Palabra quieta - Elizabeth Escayola - E-Book

Palabra quieta E-Book

Elizabeth Escayola

0,0

Beschreibung

Palabra quieta narra escenas concretas protagonizadas por niños. La mayoría de los relatos son sobre niños autistas y no son casos clínicos, sino que tratan de captar el más allá de lo que se ve a simple vista. La autora, psicoanalista y escritora, ha querido transmitir cómo se puede observar a un niño sin caer en enfoques convencionales y clasificatorios. Observar lo que hace un niño puede llevar a cualquiera a descubrir un mundo, una manera de relacionarse con lo que le rodea, aunque este algo sea un objeto sin interés para el que está con él. De hecho, estar al lado de un niño implica un esfuerzo de poesía, un intento de leer entre líneas, de ir más allá de lo que juzgamos que el niño, por la edad que tiene, supuestamente tendría que hacer. Todos los niños, pero especialmente los niños autistas, requieren que se les considere como seres singulares, con su propia manera de estar en el mundo. La autora comenta los relatos desde una perspectiva psicoanalítica y con un tono accesible que abre el libro a un público general, para que todos podamos comprender cómo acompañar a un niño autista y podamos aprender todo lo que él nos puede enseñar.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 386

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Palabra quieta

Elizabeth Escayola

PALABRA QUIETA

Autismo: poética del fragmento

© Elizabeth Escayola Freixa

© Del prólogo: Éric Laurent

© Del epílogo: Lolita Bosch

© Imagen de cubierta: Regina Saura

Corrección: Marta Beltrán Bahón

Derechos reservados para todas las ediciones en castellano

© Ned ediciones, 2024

Primera edición: noviembre, 2024

Preimpresión: Moelmo SCP

www.moelmo.com

eISBN: 978-84-19407-50-4

La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.

Ned Ediciones

www.nedediciones.com

A Bobby

Índice

Primera parte

Prólogo. La letra-fragmento y la palabra silenciosa

Prefacio. Desde mí

Escena 1

Escena 2

Escena 3

Escena 4

Escena 5

Escena 6

Escena 7

Escena 8

Escena 9

Escena 10

Escena 11

Escena 12

Escena 13

Escena 14

Escena 15

Escena 16

Escena 17

Escena 18

Escena 19

Escena 20

Escena 21

Escena 22

Escena 23

Escena 24

Escena 25

Escena 26

Escena 27

Escena 28

Escena 29

Escena 30

Escena 31

Escena 32

Escena 33

Escena 34

Escena 35

Escena 36

Escena 37

Escena 38

Escena 39

Escena 40

Escena 41

Escena 42

Escena 43

Escena 44

Escena 45

Relatos

Relato 1

Relato 2

Relato 3

Relato 4

Relato 5

Relato 6

Relato 7

Relato 8

Relato 9

Relato 10

Epílogo. Elizabeth y las personas

Segunda parte

Introducción y marco teórico

Dimensiones fundamentales de la condición humana

Proceso subjetivo

¿Vacío?

Rechazo al vacío. Rechazo al Otro

Cómo se organiza la realidad. El lenguaje y el ser humano

Ser hablante y cuerpo

Estructura del lenguaje humano

El otro/El Otro

El Otro del lenguaje. El Otro de la palabra

Decir palabras

Palabra y sentido

El uso de la lengua para hablar, no solo para decir palabras

La lengua

Ese no todo de la palabra y el deslizamiento

El lazo con el Otro-otro, el lazo social

La voz. Y la voz en el autismo

«Lalengua»

El uso de la «lalengua» en el sujeto autista

Iteración

Lenguaje cifrado: código

Palabras quietas

Diferencia entre lengua verbosa, lengua privada y lengua factual

El ser humano: el lenguaje y el cuerpo

Orificio versus agujero

Diferencia entre ver y mirar

Organismo versus cuerpo

A falta de cuerpo, neoborde

Identificación a la propia imagen en el espejo

Identificación imaginaria

Identificación simbólica a la imagen en el espejo

Cuerpo y lenguaje

Diferencia entre necesidad y pulsión

El goce

¿Qué relación tienen los sujetos autistas con el goce?

¿Qué relación tienen con el goce los sujetos que sí han aceptado al Otro?

La pulsión

Ahora sí: lo que es la pulsión

Elementos de una pulsión

Libido y pulsión de muerte, dos caras de una misma pulsión

Deseo y pulsión

El psicoanálisis aplicado al tratamiento del autismo

Preliminares

Un ejemplo, un recorrido largo

Consideraciones generales

Desarrollo de las principales bases para el tratamiento

La posición del niño con relación al Otro (al lenguaje, a los otros y a lo que le rodea)

Posición del adulto en el encuentro con el niño: un guía que le siga

Comunicación versus diálogo. Y el uso de las palabra

Algunos ejemplos de la literalidad de la palabra

Uso del leguaje alternativo y aumentativo. ¿Adiestrar u ofrecer?

El neoborde y sus soportes autísticos

El neoborde

Objeto autístico

El doble

Campo específico de interés

Palabras cantadas, palabras escritas

Agradecimientos

Bibliografía

Primera parte

Prólogo La letra-fragmento y la palabra silenciosa

Al abrir este libro, el lector tiene la sensación de sumergirse en un mundo singular, poco habitual en las obras sobre testimonios de terapia. Sin duda, la terapeuta —porque también es escritora— tiene un agudo sentido del silencio y del mundo que en él se instala.

Este libro es un testimonio de la forma en que la analista acoge la variedad de los sujetos autistas y sus objetos, en una notable diversidad. En efecto, nuestra orientación parte del hecho de que los sujetos autistas tienen una particularidad. En general, tienen un objeto predilecto, elegido, que no sueltan y que los acompaña. Este objeto, llamado autístico, es muy peculiar y no tiene el mismo estatus en otros campos de la subjetividad. Se puede considerar que la elección-predilección por este objeto obedece a un problema de conducta y, por consiguiente, haya que tratar de separarlo del niño. Por el contrario, nosotros decimos que hay que reconocer ese objeto y partir de él. Y así, a partir de ese reconocimiento, ofrecer al mundo del niño mayor amplitud y complejidad.

