Palabra de Soldado - Sergio Marras - E-Book

Palabra de Soldado E-Book

Sergio Marras

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Los cuatro generales de Ejército entrevistados en PALABRA DE SOLDADO entregan visiones controvertidas de los dieciséis años de gobierno militar, de la historia de las relaciones entre civiles y militares, y de las posibilidades de un reencuentro futuro entre ambos estamentos de la sociedad chilena. Muestran, cada uno desde su punto de vista, el delicado camino que debería haber recorrido la reconciliación nacional, a partir del plebiscito de 1988, para conseguir el advenimiento real de la democracia en Chile y superar las abismales diferencias que existían entre la lógica civil y la militar. Todos ellos tuvieron posiciones de gran importancia en el régimen del general Augusto Pinochet. Baeza Michaelsen fue director de la policía de Investigaciones de Chile, hoy PDI, y fue quien intentó negociar sin éxito la salida del presidente Salvador Allende de La Moneda y su rendición. Medina Lois fue director de la Escuela de Fuerzas Especiales del Ejército, ministro, rector de la Universidad de Chile y Jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional; Toro Iturra fue parte del Comité Asesor de la Junta de Gobierno y único redactor militar de la "Declaración de Principios del 11 de septiembre". Así y todo fue el primer director de la policía de Investigaciones del gobierno de Patricio Aylwin; Danús Covián fue vicepresidente de la CORFO, ministro de Economía, director de Odeplan e intendente de la XII Región. En esta edición digital se ha preservado intacta la versión hecha en 1989. No se han actualizado los datos biográficos ni de los participantes ni de los aludidos. Sin embargo, tal y como fue publicado entonces, hoy, en 2022, sus palabras le agregan sentido al camino que aún falta por recorrer para lograr una verdadera reconciliación entre los chilenos, para que todos los grupos políticos y sociales, de distintas generaciones, construyan, por fin, una verdadera democracia republicana.

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Seitenzahl: 257

Veröffentlichungsjahr: 2022

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PALABRA DE SOLDADO

Entrevistas de Sergio Marras

ORNITORRINCO DIGITAL

PALABRA DE SOLDADO

General Ernesto Baeza Michaelsen

General Alejandro Medina Lois

General Horacio Toro Iturra

General Luis Danús Covián

© Sergio Marras

Inscripción Nº 74.164

Publicado por:

Las Ediciones del Ornitorrinco

Constitución 42 – Santiago

Diseño y producción:

Equus Ltda.

Impreso en Chile

Primera edición en papel 5.000 ejemplares

Noviembre de 1989

Todas las notas de pie de página aparecidas en este libro son de responsabilidad del autor de las entrevistas.

En un perdido rincón del planeta los ornitorrincos se extinguen. Con seguridad, no hay en toda la Tierra seres que luchen con más empeño por sobrevivir en ella.

Un Ejército debe marchar en orden.

Cuando el orden no es adecuado,

amenaza desgracia.

I Ching, el Libro de los Cambios.

Siglo VI A.C.

Contenidos

Prefacio a la edición digital

Introducción

General Ernesto Baeza Michaelsen

General Alejandro Medina Lois

General Horacio Toro Iturra

General Luis Danús Covián

Prefacio a la edición digital

Los cuatro generales de Ejército entrevistados en este libro entregan visiones controvertidas de los dieciséis años de gobierno militar, de la historia de las relaciones entre civiles y militares, y de las posibilidades de un reencuentro futuro entre ambos estamentos de la sociedad chilena. Muestran, cada uno desde su punto de vista, el delicado camino que debería haber recorrido la reconciliación nacional, a partir del plebiscito de 1988, para conseguir el advenimiento real de la democracia en Chile y superar las abismales diferencias que existían entre lógica civil y lógica militar.

