fuerzas políticas de uno y otro bando nos hayan intentado vender lo contrario. Sin embargo, como Ocaña era una persona que sabía buscar el lado bueno de las cosas, fue capaz de disfrutar de los placeres de la vida, convirtiéndose en un hedonista declarado que encontraba refugio en el arte, en las relaciones humanas y, cómo no, en los váteres; él, de hecho, se consideraba pasoliniano en este sentido, puesto que le fascinaban «los retretes, los jardines y las escaleras para… chupar penes».
Pero, si ponemos el foco en los tiempos actuales, este que escribe se pregunta —y lo hace de forma recurrente— cuánta gente conocerá en realidad a Ocaña. Quiero decir, quién sabrá de su existencia más allá de ser ese personaje medio travesti, medio performer que paseaba por las Ramblas en los años setenta y al que homenajearon Marina y Pakita en sus respectivas ediciones de Drag Race España. Es más, me asalta la duda de saber quién conocía previamente su faceta política, con su compromiso con la CNT y los trabajadores a la cabeza, su coqueteo con los medios de comunicación masivos o su presencia, junto con la película documental que protagonizó, en el Festival de Cannes o en la Berlinale. Me gustaría saber, de verdad, quién es consciente de la importancia de un artista que, aunque murió joven, vivió con el ansia del que sabía que la vida se le escapaba de las manos.
Supongo que de esta sensación, la de percibir a Ocaña como un iceberg del que solo se ve la punta, nace la idea de hacer este libro, un testimonio vivo construido entre amigos, compañeros, admiradores y estudiosos de su obra que pretenden traer de vuelta a Ocaña a través del análisis de su trabajo y de la puesta en valor de su visibilidad en una época a medio iluminar. Este libro pretende, además, ser una especie de aquelarre en el que su figura se convierta en el eje central de nuestro rito pagano y su obra, en el necesario dogma para unos tiempos en los que los referentes actuales, esos a los que hemos convertido en productos de usar y tirar, andan con pies de barro.
Por tanto, dejadme que aclare en primer lugar, por muy obvio que pueda parecer, que Ocaña no solo fue un travesti —o transformista, si lo preferís— que se paseaba por las Ramblas, charlaba con la gente y, en cuanto podía, se levantaba la falda y enseñaba el culo a cualquier viandante que se cruzara en su camino. Eso era, quizá, lo más llamativo, lo polémico; lo que, como hemos visto, lo llevó en alguna ocasión al calabozo y a hacer ruido mediático. Pero tras ese personaje provocador de fácil desnudez y aparente frivolidad, se escondía un artista inteligente y sensible a las tradiciones, aunque con la capacidad de leerlas desde un lugar distinto. Porque nadie como él ha sabido servirse del imaginario religioso, con sus santas y angelitos por bandera, para trasmitir una belleza y una paz a un sector de la población que, precisamente, había sido víctima de las opresiones ejercidas por parte de la Iglesia Católica. En este sentido, la reapropiación —tan en boga en los tiempos actuales cuando hablamos de insultos o de representación cultural— fue una seña de identidad en la obra de Ocaña, puesto que, al mismo tiempo que rompía moldes a través de la reivindicación del costumbrismo y lo religioso, cargaba su arte de demanda política: «Todo lo que han dicho los curas son cosas que me han molestado muchísimo después y a veces hay cosas que son injustas… Y yo digo: “Bueno, ¿pero cómo yo puedo hacer santos si esto es una contradicción?”. Pero no, no es una contradicción porque todos estos santos y todos estos fetiches son del pueblo, ¿comprendes?», contaba a Ventura Pons.
Con declaraciones como esta, recogida en su debut ante la cámara, podemos suponer que el cine, tanto en su faceta documental como en la de ficción, fue otro de los instrumentos que Pepe Ocaña utilizó para desplegar, además de su más que aceptable talento interpretativo, un discurso cargado de lucidez y con un fuerte calado ideológico —si podemos denominar ideología a la justicia social; es decir, a estar siempre de parte del pueblo, de las clases más bajas y de los expulsados de la sociedad.
