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Pequeños infinitos es una invitación a la creación compartida. Cada microrrelato que da vida a estas páginas es una chispa en espera de ser avivada por la imaginación de quien lee. Breves en forma, pero vastos en intención, estos relatos han sido concebidos como puertas abiertas hacia mundos posibles, como semillas lanzadas al terreno fértil del espíritu. Inspirado en la idea de que el acto de crear es un acto esencialmente espiritual, el autor propone a sus lectores que no se limiten a recorrer estas historias, sino a que las completen, las transformen, las expandan. En este libro, el lector no es un mero espectador: es cómplice, artesano, cocreador de nuevos mundos. Con el espíritu como fuente y la imaginación como instrumento, Pequeños infinitos ofrece un mapa apenas esbozado para que cada quien trace su propio viaje. Porque el verdadero infinito, como sugiere el título, comienza en el instante mismo en que decidimos formar parte activa de la creación.
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Seitenzahl: 112
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Pequeños infinitos
© de los textos: Raúl Miranda Carús, 2024
© de esta edición: Editorial Tequisté, 2025
Corrección: M. Fernanda Karageorgiu
Diseño gráfico y editorial: Alejandro Arrojo
1ª edición: mayo de 2025
ISBN: 978-631-6704-00-9
Editorial Tequisté:
www.tequiste.com
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LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA
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Carús, R. M.
Pequeños infinitos / R. M. Carús. - 1a ed. - Pilar : Tequisté. TXT, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6704-00-9
1. Microrrelatos. 2. Narrativa en Español. I. Título.
CDD 863
A mi madre,que regresó al infinito durantela escritura de esta obra.
Cuando quieres desarrollar la creatividadte das cuenta de que es una celebración del creador
Un Curso de Amor 11.2
Propongo a quien está a punto de leer este libro que considere una nueva acepción del término “inspiración”. Propongo que, además de entenderlo como el estímulo que anima a la labor creadora, admita que “inspirarse” equivale a “vivir en el espíritu”.
Durante la presentación de “Balada de la reina muerta de amor”, mi obra previa, después de leer uno de sus cuentos fantásticos, alguien preguntó sorprendido: ¿eso es todo? Al conocer mis otros libros, esa persona esperaba que lo que acababa de leer fuera más allá de lo puramente narrativo, que añadiera algún mensaje místico, que contuviera algún elemento contemplativo. Y en realidad así era, aunque no de manera explícita.
El agua moja, el fuego quema, la luz ilumina, el espíritu crea1. Por eso el acto de crear es una actividad esencialmente espiritual. Siguiendo este principio, y si se admite que es el espíritu aquello que da origen a todo lo creado, es natural que al estar en contacto con él, la creatividad se produzca de manera inmediata.
Así se ha concebido esta modesta obra, como una consecuencia del contacto con lo esencial en cada uno de nosotros de donde brota abundantemente y sin cesar algo nuevo. De escuchar y recoger aquello que trae, de plasmarlo para contribuir a la generación de vida. Y esto último de manera literal, porque cabe imaginar que en el momento en el cual concebimos algo, eso comienza a ser en algún lugar. Tal vez Don Quijote viva en algún campo de la Mancha existente en un mundo imperceptible por nosotros y Hamlet camine en este preciso momento por los pasillos de un Elsinor remoto. Así es como se desenvuelve la creación: primero en la mente de quien crea y luego en el mundo físico, sea a través de la escritura, la música, la arquitectura, o de la construcción de mundos enteros. De igual manera, tal vez los relatos incluidos en este libro, como los de cualquier otro, estén generando físicamente en un lugar paralelo las fábulas que relatan.
Concibamos, pues, esta obra como la consecuencia de un acto de unión con una fuente creadora inagotable de la que también formas parte tú. Admitamos que el mismo espíritu que le ha dado vida te invita a formar parte de ella.
1 Y sobre todo, ama.
Es mi afán que, de las dos partes del título de este libro, el lector ponga la segunda. Quiero decir que al escribir los siguientes relatos yo me he ocupado de la parte pequeña, deseando que quien los lea se ocupe de la infinita.
Mi aspiración se basa en el hecho, obvio a mi juicio, de que quien lee siempre aporta una porción esencial de lo leído. El escritor propone un mapa, el lector lo substancia con paisajes y relieves nacidos de su imaginación. El escritor plantea unos personajes, el lector les proporciona cara —por muy detalladas que sean las descripciones dadas por aquel—, voz y expresión. El escritor propone una trama, quien lee la aprueba o la rechaza, le da el sentido particular que más se adapta a su entendimiento de los sucesos o a su propia biografía y los liga en su mente hasta encontrarles un sentido, en muchas ocasiones diferente al sugerido en primera instancia.
