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Un relato confesional y luminoso del caos doméstico y mental de la vida moderna. La menor de una familia que escuchaba a Raphael y no a Serrat, que se hizo adulta aprendiendo que el mundo se divide entre los que cuidan y los que son cuidados, es hoy periodista, madre y testigo de los rituales culturales y políticos de un Madrid solemne y ufano. Entre ruedas de prensa, lavadoras pendientes y paquetes de fideos en la alacena, Ángeles Caballero presenta este dietario: el de «una mujer con carro de la compra que escribe», mientras observa cómo sus hijos transitan la adolescencia. Tras emocionar y divertir a miles de lectores con Los parques de atracciones también cierran, Caballero regresa para explorar, desde su costumbrismo pizpireto, la experiencia de la madurez femenina. Una crónica de agobios y sainetes con los que se construyen tantas vidas urbanas de mujeres de clase media, funambulistas de todos los dramas y comedias. «Escribir sin miedo, reír mirando a los lados, sujetarse ante una de las inteligencias más críticas y honestas del periodismo español. La transparencia puede ser feroz y la ironía un refugio: en este libro conviven ambas». Manuel Jabois «Ver el mundo desde la ventana de la casa de Ángeles Caballero es un regalo. Qué generosidad, qué divertido y sincero». Leonor Watling
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Seitenzahl: 193
Veröffentlichungsjahr: 2025
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ORFIDAL Y CABALLERO
Ángeles Caballero
© del texto: Ángeles Caballero, 2025
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Edición a cargo de Pedro Vallín
Primera edición: octubre de 2025
ISBN: 979-13-87833-30-5
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Maquetación: Laura Rodríguez Dorado
Producción del ePub: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
arpaeditores.com
Reservados todos los derechos.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
Cubierta
Título
Créditos
Índice
ORFIDAL
Lanzallamas en el bolso
«Hoy es todo tristeza, hoy es invierno total»
«No te pongas soviética»
CABALLERO
«Yo soy una persona que quiere a todo el mundo, soy muy humana»
Doña Ana
Aspirante a Lina Morgan
CHIMPÚN
AGRADECIMIENTOS
Cubierta
Título
Start
A Tomás, por todo lo que trajo consigo.
«Me lo dedico a mí misma por ser tan trabajadora».
ÚRSULA CORBERÓtras recoger su premio Ondas
«Cuando huye la suerte, ¿sabes lo que hay que hacer? Sigue nadando».
DORY en Buscando a Nemo
«¿Cómo voy a ser machista, si tengo mujer e hijas?».
UN MONTÓN DE IMBÉCILES
Hay días en los que protestar no es suficiente. Hay días en los que la ira y el rencor manejan los músculos de tu cuerpo y solo quieres que todo arda. Hay días, muchos días, en los que solo vale salir a la calle con un buen lanzallamas en el bolso.
SEMANAS ANTES DE CUMPLIR LOS49, en redes sociales me desearon una violación grupal. El mensaje me pilló en la cocina, mientras calentaba unas alubias verdinas con calamares. Me dio miedo, me dio pena. Se abrió la espita del humor negro, del sarcasmo. ¿Quién querría este cuerpo añoso y sedentario?, me dije. Lo descarté por frívolo y agarré el teléfono. Llamé a mi marido y se lo conté muy rápido. «¿Y qué vas a hacer?», me dijo. «Pues nada», añadió, y me confirmó que venía a comer.
Me puse a pensar en lo que hago, en lo que digo y en lo que escribo. Me hice pequeña y grande a la vez, como una especie de Alicia en el país de X, antes Twitter. Recordé aquella vez en la que un compañero me dijo que soy la corresponsal de la vida diaria. Recordé ese lunes en el que Manuel Jabois me abrazó y me dijo: «Eso te pasa porque lo que dices importa». Y me dije a mí misma: no es verdad. Solo soy una señora con carro de la compra que escribe.
SIENTO, DESDE HACE TIEMPO, UNA PROFUNDA DECEPCIÓN hacia los hombres. No todos, claro. Pero son muchos, diría que muchísimos, los que me producen cierto rechazo.
