Paisaje Cultural de Chiloé - Eugenio Garcés - E-Book

Paisaje Cultural de Chiloé E-Book

Eugenio Garcés

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Beschreibung

Paisaje Cultural de Chiloé invita a recorrer un territorio donde geografía, arquitectura, historia y vida comunitaria se entrelazan de manera inseparable, desde los asentamientos costeros y la relación cotidiana con el mar, hasta las iglesias, palafitos, festividades y prácticas contemporáneas. El libro muestra la manera en que el archipiélago se ha configurado como un paisaje cultural único, en el que la naturaleza, lo material y lo simbólico dialogan constantemente. Mediante dieciséis artículos, organizados en cuatro secciones —aproximaciones históricas, territorio y maritorio, arquitecturas patrimoniales y expresiones comunitarias— esta obra revela la profundidad y diversidad de Chiloé, destacando los modos de habitar, las memorias compartidas y las transformaciones que han dado forma a su identidad. Cada capítulo ofrece nuevas claves para comprender la manera en que las comunidades chilotas han construido, sostenido y reimaginado su paisaje cultural a lo largo del tiempo. El libro incorpora, además, un conjunto de imágenes que enriquecen la lectura y permiten apreciar visualmente la complejidad del archipiélago. Pensado para lectores interesados en el patrimonio, el territorio y las culturas del sur de Chile, así como sus diversas comunidades, este volumen se presenta como una ventana privilegiada hacia la riqueza chilota. Publicado en el marco de los 200 años de su incorporación a la República de Chile, invita a mirar el paisaje cultural no solo como una herencia, sino que, al modo de un tejido vivo, en permanente movimiento.

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Seitenzahl: 609

Veröffentlichungsjahr: 2026

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COMITÉ EDITORIAL

Joaquín Sabaté. Universidad Politécnica de Cataluña, Barcelona, España

Pilar Chías. Universidad de Alcalá, España

Emilio De la Cerda. Pontificia Universidad Católica de Chile

Miguel Ángel Álvarez. INCUNA, Gijón, España

Teresita Núñez. Universidad de Buenos Aires, Argentina

EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE

Vicerrectoría de Comunicaciones

Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile

lea.uc.cl

PAISAJE CULTURAL DE CHILOÉ

Eugenio Garcés, Ximena Arizaga y Macarena Cortés (editores)

© Inscripción Nº 2025-A-10093

Derechos reservados

Diciembre 2025

ISBN N° 978-956-14-3537-7

ISBN digital N° 978-956-14-3540-7

Diseño: Martín Pastenes Rojas

CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile

Nombres: Garcés, Eugenio | Arizaga, Ximena | Cortés, Macarena

Título: Paisaje cultural de Chiloé / Eugenio Garcés, Ximena Arizaga, Macarena Cortés (editores).

Descripción: Santiago, Chile : Ediciones UC

Materias: CCAB: Chiloé (Chile) – Descripciones – Vistas | Patrimonio Cultural – Chile - Isla de Chiloé

Clasificación: DDC 913.83609--dc23

La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.

Índice

Presentación

Magdalena Vicuña

Prefacio

Macarena Cortés

Prólogos

Un archipiélago cultural sin límites Emilio De la Cerda

Chiloé camino al bicentenario de su anexión: 1826-2026

Felipe Montiel y Alejandro Orellana

Algunas razones

Juan Luis Ysern de Arce

Introducción

Un singular paisaje cultural chilote

Joaquín Sabaté y Benjamín Alcázar

Parte 1: Aproximaciones históricas

Chiloé, una interpretación de su cartografía histórica

Rodrigo Moreno

La misión circulary el paisaje cultural de Chiloé

Fernando Pérez y Elvira Pérez

Episodios del Chiloé contemporáneo en el tránsito hacia la modernidad (1960-actualidad)

Claudia Arias

Las iglesias de Chiloé: a 25 años de su reconocimiento internacional

Felipe Gallardo

Parte 2: Territorio y maritorio

Re-cartografiar el paisaje cultural chilote en la isla de Quinchao

Ximena Arizaga y Florencia Maldonado

Impactos del cambio climático en el Archipiélago de Chiloé.Reflexiones desde la noción de paisajes culturales

Ana María Ugarte y Rodolfo Sapiains

Sobre la tierra y el mar. El anfibio habitar de un barrio de palafitos de Castro

Edward Rojas y Bárbara Elmúdesi Krögh

Historia de la regata chilota

Claudio Pino

Parte 3: Arquitecturas patrimoniales

Paisaje cultural de la comuna de Quinchao. Iglesias de Achao, Quinchao y Caguach

Eugenio Garcés

Sobre el tipo edificatorio de las iglesias de Chiloé

Antonio Sahady

Proceso histórico de valorización patrimonial en Chiloé: monumento, comunidad y paisaje

José de Nordenflycht

Documentación 3D de iglesias patrimoniales de Chiloé. El registro digital como forma de conservación

Bernardita Devilat, Felipe Lanuza, Umberto Bonomo y Santiago Bernales

Parte 4: expresiones comunitarias

Cambios y continuidades en el paisaje cultural chilote: una mirada desde la comunidad isleña

Giovanna Bacchiddu

El cabildo en Chiloé.Una expresión de patrimonio religioso comunitario

María Francisca Bórquez y Javier de la Calle

Recontextualizaciones de las expresiones poético-musicales en Chiloé. Una mirada desde las huellas intertextuales y las matrices culturales

Cristián Yáñez

Arte moderno en Chiloé

Eduardo Feuerhake y Shakti Feuerhake

Presentación

Magdalena Vicuña Del Río

Decana, Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos.Pontificia Universidad Católica de Chile

El libro Paisajes Culturales de Chiloé, editado por Eugenio Garcés, Ximena Arizaga y Macarena Cortés de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos (FADEU), de la Pontificia Universidad Católica de Chile, constituye el fruto de 15 meses de investigación, diálogo interdisciplinario y esfuerzo colectivo. Este volumen aporta a la reflexión académica y ofrece a la sociedad chilena e internacional una mirada renovada sobre el archipiélago de Chiloé, entendido como un paisaje cultural de excepcional riqueza y complejidad.

Se trata de una obra pertinente y oportuna. El bicentenario de la incorporación de Chiloé al territorio chileno, a conmemorarse en 2026 tras la firma del Tratado de Tantauco en 1826, abre un espacio de reflexión histórica y patrimonial que encuentra en este libro un soporte de gran alcance. Chiloé, territorio insular de identidad única, estuvo por siglos marginado de la modernidad, pero ha sabido construir desde sus márgenes un patrimonio que hoy se reconoce a escala global. Ello debido, en parte, al valor excepcional de sus iglesias, inscritas en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO desde hace ya un cuarto de siglo. Frente a los desafíos de la globalización, los impactos del cambio climático y las tensiones propias de los procesos de modernización, esta obra se erige como un llamado a conocer, valorar y proteger este singular territorio.

El concepto de paisaje cultural, producto del consistente trabajo de investigación liderado en Chile por Eugenio Garcés, se ha convertido en un eje articulador para la FADEU y sus investigadores. Así, obras anteriores en torno al paisaje cultural en Chile allanaron el camino para llegar a Chiloé, un espacio que combina atributos naturales y culturales de manera inseparable. En efecto, el libro nos demuestra que el paisaje cultural chilote no se limita a su dimensión material, ni se restringe a los monumentos reconocidos. Abarca también la vida cotidiana, los rituales, la oralidad, la música, los modos de habitar y la relación con un entorno natural marcado por el maritorio, los humedales y los bosques nativos.

Paisajes Culturales de Chiloé invita a mirar más allá de la icónica arquitectura de las iglesias. Si bien ellas constituyen un símbolo mayor y un punto de referencia ineludible —tanto expresión de sincretismo cultural, como de ordenación territorial impulsada por la labor jesuita y franciscana—, el texto nos muestra que el paisaje cultural de Chiloé es también su gente, sus prácticas sociales y su memoria compartida. Como afirma uno de los autores, se trata de un patrimonio que es simultáneamente monumento, comunidad y paisaje.

