Piensa y razona como Sócrates - Elke Wiss - E-Book

Piensa y razona como Sócrates E-Book

Elke Wiss

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Beschreibung

¡Qué bien si, en cada situación, pudieras hacer exactamente esa pregunta que conduce a una buena conversación! Con Piensa y razona como Sócrates, la filósofa práctica de Elke Wiss aborda el arte de una buena conversación. En una época en la que todo el mundo se grita a los demás y las opiniones adquieren rápidamente el mismo valor que los hechos, la conexión suele ser difícil de encontrar. Preferimos convencer al otro de que tenemos razón que buscar juntos las respuestas esenciales. Como resultado, muchas de nuestras conversaciones se parecen más a un debate que a un diálogo. Preferimos hablar que escuchar, no tenemos tiempo para hacer preguntas. Y admitir que no sabes algo ciertamente no es una opción. ¡Qué bueno sería si supieras en cualquier momento y en cualquier situación cómo hacer exactamente esa pregunta que lleva a una buena conversación! En este libro, la autora nos enseña cómo hacerlo.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Piensa y razona como Sócrates

Manual para un diálogo inteligente

Elke Wiss

Traducción de María Teresa Palomas

Título original: Socrates op sneakers, publicado en neerlandés por Ambo | Anthos Uitgevers, en Ámsterdam, en 2020

SOCRATES OP SNEAKERS © 2020 by Elke Wiss

Originally published by Ambo | Anthos Uitgevers, Amsterdam

Primera edición en esta colección: marzo de 2023

Esta publicación ha sido posible con el apoyo financiero de la Dutch Foundation for Literature.

© de la traducción, María Teresa Palomas, 2023

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2023

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-19271-87-7

Diseño y realización de cubierta: Pablo Nanclares

Fotocomposición: Grafime Digital S. L.

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

PrefacioFilosofía práctica: ¿puedes comerla?¿Por qué Sócrates?¿Por qué querrías entrenarte?1. ¿Por qué somos tan malos en hacer buenas preguntas?Biología. De hecho, somos demasiado egoístas para formular buenas preguntasMiedo. Preguntar asustaRecompensa. Se ganan más puntos con una opinión firme que con una preguntaObjetividad. Hemos olvidado nuestra capacidad de razonar objetivamenteTiempo. Pensamos que hacer preguntas cuesta tiempo, y no disponemos de muchoCompetencia. En la escuela no aprendemos «habilidades de cuestionamiento»2. Núcleo: la actitud socráticaAsombroCuriosidad, querer saber realmenteCorajeJuzgar y no tomarse el juicio en serioAprender a tolerar el no saber (e incluso abrazarlo)Empatía, por el momento, no tendríaTolerar la irritación forma parte de la actitud socráticaLa estructura de una conversación socrática3. Condiciones generales de cuestionamientoTodo comienza escuchando con atenciónTómate el lenguaje en serioPide permisoRalentizaSoportar la frustración4. La habilidad de preguntar: técnicas, consejos y trampasUna orientación: preguntas hacia arriba, preguntas hacia abajoPreguntar hasta llegar al punto crítico¿Existe una receta para formular buenas preguntas?Preguntas con trampa5. De pregunta a conversaciónFichas de dominóIndagar: ¿cómo hacerlo?Confrontar con tu preguntaIndagar: una pregunta «de suposición» para darle un impulso a tu pensamientoDéjate cuestionarEpílogoAgradecimientosBibliografía

[…]

Ten paciencia con todo aquelloque no se ha resuelto en tu corazóne intenta amar las preguntas por sí mismas,como si fueran habitaciones cerradaso libros escritos en una lengua extranjera.No busques ahora las respuestasque no estés preparado para vivir,pues la clave es vivirlo todo.Vive las preguntas ahora.Tal vez las encuentres, gradualmente, sin notarlas,y algún día lejano llegues a las respuestas.

RAINER MARIA RILKE,Cartas a un joven poeta

Prefacio

«Más allá de las ideas del bien y del mal, hay un maravilloso jardín. Y allí te encontraré.»

RUMI Poeta y místico sufí de origen persa

«Adelante, haz esa pregunta.». Sócrates estaba sentado detrás de mí. Llevaba unas bambas de colores chillones y una capa de Batman. «Venga, tienes una buena razón para ello». Parpadeé. «Sócrates, sé que tú eres de hace unos dos mil quinientos años atrás. Quizá te has perdido alguna cosa, pero, en la sociedad actual, esta no es una pregunta que haces así como así».

Eso sucedió hace ya muchos años. Seguía un curso de filosofía práctica. Mi primer contacto con este concepto. Buscaba algunos conocimientos teóricos y experiencia sobre cómo llevar a cabo conversaciones filosóficas y aprender a pensar con claridad. Como persona que se dedica al teatro, quería algunas herramientas para tener más lucidez en mis propios procesos de pensamiento durante la creación de espectáculos, y también quería poder hacer preguntas más ingeniosas a mis actores. Así que me apunté a ese curso: Filosofía Práctica.

