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El otoño boreal pauta los ritmos de Estados Unidos: es la época de las elecciones, de la renovación del poder, del gran ritual democrático. Es la estación de las dos fechas que delimitan el marco temporal de Otoño americano: el mitin en Washington Square en el que Barack Obama y Hillary Clinton se disputan la candidatura demócrata en las elecciones de 2008, y la elección, diez años después, de Donald Trump como presidente. El último otoño americano es el de la campaña desquiciada que llevó a un histriónico magnate neoyorquino a la Casa Blanca. Pero es también la metáfora de un temor, algunos dirán de una certeza, que impregna la vida americana: el de la decadencia. Los signos –la retirada de las guerras, el aumento de los desequilibrios económicos, el auge de China y la victoria de Trump– apuntan al final de la hegemonía de Estados Unidos. Pero los signos contrarios –la fortaleza militar y económica del país, una arquitectura institucional que resiste a los mejores y los peores presidentes y la irradiación global, aunque sus propios líderes la nieguen, de una imagen poderosa y perenne del sueño americano– también son numerosos. 'Otoño americano' es un viaje al interior de esos signos externos: a los lugares que conforman el amalgama geográfico y humano que es Estados Unidos y a las vidas de las personas que se agrupan y eligen a sus presidentes desde realidades tan dispares. Un viaje que nos lleva a pensar, en palabras del propio autor, que no deberíamos dar nada por seguro. "Con la mirada del buen reportero [Marc Bassets] muestra, a través de gentes de la potencia en -decadencia, cómo una sociedad democrática creyó en Obama y luego quedó atrapada por la mentira de Trump." Jordi Amat, La Vanguardia "Una magnífica mirada al interior de Estados Unidos." Jan Martínez Ahrens, El País
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Veröffentlichungsjahr: 2017
Al lector
Prólogo. Somalíes en la casa de la pradera
Primera parte. Los años Obama1. Crisis2. Guerra3. Frontera4. Derecha5. Espacio6. Ficciones7. Memoria8. Obama: apuntes
Segunda parte. El año Trump9. Fiebre10. Gótico americano11. Historias12. Fábricas13. Opio14. Clinton: apuntes15. Boom
Epílogo. Otoño americano
Acerca de las fuentes
Agradecimientos
Créditos
Para Beatriz
América no es ni un sueño, ni una realidad, es una hiperrealidad. Es una hiperrealidad porque es una utopía que desde el principio se ha vivido como realizada. Todo aquí es real, pragmático, y todo os deja en un estado de ensoñación… América es un holograma gigantesco, en el sentido de que cada uno de sus elementos contiene la información total.
JEAN BAUDRILLARD
Balzac llamaba a la novela «la historia privada de las naciones». George Packer puso por subtítulo a su libro sobre la crisis en Estados Unidos «Una crónica íntima de la nueva América». Este libro no aspira a tanto. Quiere ser el retrato de un país en un momento determinado de su historia.
El momento es entre 2007 y 2017, los años que viví allí como corresponsal, primero de La Vanguardia y después de El País. Los lectores de ambos diarios encontrarán en estas páginas fragmentos publicados esos años. Otoño americano es un mosaico de reportajes y ensayos sobre diferentes aspectos del misterio de la vida americana –capítulos que pueden leerse por separado– y a la vez un relato más o menos cronológico del período que va de la campaña para la elección de Barack Obama como presidente en 2008 a la elección de Donald Trump en 2016.
No es una historia exhaustiva ni pretende serlo. Tampoco es un libro político ni una crónica sobre Washington: sólo me fijo episódicamente en el trabajo legislativo, en los logros y fracasos de los presidentes, o en la campaña electoral. La cámara no enfoca –o no principalmente– a los políticos. Busca otra cosa: indagar, mediante entrevistas, viajes y lecturas, en la crónica íntima de la nación, en sus traumas y esperanzas, en sus paradojas.
