Por si acaso - Alfredo Matilla - E-Book

Por si acaso E-Book

Alfredo Matilla

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Beschreibung

Los caminos de Freud son inescrutables. Muchas cosas le deben suceder a uno para que todo cuadre justo ahora, curado, casado y con la cuarentena acechando. Algunas de las más importantes fueron haber vivido en la Residencia Campus para prometedores futbolistas frente al Carlos Belmonte y jugar varios años de blanco para intentar ser el nuevo Iniesta. No me supone ningún esfuerzo recordar el primer día que mi vida y la del Albacete comenzaron a entrelazarse.

LO QUE PIENSAN LOS CRÍTICOS

El estreno literario del periodista manchego, miembro del centro de Psicología Deportiva TYM, pretende ser una guía para aquellos niños y niñas que sueñan con ser deportistas de élite en el futuro y un manual para padres que deben manejar esas complicadas expectativas cuando aparece la presión. europapress.es

SOBRE EL AUTOR

Alfredo Matilla : Nació en Alcázar de San Juan (Ciudad Real, 1982) nada más acabar el Mundial de España, intentó ser Iniesta durante tres años en Albacete, maduró a base de sobaos en Santander y ahora sobrevive maldiciendo la boina gris de Madrid mientras prepara su retiro espiritual en las costas de Cádiz. Compagina el periodismo con la psicología deportiva, los bolos de veteranos con el fisioterapeuta y el son de la salsa con los quejíos de Metallica. En esta época de extremos, no hay mejor forma de vivir que la del mediocentro.

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Seitenzahl: 140

Veröffentlichungsjahr: 2020

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alfredo matillanació en Alcázar de San Juan (Ciudad Real, 1982) nada más acabar el Mundial de España, intentó ser Iniesta durante tres años en Albacete, maduró a base de sobaos en Santander y ahora sobrevive maldiciendo la boina gris de Madrid mientras prepara su retiro espiritual en las costas de Cádiz. Compagina el periodismo con la psicología deportiva, los bolos de veteranos con el fisioterapeuta y el son de la salsa con los quejíos de Metallica. En esta época de extremos, no hay mejor forma de vivir que la del mediocentro.

por si acaso

Alfredo Matilla

primera edición: marzo de 2020

© Alfredo Matilla González de la Aleja

© Libros del K.O., S.L.L., 2020

C/Infanta Mercedes 92 Despacho 511

28020 Madrid

[email protected]

www.librosdelko.com

isbn: 978-84-17678-37-1

código ibic: DNJ, WSJA

diseño de portada: Artur Galocha

diseño de colección: Rivolta

maquetación: María O’Shea Pardo

corrección: María Campos

A Pelayo Novo

1. Me sobran los motivos

Un buen día tuve una mala noche. Y no fue porque acabara de cumplir los treinta. Ese miércoles de junio del año 2013 me impuse la misión de dejar atrás la maldita claustrofobia y vencer de una vez mi miedo a perder el control. Así, con la valentía de quien se propone hacer puenting o darse de baja de una compañía telefónica con una sola llamada, me dirigí a la estación de tren para coger el Cercanías que une Fuencarral, a escasos pasos de mi casa, con la Puerta del Sol. Aguardé la llegada del convoy realizando respiraciones para relajarme, pese a que iban a ser solo diez minutos de trayecto y tres paradas sin manejar mi vida. Era un ejercicio sencillo y sin más historia para cualquier mortal, pero no para quien ha tenido dolorosos antecedentes vitales.

Enfilé el camino hacia el examen algo agitado por las reticencias que venía acumulando a los espacios cerrados durante los últimos cuatro años. Dio igual que probara suerte en horario Champions, que es cuando más motivado se encuentra uno y menos vida hay fuera del hogar. Así que una vez situado frente al toro con la tila doble digerida, justo antes de que el vagón menos concurrido que había elegido cerrara sus puertas, di un salto instintivo que me hizo regresar bruscamente al andén y a la cárcel interna en la que residía. Ante la sorpresa del resto y para retroceso en mi autoestima. Las taquicardias eran incontrolables. Me faltaba el aire. Otra vez no era capaz de realizar algo tan trivial como lo que iban a hacer los dos benjamines que no dejaban de observarme a mi lado.

Tras el revés, volví a casa llorando, esta vez como un quinceañero, porque siempre que estoy en peligro tengo tendencia a refugiarme en mi cueva. Confirmé que tenía un problema enquistado que se estaba propagando peligrosamente. Tanto empapé la almohada al intentar conciliar el sueño después, que decidí que había llegado la hora de sentarme en un diván por primera vez. Se acabaron los regates improductivos. Me gusta ser como soy, Alfredo el periodista, con lo bueno y lo mejorable; y realmente con tanto zigzag parecía Onésimo el trilero.

