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Adéntrate en el emocionante viaje de Pasos, donde Fidel de Jesús Moras Bracero nos sumerge en la vida de un médico cubano cuya pasión y dedicación trascienden las fronteras de la medicina. Desde sus inicios en la ciudad de Vertientes hasta sus desafíos en tierras lejanas, este libro es una crónica de amor, sacrificio y del inquebrantable deseo de ayudar a los demás. Pasos es más que una historia médica; es una aventura humana que celebra la empatía, la amistad y el poder de servir. Prepárate para ser inspirado por una obra que toca el alma y reafirma nuestra fe en la bondad y la resiliencia del espíritu humano. Un viaje literario que ningún lector debería perderse.
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Seitenzahl: 381
Veröffentlichungsjahr: 2024
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PASOS
© Fidel de Jesús Moras Bracero
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2024.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-10297-15-9
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El título de doctor en Medicina que obtuve a mediados del año 1977 representó el comienzo de mi andar permanente por el sendero de las ciencias médicas. El trabajo asistencial continuo, la preocupación por cuidar de la salud de los demás, el inicio en los derroteros de la administración y de la gerencia en instituciones de salud serían el sello que me marcaría en los años futuros.
Los primeros seis años de mi vida profesional, los cuales transcurrieron en su gran mayoría en la ciudad de Vertientes, y que como una extensión de esta se trasladaron también a un país centroamericano, es lo que intentaré expresar en estas líneas. No les imprimo un sello académico ni es mi intención que así lo consideren. Si contribuyen a la meditación y al recuerdo, me alegraría. Si son un modesto aporte para estampar, aunque sea a través de pequeñas anécdotas, el trabajo abnegado que otros, al igual que yo, tuvieron que desarrollar en aquellos años, me alegraría aún más.
Al igual que en mi primer libro, Impronta, no menciono a las personas que me acompañaron en esos años por sus nombres de pila. Y siento que así sea. Con muy contadas excepciones, todos y todas fueron excelentes camaradas y amigos. Incluso mucho más: verdaderos hermanos y hermanas en la hermosa batalla que significa luchar sin descanso para contribuir a preservar la salud de nuestros semejantes.
El médico no solo debe curar el cuerpo,sino que tiene que ser capaz de sanar el espíritu.
Anónimo
Quien no vive para servir no sirve para vivir.
Papa Francisco
Con todo el cariño y el respeto merecido, a la ciudad de Vertientes, y a sus queridas, solidarias y fraternas gentes.
A los que afianzaron en mi conciencia, por compartir sin temores en esa etapa de mi vida, lo grato que significa servir desinteresadamente a quienes más lo necesitan.
Y, por supuesto, a mis tres: mi madre, mi esposa y mi hija, adorables, tiernas e infinitamente fieles.
Aviso de una partida
Sin haber tenido tiempo para otra cosa que no hubiera sido una amistosa e improvisada despedida de algunos de mis compañeros y compañeras de trabajo de los últimos años, recorro una vez más, en aquel mes de julio de 1981, la carretera de regreso a Camagüey, luego de recibir de forma urgente, a primeras horas de la mañana, una llamada telefónica en la que se me conminaba a presentarme en el departamento de cuadros de la Dirección Provincial de Salud. La causa: salida inmediata para cumplir una misión internacionalista. La noticia no por esperada dejó de sorprenderme. Una semana antes, al ser citado a ese mismo lugar hacia el que me dirijo, con el objetivo de completar la documentación necesaria para incorporarme a la misión, me habían informado que se posponía la salida, ya que la situación de emergencia que atravesaba el país así lo requería.
La epidemia de dengue hemorrágico, que había ocasionado la muerte de más de cien personas de diferentes edades a lo largo del país, la gravedad de decenas de miles, así como una alta proporción de personas enfermas, habían mantenido una gran presión sobre los servicios de salud y otras instituciones. En mi caso particular, no solo debido a mi condición de pediatra del hospital municipal de Vertientes, sino también porque ocupaba el cargo de director de este, me había tenido que dedicar, casi sin descanso, tanto a la atención de los niños enfermos como también a la organización asistencial de los servicios médicos del municipio, que habían rebasado los marcos del trabajo netamente hospitalario.
Viajo recostado en el alto respaldo del asiento delantero de la ambulancia. Estoy agotado pero contento. Por fin voy a cumplir el anhelado sueño de convertirme en un médico internacionalista cubano. Finalmente, tendré la oportunidad de ofrecer mis servicios y mi incipiente experiencia a otras personas necesitadas en otra parte del mundo. Dejo atrás la querida ciudad de Vertientes, sin duda alguna, el lugar donde pude completar de forma integral, en esos cuatro años transcurridos desde que me incorporé a laborar en ella, mi formación como pediatra y como médico general.
El ambulanciero con el cual comparto este viaje, tan excitado y ansioso como yo por conducirme a mi destino, compañero de quién sabe cuántas madrugadas de guardias médicas, me mira y sonríe. Con la destreza que lo caracteriza al guiar dicho vehículo, que tan importante es para salvar vidas humanas, sale de una de las últimas curvas que identifican aquella carretera. Enfila, atravesando el puente estrecho que da acceso por esa zona a la ciudad, hacia mi querido Camagüey, en el cual presiento que no me quedarán muchas horas antes de partir por primera vez a un viaje fuera de Cuba.
