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Los parques nacionales argentinos fueron los primeros de América Latina, fruto del encuentro de enfoques diversos: desde la política sobre preservación que se había desarrollado en los Estados Unidos hasta la arquitectura paisajista francesa, pasando por la silvicultura prusiana y los debates nacionales e internacionales sobre la conservación de la naturaleza. Y aun cuando hoy en día muchos los consideran tesoros de vida silvestre, otros mantienen una posición crítica, que los observa como instrumentos de colonización. En parte, debido a la expansión agrícola, la expulsión de los pueblos indígenas y los amplios programas de urbanización; pero también a causa de la explotación turística y los procesos masivos de colonización biológica por salmones, corzos y abetos. Enfocándose principalmente en la fase fundacional de los emblemáticos parques nacionales de Nahuel Huapi y de Iguazú, el libro se pregunta no solo qué son y cómo funcionan los parques, sino si pueden ser útiles para superar la crisis ecológica que hoy atravesamos.
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Seitenzahl: 354
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Los parques nacionales argentinos fueron los primeros de América Latina, fruto del encuentro de enfoques diversos: desde la política sobre preservación que se había desarrollado en los Estados Unidos hasta la arquitectura paisajista francesa, pasando por la silvicultura prusiana y los debates nacionales e internacionales sobre la conservación de la naturaleza. Y aun cuando hoy en día muchos los consideran tesoros de vida silvestre, otros mantienen una posición crítica, que los observa como instrumentos de colonización. En parte, debido a la expansión agrícola, la expulsión de los pueblos indígenas y los amplios programas de urbanización; pero también a causa de la explotación turística y los procesos masivos de colonización biológica por salmones, corzos y abetos. Enfocándose principalmente en la fase fundacional de los emblemáticos parques nacionales de Nahuel Huapi y de Iguazú, el libro se pregunta no solo qué son y cómo funcionan los parques, sino si pueden ser útiles para superar la crisis ecológica que hoy atravesamos.
Olaf Kaltmeier Es director del Centro Maria Sibylla Merian de Estudios Latinoamericanos Avanzados (CALAS). En la Universidad de Bielefeld es profesor catedrático de Historia Iberoamericana y fundador del Centro de Estudios Interamericanos (CIAS). Es autor de Refeudalización. Desigualdad social, economía y cultura política en América Latina en el temprano siglo XXI, publicado por UNSAM EDITA en la serie “Afrontar las crisis desde América Latina”. Ha realizado estancias de investigación en México, Ecuador, Chile, Bolivia, Perú, Argentina y los Estados Unidos. Entre sus temas de investigación destacan movimientos sociales, especialmente indígenas, patrimonio, historia ambiental, estudiosinteramericanos, historia transnacional y poscolonialidad.
COLECCIÓN: Ciencias Sociales
Kaltmeier, Olaf
Parques nacionales argentinos. Una historia de conservación
y colonización de la naturaleza
Olaf Kaltmeier - 1a edición - San Martín: UNSAM EDITA, 2022.
Libro digital, EPUB - (Ciencias Sociales)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8938-11-0
1. Parques Nacionales. 2. Historia Argentina. 3. Medio Ambiente.
I. Título.
CDD 577
EL AUTOR AGRADECE EL APOYO DE
TÍTULO ORIGINAL: National Parks from North to South. An Entangled History of Conservation and Colonization in Argentina
© 2022 Olaf Kaltmeier© 2022 UNSAM EDITA de Universidad Nacional de San Martín
UNSAM EDITA
Edificio de Containers, Torre B, PB
Campus Miguelete
25 de Mayo y Francia, San Martín (B1650HMQ),
provincia de Buenos Aires, Argentina
www.unsamedita.unsam.edu.ar
DISEÑO DE LA COLECCIÓN: Laboratorio de Diseño (DiLab.UNSAM)
TIPOGRAFÍA: Karmina y Karmina Sans, Typetogether
EDICIÓN DIGITAL: María Laura Alori
CONVERSIÓN EPUB: Javier Beramendi
CORRECCIÓN: Mercedes Sachi, Javier Beramendi
Editado e impreso en la Argentina. Prohibida la reproducción total o parcial, incluyendo fotocopia, sin la autorización expresa de sus editores.
Olaf Kaltmeier
Parques nacionales argentinos
Una historia de conservación y colonización de la naturaleza
—UNSAM EDITA
Índice
Introducción Parques nacionales de norte a sur
PRIMERA PARTE Parques nacionales y la conservación de la naturaleza
1. Los inicios
Iguazú, el Parque Nacional del Norte
Nahuel Huapi, el Parque Nacional del Sur
El amor por el árbol y la Sociedad Forestal
2. Los promotores
Carlos Thays y Bailey Willis en 1913, el año culminante
Dinámicas académicas y estancamientos políticos: Carl Curt Hosseus, Lucién Hauman y la Sociedad Argentina de Ciencias Naturales
3. La institucionalización
1922, fundación del Parque Nacional del Sur
1934, Exequiel Bustillo y la Dirección de Parques Nacionales
4. Los parques nacionales argentinos desde una perspectiva transnacional
SEGUNDA PARTE El parque nacional como instrumento de colonización
5. La colonización de las regiones fronterizas
6. Colonización agrícola y conflictos por tierras
El despojo de las comunidades mapuches
Colonos en parques nacionales
Fuerzas Armadas y protección de la frontera
7. Colonización del paisaje
Ciudades en el parque, la urbanización en el Iguazú
Bariloche, capital de los parques nacionales
8. Colonización biológica
Neófitos, la colonización del reino vegetal
Plantaciones y modelo forestal
Paisajes para la caza y el entretenimiento
La colonización de las aguas
9. El parque nacional como cabeza de puente
Coda
Bibliografía
Introducción
Parques nacionales de norte a sur
“¿Qué es un parque nacional?”, se preguntaba el geólogo estadounidense Bailey Willis en un folleto de 1913 donde redactó un amplio programa para el establecimiento del Parque Nacional del Sud —en la actualidad, Parque Nacional Nahuel Huapi— en la Patagonia argentina.1 Hoy en día, esta pregunta puede parecer un poco extraña. Solemos tener la idea bastante clara de que un parque nacional sirve ante todo para proteger la flora y la fauna que contiene. Además, podemos pensar en los aspectos estéticos de la protección del paisaje. Nos vienen a la mente monumentos naturales iconográficos como las cataratas del Iguazú, el glaciar Perito Moreno o el macizo Chaltén (Fitz Roy). Esta forma de entender los parques nacionales, muy arraigada en el sentido común, coincide también con las definiciones científicas actuales. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), un parque nacional se define de la siguiente manera:
Grandes áreas naturales o casi naturales establecidas para proteger procesos ecológicos a gran escala, junto con el complemento de especies y ecosistemas característicos del área, que también proporcionan la base para oportunidades espirituales, científicas, educativas, recreativas y de visita que sean ambiental y la culturalmente compatibles (Dudley, 2008: 19).