Me atreví a dar el paso de visitar a una psicóloga que me habían recomendado. Al miedo solo se le vence peleando. El objetivo era acabar con una incómoda fobia con origen en el avión que lastraba mi día a día y que, entre otras cosas, me había empujado a conducir con la L a cuestas, en unas vacaciones, desde Madrid hasta la mismísima Venecia. Cómo no, con mi ventanilla a media asta. Y qué cosas. A los pocos meses de terapia en un sótano de Pozuelo de Alarcón para intentar minimizar la angustia, no solo salí de la consulta de Ana con unos billetes de Ryanair en la mano rumbo a Santander: además, comprendí con tanta psicoterapia que Albacete y el Albacete Balompié habían marcado decisivamente mi vida. Viví demasiadas cosas allí —y junto a él— como para que lo inolvidablemente bueno y lo evitablemente duro no me pasaran factura.

Siempre creí que los clubes se instalan en nuestros discos duros y se agarran a sus paredes como un virus y, sin embargo, nunca imaginé que la cosa sería para tanto. Los caminos de Freud son inescrutables. Aunque soy de Alcázar de San Juan, un pueblo puntero de Ciudad Real, y siempre me ha tirado el Barça, muchas cosas le deben suceder a uno en su trayectoria para que todo cuadre justo ahora, curado, ya casado y con la cuarentena acechando. Alguna de las más importantes fue haber vivido en la Residencia Campus para prometedores futbolistas frente al Carlos Belmonte, con sus heladas e infiernos, y jugar varios años de blanco para intentar ser el nuevo Iniesta, con la presión golpeando en el cogote y con tantas consecuencias.

Pero el Alba llamó mucho antes a mi puerta. Conviene echar la vista atrás para recordar el primer día que mi vida, la del club y la de Albacete comenzaron a entrelazarse.

A mi padre, currante de Campsa, le ofrecieron a finales de los ochenta mudarse a una filial de Repsol ubicada a orillas de la A-3. El gancho para persuadirle era un suculento aumento de sueldo y la posibilidad de progresar como jefazo, como si mandar fuera un regalo divino y siempre deseado. Fue entonces cuando, mientras mis hermanos mayores se agobiaron con la idea de tener que dejar atrás a sus amistades o a sus primeros amores, yo fui rápidamente en busca del quiosco más cercano pegado a la estación de ferrocarril. Estaba abrumado por la incertidumbre. Solo tenía siete años.

Quería saber de inmediato a través de los periódicos de deportes, casi compulsivamente, si en esa ciudad desconocida a la que había serias opciones de traslado se jugaba al fútbol medianamente bien, si había un equipo puntero al que afiliarse, en qué categoría militaba y cuáles eran sus colores oficiales. Había que estar preparado. El idioma local (que tiene sus derivaciones), la gastronomía, las costumbres, la cultura y el partido político que gobernaba eran referencias secundarias. Albacete estaba a escasos 147 kilómetros de mi nido. No obstante, parecía que me hablaban de algo así como trashumar a Marte.

Al final, todo quedó en un simple conato de mudanza por las cosas del vértigo y de las raíces, pero a mí ese estrés postraumático de la amenaza de cambiar mi pueblo por la ciudad me dejó una secuela irreversible: me hice del Albacete Balompié.

Por si acaso.

2. Miedo al miedo

Así es como comenzó mi estrecha relación con el pánico, dentro y fuera del campo. Pocas sensaciones desde entonces tengo tan entrenadas. Con el paso de los años he ido acumulando diferentes miedos: miedo a lo desconocido, miedo a la oscuridad, miedo a volver a casa y que no haya nadie, miedo a las espinas, miedo a las tormentas eléctricas, miedo a la muerte de mis padres, miedo a la enfermedad, miedo al ridículo, miedo a la infidelidad, miedo a los gritos del entrenador o del jefe, miedo a las correcciones de los editores, miedo a hablar en público, miedo al juego aéreo y miedo a que vuelvan a jugar Reiziger o Bogarde. Sobre todo, miedo al fracaso y miedo a tener otra vez miedo.

