Pasado cero - Óscar de la Borbolla - E-Book

Pasado cero E-Book

Óscar de la Borbolla

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Beschreibung

Sin recordar absolutamente nada, el personaje de esta novela, disfrazado de mujer en un aeropuerto, con un maletín lleno de euros y una bolsa de mano, inicia el escape de unos enemigos que no tiene claro quiénes podrían ser. En su travesía intenta recuperar sus recuerdos básicos y ajustarse a una realidad por completo desconocida, adoptar una personalidad tras otra y confiar, sobre todo eso, en las personas que va conociendo en distintos momentos de un viaje que parece no tener fin. Pasado cero de Óscar de la Borbolla es una novela ágil y cautivadora, que cuestiona la memoria y la buena voluntad de las personas, además de retratar, con peculiar humor, las peripecias de un mundo en constante cambio.

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Seitenzahl: 279

Veröffentlichungsjahr: 2024

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COLECCIÓN POPULAR

958

PASADO CERO

ÓSCAR DE LA BORBOLLA

Pasado cero

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

Primera edición, 2024 [Primera edición en libro electrónico, 2024]

Distribución mundial

D. R. © 2024, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México

Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5227-4672

Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos.

ISBN 978-607-16-8468-4 (rústica)ISBN 978-607-16-8493-6 (ePub)ISBN 978-607-16-8505-6 (mobi)

Impreso en México • Printed in Mexico

   ABeatriz, porserelamordetodamivida

1

 

NORECORDABA nada, pero esa silueta inconfundiblemente femenina que le devolvía el ventanal no podía ser la suya. No se sentía mareado; simplemente no sabía quién era, ni entendía qué hacía ahí sentado con una bolsa de mujer y un maletín de cuero sobre las piernas. Miró a su alrededor y personas de diferentes nacionalidades ocupaban impasibles el resto de los asientos. Estaba, al parecer, en la sala de espera de algún aeropuerto; pero ¿quién era? Su cabeza se le antojó como una tabularasa donde la forma de los objetos parecía imprimirse por primera vez. ¿Cómo había llegado ahí?

Sintió el impulso de pedir ayuda, pues resultaba evidente que había perdido la memoria, pero al intentar incorporarse se detuvo: estaba solo, con un maletín y una bolsa de mano, rodeado de desconocidos y en algún aeropuerto de algún país sin recordar absolutamente nada, ni siquiera reconocía su propia imagen. La desconfianza se impuso a su necesidad de auxilio.

El bolso tenía un candado y, sin pensarlo, metió la mano en el bolsillo del abrigo: la llave estaba ahí. Lo atinado de su acto le devolvió la esperanza: tal vez podría recuperarse de un momento a otro y esa amnesia sólo representaría un mal rato que festejaría al volver a casa con los suyos… La expresión “los suyos” le sonó completamente extraña, aunque era lógico que tendría que formar parte de algo, tener amigos e incluso una familia.

Al introducir la llave en el candado notó con disgusto el largo de sus uñas pintadas. En la bolsa había un pasaporte mexicano con la foto de una mujer que se llamaba Maura Trebor, pero ni la foto ni el nombre le resultaron conocidos; tampoco le dijeron nada los sellos de entradas y salidas estampados en el pasaporte: no recordaba haber estado en esos países. Había, además, un pase de abordar para ir de Madrid a Lisboa, una cartera con billetes, tarjetas de crédito y una licencia de conducir, todo a nombre de la misma Maura Trebor: se convenció de que ése debía de ser su nombre.

En el pasaporte figuraba un domicilio en México y eso lo tranquilizó: en el peor de los casos, se dijo, regresaré a mi casa y ahí con algún tratamiento podré recuperarme.

Tomó el maletín y la bolsa, y pensó que lo mejor que podía hacer era ir al baño de la sala de espera: un poco de agua en la cara le serviría para refrescarse y tal vez se le aclararían las ideas. Al ponerse de pie le resultó difícil caminar con los zapatos de tacón. Quizá en el maletín vengan unos zapatos más cómodos, se dijo. Ante las puertas de baño dudó si debía meterse al de hombres o al de mujeres; optó por el de mujeres, pues una jovencita que salía detuvo la puerta y lo invitó a pasar: Adelante, le dijo.