La publicación se organiza en cuatro partes que despliegan la riqueza y diversidad de las miradas reunidas:

Las aproximaciones históricas a Chiloé, que incluye capítulos acerca de la cartografía histórica del archipiélago; incorpora la misión circular jesuita en el contexto del paisaje cultural de Chiloé; trabaja los episodios de su tránsito a la modernidad en la segunda mitad del siglo XX e integra los 25 años del reconocimiento internacional de sus iglesias. Estas aproximaciones permiten situar a Chiloé en un marco de tensiones entre tradición y cambio, insularidad y globalización.

Los conceptos de maritorio y territorio son trabajados en base al re cartografiado del paisaje chilote en la isla Quinchao; los impactos del cambio climático en el archipiélago, desde la noción de paisajes culturales; el habitar anfibio de los palafitos en Castro, que expresa continuidades y convergencias propias de un patrimonio cultural vivo y la regata chilota, cuya historia nos recuerda a los carpinteros de veleras como constructores de su propio destino.

El tema de las arquitecturas patrimoniales se desarrolla con casos específicos en la comuna de Quinchao, donde destacan las iglesias de Achao, Quinchao y Caguach, con el análisis de sus tipologías arquitectónicas mediante el proceso histórico de su valoración patrimonial, y con la documentación 3D de iglesias patrimoniales de Chiloé, cuyo registro digital es una forma de conservación. La mirada es amplia, combinando aspectos técnicos, históricos y sociales, y reafirma el papel de las iglesias como hitos que trascienden lo arquitectónico para convertirse en centros de las comunidades y símbolos identitarios.

Las expresiones comunitarias son analizadas a partir de los cambios y continuidades en el paisaje cultural chilote, desde la mirada de una comunidad isleña, con el sincretismo religioso y las festividades vinculadas con los cabildos, mediante las expresiones poético-musicales, que relacionan la cultura chilota con otras tradiciones latinoamericanas e ibéricas y con el Museo de Arte Moderno de Chiloé, en el cual se integran y difunden las artes visuales contemporáneas, transformando para siempre el paisaje cultural del archipiélago.

El libro Paisajes Culturales de Chiloé demuestra que el archipiélago es un crisol donde conviven herencias antiguas con innovaciones contemporáneas. Uno de sus mayores méritos es la amplitud de voces convocadas. Los editores han reunido a investigadores de diversas universidades chilenas y extranjeras, así como a representantes de instituciones locales, líderes religiosos y actores de la sociedad civil. Esta pluralidad se traduce en una visión poliédrica que enriquece el concepto de paisaje cultural aplicado a Chiloé.

El aporte de la Iglesia Católica, mediante la reflexión de monseñor Ysern, obispo emérito de Ancud, convive con análisis académicos de arquitectos, urbanistas, antropólogos, geógrafos e historiadores. A ello se suman registros cartográficos, estudios planimétricos y aproximaciones artísticas, ofreciendo una mirada interdisciplinaria que da cuenta de la complejidad del territorio chilote. La diversidad también se refleja en la procedencia institucional de los autores: desde universidades de todo Chile hasta centros de investigación en el extranjero, pasando por facultades de arquitectura, historia, antropología y artes. Esta capacidad de reunir múltiples enfoques reafirma el rol de la FADEU como un espacio de diálogo inter y transdisciplinar.

El libro subraya que el patrimonio de Chiloé no debe entenderse únicamente como herencia, sino que, sobre todo, como un recurso vivo que enfrenta desafíos actuales. La modernización acelerada, la presión de las industrias extractivas y los efectos del cambio climático amenazan la sustentabilidad de este paisaje cultural. Al mismo tiempo, la comunidad chilota se reinventa, conserva tradiciones y adapta prácticas ancestrales a nuevas realidades. Así, esta obra no se limita a la descripción del pasado ni a la exaltación de lo pintoresco. Es un texto profundamente contemporáneo, que interpela a los lectores sobre la urgencia de pensar en la conservación activa, la resiliencia frente a los cambios y el protagonismo de las comunidades locales en la gestión de su patrimonio.

Paisajes Culturales de Chiloé se proyecta entonces como una referencia obligada para quienes estudien y se interesen por los paisajes culturales, la historia y el patrimonio de Chile y, especialmente, para quienes deseen comprender la complejidad de Chiloé como espacio vivo, donde naturaleza y cultura se funden en una síntesis singular.

Este libro ha sido posible gracias a un esfuerzo colectivo. Se debe reconocer el trabajo de sus editores, la generosa contribución de cada uno de los autores, el apoyo institucional de la FADEU, el Concurso de Creación y Cultura Artística UC y Ediciones UC.Con esta publicación, la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos de la Universidad Católica reafirma su compromiso con la investigación y difusión del patrimonio cultural, contribuyendo a que Chiloé sea reconocido no solo como un objeto de contemplación, sino como un sujeto activo en la construcción de identidades, memorias y futuros compartidos.

Prefacio

Macarena Cortés

Directora del Centro del Patrimonio Cultural UC

Este libro corresponde al número 10 de la Colección Patrimonio, editada por el Centro del Patrimonio Cultural UC en conjunto con Ediciones UC. Desde 2019, y bajo la dirección de Umberto Bonomo, esta colección ha sido un espacio de difusión de investigaciones e iniciativas desarrolladas por académicos adscritos a las facultades que integran el Centro: Ingeniería, Artes, Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos, Ciencias Sociales, Geografía, Historia y Ciencias Políticas, y el Campus Villarrica.

A lo largo de estos años, la colección nos ha permitido comunicar los resultados de proyectos tales como colaboraciones con instituciones municipales, gubernamentales y educacionales, entre otras, abordando diversos temas y casos de estudio de interés nacional e internacional.

El Centro ha buscado estimular la reflexión en torno a los problemas del patrimonio, enfocándose en distintos territorios y escalas, desde la arquitectura, los barrios, las ciudades y los paisajes hasta reconstrucciones historiográficas y teóricas, que fundamentan las concepciones sobre los valores presentes en ellos.

Este décimo volumen consolida la colección tras seis años de trabajo, como una acción complementaria a los diversos proyectos, investigaciones y asesorías que lidera el Centro, con sus 48 miembros activos.

Este libro, sobre el paisaje cultural de Chiloé, responde también a otras iniciativas. Por un lado, al convenio impulsado por el decano Mario Ubilla con la ilustre Municipalidad de Quinchao, que sentó las bases para la colaboración académica. Por otro lado, al trabajo conjunto que el Centro ha desarrollado con la Fundación Iglesias Patrimoniales de Chiloé para la postulación a fondos y gestión de proyectos. Finalmente, al interés y entusiasmo incansable del profesor Eugenio Garcés, tanto por este territorio como por posicionar el tema de los paisajes culturales en la agenda nacional, lo que lo llevó a liderar la investigación Magallanes. Territorio sin Fronteras (2021), de esta misma colección, en conjunto con Umberto Bonomo y Carlos Silva, y el libro Chile. Paisajes Culturales (2022), ambos de Ediciones UC.

Su constancia logró convocar a más de 25 autores, que se han propuesto examinar el territorio de Chiloé desde distintas perspectivas.

Estas miradas van desde un análisis de la declaratoria de 16 iglesias como Patrimonio de la Humanidad hasta la reflexión sobre las condiciones patrimoniales del resto de ellas, las dificultades de su gestión, las comunidades y la cultura que las resguarda, así como de otras características patrimoniales, como la arquitectura de los palafitos, la música, y la navegación. También hay artículos que proponen una reconstrucción histórica de la anexión de Chiloé al territorio nacional, un estudio de las misiones religiosas, así como los que avanzan sobre el tránsito hacia la modernidad en las condiciones del contexto actual. Para ello, se dividió el libro en cuatro partes, con cuatro capítulos en cada una de ellas que van abordando temáticamente la complejidad cultural y patrimonial, tanto histórica como contemporánea, del territorio chilote. Así, el texto se aproxima a las múltiples capas que le dan riqueza a este paisaje cultural.

