Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El joven lord Berners recuerda, al comienzo de estas memorias de infancia, la primera vez que fue consciente de su existencia, una existencia, tan privilegiada como extraña, que se desarrolla en una mansión neogótica de la campiña inglesa, en el seno de una familia obsesionada por la caza del zorro, la equitación y el ideal de la masculinidad victoriana. Berners pronto descubre su absoluta ineptitud para los deportes, su condición de pésimo jinete y su inclinación irremediable por la música, las muñecas y el arte. Sus rarezas, sus bromas y sus experimentos, cada vez menos tolerables, harán que acabe en un internado destinado a «hacer de él un hombre». Bajo la tutela del señor Gambril, cuyos métodos recuerdan más a los de un carcelero que a los de un educador, Berners tendrá que desenvolverse en un ambiente educativo rígido, pero no exento de descubrimientos de todo tipo, también afectivos. Quintaesencia del aristócrata inglés excéntrico, Berners describe a su entorno familiar –sus antagónicas abuelas, la odiosa prima Emily–, a sus vecinas, a su institutriz suiza o a sus compañeros y profesores del colegio con agudeza y ojo clínico. Su estilo, cáustico y acerado, da lugar a múltiples momentos desternillantes y a situaciones absurdas, al tiempo que explica el peso de la tradición en la aristocracia victoriana, un peso del que el joven Berners desea librarse a toda costa. Una educación sentimental que no servirá de ejemplo a nadie.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 246
Veröffentlichungsjahr: 2026
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
LARGO RECORRIDO, 217
Lord Berners
PRIMERA INFANCIA
TRADUCCIÓN DE ÁNGELES DE LOS SANTOS
EDITORIAL PERIFÉRICA
PRIMERA EDICIÓN: febrero de 2026
TÍTULO ORIGINAL:First Childhood
MAQUETACIÓN: Grafime
© de la traducción, Ángeles de los Santos, 2026
© de esta edición, Editorial Periférica, 2026. Cáceres
www.editorialperiferica.com
ISBN: 978-84-10171-70-1
La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.
Para Robert Heber-Percy,
cuyo conocimiento de la ortografía
y el estilo literario se ha demostrado inestimable
Recuerdo con mucha claridad la primera vez que fui consciente de mi existencia, la primera vez que me di cuenta de que yo era un ser humano sensible en un mundo perceptible. Parece que adquirí aquel estado de autoconciencia de una forma muy similar al modo en que uno domina la técnica de montar en bicicleta o de hacer un truco de malabares, es decir, en un momento dado y sin razón aparente, uno descubre de pronto que lo puede hacer.
Aquel despertar de mi percepción no estuvo provocado por ningún hecho relevante. No apareció ningún unicornio. Tampoco hubo un tañido de campanas que anunciara alguna gloriosa victoria ni la subida al trono de un monarca. Por mucho que algo así pudiera realzar el interés de mi historia y darle un toque pintoresco, un estricto respeto a la verdad me impide conectar aquella circunstancia con ningún acontecimiento de importancia nacional o siquiera local.
Las condiciones en que tuvo lugar aquel hecho decisivo para mi desarrollo mental no podrían haber sido más triviales. Simplemente estaba de pie junto a una mesa de la biblioteca de Arley cuando, de repente, lo que hasta entonces había sido un entorno borroso se tornó nítido, como cuando alguien que es corto de vista se pone gafas. Los objetos y las personas adquirieron formas definidas, agrupándose en un todo ordenado, y desde aquel momento comprendí que yo formaba parte de aquello, sin adivinar, claro está, todo lo que aquello implicaba. Los rasgos evidentes de aquel primer hito de mi experiencia siguen claramente registrados en mi imaginación: la enorme mesa de caoba con su tapete de terciopelo carmesí; el grueso álbum de fotografías guarnecido de cierres dorados, que podía cerrarse con llave como si fuera el receptáculo de imágenes obscenas cuando, en realidad, no contenía nada más que retratos de familia; el cuenco de porcelana lleno de rosas de Navidad, ligeramente estropeadas por el frío, como suelen estarlo esas flores; un retrato al pastel de mi abuela cuando era niña. En segundo término, mi abuela en persona, mi madre y unas cuantas tías, y, en la puerta, mi niñera esperando para llevarme de paseo. Un conjunto que, estará usted de acuerdo, estaba desprovisto por completo de cualquier emotividad, aunque podría haber tenido cierto encanto como tema de conversación victoriano.