Otoño americano comienza entre granjeros cristianos, musulmanes somalíes y judíos ortodoxos en Postville («Somalíes en la casa de la pradera»), un pueblo de la América rural sacudido por la transformación demográfica que ya ha cambiado Estados Unidos. Continúa con un viaje en tres etapas por el país en recesión del primer capítulo («Crisis»), el que Obama encontró cuando llegó a la Casa Blanca en 2009. Era un país atrapado en Iraq y Afganistán: en el segundo capítulo («Guerra») exploro las dificultades para salir de las guerras, con una parada en la prisión de Guantánamo, símbolo de los abusos de los años posteriores a los atentados del 11-S. El tercer capítulo («Frontera») es un recorrido desde Ciudad Juárez y El Paso hasta los suburbios de Maryland, una instantánea de la gran noticia de nuestro tiempo: el vuelco étnico y cultural que está haciendo de la primera potencia mundial un país menos blanco y más hispano.
El capítulo cuarto («Derecha») es una inmersión en el conservadurismo americano que floreció en la oposición al presidente Obama, años en los que este movimiento puso los fundamentos para la revolución de Donald Trump. El quinto («Espacio») trata de otra de aquellas noticias que a veces pasan desapercibidas entre el ruido de la actualidad: los reveses de la carrera espacial y los preparativos para conquistar Marte, la nueva frontera de Estados Unidos y de la humanidad. Éste es un país modelado por los mitos y las ficciones: en el sexto capítulo («Ficciones») la indagación se centra en dos escritores, Harper Lee y Louis Auchincloss, y en un cineasta, Clint Eastwood, que han reflejado, mejor que muchas crónicas históricas y periodísticas, la realidad americana.
La guerra civil terminó en Estados Unidos hace más de ciento cincuenta años. Y, sin embargo, como explico en el séptimo capítulo («Memoria»), su onda expansiva se prolongó durante décadas y todavía se escucha. El capítulo octavo («Obama: apuntes») es un resumen arbitrario y subjetivo, en forma de notas de un diario, de la presidencia de Barack Obama. Sirve de cierre de la primera parte del libro («Los años de Obama»), y de transición a la segunda («El año de Trump»), que se abre con el capítulo noveno («Fiebre»). Otra instantánea, en este caso del verano febril de 2015, cuando un excéntrico constructor y showman neoyorquino, Donald Trump, irrumpió en la política estadounidense para dinamitarla.
El capítulo décimo («Gótico americano») es un viaje en busca del secreto de Trump durante la campaña para las elecciones de 2016. El enigma americano es el enigma de Donald Trump: en el undécimo capítulo («Historias») me sumerjo en novelas, ensayos sociológicos e históricos, y crónicas periodísticas que pueden ayudarme a dilucidar el misterio de Trump, que no es otro que el de la versión más desaforada del populismo de Estados Unidos, lo que el historiador Richard Hofstadter bautizó como «el estilo paranoide» en la política americana.
La crisis industrial, que se prolongó cuando la economía se recuperaba de la gran recesión, y su papel en la elección de Trump centran el duodécimo capítulo («Fábricas»). El siguiente («Opio») es otro viaje –éste, a Virginia Occidental y Ohio– para entender la epidemia de heroína y medicamentos derivados del opio que desgarró comunidades y contribuyó al aumento de la mortalidad en una parte de la población blanca. El capítulo decimocuarto («Clinton: apuntes») retoma la forma del octavo («Obama: apuntes») para trazar un perfil de la malhadada campaña de la candidata demócrata a la Casa Blanca, Hillary Clinton, y de sus votantes. El decimoquinto y último capítulo («Boom») se asoma a algunos escenarios de la América más dinámica, que además es una América que vota a Trump, lo que me lleva a matizar la idea según la cual éste es producto exclusivamente del malestar económico. El epílogo («Otoño americano») mezcla las impresiones de la noche electoral del 8 de noviembre de 2016 y los días posteriores con algunos apuntes, a modo de conclusión, tomados mientras me trasladaba de Washington a mi nuevo destino profesional, París.
El título, Otoño americano, merece una explicación. El otoño boreal pauta los ritmos de Estados Unidos: es la época de las elecciones, de la renovación del poder, del gran ritual democrático. Es el momento de las dos fechas que enmarcan el libro: la primera vez que vi a Obama en un mitin en 2007, y la elección, diez años después, de Trump como presidente.