Esta complejidad nos remite precisamente a los problemas que este territorio enfrenta, y que no son ajenos a otros lugares. En efecto, las declaratorias de monumentos, zonas típicas o santuarios de la naturaleza, incluso seriadas como esta, no logran necesariamente el cuidado de los valores patrimoniales. Por ello, la propuesta de este libro es interpretar a Chiloé como un paisaje cultural, esto es, comprenderlo más allá de sus piezas aisladas, introduciendo el componente de los estudios del paisaje, del ordenamiento territorial y de las herramientas de planificación como un paso necesario aún por desarrollar.

Lo anterior implica ir más allá de la valoración de las iglesias como elementos aislados, para incorporar su dimensión territorial y paisajística y reconocer la potencialidad de la planificación espacial como un desafío pendiente. En este enfoque, el patrimonio se entiende como una trama o red en constante diálogo con las dinámicas culturales, sociales, y ecológicas. Estas solo se pueden articular de manera coherente si entendemos la dimensión territorial como una plataforma de articulación de dichas dinámicas, las cuales pueden nutrir a sus comunidades del sentido de pertenencia, pero también impulsar actividades económicas para su desarrollo económico y turístico.

Así, este libro se presenta como una base sólida para avanzar hacia la estructuración del paisaje cultural chilote, reconociendo su particular espacialidad insular y los componentes patrimoniales que lo configuran. Estos elementos se encuentran en un estado expectante, a la espera de un proyecto mayor que sea capaz de articular el territorio con sus habitantes, pero también con quienes lo visitan, promoviendo una relación respetuosa y sostenible.

Para terminar, queremos agradecer a Eugenio Garcés, a Ximena Arizaga, a las ayudantes Valentina y Florencia, al diseñador Martín Pastenes por su colaboración y paciencia, a cada uno de los autores de capítulos, por su esfuerzo en desarrollar sus propuestas con compromiso, y al equipo de ediciones UC por ayudarnos a hacer este proyecto posible. Finalmente, agradecemos a la Dirección de Artes y Cultura de la Vicerrectoría de Investigación UC, que otorgó el financiamiento mediante su Concurso de Creación y Cultura Artística CCA 2025, el cual permitió realizar esta publicación.

PrólogoUn archipiélago cultural sin límites

Emilio De la Cerda E.

Director de Patrimonio Cultural, Pontificia Universidad Católica de Chile

Cuando en el año 2000, durante la sesión n.° 24 del Comité de Patrimonio Mundial realizada en Australia, se inscriben catorce templos chilotes como sitio de patrimonio mundial UNESCO1, el foco estuvo concentrado en gran medida en el valor arquitectónico, tipológico y constructivo de la así llamada escuela chilota de arquitectura religiosa en madera. De hecho, al puntualizar el Comité su relevancia cultural e histórica, se reconocían como “ejemplos excepcionales de la exitosa fusión entre las tradiciones culturales europeas e indígenas, para producir una forma única de arquitectura en madera”, destacando al mismo tiempo que “la cultura mestiza resultante de las actividades misioneras de los jesuitas en los siglos XVII y XVIII ha sobrevivido intacta en el archipiélago de Chiloé y logra su más alta expresión en las excepcionales iglesias de madera”.2

Si bien se mencionaba que este acervo cultural era testimonio y consecuencia de la tradición viva de las comunidades locales, herederas de la fusión de saberes originarios y foráneos, fueron los atributos arquitectónicos únicos y las técnicas de construcción en maderas propias del archipiélago las que concentraron la mayor atención, y las que recibieron en los años sucesivos los principales esfuerzos de registro, gestión y difusión.

En este proceso de valoración previo al año 2000, antesala y soporte del reconocimiento UNESCO, fueron fundamentales los estudios pioneros de Gabriel Guarda en torno al conjunto de iglesias chilotas3, además del sistemático trabajo de académicos y estudiantes de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, agrupados en torno al Taller Chiloé. Fueron ellos quienes, junto al liderazgo y visión de Juan Luis Ysern, entonces obispo de Ancud, crearían en 1993 la Fundación Amigos de las Iglesias de Chiloé, entidad que, desde entonces y junto a su continuadora, la Fundación Iglesias Patrimoniales de Chiloé, ha sido fundamental en la recuperación y puesta en valor de estos bienes culturales.

Siendo una de las primeras postulaciones del Estado de Chile a esta instancia internacional, en un momento en que el campo patrimonial se encontraba en pleno proceso de maduración a nivel institucional y ciudadano, para la elaboración del expediente se seleccionaron casos puntuales dentro del universo de templos que pueblan todo el archipiélago, que en esa fecha aún no habían sido catastrados ni estudiados en su conjunto. A la falta de un inventario completo de las iglesias de madera, de los bienes muebles o de los entornos a ellas asociados se sumaba la incipiente valoración y conocimiento de las manifestaciones, saberes y prácticas inmateriales que a ellas se encuentran tradicionalmente vinculadas, que en última instancia son la razón misma que explica su existencia y su vigencia.

Lo anterior no constituía necesariamente una anomalía a nivel comparado, si consideramos que recién en el año 2003 la UNESCO adopta la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, la cual fue ratificada por Chile en febrero de 2009, casi una década después de la inscripción de las iglesias.

De tal suerte, el foco monumental, rigurosamente cubierto en términos doctrinarios y técnicos, aunque sustentado en la tradición carpintera mestiza del archipiélago, no abordó de igual manera el complejo entramado humano y territorial que permite comprender en profundidad el alcance simbólico de estos templos —o no dispuso en su momento de las herramientas y metodologías de registro, salvaguardia y participación de los distintos actores asociados. Estas dimensiones, que hablan del rol principal de las comunidades en el cuidado y renovación de sus propias manifestaciones, así como el contexto territorial y paisajístico en que estos templos se encuentran situados, se volverían centrales en el debate en torno al patrimonio cultural durante los años venideros.

Frente a un escenario de reconocimiento internacional, protección legal, tuición centralizada, fomento turístico, profesionalización técnica y dotación de fondos públicos para la restauración especializada de los templos protegidos, algunas comunidades vieron en esta efervescencia patrimonial un elemento de distancia, el riesgo de la desconexión entre la comprensión externa de estos bienes culturales y su propia experiencia cotidiana, espiritual y territorial. Este fenómeno fue generado acaso por el tratamiento diferenciado entre valores de uso y simbólicos, ligados a las comunidades, respecto a los valores arquitectónicos, históricos y constructivos considerados excepcionales desde la mirada experta de autoridades, académicos, funcionarios y restauradores.

Desde el punto de vista urbano y territorial, y acaso porque la armonía entre estos templos y su entorno resultaba tan evidente, la conceptualización de estos conjuntos como paisaje cultural, con el consiguiente diseño de herramientas de registro y planificación integradas, capaces de conciliar su preservación con el desarrollo económico y social de sus contextos inmediatos, fue un asunto tampoco abordado en profundidad en un inicio. En parte por eso, la integridad de los templos entró gradualmente en conflicto con el impulso de ciertos proyectos de desarrollo económico e industrial que, dada su magnitud e impacto, activaron tardíamente todas las alarmas, tanto en Chiloé como fuera del archipiélago.

La polémica nacional e internacional suscitada a inicios de 2012 por la aparición de un centro comercial en la meseta de Castro, hecho consumado a pocas cuadras de la Iglesia de San Francisco, a una escala completamente desmesurada respecto al paisaje y al grano de la ciudad tradicional, convirtió el tema en primera plana de distintos medios. Gracias a este conflicto, y al impacto objetivo e irreversible que el centro comercial genera desde entonces en uno de los componentes del sitio, el soporte conceptual de los paisajes culturales, aunque sin norma encarnada ni herramienta regulatoria aplicable, dejó de ser una categoría comprendida solo por iniciados y expertos, pasando a constituir un marco interpretativo idóneo para velar a futuro por la integridad de estos bienes culturales y las comunidades a ellos asociadas.