Las personas a las que les he preguntado sobre el primer despertar de su conciencia me han aportado poca información. En la mayoría de los casos recordaban algún incidente concreto que había tenido lugar en sus primeros años de vida, pero ninguna de ellas pudo rememorar el momento exacto en el que, por primera vez, repararon en que eran seres humanos. Algunos hasta confesaron que, en lo tocante a ellos, aquello nunca había llegado a ocurrir. Y yo diría que, aun así, se las han arreglado para ir por la vida tan ricamente.
El fenómeno que he descrito sucedió cuando yo tenía tres años y medio. Hasta entonces mi vida no había sido del todo tranquila. Había viajado a Malta y había regresado; mi niñera me había arrojado a las aguas del Mediterráneo, y había aparecido en una fiesta infantil disfrazado de Baco niño. No obstante, en lo que respecta a mi memoria, estos hechos han caído en el olvido. Yacen enterrados en mi subconsciente y no puedo sino estar agradecido por ello, pues no parece que hayan dado lugar a graves complejos, inhibiciones ni represiones.
Dicen, sin embargo, que las cosas que nos ocurren después de nuestro nacimiento tienen menos importancia en la formación de nuestro carácter que las que ocurren durante nuestra historia prenatal y que, en ese período misterioso, escurridizo, es cuando se definen los impulsos que nos dirigen durante nuestro breve paso por la vida. En cuanto a la herencia biológica, soy incapaz de encontrar ninguna genealogía clara para mi carácter. Mis ancestros, durante varias generaciones, han sido terratenientes u hombres de negocios con aficiones de naturaleza exclusivamente deportiva aunque, por supuesto, es muy posible que haya habido entre ellos unas cuantas damas con talento artístico que pintaran acuarelas, visitaran Italia o tocaran el arpa. Por lo visto, hace muchos años, entró en la familia algo de sangre gitana. Este hecho se encubrió con más o menos éxito, por más que haya habido indicios de que esa sangre ha seguido fluyendo, como una corriente subterránea, y saliendo de vez en cuando a la superficie con resultados desconcertantes.
En lo relativo a mis antepasados más inmediatos, soy incapaz de atribuir cualquiera de mis rasgos distintivos a mis abuelos, y aún menos a ninguno de mis progenitores. El único hecho concluyente que he aprendido sobre la herencia es que, a finales de la época victoriana, había ciertas desventajas en ser diferente (en el sentido biológico) en un entorno exclusivamente deportista.
Nací en 1883 en Arley, el hogar de mis abuelos maternos, y fue allí donde pasé la mayor parte de mi primera infancia. Arley era una enorme casa neogótica de piedra gris, construida a finales del siglo xviii. Se parecía un poco a Strawberry Hill y, aunque de arquitectura no tan etérea y fantástica, tenía una buena cantidad de torreones y almenas. Su atmósfera era sumamente romántica y creo que Horace Walpole, Lewis –el Monje– o la autora de Los misterios de Udolfo1 le habrían dado el visto bueno. La casa estaba rodeada por un parque encantador, ondulado y muy frondoso, y un amplio valle por el que fluía el Severn. El edificio, con vistas al río, se alzaba sobre una loma, y los jardines tenían declives y balaustradas de piedra que descendían hasta la orilla. El elemento más llamativo del parque era una cadena de taludes densamente arbolados que seguían la línea de la corriente en dirección a Southbridge, la pintoresca y poco típica población local. A aquella cadena se la conocía como el Terraplén. Era un paraíso terrenal para los niños, y los escarpados barrancos de arenisca que sobresalían aquí y allá por entre los árboles proporcionaban un inagotable campo de exploración y aventura.