Sin duda alguna, Ocaña, retrato intermitente (Ventura Pons, 1978) es la película más conocida, además de la puesta de largo audiovisual del director catalán. Este documental, que se centra por completo en la figura de Pepe y que apuntaló su éxito, es una especie de oda a su vida, a su obra y a su pensamiento. Una película pequeñita que se convirtió en un gigante de mil cabezas con gran proyección internacional. Como ya contará el propio Ventura en este mismo libro, la película, de forma inesperada, los llevó a los festivales de Cannes y Berlín y a un sinfín de certámenes más, dándole la posibilidad a su director de llegar a ser el gran realizador que es actualmente, con más de treinta películas en su haber.
Lamentablemente, las posteriores incursiones cinematográficas de Ocaña tras el exitoso documental son casi desconocidas para el público general, bien por ser cortometrajes casi experimentales o bien por su mala suerte en festivales y/o circuitos de distribución. Sin ir más lejos, Ocaña, der Engel der in der Qual singt (Ocaña, el ángel que canta en el suplicio, Gérard Courant, 1979), un cortometraje de factura francesa pero rodado en la parte occidental de Alemania en plena Guerra Fría, pasó sin pena ni gloria y, en la actualidad, apenas lo conoce un puñado de personas —por mucho que la pieza esté accesible en YouTube para cualquiera que desee verla—. En la película, de apenas diez minutos y consistente en un único plano fijo que va cerrando el zoom de forma paulatina hasta acabar en un casi primer plano de un Ocaña travestido y de un cartón piedra con la figura de Marilyn Monroe que le acompaña en un escenario, el artista se declarará anarquista y contrario al comunismo que se respiraba al otro lado del muro de Berlín. La incorporación de esta declamación, no obstante, fue posterior al proceso de rodaje, ya que el director recogió el sonido el día del estreno —con Ocaña recitando en vivo el mismo guion casi improvisado que soltó en la grabación— y lo añadió al montaje final. Así pues, el cortometraje que en principio se planteó como mudo se transformó en sonoro.
Dos años después de esta inclasificable pieza, llegaría Manderley (Jesús Garay, 1981), una película de ficción en la que Ocaña comparte protagonismo con otros dos actores, Enrique Rada y Joan Ferrer. En ella, tres amigos homosexuales se retiran a pasar el verano a la casa de los padres de uno de ellos en Cantabria. Durante el transcurso de las vacaciones, la Paula, el más místico, decide comunicarles su intención de hacer la transición de género y de vivir como mujer, aunque finalmente esta decisión, con la llegada del otoño y la vuelta a la rutina, quedará frustrada.
Antes de comenzar el rodaje, Ocaña habló de forma bastante ilusionante de esta nueva aventura cinematográfica y del papel que le había tocado encarnar: «Interpreto un personaje con el que me identifico, porque es homosexual, porque pinta y porque tiene ese espíritu chapliniano que es muy mío. Creo que será un personaje divertido. Olmo pertenece a una familia de esa burguesía media que te encuentras en Andalucía. Lo abandona todo para ir a vivir a Barcelona, allí pinta y… hasta hay un momento en que está a punto de ser violado por un perro… ¡Estaré en mi salsa!». En unas notas manuscritas también dejó plasmadas sus impresiones, una vez metidos en faena, sobre el rodaje y el film: «Esta segunda película no tiene nada que ver con Ocaña, retrat, pues es la historia de tres locas contando historias. Yo soy un pintor exagerado, no más que en la realidad, pero divertido y buscando algo que llevarse al culo o a la boca, pero hay regiones de España que hace mucho frío y los hombres tienen la leche en los pies y es difícil sacársela. En fin, que están reprimidos. Con tanto liberar a su país se olvidan de follar y de la fiesta y están todo el día de copas»1.