Antes de la UICN, el geólogo estadounidense Willis ya había recurrido al instrumento científico de la definición y respondió su propia pregunta de la manera siguiente: “Un parque nacional es una zona reservada por el Estado para el placer y el bienestar de toda la población. Se reserva para que ningún particular pueda impedir que otros la disfruten y para conservar en su estado natural todo lo que convenga a los usos humanos” (Willis, 1913).
Willis buscaba una definición que tuviera como objetivo determinar la esencia del parque nacional de manera universal, independientemente del tiempo y el espacio. Sin embargo, y más allá del esfuerzo, esta búsqueda resultaba problemática, ya que Willis hablaba desde un punto de vista geopolítico particular que expresaba un conocimiento situado y local. Él recurrió en su definición a las experiencias de su país de origen, los Estados Unidos. Se basó en las nociones utilitarias de conservación en el sentido propuesto por Gifford Pinchot y se opuso a la tendencia de preservación, defendida por John Muir, que también era importante en el debate estadounidense de la época.
Pero más allá de esa conocida controversia entre los ecologistas radicales, que rechazaban cualquier influencia humana en las áreas protegidas, y los gestores ambientales orientados al beneficio público y usufructo de las reservas forestales, en la Argentina hubo otras polémicas en torno a la comprensión de esas regiones. Una mirada más atenta al debate sobre la genealogía de los parques nacionales argentinos en la primera mitad del siglo XX pone de manifiesto que las más diversas ideas internacionales sobre la conservación de la naturaleza, la gestión del paisaje y la preservación de los recursos naturales se discutieron en la Argentina y se adaptaron de formas diferentes en las distintas regiones culturales-ecológicas del país. En este sentido, la noción de qué era con exactitud un parque nacional no estaba en absoluto clara en ese período histórico. La definición de Willis era solo una entre otras.
En cuanto a la cuestión planteada en este libro, esto es, cómo situar los parques nacionales en un contexto transnacional para entender la tensión entre la conservación de la naturaleza y la colonización, resulta poco productiva la búsqueda de la definición universal. Debemos, por caso, plantear la pregunta de manera diferente: ¿qué ideas y suposiciones sobre parques nacionales tienen los actores históricos y cómo definen su modus operandi?
Al hacerlo, ejecuto un doble movimiento entre el norte y el sur. Por un lado, sitúo el debate sobre los parques nacionales argentinos en un campo transnacional entre el Norte Global —América del Norte y Europa del Oeste— y el Sur Global, aquí especialmente desde la perspectiva argentina. Por otro lado, retomo los debates y las iniciativas locales en las diversas regiones del país que van más allá de los dos parques nacionales emblemáticos del extremo norte —el Parque Nacional Iguazú— y del sur —el Parque Nacional Nahuel Huapi—.
Para poder escribir esta historia crítica de la genealogía de los parques nacionales de la Argentina, este libro plantea tres cambios fundamentales de perspectiva. En primer lugar, se analiza la historia de los parques nacionales de este país en un espacio translocal de entrelazamientos. Esto implica rechazar dos narrativas que están todavía muy bien establecidas tanto en la academia como en el sentido común. Por un lado, nos oponemos aquí a una narrativa nacional. Estamos de acuerdo en que los parques nacionales son de suprema importancia tanto para el imaginario de la nación como para el control estatal de regiones periféricas. Pero su formación no puede entenderse solo desde una perspectiva nacional. La tendencia a postular una trayectoria nacional especial para la Argentina en el establecimiento de parques nacionales fue encabezada por el abogado argentino Exequiel Bustillo. En el país, Bustillo es considerado todavía como el verdadero creador de los parques nacionales, ya que fue el promotor de la ley que los estableció y también instituyó una autoridad nacional independiente para su administración, la cual dirigió durante la fase inicial de formación. Este mito de la fundación de los parques nacionales, con Bustillo como figura principal, fue alimentado de manera vigorosa por él mismo en sus escritos autobiográficos.
Podemos considerar que otra narrativa importante sobre el origen de los parques nacionales es la llamada transferencia interamericana. Los parques nacionales suelen ser considerados una invención original de los Estados Unidos. El parque de Yellowstone, uno de los primeros, data de 1872. Por lo tanto, era obvio que la posterior creación de esos territorios en América Latina debía considerarse, en especial desde la perspectiva norteamericana, como una simple exportación del modelo estadounidense.