El jeep soviético que nos recogió en la esquina de la carretera central, a donde por primera vez nos dirigimos a «coger una botella», en el lugar donde esta da acceso a la principal ruta terrestre con rumbo a la ciudad de Vertientes, se acerca cada vez más a su destino. En la parte delantera, el chófer, un dirigente partidista del municipio con el cual viajaría en incontables ocasiones en los meses que se avecinan. A su lado, una de las tantas bellezas que laboran en la clínica dental del municipio, la gran mayoría de ellas residentes en la ciudad de Camagüey. En la parte trasera, sentado frente a mí, el Puerco, que «ruge» por su enfado por la ubicación que le han asignado. Sus genes gallegos no podían concebir que lo hubieran destinado a un municipio donde no había la más mínima posibilidad de realizar una actividad quirúrgica elemental. Como interno vertical de cirugía, y habiendo aprovechado al máximo ese año dedicado a los quirófanos y a los abdómenes abiertos, consideraba que lo mínimo que podían haber hecho era ubicarlo en un municipio donde al menos existiera la posibilidad de realizar la cirugía básica y elemental de un principiante.
Le di la razón, pero a la vez le dije que «no cogiera lucha», que quién sabía si lo único que hacía en el municipio donde nos habían ubicado fuera trabajar unos días y no llegara ni siquiera a cobrar el primer salario. Como si hubiera sido una profecía, así mismo ocurriría unos días después, cuando uno de los «burócratas» de la dirección provincial se percató de que tenía un municipio de la provincia con una actividad quirúrgica muy deprimida, y estaba desaprovechando la oportunidad de mejorarla con el Puerco y otros que tenían verdaderos deseos de trabajar y estaban subutilizados.
Pero en aquel momento, además de calmarle su disgusto, lo conminé, mientras transcurría el resto del viaje, a que recordáramos tiempos pasados que nunca más volveríamos a vivir. Lo induje a que nos trasladáramos hacia aquellos años de estudiantes universitarios en nuestra querida Siberia, a la fastuosidad de la bella Facultad de Ciencias Médicas santiaguera, a los momentos de aprendizaje junto a nuestro querido profesor de Medicina Interna en los dos semestres en que compartimos el mismo GBT, a nuestros viajes a Varadero, con poco dinero, pero con tremendos deseos de disfrutar de la vida. A la ocasión en que, casi de casualidad, nos habíamos «empatado» en esa maravillosa playa con aquellas dos lindas holguineras, las cuales nos llevaron al hotel donde se alojaban con sus familiares, quienes, para nuestro asombro y alegría, nos habían recibido como «novios casi médicos» y nos habían pagado cuanto cabaré visitamos en esas noches que compartimos juntos.
Y, más recientemente, los tres días que disfrutamos en la playa de Santa Lucía con las que ya eran nuestras respectivas esposas, con ocasión de las actividades realizadas con motivo de nuestra graduación. Los dos, después de pasar una vida estudiantil en la que no nos habíamos comprometido formalmente con ninguna fémina con el objetivo de estar libres y poder disfrutar de nuestra juventud, al final habíamos sucumbido a los encantos de sendas mujeres, ambas ya con experiencia y con hijos de matrimonios anteriores, pero a las cuales no habíamos dudado en unirlas a nuestras vidas de médicos recién graduados. En mi caso particular, ya estaba acompañando en su embarazo a mi esposa, pues ya rondaba los seis meses de gestación.
Con una maniobra un poco alardosa, al parecer para impresionar a la hermosura que viajaba a su lado en el asiento delantero, el dirigente partidista acomodó el vehículo a la carretera cuando salió de una de las últimas y peligrosas curvas que dan acceso a la ciudad a la que nos dirigimos. A lo lejos, en línea recta, divisamos la torre del central azucarero, principal industria de aquel territorio. A la par del vehículo, que disminuye la marcha en la recta final, vemos desfilar frente a nosotros las primeras casas a la entrada de esta pequeña ciudad. Varios niños que se dirigen a la escuela nos saludan como si nos conocieran. Respondemos al saludo. Quién sabe si este homenaje incógnito infantil sea un buen augurio en nuestro arribo definitivo al lugar donde comenzaría nuestra vida laboral y profesional.
¿Un pueblo o una ciudad?
Todavía no lo he podido precisar del todo, y mira que ha pasado el tiempo. Realmente, nunca lo bauticé como se hubiera merecido. Significó mucho en los comienzos de mi vida profesional, por lo que quizás puedan juzgarme como un desagradecido. Había sido un lugar de referencia en mis andanzas de estudiante participante en escuelas al campo. A cinco kilómetros de él, había tenido como compañera y aliada una guataca para arrancar yerbas. Un poco más lejos, había estado picando caña varios meses, y luego como inexperto profesor de primaria. Y ya un poco más acá en el tiempo, había estado solo por primera vez en mi último año de estudiante de Medicina cuando cumplía el plan asistencial. Así era aquel lugar donde había llegado. Así era el pueblo, perdón, mejor dicho, la ciudad de Vertientes.
Catalogada su fundación como algo un poco difuso, por lo que he podido conocer, no cabe la menor duda de que su importancia principal como asentamiento humano comenzó con la construcción de la central azucarera que lo ha caracterizado, en la segunda década del siglo XX. Los acontecimientos históricos de esa época, que contribuyeron a que la isla incrementara la producción azucarera, debido a la demanda del mercado ocurrida con posterioridad a la Primera Guerra Mundial, promovieron que la producción de este importante rubro exportable se convirtiera en algo esencial para una isla que había dejado atrás una guerra de independencia contra España, la cual hizo que el país heredara una economía paupérrima y con muchas vicisitudes en el plano social.
Precisamente, en esa guerra de independencia, donde aguerridos mambises camagüeyanos habían combatido a las fuerzas de la colonia, Vertientes había sido escenario de batallas importantes. La caída en combate del mayor general Ignacio Agramonte y Loinaz en los potreros de Jimaguayú había sido un acontecimiento que había conmovido a todos los camagüeyanos. Hechos tales como la batalla de las Guásimas, liderada por el generalísimo Máximo Gómez Báez, fueron asimismo de gran relevancia, no solo militar, sino también patriótica. Lo cierto fue que aquel barrio casi olvidado perteneciente a la jurisdicción de Camagüey, llamado Las Yeguas, poco a poco comenzó a ser un lugar de destino de muchas familias y de aquella población nómada, que buscaba incesantemente el sustento necesario en los tiempos de las zafras azucareras, una vez que estas comenzaban.