Durante la pausa del almuerzo del primer día del curso, me encontré en una mesita con otros cinco cursistas: un hombre y cuatro mujeres. El tópico en la mesa: los hijos. Se hizo una ronda: «¿Tienes hijos?». «Sí, un hijo. ¿Y tú?», «Sí, dos hijas de ocho y diez años». A todos se les hicieron algunas preguntas más: «¿Cuántos años tienen?», «¿Van a la escuela?», «¿El tuyo tiene ya un iPad?».

Ya conocía este tipo de diálogos. Estaba cerca de cumplir los treinta y había tenido varias conversaciones parecidas. Tan pronto como alguien dice: «No, no tengo hijos» se produce un silencio incómodo, o rápidamente se hace una pregunta a la siguiente persona. Eso me asombraba: a las personas con hijos les gusta hablar de ellos, pero las historias de las que no los tienen preferimos no contarlas. Y entonces ya lo pensaba: también tienen algo que decir. ¿Por qué decidimos nosotros, al no preguntarles nada más, que no hay espacio para dejar que nos cuenten?

Me llegó el turno y dije que no tenía hijos. Tomé aliento para añadir algunas frases más. Por aquel entonces daba clases de teatro en escuelas y trabajaba mucho con niños y niñas, así que tenía un montón de historias interesantes que me habría encantado compartir.

También tenía curiosidad por las explicaciones y las experiencias de los demás y me habría gustado expresar mis dudas acerca de tener o no tener hijos. ¿Cómo sabes si quieres tener hijos o no? Es una decisión tan importante…, y, bueno, es como ponerse un tatuaje en la frente, es algo muy definitivo, ¿verdad? Tienes que pensártelo muy bien, ¿cómo llegasteis vosotros a tomar esta decisión?

Pero, antes de que pudiera seguir hablando, se hizo rápidamente la pregunta «¿Y tú?» a la siguiente persona. Todos miraron muy concentrados a mi vecina, que entretanto hablaba entusiasmada sobre su hija de siete años. Mi mirada se evitó cuidadosamente, por lo que parecía, mi historia no encajaba en la conversación. Se me hacía raro; teníamos más o menos la misma edad, en todo caso con intereses similares, ya que nos encontrábamos siguiendo el mismo curso. Un contexto ideal para conversaciones profundas, en un ambiente en el que no tendrías que encontrarte obstaculizado por normas establecidas y hábitos de conversación.

Sentí bullir en mí una especie de indignación: ¿por qué empezar una conversación sobre los hijos y que solo pueda participar un club selecto en ella? ¿Por qué determinar silenciosamente qué historias merecen el espacio para ser contadas y cuáles deben ser evitadas? ¿Por qué no dejar decidir a quien le concierne si quiere compartir algo o no?

Después de que mi vecina hubo hablado sobre su hija, se hizo la pregunta a la siguiente persona. Una mujer de unos cuarenta años, con unos rizos juguetones, castaños, que respondió: «No, no tengo hijos», y el grupo ya se disponía a ir a por el siguiente.

Entonces, el tiempo se ralentizó por un momento. «Adelante, haz esa pregunta. Tienes una buena razón para ello», oí detrás de mí. Sócrates sonreía para animarme. Y creo que con regodeo. Le miré y le expliqué que esto no es muy normal en estos tiempos. «No puedo hacerlo», dije.

Sócrates me miró. Se colocó bien la capa, limpió una mancha de sus bambas.

—Este es exactamente vuestro problema. Habéis pensado una norma que dicta que hay preguntas que crean tensión y son inapropiadas, mientras que otras son buenas y están permitidas. Y eso solo porque creéis que sobre todo no debes herir los sentimientos del otro, que las preguntas deben ser amigables y que los temas que son más auténticos, quizá dolorosos, deben evitarse, aunque justamente por eso son importantes y crean conexión.

—Sí, pero…

—La pregunta que quieres formular es una pregunta acerca de un hecho. ¿Verdad?

—Eh…, sí.

—¿Y cómo puede una pregunta que se refiere a un hecho ser una pregunta equivocada?

—Esto, eh…, pues no lo sé.

—Exactamente. La pregunta ¿elegiste no tener hijos? no se encuentra necesariamente en una categoría diferente a ¿elegiste este color de cabello, pantalón, lugar de residencia o trabajo? La pregunta en sí no puede hacer nada para evitar que se le asocien todo tipo de emociones dolorosas, que se ande con pies de plomo al tratar el tema y que se le añada una regla no escrita. No es de extrañar que muchos de vosotros necesitéis profundizar más. Convertís vuestras conversaciones en un campo de minas. Por temor a una explosión, las mantenéis sobre todo agradables y seguras. Y, por lo tanto, superficiales. Y, por ello, aburridas.