Ante la nitidez de su imagen en el espejo del baño, se le hizo aún más increíble que ésa fuese su cara: no la había visto nunca, tendría unos cuarenta años y aunque resultaba armoniosa, las facciones eran más bien duras como las de un hombre. ¿Quién era? ¿Qué hacía ahí? ¿Qué le había pasado? ¿Por qué llevaba tantos meses viajando?

El agua fría en el rostro le agradó y al pasarse las manos húmedas por la nuca notó que traía un cordón amarrado al cuello: era una bolsita oculta donde al parecer venían unos documentos. Dinero, pensó, pero al extender su contenido sobre el lavamanos vio que eran otros tres pasaportes: uno francés, otro argentino y uno más que ostentaba en la carátula la extraña palabra “Canadá”. No viajo sola, dijo alegrándose, pero al abrir los pasaportes descubrió que todos eran suyos o, al menos, que todos tenían su foto, aunque en cada uno aparecía un nombre diferente: en un caso, Madeleine Tournier; en otro, María Toscano, y en el de “Canadá”, Margaret Trottier. No recordaba quién era y ahora, en el colmo de la paradoja, tenía, tomando en cuenta el pasaporte mexicano, cuatro identidades distintas.

Puso ante sí los pasaportes. Podía elegir ser cualquiera de esas cuatro personas y, más aún, podía dirigirse a cuatro destinos diferentes, pues en cada uno de los documentos figuraba un domicilio y tenía, en consecuencia, casa en la ciudad de México, en París, en Buenos Aires y en Toronto. Tampoco la palabra “Toronto” le resultó comprensible. Por pura lógica infirió que debía ser una ciudad y “Canadá”, un país, pero ese olvido al cien por ciento era menos importante que el de su identidad.

No le asombró el hecho de que la firma en cada pasaporte —en las licencias de manejo y en las tarjetas de crédito— fuese tan sólo el nombre manuscrito correspondiente. De hecho, supo que esa letra de rasgos grandes y de giros redondos que aparecía en todos era la suya sin necesidad de comprobarlo.

Se quedó mirando los pasaportes con curiosidad y, de pronto, comprendió lo obvio: cuatro identidades oficiales constituían un ilícito. La atávica idea de que uno sólo puede ser uno le permitió entender lo fraudulento de andar con cuatro pasaportes: con razón los traía ocultos en esa bolsita discretamente colgada a su cuello. Había hecho bien en reprimir su impulso de pedir ayuda, ¿quién sabe en qué ando metida?, pensó, y fue a encerrarse en uno de los gabinetes de baño para abrir el maletín: estaba lleno hasta el tope de fajillas de billetes de cien euros. La sorpresa hizo que la sangre se le concentrara en el rostro y le mandara un mensaje de peligro que le secó la boca: no recordaba nada, pero entendía que lo contenido en el maletín era muchísimo dinero, tal vez varios millones y, entonces, los numerosos pasaportes, las tarjetas de crédito y los meses de viajar de un sitio a otro sólo podían significar que andaba huyendo. ¿Quién era? resultaba menos importante que resolver la pregunta: ¿de quién o de qué huía?

A las sucesivas sorpresas iba a sumarse otra: no era mujer sino hombre. Al levantarse el vestido para sentarse en la taza de baño descubrió que sólo estaba disfrazado de mujer. La sorpresa fue grata, pero el gusto desapareció enseguida al confirmar, mediante una sencilla deducción, que estaba en peligro: si estoy disfrazado, se dijo, es obviamente porque puedo ser reconocido. Alguien debe de estar buscándome, alguien que sí sabe quién soy…

Se sintió inerme y le sobrevino un ataque de pánico, pues lo de menos era haber perdido la memoria; el problema era que al no recordar nada no podía reconocer a quienes lo estuvieran buscando y, más aún, si estaba en un aeropuerto con un pase de abordar era evidente que antes de perder la memoria había decidido que lo mejor para él era irse; pero ¿estaría en Madrid?, ¿estaría a tiempo para abordar el avión a Lisboa?

Revisó en los bolsillos de su ropa, en los compartimentos del maletín y de su bolsa de mano buscando alguna pista adicional, pero no había ningún papel, ninguna agenda, ningún teléfono: nada, salvo unos dulces de menta y unos cuantos cosméticos: lápiz labial, maquillaje, rímel y una cajita de sombras para los ojos. Decidió calmarse, tenía que contener el temblor de su cuerpo y esa angustia que le impedía ordenar sus ideas. Lo primero era saber en dónde estaba y si la hora era oportuna para viajar a Lisboa.