Uno de aquellos barrancos atraía con fuerza mi imaginación infantil. Se lo conocía como la Roca Tarpeya, nombre que, sin duda, era un vestigio del gusto clásico de una generación pasada. Era una abrupta pared de arenisca roja incrustada de liquen de la que sobresalían altos abetos. La fascinación que la Roca Tarpeya ejercía sobre mí se debía, seguramente, a una temprana apetencia por lo terrible y sublime, junto con el interés que me suscitaban las sádicas asociaciones del nombre. Recuerdo sentirme amargamente decepcionado cuando supe que Tarpeya, en vez de haber sido arrojada desde una roca, como yo había imaginado, en realidad había sido aplastada por los escudos de los soldados sabinos, que se habían aprovechado vilmente de una frase ambigua.2
Aun así, la Roca Tarpeya era sólo una de las muchas cosas interesantes que se podían encontrar en el parque. Estaba, por ejemplo, la pequeña charca a la que llamábamos Pozo Sin Fondo, donde se había hecho un intento de extraer carbón y aquel pozo minero, ahora abandonado, estaba lleno hasta el borde de agua estancada. Se encontraba en un bosquecillo de aspecto lúgubre en el que, según se rumoreaba, ningún pájaro había construido jamás su nido, un hecho que aumentaba grandemente su siniestra reputación. Pero me temo que a cualquiera que no conociera la leyenda del pozo sin fondo y del bosque sin nidos le habría parecido una charca de lo más corriente.
La Casa de Hielo suponía otra emoción. En los tiempos anteriores al uso generalizado del hielo artificial, la superficie congelada de uno de los estanques se rompía cada invierno y se almacenaba en una cámara circular, semisubterránea, y se cubría con una espesa capa de helechos. En un par de ocasiones, como cosa especial, me abrieron la puerta de la Casa de Hielo para que pudiera echar un vistazo a las heladas profundidades en las que el hielo sobre el que habíamos patinado dormitaba en su nido de helechos hasta el momento en que saldría de nuevo para enfriar nuestras bebidas y proporcionarnos sorbetes y cubitos.
No obstante, es en la casa misma donde se concentran los más vívidos de mis recuerdos tempranos. Arley, con sus escaleras y pasillos, sus misteriosos rincones, sus armarios y sus desvanes, cada lugar con su propia atmósfera, formaba un microcosmos en el que yo podía encontrar abundante alimento para mis incipientes gustos y sensibilidades.
Las dos estancias que yo prefería por encima de todas las demás eran la biblioteca y el salón de visitas, pues contenían la mayor y más variada cantidad de tesoros.
Me encantaba la biblioteca por las hileras de libros de color ámbar que se veían en los altos estantes góticos, coronados por hornacinas que albergaban bustos de eminentes hombres de letras (¿o eran emperadores romanos?); por sus elaboradas lámparas de gas, con sus luminosos globos, que parecían gigantes frutos incandescentes sobre ramas góticas; por la enorme chimenea de mármol con urnas de pórfido en la repisa; por los inmensos sillones de cuero y las lámparas de lectura, de plata y con brillantes pantallas de cristal verde. Daba la sensación de que toda la sala irradiaba calidez y seguridad en aquellos acogedores días victorianos.
El salón de visitas me atraía de una forma diferente. Era más alegre, más femenino, más frívolo. Los adornos góticos eran menos austeros y las tracerías tenían detalles en celeste y dorado. Del techo, de bóveda con forma de abanico, como una fuente invertida, colgaba una enorme lámpara de araña con lágrimas que, destellando con los colores del arcoíris, se reflejaban en los altos espejos que había entre las ventanas. Las cortinas se ondulaban en un laberinto de pliegues y borlas. Las sillas y los sofás, de satén azul pálido, estaban salpicados de abundantes botones, y había una especie de sofá doble con forma de S, llamado sociable, si bien sería difícil imaginar algo menos propicio a la sociabilidad, por muy ventajoso que se hubiera demostrado para personas orgullosas de su perfil. En uno de los rincones de la habitación había un monstruoso piano de media cola que, al parecer, se usaba más como depósito de cachivaches que con algún propósito musical. Delante de la chimenea había una gruesa alfombra blanca de lana y, a un lado, un parachispas hecho con un faisán del Himalaya disecado con las alas desplegadas que con su iridiscente pechuga y su copete de plumas me llenaba de regocijo.
Pero lo que me fascinaba más que cualquier otro objeto del salón era un alto biombo plegable, decorado con imágenes de vivos colores, recortadas y pegadas al azar, un trabajo conjunto de mi madre y sus hermanas, quienes para su construcción debieron de mutilar una biblioteca entera de libros ilustrados y láminas a color.