Con la perspectiva crítica que dan 25 años desde la mencionada inscripción, si revisamos hoy los entornos y áreas de influencia de los templos que entonces el Estado de Chile, a través del Consejo de Monumentos Nacionales, consignó formalmente durante el proceso de postulación, podremos ver que su alcance paisajístico concreto se limitaba a lo más a las explanadas frente a la torre fachada y a la cuadra inmediata en que cada templo se encontraba emplazado, dejando cualquier otra consideración de orden territorial, cultural o simbólica a los instrumentos de planificación, que no contaban con los incentivos ni las herramientas adecuadas para comprender el alcance de aquello que debía ser resguardado. Tampoco se hicieron gestiones ni seguimientos para avanzar en esa dirección mediante la armonización de instrumentos de desarrollo, como los planes reguladores comunales, y los compromisos de resguardo patrimonial.

Frente a la emergencia detonada por el centro comercial en Castro, y estimulado por la preocupación expresa del Centro de Patrimonio Mundial de UNESCO, el Estado de Chile invitó a una misión de monitoreo reactivo que contó con la presencia de expertos del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios – ICOMOS, quienes, a fines de 2013, realizaron en terreno un análisis pormenorizado de los 16 templos del sitio seriado, emanando recomendaciones técnicas y legales asociadas a los entornos de las iglesias que, en última instancia, conminaban a actualizar la mirada original que se tuvo al momento de la postulación, adoptando una perspectiva más propia de los paisajes culturales que del manejo acotado a monumentos singulares.4

Siendo justos, y contextualizando esta situación en un panorama general, es necesario señalar que el conjunto de fricciones generadas en el caso de Chiloé no constituyó un caso aislado o de alcance meramente local, sino que formó parte de un fenómeno global que detonó una preocupación común a nivel internacional. En ese sentido, a ojos del Comité de Patrimonio Mundial de UNESCO y de distintos Estados parte, incluido Chile, el caso de Castro convivía con conflictos similares presentes en ciudades como Panamá, Kiev, Londres, Lahore o Sevilla, entre otras, donde los criterios de la Convención de Patrimonio Mundial de 1972 se habían visto claramente superados por las lógicas del crecimiento urbano, los desarrollos tecnológicos, el cambio climático, los procesos industriales, las nuevas infraestructuras y los fenómenos territoriales vigentes a 40 años de adoptado este instrumento de derecho internacional.

En efecto, una protección de los sitios de patrimonio mundial dependiente de herramientas de resguardo basadas en definiciones tales como una zona núcleo y una zona de amortiguamiento, vigentes hasta hoy —ambas definidas por un polígono de trazado preciso que necesariamente define un adentro y un afuera—, dejaba demasiados flancos abiertos cuando los alcances de los impactos desbordaban esos límites, involucraban áreas de gran extensión o dependían incluso de mecanismos ajenos a esa forma tradicional de preservación.

Si bien el Comité de Patrimonio Mundial adopta la categoría de Paisaje Cultural en 1992 —en sus variantes de “paisajes claramente definidos”, “paisajes evolutivos” y “paisajes culturales asociativos” —, estableciendo para ello todo un marco de interpretación operativo, ocurrió que su aplicación tendió a asociarse a contextos mayoritariamente rurales, cuyo universo de desafíos dista de aquellos visibles en las zonas urbanas o periurbanas, que son justamente las que entran en crisis con mayor evidencia en muchas ciudades históricas durante las primeras décadas del siglo XXI.

Este tema es abordado de forma pormenorizada por Francesco Bandarin, arquitecto experto en la preservación del patrimonio urbano que dirigió el Centro de Patrimonio Mundial entre 2000 y 2010, al plantear que “a medida que todo cambia, el alcance de la gestión de la conservación ha pasado de un intento de preservar el objeto (un monumento, sitio o parque) en su estado original, a definir y guiar la transición hacia su estado futuro. El tiempo, la erosión, los usos, los desarrollos técnicos y la degradación natural son procesos que acompañan al patrimonio en lugar de actuar en su contra.”5

Con ese telón de fondo, y en un esfuerzo destacable por comprender el fenómeno en curso y proponer una nueva mirada en torno a la conservación de zonas patrimoniales, adición de arquitectura contemporánea, así como la relación entre políticas de conservación y nuevos usos de áreas históricas, UNESCO adopta en 2011 la recomendación de los Paisajes Urbanos Históricos (Historic Urban Landscapes — HUL), resultado de una reflexión de varios años de órganos asesores, expertos internacionales y representantes de distintos Estados parte en torno al impacto de estos fenómenos.6

Uno de los hechos más llamativos de este esfuerzo es que para asumir este desafío no se termina elaborando una categoría nueva de protección, que por estatuto legal tiende a la identificación de un bien por medio de la definición de límites y una lógica gradual de impactos —zona núcleo y zona de amortiguamiento—, sino que apunta a un esfuerzo por armonizar instrumentos de protección y desarrollo, en los que no exista separación entre salvaguardia del patrimonio y nuevas dinámicas urbanas y territoriales.

Cuando el límite de un bien cultural es tan amplio que se transforma en paisaje humano y geográfico, ese límite ha perdido su sentido original y debe ser complementado con otras aproximaciones conceptuales y metodológicas.

Por medio de la recomendación de los paisajes urbanos históricos, tácitamente la vieja pugna entre patrimonio y desarrollo queda obsoleta, ya que no se trata de identificar amenazas ejercidas sobre un bien cultural que debe ser encapsulado de su tiempo para poder asegurar su integridad, sino que su misma pervivencia depende de la forma en que se desarrollen los fenómenos contemporáneos, entre los cuales el patrimonio ocupa un lugar preponderante.

Siendo complementaria con la mirada de los paisajes culturales, es difícil dimensionar la relevancia que este desplazamiento supone para el campo de la comprensión, protección y gestión del patrimonio cultural.

Un aspecto poco tocado de lo anterior es que la amplitud de mirada que encierra el marco interpretativo del paisaje para hablar de patrimonio cultural permite superar la idea de los bienes culturales como algo ligado a una tradición hegemónica, capaz de fijar un canon frente al cual cualquier incorporación constituiría una suerte de concesión del centro hacia la periferia. De hecho, la misma idea de un “valor universal excepcional”, columna vertebral del sistema UNESCO para la protección del patrimonio, parte de esa premisa por sobre otras como la representatividad, la búsqueda de equilibrios al construir una nómina de sitios o la valoración local que de ese patrimonio hacen comunidades concretas.

Llegados a este momento, y en el contexto específico del paisaje cultural de Chiloé, otro marco interpretativo que viene al caso traer a presencia es el propuesto por el Documento de Nara sobre Autenticidad (1994), sobre todo si lo que se busca es ampliar nuestras herramientas de comprensión y manejo más allá de aquellas circunscritas a la administración del deterioro de elementos materiales. El punto es relevante, entre otras razones, porque en el caso de los templos chilotes hablamos de construcciones situadas territorialmente, en las que el valor cultural está basado en atributos materiales frágiles, fungibles y precarios, propios de la carpintería en madera en cuanto sistema constructivo principal, que no serían sostenibles de no existir un entramado comunitario de saberes y prácticas capaces de renovarlos a lo largo del tiempo.

En ese plano, el Documento de Nara resulta iluminador para el caso en comento, ya que al tratar el tema de valores y autenticidad expresa que “dependiendo de la naturaleza del patrimonio cultural, su contexto cultural y su evolución a través del tiempo, los juicios de autenticidad pueden relacionarse a la validez de una gran variedad de fuentes de información. Los aspectos de las fuentes pueden incluir forma y diseño, materiales y substancia, uso y función, tradiciones y técnicas, la localización y contexto, espíritu y sentimientos, y otros factores interiores y exteriores”.7

Como puede verse, no se trata solo de un marco de acción más calibrado en torno a la realidad material de los bienes protegidos o a sus protocolos de intervención, sino a incorporar dentro de los atributos que sostienen el valor las prácticas inmateriales y la mirada de conjunto, que sostienen la importancia patrimonial del paisaje cultural de Chiloé ligado a estos templos.

