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Los Príncipes de Asturias son educados y formados para servir a sus súbditos, para cumplir su destino como Reyes de España y perpetuar la monarquía, pero en la historia existen muchos que no lo han conseguido. Parece una obviedad señalar que los el destino de los Príncipes de Asturias es convertirse en Rey de España, pero no lo es tanto si entendemos esto con la suficiente profundidad. Los Príncipes de Asturias, deben reflejar en su formación, en su comportamiento y en los hechos de su vida, la ejemplaridad y la preparación que les acredite para servir a sus súbditos de la mejor manera posible. Príncipes de Asturias nos presenta la historia de los herederos al trono de España que se remonta nada menos que a Juan I, primer duque de Girona que con la creación de la Junta del Principado se convierte en el primer príncipe, y que llega hasta Felipe de Borbón y Grecia, actual Príncipe de Asturias, sobre el que recae el destino de la monarquía española. Josep Carles Clemente no obvia ningún detalle de los distintos herederos a la Corona de España, desde el polémico nombramiento de Isabel la Católica por encima de Juana la Beltraneja, hasta el abandono del país de Alfonso XIII que sirve para dar arranque a la Segunda República a la que sigue la dictadura de Franco, sucesos que servirán, a la postre para que D. Juan de Borbón deba renunciar a sus derechos sucesorios en favor de su hijo SAR D. Juan Carlos I. Pero también abordará hechos tan relevantes como el problema sucesorio tras la muerte de Fernando VII, que provocará tres guerras civiles en el S. XIX y una dinastía paralela, los herederos del carlismo, que el autor analizará en uno de los capítulos. El libro concluye con el perfil biográfico de Felipe de Borbón y Grecia, actual heredero al trono y las incertidumbres sobre su advenimiento.
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Seitenzahl: 393
Veröffentlichungsjahr: 2013
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JOSEP CARLES CLEMENTE
Colección: Historia Incógnitawww.historiaincognita.com
Título:Príncipes de Asturias Autor: © Josep Carles Clemente
Copyright de la presente edición: © 2013 Ediciones Nowtilus, S.L. Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madridwww.nowtilus.com
Elaboración de textos: Santos RodríguezRevisión y adaptación literaria: Teresa Escarpenter
Maquetación: Paula García ArizcunDiseño y realización de cubierta: Reyes Muñoz de la SierraImagen de portada: Imagen cedida por la Casa Real
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra ( www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
ISBN edición impresa 978-84-9967-366-0ISBN impresión bajo demanda 978-84-9967-367-7ISBN edición digital 978-84-9967-368-4Fecha de edición: Noviembre 2013
Depósito legal: M-27554-2013
Primero cogieron a los comunistas, y yo no dije nada porque yo no era comunista. Luego se llevaron a los judíos, y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por los obreros, y no dije nada porque no era sindicalista. Luego se metieron con los católicos, y no dije nada porque yo era protestante. Y cuando finalmente vinieron por mí, no quedaba nadie para protestar.
Bertolt Brecht
Parecen ser no muy buenos tiempos para la Monarquía. Se diría que ha perdido la magia supersticiosa de que gozaba. Se ha abierto la veda y se atreven a criticarla desde diputados del Congreso a toda la retahíla de programas de la televisión basura, pasando por las groseras viñetas en revistas de humor.
De repente, el rol del Príncipe de Asturias ha saltado a los medios de comunicación, pero ¿quién conoce la larga historia de estas personas, llamados en su día a reinar en nuestro país? Este es el motivo de este libro: mostrar la historia, el comportamiento y los hechos de estos príncipes herederos que, desde su nacimiento, son protegidos y educados para que puedan afrontar el futuro que les depara, con éxito, para un mejor servicio a la sociedad que, mediante los impuestos que paga, les exige responsabilidad, dedicación y una vida ejemplar.
Desafortunadamente, no todos cumplen estas condiciones, como se comprueba en este texto. Ha habido de todo: desde algunos que son las estrellas rutilantes de la prensa del corazón a otros que se convierten en protagonistas en las fiestas. Y también los hay que cumplen su cometido con honradez y dignidad.
Estos príncipes son las perlas cultivadas de la Corona, cuyas verdades y mentiras se ha intentado que queden reflejadas aquí. Pero al final, siempre queda la misma pregunta: ¿es la Monarquía una institución necesaria en nuestro tiempo? ¿Tenemos que seguir soportando a estos personajes reales? La respuesta sólo la puede dar cada uno desde su propio convencimiento y su propia experiencia.
De todos modos, el autor espera que el presente libro les sea útil a sus hipotéticos lectores y cumpla con el objetivo informativo con que fue concebido.
Josep Carles Clemente El Espinar (Segovia), 2013
Los orígenes del Principado de Asturias
La mayoría de las monarquías europeas han utilizado y utilizan para denominar a los príncipes herederos de la Corona con títulos cuyo nombre estaba vinculado al del territorio en el que «reinarían» algún día. En Inglaterra, el nombre utilizado era el de Príncipe de Gales; en Francia, Delfín. Eso en cuanto al extranjero. En España, había varios títulos: el correspondiente al heredero de la Corona de Aragón, era el título de Príncipe de Gerona; en Navarra, el de Príncipe de Viana; y en el de Castilla, según una decisión tomada durante el reinado de Juan I, el de Príncipe de Asturias.
