Popper y Kuhn - Moulines, C. Ulises - E-Book

Popper y Kuhn E-Book

Moulines, C. Ulises

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Las revolucionarias teorías científicas de principios del siglo XX (las teorías de la relatividad de Einstein y la mecánica cuántica) contribuyeron de forma decisiva a la eclosión de la filosofía de la ciencia, que se ha convertido desde entonces en una de las ramas centrales de la disciplina. En ese proceso, destacan por encima de todas dos figuras clave, que con sus aportaciones han modelado nuestra manera de entender la ciencia y el conocimiento: Karl Popper y Thomas Kuhn son indiscutiblemente los dos filósofos de la ciencia más influyentes. El primero concibió una nueva metodología científica, el falsacionismo, según la cual la principal misión de la investigación consiste, no en verificar las teorías científicas, sino en falsarlas, es decir, buscar casos concretos que las refuten. En el campo de las ideas sociales y políticas, Popper desplegó una crítica sistemática de toda forma de totalitarismo. Por su parte, Kuhn alcanzó gran renombre por su interpretación del desarrollo histórico de la ciencia como una sucesión de paradigmas, cada uno de los cuales guía la investigación durante un largo periodo hasta que entra en crisis y es sustituido, a través de una revolución científica, por un nuevo paradigma inconmensurable con el primero. Los enfoques respectivos de Popper y Kuhn son muy opuestos, y la polémica entre ambos autores desempeñó un papel significativo en la filosofía de la ciencia de la segunda mitad del siglo pasado. En este libro Carlos Ulises Moulines, uno de los filósofos de la ciencia más importantes de nuestro tiempo, ofrece al lector una apasionante aproximación a la vida y el pensamiento de los dos gigantes de la disciplina.

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Seitenzahl: 181

Veröffentlichungsjahr: 2023

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POPPER Y KUHN

POPPER Y KUHN

Dos gigantes de la filosofía de la ciencia del siglo XX

C. ULISES MOULINES

Popper y Kuhn. Dos gigantes de la filosofía de la ciencia del siglo XX

© C. Ulises Moulines, 2015.

© de esta edición, Shackleton Books, S. L., 2023.

@Shackletonbooks

www.shackletonbooks.com

Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Diseño: Kira Riera

Maquetación edición papel: reverté-aguilar

Conversión a ebook: Iglú ebooks

© Fotografías: todas las imágenes son de dominio público a excepción de las de ullstein bild / Getty Images, Shutterstock.com y Bill Pierce / Getty Images.

ISBN: 978-84-1361-266-9

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Prefacio

En este libro se analizan y comparan las concepciones de los dos filósofos de la ciencia más influyentes del siglo XX: Karl Popper y Thomas ­Kuhn. Su influjo alcanzó (y todavía alcanza) mucho más allá del estrecho círcu­lo de la filosofía académica. En el caso de Popper, un gran número de representantes connotados de las ciencias naturales, de las ciencias sociales y de la política se han declarado explícitamente «popperianos» o han reconocido su deuda intelectual para con Popper. Ejemplos notorios son el astrofísico Hermann Bondi, el Premio Nobel de Biología Jacques Monod, el Premio Nobel de Economía Friedrich von Hayek, el historiador del arte Ernst Gombrich, el excanciller alemán Helmut Schmidt o el financiero multimillonario George Soros. Todos ellos, y muchísimos más, han considerado que la metodología científica desarrollada por Popper y/o sus propuestas sobre el mejor modo de reformar la sociedad revelaron ser una guía esencial para sus propias reflexiones y su trabajo. En cuanto a ­Kuhn, sus escritos sobre la dinámica del cambio científico no solo han tenido un profundo impacto en la filosofía de la ciencia de la segunda mitad del siglo XX, sino que también han contribuido decisivamente al establecimiento de toda una nueva disciplina, los «estudios sobre la ciencia» (science studies), que abarca, aparte de la epistemología en sentido estricto, la historia de la ciencia, la sociología de la ciencia, la psicología de la ciencia y el estudio de las relaciones entre política y ciencia. Pero incluso mucho más allá de las personas (científicos, filósofos, políticos) que reconocen explícitamente haberse inspirado en el pensamiento de Popper o de ­Kuhn, la influencia por así decir «subterránea» de ambos autores se nota en el hecho de que hoy en día mucha gente que apenas ha oído hablar de uno u otro utiliza en su lenguaje corriente términos acuñados por ellos y que desempeñan un papel central en sus concepciones respectivas, términos tales como sociedad abierta (Popper) o cambio de paradigma (­Kuhn). Es la marca indudable de un profundo y vasto impacto en la sociedad.