Como una forma de actualizar la mirada y abordar el desafío de integrar templos, paisaje cultural y patrimonio inmaterial en el contexto de la conmemoración de los veinte años de la inscripción de Chiloé como Sitio de Patrimonio Mundial, desde la Subsecretaría del Patrimonio Cultural del Ministerio de las Culturas se elaboró, en 2019, el primer “Inventario de las Iglesias Escuela Chilota: hacia una mirada integral”. La metodología de este esfuerzo consideró ampliar el arco de selección integrando las iglesias de las escuelas chilotas presentes en el continente con un encuadre del maritorio similar al del valioso mapa Missio chiloensis geographice descripta, fechado en 1762 y que expone lamisión circular jesuita, sumando a los atributos arquitectónicos y constructivos aquellos ligados a prácticas culturales vivas, tales como celebraciones, procesiones, fiestas patronales o instituciones coloniales aún en uso, entre las que destacan las de los fiscales, patrones, cabildos, entre otras.

El resultado fue notable e inesperado, ya que se registraron 152 templos, de los cuales 44 se emplazaban en los territorios continentales de Chaitén, Hualaihue, Cochamó, Puerto Varas, Puerto Montt, Calbuco y Maullín; y 59 del total se ubicaban en las islas del mar interior del archipiélago.

De igual modo, el inventario arrojó que en el 83 % de estos templos se mantienen vivas distintas manifestaciones comunitarias y religiosas pertenecientes al patrimonio cultural intangible asociado a los templos chilotes, con lo cual los tradicionales atributos materiales se ampliaron para incorporar prácticas inmateriales que han sostenido, en ocasiones por siglos, la identidad cultural de estos conjuntos y sus poblaciones asociadas.8

El contraste que sugiere esta forma renovada de comprender el patrimonio cultural del archipiélago de Chiloé como un entramado vivo —en un intento por conciliar templos, paisaje y comunidad— viene no solo a enriquecer la mirada tradicional que ha tenido el Estado de Chile sobre este sitio, sino que abre derroteros de gestión, participación y reconocimiento que pueden ser claves para su salvaguardia y renovación a futuro. Lo anterior, en línea con los desafíos de un territorio en cambio permanente y, como hemos visto, con la actualización del debate internacional en torno a la materia.

Paisajes Culturales de Chiloé

Es participando de ese espacio del debate contemporáneo dentro del campo patrimonial que se sitúa el esfuerzo de la publicación que el lector tiene entre sus manos, la que, en el contexto de la conmemoración de los 200 años de la anexión del archipiélago de Chiloé al territorio de Chile, ha sido editada por los académicos Eugenio Garcés, Ximena Arizaga y Macarena Cortés.

Tal cual señala el Documento de Nara al expresar que “los juicios de autenticidad pueden relacionarse a la validez de una gran variedad de fuentes de información”, para sostener la tesis de Chiloé en tanto paisaje cultural, este libro despliega el abanico de miradas a un conjunto diverso de disciplinas y voces, las que, desde sus propias reflexiones y trayectorias, muchas de ellas ligadas hace décadas a este territorio, exponen distintas miradas en torno al caso.

En ellas están presentes, desde luego, aproximaciones informadas sobre el tipo edificatorio de los templos, donde el conocimiento sedimentado por décadas en torno al Taller Chiloé se enriquece con el uso de nuevas tecnologías de registro digital, que pueden cumplir un rol relevante en el manejo futuro de los atributos materiales e inmateriales de los templos y sus entornos.

Se exponen también reflexiones a propósito de los 25 años de la declaratoria UNESCO, así como pertinentes miradas acerca del proceso histórico de valorización patrimonial en Chiloé que, como hemos visto, se amplifica desde la idea de monumento para incorporar con fuerza la idea de comunidad y paisaje.

Forman parte del conjunto también una serie de crónicas y lecturas historiográficas que abordan fenómenos y momentos relevantes del archipiélago, que de formas diversas llegan a la actualidad y cuyas lógicas pormenorizadas nos permiten entender mejor la realidad del territorio y su condición de paisaje cultural. Entre estos relatos se encuentran aquellos dedicados a la misión circular jesuita, desarrollada durante los siglos XVI y XVIII, y que se encuentra íntimamente ligada a la idea de maritorio y a las prácticas comunitarias vigentes; el proceso de anexión de Chiloé a la República de Chile; la interpretación de la cartografía histórica de los siglos XVI al XIX; los episodios del Chiloé contemporáneo y su tránsito hacia la modernidad; los orígenes del movimiento artístico que anteceden la experiencia notable del Museo de Arte Moderno Chiloé - MAM; así como la historia de la regata chilota, capítulo más reciente y desconocido que, sin embargo, entronca con la cultura de mar y con la construcción de vínculos entre el territorio insular y el continente.

Por último, haciendo justicia a la importancia de la valoración de las prácticas comunitarias a las que hacíamos referencia anteriormente, muchas veces amenazadas por fenómenos sociales y económicos recientes, este libro incorpora interesantes aproximaciones situadas, que tienen el mérito adicional de ser elaboradas por actores que han experimentado directamente, desde su mirada en terreno, las materias abordadas. Entre ellas se encuentran la institución del cabildo y su importancia hoy a nivel de comunidades; las expresiones poético-musicales del archipiélago, manifestaciones vivas que se vinculan directamente con las culturas originarias y las huellas hispanoamericanas; la relación sincrética entre paisaje, culturas locales y foráneas en los casos singulares de Achao, Quinchao y Caguach; la cultura anfibia de habitar el borde de tierra y mar, expresada en la tipología de los palafitos; los procesos de transformación de prácticas comunitarias documentados en las últimas décadas en la localidad de Achao; los impactos del cambio climático en el archipiélago y las prácticas de sus habitantes o la importancia creciente de la organización comunitaria en torno al manejo y la gestión de los distintos componentes del sitio de patrimonio mundial.

Imágenes

Subsecretaría del Patrimonio Cultural. Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile. (2019). Planos 1 y 2. Inventario Iglesias Escuela Chilota: Hacia una mirada integral.

Bibliografía

Bandarin, Francesco. (2024). Changing Heritage. How Internal Tensions and External Pressures are Threatening Our Cultural and Natural Legacy. New York: Routledge.

Cuadernos del Consejo de Monumentos Nacionales. (2015). Segunda serie n.° 111. Documentos de ICOMOS. Santiago de Chile: Ministerio de Educación de Chile.

Guarda, Gabriel. (1984). Iglesias de Chiloé. Santiago de Chile: Ediciones UC.

Subsecretaría del Patrimonio Cultural. (2019). Estudio Inventario Iglesias del Archipiélago de Chiloé Pertenecientes a la Escuela Chilota de Arquitectura Religiosa en Madera. Santiago de Chile. Recuperado de: www.cultura.gob.cl/publicaciones/

1. Un año después, en la sesión n.° 25 del Comité de Patrimonio Mundial celebrada en Finlandia, se aprobó la ampliación del listado para agregar los templos de Chelín y Caguach.

2. Sitio de Patrimonio Mundial n.° 971, inscrito en la Lista de Patrimonio Mundial en 2000 bajo los criterios (ii) y (iii) de la Convención de Patrimonio Mundial.

3. Guarda, Gabriel. (1984). Iglesias de Chiloé.

4. La misión de 2013 fue complementada en marzo de 2025 con una nueva misión de monitoreo reactivo de parte de ICOMOS y del Centro de Patrimonio Mundial UNESCO. Su objetivo fue ver en terreno los avances y los temas pendientes respecto a las recomendaciones originales entregadas al Estado de Chile para el manejo del sitio, la protección de los entornos de los templos y la mitigación del impacto del mall de Castro respecto a la iglesia de San Francisco.

5. Bandarin, Francesco. (2024). Changing Heritage. How Internal Tensions and External Pressures are Threatening Our Cultural and Natural Legacy, p. 319.