Todos ellos tuvieron cargos de gran importancia en el régimen del general Augusto Pinochet. Baeza Michaelsen fue director de la policía de Investigaciones de Chile, hoy PDI, y fue quien intentó negociar sin éxito la salida del presidente Salvador Allende de La Moneda y su rendición. Medina Lois fue director de la Escuela de Fuerzas Especiales del Ejército, ministro, rector de la Universidad de Chile y Jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional; Toro Iturra fue parte del Comité Asesor de la Junta de Gobierno y único redactor militar de la “Declaración de Principios del 11 de septiembre”. Así y todo fue el primer director de la policía de Investigaciones del gobierno de Patricio Aylwin; Danús Covián fue vicepresidente de la CORFO, ministro de Economía, director de Odeplan e intendente de la XII Región.

En esta edición se ha preservado intacta la versión hecha en 1989. No se han actualizado los datos biográficos ni de los participantes ni de los aludidos. Sin embargo, tal y como fue publicado entonces, hoy, en 2022, sus palabras le agregan sentido al camino que aún falta por recorrer para lograr una verdadera reconciliación entre los chilenos, para que todos los grupos políticos y sociales, de distintas generaciones, construyan, por fin, una verdadera democracia republicana.

Introducción

Después de dieciséis años de régimen militar nos aprontamos a transitar a la democracia. Transitar es un acto de desdoblamiento y perspectiva que implica proyección y pérdida. Por lo tanto, vértigo. Vértigo que nos empuja a todos a tratar de consolidar seguridades y proyectos.

Dejamos a nuestras espaldas, ojalá para siempre, un período plagado de dolores que ha cambiado radicalmente la percepción que tenía el país de sí mismo y en especial de sus Fuerzas Armadas, componente importante de la posibilidad de un tránsito exitoso e indemne no sólo hacia una sociedad democrática, sino que también hacia una sociedad más justa.

Algunos chilenos persisten en ver a los militares como guardianes de sus intereses privados a través de mistificaciones jurídicas y morales. Otros no pueden dejar de mirarlos, con una cierta desconfianza, como un grupo politizado en sus altos mandos y en su formación, que hay que reeducar lo antes posible para que la democracia no peligre. Para los más, sobre todo para los jóvenes, las Fuerzas Armadas se han transformado en una versión arquetípica y descomprometida, en simples cazafantasmas que viven en un mundo que ya no existe, colmado de enemigos retóricos y de eslóganes de la Guerra Fría que ya no conmueven a nadie. Sin embargo, ¿cuál es la percepción de los militares sobre sí mismos?, ¿qué han reflexionado sobre lo que ha ocurrido en Chile bajo su régimen?, ¿qué piensan de su futura inserción en la vida del país?

Analizando la historia de Chile uno se puede dar cuenta de que la lógica civil y la lógica militar, por lo menos a partir de 1891, nunca han marchado juntas, nunca han estado entreveradas en un quehacer común y que más bien el estímulo de la sospecha recíproca las ha llevado a un sinnúmero de resentimientos y descalificaciones que han cargado nuestro pasado hacia el militarismo o el civilismo. Sus liturgias, en extremo separadas, no han podido dar espacio a lugares comunes donde civiles y militares puedan descubrir denominadores mutuos. Hoy, por ejemplo, vemos con preocupación cómo la lógica militar, de una manera o de otra, sigue preñada de fantasías de guerra.

Es, sin duda, el momento de lanzar señales, de tender puentes que puedan contribuir al acercamiento de dos maneras de ver el mundo que se pusieron en aguda contradicción poco después de la crisis de 1973, pero cuyos antecedentes se remontan a comienzos del siglo. Pretender llegar a alguna parte sin la convergencia de los mundos militar y civil sería entregamos nuevamente en brazos de una utopía.

Este libro de conversaciones con generales de Ejército, que tuvieron altos cargos en el régimen que termina, pretende ser una pequeña tribuna donde cada cual pueda poner sus cartas sobre la mesa como acto de despedida de una experiencia única de la historia de nuestro país.

Cada uno de los entrevistados tuvo un perfil muy personal en los cargos que ejerció o en sus actuaciones públicas. Todos conocieron desde muy adentro lo que ocurrió en las esferas de poder durante el régimen militar. Hablan aquí desde sus distintos miradores y ponen en juego visiones e interpretaciones disímiles que intentan explicar qué fue lo que provocó la crisis que catapultó a Chile tan lejos de sus tradiciones políticas y culturales. Y, lo más importante, esbozan la manera de cómo cree cada cual que podrá restablecerse un destino común entre las Fuerzas Armadas y la sociedad civil.

