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¿Para qué sirve leer novelas? recupera la potencia de la ficción para comprender el mundo que habitamos y activar prácticas de vida una vez que cerramos los libros. Alejandra Laera elige un conjunto de novelas argentinas del siglo xxi y explora sus conexiones con el capitalismo contemporáneo. En medio de una crisis de alcance global que se profundiza en las economías regionales, aumenta la precarización laboral y provoca amenazas socioambientales, ciertas novelas despliegan una imaginación narrativa amplia y diversa, cuyos protagonistas siempre buscan desafiar, resistir o lidiar con las asechanzas y las dificultades que se les presentan una y otra vez. Organizado alrededor del dinero, el trabajo y el tiempo, este libro trama una lectura original que va de los diarios novelados de Ricardo Piglia o Alan Pauls al anticapitalismo novelesco de María Sonia Cristoff; de los dilemas de los escritores ante el mercado narrados por Sergio Bizzio o Juan Becerra a los juegos temporales de Samanta Schweblin y Gabriela Cabezón Cámara; todo con el fin de reconquistar para el presente una magia perdida por medio de la ficción. La autora se pregunta: "Ante la desazón o el enceguecimiento frente al capitalismo, ¿qué puede tener para decirnos la literatura?". El libro indaga este interrogante y sondea las propuestas narrativas que conectan críticamente a la novela con el descarnado capitalismo a través de la imaginación.
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Seitenzahl: 295
Veröffentlichungsjahr: 2024
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ALEJANDRA LAERA
¿PARA QUÉ SIRVE LEER NOVELAS?
Narrativas del presente y capitalismo
¿Para qué sirve leer novelas? recupera la potencia de la ficción para comprender el mundo que habitamos y activar prácticas de vida una vez que cerramos los libros. Alejandra Laera elige un conjunto de novelas argentinas del siglo XXI y explora sus conexiones con el capitalismo contemporáneo.
En medio de una crisis de alcance global que se profundiza en las economías regionales, aumenta la precarización laboral y provoca amenazas socioambientales, ciertas novelas despliegan una imaginación narrativa amplia y diversa, cuyos protagonistas siempre buscan desafiar, resistir o lidiar con las asechanzas y las dificultades que se les presentan una y otra vez. Organizado alrededor del dinero, el trabajo y el tiempo, este libro trama una lectura original que va de los diarios novelados de Ricardo Piglia o Alan Pauls al anticapitalismo novelesco de María Sonia Cristoff; de los dilemas de los escritores ante el mercado narrados por Sergio Bizzio o Juan Becerra a los juegos temporales de Samanta Schweblin y Gabriela Cabezón Cámara; todo con el fin de reconquistar para el presente una magia perdida por medio de la ficción.
La autora se pregunta: “Ante la desazón o el enceguecimiento frente al capitalismo, ¿qué puede tener para decirnos la literatura?”. El libro indaga este interrogante y sondea las propuestas narrativas que conectan críticamente a la novela con el descarnado capitalismo a través de la imaginación.
Es doctora en letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA), profesora titular de literatura argentina en la misma universidad y directora del Instituto de Literatura Argentina “Ricardo Rojas”. Es investigadora principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y codirectora de la maestría en periodismo narrativo de la Universidad Nacional de San Martín. Dictó cursos y conferencias en diversas universidades del país y del exterior.
Es autora del ensayo Húmeda, susurrada, afectiva, creativa. Otra imaginación territorial para la Argentina contemporánea (2022), y ha publicado numerosos artículos y ensayos en revistas especializadas y volúmenes colectivos. Fue directora de El brote de los géneros (2010), tercer tomo de la Historia crítica de la literatura argentina, y realizó la antología de literatura y arte Una historia de la imaginación en la Argentina (2019). Fue también coeditora de varias compilaciones, entre ellas Las brújulas del extraviado. Para una lectura integral de Esteban Echeverría (2006), junto a Martín Kohan, y A History of Argentine Literature (2024), junto a Mónica Szurmuk.
El Fondo de Cultura Económica ha publicado sus libros El tiempo vacío de la ficción. Las novelas argentinas de Eduardo Gutiérrez y Eugenio Cambaceres (2004), y Ficciones del dinero. Argentina, 1890-2001 (2014); las antologías de Manuel Mujica Lainez Los domingos de la belleza. Antología de relatos y crónicas (2005) y El arte de viajar. Antología de las crónicas periodísticas (2007; 2023), y la compilación de Alfonsina Storni, Instantáneas de mundo (2023); estos dos últimos títulos dentro de la Serie Viajeras/Viajeros, de la cual es directora.