6. Ibid.,p. 235.

7. Cuadernos del Consejo de Monumentos Nacionales. Segunda serie n.° 111, p. 181.

8. Subsecretaría del Patrimonio Cultural (2019).

PrólogoChiloé camino al bicentenariode su anexión: 1826-2026

Felipe Montiel Vera

Profesor de Historia y Geografía y director del Museo Municipal de Castro

Alejandro Orellana Ceballos

Profesor de Historia y Geografía, Museo Municipal de Castro

RESUMEN

Entre los años 1813 y 1826, el archipiélago de Chiloé se mantuvo fiel a la causa realista, es decir, los españoles defendieron la autoridad del Rey y su pertenencia a la monarquía española. El 19 de enero de 2026 se cumplirán 200 años de la firma del Tratado de Tantauco, el cual puso fin a la presencia española en Chiloé y América del Sur, después de una guerra que duró 13 años. Las consecuencias de este enfrentamiento pervivieron por buena parte del siglo XIX y siglo XX, situación que se manifestó durante el primer centenario de la anexión. A pocos meses de cumplir el bicentenario de este hecho histórico, tal como sucedió para el primer centenario en 1926, surgen nuevamente las interpelaciones al accionar del Estado de Chile en este territorio.

PALABRAS CLAVE

Guerra de independencia, bicentenario, anexión.

1. Chiloé y el comienzo de la guerra de independencia de Chile

En enero de 1813 arribó al puerto de San Carlos de Ancud una pequeña expedición enviada por José de Abascal, virrey del Perú. La misión estaba comandada por el brigadier Antonio Pareja y tenía como objetivo principal reconquistar Chile para la corona española, ya que el territorio se encontraba bajo el control del gobierno patriota, liderado por José Miguel Carrera, quien había dejado de gobernar en nombre del rey Fernando VII.

El Brigadier Antonio Pareja llegó con cinco naves cargadas de armamento, vestimenta y equipos, con los que reclutó en Chiloé un ejército de 1.400 hombres, debidamente equipados y entrenados. El 17 de marzo de 1813, la expedición zarpó desde Chiloé con rumbo a Valdivia a bordo de la fragata Trinidad, los bergantines Dos Amigos y Las Nieves, una goleta y tres piraguas, llegando a la ciudad el 20 de marzo. En esta etapa de la expedición no se reveló su verdadero objetivo, que era tomar el control de la ciudad de Concepción. Pareja aprovechó muy bien una fuerte fidelidad de Chiloé al rey de España, lealtad que lo convirtió en el lugar más destacado para su defensa. En esa época, Chiloé se definía como un “jardín de la iglesia” porque el archipiélago fue un territorio donde el sistema de evangelización, conocido como Misión Circular1, iniciado por los jesuitas en 1608 y continuado por los franciscanos del colegio de Santa Rosa de Ocopa inculcaron la fidelidad a un rey lejano, el cual gobernaba como representante de Dios en la tierra2. En palabras del fray Pedro González de Agüeros: “(…) conociendo el logro de tantas almas para la felicidad eterna es el más heroico servicio que harán a Dios, a la iglesia, al rey y al Estado” 3. El arribo de los realistas a Concepción tomó por sorpresa al Gobierno de José Miguel Carrera. Aproximadamente 760 soldados chilotes, organizados en el Batallón de Voluntarios de Castro y Veteranos de Chiloé, se unieron a unos 700 soldados valdivianos para formar un ejército expedicionario bajo el mando de José Rodríguez Ballesteros e Ignacio Justis, gobernador de Chiloé. A este contingente se le denominó Ejército Real o Realista, cuya misión era restablecer la soberanía española en Chile central.

El 23 de marzo de 1813, las tropas chilotas y valdivianas desembarcaron en la bahía de San Vicente, cerca de Concepción, logrando ingresar triunfantes a esa ciudad el 29 de marzo. Con este acontecimiento, se dio inicio a la denominada Guerra de Independencia de Chile, librándose batallas clave como Yerbas Buenas, San Carlos y El Roble. Sin embargo, en estas primeras confrontaciones no hubo un vencedor absoluto, ya que ninguno de los bandos logró imponerse por completo sobre el otro. El enfrentamiento decisivo de esta primera etapa de la Guerra de Independencia fue la batalla de Rancagua, un hecho bélico considerado un desastre para los patriotas y una victoria para los realistas. Entre las fuerzas vencedoras se encontraban las tropas chilotas, que lograron entrar victoriosas en Santiago el 5 de octubre de 1814.

Cuando la noticia del triunfo llegó a Chiloé, la población lo celebró con júbilo. Se encendieron velas en las ciudades y se hicieron repicar las campanas de las iglesias. Con esta victoria, se dio inicio al período conocido como la Reconquista Española, durante el cual el gobernador Casimiro Marcó del Pont restableció el dominio del rey Fernando VII, y tomó el control de la capital. Tras la reconquista de Chile, por orden del virrey José de Abascal, un contingente de 450 soldados chilotes partió desde Valparaíso rumbo al Alto Perú —actual Bolivia— bajo el mando del coronel José Rodríguez Ballesteros, con el objetivo de reforzar las fuerzas realistas del Virreinato del Perú. En el Alto Perú, los chilotes demostraron su valentía al participar en la batalla de Sipe-Sipe o Viluma, el 29 de noviembre de 1815, donde contribuyeron a la derrota de los independentistas argentinos.

2. Chiloé y las campañas de anexión 1820-1826

Mientras los chilotes combatían en el altiplano de la actual Bolivia, en la ciudad argentina de Mendoza se preparaba una gran expedición al mando de los generales José de San Martín y Bernardo O’Higgins, porque tras la derrota de los patriotas en la batalla de Rancagua, las fuerzas que sobrevivieron se refugiaron en Mendoza. En el año 1816, las fuerzas patriotas chilenas y argentinas formaron el Ejército Libertador de Los Andes, cuyo objetivo era derrotar a las fuerzas realistas y derrocar al Gobierno español de Chile. El ejército argentino-chileno cruzó la Cordillera de Los Andes entre los meses de enero y febrero de 1817.

Tras el cruce de la Cordillera de los Andes, se producen dos batallas decisivas: la batalla de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, y la batalla de Maipú, el 5 de abril de 1818. En esta última, las fuerzas realistas fueron derrotadas, provocando una masiva retirada de los soldados que permanecían fieles a la monarquía española. Una parte de estos contingentes llegaron a Lima y a Chiloé, de manera que el archipiélago fue el refugio para las fuerzas militares del rey.

Tras el triunfo patriota, Bernardo O’Higgins fue nombrado Director Supremo de Chile, y juró la independencia el 01 de enero de 1818, en Concepción. Sin embargo, la independencia fue solo parcial, porque la ciudad de Valdivia y la provincia de Chiloé continuaron unidas al Virreinato del Perú, convirtiéndose en el último rincón realista de la América del Sur. En el caso de Chiloé, Antonio de Quintanilla asumió el mando de la provincia en 1817, siendo su último gobernador español. Al llegar a Chiloé, preparó la defensa del archipiélago ante la inminente invasión de los patriotas chilenos, iniciando una nueva etapa de la guerra de Independencia para el archipiélago de Chiloé y sus habitantes.

2.1 Primer intento de anexión de chiloé: la derrota de Lord Thomas Cochrane

La primera campaña de anexión de Chiloé sucedió el 18 de febrero de 1820. Esta acción militar estuvo liderada por Lord Thomas Cochrane, un marino inglés al servicio de los independentistas chilenos, quien tomó las fortificaciones y la ciudad de Valdivia el 3 y 4 de febrero de 1820. Luego de la conquista de Valdivia, Cochrane intentó tomar el control de las baterías y fortificaciones que protegían la bahía de Ancud, llave para el dominio del archipiélago. Para evitar un combate con las fortificaciones que resguardaban el puerto de Ancud, los soldados liderados por Cochrane desembarcaron en la playa de Chaumán, en las cercanías del Castillo San Miguel de Agüi. En el desembarco participaron unos 60 hombres con varias piezas de artillería al mando del inglés Guillermo Miller, teniente coronel de Infantería de Marina, considerado el padre de la Infantería de Marina de Chile.