Desde este enfoque, el tratamiento del sujeto autista pone el acento no en una dirección-repetición para todos, sino en una dirección de la cura «a medida». El libro de Martin Egge (2008) ofrece una referencia ejemplar de este tratamiento «a medida» y de su gran diversidad. En este sentido, esta orientación implica acompañar a los niños autistas por los atajos que ellos deciden transitar para acceder a los aprendizajes. Esta orientación es compatible con una serie de enfoques mixtos, no necesariamente de orientación psicoanalítica (como el método Tres I, por ejemplo), que plantean alejarse de prácticas rígidas para tener en cuenta estas particularidades del niño. Y es que los resultados del aprendizaje rígido intensivo se mantienen mal, más allá del marco artificial del aprendizaje.

Así mismo, al tener en cuenta la relación especial que el niño autista tiene con su objeto predilecto, nos acercamos también al problema que se planteó especialmente en Canadá, por su particular multiculturalismo, y que llevó a respetar el modo de vida autístico como tal, sin tratar de normalizarlo.

A partir del funcionamiento autístico de cada niño autista se consigue ampliar su mundo, permitiéndole que sea compatible con el mundo de las personas que obedecen a la «normalidad tipo».

En Italia, Francia y Bélgica, entre otros países, hay un diálogo permanente para tratar de trabajar en contextos diferentes. Las recomendaciones de buenas prácticas de la agencia belga (las últimas en haber sido publicadas después de la Haute Autorité de santé [HAS], junto a las del National Institute for Health and Care Excellence [NICE] británico, etc.) sostienen que, en el fondo, el mejor tratamiento es «una interacción social para una intervención psicosocial, que apele al juego interactivo, con la implicación de padres, cuidadores, profesores y pares, que logre aumentar el nivel de atención conjunta de compromiso y de reciprocidad en cada niño». Es uno de los retos de la situación actual. La agrupación plural del autismo, que en Francia ha tomado forma a través de varias asociaciones, como La main à l’oreille entre otras, permite inscribir los tratamientos de la orientación del RI3 (Reglamento Interno de la Red de Investigación en Intervención en Infancia y Adolescencia) con otro tipo de tratamientos que no tienen las mismas bases. Christine Gintz, ahora secretaria general de la agrupación de asociaciones de personas afectadas por autismo, destaca la utilidad de un enfoque plural, que integre las orientaciones de aprendizaje estricto, etc., y los enfoques de interacción y juego. El libro de Martin Egge es una obra para tener en cuenta porque muestra que las cosas pueden hacerse de otra forma.

En los casos que muestra Elizabeth Escayola, vemos cómo se reanuda esa multiplicidad. Son maneras de constituir el borde, de multiplicar la particularidad de un interés a partir de un punto de unicidad. Esta tensión del movimiento unicidad/multiplicidad nos permite agrandar la relación del sujeto autista con su mundo. La autora posee un talento poético que le permite hacernos escuchar lo que resuena en un mundo que, con todo, nos resulta extranjero dentro de su coherencia.

A continuación, he seleccionado fragmentos de algunas de las escenas que aparecen en la primera parte de este libro y les he agregado un título suplementario, con el objetivo de subrayar algunos aspectos de esas escenas que me han parecido importantes y con tal de establecer una suerte de diálogo entre los títulos que les había dado Elizabeth (en primera posición y en redonda) y los míos (en segunda posición y en cursiva):

Escena 4, La luz bebé (Arlet) — Cómo vivir fuera del espejo

Ha habido momentos en que la sorpresa de lo que he descubierto ha sido tanta que he llorado. Las lágrimas han venido a mis ojos en señal de alegría. Cuando me debatía y estaba a punto de ceder y de decirme que no sabía, porque no lograba estar con una niña que vivía el mundo como un espejo, se me planteó como única alternativa supervisar. Me dije abatida: «yo no puedo entrar en el espejo». Entonces, me fijé en el espejo que había en la sala y se me ocurrió darle la vuelta. Lo que vi a continuación fue un verdadero descubrimiento. No del todo feliz, pero sí esperanzador. Vi que la luz de los ojos de la niña se había apagado por completo. La niña sonriente y de mirada viva parecía una muñeca inerte. ¿Cómo iba a entrar en el espejo si ya estaba dentro de él? Si yo era también un espejo para ella. Un doble. Lo único que podía hacer era partir de esa evidencia. Y salir. Para entrar más adelante. Para brindar a esa niña la oportunidad de que viera que ella no era un espejismo ni yo tampoco. Que no éramos solo en la medida de ser dobladas, repetidas en la imagen del espejo, sino cada una por cuenta propia.

Escena 6, Joel y los animales (Joel) — Hablar con los animales antes de hablar

Cuando lo conocí apenas miraba a nadie ni a nada, y no decía ni una palabra. Luego habló como los animales. Todos los niños lo hacen. Pero no como él. El cacareo de la gallina, el relincho del caballo, el rugido del león, el balido de la vaca y el gorjeo de la paloma eran tan iguales que parecía que estuvieran allí con nosotros. Todos los niños lo hacen, pero no como él. Porque esas voces de animales eran las únicas que emitía. Las únicas que recogió del zoo cuando su madre lo llevaba y se las hacía repetir. Como voz del encuentro conmigo eligió la voz de la gallina. Con su cacareo monovocálico y uniforme, se me acercaba y se atrevía a mirarme. Con esa voz que eligió para llegar a mí, puede iniciar un diálogo.

[...] Esas fueron sus primeras palabras. A partir de entonces jugó con los animales de plástico. Un día, trató de meterlos a todos, a todos juntos, en una casita. Como no le cabían, fue presa de un enfado rabioso y corto.