Tomé aire para contrarrestarlo. Sócrates continuó imperturbable:

—Además, si piensas que las historias de las personas que no tienen hijos deberían tener más espacio, y al mismo tiempo mantienes la boca cerrada, eso te convierte en uno de ellos. Y participas igualmente en mantener una regla no escrita.

Parpadeé, un poco aturdida. ¿Ahora qué?

—Adelante, haz esa pregunta. —Sócrates asintió en dirección a Rizos Juguetones y se echó hacia atrás.

Sin ningún conocimiento sobre el arte de hacer preguntas, pero con una dosis de buenas intenciones y ganas de desarrollarme, decidí intentarlo, animada por Sócrates. «Voy a iniciar aquí una revolución: defenderé a las mujeres sin hijos en conversaciones grupales y haré que esta conversación sea más profunda», pensé. Reuní algo de coraje, respiré profundamente, miré directamente a Rizos Juguetones y le pregunté en medio del silencio del grupo:

—¿Eso lo elegiste tú misma?

El silencio creció, era espeso y rígido. Sentí que el resto del grupo parecía contener un poco la respiración. Rizos Juguetones me miró, contuvo el aliento, apretó las mandíbulas y dijo, molesta:

—No. No lo elegí yo misma, no.

Los demás hicieron todo lo posible para hacerse invisibles, algo que no es fácil en una mesita con seis personas, aunque hicieron lo que pudieron.

Sentí que mis nervios iban en aumento. Le susurré a Sócrates:

—Gracias. Buen consejo, amigo.

Las sirenas de alarma se dispararon en mi cabeza. «¿Cómo voy a salvar esta conversación?», pensé.

La pausa del almuerzo ya había finalizado y todo el grupo volvió a la clase. La busqué y caminé un rato con ella. Tartamudeé algo así como «no quería herirte, pero, en este tipo de conversaciones, las personas que dicen “no tengo hijos” son a menudo omitidas, y no creo que sea correcto. Además, es algo que me interesa, así como también tu vivencia. Por ello, pensé en hacer la pregunta, pues todo el mundo merece ser escuchado; al fin y al cabo, estamos aquí para estudiar filosofía práctica y para aprender a hacer mejores preguntas y…».

Creo que no terminé ninguna frase con claridad. Mi relato, apocado, quedó flotando vergonzosamente en algún lugar del aire. Ella asintió brevemente para indicar que podía dejar de hablar y agregó siseando:

—Me resulta sumamente extraño que la gente piense que se puede preguntar así como así. —Y aceleró el paso hacia el aula.

Ese momento allí, en la mesa del almuerzo, esa conversación y mi pregunta han permanecido muy nítidamente en mí por los sentimientos tan fuertes que provocaron, tanto en mí misma como en la otra persona.

Me sentía avergonzada, culpable, aunque en realidad no sabía el porqué. Mis intenciones habían sido genuinas: quería profundizar, conectar. Intercambiar historias. Ir más allá de las charlas superficiales: qué-trabajo-haces y de-dónde-eres y cuántos-hijos-tienes. Quería crear espacio para todas las historias. Quería cuestionar una regla no escrita que me maravillaba. Quería conquistar el mundo con buenas preguntas, respuestas valiosas y mejores diálogos, como un Sócrates moderno en bambas.

Ojalá hubiera sabido entonces, hace años, durante ese almuerzo y el momento de preguntar sobre los hijos, lo que ahora sé: que hay una manera de hacer ese tipo de preguntas sin que el otro se ahogue en un pantano de emociones. Que se puede crear un contexto y unas condiciones en los que buscar juntos la profundización. Que puedes hacer preguntas que conduzcan a la conexión, que te permitan compartir lo que realmente te importa, aunque a veces duela un poco. Que puedes ver las preguntas de manera diferente, de modo que no te sientas fácilmente herido por el otro. Que las buenas preguntas llevan a respuestas contundentes y que hay que prestar atención a eso. Que hay una manera de mantener una conversación igualitaria, en la que las ideas y las creencias esenciales puedan ser revisadas. Una manera para llegar al fondo de la cuestión, de distinguir lo que tiene sentido de lo que carece de él, en la que cada individuo se hace responsable de sus propias emociones y sensibilidades. Una forma de dejar la pregunta por lo que es: una invitación a profundizar.

Una invitación que puedes aceptar o también declinar. Sin silencios dolorosos, almas heridas o intentos de jugar al escondite sentada en una mesita durante un almuerzo.

Si entonces hubiera sabido lo que ahora sé, también habría hecho la pregunta. Pero de manera diferente. Habría pedido permiso, como hacía Sócrates. Habría dicho: «Tengo curiosidad por conocer tu historia. ¿Te parece bien si te hago una pregunta al respecto?».