Sergio Marras, noviembre de 1989

General Ernesto Baeza Michaelsen

Nació el 5 de enero de 1917. Ingresó a la Escuela Militar en 1934 y egresó como alférez de Artillería en 1939. En 1955 obtuvo el título de oficial de Estado Mayor. Entre 1958 y 1963 se desempeñó en el Departamento de Inteligencia del Estado Mayor de la Defensa Nacional. Entre 1967 y 1969 estuvo destinado en el Departamento IV de servicios especiales de la Dirección de Inteligencia del Estado Mayor General del Ejército.

En 1964 viajó al Fuerte Gullick, en la zona del canal de Panamá, para hacer el curso de Comando y Estado Mayor; se graduó de oficial de Estado Mayor del Ejército norteamericano.

Entre 1965 y 1966 fue comandante del Regimiento de Artillería Ne 2 de La Serena. Inmediatamente después fue destinado al Colegio Interamericano de Defensa en Washington D.C. donde realizó estudios militares superiores. En 1970 fue ascendido a general de brigada y en 1972 a general de división, equivalente al actual grado de mayor general. Entre 1970 y 1971 fue agregado militar de Chile en Washington y delegado del Ejército de Chile ante la junta Interamericana de Defensa.

En 1971 fue nombrado comandante en jefe de la Primera División del Ejército. En 1972 fue designado jefe del Comando de Infraestructura del Ejército y el 12 de septiembre de 1973, por medio del Decreto Nº 1 de la junta Militar de Gobierno, asumió el cargo de director general de Investigaciones. En 1974 se acogió a retiro y en 1980 renunció a la dirección de la policía civil. Fue uno de los coordinadores del bombardeo a La Moneda.

Entre otras actividades que ha desarrollado a lo largo de su vida destacan las del ámbito deportivo. Se dedicó al tiro de fusil, a la hípica y a la esgrima fundamentalmente. También ejerció cargos administrativos en diversas organizaciones deportivas, tanto de box, fútbol, equitación, esquí y andinismo. Actualmente es empresario agrícola.

– ¿Cómo amaneció el 6 de octubre de 1988?1

– Para mí fue un plebiscito de modus operandi, vale decir un plebiscito para determinar si se cambiaba el procedimiento eleccionario o no. Eso era para mí el plebiscito. Yo no consideré que había perdido Pinochet, no. Lo que quiso el pueblo mayoritariamente fue que se cambiara el sistema de elecciones. Ir a una elección libre. Yo me pregunto: si el presidente (Pinochet) hubiera llamado a una elección libre antes, por ejemplo, en el año 1978,1980, cuando se aprobó la Constitución de 1980... ¡Si se aprobó con el 73%!... Si el presidente hubiera llamado entonces a una elección libre, es posible que hubiera salido elegido. El general Stroessner 2 dio un golpe de Estado en Paraguay, pero después tomó una serie de medidas favorables para el país que lo llevaron a una situación inmejorable en el aspecto económico, muy buena, estabilidad, etcétera. Y llamó a elecciones a continuación, y se presentó él y sacó el 99 por ciento, y así repitió seis períodos el señor Stroessner. ¿Qué habría pasado si el general Pinochet el año 1978, o 1980, llama a elecciones, pero libres? Es posible que hubiese sido un presidente absolutamente democrático. De manera que el cambio que se produjo el 5 de octubre yo no lo consideré como una derrota sino como un cambio de procedimiento para elegir al presidente de la República.

– Pero el general Pinochet y el gobierno sí lo consideraron una derrota...

