Paraíso en Sombras - Daniel Ruiz - E-Book

Paraíso en Sombras E-Book

Daniel Ruiz

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Beschreibung

El terror se expande como un incendio por el puerto de Valparaíso. Sangre cubriendo murallas enteras, masacres en bares, cuerpos calcinados por una red de monstruos disfrazados de humanos. Una figura distinta acecha en la oscuridad. No tiene nombre, pero sí un propósito: hacer justicia donde la ley fracasa. La vigilante de la ciudad enfrenta a mafiosos y asesinos. Sus armas son la precisión, el sigilo y una voluntad inquebrantable. Todos tiemblan bajo la sombra del mal. Solo ella puede sobreponerse a la cacería.

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Seitenzahl: 134

Veröffentlichungsjahr: 2025

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© Paraíso en sombras

Sello: Tricéfalo

Primera edición digital: Octubre 2025

© Daniel Ruiz

Director editorial: Aldo Berríos

Ilustración de portada: Camilo Palma

Corrección de textos: Francisca Garcia

Diagramación digital: Marcela Bruna

Diseño de portada: Marcela Bruna

_________________________________

© Áurea Ediciones

Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile

www.aureaediciones.cl

[email protected]

ISBN impreso: 978-956-6420-30-9

ISBN digital: 978-956-6420-87-3

__________________________________

Este libro no podrá ser reproducido, ni total

ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.

Todos los derechos reservados.

Capítulo uno

Cinco sujetos. Dos jefes mafiosos, dos matones, un cliente. Dinero, drogas duras y armas de guerra sobre el escritorio. Esto veía la vigilante a través de la mira telescópica de su rifle. El primer disparo perforó el vidrio de la ventana y la cabeza de uno de los jefes, que limpiaba una de las armas de fuego.

Antes de que los dos matones pudieran apuntar sus subametralladoras por la ventana, la mujer ya había cambiado de posición. Y antes de que pudieran verla, ya estaba entrando por la ventana, suspendida desde una cuerda. Una de sus botas terminó de romper el vidrio de la ventana, alcanzando después a uno de los matones en medio de la nariz. Aterrizó firme. Soltó la cuerda a la vez que apuntaba la pistola semiautomática contra el matón que quedaba de pie. Él le apuntó de vuelta. Un solo tiro de la pistola evitó cualquier disparo de la subametralladora. La bala salió por detrás de la cabeza y se encajó en la muralla. Miró al matón cuya cabeza seguía entre el suelo y su bota. Enfundó la pistola mientras desenfundaba una de sus hachas arrojadizas. Sacando su bota del rostro y tomando una segunda hacha con su mano ahora libre, lanzó la que ya sujetaba contra el oponente derribado. El jefe mafioso que quedaba vivo apenas alcanzó a mirar una de las armas sobre la mesa, cuando un hacha voló hasta clavarse en su frente.

Solo una persona con vida quedaba ahí con ella: el cliente. Encorvado en el suelo, cubriéndose cara y cabeza con los brazos y apegado a la muralla, temblaba más que aterrorizado. Sus frenéticos ojos, aunque cubiertos, además de cerrándose y abriéndose imparables, no podían desprenderse de la mujer. Estaban fijos en la imponente figura alta y muy entrenada, de rasgos alargados, morena, con cabello castaño oscuro atado, usando chaqueta de cuero con espinas de metal en hombros y brazos, un chaleco táctico debajo, jeans negros y altas botas con más espinas.

Rápida como un parpadeo, la vigilante tomó una tercera hacha y apuntó hacia el cliente. Su respuesta fue desplomarse en el suelo, rogando con palabras incoherentes por su vida. Ella bajó el arma y caminó hacia él. Su balbuceo aumentó en volumen, velocidad y terror. Clavó su espalda contra la muralla antes de siquiera terminar de levantarse del suelo, sin dejar de suplicar piedad. Entreabriendo los ojos por un segundo, del otro lado de sus brazos todavía levantados, se encontró con la mirada de hielo de la mujer parada frente a él.

Ella enfundó su hacha y miró en otra dirección. Él se lanzó a la puerta y la abrió con tanta torpeza y apuro que la perilla se desarmó en sus manos. Tropezando y cayéndose, salió y siguió corriendo por mucho rato tras huir del lugar.

—Dos tiros —dijo la vigilante tras enfundar sus hachas y colgar su gancho y cuerda en su cinturón—. Dos balas. —Luego recogió las ensangrentadas municiones. Ambas habían atravesado por completo a sus objetivos.

