Palabras bastardas - Juan Pablo Balmaseda Aragón - E-Book

Palabras bastardas E-Book

Juan Pablo Balmaseda Aragón

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Dan, Ema, y Ayra, huérfanos de madre desde muy pequeños, deciden refugiarse un triste 12 de marzo de 2020 —y tras un WhatsApp apresurado de su padre— en la casa familiar de la sierra de Mariola, Alicante, ante el cariz que están tomando los acontecimientos por la covid-19. Una semana después, en una tarde vaga, Ema, la hija mayor, encuentra de manera fortuita, en un armario cualquiera, un diario escrito desde las entrañas de un piso franco situado a escasos quinientos metros de la Oficina Central de Seguridad del III Reich, en Berlín, con fecha del 19 de marzo de 1943. El autor, Enrique Sallés Jover; el abuelo materno. De su pasado apenas tienen dos cosas: su nombre, y que partió de Sax rumbo a la Alemania nazi, con una pequeña maleta bajo el brazo. Del resto, silencio. Enrique, ochenta años atrás, inocente y ajeno al trauma actual, había sido infiltrado como agente encubierto en la última expedición de la División Azul, para formar parte de uno de los equipos que la inteligencia aliada tenía desplegados por la Europa ocupada, para el intento de jaqueo de la máquina de mensajería de guerra conocida como Enigma. La lectura del diario —condicionada por las normas impuestas por Ema— y de los misterios que rodean la figura de su joven abuelo, descritos y ocultados intencionadamente en la libreta, y ahora desenterrados por los tres hermanos con la complicidad indispensable del padre, convierten esta crónica documental y fragmentaria en un viaje explosivo que estalla en todas las direcciones. Palabras bastardas, un relato de historia contemporánea sobre las múltiples formas en que habita la maldad, nos pone, a golpe de diálogo y sin artificios, delante de los entresijos de las verdades y de los silencios que separan, y también, y ante todo, frente a la importancia de la aceptación —y redención— de la culpa. Las palabras de miel de él, y las bastardas de ellos...

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Seitenzahl: 997

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Palabras bastardas

Juan Pablo Balmaseda Aragón

Enero 2026

 

ISBN eBook: 978-84-685-9407-1

ISBN papel: 978-84-685-9408-8

Depósito legal: M-3392-2026

 

Editado por Bubok Publishing S.L. [email protected]

Tel: 912904490

Paseo de las Delicias, 23

28045 Madrid © 2025 John Breiner Clavijo Yepes

 

Todos los derechos reservados.

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

 

 

 

 

 

A mi mujer, Claudia, y a mi hija, Nerea

El tiempo…

Habíamos salido con las tres o cuatro cosas que encontramos, repartidos esta vez en dos coches, y disparados. Incluso“paraelquenonosconociera” sepodríadecirquehasta sorprendidos.

Pero no.

Nodeltodo.

Paraempezar,lodesalir con lo puesto nosuponíaninguna novedad ni teníamérito;alfinyalcabohabíamos estadoenLaMontañacientosdevecesydisponíamos de todo;desdeenseresdecocina hastaarmariosrepletosdecajas de ropa,yyaestábamos lo suficientemente aburridosde regresar cada domingo con los portaequipajes y las maletas apenas sin tocar.

Menos habitual, sin embargo, fue lo de ir cada uno por nuestra cuenta; simplemente porque no era nuestro estilo, y aunque seguramente me hubiera opuesto, y hasta negado, me pillaron en medio del trabajo y no me quedó otro remedio que buscar las llaves y alcanzarles.

Pero lo de salir disparados —esto había que decirlo— sí que nos chocó a los cuatro. Nunca lo hacíamos con tanto apuro y con tanta prisa, y aunque lo hablamos brevemente al llegar, apoyados todavía en los portones, nuestras preocupaciones se giraron y empezaron a ser otras muy distintas en cuanto nos empezamos a mover.

Máslesinquietó,melodijeron mucho tiempo después,quenadamásenfilarporelprimersendero—ellos ibandelante— selevantódeprontoelvientoyempezaronacaerlesgotonescomopuntas;yque de repente se les echó la noche más negra que recordaban; y que a cada metro de carretera el ulular de los búhos rechinaba por encima de los propios truenos, al tiempo que los rayos se encendían y apagaban en el cielo como luces de feria; yque…

¡Por favor!, era una interminable retahíla de milongas, todas igual de peregrinas —y bobas— que no voy a repetir.

Yonosentíeso;onoasí;enrealidad,creoquetodoeratansimplecomoqueestábamosmuy cerca de la casa de la sierra, yque el trayecto, con búhos o sin ellos, demasiado familiar y trillado como para tener ningún miedo.

Tampoco nos volvió locos —era normal en él— el WhatsApp telegráfico de mi padre: «¡Salimos!; aunque sea a última hora», ni nos pareció especialmente raro —excepto el dichoso apuro— a pesar de tratarse de un día ordinario; al contrario, cualquiera que nos hubiera visto diría que estábamos exageradamente contentos atendiendo a nuestra edad y al lugar tan conocido adonde íbamos.

Pero esta vez había algo, entre todo, que no pintaba bien. De hecho, recuerdo —iba sola en el coche de detrás—, que durante el viaje no nos intercambiamos ni caritas de colores ni palabra alguna; ni de rigor ni de cortesía, y que solo un saludo y una mirada vaga a pie de puerta fue toda la bienvenida que le dimos a este mes extraño.

Unmes extraño.

Esoera todo.

Extrañoeimpuesto.

Fue al apoyar los trastos más pequeños, algo más tranquilos, en el banco de la entrada. Luego nos miramos, ahora sí, mientras subíamos, pero seguíamos casi mudos, y de la corazonada primera pasamos en segundos a tener algo más que simples presentimientos, y en unos pocos días, diecisiete, a descubrir definitivamente una verdad; una verdad escrita y callada que tuvimos que ir desenterrando entre todos y a gritos.

Después, y por si nos faltaba algo —o si cabía—, vino lo otro, sí, ¡lo otro!, lo del mes impuesto, que se metió también muy adentro, y silencioso, para dejarnos todavía un poquito más asustados.

¡Y claro que lo lamentábamos!, por el mundo y por nosotros —era una pandemia—, pero estábamos de nuevo en La Montaña, entre ausentes y despreocupados delante de nuestra propia casa y sin la más mínima gana ninguno de pensar en nadie. En otras palabras, que íbamos a tener —sin saberlo aún— más que suficiente con lo nuestro, y que esta vez, descargar el breve equipaje, y desarreglarlo, sería uno de los últimos momentos de cierta tranquilidad.

Esodemarzo.

Igualmente esperaba poco de abril —al menos yo—, y menos aún de mayo y su leyenda, sencillamenteporqueamisañosteempiezaadarunpocolomismolalluviaquelasfloresola luna que el alba.

Pero lo más raro, y lo peor, es que durante un tiempo largo no me importó ni me acordé de nada de esto; ni de aquellas sensaciones al llegar ni de las tardes en que me encontraba con mi padre en la escalera o camino a la cocina y nos rozábamos sin hablar.

No.

Tampoco recuerdo bien —y eso que sacaba la cabeza cada mañana como un pollo— si lo que cubría el cielo esos primeros días eran cirros de plumas blancas o simples nubarrones, o si los ruidos que algunas noches escuchábamos desde nuestros cuartos provenían de ráfagas salvajes y ajenas —estábamos en la sierra de Mariola— o del golpeteo leve del viento contra nuestras ventanas.

Y aunque lo intenté, lo juro, sí, lo juro, y traté de acordarme de todas aquellas pequeñeces, no solo del clima o los astros, sino hasta de la sombra inversa de las manecillas justo antes de que dieran las diecisiete y veinticinco… Seguía sin poder.

Lasdiecisieteyveinticinco.

Después de esa hora, en cambio, después de ese instante en el reloj, y pasados unos años, todovolvióamicabeza,yempecéarecordarhastalosdetallesmásmínimosdeaquellabendita tarde: primero que había silencio y que dormían; luego que subí, y que al abrir un armario cualquiera—yacasicuandomeiba—, ybatirsuspuertas,unashojasazuladassedesplomaron al suelo como una bandada de pájaros viejos.

Unalibreta.

Alprincipio,asustada,laguardéensecreto;eransolopalabras—pensé—,palabrasviejas y enrejadas,perocuandocedí,yselodije,nosexplotaronenlacara, ynosllevaronavivircomo habríamos querido después de haber estado durante siglos simplemente viviendo.

Éramosmihermano,mihermana,yyo.