PENSADO, elaborado, escrito y leído una y otra vez a lo largo de los últimos años, este libro se hizo de mis intereses y preocupaciones críticas y de muchísimas conversaciones no siempre ligadas directamente a él. Quiero agradecer a mis amigos, colegas y estudiantes que de algún modo me inspiraron en el recorrido que me llevó a escribir ¿Para qué sirve leer novelas? Narrativas del presente y capitalismo. También a los equipos de trabajo de los que participo (Sandra Contreras, ¡¿qué haría yo sin nuestras charlas?!), por el compromiso y el intercambio, y a las instituciones y publicaciones que me invitaron a difundir, en reuniones académicas, artículos o seminarios, algunas de las propuestas. Y en especial, como siempre, al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (el CONICET), que es el principal sostén económico de mis investigaciones, y a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, desde la cual pienso siempre mi tarea crítica, con sus pasiones y con sus responsabilidades.
El dinero, el trabajo y el tiempo (¡capitalistas!) son, por exceso o por defecto, tres de mis puntos débiles, y atraviesan mi vida cotidiana involucrando, a veces hasta el vértigo, a quienes me rodean más cercanamente. Agradezco a mi mamá, Ana Spisso, por no dejar de escucharme nunca. Les dedico a Goyo y a Chano, los ya jóvenes hijos que tenemos con Gonzalo Aguilar, lo que pude hacer por escrito con esos temas.
UN MUNDO en crisis: pobreza sin freno, desigualdad en aumento, democracia en trance, catástrofe ecológica, descontento social. En los últimos tiempos, la crisis ha dejado de ser percibida como una circunstancia coyuntural para ser vivida como un estado endémico en el que, nostálgicos, furiosos o defraudados, no avizoramos una salida verdadera. Por el contrario, nuestra imaginación sobre el futuro se hunde en la situación en la que estamos instalados, empeorando cada vez más, o destruye todo lo conocido, dando un salto distópico tras el cual hay que empezar de cero para sobrevivir. Nuestra imaginación, la de las mujeres y los hombres cuyas vidas se ven en mayor o menor grado afectadas cotidianamente por la crisis, está modelada por las narraciones más pesimistas del realismo clásico y por las ficciones narrativas más apocalípticas. La literatura es la gran abastecedora de argumentos del imaginario social sobre el estado crítico del mundo y sus modos de vida, aunque el lazo que se sostiene con ella esté excesivamente mediado porque sus tramas y formas han asumido a lo largo del tiempo formatos variados y soportes muy diversos (audiovisuales, performáticos, mediáticos, publicitarios), todos de mayor pregnancia en la actualidad. Ese mundo que está en crisis es el mundo capitalista que habitamos: el de la lógica economicista, la precarización laboral, la aceleración y el cortoplacismo. Lejos quedaron en el presente tanto las expectativas puestas en un Estado benefactor como los sueños revolucionarios que apostaban por la transformación total. Atrás también han quedado los tiempos en los que la literatura, en especial la novela, cumplía un papel social que excedía el entretenimiento y la distracción, la terapéutica del yo y la autofiguración, tan frecuentes hoy en día, y contribuía en cambio a diseñar visiones del mundo o a activar imaginarios emancipadores.
La pregunta que da título a este libro puede parecer muy temeraria tratándose de un libro sobre literatura y capitalismo: ¿Para qué sirve leer novelas? Narrativas del presente y capitalismo involucra saberes, disciplinas, teorías literarias, económicas y políticas, prácticas múltiples, opiniones personales y mediáticas, estilos y modos de vida. Por eso mismo, en esta introducción evoco una larga historia que data por lo menos de mediados del siglo XVIII, con episodios puntuales que recurrentemente aquejan a las sociedades (la crisis de 1890 o de 2001 en Argentina y también la de 2023-2024, la de 1929 o del 2008 en Estados Unidos, la crisis internacional del petróleo en 1973) y con inflexiones particulares de diverso tipo (el capitalismo industrial, el posfordismo, el neoliberalismo). Qué hacer con el capitalismo hoy es un interrogante central en el mundo contemporáneo, que recorre un arco social amplio y, formulado explícita o implícitamente, compromete tanto las estratégicas herramientas modernas de las políticas de gobierno (emisión monetaria, subsidios al desempleo, deudas externas, desguace del Estado, entre otros) como los saberes prácticos a los que recurre tácticamente la economía doméstica (ahorros por descuento, pluriempleo, créditos a corto y mediano plazo, etc.). Desde los años setenta este interrogante ha sido cada vez más acuciante debido a la sucesión sin precedentes de crisis financieras locales y globales, que minaron las certezas en el capitalismo tal como funcionaba hasta entonces, ya sea poniéndolo en entredicho o combatiéndolo, ya sea redoblándolo con el modelo neoliberal que en la década de 1990 encontró arrasadoras vías de expansión y que en la actualidad vuelve a imponerse brutalmente en algunos países. Con la caída del comunismo en el umbral de la década, esta última tendencia se fortaleció por la libertad de acción que recuperaron los operadores financieros y por la desregulación de los mercados al carecer del freno externo que había implicado la amenaza de un modelo económico alternativo (Boltanski y Chiapello, 2002). En medio de la diversidad de propuestas, de respuestas cruzadas, de silenciamientos y complicidades, ante la desazón o el enceguecimiento frente al capitalismo, ¿qué puede tener para decirnos la literatura? Se trata de un interrogante que puede parecer ambicioso porque interpela el imaginario que tenemos sobre el mundo moderno en casi todos sus rasgos (separación, diferenciación, radicalidad, progresión, pero también previsibilidad, estabilidad, seguridad) y afecta nuestra relación con él. Este libro indaga este interrogante, sondea las propuestas narrativas que conectan críticamente a la literatura con el capitalismo a través de la imaginación.
