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A mediados del siglo XX, en plena Guerra Fría, el filósofo francés Jean Guitton impartió una serie de conferencias centradas en el papel de la estrategia, su esencia y sus principios. En ellas expone un método de pensamiento sintético para comprender la guerra, guiado por el siguiente leitmotiv: "Del mismo modo que la metafísica es la forma más alta de pensamiento, a la estrategia le corresponde el mismo lugar en el dominio de la acción". A lo largo de estos textos, reeditados recientemente con la colaboración de los profesores de la Escuela de Guerra de Francia, Guitton evidencia la estrecha vinculación entre el pensamiento estratégico y la filosofía, pues "detrás de las victorias de Alejandro siempre se encuentra Aristóteles". Incluso con los cambios de las últimas décadas, que han transformado profundamente la guerra, los principios rectores de ésta permanecen y muchas de las reflexiones que les dedica el pensador francés conservan su vigencia. Reflexiones en las que se aborda la relación entre el pensamiento y la acción en lo que tiene de más decisivo para el destino de la humanidad, tanto en el pasado siglo como en nuestro momento presente.
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Seitenzahl: 352
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Jean Guitton
Pensamiento y guerra
Edición aumentada y comentada por los profesores de la Escuela de Guerra
Prólogo a la edición española de José Luis Calvo Albero
Traducción de Jesús Laínz
Título en idioma original: La Pensée et la Guerre
© Edición original: Groupe Elidia, Ediciones Desclée de Brouwer, París 2017
© Ediciones Encuentro S.A., Madrid, 2019
© Traducción: Jesús Laínz
© Prólogo a la edición española: coronel José Luis Calvo Albero
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Colección Nuevo Ensayo, nº 30
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN EPUB: 978-84-9055-890-4
Depósito Legal: M-3003-2019
Printed in Spain
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Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com
ÍNDICE
PRÓLOGO a la edición española
Introducción a la edición de 2017
Advertencia
Prefacio
I. Hitler, la revolución y la guerra
Introducción
II. El arte de pensar y la dirección de la guerra
Introducción
III. Pensamiento y guerra en Foch
Introducción
IV. El pensamiento hegeliano y la dirección de la guerra
Introducción
V. Filosofía de la disuasión en la era nuclear
Introducción
Apéndices
I.Extractos de una carta del general Weygand a Jean Guitton sobre la probabilidad en la guerra
II.Nota sobre los aspectos de la estrategia naval comparada con la terrestre
PRÓLOGO a la edición española
La estrategia es una disciplina cuya esencia es difícil de capturar, incluso para los que trabajan sobre ella diariamente. En su formulación necesita del conocimiento profundo de la naturaleza humana, pero en su ejecución es praxis violenta, enfrentada a otra igual y contraria ejecutada por un estratega adversario desde el lado opuesto de la colina. Las raíces de la estrategia se hunden en el pensamiento y la teoría aunque sus manifestaciones son brutalmente prácticas. Se trata de cambiar la realidad a nuestro favor y contra la voluntad del otro, en una situación extrema en la que se utiliza o se está dispuesto a utilizar una violencia masiva y letal.
Jean Guitton no era un estratega sino un filósofo, pero como otros muchos filósofos y pensadores se sintió atraído por ese contraste entre pensamiento sutil y sofisticado y práctica competitiva y violenta. Guitton centró su obra en el ser humano, en su relación con Dios y con el mundo, y en la búsqueda de la verdad. Pensó que podía aprender mucho de ello estudiando un fenómeno tan extremo como la guerra, y una disciplina tan aparentemente desconcertante como la estrategia. Así como los seres humanos se revelan más fácilmente en su auténtica naturaleza cuando se encuentran en una situación extrema, el pensamiento puede adquirir una claridad inusual cuando se enfrenta al reto de convertirse en acción inmediata, dinámica y violenta que busca sobrevivir y prevalecer.
El momento de la historia en el cual Jean Guitton pronunció las cinco conferencias que componen esta obra fue tan interesante como devastador. La vida del autor se enmarca completamente en el siglo XX. Nació un año después de que comenzase y murió un año antes de su finalización. Vivió pues en uno de los periodos más violentos de la historia humana, si no el que más, y como ciudadano francés sufrió la tragedia de las dos guerras mundiales, experimentó la tristeza de la decadencia de Francia y Europa, y vivió la amenaza de la guerra nuclear que, por primera vez en la historia, convirtió en factible el ancestral mito de la destrucción de la humanidad en una última batalla apocalíptica.
En ese terrible escenario Guitton intentó situar al ser humano, y a su principal esencia que es el pensamiento. En Francia encontró una excepcional tradición de pensamiento estratégico, que precisamente centraba su atención en el hombre, su moral y sus valores, como elemento sustancial y decisivo de la victoria. Desde la Revolución, el centro de la estrategia francesa fue siempre el valor moral, que se manifestaba en el «élan», el entusiasmo que podía sobreponerse a la inferioridad tecnológica y numérica, a las privaciones y a las bajas. El empuje del ciudadano soldado, consciente de que estaba cambiando el mundo, que Napoleón supo utilizar con tanta maestría hasta que lo agotó de tanto abusar de él.
