Prohibida la tristeza - Sofía Macher Batanero - E-Book

Prohibida la tristeza E-Book

Sofía Macher Batanero

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Beschreibung

"El Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso (PCP-SL) obligó a miles de mujeres y a sus familias, asentadas en ambas márgenes del río Ene, a desplazarse hacia el monte virgen de la selva de Satipo. A partir de 300 testimonios recogidos por la CVR, Prohibida la tristeza reconstruye el proceso de dominación del PCP-SL en la provincia de Satipo, pero también la resistencia individual de «la masa», mujeres adultas que estuvieron cautivas por más de diez años, con lo que demuestra el fracaso del PCP-SL en su intento de eliminar las libertades individuales y suprimir identidades y emociones, incluso la tristeza.

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Seitenzahl: 311

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Sofía Macher Batanero es socióloga por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), magíster en Estudios de Género y doctora en Sociología por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Se ha desempeñado como secretaria ejecutiva de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, coordinadora de la Sección Peruana de Amnistía Internacional e integrante del Comité Ejecutivo Internacional de Amnistía Internacional. Asimismo, ha trabajado en las ONG feministas Manuela Ramos y Flora Tristán.

Ha sido comisionada de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) y responsable de la organización de las audiencias públicas. Posteriormente, ha presidido el Consejo Nacional de Reparaciones y ha sido vicepresidenta de la Comisión de la Verdad y Reconciliación de Islas Salomón. Ha participado como consultora internacional en procesos de justicia transicional en varios continentes. Entre sus publicaciones destacan tres libros de balance de las recomendaciones de la CVR y varios artículos en diferentes libros.

Sofía Macher Batanero

PROHIBIDA LA TRISTEZA

Resistencia de mujeres en cautiverio por Sendero Luminoso, Satipo, Junín

Prohibida la tristezaResistencia de mujeres en cautiverio por Sendero Luminoso, Satipo, Junín© Sofía Macher Batanero, 2023

© Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2023Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú[email protected]

Foto de portada: mujeres durante la noche de su rescate de los campamentos de Sendero Luminoso, de Mónica Newton.

Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP

Primera edición digital: julio de 2023

Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores.

Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2023-05742e-ISBN: 978-612-317-870-3

Índice

Agradecimientos

Glosario

Introducción

Parte 1. La zona liberada y el pensamiento Gonzalo

Capítulo 1. El conflicto armado interno

Dos caras de la lógica política

El lugar donde se instala el «nuevo Estado»

La población capturada

Cálculo de la población capturada y trasladada al monte

Capítulo 2. El «nuevo Estado» del PCP-SL

PCP-Sendero Luminoso

El «pensamiento Gonzalo» como doctrina

El partido como «máquina de guerra»

La militancia como «cuota de sangre»

El carácter de masas del partido

El «nuevo Estado» y las «bases de apoyo»

La futura emancipación de la mujer

Parte II. Cómo se vivió el «nuevo Estado» senderista

Capítulo 3. Escenario 1. La captura de las comunidades, 1983-1988

La vida cotidiana

Impacto del cambio en las mujeres de la masa

Las resistencias

Capítulo 4. Escenario 2. Primer desplazamiento al monte, 1988

La vida cotidiana

Impacto del cambio en las mujeres de la masa

La resistencia

Capítulo 5. Escenario 3. El éxodo: 1989

La vida cotidiana

Impacto del cambio en las mujeres de la masa

La resistencia

Capítulo 6. Escenario 4. El «nuevo Estado»: 1990-1994

Reglas de conducta en el «nuevo Estado»

La vida cotidiana

Impacto del cambio en las mujeres de la masa

La resistencia

Capítulo 7. Escenario 5. Huida y nuevos padecimientos: 1994-2002

La vida cotidiana

Impacto del cambio en las mujeres de la masa

La resistencia

Parte III. La resistencia de las mujeres

Capítulo 8. Las mujeres que el PCP-SL intentó controlar

El desprecio a las culturas de la masa

La sexualidad en el «nuevo Estado» senderista

La maternidad en el «nuevo Estado»

Capítulo 9. La resistencia silenciosa de las mujeres invisibles

Referencias

Agradecimientos

Esta publicación es fruto de la tesis con la que obtuve el grado de doctora en Sociología. Optar por una actividad académica al final de una vida de activismo ha sido de lo más enriquecedor. Muchos de los hallazgos de esa tesis los intuía, pero no sabía sustentarlos académicamente. Narda Henríquez me facilitó ese camino en la PUCP y también me abrió las puertas de la Universidad Libre de Berlín, donde tuve la invalorable ayuda de Teresa Orosco. Para convertir mi tesis en este libro, también he recibido mucha ayuda: primero, de Hans Landolt, quien revisó todo el texto; y de Sebastián Landolt, quien me sugirió ideas para organizarlo. Gredna Landolt me sugirió y apoyó con la foto de la portada y la maravillosa generosidad de Mónica Newton me permitió usar ese testimonio gráfico del momento que ella compartió con las mujeres que allí vemos. Agradezco también a Mabel Barreto, que lo leyó y me animó a continuar con él. Finalmente, José Carlos Agüero contribuyó a editar los cuatro testimonios que escogí para integrar esta publicación.