Entonces no sabía lo que ahora sé. Utilicé los medios que tenía, lo que resultó en una experiencia dolorosa en la que he pensado mucho, muy a menudo. Y que más tarde, en los años que siguieron, contribuyó enormemente a mi desarrollo, a mi formación e incluso a escribir este libro. Desde entonces, aprendí más sobre la filosofía práctica, sobre el arte de hacer preguntas y de mantener conversaciones filosóficas y socráticas. Seguí formaciones y cursos en los Países Bajos y también en el extranjero. Fundé una empresa, De Denksmederij (La forja del pensamiento), y empecé a impartir cursos y talleres de conversación socrática, pensamiento crítico y el arte de formular preguntas. Y durante todo este tiempo —y aún ahora— seguía aprendiendo. Aprendí lo que funciona y lo que no. Lo que es una buena pregunta. Lo que se puede hacer para profundizar juntos en una conversación, pensando y filosofando. Y aprendí sobre Sócrates. Que, en secreto, se había convertido un poco en mi héroe. En bambas.

He visto y sentido durante las sesiones de formación, las consultas filosóficas y las presentaciones el impacto que se puede llegar a tener cuando mantenemos conversaciones con una intención diferente. Cómo cambian los diálogos cuando te has entrenado en una actitud socrática y desarrollas la manera en la que haces preguntas. Vi y sentí cómo las conversaciones se vuelven mucho más sustanciales y valiosas cuando eres consciente de todas las dificultades de la conversación y de la escucha humana, y cómo se pueden evitar.

Y he experimentado el placer de compartir con otras personas este conocimiento, visión y habilidades. Mirando a mi alrededor, me di cuenta de que quería escribir un libro. Para todos aquellos que anhelan tener mejores conversaciones pero que no saben cómo llegar a ello.

En este libro te llevo conmigo, con Sócrates como consejero, en el arte de hacer preguntas. De modo que en cualquier situación, bajo cualquier circunstancia, sepas cómo profundizar en una conversación y cómo puedes formular buenas preguntas.

Filosofía práctica: ¿puedes comerla?

Escribo este libro desde la perspectiva de la filosofía práctica. No se trata de algo ambiguo ni está reservado a ancianos con barba en torres de marfil. La filosofía práctica vincula grandes conceptos, como la justicia, la amistad, la inclusión y el coraje con cuestiones de la vida cotidiana. ¿Puedes mentir a tus amigos? ¿Puedes tener una política de contratación inclusiva? ¿Cuándo es mejor mantenerse callado? Hay una forma filosófica de conversar, de buscar juntos la sabiduría, los nuevos conocimientos y las respuestas a las preguntas universales sobre la vida. Todo el mundo se pregunta de vez en cuando cosas como: ¿quiero cambiar de trabajo? ¿Quiero continuar con mi pareja actual o elegir este nuevo amor? ¿Lo que pienso, siento y hago está en coherencia? ¿Puedo pensar también en mí mismo? Todas ellas son preguntas sobre la vida cuyas respuestas no se encuentran en Google ni en la Wikipedia, y en las que te puedes quedar bastante atascado. Solo hablando de ello y formulando buenas preguntas, nos convertiremos, juntos, en personas más sabias. Este libro no te ayudará a mejorar en las conversaciones triviales. Este libro te ayudará a profundizar en esas conversaciones. Una conversación adquiere profundidad cuando investigas nuevas posibilidades, cuando se «activa» el pensamiento y se crea espacio para nuevos descubrimientos y percepciones sorprendentes. En ese pensamiento cambias de perspectiva, penetras en el pensamiento del otro, investigas sin querer ganar o convencer.

Lammert Kamphuis describe qué es exactamente el filosofar de forma práctica en su libro Filosofía para una vida única: «El filósofo español José Ortega y Gasset dijo en una ocasión que la filosofía es la ciencia de la superficialidad: cuando filosofamos salen a la luz ideas inconscientes, suposiciones y premisas».

Tiene sentido y es enriquecedor el, por un lado, tomar conciencia de tus propias imágenes inconscientes de la humanidad, y, por otro, dejar más espacio para las de los demás. Al filosofar, te entrenas, por así decirlo, en «agilidad perspectivista». La agilidad perspectivista es la capacidad de pensar fuera de tu propio marco, opiniones y puntos de vista. Explorar e investigar la perspectiva del otro, sin formarse inmediatamente una opinión al respecto. Dejar ir tu propia visión por un momento e investigar con claridad, en calma, en blanco. Cuestionar de forma crítica tus propios puntos de vista, y así descubrir que hay más espacio en tu pensamiento de lo que pensabas.

