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Con un estilo directo, humorístico y por momentos desvergonzado, Juan Domínguez convierte una vida sentimental en un viaje generacional: de la culpa a la ternura; del autoengaño al asombro; del amor al olvido. Un libro que induce tanto a la carcajada como a la reflexión y que es, de alguna manera, un tratado sobre la identidad, el éxito, el amor y el perdón.
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Seitenzahl: 235
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Nota del autor. Las trampas de la memoria
Rebeca (1987-1990)
Mariana (1992-1995)
Júlia (2000-2003)
Violeta (2007-2015)
Chloé (2021-2024)
Toya (1942-?)
Agradecimientos e instrucciones
Las trampas de la memoria
Este libro no es una biografía, ni una novela: es una trampa.
Para mí, que me desnudo a medias, y para ti, que has decidido mirar.
Es un striptease incompleto de una vida cualquiera, convertido en literatura, en un ejercicio de impudicia que he escrito por vanidad, por venganza, por necesidad de amor. Ninguna de esas razones justifica un libro, pero a ellas se une una más poderosa: lo he escrito porque una editorial ha tenido conmigo un acto de fe.
La autoficción no es un género, es una perversión, una excusa para el onanismo de un montón de gente con ínfulas de escritor. Parafraseando al crítico Alberto Olmos, hoy cualquiera escribe un libro.
Cuando este texto estaba prácticamente terminado, recibí un correo de mi editora en el que me sugería que explicara por qué “un señor, una persona de bien, se expone de esta manera”.
No hay una sola respuesta. Tal vez late en mí un exhibicionista; quizá no tenga la imaginación suficiente para escribir una novela; o simplemente la historia que puedo contar es la que tenía más cerca.
Prefiero contestar desde mi relación con la literatura: solo soy un lector. Aunque mi primer amor sea la novela, lo que me conmueve son los libros en los que el autor ha dejado algo de sí mismo: un dolor, una emoción, un descubrimiento.
La ficción pura me entusiasma como entretenimiento, pero me resulta efímera. Las lecturas que se me clavan más hondo son las de quienes pagan el precio de la verdad. En mi Olimpo personal viven Javier Cercas, Manuel Vilas, Houellebecq, Jacobo Bergareche y, sobre todo, Emmanuel Carrère, que parecen despellejarse delante de nosotros.
No puedo compararme con ellos, pero ya que escribo, ¿por qué quedarme a medias?
A medida que avanzaba en el texto, las preguntas que me resonaban eran: ¿Hasta dónde? ¿Qué se puede contar y qué no? ¿Cuánto debe guardarse en el armario del pudor, de la paciencia, del qué dirán y del qué pasará? ¿Cuánto puedo inventar o retorcer las aristas de alguien que tal vez existe hasta convertirlo en un personaje? ¿Y cuánto de mí mismo? ¿Tengo acaso derecho a hacer daño a otros con mi narración, que es siempre un destilado de mi amnesia selectiva?
La base de todo lo que cuento es mi vida e ignoro cómo se leerán las innumerables ficciones con las que la he mezclado. Tal vez algunos amores, amigos o conocidos se hayan reconocido en historias que ya no les pertenecen y no les guste. Tal vez otros se molesten porque no están. No importa, una vez escrito el libro ya no es mío ni de nadie más que de quien lo lee. En todo caso, hay mucha verdad en las mentiras.
Quizás mi miedo se haga realidad, y estas páginas se lean como unas memorias y no como lo que pretendía ser: una reflexión sobre la pérdida, una crónica del amor y sus irreversibles consecuencias desde la siempre incompleta mirada de un hombre en sus distintas edades. Es también la historia de un tiempo y de toda una generación, a caballo entre el final del siglo pasado y el inicio de este. Ese es el hilo que me ha llevado hasta aquí.
En El coloquio de los perros, Cervantes habla de lo que convierte un suceso en una buena historia: “El buen cuento ha de ser verdadero si ha de mover a los oyentes, y contado con gracia, si ha de deleitar”.