La filosofía de la ciencia, es decir, la reflexión filosófica sistemática sobre la naturaleza del conocimiento científico, es una rama de la filosofía relativamente reciente, que apenas tiene poco más de un siglo de existencia. Ciertamente, hunde sus raíces en una disciplina filosófica mucho más antigua, la epistemología o teoría del conocimiento; pero esta se entiende normalmente como la reflexión filosófica sobre el conocimiento humano en general, y no como un estudio de lo que es específico del conocimiento científico. Puede decirse que la filosofía de la ciencia es una forma particu­lar de la epistemología general.

La filosofía de la ciencia solo pudo constituirse a partir del momento en que se afianzaron algunas disciplinas científicas, lo que estimuló a algunos pensadores a preguntarse por lo esencial de ellas. Hasta cierto punto, ello ocurrió ya en la Antigüedad clásica, con la consolidación de la geometría, un proceso que condujo a Aristóteles a desarrollar sus ideas acerca de cómo debe construirse una teoría científica, tomando la geometría como modelo. Ya en el siglo XVII se consolidó otra gran disciplina científica, la mecánica, la cual inspiró a ­Isaac Newton sus propias reflexiones metodológicas sobre cómo debe funcionar cualquier teoría científica. Un siglo más tarde, Immanuel Kant tomó la geometría euclídea y la mecánica newtoniana como modelos para desarrollar su propia concepción de la esencia del conocimiento científico en general. A Aristóteles, Newton y Kant (entre otros) los podemos considerar precursores de la filosofía de la ciencia en el sentido moderno. Sin embargo, no fue sino hasta fines del siglo XIX cuando se instituyó la filosofía de la ciencia como disciplina académica con un perfil propio. Concretamente, ello ocurrió en 1895, con la creación en la Universidad de Viena de una cátedra para Historia y Filosofía de las Ciencias Inductivas, cuyo primer ocupante fue el famoso físico, fisiólogo y filósofo Ernst Mach. A partir de entonces, paulatinamente, se fueron creando por todo el mundo cátedras, centros, revistas y series de publicaciones explícita y exclusivamente dedicadas a la filosofía de la ciencia. Hoy en día no hay ninguna Universidad que se precie que no posea al menos una cátedra dedicada a ella. La filosofía de la ciencia es actualmente una de las ramas más dinámicas de la filosofía.

Cronológicamente puede ubicarse la segunda generación de filósofos de la ciencia más o menos entre los años 1920 y 1960; a esta generación pertenece Karl Popper. Thomas ­Kuhn se integra ya en la tercera generación, la que emergió a partir de 1960. Ni Popper ni ­Kuhn iniciaron su carrera académica como filósofos de la ciencia. Popper empezó como maestro de Física en el bachillerato; ­Kuhn, como físico y como historiador de la ciencia. Pero ambos se vieron llevados por sus propias investigaciones a plantearse cuestiones genuinas de la filosofía de la ciencia y a desarrollar sus propios enfoques para dar una respuesta adecuada a esas cuestiones.