Glosario

ANFASEP

Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos Desaparecidos del Perú

BD-CVR

Base de Datos de la Comisión de la Verdad y Reconciliación

CAI

Conflicto Armado Interno

CARE

Central Ashaninka del Río Ene

CART

Central Ashaninka del Río Tambo

CR

Consejo de Reparaciones

CVR

Comisión de la Verdad y Reconciliación

DIRCOTE

Dirección Contra el Terrorismo

DP

Defensoría del Pueblo

EGP

Ejército Guerrillero Popular

FREMANK

Federación Regional de Mujeres Ashaninka, Nomatsiguenga y Kakinte

IF-CVR

Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación

ILA

Inicio de la Lucha Armada

INEI

Instituto Nacional de Estadísticas e Informática

GEIN

Grupo Especial de Inteligencia del Perú

LUM

Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social

MIMP

Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables

MRTA

Movimiento Revolucionario Túpac Amaru

PCP-SL

Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso

RUV

Registro Único de Víctimas

SINCHIS

Unidad de Servicio Policial Antisubversiva de la Policía Nacional del Perú

VRAEM

Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro

ZGRE

Zona Guerrillera del Río Ene

CRISTINA

Antes de que llegaran los senderistas, en 1987, el pueblo era uno más, tranquilo, un caserío en el oriente de la selva central peruana. La gente trabajaba en sus sembríos, criaba a sus hijos, vendía sus productos. Sabían de la violencia, pero les sonaba a un asunto lejano. Pensaban: ¿cómo podría llegar esa guerra hasta acá? ¡Imposible! Así que sus vidas seguían el curso cotidiano. Cristina era joven, laboriosa. Vivía en el pueblo desde 1978, cuando llegó para vivir en la tierra de su esposo. Tenía dos hijos varones y una niña. Ella también pensaba que, al vivir tan lejos, nada malo llegaría.

Pero llegó, de a pocos. Ella ni siquiera sabía que eran senderistas, pero empezaron a pasar por el pueblo gota a gota, una vez por semana, luego dos veces por semana. En grupos de diez, de quince personas, eran muchachos a los que nadie daba mucha importancia. Llegaban a pedir agua y comida, a conversar de política, casa por casa. Alguna inquietud se empezaba a generar, pero tampoco ocurría nada más —por un tiempo—.

Pronto comenzaron a armar reuniones y las charlas empezaron a ser obligaciones. Padres, ancianos y madres con sus hijos debían escuchar los discursos de los senderistas sin opción ni opinión. Luego pasaron a nombrar autoridades y comités de base.

Quedó claro que debían trabajar las chacras para poder mantener las columnas de militantes senderistas. Los senderistas comenzaron a imponerse sobre la base del castigo. Cada vez que la columna llegaba, se instauraba un orden violento: mataban a la gente que se portaba mal, que no se mostraba colaboradora con el partido. Y lo hacían frente a todo el pueblo formado en asamblea, para que el miedo calara.

Todo fue empeorando muy rápido. Los senderistas cerraron los caminos, el paso hacia Ayacucho, Junín, Satipo. Cristina ha visto todo esto como todos. «Nos hemos quedado acorralados», dice, casi como hechizada. Les dijeron que nada pasaría y que, sobre todo, no avisaran ni se comunicaran con el Ejército. Como tantos otros, se quedó en el pueblo, aguantando, aferrada a sus cosechas, que eran todo lo que tenían.

Otros escaparon como pudieron; su esposo, entre ellos. Asustado, cuando los senderistas empezaron a matar gente por castigo, se fue a una comunidad en Ayacucho y la dejó con sus tres hijos. «A ti no te pasará nada por ser mujer». Habían vivido juntos diez años; no se volvieron a ver jamás.

En junio de 1988, los militares llegaron por aire y tierra a cazar a los senderistas. Estos dieron la orden de escapar al monte: «ustedes tienen que ir a otro sitio porque los militares nos van a matar todos». Obligada por los senderistas, Cristina huyó con sus hijos, junto a quinientas personas más. Una columna senderista, de treinta miembros, los trasladó con botes, durante la noche. Cruzaron el río Apurímac, luego otro río más y después otro. Y empezó el periodo de las caminatas en el monte. «Nos han obligado para ir con ellos. Matan gente en nuestro delante. Si no queríamos ir, así vas a morir decían. Con cuchillo mataban a las personas y de miedo nosotros teníamos que seguirlos, con nuestros hijos. Hemos caminado durante siete años junto con ellos. Teníamos que hacerlo, cargando a los niños».