Salió del baño de mujeres convencido de que no debía confiar en nadie y que de esa regla dependía su vida. En alguna tienda del aeropuerto podría adquirir un periódico y despejar sus dudas respecto de la fecha y, tal vez, en algún letrero descubriría su ubicación; sin embargo, no fue necesario: en la sala de espera donde había despertado la gente ya hacía fila para abordar y en el mostrador se indicaba que Lisboa era el destino del vuelo que estaba a punto de partir. Sacó el pase de abordaje y el pasaporte mexicano, y se formó en la fila procurando ocultar su nerviosismo.

Cuando el avión tomó vuelo en la pista, respiró aliviado: de lo que estuviera huyendo iba a quedar atrás; pero en cuanto el avión llegó a la altura de navegación y se estabilizó, una nueva pregunta volvió a inquietarlo: ¿y si quien lo seguía venía en el avión? No, se dijo, yo debí haber tomado todas las precauciones. Pero ¿y si no habían sido suficientes?, ¿si alguien —que no se había atrevido a acercársele en el aeropuerto a causa de las cámaras de seguridad— venía en el avión? Miró a los lados, pero ninguno de los pasajeros pareció especialmente sospechoso y, además, pensó, si quien anda tras de mí no se atrevió en el aeropuerto, menos lo hará adentro del avión. Este razonamiento hizo que se relajara. El vuelo —habían dicho por el altavoz— duraba poco más de una hora: debía establecer un plan de acción cuanto antes.

Lo primero al dejar el avión sería perder de vista a todos los que venían con él en el vuelo; pero ¿y si quienes lo buscaban en Madrid habían podido avisar a alguien para que lo esperara en Lisboa? Entonces, tenía que desaparecer de la vista de todos los que estuvieran en el aeropuerto. En cuanto aterrizara, debía tomar un taxi y dirigirse a algún sitio donde hubiera mucha gente; pero ¿cómo era Lisboa? No lo sabía. No importa, se dijo, todas las ciudades tienen alguna plaza populosa y el taxista lo sabrá; pero ¿no sería el taxista, precisamente, quien lo estuviera esperando para atraparlo?, la probabilidad existía por muy remota que fuese. Sin embargo, podía llamar un taxi y, en el último momento, subirse a otro.

Había una dificultad extra: en Lisboa se habla portugués y él no sabía si hablaba portugués; de hecho, no sabía en qué idioma hablaba. Este razonamiento lo dejó perplejo, pues recordaba el idioma que se usa en Lisboa, pero no en cuál hablaba él. Su amnesia, por lo visto, no era pareja: había datos que conservaba y otros, en cambio, los que se relacionaban con él, se habían esfumado por completo. Pulsó el botón para llamar a la sobrecargo y, cuando la tuvo delante, le pidió lo primero que le pasó por la cabeza: Necesito un vaso de agua, señorita. Enseguida se lo traigo, fue la respuesta y, de golpe, se dio cuenta de que su estrategia había sido estúpida, pues, aunque había podido comunicarse con la aeromoza, no sabía en qué idioma lo había hecho y, ahora, ni modo de llamarla de nuevo para preguntarle: “Señorita, ¿en qué idioma estamos hablando?”

El problema del idioma empezó a obsesionarlo, pues su plan se empantanaba en un círculo vicioso: ¿cómo saber si podía hablar en portugués con el taxista si ni siquiera sabía en qué idioma se había comunicado con la sobrecargo? Era necesario escapar por algún lado de ese círculo, establecer una verdad, aunque fuese una verdad operativa instaurada por decreto. Si había estado en España, si la línea aérea en donde viajaba era española, si la sobrecargo y él se habían entendido… entonces hablo español, se dijo.

Sus especulaciones fueron interrumpidas por el anuncio de que iban a comenzar el descenso. El primer mensaje fue perfectamente inteligible: debía ser español; la segunda versión tenía que ser inglés, le había resultado comprensible. Hubo, no obstante, una tercera versión como en la piedra trilingüe de Rosetta: no sabía qué idioma era, pero sonaba melodioso, parecía un dialecto del español… No es tan difícil el portugués, se dijo, y no lo fue.