Heredero de esa tradición fue uno de los protagonistas principales de las conferencias de Jean Guitton: el mariscal Ferdinand Foch, un hombre que conjugó pensamiento y acción, ambos en grado superlativo. Fue director de la Escuela de Guerra y uno de los teóricos militares más respetados en Europa antes de ser nombrado comandante en jefe de las fuerzas aliadas en el Frente Occidental en 1918. Foch recuperó el pensamiento estratégico francés basado en los valores morales, pero interpretando y adoptando a la vez parte de lo que era entonces su némesis: la escuela de pensamiento estratégico prusiano-alemana, y especialmente su más célebre pensador, Carl von Clausewitz.
Foch tomó de Clausewitz lo que encajaba mejor con la tradición estratégica francesa, y reforzó el valor entusiasta del combatiente galo con la férrea voluntad del líder militar germano. La combinación no funcionó como el francés esperaba, y en los primeros encuentros de la Gran Guerra ya quedó claro que ni el entusiasmo ni la voluntad podían imponerse al titán de la tecnología. A lo largo de cuatro largos años la artillería de tiro rápido, las ametralladoras y el alambre de espino conformaron las formidables tempestades de acero que evocó Ernst Jünger, y que acabaron con el entusiasmo francés, el optimismo europeo y el futuro de Europa como centro del mundo.
La Gran Guerra supuso también la confrontación entre dos concepciones del fenómeno bélico que se encarnaron en dos de los contendientes principales, Francia y Alemania. Guitton evoca ese conflicto en varias de sus conferencias, y como es lógico lo enfoca desde el punto de vista del pensamiento. En el modelo francés la guerra es un fenómeno humano que se intenta abordar desde una lógica cartesiana, un problema que debe plantearse desde el análisis orientado a la búsqueda de lo esencial, para desde esa esencia construir el método para resolverlo. La escuela francesa se basa pues en la búsqueda de principios que correctamente aplicados resulten en lo deseado, que es la victoria y la paz posterior.
La escuela alemana, que no surge con Clausewitz, pero que tiene en él su referencia principal, parte de la aproximación dialéctica del idealismo alemán. La guerra es una confrontación permanente, en la que toda acción propia es seguida por una acción enemiga contraria. Clausewitz encuentra la síntesis en la naturaleza política de la guerra, que es lo único que aporta racionalidad, entendida como proporción entre costes y beneficios, al caos de la guerra. Sin embargo, la guerra es caótica e incierta por naturaleza y no hay principios universales que garanticen el éxito. El caos se combate con la racionalidad del político y la capacidad del líder militar para sumergirse en él, guiado por su instinto y su voluntad.
Guitton no menciona el enfoque dialéctico de Clausewitz, pero dedica la cuarta conferencia incluida en esta obra a la influencia en la estrategia del sistema dialéctico hegeliano, que surge de la misma línea de pensamiento. Considera que al contrario que el método cartesiano del que nace la escuela francesa, y que considera la guerra como un instrumento para alcanzar un fin, la lógica hegeliana corre el riesgo de considerar la guerra como un fin en sí mismo. El pensamiento hegeliano considera el mundo y la historia como un todo relacionado que gira alrededor del ser humano sin un fin trascendente. Se centra por tanto en el devenir, el proceso de cambio constante guiado por una permanente confrontación dialéctica como única verdad posible. El marxismo surge como el heredero más conocido del pensamiento hegeliano, pero con frecuencia se olvida que el pensamiento estratégico del Estado mayor general alemán es otro de sus herederos, y no menor. De hecho, transmitirá parte de su legado a los revolucionarios del Octubre ruso, fascinados por Clausewitz.
La confrontación entre los dos modelos se encarna para Guitton en Foch y en Ludendorff, el jefe del Estado mayor alemán en los últimos años de la guerra. El mariscal francés termina su mando ante la tumba de Napoleón, afirmando que tras la guerra viene la paz, y criticando las escasas esperanzas de paz duradera que aportaba el Tratado de Versalles. Ludendorff por el contrario se unirá a Hitler en los años 20, y proclamará que la guerra es la situación natural del ser humano, y que la paz es solo un sueño, y ni siquiera uno grato. Una reedición del mito eterno de Héctor y Aquiles, el soldado que lucha por su patria y su familia, y que ansía cumplir su misión para volver a ellos en paz, contra el que lo hace porque la guerra se ha convertido en su única finalidad, y fuera de ella no encuentra ningún sentido a su existencia. En la Ilíada ambos mueren bajo los muros de Troya; son engullidos por la bestia de la guerra, como lo fueron Alemania y Francia, una porque la derrota la enloqueció, y otra porque, aunque victoriosa, no fue capaz de lograr una paz estable.
La catástrofe de la Gran Guerra, agudizada por sucesivas crisis económicas, dio paso al auge de los profetas de la acción sin pensamiento, de lo visceral, de las soluciones fáciles y radicales para problemas que hubiesen requerido prudencia y sutileza. Guitton retrata la época perfectamente en su conferencia sobre Hitler, más valiosa aún porque la pronunció en 1940. El líder alemán certifica la decadencia del pensamiento. Él es todo energía, dinamismo, pasión violenta y arrebatadora. Apoyado en la tecnología, y utilizando las técnicas de propaganda desarrolladas por los revolucionarios rusos, transmite su mensaje a unas masas decepcionadas por el sistema que las ha llevado a la guerra y la ruina, y que escuchan ensimismadas a quien les promete soluciones enérgicas y definitivas.