– Determinados elementos lo consideraron una derrota... Pero yo le pregunto a usted: si el ministro del Interior3 y el jefe de una importante institución le dicen al presidente de la República: vamos a arrasar... se va a ganar con un 55 por ciento y la oposición va a tener un 43 por ciento. Y se le pregunta al jefe de esa institución4: ¿cómo obtuvo usted este porcentaje? Por procedimientos científicos que no voy a dar a conocer en este momento, respondió. Me imagino que después le dieron a conocer cómo fue que ocurrió lo contrario... Entonces, ¿cómo pueden engañar al presidente de la República? Yo, presidente de la República, a continuación del resultado negativo, llamo a todos estos señores que me engañaron y les digo: señores, preséntenme la renuncia inmediatamente. Nosotros, cuando yo dirigía Investigaciones, no anduvimos haciendo encuestas, sino que, desde Arica a Punta Arenas, nuestra gente escuchaba qué se conversaba en los vehículos de locomoción, qué se escuchaba en los supermercados, qué se conversaba aquí, allí, nada más, en forma indirecta y sin ninguna consulta, y usted sacaba verdades de allí. Si yo soy presidente de la República y todos mis asesores fundamentales, empezando por el ministro del Interior, mi brazo derecho, y jefes de otros organismos, encuestas, etcétera, me hablan a mí de una determinada situación y llega el momento y me sale todo lo contrario, en realidad es un balde de agua fría inmenso. Se tiene que deprimir el hombre. Yo creo que Pinochet se deprimió completamente, estoy seguro de que le ocurrió eso.

– ¿Cuál es su opinión del general Pinochet? ¿Qué piensa usted de él, como hombre, como gobernante, como comandante en jefe?

– Yo creo que Pinochet es una persona bien inspirada, es una persona que tiene el profesionalismo militar metido muy adentro, pero me da la impresión de que se deja llevar muy rápido por la primera opinión que le puede adelantar una persona y que, una vez que adopta o se afirma en ese pensamiento que le indujo quien habló primero con él, es difícil que salga de allí. Aunque usted le demuestre fehacientemente lo contrario, él se aferra a lo primero que lo convenció.

– Testarudo, el general...

– Entonces es muy peligroso cuando una persona malintencionada es capaz de inducirlo a algo porque mantiene un espíritu vasco que no vuelve atrás, es difícil. Además, me da la impresión de que, aunque tiene un sentido patriótico bastante bien desarrollado, como que se olvida de quienes lo llevaron al poder, se olvida...

– Es ingrato...

– No podría decir si ésa es la expresión correcta, porque yo he visto a todo el cuerpo de generales y almirantes que lo apoyaron el 11 de septiembre y que después fueron dejados a un lado totalmente. Yo recuerdo perfectamente el caso del general Stroessner o el caso de Franco5, que mantuvieron a sus generales hasta el último. Da la impresión de que a él no le gustaba que los generales que estuvieron el 11 de septiembre tuviesen la confianza suficiente como para decirle lo que realmente estaba ocurriendo. Eso a veces le molestaba. Parece que para el general Pinochet era preferible que sólo le dijeran cosas agradables, y eso es un error. Yo pienso que es preferible que a uno le muestren la fotografía de lo que está ocurriendo y no algo distorsionado.

– ¿Sentiría que los generales del 11 de Septiembre sabían mucho de él y de las contingencias de ese día y los días anteriores?

– Los generales que estaban al comienzo en el año 1973, el 11 de septiembre, tenían la facultad y la amistad suficiente como para decirle realmente lo que estaba ocurriendo, porque yo considero un sentido de lealtad expresarle al amigo lo que realmente está ocurriendo y no engañarlo, no halagarlo con mentiras y falsedades. Creo que Pinochet comprendió demasiado tarde esta situación.

– ¿A qué atribuye usted que no haya sido capaz de darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor?

– Para mí ha habido tal vez dos o tres círculos estrechos alrededor del presidente. Había un círculo de ayudantes, de edecanes que ha estado muy estrechamente alrededor de él, y ha sido ese círculo estrecho el que no le ha dejado llegar ciertas informaciones que son reales, aunque posiblemente molestas para el presidente. Había otro círculo mayor de políticos, yo diría de aduladores, gente que disfruta de las ubicaciones preeminentes en que se colocan. Hay otros que están disfrutando de bienestar económico, otros de prebendas, otros de puestos bien ubicados, tanto en Chile como en el extranjero. A ese círculo tampoco le convenía darle las informaciones reales. Yo creo que en ese sentido no sé hasta dónde puede llegar la habilidad de un presidente para darse cuenta en lo que está metido. De la falsedad de estos círculos.