Por ello, este libro es para pensadores valientes. Para personas que se atreven a dudar, que quieren investigar en lugar de saber con certeza. Que quieren abrazar el no saber. Para las personas que tienen el valor de no hablar inmediatamente, sino que primero callan para, a partir de ahí, hacer una pregunta más profunda e inquisitiva. Porque sabes que esto te hará una persona más rica y sabia. Para todos aquellos que no se conforman con «esta es mi verdad», sino que quieren buscar una sabiduría común. Albert Einstein ya lo dijo: «Si tuviera una hora para resolver un problema y mi vida dependiera de la solución, gastaría los primeros cincuenta y cinco minutos en determinar la pregunta apropiada».

Este libro te ayuda a formular preguntas que merecen la pena. Preguntas que son importantes. Preguntas que invitan, exploran, desentrañan, revelan, confrontan, profundizar, interpelan, desafían y ponen en movimiento. Este libro entrena tu capacidad de reflexionar, analizar y cuestionar de forma crítica. Te brinda herramientas prácticas, condiciones generales, técnicas, antecedentes teóricos y posturas de escucha, y es también una brújula que te orienta hacia una mayor investigación y profundización filosófica en tus conversaciones.

¿Por qué Sócrates?

No vas a obtener una lista con preguntas que siempre funcionan, pues estas no existen; la pregunta que es completamente acertada en una situación pierde totalmente su sentido en otro contexto.

Este libro es una guía práctica para desarrollar una actitud de cuestionamiento y para formular buenas preguntas. Con el filósofo Sócrates, en bambas, zapatos de tacón o botas camperas, ya que, como maestro, tiene una gran variedad de gustos. Sócrates, el filósofo ateniense que vivió hace unos dos mil quinientos años. Uno de los filósofos más prácticos, que acudía a plazas y mercados para filosofar con la gente sobre asuntos esenciales, en el aquí y el ahora. Él reconocía su propia ignorancia y con su actitud inquisitiva solo quería cuestionar los conocimientos y la sabiduría de los demás. Sócrates hacía preguntas, muchas preguntas. Entendía como nadie el arte de preguntar. Lo hacía básicamente por dos razones:

Quería ser más sabio. Sócrates dijo: «Solo sé que no sé nada», y estaba en busca del verdadero conocimiento. Se dio cuenta de que este proviene del diálogo con el otro, al que veía, principalmente, como un medio para agudizar su propio pensamiento.Quería liberar a sus interlocutores de razonamientos capciosos, falacias y mentiras (o chorradas). También les ayudaba a encontrar el verdadero conocimiento. Al interrogarlos de forma crítica, descubrían que lo que creían saber con certeza no era en absoluto un verdadero conocimiento.

En estos tiempos que corren, en los que las opiniones toman el valor de los hechos, «nosotros sabemos la verdad», y en los que nos iría muy bien utilizar una buena dosis de ignorancia, apertura y curiosidad, Sócrates, y su manera práctica de filosofar, pensar y cuestionar, sería la guía perfecta. De él aprendemos cómo podemos desarrollar una actitud curiosa y de asombro, y cómo cuestionarnos a nosotros mismos y a los demás de forma crítica.

Este libro consta de cinco capítulos, y en primer lugar exploro el porqué somos tan malos en hacer buenas preguntas. ¿Qué es lo que a veces nos priva de ello? ¿Por qué nos resulta tan difícil, provocativo o directamente aterrador hacer preguntas?

En el segundo capítulo nos ponemos manos a la obra. Trabajaremos la esencia, el punto de partida para hacer buenas preguntas y filosofar: desarrollar una actitud inquisidora.

En el tercer capítulo aprenderás habilidades prácticas y muy sutiles, las condiciones básicas para realizar buenas preguntas, con sentido, que te pongan en movimiento. Entrenarás tu capacidad para escuchar de forma abierta y atenta, verás por qué el lenguaje es tan importante y qué podemos aprender de Sherlock Holmes cuando se trata de realizar preguntas perspicaces.

En el cuarto capítulo encontrarás consejos y trucos técnicos. Aquí puedes aprender a efectuar preguntas técnicamente sólidas, completas, profundas; a cómo puedes utilizar las preguntas de eco y por qué funcionan tan bien; a mantener una buena conversación después de una pregunta y a descubrir cuáles son las trampas reconocibles de las preguntas.

Por último, en el capítulo quinto nos ocupamos de lo que ocurre después de formular tu pregunta: has hecho una buena pregunta, ¿y ahora qué? Ahora, mantienes un diálogo. Y todavía hay mucho que decir al respecto. ¿Cómo sostener una conversación interesante? ¿Cómo lograr una verdadera investigación filosófica práctica en la que ambos lleguemos a ser más sabios?

¿Por qué querrías entrenarte?

¿Por qué querrías entrenarte en hacer buenas preguntas y en una actitud filosófica?

Podríamos decir que ya estamos bastante ocupados. Pero hay muchas razones para ello.