Bajo una capa transparente de barniz amarillo, se desplegaba un cautivador mundo de flores, pájaros y paisajes, todo revuelto en caleidoscópica confusión. Allí podías ver «palomas de Siam, ratones de Lima y aves del paraíso sin patas»,3 además de innumerables cosas más. Había vistas de lagos italianos y ciudades, enmarcadas por ramos de orquídeas. Perfilándose sobre un fondo de montañas, rebecos y chalés suizos, unos rutilantes colibríes introducían sus afilados picos en los cálices de flores tropicales. Un periquito gigante, verde y carmesí, daba la impresión de haberse posado en la aguja de la catedral de Colonia, mientras una compañía de caballeros medievales, a lomos de caballos ricamente enjaezados, caracoleaban delante de la Esfinge y las pirámides. El conjunto no tenía orden ni concierto, pero evocaba una visión mágica de algún fantástico paraíso de hadas, y, cada vez que tenía ocasión, me colaba en el salón para los invitados y me quedaba embelesado delante de aquel biombo, esforzándome en vano por memorizar el sinfín de elementos allí representados.
Tal era el efecto que me causaba el biombo en mi temprana infancia. Sin embargo, cuando, muchos años después, lo vi de nuevo, guardado en un trastero al que el gusto purista de una era posterior lo había desterrado, me asombró descubrir que estaba compuesto en su mayor parte de caricaturas políticas y escenas deportivas. Los paisajes continentales que yo tan bien recordaba, los pájaros exóticos y las flores tropicales no constituían sino una porción relativamente pequeña del todo. Tampoco estaban especialmente colocados, como podría suponerse, en los paneles inferiores del biombo, que, en aquellos días, habrían quedado a la altura natural de mi campo de visión. De hecho, para alcanzar a ver algunos de ellos seguramente me vi obligado a subirme en una silla.
Este descubrimiento fue muy sorprendente y podría demostrar que, en el momento en que el biombo despertó mi entusiasmo infantil, una innata fuerza selectiva debía de estar ya en funcionamiento, centrándose en ciertas cosas y excluyendo otras, una fuerza selectiva que continuó obrando a pesar de los arduos esfuerzos de padres, niñeras, institutrices y maestros de escuela por desviarla hacia cauces que eran más de su gusto.
Los lugares, cuando pienso en ellos, saben conectarse en mis recuerdos con aspectos concretos del tiempo y con ciertas horas del día. Siempre que pienso en Arley, la veo invariablemente bajo los grises cielos invernales y en las primeras horas de la tarde. A veces estas asociaciones climáticas y horarias parecen meramente caprichosas, pero en este caso concreto se deben con toda probabilidad al hecho de que era en invierno y en aquel momento del día cuando las emociones que aquel lugar despertaba en mí eran más intensas. Mi madre y yo siempre llegábamos a Arley a media tarde. La sensación más vívida es la de la inmediata ilusión, y hoy día todavía recuerdo la emoción y el deleite que siempre sentía cuando, al aproximarnos a la casa, vislumbraba sus grises torres almenadas surgiendo entre los árboles; la deliciosa anticipación de la merienda en la biblioteca después de un largo y tedioso trayecto, de ver de nuevo a mis primos pequeños después de un prolongado período de soledad, y de toda la diversión navideña que nos esperaba.
La estación estaba a un cuarto de milla de la casa y al otro lado del río. Se cruzaba en una barca de pasaje, un método que añadía más emoción a la llegada. Cuando el río estaba crecido, como ocurría a menudo en aquella época del año, cruzarlo suponía incluso cierto peligro y, en efecto, un día la barca volcó y lanzó a los pasajeros y sus equipajes a las turbulentas aguas. Después de aquel incidente la barca fue reemplazada por un puente colgante, magnífico pero menos romántico.
Las visitas invernales a Arley eran siempre las más agradables. En aquella época del año la casa revivía con la presencia de cuatro o cinco primos pequeños, niños de más o menos la misma edad que yo. Predominaba una atmósfera de fiesta, y me concedían más libertad que en otras temporadas, cuando me quedaba allí solo con mi madre.
Mi abuela, la señora Farmer, reunía todo lo que uno podía desear de una abuela. En la década de 1880 las mujeres solían asumir el aspecto de abuela en cuanto nacía el primer nieto, mientras que en 1930 era más probable que celebraran el acontecimiento haciéndose un estiramiento facial y pasando las veladas en un club nocturno. El triunfo sobre la vejez ha sido uno de los muchos avances notables de la generación actual frente a la anterior.
