Pisando tus umbrales, Jerusalén - Joaquín González Echegaray - E-Book

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Joaquín González Echegaray

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La ciudad de Jerusalén resulta todo un símbolo cargado de connotaciones. Para un creyente o un miembro de cualquiera de las tres grandes religiones monoteístas, el relieve que adquiere la vieja ciudad es notable, pues Jerusalén es la Ciudad Santa por excelencia. El presente libro pretende acercarnos a Jerusalén y hacernos pisar sus umbrales, siguiendo paso a paso su antigua historia. Además, la obra presenta un amplio apéndice que resume los acontecimientos que han tenido lugar en Jerusalén desde la conquista del califa Omar en el 638 hasta nuestros días.

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Veröffentlichungsjahr: 2011

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Joaquín González Echegaray

Pisando tus umbrales, Jerusalén

Historia antigua de la ciudad

A mis alumnos de diversas universidades y centros, a los que impartí un curso sobre este mismo tema en el Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén en 1998. Juntos visitamos las excavaciones y monumentos, y discutimos los distintos temas in situ. A su interés y entusiasmo se debe que ahora, siete años después, haya decidido fijar por escrito y ampliar el contenido de aquel curso. 

Joaquín González Echegaray Roma, mayo de 2005

Prólogo

«Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la Casa del Señor. Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.»

Salmo 122,1-2

Creo que no podré olvidar el impacto emocional que me produjo, en una de las muchas veces que he participado en la procesión del Domingo de Ramos que cada año se celebra en Jerusalén, el hecho de adherirme a un grupo de hispanohablantes, que justamente cuando entraban por la Puerta de San Esteban atravesando la vieja muralla, cantaban el salmo 122 en la conocida versión musical popular. Sentí que la bíblica alegría de pisar el umbral de una de las puertas de la ciudad iba cargada de recuerdos históricos y vivencias religiosas, lo que tal vez sólo un lugar como Jerusalén sea capaz de evocar. 

Para cualquier persona medianamente culta, la ciudad de Jerusalén resulta todo un símbolo cargado de un cúmulo de connotaciones, sin las cuales la historia occidental no sería lo que en realidad es. Si se trata de un verdadero creyente o de un simple miembro de cualquiera de las tres grandes religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islam, el relieve que adquiere la vieja ciudad es notable, pues Jerusalén es la Ciudad Santa por excelencia, donde David tenía su trono y Salomón edificó el templo; es el lugar de la muerte y resurrección de Jesucristo; es la ciudad por donde Mahoma pasó antes de ascender al cielo. Por eso en árabe recibe, por antonomasia, el nombre de Al Quds (La Santa). 

Queremos, pues, acercarnos a Jerusalén y pisar sus umbrales, para seguir paso a paso su vieja historia, preñada de acontecimientos sumamente importantes para nosotros incluso hoy, a pesar de haber quedado desdibujados y casi perdidos en la niebla de los siglos pasados. 

El hecho de que haya yo vivido años en Jerusalén, dedicado preferentemente al estudio de la arqueología del país, me estimula a tomar esta difícil senda, por la que a veces resulta complicado transitar, dadas la deficiencia de las fuentes históricas y las dudas sobre el alcance de su valor, por una parte, y, por otra, la ambigüedad interpretativa que frecuentemente presentan muchos de los hallazgos arqueológicos. 

Mi propósito, aunque partiendo de la topografía real de la ciudad, no es simplemente desarrollar una historia de su urbanismo, sino también de los principales sucesos que en ella tuvieron lugar. Me restrinjo sólo a la «historia antigua», en la que se desarrollaron los acontecimientos religiosos fundamentales. Por eso no paso más allá de la época bizantina. Sin embargo, para que un posible lector, interesado en los tiempos medievales y modernos, pueda tener una somera idea de lo ocurrido después en Jerusalén hasta nuestros días, he añadido como apéndice un capítulo, en que se resume la historia transcurrida desde la conquista de la ciudad por el califa Omar en el 638 hasta hoy. 

Espero que un libro como éste, que toca una de las teclas más sensibles del siempre actual Oriente Próximo, pueda ser útil a una amplia gama de lectores interesados tanto en temas estrictamente religiosos, como en la historia general de nuestra cultura.

Nota sobre los textos

Para la traducción bíblica se ha empleado normalmente la versión de la Biblia de Jerusalén (Desclée de Brouwer, Bilbao 1998), aunque a veces se ha recurrido también a la ya tradicional de Nácar-Colunga (B.A.C., Madrid) y a la Biblia del Peregrino de Alonso Schökel (Egea Mensajero, Bilbao 1993). Para la Misná se ha empleado la traducción de C. del Valle (Sígueme, Salamanca 1997). Para la Guerra Judía de Josefo se ha solido utilizar la de J. M. Nieto Ibáñez (Gredos, Madrid 1997-99), y para las Antigüedades Judías la versión anónima de Clie (Barcelona 1998). Otras referencias pueden hallarse en la Bibliografía correspondiente a cada capítulo.

1

Teología de Jerusalén

Antes de acceder directamente al tema de la presente obra, que es la historia de Jerusalén, parece que debería hacerse alguna referencia al papel que la ciudad, en tanto que símbolo, ha desempeñado en el devenir de las ideas religiosas, principalmente del cristianismo y de su etapa previa judaica, lo que comúnmente llamamos Antiguo Testamento. 

Pretender ir más allá, destacando la simbología de Jerusalén en el judaísmo posterior y en el islam, ciertamente nos desbordaría y en todo caso no es nuestro propósito. Aun así, la que podríamos llamar «teología cristiana de Jerusalén» abarca tal amplitud de conceptos y supone una elaboración doctrinal tan compleja, que igualmente se escapa del objetivo del presente libro. Por eso, vamos a limitarnos a exponer en este capítulo previo algunas de las ideas más generales sobre el tema, yendo de la mano de los textos bíblicos más sobresalientes, con el fin simplemente de recordar al lector, interesado en la historia, la trascendencia que adquiere esta otra importante vertiente en torno a la ciudad, dejando el campo libre para el teólogo que en su caso pretenda profundizar en él.

1. La ciudad del Gran Rey

Sorprende el hecho paradójico de que siendo Jerusalén uno de los ejes en torno al cual se mueve el Antiguo Testamento, esté, por otra parte, desligada en buena medida de los grandes acontecimientos que jalonan la llamada «Historia de la Salvación». En efecto, la etapa patriarcal, salvo en unas puntuales alusiones a las que nos referiremos en su momento, es ajena a la Ciudad Santa. Las correrías de Abraham, Isaac y Jacob por el país de Canaán siguen otros derroteros. La historia de Moisés y la liberación de Israel, pueblo que por fin abandona Egipto y comienza su vagar por el desierto camino de la Tierra Prometida, nada tienen que ver con Jerusalén, lo mismo que la alianza de Yahweh con su pueblo en el Sinaí. Tampoco cuenta Jerusalén, exceptuando aisladas alusiones, en la epopeya de la conquista del país, ni en el asentamiento de las tribus en él. Más aún, la larga y reñida historia de los difíciles años del pueblo en la lucha contra los cananeos en tiempo de los jueces, olvida totalmente la ciudad de Jerusalén, que en realidad ni siquiera está integrada en los territorios repartidos. Hay entonces varios santuarios israelitas en el país, comenzando por Siquem, donde se ratifica el pacto entre Yahweh y su pueblo, y siguiendo por Guilgal, Betel y otros, pero principalmente Siloh, donde se guardaba el Arca de la Alianza. Jerusalén está al margen de esta fundamental historia religiosa de Israel. 