Juan I fue el segundo monarca de la dinastía castellana de los Trastámara. El primero y fundador de la misma fue Enrique I. En 1388 se firmó un pacto entre el rey de Castilla y el duque de Lancaster, hermano del rey de Inglaterra, con el que finalizaba la guerra que les enfrentaba con motivo de los derechos sucesorios a la Corona castellana a través del matrimonio del duque con doña Constanza, hija de Pedro I. En ese pacto o tratado se decía:
Juan I de Castilla fue rey de Castilla desde el 24 de agosto de 1379 hasta el 9 de octubre de 1390.
Otrosí, pusieron e ordenaron los dichos reyes don Juan e duque de Lancaster en unos tratos, que el dicho infante don Enrique —hijo y heredero de Juan I— oviese título de se llamar Príncipe de Asturias, e la dicha doña Catalina —hija del duque— Princesa.
La gestación del territorio del Principado de Asturias se fraguó en los reinados de Fernando IV y Alfonso XI, por don Rodrigo Álvarez de Noreña, que al morir sin descendencia, legó sus dominios y jurisdicciones al conde Enrique de Trastámara, hijo bastardo de Alfonso XI, futuro rey de Castilla.
Escudo de armas de Enrique de Trastámara, hijo de Alfonso XI de Castilla.
Enrique inició una política de consolidación de un bloque nobiliario de parientes, que fuera el sostén de la nueva dinastía. Y nombró a su hijo bastardo Alfonso en sucesor de su señorío asturiano, en detrimento del heredero Juan. En total, eran seis mil kilómetros de superficie, en los que se incluían —excepto Oviedo y Avilés— las villas y los concejos más ricos y poblados de la región, es decir, lo que el propio Alfonso Enríquez denominó «mi condado e señorío de Asturias».
Tras la muerte de Enrique I de Trastámara, y durante el reinado de Juan I, su hermano el conde don Alfonso protagonizó toda una serie de rebeliones contra el rey castellano. Todo terminó en 1383 con la derrota temporal del bastardo por Juan I, que confiscó e hizo revertir a la Corona castellana todo el señorío asturiano. Años después, en 1388, la constitución del Principado de Asturias se vinculó al heredero del trono.
Este acto se justificó por el hecho de dotar de recursos propios al futuro rey para, según Bonifacio Palacios: «A la hora de solucionar una necesidad común, dar estado al patrimonio, expresión que en este caso apuntaba a cubrir un doble objetivo: proporcionarle recursos económicos [al heredero de la Corona] y la honra y la dignidad adecuadas a su categoría y función».
Este acto constitutivo del Principado significó finiquitar la vieja querella dinástica y así se aseguraba la legitimidad jurídica de la nueva dinastía de los Trastámara. La creación del Principado significó un refuerzo para afianzar la reversión de importantes señoríos a la Corona castellana, con la intención de poner coto al ascenso imparable de la nobleza.
El testamento de 1385 otorgado por Juan I dispuso que: «Todo el señorío de Lara y Vizcaya e todo el ducado de Molina, con todos los lugares que eran nuestros cuando éramos infantes, que nos agora tenemos» fuesen para el infante don Enrique, «e que para los otros infantes que fueren herederos de Castilla, e que sean siempre tierras apartadas para los infantes herederos, así como es en Francia el Delfinazgo e en Aragón el Ducado de Gerona», para después señalar que el Principado de Asturias no fuese nunca enajenado del realengo.
No obstante, la efectividad de esta titularidad a favor del heredero de la Corona no se realizó hasta 1444, coincidente con las primeras actuaciones de la Junta General. Juan I murió prematuramente en 1390 y su sucesor, y por lo tanto primer Príncipe de Asturias, no pudo ejercer como tal. Enrique III también murió pronto, en 1406, no pudiendo su heredero, Juan II, tampoco ejercer la titularidad efectiva del señorío.
Fue Juan II quien regularizó los perfiles jurídicos del Principado, al vincularlo como mayorazgo a los herederos del trono castellano. El 3 de marzo de 1444, en Tordesillas, se le reconocía a don Enrique la efectiva titularidad sobre el Principado de Asturias, con todas sus ciudades, villas y lugares:
[…] con sus tierras y términos y fortalezas y jurisdicciones, con los pechos y derechos pertenecientes al señorío dellas, para que sean vuestras para toda en vuestra vida, y después de vuestro fijo mayor legítimo, con condición de que siempre sean las dichas ciudades y villas y lugares de las dichas Asturias vuestras y que no las podamos enajenar y siempre sean del Principado.
El rey ratificó el 5 de agosto de 1444, en Peñafiel, el precedente albalá, es decir, una carta o cédula real en la que se concedía alguna merced, o se proveía otra cosa, que añadía al ejercicio de la «justificación civil y criminal, alta y baxa y mero y mixto imperio y rentas y pechos y derechos y penas y calumnias y todas las otras cosas… pertenecientes al dicho señorío del Principado».
Estas disposiciones de Juan II, según señala Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar, en Historia y Vida, así como la conducta del propio príncipe Enrique:
Suponen el reconocimiento de la titularidad de un verdadero señorío jurisdiccional sobre las tierras del Principado a favor del heredero. Esto comportaba la subrogación del Príncipe respecto del poder real en el ejercicio de atribuciones de naturaleza jurídico-pública muy amplias y la consiguiente alineación del Principado de Asturias entre los grandes Estados señoriales que configuran el mapa político-administrativo de la Corona de los reinos de Castilla y León a finales de la Edad Media; aunque por la vía de la vinculación de la titularidad al heredero del trono se tratase de garantizar el control regio sobre sus tierras y sus hombres.