La señora Farmer, que, en aquel entonces, debía de tener poco más de cincuenta años, ciertamente se esforzó por parecer una abuela. Siempre se vestía con holgados vestidos largos de seda o satén en colores oscuros. Llevaba una cofia de encaje (como mi otra abuela, lady Bourchier, aunque con un resultado muy diferente), y su plateado cabello, dividido con precisión sobre la frente. En conjunto tenía el aire de una madona anciana, plácida y matriarcal. Su vida anterior había estado singularmente exenta de excesos de alegría y de tristeza, y sus rasgos estaban asimismo libres de las huellas que dejan tales desmesuras. Aunque su visión de la vida era limitada y bastante rígida, jamás había pronunciado una palabra desagradable ni un juicio precipitado. Era esencialmente una de aquellas personas cuyos rectos pensamientos nunca se habían desviado. Sus respuestas eran tan dulces que eliminaban no sólo el enojo, sino muchas otras cosas. La virtud respaldada por el encanto posee una influencia represiva más efectiva que la virtud sola y, en presencia de la señora Farmer, los sentimientos y los impulsos, que eran razonables en sí mismos, con frecuencia había que sofocarlos porque no eran estrictamente ortodoxos. Esto es quizá lo único que se le podría reprochar, si es que es reprochable en algún modo, ya que la mayoría de la gente estará de acuerdo en que ésta es una buena forma de que los revolucionarios controlen sus opiniones en el ámbito doméstico aunque, en cualquier caso, en el nuestro no había revolucionarios dignos de mención.
En el comedor de Arley había un retrato de cuerpo entero de mi abuela, pintado alrededor de 1870, en el que se mostraba con un recargado vestido de noche de aquella época, sonriendo con benevolencia y sin hacer ningún caso a la tremenda tormenta que se le aproximaba por detrás. El cuadro podría interpretarse, efectivamente, como una alegoría de la última etapa de la época victoriana.
Una Nochebuena, cuando estábamos brindando a su salud, el cuadro se cayó de repente al suelo, un accidente que naturalmente resultó siniestro y nos infundió malos presentimientos. No obstante, como mi abuela vivió otros treinta años más o menos, me imagino que la Providencia se echó atrás o que el ángel encargado de los pronósticos había cometido un error.
La vida anterior de la señora Farmer, como ya he dicho, había estado singularmente libre de preocupaciones, si bien, más adelante, una sombra se deslizó en su, hasta entonces, luminosa existencia. Mi abuelo, que siempre había sido el más cuerdo y normal de los hombres, fue víctima de una extraña enfermedad mental. Nunca comprendí del todo qué era ni qué se la había causado. Mi abuela y el resto de la familia la consideraban un «acto de Dios», aunque sólo Dios sabe qué pecado estaba expiando el pobre hombre. Mi abuelo había sido un devoto esposo y un padre excelente, pero en aquellos días cualquier calamidad que no se entendiera bien, desde un terremoto hasta una metedura de pata del Gobierno, se atribuía al caprichoso temperamento de Dios. Y ésta es a todas luces la razón por la que tantas personas, que eran religiosas por fuera, detestaban a la deidad en secreto.
Mi abuelo se pasaba el día sentado en una habitación a oscuras. De sus labios salía un interminable caudal de gruñidos y maldiciones. Sus gritos eran a veces tan fuertes que se oían por toda la casa. Había momentos en que parecía capaz de controlarse. Con todo, aunque a veces dejaba de gritar, nunca lo vi sonreír ni mostrar interés por nada. Durante las comidas siempre ocupaba su lugar en la cabecera de la mesa, aun cuando había visitas, y todos los domingos iba a la iglesia. No obstante, aquellas apariciones en público implicaban muchos momentos de ansiedad, y recuerdo que una vez, en la iglesia parroquial de Arley, estalló en un torrente de improperios tan violento en mitad del sermón que hubo que concluir el servicio a toda prisa.
Lo curioso es que la familia lo dejaba continuar con las rutinas del día a día como si estuviera en condiciones normales. Supongo que la idea patriarcal estaba tan firmemente establecida que, mientras siguiera con vida y su estado físico le permitiera ir de acá para allá, aún lo consideraban el cabeza de familia y como tal lo trataban.