Los senderistas los obligaban a ir con ellos por la selva, llegando y saliendo de distintos desplazamientos. No había nada que pudieran hacer para evitarlo. A los que se resistían los mataban delante de todos. Fue el inicio de un largo secuestro colectivo, de un caminar en zozobra, sufriendo hambre, sin sal, sin azúcar, comiendo lo que sea, restos de verduras, hierbas, escapando de las patrullas militares. Cristina y otros secuestrados como ella eran testigos mudos del rigor senderista, de su mano de hierro para matar a los que estorbaban, a los que se quedaban atrás o a los que, bajo su lógica, no eran suficientemente colaboradores. Fue el tiempo de mayor mortandad.

Por mucho tiempo vivieron en un limbo bárbaro. Fue un tiempo en que los senderistas trasladaban a la comunidad por el monte, huyendo de los militares, sin detenerse mucho en ningún sitio, caminando de noche.

Después de eso vino la etapa del establecimiento de los campamentos. «Nos hacían caminar por ahí, por allá. A veces vivíamos una semana en otro sitio, a veces tres meses en otro sitio, en nuestras casitas, chocitas. Ahí obligatorio cada uno tenía que hacerse su chocita, porque ahí no había casa ni nada».

Cristina estuvo en Chucumpuquio, luego la llevaron a Nueva Esperanza, en plena selva virgen, donde no crecía nada. Desde allí debían trasladarse hasta las tierras cultivables en un emplazamiento llamado Selva de Oro, para trabajar un par de días a la semana. Cristina no recuerda bien, pero quizá en 1989 o 1990 volvieron a trasladarse más adentro, a un lugar llamado Santo Domingo, cerca de San Martín. La rutina no cambió mucho: moverse de una agrupación a otra, de un asentamiento a otro, para trabajar la tierra de día o de noche y recoger la comida que alimentara a la columna senderista.

La violencia de la guerra continuaba acechando. Los senderistas los obligaban a participar de los enfrentamientos. Pero a ella, como al resto que consideraban solamente «masa», pura fuerza de trabajo, no los involucraban, eran necesarios en la labor, sembrando, cocinando. Cuando tenían que viajar para trabajar en las chacras donde producían los alimentos para el ejército senderista —labor que les tomaba varios días—, las mujeres dejaban a sus hijos pequeños con las señoras ancianas o enfermas que no podían hacer largos recorridos. Eran muchos niños, pero cuando ya tenían a partir de 10 añitos, ya iban a traer comida. Les decían: «ya siquiera trae una yuca o cinco plátanos, porque ya tienes fuerza ya».

El tiempo se hace confuso en esta rutina, un moridero sin sentido. Cristina recuerda a sus vecinos, algunos que aún hoy podrían seguir en estos campamentos. Recuerda a algunos profesores que quedaron atrapados con ellos, pero que fueron asesinados porque los senderistas sospechaban que podrían ser potenciales traidores. Recuerda el alias del jefe del lugar: Richard. Omnipotente. También fue asesinado por sus propios compañeros.

Su vida fue eso: caminar, sufrir de hambre, trabajar para los senderistas, permanecer atados, sin protestar. Nadie podía quejarse. No podían hablar entre ellos sobre sus problemas, sobre su vida triste. Si Sendero lo notaba, los mataba, sin más. Vivir el miedo, ver a sus hijos enfermarse, desperdiciar sus vidas sin sueños, sin planes, sin estudios ni oficio, creciendo para el campamento y para consumirse en él, nada más. Cristina tuvo un hijo más, forzada. «Pero no tiene padre, sin padre mi hijo se quedó». Desnutrida, enferma, sin leche para darle, lo crio con masato, con chicha, con lo que sea. Muchos niños se quedaron huérfanos.

«Y yo, viendo esto que sufrían los niños, yo tenía que hacer el esfuerzo de vivir para poder hacer vivir a mis hijos, para poder salir porque no se podía salir, no se podía ni escapar porque te seguían, te mataban. Ahí no tenías que hablar, no tenías que estar renegando ni nada».

Y cada vez fue peor. Siempre puede ser peor. El cerco militar se hizo asfixiante. La miseria se hizo más atroz. Días sin comer, masticando insectos, hierbas, silencio. Caminando sin parar, ya sin motivo. La disciplina de los senderistas, también desmotivados y deshechos, se fue relajando. La gente empezó a intentar escapar. A los que eran capturados los castigaban ferozmente, pero ya no se podía parar la sangría. Había que intentarlo, sin pensar realmente; solo hacerlo.