La Junta General del Principado pronto comenzó a manifestarse en la plenitud de su operatividad institucional, como asegura el autor arriba indicado, verdadero experto en la historia del Principado, y en una doble vía de actuaciones: como supremo órgano de representación de los intereses regionales ante la Corona y como máximo organismo de gobierno y administración interior del Principado.
Nobles castellanos del siglo XIV (miniatura de Castigos e documentos del rey Don Sancho).
Los Reyes Católicos tratarían de contribuir decididamente a robustecer la junta, velando por el mantenimiento de su estructura democrática y combatiendo a la larga y sin mucha fortuna, las interferencias de las oligarquías nobiliarias en su funcionamiento. Iba a ser en el curso de los siglos XVI y XVII cuando se definirían nítidamente los perfiles institucionales de la Junta General, fijándose su exacta composición, régimen de funcionamiento y competencias, y quedando constancia de sus actuaciones en libros de acuerdos y ordenanzas que cubren buena parte de la vida de este organismo.
Surgido en el ocaso del Medievo como respuesta a las exigencias derivadas del nuevo marco institucional del Principado, prolongó su existencia, conmocionada por no pocos períodos de crisis profundas, hasta su desaparición en 1835.
Los títulos de los herederos de la Corona de Aragón
El condado de Gerona fue creado en 1351 por Pedro IV el Ceremonioso, para su hijo primogénito el infante don Juan. Estaba formado, junto con la ciudad que le daba nombre, por las poblaciones de Manresa, Vic, Besalú, Berga, Sampedor, Camprodón, Castellfullit, Torroella de Montgri, Pals, Figueras y el vizcondado de Bas, las villas y lugares que dependían de las respectivas vicarías, bahilías y procuraciones.
El condado de Gerona, junto con Barcelona, fue un condado carolingio y formó parte de la Marca de Septimania, que algunos historiadores denominan erróneamente Marca Hispánica. El condado de Gerona, junto con los de Barcelona y Osona, formaba la base del patrimonio de la Casa Condal de Barcelona. Todos juntos se denominarían después Cataluña. Este condado duró hasta el siglo XIII, en que fue sustituido por el de Veguería de Gerona. Pero no toda Cataluña estaba unificada, faltaban por unir los condados de Ampurias, Urgel y Pallars, así como los vizcondados de Cabrera, Castellbó, Bas y Cardona, y otros menores.
«Florín de Aragón» de Pedro IV el Ceremonioso. Pieza de Oro de aproximadamente 3,42 gramos y ley de 18 quilates. Valor de 11 sueldos aragoneses.
El primer título nobiliario que recibió el príncipe heredero de la Corona de Aragón fue el de duque de Gerona. Fue el 21 de enero de 1351, cuando el infante don Juan, primer hijo varón de Pedro el Ceremonioso y Leonor de Sicilia, que todavía no había cumplido un mes, recibió el citado título, que señalaba a los príncipes herederos de la Corona de Aragón, que tuvo su vigencia hasta 1714, tras la victoria de Felipe V sobre el archiduque Carlos de Austria.
El infante don Juan nació en el palacio de los reyes de Mallorca, en Perpignan. Bernat de Cabrera fue designado tutor, educador, preceptor y procurador del joven duque de Gerona. El infante fue nombrado conde de Cervera y en 1363 lugarteniente del Reino. A los 14 años, en 1365, se le otorgó la plena administración del ducado de Gerona.
El título de duque de Gerona lo sustituyó Fernando I de Antequera en 1416 por el de Principado de Gerona poco antes de morir, a favor de su primogénito Alfonso, el futuro «el Magnánimo» y desde entonces iba a ser llevado por todos los herederos de la Corona de Aragón hasta Carlos II. La cuestión era equipararse a la dinastía castellana, que había creado el Principado de Asturias como vinculado a los herederos de la Corona. De todos modos, el título de duque de Gerona fue anterior al de los herederos de Castilla. Los títulos de conde de Cervera, duque de Montblanc y señor de Balaguer se fueron añadiendo después a los herederos de la Corona.
El título de duque de Montblanc lo concedió Juan I en 1387 a su hermano el infante Martín, que se convertiría en Martín I el Humano. A partir de Fernando II y hasta el Decreto de Nueva Planta, este título lo ostentaron junto al de príncipe de Gerona todos los primogénitos de la Corona de Aragón.