Desconozco si esta afirmación responde a algo coyuntural o una parte de mí pensará eso hasta el fin de mis días. Estoy en un momento de la vida en el que esos hombres (tal y como los concebimos muchas mujeres de mi generación) me abruman, me agobian, me intimidan.
En el poder están reunidos algunos de los peores ejemplares de la especie: ególatras, narcisistas, incapaces de pensar en el otro. En las redes sociales pasa algo parecido. Señores amargados, que no ceden ni un milímetro su posición de privilegio por el mero hecho de poseer el cromosoma Y. Son tan poco originales que solo les queda el insulto y siempre, siempre, el mundo como un lugar donde vencer batiéndose en duelo. Qué pequeño es ese mundo, qué pequeños son ellos.
Hace unos años, el diario The Guardian analizó unos setenta millones de comentarios de los lectores a los artículos publicados en su web durante una década. Sacó conclusiones que a estas alturas sorprenden a casi nadie, como que, de las diez personas más insultadas del periódico, ocho eran mujeres y los otros dos eran hombres negros. La información me la proporcionó una brillantísima mujer a la que entrevisté, lingüista computacional, que se dedica a analizar el lenguaje de los bulos y la desinformación. Se enteró de la publicación de nuestra conversación porque uno de los estimados lectores consideró oportuno decirle a través de redes sociales que tenía «cara de estreñida».
Una vez uno de esos «tipos educados» de internet me llamó «Charo» y alguna cosa más que no me da la gana reproducir, no vaya a ser que se sienta señalado y por tanto importante en mi vida. Me enfureció de tal manera que busqué quién era. La criatura y yo habíamos estudiado en la misma universidad privada y los mismos años, aunque distintas carreras. Me hizo gracia que pensara que soy una señora de vida triste rodeada de gatos cuando soy bastante simpática, con más querencia a los perros y tenemos la misma edad.
Qué culpa tendré yo que el dinero que invirtieron sus padres en la universidad haya sido peor amortizado que el mío.
NO ME GUSTAN LAS TERRAZAS. En invierno no me bastan las estufas eléctricas ni las mantas, y en verano es aún peor. Los muslos, con ropa o sin ella, se me pegan a la silla, la gente habla en voz muy alta y por tanto soy incapaz de estar pendiente de las conversaciones que me atañen. No quiero que el viento me despeine y, sobre todo, no me gusta tomar el sol.
«En verano estarás más favorecida», me dicen cuando la palidez de mi rostro se diluye con el tono de la ropa que me estoy probando. No saben que en verano esa cara será la misma, no saben que esa no es la mejor manera de convencerme para comprar esa camisa, no saben el mal humor que me genera el termómetro cuando alcanza los treinta grados, la hipotensión que me devora, el sudor dando al traste con la hidratante y el maquillaje.
Dejadme con esta cara de enferma, pero sin manchas, con la que convivo desde hace tantos años.
Si me quieres, no me lleves.
QUIERO CONTAR MUCHAS COSAS y no sé por dónde empezar.
Estoy sentada en la primera fila del teatro Federico García Lorca de Getafe. Un par de asientos a mi izquierda está sentado Peridis. Conozco su trabajo como dibujante en El País, poco más. Cuando suba al escenario y pronuncie su discurso, me dará vergüenza que este señor haya pasado tan desapercibido por mi vida hasta este mismo momento.
José María Pérez González, su verdadero nombre, es también arquitecto. Y es el hacedor del teatro en el que estoy sentada, que hace décadas fue la fábrica de harina de esta ciudad, a trece kilómetros de Madrid, que me ha criado y educado. También es el cerebro de parte del Getafe que me he pateado, de las escuelas taller del municipio donde se le daba oportunidades laborales a todos aquellos a los que «el sistema» prefería dejar de lado, de algunos barrios para cuyo diseño se contó con las necesidades y las opiniones de sus vecinos.
En su discurso, se emocionará recordando aquellos años en los que se abrieron las puertas y se dijo «¡adelante!» a tanta gente. Para ello, citará a alguien que hizo justo todo lo contrario, ese Donald Trump en el programa The Apprentice, donde se hizo aún más famoso de lo que era por la frase: «Estás despedido».