En El enigma del capital, David Harvey cuenta que en los primeros años del capitalismo los economistas políticos de todos los signos se esforzaron por comprender la lógica del flujo del capital y que las apreciaciones críticas sobre su funcionamiento comenzaron a emerger. Entender el flujo del capital (sus vericuetos, su extraño comportamiento) es crucial, afirma, para comprender las condiciones en las que vivimos (Harvey, 2012: 5; subrayo el original: “the conditions under we live”). Ese interés en una comprensión crítica, continúa Harvey, se desplazó en los últimos tiempos hacia la construcción de sofisticados modelos matemáticos, el análisis infinito de datos, el examen de hojas y hojas de cálculo; en definitiva, enterró cualquier concepción sistémica del carácter del flujo de capital en una masa confusa de papers, reportes y predicciones (2012: 5). Frente a ese cambio indudable, a cuyas consecuencias asistimos cotidianamente, es que advierto que una zona de la narración literaria, estrictamente una zona de la novela contemporánea, viene a cumplir su propia función y en sus propios términos, acompañando a su vez la reemergencia de estudios críticos que buscan nuevas respuestas frente a una crisis que ya no es solo coyuntural sino que se ha vuelto estable.
Como si la novela estuviera habilitada para hacerse cargo de esa posibilidad disponible de comprender el mundo (capitalista) en el que vivimos, y lo hiciera, así, a su particular manera: con el recurso a la imaginación y a través de la ficción. Es allí donde puedo sondear, desde la Argentina contemporánea, las propuestas narrativas que atañen al problema crucial del capitalismo en el presente: en las deudas y los gastos que atraviesan dramáticamente ciertas novelas, en las inesperadas reemergencias anarquistas que atentan contra el capital y organizan algunas historias, en los relatos de precarización del trabajo en contraste con la actividad de los escritores, en la representación insistente de las trabajadoras mujeres en clave ficcional o documental, en los conflictos narrativos alrededor del mercado de bienes culturales y sus marcas en el cuerpo de escritores y escritoras, en la novelización del impacto neoliberal en la vida urbana y rural, en la ficcionalización de la crisis ecológica y ambientalista producto de las políticas de explotación despiadada de los suelos, en la puesta en escritura de la tensión entre temporalidades y el corte con el tiempo moderno del progreso.
Hay que aclarar que esto no implica que en la literatura esté depositada social o culturalmente esa función comprensiva ni que una novela entregue una propuesta concreta a seguir. Se trata de una disponibilidad alrededor de la comprensión crítica del mundo capitalista en la que un conjunto de novelas se instala para explorar, hurgar imaginativa y ficcionalmente sus alcances y consecuencias. En el siglo XIX, la novela realista, en tanto inflexión literaria del modo de vida capitalista, acompañó narrativamente ese movimiento hacia adelante, el progreso y el ascenso social. Lo hizo al exhibir sus desafíos y sus fracasos, al indicar diferencialmente las nuevas posiciones sociales, primero, y, por último, al apostar a la posibilidad de que se mejoraran las condiciones de vida. Si Robinson Crusoe, un poco antes, pudo ser leída como el relato individualizado de la formación del capitalismo, las novelas de Honoré de Balzac, Gustave Flaubert, Victor Hugo, Émile Zola, también Thomas Hardy, Benito Pérez Galdós o incluso Charles Dickens, y en América Latina, Alberto Blest Gana, Joachim Machado de Assis o Julián Martel, entre otros, fueron las que representaron en toda su contundencia la lógica del capital, sus flujos caprichosos y sus efectos en la sociedad de la época. Según advierte Jacques Rancière en ese ensayo tan inspirador de 2007 que es “Política de la literatura”, en el que teoriza sobre el cambio de régimen en la adecuación entre las palabras y las cosas desde finales del siglo XVIII hasta comienzos del XX, la novela moderna deja aparecer la escritura cifrada del cuerpo social, en ella se leen síntomas de los nuevos tiempos y se reconocen los restos de mundos colapsados (Rancière, 2011: 39). En suma, podemos decir que el acompañamiento narrativo de la novela realista al capitalismo no fue nunca una marcha triunfal pero tampoco llegó a cuestionar sus cimientos ni los rechazó de cuajo. Que ese rechazo total esté contenido en El capital, el voluminoso libro de Karl Marx de 1867, y que en ciertos pasajes extraordinarios (como aquel en el que el capitalista discute con el obrero acerca del proceso de valorización, incluido en la sección “La producción de la plusvalía absoluta” [Marx, 1946: 142-145]) recurra a los personajes, el conflicto y el tono de una novela, muestra inmejorablemente no solo el esfuerzo invertido por la economía política para comprender el capitalismo, sino, lo que es más importante en pos de mi argumento, la sintonía entre la economía política y la moderna novela realista para comprender el mundo en el que se estaba viviendo.