Considerado uno de los municipios mayores en extensión territorial del país luego de la nueva división político-administrativa, ocurrida un año antes, Vertientes tenía una amplia población rural diseminada a lo largo de todo su territorio, el cual abarcaba poco más de dos mil kilómetros cuadrados. Su centro poblacional, ubicado en una posición equidistante de la gran mayoría del área rural que lo rodeaba, provocaba que hacia este confluyeran, casi de forma obligatoria, todos sus pobladores, para recibir los diferentes servicios centralizados en su cabecera municipal. Los servicios de salud, escasos aún en esos tiempos en las zonas rurales, eran unos de los más demandados. A esta ciudad arribé, como un médico acabado de graduar, en un mes de octubre del año 1977. De ella me marché seis años después, con un caudal de conocimientos enorme. En esa ciudad ratifiqué lo benéfico y hermoso de la profesión que había escogido.
No importa si es un pueblo o una ciudad, pero lo que sí puedo afirmar de corazón es que allí comenzaría, primero de forma vacilante, tropezando un día y levantándome al otro, a dar mis primeros pasos en el ejercicio de la medicina. Allí comenzaría a conocer lo que significa la gratitud de una persona mejorada de una enfermedad, la reverencia bondadosa de un familiar agradecido o la sonrisa de un niño cuando logras su recuperación. Pero allí aprendí algo más desde el punto de vista humano y profesional: a respetar y ser respetado. A incorporar la importancia de tratar bien a los demás para que los demás hagan lo mismo contigo. Allí empezaría mi largo transitar por los difíciles y complicados, pero a la vez hermosos y exultantes, senderos que representan la lucha siempre creciente con el propósito de servir honesta y humildemente a los demás.
Solo desde el comienzo
Según lo planificado —ingenuo yo, que me lo creí— debía comenzar a trabajar durante unos días acompañado por el médico al que relevé como pediatra en el trabajo asistencial. Aquel médico, alto, algo grueso, de maneras exageradas y ruidosas al hablar y, según supe después, tremendamente populista, me lo presentaron el día de mi incorporación al municipio. Me condujo a la consulta que tenía asignada en el policlínico, pasó a los tres días por el círculo infantil donde se ofertaba una consulta semanal, más para comprobar si yo estaba que para orientarme, y con posterioridad se perdió del mapa, o al menos del mapa donde yo pudiera localizarlo. Supe de él cuando ya se había incorporado al Hospital Pediátrico para iniciar la residencia. Y supe también que me había estado «serruchando el piso» desde lejos.
Por lo tanto, me vi desde un principio totalmente solo en lo que a la dinámica del trabajo como pediatra se refería. Con algunas excepciones, el staff de médicos que en esos momentos trabajaban en el municipio no tenía la solidaridad como principal divisa. Se sumaba a ello el hecho de que fui uno de los primeros en incorporarme de los nuevos postgraduados con los que contaría el municipio de allí en adelante. De mi querido curso, solo me acompañaba el Viejo, pues el Puerco ni siquiera permaneció una semana. El Viejo era buena gente, y habíamos tenido buenas relaciones durante toda la carrera, pero hasta esos momentos nos faltaba la amistad y la confianza que cultivaríamos con posterioridad.
Mi primera guardia médica —apenas dos días después de mi incorporación—, que debí también haberla compartido, la tuve que hacer solo y sin ayuda. Quien me debía acompañar, un médico ya un poco «veterano», que era toda una personalidad reconocida por la población, me llamó sobre las siete de la tarde desde el lugar donde se encontraba —después supe que era donde vivía su futura esposa, un pueblo ubicado a treinta kilómetros de la cabecera municipal— para preguntarme si tenía algún problema. ¡Ironías del destino! Tener la desfachatez de preguntarme a mí, recién graduado, sin experiencia, que no conocía a nadie en aquel hospital, así como la dinámica de su accionar, que si tenía algún problema. Uno no, había tenido mil problemas. Pero después de haber recorrido casi doce horas de esa primera guardia —faltaban todavía doce más, pues las guardias eran de veinticuatro horas—, ya de los mil deberían quedar muchos menos. Así que, conforme y tranquilo, le dije que no había dificultades.
Aquel personaje, con quien, a pesar de sus características, tuve una buena amistad en el futuro, pero el cual no se pudo sustraer al mote de Fouché que le endilgué, tuvo hasta el descaro de aparecer por el hospital amaneciendo el próximo día, para que en la entrega de guardia pareciera como si hubiera realizado esta. Sus relaciones nada amistosas con el director del hospital no podían permitirle que supiera que no había estado acompañándome. Así me lo confesó y me pidió que no lo delatara. Y así lo hice. En última instancia, no tenía nada a favor o en contra ni de uno ni de otro. Afortunadamente para él, a mí no se me había ocurrido llamar al director para preguntarle cualquier duda, y había podido sortear las vicisitudes del servicio de urgencias.
Así transcurrió la segunda semana de ese mes de octubre, mi primera semana en Vertientes. Descubriendo un mundo muy diferente al que había transitado en mi vida estudiantil. Separado de los buenos camaradas, hermanos y hermanas de aquellos seis últimos años. Un mundo que había quedado definitivamente atrás. Comenzaba otro mundo distinto: un mundo de entrega; algunas veces de intrigas; otras de tristezas; otras de alegrías. Pero un mundo donde no había espacio para la equivocación irresponsable, pues tendría en mis manos la vida de otros seres humanos.