Aparte del respeto reverencial que yo tenía por los abuelos, no recuerdo haberme sentido nunca asustado en absoluto por su anormal estado. Podría pensarse que aquellos espantosos gruñidos y maldiciones que salían de la habitación oscura habrían hecho temblar de miedo a un niño, pero tanto mis primos como yo nos acostumbramos pronto a oírlos. Sabíamos que era «sólo el abuelito». Incluso recuerdo haber escuchado con curiosidad algunos de los juramentos más peculiares que a veces profería, aunque nunca intenté darles una utilidad práctica en las conversaciones diarias. Supongo que comprendía que tales delicadezas retóricas eran para uso exclusivo de los adultos. Aun así, en la intimidad de mi habitación infantil, algunas veces entretenía a mis primos pequeños ofreciéndoles una realista imitación de las peculiaridades de mi abuelo, una actuación cuya efectividad dependía principalmente de que fuera del peor gusto posible y que, de haber llegado a oídos de las niñeras o los padres, se habría castigado de inmediato y con severidad.
Además de mis abuelos, en Arley había otros dos residentes permanentes: el tío Luke y la tía Flora. Los dos eran solteros. El tío Luke, según se rumoreaba, había sufrido en su juventud lo que se conoce como un amor desgraciado. Si fue que la joven con la que estuvo comprometido había muerto o si había sido ella quien lo dejó plantado es algo que nunca pude descubrir, pero, en cualquier caso, el desenlace fue desgraciado. A propósito, yo recomiendo la excusa de un amor desgraciado a cualquiera que desee quedarse soltero sin que nadie se entrometa. Es algo que despierta compasión entre los sentimentales y supone una protección contra los casamenteros recalcitrantes. El tío Luke nunca se casó ni dio muestras de sentirse seriamente atraído por ninguna mujer durante el resto de su vida.
La tía Flora tenía una invalidez crónica. En su juventud había sufrido un accidente de caza en el que se había dañado la espina dorsal y que la obligaba a pasar la mayor parte del tiempo recostada en un sofá de su sala de estar. Aunque podía ponerse de pie y hasta caminar un poco con la ayuda de un bastón, cualquier movimiento prolongado la agotaba. Era extraordinariamente bonita y antes del accidente había sido una apasionada de cualquier forma de diversión social. La señora Matchett, el ama de llaves, solía decir que, si hubiera podido moverse como cualquier otra muchacha, habría hecho sin duda un casamiento espléndido.
Yo adoraba a la tía Flora y, si me lo hubieran permitido, de buena gana habría pasado la mayor parte de mi tiempo en su compañía. Ella ocupaba unas pequeñas habitaciones en la planta baja de una de las torres. La habitación en la que se sentaba tenía forma octogonal y unas altas puertaventanas que se abrían directamente al jardín. Las ventanas daban al sur, y era una de las estancias más soleadas de la casa. Aun en los días grises, invernales, su empapelado amarillo y sus cortinas de rayas, de seda color albaricoque, daban la sensación de estar inundadas de sol.
A la tía Flora le apasionaban las flores y los pájaros. Las mesas estaban siempre repletas de plantas con flores, y en una de las ventanas había una gran jaula en forma de cúpula que parecía la maqueta de una mezquita hecha de alambre, en cuyo interior aleteaban y gorjeaban varias estrildas de brillantes colores y pinzones cantores. Entre la fragancia de las flores, el piar de los pájaros, el alegre empapelado y la propia personalidad floral de la tía Flora, aquello siempre me parecía un paraíso en perpetua primavera. Al otro lado de las ventanas crecía un arbusto de chimonanto (flor de invierno se llamaba antes de que los jardineros se volvieran tan refinados). Las diminutas flores malva y amarillas que se acurrucaban en las ramas deshojadas siempre me recordaban a la propia tía Flora. Tenía ésta el pelo muy rubio y su blanca piel presentaba una apariencia ligeramente marchita, como si fuera demasiado delicada para el frío clima del norte, en el que parecía existir en un estado de precaria aclimatación.
La tía Flora no era muy lista, si bien tenía una tontez seductora, como de pájaro, que, a su manera, resultaba mucho más atractiva que la inteligencia de mucha otra gente. Leía muy poco y tampoco se interesaba por ninguna de las habituales ocupaciones en el interior de la casa. Dependía por completo de la compañía de otros para entretenerse. Así pues, de forma instintiva, desplegaba todo su encanto para retener a las visitas lo máximo posible, y la sensación de que no se aburría, y de que nunca podría aburrirse, contagiaba a los demás un deseo semejante de quedarse.
