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Esta edición, hermosamente ilustrada por Juanma Pérez, recoge por vez primera en castellano todos los poemas de Thoreau, gran conocedor de la tradición poética clásica e inglesa. Los poemas son el registro de sus pensamientos más nobles y una prueba de aquella escritura deliberada y reservada que configura todo un método de estudio y composición en "Walden". Aunque Thoreau escribió pocos versos, la figura del poeta, como precursor del filósofo, estuvo siempre presente en su pensamiento. Naturalizar al lector, antes que espiritualizarlo, sería el propósito de quien pretendía llevar la cualidad salvaje a los lugares que visitaba para comunicarles su estado de "promesa floreciente". Esa promesa, como el sabor del "fruto boreal", está concentrada en cada uno de sus versos.
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Seitenzahl: 191
Veröffentlichungsjahr: 2018
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HENRY DAVID THOREAU
Poemas
Edición de Javier Alcoriza
Traducción de Javier Alcoriza
INTRODUCCIÓN
Frutos boreales
ESTA EDICIÓN
BIBLIOGRAFÍA
POEMAS
Se cuenta que en días de antaño el nadador aliso
Fair Haven
Canción de los viajeros
La vida es un día de verano
Adoro un arroyuelo indolente
Lápices para corregir y manos para guiar
Cada sonido del verano
Amistad
Cuando el mediodía atónito se ha detenido en el valle y la colina
Los azulejos
Canción de mayo
Walden
Verdad, Bondad, Belleza, esas celestiales trillizas
Extraño que tantos dioses volubles,tan volubles como el tiempo
En las bulliciosas calles, dominio del comercio
Conocía a un hombre de vista
Cliffs
Mis botas
Mediodía
Fair Haven
El deshielo
Mientras anoche miraba con los ojos cerrados
Amor
Los hechos del rey y del humilde podador
Pronto resultará si vemos
El Viento de la Tarde
El repique de las campanas
El alcaudón
Simpatía
El Libro de Gemas
El Assabet
La Invitación de la Brisa
Estrofas
El adiós del amor
Cada nota más melodiosa que oigo
El hijo del pescador
Amistad
La avenida
La demora del poeta
Lluvia de verano
La Aurora de Guido
He oído de noche la bomba del vecino
Quien duerme de día y camina de noche
Cuando canté con pálidas mejillas y ojos hundidos
Me levanté antes del alba
En la noche más oscura me guían
Los amigos
Cuando yazgo en una cala
Aquel que oye al párroco
Sic Vita
No esperes a que te invite, sino observa
Amistad
Del sol que sale por la tarde
Los que abajo me preparan la comida
Mi terreno es alto
Si no te apartas de tu precio
La muerte no puede adelantarse
Las montañas en el horizonte
Las agujas del pino
El eco de la campana del Sabbath
Bajo en el cielo oriental
Mi vida ha sido el poema que habría escrito
A las montañas
Lo profundo de la tristeza es mayor
Donde he estado
Mejor esperar
Independencia
Canto del gallo
Inspiración
La estación del alma
La caída de la hoja
Retraso
Inspiración
He buscado mis facultades por saber
Quien iguala la prisa del cobarde
El verderón
No canta el cobarde canción alguna
Solo el esclavo conoce al esclavo
Gran Dios, la moneda menos vil que pido
La mañana interior
En el circuito de esta pesada vida
A Edith
Demora en la amistad
En vano suena el pacífico jolgorio
Entre el viajero y el sol poniente
¿No tenéis trabajo para un hombre?
Navegué por un río con viento a favor
Me hicieron erecto y solitario
No estoy solo
Nuestro país
Por favor, ¿a qué tierra pertenece este dulce frío?
La verdadera amabilidad es una afinidad pura y divina
Al fin sopla el viento del norte
No esperéis hasta que los esclavos
La campana fúnebre
A veces oigo el clarín del tordo
Tú, oscuro espíritu del bosque
No indolente alza su cabeza el Wachusett
Naturaleza
Godofredo de Bouillón
El conejo salta
Soy el sol otoñal
Dondequiera navegues, tras navegar conmigo
Nací en tu orilla fluvial
Salmon Brook
La luna domina ahora absoluta
Amigos, ¿por qué deberíamos vivir?