Consultas desiertas en tardes lluviosas
Me encontraba, en una de aquellas largas, tediosas y deprimentes tardes, mirando por la ventana que daba a la calle, en la segunda planta del policlínico integral de Vertientes. El local de la consulta era bastante amplio, con buena iluminación. Tenía una buena enfermera y muebles adecuados. Tenía las condiciones requeridas para la atención a los niños. Pero faltaba lo más importante: los pacientes.
Eran las primeras semanas de mi postgraduado. Experimentaba una sensación de frustración, mezclada con algo de depresión y de impotencia. No podía entender que, a pocos metros de allí, en el cuerpo de guardia del hospital, donde el médico o la doctora que prestaban sus servicios no eran ni siquiera pediatras, hubiera una buena cantidad de niños cargados por sus madres, llorando y gritando, en una cola que podía durar dos o tres horas, y que no acudieran donde yo me encontraba, esperando pacientemente, con deseos de ofrecer mis servicios, y que casi nadie se dirigiera a sacar un turno para ser atendido por mí en el policlínico. Después supe que aquello, aunque tenía como base el que era nuevo, joven y recién llegado al municipio, no era solo una cuestión azarosa o casual. Pude conocer, por supuesto no sin indignarme, que Fouché, por una parte, y el médico al que relevé, por la otra, habían puesto algunas piedras en mi camino.
Fouché, con su hablar pausado y mostrando una excelente locuacidad para convencer, había atendido a algunos niños que yo había visto con anterioridad, y al parecer de forma inconsciente —o quizás no tanto— les había cambiado los tratamientos, no sin antes emitir algunos criterios desfavorables sobre los medicamentos que yo había indicado. Me había advertido de esta situación el director del hospital, no tanto por solidaridad conmigo como por agenciarse un aliado más en su lucha sin cuartel contra el tal Fouché.
El médico al que había relevado también había hecho lo suyo. Dedicaba al menos dos días a la semana en la sala donde lo habían ubicado en el Hospital Pediátrico Provincial a atender a «sus niños de Vertientes», como él mismo se esmeraba en decir. Aquello funcionó al principio, pues poco a poco, con el nuevo ritmo de trabajo que llevaba en el pediátrico, le fue imposible mantener aquella populista y poco ética conducta. Me había enterado de ello de forma casual, pues varios progenitores que lo habían ido a ver, confiando en que los atendería en esa «extraordinaria» consulta que se había inventado, no habían tenido más remedio que acudir a mí, pues al parecer le habían prohibido continuar con dicha actividad, que yo en mi fuero interno enseguida catalogué como «quintacolumnista». Por algunos padres también había conocido que sus comentarios en relación conmigo no habían sido muy favorables. Tratando de parecer jovial y dicharachero, con esa risa estrepitosa y aquellos aires de superioridad, típica de las personas que actúan de esa forma, había utilizado expresiones como: «No se queden en Vertientes, vengan a verme a mí. Imagínense, ahora tienen a un médico que, además de joven e inexperto, es de contra tremendo gago».
La enfermera que me acompañaba en aquellas tardes se acercó a mí, me puso una mano en el hombro y permanecimos así, mirando a través de la ventana donde me encontraba desde hacía unos minutos. Era una enfermera de experiencia, bien preparada y muy profesional. Intuyó cómo me sentía, pues habíamos conversado de estas cosas en los últimos días. Como si fuera una hermana mayor, me dijo: «No te deprimas, este pueblo es así. Te niega durante un tiempo muchas cosas, pero cuando te lo ganes, te abre completamente su corazón». Y añadió: «Tú verás que dentro de unas semanas o dentro de unos meses vas a desear, aunque sea por un momento, tener la tranquilidad de la que ahora te quejas, donde ninguna madre ansiosa o ningún paciente reclame tus servicios». Y así sería. Sus palabras, que en ese momento acepté como el consuelo que una persona mayor y con experiencia le podía dar a un joven médico como yo, se cumplirían al pie de la letra. Pero en esa nublada tarde de un día de noviembre, no podía imaginarme que se llegarían a cumplir.
Fuego cruzado
Para cualquier médico, el trabajo en un servicio de urgencias es una gran escuela. Representa, en términos prácticos, el «taller» en el que se va forjando cada día su temple y su experiencia, y donde irremediablemente estás entre dos caminos. El primero consiste en mejorar el estado físico y mental de una persona que acude a ese servicio porque lo necesita, para de allí continuar a la vez otros derroteros: ser salvada y mejorada de forma inmediata de cualquier afección natural o accidental, pasar a ser atendida en otro servicio del hospital porque sea ingresada, ser remitida a un centro de mayor nivel o regresar a su hogar con un tratamiento inicial para luego continuar con otro más específico. El segundo camino, que afortunadamente es el menos frecuente, es el de las personas que no pueden seguir ninguno de los anteriores y mueren, aunque hayan hecho por ellas todo lo que era necesario hacer de acuerdo a las circunstancias.
Cumplir con estos preceptos requiere de pericia, valentía, decisión y, por supuesto, de conocimientos. Requiere también de algo que parecería ficticio o místico: la habilidad, diría más bien el «olfato» del médico para percatarse de cuándo una persona puede encontrarse en peligro de perder la vida. Y, obviamente, en dependencia de la época y el lugar, de las condiciones objetivas y materiales que existan para poder salvar a un ser humano.
El hospital donde me incorporé a realizar el servicio social, sin dejar de ser un centro capacitado y dotado de las condiciones elementales en el desempeño de estos menesteres, todavía distaba, en algunos aspectos, de ser una institución que estuviera adecuadamente preparada para cumplir eficientemente estos propósitos. Era por esta razón que lo que faltaba en el plano objetivo había que suplirlo con esfuerzo, habilidad, dinamismo y, sobre todo, rapidez, mucha rapidez en el accionar del servicio de urgencias.