Y para empezar —¡ya es suficiente!— y contarlo, sin faltar a la verdad ni perfumarla, habrá que decir también que no todo acabó como en los cuentos, pero el eco de esas voces azules y viejas nos acabaría sacando de la apatía en que se había convertido nuestra vida —hablo al menos por mí— y nos salvaron.

Sí, las palabras de miel de él, y las bastardas de ellos; las de aquella tarde extraña de marzo —al final no llovió— o las de este mediodía apagado y frío de principios de abril.

***

Cinco años después…

05 de abril de 2025. La Montaña. Sax, Alicante. 15:05

—Ema, ¡están tocando!, ¡Ema!, ¡Ema!

Me quedé atascada mirando las maletas y no pude contestar; estaban abiertas en mariposa encima de la cama, todavía con las cintas, y se me hacía demasiado engorroso desabrocharlas y al mismo tiempo contestar a mi hermana cuando apenas acabábamos de llegar.

—Ema, ¡baja!, por favor, ¡baja!, creo que es el timbre.

Las dos lo habíamos oído de sobra. No era la primera vez que llamaban de improviso ni nuestro primer fin de semana; de hecho, era simplemente uno más, pero en mi familia las cosas no cambiaban con facilidad y a partir de aquellos pequeños días de hace cinco años los minutos iniciales se convertirían para siempre en una especie de ceremonia desordenada donde unos elegían jugar al escondite y otras preferíamos explorar el sitio como si se tratara de una batida.

Luego, sin saber muybien por qué, llegaba de nuevo la calma, y todos volvíamos a nuestros puestos. Bueno, todos menos ella.

—Ema, ¡vas a ir, o no!

—Ya te he oído, Ayra, ¡estoy con la ropa!

—Como todos, ¡lista! ¡Déjala sobre la colcha!; después te ayudo. ¡Baja!

—¿Dónde estás?

—¡Aquí!, ¡aquí!, en la ducha.

Estábamos en La Montaña y aquí era su cuarto. Después del portazo se escuchó el ronroneo de la caldera y el golpe del agua, pero ninguna de las dos cosas podía asegurar que mi hermana estuviera debajo de la alcachofa. No tenía ninguna gana de salir de la habitación; y yo tampoco. Lo único que deseaba de verdad era subir al alto, coger mis cuartillas de dibujos, y volver a sentir el mismo cosquilleo que en aquellos dos momentos mágicos: cuando me dejaron subir sola por primera vez con seis años y aquella tarde azarosa del mes de marzo de dos mil veinte con casi cuarenta.

—¡Ema!

Mi hermana seguía gritando hasta por debajo del agua y decidí agotar el último cartucho.

—¿Hay alguien en la cocina?

Una vez más el silencio rebotó en las paredes. Creo que mi padre ni siquiera había entrado, y de Dan, no sabía nada; estaría con los coches.

—¡Emaaaa!

Me di por vencida; llevaban demasiado tiempo llamando. Antes, me acerqué al ventanal del pasillo; me gusta —y a la vez aterra— saber quién es, y observar mientras espera; es una forma de quitarme el miedo infantil a los timbres de las puertas; así que, una vez más, y como un reloj, ejecuté mi ritual a rajatabla: la cortina de gasa, despacio; los ojos, bien abiertos; la mirada, atenta y cuidadosa, y el estómago, en la mano. Mi hermana seguía dando voces, mientras mi brazo y yo ya estábamos pegados al pomo interior haciendo un ángulo de protección de unos cuarenta y cinco grados.

Lo que había visto hace solo unos segundos desde arriba no me había tranquilizado, y ahora estaban enfrente. Eran dos hombres casi iguales, vestidos con trajes azules y perfectos, yo diría que nuevos, más un tercero que se quedó junto al coche con los faros encendidos y con más pinta de guardaespaldas que de chófer. Todo muy raro un viernes a las tres.

—Buenas tardes, señora, ¿el señor Albert Fornet?

—Buenas; no está ahora, ¿querían algo?

Una mentira y una pregunta tonta siempre vienen bien para cambiar de dirección y ganar algo de tiempo. Nuestro padre ya no estaba para visitas sorpresa.

—Venimos del Ministerio.

Habló primero el que tenía a mi derecha, y como no continuó, tuve que preguntarle dos veces que de cuál. No me había entendido.

—¿Cómo dice, señora?

—Sí, hay varios, ¿no?

Estuve aguda y algo descarada a tenor de la cara que pusieron, y antes de responder, levantaron del todo la cabeza y se quitaron las gafas al unísono a pesar de que el día era más bien desapacible.

—Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación; Secretaría Técnica de Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión. Traemos una carta para el señor Alberto Fornet; es acerca de su suegro, el señor Enrique Sallés.

—Es mi abuelo… materno.

—El señor Enrique Sallés Jover… ¿Es su abuelo?

—Sí, era.

Se miraron un segundo.

—Traemos una misiva del señor ministro.

El que no había hablado todavía llevaba un cartapacio en la mano e incliné el brazo con la palma izquierda hacia arriba para pedírselo sin complejos.

—Mi padre notardará; se lo podría dar yo.

Se miraron de nuevo. No eran unos simples mensajeros, de lo contrario no me hubieran adelantado nada.

—Posiblemente sí, señorita; déjeme un momento su documento nacional de identidad, por favor.

Ahora era señorita. Me toqué los bolsillos delanteros y traseros haciéndome la boba interesada, pero obviamente no lo llevaba encima. Iba a decirles que esperaran un momento, cuando Ayra, que había salido de la ducha a medio aclarar, estaba ya en el último de los escalones con el secador en una mano y los DNI en la otra. El mío y el suyo. Estaba escuchando. Las visitas eran contadas; en el último año, una, y siempre que llamaban nos seguíamos poniendo las dos en modo alarma.

—Ella es mi hermana. Yo soy Ema, Ema Fornet Sallés. Ayra, preguntan por papá.

Entendió mi mirada. Luego saludó.

—Encantada.

Habló por fin el de la izquierda.

—Igualmente.

Cogió el DNI, lo posó en la carpeta, y le dio vuelta varias veces como si fuera la primera vez que hacía algo parecido.

—Correcto; es su padre.

—También el mío. ¡Mire!

—Con un documento es suficiente, señorita… ¿Ayra?

—Me refiero a que también es mi padre.

Mi hermana siempre te da la impresión de que te está vacilando y… le estaba vacilando.

—¡Firmen aquí!; cualquiera de las dos. Número y letra, por favor.

Se pusieron todavía un poco más serios y nos miraron como esperando algo, pero ni mi hermana, que se había dado la vuelta para ver si había alguien dentro, ni yo, teníamos la más mínima gana de hablar. Además, creo que estos dos tipos sabían perfectamente que ni mi abuelo, ni mi abuela, ni mi madre, podrían estar aquí; solo mi padre.

—Gracias, eso es todo.

Educados sí eran. Se calzaron las gafas y se dieron la vuelta con un gesto al tiempo que el «cochero», que se había levantado para abrirles las puertas, quiso participar también en la despedida y se tocó levemente el plato de la gorra antes de enfilar sin demasiada prisa por el desnivel.

—¿Te has fijado en la matrícula?

—No. ¿Tenía?

—Sí, pero rara, y solo detrás.

Les seguimos con la vista, y cuando ya les habíamos perdido, Ayra me miró con cara de «poca hermana».

—Ema, ¡papá sí está! Le acabo de ver en el pajar.

—Ya lo sé, ¡cierra la puerta!

***

Habían pasado cinco años del descubrimiento del Diario, treinta y nueve de la visita de Amy Walsh a esta santa casa y más de ochenta del asesinato de mi abuelo en la Garganta del Jaguar.

***

Antes…

1943. 18 deenero. 17:20.

EstacióndelNorte,Madrid.

OficinaCentraldeSeguridaddel IIIReich,RSHA-Berlín.

—¡Shalom, señor AnDries!, soy Mosses Spigel, perdone mi retraso, la llamada…

—… ¡Aleijem shalom, señor Spigel!, sí, me estaba empezando a impacientar; los judíos siempre han sido más puntuales que los alemanes. ¡¿Dónde estaba?!

—En Llegadas; estaba todo a punto de fuego y he tenido que salir a empujones; el apeadero…

—… No era necesario, señor Mosses, la Sala de Conferencias la tenía al lado del ascensor tres; podría haberme llamado. ¡Y no exagere!

—Usted lo sabrá; el acuerdo de llamada era desde los Torreones… ¡Tengo el dossier!

—Lo sé, señor Mosses, lo sé; respire; está en el gran vestíbulo de la Galería del Príncipe, el único lugar limpio de la estación; debería ponerse la kipá.

—¡¿La kipá?!