El otoño americano es el de la campaña desquiciada que llevó al histriónico magnate neoyorquino a la Casa Blanca, y también la metáfora de un temor –algunos dirán de una certeza– que impregna la vida americana: el de la decadencia. Los signos –la retirada de las guerras, que empezó con Obama, el aumento de los desequilibrios económicos, el auge de China, la victoria de Trump– apuntan al final de la hegemonía de Estados Unidos. Los signos contrarios –la fortaleza militar y económica del país, una arquitectura institucional que resiste a los mejores y los peores presidentes y la irradiación global, aunque sus propios líderes la nieguen, de una idea poderosa y perenne: la ciudad luminosa en la colina– también son numerosos.
No daría nada por seguro.
Esto es América: un pueblo de unos miles de habitantes, en una región de trigo y maíz y lecherías y pequeños bosques.
SINCLAIR LEWIS
No era imposible: era impensable.
A las 2:31 de la madrugada del 9 de noviembre de 2016, la agencia de noticias Associated Press decretó que Donald Trump había derrotado a Hillary Clinton y sería el próximo presidente. Hacía más de una hora que parecía inevitable la victoria del empresario inmobiliario, estrella de la telerrealidad, rey de los tabloides y mentiroso compulsivo. Mi periódico, El País, había empezado a imprimir una edición especial con el titular en portada: «Estados Unidos cae en manos del populismo agresivo de Trump». Con el sello de Associated Press, árbitro indiscutido de los resultados electorales, lo impensable se hizo definitivamente real.
El hombre que incitó al odio al extranjero y al musulmán, el demagogo que destapó los peores fantasmas nacionales, sucedería al hijo de un negro de Kenia y una blanca de Kansas, el político que mejor representaba los Estados Unidos mestizos y cosmopolitas, seguramente la versión más amable del país que más fascinación y odio provoca en el mundo. Una galaxia separa a Donald John Trump de Barack Hussein Obama. Y, sin embargo, el país que les eligió no cambió tanto en los años de Obama en el poder, entre 2009 y 2017. Era el mismo.
Unas horas después de conocerse la victoria de Trump, en un programa de televisión me preguntaron si me había sorprendido. Yo tenía sueño, todavía intentaba digerir el resultado electoral y no estaba preparado para una respuesta ágil.
«Sí y no», balbuceé.
Conozco pocas personas a las que no les sorprendiese la victoria de Trump. Obama no estaba preparado. Tampoco Trump, como se comprobó en los días posteriores, cuando tuvo que improvisar en los primeros pasos para formar un gabinete y elaborar un programa de gobierno. Imaginarlo a él en la Casa Blanca, a aquella figura excéntrica que desafió con éxito a las élites de su partido, el republicano, a las dinastías más poderosas de su país, los Bush y los Clinton, a Wall Street, al 99 por ciento de los medios de comunicación y al Papa de Roma, era inverosímil. Sigue siendo inverosímil.
Pero la victoria de Trump era posible. Claro que lo era. Las señales de que podía ocurrir, si no un fenómeno como Trump, sí algo parecido, estaban a la vista de todos. Las vi durante estos años, en viajes por ciudades semiabandonadas en la región industrial del Medio Oeste y a la América rural atónita ante los cambios sociales precipitados. O en decenas de entrevistas con norteamericanos por los cuatro puntos cardinales de este país continental. O en visitas a lugares que se sentían olvidados por las élites políticas y económicas –e insultadas por las élites periodísticas– y otros que prosperaban como nunca nadie ha prosperado en Estados Unidos, ni en ningún otro país.
Todo estaba allí: sólo faltaba conectar los puntos.
Por ejemplo, tras el ventanal del restaurante Sabor de México, en Postville, un pueblo de dos mil doscientos habitantes en Iowa que visité en el otoño de 2014. Sentado en una mesa, vi desfilar a judíos hasídicos, guatemaltecos exhaustos, mujeres somalíes con la cabeza cubierta, agricultores locales que hasta unos años antes jamás habían visto a una persona que no fuese blanca o cristiana por aquí.
«Esto es un Nueva York chiquito», me dijo el camarero. Se llamaba Paco Garrido, era mexicano y tenía treinta y siete años.
Rodeado de pastos y cultivos, Postville aparecía al recién llegado como una estampa de la declinante América rural, lejos de los pueblos idealizados donde todos se conocen y donde la vida es más pura: lejos del país de las películas de Frank Capra o de La casa de la pradera, cuya autora, Laura Ingalls Wilder, creció a cincuenta kilómetros de allí. La serie de televisión fue un éxito en los años setenta: mitificaba la vida de los pioneros que colonizaron el interior del continente en el siglo XIX, inmigrantes que llegaban con lo puesto a lugares remotos, familias que construían una nueva vida, el espíritu de resistencia y superación que figura en el relato heroico de la construcción de este país. Dicen que era la serie favorita del presidente Ronald Reagan.