Yo, que soy un hombre ambicioso, aspiro a que la parte de verdad que hay en este cuento esté contada con los ingredientes necesarios de desgarro y placer, pero también de humor y gracia.
I
Nunca me había sentido tan roto como cuando Rebeca y yo cortamos definitivamente. Pasaba el día metido en la cama, el suelo de mi cuarto cubierto de ropa sin lavar, de libros, de zapatos, de toallas de baño que empezaban a oler a moho. Los armarios permanecían abiertos y llenos de perchas vacías, todas distintas entre sí. En el escritorio se amontonaban fotos, cartas de ella sin abrir y algunas mías a medio escribir; en el tocadiscos sonaba y volvía a sonar Seabird de los Alessi Brothers. Diego y Pita, mis compañeros de piso, me miraban con cara de pena y hartazgo, escuchando con una paciencia que empezaba a agotarse cómo repetía una y otra vez las mismas cosas, cómo diseccionaba lo nuestro.
Llevaba semanas así, haciendo arqueología sentimental para encontrar el momento en que se jodió nuestro amor. Porque, aunque a Rebeca le cayó la etiqueta de “Primer Amor”, allí, en aquel cuarto caótico de estudiante desesperado, la palabra “primero” no significaba nada. Habían sido dos años de estar enamorado y nada más. Quien lo probó lo sabe, y el que no, no puede imaginarlo.
Tenía veintidós años y había vivido los dos últimos atrapado en el volcán de un amor cataclísmico, incapaz de hacer nada más que sentir y desear, dejando de lado mis obligaciones, ignorando amistades y estudios, dando vueltas de campana entre el placer y el dolor.
Aquel primer amor fue buscado y deseado, pero no imaginaba la violencia con la que sucedió. La mejor analogía la encontré años después, cuando aprendí que una singularidad es un momento en el espacio-tiempo en que una magnitud se vuelve infinita y las leyes normales dejan de aplicarse. El Big Bang es también una singularidad: de la nada, estalla un universo. Así fue, un día nada, y el siguiente una extensión infinita de amor, deseo y necesidad intelectual. No fue un proceso: fue súbito, seco, feroz. Arrasó con todo. Y me convirtió en otro.
II
En aquellos años vivía como otros muchos estudiantes de provincias: en un colegio mayor, donde había encontrado mi auténtica misión, que era pasarlo bien. Dedicaba todas las horas posibles a lo urgente: salir, charlar, escuchar música, ir al cine, leer novelas, jugar al mus y cultivar el espíritu renacentista que creía que era mi principal atributo. Lo importante podía esperar. Accesoriamente estaba matriculado en Derecho y Empresariales, carreras en las que me había inscrito por descarte, sin ninguna vocación ni la menor idea de lo que quería ser en la vida.
La suerte, que siempre ha sido mi virtud más destacada, me llevó a la única residencia de estudiantes mixta de Madrid, con un ambiente que podría describirse como muy relajado. La tensión sexual de ese grupo de doscientos postadolescentes hormonados con mucho tiempo libre viviendo bajo un techo promovía un entorno de saludable promiscuidad —sobre todo ajena— reavivó mi largamente acariciado deseo de tener una novia. Hasta entonces solo había tenido unos pocos rollos breves, aunque venía de un fugaz romance veraniego que alimentó aún más si cabe mis expectativas erótico-amorosas. El curso comenzaba con la pizarra en blanco, y mi mente romántica y lectora me imaginaba en un ardiente amorío con una chica que lo tendría todo: inteligencia, belleza, cultura y diversión y a quien, triple salto mortal con tirabuzón, le gustara yo tanto como ella a mí.
Madrid, además, me regaló una doble revelación: la de mi condición provinciana y la de la ciudad como parque de atracciones. Allí, gracias a mi amigo del veraneo Marquitos, hijo del dueño de la Vía Láctea, popular bar de Malasaña, pasé de sentirme un palurdo con boina recién bajado del tren con una gallina como equipaje, a figurante de lujo en la Movida. Satélite del humo, el cuero y las pintas, lo bastante cerca para escuchar a los popes del rocanrol patrio soltar alguna frase ronca o, con un poco de suerte, ser saludado con la cabeza como hago yo cuando veo a gente que me suena de algo.