Ni el nuevo rey Saúl, ni la mayor parte de la historia de David tienen relación alguna con la Ciudad Santa, que sigue perteneciendo a los jebuseos, hasta que en la segunda etapa de la vida de David, este rey la conquista y la transforma en su capital. Hasta entonces otras ciudades han tenido bastante más importancia en la historia del pueblo. Tal es el caso de Hebrón, sede y tumba de los patriarcas, y lugar donde David es proclamado rey; de Jericó, la primera ciudad conquistada en la Tierra Prometida; de Beersheva, lugar de residencia de los patriarcas, y venerado santuario; de Belén, la patria de David; de Gibead de Benjamín, la ciudad de Saúl; de Quiriat Yearim, la nueva sede del Arca; o finalmente de Ramah, desde donde el gran Samuel gobernaba al pueblo de Dios. 

Sin embargo, desde que Jerusalén queda como nueva capital y residencia de David, la Historia de la Salvación dará un giro notable. Entre Yahweh y el rey va a establecerse un pacto, que, si no invalidará el antiguo, le dará un renovado contenido, abierto no sólo al pequeño pueblo de Israel, sino a la humanidad entera. Aquí cobra pleno protagonismo la figura futura del Mesías, el descendiente de la Casa de David, que ha de regir a todo el mundo desde esta elegida Ciudad Santa de Jerusalén. 

He aquí algunos de los párrafos más significativos de la profecía de Natán a David, una vez que éste estableció su casa en Jerusalén:

«Ahora di esto a mi siervo David: Así habla Yahweh Sebaot: Yo te he tomado del pastizal, de detrás del rebaño, para que seas caudillo de mi pueblo Israel. He estado contigo donde quiera que has ido, he eliminado de delante de ti a todos tus enemigos y voy a hacerte un nombre grande como el nombre de los grandes de la tierra. Fijaré un lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré allí para que more en él; no será ya perturbado y los malhechores no seguirán oprimiéndolo como antes en el tiempo en que instituí jueces en mi pueblo Israel; y te daré paz con todos tus enemigos. Yahweh te anuncia que Yahweh te edificará una casa. Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza... Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante ti; tu trono estará firme eternamente» (2 Sm 7,8-16).

Jerusalén se convierte así en la ciudad mesiánica con especial destino en la Historia de la Salvación. Es, como dice un salmo, «la Ciudad del Gran Rey» y, por eso, se invita a todos: «Dad la vuelta en torno a Sión, contando sus torreones; fijaos en sus baluartes, observad sus palacios» (Sal 48,3 y 13-14). Miqueas en un pasaje mesiánico, que alude a la antigua condición real de la ciudad, dice: «Y tú, torre del rebaño, colina (Ofel) de la hija de Sión, recobrarás la soberanía de antaño, la realeza volverá a la hija de Jerusalén» (Miq 4,8). En este contexto, hasta las propias defensas, que entonces caracterizaban a las ciudades juntamente con sus principales edificios –el palacio Real–, adquieren un valor simbólico cargado de un significado especial:

«Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia en el palacio de David. Desead la paz a Jerusalén: vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios. Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: la paz contigo. Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien» (Sal 122,3-9; texto según la traducción litúrgica actual española).

La ciudad es vista así como el futuro lugar de atracción de todos los pueblos:

«Levántate, brilla, que llega tu luz, la gloria de Yahweh amanece sobre ti... Entonces lo verás, radiante de alegría, tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti el tráfico del mar y te traigan las riquezas de los pueblos... » (Is 60,1 y 5). 

«Aquel día brotará un manantial en Jerusalén... Jerusalén estará en alto y habitada, desde la Puerta de Benjamín hasta la Puerta Vieja y hasta la Puerta del Ángulo, desde la Torre de Janael hasta el Lagar del Rey. Estará habitada, no volverá a ser proscrita; habitarán tranquilos» (Zac 14,8 y 10-11). 

«Jerusalén, despójate del vestido de luto y aflicción y vístete para siempre las galas de la gloria que Dios te da, envuélvete en el manto de la justicia de Dios y ponte en la cabeza la diadema de la gloria del Eterno; porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo. Dios te dará un nombre para siempre: Paz en la justicia, gloria en la piedad. Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia oriente y contempla a tus hijos, reunidos de oriente a occidente a la voz del Santo, gozosos invocando a Dios» (Bar 5,1-5).

Resulta, pues, que Jerusalén quedará para siempre vinculada a David y a su descendiente el Mesías esperado. En virtud de ello se convierte en símbolo del nuevo pacto de Dios con todos los pueblos. A este nuevo pacto se referirá el profeta Jeremías:

«Van a llegar días —oráculo de Yahweh— en que yo pactaré con la casa de Israel una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto... Sino que será la alianza que yo pacte con la casa de Israel... : Pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jr 31,31-34).

Y es el propio profeta quien personaliza la nueva alianza en la figura de David y su Mesías y en la Ciudad Santa de Jerusalén:

«En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un vástago justo, que practicará el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días estará a salvo Judá y Jerusalén vivirá en seguro. Y así se la llamará: Yahweh, justicia nuestra» (Jr 33,15-16).

De este modo, en prenda de la salvación mesiánica, Jerusalén pasará a ser la Ciudad Santa por excelencia. Por eso, su eventual ruina es vista con preocupación y resulta objeto de duelo y llanto. Esto llega incluso a trasvasar los umbrales del Antiguo para entrar en el Nuevo Testamento. Cuando Jesús sube a Jerusalén, «al acercarse y divisar la ciudad dijo llorando por ella: Si también tú reconocieras hoy lo que conduce a la paz. Pero ahora está oculto a tus ojos... Te derribarán por tierra a ti y a tus hijos y no te dejarán piedra sobre piedra» (Lc 19,41-43). Es decir, que la ciudad, vinculada ya definitivamente con la paz de Dios, va a ser paradójico testigo de la guerra de los hombres, y las piedras caídas por el suelo una patética expresión del empeño humano por oponerse a la paz. Éste será el trágico destino de la historia de la ciudad, como se verá a lo largo de la lectura del presente libro.

2. La morada de Dios

Otro aspecto, cargado de contenido teológico, que fácilmente se aprecia en una simple lectura de la Biblia, es el hecho de que Jerusalén, en razón de albergar dentro de sus murallas el templo de Yahweh, se convierte en la ciudad de Dios por excelencia, en la que la divinidad tiene su morada. Cuando Ciro, rey de Persia, publica su decreto para que el pueblo israelita en el destierro pueda volver a su tierra, se dice expresamente y se repite que el dios de ese pueblo, a quien se designa como «Dios de los Cielos», tiene su morada permanente en la ciudad de Jerusalén: «Suba (el pueblo) a Jerusalén, en Judá, a edificar el templo de Yahweh, Dios de Israel, el Dios que está en Jerusalén» (Esd 1,3). 

El templo se levantaba sobre una de las alturas de la ciudad; de ahí que se hable del «Monte de Dios».

«Al final de los tiempos estará firme el monte de la Casa de Yahweh, descollando entre los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán las naciones, caminarán pueblos numerosos. Dirán: Venid, subamos al Monte de Yahweh, a la Casa del Dios de Jacob; él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas, porque de Sión saldrá la Ley, de Jerusalén la palabra de Yahweh» (Is 2,2-3).