Las ideas de Karl Popper y Thomas ­Kuhn han sido de importancia capital para la filosofía de la ciencia del siglo XX. Pero la significación de su obra no se limita a temas de esa disciplina. Sobre todo en el caso de Popper, su pensamiento social y político también ha tenido un gran impacto, un impacto que para el público general probablemente haya sido mayor que el de su metodología científica. Por su dedicación sistemática, a lo largo de décadas, tanto a cuestiones de la filosofía de la ciencia como de filosofía social y política, Popper representa un caso único en la historia de las ideas del siglo XX. Se dedicó con igual energía a uno y otro campo, y lo hizo, además, con la aspiración a construir así un todo coherente, basado en último término en una determinada concepción ética. Aparte de en estos dos ámbitos, Popper también hizo aportaciones originales a otras ramas de la filosofía: la metafísica, la filosofía de la mente y la historia de la filosofía antigua, por lo que la significación de su obra cubre un amplísimo espectro.

En el caso de ­Kuhn, el ámbito de sus intereses filosóficos es bastante más estrecho. Es indudable que la importancia primordial de la obra de ­Kuhn radica en su filosofía de la ciencia. Sin embargo, no hay que olvidar que fue también un connotado historiador profesional de este campo. En especial, sus publicaciones sobre la revolución copernicana y sobre el surgimiento de la mecánica cuántica representan hitos en la historia de la ciencia como disciplina académica, cuyo valor es independiente del juicio que nos merezcan sus concepciones filosóficas.

En concordancia con lo expuesto en este Prefacio, el presente libro está dividido en tres partes. En la primera trataremos de Popper: de su biografía, su filosofía de la ciencia y su filosofía social y política; ahora bien, aunque el pensamiento sociopolítico de Popper ocupa un lugar destacado en su obra, dado que este libro está esencialmente dedicado a la filosofía de la ciencia en Popper y ­Kuhn (y además por razones de espacio), el tratamiento de las ideas sociopolíticas de Popper deberá ser mucho más restringido. La segunda parte del libro está dedicada a ­Kuhn: a la génesis de sus concepciones, a lo esencial de su teoría del desarrollo de la ciencia y a las posibles consecuencias epistemológicas de su enfoque. En la tercera y última parte, expondremos brevemente en qué consistió el choque entre la concepción popperiana y la concepción ­kuhniana de la ciencia.

Karl R. Popper

De Viena a Londres, pasando por Nueva Zelanda

Viena

Karl Raimund Popper nació el 28 de julio de 1902 en Viena, en el seno de una acomodada familia judía, recientemente convertida al protestantismo. El padre de Karl era un destacado jurista, muy cultivado, que mantenía estrechas conexiones con los medios políticos vieneses de tendencias liberales. Por parte de su madre, Popper estaba emparentado con cierto número de científicos y artistas de primera fila. En la casa del joven Popper, en la que había una enorme biblioteca que él habría de heredar años después, eran frecuentes las reuniones con la crema y nata de la intelectualidad vienesa de la época, durante las cuales se discutían todo tipo de temas científicos, filosóficos y políticos. El padre de Karl no solo permitía, sino que incluso estimulaba a su hijo púber a que debatiera con él de esos temas, una actitud muy poco frecuente en la época. Las conversaciones entre padre e hijo con frecuencia desembocaban en acaloradas controversias. Según nos narra el propio Popper, la relación con su padre siempre fue tensa. Seguramente, el padre de ­Popper era una persona de carácter difícil, pero su hijo no le iba a la zaga. Esas repetidas y enconadas discusiones paternofiliales pueden ser la raíz de la fuerte tendencia a la polémica que Popper manifestó durante toda su vida y su propensión a pelearse (intelectualmente) con casi todo el mundo.

La Viena de principios del siglo XX representaba el marco idóneo para un adolescente con ambiciones intelectuales. Era un lugar muy singular dentro del mapa cultural europeo: una mezcla contradictoria, imposible de armonizar, entre un conservadurismo decadente y el vanguardismo más radical. Era el universo que tan magistralmente describe Robert Musil en El hombre sin atributos, es la Viena de Mahler, Schönberg, Klimt, Freud… y de Ludwig Wittgenstein. El Imperio austrohúngaro se vendría abajo como un castillo de naipes al final de la Primera Guerra Mundial, en 1918, cuando dio lugar a media docena de nuevos Estados independientes. Austria se convirtió en un pequeño país, un enano político. Pero Viena misma siguió siendo una metrópolis cultural y científica de primer rango hasta bien entrada la década de 1930, cuando el país fue absorbido por los nazis. Ese fue el caldo de cultivo en el que se formó el espíritu del joven Popper.