Un día, aprovechando un desplazamiento entre Santo Domingo y un lugar llamado Cerro Mirador, hubo un descuido. Y Cristina lo aprovechó. Y se fue internando cada vez más en el monte, sin parar, sin meditar, sin mirar atrás. No sabe cuánto tiempo caminó. Llegó a un pueblo que tenía una bandera amarrada en su entrada, apenas un trapo que no ondeaba. La rodearon ojos desconfiados. Los ronderos le preguntaron de dónde venía. Dudaron: ¿matarla?, ¿creerle? Finalmente le hicieron cruzar el río y la entregaron a la base militar Esmeralda, en Satipo. Y allí se encontró con los ojos de los soldados: «¿de dónde vienes tú?». Y tuvo que contar todo de nuevo: «Me he escapado de los terroristas. Estuve retenida por ellos muchos años».

La acogieron, les dieron de comer, les curaron las heridas.

En la base militar estuvo una semana. Dio su primera declaración, contó todo este relato. «¿Por qué no vine antes?, ¿por qué no escapé antes?». No tiene sentido seguir explicando algo así.

Alguien le preguntó «¿Tienes familia?, ¿de dónde eres?». Cristina se apuró a decir, por fin, un nombre del pasado, como invocado: «De Pichari. Sí, de Pichari. Soy de acá mismo, de Pichari».

Y de Pichari llegó su hermano y la recogió. Y entonces alguien, quién sabe qué representante estatal, le prometió que sería reparada por lo sufrido. Su hermano la cuidó. Cuando se sintió con fuerzas, volvió a trabajar, a cuidar chacras, a limpiar papas, a ofrecer sus manos en el mercado Maravillas.

«No tengo mi casa, me quedé sin nada, no tengo nada de donde pueda agarrarme. Pero tengo tres hijos que tengo que mantener». Pidió limosna, lavó platos, atendió en restaurantes, hizo lo que sea, pero logró que sus hijos estudiaran en el colegio. Todavía no tiene casa. Alquila algún lugar. Y aunque está enferma, sigue trabajando en las chacras. Porque habrá sobrevivido a un campamento, pero, en resumen, es una peruana más, pobre. Sus hijos no han podido estudiar nada más.

Hace veinte años le pidió a la Comisión de la Verdad y Reconciliación «[ayuda para] poder regresar a nuestra chacra y estar tranquilos […] volver a trabajar en mi chacra, porque por todo el sufrimiento que he pasado la mía es una vida triste […]. Y quisiera que sigan buscando a las personas que se han quedado retenidas en mi grupo, en esos campamentos, siempre nos recordamos de ellos, siempre nos recordamos de ellos. Y tener alguna ayuda […] soy una madre soltera que no tiene de dónde agarrarse, no tiene ni casa, siquiera pues alguna ayuda que nos dé para salir adelante con mis hijos. Por mis hijos que nos pudieran dar cualquier ayuda».

Introducción

El propósito de esta publicación es poner los reflectores sobre las mujeres «invisibles», aquellas que estuvieron en el medio de la violencia senderista y que el PCP-SL denominaba «la masa». Cuando se escribe la historia del conflicto armado interno no se registra la actuación de estas mujeres. Contamos con varios estudios sobre las militantes senderistas, sobre las violaciones que sufrieron las mujeres, también sobre aquellas que se organizaron para exigir justicia, pero se ha escrito muy poco sobre la agencia de las mujeres comunes y corrientes que vivieron atrapadas en la violencia senderista. Por todo ello, mi interés es mostrar el papel que ellas jugaron en esta historia.

Cuando el PCP-SL decide dar inicio a la guerra, se planteó, en primer lugar, la formación de los militantes que llevarían a cabo esta tarea. Debían ser cuadros disciplinados que pudieran actuar sin supervisión y resolver correctamente la lucha entre dos líneas que cada individuo debía sortear; es decir, era preciso combatir las desviaciones ideológicas, haciendo que siempre primara la «línea roja», tal como lo describe Michael Foucault (2002) en su texto Vigilar y castigar, donde reflexiona sobre la evolución histórica de la formación de instituciones disciplinadas. El corpus que guía esta lucha, según el PCP-SL, es el marxismo, leninismo, maoísmo, pensamiento Gonzalo. La totalidad del partido debía actuar como un reloj, perfectamente constituido y disciplinado de acuerdo con el plan de guerra establecido por la dirección de la organización. Este es un proceso individual que cada militante debía llevar adelante, lo que garantizaba la entrega total al partido —lo cual incluía su propia vida—. La educación de la militancia y su disciplina constituyeron, junto con el conocimiento del plan de guerra, los ejes centrales de la formación de un partido de guerra. Esto explica la capacidad que tuvo el PCP-SL para poner en jaque al Estado peruano, al extender su actuación a casi todo el territorio nacional. El plan de guerra permitía que las acciones se ejecutaran en todos los frentes del partido de manera disciplinada y coordinada. De la misma manera, el PCP-SL extendió a «la masa» la formación en el marxismo, leninismo, maoísmo, pensamiento Gonzalo. «La masa» también debía ser disciplinada e integrada al plan de la guerra. Esta tarea fue encargada a los mandos senderistas a quienes se les dio el poder de castigar a quien no obedeciera.