III
Todas esas malas compañías y aquellas noches tan divertidas, los libros compartidos y destripados en grupo, y la romería de chicas en minifalda que pasaban por delante sin detenerse a decir hola, me empujaban a ser algo más que espectador del cambio. Urgía dejar atrás mi adolescencia pasiva y contemplativa y participar de toda aquella excitación, o al menos no seguir viéndola desde la barrera. Ansiaba pertenecer, dejar de ser un pijillo de pueblo, quitarme el pelo de la dehesa y mostrar al universo mi agudo intelecto, mi refinado gusto y mi simpatía natural. No dejar al mundo huérfano de todos esos dones que ni siquiera yo creía tener, pero que, en ausencia de una belleza apolínea o una extravagante herencia, se me antojaban mis únicas cartas.
Como imitar las naftalinescas vidas de mis compañeros de los jesuitas no me iba a dar entrada en la modernidad, empecé a fijarme en los estudiantes de otras ramas más comprometidas con el momento. De todos ellos, los más adelantados eran sin duda los que estudiaban Arquitectura: buen gusto y unas mesas inclinadas chulísimas. Dibujaban, escribían, y a pesar de ser algo artistas estaban bien vistos, sobre todo porque ya se sabe que los arquitectos ganan dinero, y por tanto, se les puede perdonar las ínfulas artísticas.
Adosado a mi amigo Machado, estiloso esteta y moderno de profesión, empecé a frecuentar a esa gente. A los “Mies van der Rohe” en prácticas les ocurre un poco como a los estudiantes de arte dramático y a los opositores a diplomático: están convencidos de ser parte de una élite. Y en muchos casos tienen razón, es una élite heredada, ya que es de todos conocido que el principal requisito para ser arquitecto es que tu padre o madre lo sean.
Por otro lado, no dejan de ser estudiantes y veinteañeros, y como tales, tienen la necesidad visceral de gritar al mundo su individualidad, lo únicos y especiales que son. Y lo hacen, por supuesto, siguiendo un método infalible: formar parte de una tribu. Ir vestidos igual, decir las mismas cosas, juntarse en los mismos lugares. Verse aceptados y aceptables, mientras proclaman, sin sombra de duda, su rebeldía e independencia al resto del mundo.
En los 80, la parte estética que permitía ser aceptado por los elegidos pasaba por llevar ropa de algunos diseñadores y marcas, tener unos cortes de pelo con el sello de aprobación que da el que todo el mundo lo lleve, y a ser posible, no ser visto jamás en público sin un tubo de plástico negro en el que llevar tus bocetos, proyectos o lo que sea. Si eras chica la cosa se complicaba y encarecía. Había que llevar joyas de Joaquín Berao, el pelo como si saliera de rodar una peli de Almodóvar y ser muy alta.
Todo ese grupo de gente que marcaba diferencias con el resto, vistiéndose más o menos igual, estudiando lo mismo y hablando de las mismas cosas absurdas (y yo pegado a ellos, claramente un outsider que ni siquiera tenía un tubo de plástico negro) quedaban a tomar copas en un bar del barrio de Salamanca.
Rebeca no cumplía con ninguno de esos requisitos, pero me fue muy difícil apartar la mirada de su cara.
Rebeca no era alta, no vestía de Jesús del Pozo, no llevaba joyas de Berao y ni siquiera era hija de arquitectos. Rebeca era una chica de un colegio de gente bien de toda la vida, sólidamente instalada en la burguesía. Era muy lista y un poco tímida, y me enamoré de ella nada más verla.
Ese nada más verla ocurrió de la manera tan inefable, pero vulgar, en la que, como se encarga de describir la literatura, se enamora uno cuando tiene veinte años y está muerto de ganas de enamorarse.
Me la presentó Machado una noche de copas, todo ruido y amigos de ella. Empezamos a hablar y se hizo el silencio en el bar. Ni un murmullo traspasaba la barrera de nuestra conversación, en la que ocurrió eso que se ha contado tantas veces, pero que siempre es la primera vez.