Volvió al techo desde donde disparó su rifle. El arma y la maleta de esta seguían allí imperturbables. “Todo salió bien”, pensó. “Como era de esperarse”.

El crimen llevaba unos años aumentando. El tráfico de drogas se hacía cada vez más común en la ciudad. Era notorio lo atrás que se estaba quedando la Policía. Las desperdigadas victorias de Investigaciones no eran una solución suficiente, ni estaban cerca de serlo.

Las noches habían ido haciéndose más ocupadas, y las horas cada vez más cortas. Pasaba constantemente de evitar asaltos y allanamientos a cazar a los responsables más importantes del tráfico. Veía claramente lo lucrativo que eran esos negocios, topándose con mucho dinero cuando encontraba a los responsables.

Por fortuna, no sucedían tantos incendios o accidentes vehiculares como en otros meses. No era fácil estar presente en tantos lugares, dedicarle tiempo a cada cosa donde ella hiciera falta. Nunca había suficiente tiempo para prestar la ayuda que la ciudad necesitaba.

Un día entero pasó. Comenzaba una nueva noche, extrañamente desocupada, y la vigilante, a pesar de que los asaltos, allanamientos y tráfico iban en ascenso, era capaz de sentir tranquilidad. Era una sensación que agradecía. Los últimos dos años, por primera vez en su vida, había entendido qué era la tranquilidad. Al fin podía apreciarla. El año anterior pasó con los problemas de siempre, sin ninguna misión de máxima urgencia. Había sido un buen año. Nada alcanzó la magnitud de la misión de dos años atrás, cuando un asesino serial plagó las noches y los rumores de Valparaíso. Fue la vigilante quien mató a ese asesino serial.

Bajo la noche, atenta a cualquier ruido y movimiento, cruzando callejones solitarios o techos de edificios, vio algo que le recordó en detalle esos crímenes. En una amplia esquina donde las calles Las Monjas y Aguada se desprenden en diagonal como dos ríos que corren hacia arriba del cerro desde Colón, una larga avenida que cruza la mitad del centro de la ciudad, encontró una muralla completamente manchada de sangre. En el suelo, un cadáver con largos y profundos cortes.

—Esto es nuevo —dijo susurrando y tomando su teléfono. Marcó al primer contacto de la lista.

—¿Qué pasa? —contestó enseguida la voz de Aldo.

—Una muralla entera pintada con sangre. Colón, entre Las Monjas y Aguada. Cadáver con muchos cortes de arma blanca.

—No he visto nada en ninguna página. —La vigilante pudo escucharlo tecleando en su computador—. Tampoco encuentro algo al respecto. Eres la primera que lo ve.

—Al menos eso significa que es el primero. —Había una iracunda decepción en su voz.

—Al menos. Sí.

—Es algo muy preciso. Toda la sangre saltó en una sola dirección, a pesar de haber salido de tantos cortes.

—Eso es… Eso suena mal. —Por menos de un segundo, la mujer notó preocupación en la voz del joven.

—Espera… —Un sonido provino desde una esquina, a pocos metros de ella—. Escucho golpes.

—Hablamos después. —Ambos cortaron enseguida.

Eran golpes fuertes, como de una pelea. Golpes cargados de ira, acompañados de gruñidos furiosos y aterrados quejidos.

Caminó rápido y sin hacer ruido. Cuando estuvo en la esquina pegó su espalda a la muralla. Empuñó un hacha además de una pistola. Podía ver a un hombre lanzando los golpes, tanto con el mango del revólver en su mano derecha como de su apretado puño izquierdo, a la otra cara del muro. Dobló en la esquina y lo apuntó con ambas armas.

El hombre detuvo en seco su arremetida. Vestía un poncho marrón echado sobre sus hombros, las mangas de su camisa estaban dobladas hasta los codos y sus guantes estaban manchados de sangre. Metros de cuerda estaban enrollados a su cintura; llevaba un arnés en su pecho con una funda vacía bajo el brazo izquierdo y un segundo revólver enfundado bajo el derecho; la única arma afilada que llevaba era un cuchillo, casi oculto tras su cintura. Otro hombre bajo él se protegía la cabeza con ambos brazos, envuelto en sí mismo y apretado entre la muralla y el suelo. “Ninguno parece el culpable de la muralla pintada con sangre”, consideró la vigilante por un segundo. Apenas el hombre erguido la vio, apuntó hacia ella con el arma que empuñaba.