Sin embargo, ninguno de ambos enfoques —la narrativa nacional y la de la transferencia— va lo suficientemente lejos, ya que no tienen en cuenta la compleja circulación translocal de ideas sobre la conservación de la naturaleza y los conceptos de los parques, el intercambio de expertos y la adaptación de la biota y la integración de los artefactos. De hecho, las áreas protegidas y los parques nacionales establecidos en el Cono Sur a principios del siglo XX muestran que la tesis de transferencia es demasiado simple. Así, las ideas de Willis, enmarcadas en el debate estadounidense, son solo una de las muchas tendencias que contribuyeron a la formación de los parques nacionales en la Argentina. Pero no todos los debates pueden reducirse a los flujos unilaterales e interamericanos. En cambio, el establecimiento de parques nacionales era un proceso abierto, en un campo de fuerza transnacional en el que había diferentes influencias, desde la arquitectura paisajística francesa y las ideas de los parques belgas hasta la silvicultura sostenible prusiana y el modelo alemán de monumentos naturales. Y el caso de los parques nacionales argentinos es paradigmático por la circulación y la mixtura de estos conceptos, ideas, prácticas, personas y artefactos en torno a la conservación de la naturaleza. El botánico alemán Carl Curt Hosseus, uno de los protagonistas menos conocidos del movimiento de parques nacionales en la Argentina, se refiere de manera explícita en un folleto publicado en 1916 a las experiencias europeas de Alemania, Bélgica, Dinamarca, Francia, Inglaterra, Italia, los Países Bajos, Noruega, Austria-Hungría, Rusia, Suecia Suiza, aun cuando reconoce la importancia de los Estados Unidos, Canadá, Japón y la colonia holandesa de Java como palabras clave para los parques nacionales (Hosseus, 1916: 34-35).
En segundo lugar, este libro rechaza una historiografía lineal según la cual se construye una narrativa simple y rigurosa a partir de los parques nacionales que existen hoy en día en retrospectiva hacia sus orígenes. Esta linealidad está muy presente en la Argentina precisamente por la historia del desarrollo que cuenta Exequiel Bustillo, que halla su culminación en su propio trabajo de legislación y en la exitosa institucionalización de la Dirección de Parques Nacionales (DPN). En cambio, se aplica aquí una historiografía rizomática, que también abarca los parques que no se realizaron o que han desaparecido en el proceso histórico. Al hacerlo, se siguieron los rastros establecidos en las fuentes y se intentó trabajar en los entrelazamientos. Se trata de una historia que, como continuación de los recientes debates de la investigación antropológico-histórica social sobre la transnacionalización (Clifford, 1997), sigue a las personas, los artefactos, las biotas y las ideas. Para el historiador, esto significa no solo trabajar con un corpus de fuentes que está establecido con firmeza en un archivo, sino también cazar entre los más diversos registros en su búsqueda detectivesca de rastros del pasado. En este tipo de procedimientos, la atención se centra en las supuestas figuras secundarias, así como en los actores locales que pusieron en práctica in situ la idea del parque y que también pudieron influir, en parte, en el debate nacional desde sus contextos locales.
En tercer lugar, la conexión integral entre parque nacional y colonización debe ser analizada para comprender su importancia en la historia argentina de fines del siglo XIX y principios del XX. A fines del siglo XIX, la Argentina se había apropiado de las zonas periféricas del norte y del sur —algunas de las cuales estaban controladas y habitadas por pueblos indígenas— y se enfrentaba a las tareas de colonización y control de esas regiones. En ese sentido, como sostuvo Bustillo, el “parque nacional es un verdadero instrumento de colonización”. Esto se expresó en el sometimiento de los pueblos indígenas, sobre todo los mapuches del sur, los proyectos de desarrollo agrícola y el diseño de ciudades completamente nuevas y modernas como parte integral del nuevo régimen. Al mismo tiempo, los parques nacionales también están demostrando ser verdaderos puntos de distribución para la circulación de especies exóticas, desde ciervo y bisonte hasta trucha arcoíris, abeto Douglas y rosa mosqueta.
Con estos tres cambios de perspectiva, este libro contribuye a una mejor y más compleja comprensión de los parques nacionales sin proyectar las actuales definiciones de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. En cambio, expresa la controversia en torno al concepto de parques nacionales en la Argentina entre 1892 y 1943. Mientras algunos científicos con mentalidad conservacionista propusieron el concepto de parque como garante de la protección de la naturaleza, otros actores de orientación geopolítica o económica vieron los parques como instrumentos de control territorial y motores de desarrollo del turismo internacional. Un campo de tensión que no ha perdido en absoluto su relevancia hoy en día.
Este libro se divide en dos grandes partes. La primera es una reconstrucción detallada de la genealogía de los parques nacionales y de las ideas de conservación de la naturaleza en la Argentina. Se presentan los proyectos que fueron relevantes en su momento, incluidos los que no pudieron realizarse o se hicieron muy tarde. Gracias a las fuentes disponibles, los dos proyectos emblemáticos, en las cataratas del Iguazú y en el lago Nahuel Huapi, reciben el espacio que merecen. También se incluyen los pasos concretos que se dieron para definir, justificar políticamente, regular jurídicamente e implantar institucionalmente los parques nacionales, a la vez que se ubica a los distintos protagonistas en su debido contexto. Esto incluye la conciencia de los actores históricos de que el parque nacional es una respuesta a la destrucción causada por el desarrollo capitalista, el progreso de la civilización y la colonización. En fin, es un instrumento para proteger a la naturaleza. Esta parte del libro concluye con una valoración crítica del debate.
