Promesas de papel - Philip Coggan - E-Book

Promesas de papel E-Book

Philip Coggan

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Beschreibung

Promesas de papel es uno de los mejores libros que se han escrito sobre las causas de la actual crisis económica y sus consecuencias. Para ello, Philip Coggan regresa a las cuestiones fundamentales acerca de lo que es el dinero. Hoy parece perfectamente natural tener deuda: tarjetas de crédito, hipotecas, préstamos,... Ciudadanos, empresas y estados hemos creado un sistema donde la deuda tiene un papel fundamental. Pero ¿de dónde viene toda esta deuda? ¿tenemos clara su relación con el dinero? ¿Bajo qué tipo de promesas se sustenta el sistema económico moderno?En este fascinante retrato del dinero a través de la historia, llegando a nuestro incierto futuro, periodista de The Economist Philip Coggan examina la defectuosa estructura de los sistemas financieros globales y se pregunta, ante los profundos desajustes que el mundo padece hoy en día, qué es lo que está realmente en juego, concluyendo, con sólidos argumentos, que la crisis actual va a suponer un radical cambio en los paradigmas económicos y políticos tradicionales."Este libro destaca por encima de cualquier otro escrito sobre la actual crisis económica y los efectos de la deuda."Nassim Nicholas Taleb, autor de El cisne negro."Cada página de este libro presenta un nuevo punto de vista o un planteamiento alternativo sobre este tema tan relevante."Tim Harford, autor de El economista camuflado.El análisis más lúcido sobre la crisis escrito hasta la fecha. Empieza donde hay que hacerlo: explorando la naturaleza del dinero y su origen.”The Guardian“Atrevido y sólido, Coggan repasa los temas con su habitual calma y objetividad, evita caer en simplificaciones excesivas y envuelve sus opiniones con su sólido conocimiento del tema. El libro ofrece una explicación clara de las nuevas divisiones ideológicas que han surgido acerca de cómo afrontar la crisis. Una obra que hay que tomar muy en serio.”Financial TimesPhilip Coggan es el Editor para Mercados de Capitales de The Economist. Previamente, trabajó en el periódico Financial Times durante más de veinte años. En 2009 recibió el premio al mejor periodista financiero en los prestigiosos premios Harold Wincott y fue votado mejor comunicador en los premios Business Journalist of the Year. Es autor de cuatro libros, entre los que destaca Promesas de papel.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2014

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TÍTULO ORIGINAL:Paper promises: money, debt and the new world order

Publicado originariamente por Penguin Books Ltd en 2011

PRIMERA EDICIÓN EN ESPAÑOL: abril de 2013

© 2011, Philip Coggan

© de la traducción, 2013, Inga Pellisa

© Three Tuns Editions SLNE

Juan Hurtado de Mendoza 19, Madrid 28036

[email protected]

www.elhombredeltres.es

ISBN: 978-84-941749-1-9

DEPÓSITO LEGAL: M-9594-2013

MATERIAS IBIC: KCLF, Finanzas internacionales;

KCL, Economía internacional

DISEÑO DE PORTADA: Mucho

MAQUETACIÓN: María O’Shea Pardo

La tipografía de cubierta es RM

Las tipografías de interior son RM y Adobe Caslon Pro

Para Helena y Catherine, con mis disculpas

por las deudas que deja mi generación

Agradecimientos

Introducción

1. La naturaleza del dinero

2. Desoyendo a Polonio

3. A por el oro

4. El dinero y la Gran Depresión

5. Al compás del dólar

6. Promesas de papel

7. Inflando burbujas

8. Todo es posible

9. Comienza la crisis

10. No tan libre de riesgo

11. Un legado de deudas

12. El pago de la factura

13. Un nuevo orden

Notas

Bibliografía

Agradecimientos

La inspiración para este libro surgió a raíz de mi trabajo en The Economist, en concreto de un reportaje especial en torno a la deuda que se publicó en el verano de 2010. Mientras escribía aquel reportaje, quedé impresionado tanto por el aumento extraordinario del nivel de endeudamiento en los últimos años como por la influencia que la deuda había ejercido sobre la economía a lo largo de los siglos. Muchos gobiernos han rebajado la cantidad de metal de las monedas o devaluado su divisa nacional para hacer frente a una crisis. Comprendí de pronto que la historia económica ha sido una guerra entre acreedores y deudores, con la naturaleza del dinero como campo de batalla. La crisis actual es tan solo la más reciente escaramuza.