Los siete infantes de Aragón
Fueron siete los hijos habidos de la unión entre Fernando de Trastámara –regente de Castilla, por la minoría de edad de su sobrino, el futuro monarca Juan II– y Leonor de Alburquerque –llamada la Ricamembra, porque todavía podía viajar por el reino de Aragón sin poner un pie en el suelo que no fuera de su propiedad–, elegidos soberanos de la Corona catalano-aragonesa en el Compromiso de Caspe (1410-1412), pacto establecido por representantes de los reinos de Aragón y Valencia y del principado de Cataluña para elegir un nuevo rey ante la muerte en 1410 sin descendencia y sin nombrar un sucesor aceptado de Martín I de Aragón. Supuso la subida al trono de Fernando de Antequera y con él el comienzo de una nueva dinastía, la Trastámara. Los siete infantes, según tabla de Mariona Ibars, autora de un libro sobre el príncipe de Viana, que lleva este título, fueron los siguientes:
Alfonso V el Magnánimo (1396-1458), el mayor de los hermanos varones. Rey de la corona catalano-aragonesa entre 1416 y 1458. Posteriormente, conquistó Nápoles con la ayuda de sus hermanos, reino que no incorporaría nunca a la Corona.María de Trastámara (1396-1445), estuvo destinada desde su nacimiento a ser la esposa de su primo, el futuro Juan II de Castilla. Murió poco antes de la batalla de Olmedo, por orden de don Álvaro de Luna, interesado en unir al monarca castellano con una princesa portuguesa.Juan II el Grande (1397-1479), duque de Peñafiel, conde de Lara, rey consorte de Navarra y rey de Aragón al suceder a Alfonso.Enrique de Trastámara (1400-1445), maestre de la Orden de Santiago, duque de Alburquerque y de Villena. Este último ducado le correspondió como dote de su esposa, la princesa Catalina la Bella, hermana del rey de Castilla. Murió tras la batalla de Olmedo (1445), pues se le gangrenó una herida de su mano derecha, producida por una lanza enemiga.Sancho de Aragón y Castilla (1401-1416), maestre de la Orden de Alcántara. Murió a los quince años de edad, en 1415, en un desgraciado accidente de caballo.Leonor de Aragón (1402-1445), destinada a ser la reina de Portugal. De naturaleza intrigante, fue expulsada de aquel reino después de haber enviudado. Corrió la misma suerte que su hermana María, ya que don Álvaro de Luna también decidió deshacerse de ella por sus continuas intromisiones e intrigas en la corte de su cuñado, el rey, a favor de sus hermanos, los infantes aragoneses.Pedro de Trastámara (1406-1438), infante de Aragón y IV conde de Alburquerque. Es el menor de los hijos de Fernando I de Aragón. Murió a los 29 años de edad en Nápoles, donde había acudido en auxilio de su hermano mayor para conquistar aquel reino. Tras conocer gloria y honores militares por su brillante estrategia a la hora de reducir la plaza napolitana de Gaeta, cayó mortalmente herido, en uno de los últimos asaltos que se libraron pocas horas antes de tomar la ciudad, por un dardo envenenado que atravesó su cuello de lado a lado.Representación heráldica ecuestre de Alfonso V el Magnánimo con el señal real en sobreveste y gualdrapas del caballo en el armorial ecuestre del Toison d’Or. París (h. 1433-1435).
De nada valía fundar nuevos títulos si no se les dotaba de ingresos para su subsistencia y administración. El profesor Salvador Claramunt en su artículo «Títulos de los herederos de la Corona de Aragón» ha visto claro este asunto:
La creación de las nuevas entidades nobiliarias en el siglo XIV comportó también una adaptación rentista de las formas feudales. Por eso, Pedro el Ceremonioso primero y Juan I después tuvieron que apaciguar las inquietudes de las ciudades y las poblaciones afectadas, ya que no se trataba, con la creación del principado de Gerona, del condado de Cervera y del ducado de Montblanc, de una disolución del patrimonio real, sino de una nueva forma de gestionarlo.
Es interesante resaltar que, una vez el titular de los ducados y los condados adscritos al heredero pasaran al nuevo soberano, todas sus atribuciones jurisdiccionales y económicas se incorporarían de nuevo al patrimonio real. Por lo tanto, eran creaciones efímeras que salían del propio patrimonio, que se atribuían temporalmente al heredero y, después de un período más o menos largo, volvían al fondo común administrado directamente por el monarca. O sea, eran entidades nobiliarias que se extinguían cada vez que al primogénito correspondiese sustituir al rey. Igualmente sucedía si la entidad se creaba para dotar de rentas a un infante real que no estaba llamado a ocupar el trono. En ese caso la continuidad sólo se admitía si se mantenía una sucesión masculina, de tal manera que, de no haber descendencia legítima directa, se había de reintegrar a la Corona; tal fue el caso del condado de Ampurias.
Los condes de Urgel conquistaron Balaguer en 1106, y la convirtieron en la capital de su condado. En 1311, el conde Ermengol X reorganizó el gobierno de la ciudad y definió las funciones de los paers. El último conde de Urgel resistió la plaza en 1413 en la guerra contra Fernando I de Antequera, al que no reconoció como rey, pese a la sentencia arbitral de Caspe. Balaguer perdió la capitalidad con la anexión del condado de Urgel a la Corona, convirtiéndose en simple veguería, es decir, un territorio o distrito en el que ejercía la jurisdicción un veguer o magistrado que en Aragón, Mallorca y Cataluña se asimilaba al corregidor en Castilla.
Retrato de Fernando I, el de Antequera, de Manuel Aguirre y Monsalbe (1851-1854).
Fernando I, poco antes de morir, dio en 1416 la ciudad con el título de señorío a su segundo hijo el infante don Juan, futuro Juan II. A partir de entonces, el título del señorío de Balaguer lo ostentaron los primogénitos de la Corona de Aragón, junto al principado de Gerona, el ducado de Montblanc y el condado de Cervera, hasta la extinción jurídica de la Corona de Aragón a principios del siglo XVIII.
La leyenda y la extraña muerte del príncipe de Viana
Los historiadores medievales todavía mantienen el debate sobre el destino y el fin del príncipe heredero del Reino de Navarra, el príncipe Carlos, nieto del rey navarro Carlos III el Noble e hijo de Juan II de Aragón, hermano menor de Alfonso V, y Blanca de Navarra. Don Carlos de Navarra nació en 1421 en Peñafiel y dos años después, en 1423, fue proclamado Príncipe de Viana. Tuvo una vida trágica y un final todavía peor. Fue conocido por sus enfrentamientos dinásticos con su padre y por ser mecenas de la cultura y las artes. Se ha escrito que era un hombre profundamente angustiado y un desdichado total. Su vida ha dejado un rastro poético en la poesía popular, sobre todo en la catalana, puesto que el principado catalán se puso de su lado y después de su muerte le convirtió en un mito.