– Se dice que el levantamiento en el Ejército lo lideraban Bonilla6 y Arellano7 , y que Pinochet se habría subido al carro al final, presionado por Leigh8 y Merino9 .

– Ha habido varios comentarios porque los generales pensaban que Pinochet, al haber sido recientemente designado como comandante en jefe por el presidente Allende10, no iba a estar imbuido de todos los problemas que había como para que solicitara un cambio drástico de la actitud presidencial... Se pensaba eso. Es posible que el almirante Merino y el general Leigh hayan influido en el general Pinochet para que se sumara, porque otra cosa significaba ir a la guerra civil y una revolución entre las Fuerzas Armadas habría terminado, como lo había manifestado en alguna oportunidad el general Prats11, con más de un millón de muertos.

– Usted fue uno de los generales del 11 de septiembre; de los que ya, en esa fecha, tenían ese alto grado. Por lo tanto, conocía personalmente a Salvador Allende. ¿Qué opinión tiene de él?

– Lo conocí personalmente durante una visita que hizo a la zona norte del país donde yo estaba de comandante de la I División en Antofagasta. Tuve varias ocasiones de estar con él tanto en esa ciudad como en Copiapó; era una persona muy agradable para conversar, muy simpático... Creo que el presidente Allende estaba también bien inspirado.

– ¿A su juicio, por qué fue derrocado?

– Fue presionado por sus propios partidarios o probablemente por los elementos más exaltados de su partido. Esto hizo que no pudiera desarrollar su plan, porque las intenciones de él, manifestadas en muchas ocasiones, eran favorables para el país, pero no las pudo ejecutar. Esto llevó, en el transcurso de su gobierno, a una situación de inestabilidad, a una situación de caos económico. En fin, nosotros, los militares, pudimos ver la escasez de víveres para la población, de repuestos, etcétera. Yo fui trasladado a Santiago posteriormente, en 1972, y fui designado comandante en jefe de Infraestructura del Ejército, de manera que tenía a cargo todas las propiedades y las construcciones del Ejército, desde Arica a Punta Arenas, y pude comprobar en numerosos casos la falta de elementos de construcción como fierro, etcétera. ¡Fíjese usted que tuve que solicitarle fierro al Metro para terminar el ala norte del Hospital Militar! También muchas huelgas afectaron a la industria nacional. Esto se fue agudizando poco a poco hasta colocar al país en una situación, yo diría de escasos recursos, tanto en las fuentes de divisas como en los abastecimientos internos. Muchas huelgas en las fábricas, en las industrias, incluso en el campo; muchas tomas, mucho temor de la gente de hacer producir a la agricultura. Daba la impresión de que los elementos que secundaban al presidente, para aparecer como muy eficientes, tomaban posesión de aquellos predios que estaban perfectamente bien trabajados. Todas estas inquietudes fueron haciendo que la gente considerara a las Fuerzas Armadas como un elemento que podía tratar de solucionarle sus problemas. Fue así como se reunieron los altos mandos de las Fuerzas Armadas, que yo también integraba como general, y se estudió esta situación a fondo.

– ¿Cómo se llegó a pensar en el derrocamiento?

– En el Ejército, primero se estudiaron los problemas que había que tratar de hacerle presente al presidente de la República para que adoptara alguna decisión. Había mucha resistencia a la ENU, la Escuela Nacional Unificada12. No todo el mundo estaba de acuerdo con eso, entonces, a través del general Prats, se hicieron llegar al presidente de la República las inquietudes del Alto Mando del Ejército.

– ¿Cómo reaccionó Allende?