Este libro es un trabajo periodístico basado en mis veintiocho años de profesión y en mis lecturas exhaustivas de estudios históricos. Se asienta por tanto en la obra de numerosos y excelentes historiadores, que aparecen profusamente mencionados tanto en las notas como en la bibliografía. Les estoy muy agradecido por los conocimientos que he recibido de ellos y que me han permitido desarrollar una interpretación propia de los hechos. Debo dedicar una mención especial a Richard Duncan, cuyos libros sugerían la idea de que la era post Bretton Woods y la inflación de los activos estaban estrechamente relacionadas.

Durante mis investigaciones para este libro he tenido la suerte de trabajar para una compañía tan comprensiva como The Economist, bajo la dirección de John Micklethwait. Vayan unos agradecimientos especiales para Edward Carr, que fue quien propuso mi contratación y me hizo muchos comentarios útiles sobre el estilo del manuscrito; para John O’Sullivan, que me aclaró muchas cuestiones económicas; para mi sufrido compañero de despacho, Andrew Palmer, que seguramente me escuchó hablar mucho más de lo necesario sobre la gestación del libro, y para Chris Young, que revisó el manuscrito mientras realizaba una comisión de servicio para el Banco de Inglaterra. Espero que verse asociado con cualquier herejía que pueda aparecer en estas páginas no arruine su carrera.

En Penguin, debo darle las gracias a Georgina Laycock por encargarme este libro y a Will Goodlad y Richard Duguid por su trabajo durante todo el proceso. Charlotte Ridings corrigió el manuscrito con una diligencia excepcional, y cualquier error que haya conseguido colarse en imprenta es mío, y no de ella.

A lo largo de toda la escritura mi esposa, Sandie, ha sido una inspiración, tanto en lo que respecta a sus consejos editoriales como a su apoyo cuando las fechas de entrega se imponían por delante de mi familia. Esa es una deuda que me esforzaré por devolver.

Introducción

Ya en mitad de la vida estamos en deuda. Tenemos que pedir préstamos para pagar nuestra educación, nuestros bienes de consumo y nuestras casas. Y, como naciones, nos endeudamos porque los impuestos que estamos dispuestos a pagar rara vez se corresponden con el gasto público que deseamos ver.

Otro nombre para la deuda es crédito, una palabra que procede del latín credere, «creer». Pedir o prestar dinero es un acto de confianza en las posibilidades del otro y, al mismo tiempo, en las nuestras. Los prestamistas tienen que confiar en que el deudor devolverá el dinero. Los que se hipotecan en lugar de alquilar confían en que aumente el precio de las casas. Los bancos permiten que sus clientes contraigan deudas en sus tarjetas de crédito porque confían en que pagarán tanto el capital como los intereses.

Durante gran parte de los últimos cuarenta años, en el mundo occidental esta confianza ha estado bien asentada. La economía ha crecido, las recesiones han sido poco frecuentes y los salarios y los precios de los activos se han incrementado. Ha valido la pena tomar prestado y prestar, y hemos hecho muchas cosas gracias a ello. En numerosos países occidentales el valor total de la deuda es tres o cuatro veces el valor del rendimiento económico anual.

Pero todo eso ha cambiado. Como uno de esos personajes de dibujos animados que sigue corriendo sin percatarse de que ha cruzado el borde del precipicio, hemos cometido la equivocación de mirar abajo. Nos hemos dado cuenta de la cantidad de deuda que hemos contraído y ha empezado a preocuparnos cómo lo vamos a hacer para devolverla. Hemos comprendido que los precios de los activos no siempre suben, ni siquiera si esperamos durante diez años o más. Europa tiene una población en proceso de envejecimiento y dispondrá de menos trabajadores con los que hacer crecer su economía. Estados Unidos, durante largo tiempo la potencia dominante, ahora ve nervioso por el retrovisor cómo China recorta distancia. En agosto de 2011 Estados Unidos perdió su codiciada AAA, la calificación de crédito que le reconocía como el deudor más fiable del mundo. En pocas palabras: la confianza necesaria para pedir y conceder préstamos está disminuyendo.