Ahora bien: en el presente, como anticipé, la novela ya no cumple una función semejante. No se deposita en ella algún tipo de creencia en las representaciones que ofrece, no se confía tampoco en ella para encontrar relatos sobre el funcionamiento del capitalismo. Y aun así, y aun cuando ocupe un lugar más acotado y menos disputable en el espacio social, continúa participando de lo que Rancière llama “el reparto de lo sensible” y define como “esa distribución y redistribución de los espacios y los tiempos, de los lugares y las identidades, de la palabra y el ruido, de lo visible y lo invisible” (2011: 16). En el dar a ver y hacer visible lo que no lo era, en el dar a oír y el hacer inteligible lo que se escuchaba como ruido radica una política de la literatura en la medida en que esta interviene como tal en el reparto de lo sensible que caracteriza a la política. Solo que las novelas contemporáneas que exploro no lo hacen participando en el reparto de lo sensible, sino imaginando nuevos repartos de lo sensible. Más aún: imaginando una redistribución de ese reparto de lo sensible que no solo hace visible e inteligible aquello que no lo era (que no lo es), sino que postula nuevos sujetos con capacidad para designar ciertos objetos comunes y argumentar sobre ellos. Tal redistribución imaginativa, podríamos decir aprovechándonos de las palabras de Rancière, llega a hacerse literal: hay niños-monstruos envenenados por los agrotóxicos que controlan el tiempo de la vida y del relato, hay individuos devenidos superhéroes que luchan con el contrabando capitalista en una sociedad hipertecnologizada y se alían con el terrorismo ecológico, hay escritores y escritoras que solo desfigurados logran agencia en el mercado del libro y el arte… ¡en estas novelas hasta el plomo y un chancho salvaje logran asumir la narración para argumentar sobre hombres y mujeres y contar sus historias! ¿Acaso quiere decir esto que la imaginación lo que hace es apostar a lo maravilloso, lo fantástico o a la construcción de fábulas? ¿Quiere decir que la ficción se yergue por fuera del campo de lo real? No, porque no se trata de una cuestión de géneros literarios. Tampoco del realismo versus lo documental. Estas novelas no plantean la pregunta sobre lo posible ni la pregunta sobre lo cierto.
Ante la preeminencia que le otorga Rancière al programa realista como “principio de una nueva repartición igualitaria de la experiencia común” que proviene de sus interrogantes acerca de la política de la estética, el desacuerdo y el reparto de lo sensible, Sandra Contreras, en una lectura insoslayable del pensamiento ranciereano, señala que “solo una reconfiguración del lugar de la política, y conjuntamente de la idea de literatura, podría habilitar otros modos de pensar la ‘salida’ de la escritura hacia lo real” (2018: 28 y 29). Frente a la paradoja enunciada por Rancière acerca de la función política del arte actual como sustitutiva del déficit de la política propiamente dicha, en desmedro del régimen estético y borroneando las fronteras entre arte y vida, signos y cosas, Sandra Contreras propone poner entre paréntesis las evidencias “para explorar, con más curiosidad que vigilancia” el contexto de unas escrituras que podríamos considerar emergentes (ibid.: 29). En lo que me interesa y quiero sondear, se trata de un campo abierto a la imaginación, que habilite a la ficción a pensar tramas, contar historias, proponer salidas, sin límites de ningún tipo. Se ficcionaliza lo documental (un diario de vida, una crónica), se desrealiza la referencialidad (la ciudad de Buenos Aires, el conurbano, las afueras, las regiones del país), se falsean identidades reconocibles (nombres propios de escritores y escritoras, de personajes de la historia y la política), se novelizan historias de la vida real (la vida de un amigo, de una amiga, la vida propia).