Las primeras guardias médicas de veinticuatro horas fueron mi «bautismo de fuego» inicial. Aunque incorporado a otras tareas asistenciales, como eran las anémicas consultas en el policlínico, las que realizaba en los círculos infantiles, los pases de visita en la sala de pediatría y alguna que otra actividad colateral, la presión que ejercía el servicio de urgencias de aquel hospital municipal y la escasez de médicos, pues algunos llegábamos y otros se marchaban, hicieron que sobre los hombros de los recién incorporados, y sobre los que aún permanecían allí, cayeran sin piedad las guardias semanales y las guardias rotativas de los fines de semana.
Para mi desdicha —o quién sabe si para mi fortuna—, solo hice otra guardia médica en compañía de Fouché, ya que a la segunda semana de haberme incorporado, el director del hospital me informó que pasaba a realizar las guardias solo, debido a que el número de médicos no alcanzaba para cubrir en parejas los cinco días de la semana. Me dijo igualmente que iba a tratar de hacer lo posible por ubicarme una compañía los fines de semana, cuestión que nunca llegó a suceder.
De modo que continué solo en aquellos últimos meses del año 1977 y semanas iniciales de 1978. Pero de todo se aprende y se sacan lecciones. La principal fue que me vi obligado a esforzarme más y a ir adquiriendo más soltura e independencia en el trato con los enfermos y familiares en el cuerpo de guardia. Me sirvió también para ir conociendo mejor el hospital y al personal con el que trabajaba codo a codo. Por suerte, había incorporado bien las palabras de aquel profesor de Pediatría, cuando me había dicho en el internado que me preparara para estar solo y resolver las cosas por mí mismo.
De esos primeros meses de postgraduado en funciones de médico de urgencias, llenos de retos, desafíos, tropiezos, tristezas y fracasos, guardo en mi memoria anécdotas importantes, que me servirían para incorporar paulatinamente lo que no aprendes en los libros. Son tantas que muchas han quedado olvidadas. Las que narro son por el sello que dejaron en mis comienzos como médico inexperto, no solo por lo que aportaron en lo profesional, sino por su gran carga de humanismo y sensibilidad.
Al «rescate» de los asmáticos
Cuando en aquella primera guardia médica me llegó al atardecer el primer paciente con un ataque agudo de asma bronquial y la enfermera, muy apenada ante mi novatada, me comunicó que lo único que existía en el stock de medicamentos del cuerpo de guardia para tratar estas crisis era adrenalina, no lo podía creer. Para mi sorpresa, no había otro broncodilatador: ni aminofilina, para su administración endovenosa, ni salbutamol, para añadirlo a los aerosoles. Ese fue uno de los mil problemas que tuve que afrontar; por cierto, sin ser alertado previamente del mismo, ni por quien me debía acompañar ni tampoco por el director del hospital.
Como asmático que soy, he sentido siempre una profunda solidaridad por cualquier semejante aquejado de esta enfermedad crónica. Gracias a Dios que me dio una madre obsesiva y fanática de los remedios caseros. Si aquella guajira, con sus métodos poco ortodoxos pero efectivos, fue capaz de curarme de mi tardía enuresis nocturna, apareciendo una mañana con un reverbero encendido, dispuesta a quemarme el pito si me volvía a orinar en mi querido catre, imagínense lo que intentó una y mil veces para mejorarme de aquellos ataques de asma nocturna que me taladraban el pecho desde los tres años. Desde embadurnarme el tórax con mentol y cebo de carnero todas las noches, esperarme al despertar con una enorme cucharada de aceite de hígado de bacalao o aceite de ricino, que, según su criterio, eran jarabes infalibles contra el asma, hasta acribillarme inmisericordemente con supositorios de aminofilina por el fondillo. Durante mucho tiempo tuve que llevar colgada al cuello una cruz bastante grande, que procedía de un pescado, creo que llamado «lengua de chucho», ya que un santero del barrio le había dicho que era un remedio seguro para curar dicha enfermedad.
Por supuesto que el asma no se me curó, como no se cura totalmente cualquier enfermedad crónica, pero lo que sí tengo que agradecer eternamente a mi madre fue que nunca se descuidó ni dejó que yo me descuidara. Gracias a ella nunca tuve que ser ingresado por una crisis aguda. Porque eso sí, cuando se percataba de que sus curas caseras no eran efectivas, no perdía tiempo y corría conmigo para el hospital de San Juan de Dios, que funcionaba como pediátrico en aquellos tiempos. Allí, con una o, cuando más, dos dosis de adrenalina subcutánea, mis bronquios se abrían y podía regresar para la casa a otro ciclo inevitable de curas hogareñas. Pero desde aquel momento le comencé a tener respeto a la adrenalina. No porque no fuera un medicamento efectivo. Todo lo contrario, siempre que fuera administrada cuando era necesaria. Era sencillamente que en mi mente aún estaban impresos los desagradables momentos de mis ataques de asma de la niñez y de la forma estrepitosamente rápida con que este medicamento te ponía a latir el corazón.
Fue por ello que cuando aquella enfermera, negra como un carbón y, por cierto, asmática severa, que se inyectaba ella misma adrenalina desconsideradamente y que años después murió de un paro cardíaco por esta causa en ese mismo cuerpo de guardia, me dio la noticia, quedé estupefacto. Ella, acostumbrada a tenérselas que ver con ineficiencias e irresponsabilidades como aquella, sonrió, abrió aún más sus ojos saltones y me dijo, con ese acento cómico que imprimía al hablar: «No se preocupe, docto, eso lo resolvemos fácil. Aquí la mayoría de los asmáticos se mejoran solo con un aerosol de suero fisiológico». Y, acto seguido, procedió a dárselo al primer paciente, luego de haberle inyectado la primera dosis de adrenalina.