Al abrirse la puerta del avión bajó enseguida: se había colado entre los pasajeros ofreciendo disculpas en varios idiomas: Perdón, disculpe, excusemoi,sorry,escusi,comlicença,verzeihen, y cuando estuvo por fin afuera del aeropuerto, se dirigió a la zona de los taxis, donde fiel a su estrategia, llamó a uno y se subió en otro: Lléveme a la plaza más populosa de Lisboa, dijo, y el taxista respondió: Éclaro: ¿praçadoComérciooupraçadoRossio? La de Comercio, dijo secamente, y, mientras el taxista le contaba las mil y una maravillas de Lisboa, él miraba por la ventanilla trasera para cerciorarse de que ningún auto lo siguiera, pero los seguían todos, pues la avenida Marechal Gomes da Costa era la mejor vía para ir del aeropuerto al centro de Lisboa.

Llegaron al mediodía a la gran explanada de la Plaza de Comercio; el calor resultaba asfixiante y los zapatos de tacón completaban el suplicio. Bajó del taxi y recibió las últimas indicaciones: en el extremo de la plaza estaba el embarcadero, desde ahí un ferri lo cruzaría al otro lado del río Tajo, a un barrio llamado Almada y, una vez ahí, podría regresar en el mismo ferri o en auto a través del puente 25 de Abril. El plan para despistar a sus perseguidores acababa de completarse.

Por la tarde y tras adquirir unas sandalias y una muda cómoda de ropa regresó al centro de Lisboa para hospedarse en un pequeño hostal cercano a la avenida de la Libertad, cuyo nombre era en sus circunstancias paradójico: Hostal Gloria. Ahí, una negra alta, gorda, maternal, idéntica a la modelo de una caja de harina Aunt Jemima, lo recibió con una sonrisa que terminó de tranquilizarlo. Por fin estaba en un sitio seguro; lo había elegido por estar en las antípodas de su situación financiera: lejos de ser un hotel con una constelación de estrellas, era modestamente un hostal de media estrella, relativamente limpio y relativamente cómodo; su cuarto era el único que contaba con baño. Se tumbó en la cama. Su memoria seguía totalmente en blanco.

2

 

ENEL maletín había más de seis millones de euros. Cada fajilla liaba un ciento de billetes de cien euros y en ningún caso la numeración resultaba consecutiva. Ver tanto dinero tendido sobre la cama le pareció familiar, más familiar que su rostro libre de maquillaje y sin la peluca de pelo negro que por fin pudo quitarse; se encaró al espejo con una expresión de intriga y horror, pues su cara auténtica también era absolutamente nueva para él: tenía los ojos oscuros, la nariz recta y, aunque su cabello también era largo, su color verdadero era castaño. No había indicios de que la barba fuera a crecerle, sólo una sombra apenas insinuada quería despuntar en su labio superior. Debo de ser lampiño, pensó, y como si se estuviera presentando a sí mismo, le dieron ganas de decirse: Mucho gusto, lo felicito, es usted un hombre rico. Pero no había lugar para bromas; cuando mucho, para sentirse a salvo, pues quienquiera que fuese estaba, por lo pronto, oculto en un discreto hostal de Lisboa.

Llenó la tina del baño con agua caliente y se sumergió en ella: qué agradable resultaba cerrar los ojos, dejarse invadir por la tranquilidad y relajarse. El agua aflojó sus músculos y sin darse cuenta se quedó dormido: no había nadie en su sueño. De hecho, no había más escenografía que una fiel reproducción del cuarto de baño donde estaba, ni más trama que lo sucedido en ese momento: él dormido en esa tina. Era un sueño tan anémico como su memoria; un sueño sin materiales previos, sin nada que transfigurar.

Despertó a medianoche: el agua se había enfriado y un ardor en el estómago le hizo entender que tenía hambre. Se ajustó la peluca, se enfundó los pants que había comprado la víspera y, luego de esconder tras la cabecera de la cama el maletín con el dinero, salió del hostal. La música de un fado sonaba a lo lejos; la avenida de la Libertad estaba sembrada de prostitutas que retaban el frío con sus pronunciados escotes. Una de ellas llamó su atención: era notablemente más joven que las otras: tendría a lo más unos veinte años tímidos y, muy probablemente, esa noche estaba debutando, pues cuando él pasó delante, ella bajó la cara, y cuando él le preguntó si sabía de algún sitio donde a esas horas se pudiera comer, ella cerró su bolero y sonriente le indicó que a dos cuadras de ahí había una cantina que estaba abierta toda la noche. Muitoobrigado, dijo él, y vaciló, pues el perfume de la portuguesa le hizo notar otro apetito, uno más punzante que el hambre: Seunome?, le preguntó. MeunomeéClaudia, dijo ella sin ninguna timidez y se abrió el bolero mostrando el atrevimiento de sus veinte años. Obrigado, dijo él, cohibido por el apreciable volumen de esos senos, y se encaminó a la cantina.