La segunda explora hasta qué punto el parque nacional no solo puede entenderse como una reacción para aliviar los procesos de explotación capitalista de los recursos naturales, la destrucción de la flora y la fauna y la apropiación colonial de la tierra, sino que en realidad también funciona como un instrumento de colonización. Al igual que en los Estados Unidos, el parque nacional opera en la Argentina en espacios que fueron incorporados a los territorios nacionales por la fuerza en la fase de la Segunda Conquista, durante el último tercio del siglo XIX. Sin embargo, esta integración nacional al principio se produjo solo en el imaginario geográfico de los mapas y apenas se basó en el control real de la territorialidad por parte del Estado, especialmente en las regiones fronterizas. Para una revalorización histórico-crítica de los parques nacionales en las Américas no debe descuidarse la relación con la colonialidad. En esta parte del libro se consideran los conflictos por la tierra y la expulsión violenta —en especial, respecto de la población indígena—, así como las actividades de planificación para transformar el paisaje, sobre todo mediante proyectos de infraestructura y urbanización. En contra de la idea actual de que el parque nacional sirve para proteger la biodiversidad autóctona, aquí también se observa una verdadera colonización biológica. En los parques nacionales se introdujeron —de forma intencional pero también involuntaria— plantas y animales foráneos que modificaron masivamente los ecosistemas y el paisaje.
El libro termina donde empezó. En concreto, con la pregunta “¿qué es un parque nacional?”. Sopesando las partes ambivalentes, incluso antagónicas, concluyo contrastando las tendencias de conservación y colonización en la genealogía del modelo de parque nacional argentino. De forma similar a la definición de Willis, también destaco el papel central del Estado y concibo el parque nacional como una forma de intervención estatal en zonas periféricas. Sin embargo, el carácter específico de esta intervención puede ser muy distinto y a menudo ambivalente. La comprensión de esta ambivalencia entre colonización y conservación de la naturaleza es también esencial para la política actual de parques nacionales. Para poder afrontar este reto es necesario asumir la historia de los parques nacionales. Más allá de todas las emociones positivas y las imágenes idílicas, no hay que ignorar su lado oscuro, colonizador.
1. El primer parque nacional de la Argentina se creó bajo la denominación de Parque Nacional del Sud en 1922 (luego también Parque Nacional del Sur, nombre que se usará en este libro de aquí en adelante). Fue recién en 1934 cuando pasó a llamarse Parque Nacional Nahuel Huapi. [N. de la E.]
PRIMERA PARTE Parques nacionales y la conservación de la naturaleza
Capítulo 1
Los inicios
Las imponentes cataratas del río Iguazú, los pintorescos paisajes alrededor del lago Nahuel Huapi, el icónico volcán Lanín, rodeado de bosques de araucarias, y el enorme glaciar de hielos perpetuos del lago Perito Moreno, todos forman parte de nuestros imaginarios sobre la Argentina y atraen cada año a miles de turistas amantes de la naturaleza. Solo en 2017, 3,7 millones de turistas visitaron estos parques nacionales; el número de visitantes se quintuplicó entre 1990 y 2017 (Herman, 2018).
La genealogía de las áreas protegidas argentinas es notable, ya que fueron los primeros parques nacionales que se establecieron en América Latina. Entonces, nuestra primera pregunta se centra en las condiciones que permitieron la creación de estos parques en la Argentina. La imaginación geográfica de la nación, que se basa en estos paisajes naturales presentados sobre todo estéticamente y en las maravillas naturales de los parques nacionales, era apenas previsible a fines del siglo XIX. Aquí, siguiendo a Domingo Faustino Sarmiento, los intelectuales habían colocado a lo largo de la línea divisoria entre la civilización y la barbarie el desierto o la pampa contra el país urbano y europeo. Los parques nacionales que surgieron a principios del siglo XX —sobre todo el del Sur (a partir de 1934, Nahuel Huapi) y el proyectado Parque Nacional del Norte (a partir de 1934, Iguazú)— tuvieron una influencia decisiva en hacer de los paisajes periféricos una parte integral de la nación (Silvestri, 2011). Con el imperativo moral según el cual “conocer la patria es un deber”, la Dirección de Parques Nacionales (DPN), creada en 1934, animó a los argentinos a conocer su nación y, al mismo tiempo, atrajo a los turistas extranjeros.
En 1904 se creó el primer parque nacional en el lago Nahuel Huapi sobre la base de una donación del famoso geógrafo y explorador Francisco Pascasio Moreno. Después, los parques nacionales existieron durante décadas solo en papel. Recién con la aprobación de una ley nacional y el establecimiento de una autoridad central comenzó su verdadera historia en la Argentina. Esta fue esencialmente estilizada en un mito por Exequiel Bustillo, director fundador de la Dirección de Parques Nacionales, en su obra autobiográfica El despertar de Bariloche. Sin embargo, si se examina con más detenimiento, esta narración tiene muchas lagunas e ignora las dinámicas locales y globales de diversos entrelazamientos que tuvieron gran relevancia en los debates y las prácticas sobre los parques nacionales. En este sentido, cabe destacar que el 8 de abril de 2022 se celebró el centenario de la creación del Parque Nacional del Sur, el primero de ellos en la Argentina, que a partir de 1934 se llamó Parque Nacional Nahuel Huapi. Si nos remontamos a los tres primeros decenios del siglo XX, en torno a esa creación también queda claro hasta qué punto la idea de parque nacional argentino se vio influida por diferentes enfoques, que van desde la política de parques estadounidense, la arquitectura paisajística francesa, la silvicultura sostenible prusiana y los conceptos de monumentos naturales de Europa occidental hasta los debates internacionales sobre la conservación de la naturaleza.