Es allí donde, propongo, podemos encontrar pasajes, aperturas y salidas que nos permiten comprender mejor el mundo capitalista en el que habitamos, justamente en esa combinación entre un cierto tipo de tramas y ciertos modos y formas del relato. Y es allí, también, donde podemos sondear propuestas narrativas para lidiar con él, resistirlo, contrarrestarlo, horadarlo. Ya decía Rancière también que el principio de la novela realista en tanto forma por la cual la literatura impone su nuevo poder no pasaba por reproducir los hechos tal cual eran en la realidad; se trataba, por el contrario, de “desplegar un nuevo régimen de adecuación entre el significante de las palabras y la visibilidad de las cosas, el de hacer aparecer el universo de la realidad prosaica como un inmenso tejido de signos que lleva escrita la historia de una era, de una civilización o de una sociedad” (2011: 32). En esa misma línea, y a partir del armado de un conjunto de novelas contemporáneas que ponen en juego los elementos, las cuestiones y las formas mencionadas, es que deja de importar la correspondencia referencial o verosímil, la adecuación entre lo que cuenta la novela y lo que puede ocurrir en (la) realidad, mientras, en cambio, captan toda la atención las direcciones que toma la imaginación ficcional y la potencia que contiene. O más bien: el criterio de verosimilitud importa al interior de cada novela y en vistas de lo que se reconoce como un análisis literario, pero no es definitorio respecto de las propuestas narrativas que busco sondear y trazar en ellas, en tanto es en esas propuestas donde voy a leer el lazo entre el mundo que presenta la novela y el mundo que habitamos. Porque el objetivo no es encontrar representaciones, descripciones, relatos de cómo funciona el capitalismo (eso lo conocemos, lo vivimos), sino comprenderlo por la vía de la imaginación y explorar la pregunta acerca de qué hacer con él.
¿Qué ocurre si un atentado anticapitalista desemboca en la muerte de un inocente? ¿Qué pasos seguir ante la herencia de un tesoro escondido cuyo origen es fraudulento? ¿Cómo resuelve un hijo las deudas económicas de los padres? Sabemos los escollos económicos que afectan la iniciación a la carrera literaria y también los distinguimos de los que atraviesan los demás trabajadores, pero ¿cómo se reconvierte a los primeros a lo largo de la vida y qué posición se toma ante los segundos? Sabemos también que para los escritores es difícil y dramático escapar a la lógica del mercado que todo parece subsumirlo e igualarlo, pero ¿quieren hacerlo? Y una vez atrapados en su circulación desenfrenada con sus textos, ¿qué les ocurre y qué marcas deja en su escritura y en sus cuerpos? Y con el tiempo hiperveloz del capitalismo, ¿qué se hace con él: se lo acelera aún más como si así se lo lograra autoanular o se lo ralentiza buscando una vida nueva? Y para ello: ¿afrontamos el deseo o la necesidad de vivir en otro mundo, o nos quedamos en este y buscamos un reencuentro genuino con la naturaleza? Todas estas opciones aparecen desplegadas en las novelas que voy a abordar, y las presento así porque no solo importan las respuestas específicas que podemos encontrar en cada una, sino el modo en que las tramas, en su ficcionalización, nos entregan o nos permiten inferir ciertos planteos que tienen como efecto una desnaturalización y que, por eso mismo, nos interpelan.
En medio de las interpretaciones y los debates sobre el capitalismo actual, Mark Fisher introdujo sagazmente la noción de “realismo capitalista”, al que definió como la idea generalizada de que el capitalismo no solo es el único sistema económico viable sino aquel al que es “imposible incluso imaginarle una alternativa” (2016: 22). Y añadió que, alguna vez, los relatos distópicos imaginaron alternativas que “representaban desastres y calamidades que servían de pretexto narrativo para la emergencia de formas de vida diferentes” (ibid.: 22), mientras que en la actualidad el mundo proyectado en las narraciones no resulta una alternativa sino “una extrapolación o exacerbación de nuestro propio mundo” (ibid.), en la que ratificaríamos que “el poder del realismo capitalista deriva parcialmente de la forma en que el capitalismo subsume y consume todas las historias previas” (ibid.: 25). Justamente, el hecho de no estar elaborando distopías sino otros tipos de “extrapolaciones” o “exacerbaciones” o, simplemente, de ficciones documentales es lo que provoca la desnaturalización que me interesa, ya no para construir imaginariamente otro mundo (ese sería el reclamo de Fisher a los relatos contemporáneos), sino para explorar la imaginación novelesca sobre el propio mundo que habitamos y trazar propuestas narrativas.