Otro texto, también del profeta Isaías, dice:

«Pero yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua, vendrán para ver mi gloria... traerán a todos vuestros hermanos a caballo y en carro y en literas, en mulos y camellos hasta mi Monte Santo de Jerusalén, dice Yahweh» (Is 66,18 y 20).

El tema se repite en otros profetas, incluso bajo el mismo aspecto de una gran peregrinación mesiánica de pueblos lejanos que vienen al Monte Santo, tal y como aparece en Miqueas (Miq 4,1-2). 

Los salmos insisten constantemente en el tema de Jerusalén, como la Casa de Dios:

«Dios se manifiesta en Judá, su fama es grande en Israel; su albergue está en Jerusalén, su morada en Sión» (Sal 76,2-3). 

«Aleluya. Alabad el nombre de Yahweh, alabadlo siervos de Yahweh, que estáis en la Casa de Yahweh, en los atrios de la casa de nuestro Dios ... Bendito en Sión, Yahweh, que habita en Jerusalén, Aleluya» (Sal 135,2-3).

De ahí viene la idea de que Jerusalén, toda ella como ciudad, es la ciudad de Yahweh. Así aparece en el profeta Isaías:

«Los hijos de tus opresores vendrán a ti encorvados, y los que te despreciaban se postrarán a tus pies; te llamarán Ciudad de Yahweh, Sión del Santo de Israel» (Is 60,14).

E igualmente, en los salmos, la ciudad de Jerusalén es la ciudad de Dios:

«La ha cimentado en un monte santo, Yahweh prefiere las puertas de Sión a todas las moradas de Jacob. Qué glorioso pregón para ti, Ciudad de Dios» (Sal 87,1).

Por eso los peregrinos que acudían a Jerusalén en las fiestas cantaban:

«Qué alegría, cuando me dijeron: Vamos a la Casa de Yahweh» (Sal 122,1).

Si Jerusalén es la ciudad y morada de Dios, nadie tendrá que temer, pues sus enemigos se estrellarán contra ella. Esta idea está recogida en el profeta Sofonías:

Aquel día dirán a Jerusalén: No temas, Sión, no te acobardes. 

Yahweh tu Dios es dentro de ti un soldado victorioso» (Sof 3,16-17).

De ahí la firmeza de los creyentes, que se funda como una roca en el poder del mismo Dios:

«Los que confían en Yahweh son como el monte Sión, no vacila, está asentado para siempre. A Jerusalén la rodean las montañas, a su pueblo lo rodea Yahweh» (Sal 125,1-2).

3. La esposa de Yahweh

Como es bien sabido, la Biblia suele representar las relaciones entre Dios e Israel bajo la forma simbólica del esposo que ama, atiende y cuida a su amada. Esta situación figurada llega a concretarse en un idilio entre Yahweh y la ciudad de Jerusalén, la cual acaba por asumir la representación de todo el pueblo de Israel. En el profeta Isaías vemos palabras tan significativas como éstas:

«Como un joven se casa con una doncella, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará tu Dios contigo. Sobre tus murallas, Jerusalén, he colocado centinelas, nunca callan, ni de día, ni de noche; los que invocáis a Yahweh no os deis descanso, no le deis descanso hasta que la establezca, hasta que haga de Jerusalén la admiración de la tierra» (Is 62,5-7).

La historia de las relaciones amorosas entre Yahweh y Jerusalén es tortuosa y a veces turbulenta. Está magníficamente descrita en el profeta Ezequiel:

«Así dice el Señor Yahweh a Jerusalén: Por tu origen y tu nacimiento eres del país de Canaán. Tu padre era amorreo y tu madre hitita... Tú creciste, te desarrollaste y llegaste a la edad núbil. Se formaron tus senos, tu cabellera creció; pero estabas completamente desnuda. Entonces pasé yo junto a ti y te vi. Era tu tiempo, el tiempo de los amores. Extendí sobre ti el borde de mi manto y cubrí tu desnudez; me comprometí con juramento, hice alianza contigo —oráculo del Señor Yahweh— y tú fuiste mía... Te hiciste cada día más hermosa y llegaste al esplendor de una reina. Tu nombre se difundió entre las naciones, debido a tu belleza, que era perfecta, gracias al esplendor de que yo te había revestido —oráculo del Señor Yahweh—. Pero tú te pagaste de tu belleza, te aprovechaste de tu fama para prostituirte, prodigaste tu lascivia a todo transeúnte entregándote a él... Voy a aplicarte el castigo de las mujeres adúlteras... te despojarán de tus vestidos, te arrancarán tus joyas y te dejarán completamente desnuda. Luego incitarán a la multitud contra ti, te lapidarán, te acribillarán con sus espadas, prenderán fuego a tus casas y harán justicia de ti, a la vista de una multitud de mujeres; yo pondré fin a tus prostituciones y no volverás a dar salario de prostituta. Desahogaré mi furor en ti; luego mis celos se retirarán de ti, me apaciguaré y no me airaré más» (Ez 16,1-42).

Jerusalén a lo largo de su historia no sabrá comportarse como la esposa de Yahweh, sino que llegará a prostituirse a causa de sus pecados e idolatrías; de ahí la cólera de Dios despertada por los celos. El Señor la perdonará y llamará muchas veces a su puerta, estimulándola con promesas y amenazas:

«Escarmienta, Jerusalén, si no quieres que me aparte de ti y te convierta en desolación, en tierra deshabitada» (Jr 6,8).

Tras el castigo, la ciudad se siente como una viuda desolada, tal y como nos es descrita en el libro de las Lamentaciones:

«Qué solitaria está la ciudad populosa. Se ha quedado viuda la primera de las naciones; la primera de las provincias, en trabajos forzados. Pasa la noche llorando, le corren las lágrimas por las mejillas. No hay nadie entre sus amigos que la consuele; todos sus aliados la han traicionado, se han vuelto sus enemigos... La ciudad de Sión ha perdido toda su hermosura... Jerusalén recuerda los días tristes y turbulentos, cuando caía su pueblo en manos enemigas y nadie la socorría, y al verla sus enemigos se reían de su desgracia» (Lam 1,1-7).

Pero la promesa de fidelidad por parte de Dios siempre continúa en pie y sólo se requiere que Jerusalén —en definitiva, el pueblo de Dios— reconozca su pecado y vuelva al esposo que la aguarda.

4. La Jerusalén celestial

Jerusalén es, además, el símbolo de la nueva humanidad salvada por Cristo. Queda así constituida como la meta hacia la que se dirigen, a veces tras un penoso caminar, quienes han sido elegidos como ciudadanos de la vida eterna. La ciudad es la patria futura de los cristianos, fundada sobre las enseñanzas de los apóstoles, los inmediatos discípulos de Jesucristo, y engalanada de gloria para expresar la dicha y felicidad a los que un día tomarán posesión de ella. Porque ahora, en el Nuevo Testamento, Jerusalén sigue siendo la esposa de Cristo, y sus ciudadanos son todos y cada uno de los creyentes.