Iguazú, el Parque Nacional del Norte
La historia de los parques nacionales en la Argentina comienza en 1897 en el sur de Brasil. Edimundo Barros, el comandante de la colonia militar brasileña de Iguazú, establecida en 1888, fijó en el tronco de un árbol majestuoso en la frontera con la Argentina, en las inmediaciones de las cataratas de Iguazú, un letrero de madera con la siguiente inscripción: “Parque Nacional. Março 1897. Edimundo Barros”. Ese fue un acto performativo por excelencia, según el cual el primero en poner un cartel y proclamar la protección de su Estado sobre esa área natural era el inventor del parque nacional. No fue solo un gesto evanescente de Barros; él estaba entusiasmado con la idea y elaboró un detallado plan para crearlo en el lado brasileño de las cataratas del Iguazú ese mismo año. Nunca fue concretado (Freitas, 2021: 62-66). En el lado argentino, ese acto performativo de Barros en medio de la selva subtropical habría caído pronto en la insignificancia histórica por obra de las termitas y las bacterias si el viajero de la expedición germano-argentina Carlos Burmeister1 no se hubiera encontrado con ese cartel en junio de 1899. La Dirección de Agricultura y Ganadería, interesada en el cultivo de la yerba mate, había encargado a Burmeister que explorara la zona hasta entonces poco desarrollada de Misiones, en el extremo más septentrional de la Argentina. Burmeister no pudo ocultar su asombro al ver ese cartel. En su informe reflexionó: “Parece que este señor Barros, capitán del ejército brasileño, pretendía que se reservara una zona de terrenos en los alrededores del salto para parque nacional, como el de los Estados Unidos de Norteamérica” (Burmeister, 1899: 22).
Sin embargo, esta anécdota del informe debió de resultar alarmante para el Estado argentino por las consideraciones geopolíticas que entrañaba. La frontera norte, en particular, se caracterizaba por las demarcaciones limítrofes no resueltas entre Brasil y Paraguay, que habían dado lugar a repetidas escaramuzas solo resueltas de manera definitiva con un laudo arbitral bajo la comisión del presidente de los Estados Unidos, Stephen Grover Cleveland, en 1895 y reconocidas contractualmente en 1898. Mientras el informe de Burmeister era el primero en llevar el concepto de parque nacional —a través del desvío brasileño— a la esfera de la política argentina, el gobernador de Misiones, Juan José Lanusse (1896-1905), trabajaba en el desarrollo regional mediante la colonización agrícola y, sobre todo, el turismo. Lanusse había visitado las cataratas en 1898 con su familia, y sus pasos fueron seguidos por muchos viajeros en busca de aventuras; algunos de ellos escribieron al respecto e ilustraron sus escritos con fotografías y dibujos. La descripción del recorrido en barco a lo largo del río Paraná hasta las cataratas del Iguazú se convirtió en un género literario propio, cuyos exponentes más conocidos fueron Manuel Bernárdez (1901) y Santiago Pusso (1912). En 1901 los primeros barcos de vapor, España e Iberá, hicieron ese trayecto. Ese mismo año se realizó la primera expedición turística organizada. Sin embargo, debido a la deficiente infraestructura de transporte, solo tres de los veintidós participantes pudieron disfrutar de la magnífica vista. Uno de ellos, la aristócrata porteña Victoria Aguirre, decidió entonces donar tres mil pesos para la construcción de senderos y un embarcadero. Este último, que se denominó Puerto Aguirre en honor a la donante, se considera el origen del primer asentamiento rudimentario en la región después de las misiones jesuíticas. Otros inversores participaron en el desarrollo de la infraestructura turística, de modo que en 1922 ya había un hotel sencillo cerca de las cataratas.
Esta dinámica de desarrollo local y regional se combinó con el esfuerzo del Estado por obtener el control geopolítico de la región periférica e integrarla en la nación a través de un parque nacional. Para promover esa integración, la Gobernación del Territorio de Misiones y el Ministerio del Interior encargaron al renombrado arquitecto paisajista y botánico Carlos Thays que viajara a Iguazú y explorara los aspectos turísticos y estéticos del paisaje. El arquitecto belga-francés había llegado a la provincia de Córdoba en 1889 para diseñar parques allí. Luego se instaló en Buenos Aires, donde ocupó el cargo de director de Parques y Paseos de 1891 a 1920. Además, fue director fundador del Jardín Botánico de la ciudad, el cual diseñó en todos sus detalles.
El 6 de abril de 1902, Thays y su esposa salieron de Buenos Aires rumbo a Misiones. El itinerario por el Paraná lo llevó vía Posadas a Puerto Aguirre, la puerta de entrada a las cataratas del Iguazú. En ese contexto, citó la falta de infraestructura como un escollo central para el desarrollo del turismo: “Un gran obstáculo al aprovechamiento y vulgarización de esa espléndida región subtropical lo constituyen las condiciones de acceso, todavía largas y defectuosas. Hace poco tiempo se precisaban diez días de navegación para llegar al Iguazú, es decir, un viaje casi tan largo como la travesía de Europa”. Al llegar a Puerto Aguirre, Thays —de acuerdo con el gobernador Lanusse— eligió el lugar donde levantar un chalet-hotel para promover el turismo a las cataratas, a las que comparó con el famoso salto de Norteamérica de manera muy favorable: “Si no tienen un caudal de agua tan abundante como las del Niágara, superan a aquellas por su disposición natural y aspecto mucho más pintoresco” (Thays, 1902: 44).