Peridis se emociona y nos emocionamos el resto del público que abarrotamos el teatro. Mis lágrimas también nacen de la rabia conmigo misma, por no haber sabido nada de todo esto. He vivido durante veintiocho años a escasos metros del lugar donde tengo plantado el trasero, he vivido justo enfrente de una de esas escuelas taller. Nadie me lo ha contado, aunque tampoco yo he preguntado.
Vivo ahora en un mundo donde reina aquello de «haberte esforzado», el sálvese quien pueda. Vivo ahora en un cuerpo cuyo sistema inmunitario se retuerce con estos temas. No me gusta lo que veo, la escuela de Trump en la que tanto tienes, tanto vales. No sé a quién se le ocurrió esa tontería de que con el paso del tiempo uno se vuelve cada vez más conservador. A este cuerpo de casi cincuenta años le tira cada vez más el monte. Cada día, más cerca de la revolución.
HAY COSAS QUE NO ME GUSTAN NADA DE MI OFICIO. El ego, el darse importancia. Lo imagino implícito en muchas profesiones y en muchos caracteres desde la cuna, pero me estomaga lo solemne, la excesiva autoestima. Los narcisos tardan muy poco en asomar los pétalos; es lo bueno que tienen, que los puedes esquivar fácilmente. Pero una nunca deja de sorprenderse. Tengo un censo de periodistas de este tipo, a algunos de ellos los trato con frecuencia y les tengo cariño. También los tengo silenciados en redes para que ese afecto perdure lo máximo posible. Tampoco son tantos, pero como están en tantas partes, su presencia parece multiplicada.
Desde que escribí mi primer libro, he merodeado (porque no puede decirse que me haya adentrado) por el «mundo» de los escritores. Mientras escribo esto pienso mucho en Marta Sanz y en su obra Los íntimos, donde narra, entre otras muchas cosas, su experiencia como autora sin apellidos compuestos y sin pertenecer a una saga de nada salvo de mujeres listas como ella misma.
Me gusta todo lo que hace y lo que dice Marta. Me hace pensar. Y quiero mucho a Chema, aunque apenas haya intercambiado un puñado de frases con él. Por las camisas que lleva y por lo que dice Marta de él. Hubo un tiempo en el que Tomás y yo fantaseábamos con ser Antonio Muñoz Molina y Elvira Lindo, Leonor Watling y Jorge Drexler, a ráfagas Penélope y Tom y Brad y Angelina porque cuando estos cuatro estuvieron juntos los guapómetros explotaron y somos muy de valorar la belleza física. También quiero que seamos Marta y Chema. Una pareja cómica sin gustos caros que viaje junta a todas partes.
Hace un tiempo me llamaron para participar en una conversación con dos escritores. Preparé la cosa con muchísima ilusión y ese espíritu de empollona insegura que emerge cada media hora. Me compré el best seller de uno, cogí uno de los libros del otro en la biblioteca, busqué entrevistas de ambos, tomé notas, escogí estilismo.
La mañana del mismo día en el que nos subimos al escenario, empecé a detectar las primeras banderas rojas. El tono impositivo de uno, altivo y algo condescendiente, que se materializó por la tarde, cuando nos estaban colocando los micrófonos para salir. Y la propia postura corporal de ese sujeto, al darme la espalda nada más sentarnos en aquellas butacas. Como si el mundo girara en torno a él y a su acompañante, como si yo estuviera presente simplemente porque tocaba, porque alguna mujer tiene que haber ahora en las fotos, no vaya a ser que alguien se queje. Porque yo no quedaba mal ahí, pero que no se me ocurriera pensar que me correspondía una miga de ese plato de alta literatura. Era mi día de suerte, debió de pensar ese señor, poder compartir oxígeno con semejantes titanes.
Aquello acabó, sonaron los aplausos, yo agradecí el hecho de haber sobrevivido y sobre todo de haber sido testigo de aquella concentración de señorío en alta gradación que ahora quiero contar en estas páginas. No contenta con aquello, la providencia tenía para mí otra muestra prodigiosa de superioridad. Justo al despedirnos, mientras a aquellos señores les aguardaban un buen número de personas para que les firmaran sus obras, yo opté por salir de aquel teatro cuanto antes. Tuve a bien despedirme de ambos, porque a educada y cortés (también con hipocresía, tan necesaria para la convivencia) me ganan muy pocas personas. Uno me dio las gracias por todo y pareció contento de haberme conocido. El otro solo acertó a decir: «Acércame una silla». Había acabado todo aquello y seguía pensando en mí como figurante, como asistente personal, como secretaria de dirección de su abultadísimo ego.