Carlos III de Navarra, llamado el Noble, el abuelo del príncipe, tuvo varios hijos que fallecieron uno detrás de otro, lo que hizo que la corona recayera en su hija Blanca, que había nacido en tercer lugar en el año 1386 y que sería la madre del príncipe de Viana. Doña Blanca se casó con Martín el Joven, hijo del rey Martín el Humano, que gobernaba Sicilia. Blanca enviudó en 1409 y quedó como regente del reino de Sicilia, pero volvió al poco tiempo a Navarra.
Escudo del Reino de Nápoles que se conserva en la Biblioteca Universitaria de Valencia, de la época en que reinó Alfonso el Magnánimo.
Después de once años de viudez, doña Blanca se casó con Juan, hermano del rey de Aragón, que era Alfonso el Magnánimo, hijos ambos de Fernando I de Antequera, el primer rey de Aragón de la dinastía Trastámara. Fruto de su unión nació Carlos de Viana (1421) que sería el legítimo heredero del reino. Sus padres, don Juan y doña Blanca, fueron proclamados reyes de Navarra en Tarazona en 1425 cuando murió el padre de ella. Juan, entonces, fue rey consorte y, además, tenía grandes posesiones en Castilla.
Se mantuvo ajeno a los asuntos de Navarra, gobernada por su esposa, e intervino en las luchas con Castilla, cuyo monarca, Juan II, era su primo carnal; y a principios de 1429, de acuerdo con sus hermanos Alfonso V y don Enrique, invadió este reino con tropas aragonesas y navarras y urdió la sublevación de Extremadura. No tuvo éxito la empresa, firmándose treguas generales en 1430. Ayudó a Alfonso V en la conquista de Nápoles, tomando parte en la expedición de Gelves y en el sitio de Gaeta, y fue hecho prisionero en Ponza, el 5 de agosto de 1435, y conducido a Milán, donde poco después el duque Felipe María Visconti le dio la libertad.
PERTÚS, Rafael. Nombramiento del general Alonso por Juan II de Aragón para la guerra con Castilla (s. XVII). Museo de Zaragoza.
A fines de 1435 desembarcó en Barcelona y se encargó de la lugartenencia general de Aragón, Valencia y Mallorca, quedando la del principado de Cataluña en manos de la reina María. Además, intentó Juan derribar la privanza de don Álvaro de Luna, apoderándose, en 1441, de don Juan II de Castilla y gobernando algún tiempo en este reino hasta que la defección del príncipe de Asturias y la derrota de Olmedo, en 1445, acabaron con la supremacía de los infantes de Aragón en Castilla.
Juana Enríquez.
Al morir doña Blanca de Navarra en 1441 dejó como su heredero a su primogénito con el ruego de que no usara el título de rey sin el consentimiento de su padre. Pensaba que con esta cláusula aseguraría la paz entre el hijo y el padre, pero la realidad es que sólo condujo a un odio irreconciliable, ya que ninguno de los dos quiso renunciar a los que consideraban sus derechos a la Corona de Navarra.
Tras la muerte de doña Blanca, se había casado en segundas nupcias con Juana Enríquez, hija del almirante de Castilla, en Torrelobatón el 1.º de septiembre de 1444. Su hijo Carlos, desheredado, sufrió sobre todo por las vejaciones de su madrastra, una dama malévola y altanera y madre del futuro Fernando el Católico, que se dedicó a estimular la discordia entre padre e hijo a fin de obtener todos los privilegios para su hijo Fernando.
El descontento de Carlos de Viana y las cada vez más graves desavenencias con su padre desembocaron en una guerra civil entre los beamonteses, partidarios de Carlos, y los agramonteses, defensores de la causa de Juan. Ambos se enfrentaron el 23 de octubre de 1451 en la batalla de Aibar, donde Carlos fue derrotado y hecho prisionero junto a su condestable Luis de Beaumont. Un año después, en 1452, Juana Enríquez, en avanzado estado de gestación, abandonó Estella y se trasladó a Sos (Aragón), donde dio a luz a su hijo Fernando. Estaba decidida a que su hijo fuera el futuro rey de Aragón y por ello mostraba toda su aversión hacia Carlos.
El príncipe de Viana tras su derrota militar en Estella abandonó Navarra en 1456, al ser liberado en la Concordia de Valladolid, prometiendo no tomar título regio hasta la muerte de su padre, y fracasó otra vez tras volver a intentar tomar las armas contra este. A petición de las Cortes de Lérida, marchó a Nápoles en busca de la protección de su tío Alfonso V, que obligó a su hermano a anular el desheredamiento. Habían pasado seis años de luchas, con sus respectivos fracasos, traiciones, derrotas, enfrentamientos personales, prisiones, capitulaciones y un sinfín de humillaciones entre ellos, que hacían impensable pensar en una reconciliación.
La ya citada Mariona Ibars ha contado cómo se internacionalizó el conflicto entre padre e hijo:
Al abandonar Navarra, el Príncipe se dirigió a la corte de París para exponer ante el rey de Francia la situación de su reino y la actuación del conde Gastón de Foix en aquel conflicto. Don Juan, que un año antes lo había desheredado, nombró en secreto como lugarteniente de su reino a su otra hija, la princesa Leonor, casada con el conde de Foix, a su vez vasallo del rey de Francia y aliado indispensable de don Juan en Navarra.