Comercios destartalados y tráfico escaso: la calle principal de Postville recordaba a tantos centros urbanos del Medio Oeste. Pero Postville era otra cosa. Se oía hablar tanto español como inglés. En algunos comercios los carteles estaban escritos en hebreo. En una misma calle había dos sinagogas. Una se alzaba puerta con puerta con la mezquita de los somalíes.
La mezquita ocupaba los bajos de un local comercial. Unas cortinas cubrían el escaparate. Un grupo de somalíes asomaba por detrás de los cristales de la puerta. Guillermo Cervera, el fotógrafo que me acompañaba, pronunció en árabe una plegaria que había aprendido en Afganistán. Entramos. Nos contaron que trabajaban en la planta cárnica del pueblo. Se llamaban Abdulán Ugas, Warsame Ali, Issa Hassan. El mayor tenía treinta años. Cuando llegamos, se preparaban para rezar.
«Las señales del fin están por venir. Y ¡ay! de aquel que no se prepare», decía ese día a los congregados en la vecina Iglesia Apostólica de Cristo Señor el pastor Jorge, un mexicano de Durango.
Postville es una isla multicultural en Iowa, Estado rural y blanco con sólo un 5,5 por ciento de hispanos y un 3,3 por ciento de negros. Es un ejemplo extremo de que Estados Unidos ha cambiado irreversiblemente: la imagen del país blanco, anglosajón y cristiano ha quedado obsoleta. Postville es la prueba de que la diversidad no es una característica sólo de las grandes ciudades o de los Estados de frontera: cuando ha alcanzado un pueblo como éste, a centenares de kilómetros de cualquier capital, es que no hay marcha atrás. Fenómenos propios de las ciudades se extienden a las regiones rurales: no sólo la inmigración, sino el desempleo, la pobreza, la delincuencia, la droga.
La primera fecha para entender cómo Postville pasó de ser un rincón del Iowa más rural a este experimento multiétnico es 1987. Y el personaje clave es Aaron Rubashkin, un carnicero judío del distrito neoyorquino de Brooklyn que un día compró un matadero abandonado y lo transformó en una planta de carne kosher, es decir, adecuada a la religión judía.
«En 1996, la planta se había convertido en la mayor del mundo gestionada y en propiedad de los judíos hasídicos conocidos como lubavitchers», escribió el periodista Stephen Bloom en el libro Postville: A Clash of Cultures in Heartland America (Postville. Choque de culturas en el corazón de América), publicado en 2000. «Cada semana 1.300 reses, 225.000 gallinas, 700 corderos y 4.000 pavos entraban a la planta renovada, y cada semana 1,85 millones de libras [840.000 kilos] de vaca, gallina, cordero y pavo salían en camiones refrigerados en dirección a Chicago, Nueva York, Los Ángeles, Miami. La carne era tan apreciada que incluso volaba a Jerusalén y Tel Aviv.»
El desembarco de los judíos ortodoxos de Brooklyn fue el primer choque. Para muchos lugareños, los judíos eran extraterrestres. Pero trajeron una prosperidad inesperada. Después llegaron sucesivas olas de inmigrantes para trabajar en la planta: ucranianos, mexicanos y centroamericanos.
Segunda fecha: 12 de mayo de 2008, en los últimos meses de la Administración Bush. Con un despliegue militarizado –dos helicópteros y decenas de agentes–, las autoridades federales detuvieron a más de trescientas personas en la planta cárnica. Entre ellas, inmigrantes sin papeles y directivos de la empresa. Sholom Rubashkin, hijo de Aaron, fue condenado en 2010 a veintisiete años de prisión por fraude fiscal. Postville, el pueblo anónimo, ocupó los titulares de la prensa nacional. No hubo en Estados Unidos muchas más redadas a escala semejante ni con tal exhibición de fuerza. Con la llegada de Obama a la Casa Blanca, en enero de 2009, las deportaciones de sin papeles aumentaron, pero con métodos más discretos.