[...] Rastrea los animales por países. «El tapir —me dice— vive en Argentina». También vive allí su padre, al que no ve desde hace tres años. «Suricata», me dijo un día al llegar. Y es que, en esa época, él se había adentrado en el mundo de los escondites. En el de taparse y esperar a que lo encuentren; en el buscar lo que no se ve; en descubrir lugares cada vez más difíciles, y en el comprobar que, lo que no se ve, se puede buscar. Y es que la imagen ya permanencia en él. Como la del suricata, un animal que se esconde y se pasa la vida construyendo galerías para lograrlo.

Escena 20, No soltar el objeto (Andrés 3) — No poder soltar un objeto

Unos días más tarde, Andrés correteaba de un lado al otro de la habitación, sin nada en las manos. Pasaba una y otra vez por el lado del espejo hasta que se detuvo frente a él. Entonces, al verse allí solo sin su coche y sin mi compañía, se le apagó la cara y se derrumbó. Cayó al suelo sin consistencia alguna.

Le llevó un tiempo atreverse a sostener su mirada frente a esa ventana que dobla la imagen. Aún necesitaba estar a mi lado, o acompañarse de algún juguete en la mano.

Hasta que pudo.

Escena 24, Su primera palabra (Octavi) — El fragmento y el no sentido. La primera cadena

Hace poco que balbucea y ahora ya lanza una vocal al viento. Es una «a» larga, sin compás ni ruptura, continua, que emite mientras me lanza un camión y espera a que vuelva.

Un día, atento al vaivén de ese coche grande, cortó esa «a» larga en dos y la convirtió en otra cosa.

Ya no era «aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa».

Fue «a-a».

Una palabra aún única, sin compañía ni rival. Hasta que se animó a oponerle otra. Y emitió una «e».

Y así, oscilaba entre el

«a-a»

y el

«a-e»

Ahora jugamos con dos anillos.

Escena 25, No quiero (Pablo) — Lo patético de lo perdido

Y ahora ya no puede dibujar. Eso me dice con la rotura en el alma y la voz quebrada: «El dibujo ha muerto: ellos lo mataron».

Escena 25, No quiero (Pablo) — La voz y la muerte

«Esas voces me dicen que mate. Que eche a cualquiera a la vía. Y no quiero».

Escena 28, ¿Sufren los panes? (Alejandro) — Anestesia los panes. La poética del sufrimiento

Al verme se detiene y muy convencido me dice:

—Estoy anestesiando a los panes.

—¿Anestesiando? —le pregunto.

—Sí —añade convencido—. Los anestesio antes de que sean abiertos, para que no sufran.

Y es que a esos panes alargados como peces se les abre en vivo.

Escena 29, Relato de una excursión (Pipo) — Un mundo del detalle, del punto, un mundo discontinuo

—¿Vas de viaje?

—Sí.

—¿A dónde?

—A la arena blanca.

—¿A la playa?

—No, a la arena sola.

[...]

—Hola —le hace decir al taxista imaginario. Hasta la arena blanca —le indica.

Ahora Pipo se dirige a mí y dice:

—Ahora el Pipo está sentado en la arena.

—¿Dónde? —pregunto.

—En el punto rojo.

Con dos imágenes en su mente, una al lado de la otra, tan iguales como fotos. Una: la del mapa que le enseñó su madre, donde una línea trazaba el camino hasta el punto rojo. Dos: la de la inmensa llanura tapizada de nieve. Me explicó Pipo a dónde fue, a dónde había ido según su recuerdo del mapa y el de su estar en medio de la nieve.

Escena 31, El dolor que pasa de mano en mano (Ivo, Carlos, Javi y Mini) — El talento para hacer aparecer el hecho real. El transitivismo y el doble

—¿Qué te pasa, Javi? —pregunto.

—Han pegado a Ivo —me dice. Y sin dejar pasar un instante, me pregunta:

—¿Tienes daño en el labio?

—No, no tengo daño en el labio: lo tengo despintado —le aclaro.

—Ah —suspira y mira otra vez a Ivo.

Javi observa a quien han dañado. Y vuelve a llorar. Llora como si las lágrimas fueran fruto de un contagio. Es un llanto triste el suyo, que no violento. Es un lloro por ver el dolor en la cara del otro. En la de Ivo, que es su doble.

En este arte del fragmento, hay que dejarse llevar de la mano, como los niños que Elizabeth Escayola ha sabido llevar. Ella logra hacernos sentir cómo ha logrado ampliar el mundo particular de cada niño. A través de esta lectura, experimentamos que la apertura de estos sujetos al mundo del aprendizaje se encuentra en las antípodas del adiestramiento, a pesar del apoyo en la repetición y el «dulce forzamiento»1 que puede operar. Cada fragmento ha sido concebido de manera autónoma, self-contained, como un cuento, como un anillo. Experiméntenlo, abran el libro y comprueben cómo los textos les llevan de uno a otro, y se encuentran haciendo una cadena de esas palabras silenciosas que hallan un camino para ser expresadas.

Éric Laurent

Psicoanalista y expresidente de la Asociación Mundial de Psiconálisis

1. Según la expresión de Antonio Di Ciaccia, fundador de Antena 110, institución concertada que, desde hace cuarenta años, acoge a niños que padecen trastornos del espectro autista o trastornos graves de personalidad.

Prefacio Desde mí

Silencio. Silencio de palabras, silencio de miradas. ¿Ausencia? No.

Veo a un niño. Un niño que no me mira, que se aleja, que se tapa los oídos si, por aquel azar, hablo. No sé qué hacer. No hay nada escrito. Ninguna orientación que me guíe exactamente. Nada preciso, ningún programa.

Y en cambio sí sé que debo dejar en la retaguardia mi saber, allí, detrás, en la sombra, porque tampoco ese saber funciona como un dictado. Y eso es fundamental para estar con otro. Para poder estar al lado de quien no quiere nada de mí ni, quizás, estar conmigo.