Desde ese mismo momento, bromeo con mis amigos sobre esa anécdota. Hemos incorporado el «acércame una silla» cuando hablamos en clave y nos referimos a alguien con la autoestima del tamaño de la catedral de Burgos. Mi amigo H. ha incorporado a ese autor en la lista de personas de las que algún día nos vengaremos. El rencor como gasolina. El odio más fuerte que el amor. A veces quiero mucho a la villana que llevo dentro.
«NO SIEMPRE ME APETECE SER JUANA DE ARCO. Hace poco iba por la noche de la mano con mi marido y alguien gritó: ¡Maricón de mierda! Y no dije nada». José Ignacio Pichardo es antropólogo y profesor de la Universidad Complutense de Madrid y lo cuenta con la naturalidad de quien hace tiempo que lleva escuchando este tipo de insultos.
Diez minutos antes, en un corrillo, otro hombre se parte de risa cuando recuerda aquella vez en la que a su grupo de amigos, con evidentes síntomas de ebriedad, les dio por decir que todo esto que les está pasando —a saber lo que les pasa— es por culpa de «la ideología de género y los maricones». Fue una de las cosas que le hizo darse cuenta de lo enconada que es hoy la conversación pública, también la privada.
El «desacomplejamiento», los decibelios del presente, la desconcertante moda de decir en alto lo que hasta hace rato daba vergüenza. Maricón, «feminazi», los zurdos, los agoreros del clima, pedantes, cansinos en general. Son tristes, son chusma, no son mujeres si nacieron con pene, son borregos, son conformistas. Malditas minorías, siempre pensando en hacer ruido, en dar la nota.
Para una persona locuaz como yo, es extraña esta etapa de mi vida, en la que he pasado de hablar mucho a activar la escucha, y de ahí a aguantar cada vez menos. Me levanto de los sitios, huyo de los lugares donde las mesas están muy juntas. No sé si es Madrid o soy yo, o somos las dos, perimenopáusicas perdidas. No sé en qué momento hemos decidido este permanente estado de impudor, en el que todo vale. Los stickers machistas, racistas y homófobos. Qué clase de personas somos si los compartimos, qué clase de personas somos si callamos.
Como callé aquel día en el que un señor con un hijo de la misma edad que el mío —cuando escribo esto ambos tienen catorce años— se refirió al suyo como «heterodesplazado». No hizo falta continuar la conversación para saber a lo que se refería. Para estas cosas, además de muda soy cobarde, y pongo cualquier excusa. Esa vez dije que me disculpara, que tenía que ir al cuarto de baño.
PROCURO EVITAR LAS COMIDAS DE TRABAJO, aunque por lo menos en la de hoy no he comido patatas fritas, pan ni postre, esas tentaciones en las que siempre caigo cuando no soy yo la que cocino.
Suelen ser reuniones en las que los comensales compiten por demostrar cuál de ellos es el más ocupado, el de los niveles de estrés más alto, el que lamenta lo poco que le da la vida. Suelen ser reuniones en las que se huele la ambición, el hambre y las ganas, se desliza lo mucho que se sabe de uno y otro asunto, de estar presentes y al tanto de lo que se cuece en los círculos de poder. Suelen ser reuniones a las que asisto como oyente, porque los salseos que puedo aportar son otros, mucho más ligeros y sin trascendencia. Y porque lo que sé que es importante me lo guardo. Soy buena guardando secretos, una tumba cuando quiero, una bocazas si me lo propongo.
Cuando nos levantamos de la cena, doy las gracias a todos por su tiempo y me voy a casa con la actitud de la mujer que soy hoy, la que procura que las cosas le pesen más bien poco.