Postville acusó el golpe. Al día siguiente de la redada, ciento veinte niños no asistieron a la escuela. Temían que los deportasen.
«Fuimos casa por casa», me contó el director de la escuela, Chad Wahls. En unos días logró que volvieran a las aulas. «Doce niños se marcharon: nunca regresaron.»
La mitad de alumnos de la escuela primaria e intermedia eran hispanos. Cerca de un 10 por ciento, de origen africano. En los pasillos y las aulas se hablaban nueve idiomas, incluido el tagalo. Éste era el futuro de Postville. Y de Estados Unidos. «Algunos de los niños que se han graduado en la escuela se quedan a vivir aquí», dijo Wahls. «Esto traerá un cambio.»
Cuando visité Postville dos años después, la planta tenía otro propietario, y otro nombre: Agristar. Seguía produciendo carne kosher. Un día fuimos a una de las sinagogas. Un estudiante veinteañero dijo que el rabino no podía atender a los visitantes: estaba en la planta, trabajando. Como en cualquier barrio de Nueva York, Los Ángeles o Barcelona, en Postville el paisaje humano se transformaba sin cesar. En los últimos años habían aterrizado los somalíes, algunos desde Mineápolis, a trescientos kilómetros, la capital de la comunidad somalí en Estados Unidos, y otros desde campos de refugiados en África.
Convivían, pero sin mezclarse. «Les tienen miedo a los gatos», nos dijo una mujer mexicana en alusión a los judíos ortodoxos.
Otro hombre llamaba a los rabinos «los barbones». Y los somalíes eran «los morenos».
«Lo peor ha pasado», dijo en alusión a las consecuencias de la redada Fred Wilker, un agricultor que vendía calabazas y otras frutas y verduras en un aparcamiento.
Sin la planta cárnica éste sería otro rincón moribundo de la América interior. Y seguramente Wilker no estaría vendiendo calabazas. Sin Agristar –es decir: sin los judíos de Brooklyn, sin los centroamericanos, sin los somalíes– quizás no habría calabazas, ni Postville, ni escuela.
Regresé a Washington: no volví a Postville. Los barbones, los morenos, los granjeros blancos, siguieron allí. Un Estados Unidos en miniatura.
En noviembre de 2016, los dos condados en los que se encuentra Postville –Clayton y Allamakee– dieron 9.381 votos al candidato republicano y 5.645 a la candidata demócrata.
La casa de la pradera eligió a Donald Trump.
Silencio de multitud, impresionante silencio alrededor de una voz que hablaba: presentimiento religioso era el futuro.
JAIME GIL DE BIEDMA
«Me siento tan bien. No tengo frío. Mire la gente. No ha habido nada más bello en el mundo. Créame. Mire el sol: Dios nos está mirando.» June Terry –negra, neoyorquina, setenta y ocho años– acababa de pisar el National Mall, la avenida central de la capital de Estados Unidos. A lo lejos se veía el Capitolio. Todo estaba preparado para que Barack Obama jurase el cargo.
El demócrata Obama, un joven senador de Illinois con poca experiencia política y una oratoria ilusionante, había derrotado al republicano John McCain en las elecciones del noviembre anterior. De aquel día recuerdo el frío que me dejó congelados los dedos de los pies y el viaje nocturno durante seis horas en un autobús que me había llevado desde el barrio de Harlem, en Nueva York, hasta Washington, con decenas de admiradores del nuevo presidente. Recuerdo que no se veía nada desde el lugar en el que seguimos la ceremonia, a más de un kilómetro del estrado donde habló Obama, y que me marché antes de tiempo para escribir la crónica en la sala de prensa que el Departamento de Estado había habilitado. Me sentí como Fabricio del Dongo en La cartuja de Parma, la novela de Stendhal, que estuvo en la batalla de Waterloo sin enterarse de lo que ocurría a su alrededor. El torbellino incoherente de la Historia, con mayúscula, arrasaba con la historia, con minúscula.