Mientras esperaba un plato de arroz con mariscos y una copa de vino verde, se edificaba en su cabeza una torre de antinomias provocada por Claudia: era peligroso revelar su disfraz a una prostituta, podía dejar una pista para quienes lo estuvieran buscando. No tenía ninguna importancia darse un gusto encerrándose en un cuarto con esa mujer. Si tenía ese impulso, seguramente formaba parte de sus costumbres y sus perseguidores lo sabían. Comer también era una de sus costumbres y no por ello se había quedado en el hostal aguantándose el hambre. No es lo mismo cenar disfrazado de señora en una cantina a medianoche, pagar e irse, que ser hombre a la hora de la hora y con una prostituta que oficiaba a dos calles del hostal donde él se había hospedado…

Pagar doce euros con un billete de cien resultó más llamativo que todo lo que había imaginado a propósito de la prostituta; el dueño de la cantina levantó la voz y agitó el billete en el aire profiriendo una sarta de exclamaciones y, tal vez, de insultos a juzgar por su tono y el enrojecimiento del rostro. No tengo cambio, dijo él impasible y, tras convocar la mirada de toda la concurrencia, el cantinero abrió la caja registradora y le aventó el cambio. Salió del restorán combando los hombros y ocultando la cara; su intención de pasar inadvertido había fracasado por completo y, sin embargo, en cuanto caminó una calle sin que nadie lo siguiera, sonrió divertido: no había sido para tanto, un incidente así no lo registra nadie, se dijo, y llegó a la avenida de la Libertad donde el grupo de las prostitutas había mermado más por el frío que por la demanda de clientes y, ahí, entre una pelirroja y una rubia, estaba Claudia fumando un cigarrillo; se fue directo a ella y, sin decir ni una palabra, Claudia con naturalidad expresó en español su precio:

—Ciento cincuenta euros, más el taxi y el cuarto.

En el taxi hubo silencio, y en el cuarto —que resultó más lujoso que su hostal— ella le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—María —dijo él, y Claudia soltó una carcajada.

—No me engañes… por lo menos no me digas un nombre de mujer.

—Entonces, ¿sabes que soy hombre? —preguntó él desconcertado.

—Claro —dijo Claudia—, es obvio.

Hasta ese momento, nadie se había percatado de que era hombre o, al menos, nadie se lo había dicho… No, el disfraz sí era bueno: le había funcionado en el aeropuerto.

—¿Cómo sabes que soy hombre?

—Ay, cariño —respondió ella—, en este oficio hay muchos travestis y una aprende. Así que dime cómo te llamas, no me gusta ignorar todo del hombre con el que me acuesto.

Pues, en mi caso, no hay nada que saber, estuvo a punto de decirle; pero sonrió y dijo:

—Está bien, mi nombre es Francisco Ignacio y soy español. —Ella volvió a reírse.

—¿A quién quieres engañar?, tienes el típico acento mexicano y cara de llamarte Marcos.

—¿Marcos? —Repitió y sintió que ese nombre le sonaba familiar; sonrió aceptándolo—. Y… ¿se me nota mucho la nacionalidad?

—Me di cuenta desde el primer momento, cuando me preguntaste por un restorán…

Al entrar en el cuarto del hotel, Marcos se recostó en la cama:

—¿Y qué más sabes de mí?

—¿Qué más sé de ti? —repitió ella—, no sé nada de ti, pero se te notan muchas cosas.

—¿Como cuáles? —preguntó él.

—No venimos a platicar —dijo Claudia molesta—, mi tarifa es por tiempo.

—Olvídate del tiempo, te pagaré lo que sea; quiero que me digas todo lo que según tú se me nota.

—Si eso es lo que quieres… —dijo ella levantando los hombros.