Noto el rápido declive del verano
Mi amor debe ser tan libre
La luna
Rumores de un arpa eolia
Sobre los hombros giraba de una órbita excéntrica
Por encima del arco
Creo que con mi estricta conducta
He rodado cerca de la senda de otros espíritus
Niebla
Qué poco curioso es el hombre
Al cometa
Neblina
Humo
A un ave extraviada
La partida
Hermano, ¿dónde moras?
Todas las cosas suelen estar
Sobre campos por los que ha pasado la mano del segador
Epitafio de un Grabador
Epitafio de un Barrigón
Epitafio de un Buen Hombre
Epitafio
Epitafio del Mundo
El perezoso humo asciende desde un valle profundo
En Ponkawtasset, desde que marchamos
A un halcón de marisma en primavera
Gran amigo
La oferta
La mañana
El amigo
Demos gracias a la raza ciega
Me ordenáis cumplir con toda virtud siempre
Os he visto, hermanas, en la ladera de la montaña
Allá voy, allá voy, a una lejana orilla
El héroe
A medianoche levanté la cabeza
Busco el presente
Decidme, sabios, si podéis
Contemplad estas flores
Amigos míos, mis nobles amigos, sabed
La tierra
Ahora «ni guerra ni son de batalla»
Tal agua destilan los dioses
Que se muera y sea enterrado quien quiera
He visto algún carihelado de Connecticut
Esos detalles íntimos tuvimos
Viajar
Las Atlántidas
La conciencia es instinto nutrido en casa
Ese Faetón de nuestro día
Invierte una época en afilar tu deseo
Vemos caer el planeta
No debería importarnos que en nuestro oído sonara
Los hombres dicen saber muchas cosas
Lejos, lejos, más lejos
En el este se gana la fama
¿Cómo podemos confiar en los buenos?
Grecia
Pobreza
Los compañeros respetables
Adiós
Aunque se cazaban conejos en los aleros
Amigos de Boston y pueblo de Roxbury
Obedeceré la más estricta ley del amor
Tocó la campana hoy
Y de nuevo
El camino de Old Marlborough
Vieja campana de la casa
Es un lugar auténtico
Entre los peores hombres que hayan vivido
¿Qué es la vía férrea para mí?
Alta ambrosía
Es muy apropiado que la ambrosía de los dioses
Vi una flor delicada que levantaba dos pies
Hoy ascendí una hermosa colina redonda
Soy el niñito irlandés
Con la caída de Adán
Vida
La luna sube por su suave y brillante camino
Doy gracias porque mi vida no se engaña
Hombría
Música
Los justos vueltos perfectos
No temo que muera mi pensar
Me alegra que te quedes
El hombre, el hombre es el diablo
No solo debes apuntar bien
No conoce el cambio quien conoce la verdad
Cuando comiencen los brindis
El paro
Hace treinta años
Siempre en mi sueño y en mi pensamiento matinal
Salvo, de regreso, por el Marlboro
La Rosa SanguÍnea
Cualquier necio puede dictar una norma
Todas las cosas decaen
ILUSTRACIONES
CRÉDITOS
Thoreau en 1856. Daguerrotipo de B. W. Maxham
Su poesía podía ser buena o mala. Sin duda, le faltaba facilidad lírica y destreza técnica, pero tenía la fuente de la poesía en su percepción espiritual. Era un buen lector y crítico, y su juicio sobre la poesía alcanzaba a su fundamento. No podía engañarse respecto a la presencia o ausencia del elemento poético en composición alguna, y su sed de ese elemento le hacía negligente y tal vez desdeñoso de las gracias superficiales. Podía pasar junto a muchas delicadas rimas, pero habría detectado cualquier vivaz estrofa o verso en un volumen, y sabía muy bien cómo dar con un encanto poético igual en prosa. Estaba tan enamorado de la belleza espiritual que en comparación tenía en poca estima los poemas realmente escritos. Admiraba a Esquilo y Píndaro, pero cuando alguien los elogiaba decía que «Esquilo y los griegos, al describir a Apolo y Orfeo, no habían generado canto alguno, o ninguno bueno. No deberían haber movido los árboles, sino haber cantado a los dioses un himno que, una vez cantado, sacara las viejas ideas de sus cabezas y les metiera otras nuevas».