Todos esos “¿A ti también te encanta?”, “¡Es mi libro favorito!”, “Siempre he querido ir”, nos fueron metiendo en un sitio de nosotros y nadie más Yo solo veía sus ojos, su pelo, su boca tan expresiva. Poco a poco se fue transformando en la chica más bella que conocía; todo lo que decía era lo más interesante que había escuchado, me hacía reír y sentirme gracioso a la vez.
La noche transcurrió muy deprisa y muy despacio. Cuando acabó, llevaba en el bolsillo su número de teléfono en un papelito en el que, además del teléfono, estaban mis siguientes dos años.
Me debatía entre el miedo a llamar y que pasara de mí, y la esperanza de que yo le gustara a ella tanto como ella a mí. Debate que, como es de esperar, ganó la biología.
—¿Por qué has tardado tanto en llamar? —me preguntó nada más contestar.
—Ah, uh, ya, bueno, ¿qué tal si quedamos a tomar algo una de estas noches, concretamente el viernes? —dicho sin respirar y de corrido para no atascarme y empezar a balbucear.
Imagino —porque no me acuerdo— que el día de la cita me pondría lo que fuera que considerase mis mejores galas. Sin embargo, recuerdo muy bien lo que llevaba ella: una falda muy ajustada y una blusa blanca, perfectamente pija y respetable.
Había reservado para cenar en algún sitio al que nunca llegamos, porque antes quedamos a tomar algo, y la magia se repitió. Nuestras feromonas encontraron un encaje perfecto en los receptores de cada uno, nos rodeó una burbuja de silencio en la que solo importaba lo que nos decíamos, mientras se establecía esa telepatía, ese acompasamiento de emoción que antecede al beso inevitable. En un algún momento alguien besó a alguien, y una corriente magnética de fuerza infinita nos tuvo con los labios pegados y los cuerpos electrificados toda la noche.
No tengo ningún recuerdo “real” de esa noche, porque todo eran emociones. Pero sí me viene a la memoria que una pareja que me pareció algo mayor nos invitó a una copa, y la chica nos dijo que su novio le había susurrado:
—¿Te acuerdas de cuando estar enamorado era estar enamorado?
Ese estar enamorados, que acogimos con sonrojo y sonrisas, no era comparable a nada anterior. Y, sin embargo, fue fácil como respirar. Estar enamorado fue algo que deseaba que me sucediera, pero que me llegó sin saber bien qué iba a suponer. A partir de esa noche, y durante un par de años, fue casi la única cosa que me ocurrió.
La química era la química, pero había algo más: Rebeca era a ratos una niña que quería jugar, y otras una catedrática de Estética, una lectora del ¡Hola! combinado con Schopenhauer. Unos días vestía como una señora bien de Bilbao y otros como una chandalista de La Rosilla. A Rebeca le gustaba comer comida francesa y bocatas de calamares. Procuraba beber poco, porque en cuanto lo hacía, perdía el control y decía lo primero que le pasaba por la cabeza. A Rebeca lo que más le gustaba era reírse, y yo encontré la tecla del humor, y creo que eso es lo que la atrajo de mí. A mí, en cambio, me gustaba absolutamente todo de ella.
Casi de inmediato, mi día era Rebeca. No podía hacer otra cosa que pensar en ella. Cuando no pensaba en ella, escribía cartas. Cuando no escribía, hablábamos por teléfono. Hablábamos sin parar, de todo y de nada. Cuando terminábamos de hablar, me iba a mi cuarto a hacer algo relacionado con Rebeca, principalmente epístolas interminables cargadas de la exageración del joven airado y enamorado que era yo. También dibujos, collages y cintas de cassette con canciones que a veces enviaba por correo urgente aunque la fuera a ver al día siguiente. No podía parar. Le escribía cuentos, poemas, pequeñas notas de quince palabras y, en una memorable ocasión, un tebeo ilustrado desquitándome de un rival que también estaba enamorado de ella y que consideraba abiertamente que, al no ser yo un futuro arquitecto, no la merecía.