Y tuvo razón aquella carismática enfermera, que llegó a ser mi amiga y compañera en innumerables guardias. Casi todos los asmáticos que fueron esa noche pudieron retirarse a sus casas parcialmente mejorados. Solo tuve que dejar a una mujer, recomendado por ella misma, que ya la conocía. Al verla llegar, me dijo en un susurro: «Docto, a esta ingrésala desde un principio, pues cuando se faja con el marido, póngale lo que le pongas, va a continuar con falta de aire hasta que él la venga a buscar». Y así lo hice, incorporando por primera vez que en una ciudad pequeña tienes necesidad de ir conociendo a sus gentes, no solo por las enfermedades que padecen, sino también por los otros problemas sociales y familiares que las rodean.
Cuando el próximo día le informé al director del hospital lo que me había pasado, fresco como una lechuga, me dijo que lo que él hacía era pasar los días antes de sus guardias por el hospital provincial de Camagüey, coger unos cuantos medicamentos y tener su stock personal para los tratamientos de urgencia. Y eso mismo tuve que empezar a hacer yo. Pasaba, los días previos a mis guardias, por el hospital pediátrico de Camagüey, donde todos me conocían, pues me seguían considerando el interno que había sido, me abastecía de los medicamentos necesarios, y así, hasta que aquella tamaña deficiencia fue resuelta, poder enfrentar mis guardias con mayor tranquilidad y más seguro de poder mejorar de una crisis asmática a alguna persona que llegara a ser atendida.
Espeluznante manera de morir
El suicidio de una persona puede ocurrir por un sinnúmero de causas. Dicen los que han estudiado el tema que el suicida verdadero, en el momento de atentar contra lo más preciado que puede tener un ser humano, que es precisamente su vida, está funcionando a un nivel psicótico; o sea, ha llegado a presentar en su psiquis un grado tal de desatino que le es imposible discernir con objetividad la realidad que lo circunda. En casos aún más trágicos, un suicida puede, antes de atentar contra su vida, dejar sin esta a otros que lo rodean, incluyendo a veces a personas queridas de su propia familia.
Ya durante mis rotaciones en la carrera por los servicios de medicina interna y psiquiatría, había constatado algunas de las características que rodean esta problemática. En el servicio de medicina interna, había atendido a algunos pacientes que habían ingresado por intentos suicidas frustrados, casi siempre por ingestión excesiva de medicamentos. Estos pacientes, además de haber sido tratados con urgencia, eran ingresados mientras se recuperaban, y después era obligatorio remitirlos a un servicio de psiquiatría para que fueran valorados y estudiados en el mismo.
En mi rotación por psiquiatría, había estudiado algunos aspectos psicológicos y conductuales relacionados con la personalidad de las personas que podían contribuir a que desearan matarse. Dos cosas las había grabado muy bien: la primera era que ante un primer intento suicida real que no llegó a consumarse había que descartar una enfermedad psiquiátrica relacionada con las psicosis. La segunda, más práctica y precisa, era que una persona que hubiera atentado contra su vida de forma real había que mantenerla bajo vigilancia y tratamiento, pues existían grandes posibilidades de que lo volviera a intentar.
De aquella mujer joven que me llegó en una de mis primeras guardias, con el revuelo clásico que origina un suceso trágico, guardo un recuerdo difícil de describir. Fue la primera persona que enfrenté que hubiera atentado contra su vida. ¡Y qué manera de atentar! Se había envuelto en varias sábanas y frazadas y se había volcado encima un recipiente de kerosene, derivado del petróleo que, a diferencia de la gasolina o el alcohol, no es tan volátil y una vez que las llamas toman fuerza, es muy difícil lograr apagarlas. No conocía sus antecedentes, y en esos momentos de poco hubiera servido indagarlos. Llegó totalmente quemada. La piel roja y repleta de ampollas se desprendía junto a los restos de las sábanas y las frazadas con las que se envolvió. Todavía el cabello, o lo que quedaba de él, se observaba chamuscado y con los signos de las llamas que lo habían calcinado.
Llegó todavía viva al cuerpo de guardia, pero en un estado de shock terminal. Por lo general, un quemado, aunque sea de gran magnitud y sus lesiones sean letales, sobrevive unos días luego del suceso desafortunado. Esa pobre mujer, que dejó dos hijos pequeños, según me refirió el esposo, había calculado bien la forma como quería morir. No pudimos hacer nada. Solo ver cómo expiraba lentamente, abandonando el mundo en que no quiso seguir viviendo.
Nunca he podido olvidar ese suceso dentro de mi bautismo de fuego en la medicina de urgencias. Todavía, cuando pienso en él, se me pone la carne de gallina. Sobre todo porque durante los días y las semanas que siguieron a su enfrentamiento, no pude eliminar de mis sensaciones no solo el hecho real de lo que había visto, sino el desagradable olor a carne humana quemada que quedó grabado en mis células olfativas.
Frente al quid de la evidencia
No sé si fue pura intuición, olfato exagerado de principiante o meticulosidad clínica, pero cuando acabé de interrogar y de realizarle el examen físico a aquel señor de unos setenta años, me vino a la mente que tenía un infarto cardíaco. Y no precisamente uno de los más benignos, si es que esta afección pudiera considerarse así. Todo lo contrario, uno de los más siniestros, engañadores y muchas veces letal. Un infarto de la región posteroinferior del corazón.
El paciente había sido traído al cuerpo de guardia por una hija con la cual convivía. Desde el día anterior había comenzado con dolor en el estómago, náuseas y vómitos. Pensaron de inicio que se trataba de un problema digestivo, pero el hombre se había pasado la madrugada y la mañana de aquel día quejándose constantemente. A la hija le alarmó el hecho de que lo encontraba muy sudoroso y frío. No había esperado más y decidió acudir al hospital.
Cuando lo comencé a explorar, lo primero que me llamó la atención fue su mirada. El médico que no mire directamente a los ojos a un enfermo no podrá tener una percepción inmediata de la magnitud de la gravedad clínica de determinada afección o de la cercanía de un desenlace fatal. Había comenzado a hacerlo desde la carrera. Y ese hombre tenía reflejada en su aterrada mirada y en sus ojos vidriosos la inminencia de la muerte. Me había percatado, además, de que no manifestaba un dolor intenso en la región epigástrica cuando le palpé la misma. Al mirar y tocar sus manos, otra cosa que había comenzado a realizar en mi práctica diaria, me di cuenta de que estaban temblorosas, frías, como si pidieran ayuda sin saberlo. Y algo fundamental: cuando presionaba las uñas, el llenado de la sangre con las que estas retornaban a su color rosado original era muy lento.
No perdí tiempo. Tomé todas las medidas que tenía a mi alcance e inicié, con escasos recursos, pero con mucho cuidado y ecuanimidad, el tratamiento de una persona infartada: oxígeno por catéter nasal, garantizar una vía venosa para la administración de medicamentos, el control del dolor, aunque sin medidas extremas, pues este no era intenso, y anteponerme a las posibles complicaciones, la principal y más temida, una arritmia cardíaca que pudiera conllevar a una parada cardiorrespiratoria.
Del Rápido, uno de los mejores clínicos del municipio, ya casi en su último año de postgraduado, aunque después se quedó otro año más, había aprendido algunos consejos útiles. En algunas de sus guardias, en que me había sentado con él en urgencias, me había impuesto algunas cuestiones prácticas para enfrentar situaciones como estas. De él había incorporado, quizás no con mucha academia, pero sí con mucho sentido práctico y realista, que a falta de medicamentos sofisticados, solo existentes en otras unidades provinciales, había que inventar. Y, precisamente, una de aquellas cosas prácticas era que, si me enfrentaba a una persona infartada, no dudara en suministrarle, a dosis muy bajas y siempre en goteo lento a través de la venoclisis, lidocaína, que tradicionalmente era el anestésico que usábamos para las suturas. El Rápido me había asegurado que él no tenía estadísticas personales, pero que al menos a las personas que había tratado con infartos agudos, este medicamento les había evitado una complicación como aquella y las había podido remitir sin dificultad. Garanticé, luego de las medidas terapéuticas, que el paciente estuviera tranquilo. Lo aislé en la pequeña sala de observación que se encontraba entre el local de consultas del servicio de urgencias y la estación de enfermería. Mantuve a su lado solo a la hija, la cual, como es lógico, se había percatado de que su padre se encontraba en una situación delicada y peligrosa.
Ante mí tenía un sinnúmero de incertidumbres. La primera estaba relacionada con el diagnóstico. Si bien era cierto que tenía la sospecha clínica de que se trataba de un infarto posteroinferior, no lo podía comprobar, pues el equipo de electrocardiografía del hospital estaba roto. La segunda incertidumbre era que, suponiendo que lo fuera, la conducta no era solamente tratar de urgencia. Tendría que remitir al enfermo hacia el hospital provincial de Camagüey, donde existían los recursos necesarios para el tratamiento adecuado. Pero para mi infortunio, y sobre todo para el del paciente, la única ambulancia del municipio también estaba rota. Y el taxi, pequeño e incómodo, que ponían a nuestra disposición no era el medio más idóneo para un traslado como aquel.
Opté por consultar con el servicio de urgencias del hospital provincial de Camagüey. No encontré mucha recepción ni deseos de ayudar por parte del responsable de dicho servicio. Le recalqué lo necesario de una ambulancia para trasladar al enfermo. Me dijo que en esos momentos la única ambulancia con la que contaba se encontraba para otro municipio de la provincia, bien lejano, por cierto. Le expliqué las características del paciente y la forma como lo había tratado. Me dijo que lo llamara dos horas después para precisar si podía hacer algo. Estuvo de acuerdo conmigo, cuando le ofrecí los detalles, en que podía tratarse de un infarto en esa región anatómica del corazón.
El infarto posteroinferior del corazón es uno de los menos frecuentes que ocurren en este órgano. Tiene características específicas que lo hacen diferenciarse de otros infartos en otras regiones cardíacas. Por ocurrir en una zona donde el corazón se encuentra en una vecindad al diafragma y a algunos nervios importantes que atraviesan este, entre ellos el nervio vago, los síntomas que puede presentar de inicio son caracterizados por la llamada «reacción vagal». A esto se añade el hecho de que, al afectarse una zona vecina a los órganos abdominales cercanos al diafragma, sobre todo al estómago, en la región epigástrica, la ocurrencia de síntomas digestivos es frecuente, así como el dolor, que aunque por lo general no es intenso, se irradia a esa porción superior del abdomen.
Fue inevitable que la hija y otros hijos del paciente, que fueron arribando al cuerpo de guardia, se alarmaran y comenzaran a reclamar un traslado para Camagüey. Llamé aparte a los que observé que estaban más tranquilos y les expliqué la situación. Hubo uno de los hijos que, no del todo desacertado en su afirmación, me preguntó que cómo estaba seguro de que era un infarto si no tenía un electrocardiograma que lo corroborara. La insistencia se incrementó. Pero me mantuve firme. Al paciente no lo remitía si no contaba con los recursos mínimos para garantizar un adecuado traslado. Se lo dije claramente. Si no era así, era seguro que el desenlace relacionado con la vida del enfermo sería fatal.
Pero se empeñaron en ir en contra de lo que les dije. Buscaron un auto grande, donde lo podían acostar mejor, y firmándome un documento que redacté rápidamente, se hicieron responsables del traslado de su ser querido. Acompañé a este, sosteniendo la venoclisis que le había dejado. Lo dejé en brazos de la hija dentro del auto y le ofrecí algunas instrucciones finales. Vi partir el vehículo con una gran sensación de impotencia.
Recuerdo que continué esa guardia médica con un desasosiego tremendo. Me sentía con un vago sentimiento de culpabilidad, aunque era consciente de que había hecho todo lo que había podido. Casi a la medianoche, uno de los parientes del enfermo, que vivía vecino al hospital y había sido testigo de todo, vino a darme un poco de consuelo, pues dedujo cómo me sentía. Para colmo, me dio una noticia que no esperaba. Al paciente no lo habían llevado para Camagüey, sino para Florida, un municipio limítrofe con Vertientes, pero que para llegar a él había que transitar por una carretera en mal estado y repleta de baches. Confirmé lo ya pensado. A aquel señor lo habían condenado a una muerte segura.
Pasaron los días sin que me olvidara de aquel suceso. Aproximadamente a la semana de lo sucedido, la hija que lo había acompañado vino al hospital preguntando por mí. Cuando me vio, me abrazó llorando desconsoladamente y me dijo que quería agradecerme lo que había hecho por su padre en las últimas horas de su vida. Me explicó que la tozudez de sus dos hermanos había hecho no solo que desconfiaran de mí, sino que lo llevaran para Florida en lugar de hacerlo para el hospital de Camagüey. Me refirió que había llegado a Florida en muy mal estado y había fallecido a las pocas horas. Que el electrocardiograma realizado allá había sido positivo, aunque no habían podido precisar si se trataba del diagnóstico que yo sospeché. Al final, extrajo del bolso que portaba un papel escrito a máquina, que era el resultado de la necropsia que ellos mismos habían reclamado que se le hiciera. En la parte final del informe, entre otras cuestiones relacionadas con la causa de la defunción, estaba escrito en letras mayúsculas: «Causa principal de la muerte: Infarto del miocardio en cara posteroinferior».
No experimenté alegría porque nunca he podido sentirla ante la muerte de un semejante. Pero sí sentí una gran sensación de tranquilidad y de paz conmigo mismo. Aunque en aquella guardia médica hubiera deseado haberme equivocado por el diagnóstico clínico realizado, me convencí con alivio de que había actuado bien. Había cumplido con las extraordinarias enseñanzas de mi siempre recordado profesor de Medicina Interna, cuando un día me dijo: «Si sospechas que una persona tiene una determinada afección, sobre todo si de ello depende el que la puedas salvar, no dudes nunca en aplicarle el tratamiento oportuno. Aplica el tratamiento y luego comprueba si estabas en lo cierto. Pero eso sí, equivócate siempre a favor del paciente, nunca en contra de él». Sin lugar a duda, ese día la lección quedaría definitivamente incorporada en mi accionar profesional y me acompañaría durante toda la vida.
Bordeando la cuerda floja
Si no hubiera sido porque aquella descomunal anciana estaba prácticamente ahogándose cuando la trajeron cargada entre cuatro personas esa medianoche, la situación hubiera dado risa. Era una señora grande, obesa a más no poder, que balbuciendo entre suspiros agónicos, me conminó a que me acercara, y casi en un susurro, pues la falta de aire no le dejaba hablar, me dijo que tenía un edema agudo del pulmón. Me lo dijo como si estuviera pidiéndome una aspirina para un dolor de cabeza. Aunque, claro está, estaba asustada. Sin embargo, por ser esta la cuarta vez que le pasaba, parecía como si para ella aquello no fuera nada grave. Constaté, cuando a duras penas pude sostener su mirada, que estaba segura de que una vez más la iban a salvar de esa grave afección.
El edema agudo del pulmón es el cuadro clínico que se produce cuando ocurre un fallo agudo del corazón. Es una afección grave, dramática, ruidosa, estrepitosa, la cual, si no la tratas de forma rápida, ocasiona la muerte. La insuficiencia aguda del corazón que la origina provoca que se alteren procesos básicos elementales en el organismo: una deficiencia del volumen de sangre impulsada desde el corazón hacia los tejidos, una aceleración desmedida de este órgano con tal de compensar dicha deficiencia, un retorno inadecuado de la sangre que debe regresar al mismo desde la periferia y una acumulación de esta sangre en los pulmones, pues tampoco puede tornar al corazón. Es precisamente, entre los otros factores ya mencionados, esta sangre que no puede retornar lo que ocasiona una inundación del tejido pulmonar, que a la larga ahoga al paciente. De ahí que se le conozca con ese nombre.
La voluminosa anciana nos dio un trabajo tremendo para poderla sacar de dicha crisis aguda. Era tan difícil de manipular en la cama fowler que di la orden de que la colocaran sobre el piso. Tuve que pedir ayuda no solo a los que la acompañaban y a la enfermera, sino a todos los que se encontraban en las inmediaciones del cuerpo de guardia a esas altas horas de la noche. Porque una de las medidas que hay que tomar —o que al menos se tomaban en aquellos tiempos— era colocar unos torniquetes en las extremidades, específicamente en los brazos y los muslos, que se van rotando cada cinco minutos para no bloquear totalmente la circulación. Estos torniquetes, medida por demás muy efectiva si se aplica adecuadamente, aumentan la resistencia vascular periférica y hacen que disminuya el retorno de la sangre a un corazón que, al menos hasta tanto se restablezca su debido ritmo, necesita un poco de alivio.