El sujeto en el suelo levantó la vista hacia los dos. Ambos le devolvieron la mirada. En un segundo logró levantarse y salir corriendo. Lo vieron desaparecer calle arriba, y volvieron inmediatamente a trabar sus miradas. Los ojos de hielo de la mujer no fueron capaces de entrar en los ojos de halcón del hombre con los revólveres.

—¿Tú quién eres? —demandó ella.

—¿Quién pregunta? —habló él despacio, con una voz profunda, rasposa y tranquila, pero que dejaba entrever una ira igual a la de sus golpes.

—Una vigilante, nada más. Así que, ¿quién eres?

—Un investigador, nada más.

—¿Investigando la muralla pintada?

—Sí.

—Más parecías un interrogador, y de mala clase.

—Era el único testigo del asesinato, tenía que saber algo. —Aunque parecía imposible, la ira en su voz aumentó, aunque su volumen seguía igual de bajo.

—¿Estás seguro de que vio el asesinato?

—No realmente, pero estaba muy cerca de la escena.

—¿Y sabía algo al respecto?

—Creo que no.

—Pero ahora sabe lo que duele un culatazo de revólver. —El hielo en los ojos de la mujer se endureció, y el investigador bajó la mirada—. ¿Tú sabes algo sobre esto?

—Que vendrán otros iguales. —Solo entonces, tras esa respuesta, ambos bajaron sus armas.

—¿Cómo lo sabes? —La urgencia tiñó la voz de la vigilante.

—Los cortes fueron hechos con tal precisión que toda la sangre saltó contra la misma muralla. —La respuesta del hombre sonó casi tan segura como enojada.

—A pesar de que fueron varios cortes. ¿Cuánto rato revisaste la escena?

—Lleva dos horas de muerto. Llevo aquí una hora y cuarenta minutos.

—¿Y piensas que por ser un trabajo tan elaborado se repetirá?

—Sí.

—Tiene sentido —concluyó ella.

—¿Estuviste aquí hace dos años? —preguntó el hombre.

—Lo dices por el asesino serial de esos tiempos.

—Sí.

—Yo maté a ese asesino serial. —La vigilante notó perfectamente la sorpresa en el rostro del hombre—. Tú no estabas aquí entonces.

—¿Cómo lo sabes?

—Habrías estado investigándolo también. Viniste por si aparecía otro como él, ¿cierto?

—Sí. —El rostro y la voz del hombre no mostraron cambio alguno, como si nunca más fueran a reflejar nada más que su fría ira.

—Y ahora tenemos al candidato.

—Exacto —respondió él enseguida, volviendo a trabar su mirada con la de ella.

—¿Por qué?

—Quería un desafío.

—¿Un desafío?

—Ya he agotado las formas de ponerme a prueba en otros lugares. Necesito aumentar la dificultad. Seguir mejorando.

—¿Interrogar transeúntes a punta de culatazos te parece aumentar la dificultad?

—No realmente. Era la única forma de saber a dónde podría haberse ido quien pintó la muralla. No hay indicio. Ni marcas de pasos en el suelo, o rastros del olor a sangre que debe tener. Hizo esto con mucho cuidado. Será una presa difícil.

—No conoces muy bien estos lugares, ¿cierto?

—No. Es un terreno de caza nuevo para mí.

—Tal vez podamos ayudarnos. —Al decir eso, la expresión y el tono de voz de la vigilante se mantuvieron tan fríos como su mirada.

—¿Ya confías en mí para eso?

—No, no todavía, pero creo que sabes lo que te pasaría si te pones en mi contra.

—Sí. Lo sé bien. He vencido a muchos oponentes, pero tú pareces más difícil de vencer que todos ellos.

—Qué humilde. ¿Has oído de mí?

—Nada.

—Tienes razón de todas formas.

—No hace falta haber oído algo para saber que no eres una presa.

—Pero la persona que pintó la muralla sí es una presa.

—Una peligrosa. Una que es necesario cazar.

—Sí, alguien que es necesario detener. Creo que tu ayuda podría servirme, y que a ti te iría mejor en esto con la mía, aunque se te nota en la cara que tú tampoco confías en mí. —Cada palabra de la mujer se hacía más afilada y fría que la anterior.

—Exacto —y aunque el tono del hombre seguía sin cambiar, sus palabras también se hacían más afiladas e iracundas.

—Pero, si dejas de interrogar gente inocente, confianza o no, podemos ayudarnos de todas formas.

—Parece un buen trato. —Había una clara, cauta, aguerrida honestidad en las voces de los dos.

Caminaron de vuelta a la escena del crimen. Sus armas ya estaban enfundadas. Los ojos y oídos de ella estaban tan concentrados en los alrededores como en el hombre, y sabía que los ojos y oídos de él hacían igual.