Querida Rebeca, mi amor, mi vida, emperatriz de mis sueños y propietaria de mi cuerpo:
Te escribo, otra vez, otra carta, a pesar de que he pasado la mañana contigo. No puedo evitarlo, noto mi cuerpo atravesado de tu amor, mi piel se vuelve gris cuando no estás cerca, y aunque sé que todo esto no son más que garabatos en un papel, a mí me hacen sentir más conectado, más cerca.
Cuando no estoy contigo no puedo dejar de examinarme. Me miro y la pregunta siempre es la misma: ¿se está apagando esta fiebre que es el amor que siento?
Rebusco por todos mis rincones, te imagino en todas las situaciones. Aterrado, pienso en ti insultándome, dejándome por otro, abandonándome porque te aburres, e intento visualizar cómo sobrellevarlo. Me imagino poniéndome todo digno y haciendo como que no me importa. Luego, feliz de nuevo, me doy cuenta de que no, de que mi amor por ti sigue vivo y creciendo, porque no soy capaz de concebir que no me quieras como yo a ti, que no me desees y que no quieras pasar cada segundo juntos.
Vivo dos vidas: una es la que vale la pena, que sucede cuando estoy contigo, en esos ratos en los que tengo que hacer esfuerzos heroicos para no estar todo el rato tocándote, besándote, acariciándote, mirándote. La otra es esta, en la que estamos cada uno en su casa y aún faltan horas para poder volver a vernos, que es la vida de las palabras, de la sombra y de la mentira, en la que nada de lo que ocurre tiene demasiado sentido porque solo existo cuando estamos juntos.
Esta vida, la de las palabras, no puede de ninguna manera reflejar lo que ocurre en la otra, porque, además, todas esas palabras están mal. Porque no encuentro las justas, las precisas, las que te hagan sentir lo que siento yo cuando te pienso.
Mis amigos me preguntan si estoy enamorado. ¡Claro que no estoy enamorado! SOY enamorado. Es permanente, no es algo que se pueda dejar de estar. El amor no está bien contado. Y yo lo intento, pero tampoco llego a decirte lo que me está pasando.
Vivo con la necesidad de estar en constante roce contigo. No es posible, dado que te niegas a venir a vivir conmigo. Vale que igual a mi compañero de habitación le podría molestar tener que dormir en un sofá en la recepción o en la calle para no molestarnos. Me da igual, que se eche novia con casa propia o se busque la vida. Las llamadas y las cartas son una tirita que no cubre la herida, pero no me queda más remedio que contártelo todo, todo el tiempo, suplicando mentalmente que tú hagas lo mismo.
Si supieras lo que me gusta, me llamarías seis veces al día y me escribirías una carta cada semana como poco.
Las palabras en el papel no son ni la mitad de lo que siento, pero es que todas estas cursiladas que escribo no las puedo pronunciar, son solo para que sepas qué es lo que bulle en mí.
Te amo,
J
P.D. Imagino que el pelma de Rodrigo te sigue tirando los tejos cuando te ve en la facultad. Te ruego que lleves siempre un paraguas en la mano, preferiblemente untado con cicuta, curare o algún otro veneno de efecto mortal pero lento, y se lo metas en un ojo cuando venga a contarte milongas o a malmeter. No debes preocuparte por su muerte (que espero sea larga y dolorosa), porque no es delito matar a un subhumano, y no solo eso, es una obra de caridad cristiana librarle del sufrimiento que debe ser él. Igual sus padres hasta te dan una gratificación.
IV
Rebeca y yo descubrimos nuestros cuerpos juntos. Los dos habíamos tenido escarceos previos, pero aquello era otra cosa. Nos llevó su tiempo, y llegamos a ello de puntillas y haciendo poco ruido.
Al principio todo era besarnos interminablemente, no queriendo que acabara. Yo notaba cómo toda mi conciencia estaba de repente concentrada en cinco centímetros cuadrados de labios y lengua. Ella respondiendo inmediatamente a mí, cambiando la iniciativa, haciendo que durase, perdidos en la indescriptible sensualidad de nuestras lenguas penetrando en el cuerpo del otro, deteniéndose en los dientes, entrelazadas. Mi lengua pasando por sus labios y deleitándose en la comisura, mordiendo suavemente su labio inferior y sintiendo cómo se estremecía de gusto. No sé cuántas veces estuvimos al borde de corrernos simplemente besándonos, pero fueron muchas.