En la zona guerrillera del río Ene, el PCP-SL ensayó su propuesta de «nuevo Estado». En esta zona, sus miembros organizaron la vida social y económica de la población bajo su dominio. Asimismo, anularon todas las libertades individuales; cada hora del día estaba programada por el partido. Se estableció un nuevo orden de valores que debía guiar las relaciones sociales del «nuevo Estado». Este nuevo orden era estrictamente vigilado por los mandos del partido a cargo del grupo y un cuerpo represor, que era el EGP, y la fuerza local destinada al control de la masa cautiva. En suma, se anuló al individuo en función de un ente colectivo que debía servir a la revolución; es decir, a la historia de la humanidad. El partido definía lo justo y lo injusto y, por ende, no se admitía ningún cuestionamiento. Esto abarcaba los sentimientos de las personas: ningún afecto podía primar sobre las directivas del partido, incluso el individuo debía ser capaz de matar a alguien de su propia familia si así se le ordenaba. Cada individuo recibía una tarea que debía ser ejecutada sin cuestionamientos. Quien desobedecía era ejecutado ejemplarmente en lo que denominaban «juicios populares», cuya finalidad era disuadir a otros de desobedecer. La información era igualmente controlada: las personas solo la recibían de los mandos que, de este modo, creaban su propio mundo en el que no estaba permitida la reflexión crítica. Con ello, las personas de la masa recibieron una nueva identidad, nuevos nombres que fueron registrados en los cuadernos del partido. Ese ensayo del PCP-SL de implementar su nuevo Estado en esa parte del país no se asemejaba a un campo de concentración nazi, que era una prisión construida para el exterminio de los prisioneros. Más bien, estas «bases revolucionarias» se convirtieron en lugares de sometimiento utilitario. La masa no fue considerada prisionera, sino como parte del partido y debía ser disciplinada y adoctrinada para cumplir con su misión histórica de llevar a cabo la revolución sirviendo al partido. Hannah Arendt (1982), en su libro Los orígenes del totalitarismo, basa su investigación en los regímenes totalitarios de Hitler en Alemania y de Stalin en la Unión Soviética, y los describe como una forma de opresión política que destruye todas las tradiciones y normas vigentes. Sin embargo, en el nuevo Estado senderista, se trató de una masa prácticamente esclavizada, sometida, a la que se le anuló cualquier tipo de libertad y fue obligada a trabajar al servicio del partido y de la revolución; a pesar de ello, no pudieron dominar su libertad interna, aunque pretendieran gobernar sus sentimientos.

Para visualizar la agencia de las mujeres de la masa fue necesario mirarlas en la vida cotidiana, aquel espacio donde las personas se reproducen como sujetos y se preparan para la vida social. Al respecto, Agnes Heller (1977) afirma que no existe una sociedad sin vida cotidiana, pues es en esta donde la sociedad se reproduce. Dicha preparación se da en un contexto determinado, en un mundo ya constituido que la moldea. El proceso de preparación para la sociedad implica, en primer lugar, un conocimiento de las normas que rigen a la sociedad a la cual se desea pertenecer, y, en segundo lugar, una adaptación a estas. En la zona guerrillera del río Ene, el PCP-SL, mediante su ensayo de nuevo Estado, impuso nuevas reglas de convivencia a las que la masa cautiva tuvo que adaptarse para sobrevivir. Esta adaptación a la cotidianeidad del cautiverio no parte de cero en el sujeto, ya que este viene con una formación previa, con afectos, costumbres y culturas diferentes de las que el PCP-SL quiere imponer en su nuevo Estado. Esta formación previa también la tenían los senderistas, a quienes se les disciplinó en el partido, lo cual significó una lucha consigo mismos. La vida cotidiana es cómo se vive el día a día, ya sea para adaptarse o para defender su mundo interior, sus sentimientos y su moral. Esta lucha entre sus costumbres previas y las nuevas impuestas por el PCP-SL fue permanente durante el cautiverio. En algunas situaciones, fue preciso esconder los verdaderos sentimientos y actuar de acuerdo con las exigencias senderistas por el miedo a ser castigados; pero eso no significó una modificación de los sentires y la moral previa. Esta convivencia de la masa con los mandos senderistas le permitió conocer mejor el comportamiento de los «jefes» e identificar las discrepancias entre su discurso y su práctica.