1. Visión de Jerusalén en la época de las cruzadas. Mapa de La Haya La Ciudad Santa está convertida casi en un símbolo. Encerrada por las murallas en un círculo perfecto dentro del que quiere adivinarse el signo de la cruz, insinuado en sus calles, figuran en ella elementos tan evocadores Testamento como el templo del Señor y de Salomón, las puertas de San Esteban y Sión,el Calvario y el SantSepulcro y la Torre deDavid

En el libro del Apocalipsis se halla recogida una visión espectacular sobre la nueva Jerusalén, donde se manifiestan todos estos lugares teológicos a los que nos hemos referido:

«Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva... Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, bajando del cielo, de Dios, preparada como novia que se arregla para el novio... Entonces vino uno de los siete ángeles... y me habló diciendo: Ven que te voy a enseñar a la novia, a la esposa del Cordero. Me trasladó en éxtasis a una montaña grande y elevada y me mostró la Ciudad Santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, de Dios, resplandeciente con la gloria de Dios. Brillaba como piedra preciosa, como jaspe cristalino. Tenía una muralla grande y alta con doce puertas y doce ángeles en las puertas, y grabados los nombres de las doce tribus de Israel... La muralla de la ciudad tiene doce piedras de cimiento que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero... La ciudad no necesita que la ilumine el sol, ni la luna, porque la ilumina la gloria de Dios y su lámpara es el Cordero. A su luz caminarán las naciones y a su resplandor los reyes» (Ap 21,1-24).

Ya en un libro del Antiguo Testamento, el libro de Tobías, hay un presagio de esta fantástica y apocalíptica visión sobre Jerusalén:

«Bendice, alma mía, al Señor magnífico, porque Jerusalén será reconstruida y en la ciudad su Casa por todos los siglos... Las puertas de Jerusalén serán construidas con zafiros y esmeraldas, y con piedras preciosas sus murallas. Las torres de Jerusalén serán construidas con oro y sus baluartes con oro puro, las plazas de Jerusalén serán pavimentadas con rubí y piedra de Ofir. Las puertas de Jerusalén entonarán cantos de júbilo y todas sus casas dirán Aleluya, bendito el Dios de Israel» (Tob 13,15-17).

5. Intentando una síntesis

Para empezar convendría recordar las palabras de san Agustín: «Las profecías o dichos proféticos son de tres clases: unos relativos a la Jerusalén terrena, otros a la celestial y otros a ambas» (De Civitate Dei XVII,3,2). Partiendo de este supuesto, estamos en condiciones de descubrir en muchos acontecimientos y dichos sobre la Ciudad Santa un trasfondo teológico innegable.

Jerusalén aparece en la Biblia, desde una perspectiva teológica, como si fuera la prenda de la alianza que Dios establece con su pueblo Israel, un nuevo pacto que actualiza el ya antiguo del Sinaí, ahora a través de la figura del rey David, conquistador de esta ciudad, destinada en adelante a ser la capital religiosa del pueblo de Dios. 

Este carácter simbólico de Jerusalén se agranda por la presencia en ella, sobre una de sus cumbres, del que va a ser el gran santuario de Israel, iniciado ya por el propio David al trasladar a la ciudad el Arca de la Alianza, y hecho realidad tangible con la construcción del templo por el rey Salomón. Desde entonces Jerusalén se convierte en la Casa de Dios, en el monte que está sobre todos los montes, y el nuevo pacto, vinculado a la ciudad, se verá reforzado por la constante presencia en ella de la Divinidad, que habita en el santuario. 

Jerusalén, como Ciudad del Gran Rey y Morada de Dios, va a simbolizar, mejor que otra cosa, los amores de Dios con el pueblo escogido. Y esta relación conyugal se verá sometida a lo largo de la historia a una serie de vicisitudes y crisis, de la que son testigos y signos las guerras y hasta las propias destrucciones de la ciudad. 

Esta perspectiva judía será transferida al cristianismo, que seguirá viendo en Jerusalén a la esposa de Cristo en figura de Cordero. La ciudad era querida como suya por Jesús, que llora y se lamenta por los castigos que aún aguardan a Jerusalén:

«Al acercarse (Jesús) y divisar la ciudad dijo llorando por ella: Si también tú reconocieras hoy lo que te conduce a la paz. Pero ahora está oculto a tus ojos... Te derribarán por tierra a ti y a tus hijos y no te dejarán piedra sobre piedra» (Lc 19,41-43).

Pero desde el cristianismo adquiere aun, si cabe, una dimensión más amplia, no sólo por el hecho de ser Jesús descendiente de David y Mesías esperado, depositario de la Alianza, sino porque en la propia ciudad tendrán lugar los misterios pascuales de la muerte y resurrección de Jesucristo, mostrándose así visiblemente como Hijo de Dios y salvador de todos los hombres:

«Mirad, subimos a Jerusalén y el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y letrados que lo condenarán a muerte. Lo entregarán a los paganos, para que lo afrenten, lo azoten y crucifiquen. Al tercer día resucitará» (Mt 20,18-19).

De este modo, Jerusalén pasa de ser símbolo de las relaciones temporales de Dios y su Hijo con su pueblo, a constituirse en figura de la patria definitiva, el cielo, donde culminará la Historia de la Salvación. Por eso, el cristianismo se sigue haciendo eco del amor a la Ciudad Santa, sufre cuando la desgracia se cierne sobre ella y tiene anhelos de volver a ella. He aquí por qué la liturgia del Oficio Divino sigue recitando con emoción el viejo salmo que recuerda los sentimientos y amargura de los judíos desterrados en Babilonia. También nosotros, desterrados, esperamos llegar un día a la Jerusalén celestial:

«Junto a los canales de Babilonia, nos sentamos y lloramos con nostalgia de Sión. En los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras. Allí los que nos deportaron, nos invitaban a cantar, nuestros opresores a divertirlos: ¡Cantadnos un cantar de Sión! ¡Cómo cantar un canto de Yahweh en tierra extranjera! Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me olvide la diestra, que se me pegue la lengua al paladar si no te recuerdo, si no exalto a Jerusalén como colmo de mi alegría» (Sal 137,1-6).

6. Bibliografía

González Echegaray, J. J. y J. M. Sánchez Caro (eds.), «Jerusalén», Reseña bíblica 8, 1995, pp. 1-72. 

González Lamadrid, A., La fuerza de la tierra. Geografía, historia y teología de Palestina, Sígueme, Salamanca 1981. 

Join-Lambert, M. y P.-M. Galopin, «Jerusalén», en X. León-Dufour (ed.), Vocabulario de teología bíblica, Herder, Barcelona 1976, pp. 434-439. 

Maertens, D. Thierry,Jérusalem cité de Dieu, Brujas 21954. Martini, C. M., Hacia Jerusalén, Herder, Barcelona 2003. Ramlot, L., «Jerusalén (teología)», en Enciclopedia de la Biblia, t. IV, Garriga, Barcelona 1963, pp. 428-447.

2

Topografía de la ciudad

«Alcé la vista y tuve una visión: Era un hombre con un cordel de medir en la mano. Le pregunté: ¿Adónde vas? Me contestó: A medir Jerusalén, a ver cuánta es su anchura y cuánta su longitud» (Zac 2,5-6).

Jerusalén es una ciudad levantada sobre un suelo de relieve muy quebrado, y cuyo caserío, a veces bastante disperso, se extiende en la actualidad por una superficie de unos 126 kilómetros cuadrados. Su población estaba oficialmente cifrada el año 2003 en 670.600 habitantes. El territorio del municipio en su integridad pertenece hoy al estado de Israel, y es considerado por éste como su capital indivisible e inalienable, si bien tal situación no está reconocida por muchos estados de la comunidad internacional, que por ello tienen sus legaciones diplomáticas en la ciudad de Tel Aviv. 