EMERSON
El verdadero poema no es el que el público lee. Existe siempre un poema no impreso sobre papel, que coincide con la producción de este, estereotipado en la vida del poeta: aquello en lo que se ha convertido a través de su trabajo. La pregunta no es cómo puede expresarse la idea en piedra, o sobre un lienzo, o en papel, sino hasta qué punto ha obtenido forma y expresión en la vida del artista. Su verdadero trabajo no estará expuesto en la galería de ningún príncipe.
THOREAU
ESTE no es un libro para lectores de poesía, sino para los lectores de Thoreau. En realidad, ni siquiera es un libro, o no fue concebido como tal por su autor. El volumen recoge todos los poemas de Thoreau, publicados durante su vida e inéditos. Los poemas publicados aparecieron en revistas o formaron parte de sus libros1. Thoreau, que fue deliberado y reservado tanto en la escritura como en la publicación de sus obras, no tuvo la intención de publicar sus versos conjuntamente. Es la calidad de su escritura la que ha llevado a reunirlos y a considerar que forman una parte muy apreciable de su producción literaria. Son los poemas de un filósofo, o de un poeta filosófico. Las líneas maestras del pensamiento de Thoreau son reconocibles en estos versos, que abarcan temas variados. Pero el tema no es nada, como diría su autor, mientras que la vida lo es todo. La filosofía profesada por Thoreau —o como lo denomina el editor canónico de sus poemas, su «poder seco, oblicuo»— trasluce en cada página escrita por él, ya sea en verso o en prosa. Por eso comenzamos, con cierta exageración, señalando que este no es un libro para lectores de poesía2.
Podríamos añadir que es, en todo caso, un libro para lectores de poetas filosóficos, entre los cuales figura junto a su maestro y amigo Emerson. También los poemas forman parte esencial del pensamiento de Emerson, son los pórticos y la clave de sus ensayos filosóficos. Emerson y Thoreau son poetas filosóficos en el sentido en que pudo acuñar a posteriori el término George Santayana, que fue también un notable poeta:
En la filosofía misma los razonamientos y las investigaciones no son sino partes preparatorias y subordinadas, medios para alcanzar un fin. Culminan en la intuición o en lo que, en el más noble sentido de la palabra, puede llamarse teoría, es decir, una firme contemplación de todas las cosas según su orden y valor. Tal contemplación es de tipo imaginativo. No puede alcanzarla nadie que no haya ensanchado su mente y amansado su corazón. El filósofo que llega a ella es, por el momento, un poeta. Y el poeta que dirige su apasionada imaginación hacia el orden de todas las cosas o hacia algo que se refiere al conjunto es, por el momento, un filósofo3.
No obstante, en la galería de poetas filosóficos de Santayana, formada por Lucrecio, Dante y Goethe, no había ningún americano (como tampoco lo hubo entre los hombres representativos de Emerson). La distancia respecto a la «tradición gentil» —el trasfondo puritano del pensamiento en América— explicaría por qué Santayana (que consideró a Emerson un poeta más que un filósofo) no se pudo tener a sí mismo como poeta filosófico americano. Thoreau respondería, a mi juicio, a esa categoría, aun cuando el propio Emerson manifestó dudas sobre la calidad de sus versos.
La noche pasada Henry Thoreau me leyó unos versos que resultaron gratos, si no por la belleza de ciertas líneas en particular, por la honesta verdad, y por la longitud del vuelo y la fuerza del ala; pues la mayoría de nuestros poetas son solo escritores de versos o de epigramas. Estos de H. T. al menos tienen fuerza ruda, y no llegamos al fondo de la mina. Su defecto es que el oro no fluye aún puro, sino con escoria y crudo. El tomillo y la mejorana aún no se han convertido en miel, su asimilación es imperfecta... Pero es un gran placer tener también poesía de segundo grado, y amasarla aquí como en otros casos compensa por la cualidad superior, porque me veo estimulado y regocijado como quien ve descargar en el muelle un cargamento de conchas, cajas y cajones de conchas marinas, cipreses, piñas, neritas, cardos, múrices, aunque no haya ninguna ostra de perla ni una concha de gran rareza y valor entre ellas4.