Además, escribió un reportaje publicitario sobre su viaje a Misiones que se publicó en la importante revista Caras y Caretas, ricamente ilustrado con fotografías quizá tomadas por su compañero estadounidense, Frank W. Bicknell. Ese informe sirvió no solo para documentar la travesía, sino también para establecer las cataratas del Iguazú como un imán para el turismo nacional e internacional. El artículo, de varias páginas, tuvo un amplio impacto, especialmente por las espectaculares imágenes de paisajes. En 1902, Bicknell fue nombrado agente especial para la investigación agrícola por el presidente de los Estados Unidos Theodore Roosevelt, con la tarea de estudiar la agricultura argentina. Aunque él mismo se dedicaba a la ganadería y al cultivo de trigo en el país, más tarde se dio a conocer en los Estados Unidos como fotógrafo de paisajes en Carolina del Norte (Bicknell, PC).
En ese informe no se mencionaba de modo explícito el establecimiento de un parque nacional, pero Thays había presentado a las autoridades argentinas un plan detallado para su creación, que incluía la construcción de infraestructura. El naturalista suizo-argentino Eugène John Benjamin Autran, que ocupó el cargo de inspector de Agronomía de la Dirección de Agricultura en Buenos Aires a partir de 1908, explicó en su artículo “Les Parcs Nationaux Argentins. Le Parc National de l'Iguazú. Le Parc National du Nahuel Huapi et sa florule”, publicado en el Boletíndel Ministerio de Agricultura en 1907, que Thays había confeccionado un plan para establecer el parque: “Después de haber pasado algún tiempo en medio de estas cataratas, elaboró un proyecto general, que fue aprobado por el gobierno en julio de 1902 y que está en camino de su ejecución” (Autran, 1907: 4).
A partir de estas ideas, el ingeniero Pedro Ezcurra, subsecretario del Ministerio de Agricultura, elaboró un plan para la constitución del Parque Nacional Iguazú (Ibíd.: 5). Pero la asignación de tierras causó problemas que no se resolvieron hasta 1909, cuando se aprobó una ley nacional para promover la región de Misiones, proteger explícitamente el paisaje natural alrededor de las cataratas del Iguazú y autorizar al Ejecutivo a adquirir tierras en zonas del parque nacional previsto mediante intercambio o compra. Según la Ley 6721, el objetivo era establecer “un gran parque nacional y obras de embellecimiento en las inmediaciones del gran Salto, y de acceso a sus cataratas” (Ley 6721, 29/9/1909).
La tierra necesaria fue comprada por el Estado al gran terrateniente Gregorio Lezama en una subasta pública. Este no le dio mucho valor a la zona y la describió con sobriedad como un “bloque de selva que linda con varios saltos de agua” (citado en Prat, 2017). En Buenos Aires, por otra parte, hubo intensas discusiones políticas sobre el establecimiento del Parque Nacional. El diputado Marcial Candioti, portavoz de la Comisión de Obras Públicas de la Cámara de Diputados, lo consideró un hito:
La tierra fiscal que el gobierno deba adquirir se destinará a agricultura y a la formación de un parque nacional. Esto es completamente nuevo. Un parque que vendrá a tener 10.000 ha de superficie, en las proximidades de las cataratas del Iguazú, para llegar a tener una obra por el estilo del Yellowstone Park de Estados Unidos (Cámara de Diputados, Diario de Sesiones,29/9/1909: 771-772).
Con el fin de definir el uso concreto del parque nacional e impulsar la planificación, se buscó una vez más la experiencia de Carlos Thays. Y así, el paisajista emprendió un segundo viaje a Misiones —diez años después de su primera exploración de las cataratas—. Esto dio lugar a un detallado informe, ilustrado con abundantes fotografías, titulado simplemente “Parque Nacional de Iguazú”, que el famoso arquitecto paisajista presentó al ministro de Agricultura, Adolfo Mujica, en marzo de 1912. En él, revisó algunas de las ideas que había elaborado en 1902, cuyo núcleo era un proyecto de desarrollo urbano para el pueblo de Iguazú y la colonia militar (Freitas, 2018: 108-110; Berjman, 2002: 30).
En este informe, Thays se adentra de manera explícita en el proyecto de parque nacional, que ve totalmente plasmado en el espíritu de los de Roosevelt en los Estados Unidos. En términos concretos, hace una comparación con las cataratas del Niágara, uno de los destinos turísticos cosmopolitas más importantes. De esta manera, Thays aborda las frecuentes críticas al turismo y a la pérdida de naturaleza en las cataratas del Niágara. Contrasta este diagnóstico con las del Iguazú, que todavía estaban en “un estado virginal que el Niágara ha perdido desde muchísimos años”. La intervención del presidente estadounidense para preservar las cataratas del Niágara, que se resalta como un acto heroico, sirve a Thays de modelo para la protección de las cataratas del Iguazú en el discurso conservacionista argentino:
Mas tarde, el presidente Roosevelt, en vista de que la Legislatura del Estado de Nueva York había concedido a varias empresas industriales la explotación de la fuerza desarrollada por las cataratas, intervino personalmente y con toda su autoridad, para evitar la destrucción completa de la belleza natural de esas cascadas (Thays, 2002c [1912]).
La intervención temprana en la Argentina para proteger Iguazú pone a Thays a la misma altura de aquel heroico compromiso de preservar las maravillas del mundo como patrimonio nacional:
Por suerte, las cataratas del Iguazú y toda la región circundante se encuentran todavía en todo su esplendor pintoresco y salvaje, y, gracias a la oportuna intervención del gobierno nacional, serán protegidas antes de que llegue el momento donde no habría más que deplorar los hechos producidos y tratar, sin resultado, de repararlos (Ibíd.).