Los besos fueron dando paso a las manos y las manos quitaron la ropa. Con la ropa fuera llegaron horas de adoración de sus pezones, de sus ingles, de la piel de las muñecas y del interior del codo. De pasar mi lengua desde la nuca hasta esos hoyuelos que la naturaleza regala a algunas mujeres justo en la base de la espalda, de quitarle los pendientes, la cadena del cuello, los anillos… para que estuviera del todo desnuda, que nada se interpusiera entre los dos.
Quería aprender a qué sabía cada parte de su cuerpo. Le pedía que me vendara los ojos y me fuera pasando su piel por la boca para adivinar qué era, en un ejercicio de imaginación y habilidad gustativa que me llevaba a desesperar de deseo.
Otras veces le tocaba a ella, la sentía temblar y gemir con cada roce, con cada mordisco, con cada toque de lengua. Aprendimos juntos a besarnos detrás de las orejas, a mordisquearnos las mandíbulas, a desnudarnos el uno al otro, despacio. Aprendí yo solo a notar cuándo ella no podía más, y a retrasar todo lo posible el placer. A hacer que la intensidad subiera hasta que no aguantaba más y me pedía que la tocara, que la chupara, que la penetrara.
Hacíamos el amor con una intensidad concentrada y sin entender del todo qué era eso que estábamos haciendo. Teníamos veinte años y toda la energía del cosmos, de la naturaleza, de todas las generaciones que nos habían llevado hasta allí. El código genético acumulado de todos los bacilos, las esponjas, los renacuajos, los reptiles, los monos y luego el de todos esos iberos, romanos, castellanos, navarros y extremeños que venían delante de nosotros nos pedían, nos imploraban, nos obligaban a seguir, a la entrega, al final. Teníamos una misión que cumplir y éramos feroces comandos, concentrados en un único asunto, con un propósito claro y definitivo. Tan ignorantes y tan sabios.
Lo hicimos en mi cuarto del colegio mayor, en casas de pueblo, en su casa con sus padres mirando la tele en el salón, y muchas, muchas veces en su coche, aparcado en una cuneta o en el aparcamiento de la Facultad de Arquitectura. Algunas noches nos sorprendía la linterna de un policía que nos decía que nos fuéramos, desnudos, con las ventanillas empañadas, retorcidos inverosímilmente en el asiento de atrás de un Volkswagen Polo.
Cuando lográbamos vestirnos, nos dedicábamos a explorar lo que había fuera de nosotros mismos. A Rebeca le fascinaba la estética racionalista, y su devoción por Gutiérrez Soto nos llevó de excursión por un Madrid en el que los cines que él proyectó aún eran cines. A ella le encantaba la mezcla de rectas y curvas de aquellas fachadas, y yo la convencía de hacer algo en cada edificio donde hubiese acceso público. Vimos películas en el Callao, en el Narváez, en el Rex. Nos colamos en el espantoso mamotreto del Ministerio del Aire. Bailamos en Pacha, tomamos copas en Chicote, comimos en Mayte Commodore, nos indignamos por el permiso de edificación de la incongruente Torre del Retiro y deseamos vivir en Castellana 53.
A cambio, yo la llevé a incontables sesiones de cine en los Renoir y los Alphaville. Compartimos la risa de Amanece que no es poco, el llanto incontenible de Cinema Paradiso, la emoción con El Club de los Poetas Muertos, el lirismo polvoriento de Drugstore Cowboy. Fue el año en que descubrimos a Jim Jarmusch y el orgasmo fingido y encantador de Cuando Harry encontró a Sally.
Nunca sucedió que no tuviéramos nada que hacer. Cuando no estábamos en la cama, estábamos dando vueltas por Madrid para ver edificios, en el cine, o charlando durante horas en alguna cafetería. La ciudad se convirtió en el tercero de un trío: Rebeca, Juan, y Madrid.