La resistencia representa un ejercicio de libertad del sujeto frente a quien le impone su poder. En las condiciones de cautiverio de la masa de la zona guerrillera del río Ene, de control total de sus vidas, la resistencia se realizó en soledad, de manera individual. Michael Certeau (2010), en La invención de lo cotidiano, define la relación del débil con el poder como una táctica que consiste en aprovechar las oportunidades que dejan las rendijas que se abren. Las mujeres de la masa no gestaron una organización para derrocar el gobierno impuesto por el PCP-SL. Los años de convivencia permitieron que las mujeres adultas pudieran conocer a sus captores, así como sus costumbres y rutinas. Gracias a ello pudieron aprovechar rendijas de oportunidades y conseguir mejores condiciones de vida. Con el tiempo, establecieron relaciones con las mujeres jóvenes que les proporcionaban información para planificar su huida. En efecto, fue una resistencia silenciosa, que actuaba sin alertar a las autoridades senderistas. Estas resistencias requieren mucha valentía e inteligencia para identificar y aprovechar las fallas del poder y actuar sin ser vistas. Sin duda alguna, este ejercicio de libertad del sujeto está ligado fuertemente a los sentimientos de preservación, marcados por su ser moral, que generan responsabilidad. Este es el caso de las mujeres de la masa frente a sus hijos y a la valoración de los abusos. Estos sentimientos que guían las resistencias se concretan en juicios morales frente a sus captores, pues les permiten marcar diferencias respecto a ellos; como lo señala Martha Nussbaum (2008), las emociones están imbuidas de inteligencia y discernimiento. Se trata, fundamentalmente, de un proceso pragmático, ya que los senderistas fueron identificados como un peligro para sus vidas. Estos sentimientos expresados en emociones están regulados por las normas éticas; en este caso, el sentido del deber. En ese sentido, estas emociones les permitieron, a pesar de estar sometidas a la acción de adoctrinamiento diario, evaluar que la propuesta revolucionaria del PCP- SL no era buena para ellas ni para sus familias; por el contrario, era una amenaza.

La fuente de esta publicación son los testimonios que recogió la CVR en Satipo. Esta es una fuente riquísima y seguirá estando vigente para muchas más investigaciones. Los testimonios son relatos en primera persona, como lo define Beverley (1987) en Anatomía del testimonio, donde el narrador es protagonista o testigo de su propio relato que nos proporciona información sobre la vida de los sujetos. Al respecto, Gonzalo Portocarrero (2003) afirma que cada testimonio puede leerse como una historia de los hechos sociales. No son solo narraciones de hechos, sino que también comunican emociones y juicios de valor. Esto los hace relevantes para la investigación sociológica porque proporcionan información sobre las dinámicas sociales y sobre la cotidianeidad en la que se reproduce la vida social. El contraste de los testimonios revisados de la provincia de Satipo (293 en total) permite identificar la repetición de la narración de hechos. Ello a su vez les otorga niveles de certeza a estas narraciones respecto a lo vivido y a la cotidianidad reinante durante el dominio senderista de la zona y las convierte en una fuente válida. Estos testimonios contienen una relectura de sus vivencias, que parte de su subjetividad, y nos muestran una dinámica social que permanecía oculta. La investigación de este material no tiene como único propósito describir exactamente los hechos, sino develar el simbolismo, la imaginación y el deseo de estas personas. A su vez, este trabajo realiza una lectura diferente de la que hizo la CVR.

El discurso senderista configuró la realidad en la zona controlada por ellos. La población cautiva no tuvo acceso a ninguna otra información de la realidad que les permitiera contrastarlo. Ejemplos de ello eran el miedo inculcado por el PCP-SL frente a los militares, de quienes huían, y las arengas sobre el avance de la revolución. Las resistencias de la masa surgieron de la diferencia entre el discurso senderista y su práctica. Este discurso configuraba a un sujeto revolucionario, con una nueva moral, que cumplía el rol histórico de llevar adelante la revolución que pondría fin a la miseria en la que se encontraba la masa. Como lo señala Fairclough (1992), el lenguaje es una práctica social. En este caso particular, se trataba de un discurso vacío, que no se sostenía en su práctica cotidiana en la que se reproducían las relaciones sociales de explotación que aumentaban la miseria de las personas de la masa y colocaban sus sentimientos bajo una presión extrema. Esta situación fue determinante para el fracaso del PCP-SL, pues le fue imposible incorporar a la masa a la aventura revolucionaria. En la práctica, la Zona Guerrillera del Río Ene (ZGRE) no se constituyó en una base de apoyo revolucionaria, como pretendía el PCP-SL en su discurso.