El resultado es un desastre. Este libro trata sobre ese desastre y sobre la forma en que afectará a la economía global y a la relación entre generaciones. Pero también trata de cómo han cambiado nuestras actitudes hacia el dinero y la deuda con el paso de la historia y de cómo pueden estar a punto de volver a hacerlo.

Las ingentes deudas acumuladas en los últimos cuarenta años no se pueden pagar íntegramente, y no se pagarán. Las crisis de deuda de Grecia, Irlanda y Portugal son solo el principio. Las perspectivas económicas para algunos países, especialmente en Europa, son precarias debido a una demografía en deterioro: la proporción de jubilados es cada vez más alta en relación a la de trabajadores. En consecuencia, los ingresos de estos países no crecerán lo bastante rápido como para afrontar el servicio de la deuda. O bien declararán una suspensión de pagos formal, mediante la cual los deudores pagan solo una parte de sus préstamos; o una suspensión de pagos efectiva, en la que las deudas se reintegran con un dinero que ha perdido su poder adquisitivo a causa de una devaluación de la moneda o de la inflación. La economía y la política de la próxima década y en adelante estarán dominadas por este problema, pues las clases sociales y los países andan en disputas para evitar que caiga sobre ellos el grueso del daño.

Granjeros y banqueros

El candidato demócrata a la presidencia era joven, con apenas cuatro años de congresista a sus espaldas. Electrizó a su partido con una poderosa oratoria y eclipsó a su oponente, un militar veterano, en el curso de la campaña. Representaba a un estado del Medio Oeste, aunque no había nacido allí. Recorrió el país lanzando llamamientos al ciudadano de a pie en contra de los intereses de las grandes empresas. «Llegará el día en el que las corporaciones dejarán de considerarse a sí mismas más grandes que el país que las creó», declaraba. Pero a pesar de que cosechó más votos que el anterior candidato demócrata, perdió. Porque no se trataba de Barack Obama en 2008. Era William Jennings Bryan, en 1896.

Bryan hizo campaña por un tema que a día de hoy puede que nos quede un poco lejos: creía en el bimetalismo; en el uso de la plata, además del oro, como respaldo del dólar. Pero en el fondo Bryan estaba abogando por una causa antiquísima: la defensa de los intereses de los deudores frente a los intereses de sus acreedores. Bryan hablaba en favor de los granjeros, que habían contraído deudas para comprar tierras y maquinaria y luego habían visto como se desplomaban los precios de las cosechas. Estos granjeros querían un aumento de los precios, y creían que podía conseguirse con la introducción de la plata. Los banqueros se opusieron a Bryan, ya que consideraban que una moneda fuerte solo podía basarse en el oro.

A finales del siglo XIX, la mayoría de economías desarrolladas se regían por el patrón oro, un sistema que fijaba la cantidad de papel moneda en circulación de acuerdo con las reservas de metal precioso. Dado que los gobiernos no podían hacer aparecer más oro como por arte de magia, el patrón evitaba un aumento continuado de los precios. Además, existían salvaguardas para impedir que los gobiernos rebajaran la moneda, ese antiguo truco de adulterar las piezas con metales comunes.

Entre 1896 y 1908 Bryan se presentó tres veces a la presidencia y perdió en cada una de ellas. Tuvo mala suerte. Justo mientras se quejaba de la escasez de dinero, el descubrimiento de yacimientos de oro en Alaska y Sudáfrica aumentó el suministro. El «siglo americano» estaba a punto de nacer, y su país iba a convertirse en la potencia económica y militar dominante.

Pero la derrota de las ideas de Bryan fue solo pasajera. Seis años después de su última derrota se suspendió el patrón oro, y el intento de resucitarlo después de la primera guerra mundial no funcionó. Para un mundo agobiado por las deudas del conflicto las restricciones del patrón oro eran insoportables.

El mundo funciona bajo un sistema en el cual el dinero puede crearse a voluntad o por decreto (lo que se conoce como «dinero fiat» en la jerga). El último vínculo con el oro se cortó en 1971. Hay una diferencia fundamental entre este sistema de papel moneda y el patrón metálico al que reemplazó: el oro no genera obligaciones sobre nadie, uno lo posee y punto. El papel moneda o el dinero electrónico son siempre un título de crédito, una obligación exigible ya sea a un banco o a un gobierno. El dinero moderno es deuda, y la deuda es dinero.