Las novelas del conjunto que analizo involucran más que una historia de vida o el relato de la intimidad; involucran, en todos los casos, algo del orden de lo económico sea en relación con la Historia, con la política, con la cultura o con el medioambiente. Se trata siempre, además, del relato de una o más vidas imbricado en el tiempo en el que esas vidas transcurren: pueden ser los años sesenta, los setenta o los dos mil, pero en todos los casos hay también un punto de anclaje en el presente, ya sea que ese presente opere como un supuesto, ya sea porque aparece desrealizado pero con marcas fuertes que aun así permiten reconocerlo, ya sea porque hay una operación sobre el pasado practicada explícitamente desde el presente. Estas novelas contemporáneas cuentan, entonces, historias tramadas con las condiciones económicas en la actualidad, pero nunca enseñan: no enseñan en el sentido de mostrar una representación acabada del mundo, ni en el sentido de dar lecciones o explicaciones. Tampoco dan respuestas sustitutivas o compensatorias ni rupturistas o experimentales, a la manera de la novela moderna. Pero en los planteos que podemos formular a partir de sus tramas, en sus resoluciones imaginativas y en sus decisiones compositivas y formales podemos indagar y bosquejar ciertas propuestas narrativas para comprender mejor el mundo en el presente. Ahora bien: ¿cuáles son las tramas, las decisiones, las señales de las que partimos?, es decir, ¿cómo hacen lo que hacen? Este cómo fue la señal de que me encontraba ante novelas con las que podía armar un conjunto que sirviera para pensar qué hacer con el capitalismo. Las novelas que llamaron mi atención no postulaban temáticamente la cuestión del capitalismo, aunque en todas se lo puede leer como supuesto porque transcurren en “cualquier sistema social en el que predominan de forma hegemónica los procesos de circulación y acumulación del capital a la hora de proporcionar y configurar las bases materiales, sociales e intelectuales para la vida en común” (Harvey, 2014: 22). En cambio, cada una de las novelas ancla en uno de los principios fundamentales que determinaron su expansión, fueron constitutivos de un modo de vida específico y funcionan como ejes irreductibles en el mundo capitalista que habitamos. Me refiero al dinero, al trabajo y al tiempo. Los tres ejes se vinculan, se entrelazan, se afectan y se alteran, solo que, según la perspectiva adoptada, uno predomina por sobre los otros dos.
Marx lo llamó “forma fascinadora”. Y podríamos decir que esa fascinación no solo se ha manifestado a lo largo de los tiempos en el plano de la vida económica sino también en la literatura. Una extensa parte de El capital, cuyo foco está puesto en develar los mecanismos del capitalismo industrial, la dedicó Marx a explicar la condición de “equivalente general” del dinero en tanto es la “forma común de valor que contrasta con las formas naturales que presentan sus valores de uso” (1946: 15). Treinta años después y habiéndose comprobado ya los alcances del capitalismo financiero, Georg Simmel retomó, en la exhaustiva Filosofía del dinero de 1900, su definición como “encarnación de una función pura entre los seres humanos, la del cambio” (1977: 186), pero sobre todo indagó las implicancias de su principal cualidad: ser “acumulación abstracta de valor” (ibid.: 106), “materialidad de lo abstracto” (ibid.: 118). Es precisamente esa doble naturaleza del dinero (concreta a la par que abstracta) lo que le da un amplio rango cuando se recurre a él más allá del campo de la economía: se lo refiere en un sentido literal o se aprovecha toda su dimensión simbólica.
Si algo contribuye a esta potencialidad simbólica, es un rasgo que a la vez explica y deriva de la doble naturaleza del dinero en el capitalismo: su peculiar y contradictoria capacidad de representación. Por un lado, en tanto medida de valor de una mercancía en relación con otras, el dinero se convierte en la medida necesaria del valor de cambio. Así lo resume Harvey en Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo: “Al ser inmaterial e invisible, el valor requiere alguna representación material, y esta es el dinero. El dinero es una forma tangible de apariencia así como símbolo y representación de la inmaterialidad del valor social” (2014: 42). Solo que, por otro lado, esa representación del trabajo social que conlleva la producción de bienes y servicios que se ubican para otros en el mercado comparte la propiedad intrínseca a toda representación, esto es: “Una disparidad entre la representación y la realidad social que trata de representar” (ibid.). Eso que Harvey denomina “disparidad”, que es, por otra parte, donde anida la fundamental idea marxista de plusvalía y en lo que para él radica una de las principales contradicciones del capital, constituye la densidad propia de la literatura. A mediados del siglo XX, Karl Polanyi, también en la estela marxista, había directamente enfatizado la “ficción” implicada en la noción de dinero como mercancía en sí misma (2007: 252-260).