La cinta, a la que tanta ilusión le había puesto todo el equipo, fue clasificada S, frustrando cualquier intención comercial, y acabó siendo relegada a las salas de cine X. En su recorrido por festivales tampoco tendría mejor suerte, puesto que rivalizó en el Festival de San Sebastián con Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (Pedro Almodóvar, 1980), que acaparó toda la atención. Así pues, la película se convirtió en un interesante ejercicio sobre las disidencias en los inicios de los años ochenta, con alguna que otra barbaridad en su guion, pero prácticamente olvidada en la actualidad y tan solo rescatada de forma muy puntual para algún homenaje a su director.
Por último, vendría Silencis (Xavier-Daniel, 1983), una nueva ficción en forma de cortometraje en la que Ocaña interpreta a la mujer de un guardia civil que abandona a su marido porque descubre su homosexualidad. Este, además, se ha enamorado de su propio hijo y lo deja todo para vivir un romance con él. Esta situación incestuosa fue motivo de censura en varios países, incluido España, aunque, tras su paso por el Festival Internacional de Cine de Berlín y la selección en multitud de festivales más, sería reconocida dentro de nuestras fronteras. Tanto es así, que acabó llevándose el Premio Especial Calidad del Ministerio de Cultura. También, según señala el director en su página web, se llevó el Premio del Jurado de la Crítica en Lecce (Italia) y el Museo de Cine de Taipéi (Taiwán) adquirió una copia.
Con este polémico corto termina la carrera cinematográfica de Ocaña, que fue interrumpida, al igual que el resto de su trayectoria artística, por su abrupta muerte. Sin embargo, este irregular camino interpretativo le ayudó, junto al resto de sus múltiples facetas, a ganar aún más popularidad. Así, en los primeros años de la década de los ochenta, su nombre aparecería de forma habitual en periódicos y revistas y sería invitado a programas en los que hablaría de su vida, de su obra e incluso de su visión del mundo y la sociedad. Sin ir más lejos, el 3 de agosto de 1982 fue entrevistado en Terenci a la fresca, el programa que el escritor Terenci Moix tenía en la televisión pública y por el que habían pasado personajes de la talla de Núria Espert, Joan Manuel Serrat, Manuel Vázquez Montalbán o Rosa María Sardà.
Nada más comenzar el encuentro, que se desarrollará a caballo entre el catalán del escritor y el andaluz del pintor, Terenci hace referencia a La primavera, la exposición que Ocaña había inaugurado en abril de ese año en la capilla del antiguo Hospital de la Santa Creu. Por ella habían pasado, tal y como señala Moix, más de 50 000 personas y fue organizada en colaboración con el Ayuntamiento de Barcelona. Esta muestra, según relata Ocaña, es una interpretación de las fiestas de su pueblo, Cantillana, y «un homenaje a la mujer, a la madre», ya que está dedicada a las dos vírgenes de su pueblo, la Asunción Gloriosa y la Pastora —no me detengo demasiado en esto, ya que de este asunto virginal nos hablará con más detalle Ernesto Artillo—. También confiesa que de su educación en el colegio de monjas le han quedado los fetiches religiosos con los que seguirá hasta que se muera porque, según vaticina, morirá con setenta y cinco años. Nada más lejos de la realidad, puesto que, como ya sabemos, acabaría marchándose un año después. Además, relatará —como también tendrá la posibilidad de hacer Ventura Pons en su capítulo, pero desde su propio punto de vista— cómo surgió el proyecto Ocaña, retrato intermitente: «A mí me gusta mucho provocar, me gusta mucho el teatro. Yo no me siento… Yo no soy travesti, me encantan los travestis, pero como yo tengo travestida hasta el alma me gusta salir a la calle disfrazado (…) Entonces un día había una gente que vinieron de Madrid que hicieron un homenaje al Front d’Alliberament Gai y entonces yo… Dice uno: “Mira, hemos venido de Madrid, ¿por qué no vienes a comer con nosotros?”