No es casual que los niveles de endeudamiento se hayan disparado en los últimos cuarenta años, lo que culminó en la crisis crediticia de 2007 y 2008 de la que el mundo aún se está recuperando. En respuesta a esa crisis, se creó dinero adicional por medio de una táctica llamada flexibilización cuantitativa (FC): los bancos centrales crearon dinero para comprar bonos del estado (y otros activos). La creación de dinero para financiar un déficit público es algo que habría horrorizado a los hombres de moneda fuerte de los tiempos de Bryan. Pero tácticas como esta difícilmente pueden sorprendernos ahora que son los gobiernos, y no solo los granjeros, los que acumulan deudas enormes. El filósofo John Stuart Mill alertaba en sus Principios de economía política, publicados en 1848, de que «los emisores de papel moneda pueden tener, y en el caso de los gobiernos lo tienen siempre, un interés directo en reducir el valor del dinero en circulación, pues es el medio por el que se computan sus propias deudas».

Estados Unidos es actualmente el país con la deuda más grande del mundo y el estado de sus finanzas es objeto una vez más de un acalorado debate. El problema es que Estados Unidos es al mismo tiempo la economía más importante del mundo y el emisor de la moneda de uso más extendido, el dólar. Las políticas que ha emprendido el país para escapar de la crisis (como por ejemplo la FC) distan mucho de ser populares entre sus acreedores, muy especialmente en el gobierno chino.

En 2008, las autoridades estadounidenses temieron que se repitiera la Gran Depresión de los años treinta, cuando el rendimiento económico se fue a pique y el desempleo subió vertiginosamente. De modo que usó todas las armas a su alcance, desde políticas monetarias (la cantidad de dinero y el nivel de las tasas de interés) hasta medidas fiscales (el equilibrio entre el gasto y los ingresos públicos), para alejar la amenaza. Además, los bancos fueron rescatados y el gobierno asumió parte de su riesgo: la deuda pública sustituyó a la deuda privada.

El debate sobre el rescate ha sido eminentemente político. Los economistas que siguen las enseñanzas de John Maynard Keynes sostienen que tal estímulo es esencial para mantener la demanda y, por tanto, los puestos de trabajo. Los estadounidenses del movimiento conservador Tea Party replican que con una estrategia como esta aumenta el papel del estado, se ahoga a las generaciones futuras con impuestos altos y se corre el riesgo de una elevada inflación. Los dos bandos chocaron en el verano de 2011, cuando el Congreso debatió una propuesta para incrementar el techo de endeudamiento, la cantidad máxima que el gobierno de Estados Unidos puede tomar prestada de forma legal. Algunos miembros del Tea Party consideraban que este techo no debía ampliarse bajo ninguna circunstancia; si hubieran logrado imponerse, Estados Unidos habría declarado la suspensión de pagos de sus deudas y se habría producido el caos en la economía global.

Históricamente, cada bando ha apelado a diferentes electorados. Las deudas de un país son en último término las deudas de sus contribuyentes, y los contribuyentes que pagan mayores impuestos suelen ser los más ricos de la sociedad. Si un gobierno incurre en un déficit grave y prolongado acabará subiendo los impuestos para cubrirlo, mermando así los ingresos de los contribuyentes (o dejará de pagar su deuda, con lo que se penaliza a los ahorradores). Y en el aspecto monetario, si un gobierno expande la oferta de dinero a un ritmo más rápido que el del crecimiento económico acabará perjudicando el valor real de la riqueza de los contribuyentes por medio de la inflación. En cualquier caso, los ricos pierden. Los que saldrían ganando serían los más pobres, que se benefician de un gasto público más alto o que pagan pocos impuestos.

De un modo similar, cuando un gobierno decide equilibrar los presupuestos recortando el gasto público, o eliminar la inflación elevando las tasas de interés, es probable que perjudique a aquellos empleados en el sector público, a los que perciben subsidios y a los que tienen deudas. En resumen, una línea de actuación favorece a la clase acreedora/rica y la otra a la clase deudora/pobre. Lo que llama la atención del Tea Party es que un movimiento populista esté defendiendo una línea por lo general asociada a los acreedores; una situación completamente opuesta a la de los tiempos de William Jennings Bryan. Y para redondear la ironía, los parroquianos de Wall Street, en su día firmes partidarios de la moneda fuerte, apoyan ahora el uso de la FC, ya que reasegura el mercado de valores y aumenta sus beneficios.