En realidad, aunque a los efectos administrativos es una sola entidad, la ciudad está de hecho repartida entre judíos y árabes, correspondiendo a los primeros el 68 % de la población, es decir, 454.000 habitantes, y a los segundos un 32 %, esto es, 215.000 habitantes, los cuales viven normalmente en barrios distintos de la ciudad.

1. Situación geográfica

El esquema geográfico del país donde se encuentra la ciudad es bastante fácil de comprender, aunque este entraña grandes contrastes. La costa mediterránea sigue sensiblemente una trayectoria norte-sur, con ligera inclinación al oeste, que va acentuándose progresivamente hasta empalmar al final con la costa africana, la cual va de este a oeste. El litoral se caracteriza por la existencia de una prolongada llanura, sólo interrumpida en el norte por el espolón del monte Carmelo que llega incluso a adentrarse en el Mediterráneo en forma de promontorio. Tras los llanos de la costa, normalmente verdes a causa de las lluvias que trae el viento marítimo del oeste, viene en el tramo centro-sur una zona de colinas conocida con el nombre de la Sefela. A continuación tenemos un sistema montañoso, que sigue la dirección norte-sur, con alturas que apenas sobrepasan los mil metros, cordillera llamada montaña de Efraím y montaña de Judá respectivamente en sus tramos norte y sur. El paisaje es áspero y quebrado, perdiéndose el encanto y parte de la verde vegetación de la zona más próxima al mar.

2. Vista de Jerusalén desde el monte de los Olivos. En primer término se ve la explanada de las mezquitas con la Cúpula de la Roca y a la izquierda el Aqsa.

Las laderas al levante de este sistema montañoso son completamente distintas de las del poniente, pues enseguida se convierten en un paisaje desértico, surcado por profundos barrancos, por donde sólo corren las aguas los escasos días que llueve en invierno. Las nubes procedentes del Mediterráneo quedan detenidas en la cima de las montañas, dejando desolada y sedienta esta vertiente del este, a su vez expuesta a los cálidos y secos vientos que vienen del Gran Desierto siro-arábigo. Dicha falda montañosa se prolonga hasta el valle del Jordán. Este río corre, también de norte a sur, según el esquema orográfico general del país, pero en el fondo de una profunda fosa tectónica, hasta su desembocadura en el mar Muerto, cuya superficie se encuentra a más de 400 metros por debajo del nivel del Mediterráneo. 

Pues bien, en este esquema orográfico-climatológico, que tan peculiarmente caracteriza la mayoría del país conocido como Israel-Palestina, la ciudad de Jerusalén se levanta sobre la línea de cumbres de la montaña de Judá. La llamada Ciudad Vieja, todavía amurallada, está por término medio a unos 760 metros sobre el nivel del Mediterráneo, pero otros barrios periféricos, como Et-Tur en el monte de los Olivos, sobrepasan los 800 metros. Es bastante normal la existencia en el país de estas ciudades sobre las cumbres (Mt 5,14); tal es el caso de Belén, Hebrón, Ramala, o ya en el norte, en Galilea, cuyo esquema orográfico varía un poco, las ciudades de Nazaret y Sefat. No se trata simplemente de poblaciones edificadas sobre un cerro o montaña –éste sería el caso de Samaría–, sino de ciudades ubicadas en la misma línea de cumbres de la sierra. También es verdad que en ocasiones estas ciudades de montaña buscan el amparo de los altos valles, como sucede con Siló y Siquem, pero no éste el caso de Jerusalén. De ahí que la expresión «subir a Jerusalén», tan empleada en la Biblia como en el lenguaje actual del país (nadie «va» a Jerusalén, sino «sube»), es perfectamente adecuada a la realidad geográfica. Recuérdese al respecto la frase que los evangelios ponen en labios de Jesús: «Mirad que subimos a Jerusalén» (Mt 20,18; Mc 10,33; Lc 18,31). 

Ya hemos dicho que nuestra ciudad se asienta sobre una superficie muy irregular y quebrada. Para referirse a ella se habla de ciudad sobre colinas, por semejanza a las famosas siete colinas de Roma. Pero en el caso de Jerusalén no se trata propiamente de colinas, sino de diversas y variadas cotas de altura que la montaña va adquiriendo en esta zona, dando lugar a cerros y vaguadas. 

El clima de Jerusalén, encuadrado dentro de lo que se entiende por clima mediterráneo, ofrece caracteres especiales. El índice pluviométrico es muy elevado, entre 589 y 600 mm de lluvia anual, resultando muy por encima del de Madrid (400 mm) e incluso del de París (552 mm). Sin embargo, las lluvias no se producen a lo largo de todo el año, sino que se distribuyen ajustándose marcadamente a un estricto régimen de estaciones y son por lo general de carácter torrencial, lo que suele originar en los barrancos riadas tan copiosas como efímeras. 

Hacia principios de noviembre puede tener lugar un breve ciclo de lluvias, conocidas ya en la Biblia con el nombre de «lluvias tempranas» (Dt 11,14; Jr 5,24; Sant 5,7), que contribuyen al éxito de la siembra en los campos. Hacia finales de diciembre, pero normalmente iniciado el mes de enero, comienza la estación de las lluvias, que se prolonga durante el mes de febrero. Aunque no es lo normal, se dan casos en que las precipitaciones son en forma sólida, es decir, nieva en Jerusalén. A partir de los comienzos del mes de marzo el tiempo mejora y sólo se verá perturbado por otro pequeño ciclo de lluvias a finales de dicho mes o al comienzo de abril, que recibe el nombre bíblico de las «lluvias tardías», las cuales aseguran la cosecha. Desde entonces y por espacio de seis meses no vuelve a llover en Jerusalén. 

Los vientos, no precisamente violentos, que dominan en la ciudad y su entorno, son por lo general de componente oeste, es decir, vientos procedentes del Mediterráneo, frescos y húmedos. A veces, sin embargo, son sustituidos por vientos del este, que proceden del desierto. Entonces el ambiente se caldea y se reseca y no es raro que la atmósfera pierda su nitidez habitual, formándose una calima debida a la presencia de arenas en suspensión. Esta situación climática, que normalmente perdura algunos días, suele darse con preferencia en primavera o en otoño. El pueblo la conoce con el nombre de hamsim, por la falsa creencia de que el tiempo cálido va a prolongarse durante cincuenta días. 

En Jerusalén las temperaturas diurnas, cuando el viento del oeste no es fuerte ni trae lluvias, suelen ser elevadas, en tanto que las nocturnas siempre son bajas, salvo en los días de hamsim, ello debido principalmente a la altura. Esto quiere decir que las diferencias térmicas en una sola jornada pueden ser muy pronunciadas, lo que hay que tener en cuenta para apreciar el significado que tienen las medias termométricas. La media de abril a octubre es de 21,9 °C, y la de noviembre-marzo de 12,2 °C. Sin embargo, en pleno verano la temperatura diurna puede llegar fácilmente e incluso sobrepasar los 30 °C, mientras que esos mismos días la temperatura nocturna descenderá a 18 °C y aún a menos. Se ha dicho, atribuyendo a Jerusalén una expresión inicialmente aplicada a ciertos lugares del norte de África, que se trata de un país de clima frío con un sol abrasador, lo que realmente define muy bien el ambiente de la ciudad, donde durante gran parte del año es necesario protegerse del sol implacable, pero donde a su vez siempre habrá que contar con alguna ropa de abrigo para la puesta del sol, evento que se produce con rapidez, ya que el crepúsculo allí es brevísimo. 