Y me es difícil. Por eso, a veces, caigo en la tentación y me debato, me pregunto si no estaré haciendo perder el tiempo a los que en mí confían. Me quedaría más tranquila si le hiciera hacer algo, si le enseñara alguna cosa, si consiguiera que aprendiera de mí. Si lograra que dijera alguna palabra o al menos tuviera ganas de jugar. Pero nada de eso ocurre. No obstante, mientras pienso todo esto no lo observo. Soy yo la que no estoy con él. Ni me doy la oportunidad. Tan grande es el peso de un «tener que» o de un «deber», que me impiden el acceso a una relación con ese ser tan ajeno. Y es que en el mundo de las relaciones no hay ecuación ni fórmula que nos dicte. Así que, vacía de consignas, me arriesgo. Me expongo. Aquieto mi empuje a querer algo de él para observar qué hace. Qué quiere. Si lo que desea es alejarse, ¿por qué se lo voy a impedir? ¿No es mejor que tenga en cuenta ese rapto hacia lo más lejos de mí al que él tiene acceso, para acogerlo como su decisión? Pero entonces, si permito esa lejanía, sin más yo me encuentro yéndome, alejándome yo también al mundo de mis pensamientos, de mi agenda, del libro sobre la mesa. Y ¿es que es eso lo que hago con cualquiera cuando me ofrece su silencio?, ¿o cuando no viene, aunque le espere? ¿Me voy? ¿Abandono? No. Me pregunto. Pruebo. Invento. Pero no fuerzo.

Y lo que es del todo sorprendente es que, si me mantengo en ese estado de escucha y de mirada atenta, hacia él y hacia mí, algo en mí surge, algo a partir de lo que él hace. Y ya, de pronto, estoy con él. Y, aunque parezca extraño, él empieza a estar conmigo. Si él da tres golpecitos, ¿es que tengo que ponerme a pensar que querrá decir? Si un niño no está en el discurso, no hay intención de decir. ¿Qué sentido tiene entonces la interpretación? ¿No es mejor que pruebe a dar yo también golpecitos? A lo mejor contesta. Y, sí, aunque parezca mentira, contesta. Y ese intervalo es ya la semilla de una relación.

He aprendido tantas cosas de ellos que sería enorme el tiempo que necesitaría para transmitirlo. Pero sí puedo decir que el universo entero se va comprendiendo a medida que lo observamos sin prejuicios. Si un niño hace girar un anillo una y otra vez, ¿es una manía? ¿Manía de qué? ¿No puede ser que simplemente se haya quedado maravillado al ver que con un empujoncito el anillo se mueve solo y se para, de repente, sin causa aparente? Es la inercia y descubrieron hace tiempo en qué consistía esa ley. Pero primero, al principio de todo, los seres humanos observaron una y otra vez.

Ha habido momentos en que la sorpresa de lo que he descubierto ha sido tanta que he llorado. Las lágrimas han venido a mis ojos en señal de alegría. Cuando me debatía y estaba a punto de ceder y de decirme que no sabía, porque no lograba estar con una niña que vivía el mundo como un espejo, se me planteó como única alternativa supervisar. Me dije abatida: «yo no puedo entrar en el espejo». Entonces, me fijé en el espejo que había en la sala y se me ocurrió darle la vuelta. Lo que vi a continuación fue, como se ha visto más arriba, un verdadero descubrimiento. No del todo feliz, pero sí esperanzador. Vi que la luz de los ojos de la niña se había apagado por completo. La niña sonriente y de mirada viva parecía una muñeca inerte. Y es que ¿Cómo iba a entrar en el espejo si ya estaba dentro de él? Si yo era también un espejo para ella. Un doble. Lo único que podía hacer era partir de esa evidencia. Y salir. Para entrar más adelante. Para brindar a esa niña la oportunidad de que viera que ella no era un espejismo ni yo tampoco. Que no éramos sólo en la medida de ser dobladas, repetidas en la imagen del espejo, sino cada una por cuenta propia.

Y también he aprendido de su hablar, del hablar de esos niños. De la diferencia entre repetir palabras y hablar por decisión propia, a su manera, claro, pero teniendo la posibilidad de entenderlos, de que me entiendan. Y no solo para mostrar sus elecciones de lo que necesitan, sino también para usar las palabras en la construcción de su propia idea de la realidad, como hacemos todos.

Este libro relata flashes, fragmentos de la historia de muchos niños autistas, pero no solo de ellos, también hay de quienes no lo son. Ojalá pudiéramos aprehender que estar con los otros es estar dispuestos a arriesgarnos en todo nuestro ser. Y si hiciéramos eso con todos los niños... Y si lo hiciéramos también entre nosotros...

Escena 1

Las palabras quietas

(relato)2

A Wislawa Szymborska

¿Puedes imaginarte un mundo parecido al nuestro, con la misma atmósfera y un solo planeta alrededor? ¿Con el mismo color en el cielo y los mismos tonos en la tierra, donde seres iguales a nosotros utilizan como palabras solo nombres propios?

Imagina, cierra los ojos, y piensa que escribes, o que sueñas, o que quieres contar algo.

Escucha dentro de ti cómo sería si, a cada palabra, solo le correspondiera una sola imagen o una sola cosa.

Verás que entras en otro universo.

En el mundo de las fotos fijas y las palabras quietas.

Y ahí, no se interpretan.

No necesitan traducción

porque ellas mismas ya la llevan.

Son signos o iconos que, pegados a lo real, reales ellos mismos, funcionan como piedras.

Notarás que en ese universo no hay sitio para el chiste ni lugar para los juegos de palabras, como tampoco asientos para las metáforas. Y creerás que no es posible pensar como los poetas.

Pero si miras y escuchas, descubrirás que esos seres, que no juegan con las palabras como nosotros, saben jugar de otra manera.

Y, si observas con atención delicada, verás que la poesía puede escribirse con palos rozando el suelo y una mirada de soslayo entre golpe y golpe. Con un abrir y cerrar la luz y una voz que dice apaga y enciende. Y con movimientos de juguetes en el aire y una sonrisa en el centro.

Y también, y a menudo, con los nombres propios.

* * *

Escena 2

¿Más allá del ser que nos abraza?

(Ignasi)

Tiene dos años.

Tiene la cara oculta entre las piernas de su madre. Está de pie, inclinado en su regazo.