En su Autobiografía intelectual, Popper afirma que ya en su más temprana juventud su espíritu experimentó los dos impactos decisivos que iban a configurar para el resto de su vida los dos pilares de su pensamiento, la filosofía de la ciencia y la filosofía social y política. Estos dos impactos fueron, por un lado, la teoría de la relatividad de Einstein y, por otro, los graves conflictos políticos producidos al finalizar la Primera Guerra Mundial. Sobre su importancia para el pensamiento de Popper nos extenderemos en los siguientes apartados. Aquí solo apuntaremos brevemente lo que significaron en la biografía intelectual de nuestro autor.

Respecto al primero, Popper nos relata que lo esencial de su filosofía de la ciencia le quedó claro para siempre al enterarse del advenimiento de la teoría de la relatividad, y de lo que ello significaba no solo como innovación científica, sino como fuente de inspiración para una metodología general de las ciencias.

El segundo pilar del pensamiento de Popper, su enfoque social y político, le fue inspirado por su propia experiencia personal: a los doce años, nos cuenta, descubrió en la biblioteca de su padre los escritos de Marx y se convirtió en un entusiasta marxista… para volverse un declarado antimarxista a los diecisiete años (hasta el final de su vida), debido a otra experiencia personal. En efecto, en los meses que siguieron al derrumbe del Imperio Austrohúngaro, Viena se vio constantemente agitada por violentos enfrentamientos entre el gobierno y los movimientos radicales de izquierda, en especial comunistas, de quienes se sentía próximo el joven marxista Karl. Los comunistas y sus aliados, alentados por el éxito que había tenido la revolución soviética un año antes, creían que había llegado el momento de impulsar un proceso parecido en Austria, la destrucción del «orden burgués» y la implantación de la «dictadura del proletariado», y estaban dispuestos a conseguirlo, si era necesario, a través de la violencia y sin tomar en consideración los sacrificios humanos que ello podía ocasionar incluso dentro de sus propias filas. Se suponía que la lucha de clases y la promoción del ideal socialista estaban por encima de cualquier interés individual. Y así fue como, en un motín callejero, en el que los dirigentes comunistas incitaron solapadamente al grupo de izquierdistas al que pertenecía Popper a enfrentarse, desarmados, a la policía, hubo varios muertos entre los primeros, algunos de ellos amigos cercanos de Popper; con este sacrificio, y ante tal injusticia, se preveía una insurrección general en el seno de la clase obrera de Viena, que no llegó a producirse. Esta tragedia marcó profundamente a Popper. Comprendió que ningún programa político, ningún ideal social, puede justificar que se sacrifiquen personas de carne y hueso. No es la clase social (o cualquier otra entidad supraindividual, como el Estado) lo que está por encima del individuo, sino al revés, es el individuo quien debe tener la primacía sobre la clase social o cualquier otra totalidad. Lo que comprendió el joven Popper ante esos terribles acontecimientos es el gran riesgo que se corre al querer reformar la sociedad por la violencia. No es la «Gran Revolución» lo que de golpe y porrazo conducirá al fin de las injusticias sociales, sino una política cauta y reformista de pequeños pasos, lo que Popper denominaría mucho más tarde ingeniería social. Sobre las consecuencias teóricas que sacó Popper de su experiencia política personal volveremos más adelante.