La naturaleza del clima y la falta de ríos con corriente permanente ha influido, desde siempre, en la forma de aprovisionamiento de agua para el servicio de la ciudad. Como veremos más tarde, existen algunas fuentes naturales, pero ya desde la época helenística, cuando el uso de agua abundante se convierte en una exigencia del nuevo estilo de vida, el suministro ha tenido que ser resuelto mediante acueductos que conducían el agua desde muchos kilómetros de distancia. Sin embargo, el sistema tradicional de contar con agua ha sido, desde muy antiguo y llegando incluso hasta nuestros días, la reserva de la misma en cisternas excavadas en la roca, capaces de embalsar para todo el año el agua de la lluvia invernal. 

Jerusalén no está situada en un lugar demasiado estratégico, que constituya un punto clave en las comunicaciones de aquella zona del Oriente Próximo, como podría ser, por ejemplo, el caso de la antigua ciudad de Megiddo, levantada en el paso obligado del camino que desde Mesopotamia conducía a Egipto. La tierra de Palestina, entre el Mediterráneo y el Gran Desierto de Siria, ha sido desde siempre un punto de contacto entre civilizaciones. Pero la vía, por donde en la antigüedad se desplazaban las caravanas con mercancías procedentes de los principales centros de comercio y focos culturales, así como los formidables ejércitos de las grandes potencias, atravesaba la Galilea y continuaba junto a la costa, la llamada Via Maris (Is 8,23). Jerusalén, situada en lo alto de la cordillera, aun perteneciendo a este país de paso, quedaba un tanto desplazada de la ruta principal. No obstante, también existía un camino norte-sur a través de la montaña, que enlazaba entre sí las poblaciones serranas del país (Jc 21,19). En esta ruta, Jerusalén aparece como un bastión importante e insoslayable, que controla todos los desplazamientos y sirve a su vez de enlace entre la costa mediterránea, la depresión del Jordán y la extensa meseta transjordana. 

Todas estas observaciones son válidas no sólo para los tiempos antiguos, sino también, en cierta medida, para los modernos. Jerusalén es, pues, una ciudad que, aparte del significado de sus ancestrales connotaciones religiosas, debe ser retenida por cualquier potencia que intente dominar el país. Pero es que, además, la ciudad, debido a sus condiciones topográficas, es una plaza muy difícil de tomar, como repetidamente se ha demostrado a lo largo de la historia desde la más remota antigüedad hasta las guerras árabe-israelíes de 1948 y 1967. 

Jerusalén dista de la costa sólo unos 50 kilómetros en línea recta. Pero el acceso hasta la ciudad es complicado y penoso. Después de atravesar los llanos y la Sefela, comienza la subida a la montaña siguiendo el curso de estrechos valles, que a veces se tornan en verdaderas vaguadas. Al margen de las modernas vías de comunicación, hay tres caminos naturales, que llevan a la ciudad o descienden desde ésta, los cuales suponen las diversas alternativas que en épocas pasadas tomaban los viajeros y comerciantes o los ejércitos de ocupación. 

Partiendo de Jerusalén, tenemos el valle del nahal Soreq. Este arroyo nace junto a Beit Hanina, barrio actual del norte de Jerusalén, continúa descendiendo por barrancos, como el de Ain Karem (barrio al oeste de la ciudad, famoso por sus santuarios cristianos) y llega hasta la Sefela a la altura de la antigua Beth Shemesh, donde recibe dos afluentes, uno por el norte, el nahal Kesalon, que nace en Har Shemu‘el, y otro por el sur, el nahal Refa‘im, que nace junto a Beit Safata al sur de Jerusalén. La corriente fluvial desemboca en el mar junto a la antigua Yavne Yam, entre Tel Aviv y Ashdod. Éste es uno de los caminos que enlazan la ciudad de Jerusalén con la costa mediterránea y viceversa. 

Otro camino, el más famoso en la antigüedad, es la llamada bajada de Bet Horon. Tiene su comienzo en el norte, ya fuera de la ciudad, en el pequeño aeropuerto de Qalandiya, y desciende hasta el valle de Ayalón, donde el pequeño río de su nombre sigue su curso hasta desembocar en el río Yarkón, cerca de Tel Aviv. 

La tercera vía de descenso desde Jerusalén, o de acceso a ella, se encuentra al sur de la ciudad en las proximidades de Belén. Es el valle del Terebinto (Ha Ela), muy conocido en la Biblia. Las aguas de este arroyo desembocan en el nahal Lakhish, que a su vez vierte sus aguas en la costa cerca de la ciudad de Ashdod. 

En realidad, no se trata de caminos naturales bien delimitados, sino de rutas naturales, que a veces se pierden en un dédalo de wadis o barrancos de elección alternativa. Como episodios de referencia, diremos que el primero de los aquí señalados corresponde en la Biblia al itinerario seguido por el Arca de la Alianza, cuando ésta fue devuelta por los filisteos a Israel, recogida por los israelitas de Bet Shemesh, trasladada después a Qiriat Yearim (Abu Gosh), para ser finalmente subida por David a Jerusalén. El segundo camino es donde tuvo lugar la famosa batalla librada por Josué en Gabaón, cuando, según la tradición recogida por la Biblia, el sol se detuvo para dar tiempo a que los israelitas derrotaran por completo a sus enemigos. También varios ataques de las tropas greco-sirias de la época macabea siguieron esta ruta para subir a Jerusalén. El tercer camino corresponde a las escaramuzas entre israelitas y filisteos, en una de las cuales David habría matado al gigante Goliat. 

Para descender desde Jerusalén hacia el levante, al valle del Jordán, se puede contar con dos bajadas naturales a través de barrancos abruptos y desolados en medio del desierto. Son el wadi Qelt, que pasando al fin por Jericó, desemboca en el Jordán, y el nahal Og, que, tras atravesar diversos barrancos desemboca en el mar Muerto, al norte de Qumrán. La carretera actual busca una vía media fluctuando entre ambos caminos naturales. El primero de éstos tiene referencias en los evangelios, ya que es mencionado en la parábola del buen samaritano, que ayuda a un individuo víctima del ataque de los bandidos. Asimismo es la ruta seguida por Jesús, en su último viaje a Jerusalén, subiendo a la montaña desde Jericó. 

Finalmente, el paisaje de Jerusalén y su entorno viene ambientado por la naturaleza de la vegetación. Es frecuente que la roca caliza aflore en las quebraduras y lomas escarpadas, pero no falta la vegetación sobre todo de herbáceas, abundante y verde en la estación de las lluvias, y más rala y amarillenta en el período anual de sequía. Estaría totalmente fuera de lugar tratar de presentar aquí los nombres de las plantas más frecuentes. Sólo nos referiremos por su incidencia en la Biblia a los abundantes cardos (Mt 7,16), o a los lirios silvestres (Mt 6,2829). Entre los árboles hay que citar las encinas, los terebintos y los cipreses, así como el pino de Alepo. Hay también higueras, olivos y granados, así como alguna palma datilera. Aunque en el paisaje de Jerusalén, al menos desde una remota antigüedad, no ha habido verdaderos bosques, tampoco faltan pequeñas y medianas agrupaciones arbóreas y ejemplares más aislados aquí y allá, que dan un carácter amable al entorno, en drástico contraste con las laderas totalmente desiertas del levante, que ya se inician a menos de cinco kilómetros de la ciudad.