Creo que en el caso de estos cuentos mínimos ese hecho se acentúa dado lo bocetado de los argumentos, lo breve de las descripciones de los protagonistas, lo meramente insinuado de los entornos en los cuales estos se encuentran inmersos.
Por eso mi propuesta es la siguiente: que —en este caso incluso aun más de lo habitual— este sea un libro creado mutuamente entre el autor y cada uno de los lectores. De esta manera dará lugar a muchos otros: tantos como lectoras llegue a tener, tan ricos como lejos se aventure a llegar la invención de quien los reciba.
Esta oferta incluye la posibilidad de que, quien así lo desee, tome uno o varios de estos cuentos para desarrollarlo según su gusto y capacidad de fabulación, sin duda mucho mayor a la mía. Animo con esto a escritores, guionistas, poetas o dramaturgas (en definitiva a quien cultive cualquier género artístico) a hacer suyo sin consulta previa cualquier relato de esta obra para ampliarlo, recortarlo, adaptarlo a otro campo de la creación (sea a la pintura, la música o la danza), transformarlo, enriquecerlo y llevarlo a donde le plazca.
Las mejores ideas son a menudo las enriquecidas a través de la participación y, en menos ocasiones, las puramente individuales. El avance en cualquier campo (creativo, científico o civil) es compartido o no es avance.
Finalmente, me gustaría agradecer de antemano a todos esos posibles colaboradores futuros el haber elegido una de estas humildes ideas para crear su obra.
Vamos, pues, juntos.
Madrid, Navidad 2023
En plena madrugada llaman a la puerta.
—¿Quién es?
—Soy un fantasma.
Me levanto, me dirijo a la entrada, observo por la mirilla.
No hay nadie.
Vuelve a sonar el timbre.
Sigue corriendo por el prado con el cazamariposas en alto sin darse cuenta de que al final hay un despeñadero. Por eso, cuando pone un pie en el vacío, sigue avanzando por el aire, ingrávida como una hoja.
Al dar un giro guiada por el vuelo de la mariposa vuelve hacia el borde del precipicio, pisa otra vez la hierba y continúa corriendo por tierra firme, feliz y absorta.
Había nacido invidente, pero gracias a una nueva técnica quirúrgica recuperó la vista cuando ya había cumplido la treintena.
Poco después, una noche hubo un apagón. Al despertar de madrugada para ir al servicio accionó el interruptor de la mesita de noche y, al no encenderse la luz, pensó que había vuelto a quedarse ciego.
Entonces se levantó de la cama, se dirigió a tientas al escritorio y lo palpó de lado a lado hasta dar con el abrecartas.
Sin titubear, se lo clavó en el pecho.
Cuando se despertó era ayer. Lo supo no tanto porque todo se desenvolvía igual que en la jornada anterior (su vida era monótona y los días se parecían mucho los unos a los otros), como porque una extraña fuerza le impelía a realizar cada movimiento, a pronunciar cada palabra e incluso a efectuar cada respiración de la misma manera en que lo había hecho horas antes.
Se acostó con la ansiedad de pensar si sucedería lo mismo cuando volviera a despertar, pero nada más amanecer el calendario había avanzado tres días. La pantalla del teléfono marcaba esa fecha y la gente hablaba de lo sucedido en la víspera, un día que él nunca había vivido.
A partir de entonces comenzó a vivir una vida desordenada en la cual el tiempo iba saltando aleatoriamente.
Al cabo de unos meses, cuando ya se había comenzado a habituar, todo volvió a la normalidad. Pero la sensación de desorden permaneció dentro de él, y durante el resto de su existencia le quedó la perpetua sensación de estar viviendo un momento que no le correspondía.
Al mirarse a los ojos cada uno ve su propia imagen cuando era niño en la pupila del otro.
Entonces esos dos niños se acercan para darse la mano y jugar.
Cuando se cansan, se separan y siguen siendo adultos. Así hasta la próxima vez en que se miren a los ojos.
Nuestro coche siguió avanzando por la niebla aunque los faros apenas eran capaces de iluminar el camino. Discurrimos por lo que parecía ser un bosque; luego subimos por una pendiente hasta llegar a un páramo; a continuación enfilamos una recta aparentemente inacabable; después descendimos hasta la cuenca de un río.