Hoy me he puesto a pasear por la calle del restaurante, muy consciente de la necesidad de acudir a estos encuentros, de no perderme ni una de las oportunidades que se me presentan, de la suerte que tengo, y absolutamente convencida de lo bien que me sienta esto de no querer comerme el mundo, sino solo una porción pequeña. Que no quiero despacho ni oro ni incienso ni mirra. Que no quiero tener equipo ni cargo y que solo quiero defenderme y representarme a mí misma.
«Tú y tus cosas». Me lo han dicho muchas veces, algunas como piropo, otras con cierta condescendencia. Hoy me lo tomo como filosofía de vida. Mis cosas. Mías.
SÁBADO. EN EL RESTAURANTE, EN LA MESA DE AL LADO, alguien dice: «Mis amigos bitcoiners». Y sé que no me enamoraré del comensal que la pronuncia, de esos que consideran que para qué hablar bajo cuando puede enterarse todo el comedor de la actividad profesional de tus colegas.
Me esfuerzo por evadirme, pero no lo consigo, y acabo radiografiando a este señor que habla a voces con sus amigos. Viste una especie de guayabera de lino, abierta hasta el pecho, luce cordón de cuero y, recordemos, dice cosas como «mis amigos bitcoiners». Mi cerebro me dice que no tenga prejuicios, que todos somos hijos de Dios y que cada ser humano merece una oportunidad. Es mentira, pero lo intento.
Este señor, que debe de tener apenas unos años más que yo, intenta convencer a sus dos amigos —quienes afortunadamente susurran, aunque esto impida completar las conversaciones— de jugar una partida de póker online, cada uno desde su casa. En la oratoria del urbanita madrileño de cualquier barrio acomodado abundan las palabras malsonantes, cierto «machotismo» y, pasadas las tres copas de vino, un acento que suena caricaturesco. Un «o sea» cuasi cómico entremezclado con el namedropping típico del cogollito del que hablaba Longares. Serrano, Juan Bravo y Sotogrande. Marbella, Estepona y mucho «joder, macho».
Nombres como Jacobo, Pino y Jaime. Trucos para desgravar impuestos con tal de joder a «estos hijos de puta», posesiones inmobiliarias, nombres de cada uno de sus hijos. Una «tía buenísima» de la que cuenta que casi se ha tirado, pero que ha creído conveniente no hacerlo porque apenas acababa de conocerla. «Y eso que era abogada», dando a entender que resistirse a una licenciatura de Derecho otorga a su gesto heroicidad.
Bromas al hablar de un colega no presente en la mesa que ha estado una temporada larga en barbecho y hacerlo «es ser gay». Referencias cinematográficas a American Psycho, brevísima discusión sobre si es mejor el libro o la película, Tom Cruise, Alec Baldwin y Rock Hudson. «Joder, con lo guapo que era, que se podía haber tirado a cualquier tía, y justo va y sale maricón. Qué lástima», comenta el señor de la guayabera. El de los amigos bitcoiners.
De vuelta a casa, bromeo por pura supervivencia y porque mi humor mejora notablemente en cuanto pierdo de vista a esos tres seres humanos. En el coche nos despojamos de nuestra tolerancia y bonhomía hacia el prójimo y opinamos que no se puede vestir un sábado en Chamberí como si estuvieras en Zahara de los Atunes, lo malos que son algunos divorcios y que tener pelo es una suerte, pero al final no es garantía de casi nada. Son ese tipo de señores nacidos hace unos cincuenta años (como nosotros) que dicen que somos muy pesadas, hembristas y que por nuestra culpa y la de los maricones hoy ya no se puede decir nada. Como acabo de comprobar.
HACE UNOS AÑOS ENTREVISTÉ A MARCELA, aunque su rostro no salió luego en las fotos por cuestiones de seguridad. Ni siquiera sé si se llama Marcela en realidad, pero eso ahora no importa. Me habló de aquella oferta de trabajo que aceptó en su país natal, Brasil, que le prometía venir a España para hacer tareas domésticas en los hogares. Y me contó cómo nada más aterrizar le quitaron el pasaporte, la encerraron en un burdel y la obligaron a ejercer la prostitución durante años. Presa del miedo y de las deudas que surgieron de golpe y de las amenazas a su familia si hablaba, vivió así, explotada sexualmente y obligada también a consumir drogas para estar más dócil y a ofrecérselas a los clientes.