Ya sé cómo enfrentarme más o menos a él. A esas alturas en las que el Alba apareció de repente, no fue tan sencillo. Por un lado, hubo un tiempo en que cada vez que sonaba el teléfono en nuestro salón para mí suponía la llamada definitiva por la que tendría que cambiar de residencia obligatoriamente. Llegué a pensar en cortar el cable o, al menos, en silenciar el volumen. Y ahora que reflexiono según escribo, no descarto que esa perenne tensión estuviera ligada a mi lluvia dorada en la cama siendo un crío. Si me especialicé en el Alba en secreto, mientras tanto, fue para reducir la incertidumbre e ir preparando un posible terreno. Cuando mis amigos hablaban de las ganas de poder ir a Ibiza algún verano, yo enseñaba la patita y les decía que me habían hablado maravillas de Albacete. Cuando eres niño siempre quieres que tu plan sea el mejor.

El miedo que vino después, ya como jugador que aspiraba al profesionalismo, fue un miedo más relacionado con la responsabilidad, con el tener que ser. Y ese es verdaderamente el más dañino y espinoso. Seguramente el que me haya convencido en la actualidad para formarme como psicólogo deportivo con un par de misiones claras: ayudarme y evitar que, pese a los buenos ratos, otros chavales sufran como lo hice yo.

En aquellos años de mili futbolística en Albacete, desde las pruebas de 1997 al 2000, mis vacaciones de verano o Navidad se basaron en ir dos veces al día al gimnasio a machacarme sin compasión y, entre sesión y sesión en esas semanas, a correr diez kilómetros a toda mecha para afilarme. También en comer una o dos veces, si lograba mantener un estado de reposo, y ocho cuando hacía acto de presencia la maldita ansiedad. Y, cómo no, en pesarme de tres a cinco ocasiones por jornada. La primera, al amanecer. La última, en plena madrugada. Leía manuales de preparadores físicos de élite y estaba atento a cualquier declaración en los medios de un jugador que pudiera ser un referente. Si Ettien, ex del Levante, decía que la clave de su éxito era hacer dos mil abdominales en ayunas, a la mañana siguiente ahí estaba yo imitándole. Menos mal que en aquella época Cristiano solo era cadete. Si no, hubiera tenido que meterme en hielo al acabar cada partido.

Pasar de 72 kilos para mí era algo así como delinquir por, supuestamente, alejarme del objetivo marcado. Si tenía un solo gramo más antes de un partido, mi cabeza lo proyectaba como si fuera a jugar cargado de mancuernas. Ahora, si mantenía en la pantalla de la báscula el 71, me creía Forrest Gump o Roberto Carlos. El primer entrenador que tuve en mis inicios, antes de esto, me dijo una tarde a voces delante de mis compañeros que me «sobraba culo», cuando le hubiera bastado con decir peso, así que parecí empeñarme después en querer eliminar mi trasero de la faz de la tierra. Siempre que veo a Seedorf o a Isco pienso «¡ay, si os hubiera cogido Toni por banda…!».

No enfermé hasta el punto de provocar el vómito, no comer nada ni, en definitiva, coquetear con bulimias o anorexias. Aunque reconozco que me daban calambres mientras dormía, que mi desvirgue con las hamburguesas del McDonald’s llegó a los 19 años y que el sentimiento de culpa por comer sin deber aún me persigue como una sombra. Sin embargo, hasta en mi familia se ha pasado siempre por alto que al poco tiempo de independizarme, en busca de un porvenir en el deporte, tuvieron que ingresarme con un virus extraño al que nadie supo jamás ponerle nombre.

Ese día comenzó con una visita de mi primera novia a Albacete para conocer la ciudad que me daba cobijo, acercarse al entrenamiento y darme aliento en plena época de exámenes. Algo que agradecía pero que, irremediablemente, me apretó la agenda hasta disparar mi agobio por querer estar a la altura con ella, con el equipo y con los apuntes de Filosofía. Sin venir a cuento, ya vestido de corto para comenzar a ejercitarme con mis compañeros a las cuatro de la tarde (sin comer, claro, porque el preparador físico nos pesaba), comencé a tener escalofríos en el calentamiento, a sentirme débil, a no escuchar, no oler ni poder tragar y, en resumen, a ver tantas luces alrededor que parecía rondarme la cabeza una importante convención de avispas.

La inquietud por el qué dirán y el pavor a quedarme fuera de la siguiente convocatoria me hicieron simular un dolor de tripa repentino. Casi una dolorosa apendicitis. Así que después de irme al vestuario pálido y recomponerme con dificultad, golpeado por ese pegajoso olor a Reflex que se impregna entre las duchas, pedí a mi pareja que sacara de urgencia unos billetes de tren. Sabía que algo malo pasaba y que convenía analizarlo con los míos, en la más absoluta intimidad. Otra vez, ante la aparición de un problema, la receta elegida era refugiarme en las faldas de mi madre. El pitido y olor de su olla y el son desde bien temprano de Gloria Estefan en el salón parecían cantos de sirena.