La madre lo acaricia,

el padre lo acaricia y él no lo ve porque está detrás,

como yo.

—¡Mira el coche! —dice el padre

—¡Mira el muñeco! —irrumpe la madre.

¿Qué hace el niño que antes estaba acurrucado en el regazo de su madre?

* * *

Escena 3

La voz también es un objeto

(Ricard)

En la sala corretea un niño con un yoyó en la mano.

La abuela va hacia él y le tiende un caballito. Acepta la ofrenda, deja caer el yoyó y juega.

Luego, la abuela le enseña un coche amarillo. Él suelta el caballito y toma el coche.

La abuela habla y él, listo para coger la voz, deja caer el coche amarillo.

* * *

Escena 4

La luz bebé

(Arlet)

Cuando responde, sus respuestas son raras.

Le pregunto: «¿Qué has hecho en el colegio?», y la niña responde: «El tiempo pasa».

No la entiendo. Espero.

Este silencio permuta las cosas.

Tiene un espejo redondo en las manos. Se lo he dado para jugar con la luz quieta de la lámpara. Acerca el espejo a la luz dorada, la lanza al cielo de la habitación y a las paredes blancas. Le digo que estamos jugando a la ratita, pero prefiere olvidarse del nombre. Elige mirar cómo se mueve la luz.

—Cógela —me dice mientras la desplaza por la habitación.

Alzo las manos hacia el techo y la persigo por las paredes.

—Tócala —insiste.

Pero no puedo, porque ella es muy rápida y me esquiva.

Apago la luz y, en la pared, no luce la luna. Ella me entrega el espejo para cambiar el turno. Le toca atrapar a la luz inquieta. Pero por más que estira los brazos no la alcanza. Espera a que descienda por la pared. La luz gira y gira mientras ella ondea los brazos como quien va tras los colores de una libélula. Sube y baja la mano, pero la luz se escabulle con astucia. Se encarama a la mesa y la alcanza.

Al bajar, me mira sonriente y me tiende las palmas para que le dé el espejo de dos caras.

—Ahora yo —dice.

Recoge la luz de la lámpara y envía sus rayos al techo. Allí arriba, concentrados, dibujan una media luna no del todo exacta. La niña, al verla allá lejos, habla:

—Es bebé allá yo.

—¿Bebé?

—Sí, es un bebé.

—¿Y cómo se llama?

—King Kong.

Da la vuelta al espejo y añade:

—Aquella es su madre.

Una madre difusa redonda y perfecta que no le entiende cuando habla.

* * *

Escena 5

Esquís

(Bernard)3

Hay ojos que miran desde tan adentro que no reflejan luz. Se diría que ella llega hasta allí y, cuando vuelve, él está otra vez solo.

Quiero acercarme y no me deja. Dos metros y medio nos separan porque la habitación es pequeña. Y él no puede alejarse más. Está en el rincón con nada en las manos.

Sin más protección que esa distancia, espero sin mirarlo, no sea que el brillo de mis ojos le cierre los suyos.

No me muevo.

Del otro lado de la habitación llegan ondas, movimientos, que se cuelan sin abrir la puerta.

Me pongo de pie. Le anuncio que voy a aproximarme. Doy un primer paso con unos esquís de juguete en la mano. Cuando llegue a su lado, hablaré con voz casi sorda, para que no se asuste.

Él se mantiene tan hierático como el ángulo que lo cobija; ni una ligera mueca en su cara me indica que debo detenerme. Avanzo con cautela. Ya estoy a su lado. Me agacho para quedar a su altura y no me rechaza. Le ofrezco el pequeño esquiador.

Sus brazos siguen inertes y apuntan al suelo. Abandono los esquís frente al sofá.

—Si quieres, puedes cogerlos.

El niño desliza los esquíes al bies muy cerca de sus pestañas negras. Así lo hacen los que bajan las montañas de nieve, dejando atrás los abetos oscuros. Luego ladea la cabeza y los esquís se deslizan a toda velocidad por delante de sus ojos. Cada pasar es más veloz. Lo que ve, solo él lo sabe. Yo lo único que veo es que ese juguete que cogí al azar es ahora para el niño lo más familiar y menos extraño. Y agradezco, en silencio, que la luz que reflejan sus ojos, cuando lo mira, ya no es negra.

Un día, trae unos tesoros escondidos que a pocos enseña. Me mira y el azul de sus pupilas se hace grande y humano. Muy despacio, acerca la mano a la solapa de su mochila. Tanto que a mí se me acelera el pulso. Temo que no me dé su confianza. Aprieto la lengua contra el paladar mientras observo sus movimientos tan lentos. La mochila ofrece su abertura por la que él hunde el brazo. Pero no llega a donde quiere y se para. Parece imposible llegar más hondo. Le aliento, se inclina un poco y su mano se hunde. Parece que ha cogido algo porque sube el brazo con mucho cuidado. Veo ahora el codo, luego el antebrazo y, entre sus dedos, colores. Entonces tiende su bracito en horizontal y una pelota preciosa de colores aparece ante mi horizonte como si se tratara de un amanecer con arcoíris.

Hubo un antes

Los esquís de plástico se han quedado al azar sobre la mesa. La madre de Bernard, al verlos, me cuenta que cuando su hijo era bebé y no podía conciliar el sueño, lo acostaba inclinado frente al televisor, no fuera que el reflujo le dificultara el dormir. A esa hora en la televisión emitían, día tras día, un personaje que esquiaba sin parar.

Y un después

Cuando el niño entra en la sala, encuentra los esquís sobre la mesa. Es lo único que tengo de su interés. Los coge, los mira y se aparta hacia un rincón donde los pasa de una mano a otra. Y allí se queda, con ellos, como si esos pedazos de plástico lila contuvieran el mundo entero.

Pero el mundo es más grande y él se atreve a tomar un poco más de ese afuera tan extraño.

Su interés se transforma cuando ve en el ordenador a Pingu. Cuando descubre que ese esquiador de plastilina se convierte en una bola de colores, empieza su gusto por las bolas, los balones y las pelotas.

Cometas como pelotas

Trae una cometa de cuatro colores. El alborozo al lanzarla es tan grande como contagioso.

Cuando, días más tarde, me pide que le dibuje una cometa, la pinto. Y descubro que en plano es como una pelota. La misma bola de colores de Pingu con el poder para permutarse.

Esa pelota, esa cometa, lo invitaron a mirar el cielo. A fijarse en todo lo que por allí volaba. Y entonces me di cuenta de que él podía enseñarme a ver las cosas de otra manera.

Cometas, aviones, pájaros

La cometa se trasformó en un avión con alas pintadas. Alas que le llevaron al mar y a los barcos de vela que navegaban. Y Bernard pedía que le dibujara aviones, pájaros y barcos con velas pintadas.

¿No parecen las velas alas abandonadas al viento, como las cometas?

Y ahora, ¿peces?

El mar le mostró los peces. Peces que buscaba por todos los lugares donde habita el agua. En los estanques, en los lagos, en las peceras. Y cuando el lugar era seco, el papel le servía de pantalla para que se los dibujaran. Al verlos, marcaba su silueta en el aire y los hacía volar.

Y es que en el pueblo donde vivía Pingu, allí en aquella aldea de hielo, cuando las bolas de colores permutaban en peces, volaban.

El mundo de Bernard es el mismo que el de Pingu. Por eso puede tomar todo lo que hay en él. Y a partir de ahí entrar en el nuestro.

* * *

Escena 6

Joel y los animales

(Joel 1)4

Cuando lo conocí, apenas miraba a nadie ni a nada y no decía ni una palabra. Luego habló como los animales. Todos los niños lo hacen, pero no como él.

El cacareo de la gallina, el relincho del caballo, el rugido del león, el balido de la vaca y el gorjeo de la paloma eran tan iguales que parecía que estuvieran allí con nosotros.

Todos los niños lo hacen, pero no como él. Porque esas voces de animales eran las únicas que emitía. Las únicas que recogió del zoo cuando su madre lo llevaba y se las hacía repetir.

Como voz del encuentro conmigo eligió la voz de la gallina. Con su cacareo monovocálico y uniforme, se me acercaba y se atrevía a mirarme.

Con esa voz que eligió para llegar a mí puede iniciar un diálogo.

—¿Gallina? Sí, te doy una gallina.

Y él la cogía y se iba contento al otro lado de la mesa.

—Muuu.

—¿Quieres una vaca ahora? Ten.

No mucho más tarde, después de emitir la voz de un animal, lo nombraba:

—Cua, cua, cua. Pato. —Y yo se lo daba—. Miau, miau, miau. Gato. —Y también le ofrecía uno—. Bee, beee. Cordero. —Y obtuvo un cordero.

Esas fueron sus primeras palabras.

A partir de entonces jugó con los animales de plástico.

Un día, trató de meterlos a todos, a todos juntos, en una casita. Como no le cabían, fue presa de un enfado rabioso y corto. Un enfado que no le impidió seguir apretándolos a todos para hacer sitio. Sin embargo, no conseguía que ninguno más pasara el umbral de la puerta. Entonces recurrió a las ventanas. Por ellas introdujo a los cinco que quedaban. Y a uno, que quedó en un rincón olvidado, lo embutió por el ojo de buey del desván. La mesa quedó vacía. Vacía de todos los animales porque ese todo no era más que uno. Un solo conjunto de animales. Un juguete. Acaso ¿podemos imaginar que una serie de vagones no hagan un solo tren?

Ausencia - conjunto incompleto

Del todo al dos

Una mala noticia: Gemma, su querida Gemma que nos acompañaba siempre, no vendría más.

Él observaba detenidamente la casita repleta de animales. Luego la vació por completo, fue al armario de juguetes y eligió dos palmeras sobre una única base. Volvió a la casita, abrió la puerta, metió a esa unidad de dos y cerró la puerta. Después incluyó una silla y una mesa.

Nunca más volvió a atiborrar la casita de animales ni de ningún otro conjunto de objetos, apretujados. Ni en la casita ni en ningún otro lugar. La ausencia había dejado espacio para agrandar su mundo y los árboles entraron en él.

Animales y árboles: zoos

Pone árboles y elefantes y jirafas y caballos y cabras y hace ríos para los peces. Verdaderos zoos que me explica. Busca y busca en internet árboles nuevos y animales. Así conocí yo al pez luna y al pez payaso.

Los sábados ya tiene a dónde ir para seguir buscando. Al zoo o al museo de la ciencia. Después pide que de uno en uno se los compren. Uno por viaje.

Los animales le abren el mundo y él habla a través de ellos

Rastrea los animales por países.

—El tapir —me dice— vive en Argentina.

También vive allí su padre, al que no ve desde hace tres años.

—Suricata —me dijo un día al llegar.

Y es que él, en esa época, había entrado en el mundo de los escondites. En el de taparse y esperar a que lo encuentren, en el buscar lo que no se ve. En descubrir lugares y lugares cada vez más difíciles. Y en el comprobar que, lo que no se ve, se puede buscar. Y es que la imagen ya permanecía en él. Como el del suricata, que es un animal que se esconde y se pasa la vida construyendo galerías para lograrlo.

* * *

Escena 7

Dale patatas fritas

(Max)5

Están a punto de irse. Max tiene una bolsa de patatas y ha empezado a comérselas. A su lado está su madre, frente a mí. Ella le coge de la mano y le dice:

—Dale patatas a la señora, ¡va! —Y añade tirando con brío—: ¡Va, invítale!

Como una mano de Max sigue en la de su madre, y la otra sostiene la bolsa, no puede coger ni una más. Pero no se rebela. Soporta un nuevo tironcito.

—¡Va, Max! Dale patatas fritas a la señora —insiste ella mientras consigue acercar la manita del niño a la mía.

Es ella quien me las da.

* * *

Escena 8

Miradas

(Rafa)6

Al conocerle, mirada ausente, vacía. Ojos en movimiento constante, sin que ni un objeto, ni un ruido ni una persona, ni tan solo una pared vacía los detuviera.

Sus ojos no miran. Pasan por delante de cualquiera nosotros e ignoran nuestra existencia. Qué astucia, qué soledad, qué dureza para él y para los que con él estamos.

Pero, realmente, ¿estamos? ¿Estamos para estar con él, sin querer ni pretender nada?

Tiempo.

Desde lo más lejos que una habitación permite, Rafa, de repente, me mira. Ojos abiertos y mirada directa, centrados en mí. Permanecen inmóviles como toda su cara. Son ojos aún mudos, pero es el primer silencio que me envía.

Me observa más de cerca. Más cerca y varias veces. Y ahora, sus ojos destilan brillo y su cara ya no está quieta. Tiene expresión y es receptiva. Me ve, porque se ha atrevido.

* * *

Escena 9

Fuera de código. Inocencia

(Alejo)

Charles Bon,7 un chico negro que vivía en el sur de los Estados Unidos, no entendió por qué, cuando el mayordomo negro le abrió la puerta principal de la mansión de los señores de piel blanca, no le dejó pasar. No comprendió cuál era el motivo por el que tenía que personarse por la de atrás.

Tampoco Alejo, de siete años, entiende por qué ha de ir solo al lavabo en lugar de, como hasta ahora, acompañado de sus padres; los tres cogidos del brazo y muy juntos avanzando por el pasillo hasta llegar al cuarto de baño.

* * *

Escena 10

La olla es la olla

(Luis)8

Siempre ocurre los sábados.

Luis se levanta de la cama, va a la cocina; quiere ver si la olla ya está sobre el mármol. Si aún no está allí, se agacha, abre las puertas del armario, coge la olla y se la da a su madre.

Permanece de pie. Ha de llegar su padre. Cuando lo ve, le acerca la cesta de las verduras y la sostiene frente a él en espera de su elección. Después observa atentamente cómo las prepara.

Ahora, mientras desayuna galletas, leche con cacao y zumo de naranja, centra su mirada en la olla grande, reluciente y llena de agua que descansa sobre el fuego. Ha de hervir para acoger al apio, las patatas, la col, las zanahorias... Cuando el agua burbujea, Luis se fija en cómo cada una de las piezas se hunde en el agua. Entonces abre la caja de galletas y toma una más, se levanta y va saliendo de la cocina mientras la mordisquea.

La madre está friendo un poco las albondiguillas de carne para añadirlas más tarde. La olla bulle; rezuma espuma y ella, apresurada, abandona la sartén y con una espumadera le quita al caldo la capa blanca de encima.

El niño vuelve a entrar para buscar más galletas. Mira la olla que ya está tapada.

Mientras el padre se ducha, la madre prepara la fiambrera porque van a salir al campo. Tardarán todavía más de una hora, el tiempo que necesita la olla para ofrecerles lo de todos los sábados.

Luis sigue en la cocina, frente a las fiambreras, el salchichón y el chorizo. La barra de pan está en la bolsa, excepto un currusco que él ya ha arrancado.

La olla, entonces, se pone a borbotear a carcajadas. La madre la acalla al bajar el fuego y la destapa un poco. Luis la destapa del todo para mirar dentro y aún puede ver cómo saltan las verduras mientras la carne revolotea un poco a la fuerza.

—Hay que salir de la cocina, Luis, ¡va!, que nos tenemos que ir.

Al caminar por el pasillo, la madre se detiene en seco.

—¡Uf! Se me olvidaban las patatas del aperitivo.

Y los dos, madre e hijo, en fila india, regresan a la cocina.

Al salir, Luis lleva el currusco casi acabado en una mano y la bolsa de patatas en la otra. La olla seguirá cocinando hasta que se vayan. Entonces reposará un rato, unas tres horas, mientras los padres, en el campo, caminen mirando los árboles y le den patatas a su hijo. Luego comerá igual. La olla es la olla.

Y es que Luis es como es, siempre con comida a punto para meterse en la boca. Y los padres son como son; lo único que quieren es que él esté contento.

* * *

Escena 11

El no ya estaba

(Jan)9

Jan tiene más de tres años y apenas habla. Solo dice «no». Y «¡oh, no!» y «¡vaya!». Lo hace con el tono de un muñeco de la tele: Pocoyó. Pocoyó habla mucho, pero él, Jan, solo dice dos exclamaciones y el «no» como única palabra. Comprende a los demás y se hace entender con gestos y muecas. Su pronunciación es diáfana. Su voz suena hermosa. Pero apenas la suelta. Como si al escuchar sus propios sonidos se estremeciera. Cuando eso ocurre, da un respingo y cierra la boca.

* * *

Escena 12

Y un sí de regalo

(Jan, 2)10

Pocos meses después, le ofrezco a Jan un vaso de agua. Bebe y señala la botella.

—¿Quieres más?

Él se queda completamente quieto, sin mirarme y sin decir nada.

—Jan, sabes decir sí pero no lo haces. No te atreves ni a decir esa ni ninguna otra palabra.

Jan mira ora a mí ora a la botella de agua.

—Tienes miedo Jan, pero no temas, no te pasará nada malo si hablas. Yo no voy a obligarte y por eso, aunque no me digas que sí, te voy a dar agua.

Jan acoge el vaso que le tiendo, espera a que se lo llene y bebe.

—Ahora ven, que vamos a jugar a una cosa.

Se acerca y permite que, con un trocito de celo, le selle los labios. Luego le doy un espejo, se mira y, sin retirar la mirada de la imagen reflejada, se quita el celo muy despacio, lo guarda en un rincón lejano, vuelve a mi lado y, a su manera, me pide que cierre con celo su boca. Pacientemente me ofrece sus labios. Luego se mira en el espejo mientras se lo saca.

Cuando sus labios quedan libres, la voz se cuela entre ellos. Con el celo en la mano, huye al rincón, vuelve y quiere que le vuelva a sellar los labios. Se quita el sello mientras se observa en el espejo. Ve cómo su voz sale al exterior sin permiso, y un asombro complaciente ilumina su cara.

Al día siguiente enunció su primer sí. Y ahora que está conmigo insiste de nuevo en que le ciegue la boca. Se retira el celo y permite, ahora sí, que su voz conozca el aire de afuera y se aleje. Y, cuando estamos a punto de despedirnos y yo no le veo la cara, dice un sí que no es ninguna respuesta.

Un sí de regalo.

* * *

Escena 13

Movimiento y quietud

(Víctor)

El niño está absorto frente a esas dos luces redondas que giran y giran en el suelo. Dos tapaderas de juguete a las que mira muy atento hasta que se quedan quietas. Entonces coge una cacerolita de aluminio, la lanza a su lado y ve cómo rebota y salta. Después, apoyada en el suelo, se balancea como si parpadeara de sueño. Y cuando esos tres objetos duermen, el niño se queda capturado por la quietud de esos tres objetos brillantes.

¡Qué extraño que las cosas se muevan y se paren solas!

* * *

Escena 14

Nil no mira11

Nil no mira por encima del nivel de sus ojos. Vive semioculto en un mundo más bajo. Ve nuestras piernas sin saber que lo son, y se deja coger de la mano sin darse cuenta de que es la suya. Cuando tropieza, y lo hace a menudo, se cae y no se levanta. Se queda en el suelo como un bebé sin llanto. Me acuclillo a su lado y le miro a los ojos, pero él no tiene mirada. Entonces muevo las manos delante de él como una gitana dulce; girando la muñeca hasta el límite y despacio. El niño inclina la cabeza y veo cómo sus pupilas siguen el contorneo de esas dos palmas rosadas. Así que le atraen las manos... ¡Se mueven! Y no tienen ojos y no le hablan.

¿Y las voces? Ruidos allá arriba, todavía para él.

* * *

Escena 15

Desde lejos

(Nil, 2)12

Nunca me ha mirado. No mira a nadie. Pero hoy ha sido distinto. Ha ocurrido en la habitación de siempre, allí donde se fijó en mis manos y en las cazuelas de plata.

Estoy sentada mientras él va de un extremo al otro de la habitación. Siempre con algo en la mano, no importa lo que sea; un coche amarillo, una jirafa o cualquier otra cosa. Algunas las ha cogido él. Otras las ha aceptado de mí.

Se pasea a sus anchas y en silencio. Y, sin más, y de repente, pero nunca cerca de mí, deja caer al suelo lo que lleva y continúa. No, más bien retrocede. Como si estuviera marcando dos espacios.

Ahora está lo más lejos de mí que la habitación permite; allá en la otra punta, de pie y muy quieto, por primera vez me mira.

¿A mí?

No, a lo que sea que esté donde estoy. Su mirada no es vacía; es atenta y sin luz, pero no es ciega. Es la mirada de alguien que ve por primera vez algo que no esperaba y que no le causa ni curiosidad ni sorpresa. Reconoce mi densidad, pero no más. No a mí que le estoy mirando a los ojos.

Tardaré un tiempo en mirar-me.

* * *

Escena 16

Umbral

(Sergio)13

Por la puerta abierta de par en par que da a la habitación de al lado veo a Sergio.

—Ven, Sergio.

Me mira con sonrisa en los ojos y avanza hacia mí con pasos rápidos. Al llegar al umbral se detiene. Justo en la línea. Encima de ella, da tres pasitos sin moverse del sitio. Tres pasitos nada más y retrocede.

—Ven, Sergio —repito con voz queda—. No tengas miedo.

Él reinicia la marcha de ese metro y medio que nos separa. Al llegar otra vez al hueco de la puerta, como si viera ante sí un muro de cristal, se paraliza y se queda allí. Bajo el dintel sus pasos no son de avance.

Desde ese otro lado, desde esa otra habitación, le tiendo la mano y la acepta. Entonces, pasa. No es mi presencia lo que le ha detenido en el umbral de la puerta. Es porque lo que separa dos espacios puede ser un verdadero abismo. Es cambiar de lugar y de tiempo.

* * *

Escena 17

Protesta

(Quique)

Él tiene tres años y un bebé como hermano. Su madre, con el bebé en brazos, reposa en la sala mientras su padre prepara la cena en la cocina

Quique va y vuelve de la cocina a la sala. Se acerca a su madre, que está pendiente de dar de mamar al bebé. Regresa a la cocina. Vuelve y va directo hacia su madre, que, inclinada hacia el pequeño, le acaricia la mejilla. Él los mira, se da la vuelta y se va.

Entonces, casi inmediatamente, vuelve corriendo, se planta frente a la madre y grita: «¡Aaah!».

* * *

Escena 18

El espejo

(Andrés 1)14

Andrés corretea por el cuarto de jugar. Va de un lado al otro con un cochecito que le di hace ya un rato. Pasa de largo por delante del espejo grande en el que nunca se ha fijado. Pero es que no le interesa nada de nuestro mundo. Y, o se queda quieto y absorto en no sabemos qué, o gira y gira sobre sí mismo como un ventilador.

Hasta hace muy poco, ni siquiera se atrevía a retener un juguetito entre las manos. Ahora sí. Quizás por eso se agarra tan fuerte a ese cochecito amarillo.

De pronto, al corretear de cara al espejo, repara en él. Reduce el ritmo, se acerca muy despacio y se detiene justo enfrente. Entonces avanza un poco, se hace a un lado, alarga la mano como para abrir la ventana y, al no poder, intenta ver qué hay detrás.

* * *

Escena 19

La imagen

(Andrés 2)15

El primer día, Andrés, al mirar al espejo, vio a un niño. Después, se dio cuenta de que a su lado estaba yo. Por eso se volvió hacia mí y, al verme, comprendió.

Supo que el niño del espejo era él.

Más tarde, volvió a mirarse y a mirarme. Reconoció también en aquella ventana plateada aquel cochecito amarillo que llevaba en la mano. Y una gran sonrisa resplandeció en su cara.

* * *

Escena 20

No soltar el objeto

(Andrés 3)16