2. Topografía de la Ciudad Vieja

En un libro, que trata de la historia antigua de Jerusalén, estaría fuera de lugar hacer una descripción minuciosa del relieve de una ciudad tan dilatada hoy por zonas totalmente ajenas a lo que fuera la vieja ciudad. Por eso, dejando a un lado la Ciudad Nueva, que se extiende por amplios barrios hacia el norte y sobre todo al oeste, con construcciones que en el mejor de los casos no datan más allá de la segunda mitad del siglo xix, nos vamos a fijar en exclusiva en lo que se llama la «Ciudad Vieja», entendiendo por ésta no sólo la actual zona amurallada, sino también sus alrededores. Aquí es donde va a desarrollarse la historia que nosotros vamos a contar en este libro, por lo que es preciso familiarizarse previamente con el terreno y sus circunstancias, para poder comprender el desarrollo urbanístico de la ciudad, y así entender y situar los grandes acontecimientos que jalonan su fascinante historia. 

Jerusalén nace y se fundamenta sobre la confluencia de dos «wadis», es decir, ríos de cauces secos la mayor parte del año, encajonados entre barrancos. Son el Hinnom y el Cedrón. Estos estrechos y profundos valles, antes de su unión, determinan y circunscriben un espacio en alto, defendido naturalmente por todos sus lados salvo por el norte. Aquí se levanta la ciudad, tantas veces atacada y defendida a lo largo de milenios.

3. Topografía de Jerusalén en la zona de la Ciudad Vieja

El Hinnom o Ge Henna (la famosa gehenna o infierno) es un torrente que viene del barrio extramuros de la Mamilla, toma enseguida la dirección sur ciñéndose casi a las murallas de la Ciudad Vieja, a las que sobrepasa por el sur, para después dar un giro al este de unos 90° y llegar al fin a reunirse con el Cedrón. Éste nace al pie de la altura del barrio de Sheikh Jarrah en el norte, se mueve en dirección oeste-este, para girar después hacia el sur e iniciar el llamado valle de Josafat (Jl 4,2), que se encajona junto a la muralla actual y continúa hacia el sur hasta reunirse con el Hinnom, no sin antes haber recibido por su derecha el pequeño arroyo conocido con el nombre de Tyropéon que atraviesa y divide toda la ciudad amurallada. 

El torrente Cedrón, bien conocido por los evangelios (Jn 18,1), discurre, pues, entre la Ciudad Vieja a poniente y el monte de los Olivos al levante, y a continuación deja igualmente a levante (a la izquierda del arroyo) el llamado monte del Escándalo de cota mucho más modesta y sobre el que se asienta el barrio árabe de Silwan. 

Por su parte, el Hinnom, antes de unirse al Cedrón, deja al sur, sobre su ribera derecha en un alto, el campo de la Haqueldamá (Mt 27,8; Hch 1,19), más arriba del cual se encuentra el llamado monte del Mal Consejo, nombre que alude a un pasaje del Antiguo Testamento (2 Sm 17,1-14). Las aguas del Cedrón-Hinnom, tras un largo recorrido en dirección sureste, pasando junto al famoso monasterio de Mar Sabas, van a desembocar en el mar Muerto, algunos kilómetros al sur de Qumrán. Esto quiere decir que todas las aguas del Jerusalén antiguo pertenecen ya justo al comienzo de las laderas levantinas de la montaña, porque en realidad la línea de cumbres, divisora de aguas, pasa por la Ciudad Nueva a la altura más o menos de la calle King George V. No obstante y paradójicamente, la cota más alta de la sierra en estos contornos, tomando una altura aislada, se encuentra ya en este lado de la falda, y es, como hemos dicho, el monte de los Olivos con sus 815 metros sobre el Mediterráneo y 1.218 metros sobre el nivel del mar Muerto, nivel de base este último del sistema fluvial de la Jerusalén antigua. 

La vieja ciudad de Jerusalén, enmarcada pues por estos dos torrentes, presenta a su vez una superficie de relieve muy desigual. Como ya hemos dado a entender y ahora queremos recalcar, no se reduce tan sólo al actual recinto amurallado, que data de los tiempos del sultán Solimán el Magnífico (a partir de 1536), sino que también se extiende por el sur, abarcando otros terrenos, hasta los cauces de los citados torrentes. Comencemos por la ciudad amurallada, cuya planta tiene forma trapezoide. Para identificar bien sus partes, debemos señalar como punto de referencia los nombres de sus ocho puertas: 

Por el norte, en el centro, tenemos la puerta más bella y famosa, conocida con el nombre de Puerta de Damasco, ya que de ella partía el camino hacia esta ciudad. Los árabes la llaman Bab el-Amud o Puerta de la Columna, porque desde la época romana existió allí durante mucho tiempo un monumental pilar conmemorativo. En el mismo lienzo de muralla hacia el levante hay otra puerta más modesta, conocida como Puerta de Herodes, que los árabes llaman Bab es-Zahiré o Puerta Florida. Al poniente de la de Damasco, ya casi en la esquina donde la muralla girará al sur, se encuentra la Puerta Nueva, que, como su nombre indica, es relativamente moderna (1887) y carece de la belleza de las anteriores.

4. La Puerta de Damasco, a más bella de las puertas de Jerusalén. Aunque fue construida hacia 1537, aún se ve a la izquierda de la foto y en un plano inferior, uno de los arcos de la antigua puerta romana del siglo II d.C.

Por el oeste hay sólo una puerta, muy importante por cierto, que se llama Puerta de Jaffa y que los árabes la designan como Bab el-Halil, es decir, Puerta de Hebrón (Halil, que significa «Amigo», es la palabra con que se conoce al patriarca Abraham, «amigo de Dios», que da su nombre a Hebrón, la ciudad donde aquel vivió y está enterrado). La amplia puerta actual, junto a la antigua, se debe a que fue demolido un trozo de muralla en 1898, para que entrara solemnemente por allí el emperador alemán Guillermo II con su séquito.

5. La Puerta de San Esteban, también conocida como Puerta de los Leones, en la Jerusalén actual. Puertas y murallas datan de la primera mitad del siglo XVI.

En el lienzo sur de la muralla hay dos puertas: La más occidental recibe el nombre de Puerta de Sión, ya que a través de ella se sale a lo que impropiamente se ha llamado monte Sión. La más oriental es conocida por el nombre de Puerta de los Mogrobinos, a causa de que en sus proximidades había existido un barrio donde vivían gentes del norte de África. También se la conoce como Puerta del Estiércol. En el muro del este hay otras dos puertas: La que se encuentra más hacia el sur se halla tapiada y a través de ella debería accederse a la explanada del templo. Recibe el nombre de Puerta Dorada. La situada más al norte se llama Puerta de San Esteban y es conocida también por el nombre de Puerta de los Leones. Por ella sale el camino que baja al torrente Cedrón. 