En aquel Madrid lo moderno lo era a su manera: la Movida agonizaba y se convertía en modernidad, un concepto difuso salvo para iniciados, que se oficiaba en bares de posguerra, en clubes cutres y en salones de actos de universidades. Todo cambiaba muy deprisa, y lo que hasta ayer estaba de moda, mañana ya era aburrido. Madrid y esa España se transformaban: surgían nuevas tribus, cambiaban los papeles y todo el mundo quería ser algo nuevo. Era la época de los banqueros refulgentes de gomina y pasta, de los proyectos faraónicos de un país que se modernizaba con dinero de fuera que pagaba el AVE, los aeropuertos, los Juegos Olímpicos. Eso que llamaban el progreso. Nos mirábamos en el espejo de Barcelona, que era el reflejo de una Europa que aún nos quedaba lejos, los únicos modernos del país a los ojos de un Madrid acomplejado.
Eran los años de Mecano, esos chicos que milagrosamente lograron dar el salto de la música garajera y artesanal que era el pop de la movida, para abrazar lo industrial y masivo, consiguiendo de paso —para pasmo de casi todos— una extraña unanimidad nacional: se les amaba o se les odiaba, en un ejercicio involuntario de vertebración colectiva.
El final de los ochenta nos trajo muchas oportunidades de diversión en una ciudad en la que aún no se había puesto de moda regularlo todo. Había una permisividad general que hacía que las terrazas compitieran por atraer a más y más clientes, despreciando olímpicamente el respeto por el sueño de los vecinos. Los horarios de los bares eran, digamos, flexibles, y los diversos ayuntamientos habían abrazado con entusiasmo las ganas de fiesta de la ciudadanía, que se echaba a la calle con cualquier excusa.
Madrid tenía el encanto de la gente poco agraciada que es extremadamente simpática, y Rebeca y yo nos contagiamos de ese encanto, enamorados hasta de lo feo.
V
Entre cartas de amor y amor práctico se pasó el curso. Ella se iba a estudiar francés en verano a un pueblo del Loira y mi plan era ir a verla, pero se me olvidó que para poder hacer eso tenía que tener tiempo libre, y para tener tiempo libre, tenía que aprobar. Con todo el trabajo que me daba estar enamorado no tuve tiempo de estudiar. Acumulé una ristra de suspensos, en lamentable contraste con Rebeca, que había aprobado todo, y cuyas ganas de irse a Francia superaban en mucho la tristeza de que yo no pudiera ir, una tristeza que no se le notaba nada, para mi sorpresa.
Once asignaturas suspendidas, todas menos, creo recordar, Derecho Civil, Inglés y Matemáticas Financieras. Me dejaron varado enfrente de un libro los tres meses del verano, condenado a estar inmovilizado en Sigüenza sin salir ni a una verbena los días de fiestas. Pero los suspensos no eran obstáculo para que el amor siguiera causando los estragos de todos conocidos. Escribía una carta diaria y cada día miraba en el correo si me había llegado algo. Tenía el teléfono de la residencia de Tours en la que se quedaba, pero ella nunca estaba. Ese verano recibí dos cartas, lo sé porque las tengo guardadas. Cuando llegaban se me volcaba el corazón y estaba más contento, pero no hacía falta ser un águila para notar que algo pasaba. Rebeca estaba lejos, en todos los sentidos de la palabra. Yo me sentía triplemente mal: por no haber estudiado, por no haber podido ir a Francia y por sentir que la distancia podría minar nuestro enamoramiento.
Pasó julio y pasó mucho agosto. Yo estudiaba como un condenado, haciendo esfuerzos para poder concentrarme, para salir del estupor amoroso en el que me encontraba. Me encerraba en libros de derecho penal, de macroeconomía y de responsabilidad civil. Hacía infinitos esquemas, los pasaba a chuletas por si las moscas, volvía a leer los subrayados y los apuntes —prestados— de todo un curso, esparcidos sobre la mesa del comedor. Sin Rebeca yo no tenía vida, y estudiar era lo único que podía hacer en un mundo que se deshacía delante de mí.