—No se sorprenda, mire al techo, la cúpula fue construida en…

—… ¡Discúlpeme, señor AnDries!, no le he llamado para hablar de arquitectura francesa ni de mi indumentaria; la División está a punto y debo acercarme; ¿tiene algo para anotar?

—¡Cálmese!, ese país está fuera de esta guerra; solo es gente ruidosa; ruidosa y vulgar. ¡Ah!, me puede llamar «Dries», es la cuarta vez que hablamos y...

—… He tenido algunos problemas, ¿me oye bien?

—Le decía que me puede llamar… ¡¿Problemas?!

—Hable más alto, señor AnDries, hay demasiado ruido.

—Cierre la contrapuerta y tenga paciencia; Madrid no es precisamente una ciudad civilizada; ya se lo advertí. ¿Me oye ahora?

— Sí, le escucho mejor.

—¿Qué clase de problemas, señor Mosses?

—¡Pensé que lo sabría! Los armarios del Torreón de la Fonda estaban intercambiados con los de Dirección y la taquilla dieciséis parecía forzada. ¡Debía avisarme de los cambios, señor «Dries»!

—Mis hombres siguieron las órdenes del señor, del señor...

—¡Faustino!

—Del señor Faustino; el dossier era un asunto exclusivo de ustedes, La Resistencia, y el nuestro, la vigilancia del casillero dieciséis y de los otros dos; ¡se corta!, sí, eran dos más, no recuerdo ahora mismo los números. Luego mis hombres abandonaron por la Florida; ese era el acuerdo.

—¡Es suficiente!

—Para usted, señor Mosses, el tal Faustino apenas quiso hablar, y su francés era cuanto menos peculiar. ¿Tiene apellidos?

—Todos tenemos apellidos, ¡déjelo!; sabe que no hablo de terceros. ¿Ha llegado a Berlín?

—Sí, estoy dentro. La línea de Leipzig-Straße era la más segura. Las nuevas camadas de las SA aliñan la leche con Pervitin y los controles se hacen interminables. He tenido suerte.

—¿Ha dicho dentro, señor «Dries»?; ¿a qué se refiere?; sigo sin oírle; hay gente encaramada en los techos gritando como locos.

—Cierre también el ventanillo, está detrás del cajetín del contador, a la derecha.

—Deme un momento. ¿Tiene para escribir? ¿Me ha oído? Quiero salir de la terminal en cuanto arranque el convoy.

—¡Prisas!, llevo horas esperándole, señor Mosses. La Oficina Central de Seguridad-RSHA no es el mejor sitio para esconderse de los nazis, ¿no cree?

—¡¿RSHA?! ¡Se ha adelantado!, no bromee con eso.

—Se lo he dicho; no podía esperar; su última llamada fue a las trece horas. Necesito los datos.

—Ahora no le escucho yo, señor «Dries».

—Tampoco puedo gritar más, las Escuadras desfilan por los pasillos como vampiros en celo y abren las puertas a patadas. ¡Espere!

—¡«Dries»!, ¡«Dries»!, ¿tiene algo para anotar? ¡Es la tercera vez que...!

—Chsss… ¡Un momento!, ¡espere! ¡Están pasando!; ¡espere! ¡espere!; grabaré la llamada, tengo el equipo del G-9, y... ¡ahora, señor Spigel!, ¡ahora!

—¡Conéctelo!; casi no le oigo.

—¡Listo!, 3,2,1… Puede hablar, señor Moss.

—Son dos trenes de ocho vagones; los seis primeros de pasajeros; luego el de carga y el de cola. El primero llegará a la estación internacional aproximadamente a las veintitrés horas, y el segundo siete minutos después. Los números aparecerán en letras en el frontal de la locomotora en negro sobre blanco.

—¿El «objetivo»?

—En el Dos.

—¿Hora de salida?

—En ocho minutos, diez como máximo. Mire su reloj.

—¿Ocho o diez?

—No puedo saberlo, todavía están retirando los panfletos de las vías dos y tres; tardarán.

—¡Malditos españoles! ¿Vía y andén en Hendaye?

—Seis, lateral uno. Los alemanes desinfectarán los uniformes de los divisionarios durante el transbordo. El reconocimiento médico será voluntario. Él no lo hará; podrá asearse o tomar algo; han vuelto a recortar.

—¿Cuánto tenemos?

—Cuarenta y cinco minutos.

—¡Será suficiente!; ¿nombre?

—Le he perdido, señor «Dries».

—Le preguntaba por el nombre del «pasajero». ¿Ha subido ya?

—Positivo, delante de mí; pero no le busquen en el listado.

—¡¿Qué?!

—Esta vez es diferente. No me interrumpa.

—¿Algún brazal?, ¿distintivo?; necesitaremos algo.

—Una bufanda.

—¡Repítalo!, por favor. Tiene mucho ruido.

—Una bufanda blanca. Esa será la «señal». La llevará atada al cuello y no se la quitará. Eso es todo.

—Lo dice como si le conociera.

—No, no le conozco, señor «Dries», pero sé lo que necesito. Debería hacer lo mismo, tampoco nosotros...

—¡Déjese de consejos! Estamos en el invierno más crudo en décadas y habrá cientos de soldados con echarpes, pañuelos y tapabocas; no pretenderá que...

—… Quizá no tantos con una bufanda blanca de nudo de lasca, señor «Dries», también conocido como nudo del ocho o doble mordido. Le verán al bajar. ¿Entendido?

—Sí, claro; ¿el equipaje?

—Lo permitido, una maleta pequeña y un saco de campaña con ropa de abrigo. Lo demás irá en la bodega. Las guerreras se las entregarán en el tramo nocturno. Viaja en el cuarto vagón. ¡No le pierdan!

— Remm estará al llegar. Le avisaré.

—¡¿Remm Visser?! ¡Es casi un niño! Ayer...

—… ¡Estaba decidido, señor Mosses!; subirá durante el cambio de ancho de vía y le «marcará». ¿Ha dicho cuarto vagón? ¡Confírmemelo!, por favor.

—Positivo. Tren Número Dos. Cuarto vagón.

—¿Ruta?

—Sin variaciones. A las 00:40 cruzarán el puente internacional con destino al cuartel de Grafenwöhr. Viajarán durante toda la noche y con algo de suerte… cenarán.

—¿Hora?

—02:30 del miércoles. Pernoctarán en el Campamento Norte de la 250 División de Infantería Tercer Batallón. Su grupo está asignado al Regimiento de Transmisiones de las Heer. No necesitarán adiestramiento específico y permanecerán apenas unas quince horas en el Pabellón de Comunicaciones. A las 18:00 reiniciarán la marcha hacia el Frente Oriental. Serán semanas.

—¿Condiciones?

—¡Extremas!, -25 grados de media. Confirmado.

—¿Lo sabe?

—Sabe que estamos en guerra, señor «Dries»; nadie está preparado para el frío, el barro, la nieve y el viento. La mayor parte de la travesía la harán en tren y los últimos ciento cincuenta kilómetros a pie. La Blaue Division será desplegada en los arrabales de Leningrado, en la línea de Krasni Bor. ¡Mueva a sus hombres!, ¡y permanezcan cerca! Tiene veinte años.

—¡Le compadezco!

—¡Haga su trabajo! ¿Tiene la nota?

—Acaban de dármela hace apenas unas horas. ¿Cómo lo sabe?

—¡Eso no es importante! Solo léala despacio, por favor.

—«Los españoles serán los primeros en entrar en combate al sur del lago Ládoga». Al parecer la Resistencia Judía en Ámsterdam interceptó el mensaje durante la noche. Estaba cifrado, pero lo han «roto»; es inexplicable. Parece que la firma es de Lindemann, señor Mosses.

—Lindemann… Podría ser falso; o un simple doble; el General no tiene competencias en movimiento de tropas; en cualquier caso, el Mariscal de Campo Vans Masntein deberá ratificarlo y... ¡Se está acabando el tiempo!; ¡escúcheme bien! ¿Me oye?, solo me interesa el «objetivo» del Dos; si finalmente entra en batalla y sobrevive a las cargas del primer día, diga a sus hombres que aprovechen el caos para subirle, herido o no, al primer camión hospital con destino a Berlín. Procuren que sea desde el campamento de Ishora ¿Me escucha?

—Sí, sí le escucho.

—¿Sí?, ¿me oye?, ¿Sí?

—Sí, sí, le escucho, pero… ¡señor Spigel!, ¡no está siguiendo el dossier!; ni siquiera…

—… Despreocúpese, sé lo que debo decir. Mejor vigile la grabación y no me interrumpa más, por favor; no podemos cometer errores.

—Lo sé, ¿algo más, señor Spigel?, el registro es a las seis; tengo que salir…

—… El reloj del vestíbulo reza que quedan siete para en punto; supongo que también ahí en Berlín. No se distraiga ahora, señor «Dries».