Marcela lo contaba delante de algunas mujeres como ella, en la sede de la asociación que la rescató de todo aquello. Con todo tipo de detalles, físicos y emocionales, con una serenidad a prueba de bombas. Narraba aquella pesadilla sin alterarse, siendo consciente de la importancia de su testimonio y al mismo tiempo del humilde recorrido que tendría. Porque es muy difícil salir viva de las redes, con lo fácil que es entrar en ellas.
Esas redes saben de la vulnerabilidad de las mujeres y de las niñas en casi cualquier país del mundo. Saben que son las víctimas perfectas; pobres y muchas veces nacidas en entornos donde reina la violencia, llegan con la autoestima esquilmada y en ocasiones también presas del miedo de sus propias creencias. Brujería o vudú que les sirve a los proxenetas para hacerlas aún más sumisas, más temerosas. Por ellas y por los suyos.
Marcela decía frases como puñales: «El oficio más antiguo del mundo no es la prostitución. Es mirar hacia otro lado». Y a mí me permitió acercarme a una realidad que está aquí, entre nosotros, en un país cuna de puteros. Hombres de todas las edades que pagan por sexo a mujeres y niñas que en su mayoría son las esclavas de este siglo. En clubes de carretera —la de veces que he repasado sus nombres cuando viajaba en el coche con mis padres—, en pisos clandestinos, a través de una pantalla. Mujeres que son nuestras hijas y podemos ser nosotras. Ellos quieren sexo y sobre todo quieren poder y seguir alimentando la desigualdad. El putero nos cosifica y nos convierte en mercancía, en material desechable. Cuando cumples años, cuando no cumples con sus deseos, buscará otra. No importa cómo esté ni su consentimiento. España, por estas cosas, me genera un asco muy profundo.
España me saca de quicio cuando en las tramas de corrupción política aparece siempre lo que denomino como «santísima trinidad del corrupto»: cochazo o casoplón, farlopa y putas. Esa España que detesto que cierra acuerdos empresariales o sablazos explotando mujeres sale siempre a relucir y, cuando lo hace, entonces algunos tiran de eufemismos. Mi favorito es cuando hablan de «señoritas». Hace un tiempo me habría callado, dada mi tendencia natural a rehuir el conflicto. Ya no. Llamemos a las cosas por su nombre. Ni «señoritas» ni «novias» ni «mujeres de mala vida». Tampoco «prostitutas». Son mujeres prostituidas y de ese carro es difícil que me baje. Mujeres sin derechos y sin casi nada.
Ahora, dependiendo de quien lo haya dicho, me pongo pedagógica o directamente lo afeo en directo. Mi sistema inmunitario y mis prejuicios deciden. Y me arrepiento profundamente de aquella ocasión en la que le pregunté a un líder político qué le parecía la posibilidad de abolir la prostitución, a lo que me respondió: «Bueno, no pretenderá usted multar a los que pagan por estar con mujeres». Estar con mujeres, maldita sea su estampa y sobre todo la mía, por haberme quedado callada y reaccionar dándole un mordisco al pan.
Que no, coño.
ES JUEVES DE JUNIO DE2025 y en Madrid hace bastante calor al sol. En la esquina del cruce de las calles de Ferraz y Buen Suceso, un hombre grita a pleno pulmón: «¡Corrupto, cabrón!». Viste un pantalón color helado de vainilla, una camisa de manga larga de lino y unos zapatos castellanos sin calcetines. Sus propios gritos le hacen muchísima gracia, pero asustan al joven que tiene delante, sudamericano, quizá menor de edad o con los dieciocho recién estrenados, que lleva una camiseta de fútbol y unos pantalones cortos de deporte. Le advierte que con esas voces igual despierta al bebé que está en el carrito que porta el señor que insulta. «No pasa nada; si, total, ahora le toca comer», bromea. Su mujer, mientras tanto, sonríe y graba todo lo que está sucediendo, fascinada, parece dar a entender, por el giro tan divertido de los acontecimientos. Lo que iba a ser un rutinario paseo por el parque del Oeste con el bebé recién nacido se ha tornado en protestas delante de la sede del partido de gobierno.