– El presidente manifestó que daría solución a estas inquietudes, Sin embargo, pasaron los días y no se tomó ninguna resolución al respecto. En vista de esto se hizo una reunión ya en conjunto con los altos mandos de la Fuerza Aérea y de la Armada, generales y almirantes, y los generales del Ejército, en que se estudió de nuevo el problema con mayor amplitud, con mayores conocimientos y se elaboró de nuevo una presentación al presidente de la República.

– ¿Quién se encargó de hablar con Allende?

– El general Bonilla fue el encargado de llevar esto al presidente de la República para que adoptara alguna resolución, porque nosotros veíamos lo que estaba ocurriendo: una explosión masiva de la población por la angustia de la falta de víveres y otros atropellos que iban a traer por consecuencia una guerra civil o una situación caótica. Nosotros no queríamos que eso ocurriera. Se le hizo ver esto al presidente de la República y prometió que daría una solución a la brevedad. No pasó nada, lo que nos dio la impresión de que había ciertos elementos en el gobierno que, además de no apoyar al presidente de la República, pretendían introducir una inquietud en las propias Fuerzas Armadas, una cuña, yo diría, de deslealtad de los mandos subalternos. Estábamos presionados fuertemente por el pueblo, ya que nos tildaban de cobardes y nos acusaban de que no éramos capaces de defender sus angustias.

– ¿Realmente los militares se vieron como defensores de las angustias del pueblo?

– A mí no se me olvida que todos los días al salir de mi casa encontraba un puñado de maíz en la puerta, y eso le ocurría también a otros generales y almirantes. Nos decían gallinas, que no éramos capaces de hacerle presente al presidente de la República lo que estaba ocurriendo o lo qué iba a pasar en el futuro. Esto finalmente impulsó a las Fuerzas Armadas, indudablemente presionadas por el pueblo en una situación angustiante, a adoptar una resolución ya definitiva.

– ¿La situación de angustia, a su juicio, era sólo culpa del gobierno de Allende?

– No. Nosotros estábamos conscientes de que también tenía mucha responsabilidad aquella gente que tenía amplios recursos, por ejemplo, muchos dueños de haciendas, de fundos, de industrias, que mantenían a sus peones y a sus trabajadores en forma miserable. Nosotros, como militares, estábamos en total desacuerdo y también los culpábamos a ellos como responsables absolutos de lo que podía ocurrir. También lo analizamos, no éramos elementos absolutamente cerrados que viéramos solamente un lado. No, les decíamos, ustedes son responsables de lo que va a ocurrir en el futuro. No se preocupan de la habitación, no se preocupan de la educación, ni de la salud de esta gente, les pagan sueldos miserables. Ellos también son responsables fundamentales de lo que ocurrió en ese período. No solamente la influencia extranjera. Porque aquí vino ideología extranjera, como usted sabrá. Veíamos cómo llegaban, por ejemplo, rumanos, o de otras naciones, a introducir ideologías que no estaban de acuerdo con la ideología de nuestro pueblo. Sucedieron cosas muy ridículas. Recuerdo unas expropiaciones en el Valle de Elqui, una casa antigua, con palmeras antiquísimas. La CORA13, al tomar posesión de estas propiedades, dejó a un individuo, administrador de un fundo allí, con la casa patronal; llegó el jefe de la CORA de La Serena a pasar revista y encontró que el tipo había cortado todas las palmeras, y le preguntó: ¿Usted ordenó el corte de las palmeras que estaban tan bonitas aquí? Sí, yo ordené. ¿Y por qué las cortó? Es que tenían aires patronales, pues. El tipo había cortado las palmeras porque representaban a los patrones antiguos. Ridículo, se daban esas cosas ridículas. No podía ser.

– ¿Qué sintió usted cuando el gobierno militar, de una manera u otra, empezó a sostenerse en la derecha... a asociarse justamente con esa gente que usted criticaba porque no cooperaba lo suficiente con sus empleados?