Dentro de los muros, la ciudad está dividida en cuatro barrios bien diferenciados, no sólo por la tipología del caserío, sino principalmente por la diversa condición de sus habitantes. El barrio cristiano comprende el sector noroeste de la ciudad, y está delimitado por el Zoco –la arteria principal de la ciudad de norte a sur–, desde la Puerta de Damasco hasta su cruce perpendicular con la calle de David que muere en la Puerta de Jaffa. En el interior del barrio se encuentra la iglesia del Santo Sepulcro. A continuación, en el suroeste de la ciudad, tenemos el barrio armenio, en cuyo extremo se halla la Puerta de Sión. En él se encuentra la Ciudadela. En el ángulo sureste de la ciudad está el barrio judío, totalmente reedificado después de la guerra de los Seis Días. En él se halla la Puerta de los Mogrobinos y el Muro de las Lamentaciones. El cuadrante nordeste constituye el barrio musulmán, al que se añade por el sudeste la explanada del templo con sus mezquitas (Haram es-Sharif). Se accede desde el exterior por las puertas de Herodes y San Esteban.

6. La Ciudad Vieja actual con sus murallas, puertas y barrios.

Hemos creído necesario hacer todas estas precisiones sobre la Ciudad Amurallada con el fin de que el lector se oriente y pueda después seguir con facilidad las alusiones y localizaciones que continuamente van a darse a lo largo de este libro. Volviendo al tema del relieve del suelo sobre el que está edificada la Ciudad Vieja, diremos que existen dos alturas significativas que conforman el aspecto de todo el conjunto: En el levante el llamado monte del Templo que corresponde a la actual explanada de las mezquitas sobre el torrente Cedrón. En el poniente el monte Sión, que comprende el barrio armenio y se prolonga fuera de los muros por el sur asomándose al Hinnom. A esto se le llama «Ciudad Alta», puesto que domina sobre todo lo demás. El monte del Templo se prolonga por el sur fuera de las murallas, perdiendo altura. Es la loma que suele llamarse Ciudad de David o también Ofel, si bien esta última denominación en sentido estricto sería sólo aplicable al cuello que une el monte y la loma. Entre éstos y el monte Sión hay una profunda vaguada que lleva el nombre de Tyropéon.

7. Vista parcial de Jerusalén, con la explanada de las mezquitas y, al fondo, el monte de los Olivos en el que se aprecia la torre del convento ruso.

El norte de la Ciudad Vieja está menos caracterizado en cuanto al relieve, si bien penetran dentro del recinto amurallado, tanto por el noroeste como por el nordeste, sendos cordales o crestas que provienen del exterior. El de levante forma parte del cerro conocido con el nombre de Bezetha. Esta falta de definición topográfica por el norte, a diferencia del resto, ha constituido tradicionalmente el punto débil en la defensa de la ciudad. Por ahí han solido penetrar los ejércitos conquistadores, y esa ha sido la zona donde se han concentrado las más importantes obras de amurallamiento. 

Muy importante para una población antigua es la localización de sus fuentes o manantiales de agua. Ya hemos dicho que en Jerusalén el suministro principal proviene, desde siempre, de las numerosísimas cisternas que guardan el agua de la lluvia. No obstante, en la Ciudad Vieja han existido y existen aún dos fuentes naturales, que han desarrollado un papel decisivo en la historia de Jerusalén. Son la fuente de Gihon (pronúnciese [guijón]) y la de En Rogel. La primera se encuentra al pie del Ofel cerca ya del torrente Cedrón. La segunda está aguas abajo muy poco después de la confluencia entre los wadis Cedrón y Hinnom. 

Tanta prestancia tenían estas fuentes que, según la historia deuteronomista, allí era donde tenía lugar la consagración de los reyes. En la fuente de En Rogel se celebró un sacrificio de ovejas y bueyes para que el sacerdote Abiatar ungiera por rey a Adonías, hijo de David, sin el consentimiento de éste (1 Re 1,5-9). Cuando se enteró de ello el anciano David, mandó al sacerdote Sadoc y al profeta Natán que bajaran a la fuente de Gihon y que allí ungieran por rey a su otro hijo Salomón (1 Re 1,32-40).

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Smith, G. A., Geografía histórica de la Tierra Santa, Edicep, Valencia 1985.

3

Jerusalén antes de los jebuseos

«Jerusalén, la ciudad que me elegí para poner allí mi nombre» (1 Re 11,36).

Hace pocos años el gobierno de Israel celebraba con gran pompa el tercer milenario de Jerusalén. Esto es correcto si hablamos de la ciudad como capital del Israel histórico, pero, en realidad, Jerusalén como ciudad es mucho más antigua, pues ya existía perfectamente amurallada y citada en las fuentes literarias por su nombre, hace 4.000 años. Si, por el contrario, nos fijamos sólo en Jerusalén como lugar permanente de habitación y asentamiento de las gentes que integraban un poblado, debemos hablar de una antigüedad que se remonta a 7.000 años. 

Vamos, pues, a seguir paso a paso este fascinante y dilatado devenir, la historia de una de las ciudades más famosas de nuestro planeta. 

Durante el Paleolítico Inferior, hace más de 200.000 años, algunos grupos humanos de cazadores frecuentaron la zona de Jerusalén, especialmente la parte de la Ciudad Nueva, en la que comienza la caída de las aguas hacia el Mediterráneo. Nos estamos refiriendo al suroeste de la Ciudad Vieja, donde, en la antigua colonia griega o barrio de Emeq Refaim, M. Stekelis descubrió en 1933 un yacimiento estratificado que contenía abundantes utensilios de sílex, entre ellos algunas de las llamadas hachas de mano, atribuidas al período Achelense antiguo. Las excavaciones prosiguieron en 1962 por cuenta de B. Arensburg y O. Bar-Yosef. 

Pero los verdaderos comienzos del asentamiento, que después se convertirá en ciudad, tuvieron lugar mucho después, en el Neolítico, y están relacionados con la fuente de Gihon, punto clave para entender toda la posterior historia de Jerusalén, a la que ya nos hemos referido en el capítulo anterior. Se trata de un manantial abundante, aunque intermitente, pues mana durante unos 40 minutos cada 6 u 8 horas. Actualmente su acceso está casi al nivel del suelo del torrente Cedrón, en medio de un paisaje más bien hosco y árido. Pero este ambiente de hoy no se corresponde con lo que fue la fuente de Gihon durante la antigua historia de la ciudad y, con más razón, en los tiempos prehistóricos. El fondo del barranco estaba entonces unos 20 metros más profundo, ya que los derrubios modernos son los que han ido rellenando la vaguada hasta tal y como la vemos hoy. Era, pues, entonces un estrecho valle muy profundo con abundante y verde vegetación, ya que a las aguas que el torrente conduce los días lluviosos de invierno, se unía el agua que siempre manaba y desbordaba de la fuente de Gihon. 

Para gentes que ensayaban los primeros cultivos y poseían ganados, los alrededores de la fuente y la amplia loma contigua por el poniente (el Ofel) era el lugar ideal para establecerse de forma permanente. Y esto sucedió, como hemos dicho, en el vi milenio a.C., a juzgar por las cerámicas neolíticas halladas en aquellos contornos por R. A. S. Macalister y J. G. Duncan en las excavaciones arqueológicas allí llevadas a cabo entre 1923 y 1925. 

En el v milenio a.C., que corresponde al período Calcolítico, parece que se consolida la presencia humana sobre la loma del Ofel. Se han descubierto abundantes restos, sobre todo de cerámica, los cuales sólo se han localizado barridos e incrustados en las grietas de la roca, pues en realidad no ha podido reconocerse in situ el piso de ocupación correspondiente a esta época.