—Sí, me harías un favor; dime cuántos años me calculas, a qué me dedico…

—No creas que soy una adivina, soy solamente un poco observadora y, además, debo aclararte que me formo una mejor impresión de los hombres luego de hacer el amor con ellos.

—¿De veras? —preguntó Marcos con candidez.

—Sí, de veras —dijo ella, y empezó a desvestirse; él la imitó, pues al verla desnuda sintió nuevamente ese impulso por el cual la había abordado.

—Ya lo ves —dijo ella—, así, sin ropa, puedo calcular mejor tu edad: tienes unos treinta y cinco años.

¿Treinta y cinco?, me creía de cuarenta, pensó Marcos y se recostó en la cama. Claudia le pasó las manos por el pecho y se hincó a su lado.

—¿Y tú qué edad tienes? —preguntó Marcos hundiendo la nuca en la almohada.

—¿Yo…?, veinticuatro —dijo ella mientras le recorría la ingle con la nariz. La reacción de Marcos fue instantánea.

—¿Cómo quieres? —dijo ella.

—Así, exactamente así —suspiró él y se llevó ambas manos a la nuca para apretarse la cabeza con los antebrazos. Ella apoyó el perfil de su cara en el bajo vientre de Marcos y con la lengua empezó a acariciarle el pene. Él se retorcía sin que se le escapara más que un gemido sordo. En tres segundos, Claudia le colocó el preservativo y de un sentón quedaron ensamblados, y, en tres minutos más, Marcos terminó.

Ella volvió a reírse:

—Hace mucho tiempo que no te acuestas con nadie, ¿verdad?

—Dímelo tú —dijo Marcos.

—Pues… supongo que llevabas varios meses —respondió ella.

—¿Cómo sabes que no soy un eyaculador precoz?

—Ah, eso es muy sencillo —dijo ella, mostrándole el preservativo—: ningún eyaculador precoz suelta tanto…

—Me alegra saberlo —dijo él y encendió un cigarrillo.

—De veras que eres un tipo raro.

—¿Raro? —preguntó Marcos—, ¿en qué sentido?

—Andas disfrazado de mujer; en lugar de presumir y de hablar de ti como la mayoría de los clientes, te interesa que te hagan ver lo que aparentas y, encima, cuando te menciono una serie de obviedades pones cara de asombro como si te estuviera revelando la combinación de la caja fuerte del Banco de Portugal.

Marcos se incorporó y comenzó a vestirse; el comentario acerca del banco y de la caja fuerte habían reactivado sus alarmas: ¿por qué se le había ocurrido eso, precisamente eso, y no un ejemplo cualquiera que no se relacionara con el dinero?, ¿sabría algo de él? Todavía tenemos tiempo, dijo ella reteniéndolo suavemente. Marcos, sentado en la cama, se giró para verla: era una portuguesa de piel clara y ojos grandes que tenía sobre el vientre el tatuaje de unas flores estilo pompeyano.

—¿Estilo pompeyano? —preguntó ella—, ¿qué es eso? Éstas son unas grecas sexis que me puse para disfrazar la cicatriz de una cesárea.

—¡Cómo!, ¿tienes hijos? —preguntó él.

—Sí. Tengo cuatro.

—¡Cuatro! —exclamó él y ella soltó otra carcajada.

—De veras que eres raro; nunca había conocido a un tipo más ingenuo que tú. ¿Cómo puedes creer que tenga hijos, si mi cuerpo está perfecto?

Marcos sonrió; era cierto: los senos de Claudia, abombados y erguidos como si no existiera la fuerza de gravedad, resultaban simplemente magníficos, y de la misma manera ocurría con su abdomen; ¿quién podía imaginar que alguna vez se había dilatado por el embarazo si al palparlo las manos se convencían no de la inmortalidad del alma sino de la del cuerpo?

—Pareces un robot —dijo ella—, un marciano que acaba de llegar a este mundo; te falta naturalidad.

El giro de la conversación distrajo a Marcos y borró sus sospechas. Era cierto que llevaba meses sin estar con una mujer, y Claudia era una mujer con la que valía la pena estar varias veces. Sacó un puñado de billetes de cien euros y los puso sobre la cama: Quiero dejar de ser un robot, dijo; quítame lo ingenuo. A Claudia le brillaron los ojos y los labios; arqueó la espalda y se puso felina. Vale, dijo.