Yo llevaba un año y medio viviendo en Nueva York. Mi diario de entonces, La Vanguardia, me había enviado a Estados Unidos después de pasar cinco años en Berlín. Llegamos con mi esposa, Beatriz, y nuestra hija de nueve meses, Laia, en el verano de 2007. George W. Bush era presidente, pero ya era un «pato cojo». En la jerga política americana, un pato cojo es un presidente en su fase final, sin poder de maniobra y con la autoridad reducida. En los diarios la fracasada ocupación de Iraq copaba las portadas, pero empezaban a leerse palabras extrañas que pocas personas, fuera de un círculo de especialistas reducido, habían oído antes, como subprime o CDO. Eran términos técnicos del mundo de las hipotecas, las primeras señales del vendaval que se aproximaba, el estallido de una burbuja inmobiliaria que llevaba años hinchándose y que provocaría una recesión que, junto con Iraq, hundiría la herencia de Bush y definiría la de Obama.
Yo venía de una Europa que había encontrado en Bush al adversario idóneo: la caricatura del cowboy iletrado, impulsivo y violento, que irritaba a los europeos liberales e internacionalistas, como yo, y secretamente complacía a otros, porque les permitía regodearse en los peores tópicos del antiamericanismo. Por supuesto que Bush ni era un cowboy –era un niño bien de Connecticut trasplantado a Texas– ni era un iletrado –era un lector compulsivo que competía con su consejero áulico, Karl Rove, por ver quién leía más libros–, y además era un tipo simpático que podía llegar a ser bastante razonable. Un conservador, por ejemplo, partidario de regularizar a los inmigrantes sin papeles. Y un pragmático que, en sus últimos años en el poder, había sabido corregir los peores excesos del inicio de su presidencia. Los años –y la deriva de su partido, el republicano, hacia los márgenes más insalubres de la política americana– matizarían la imagen que teníamos de él. Pero ese momento no había llegado. Y ahora, después de siete años de Bush, aparecía una figura que reconciliaba a muchos europeos y a muchos americanos con Estados Unidos. Prometía paz en vez de guerra. Prometía otra manera de hacer política, sin sectarismo ni partidismo. Como un presentimiento religioso, anticipaba un futuro en el que este país pudiera cerrar su herida más dolorosa, la del racismo. El significado de la llegada de Obama a la Casa Blanca, el primer presidente negro en el país de la esclavitud y la segregación, no escapaba a nadie, pero para personas como June Terry –que en la noche del 19 al 20 de enero de 2009 viajó en el mismo autobús que yo de Harlem a Washington– la emoción era íntima. Eran décadas de humillaciones, de marginación, de ofensas e insultos, de sentirse ciudadanos de segunda en su país.
Dos meses y medio antes, el día de la elección de Obama, el columnista Thomas Friedman había escrito en The New York Times: «Y así ocurrió que el 4 de noviembre de 2008, poco después de las once de la noche, hora del este, la guerra civil americana terminó cuando un hombre negro, Barack Hussein Obama, ganó suficientes votos electorales para convertirse en presidente de Estados Unidos».
La poesía de la campaña –los discursos electrizantes del candidato, piezas dignas de las antologías de la mejor oratoria; la sensación, compartida con millones de personas, de que con él comenzaba una nueva era– se prolongó hasta la jornada inaugural dos meses y medio después. Duró poco. Obama se encontró una economía en caída libre. Una tras otra, las empresas cerraban. Los despidos se contaban por centenares de miles cada mes: en 2008 se perdieron 2,6 millones de empleos, el peor año desde 1945.
«No esperará que el hombre lo haga todo solo, ¿no?», me dijo June Terry aquel día en el National Mall. «El hombre no es Jesucristo.»
En marzo, cuando aún no se habían cumplido cien días de Obama en la Casa Blanca, salí de Nueva York en busca de los lugares y las personas que debían ayudarme a entender el país que heredaba el nuevo presidente. Siempre queríamos salir de Nueva York y de Washington, los corresponsales de prensa, queríamos cruzar los puentes sobre el Hudson o sobre el Potomac, porque pensábamos que allí hallaríamos la mitificada América real. Más tarde descubriría que la América real no existía, que tan real eran los negros de Harlem como los blancos de Iowa, los hispanos de los suburbios de Maryland como los mineros de los Apalaches.
La primera escala del viaje fue Dillon, un pueblo de seis mil trescientos habitantes de Carolina del Sur donde había nacido Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal, el banco central de Estados Unidos, que había usado toda su artillería para atajar la recesión. El objetivo de la visita no era Bernanke, sino una escuela pública llamada J.V. Martin Junior High School, alojada en unos barracones junto a una vía del tren. Obama la había mencionado varias veces durante la campaña para denunciar los males del sistema educativo. Aquella tarde constaté que las aulas de la J.V. Martin Junior High School temblaban cada vez que el tren de mercancías cruzaba Dillon. Uno de los profesores, James Moultrie, detenía la lección cada vez que esto ocurría.