Después de escuchar al príncipe y al conde de Foix, el monarca galo decidió no intervenir en aquel turbio asunto y retuvo al conde en su corte para impedir que este lo hiciese. Luego, de camino a Nápoles, el príncipe se detuvo en Milán, donde fue recibido como un héroe por la ciudad y sus duques, que seguían una política antiaragonesa.
En Roma fue recibido en audiencia por Calixto III, el primer papa Borgia, que contaba con escaño propio en el Consejo de Aragón, ante quien expuso el conflicto surgido con su padre a causa de la aspereza de su carácter y de su desmesurada ambición.
Una vez en Nápoles, también se lamentó ante su tío Alfonso el Magnánimo de la conducta de los Enríquez, pues tanto el almirante como su hija, atentos exclusivamente a los intereses de su sangre, parecían más preocupados en separarlos que en unirlos, sobre todo tras el nacimiento de su hermanastro, el príncipe Fernando.
En 1454, Juan II había sido nombrado lugarteniente de Aragón y Cataluña por su hermano mayor Alfonso V, mientras este gobernaba el reino desde el sur de Italia y Sicilia.
En 1458, Alfonso el Magnánimo muere sin sucesión y este asciende al trono de Aragón, mientras a Carlos se le ofrecen las coronas de Nápoles y Sicilia. Las rechaza y tras reconciliarse con su padre vuelve a Navarra en 1459, con 38 años de edad. Entonces, comienzan las conversaciones para casarse con la hermanastra de Enrique IV de Castilla, Isabel la Católica, entonces de tan sólo nueve años de edad, pero Juan II se opone, pues estaba pensando en que fuera el hermanastro de Carlos, Fernando, entonces de siete años de edad, quien se casara con ella. Para evitarlo, ordenó desarmar y prender a su hijo Carlos en Lérida el 2 de diciembre de 1460.
Esta medida fue muy imprudente e hizo que todo el reino se alborotara y catalanes y navarros se alzaron en su favor.
El príncipe de Viana abandonó Nápoles veinte días después de la muerte de su tío. Fue acogido en Sicilia, donde permaneció dos años. Su padre, inquieto por su estancia en aquella isla, lo atrajo a la península ibérica mediante engaños. Entre tanto, sicilianos y catalanes trabajaban en silencio para que el monarca y su hijo se reconciliasen.
MORENO CARBONERO, José. El príncipe de Viana (1881). Museo del Prado, Madrid. Bello ejemplo de la pintura romántica de contenido histórico y corte académico.
El príncipe Carlos pasó a Cerdeña y luego a Mallorca, pero antes se detuvo en Salou para que sus embajadores desembarcaran e intervinieran en la elaboración de la concordia, que iba a tardar tres meses en concretarse. En marzo de 1460, don Carlos llegó por primera vez a Barcelona para firmar la paz y su padre haría lo propio desde Zaragoza. El 13 de mayo, el príncipe salió a su encuentro en Igualada, donde el padre, al verlo, le dijo: «Si me haces hechos de buen hijo, te los daré de buen padre». Semanas más tarde se firmaba la paz entre ambos. Mariona Ibars señala que fue una paz ficticia, como se pondría de manifiesto seis meses después, al ser detenido Carlos sin respetarse la inmunidad que garantizaban las Cortes a todos sus asistentes hasta seis horas después de haber sido clausuradas.
El secuestro del príncipe estando las Cortes reunidas enfureció a los catalanes, que no dudaron en abrazar la causa del príncipe, que a su vez simbolizaba la suya propia.
La actuación de Juan II durante la revolución catalana de febrero de 1461 está muy lejos de responder a la habilidad política que se le suele atribuir. Desde que huyó de Lérida a Fraga, el 8 de febrero, don Juan se vio superado por los acontecimientos que se desencadenaron en el principado ante la negativa de devolver la libertad a su hijo, y no fue capaz de trazar un plan viable ni de captarse la simpatía de alguna fuerza viva del país, ni tampoco internacional.
Mariona Ibars, en el texto ya citado, señala que el 19 de febrero todavía estaba en Morella, pertrechando la fortaleza que debía custodiar al prisionero. De regreso a Zaragoza, supo que los aragoneses no iban a secundar sus planes, pues Fraga había abierto sus puertas a las tropas del somatén, guiadas por Bernat Joan de Cabrera, conde de Módica.
El 25 del mismo mes, el autoritario monarca se vio obligado a capitular en desastrosas condiciones y liberar al príncipe. Una vez liberado, los catalanes exigieron que el monarca se comprometiera por escrito a respetar el derecho constitucional catalán.
Las negociaciones o Capitulaciones de Vilafranca se iniciaron el 2 de abril de 1461, entre doña Juana Enríquez, a quien se le había prohibido entrar en Barcelona, pues tenía que quedar claro ante los ojos del pueblo que el príncipe era libre, y los representantes de la Generalidad del Principado.
A pesar de la habilidad de la reina –dirigida o no desde Zaragoza– para restablecer la comprometida autoridad de su esposo en Cataluña, el monarca se vio obligado a aceptar los pactos de Vilafranca, cuya parte esencial consistía en la reorganización de la vida legislativa, jurídica y gubernamental del país, pero que a la vez ahogaban cualquier veleidad autoritaria de la monarquía en el Principado.