El Almirante Cochrane permaneció embarcado y vigilando las goletas Moctezuma y Dolores, fondeadas frente a la ensenada de Chaumán. En tierra, los hombres al mando de Miller se enteraron de que estaban a unos 15 kilómetros del Castillo San Miguel de Agüi, por lo que la marcha fue dificultosa. El plan era asaltar y tomar por sorpresa al castillo, capturando a sus tropas para que estas se rindieran. Sin embargo, este plan fracasó, pues los soldados chilotes del castillo, que sabían de su presencia, esperaron a las tropas patriotas y los derrotaron con un contundente fuego de fusilería. Miller fue herido en una pierna, por lo que ordenó la retirada de las tropas patriotas, las cuales huyeron de regreso a la playa de Chaumán. Luego de un breve consejo de guerra, el almirante Cochrane ordenó la retirada de las tropas, zarpando de regreso al puerto de Valparaíso. De este modo, fracasó el primer intento de anexión de Chiloé a la naciente República. No obstante, las tropas chilenas regresaron después de cuatro años, a fines del mes de marzo de 1824, en una segunda campaña de anexión de Chiloé a la República de Chile.

2.2 Segunda campaña de anexión a Chiloé: el combate de Mocopulli

Luego de la derrota de Thomas Cochrane en 1820, la provincia Chiloé continuó unida a España, gracias a la ayuda comercial, militar y económica prestada por el Virreinato del Perú, consolidando una alianza militar, cuyo objetivo era derrotar definitivamente a las fuerzas independentistas chilenas. Cabe destacar que el archipiélago de Chiloé, desde el año 1768, tuvo dependencia y profundos vínculos militares, políticos, jurídicos y económicos con la ciudad de Lima y el puerto del Callao, que durante los años de la guerra de independencia se acrecentaron.

La situación antes descrita era considerada un peligro para la independencia de Chile y del resto de América del Sur. Por tal razón, a fines de marzo de 1824, el general Ramón Freire zarpó desde Valparaíso rumbo a Chiloé para liberar a la provincia de la presencia hispana. La flota chilena, a fines de marzo de 1824, desembarcó sus tropas en la playa de Pugueñún, un punto cercano a la ciudad de San Carlos de Ancud, al norte del río Pudeto. Posteriormente, las fuerzas patriotas tomaron el control del fuerte de Chacao y enviaron dos regimientos hacia el puerto de Dalcahue. Ante la llegada de las fuerzas chilenas, el gobernador de Chiloé, Antonio de Quintanilla, ordenó al coronel José Rodríguez Ballesteros movilizar a las tropas y milicias chilotas, las cuales provenían de diversos lugares del archipiélago, incluyendo un batallón de indígenas huilliches del sector de Cucao, en la costa occidental de Chiloé. Este grupo de indígenas que acudió al llamado del gobernador se conoció como compañía de “volteadores”, pues armados con un palo de madera de luma4 debían derribar al enemigo cuando este se encontraba herido.

Los chilotes se concentraron en el sector de Mocopulli, distante a unos nueve kilómetros al oeste de Dalcahue, para evitar que las fuerzas chilenas siguieran rumbo al puerto de Ancud. De esta manera, el 1 de abril de 1824 las fuerzas insulares atacaron por sorpresa a las tropas chilenas, compuestas por los batallones n.° 7, n.° 8 y una compañía de granaderos, al mando de los coroneles Jorge Beauchef, José de Rondizzoni y el capitán William de Vic Tupper. La emboscada derivó en un fuerte combate, que comenzó cerca del mediodía y terminó cuando ya estaba oscuro, dejando centenares de muertos y heridos por ambos bandos. Las innumerables bajas sufridas por el ejército chileno obligaron a los oficiales a ordenar el retorno hacia Dalcahue y retirarse del campo de batalla, pasando la noche entre Mocopulli y el puerto de Dalcahue. El 2 abril de 1824 se ordenó la retirada de Dalcahue y el regreso de las naves patriotas con rumbo a Chacao. El objetivo era reunirse con las fuerzas chilenas estacionadas en el fuerte de Chacao y atender a los soldados heridos. De esta manera, fracasó el plan de Ramón Freire de conquistar Chiloé, dejando el archipiélago a mediados del mes de abril de 1824, finalizando la Segunda Campaña por la anexión de Chiloé a la República de Chile. De este modo, Chiloé continuó fiel a la monarquía española, convirtiéndose en el último bastión realista de América de Sur.

2.3 Tercer intento de anexión de Chiloé

Tras el triunfo chilote en el combate de Mocopulli, las tropas chilotas siguieron fieles a la monarquía española. No obstante, tras la derrota realista en la Batalla de Ayacucho, en diciembre de 1824, y la posterior declaración de la independencia del Perú, las ayudas militares provenientes del puerto de El Callao y la ciudad de Lima se cortaron, debilitando fuertemente a las fuerzas chilotas, que dependían de las armas, municiones, pólvora y dinero proveniente del Perú. A pesar del complejo panorama, el gobernador Antonio de Quintanilla preparó la defensa de la isla, acuñando monedas de plata y entregando patentes de corso para asaltar embarcaciones enemigas, con el objetivo obtener recursos y mantener la defensa del archipiélago ante una inminente nueva invasión de las tropas chilenas.

A esas alturas, las fuerzas militares y la población insular se encontraban en muy mal estado, agotadas después de 13 años de incesante conflicto. Había escasez de todo tipo de armas, uniformes y municiones. La población de hombres y jóvenes en edad de combatir había disminuido considerablemente, de tal manera que, de las 3.500 familias que había en Chiloé en aquella época, la mitad tenía un familiar cercano en la guerra. Las mujeres isleñas, si bien no podían combatir en el campo de batalla, fueron un pilar fundamental para mantener la alicaída economía chilota, cuidando siembras y cosechas, trabajando en la fabricación de tejidos que se exportaban al Perú hasta el año 1824. Además, asistían a los hombres enfermos, heridos e inválidos producto de la guerra. Muchas familias habían perdido a padres, hijos, hermanos y esposos, por lo que la mujer asumió una gran parte de las consecuencias sociales y económicas de la anexión de Chiloé a la República de Chile.

Con este complejo panorama social, económico y militar, el final de la resistencia chilota ocurrió luego de una tercera expedición militar, que llegó a la isla al mando del general Ramón Freire, quien regresó al archipiélago en los primeros días de enero de 1826. En esta oportunidad, el plan de ataque fue liderado por el almirante Manuel Blanco Encalada y el general José Manuel Borgoño, quienes comandaban una fuerza de más de 2.000 soldados, cinco naves de guerra y tres transportes. Su objetivo era controlar el puerto y la ciudad de San Carlos de Ancud, donde se ubicaba el cuartel general de las fuerzas chilotas y la Sede del Gobernador, que desde la segunda mitad del siglo XVIII se había trasladado desde Chacao a San Carlos de Ancud.

El 10 de enero de 1826, una parte de las tropas chilenas desembarcó en la bahía de Yuste o del Inglés, ubicada en la península de Lacuy, al oeste de la ciudad de San Carlos de Ancud. El objetivo de esta fuerza expedicionaria era marchar y tomar por sorpresa la batería de Balcacura, disminuyendo el poder de fuego del sistema defensivo de la bahía de Ancud. De este modo, las naves patriotas entraron hasta el golfo de Quetalmahue, desembarcando sus tropas en la playa de Lechagua, muy cercana de la ciudad de Ancud. El 12 de enero de 1826, las tropas chilenas estaban listas y dispuestas para atacar la ciudad.

2.4 Combate de Pudeto y Batalla de Bellavista

En la noche del 13 de enero de 1826 se produce un contrataque de las fuerzas realistas con seis lanchas cañoneras, construidas por órdenes del gobernador Quintanilla. Sin embargo, cuatro lanchas fueron capturadas por las fuerzas patriotas y las otras dos escaparon hasta el río Pudeto, siendo desarmadas por órdenes de Quintanilla. Este hecho de armas se conoce como el combate de Pudeto, el cual no generó gran impacto en cuanto a bajas por ambos bandos.