Las teorías de la relatividad

Aunque en exposiciones populares se suele hablar de la teoría de la relatividad, en rigor existen dos: la teoría especial y la teoría generalizada. Ambas se deben a Albert Einstein. La primera fue formulada en 1905, la segunda entre 1915 y 1916. La teoría especial de la relatividad fue concebida por Einstein para dar cuenta de una serie de experimentos y observaciones, sobre todo en el campo de la óptica y la electrodinámica, que eran inexplicables dentro del marco de la física clásica de corte newtoniano. Para dar cuenta de esos hechos, Einstein introdujo una serie de innovaciones teóricas revolucionarias que contradecían algunos de los postulados más básicos de la física newtoniana. Entre esas innovaciones están las de que las medidas de espacio, tiempo y masa de los cuerpos son relativas al sistema de referencia desde el cual se hacen las observaciones, la de que masa y energía son lo mismo, y la de que la velocidad de la luz es una constante universal, que no puede ser superada por ningún cuerpo en movimiento. Estas innovaciones teóricas iban en contra de los postulados de la física clásica, e incluso del sentido común, pero pronto quedó claro su éxito empírico, por lo que la mayoría de los físicos se mostraron dispuestos a aceptarlas. La teoría generalizada de la relatividad da un paso aún más aventurado al postular una identificación entre espacio, tiempo y materia, y una geometría distinta de la euclídea (la que todos hemos aprendido en la escuela). Una de las consecuencias sorprendentes de la teoría generalizada de la relatividad es la de que un rayo de luz, al pasar cerca de un objeto de una gran masa (por ejemplo, el Sol), es desviado de su trayectoria. Como nadie acababa de creerse esta consecuencia tan ajena a lo que se sabía hasta entonces acerca del mundo físico, un equipo de astrónomos dirigido por Arthur Eddington aprovechó un eclipse de Sol que tuvo lugar en 1919 para averiguar si realmente ocurría el efecto predicho por Einstein. Y, en efecto, comprobó que la predicción se verificaba con una exactitud asombrosa: un rayo de luz emitido por una estrella lejana se desviaba al pasar cerca del Sol. Con ello la teoría newtoniana quedaba definitivamente desbancada, y la teoría de Einstein firmemente establecida. Al parecer, este fue el hallazgo que tanto impresionó al joven Popper.

Albert Einstein en 1921.

A pesar de su ruptura con el marxismo, en los años inmediatamente posteriores a los sucesos relatados Popper siguió considerándose más o menos de izquierdas. Continuó siendo miembro de las Juventudes Socialistas de Austria y participando en programas de reforma social, especialmente la reforma de la enseñanza, a la que se aplicó con gran entusiasmo dentro de un amplio movimiento pedagógico. Posteriormente, en su madurez, Popper fue alejándose aún más de sus ideales socialistas de juventud, aunque nunca llegó a convertirse en un conservador, ni tampoco en un neoliberal. Su posicionamiento político después de la Segunda Guerra Mundial puede ubicarse en algún lugar entre el ala derecha de la socialdemocracia y el ala izquierda del liberalismo clásico.

Cuando aún era un adolescente marxista, Popper decidió que, si quería ser coherente con sus ideales, debía enterarse de lo que significa ganarse la vida con el trabajo de sus propias manos. Abandonó sus estudios de bachillerato y empezó un aprendizaje como carpintero. A pesar de sus esfuerzos, el pobre muchacho se percató pronto de que sus aptitudes manuales dejaban mucho que desear, por lo que abandonó su aprendizaje de la carpintería. Terminó entonces el bachillerato y se puso a estudiar para llegar a ser maestro de las materias de física y matemáticas en el bachillerato. En 1924 obtuvo el diploma; pero dada la situación de crisis en Austria, era muy difícil obtener una plaza en alguna escuela, por lo que tuvo que ganarse la vida como asistente social. La difícil situación cotidiana no le impidió, sin embargo, inscribirse como doctorando en la Universidad de Viena, en el área de Psicología, bajo la tutela de Karl Bühler, un prestigioso lingüista y también psicólogo. En 1928, Popper se doctoró con una tesis titulada Die Methodenfrage der Denkpsychologie, que puede traducirse por La cuestión del método en la psicología cognitiva. En esta tesis se percibe ya que el interés primordial de Popper se dirige más hacia la metodología de la psicología que hacia los resultados empíricos de esta disciplina. Ya entonces Popper se revela, conscientemente, como un filósofo de la ciencia.

En 1930, Popper obtuvo por fin una plaza permanente como maestro de bachillerato de física y matemáticas, con lo que su sustento quedó asegurado. Ese mismo año se casó con Josefine Anna Henninger, también maestra de escuela, con quien permanecería unido hasta la muerte de ella, en 1985. Ante el amenazador mundo que se perfilaba en los años 1930 y 1940, el matrimonio Popper decidió no tener hijos.

Por esas mismas fechas, Popper empezó a entrar en contacto con el Círcu­lo de Viena, un grupo de filósofos con formación científica y científicos con intereses filosóficos que habría de tener una enorme influencia en el desarrollo de la filosofía del siglo XX. La corriente intelectual representada por los miembros del Círcu­lo suele denominarse positivismo lógico, o a veces también empirismo lógico o neopositivismo. Aunque la actitud filosófica básica de Popper (orientación científica, valoración de la lógica matemática como herramienta filosófica, claridad y precisión en el uso del lenguaje, deseo de deslindar rigurosamente la ciencia de la metafísica) era muy cercana a la del Círcu­lo de Viena, él dejó claro desde el principio que no compartía una serie de supuestos básicos del Círcu­lo, tales como: el Principio de Verificabilidad (que expondremos en el próximo apartado), la afirmación de la primacía absoluta de la experiencia sensorial como base del conocimiento, el reproche hecho a la metafísica de carecer irremediablemente de sentido, y, en fin, la alta estima de la que gozaba Wittgenstein dentro del Círcu­lo, pues Popper, ya desde entonces y hasta el fin de su vida, siempre consideró que la filosofía wittgensteineana era una forma de «criptooscurantismo» disfrazada de rigor lógico. Por ello, y aunque Popper tuviera una relación amistosa con algunos miembros del Círcu­lo de Viena, nunca participó en las reuniones oficiales del mismo. Sus aportaciones a las discusiones del grupo provenían, por así decir, «desde fuera».

A pesar de estas divergencias, algunos miembros del Círcu­lo de Viena, en especial Feigl, se percataron de la relevancia y originalidad de las ideas de Popper sobre la metodología científica, y lo alentaron a que las pusiera sistemáticamente por escrito, con la promesa de publicar el texto en una serie editada por el mismo Círcu­lo. Así pudo publicarse en 1934 La lógica de la investigación científica. Esta es sin duda la obra más importante de Popper. En ella aparecen ya casi todos los elementos clave de su filosofía de la ciencia; algunos de ellos los des­arrollaría más amplia y sistemáticamente en escritos posteriores, pero lo esencial ya está allí. Tomada como obra individual, es también el libro que más impacto ha tenido en la filosofía de la ciencia del siglo XX; la única obra que puede comparársele por su influencia es La estructura de las revoluciones científicas de Thomas ­Kuhn, de la que hablaremos en la segunda parte de este libro. La resonancia de La lógica de la investigación científica fue inmediata y profunda entre los miembros del Círcu­lo de Viena, y ello a pesar de las acerbas críticas que Popper dirige al positivismo lógico, lo cual demuestra, dicho sea de paso, la apertura de espíritu de sus adeptos. Algunos de ellos, como Carnap, incluso modificaron sustancialmente determinadas tesis propias para incorporar las ideas de Popper y lograr una especie de síntesis entre las posiciones primigenias del positivismo lógico y el nuevo enfoque popperiano. Pero Popper mismo (cuya apertura de espíritu siempre fue incomparablemente menor a la de los positivistas lógicos) nunca aceptó tales intentos de síntesis: o se aceptaba en bloque lo que él decía en La lógica de la investigación científica o bien… ¡anatema sit!

El Círcu­lo de Viena y el positivismo lógico

El positivismo lógico es uno de los movimientos filosóficos más importantes del siglo XX