—Había notado eso que dijiste —comentó ella—, los cortes siguieron los movimientos de la víctima y fueron en puntos exactos del cuerpo, para dirigir toda la sangre hacia el mismo lugar.

—Es algo premeditado y trabajado, hecho por alguien muy hábil que parece tener experiencia.

—No me he enterado de crímenes así en la región.

—Yo escuché de algunos parecidos en regiones del sur. Mucho tiempo entre uno y otro, lugares muy lejanos, métodos no lo bastante similares. No parecían tener relación entre sí. No hasta ahora.

—¿Qué harás?

—Investigar. ¿Y tú?

—Vigilar. Tal vez podamos prevenir el siguiente.

—O al menos atrapar al culpable antes de que vuelva a desaparecer —dijo el hombre mientras se acercaba al cadáver.

—Esperemos lograr ambas. ¿Tienes nombre? —preguntó extendiendo su mano hacia él.

—Faulkner —respondió, estrechándole la mano por la muñeca—. ¿Y tú?

—No.

Capítulo dos

A la mañana siguiente, mientras el cadáver era rodeado por las autoridades y los curiosos, a muchas calles de distancia, la vigilante y Faulkner encontraron otro cuerpo. Estaba igualmente desangrado, y la muralla más cercana estaba pintada de la misma forma.

—¿Cuánto lleva muerto? —preguntó ella, tomando su teléfono.

—Unas pocas horas —gruñó él, al agacharse junto al cuerpo—. Fue durante la noche.

—Y al otro lado de la ciudad. Habrá estado esperando que alguien vigilara los lugares cercanos al primer cuerpo —concluyó ella, con el celular junto a su oído.

—Incluso siendo dos vigilando diferentes puntos, se nos escapó. —Los puños de Faulkner se tensaron tanto como su voz.

—Al menos sabemos que debemos cubrir más terreno. Vamos por buen camino. —Su llamada fue respondida—. Aldo.

—Ya está apareciendo en los medios el cuerpo de anoche —le dijo el joven desde el otro lado de la línea.

—Pronto aparecerá el segundo, acabamos de encontrarlo y tiene pocas horas. No parece haber rastro del culpable.

—Hay algo peor… —Detrás de la voz temblorosa de Aldo, la vigilante escuchó su silla cayéndose.

—¿Qué pasó?

—Vayan a subida Ecuador. Parece que también fue hace unas horas.

Ambos cortaron la llamada al mismo tiempo.

—Vamos a Subida Ecuador —le dijo a Faulkner. Él se irguió y partieron enseguida con pasos firmes.

No se tardaron en llegar a esa larga, amplia, viva calle que sube por uno de los tantos cerros del puerto, flanqueada por incontables bares, y atestada cada noche de gente, ruido, alcohol y euforia; habitada durante las mañanas solamente por ecos. Y esa mañana no la habitaba nada más que terror.

Uno de esos bares, de los de más arriba en la subida, estaba inundado de sangre, con cuerpos rotos repartidos por el suelo entre mesas y sillas desperdigadas. Los peldaños de la entrada goteaban rojo hacia la calle.

—Cuento diecinueve muertos —murmuró Faulkner.

—Yo los cuento a todos muertos antes de poder escapar —se lamentó la vigilante.

La mayor parte de los presentes había muerto donde estaba. Varios tenían aún los vasos y botellas en sus manos, completamente destruidos, tal como sus cuerpos. Algunos fueron aplastados con las mesas o contra la muralla. Otros, en una misma fila, parecían haber muerto de un solo golpe, sus cabezas partidas antes de que pudieran pararse de sus asientos. La matanza había sucedido imposiblemente rápido. Aunque sus cuerpos permanecían inertes y sus rostros ya no podían mostrar emociones, era evidente el pánico en todos ellos.

No había una sola pisada en las pozas de sangre. El asesino había salido sin dejar huellas.

—Aldo —saludó la vigilante, contestando apenas entró la llamada a su silenciado teléfono.

—No puedo creer esto. —La voz sonó vacía.

—¿Aldo?

—Están buscando testigos de la matanza del bar.

—No encontrarán.

—Pero…

—Aldo, ¿qué pasa?

—Un tercer crimen. Hace pocas horas. Menos cuerpos, peor método. —La mujer creyó oír su voz quebrándose.

—¿Dónde?

Aldo cortó la llamada y le envió la dirección en un mensaje de texto. Era al otro extremo del centro de la ciudad. No tardaron en partir.