Estamos acostumbrados a separar esas dos facetas, la poética y la filosófica, a la hora de juzgar las obras literarias. Incomoda pensar (al menos con espíritu clasificatorio) en un poeta que es al mismo tiempo un filósofo, más allá de que el verso pueda emplearse para obras narrativas, dramáticas o líricas. Sin embargo, el filósofo o el poeta usarán tanto el verso como la prosa, y la unidad de su pensamiento («inalcanzada, pero alcanzable», como la América emersoniana) podrá interpretarse como cifra o símbolo de la integridad de la naturaleza humana, que no admite cortes artificiales sobre su materia viva5.
Resulta a propósito evocar aquí la apreciación que hace J. M. Murry de la obra del filósofo ruso Lev Chestov. El trabajo filosófico de Chestov era indisociable, decía Murry, de sus observaciones sobre literatos como Chéjov. Murry menciona a Platón, en concreto La república, para refrendar su argumento sobre «el sentido de la conexión viva entre todas las grandes actividades del alma humana»:
Lev Chestov no es lo que llamaríamos un filósofo, tampoco lo que entendemos por un ensayista. Los rusos, tanto grandes como pequeños, no son nunca lo que entendemos con los términos que les aplicamos nosotros, víctimas de la tradición. En un centenar de años han logrado una evolución que entre nosotros se ha desplegado lentamente en mil. Los fundamentos mismos de su logro son nuevos y se encuentran en la memoria del hombre. Donde hemos dividido un arte de otro, y de la ciencia y la filosofía, y dado a cada uno un nombre, los rusos aún tienen el sentido de la conexión viva entre todas las grandes actividades del alma humana. Para nosotros esta conexión demasiado a menudo queda oculta por la tiranía de los nombres. Hemos llegado a creer, o al menos nos tomamos grandes molestias para no creer, que el nombre es una realidad particular, que confundirlo con otro nombre es un crimen. En verdad, las energías del alma humana no están divididas entre sí por tales barreras infranqueables: fluyen de una a otra de manera indistinguible, se modifican, controlan, apoyan y determinan entre sí. En su gran unidad son reales; aisladas, parecen colocadas de manera incómoda entre lo real y lo irreal, y resultan engañosas y medias verdades. Platón, que fue el primero en descubrir la milagrosa jerarquía de los nombres, aunque a veces se embriagaba con el nuevo vino de su descubrimiento, nunca olvidó que la unidad del alma humana era el resultado final de su diversidad; y los que leen correctamente el más perfecto de todos sus libros —La república— saben que es una parábola que presagia la completa armonía de todas las actividades del alma6.
Al examinar esta cuestión tal vez pueda plantearse el parangón entre lo que significaban los autores rusos para el crítico inglés y lo que significa Thoreau para los propios norteamericanos, o los escritores del American Renaissance para nosotros. Thoreau reclamaría esa visión unificada de la naturaleza humana sobre todas sus páginas. Sin embargo, la dificultad podría estar, con estas premisas, en el expediente de la expulsión de los poetas del régimen formulado por la filosofía platónica. Por otra parte, no es menos evidente el papel que la poesía, en especial Homero, ha tenido en las conversaciones socráticas de La república. La relación entre filosofía y poesía no es inequívoca en Platón, el cual se valía además del diálogo literario, una forma de dramatización, para presentar su propia investigación sobre las ideas.