Hay períodos o coyunturas tanto de cambios literario-culturales como de crisis político-económicas en los que la novela incorpora el dinero en sus tramas en un sentido más literal, y otros en los que se despliegan todos sus sentidos simbólicos. L’Argent de Émile Zola (1890) y Les faux-monnayeurs de André Gide (1925) sirven como manifestaciones emblemáticas de ambos extremos en un mismo arco que se inicia en el naturalismo y culmina con el alto modernismo. Según Frederic Jameson, en su influyente ensayo “Cultura y capital financiero”, el modernismo sirvió de vía literaria al capitalismo financiero dado que respondió a una forma “completamente nueva y más abstracta de pensar y percibir” (1999: 191), determinada en gran parte por “los flujos abstractos del dinero” (ibid.: 191) propios de las finanzas y de su modo de afectar la vida social. Sin embargo, la lógica del capitalismo financiero que Jameson asocia en sede literaria con el modernismo por la duplicación del grado de abstracción que alcanza en ella el dinero ha sido captada por la novela, en circunstancias de crisis económicas puntuales (cracs, hiperinflación, deflación, etc.) o en períodos particularmente alterados por su vertiginosa circulación (especulación bursátil, modernización abrupta y selectiva, etc.), para oponerse a ella, revelarla o denunciarla, con una intensa carga de referencialidad; es decir: con un protagonismo del dinero en un sentido literalmente material y solo, en algún caso, con una densidad simbólica potencial. La sucesión de crisis financieras locales y globales que tuvieron lugar entre finales del siglo XIX y comienzos del XX dejó fuertes marcas en novelas que corresponden a la lógica realista del relato, como La Bolsa (Argentina, 1891) de Julián Martel, O encilhamento (Brasil, 1893) de Alfredo de Taunay, Humo (Guatemala, 1900) de Enrique Martínez Sobral, The Pit (Estados Unidos, 1903) de Frank Norris, o Krach! (Chile, 1903) de Ventura Fraga.
En Ficciones del dinero. Argentina 1890-2001 llamé con este nombre a un conjunto de novelas, particularmente activas en tiempos de crisis económicas, en las que se procesa la circulación real del dinero a la par que se negocia su experiencia social y, de acuerdo con ella, se discriminan también sus diferentes significados y usos sociales. Identificaba allí, además de un primer conjunto surgido en la última década del siglo XIX, cuya culminación detectaba en la impresionante novela anticapitalista Los siete locos – Los lanzallamas (1929-1931) de Roberto Arlt, la emergencia de un nuevo conjunto de ficciones del dinero en la década de 1990 en Argentina, justo antes de la dramática crisis de 2001, con características peculiares respecto de las novelas de corte realista del siglo anterior. Esas novelas (entre las que figuraban El aire de Sergio Chejfec, Plata quemada de Ricardo Piglia, entre otras) presentaban una situación de desintegración o transfiguración del dinero que conformaba módicas alegorías, a partir de las cuales se proponían, por un lado, versiones a contrapelo de la euforia modernizadora neoliberal que caracterizó la década, y por el otro, cierto tipo de intervención que señalaba prospectivamente la crisis desatada por la circulación incontinente de dinero.
Hago este somero recorrido ya que, en cuanto a la importancia del dinero en las novelas contemporáneas, mi lectura continúa la tesis que elaboré en aquel libro. Porque estamos ante un cambio en el modo de representación que quiero enfatizar: el dinero ya no conforma una módica alegoría a la manera de lo que ocurría en las novelas surgidas en la década anterior a la crisis de 2001, sino que aparece en su sentido literal y no necesariamente asociado a una coyuntura de crisis. No se trata de novelas cuya matriz narrativa es el dinero, erigido en núcleo en el cual se procesan y condensan percepciones, experiencias e interpretaciones críticas, como si quisiera retenerse todavía algo de esa capacidad compensatoria, reveladora, sintomática o incluso denuncialista propia de una idea moderna de la novela. Se trata ahora de la presencia abundante y variable de dinero en las historias narradas, de representaciones materiales que despliegan diversas significaciones tanto por efecto de las tramas como de los procedimientos. Por esto mismo, en estas novelas, remitir el dinero al marco económico, político y social propio del capitalismo, en tanto es un sistema en el cual “el capital no es una cosa sino un proceso en el que se expide continuamente dinero en busca de más dinero” (Harvey, 2012: 41), permite un abordaje que, antes que mediar críticamente entre la narración y sus posibles lecturas explicando sus mecanismos y sus vinculaciones con el contexto, ingrese a ellas de un modo transversal, para sondearlas y volver a salir. En ese punto, mi abordaje busca evitar tanto el comentario teórico como el desciframiento crítico para enfocarse en los modos en los que se narran historias en las que el dinero cumple un papel relevante, y en cuáles son los sentidos depositados o propiciados según el caso.