. Y digo: “Ay, espérate, que voy a mi casa”. Entonces yo no llevaba el pensamiento de disfrazarme, pero de repente digo: “Ay, me voy a vestir de violetera”. Me vestí de violetera, me fui a la fiesta y empecé a decir que era la Pasionaria de las mariquitas, que era lo más divertido, que era libertataria o libertatario; y, bueno, allí entonces Ventura Pons me conoció. Bueno, Ventura Pons ya me conocía a mí desde hace mucho tiempo, pero no se recordaba». También aclara, ante la pregunta de Terenci, que no siente violada su intimidad, por mucho que la película sea tan personal: «Yo no tengo intimidad (…) Cuando tengo una alegría está en la calle, cuando tengo una tristeza está en la calle. Me es igual. Yo no tengo esas leyes que tiene el mundo de las intimidades. Yo como los pajarillos: a cantar y a bailar». Y, para rematar esta entrevista tan íntima y atrevida, Ocaña enumera los beneficios que tuvo para él la película, más allá del éxito que supuso, puesto que tenía «muchas ganas de decir unas cuantas cosas». Y añade: «Cuando yo paseaba en Sevilla, venían unos señores mayores y decían llorando: “Estoy contento porque tú has dicho lo que nosotros no podíamos decir. Porque tú has dicho claramente en la televisión y en el cine, en una pantalla, que te gustan los hombres”. ¿Y qué? Te gustan los hombres, como si te gustan los pájaros, como si te gustan las mujeres. Porque la condición sexual no tiene que limitar al hombre». No olvidemos que estas palabras son pronunciadas en agosto de 1982, y decir en esos momentos en la televisión, de forma tan abierta, que a un hombre le gustaban los hombres era un desafío directo al sistema, por mucho que Ocaña lo dijera como quien cuenta que ha desayunado tostadas. Luego, en relación con la promoción del documental en el Festival de Cannes y como anécdota divertida, señala que Elías Querejeta —el Carajeta o Caradura, lo llama— no quería que entrara en la proyección porque con la peineta molestaba a la gente. También tiene tiempo, ya en los últimos minutos, de hacer un repaso por Manderley, una cinta de la que señala que «no tuvo una gran aceptación de público, pero sí tuvo una buena crítica intelectual». Y, ya para terminar y volviendo a su auténtico oficio, el de pintor, Pepe sentencia, sacando pecho de su verdadero público, que su arte a quien más le gusta es «a la gente mayor, a las mujeres y a los niños».
Otro ejemplo del interés mediático que Ocaña despertaba a principios de los ochenta es su entrevista de casi una hora en El loco de la colina, el programa de radio presentado por Jesús Quintero, primero en Radio Nacional de España y más tarde en Cadena Ser. En ella, al poco de comenzar la conversación, Ocaña habla del pueblo y de lo que ocurre cuando va allí: «Me chillan los niños, me dicen mariquita, me dicen patacán. A veces me da rabia y a veces digo: “Pero ¿por qué te tiene que dar rabia? Déjalo. Si mariquita es una palabra…”. Lo que pasa es que lo dicen en un tono peyorativo porque esa es la educación de sus padres, ¿entiendes? Ellos no tienen culpa, ellos son… No te digo que son ángeles porque hay niños que son bastante crueles también con otros niños, ¿entiendes? (…) Yo cuando voy por la calle tengo como una procesión detrás. Me divierte. Me gusta».
Sin embargo, por mucho que lo llamen mariquita, él rechaza frontalmente cualquier tipo de etiqueta, algo que siempre ha mantenido: «Esto de homosexuales… Yo ante todo me siento una persona (…) Solo hay sexualidad», responde cuando Quintero le pregunta si no le parece soez la incomprensión hacia los homosexuales. Y, una vez más, a escasos días del accidente que le llevaría a la muerte, el artista hace alarde de su gran vitalidad: «Como me gusta tanto vivir, yo en ningún momento me voy a intentar matar por nada del mundo. Soy un hombre al que le gustaría vivir hasta los noventa, más no».