Esta disputa se libra por todo el mundo desarrollado. En Reino Unido una coalición de conservadores y liberales-demócratas está batallando para reducir un déficit enorme, herencia del gobierno laborista, frente a la oposición de los sindicatos a los recortes. Su programa de austeridad es mucho más ambicioso que nada que proyectara jamás la señora Thatcher.

Pero es en la Europa continental donde la crisis ha sido más intensa. La región ha llevado a cabo un experimento histórico en materia de políticas monetarias mediante el cual ha reemplazado las diversas monedas nacionales por el euro. En la práctica, los países más pequeños se han subido al carro de la reputación del marco alemán, una de las monedas más fuertes del mundo en la segunda mitad del siglo XX. Durante los primeros años del euro, este pareció no traer más que beneficios a los países periféricos. Sus costes de financiación cayeron, convergiendo con los de Alemania, y lograron evitar las crisis cambiarias que habían marcado los setenta y el principio de los noventa.

Sin embargo, pese a que los europeos estaban aplicando las políticas monetarias de Alemania, carecían de la propensión de los alemanes al ahorro y a una industria competitiva. Los resultados fueron o bien booms de la construcción impulsados por el crédito (en Irlanda y España) o repetidos déficits comerciales (en Grecia y Portugal). Las deudas se apilaron. Y aunque el gobierno irlandés tuvo durante años buenos resultados fiscales, estos eran el resultado de un sistema bancario artificial y de un boom de la construcción que estimulaban el consumo y, en consecuencia, la recaudación de impuestos; cuando la crisis azotó y los bancos tuvieron que ser rescatados, el endeudamiento excesivo del sector privado pasó a ser una carga para el sector público.

Mientras los países bregan por rescatar a sus sectores bancarios y lidian con la losa de una deuda creciente, el futuro del euro está siendo cuestionado. ¿Decidirán las naciones europeas más endeudadas que declarar la suspensión de pagos o abandonar la moneda única es preferible a años de austeridad? ¿O decidirán los alemanes que no están dispuestos a pagar la factura de la deuda de otros países?

Una lucha secular

El conflicto entre acreedores y deudores es casi tan antiguo como el propio dinero. John Taylor, un pensador estadounidense de principios del XIX, dijo que el sector bancario «divide a las naciones en dos grupos, deudores y acreedores, y colma a cada uno de animosidad contra el otro».1 Toda la historia económica puede contemplarse a través de este prisma: la lucha entre aquellos que prestan dinero y aquellos que lo piden prestado. Los primeros quieren recuperarlo con intereses y en moneda fuerte; en épocas de crisis, los deudores no pueden permitírselo.

La historia nos indica que los periodos de crecimiento de la actividad económica vienen acompañados de una expansión de la oferta de dinero y de una definición más amplia de lo que aceptamos como tal. La confianza es alta porque aumentan el comercio y los ingresos. Las empresas aceptan gustosas ese dinero extra, a menudo en forma de deuda: extendiendo el crédito a sus clientes, por ejemplo. Entonces ocurre algo que rompe la confianza en pedazos y la definición de dinero aceptable se restringe, con lo que mengua la disposición a otorgar crédito.

En el siglo XX, cada ciclo económico acostumbró a cerrarse con una deuda cada vez más alta. En 1981, Ronald Reagan logró persuadir a algunos congresistas republicanos para que votaran, muy a su pesar, a favor de una elevación del techo de endeudamiento del gobierno por encima del billón de dólares; es decir, un 1 con doce ceros detrás. Se había dado por sentado que un presidente conservador, que se refería al gobierno como «el problema», reduciría el déficit. Pero cuando terminó el mandato de Reagan en 1989 la deuda ascendía ya a 2,6 billones de dólares.