Como se mencionó anteriormente, esta investigación se basa en la relectura de 293 testimonios que tomó la CVR en la provincia de Satipo —en realidad, se recibieron 475 testimonios en Satipo, pero 182 de ellos no contaban con la autorización del testimoniante para ser citado—. Esta es una discusión pendiente que debemos tener para establecer una política que establezca el momento oportuno para que toda esta información pueda ser abierta al público. Se trata de una relectura porque nuestro propósito no es el mismo que tuvo la CVR; no buscamos documentar las violaciones a los derechos humanos, sino conocer la resistencia desplegada por las mujeres que estuvieron cautivas por el PCP-SL. En ese sentido, esta relectura nos permitió reconstruir las condiciones del sometimiento utilitario de la masa por parte del PCP-SL en el río Ene. En estos 293 testimonios se mencionan más de 900 lugares donde transcurrieron los hechos que se relatan. Varios de estos sitios se repiten en los diferentes testimonios, de manera tal que se abarcan situaciones vividas en 270 localidades en la provincia de Satipo. Los cuatro distritos más mencionados son, en orden: Pangoa, Satipo, Río Tambo y Río Negro. El 63% de los testimonios corresponden a mujeres colonas, en su absoluta mayoría de origen andino; y el 37% son mujeres ashaninkas y muy pocas nomatsigengas.

Las memorias narradas por las mujeres en estos testimonios proporcionan una información de ellas como sujetos, de cómo estos hechos fueron interpretados por ellas y cómo afectaron sus vidas. Para el análisis de los testimonios es importante tener en cuenta el contexto en que estos fueron narrados. En primer lugar, en la mayoría de los casos habían transcurrido más de ocho años desde cuando sucedieron los hechos que ahí se relatan1. En segundo lugar, hay que tener en cuenta que son testimonios presentados a la CVR, por lo que estuvieron enmarcados en el objetivo de esta instancia, que era documentar las violaciones a los derechos humanos y no la reconstrucción de los hechos históricos (esa fue tarea de otro equipo de la CVR). En tercer lugar, en varios de los testimonios se evidencia la intervención del entrevistador direccionando la entrevista hacia la narración del sufrimiento padecido, lo que supone un desacato a las instrucciones dadas por la CVR. De acuerdo con el manual, la entrevista constaba de dos partes: la primera era abierta y debía dejar que el testimoniante expresara lo que quisiese; y la segunda era una entrevista cerrada, en la que se recababan los detalles de la violación sufrida y la identificación de los responsables de estas violaciones. Por último, algunos de los testimonios se dieron en ashaninka y las traducciones que se hicieron no reproducen literalmente lo expresado por la testimoniante, sino un resumen.

Sin embargo, a pesar de todas estas consideraciones, estos testimonios constituyen una valiosa fuente directa que nos permite conocer cómo se desenvolvió la vida cotidiana en la zona del Ene controlada por el PCP-SL. En estos discursos, las mujeres reconstruyen la realidad que les tocó vivir y le dan su propio significado. Gracias a ello podemos conocer las estrategias de resistencia que ellas desarrollaron. En los testimonios se encuentran señalados sus sentimientos, el sometimiento en el que se encontraban y sus juicios de valor sobre estas situaciones. Si bien sería importante contar con un análisis psicológico, que podría completar la compresión de estas vivencias, aún sin esta dimensión analítica la información que proporcionan estos testimonios nos permite conocer cómo enfrentaron esta difícil coyuntura. En estas narraciones también se encuentran las reflexiones que realizan en torno a sus captores: describen las injusticias que vieron y los sufrimientos que el PCP-SL les infligió.

Los testimonios son elaboraciones subjetivas del ejercicio de memoria. La persona narra su versión personal de los hechos, lo que se encuentra fuertemente marcado por la manera en que estos la impactaron. Igualmente, al ser una acción que se realiza en el presente, pueden estar sesgados por el nuevo contexto en que se narran. Los testimonios analizados son narraciones realizadas casi ocho años después de que las mujeres salieron del cautiverio. Se puede pensar que existe un subtexto que no se narra con claridad, el cual puede obedecer a diferentes razones. Una de ellas podría ser un interés de marcar con mucha claridad la distancia de ellas respecto al PCP-SL, especialmente si conocemos que una vez reinsertadas en las nuevas comunidades, han tenido que lidiar con el estigma de ser consideradas senderistas. Otro subtexto podría ser lo referente al establecimiento de nuevas parejas o las relaciones sexuales en general, ya que estas no son mencionadas —o muy poco— y tampoco se presentaron denuncias de abusos sexuales. Sin embargo, los relatos adquieren un valor histórico al ser contrastados con otros testimonios y al encontrarse coincidencias. Esta investigación comparó 293 testimonios y encontró las coincidencias con las que se reconstruye el proceso de cautiverio

Finalmente, en cuanto a su estructura, el texto está dividido en tres partes. En la primera parte, «La zona liberada y el pensamiento Gonzalo», el capítulo 1 describe la zona liberada, su ubicación geográfica, la población capturada, así como el contexto político local y nacional. El capítulo 2 se centra en la ideología del PCP-SL, su concepción de partido y el «nuevo Estado». En la parte 2, «Cómo se vivió el “nuevo estado” senderista», del capítulo 3 al capítulo 7 se desarrollan detalladamente los cinco escenarios en los que se analiza la resistencia de las mujeres. En la parte 3, «La resistencia de las mujeres», específicamente en el capítulo 8, se amplían las características de las mujeres que fueron capturadas por el PCP-SL y se describe cómo esta coyuntura las afectó de manera particular. En el capítulo 9 se explica lo que significó la resistencia silenciosa de las mujeres durante el cautiverio y el poscautiverio.