En primer lugar: el mundo lo necesita. A esta sociedad acelerada que tiende a la polarización le beneficia el ralentizar, una curiosidad sincera, una actitud filosófica básica y buenas preguntas. El debate público, nuestras discusiones offline y online, tertulias, entrevistas, artículos de opinión, incluso las discusiones acaloradas durante la cena de Navidad: con demasiada frecuencia son una combinación de ataques y defensas, de opiniones desbarradas y de convicciones enfrentadas. Eso es rara vez productivo, vinculante o útil. Al final, cada uno tiene que tranquilizarse en su propio rincón y se hunde aún más en sus propias y limitadas creencias, en lugar de haber dejado espacio para la experiencia de la otra persona.

Nos gustaría tener buenas discusiones acerca de temas como el racismo, la discriminación, el género, la vergüenza del cuerpo, el #MeToo, el Zwarte Piet,1 el problema de los refugiados, la crisis climática. Temas que conllevan apasionamiento, con los que nos sentimos fácilmente ofendidos y en los que, sobre todo, lo que queremos es que nos comprendan, en lugar de ser nosotros los que intentemos comprender al otro. El mundo necesita que podamos mantener este tipo de conversaciones de una manera mejor. Con más atención. Escuchando con interés verdadero, intentando comprender antes que ser comprendidos. Un mundo en el que formulemos buenas preguntas, con sentido.

Tenemos una gran carencia de creatividad, imaginación y capacidad de pensamiento crítico.

Formular preguntas perspicaces nos ayuda a desarrollar estas cualidades y a abordar mejor las conversaciones complicadas, a que tengan más matices y sean más ricas y más libres. Este libro es un intento de dar pasos en esa dirección.

La alcaldesa de Ámsterdam, Femke Halsema, describe en una entrevista en Vrij Nederland (25 abril 2019): «Realmente profundizo en los puntos de vista de los demás. El año pasado me encontré con Thierry Baudet2 unas semanas después de que hubiéramos celebrado un debate en el Teatro Municipal de Ámsterdam (Amsterdamse Stadsschouwburg). Me dijo, y me pareció noble: “El debate te fue mejor a ti que a mí”. “¿Sabes por qué? —le contesté—. Hay una gran diferencia entre nosotros. Yo estoy muy interesada en tus puntos de vista y me preparé a conciencia. En cambio, tú no tienes ningún interés en mí”. Él me ve como un símbolo de algo que odia sin saber muy bien lo que represento».

Este tipo de actitud, como la de Femke Halsema, no es muy corriente. Mientras que la de Baudet, que ella comenta, es de lo más normal. Sabemos muy poco los unos de los otros, apenas nos interesan sus puntos de vista, pero ya los detestamos. Sin saber muy bien por qué.

La actitud de curiosidad, de querer hacer preguntas, de explorar el punto de vista de la otra persona, empieza con nosotros. Contigo y conmigo. En nuestras conversaciones con amigos, con la familia, en la mesa de la cocina, en el trabajo, en el bar. Y, a partir de ahí, ojalá que este nuevo estilo socrático de conversación, en la que ambos queremos ser más sabios, pueda filtrarse a los centros de debate, a las tertulias, a los artículos de opinión y a la política.

Una segunda razón para entrenarte: tus conversaciones mejorarán enormemente. Cuando estás sentada en la mesa de la cocina con tu familia, es posible que alguna vez quieras hablar de algo más interesante que de «¿Cómo te fue hoy en el colegio?» o «¿Has tenido mucho trabajo?». Las conversaciones en los bares, en las mesas de la cocina, en las aulas, en los medios de comunicación y en reuniones de cumpleaños son mucho más amenas y agradables cuando desarrollas una actitud curiosa y formulas preguntas diferentes. Cuando aprendes a preguntar, tal como te sugiero en este libro, obtienes una visión especial en la percepción del otro. Llegáis a conoceros mejor, a descubrir cosas nuevas en la otra persona, lo que resulta en pensamientos sensacionales, nuevos y sorprendentes. Compartir todo eso te hace más humano.

En tercer lugar: ¡porque es divertido! Pensar y preguntar, ejercitarse en filosofía práctica, es divertido. Uno de mis cursistas utilizó la palabra adictivo. Darte cuenta de que cada vez piensas con más claridad, de que llegas al meollo de la cuestión, distinguiendo el sentido del sinsentido, obteniendo nuevos conocimientos, desarrollando nuevas ideas, de que juntos podemos resolver e investigar rompecabezas: eso es enriquecedor, interesante y extremadamente divertido. Creas espacio para pensar, tu cerebro se vuelve más ágil y flexible. Descubrir y explorar la manera de pensar de otra persona, llevándola a una búsqueda conjunta de la sabiduría, es un juego infinitamente cautivador. Podríamos decir que la actividad de «filosofar de forma práctica», el interminable cuestionamiento de situaciones, afirmaciones y declaraciones, es una actividad valiosa en sí misma. Al igual que tocar el piano. ¿Por qué tocas el piano? Porque me gusta hacerlo. ¿Por qué te dedicas a la filosofía práctica? Porque me gusta hacerlo. Al igual que cuantos más sudokus haces, mejor te salen, y hacer sudokus es una actividad placentera en sí misma, también lo es investigar de manera inquisitiva.