La conferencia resulta especialmente interesante porque revela preocupantes similitudes con nuestro tiempo, y no solo en el aspecto político sino también en el de la propaganda y la manipulación. Hitler aporta a la estrategia la conversión de la acción psicológica en su elemento central, explotando la incertidumbre, el miedo y el desconcierto en el enemigo, así como la frustración, la rabia y el odio en el bando propio. Liddell Hart lo expresa muy bien cuando afirma que el objetivo de la guerra no es derrotar al adversario mediante su destrucción física, sino destruyendo en su mente toda perspectiva de victoria. Hitler no tratará de alcanzar ese objetivo mediante el sutil y maniobrero enfoque indirecto del británico, sino mediante la manipulación, el terror y la barbarie. En cierta medida su método es de nuevo una consecuencia de la aplicación del pensamiento hegeliano a la estrategia, aunque retorcido hasta sus límites. El principio de totalidad amplía la guerra hasta todo lo posible, y sobrepasa así la limitación tradicional del enfrentamiento bélico a un duelo reglado entre ejércitos.
Nuestro tiempo es heredero de esa concepción total de la guerra en la que lo militar es solo uno de sus aspectos, y quizás no el más importante. La amenaza de aniquilación nuclear mutua ha permitido que esta idea no nos lleve a una nueva tragedia bélica global, y ha mantenido el concepto de guerra total relegado a los márgenes del tablero estratégico hasta nuestros días. Precisamente a la estrategia nuclear dedica Guitton la última conferencia de esta obra, en un momento en el que Francia ya se había convertido en potencia nuclear. El filósofo vislumbra la posibilidad de que las armas nucleares terminen con el fenómeno de la guerra, pues la infinitud de sus efectos (la aniquilación total o casi total) desafía cualquier cálculo de probabilidades de victoria, y rompe la lógica del conflicto. Sin embargo, para conseguir ese efecto la apuesta por su uso debe ser total, por lo que Guitton recomienda que la disuasión se base en una disposición permanente e inequívoca para desencadenar el Armagedón.
Una postura que coincidía bastante con la estrategia del presidente Eisenhower, que pretendía evitar la guerra declarando su disposición a convertir cualquier conflicto en una hoguera nuclear. Sin embargo, el enfoque de Guitton y Eisenhower, aunque de una lógica intelectual impecable, peca de escasa atención al instinto de supervivencia humano. Cuando la URSS desarrolló misiles balísticos capaces de alcanzar territorio norteamericano a finales de los años 50 la estrategia de Eisenhower comenzó a considerarse inaplicable. Ningún presidente estaría dispuesto a una represalia nuclear, que sería a la vez un suicidio, para responder a un conflicto convencional; sobre todo si este solo afectaba a un aliado extranjero, por ejemplo en Europa. Esta desconfianza fue precisamente la que llevó a Francia a desarrollar su propio arsenal nuclear, y fue también lo que llevó a un cambio de estrategia, sustituyéndose la respuesta nuclear masiva por una dinámica de escalada, de un incremento constante de la intensidad en la respuesta que solo llevaría al uso nuclear generalizado en un último escalón, al que nadie estaba dispuesto a subir. Una estrategia más creíble, y que daba más tiempo al dirigente político para negociar y desescalar.
Pero en esta última conferencia Guitton habla de algo más que de estrategia nuclear. Menciona también el arma cibernética, la manipulación de las mentes o las armas biológicas como posibilidades de futuro. También menciona el nihilismo que en su opinión acompañaba a las manifestaciones de Mayo del 68 y, como en la primera conferencia, dedicada a Hitler, resulta inevitable hacer paralelismos con nuestro tiempo, en el que ya se han materializado algunas de esas amenazas que Guitton solo entreveía como posibles.
En el fondo se trata del retorno a ese concepto de totalidad en la guerra que nació con la escuela prusiana, se desarrolló entre los revolucionarios clásicos, alcanzó su paroxismo en la Segunda Guerra Mundial y después, ante la amenaza de holocausto nuclear, se replegó hacia los marginados de la estrategia: las insurgencias y los grupos terroristas. El yihadismo por ejemplo lo adoptó y perfeccionó, prestando especial atención a cómo utilizar el terror haciéndose a la vez invulnerable a él. Como escribió el general Malik, en su «Quoranic Concept of War» la guerra es sobre todo manipulación de las mentes, información y desinformación, y la gran ventaja del yihadista es que sus sólidas creencias lo hacen invulnerable al terror y la propaganda. Lo peor, como ocurre en otros movimientos radicales, es que probablemente lo hacen también invulnerable al razonamiento, creándose el perfecto fanático, dispuesto a morir antes que a reflexionar.