La sección dedicada al dinero se llama “Dinero contable” (contar el dinero como modo de contar con el dinero) y está dividida en dos capítulos en los que busco mostrar, casi en los extremos, lo que hace con él la novela contemporánea. El primero está dedicado a tres narraciones a las que reúno con el nombre de relatos calendarizados ya que están organizadas según un eje cronológico. Tanto en Historia del dinero de Alan Pauls (2013) como en Años de formación, primer tomo de Los diarios de Emilio Renzi de Ricardo Piglia (2015), y en Diario del dinero de Rosario Bléfari (2020) esa calendarización organiza a su vez la proliferación, por presencia o ausencia, del dinero, alrededor del cual se trama al mismo tiempo el relato de una vida y de la historia argentina. Nunca más ostentoso el valor intrínseco del dinero que en estos textos en los que los números abundan: cuánto se gana, se pierde, se adeuda, se merece, se precisa. Todo vale en relación con el dinero que, de pronto, puede no valer nada. La contabilidad, en tanto acción calendarizada que se efectúa con el dinero, sirve como un doble principio organizativo porque controla en el nivel de la enunciación el desborde económico-financiero que acecha la vida de los personajes a lo largo de los años y lo convierte en insumo de la narración.
¿Cuánto suma el reloj del taxi en el que el protagonista de la novela de Pauls, siendo todavía un niño, cubre con su padre la distancia de 103 kilómetros entre dos localidades de la costa argentina en los años setenta? ¿Cuántos billetes se necesitan para pagarlo? Y la hoja contable que lleva el padre en una libreta indicando prolijamente los ingresos y los crecientes montos que adeuda, ¿cómo se mide en billetes? ¿Pueden compararse esos números con los que expresan el valor exorbitante de la casa que la madre hace construir junto con su nuevo marido en Punta del Este y cuyo valor de uso jamás se pondrá a prueba debido a la ruina familiar? Y los gastos del protagonista, ¿en total, cuáles representan más: los que insume la construcción de su propia casa o las cuentas cotidianas de la madre que él debe solventar? Y finalmente: ¿acaso valen algo los billetes y las monedas que a lo largo de muchos años guardó a escondidas su madre en toda la casa en pequeños bollitos y él encuentra por casualidad? ¿Cuánto puede valer el dinero en la Argentina hiperinflacionaria de las últimas cinco décadas? ¿Qué hacer, entonces, con el dinero además de intentar ganarlo de algún modo: gastarlo, perderlo, invertirlo, jugarlo, derrocharlo? La “historia del dinero” en el capitalismo de los países latinoamericanos solo puede ser una variante de esas preguntas.
Por su parte, en los “años de formación” que narra Piglia en su autobiografía ficcionalizada bajo el nombre de su alter ego Emilio Renzi, se narra el modo en que, a lo largo de la década de 1960 pero con la perspectiva del siglo XXI desde la cual reescribe y edita sus diarios, lidia con el dinero quien quiere convertirse en escritor. ¿Es posible vivir de la literatura? ¿Cómo se financia la iniciación a las letras? ¿Cuánto se cobra por un trabajo literario? ¿O no se cobra? Y al registrar en el diario de vida cada ingreso y cada gasto: ¿qué cifra alcanza la suma de las pequeñas ganancias que dan las actividades literarias?, ¿cuánta plata se precisa día a día viviendo con lo mínimo para poder dedicarse a la escritura? ¿Cómo actuar frente a la contradicción entre el valor económico de la escritura literaria y su valor simbólico, entre el valor de cambio de la escritura literaria y su valor de uso? Los “años de formación” del escritor son los de la acumulación inicial de capital simbólico pero, aun antes, son los del cálculo dramático del dinero como almacenamiento de valor y los de la resistencia vocacional a los vaivenes económicos.
Finalmente, Diario del dinero de Rosario Bléfari muestra la escena doméstica de las entradas y las salidas de dinero. Solo que, en su caso, también se trata de una artista. El rango va de la ganancia por participar de una película hasta lo que cuesta el combo de café con leche y medialunas en un bar. Y no se sabe bien si la vida de la autora busca abrirse paso entre los problemas económicos o si el dinero se mete en su vida para interferirla.
El segundo capítulo de la sección “Dinero contable”, en cambio, aborda dos novelas a las que reúno bajo el nombre de novelas anticapitalistas porque en ambas se narra una lucha concreta contra el capital y se esbozan modos de vida alternativos al capitalismo. En Modesta dinamita (2021) de Víctor Goldgel y Derroche de María Sonia Cristoff (2022) despuntan principios anticapitalistas que remiten a la ideología y la movilización del anarquismo, mostrando sus alcances y sus límites históricos a la vez que reactivándolo imaginativa y narrativamente solo para inventar otra cosa en el presente. El dinero, en ambas novelas, es el supuesto y el botín de la historia, y es dinero contable