– No hemos percibido que el gobierno haya gobernado con la derecha, que se haya apoyado en la derecha. Eso para nosotros no está muy claro... Vamos a hacer un gobierno limpio, dijimos; no vamos a permitir el enriquecimiento de determinadas personas a costa del gobierno o a costa de los demás. No vamos a permitir la podredumbre. No. Hagamos un gobierno absolutamente limpio. Nosotros estábamos convencidos de eso, de que no debían cometerse injusticias y de que no debíamos aceptar las injusticias. Teníamos que considerar al chileno como un todo, no podíamos separar a los chilenos. Yo no voy a castigar a un chileno porque piense distinto; sí voy a tomar medidas contra ese chileno si empieza a hacerle daño al país. Entonces voy a tomar medidas propiamente. Pero si solamente piensa distinto yo no voy a tomar medidas. Yo puedo ser cristiano, el otro mahometano o judío o lo que sea. No voy a tomar medidas por eso.

– ¿Y por qué resultó todo tan distinto? Finalmente se apoyaron en los ricos, se cometieron muchas injusticias y se separó aún más a los chilenos...

– ¿Podríamos pensar que el gobierno estaba apoyándose en los elementos ricos, en la derecha, para sacar el país adelante sólo porque trabajamos con el grupo de técnicos más capaces? ¿Podríamos pensar también que porque le pedíamos fondos al Banco Mundial o al Fondo Monetario Internacional o al BID tendríamos que considerarnos con elementos de apoyo de derecha? No, no, indudablemente que no. Nosotros necesitábamos los recursos y necesitábamos la experiencia. Buscamos a quienes tenían ambas cosas. Fueran de cualquier clase, de cualquier ideología.

– Volvamos a su participación el 11 de septiembre. ¿Cómo se enteró usted de que iba el levantamiento?

– Yo estaba en Santiago y el día del pronunciamiento, en la mañana muy temprano, me pasó a buscar un general para manifestarme que nos encontráramos en el Ministerio de Defensa Nacional a las siete de la mañana. Concurrí a esa hora al Ministerio de Defensa Nacional y me encontré con que se había dispuesto que yo permaneciera en la oficina del comandante en jefe del Ejército. Ahí supe todo.

– ¿Qué lugar ocupaba usted en el generalato?

– Yo ocupaba la cuarta antigüedad. Primero estaba Pinochet como comandante en jefe del Ejército; después venía el general Orlando Urbina, que había sido mandado a Temuco en comisión de servicios; a continuación, estaba el general Manuel Torres de la Cruz, que era comandante de la Quinta División en Punta Arenas...

– Por lo tanto, el general que venía inmediatamente después de Pinochet en Santiago era usted.

– Sí.

– ¿Y sólo en ese momento recibió órdenes? ¿Desconfiaban de usted?

– No, me ordenaron que me quedara en Santiago, en la oficina del comandante en jefe del Ejército, esperando alguna resolución. Resulta que el comandante en jefe entonces se encontraba arriba en Peñalolén, y yo quedaba a su disposición para cualquier coordinación.

– A usted le tocó negociar con Allende...

– Estaba allí cuando llamó el presidente Allende a la Comandancia en jefe del Ejército y, por supuesto, como me conocía, habló conmigo; me manifestó su deseo de tener una reunión con los comandantes en jefe. Eso debe haber sido alrededor de las nueve y media, diez de la mañana. Yo llamé al general Pinochet y él estimó que era absolutamente imposible, y así se lo comuniqué yo al presidente. Le hice ver a Allende en aquella oportunidad que lo que pedían los comandantes en jefe, por lo que yo había escuchado allí, era que debía abdicar, abandonar su cargo a fin de evitar un ataque sobre La Moneda. El presidente ordenó salir a los edecanes, alrededor de las diez y cuarto de la mañana, una cosa así. El último en salir fue Sergio Badiola 14, coronel Badiola en ese tiempo... El coronel Badiola, que había sido mi secretario cuando fui agregado militar en Washington y que después, cuando fui comandante de la I División, por rara coincidencia, también fue destinado a Antofagasta. Desde Antofagasta fue designado edecán del presidente Allende. Él fue el último de los edecanes que salió de La Moneda. Yo lo estaba mirando desde el quinto piso, desde la ventana de la oficina del comandante en jefe; cuando llegó le dije: Badiola, como secretario de nuevo aquí.