Estas capitulaciones se firmaron el 21 de junio de 1461, en las que se le obliga a aceptar la autoridad de la Generalidad, a reconocer a Carlos de Viana como sucesor y a no entrar en Cataluña sin avisar a las Cortes. Tres días más tarde don Carlos fue jurado lugarteniente de Cataluña en la catedral de Barcelona
Resumiendo el estado jurídico creado por dichas capitulaciones, los poderes políticos se distribuyeron del siguiente modo: había un cuerpo judicial, lesTaules, encargado de administrar justicia y un cuerpo legislativo, las Cortes, ante el que tendría que dar explicaciones el nuevo cuerpo ejecutivo, llamado Consell, formado por una comisiónde veintiséis miembros que había sido creada por los diputados el 5 de diciembre de 1460, tres días después de la detención del príncipe, en un principio llamado Comité de Proliberación, y cuya misión había sido la de ejecutar y coordinar aquella vasta operación de rescate.
El príncipe de Viana, lugarteniente y primogénito del rey, estaría al frente del nuevo ejecutivo, siendo el máximo responsable del mismo ante las Cortes.
Como ya se ha dicho, fue liberado en 1461 y Juan II accedió a las pretensiones de los catalanes y nombró a su hijo lugarteniente de Cataluña. Pero en medio de todo este lío, como ya hemos señalado anteriormente, don Carlos falleció repentinamente.
Carlos IV de Navarra, príncipe de Viana (1421-1461).
Oficialmente, el príncipe murió de pleuresía. No obstante todo indica que era tuberculoso, enfermedad que seguramente debió agravársele con todas las peripecias de cárceles, persecuciones y huidas a uña de caballo, amores voluptuosos y batallas irremediablemente perdidas. Las crónicas de la época, posteriores, han sostenido que fue envenenado y que la ponzoña le fue administrada por orden de su madrastra Juana Enríquez. En apoyo de todas estas sospechas, en los medios populares había la convicción de que un alquimista judío que habitaba en la casa del barón de Aranprunyà le dio a la reina el mortal veneno por medio de dicho barón, y se precisaba incluso que la droga, lenta pero letal, y sin posible antídoto, costó 3.000 onzas de oro.
El historiador romántico Antonio de Bofarull, en su Historia crítica civil y eclesiástica de Cataluña, afirma la hipótesis de que el presunto envenenador o artífice del veneno era maese Juan de Vezach, médico de cámara, que gozaba de gran predicamento en la corte. Bofarull lo identifica con Vezach que era el físico del duque de Pallars, capitán general del Ejército de Cataluña que detuvo como asesino del príncipe. Este Vezach consiguió burlar la vigilancia y huyó por el valle de Andorra.
A partir de su misteriosa y extraña muerte empezó a formarse el mito. Incluso se le canonizó, naturalmente sin una intervención de Roma, enalteciendo los prodigios que el cielo concedía a los hombres por intercesión de San Karles primogènit d´Aragó i de Sicilia. Subió a los altares durante los siglos XVII y XVIII y se le consideró como santo, llegando a tener los efectos del culto, con antífona, versículo y oración propia. En cambio, cuando se intentó un serio proceso de canonización, los sucesivos papas no quisieron saber nada. Según señala Néstor Luján, que ha estudiado la vida y leyenda del príncipe de Viana, ha escrito: «La figura del príncipe de Viana, santo popular durante los siglos XVII y XVIII en una Cataluña dolorida y relegada desde el punto de vista político, se convirtió para el romanticismo en un héroe romántico».
CRONOLOGÍA DEL PRÍNCIPE DE VIANA
1421 Nace en Peñafiel, hijo del infante de Aragón, futuro Juan II, y de la infanta de Navarra, futura Blanca I.
1423 Su abuelo Carlos III crea para él el título de Príncipe de Viana.
1428 Es jurado heredero del trono.
1439 Contrae matrimonio con Ana de Cléveris, de la que no tendría descendencia.
1441 Fallece su madre. El oscuro testamento de la reina posibilitó que Juan II se negase a entregarle la Corona y tomase para sí el título de rey, nombrando a Carlos lugarteniente.
1450 Juan II se traslada a Olite, destituye a Carlos y convierte Navarra en plataforma de su lucha contra Castilla. Carlos huye a San Sebastián ante la abierta hostilidad de su padre.
1451 Se alía contra su padre con Juan II de Castilla, pero es derrotado y hecho prisionero en la batalla de Aybar.
1453 Acuerdo con su padre por mediación de las Cortes aragonesas. Carlos rompe el acuerdo a instancias de su hermana, la futura Blanca II, y de Juan de Beaumont, que le instan a hacer valer sus títulos.
1455 Es desheredado por Juan II, quien se compromete a reconocer la sucesión de Navarra en su hija Leonor, casada con Gastón IV de Foix.
1456 Cansado de la lucha, busca refugio, primero en París y luego en Nápoles, en la corte de su tío Alfonso el Magnánimo.
1458 A la muerte de Alfonso el Magnánimo, intenta hacerse con el trono de Nápoles, en detrimento de Fernando I. Los sicilianos pretenden nombrarle virrey perpetuo.
1459 Su padre, ya Juan II de Aragón, logra que se traslade a Mallorca.
1460 Por la concordia de Barcelona, se produce una nueva reconciliación entre padre e hijo. Sin embargo, Juan II se niega a nombrarlo primogénito de Aragón, a favor de Fernando, hijo fruto de su segundo matrimonio con Juana Enríquez. Bajo pretexto, Juan II lo atrae a Lérida y, poco después, lo hace encarcelar. La Generalidad de Cataluña reclama su libertad y envía un ultimátum al rey. Ante la negativa de éste, el Consejo de Cataluña nombra heredero a Carlos y levanta un ejército para defender su causa.