No tenía otro remedio. El ruido le impedía hablar. Si el convoy era largo, la pausa duraba hasta cinco minutos, y los alumnos –trece y catorce años, la mayoría negros, como el profesor– perdían la concentración. Cuando el tren había pasado, Moultrie se las ingeniaba para recobrar su atención con un chascarrillo. Le sobraba mano izquierda para manejar a la veintena de chicos y chicas a los que enseñaba historia. Nacido en Dillon, sesenta y cinco años, empezó a dar clases en 1965. En aquella época en los viejos estados del Sur de Estados Unidos había escuelas para blancos y escuelas para negros. Carolina del Sur fue el primer estado en declarar la secesión, en diciembre de 1860. Fue la chispa que encendió la guerra civil. El Sur la perdió y Abraham Lincoln logró abolir la esclavitud. Pero tuvo que pasar casi un siglo antes de que los tribunales y el Gobierno federal acabasen con la segregación, la separación forzosa entre negros y blancos. En Carolina del Sur, las escuelas no se integraron hasta 1970.
El aula del profesor Moultrie era un tráiler, un barracón provisional. Había trece en la J.V. Martin Junior High School de Dillon. Era una escuela intermedia –entre la primaria y la secundaria– en la que medio millar de alumnos de entre doce y catorce años se preparaban para ingresar en la high school, el instituto. Cada vez que pasaba un tren, los barracones vibraban. A veces se apagaba la luz. Ocurría entre seis y ocho veces al día.
«Déjeme respirar un momento», me dijo Moultrie. Quería una pausa antes de empezar la entrevista.
Eran las 15.15 de la tarde y las clases habían terminado. El día había sido agotador. El aula estaba vacía. Imágenes de los presidentes de Estados Unidos colgaban de las paredes.
«Algún día me gustaría estar en un aula en la que todas las sillas fueran del mismo tamaño y del mismo color», continuó.
Los barracones eran uno de los problemas que habían convertido la escuela en un ejemplo de los males del sistema educativo en Estados Unidos. Obama conoció el caso gracias al documental Corridor of Shame (Corredor de la vergüenza) y visitó varias veces la escuela durante la campaña electoral. Uno de los edificios de la J.V. Martin Junior High School fue construido en 1896. Otro, de principios del siglo XX, albergaba un teatro. Los bomberos consideraron que su estado era tan ruinoso que era un peligro para los alumnos. Estaba cerrado con llave y servía de almacén.
No había dinero. Ni para el material escolar, ni para reparar edificios viejos, ni para dar clases sin que los trenes obligasen a interrumpirlas.
En Estados Unidos la educación se financia con dinero local. Los municipios ricos, los que recaudan más impuestos, pueden permitirse las mejores escuelas públicas. Los más pobres, como Dillon, lo tienen más difícil. El problema no era sólo la degradación de los edificios o la proximidad del ferrocarril. Tampoco había dinero para los salarios. Un profesor novato cobraba 29.000 dólares anuales, menos que en municipios vecinos. Las condiciones espantaban a los nuevos profesores, que preferían trabajar en otros lugares.
«Enseñar a los pobres requiere una preparación especial», me dijo Ray Rogers, el superintendente educativo del distrito de Dillon. Como casi todo el equipo directivo de la escuela, Rogers era blanco.
Nueve de cada diez alumnos de la escuela recibían un subsidio para obtener el almuerzo gratis o a precio rebajado, una medida del nivel económico de las familias. Para recibir los beneficios, éstas debían demostrar que vivían por debajo del umbral de la pobreza.
«Hay chavales que regresan a casa por la noche y no saben si habrá electricidad, ni si mamá y papá estarán allí», explicó Amanda Burnette, la directora de la escuela.
«Hay niños que nunca han visto la playa», dijo Rogers.