3

 

ANTES de encontrarse con Claudia en el Museo Gulbenkian, Marcos debía poner a salvo el maletín con el dinero. El hueco tras la cabecera había sido una solución provisional y tan fácil que quien se encargara de la limpieza del cuarto obviamente tendría identificado ese escondite. Tenía que ir al aeropuerto, depositar el maletín en la consigna y volver a la una de la tarde, pues ésa era la hora de la cita convenida con Claudia.

Diez mil euros y un solo pasaporte resultaban más que suficiente para andar por Lisboa; lo demás era preferible dejarlo en el maletín. Marcos llegó a la avenida de la Libertad y tras caminar un par de calles descubrió una estación de trenes frente a la praça do Rossio. La suerte estaba de su lado, pues ahí, a unos pasos de su hostal, había una pared con casilleros para poder desentenderse del maletín.

Habría podido dejarlo de una vez, pero tenía que cerciorarse de que no lo hubiesen seguido. Así que se dirigió a la taquilla y, tras observar en la pizarra los destinos, compró un pasaje para ir a Sintra; el nombre sencillamente le gustó. Se dirigió a los andenes, identificó la vía que señalaba su billete y esperó a que el tren estuviera a punto de partir para abordarlo. Trepó al estribo del último vagón y descubrió que otros pasajeros en ese mismo instante hacían lo mismo. Cualquiera de ellos, o todos, podían ser quienes lo seguían. Esperó unos segundos y dio un salto que contradecía su indumentaria femenina. Nadie más bajó del tren.

Eligió el casillero número 33 y al guardarse la llave sintió alivio: el dinero estaba seguro y él podía ir y venir, sentarse a una mesa en una terraza, pedir un café, ver pasar a los portugueses, hacer tiempo en lo que daba la una de la tarde. Durante un momento no sintió la ausencia de su pasado: seguía sin recuperar ningún recuerdo; su memoria no tenía más profundidad que la adquirida en las últimas horas, pero, en ese momento, ese leve espesor también era más que suficiente para disfrutar de Lisboa.

Dio un sorbo a su café. Qué placentero era estar ahí, frente a la plaza de Rossio; qué placentero había sido estar con Claudia cuando, ya subsanada la urgencia y asomada cierta confianza, había podido contenerse y apreciar ese cuerpo cuyo volumen y densidad estaban en el límite exacto de lo que a él le gustaba. ¿Le gustaba a él o era un gusto estándar?, ¿sería una apreciación impuesta por una moda estética o algo más atávico? No, ni una cosa ni otra; tenía que ser su personalísimo gusto, pues las portuguesas que desfilaban seguras de sí mismas, frente a él en ese momento, eran más bien delgadas, de caderas estrechas y busto discreto y, en cambio, Claudia era un haz de curvas cóncavas que se plegaban a sus manos llenándolas y, más aún, que se le escapaban por atajos sinuosos, y que lo habían dejado tan complacido que le preguntó si además de oficiar por la noche podía acompañarlo de día, ir con él, mostrarle la ciudad.

Pues se lo propuso antes de racionalizar las ventajas que su compañía podía traerle, antes de entender el excelente camuflaje que representaba parecer no sólo una señora, sino una señora acompañada por una joven guapa que concentraría las miradas. Y es que Marcos, o como se llamara, sentía la necesidad de esconderse, de estar solo y no confiar en nadie; pero también sentía la necesidad de poblar con alguien su memoria, de tener a alguien a su lado, alguien que lo ayudara a llenar el día. Y ese papel Claudia lo habría de cumplir de maravilla, pues el hecho de que fuera a encontrarse con ella hacía que su estancia en esa terraza de la plaza de Rossio tuviera sentido; más sentido que sólo estar contemplando el tránsito de los portugueses, el ir y venir de esas personas que para él no representaban nada; acaso el peligro de que oculto en ese anonimato alguien pudiera identificarlo.