Al mismo tiempo, el paisajista inscribió a la Argentina en la emergente historia mundial de los parques nacionales. Al hacerlo, consideró que el establecimiento de Yellowstone en 1872 fue un punto de referencia prominente, pero al mismo tiempo también se refirió a otras iniciativas en los Estados Unidos, Suiza (Valle Cluoza, Engadina), Australia (Parque Illowa), Alemania e Inglaterra. Sin embargo, apenas abordó los enfoques concretos de los diferentes regímenes de parques nacionales. El mismo Thays, no obstante, difícilmente aparece como un pionero de wilderness y preservación. Los argumentos a favor de la conservación de la naturaleza vienen solo de boca de Roosevelt.
Thays se vuelve más elocuente cuando se trata de la contribución del parque al crecimiento regional y al “progreso del territorio”. Aquí, el desarrollo de la infraestructura de transporte —desde los ferrocarriles hasta los barcos de vapor— es tan importante para él como la expansión de las instalaciones de alojamiento. Sin embargo, el elemento central del informe es la creación de una nueva ciudad de Iguazú, que incluye una escuela forestal, una estación meteorológica, una granja agrícola experimental y campos de la misma índole y una estación zoológica. Solo estas instalaciones representan 6300 de las 25.000 hectáreas del futuro parque nacional. Las 18.700 hectáreas restantes se desarrollarían con centrales hidroeléctricas, ferrocarriles y carreteras, y se construirían un hotel y un casino en las inmediaciones de las cataratas. La experiencia estética de los impresionantes saltos de agua estaría garantizada por una red de senderos con pasarelas, puentes y miradores.
En sus planes, Thays siempre se preocupaba por “armonizar los dos intereses propuestos, es decir: la estética y la industria” —como subrayó con respecto a posibles proyectos hidroeléctricos— sin repetir los errores cometidos en las cataratas del Niágara (Thays, 2002c [1912]: 332). La conservación de la naturaleza en sí misma apenas juega un papel. La rama central de la actividad que prometía combinar la protección del paisaje y los intereses económicos era el turismo. Pero Thays no parecía querer depender solo de eso. Fue así como la línea de ferrocarril planeada le sirvió para transportar turistas pero también para exportar yerba mate y madera:
Esta nueva línea de ferrocarriles, a más de su utilidad estratégica, permitirá la explotación de los inmensos bosques de araucarias existentes en toda la parte central de Misiones, la exportación fácil de la yerba mate y la formación de numerosos centros de cultivos industriales (Thays, 2002c [1912]: 325).
Además de esta dudosa armonización de intereses estéticos, paisajistas y económicos, las consideraciones geopolíticas de la región de la triple frontera de Iguazú desempeñaron un papel esencial en el establecimiento del parque nacional. Thays señaló, por ejemplo, que Brasil había estado operando una colonia militar a orillas del Alto Paraná durante muchos años, razón por la cual también se establecería una colonia militar en el lado argentino sobre 1500 hectáreas del parque nacional previsto (IMAGEN 1).
Imagen 1. Carlos Thays frente al salto Gobernador Lanusse, 1912.
Estos planes del famoso arquitecto paisajista eran muy ambiciosos. La visión de Carlos Thays sobre el desarrollo urbano es parte de una larga lista de fundaciones de ciudades modernas en regiones tropicales y subtropicales, cuyo máximo ejemplo es quizá Brasilia, la capital brasileña.
Sin embargo, el establecimiento real del parque nacional avanzó con lentitud. En 1928, el gobierno argentino compró otras 75.000 hectáreas en la zona de las cataratas del Iguazú. La fecha decisiva que catapultó finalmente a la Argentina a la vanguardia internacional de los países preocupados por la conservación de la naturaleza fue el 29 de noviembre de 1934, día en que se promulgó la Ley 12.103, que estableció de manera simultánea el actual Parque Nacional Iguazú y el Parque Nacional Nahuel Huapi. Brasil siguió el ejemplo argentino cinco años después —a pesar de los primeros esfuerzos de Barros—, el 29 de octubre de 1939, cuando creó en el lado brasileño de las mundialmente famosas cataratas, el Parque Nacional do Iguaçu.
Nahuel Huapi, el Parque Nacional del Sur
El segundo foco de creación de parques nacionales en la Argentina se encuentra en el por entonces remoto y poco desarrollado sur del país, en una región que había sido conquistada solo unos años antes en el marco de la llamada Campaña del Desierto, y que, además —al igual que Misiones—, estaba marcada por enormes disputas geopolíticas fronterizas. Con el fin de aclarar las reivindicaciones territoriales conflictivas entre Chile y la Argentina en virtud del derecho internacional, se creó una comisión científica para precisar la línea fronteriza de 4000 kilómetros de longitud. Con la mediación de Gran Bretaña, el Tratado de Fronteras, aún vigente, fue firmado por ambos países en 1881. La figura central para la mediación topográfica en el lado argentino fue el perito Francisco Pascasio Moreno.
Este conocía la Patagonia como ningún otro naturalista y explorador de su tiempo. Desde 1875, había viajado y explorado ese territorio —todavía controlado por los mapuches—. El posterior director del Parque Nacional del Sur, Emilio Frey, joven argentino de ascendencia suiza que trabajaba para Moreno, le atribuyó también el honor de haber izado el 20 de enero de 1876 la primera bandera nacional en esta región periférica y recién conquistada. Como recompensa por sus servicios como perito en el conflicto fronterizo con Chile, Moreno fue beneficiado por el gobierno argentino con una donación de tierras en la parte oriental del lago Nahuel Huapi. Y el explorador, a su vez, donó una parte de esa área —para ser precisos, “tres leguas cuadradas”, alrededor de setenta kilómetros cuadrados— al Estado argentino, bajo la condición de que se creara un parque nacional allí. En una carta del 3 de noviembre de 1903 dirigida al ministro de Agricultura, Wenceslao Escalante, Moreno justificó su donación principalmente a partir de la comparación con los parques nacionales fundados en los Estados Unidos:
Durante las excursiones que en aquellos años hice en el Sur, con los propósitos que más tarde motivaron dicho nombramiento, admiré lugares excepcionalmente hermosos y más de una vez enuncié la conveniencia de que la Nación conservara la propiedad de algunos para el mejor provecho de las generaciones presentes y de las venideras, siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos y de otras naciones que poseen soberbios parques nacionales (Carta de Moreno a Escalante, 3/11/1903, MP, Colección Moreno, Caja 7).