La necesidad de un orden político en la ciudad antigua, garantizado por un gobierno ejercido o asesorado por los filósofos, habría quedado reemplazada en una república moderna como la americana por la necesidad prioritaria del gobierno de sí mismo, de exigir un principio regulador en la conducta de nuestra vida. El cristianismo, como factor civilizador, habría jugado un papel crucial en la inversión de estos términos, en torno a los cuales se ha desplegado la actividad de los filósofos políticos7. La inversión de valores iniciada y consolidada en la modernidad habría tenido además su repercusión en el papel reservado para la filosofía y la literatura en la educación de los ciudadanos. En lugar de situarse en lo alto del cuerpo político, como propugna Platón, la posición del filósofo —al igual que, en general, el papel de las Humanidades en el diseño educativo— ha quedado cuestionada en la época moderna, en la que priman las cuestiones prácticas asociadas al saber científico y tecnológico. Esta transformación era ya el presupuesto del diagnóstico elaborado por Matthew Arnold en su debate con T. H. Huxley sobre la postergación de los contenidos literarios frente a los científicos en el diseño del currículum universitario8.
La necesidad de las letras humanas, que es como de verdad se las llama, porque sirven al deseo supremo de los hombres de que lo bueno esté siempre presente para ellos, la necesidad de las letras humanas para establecer una relación entre los nuevos conceptos y nuestro instinto de belleza, nuestro instinto de conducta, se ha vuelto más visible. La Edad Media podía prescindir de ellas, al igual que podía prescindir del estudio de la naturaleza, porque su supuesto conocimiento fue concebido para involucrar sus emociones poderosamente. Si damos por hecho que el presunto conocimiento desaparece, su poder de haber sido concebido para involucrar las emociones obviamente desaparecerá con él, pero las emociones mismas, y su exigencia de ser involucradas y satisfechas, permanecerán. Ahora bien, si averiguamos por experiencia que las letras humanas tienen un poder innegable para involucrar las emociones, la importancia de las letras humanas en la educación del hombre no se vuelve menor, sino mayor en proporción al éxito de la ciencia moderna al extirpar lo que llama «pensamiento medieval».
El retroceso social del cristianismo en el siglo XIX, o el avance del escepticismo como consecuencia de aquella «extirpación», habría puesto a la defensiva a los estudiosos de la poesía, que veían en ella un sustituto de la religión, como ocurre con Arnold. También Ruskin, que advertía con preocupación el éxito de la coartada que el «cristianismo imaginario» ofrecía a sus codiciosos compatriotas, vio en la imaginación el mejor expediente para compensar la fe perdida. La apreciación del arte debía regenerar una fuente de convicciones casi agotada por los prejuicios modernos sobre un esquema de bienestar social concebido al margen de los valores que satisfacían las auténticas necesidades humanas. Sin embargo, el punto de vista de Arnold o Ruskin no abarcaba el horizonte americano en el que trabajaron Emerson y Thoreau, dispuestos a liberalizar la fe de los hombres9:
Sería de gran utilidad reunir en una colección impresa las Sagradas Escrituras de las diferentes naciones —las chinas, las hindúes, las persas, las judías y otras—, como Escrituras de la humanidad. Quizá el Nuevo Testamento aún esté demasiado presente en los labios y en los corazones de los hombres como para llamarse «Escritura» en este sentido. Tal yuxtaposición y comparación podría servir para liberalizar la fe de los hombres. Se trata de un trabajo que sin duda el Tiempo acabará editando, reservado para coronar la obra de la imprenta. Esta sería la Biblia, o Libro de Libros, que permitiría a los misioneros llegar a los lugares más elevados del planeta.
Thoreau escribió que las casas de Nueva Inglaterra no se habían edificado sobre las cenizas de una civilización anterior. Es obvio que esa independencia de criterio, que predicaba la indiferencia de todos los lugares, así como la afirmación de que el nativo es el mejor lugar para vivir —porque «el poeta echa sus mejores raíces en su tierra natal»— no implicaría de entrada un menosprecio de la herencia cultural, pero para los escritores americanos los sepulcros de nuestros antepasados —o «lo que nuestros padres nos han contado»— no se sobrepondrían a las propias expectativas, que son las de la naturaleza humana10. En América habría sido absurdo creer que la poesía venía a tomar el relevo de la religión, cuando fe y fidelidad seguían siendo palabras que formaban parte de una lengua común entre poetas y lectores, como vemos en las cartas de Thoreau11. Atender a las intimaciones de la adoración, por encima del culto, habría sido una de las nuevas vías abiertas para el trabajo poético, así como evitar en la ciencia el cultivo de un interés ajeno al observador de los fenómenos naturales.