Hice el viaje de hora y media con dentera, con una señora prestándome su visón para calentarme y con su marido dándome agua en el tapón de una botella. Cómo tendría que ir para que el revisor ni me pidiera el billete, para que Héroes guardara silencio en mi discman, para que no fuera leyendo al maestro Millás o, en su defecto, jugando a la serpiente de mi recién estrenado Nokia. La fiebre se había disparado.

Al llegar a Alcázar, ya con la familia avisada, nos dirigimos a toda prisa a urgencias, donde únicamente recuerdo un par de detalles. El primero, gente descompuesta a los pies de la cama mientras me hacían pruebas y más pruebas, clavándome por todas partes agujas tan amenazadoras como un Kaláshnikov. La misión era descartar una meningitis y otras enfermedades conocidas o más raras. El segundo detalle fue la primera llamada que recibí, cuando salí en silla de ruedas 40 horas más tarde, con cinco kilos y medio menos por los sudores y la deshidratación. Uno de mis entrenadores me telefoneó para decirme, seco, exigente y sin preocuparse demasiado por el diagnóstico, que me esperaba sin falta en el entrenamiento a la tarde siguiente. Pese a que mi padre ya había advertido al club de mi estado convaleciente. Ahí confirmé que lo mío con el Albacete no tenía que ver mucho con el amor y que era más una relación de conveniencia.

3. El Queso Mecánico vive

Hay quien almacena muchas de sus primeras vivencias como verdaderas cicatrices. En mi caso, mucho antes incluso de haberme puesto en manos de una terapeuta, siempre he asimilado todo lo que me ha sucedido como benditas huellas en el alma de las que aprender o extraer una moraleja. En el fútbol, hasta los sucesos más banales son materia digna de clasificar en el cajón de la memoria eterna. Muchos días olvido que con cuatro años me atropelló un Renault de época por cruzar la calle sin mirar ni deber y todavía no sé en qué me fundí 600 euros la única vez que aposté con éxito por una reducida en la quiniela. En cambio, me sé de memoria la alineación del Barça en Wembley en el 92 y sé que lo del Alba fue mucho más que un flechazo cuando comencé a perder la vista por intentar seguir los desmarques de Antonio López Alfaro codificados en el Plus.

Hablar del Albacete, para la mayoría, será conversar sobre todo del Queso Mecánico. Y lo entiendo. Todos éramos un poco de Conejo, Coco, Chesa y compañía en esa época gloriosa de los noventa. Su trayectoria fue un nuevo cuento de hadas, ya que siendo un modesto más, logró ir enlazando proezas consecutivas hasta llegar por sorpresa a la élite y labrarse una leyenda. Aquella plantilla era tan simpática como en la actualidad lo es la del Leganés o como lo han sido las del Eibar, Huesca o Girona. Pero su relevancia fue mucho mayor. Fue un pionero y, para muchos, se convirtió en el equipo matagigantes del pueblo. Tener hasta sobrenombre, Balompié, no era cualquier cosa. Al parecer fue una imposición del general Moscardó en su afán por españolizar las entidades. Siempre le ha dado un poso nobiliario similar al de los pijos que pagan por ponerse un de que no venía de serie delante del apellido. Albacete Balompié. No dirán que no es esnob.

Lo complicado y relevante para que la llama siga encendida ha sido mantener el sentimiento en estos años, cuando el panorama era menos atractivo y la Segunda B se presentó en nuestra puerta con la guadaña del concurso y la disolución. Quien haya mantenido la pasión hasta ahora ya habrá hecho callo y podrá aguantar estoicamente, con tanta paciencia, cualquier cosa en la vida: desde una hemorroide traicionera hasta comer lombarda un domingo en casa de la suegra.

No exagero. Ha habido días en los que temimos que este maravilloso hobby deteriorara nuestra salud. Recuerden el capítulo más inesperado o buceen en el mar de Google para comprenderlo: en un mismo verano (1994) el Albacete descendió en los terrenos de juego y logró la permanencia en los despachos. Fueron días de angustia con manifestaciones en el corazón de la ciudad, al mismo tiempo que se movilizaban Valladolid, Vigo y Sevilla, las otras capitales implicadas en un verdadero problema de Estado.