En la misma carta, expresó su deseo de que la región alrededor del Nahuel Huapi fuera “conservada como parque público nacional”. Unos meses más tarde, el 1º de febrero de 1904, el presidente de la República, Julio Argentino Roca, aceptó la donación y declaró el área como parque nacional. En la Argentina, y sobre todo en la Patagonia, esta donación de Moreno es considerada por muchos como un acto fundador de los parques nacionales. En 1907, el parque fue ampliado por un decreto presidencial de José Figueroa Alcorta en 43.000 hectáreas.
Francisco Moreno había calculado la donación perfectamente. El 8 de enero de 1903 se había promulgado en la Argentina la Ley 4167 que, mientras no existiera una ley específica, regulaba también la protección de los bosques en terrenos públicos. Fuentes contemporáneas indicaron la apreciación del gesto del perito. El 8 de febrero de 1904, El Diario titula: “El Parque Nahuel Huapi [...] Una importante obra internacional”, y el artículo está compuesto más que nada por fragmentos de la carta fundacional de Moreno, en los que se destaca la importancia del parque nacional en torno del lago Nahuel Huapi. Sin embargo, en el último párrafo se informa también que, inmediatamente después del establecimiento legal del parque, los primeros pasos para su aplicación serían dados por Carlos Thays, una personalidad que ya conocemos bien. En el mismo artículo, El Diario informa: “Nosotros apuntamos la conveniencia de un viaje de Mr. Thays a aquel paraje, para poner cuanto antes en obra el noble pensamiento del experito argentino”.
Seis años después, Thays se puso en marcha. El gobierno de Roque Sáenz Peña (1910-1914), que junto con el ministro de Agricultura, Ezequiel Ramos Mexía, también había impulsado un programa de desarrollo nacional y colonización, le encargó al paisajista el estudio de la fundación del parque (Thays, 2002b [1913]: 349). Debido a la precaria conexión infraestructural de la Patagonia con la ciudad de Buenos Aires, el viaje se hizo inicialmente en tren, desde la Capital hacia el oeste a través de Mendoza por el paso andino, desde Puente del Inca hasta Santiago de Chile. En ese momento, 1910, el ferrocarril trasandino acababa de ser terminado con motivo de la Exposición Internacional del Centenario. Así, Thays recomendó una obra maestra para conectar la Argentina y Chile a través de un túnel a 3200 m de altura, lo que fortalecería el desarrollo turístico del Nahuel Huapi (Ibíd.: 345). El paisajista hizo escala en Santiago, donde se reunió con Guillermo Renner, director de parques públicos de esa ciudad. Allí también conoció a Federico Albert, chileno de origen alemán que estableció las primeras reservas forestales y la Inspección General de Bosques, Pesca y Caza en 1912.2 En Chile, se considera generalmente que Albert es el padre fundador de las áreas antagónicas de los parques nacionales y el patrimonio natural, por un lado, y de la silvicultura moderna, por otro.
En un viaje a Puerto Montt, unos 1600 kilómetros al sur de Santiago, Albert invitó a su colega franco-argentino (Ibíd.: 346). Los dos amantes de los árboles y el bosque deben de haber tenido un intenso intercambio de ideas, porque la voz de Albert resuena con claridad a través de la pluma de Thays cuando dice en su conferencia en el Touring Club de Francia: “Entramos en la inmensa región antiguamente poblada de árboles, actualmente cubierta de troncos calcinados por el incendio, voluntario, accidental o criminal, vestigios entristecedores de las bellezas desaparecidas” (Ibíd.: 347). Y sigue:
¡Cuántos millones de árboles seculares fueron destruidos por el fuego, sin compensación alguna, y considerando que las regiones naturalmente arboladas de la Argentina y de Chile se unen entre las montañas elevadas de la cordillera, cuántas veces la terrible devastación se propagó libremente de una nación a otra! (Ídem).
Con el fin de contrarrestar la deforestación, Albert y Thays planearon un congreso político-científico binacional sobre la protección de los bosques, que fue promovido políticamente por el doctor Lorenzo Anadón, embajador argentino en Chile y entusiasta ambientalista, y por Pedro García de la Huerta, presidente del Consejo de los Bosques. Este congreso forestal argentino-chileno tenía como objetivo “llegar a un acuerdo internacional para la protección, la conservación y el aumento de los bosques de los dos lados de la cordillera” (Ídem). Por el lado argentino, Orlando Williams, presidente de la Sociedad Forestal Argentina, fue la fuerza motriz de ese congreso, que al final solo se realizó a pequeña escala (Tobal, 1950: 110-111, 207). Thays y Williams instaron al desarrollo de organizaciones de la sociedad civil para la protección de los árboles en la zona fronteriza. Específicamente, discutieron sobre la fundación de una sociedad forestal chilena análoga a la argentina (Ibíd.: 110-111).
Por desgracia, no se ha podido encontrar informe alguno de la visita de Thays al Nahuel Huapi, ni siquiera en la tesis que su hijo mayor, Carlos León Thays, escribió para la Facultad de Agricultura de la Universidad de Buenos Aires en 1918 sobre el tema “Consideraciones sobre la formación del Parque Nacional del Sud Nahuel Huapi”.