—¡Siga!, se oyen pisadas.

—El recuento de bajas será a pie de campo a las 10:00 del día siguiente. Remm deberá inscribirle en el listado de evacuados con una nueva identidad, ¡cualquiera!, y registrarle en el Índice VI como desaparecido con las siglas E. S. J. ¡Debe volver como sea!

—¡Se trata de un tránsito de guerra!, va a necesitar algo más que un salvoconducto.

—¡Por lo que más quiera, señor «Dries»!, ¡deme alguna solución! Para los alemanes es uno más. La División Azul está integrada en la Wehrmacht desde 1941 y adscrita al Grupo de Ejércitos Norte. ¡Tendrán que protegerle desde el cerco de Krasni Bor hasta los aledaños de la RSHA! ¡No es un soldado!

—¡Le he perdido, señor Mosses!; ¡señor Mosses!

—¿Señor «Dries»?

—Sí, estoy aquí, escúcheme, tengo cuatro hombres en Vóljov y dos más en Kleinmachnow. Están esperando mis órdenes. ¿Es suficiente? ¡Contésteme, señor Moss!

—Hasta Kleinmachnow sí. Es la primera parada en la periferia de Berlín, a un kilómetro del puesto de control de Teltowkanal. Lleva las órdenes escritas. Bajará solo, bordeará a pie el Lago Machnower y cogerá la línea de Stahnsdorf. Únicamente Remm, el chico, deberá seguirle sin llamar su atención. Los demás deberán continuar hasta Potsdam. Allí se reunirán de nuevo y le cubrirán alternándose en equipos de tres hasta los alrededores de Prinz-Albrecht Straße-105, muy cerca de donde usted está. Ahí termina su misión. ¡Abandonan! ¡Dígaselo a Remm y a los demás!

—¡Repítalo!, por favor.

—Positivo, abandonan. El «objetivo» esperará solo en los soportales del Palais hasta que las ‘aves’ puedan acercarle a Los Bloques. Conoce las directivas y sabrá cómo actuar. ¡Remm debe saberlo!

—¡¿Remm?!, ¿y su servidor, señor Mosses?, ¿hay algo que su servidor deba saber? Es la primera vez que hacemos esto así.

—Siempre es la primera vez, señor «Dries»; no es nada personal, en la capital tendrá que ocultarse y deshacerse de la documentación. Ya no le hará falta. Es vital que llegue lo antes posible al Bloque 7.

—¡Lo hará! Debo salir ya; hay ruido de botas.

—¡Espere, señor «Dries»!, ¿tiene el pase?

—¿¡Me toma por estúpido!? Lo tuve entre las manos mientras hacía tiempo para el cambio de turno, pero era demasiado arriesgado, no figuro en el Listado del Día y cualquiera podría hacerme preguntas.

—¿Dónde está ahora?

—En el edificio oeste, Ämter VII, Departamento de Archivo y Registro. El grupo de polacos con el que he entrado trabaja exclusivamente en los sótanos; no me conocen de cara, quizá mi nombre. ¡Solo espero no darme con Klaus!

—Me aseguró que no estaría.

—Y no estará, al menos en este edificio. Ha sido trasladado a la Oficina Central de la Gestapo, en el Ämter IV de Prinz-Albrecht Straße-8, como jefe segundo de un IVC.

—¿IVC? Nunca lo había oído.

—No paran, señor Mosses, son grupos suplementarios que trabajan junto al Referat N1 en la centralización de informes y expedientes de enemigos del Régimen y disidentes internos. Parece que el capitán Barbie ha realizado un gran trabajo en la Sección de Investigación de Adversarios, SDI, como ya hizo en Lyon, y le han recompensado. ¡Están perdiendo la cabeza! Le dejo ya, ¿vuelve?

—Es tarde para mí, dormiré en Madrid. He reservado una pieza en Le Dorè, cerca de las instalaciones auxiliares del lado sur del Puente de los Franceses. Mañana estaré por ahí.

—¿Le Dorè?, ¡es una pensión para perros!; la conozco bien, eran otros tiempos. Más le valdría dormir en los bancos del vestíbulo o en la sala de espera del Torreón de Dirección, sirven un café exquisito y te despierta la Ordenanza. Yo volveré a Ámsterdam hoy mismo.

—Agradezco su preocupación, señor «Dries», pero… una última cosa; son casi las seis, está fuera de sitio. ¿Ha pensado en la salida?; si le pararan, la incidencia podría llegar a la Kripo, incluso hasta Klaus o Degrelle.

—No ocurrirá, señor Mosses; saldré por el hueco del montacargas. Remm me dejó una copia del candado del postigo. Le avisaré. Y tenga cuidado en Berlín, está todo muy revuelto. Corto.

—Lo haré. ¡Shalom, señor «Dries»! Corto.

***

Lavisita…

7 de abril de 1981. Martes. 17:28. Sax, Alicante.

—¡Mamiiiiiiiii!,la puerta.

—¡Espérame!,yasabesquenopuedocorrer.

Siemprevamosjuntasaabrir.Hayuntimbreamediaaltura,enlapared,perollamarondando golpecitos y eso la asustó.

—¡Buenastardes!

Abrí y saludó; era como si conociera la casa. Dirigió sus ojos hacia el interior durante unos segundos, como para asegurarse del todo de que estaba donde quería, y aunque me sentí incómoda, su tono amable y delicado me tranquilizó.

—Buenastardes.

Contestéconsusmismaspalabras,peroconmenosentusiasmo.Emalamiródearribaabajo ymetiósusdosmanitasporlapartebajademifalda.Siemprelohace.Prefierequedarsedetrás de la puerta, y de mí, asomando solo los ojos.

—Disculpe.Estoybuscando a Laura,a LauraMorell.¿Esaquí?

—Sí.

—SoyAmyWalsh, unaantiguaamiga. ¿Eres Ángela?

Emaapretóahorasus deditoscontramispantorrillas; pellizcando.

—Sí,soyÁngela, su hija. Ella no está…

Nunca oí a mi madre hablar de una tal Amy. Mi estómago volvió a punzarme.

—¡Quépena!Hetenidoquepreguntaramuchagenteparallegarhastaaquí.EsLaMontaña, ¿verdad?

—Sí,pase,porfavor,pase.

—Gracias.Saxesun pueblo muybonito. Yo vengo deLisburn.

—¿Lisburn?

Nomeinspirabatemor.Deotramanerajamáslahubierainvitadoaentrar.Estoysolaencasa con Ema. Dan, el ‘mayorcito’, está con mis suegros en Murcia, y Albert todavía no ha vuelto del trabajo. Espero que no tarde. No me siento bien. Aproveché que caminaba un metro por delante para volver la cabeza y mirar de reojo el reloj que está justo encima del dintel de la puerta, por dentro. Eran las cuatro y cincuenta y ocho, y Albert no tardaría; es muy puntual, sobre todo desde que nacieron los críos. ¡Ven ya! No sé qué pasa.

—¿Leapetecelimonada? Acabodehacer.Tambiéncafé.

Ema me clavó al fin —lo esperaba— todas las uñas, y me dio después un suave tirón de falda con ambas manos.

—Sí,gracias,limonada, porfavor,hacedemasiadocalorparamí.

Nos sentamos en el sofá que está en el centro del salón. Me sentía nerviosa, pero a la vez cómoda. Era una señora alta y pelirroja, de unos sesenta años. Miró un par de veces alrededor comoqueriendodenuevoreconoceralgo,yreposóelvasolentamentesobrelamesilladespués de dar un par de sorbos. Ema no dejaba de mirarla.

—¡Mami!,¿porquétiene elpelonaranjaesachica?

—Ema,cállate,porfavor.

—Nosepreocupe,noimporta…¡Quélistaes,yquébonita!Aéllehubieragustadoconocerla también.

¡¿A él también?! Sus palabras retumbaron en mi cabeza como el retorno de un trueno. De repente, Ema oyó a su padre y salió corriendo con los brazos abiertos.

—¡Papá!

—¡Hola!,¿cómoestánmis niñas?

Había llegado apenas un par de minutos después de la visita. Casi coinciden. Eran ya las cinco.Entrócon sigilo, ymirósinmostrarextrañeza, no sésiporquemevio tranquilao porlo contrario. Luego me dio un beso.

—¡Hola,cariño!

—¡Papiiiii!,havenido una señoraquedicequeesamigadela abuela…y¡esmuyblanca!

—¿Sí?

— EsAmyWalsh. Acabadellegar deLisburn.

—Encantado.¡Lisburn! Esoes Irlanda,¿verdad? Noselevante,porfavor.