Y, finalmente, la cuarta razón: aprendes a conocerte mejor al seguir haciendo preguntas y mantener conversaciones encaminadas a una búsqueda conjunta de la sabiduría. Continuar asombrándote en todo momento y cuestionarlo todo de forma crítica no te proporciona respuestas prefabricadas, pero sí un lenguaje que es el apropiado para ti. Con matices que cambian constantemente de color y se mueven en tu misma dirección, de acuerdo con quién eres en ese momento. Creo que las buenas preguntas crean una conexión real y sincera. Una conexión que hace justicia a nuestras diferencias y similitudes, a quien somos en esencia. Brené Brown, investigadora de la vergüenza, la valentía, la vulnerabilidad, el amor, en definitiva, de todo lo que nos hace seres humanos, ya lo decía: «Estamos programados para la conexión». Como seres humanos, queremos sentirnos, sobre todo, conectados. Si hay algo que este mundo necesita, es precisamente eso.

1.¿Por qué somos tan malos en hacer buenas preguntas?

Solo hay un bien: el conocimiento. Solo hay un mal: la ignorancia.

SÓCRATES

Vamos a ver. ¿De verdad somos tan malos haciendo buenas preguntas? Si es así, ¿por qué?

¿Y hay esperanza? En este capítulo: ¿qué es en realidad una pregunta? ¿Por qué no hacemos preguntas? Y, si las hacemos, ¿por qué a menudo no son muy buenas?

«Me paso el todo el día preguntado. No necesito ningún curso»

Cuando en una fiesta o una reunión de networking me preguntan: «¿Qué tipo de trabajo haces?», siempre respondo con mucho entusiasmo: «Ayudo a la gente a formular mejor sus preguntas. De manera filosófica. Imparto talleres, cursos, formación de pensamiento individual y…». Llegados a este punto, a veces mi interlocutor me interrumpe: «¿Hacer preguntas? Pero si eso no es difícil. Hacer preguntas no entraña ningún misterio, ¿no? Me paso todo el día preguntando. No necesito ningún curso». Entonces puedo hacerle ver a esa persona, de forma inteligente, la ironía de sus propias palabras, para alguien que asegura pasarse todo el día preguntando, las preguntas que acaba de hacerme son bastante directas, retóricas y cualquier cosa menos abiertas y curiosas. Y, por lo tanto, ni siquiera puede que sea una pregunta realmente. Contemplo estos momentos a modo de un buen recordatorio: queda aún mucho trabajo por delante cuando se trata de formular preguntas realmente buenas.

Es cierto que nos pasamos todo el día haciendo preguntas. Bueno, en realidad, pensamos que todo el día hacemos preguntas, pero, de hecho, pronunciamos una oración a la que al final le colocamos un signo de interrogación. Y, efectivamente, esto no entraña ningún misterio. Incluso si piensas que te pasas todo el día haciéndolas y que, por lo tanto, debes ser muy bueno en ello, es muy probable que te lleves una decepción. Parece ser que también respiramos muy mal: lo hacemos de forma demasiado rápida y superficial. Nos ocurre exactamente lo mismo cuando formulamos preguntas. De manera totalmente inconsciente. Preguntar es algo que, como sociedad, no dominamos demasiado bien. Preguntamos demasiadas cosas a la vez, preguntas incompletas, preguntas sugerentes, preguntas retóricas, preguntas en el momento equivocado, preguntas falsas: «¿También has encontrado a Piet tan malhumorado últimamente?», «¿No es evidente lo que yo pienso?», «¿Por qué no has vuelto a pasar la aspiradora?», «Tú también lo ves, ¿no?», «Entiendes que este no es el caso, ¿verdad?», «¿Crees que es porque Anna tiene miedo, o está enfadada o quizá es que…?».

Entramos en una especie de tentativa de arreglar la situación cuando el otro nos presenta un problema o dilema: «¿Ya has intentado hablar con ella?», «La terapia X me ha ayudado muchísimo, ¡seguro que también es algo para ti!». Inundamos al otro de consejos: «¿Sabes lo que tienes que hacer? Simplemente deberías llamar a este o aquel». O superponemos nuestra propia experiencia a la historia del otro: «¡A mí me pasó lo mismo! En mi caso sucedió que…».