Al día siguiente, 14 de enero de 1826, se produjo la batalla de Bellavista, en la cual las fuerzas patriotas atacaron Ancud desde el río Pudeto, aprovechando las lanchas cañoneras capturadas a las fuerzas realistas la noche anterior. Ante esto, el gobernador Quintanilla reagrupó sus fuerzas en el cerro Bellavista, a unos tres kilómetros al oeste del río Pudeto, aprovechando la altura del terreno para instalar su artillería. Al observar la táctica de Quintanilla, los oficiales patriotas decidieron enfrentar a los realistas con una fuerza superior en número de combatientes y potencia de fuego. De este modo, lograron dispersar a los fusileros chilotes, quienes se retiraron del campo de batalla, replegándose al interior de la isla grande por el camino que comunicaba las ciudades de Castro y Ancud. El Gobernador Quintanilla no tuvo opción y se retiró junto con la tropa.

En consecuencia, la ciudad y puerto de Ancud quedaron sin defensas. Al constatar esta situación, las fuerzas patriotas, al mando de Ramón Freire, entraron en la ciudad la tarde del día 14 de enero de 1826. Al día siguiente, el fuerte de Agüi se rindió, bajando la bandera española y enarbolando la bandera de la República de Chile. Con este hecho histórico, finalizó la resistencia chilota, convirtiéndose en el último bastión hispano en América del Sur. El gobernador Quintanilla y sus tropas, que se encontraban agotadas tras 13 años de guerra —la cual se inició en enero de 1813 y finalizó el 16 de enero de 1826— deciden rendirse y buscar la paz con las fuerzas chilenas. Durante los años de guerra, el panorama internacional había cambiado con la derrota de los realistas en buena parte de América del Sur. El apoyo que prestó el Virreinato del Perú finalizó luego de su independencia en 1824, en tanto que los auxilios provenientes de España nunca llegaron. Estos factores, sumado al desgaste de las fuerzas militares y de la población insular, no dejaron otra opción para el gobernador y sus tropas que firmar el Tratado de Tantauco el 19 de enero de 1826.

Para la firma del Tratado, el gobernador Quintanilla nombró, como sus representantes, a los coroneles Saturnino García y Antonio Pérez. En tanto que, por parte del ejército chileno, participaron el coronel José Francisco Gana y el abogado Pedro Palazuelos Astaburuaga. Este acuerdo recibe tal nombre porque, según antecedentes históricos, se habría firmado entre el río San Antonio y Tantauco, lugares ubicados en la actual comuna de Ancud. En dicho territorio, la familia de la esposa del gobernador Antonio de Quintanilla, Antonia Álvarez, poseía una hacienda, la cual se convirtió en el cuartel general del gobernador de Chiloé, posterior a la derrota en la batalla de Bellavista.

3. La anexión de Chiloé a laRepública de Chile: Centenario y bicentenario

Con la firma del Tratado de Tantauco, el jueves 19 enero de 1826, los habitantes de Chiloé, luego de defender la causa del rey de España, debieron jurar por la independencia de Chile y respetar el nuevo régimen republicano. El día 22 de enero de 1826 las tropas republicanas, concentradas en el fuerte de San Antonio, en Ancud, vuelven a jurar la independencia de Chile, un acto público que simbolizó el control de las nuevas autoridades chilenas sobre los territorios incorporados a la naciente república. Después de la Anexión en 1826, se instalaron en el archipiélago gobernadores militares, con el objetivo de evitar cualquier intento de rebelión de la población insular.

Charles Darwin, naturalista inglés, que visitó Chiloé entre los años 1834 y 1835, señaló: “El hecho de que uno de nuestros hombres no pudo lograr adquirir en Castro ni una libra de azúcar ni un simple cuchillo dará una débil idea de la pobreza de esa ciudad, aunque vivan en ella algunos centenares de personas” 5.En tanto que en su visita a Cucao manifestó: “Después los indios nos expusieron numerosos motivos de queja, acabando siempre por decir: nos tratan así porque somos pobres indios ignorantes; pero eso no ocurría cuando teníamos un rey” 6. Este testimonio refleja la profunda crisis social, económica y cultural que Chiloé vivió durante todo el siglo XIX.

Después de la anexión, los gobiernos republicanos aprovechan la existencia de Chiloé para organizar el viaje de la Goleta Ancud, en el año 1843, para tomar posesión del Estrecho de Magallanes durante el mandato de Manuel Bulnes, con toda la importancia territorial y geopolítica de la región de Magallanes, que se extiende hasta hoy. La llegada de la tripulación de la Ancud, y la posterior fundación del fuerte Bulnes, inició un importante vínculo entre Chiloé y la región magallánica. De estas islas salieron los primeros pobladores, trabajadores, policías, carpinteros, alimentos y animales que serían la base para la fundación de Punta Arenas en 1848. Los territorios patagónicos se convirtieron en el destino de miles de isleños, que emigraron por necesidad porque el estado de Chile, posterior a la anexión, no impulsó ningún tipo de desarrollo en Chiloé, quedando prácticamente abandonada a su propia suerte.

El historiador chilote Pedro J. Barrientos, en el año 1948, señala: “La franca adhesión de los isleños al rey de España se tradujo en seguida en un doloroso sacrificio de hombres y dinero. Esta provincia, pobre y lejana, pudo hacer por la causa del rey mucho más que lo que demostraron reinos enteros en las Indias. Y todo este esfuerzo dejó pobreza a grados extremos y falta de brazos” 7.Otro análisis de este proceso histórico lo destaca el historiador Gonzalo Bulnes, quien escribe en el año 1897 que hubiera sido más conveniente para Chiloé convertirse en un apostadero militar y marítimo de España con un gobernador independiente que pasar a convertirse “En la última provincia de Chile, por el lamentable abandono en que todavía se le mantiene” 8.

Iniciado el siglo XX hay que destacar algunas obras relevantes en la provincia de Chiloé: durante los primeros 100 años de la anexión se puede rescatar el ferrocarril de Chiloé, inaugurado en 1912, la escuela de Pilotines y la Escuela Normal de Ancud, a inicios de la década de los años treinta. A ello es posible sumar un par de caminos, algunas escuelas y nada más. Cabe destacar que, en esta época, el regimiento Chiloé, que fue un aporte interesante en la economía local, fue retirado de la ciudad de Ancud en el año 1925 con una fuerte crítica popular.

Cuando se acercaba la conmemoración del primer centenario de la anexión de Chiloé a la república, en el año 1926, la prensa chilota de la época señalaba lo siguiente: “A cuatro meses de ese acontecimiento histórico, los chilotes observan con pena que el Ejecutivo se olvida enteramente de ellos (…) Los hijos de Chiloé no irán a pedir a Su Excelencia un programa fastuoso. Sino que desean obras productivas, que vayan a mejorar los abandonados servicios. Las vías de comunicación, escuelas y hospitales valen más para los hijos de esa provincia que todos los bailes que pueden llevarse a cabo en su honor” 9.

Otra visión fue la del periodista Fanor Velasco en un artículo publicado en el diario El Mercurio, y reproducido por el diario El Magallanes, el 19 de diciembre de 1925, a un mes del primer centenario de la anexión de Chiloé a la república:

Los chilotes no quieren Centenario. (…) Por estas y otras razones no quieren los chilotes Centenario en Chiloé. No quieren descubrir sus desnudeces. (…) Fácil habría sido destinar quinientos mil pesos para construir caminos en Chiloé, para arreglar los muelles, construir un liceo, restituir el regimiento, la escuela de pilotines. (…) Como dije en un principio, acabo de regresar de Chiloé y vengo horrorizado de comprobar cuan inconcebible es el abandono en que se tiene a la provincia. (…) Lo único que hay es una noble indignación y protesta por el estado en el que se encuentran reducidos y una nostalgia melancólica que invade a todos, al recuerdo de los buenos tiempos de S.M. el Rey10.

En la capital de Chile, el primer centenario de la anexión de Chiloé a la república se celebró con una gala en el Teatro Municipal de Santiago, una olimpiada militar y un raid aéreo entre Santiago y Puerto Montt. En tanto que en Chiloé solo quedó una pirámide conmemorativa, levantada en el Fuerte de San Antonio de la comuna de Ancud, que fue inaugurada sin la presencia de ninguna autoridad importante a nivel nacional.