La cifra inspiró a un promotor inmobiliario llamado Seymour Durst a instalar un reloj de la deuda pública en Times Square, Nueva York, para llamar la atención sobre la creciente losa de endeudamiento. En 2008 hubo que remodelar el reloj para añadirle un dígito adicional, ya que la deuda total había alcanzado los 10 billones. Apenas tres años después, subió hasta el último máximo aprobado, de 14,3 billones, como resultado de los enormes déficits fiscales que siguieron a la recesión de 2008-09. Este endeudamiento adicional superaba la cifra que había alarmado en su día a Seymour Durst; y superaba ciertamente la deuda que Estados Unidos había acumulado en sus primeros 212 años de existencia.

Las cifras totales de deuda pública son solo una cara del problema. Los políticos han prometido además financiar las pensiones de jubilación de los trabajadores, tanto del sector público como del privado, cubrir el coste de la atención sanitaria a los mayores y garantizar las deudas de los bancos y otras empresas. Más allá de las obligaciones del estado, también han acumulado deuda los consumidores con sus hipotecas y tarjetas de crédito, las empresas con sus planes de expansión y los bancos, tratando de especular en los mercados financieros.

A medida que venzan estas deudas, enfrentarán a acreedores ricos contra deudores pobres, a contribuyentes del sector privado contra trabajadores del sector público, a jóvenes en activo contra jubilados, a votantes del país contra tenedores extranjeros de bonos. Es imposible predecir cuál de ellos ganará cada una de estas luchas, pero una cosa parece segura: no todas esas deudas se pagarán íntegramente.

La crisis también ha dado lugar a un debate sobre cómo regular laoferta de dinero. En los setenta, cuando este se desvinculó del oro, el resultado fue una fuerte subida de la inflación; algunos pensaron que nos abocábamos a la ruina. Pero el periodo de rápida expansión monetaria iniciado en 1971 también ha venido acompañado de un crecimiento económico significativo y de la difusión del capitalismo en grandes áreas del mundo excomunista. Si ambos sucesos están relacionados (y no está claro que así sea), la gente podría considerarlo una contrapartida aceptable. A fin de cuentas, el crédito es esencial para hacer funcionar la economía moderna. Sin él, las empresas serían incapaces de crecer y crear puestos de trabajo. Las sociedades parecen desarrollar sistemas financieros más complejos a medida que evolucionan. Puede que los bancos sean objeto de oprobio público, pero sin ellos la vida moderna sería increíblemente aparatosa. Imaginemos que todo aquel que quisiera comprar una vivienda tuviera que conseguir financiación de sus amigos y contactos, o que tuviésemos que cargar con sacos de oro y plata cada vez que quisiéramos hacer un viaje al extranjero.

Sin embargo, el sistema monetario moderno genera algunos dilemas inherentes. ¿Cuándo se vuelve excesiva la cantidad prestada por los bancos? ¿Cuándo se vuelve demasiado complejo para el bien de la economía el sistema financiero? Es difícil determinar el nivel «apropiado», pero parece evidente que se vulneró en algún momento de los últimos veinte años.

El crédito puede usarse para financiar el comercio, pero también para alimentar la especulación. Permitiendo que los bancos se hicieran tan grandes y tan esenciales para la economía moderna, el mundo occidental se ha comportado como un padre que le da una tarjeta de crédito a su hijo adolescente para que gaste a lo loco. La banca dejó de ser una profesión algo anodina para convertirse en un mundo glamuroso al que deseaba unirse la flor y nata de la juventud. A medida que se prestaba dinero para la compra de activos, el precio de estos se disparaba. Operar en los mercados financieros se convirtió en el mejor camino para hacerse rico. No es ninguna coincidencia que los fondos de cobertura1 y las entidades de capital inversión2, dos industrias que se benefician del crédito fácil y de las subidas en el precio de los activos, hayan florecido en las últimas décadas. Mientras que en los países emergentes los nuevos billonarios siguen obteniendo sus fortunas de la industria y los recursos naturales, los plutócratas del mundo desarrollado provienen cada vez más del sector de las finanzas. La suerte y el apalancamiento financiero pueden convertir a un operador de bolsa en todo un genio.

Pero los precios de los activos no podían subir eternamente. La crisis de 2008-09 arrinconó a los bancos, y los gobiernos se sintieron obligados a intervenir por miedo a un colapso económico generalizado. No es ni mucho menos la primera vez que ocurre: el estado (o su agente, el banco central) es a menudo el prestamista de última instancia, puesto que puede pagar sus deudas con los impuestos o imprimiendo moneda.