Me establecí a la orilla de una pequeña laguna...
Estaba tan hundido en los bosques
que la orilla opuesta a media milla, cubierta por los árboles,
como el resto, era mi horizonte más lejano.
La ausencia de sustrato de historia antigua y feudal, omnipresente en Europa, habría hecho que los escritores pusieran sus ojos en el mundo natural y en las nuevas instituciones políticas de las que la sociedad había de servirse para su gobierno12. La filosofía encontraría una puerta abierta en América al tránsito y el contraste entre la historia natural y la teoría política13. Con esa perspectiva, recuperar para la fe o descubrir para la razón el mundo en que vivimos son hitos incuestionables del pensamiento de Thoreau. Al respecto, era de esperar que el viejo debate entre los géneros literarios o entre poesía y filosofía adoptara otros términos, o que fuera tan sugerente como problemático tratar de definir lo que es un escritor americano. América sería un nuevo contexto para estudiar los antiguos fenómenos de la sociología literaria. Lo dicho debería permitirnos señalar que la innegable calidad literaria de Thoreau es un criterio inferior, con todo, a su proyección filosófica o «el punto de vista de la maravilla y el asombro», que lleva consigo un sentido de la incomodidad o limitación o dependencia inherente al hecho de escribir14. La forja misma del escritor en América está por hacer, de manera que todo lo que parecen preparativos y todo lo que resultan logros de su actividad siguen una misma dirección. El arte, según Emerson, es el camino del artista a su trabajo.
No ha habido nube tan rara que no haya caminado solemne
y no se haya mirado en tu rostro doblemente hermosa.
Así, con esa reserva insuperable respecto a la escritura misma, lo que Thoreau se proponía era al menos, como decía en Walden, un relato sencillo y sincero de su propia vida15. Hay marcas de lectura y escritura en todas las obras de Thoreau, y no olvidemos que su mayor empresa literaria fue la composición de su ingente Diario, de manera que es la conversación entre escribir y vivir lo que constituye la fibra irrompible de sus composiciones16. La expresión máxima de esa conversación sería el Diario, su gran «meditación sobre la naturaleza», mientras que las memorables expresiones mínimas serían los poemas, en cada uno de los cuales se ha proyectado un pensamiento o ha tomado cuerpo una vivencia del autor, por lo que Emerson indicó famosamente que la biografía de Thoreau estaba en su poesía: «¿No está el poeta destinado a escribir su biografía? ¿Hay mejor trabajo para él que llevar un buen diario?»17.
Entre el Diario y los poemas se situaban los ensayos y las obras de Thoreau, con la misma intención reformadora de abrir los ojos o despertar a sus vecinos, el pueblo americano que no dejaba de ser un público susceptible de ser educado, de tener el protagonismo democrático que el autor exigía, según el cual las hazañas del pasado tenían valor solo en caso de ser emuladas en la circunstancia actual:
¿Cómo puede ser que aquello que está realmente en nuestro presente, transpirando, sea percibido por nuestro sentido común y nuestro entendimiento como algo vacío, baldío, sin halo, sin el esmalte azul que el aire le da? Pero dejemos que venga o se vaya e inmediatamente lo veremos idealizado... El poeta tiene la facultad de ver las cosas presentes como si fueran pasadas y futuras, desde una distancia que les confiere su significado universal18.
Leídos así, algunos poemas de Thoreau son, podría decirse, poemas de otros poemas («Homero tuvo su Homero»), o se inscriben en una línea de sucesión que no tiene que ver con coordenadas históricas, como las empleadas habitualmente para catalogar a un escritor19. Pero la suya no fue una empresa aislada, según vemos al apreciar el alcance de un poeta como Walt Whitman, al que Thoreau conoció en su tiempo y cuyo «toque de trompeta» estimó de manera más acertada, a mi juicio, que el más agudo de los críticos americanos del siglo XIX