Y eso que Myrtle Beach, una de las playas más turísticas de la costa atlántica, está a ciento cincuenta kilómetros de Dillon. Hasta los años setenta la región vivía del tabaco y el algodón, pero el tabaco entró en declive y el textil emigró a países con costes laborales más bajos. El centro de Dillon era un paisaje común en la América rural, parecido al de Postville si no fuese por la vía del tren que lo cruza, porque en Dillon no había rastro de somalíes ni rabinos ortodoxos y en cambio la mitad de la población era afroamericana. Para los jóvenes que dejaban la escuela la alternativa era, en el mejor de los casos, trabajar en el McDonald’s local.
«Si no reciben una educación, tendrás que ocuparte de ellos de otra manera. Pagándoles subsidios de desempleo. O en prisión», zanjó Ray Rogers.
En Estados Unidos el paro entre los afroamericanos era mayor que el de ningún otro grupo étnico. Mientras los negros representaban un 14 por ciento de la población, el porcentaje entre la población penitenciaria se acercaba al 40 por ciento. Los descendientes de los esclavos de Carolina del Sur vivían atrapados en la pobreza. Sin educación no podían avanzar, pero no había dinero para educarse en condiciones. Unos días antes de mi visita, el profesor Moultrie impartía una lección sobre la segregación racial, y las explicaciones desencadenaron un altercado entre unas muchachas negras y los dos únicos blancos de la clase. En otro tiempo los alumnos habrían escuchado la lección, sin más. Aquellas historias pertenecían al pasado, a los libros de historia. Ya no.
Ty’sheoma Bethea, una alumna de catorce años, tampoco se conformaba. Por eso un día escribió al Congreso de Washington pidiendo ayuda para la escuela. «No tiramos la toalla», escribió. Obama, el nuevo presidente negro, un ídolo para los alumnos, leyó la carta y la invitó al discurso sobre el estado de la Unión, uno de los rituales esenciales de la democracia americana. Allí estaba Ty’sheoma, en la tribuna del Congreso, una adolescente negra escuchando al primer presidente negro. Obama la mencionó en el discurso. A ella y a la escuela. Ahora Ty’sheoma recibía cartas de admiradores de todo el país. Era la estrella local, casi tanto como Bernanke.
«¿Qué quieres ser de mayor?», le pregunté.
«La primera mujer presidenta.»
La siguiente escala del viaje era Braddock, un pueblo en las afueras de Pittsburgh, en la cuenca siderúrgica del río Monongahela, en Pensilvania. Allí sonreían cuando les hablaba de la recesión que llevaba unos meses azotando el país.
Vicki Vargo, cincuenta y dos años, bibliotecaria: «No conozco a nadie a quien la crisis le haya afectado. Quizás haya afectado a los más ricos. Dicen que están perdiendo los ahorros para la jubilación. Suerte tienen de tener ahorros».
John Golden, cincuenta y un años, vendedor de muebles de segunda mano: «El negocio va bien gracias a la recesión. Mire este sofá. En Pittsburgh costaría 150 dólares. Aquí, 60, y como nuevo».
John Fetterman, treinta y nueve años, alcalde: «El resto del país experimenta ahora lo que aquí pasa desde hace años».
Braddock, código postal 15104. Allí, en 1755, en la batalla del Monongahela, franceses y nativos derrotaron a las tropas inglesas del general Edward Braddock, y fue allí donde George Washington forjó su talento militar. En Braddock, más de un siglo después, Andrew Carnegie, el rey del acero, colocó los fundamentos de su imperio industrial.
«El acero que se produce en el valle del Monongahela permitió ganar la Segunda Guerra Mundial y propulsó a los Estados Unidos de América como el centro industrial supremo y la superpotencia política», escribió el historiador Quentin Skrabec en el ensayo The Boys of Braddock. Andrew Carnegie and the Men WhoChanged Industrial History (Los muchachos de Braddock. Andrew Carnegie y los hombres que cambiaron la historia industrial). Braddock lo fue todo y así lo recordaban los vecinos. Era una ciudad con tres cines, cuatro supermercados y varios restaurantes.
Hablan dos maestras de la guardería.
MAESTRA 1: Braddock era autosuficiente. No había nada que no pudieses hacer aquí.
MAESTRA 2: El mejor era el Coney Island, ¿recuerdas? Los mejores perritos calientes y las mejores hamburguesas.
MAESTRA 1: Había zapaterías. Y concesionario de automóviles.
MAESTRA 2: Y varias gasolineras.
MAESTRA 1: Y médicos y dentistas.