1461 Ante el conflicto desatado, el rey libera a Carlos en Morella y reconoce su primogenitura (Pacto de Vilafranca). En septiembre, el príncipe fallece; las causas de su muerte aún siguen siendo motivo de controversia.
Palacio-castillo del Príncipe de Viana en Sangüesa (Navarra, España).
Isabel la Católica, Princesa de Asturias
Primera reina de Castilla y Aragón, que junto con su marido Fernando V llevó a cabo la unidad de España. Hija de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal, sus derechos al trono eran hipotéticos. Un conjunto de circunstancias le dieron la corona. Físicamente la reina ara alta, rubia, un tanto gruesa, como una campesina y de piel blanca lechosa, como todos los Trastámara. Algo descuidada en el aseo personal, cronistas de la época señalan que no olía precisamente a rosas. En lo moral tenía un concepto de la virtud un poco rígido, sentía la corona como el peso de un deber y daba muestras de más tenacidad que inteligencia. Su cualidad más sobresaliente era una «inagotable energía espiritual». Encontró una Castilla revuelta con guerras civiles, pero en la que precisamente por esa razón muchas de las fuerzas que hubieran podido oponerse a una construcción estaban ya rotas. Isabel fue siempre conservadora. Más que creer, procuró dar desarrollo a instituciones incipientes o apagadas. De esta forma realizó una obra tremendamente sólida. Su matrimonio, en el que, pese a cuanto se ha querido poetizar, no hubo amor, sino cálculo político y conciencia del deber, le proporcionó la colaboración de uno de los políticos más sagaces del siglo XV y, además, los recursos económicos de la próspera monarquía aragonesa.
Estatua de Isabel I de Castilla, llamada la Católica, en los Jardines de Sabatini, Madrid.
Nació en Madrigal de las Altas Torres y sus primeros años transcurrieron tristes en Arévalo, al lado de su madre, que comenzaba a presentar los primeros síntomas de locura. Muy pronto, Enrique IV la llevó junto con su hermano Alfonso, a la Corte, en Segovia. Podía ser una pieza importante en el juego de la política. Primero se pensó en casarla con Alfonso V de Portugal. Más tarde el juego de las banderías exigió que su mano se diese a don Pedro Girón, maestre de Calatrava. Era don Pedro un hombre vicioso y brutal. Por fortuna para la futura reina, murió cuando marchaba a Segovia. La corte de Enrique IV no era, por otra parte, un lugar agradable. Por eso, para Isabel, la entrada de su hermano Alfonso, pretendiente a la Corona, en Segovia, el año 1467, fue casi una liberación. Desde esta fecha acompaña a su hermano. Pero la alegría duró poco. Al año siguiente, en 1468, este falleció.
Todo el partido enemigo de doña Juana la Beltraneja aclamó a Isabel como reina. Esta mostró por primera vez su rectitud y su prudencia. Refugiada en el convento de Santa Ana, de Ávila, se negó a titularse como tal, pero invocó la herencia de Castilla, conceptuando a doña Juana como bastarda.
El padre de la futura Isabel la Católica se había casado dos veces. De su primera esposa tuvo un hijo, Enrique IV, que heredaría el trono. De la segunda dos, Alfonso e Isabel. La futura reina católica era por tanto hermanastra del rey Enrique IV y en el orden sucesorio era la tercera. Por delante estaba su sobrina Juana y su hermano Alfonso.
La citada Juana era, según cronistas de la época, hija adulterina de la reina y del valido Beltrán de la Cueva. Por eso fue más conocida como la Beltraneja. Por otro lado, la boda del rey con la madre de Juana no fue canónicamente válida, porque los contrayentes eran primos hermanos y no habían obtenido el obligatorio permiso papal. Siendo las cosas así, el hermanastro del rey, el infante don Alfonso era automáticamente el heredero del trono, pero este, como ya hemos dicho, falleció víctima de la peste. De este modo, Isabel la Católica accedió al trono castellano.
Tumba de Alfonso de Castilla, hermano de Isabel la Católica, en la Cartuja de Miraflores (Burgos); obra realizada por Gil de Siloé, s. XV.
El destino de la Beltraneja fue sellado en el tratado de Tercerías de Moura, según el cual debía de escoger entre profesar en un convento o casarse con el príncipe don Juan, hijo de Fernando e Isabel y heredero de Castilla, también de triste destino. A la sazón, don Juan sólo tenía un año y Juana diecisiete, escogiendo ingresar en las clarisas de Coimbra, donde falleció, prisionera de hecho, a la edad de sesenta años.
El conocimiento de los componentes del principado de Enrique, y sus rentas, para los años 1460-1462 es importante, ya que se trata del antecedente inmediato del principado que iba a tener Isabel pocos años más tarde. Por supuesto se integraban en él, las Asturias de Oviedo, que además deben su nombre al título, pero también muchas otras ciudades y villas repartidas por Castilla y León, donde el príncipe ejercía la justicia y la administración ordinarias, además de cobrar para sus rentas. Según cálculos realizados por el medievalista, el catedrático Miguel Ángel Ladero Quesada, ascendían en 1460 al menos a veinte mil doblas o «enriques» de oro y a treinta y cinco mil en 1468. Los porcentajes de renta correspondientes a los principales señoríos eran los siguientes:
