Por qué debemos considerarnos cristianos - Marcello Pera - E-Book

Por qué debemos considerarnos cristianos E-Book

Marcello Pera

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¿Por qué deberíamos considerarnos cristianos?Hoy somos liberales y, por consiguiente, no necesitamos dirigirnos al cristianismo para justificar nuestros derechos y libertades fundamentales. Somos laicos y, en consecuencia, podemos considerar las fes religiosas como creencias privadas. Somos modernos y, por tanto, creemos que el hombre debe hacerse a sí mismo, sin necesidad de guías que no procedan de su propia razón. Y eso sin contar otras cosas. En Europa estamos hoy por la unificación y, en consecuencia, debemos evitar dividirnos mencionando el cristianismo entre las raíces de la identidad europea. Estamos integrando en nuestra propia casa a millones de musulmanes y, por tanto, no podemos pedir conversiones en masa al cristianismo. Estamos atravesando en nuestras sociedades occidentales por la fase de la máxima expansión de los derechos y, en consecuencia, no podemos permitir que la Iglesia interfiera y ponga obstáculos al goce de los mismos. Etcétera. En este libro Marcello Pera refuta todos estos por tanto y en consecuencia desde una posición laica y liberal, que se dirige al cristianismo para pedirle las razones de la esperanza. No se trata de conversiones o iluminaciones o arrepentimientos, sino de cultivar una fe (no existe otra expresión adecuada) en los valores y principios que caracterizan a nuestra civilización, y de reafirmar los fundamentos de una tradición de la que somos hijos, con la que hemos crecido, y sin la cual seremos todos más pobres.

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Veröffentlichungsjahr: 2011

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Ensayos

MARCELLO PERA

Por qué debemos considerarnos cristianosUn alegato liberal

Prefacio de Benedicto XVI

ISBN DIGITAL: 978-84-9920-567-0

Título originalPerché dobbiamo dirci cristiani. Il liberalismo, l'Europa, l'etica © 2008 Arnoldo Mondadori Editore, S.p.A., Milán © 2010 Ediciones Encuentro, S.A., Madrid

Traducción M. M. Leonetti

Diseño de la cubierta: o3, s.l. - www.o3com.com

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a: Redacción de Ediciones Encuentro Ramírez de Arellano, 17, 10ª - 28043 Madrid Tel. 902 999 689www.ediciones-encuentro.es

ÍNDICE

Prefacio de Su Santidad Benedicto XVI

Introducción: La necesidad y las razones de la esperanza

Carta de Su Santidad Benedicto XVI

I. Liberalismo, ecuación laica y cuestión cristiana

Los liberales en la bifurcación de la religión

La apostasía del cristianismo

La ecuación laica

Liberalismo y anticlericalismo

En nombre de los Padres

Por qué deben considerarse cristianos los liberales

¿«Debemos» o «no podemos no» considerarnos cristianos?

«Como si Dios existiera»

II. Europa, cristianinsmo y la cuestión de la identidad

¿Qué es Europa?

El problema del alma

La paradoja de la identidad europea

El patriotismo constitucional

Una laguna ética: la persona

La miseria del laicismo

Por qué debe considerarse cristiana Europa

III. Relativismo, fundamentalismo y cuestión moral

«Mejor»: ¿Se puede decir?

Relativismo

Multiculturalismo

Integración y conversión

Fundamentalismo islámico y diálogo interreligioso

La expropiación de la moral

La parábola de la ética pública liberal

Para concluir: debemos considerarnos cristianos

Notas

Bibliografía

In memoriam

PREFACIO

Marcello Pera, Senador de la República Italiana y, durante un período parlamentario, Presidente del Senado, se define a sí mismo como un liberal que, sin embargo, es consciente, precisamente en cuanto tal, de formar parte de la tradición del pensamiento cristiano, y reconoce en el encuentro entre el pensamiento tradicional cristiano (católico) y el pensamiento liberal su tarea específica como filósofo y político. En su libro Perché dobbiamo dirci cristiani, publicado por la Editorial Mondadori en 2008, Pera propone la tesis sobre la existencia de una conexión interna entre la tradición del pensamiento cristiano y el pensamiento liberal, que es de importancia decisiva para el futuro político y cultural de Europa. De modo impresionante Pera analiza los principales pensadores liberales, para llegar a la sorprendente conclusión de que pertenece a la esencia del liberalismo el estar enraizado en la imagen cristiana de Dios. El énfasis en la idea de la libertad humana, que caracteriza al pensamiento liberal, presupone la idea del hombre como imagen de Dios, cuya consecuencia es precisamente la libertad del hombre. Analizando los textos y presentando la estructura interna del liberalismo, Pera muestra con gran coherencia que el liberalismo se destruye a sí mismo si pierde sus raíces, es decir, si abandona la imagen cristiana de Dios y del hombre que es su fundamento. Desde este presupuesto se entiende el título del libro: sin el arraigo en los elementos esenciales del legado cristiano, el liberalismo se pierde a sí mismo. La democracia liberal, en su fundamento filosófico, supone esa herencia y reposa en ella.

Al tema de la relación del liberalismo con el cristianismo pertenecen también las reflexiones acerca de la crisis ética. En efecto, Pera muestra cómo la ética liberal está íntimamente emparentada con la doctrina cristiana del bien y cómo ambas pueden y deben vincularse entre sí en la lucha por el hombre.

A partir de estas tesis esenciales se comprende su análisis del multiculturalismo. Pera hace ver que se trata de un concepto en sí mismo contradictorio y que, por tanto, no puede indicar un camino abierto al futuro. Abrirse a la múltiple herencia cultural de la humanidad presupone una propia identidad cultural; sólo entonces puede darse un encuentro fecundo entre las diversas culturas. Al mismo contexto pertenece también el análisis de los conceptos de diálogo interreligioso y diálogo intercultural. Al principio el lector puede quedar sorprendido ante la afirmación de Pera, según la cual el diálogo religioso, entendido en sentido estricto, no es posible, y que al mismo tiempo el autor enfatice con fuerza la necesidad del diálogo intercultural. ¿Cómo entenderlo? Pera quiere decir que las decisiones que tocan a la fe de un verdadero creyente no están en discusión. La pregunta, por ejemplo, sobre la verdad o no de la doctrina trinitaria, en última instancia, no es objeto de discusión. La respuesta afirmativa o negativa depende de una decisión que nace de la fe. Ciertamente se puede intentar poner en evidencia la lógica interna de esta visión aparentemente contradictoria y aclarar malentendidos e interpretaciones equivocadas. Pero el sí o el no en cuanto tales no son objeto de discusión. Por otra parte, se puede y se debe tener un diálogo sincero sobre las consecuencias éticas y culturales de las decisiones fundamentales de orden religioso, y esto con el fin de alcanzar una actuación responsable en común, a pesar de las diferentes decisiones de fondo.

Con su sobria racionalidad, su amplia información filosófica y la fuerza de sus argumentaciones, el libro del Senador Pera es, en mi opinión, de gran importancia para la Europa y el mundo de hoy. Espero que encuentre también en España y en los países de habla hispana una gran acogida, y ayude a dar al debate político, más allá de los problemas que apremian, esa profundidad sin la cual no podemos superar el desafío del momento histórico que vivimos.

Castel Gandolfo, 8 de septiembre de 2009 Benedicto XVI

Introducción LA NECESIDAD Y LAS RAZONES DE LA ESPERANZA

«Al frente de su propia casa, que somos nosotros, si es que mantenemos la confianza y nos gloriamos en la esperanza». San Pablo, Carta a los Hebreos

«La esperanza empieza sólo con la religión». IMMANUEL KANT, Crítica de la razón práctica

¿Por qué deberíamos considerarnos cristianos? Hoy somos liberales y, por consiguiente, no necesitamos dirigirnos al cristianismo para justificar nuestros derechos y libertades fundamentales. Somos laicos y, en consecuencia, podemos considerar las fes religiosas como creencias privadas. Somos modernos y, por tanto, creemos que el hombre debe hacerse a sí mismo, sin necesidad de guías que no procedan de su propia razón. Somos hijos de la ciencia y, por eso, nos basta con el saber positivo, probado y demostrado.

Y esto sin contar otras cosas. En Europa estamos hoy por la unificación y, en consecuencia, debemos evitar dividirnos mencionando el cristianismo entre las raíces de la identidad europea. Están renaciendo en el mundo guerras de religión, y de ahí que debamos evitar encender otros focos. Estamos integrando en nuestra propia casa a millones de musulmanes y, por tanto, no podemos pedir conversiones en masa al cristianismo. Estamos atravesando en nuestras sociedades occidentales por la fase de la máxima expansión de los derechos y, en consecuencia, no podemos permitir que la Iglesia interfiera y ponga obstáculos al goce de los mismos. Etcétera.

Este libro pretende refutar todos estos por tanto y en consecuencia. No cabe duda de que están difundidos: los leemos en los libros y en los periódicos, los oímos en la televisión y en las aulas universitarias, los escuchamos en la voz de muchos intelectuales, los vemos actuando en la acción de muchos políticos. Nos bombardea por tantas partes esta negación de la religión, en particular esta apostasía del cristianismo, que es algo digno de admiración que alguien se oponga a ella todavía. Yo me opongo.

Me opongo, en primer lugar, por instinto: desconfío de las ideas difundidas cuando no consigo explicármelas personalmente, desconfío de la sabiduría popular cuando va en contra de mis intuiciones intelectuales y morales más arraigadas, desconfío de la euforia que pretende construirnos un «hombre nuevo» sobre las cenizas del antiguo, desconfío de los maestros cuando quieren hacerme callar o no quieren darme la palabra.

Me opongo, a continuación, por razones doctrinales. No hay ningún enunciado que siga a los por tanto y en consecuencia ya citados que no me parezca erróneo, por defecto de argumentación, por falta de pruebas, por superficialidad de reflexión, por lagunas históricas o conceptuales. Dicho de una manera sencilla: a mi modo de ver, de esas premisas, que se confiesan laicas, no se siguen las conclusiones anticristianas.

Me opongo, finalmente, por razones morales y de civilización. Me parece que si las opiniones que hoy corren en materia de cristianismo se aceptaran y se volvieran verdaderamente ideas dominantes, como querrían los que las sostienen y defienden, se seguiría de ahí una crisis seria. A mí me parece que ya estamos en medio de ella, y agitar el anticristianismo para evitarla es como usar la enfermedad para curarla. Relativismo, laicismo, cientificismo y todo lo que se ha puesto hoy en lugar de la fe son los venenos, no los antídotos, los virus que atacan al cuerpo ya enfermo, no los anticuerpos que lo defienden.

Mi posición es la del laico y liberal que se dirige al cristianismo para pedirle las razones de la esperanza. No se trata de conversiones o iluminaciones o arrepentimientos, cosas todas ellas importantes, delicadas y respetables, pero que afectan a la esfera de la conciencia personal que aquí no cuestiono y todavía menos exhibo. Se trata de cultivar una fe (no existe otra expresión adecuada) en los valores y principios que caracterizan a nuestra civilización, y de reafirmar los fundamentos de una tradición de la que somos hijos, con la que hemos crecido, y sin la cual seremos todos más pobres.

Grandes genios y autores con los que no puedo compararme, desde Kant a Croce, me han precedido en el camino que emprendo aquí. Y cada vez advierte más gente la misma necesidad de esperanza. Basta con mirar a nuestro alrededor para comprender que el mito prometeico del hombre que se hace a sí mismo, que se basta a sí mismo, que no tiene otros límites que él mismo, corre el riesgo de traernos otras calamidades después de las que nos ha provocado recientemente. El experimento que de una manera expeditiva ha recibido el nombre de Ilustración (en singular, como si no hubiera más que una sola) y que hoy está en curso sobre todo en Europa —vivir como si Dios, ningún dios, existiera— no está dando los frutos prometidos. Voy a intentar explicar aquí por qué, entrando en los tres principales laboratorios en que se está realizando el experimento.

Primero. Vivimos en regímenes liberales, y el liberalismo, en cualquiera de las muchas versiones que corren, es la doctrina que está en la base de las constituciones nacionales y cartas internacionales de los derechos de las que estamos más orgullosos. Ahora bien, precisamente la idea actual de que el liberalismo sea sólo un marco político y procedimental neutro e independiente de toda doctrina sobre el bien, en particular religiosa, no ofrece ninguna fundamentación o justificación segura de esos derechos y los deja únicamente a merced de la fuerza, incluida la fuerza del derecho positivo creado por los parlamentos. Los grandes Padres del liberalismo clásico —desde Locke a Kant y desde los Padres fundadores de América a Tocqueville— tenían claro este problema. Sabían que, sin un sentimiento religioso, ninguna sociedad, sobre todo la sociedad liberal de hombres libres e iguales, puede mostrarse estable o cohesionada, puede desarrollar un sentido de identidad y de solidaridad. Sabían también que sobre todo la sociedad liberal necesita no sólo constituciones, instituciones y procedimientos, sino también costumbres y virtudes apropiadas. Y sabían y escribían que el cristianismo —con esa idea suya del hombre creado a imagen del Dios que se hizo hombre para sufrir con ellos— es la religión que ha introducido el valor de la dignidad personal, sin el cual no hay ni libertad, ni igualdad, ni solidaridad, ni justicia. También ellos eran liberales y laicos, pero eran liberales y laicos cristianos. Hoy que se ha vuelto anticristiano, el liberalismo se ha quedado sin fundamentos y sus libertades suspendidas en el vacío. Por eso, si verdaderamente se quiere ser liberal, hay que ser cristiano.

Segundo. Europa se está convirtiendo en la tierra más descristianizada de Occidente y se jacta de ello. Piensa que el cristianismo que la promovió le es ahora un obstáculo. Sin embargo, se da cuenta a renglón seguido de que necesita una identidad. «Necesitamos un alma», se lamentan hoy algunos europeístas de la segunda generación, repitiendo las mismas palabras que los de la primera. «Los tratados políticos no bastan», «la unificación económica es sólo un paso». Sin embargo, los nuevos políticos europeístas no han conseguido dar ese otro paso, el decisivo. Al rechazar la naturaleza cristiana del alma europea, han rechazado asimismo la historia europea. Lo han hecho pensando que Europa será más abierta, inclusiva, tolerante y pacífica sin identidad cristiana. Es verdad lo contrario. Europa, sin la conciencia de la identidad cristiana, se separa de América y divide el Occidente, pierde el sentido de sus propios límites y se convierte en un contenedor indistinto, no consigue integrar a los inmigrantes, es más: los mete en guetos o se rinde a su cultura, no está en condiciones de vencer al fundamentalismo islámico, incluso favorece el martirio de los cristianos en muchas partes del mundo y hasta en su propia casa. Esta Europa, tan rica y tan frágil, poderosa y asustada, está hoy en condiciones de reunir cada vez a más gente en los supermercados, en los bancos, en los estadios deportivos, en las discotecas, en los lugares de entretenimiento y de vacaciones. Ahora bien, si quiere ir más allá y unificarse verdaderamente, entonces esta Europa debe recuperar su propia identidad y volver a coger la bandera cristiana.

Tercero. La cultura moderna interpreta la autonomía liberal como una libertad concedida a cada individuo y grupo para elegir y perseguir su propia concepción del bien. Es su triunfo sobre los viejos vínculos y límites, y parece una posición razonable. ¿Por qué habríamos de imponer nuestros puntos de vista? ¿Acaso son mejores que otros? ¿Por qué habríamos de negar derechos especiales a los grupos que los piden? ¿Acaso no consiste la libertad en dar carta de ciudadanía a todas las libertades? ¿Por qué habríamos de pedir a los otros que acepten la cultura cristiana? ¿Acaso no es un obstáculo para el diálogo? La democracia —se dice— es relativista, no tiene religión, es religión por sí misma. Sin embargo, se descubre después algo que ya había visto muy bien Platón: que esta democracia relativista es autofágica, se come a sí misma. Porque si ya no hay verdad, sino la simple suma de muchas creencias parciales, si ya no existe la ley moral que obliga a todos, sino sólo las tradiciones que plasman los grupos particulares, si ya no existe un vínculo ético común, sino sólo la máxima libertad de elección de cada uno, entonces no queda más remedio que someter el bien moral a votación, y ésta, fijémonos en nuestras legislaciones en materia bioética, puede decidir que está bien cualquier cosa. El Estado liberal que, para los Padres del liberalismo, embebidos del cristianismo, tenía la función de garante y custodio del respeto a los derechos humanos fundamentales, sagrados, inviolables, innegociables, basados en valores igualmente sagrados, se ha convertido en nuestros días en el adversario más insidioso de estos mismos valores. Si no queremos que degenere ulteriormente, debemos restituirle el sentido de sus fundamentos cristianos.

Liberalismo sin fundamentos, Europa sin identidad, ética sin verdad: estos tres puntos principales, a los que he dedicado un capítulo a cada uno de ellos, son objeto de experiencia cotidiana de millones de personas. Y constituyen materia de debate político. Sin embargo, no entraré en este debate. Más aún, este libro prepara en sentido estricto mi despedida de la vida política, con la gratitud que debo a una experiencia de la que he aprendido mucho. Más que la militancia, me interesan las doctrinas, los fundamentos conceptuales, los presupuestos teóricos y también las visiones: exactamente lo que la política no ofrece o evita hoy. Aquel que invitó a los que necesitan visiones del mundo a que fueran al cine no podía imaginar el daño en que habría de incurrir el que se tomara al pie de la letra su infeliz ocurrencia. Sirve, sin embargo, a la política elaborar diseños y reflexionar sobre las mejores razones de la propia función. Sólo en este sentido, menos ocasional y contingente, se puede considerar la mía como una contribución política.

He escrito para hacerme comprender por un público lo más amplio posible, ese que ya tiene una respuesta a mi problema, el que no la tiene, pero desea tenerla, el que simplemente está interesado en hacerse una opinión. Y, naturalmente, he escrito también para aquellos que tienen ideas distintas y pretenden someterlas seriamente a una confrontación. Lamentablemente, una buena parte de la literatura sobre el tema del cristianismo, de la laicidad, del liberalismo, de Europa, de la bioética, es en nuestros días militante, polémica y agresiva. En particular, en muchas intervenciones de la prensa de actualidad y de la literatura relevante europea, y también de la americana, la religión se ha convertido en signo de irrisión, denigración, conmiseración y desdeñosa consideración. A mí me parece un triste estrechamiento del horizonte del pensamiento y una degradación de los usos intelectuales.

Aquí y allá, a lo largo de este trabajo, le pediré al lector no especialista un esfuerzo filosófico. Será cuando hable de Benedetto Croce y de su célebre y precioso ensayo en el que tuvo el coraje de confrontarse con el cristianismo y poner en peligro su inmanentismo liberal. También cuando presente el patriotismo constitucional de Jürgen Habermas y discuta la laguna ética que deja al descubierto. Cuando remita a los clásicos del liberalismo, sobre todo a Kant, que es el que reserva (al menos a mí me las ha reservado) las mayores sorpresas. Cuando debata con otras figuras del liberalismo contemporáneo dotadas de autoridad, como John Rawls. No creo que se trate de esfuerzos que el lector normal al que me dirijo no pueda realizar. He intentado ayudarle usando el lenguaje más sencillo y reservando para las notas, que pueden estar muy bien al final del libro, lo que puede servirle más adelante. Si no lo he conseguido, le pido disculpas.

Este libro —del que he dado tantas pruebas públicas en escritos, intervenciones y discursos a ambos lados del Océano— intenta dar un orden sistemático, a mi modo de ver, a los problemas que trata. Al cambiar de campo de investigación respecto al de la epistemología, la historia, el método y la historia de la ciencia, al que me he dedicado durante mucho tiempo, he descubierto que los principales instrumentos analíticos que me formé entonces me han ayudado ahora también en este nuevo campo. La vida intelectual reserva sorpresas y estoy contento de que la actividad política no me haya quitado, sino que incluso haya hecho crecer en mí, el gusto por la investigación.

Este libro está dedicado a la memoria de Francesco Barone, verdadero maestro, verdadero laico, verdadero liberal, al que debo mucho más que mi formación intelectual. Que continúe sirviéndome de ayuda lo considero otro signo, triste pero afortunado, de la esperanza.

Algunos amigos y estudiosos de cuyo juicio me fío y a los que les quedo agradecido han leído una versión incompleta del primer capítulo y debatido conmigo el proyecto del libro. Sin embargo, ninguno de ellos lo ha visto enteramente. Sólo Uno lo ha hecho y ha tenido la generosidad de hacerme conocer Sus opiniones. Con Su permiso las reproduzco aquí con emoción. Benedicto XVI es el Papa de la esperanza cristiana al que se dirigen millones de personas de todo el mundo y al que la historia ha cargado sobre sus hombros enormes responsabilidades. Es la figura que más sacude nuestras conciencias y requiere nuestra atención. Mi gratitud personal e intelectual hacia él va mucho más allá de lo que podría expresar con cualquier palabra. Sólo puedo decir que, a pesar de todos mis requerimientos interiores, este trabajo no se habría realizado si Él no hubiera escrito y hablado, y no hubiera dado testimonio de aquello que escribe y habla.

Castel Gandolfo, 4 de septiembre de 2008.

Honorable Senador Marcello PERASenado de la República Piazza Madama 00186 ROMA

Querido Senador Pera:

En estos días he podido leer su nuevo libro «Por qué debemos considerarnos cristianos». Para mí ha sido una lectura fascinante. Con un conocimiento estupendo de las fuentes y con una lógica contundente, usted analiza la esencia del liberalismo a partir de sus fundamentos, mostrando que en la esencia del liberalismo se encuentra el enraizamiento en la imagen cristiana de Dios: su relación con Dios, de quien el hombre es imagen y de quien hemos recibido el don de la libertad. Con una lógica irreprochable, usted muestra cómo el liberalismo pierde su base y se destruye a sí mismo si abandona este fundamento. Me ha impresionado no menos su análisis de la libertad y el análisis de la multiculturalidad, en el que usted muestra la contradicción interna de este concepto y, por tanto, su imposibilidad política y cultural. Es de importancia fundamental su análisis sobre lo que pueden ser Europa y una Constitución europea en la que Europa no se transforme en una realidad cosmopolita, sino que encuentre, a partir de su fundamento cristiano-liberal, su propia identidad.

Es para mí particularmente significativo también su análisis de los conceptos de diálogo interreligioso e intercultural. Usted explica con gran claridad que no es posible un diálogo interreligioso en el sentido estricto de la palabra, mientras que es particularmente urgente el diálogo intercultural, que profundiza en las consecuencias culturales de la decisión religiosa de fondo. Si bien no es posible mantener un verdadero diálogo sobre esta última sin poner entre paréntesis la propia fe, es necesario afrontar en el debate público las consecuencias culturales de las decisiones religiosas de fondo.

En esto son posibles y necesarios el diálogo, una mutua corrección y un enriquecimiento mutuo. Por lo que se refiere a la contribución sobre el significado de todo esto para la crisis contemporánea de la ética, considero importante lo que usted dice sobre la parábola de la ética liberal. Usted muestra que el liberalismo, sin dejar de ser liberalismo, sino, al contrario, para ser fiel a sí mismo, puede referirse a una doctrina del bien, en particular a la cristiana, que le es familiar, ofreciendo así verdaderamente una contribución para superar la crisis.

Con su sobria racionalidad, su amplia información filosófica y la fuerza de su argumentación, el presente libro es, desde mi punto de vista, de importancia fundamental en este momento de Europa y del mundo. Espero que reciba una gran acogida y que ayude a dar al debate político, más allá de los problemas urgentes, esa profundidad sin la cual no podemos superar el desafío de nuestro momento histórico.

Agradecido por su obra, le deseo de corazón la bendición de Dios.

Suyo, Benedicto XVI.

I LIBERALISMO, ECUACIÓN LAICA Y CUESTIÓN CRISTIANA

Los liberales en la bifurcación de la religión

La pregunta más difícil que se les puede hacer hoy a los liberales es ésta: «¿Qué es el liberalismo?». Se presenta un problema así de radical cada vez que una concepción difundida y generalmente aceptada (teoría científica, doctrina ética, teoría jurídica, programa político) encuentra serias dificultades teóricas y de aplicación e intenta ajustarse como mejor puede. La teoría ajustada ya no es, por definición, la original y, por consiguiente, no es monolítica, sino articulada y compuesta, a veces incluso ecléctica, pero mientras consiga proteger su propio núcleo es todavía una teoría utilizable, aunque se presente dispersa en muchas versiones. Así sucede hoy con el liberalismo1.

En el plano de la cultura y de la acción política, los liberales son desde hace tiempo clase de gobierno en casi todo el Occidente, donde han salido vencedores sobre los absolutismos y sobre los totalitarismos y han sometido —o si no sometido sí al menos inducido— a la democracia a evitar la «tiranía de la mayoría», obligándola a respetar ciertos derechos fundamentales de los ciudadanos. Los regímenes liberales son los más avanzados, los que ofrecen más bienestar, más oportunidades, más movilidad social, más garantías. A menudo atraviesan crisis económicas, pero consiguen superarlas sin rebajar el nivel de vida de los ciudadanos. Y constituyen un polo de atracción para muchos otros regímenes y una meta para una gran cantidad de refugiados y emigrantes. Y, con todo, esta victoria de los regímenes liberales no es propiamente liberal. Estos regímenes son hoy todos ellos híbridos, en particular respecto a un punto fundamental en que el liberalismo cede vistosa y progresivamente a la democracia: la elaboración del derecho mediante votaciones de mayorías parlamentarias, incluso en lo concerniente a los mismos derechos considerados fundamentales.

En cuanto a la doctrina liberal, también es híbrida en sí misma. Son tantas las divisiones, distinciones, fracturas que hasta resulta difícil hablar de una única doctrina. Todos los puntos principales son objeto de controversia. ¿Es el liberalismo una doctrina únicamente política, limitada a la organización de la esfera pública, o es una doctrina general, filosófica, ética, metafísica o, como se dice ahora, «comprensiva»? El concepto sustentador del liberalismo, la libertad, ¿significa libertad de coerción, interferencia, vínculos, etc. o libertad para conducir nuestra propia vida con autonomía moral y racional? ¿Se ha de entender la autonomía en el sentido de libertad de elegir según los propios designios o en el sentido de tener los recursos y el poder efectivo para actuar de este modo? La libertad y la propiedad privada, o la libertad y la economía capitalista, están unidas conceptualmente, ¿son lo mismo, se relacionan como medio-fin, o bien son conceptos inconexos que pueden ir por separado? ¿Son compatibles la libertad y la justicia? ¿Hasta qué punto tolera un régimen liberal la interferencia de la política en la redistribución de los recursos por parte del Estado? Más aún, ¿es el liberalismo una teoría a escala universal o bien tiene un valor local o nacional, sólo para ciertas comunidades o a partir de un determinado estadio de desarrollo de la civilización? Y, por último, aunque sin agotar la lista: ¿es el liberalismo universalista y ciego a todas las diferencias individuales y comunitarias o bien es pluralista y permite derechos étnicos y de grupo?

Para ninguna de estas preguntas existe una respuesta unívoca en nuestros días. Hay liberales de un tipo y liberales de otro. El resultado es que ya no hay ninguna versión del liberalismo que no contenga conceptos —«tradición», «nación», «justicia social», «redistribución», «intervención pública»— que sean originarios de ésta o de aquélla de las otras dos principales familias políticas en lid: el conservadurismo y el socialismo, y bastante más del segundo que del primero, hasta tal punto que, en el lenguaje político americano, liberal se ha convertido más o menos en sinónimo de «socialdemócrata» en el lenguaje político europeo. Y es cosa sabida que cuando, para caracterizar una doctrina, se añade al sustantivo que la define un adjetivo que la califica —liberalismo «social», liberalismo «democrático», liberalismo «conservador», liberalismo «libertario», liberalismo «nacional», liberalismo «multicultural» y, viceversa: socialismo «liberal», democracia «liberal», etc.—, eso significa que la doctrina que de ahí resulta pasa por serias dificultades. Al final, o bien cambia de ropa o bien se ve obligada a vivir en la miseria, para quedar destinada, a continuación, al abandono.

Los regímenes híbridos que acogen políticas que fueron inconciliables en un tiempo y una doctrina también híbrida que contiene nociones antes incompatibles constituyen hoy los signos característicos de la crisis del liberalismo2. Esta crisis no la niega nadie, y la misma proliferación de escuelas de pensamiento, de variantes doctrinales, de programas de investigación está ahí para llamar a la realidad incluso al más obstinado de los liberales. Con todo, «crisis» no significa «fin». El núcleo en torno al que gira el liberalismo, a pesar de las diferentes justificaciones que ofrecen del mismo sus diferentes variantes, y por el que se rigen los regímenes liberales, a pesar de las variadas dosificaciones políticas que recomiendan sus constituciones, sigue siendo todavía, por lo general, resistente y atrayente. Se trata de la idea de los derechos naturales (o llamados también «humanos», «fundamentales», «esenciales», «de base», etc.): todos los hombres son libres e iguales por naturaleza, y sus libertades fundamentales son anteriores al Estado e incoercibles por éste3. Esta idea tiene varios corolarios. Uno es éste: cada uno es libre de perseguir su propia concepción del bien. Otro es: cada uno goza de libertad de conciencia y religiosa.

Estos corolarios muestran ya el bien conocido optimismo liberal. ¿Cómo consiguen unos hombres libres e iguales, autorizado cada uno de ellos a elegir su propia vida y, por consiguiente, cada uno de ellos en conflicto potencial con cada uno de los otros, estar juntos, ser fieles y leales a un Estado? Para garantizar la coexistencia social, es preciso plantear alguna hipótesis o presuponer que la sociedad liberal se caracteriza por la máxima armonizabilidad de las concepciones del bien (o por su mínima distancia recíproca) y por la máxima compatibilidad de las fes religiosas (o por su mínima conflictividad). En caso contrario, estallaría la guerra de todos contra todos —que es precisamente el estado salvaje de naturaleza que los liberales pretenden superar— con consecuencias fatales para toda la sociedad.

Los grandes Padres del liberalismo tenían muy presente este problema y se mostraron confiados en resolverlo. No por casualidad pensaban en el «derecho cosmopolita», en la «federación de pueblos», en la «paz perpetua», así como sus hijos piensan hoy en las Naciones Unidas, en la Corte Penal Internacional, en la Carta universal de los derechos del hombre. Sin embargo, la historia ha sacudido también las convicciones más arraigadas. Los presupuestos liberales en el campo doctrinal han entrado en crisis con el descubrimiento del pluralismo de los valores y, todavía más, con la idea de su relatividad e inconmensurabilidad, es decir, la tesis según la cual no existe una unidad de medida común para evaluar todos los tipos de culturas y de civilizaciones. En la práctica, incurren en un alto riesgo en las sociedades modernas, en cuyo interior están renaciendo fuertes sentimientos nacionalistas y donde las diferentes concepciones del bien conviven cada vez más a duras penas y aparece la idea multicultural de los derechos de grupos, clases, categorías, diferentes de los de la mayoría o de toda la nación o de toda la humanidad. No es casual que la misma vieja idea liberal de unidad (moral y racional) del género humano se haya fragmentado hasta tal punto que hoy, como dice el lema de la Unión Europea, se ha transformado en un oxímoron: «Unidad en la diversidad».

En particular, la religión se ha mostrado recalcitrante con el optimismo liberal. Dirigiéndose de una manera prepotente al teatro, ha elaborado preguntas sobre la identidad y la pertenencia, se ha convertido unas veces en obstáculo para la integración y la convivencia de millones de inmigrantes y otras, por el contrario, como estímulo para la formación de nuevos Estados, se ha puesto como límite y freno a muchas legislaciones en materia ética, ha engendrado diferentes formas de fundamentalismo, ha dado lugar a tensiones, violencias y hasta terrorismo. Y esto, en el Occidente liberal, cambia los términos de la cuestión: para el ejercicio y la justificación de los derechos liberales, una cosa es la sociedad religiosamente homogénea al calor del cristianismo, como ha sucedido durante siglos, y otra cosa es una sociedad donde reina una fuerte competición religiosa, como sucede en nuestros días.

El remedio típico propuesto por los liberales, para evitar o reducir lo más posible este tipo de conflictos, ha sido o bien oponerse a la religión o bien separarla de la vida pública: dos soluciones distintas, pero ambas convergentes en la ecuación «liberal igual a laico». La laicidad y el laicismo han sido considerados como un bien refugio, como un escudo protector contra las amenazadas dirigidas al núcleo de la doctrina: si la sociedad es laica y el Estado también lo es, entonces —aquí aparece de nuevo el optimismo liberal— la religión no penetra en ella, y si no penetra en ella tampoco constituye un factor de riesgo para la estabilidad social.

Esta solución, a pesar de haberse difundido hasta tal punto que ha sido acogida como una especie de dogma, no ha dado, con todo, unos resultados satisfactorios, sobre todo en Europa. Es más, parece que ha facilitado o agravado la crisis moral o ético-civil que está atravesando en nuestros días, precisamente en el momento en que «dar un alma a Europa» se ha convertido en un imperativo político contra los riesgos del fracaso del gran designio de la unificación. Por eso, la segunda pregunta más difícil para los liberales hoy es la siguiente: «¿Existe, y en caso afirmativo cuál, alguna relación entre el liberalismo y la religión, en particular con el cristianismo, que es la religión tradicional de referencia de los Padres liberales y de los países liberales?». Ésta es la bifurcación principal frente a la que se encuentra la doctrina liberal, y aquí es donde se juega sobre todo su destino. La respuesta a esta pregunta es vital. Porque, si existe un nexo no extrínseco entre el liberalismo y el cristianismo, entonces el liberalismo se puede referir a un patrimonio suficientemente sólido de valores éticos y religiosos donde anclar los fundamentos conceptuales de su propia doctrina. Si, por el contrario, no existe ese nexo, entonces el liberalismo se convierte en una multiplicación de su propia crisis.

Frente a esta bifurcación, elijo la primera carretera. No asumo, y hasta rechazo, las posiciones antiliberales que han sido un funesto ejercicio intelectual y político de muchos fascistas, nazis, comunistas, e incluso las propias de muchos conservadores4, aunque considere que el conservadurismo tenga razón en un punto que el liberalismo, por defecto de autorreflexión, olvida: la defensa de los fundamentos de su propia tradición. No comparto, en particular, la objeción de que el liberalismo es una doctrina basada en el individualismo, el egoísmo, el hedonismo, carente de interés por las virtudes y el bien común. Rechazo también esa filosofía de la historia —de matriz hegeliana y heideggeriana— según la cual la modernidad empieza con el nacimiento del individuo en el siglo XVI, prosigue con la ciencia del XVII, la Ilustración del XVIII, la nación del XIX y acaba en el siglo XX con la técnica del exterminio en el campo de Auschwitz, después del cual «sólo un Dios puede salvarnos». Una historia así es precisamente la que cuentan los antiliberales y los anticristianos que, tras la tragedia a la que ellos mismos ayudaron, se dan golpes de pecho y siguen rezando a divinidades equivocadas («un Dios», pero el nuestro), o bien consideran que del primado liberal del individuo se siguen el laicismo y la negación del sentido y del valor de la religión5.

Las objeciones contra el liberalismo son muchas y algunas de ellas son razonables y tienen fundamento. La mía es que ha perdido la fe en sus propios fundamentos y cortado el vínculo que existe, histórica y conceptualmente, entre el liberalismo y el cristianismo. Estoy convencido de que las ideas hoy prevalecientes al respecto entre los liberales —a saber: que no es oportuno dar importancia o voz a la religión, que la religión es irrelevante para la vida pública, que es un obstáculo, o bien que está superada en el mundo moderno o posmoderno— son insostenibles en la doctrina y ruinosas en la práctica, sobre todo en Europa, donde es más aguda la crisis del liberalismo. Ésta es la tesis que pretendo sostener.

Antes de proceder, es obligatorio realizar una precisión. Dada la naturaleza teorética y políticamente híbrida de la que he hablado y sobre cuyas razones volveré en el capítulo tercero, a lo largo de este trabajo me referiré al liberalismo, a los liberales y a los regímenes liberales para referirme a una variedad de posiciones. Naturalmente, tanto en la doctrina como en la práctica política, un liberal es diferente de un conservador, de un demócrata, de un socialdemócrata. Sin embargo, en la medida en que también ésos aceptan la idea de los derechos fundamentales, como, en la retórica y en la acción, acostumbran a hacer casi todos, pueden ser clasificados como «liberales» o, si se prefiere, como herederos de los liberales o como continuadores de los mismos. De todos modos, para evitar meter la nariz en las atribuladas disputas de familia y para evitar las insolubles controversias puristas y nobiliarias (quién es «el auténtico liberal», cuál es «el verdadero liberalismo»), cuando deba referirme a algún autor citaré o bien a aquellos que se definen como liberales o bien a aquellos en los que actúa la doctrina liberal de manera visible. El problema de que aquí se trata —la relación entre el liberalismo y la religión— nos facilita las cosas, porque en este terreno están marcadas decididamente las semejanzas. Podemos observar, por ejemplo, que, a pesar de las relevantes diferencias por las que se sitúa a los liberales americanos «a la izquierda» y a los europeos «a la derecha», la actitud (crítica y negativa) respecto a la religión pone a ambos en el mismo lado, por tener los unos y los otros visiones teóricas semejantes y por patrocinar ambos dos medidas políticas semejantes.

El teatro principal de mis reflexiones es Europa, aunque casi todo lo que voy a decir se extiende a todo el Occidente. Por eso, para disponer la escena, empezaré desde aquí por la apostasía del cristianismo que está en curso sobre todo en el Viejo Continente y que hoy está siendo alimentada en particular por la cultura liberal y laica. A continuación, trataré cuatro puntos. Primero: presentaré y someteré a debate la ecuación laica corriente entre los liberales. Segundo: proyectaré una mirada sobre la historia del anticlericalismo, que representa un residuo de aquella ecuación. Tercero: me dirigiré a los Padres del liberalismo para captar cómo trataban ellos el problema e inspirarme en ellos. Cuarto, iré al punto principal: por qué deben considerarse cristianos los liberales: Digo deben, no: «pueden» o «no pueden no».

La apostasía del cristianismo

Las medidas típicas liberales en Europa para gobernar las borrascosas relaciones étnicas, culturales y religiosas han sido las legislaciones generosas sobre la inmigración, las facilidades a las concesiones de la ciudadanía, la aceptación de las costumbres de los otros incluso cuando eran incompatibles con las nuestras, las censuras puestas a los símbolos de nuestra historia, la negativa a considerar la religión como un factor decisivo de la vida pública o incluso sólo influyente en los comportamientos y costumbres sociales. En cuanto a los problemas éticos, las medidas más difundidas han sido la proliferación de los así llamados «nuevos derechos», el reconocimiento de las pretensiones más diversas y en ocasiones (al menos respecto a nuestra tradición) también más perversas, la invención de nuevas instituciones de derecho sobre todo civil, las más atrevidas y permisivas autorizaciones de investigaciones y prácticas médicas que afectan a los valores cristianos fundamentales.

Para tomar todas estas medidas, los gobiernos y las fuerzas políticas liberales han recurrido a las palabras aparentemente más nobles y generosas que conoce el vocabulario político: «inclusión», «reconocimiento», «acogida», «aceptación de las minorías», o bien: «diálogo», «tolerancia», «respeto», o bien aún: «constelación posnacional» o «sociedad posmoderna», para referirse a un tipo ideal de comunidad sin fronteras, pluralista y abierta, indulgente y permisiva, que se debería mantener junto con el «patriotismo constitucional», otra expresión entrañable, como veremos, a los liberales modernos (sobre todo a los que ocupan las frecuencias democráticas del espectro).

Sin embargo, las consecuencias de tanto amasijo de humanitarismo, utilitarismo, subjetivismo, permisivismo han estado poco a la altura de las expectativas. Las políticas inclusivas de las fronteras abiertas han provocado tensiones sociales en algunas grandes ciudades europeas (en los barrios periféricos de París y en otros lugares). La acogida generosa a los inmigrantes ha producido la reivindicación de zonas francas con una jurisdicción especial incompatible con la nacional (en Inglaterra), así como violencias étnicas y religiosas (en Holanda). El multiculturalismo y el asimilacionismo, recetas europeas en el tema de la integración, no han impedido conflictos religiosos tratados como controversias sobre el modo de vestir (en Francia, la cuestión del velo de las mujeres musulmanas) o regulados mediante sutilezas de derecho administrativo (en Italia, la disputa sobre la presencia del crucifijo en las escuelas y aulas públicas). La idea de la constelación posnacional con su patriotismo constitucional no ha limpiado de minas los terrenos de los nuevos nacionalismos étnicos (en Bélgica, por no hablar de los Balcanes), no ha protegido a Europa del terrorismo islámico (en Madrid, en Londres), no ha evitado el fracaso de la Constitución europea para la que había sido elaborada sobre todo (los referendos en Francia y Holanda y, más recientemente, en Irlanda). En el plano de las legislaciones éticas, los nuevos derechos reclamados como «conquistas civiles» han llevado a duras controversias sobre todos los temas relevantes.

En suma, se está produciendo en toda Europa un efecto bumerán: cuanto más proceden los gobernantes apoyándose en la idea «somos liberales, y por eso somos abiertos, nos mostramos disponibles, tolerantes, permisivos, respetuosos con todos, dueños de nosotros mismos», más desconcierto, desbandada, incertidumbre, incomodidad se produce en los gobernados y, en general, más piden éstos puntos de referencia morales, espirituales y de identidad que hacen renacer el tema de la religión (y el papel de la Iglesia)6. Esta disfunción entre la ebriedad de la máxima libertad de hacer y la percepción de la miseria de lo que se sigue de ahí, entre la libertad reclamada y el resultado obtenido, entre el sentido del dominio de sí y la sensación de inseguridad de cada uno, alimenta una crisis moral o ético-civil en Europa. La vieja pregunta de Kant —¿qué debo hacer?— resuena hoy de muchas formas en una gran cantidad de bocas y la incertidumbre sobre la respuesta provoca un efecto depresivo, de desorientación, no sólo moral, sino también política y social, y hasta demográfica. ¿Qué es Europa? ¿En qué cree? ¿Qué ideales, valores y estilos de vida persigue?

Ahora bien, es la religión la verdadera piedra de escándalo. Más que olvidada, es objeto de combate. Lo que está pasando en Europa es una apostasía del cristianismo7