La placidez de Marcos, sin embargo, se suspendió: un hombre no sólo había pasado por tercera vez frente a él, sino que había decidido instalarse en la mesa de junto y desde ahí lo miraba con insistencia como si quisiera reconocerlo. La sensación de peligro regresó: ¿sería posible que pese a su disfraz pudieran identificarlo? El hombre se había sentado de tal modo que podía observarlo, mientras que Marcos tenía que girarse para verlo. En esas circunstancias, lo mejor era no contribuir a las sospechas mostrándose intranquilo; tenía que comportarse natural, como se lo había aconsejado Claudia. Se hizo el desentendido y cuando en algún momento su mirada se cruzó con la del hombre decidió sonreírle afablemente. Él le regresó la sonrisa, pero algo había de extraño en esa mueca: no era una sonrisa desteñida de esas que se reparten porque sí, sino que transparentaba otra intención; tal vez ya lo había identificado y sólo le hacía falta oírlo para confirmar sus sospechas. Era indudable que ese hombre sólo esperaba una oportunidad para cruzar unas palabras con él y descubrir su acento mexicano.

Marcos hizo una seña para que le llevaran la cuenta. Tenía que irse cuanto antes; sacó un billete de diez euros, lo puso en la mesa y sin esperar al mesero se levantó. El hombre también se levantó; pero antes de que pudiera hablarle, Marcos ya estaba en la banqueta abordando un taxi: Al Museo Gulbenkian, dijo, y miró que su perseguidor se quedaba a media calle buscando inútilmente un medio para seguirlo. Cuando el taxi se perdió de vista, Marcos no sabía si volver a su hostal y encerrarse o ir, como lo tenía planeado, a encontrarse con Claudia. Todavía era temprano y las ganas de seguir en la vida competían con su temor de toparse con el hombre de la terraza o con otra persona que estuviera buscándolo. Optó por una solución diferente: pedir al taxista que se desviara a un almacén; por lo menos se cambiaría de ropa, seguiría vestido de mujer, pero con otro atuendo y, además, con una mascada y unos lentes oscuros luciría diferente, recuperaría reforzada su condición de incógnito.

A la una de la tarde, Marcos estaba al pie de la estatua de Gulbenkian; era tal y como Claudia se la había descrito: un hombre de tamaño natural sentado y a su espalda un halcón enorme; la pieza le pareció completamente rígida: una mole inexpresiva, mal hecha; pero ¿qué sabía él de arte? Si la estatua estaba ahí era, seguramente, porque debía ser magnífica. Le dio la vuelta, la contempló con su mejor disposición, pero ni así pudo convencerse: carecía de movimiento, era una burda combinación de estilos que resultaba chocante con su gusto estético. Claudia apareció a lo lejos; venía enfundada en unos jeans y con un suéter de color naranja, se veía más joven que por la noche y muchísimo más bonita. Realmente no le sentaban los desplantes de mujer fatal ni el exagerado maquillaje nocturno. Marcos se alegró de haberla contratado. A Claudia, en cambio, le resultó difícil reconocerlo con el pelo escondido debajo de la mascada y con esos lentes oscuros que le ocultaban la mitad del rostro, y se arrepintió de haber accedido a pasar el día con ese tipo loco que ahora se presentaba con un ridículo conjunto de chaqueta y pantalón color ocre y una blusa blanca. Qué manía absurda disfrazarse de mujer.

Hola, Marcos, le dijo, y él la corrigió: María, acuérdate de que soy María. Entraron a la sala de arte antiguo y a Marcos le llamó la atención un cuadro oscuro: sabía que se trataba de un Rembrandt. Sí, dijo Claudia leyendo la cédula museográfica, es el retrato de un viejo pintado por Rembrandt. ¿Cómo era posible que Marcos pudiera reconocer el estilo de un pintor y, en general, recordara muchas de las obras que había ahí y, en cambio, siguiera sorprendiéndose ante su cara y siguiera sin recordar su propio nombre? ¿Qué clase de amnesia lo aquejaba? ¿Qué relación tenía el placer que le producía contemplar esos cuadros con su vida? ¿Había sido en el pasado un ladrón de obras de arte? ¿De ahí habría obtenido el dinero del maletín?

En la cafetería del museo, Marcos le comentaba a Claudia el prodigio que había logrado el escultor al conseguir que un busto de terracota tuviera esa apariencia de vida y de brillo en los ojos: Es increíble, lo logró moldeando las pupilas como remolinos, decía maravillado cuando el hombre de la Plaza de Rossio lo interrumpió con un sencillo “buenas tardes”. Marcos de un salto se puso de pie; estaba a punto de soltarle un golpe, de aventar la mesa y salir corriendo de la cafetería. Claudia lo tomó de la mano para detenerlo y, con su mejor sonrisa, respondió al extraño: Buenas tardes. Ya sabía yo, dijo