Preferimos convencer a la otra persona de que tenemos razón antes de investigar su punto de vista. Escuchamos su historia y directamente la relacionamos con la nuestra en lugar de seguir en la historia que nos están contando. Y ya estamos pensando en lo que queremos contestar inmediatamente: «¡Lo veo de modo muy distinto!», en lugar de tomarnos realmente el tiempo para escuchar con atención.

La buena noticia es que puedes aprender a hacer buenas preguntas. Aunque la capacidad de hacer preguntas es algo innato, es un talento que debemos desarrollar. En este sentido, es como los saltos de altura: en teoría puedo realizar saltos de altura, igual que casi cualquier otra persona. Pero me habría ido mucho mejor si realmente hubiera entrenado esta habilidad.

Una pregunta es como una herramienta. Es un medio para penetrar en el mundo del pensamiento del otro. Puedes utilizar la pregunta como unas tenacillas, como un taladro percutor, como un papel de lija muy fino o como una simple palanca. Con cada herramienta, el resultado depende de cómo la usas. Con un cincel puedo tallar una obra de arte a partir de una piedra, pero, si utilizo demasiada fuerza o lo hago con un poco de torpeza, podría cortar, accidentalmente, la cabeza de un torso. Puedo pulir una superficie, pero, si lo hago con demasiada suavidad, no cambia nada. Así funciona también con las preguntas: una herramienta funciona bien cuando la aplicas y la utilizas.

Una pregunta que nace de la curiosidad genuina es un movimiento hacia el prójimo. Una invitación. Al hacer una pregunta, en realidad estás diciendo: «Quiero acercarme a ti». No hace falta decir que esto implica riesgos y es emocionante, pues la otra persona podría decir: «Vete a la mierda con esto de acercarte», lo que es de inmediato una razón para que dudemos de hacer esas buenas preguntas.

¿Qué es exactamente una pregunta?

Es bueno reflexionar sobre lo que es una pregunta y, especialmente, sobre lo que no lo es. Por supuesto podemos suponer que sabemos lo que queremos decir con «una pregunta», pero, si nos fijamos bien, muchas de las preguntas que hacemos no son realmente una pregunta. Son, por ejemplo, opiniones encubiertas, suposiciones o hipótesis: «¿No crees también que Alain tiene razón?», «¿Podría ser que lo que quieres decir sea…?», «Ben tiene en este punto algo de razón, ¿no crees?». Cuando las ves así, escritas, puede que quede muy claro. Tal vez pienses ahora: «Sí, efectivamente, no son preguntas reales», ¡todo el mundo puede verlo! Pero fíjate en la cantidad de preguntas de este tipo que oyes a tu alrededor en comparación con aquellas preguntas que realmente lo son.

La definición de pregunta del diccionario de Dikke van Dale es la siguiente: «Acto lingüístico del que se espera una respuesta verbal para obtener una información, una confirmación o una negación o una respuesta, en la forma de una conducta determinada».

De hecho, es una buena definición de lo que es exactamente una pregunta. No es que no sea cierto, pero aún no nos dice nada de cómo se realiza ese acto lingüístico, su intención o el efecto (previsto) en la otra persona. Tal como en este libro abordamos lo que es una pregunta, prácticamente filosófica, llego a la siguiente definición:

Una pregunta es una invitación. Una invitación a pensar, explicar, agudizar, profundizar, informar, investigar, conectar.

Una buena pregunta está claramente formulada y nace de una actitud abierta y curiosa.

Una buena pregunta permanece en la historia de la otra persona.

Una buena pregunta pone en marcha la reflexión.

Una buena pregunta conduce a una aclaración, a nuevas ideas o a una nueva perspectiva para quien responde a ella.

Con esta definición excluimos también una serie de cosas. Una pregunta no es dar consejo, comprobar hipótesis, completarla, compartir una opinión, hacer una sugerencia ni una forma de paralizar al otro.

Quizá esto puede parecer obvio, pero muchas de nuestras preguntas caen en esta última descripción y no en la primera. Con demasiada frecuencia, una pregunta se refiere en realidad a nosotros mismos, sin que, necesariamente, nos demos cuenta de ello o sea esa nuestra intención. Sobre nuestros miedos, sentimientos, ideas, hipersensibilidades o necesidades que proyectamos —inconscientemente— en la historia del otro. Entonces preguntamos para tranquilizarnos a nosotros mismos y no para profundizar ni cuestionar lo que el otro dice.

Como la amiga que, después de tu relato sobre una discusión con tu pareja, reacciona con: «Seguro que ahora estás pensando en dejarlo, ¿verdad?». O tu compañera de trabajo que, después de tu «estuve de vacaciones en la Toscana», va y te pregunta: «¿Tuviste también un momento en el que ya no podías ver más pasta ni más pizza?».

O el amigo que, ante tu preocupación por tu madre enferma, responde con: «¿Estás pensando en convertirte también en cuidadora? Es muy duro, yo también lo hice durante un tiempo».

Las malas preguntas no existen