Entre tanto, la calefacción seca del motor y el sonido manso de la música nos fueron sumergiendo en una somnolencia hipnótica.
Proseguimos…
El coche jamás ha dejado de avanzar y la niebla no se ha disuelto. O tal vez sí, y seamos nosotros quienes hemos levantado una especie de bruma en el interior de nuestros ojos, porque quizá queramos seguir siendo cautivos para siempre en este paisaje nublado, porque acaso no deseemos salir ya nunca de este ensueño insensible.
O tal vez sea porque solamente aquí, dentro de esta embriaguez olvidadiza, nos sentimos felices.
Cuando despertó no se acordaba de nada de lo que había soñado.
O quizá lo que estaba viviendo en ese momento y llamaba vigilia era un profundo sueño dentro del cual no recordaba nada de lo que había sucedido antes, mientras estaba despierto.
Llego al final del libro. Leo la palabra “fin”. Me siento morir.
Justo antes de perder la consciencia me doy cuenta. Ese que acababa de terminar era el libro de mi vida.
Cuando el tren se detiene en una estación de provincia me veo a mí mismo en el andén, tal vez algo más joven, tal vez algo más delgado, pero soy yo.
De un vagón se apea una mujer alta y elegante. Me enamoro de ella mientras toco la ventanilla inconscientemente intentando acariciarla.
Abajo, junto a la vía, se dirige a mí y nos damos un abrazo largo, cariñoso y profundo.
El tren arranca. Acelera. Se va.
Mientras me alejo con la mano todavía sobre el cristal amarilleado siento la incertidumbre de si llegaré a saber cómo es que yo estaba allí, esperándola junto al tren, y me pregunto si algún día llegaré a conocerla.
Regreso a la casa de mi infancia. Camino por el salón arruinado, por la cocina desvencijada, por el pasillo casi sin paredes. Veo la mesa donde desayunaba cuando era niño.
Al abrir la puerta del dormitorio de mi abuela todo está intacto —la cama, la alacena, el ropero de espejo—, igual que cuando abandoné esa casa hace ya tantos años. Ella sigue allí, dormitando en un sillón beige de orejas con la radio encendida como hacía cada día después del almuerzo. Cabecea y musita alguna palabra ininteligible.
Me acerco para arroparla, le doy un beso en la frente, me quedo mirándola con devoción unos instantes. Luego cierro la puerta lentamente para no despertarla y salgo sabiendo que ya nunca podré volver.
Cuando sale del agua todas las arrugas han desaparecido de su cuerpo; tiene el cabello más grueso y más frondoso; ya no frunce el ceño esforzándose para ver; su paso no es inestable, sino firme; sus manos han dejado de temblar.
Me invita a bañarme.
Avanzo con dificultad. Me arrodillo cerca de la orilla para no caer, braceo torpemente entre las olas, me sumerjo cuanto puedo para que el mismo mar que la ha renovado a ella me impregne por completo.
… pero al salir tengo el mismo cuerpo visiblemente encorvado y marchito.
Ella se acerca a mí y me dice: “no te desanimes. Antes no teníamos a nadie que se ocupara de nosotros, pero ahora, gracias a este cuerpo nuevo, voy a pasar el tiempo que te queda cuidando de ti”.
Salgo de la biblioteca y no encuentro el camino de regreso a casa.
Deambulo por calles desconocidas. Al preguntar a un transeúnte me responde en un lenguaje extraño. Un letrero escrito en varios idiomas señalando la dirección al barrio rojo me asombra… esta mañana he estado leyendo una novela ambientada en Ámsterdam.
Me siento en un banco porque me falta el aliento. Poco a poco logro calmarme haciendo un esfuerzo por respirar lentamente hasta que puedo contemplar con serenidad los coches, las tiendas y las personas.
Cuando han pasado un par de horas comienzo a aburrirme. Entonces me levanto para seguir caminando, pero al caer la tarde siento que mi desinterés crece sin explicarme cómo es eso posible en una situación tan insólita.
Al poco me doy cuenta: prefiero imaginarme la ciudad a través de un libro que caminar por ella. Mientras leía era menos cotidiana, menos previsible, mucho más seductora.
Sin dudarlo, me siento de nuevo al pie de una farola en un parque de árboles pardos, abro la mochila, saco la novela y me sumerjo en mi propio Ámsterdam.
Mientras el avión se precipita hacia el mar para intentar un amerizaje de emergencia ella contempla la isla.