—Sí,IrlandadelNorte.Hevenidolomásrectoposible;¿sediceasí?Avión,tren,autobús… Ha sido una aventura. No conocía España.

Despuésdeunsegundo interminablemiréaAlbert.

—Preguntapormimadre.

Dejó el maletín de trabajo en el suelo, introdujo su mano unos segundos en la cremallera lateral y cruzó las piernas. Quería aparentar normalidad, pero sé que estaba tenso por la situación y por mis visibles pero contenidos gestos de dolor.

—¿Laabuela Laura?, señoraAmy;¿ustedlaconoció?

—Sí…

Fueunsívacilante,pero un sí.

—Laabuelamurióennoviembredelañopasado.Eldíadiecinueve.Hacecasiseis meses.

Bajó la mirada y se quedó visiblemente contrariada, sin saber qué hacer, pero se repuso, y sin levantar la cabeza abrió el bolso que llevaba cruzado de hombro a hombro desde el principio y sacó un paquete envuelto en papel de embalaje. Algo estaba pasando y antes de que Albert pudiera preguntar, ella alargó la mano y me miró, ahora sí, fijamente.

—Estoessuyo,Ángela.

—¿Mío?

—Ahorasí…

Eraunalibretadehojas azuladas…

***

1943. 12 de marzo. 17:27. Berlín, Alemania.

—¡Shalom, señorMosses!, soy«Dries».

—¡Aleijemshalom,señorAnDries!

—Su hombre ya está en Berlín. No he podido llamarle antes; están arrancando los cables de los gabinetes de la cuarta y quinta planta; no saben qué hacer ya, señor Mosses.

—Seestaránvolviendo locos.¿Hapodido hablar con Remm?

—Algo; también con sus hombres; las calles divisorias estaban infestadas de patrullas de asalto, pero consiguieron dejarle cerca del Bloque 7. ¿Ha entrado?

—¡No!,serámañana;necesitoanteselinforme médico.

—Selo enviaré.

—¿Loha leído?

—Por encima; estaba desorientado; las heridas de las manos curarán antes que las de las piernas, pero podrá andar. Hicimos lo que pudimos, señor Mosses!, no puedo hablar más…

—… ¡AnDries! ¡«Dries»! ¡¡Señor «Dries»!! ¡¡Espere!! La familia Malka-Azuloai me ha suplicado que le dé las gracias de nuevo. Pude hablar con ellos en Madrid. Están bien; me preguntaronporsuspertenencias,yporencimadetodo,porloscuadros.Sonunclandeartistas sefardíes.

—Como usted.

—Comoyo.

—Mmm...dígalesqueseloenviarétodoencontenedoressellados;tengosudirección;eran siete; siete personas; una a una; fue difícil…

—… Sí, siete vidas, Sr AnDries, le he entendido bien; puede recoger los talones en la entidad; estarán a su nombre donde siempre.

—Deacuerdo.¡Shalom!

—¡Aleijemshalom,señorAnDries!

***

Ahora…

12 de marzo de 2020. Sax, Alicante

Dicenquesiempreregresamosallugardondenacimos;alsitiodondenuestrosojosdespertaron, y vieron a duras penas, y por primera vez, el agua, la tierra, el fuego yla luz. Yo además tuve la suerte de despertar y abrirlos en los bosques más altos de la Sierra de Mariola, entre manantiales deagua de barranco ymuycerca del nacimiento del joven ypedregoso Vilanopó.

Una privilegiada.

Cuando su corriente atraviesa Alicante de punta a punta camino a Santa Pola, da de beber a un pequeño arbusto que discreto a la vista y de aspecto desértico se acurruca sin hacer ruido en los márgenes de las pozas de agua salobre. Es el taray. Un arbusto todoterreno. No puede competir con las adelfas, los sauces o los laureles de flor ni en color ni en belleza ni en nada. Todavía menos con los chopos, los olmos o los ordinarios juncos de la ribera que le acompañan como a un recién nacido en su viaje al mar. No puede competir con casi ninguna planta, ni siquiera de su especie, pero a mí me gustan y he aprendido a golpe de sol y de agua que algunas cosas no tienen por qué tener explicación.

Los tarays ha sido mis amigos secretos y el paisaje de mis ojos desde muy pequeña. Tan secretos y tan de mis ojos que nunca se lo he dicho a nadie. Cuando el nervioso río rompe y avanza desde la eterna balsa de agua virgen de la Font de la Coveta, y atraviesa Sax por cauces de cemento en dirección a Elda, mi arbusto se convierte definitivamente en árbol, y cuando se agrupa con otros en galería, como para hacerse fuerte, se forman carpas naturales superpuestas que llegan a ocultar a la vista el caudal del agua. Algunos son altos y fuertes, y otros menudos y sobrios, pero todos profundos, muy profundos y con presencia.

La sierra, los bosques, el río, los tarays y yo. De aquí soy. Bueno, no nací sola. Somos de aquí. De Sax, tierra de gente normal, ruda y libre, que bebe agua de hierro, que respira y deja hablar. Hombres y mujeres que aman, trabajan y saben distinguir lo esencial de lo absurdo y una mano amiga de un manojo de puñales.

Yo tendría que ser así, descomplicada, de bosque de montaña y piedras, pero quizá no hebebido suficiente agua de roca ni he subido a menudo a ver a los duendes de Mariola, o quizá notengo nielfos ni hadasquemecontoneen o nosoysiquieradeestas tierrasaltasymojadas.

Solotengomitarays,muchos,consushojasdiminutasysuaspectosalvajeydescuidado… y mi familia. Con nueve o diez años, cuando todavía no tenía vergüenza ni sabía lo que significaba la palabra ingenuidad, hacía coronas con sus raíces de espiga, enredándolas en trenza, y me las hincaba con fuerza en la cabeza. Sus flores de color rosa pastel se mezclaban con mi pelo castaño y combinaban a la perfección con mi vestido amarillo limón de los domingos.

Eran otros tiempos. De cambio de muda y Eucaristía en familia. Los que quedábamos. Cuandoterminabalamisa,mipadrenossubíaencochehastalaentradadelahaciendayapartir de ese momento ya no nos importaba mancharnos la ropa. Hasta el domingo siguiente no nos haría falta y además aprendimos muy pronto, los tres,a usar la lavadora.

Caminaba despacio por la breve pero prolongada pendiente que lleva hasta la entrada, y domingo a domingo buscaba la manera de hacerme la remolona y quedarme rezagada. Cualquier excusa era buena, y mi hermano y mi hermana mis inigualables cómplices. Cuando por fin les perdía de vista, me tiraba bocarriba en el pasto de al lado del camino, abría los ojos como un búho sorprendido infraganti volviendo a casa al amanecer, y en esa misma postura y en ese instante, como de repente, se me abría el cielo encima, debajo, fuera y dentro de mí, y todo relumbraba como una luz de agua: mi corona, mi vestido, el pasado y las ausencias; en ese momento era yo, Ema; Ema Fornet Sallés.

Después de un rato me incorporaba, sacaba del zurrón mi cuaderno de garabatos y hacía rayas de colores intentando dibujar lo que tenía al alcance. Cercano o lejano. Me daba igual. Lo único que repetía cada semana eran las formas de un grupo de tarays que parecía que llevaran ahí plantados toda la vida.

Eran mi tradición adolescente. Mi corta rutina. No duró. Todavía hoy ese recuerdo se me aparece como un fantasma de un pasado idílico, de un momento lejano y mejor, pero la verdad es que no fueron años muy felices; y, ¡claro! de repente, un mal día, sin duda muy malo, y sin saber muy bien por qué, dejé de hacerlo sin más. Sigo admirando los tarays en galería y solitarios, los quiero y los querré siempre, pero no hubo más coronas de flores pálidas y delicadas ni garabatos de colores y, perdida la inocencia, varias inocencias, empecé a ser consciente y a aceptar, ya con catorce años, que algo se había detenido en mi vida y en la de cada uno de nosotros cuando apenas acabábamos de nacer.

Mi madre.

Su muerte abrió una oscura y profunda grieta, y durante casi cuatro décadas no hubo nada que decir o nadie quiso decir nada, y esa hibernación familiar persiste hasta el día de hoy tan resistenteyperennecomomisarbolitos.Todoloqueconocemosesapartirdesuausencia.Sin ella.Éramosdemasiadopequeñoscuandonosdejóycreoquenisiquierasomosconscientesde loqueperdimos.Pocomáshaocurridodesdeentonces,yelcalendario,lamonotoníay,porqué no decirlo, la perezosa desidia, se ha encargado de lo demás.

Tengo cuarenta y un años y todavía hoy vivimos como podemos, y aunque siempre hemos estado juntos y bajo el mismo techo, apoyándonos, los días siguen siendo demasiado sordos, mudos, ciegos y ordinarios. Días normales y corrientes sin apenas palabras ni añoros. No recuerdo realmente las cosas que hice el año pasado por estas fechas, aunque seguramente las repita de igual manera dentro de doce meses. Ni recuerdos ni anhelos. Ningún momento concreto, ningún detalle, nada especial. Como una conversación circular que no se sabe quién la empezó ni quién la cerrará. Un pasado velado, un presente repetido y un futuro sin expectativas.

Así,cadadía,cadadía…

Ayermeacosté,mepasa amenudo,pensando en esto yal despertarme, nadahacíasuponer queseríaundíadistintoaanteayeroamañana.Pintabaindolente,comocualquierotrocuando abrílosojosalahoradesiempre ymepuseapensarenloqueteníaquehacerenlaspróximas cinco o seis horas. Rutina y tareas. Ni siquiera tuve sensaciones, o vibraciones, como dicen ahoralosmásjóvenes;nibuenasnimalas.¿Undíanormal?¿Otro?No,estavezno.Laarbitraria suerteporfinmeibaasorprenderunpoco.Bueno,amíyalmundoentero.¿Losabíaalguien?; lo dudo. Ahora todos.

Mipadrenoshabíaavisadoacadaunoporwasap;asuestilo,casidemaneratelegráfica:

«Salimos; aunque sea a última hora. Si alguien no puede, que lo diga, y subid al menos un coche y una maleta pequeña. Tenéis cosas allí. Llevo la cena. Ema, ¿dónde estás?». Dejé la bata y los zapatos de trabajo en dos cajas distintas dentro del armario del almacén como si no fuera a volver nunca y salí disparada. Tan disparada y nerviosa por la emoción y la sorpresa que ya en el aparcamiento, a punto de entrar en el coche, tuve que volver al laboratorio a conectar la alarma, cerrar el agua y dar doble vuelta a la persiana. Menos mal que esta vez no se me había olvidado lo del coche: «Subid al menos uno», no sería la primera vez, y además iba tarde. Por cierto, ¿dónde tengo las llaves?

Se adelantaron unos minutos —mis hermanos me avisaron— pero pude verles a lo lejos, enfilados y en dirección a donde todos sabíamos. Con un «salimos» fue suficiente; tarde o temprano, antes o después, tenían que pasar por delante de mi empresa. Fue después. Íbamos a la casa de la sierra; a La Montaña. Todos. Era casi una orden. A partir del sábado catorce de marzo se decretaría en todo el país el Estado de Alarma. Mi familia, yo, y todo el mundo en vela. Mi padre se enteró el primero, siempre el primero, y siempre hipnotizado por la radio y por la misma cadena, la SER.

Llegamos ya de noche, hacia las nueve menos cuarto, serpenteando la sierra por las desiertas veredas de siempre, muy conocidas para nosotros, pero ahora, como todas las demás cosas, más apagadas y desiertas de lo normal. Aparqué en el pajar, cerca de la puerta y detrás del legendario Škoda Estelle Two verde del 84 de mi padre. Habían llegado hace un par de minutos, pero esperaron dentro del coche y nos bajamos todos a la vez. Al contrario de cuando no éramos tan maduritos, entramos sigilosos sin saber muy bien la razón. Quizá la situación, la hora, el cambio repentino de planes, o simplemente el momento o el miedo. Dentro, el olor a casa vacía de siempre, y fuera, en el nuevo espacio exterior, ningún ruido. Silencio. Desde el principio.

Esdocedemarzo yestaremosconfinadosuntiempo—dicen— enlacasadecampodemis bisabuelosmaternos.Entreteniéndonos.Nosparecióbuenaideaviendolosacontecimientosno esperar hasta el viernes. Todos podíamos o hicimos alguna trampilla en el trabajo para no quedarnos solas en el piso. ¡Y menos mal!

Aquí en la sierra doble ración de silencio yun sitio inmejorable para recogerse yhuir de la nuevapesteurbana.Huir;avecespiensoquesiempresetratadehuirmásquedeirhaciaalgún sitio,yestaveznoibaaserdiferente.Elconfinamientoyanoseríavoluntario,seríaobligatorio: Decreto 463/2020, Estado de alarma para la gestión de la situación de la crisis sanitaria ocasionada por la Covid-19. La noticia del siglo hasta ahora. Normal.

Nada más entrar subí a mi habitación con una mano sobre la otra. Solo bajé un segundo, al cabo de media hora, a buscar mi mochila y el bolso, pero no cené ni me despedí de nadie. Estaba rara, pero no triste. Me puse el camisón de invierno que guardo debajo de la almohada, como las abuelas, y sin recogerme el pelo ni mirarme en el espejo del armario me recosté. Las maletas las subiré mañana, pensé, mientras me acurrucaba debajo de las mantas de pelo, y después de un rato, no sé cuánto, dejé de pensar, y supongo que me dormí. Vamos, sí, me dormí. De pensar no estoy segura; iba a tener mucho tiempo para hacerlo y estaba decidida a aprovecharlo desde el principio.

***

2020. 19 de marzo. Sax, Alicante.

Habíapasadounasemanaynosestábamosadaptandomásomenosbienaconviviraisladospor sentidoderesponsabilidadpersonal,social,ypormandato.¡Quédateencasa!¡Nosalgas! ¡Juntosloconseguiremos!Suenabien.Lodicenenlasnoticiascontinuamente,enformade spot,enradioyTV,yparececomosiderepentetuviéramosqueaceptardecualquiera —Gobierno incluido— mensajes, consejos, advertencias yhasta amenazas veladas sin ningún tipo de contemplación. Teníamos miedo. Nadie lo dice. En casa tampoco.

Han pasado casi ocho días—yalo hedicho—,ocho díasiguales, ydemomento no mevoy aquejar.Todaactividadestaráparalizadahastaelviernesveintisietedemarzo,eloncedeabril, eldiezdemayoohastaeldíadelsayo;quiénsabe.Todoytodos.Tambiénlatropaobrerayno obrera, los que estudian y los que no, estaremos enclaustrados en nuestras casas hasta que el virus quiera y la gente aguante.

Y así pasaron los primeros días, sobre todo los primeros, y yo seguía tumbada muchos de ellos en medio de este obligado y arbitrario tiempo libre, entre la realidad y las ruinas del recuerdo, como una adolescente de más de cuatro décadas, mirando al techo y pensando en mi última etapa colegial postobligatoria.

Diecisieteaños.Recuerdosydesastres.

Era 1996 y no ibas a Bachillerato por Decreto, pero casi. Cualquier semana era normal, y en mi colegio, el C.P Alberto Sols, igual de parecidas. Sonaba el despertador hacia las seis y media. Lo apagaba, me duchaba, me vestía, desayunaba y salía. Así, todo muy escueto, como está una a esas horas de la mañana. Cogía el autobús y entraba hacia las ocho. Algunos días incluso a las ocho, dependiendo del profesor de la primera hora y de su responsabilidad o paranoia con la puntualidad. Escuchaba las monótonas primeras palabras como el pan rancio de cada día y tomaba apuntes de las explicaciones de cada asignatura, las mismas cada semana, lógicamente, aunque a diferentes horas, y unas más interesantes que las otras, en el fondo y en la forma, lógicamente también. En los cambios de clase, y en el patio, y como siempre a esa edad, estaba con mis mejores amigas, hablando y riendo unas veces, o callada y a mis bolas, otras. Y poco más.

Y así transcurrieron las horas ylos días de aquellos años. A la tarde no tenía actividades de repasoniampliación.Nonecesitabarefuerzosniloshubieraquerido.Nuncafuiaunaacademia ni tenía planes fijos. Hacía algo de ejercicio sin demasiadas ganas, leía, terminaba los deberes obligatorios,destrozabaalgúninstrumentoyplanchabaelsofácama.¡Oh,sofá!Dicenqueestar cansadoessíntomadesaludadolescenteyestoytotalmentedeacuerdo.Nofuialmédicohasta bien entrados los treinta.

A veces también quedaba con los amigos y conocidos del barrio, o vagaba sola, y volvía a quedar, y volvía al sofá; vamos, lo normal, pero sin horarios; y ¡claro!, estudiaba un rato. Primero las materias que más me emocionaban, como Física y Química e Historia de la Cultura. No eran para mí trabajo ni sacrificio, simplemente las estudiaba. Solía apuntar las indicaciones que daban los docentes y adelantaba algo del siguiente trimestre o curso. Como me gustaban, me interesaban, y como me interesaban, las entendía en el sentido más amplio de la palabra, y aunque no sacaba siempre dieces, ni mucho menos, estaba más que satisfecha. Luego estudiaba lo demás.

Y así seguían pasando las semanas y los meses de mi fructífero aburrimiento organizado adolescente. Quizá me sirvió de algo el mantra diario de un profesor en el penúltimo curso de EGB. Se llamaba Eleuterio. Perdón, Don Eleuterio, un visionario a pesar del nombre. Repetía unafrase,caminandoporelaula,casisilbando,comosinofueraconél,quemehipnotizaba: «Solo aprendeel quequiere, ysolo apartirdel maldito momento en el quedice, mirándoseen elespejo:¡quieroaprender!». Lode «malditomomento»lorecalcabaconfuerzayrabia,como acordándosedealgo. Quizátambiénselodijeronaél depequeño o selo vomitabaasu retoño dequinceañoscuandoclavadoenelsillónmáscómododelasalanolehacíanipuñeterocaso.

¡Quieroaprender!Mellegóesemomentopronto,yaenelinstituto,ensegundodeBUP; ¡quiero!,¡quiero saber!

Y así pasaron más años en el calendario yen la piel, uno tras otro, ylos lustros… Después, siguiendo la «ruta del tubo» vino la universidad —demasiado parecida al instituto—, mis primeros trabajos gratuitos de becaria y las inevitables preocupaciones treintañeras.

Me decidí al fin, y estudié Química en la Universidad de Granada, asistiendo, además, por mi cuenta y riesgo —me colaba— a los seminarios trimestrales de Historia Política y Literatura Clásica. A todos los que podía. Cóctel. Diferentes pabellones. Tenía que hacer magia de todo tipo, incluyendo la transportación, y me acordaba a menudo, entre distracciones, de la inquietante frase de Antoine de Saint-Exupèry en Le Petit Prince; aquella de: «Donde tienes tu tiempo, tienes tu corazón», y suspiraba; no siempre se puede, querido Antonio, o te dejan, y sobre todo, puedo asegurarte a ti, a mí y al mundo que no soy la «Principita» ni de cerca.

Eso sí, creo sin fundamento alguno que la Literatura no se debería estudiar. Es demasiado importante. A la Historia, a la Geografía, a la Física, y por supuesto a la Química le pongo un poco más de cabeza, no mucha, pero a la Literatura nada; no puedo. Es como las dos manos en la guitarra. Lo que hace la izquierda es aritmética, lo de la derecha, magia y latido; por eso las matemáticas son para gente inteligente, y quizá por eso mismo tampoco estudié Música.

Y aquí sigo, encima de la cama, como el día que llegamos y otros muchos, recordando y soñandodespiertacomosihubiesehechoalgodeotragalaxia.Puesno.Lodecualquiera.Sino estoy trabajando en Laboratoris Sallés —pyme, dicen ahora— estoy en casa ocupada en las tareas normales y corrientes de una profesional liberada como yo: leer, estudiar, ir al teatro, hobbies, ver la tele, pasear con mi perra, dormir, o simplemente estar. Nada especial. Con cuarentayunañosmedoycuentadequenohecambiadomucho.Sigoconlasmismasaficiones yparecidos intereses, aunque estos últimos, la verdad, los he tenido que reprogramar un poco. Bastante. También soymás crítica —creo—, pero igualmente individualista ypragmática. Me sigo adaptando a mí misma e intento vivir como pienso, pero como también hay que comer, trabajo, me gusta lo que hago, y aquí estoy.

Vivo en Sax, con mi familia. Es un pueblecito del interior de Alicante, en la comarca del Alto Vinalopó, junto a la Sierra de Cabreras y la de Cámaras y ahora estamos —como casi siempre desde que éramos unos enanos— en la casa familiar de La Montaña. De pequeños vacilábamos a nuestros amigos con el nombrecito, sobre todo a los nuevos, cuando nos preguntaban sin que nadie se lo pidiera, por ejemplo, que qué íbamos a hacer el finde; y ¡claro!, nosotros, mi hermano, mi hermana y yo, contestábamos siempre lo mismo, ya empezándonos a reír —y con vehemencia—: «Nos vamos a La Montaña». Y nos reíamos solos y antes de tiempo, porque la segunda pregunta de nuestros incautos amiguitos estaba cantada: «¿A qué montaña?» y es entonces que se venía el cachondeo ya entrenado: «A La Montaña de la casa de mis abuelos». A veces incluso el vacile continuaba un rato más porque alguno, algo más lerdo e inocente, preguntaba si la casa de mis abuelos y bisabuelos tenía montaña, y entonces teníamos que desarrollar un poco más el tema y estirar el pitorreo lo más serios posible…; en fin.

Cualquiertiempopasadofuemejor;bueno…ya estáescrito.

No me acabo de incorporar. De momento estoy encantada, la verdad, pero encantada de encantada, porque estamos sanos, juntos, y al menos yo entretenida en varios asuntos a los que no había podido dedicarles ni un segundo en millones de años. Sí, aquí dentro. Planes nuevos. Retos. Búsquedas, o simplemente el compromiso de hacer mejor las cosas más básicas: alimentarse, echar la siesta sin la carraca del móvil o hacer ejercicio a la hora que quiera. Aun así dudo de que de este retiro obligado se pueda sacar algo bueno, pero hay que esperar siempre lo mejor y por eso espero que mis improvisados planes me ayuden a mantenerme concentrada y distraía por igual.

Además —y que no se me olvide— estoy en la sierra, en el paraíso sajeño, con mi familia y viva. Lo peor está ahí afuera —como si fueran dos mundos—, en el exterior, ese exterior que ahora es sinónimo de pandemia. Pandemia de incertidumbre, de amargura y miedo. Soy del gremio, de los que entienden algo de esto, y la verdad es que lo veo todo sostenido con hilos de algodón.

Hasta Siri está nerviosa y distraída con esta nueva situación. Eso sí, sigue a sus cosas, sin pena ni gloria, y se pasa el día dando vueltas por la casa o tirada por donde le da la gana. No, no es mi hermana, ni mi hermano —aunque este hace cosas parecidas—, es mi perrita y el nombre le viene al pelo; cuando la llamas, contesta, y si necesitas algo, lo busca, lo encuentra y te lo lleva; solo le falta cantar.

¡Ah,mihermano!Sí,tengouno.Eselmayor.Estaráensucuarto.Digoestará,porquenose oye nada desde hace un buen rato y puede que esté durmiendo la siesta en la hierba. Se llama Daniel,aunquetodos—tambiénnosotros—ledecimosDan.Tienecuarentaydosañosyacaba de terminar un Doble Grado en Ciencias Políticas y Derecho, también en Granada. Primero hizoMatemáticaspuras,hacemuchosaños,peroparecequenolebastó.Nohablamucho,ano serqueseadesustemas.Loquierounmontón—aunquesomosbastantediferentes—,ycuando dice: ¡Ya!—su palabrapreferida—,dicemuchas cosas. Daríami vidaporél, yséque él haría lo mismo. Es la verdad.

Tengoelpresentimiento,otromás,dequeestacuarentenaenplenaCuaresmaporelmaldito COVID me va a sacar de la turbia rutina; a mí y a todos; nadie recuerda haber estado en una como esta. No sé si es un deseo, una presunción o parte del estado mental en el que estamos, pero para desengañarme estoy en el tiempo y el lugar perfecto.

¡Uy!Me estoydistrayendo.

Tambiénestámihermana;unahermanaqueesperoquenolacambieniestevirusinfameni este tiempo raro; es casi de mi edad, treinta y nueve años, y se llama Ayra. Está de emprendedora,de«recogeideas»,comounángelsinalas,dice,parahacernegociosatravésde empresas virtuales.

Laverdadesquesoloellasabeloquehace.Estudióidiomas—así,engeneral—ysumáxima es que como sepas comunicarte los negocios van solos. También hizo algo de ofimática al terminarelbachillerato,loqueempezabayhabía,perocomosiempre,lodejó.Depequeña,eso sí, sabía más de insectos que la mamá del Escarabajo Gigante, el más grande, —sigue diciendo—, y el más negro. Todavía le encantan. Tampoco hace ruido; ¡qué raro!, quizá esté enalgunadesusvideoconferenciasosimplementeensusmulticosas.Deloqueestoyseguraes de que a esta no me la confinan tan fácil.

¡Confinamiento! ¡Qué palabrota! Cuando se la dije el otro día le sonó a confites, yme dijo quesisalíaalsúperletrajeraunabolsadecaramelosazucarados,peroalavezpicantes,salados yamargos.Creoqueunavezmásmeestabavacilando.Enfin,sinomebuscaesqueestábien.

Falta mi padre. Se llama Albert y seguramente estará revisando los cuadros del sótano. Lo hace cada vez. Quiere instalar una red wifi —esta vez no venimos de fin de semana— y lleva días dando vueltas por todas las estancias colocando módems y repetidores para que nuestras cosas de trabajo y ocio sean más llevaderas hasta que todo se normalice.

Esinformáticodelosbuenos.Delosqueantesdeser«telecos»fueronelectricistas;¡vamos!, de los de primero hardware y después software. Se tuvo que reciclar. Aprendió de forma autodidacta yno lecostó poco precisamente. Ahoraes un fueradeserie. Nos cuidacomo sabe y puede, aunque siendo sincera, muy sincera, me gustaría que hubiera podido más. Está jubilado,peroenbuenaforma,trabajandoasussetentaycincoaños,ydesdehacemásdetreinta esmuyraroquenoseausentecadamesunosdíasparaasistiracursosdeformaciónencualquier partedeEspañaoEuropa.Dicequeesmásde«presencial»,quelodelavirtualidadylocuántico noessucampo.TambiénseapuntaalmenosunavezalañoalIMSERSOyañadeporsucuenta y dinero, unos días más; a eso me refería con que me gustaría que hubiera hecho más por nosotros, porque en algunos momentos lo habríamos necesitado.

Bueno, también falta mi madre; pero ella no está, ya no está. Se llamaba Ángela. Fue muy duro para él y para todos, y solo el tiempo ha curado algo las heridas. Murió al día siguiente de nacer Ayra. Apenas la recuerdo. Quiero y no puedo. Tendría poco más de dos años y nuestro padre creo que no nos ha contado todo; bueno, esta vez he dicho creo.

Estoysegura de que Ayra, Dan y yo tenemos dentro parte de su alma, además de su coraje. Separecemuchofísicamentealapequeña—elladicequeamí—sobretododeadolescente, y poresoquierotantoaesalagartija.Tambiénaella.AmimadreÁngela.ÁngelaSallésMorell. Yaestamostodos.Notengosueñonidesiesta,soloqueríarecordarycerrartodaslaspuertas; estabahaciendo aire.

***

Bajé alaplantaprincipal no sin antesasomarlacabezapor el ventanal que daal exteriordela fachada,yalcontrarioquelacasa,encalma,ylospasillosdeloscuartos,deshabitados,elcielo dibujabatodos los tipos denubes quedeben deexistir:cirros, estratos, cúmulos yotros menos familiares.Nosalíademiasombro.Mifamiliaseestabatomandoestodelacuarentenaenserio. Eran apenas las cinco y veinticinco en el reloj de pie, y aunque no teníamos pensado hacer nadademasiadoespecialporelDíadelPadre,tampocomeesperabaaestahoradelatardeeste remanso de paz. De paz por dentro, porque por fuera la tarde seguía su curso yse empezaba a poner definitivamente desagradable. Por momentos el viento rugía furioso, a embates cortos, dejandoluegopasoaunsilencioinquietantesolorotoporelgolpeteodelasramasmáscercanas alas cristaleras del desványalos salientes más altos dela fachada.

Cerré del todo las persianas de la planta bajay solo quedaban las de arriba; erala excusaperfectaparavolverasubiryhusmear.Siemprelohago,desdepequeña,desdequemedejaron subir sola ypor primera vez a la buhardilla, yespecialmente cuando todos duermen o parecen ausentes.Tienesu tonteríaandarcomodepuntillas;añademorboalmorbo.Además,lascasas grandescomoesta,medioabandonadasydesocupadasgranpartedelaño,tienentantasesquinas yrecovecosquenuncasesabesihasestadoentodos.Loshasrecorridocientosdevecesy siempre haysorpresas; desde pequeños insectos incrustados en objetos irreconocibles hasta la simple suciedad fosilizada que crea a su antojo figuras amorfas en paredes y techos. Aparte,estáloqueenredamos,cambiamosytraemosdelpisodeSax,yacumulamosenformade «pongos»para luego amontonarlo todo como en una hoguera. No se hace con mala intención, dehecho,vuelvesconeldeseoderecuperarloshastaqueadviertesasombrada,quealguienlos ha vuelto a mover.

Son fantasías; esas que tienes en la cabeza desde que eres niña y que no abandonas nunca; tentar al miedo como los gatos y disfrutar de la sensación de buscar. De todas formas, trataré de no hacer ruido. Bastante hayfuera. No quiero despertar ni a Siri ni a Dan. Las escaleras de lasegundaplantano fueron reparadas en laúltimareforma ysi no sabes dóndepones los pies, loslistonesmáshuecoscrujentantoqueparecequeacabanderegresardeunafiestadesolteros los enanitos de Blancanieves.

Es eso, y tu imaginación, lo que hace más excitante esta parte de la excursión al desván porqueamedidaqueasciendeshuelemásaotrostiempos.Yahesubidovariasvecesestamisma semana, casi a diario. Me gusta estar allí.No me suelo encontrar ni a Dan ni a mi hermana ni a la perra, pero parece que los duendecillos suben y revuelven a su antojo, porque un día sí, y otrotambién—hoytampocohanfallado—aparecencosasdispuestasdedistintaformaacomo lasrecuerdo.Sí,hedicholosduendecillos,losduendecillosdemiazotea,demiestómagoydel azar.

***

¡Malditalatranquilidadquehabíaenlacasaalascincoyveinticincoenelrelojdepiedelsalón, y maldita esa hora en sí misma!; ¡maldito el momento en que puse mis patas en dirección a la buhardilla!; ¡maldito el crujido de las ramas contra los cristales de las ventanas!; ¡maldita la expedición y el morbo previo al chasquido de los listones!; ¡maldita la suerte y mi curiosidad incorregible de gatos, chuchos, conejos y hámsteres!; ¡malditos los duendes de mi azotea, los del bosque de Mariola y los de El Señor de los Anillos; ¡maldito el armario que se me ocurrió destapar y abrir!; ¡maldita yo entera…! Y ¡bendito el instante en que vi entre dos baldas mal clavadas, algo quese deslizó en vuelo hasta el piso; como unas pequeñas hojasdepapel ajado de otro tiempo unidas con hilos azules… ¡Una libreta!

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Día 1

1943. 19 de marzo. Viernes. Berlín, Alemania.

Estoyenelpunto.Heesperadoaquemismanosmejorabany…nohepodidomás.Ocho semanas —quizá nueve—, ocho semanas oscuras en las que en cada camino, bosque ypueblo no he visto más que muerte. En el sitio de Ládoga fui como una bestia más; estaban por todas partesyluchareralaúnicaformade...pasémiedo;miedo…, ysologracias alcieloestoyaquí.

Te escribiré cada noche —es nuestra única promesa— con esta Underwood N5. Estaba en elsuelo,alavista,comounmueblemásapiedelamesilla,yaunqueconmáspolvoqueteclas, funcionará.Novoyaesperar.Lasnochessonsiempreiguales,oscurasyfrías,yhaymomentos en los que no pienso con claridad. Las Waffen-SS desfilan como salvajes por los bloques, ladrando de madrugada como los perros pastores que llevan. Lo de «pastores» debe formar parte del humor cínico nazi, aunque hablar de humor nazi, a secas, también es una contradicción.

Estoyenel «agujero»desdeeldíatrece—asílollamaelmáspequeño—entrelasegunday tercera de un edificio de ocho plantas del Bloque 7. La vuelta a Berlín la hice tendido en un camión hospital; no quiero recordarlo; fue peor que... Se acabó. Durante una semana eterna tuve que deambular y ocultarme como un animal en portales y callejuelas, y dormir encima de la basura y de las ratas hasta que me sacaron. Creo que ha sido un golpe de suerte. Estoy confuso, y hoy mismo, día diecinueve, he decidido comenzar.

No te extrañará todo esto si algún día llegas a leer estos papeles. Tendrá que ser así; el correo es imposible y si me interceptaran sería nuestro fin. Tú allí. No quiero pensarlo. Escribiré hasta donde llegue... Perdóname; a veces no puedo acabar las frases; tengo como niebla en la mente y el cosquilleo de las piernas no cesa.

Te echo de menos, Laura. Quizá no volvamos a hablar nunca. No quiero asustarte, pero lo que he visto no da para pensar en otra cosa. Nadie se ha puesto todavía en contacto conmigo, ni sé cuánto tiempo llevan aquí debajo estas personas. Están muy delgadas y tienen mal color. Veo el miedo en sus caras cada vez que la Gestapo, el SD o las SS —son todos de la misma madre— «visitan» el edificio o se escucha a lo lejos el traqueteo de sus carros y el olor sus botas.

Todossaben—comoyo—quesinosencuentranseremosdeportados,enelmejordeloscasos, acualquieradeloscampos