1 Estuvieron en cautiverio hasta 1994 y dieron estos testimonios a la CVR en 2002, ocho años después.

Parte 1. La zona liberada y el pensamiento Gonzalo

EUGENIA NAJARRO GUTIÉRREZ

En 1982, Eugenia vivía en Pachacamilla y recuerda cuando llegó Sendero, empezando por sus signos: banderas, pintas con lemas y dibujos con la hoz y el martillo sobre las piedras. Luego su presencia se hizo carne: gente llegando encapuchada, visitando el pueblo con frecuencia. Llegaban en grupo, organizaban reuniones por las noches. Eugenia recuerda que le parecía gente instruida, con disciplina; eran los senderistas los que sabían leer y escribir. Y les leían sus documentos. Como en una escuela, los reunían y proclamaban que era necesario que apoyaran a Sendero para acabar con las diferencias de clase, entre los pobres y los ricos.

Eugenia quiere hablar, contar, denunciar cómo ha vivido. En caos, sobreviviendo a las palabras. ¿Cómo era al comienzo? «Al comienzo llegaban encapuchados», dice. No recuerda bien si fue en 1983, pero sí que mataron pronto a una señora que tenía una tienda. Y que a las reuniones iban todos los vecinos, obligatoriamente, con los niños y los viejos. Nadie dejaba de ir por miedo a las amenazas. Cuenta cómo murió Lucho Ramírez. Dice que lo acusaron de querer huir a Satipo, de no querer colaborar con el partido, de querer escaparse para delatar al partido ante los militares. Y lo ahorcaron en frente de todos. «Atarantados hemos estado».

«Lucho Ramírez tenía su esposa. Sí, la han matado también. No, no ese día, en otra fecha. Sí, tenían hijos. Sí, luego mataron a otro, un señor Tolentino, pero a él no vimos cuando lo mataron. Sí, era viudo. No sé, 83 u 84, no sé».

Eugenia no recuerda el nombre de su esposo, se le ha olvidado. Cuenta que él está preso, que no sabe en qué prisión está, que ella ya no tenía nada que ver con él desde hacía muchos años. Nada la une a su antiguo esposo. «Me han separado de mi esposo. Se lo han llevado. Se había casado con otra mujer».

Eugenia regresa al momento cuando empieza la retirada al monte. Dice que en su casa tenía enseres, bienes, electrodomésticos, que no era una choza miserable. Que tenía cinco hijos y los sacaba adelante trabajando. Pero que una noche que quizá era el Día de la Madre, porque recuerda que se celebra en mayo, los militares llegaron con helicópteros y los atacaron. Y ante la acometida, los mandos senderistas les ordenaron partir solo con una muda de ropa y un atado para huir hacia el monte. Todos, viejos, niños, bebes, al monte.

Así empezó la caminata de Eugenia y de sus vecinos y de gente de otros pueblos. Fueron semanas yendo de un lugar a otro, sin rumbo fijo, trabajando por momentos, comiendo plantas, hierbas. Y, luego, partiendo hacia otro paraje igual de agreste. Eran cientos. Después de un tiempo, quizá un par de meses, se asentaron en tres lugares donde estaban agrupados los secuestrados de varios sitios: se llamaban Desarrollar, Construir y Mangopampa. Eugenia y la gente de su pueblo, Pachacamilla, estaban en Construir. Al comienzo eran quizá 400, 500 personas.

Por un tiempo compartió el campamento forzado con sus hermanos y sus hijos, pero todos sus hijos murieron. Fallecieron de hambre y enfermedad, sin que ella pudiera hacer nada. Y luego murieron también sus hermanos —menos Teófilo— castigados por no cumplir las órdenes de los mandos. Con él pudo escapar dos años después —o les permitieron irse—.

Pero eso fue luego de vivir el horror del campamento. Allí vivían juntos, mezclados, hombres, mujeres, ancianos. Todos obligados a trabajar para el partido. Solo separaban a las parejas, que no podían vivir juntas, y también a los niños cuando ya cumplían quince años. Desde entonces eran usados para tareas más militares. Nadie se salvaba: enfermos, heridos, desnutridos, sin fuerzas, igual había que trabajar o simplemente te mataban. Nadie podía ser una carga para el partido. Cuando eran perseguidos por los militares, los mandos senderistas ordenaban matar a los que estorbaban o los hacían demorar en sus marchas. Otras veces, juntaban a un grupo de enfermos o ancianos —diez o quince— y los mataban. De este modo eliminaban de golpe el excedente humano.