No sabemos qué hubiera opinado Jean Guitton de que las guerras se basen hoy en la desinformación, el terror y el aprovechamiento de lo visceral como arma para desacreditar gobiernos e instituciones. Tampoco de que los combatientes con frecuencia no se muestren como soldados, o a veces ni siquiera lo sean, ni hagan ningún esfuerzo por atenerse a los códigos éticos y morales que de un soldado se esperan. Probablemente atribuiría esta situación a la victoria de la acción sobre el pensamiento, del corto plazo sobre el largo, lo finito sobre lo infinito y el proceso sobre el objetivo. Es muy posible que recomendase un regreso al pensamiento, al análisis del ser humano y el mundo que debe preceder a la acción, y que siempre ha constituido la base de la estrategia. Sería una recomendación sabia y prudente, y espero que la lectura de este libro contribuya a que la esperanza en esa evolución se acerque un poco más a la realidad.
Coronel José Luis Calvo Albero
Director de la División de Coordinación y Estudios
Secretaría General de Política de Defensa
Introducción a la edición de 2017
General de división Hubert de Reviers de Mauny
Director de la Escuela de Guerra
Según el general Beaufre, «la estrategia no debe ser una doctrina única, sino un método de pensamiento que permita clasificar y jerarquizar los hechos para a continuación elegir los procedimientos más eficaces»1. El pensamiento, por lo tanto, está en el corazón mismo de la estrategia. En este sentido, la publicación en 1969 de La pensée et la guerre fue un hito filosófico y estratégico.
Esta recopilación de conferencias, la primera de las cuales data de 1940 mientras que las demás fueron pronunciadas en la Escuela Superior de Guerra a partir de 1952, propone un método de pensamiento sintético para comprender la guerra. Jean Guitton prolonga con ellas el célebre «¿De qué se trata?» de Foch. Lamentablemente, la obra fue mencionada en muy pocos artículos, en concreto los de Raymond Aron y el general Beaufre en Le Figaro y en algunas revistas especializadas. La época no estaba para este tipo de reflexiones a pesar de la Guerra Fría. Con las guerras de descolonización concluidas, ya no se quería seguir pensando en fracasos militares.
En el momento de esta reedición, la mundialización y los cambios geopolíticos han transformado profundamente la guerra, hoy más que nunca ese camaleón del que ya hablara Clausewitz. Sus avatares actuales son tan difíciles de discernir e identificar como de describir y enumerar. Favorecen una «estrategia de la confusión» que algunas potencias mantienen deliberadamente. Además, la ampliación del campo de batalla hace que se tambaleen los modelos clásicos. Las distancias explotan, aparecen nuevas dimensiones: el espacio extratmosférico y el ciberespacio, vector y motor de la mundialización, pero también su talón de Aquiles. Y no se puede olvidar el campo de las percepciones, las del adversario, las de los aliados, las de la opinión pública, las de las poblaciones, retos y actores de crisis y de guerras. Las pasiones siguen siendo uno de los pilares de la «sorprendente trinidad» de Clausewitz, junto con el cálculo de probabilidades militares y los objetivos políticos.
El empleo de las armas debe adaptarse continuamente al contexto, a los nuevos retos y sobre todo a un enemigo siempre cambiante. Bandas irregulares, criminales y traficantes conforman en nuestros días adversarios híbridos que favorecen la asimetría, actúan entre la población y generalmente rehúsan el combate frontal. La sola respuesta militar suele ser insuficiente. Estas características, que nos han sido impuestas, impiden el recurso a las maneras clásicas de la acción de guerra debido a que hoy el enemigo rara vez es un Estado aunque de vez en cuando adopte la forma de tal. Este cambio fundamental obliga a «pensar la guerra de otra manera», más allá de los esquemas clásicos, es decir, fuera del campo de las guerras de atrición cuyo objetivo era la victoria por capitulación del adversario. La Escuela de Guerra, que forma las élites militares del mañana, debe adaptarse a estas mutaciones sin excluir un regreso a largo plazo de las guerras entre Estados.
Sin embargo, los principios de la guerra permanecen y la reflexión que les dedica Jean Guitton conserva su pertinencia desde muchos puntos de vista; de ahí la tan esperada reedición de esta obra. Ciertamente, su autor no es un teórico militar. Razona como filósofo desde la perspectiva de lo infinito, mientras que el estratega razona desde la perspectiva de lo finito. También encontramos en su obra aproximaciones o imprecisiones históricas y técnicas. Pero lo esencial no es eso. Jean Guitton ha vivido el siglo XX y sus guerras. Tenía trece años en 1914 y treinta y nueve en 1940, cuando redactó la primera de sus conferencias. Vivió la llegada de la guerra total y la de la subversión, que permitieron a los más débiles vencer a los más poderosos, lo que puso patas arriba la «gramática» clásica de Clausewitz y Guibert2. También vivió la llegada del arma nuclear, que, debido al «poder igualador del átomo», revolucionó de nuevo la apreciación de las relaciones de fuerza.
A estas cinco conferencias les une un hilo director y un leitmotiv: «Del mismo modo que la metafísica es la forma más alta de pensamiento, a la estrategia le corresponde el mismo lugar en el dominio de la acción». Por lo tanto, la filosofía es el estudio de la relación entre el sujeto y el objeto, entre el pensamiento y la acción. Debido a ello, tiene bastantes cosas que decirnos sobre la estrategia, su esencia y sus principios. Jean Guitton considera que el campo de la reflexión debe ser global para poder «verlo todo», para definir y analizar las diversas interconexiones existentes entre la acción y el pensamiento. Su discurso está muy influido por Bergson, del que fue discípulo. Más tarde, en Un siècle, une vie3, desarrollaría esta filiación filosófica y esta ambición de «pensar como hombres de acción y actuar como hombres de pensamiento» (Bergson), a lo que también tiende la formación dispensada en la Escuela de Guerra.
En la primera conferencia, «Hitler, la revolución y la guerra», Jean Guitton reflexiona sobre la «estrategia psíquica», la que intenta influir en el inconsciente de las masas. La propaganda se ha convertido en un arma con todas sus consecuencias: la idea se ha puesto al servicio de la potencia. Hoy en día, la explosión de los flujos de información, sobre todo gracias al ciberespacio, multiplica el alcance de las estrategias de influencia. Los movimientos islamistas radicales lo explotan magistralmente.
Pero el fenómeno no es nuevo. Si Hitler fue Hitler, recuerda Jean Guitton, fue a causa de su magnetismo, difundido por la radio (así como por sus notables películas de propaganda, podríamos añadir). Su don de la comunicación, sus llamamientos a los instintos gregarios del hombre común y a los «movimientos inconscientes de las masas» fueron sus mayores activos. Inventó una estrategia nueva, que no es «la de los cuerpos sino la de las almas». En sus confidencias a Forster, citadas por Rauschning, Hitler declaró: «He hecho de la doctrina de la revolución la base de mi política… Nuestra estrategia consistirá en destruir al enemigo desde dentro, en obligarle a vencerse a sí mismo»4. Desunir, contar con aliados desde dentro, y después atacar, es «la esencia de la estrategia aplicada al psiquismo»5. Sun Tzu o Maquiavelo ya habían señalado la importancia de la psicología como arma. Hitler hizo de ella una estrategia completa, la «estrategia psíquica». Era la que acababa de aplicar en Noruega cuando Jean Guitton redactó esta conferencia. Y es la que aplican hoy los movimientos islamistas radicales.
Hitler no ha revolucionado solamente la dirección de la guerra, sino que también es revolucionario en su doctrina. La base de su pensamiento es el nihilismo puesto al servicio del dinamismo alemán. Pero, aunque este pensamiento sea notablemente útil en el campo de la aniquilación, no puede crear nada. Hitler es un ser de instinto y no de razón, por lo que toda su acción se dirige a la nada. Salvando todas las distancias, se trata de lo mismo que el califato islámico en Siria y en Irak, o Al Qaeda en el Golfo Pérsico, el Sahel y Afganistán».
En «El arte de pensar y la dirección de la guerra», que retoma una lección impartida durante el año 1958-1959, Jean Guitton estudia la relación entre la estrategia y la lógica. Está convencido de la existencia de vínculos entre los métodos de pensamiento del militar y los del filósofo, ya que los principios de la guerra tienen esencia filosófica.
El capítulo siguiente, «El pensamiento y la guerra en Foch», no figuraba en la edición original de la presente obra. Se trata de una conferencia que Jean Guitton pronunció en 1976 con ocasión del coloquio celebrado durante el centenario de la Escuela Superior de Guerra. Dicha conferencia prolonga la precedente, parte de la cual retoma, pero centra su tema en el pensamiento y la acción del vencedor de 1918.
A continuación viene «El pensamiento hegeliano y la dirección de la guerra». Jean Guitton estudia en él la influencia de Hegel tal como le ha interpretado el marxismo en relación con la acción humana en general y con la guerra en particular. La dialéctica hegeliano-marxista vive de la guerra. Y como tal, constituye una forma perfecta del vínculo original entre la filosofía y la estrategia. Pero Guitton también muestra sus límites.
Esta reflexión sobre el hegeliano-marxismo se inspira en la necesidad de comprender la naturaleza y el pensamiento del adversario (que en este caso es el comunismo). Existe una influencia, una «correspondencia» entre el método de pensamiento de un pueblo, de un país, y los métodos que aplica a las técnicas, y por lo tanto a la guerra. De este modo, Jean Guitton sugiere que Foch se inspiró en Descartes, Ludendorff en Kant y los estrategas soviéticos en Hegel. Las decisiones diplomáticas y estratégicas de una nación están condicionadas por su cultura.
En su última conferencia, que es también la más amplia de la obra, Jean Guitton se centró en la «Filosofía de la disuasión en la era nuclear». En agosto de 1945, en Hiroshima, comenzó una nueva era. El objetivo de este último capítulo es «pensar la guerra nueva» en su aspecto más general y desde el punto de vista del filósofo. El arma nuclear introdujo en la guerra un factor infinito (la certeza de la destrucción completa) que trasciende por completo las dimensiones prácticas de las cuestiones políticas, esencialmente limitadas: ya no queda sitio para salidas racionales en los conflictos armados. La estrategia adopta una dimensión nueva y desemboca en una «metaestrategia», ya que el problema de los fines últimos se plantea en su totalidad. La estrategia se convierte más que nunca en el problema de cada uno. En la disuasión, la reflexión y el pensamiento preceden a una acción que se espera improbable. La búsqueda del «sentido» de esta evolución es el hilo conductor seguido por el filósofo.
A lo largo de toda la obra, Jean Guitton nos recuerda que el pensamiento estratégico está estrechamente vinculado a la filosofía; tanto es así que «detrás de las victorias de Alejandro siempre se encuentra Aristóteles»6. En el siglo XXI, al igual que en el XX, la guerra, sea cual sea su forma, concierne a todos. Por lo tanto es lógico que los intelectuales presten atención al tema, aunque lamentablemente sean pocos los que lo han hecho. Las reflexiones siguientes son las de un pensador puro: Jean Guitton considera la relación entre el pensamiento y la acción en lo que tiene de más decisivo para el destino de la humanidad. Sus conclusiones son de plena actualidad. Es un privilegio hacer la introducción de esta nueva edición, enriquecida por los comentarios de eminentes profesores de la Escuela de Guerra, oficiales y universitarios, todos los cuales subrayan la vigencia del pensamiento del filósofo.
Advertencia
Este libro no habría sido publicado así por el autor de no ser por nuestra insistencia. En varias ocasiones tuvimos que vencer las reticencias de Jean Guitton, que dudaba sobre intervenir en un debate cuyas claves están en manos de los especialistas y en el que todo margen de maniobra parece reservado a los militares. Pero, precisamente, «la audacia de este libro, escrito por un civil», nos ha parecido la de situar el problema de la guerra en su verdadera dimensión, la del lugar que ocupa hoy, de manera más o menos declarada, en el pensamiento de cada uno.
Jean Guitton, por otro lado, nos señaló que esta obra no era homogénea, que su redacción pecaba de haber sido realizada en fechas sucesivas en las que había abordado este problema y en circunstancias diversas durante las que se le había pedido que se pronunciara sobre la cuestión de la guerra y su mutación. Le respondimos que el reloj corría. Y el lector estará de acuerdo en que sus cursos en la Escuela Superior de Guerra aportan, por su claridad y concisión, todo lo que hace falta para llamar la atención y aclarar la opinión. Además, es evidente que «ya no estamos para perder el tiempo y ser perfeccionistas».
Mientras escribía las páginas que van a leer a continuación sobre la cuestión precisa de la disuasión, de la acción psicológica, de la información movilizada, de la importancia absoluta del asunto, últimas etapas de este desplazamiento de la guerra desde el campo de maniobras hasta el campo cerrado de las aventuras interiores, tuvieron lugar los acontecimientos de la última primavera. El filósofo debía detectar inmediatamente en ello ciertas analogías con esta «metaestrategia» cuyas bases plantea aquí: lo que dice sobre la irrupción de lo individual, sobre la intervención de la imaginación, sobre la acción de la palabra, sobre la idea del absoluto y sobre esta amenaza absoluta que por primera vez hicieron su entrada en un conflicto no armado, demuestra hasta qué punto sus análisis pueden aplicarse al tiempo en el que vivimos.
Los editores [1969]
Al general Jacques de Witasse
Prefacio
Liddell Hart considera que entre todas las formas de acción concebibles, la más eficaz a largo plazo, la más segura de vencer, es el acto del hombre que dice la verdad sin tapujos: para él este hombre es un profeta.
Sin duda la acción del profeta, añade Liddell Hart, se subordina a la del jefe, y el jefe debe ser al mismo tiempo estratega y filósofo: es decir, que un responsable debe mostrarse dispuesto a encarnar lo que el profeta ha dicho que es verdad, de adecuarlo a las circunstancias, de resignarse al mal inevitable. Pero la prudencia del jefe no debe sacrificar la verdad a la coyuntura. Como continúa diciendo Liddell Hart, más valdría que el jefe fuese lapidado, como el profeta: porque «quien tenga por costumbre sacrificar la verdad al interés de la acción inmediata verá alterarse el rigor de su pensamiento»7.
Liddell Hart explica con rigor lo que todos pensamos (pero en voz baja), es decir: que la ciencia, la técnica y, por consiguiente, la política y la estrategia no son otra cosa que medios para acercar el hombre a su fin último, que es la posesión de la verdad y la felicidad, lo que los antiguos llamaban sabiduría. Siempre se ha distinguido la ciencia de la sabiduría; la ciencia se limita a saber, es decir, a ver con transparencia. La sabiduría es el arte de la felicidad, pero de la felicidad completa, soberana a pesar de los dolores, calmada en los fracasos. Entre la ciencia y la sabiduría se sitúa el arte, que es una mezcla de ciencia y sabiduría puesto que se trata de una práctica basada en el saber.
El arte de hacer la guerra es una técnica que, a pesar del mal de la muerte que provoca, tiene por objetivo un bien: preservar a una nación del fracaso radical que significaría la pérdida de su independencia. Antaño, las derrotas implicaban la esclavitud de todo un pueblo destinado a convertirse en máquina viviente al servicio del vencedor en un tiempo en el que no existían las máquinas. Eso no ha cambiado en el fondo: una derrota sigue significando una amputación de los recursos de un país, una disminución de la libertad y, en nuestros días, una aniquilación. Este es el motivo por el que las naciones han honrado tanto a los vencedores de las guerras.
La guerra siempre ha contenido una parte de movimientos, de maniobras, de cálculo anterior a la acción y durante la propia acción. No honramos al triunfador solamente por su fortuna o por su valentía, sino también por su astucia, es decir, por el conjunto de su arte para vencer y convencer. Y aunque parezca actuar por instinto, todo ello supone una gran parte de reflexión. Lo que, en definitiva, más admiramos de César o de Napoleón es la potencia anterior de su pensamiento.
Se ha necesitado mucho tiempo para que el pueblo honrara al sabio en el que antaño no veía más que un mago. Se ha necesitado que el pueblo comprendiese por fin que el saber puede conducir al éxito o al fracaso. Y ha llegado la época en la que el sabio se beneficia del prestigio que antaño estaba reservado al guerrero, fundador de dinastías, aquellas antiguas «potencias».
En el siglo XVIII la guerra de los estrategas como Guibert se concebía como pensamiento, del mismo modo que la política o incluso la estética, la legislación, la economía o la educación. Nosotros seguimos siendo los hijos de aquel siglo razonador, razonable, a menudo destructor, porque no hay pensamiento sin una sacudida de los cimientos. Pero (cosa curiosa) ha habido tantas guerras en los siglos XIX y XX que pareció que la acción había acabado con el pensamiento sobre la guerra. Este razonamiento sobre la guerra llamado «estrategia» ha sido puesto patas arriba por el problema urgente, tan práctico, de extraer lecciones de la «última guerra» para preparar una nueva. Los que han intentado elevarse por encima de dicho objetivo (el más grande de los cuales fue Clausewitz, y después Jomini) no han gozado del eco que merecían entre los filósofos. Mientras que los filósofos del siglo XX se han ocupado de ciencia, de religión o de estética para acumular experiencias y elevar su visión, casi nunca se han ocupado de estrategia.
Pero en este momento parece que ya no pueda seguir siendo así. Y la mutación de la estrategia por la aparición de la disuasión atómica tiene por causa y por consecuencia la de obligar al estratega a atender un campo mucho más extenso que el de las armas y su logística, o incluso que el de las industrias necesarias para la guerra, más extenso aún que la política. Y al mismo tiempo el político, el economista, incluso el filósofo y el hombre simplemente hombre se sienten afectados por una eventual guerra y, por lo tanto, se interesan por la estrategia.
Esta relación establecida en este tiempo atómico entre el pensamiento y la estrategia es la que me anima a aportar esta piedra minúscula al edificio que se está construyendo mediante el esfuerzo convergente de todas las inteligencias a propósito del futuro de la especie humana.
¿Qué idea se deduce de estas reflexiones?
En primer lugar, que la función del pensamiento aumenta con el propio uso de la violencia, que una revolución está a punto de estallar; que, para profundizar en el sentido de lo que sucede ante nuestros ojos hay que superar las especializaciones de la guerra, de la política, del derecho y de la moral, e intentar captar las interconexiones de estas formas distintas de acción-pensamiento, verlo todo de un solo vistazo y del más simple vistazo.
¿Cómo definir la fase actual de los conflictos armados?
Diciendo que estamos viendo coincidir el mito y la realidad. Es decir: por una parte, una forma nueva de guerra, consistente en una estrategia de tipo psíquico que se propone actuar sobre el inconsciente humano mediante los mitos; y, por otra, una forma inédita de arma basada en las potencias de composición y liberación de la materia, arma que se distingue de todas las que habíamos conocido desde el sílex, el hierro y el fuego. Es esta coincidencia lo que es improbable y destacable. ¡Es el acontecimiento del siglo!
Afortunadamente para la especie pensante y para los amigos de la razón, Lenin y Hitler, que llevaron a la perfección la estrategia de los mitos y las técnicas de acción sobre el inconsciente de las masas, no dispusieron más que de armas clásicas. Y, aunque Hitler había previsto el arma atómica, al expulsar de Alemania a los sabios israelitas salvó al mundo sin saberlo: el odio nunca ha sido un buen consejero. ¿Qué habría sucedido si Hitler hubiera tenido la bomba de Hiroshima en 1944? Quizá las cosas fuesen hoy muy diferentes. Nos hemos beneficiado de una brecha mínima, de un incidente improbable, de un respiro que se podría definir así: la ausencia de coincidencia entre el mito y el átomo, entre el máximo psíquico y el máximo físico.
Pero esta coincidencia sigue existiendo en nuestros días: se ha convertido en el hecho permanente, el peligro esencial. Y esa es la razón por la que la estrategia entra en una fase absolutamente nueva. La estrategia contemporánea no se distingue solamente por el grado; también se distingue de las fases antecedentes por su naturaleza. Yo he denominado a esta fase mito-nuclear. Se caracteriza por su carácter compuesto, a la vez psíquico y físico: se trata de la estrategia de la disuasión.
Estas palabras siguen siendo equívocas ya que dejan suponer que la estrategia sigue siendo cosa de las guerras, mientras que se ha convertido en algo guerrero y revolucionario al mismo tiempo. En nuestros días cualquier situación de guerra posible coincide con una situación de revolución posible. A la técnica de la guerra, que implica una amenaza sobre los cuerpos mediante golpes mortales, hay que añadir una técnica de revolución o de revuelta que implica una influencia sobre los espíritus mediante cambios de mentalidades y de conversiones. Por un lado, el miedo tiene por objeto la victoria. Por otro, la subversión tiene por objeto la conversión.
Efectivamente, los dos tipos de guerra se funden, actúan el uno sobre el otro y se entremezclan. Desde un principio, como se pudo ver en las Cruzadas, en la guerra hay una propaganda de ideas, una apelación mística al juicio de los dioses, al juicio de Dios. En nuestros días, sin embargo (como si la Humanidad se preparara para un enfrentamiento último y lúcido), la compleja alianza entre los medios de propaganda y los de destrucción se ha convertido en objeto de pensamiento y, en última instancia, en técnicas que entrañan un cálculo y casi una matemática.
Muchos y muy serios trabajos, públicos o secretos, se han propuesto a los hombres sobre este tema punzante, inevitable. Este no es más que un ensayo que propone un método de pensamiento sintético.
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Puesto que el pensamiento interviene en esos procesos de violencia a los que llamamos revoluciones y guerras, debe intervenir en ellos plenamente.
Pero dado que el pensamiento, considerado en su totalidad, no se ocupa solamente de las causas sino también de los fines, no solamente del para qué se hacen la guerra y la revuelta, sino también del por qué se hacen la revuelta y la guerra, tan erróneo sería pensar en esas cosas como poner entre paréntesis los problemas últimos, que son los problemas de los fines.
Es evidente que las guerras y las revoluciones derivan en última instancia de lo que los beligerantes o los rebeldes opinen sobre el significado último del hombre, de la vida, de la muerte, del Más Allá, de Dios. Un pueblo impregnado de pensamiento judío, islámico o cristiano no actuará como un pueblo sin creencia, un pueblo ateo, únicamente ocupado en organizar la tierra. En definitiva, la distinción entre métodos admitidos y métodos prohibidos en la guerra, el uso de la sorpresa, de la mentira, de la violación de la palabra dada, todo eso supone una metafísica. Sacrificar o no la vida de cientos de millones de personas es un problema que surge de la concepción que se tenga de la vida humana y de su finalidad. Pascal dijo: «El que el alma sea mortal o inmortal establece una gran diferencia en la moral».
Sé muy bien que los estrategas guardan silencio sobre estos asuntos, a los que consideran subjetivos, secretos, privados y carentes de interés para las armas. Y los que hacen las revoluciones y los que se oponen a ellas obedecen igualmente a esta ley del silencio. Pero nuestra época lúcida (sobre todo tras el movimiento de Mayo) ya no soporta las ambigüedades, los mitos sagrados del pasado. Y los sentimientos más respetables, que hasta este momento permanecían intocables sin sacrilegio, ya no logran unir las conciencias. Los jóvenes, imágenes del mundo por venir, ya no toleran las hipocresías útiles, los aspavientos sagrados. Esto no quiere decir que haya disminuido el amor a la patria; lo que quiere decir es que debe ser motivado, convencido, personal, lúcido. En nuestros días ya no se puede guardar silencio sobre lo esencial, ni disimular públicamente, ni sustraer a la crítica los principios últimos sobre los que se funda su conducta. Y si el ateísmo es una cuestión planteada sin tapujos incluso por las propias iglesias, ello no se debe solamente a que los ateos son más numerosos e influyentes que antaño; también se debe a que cada hombre es más consciente del problema supremo y a que no quiere resolverlo por costumbre o por temor.
Este es el motivo por el que, en este ensayo sobre la estrategia, no he evitado las cuestiones últimas, puesto que en nuestros días siguen inspirando las conductas de paz, de amenaza y de guerra. Opino, al igual que Albert Camus, que el problema del suicidio es el más grave que se le plantea al hombre. El suicidio, acto humano que el animal no conoce, es un acto metafísico, «metantrópico», una especie de respuesta irónica y desesperada a la ausencia divina, solución negra y simple al problema de la existencia. Ahora bien, en nuestra época el problema del suicidio ha pasado del plano individual al colectivo: pues, por primera vez en la historia, la especie humana en su conjunto es perfectamente capaz de un suicidio recíproco. De este modo, su supervivencia no depende solamente de un querer-vivir instintivo o político, de un instinto de vida (el instinto, en este caso, ya no es suficiente para vivir), sino de un acto de razón recíproca, de una persuasión profunda de que la vida es buena para la especie, de que la desesperación de uno no puede ni debe implicar la muerte de todos. Este acto de libre razón, de confianza en el hombre y en su existencia, del que depende la continuación de nuestra especie en el próximo futuro, es en el fondo un acto de pensamiento, de pensamiento sobre las cuestiones últimas. Subrayemos la palabra: un acto metafísico. Por esta razón me he creído obligado a crear una palabra nueva, la metaestrategia, para explicar que en nuestros días el acto estratégico se convierte también en un acto filosófico. Sea esta la excusa de la audacia de este libro escrito por un civil.
Y ahora debo explicar cómo se escribió este libro.
Para ser sinceros, no se trata de un libro, sino de una recopilación de conferencias pronunciadas en momentos diferentes y separadas por largos intervalos. Estuve pensando en refundirlo, en unificar el estilo, en eliminar la apariencia de discurso. Pero eso no la habría hecho menos imperfecta. Y ya no estamos para perder el tiempo y ser perfeccionistas. Además, he conservado el orden cronológico.