Excluida como estaba de participar en cualquier entretenimiento social más amplio, conservaba sin embargo la pasión por la ropa. Pasaba todo el tiempo que podía –antes de que el agotamiento la obligara a dejarlo– delante de su espejo, probándose, de forma bastante lastimosa, vestidos y sombreros nuevos que le enviaban de París y Londres. Con frecuencia me permitía ayudarla a abrir los paquetes que llegaban de las modistas y, casi con el mismo deleite, examinábamos los delicados tejidos, las plumas y las flores artificiales conforme emergían de sus envoltorios de papel de seda. Un día me regaló una pluma de ave del paraíso que yo conservé religiosamente durante muchos meses, como si fuera una reliquia sagrada, hasta que le pasó como a muchos de nuestros tesoros infantiles: desapareció misteriosamente. Aparte de por razones puramente estéticas, aquellas galas me atraían, supongo, por su esplendor, porque era como si me permitieran atisbar aquel brillante reino de las fiestas que yo vagamente intuía a través de las revistas ilustradas y de los retazos de conversación que oía de vez en cuando. La tía Flora apreciaba mi admiración y una tarde se puso, por darme gusto, un vestido que había lucido unos años antes en la corte, antes de que el accidente la obligara a retirarse del mundo alegre. Cuando se puso en pie delante de mí, a la luz de la lámpara, con unas onduladas plumas de avestruz en la cabeza y una cola larga y sinuosa de algún material transparente y plateado, casi me asusté. Fue como si se hubiera transformado en algún extraño ser de otro mundo.
Al igual que todos los niños, yo hacía muchas preguntas. La tía Flora tenía paciencia para responderlas, aunque solía vengarse dándome información incorrecta o engañosa. Cuando le pregunté qué le pasaba en realidad a mi abuelo, me dijo con mucha seriedad que estaba embrujado, que estaba bajo un hechizo. Le pregunté si se pondría bien si encontrábamos un antídoto, un amuleto mágico. Me dijo que sí.
Durante varios días la idea estuvo incubándose en mi cerebro hasta que dio la casualidad de que leí, en un libro de cuentos de hadas rusos, la historia de un hombre que, al ponerse en la cabeza una guirnalda de campanillas de invierno, quedó liberado de la maldición que le había echado la Dama de Hielo. Parecía una cosa fácil. Le pregunté a mi abuela si lo habían intentado alguna vez y me contestó que no dijera tonterías. Sin embargo, para entonces yo ya había descubierto que, cuando un adulto le dice a uno que no diga tonterías, se trataba, en nueve de cada diez casos, de una mera artimaña para desechar una insinuación embarazosa. Comencé a abrigar las más serias sospechas y terminé por convencerme de que, por una u otra razón, a mi pobre abuelo lo estaban sometiendo adrede a aquella esclavitud.
Pasara lo que pasara, yo estaba decidido a hacer el experimento, cuya realización se veía favorecida por ser la temporada de las campanillas de invierno. Recogí un gran ramo de aquellas engreídas florecillas y, con ayuda de un alambre e hilo de algodón, me las apañé para confeccionar una tosca guirnalda. Me escondí en la biblioteca con mi talismán y aguardé hasta que los ronquidos de mi abuelo anunciaron que se había quedado dormido. Entonces entré de puntillas en su habitación, conseguí hábilmente ceñir la guirnalda a la cabeza del anciano caballero y regresé a mi escondite a esperar los frutos.
Poco rato después oí a mi abuela entrar en la habitación. Su exclamación de asombro ante la extraña visión de mi abuelo sentado con la boca abierta, roncando con fuerza y engalanado como Ofelia, debió de despertar al hombre de su modorra, porque al grito de mi abuela le siguió un rugido de furia y una gran conmoción.
Supuse que mi experimento había fracasado. Mis esperanzas de ser aclamado como un hacedor de milagros quedaron por los suelos. Ahora me sentía aterrado por lo que había hecho, pues comprendía que, tras haberle mencionado el asunto de las campanillas a mi abuela, sospecharían de mí al momento. Hui a la habitación de la tía Flora como quien busca amparo en la iglesia y le rogué que me protegiera. Me imagino que ella se divirtió mucho con el relato de mi desafortunado experimento y, en efecto, se sintió un poquitín culpable por haberme metido la idea en la cabeza y por haber sido, de manera indirecta, la causante de todo aquel problema. Sabiendo también que, por muy buenas que hubieran sido mis intenciones, el resto de la familia las malinterpretaría, se encargó con gusto de mi defensa, y me libré de un castigo con la advertencia de que nunca más, en ninguna circunstancia, entrara en la habitación de mi abuelo sin permiso.