En ese momento me llamó de nuevo el presidente, cerca de las once de la mañana, y me pidió una tregua. ¿Para qué? Para hacer salir a las mujeres, dijo, porque hay muchas mujeres en La Moneda. Me expresó que los hombres no iban a salir. Presidente , por favor, yo le ruego que deponga su actitud porque esto va a significar una mortandad dentro de La Moneda, le dije. El presidente respondió: mire, hagan lo que quieran. Yo no sé cuál fue la intencionalidad del presidente de permanecer en el palacio... A las once y media, aproximadamente, o más tarde, se inició el ataque contra La Moneda.

– ¿No fue como mucho bombardear La Moneda?

– Efectivamente los aviones disparaban, pero no disparaban proyectiles bombas, disparaban rockets que eran más de efecto explosivo, de ruido, aunque producen daño también, y se comenzó a producir un incendio en el lado del Ministerio del Interior, que era al norte de La Moneda. Esto se pudo producir también desde el lado sur, pero en definitiva parece que se inició como una especie de incendio en el lado norte, donde estaba el Ministerio del Interior. Yo temía que se produjeran daños irreparables con la destrucción de archivos importantes, sobre todo en el Ministerio de Relaciones Exteriores, y dispuse que se preparara el Cuerpo de Bomberos con el objeto de apagar de inmediato cualquier incendio que se produjera.

– ¿No pensaron en negociar antes de mandar los aviones?

– Ellos mandaron una delegación encabezada por el ministro de Hacienda, Fernando Flores15; por Daniel Vergara16, que era el subsecretario del Interior, y por Osvaldo Puccio17, que era el secretario privado del presidente, hijo del general Puccio a quien yo había conocido desde muy joven, porque cuando él fue director de deportes del Estado, el año 1952, yo fui su subdirector. Así que conocía mucho al general Puccio y naturalmente a Osvaldo. En esta reunión que hubo allí, el almirante Carvajal18 manifestó que era imposible tener una reunión con los comandantes en jefe y le indicó los puntos, los mismos, más o menos, que yo había conversado con Allende: que se le garantizaba la salida, la integridad física de él, de sus familiares y que se le ponían medios a disposición; que indicara, no más, dónde quería ir. El almirante Carvajal dispuso que solamente debía regresar uno de los tres enviados y ése debía ser el secretario privado. Me pidió a mí que le dictara a Osvaldo Puccio los puntos correspondientes en un memorándum para que se los llevara al presidente. Me trasladé a la oficina del subjefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional, el general Díaz Estrada19, de la Fuerza Aérea, y le comencé a dictar los diferentes puntos. Me encontraba en esto cuando sentí un murmullo, un ruido, algo raro estaba ocurriendo afuera de la sala. Salí a ver lo que ocurría y me manifestaron que el presidente se había suicidado. Así que volví a la oficina donde estaba Osvaldo Puccio y le manifesté que quedaba sin efecto lo que estaba anotando, de manera que debía reintegrarse con las otras dos personas y que quedaba a disposición de las Fuerzas Armadas.

– ¿En ningún momento dudó de lo que estaba haciendo?

– ¿Qué tipo de dudas?

– Dudas internas... Esto de derrocar al gobierno, de bombardear La Moneda...

– No. Había una convicción de que se estaba evitando un mal mayor.

– ¿Por qué le pidieron a usted que se hiciera cargo de Investigaciones?

– Al día siguiente hubo una reunión en la mañana en la propia oficina del almirante Carvajal, cuando bajó el general Pinochet de Peñalolén. Allí manifestó que había una situación un poco incierta en la Dirección General de Investigaciones. Había antecedentes de que se había estado disparando contra los aviones desde los techos del Cuartel General. Por lo tanto, había que designar a alguien que se hiciera cargo. Según la sugerencia de algunos generales, por el hecho de que yo había estado trabajando anteriormente en Inteligencia militar, que nada tiene que ver con Investigaciones, pero lo relacionaron, el general Pinochet me pidió que me hiciera cargo.

– ¿Usted puso alguna condición para hacerse cargo?