De todos modos, la capacidad de un gobierno de financiarse a sí mismo no es ilimitada. En Grecia, a finales de 2009, la revelación repentina del calamitoso estado de sus finanzas públicas (tras años de estadísticas maquilladas) pronto desató una crisis de financiación. La rentabilidad de la deuda griega subió vertiginosamente, lo que encareció los costes de financiar el enorme déficit del país. El nuevo gobierno socialista anunció varios paquetes de medidas de austeridad con las que tratar de reducir la brecha, incluidas un retraso en la edad de jubilación y un recorte en los complementos salariales de los funcionarios; los trabajadores respondieron con huelgas y protestas violentas.

A los mercados no les convenció el plan griego, y los costes de financiación del país crecieron de forma alarmante. De modo que Grecia recurrió a sus vecinos europeos, más ricos, para sufragar un rescate financiero y acordó un plan de austeridad con sus nuevos pagadores. Esto solo le sirvió para ganar tiempo. Los griegos seguían teniendo una deuda demasiado alta: en torno a un 150 por ciento de su PIB. Pagar esa factura exigiría muchos años de superávits: es decir, que el gobierno recaudase en impuestos más de lo que gasta (antes de intereses, al menos) y que el país exportara más de lo que importa. Esto conllevaba una subida de los impuestos y una reducción de los subsidios, los salarios y el consumo: una dosis ingente de aceite de ricino para la ciudadanía griega.

No fue de extrañar que un año después Grecia estuviese de nuevo pidiendo más dinero a sus vecinos. Los inversores habían mandado un mensaje claro: la rentabilidad exigida a los bonos griegos a dos años era de un 25 por ciento, una cifra que evidenciaba el temor de que la deuda no se devolviera en su totalidad. Una suspensión de pagos haría descender la deuda griega a un nivel más manejable; digamos de un 70-80 por ciento del PIB. Pero la UE se oponía en redondo por miedo a que hiciera cundir el pánico en todo el continente. Después de un tenso pulso entre el parlamento griego y los manifestantes, en junio de 2011 se llegó a un acuerdo por el cual el país recibiría ayuda adicional a cambio de recortar aún más los presupuestos. Sin embargo, pocos creían que el acuerdo fuera algo más que un alivio pasajero, y en octubre el paquete ya se estaba renegociando de nuevo. Lo que le complica tanto las cosas a Grecia es que es país miembro de la Eurozona: el viejo truco de devaluar la moneda y, de este modo, en términos reales, devolver menos dinero a sus acreedores extranjeros no está a su alcance.

Otros estados alrededor del mundo desarrollado pueden enfrentarse a las mismas decisiones que los griegos en los próximos años. ¿Hacen los sacrificios necesarios para tener satisfechos a sus acreedores? ¿Declaran la suspensión del pago de su deuda, a riesgo de quedar excluidos de los mercados financieros durante una generación? ¿O intentan aliviar la carga mediante una devaluación, un táctica a la que no pueden recurrir todos los gobiernos (si una moneda cae, otra debe subir)? Por lo que respecta a los acreedores nacionales, se puede conseguir el mismo efecto creando inflación.

Ninguna de estas estrategias es nueva. Los monarcas se dedicaron a rebajar el valor de sus monedas (una inflación con otro nombre) durante miles de años. La historia moderna está plagada de ejemplos de suspensiones de pagos declaradas por países desarrollados y en vías de desarrollo. Los acreedores han tomado represalias exigiendo unas tasas de interés más altas o imponiendo acuerdos que estabilizasen el valor de la moneda; por ejemplo, fijándolo en relación al oro.

Este libro pretende demostrar que hemos llegado de nuevo a un importante punto crítico de la historia. Los deudores no harán frente a sus compromisos, ya sea directamente mediante una suspensión de pagos o animando a sus gobiernos a inflacionar la deuda. Los acreedores, que cada vez con más frecuencia pertenecen al ámbito de los países emergentes, exigirán un nuevo sistema que proteja sus derechos. Esto podría implicar un compromiso por parte de los países occidentales endeudados de asegurar sus monedas y equilibrar sus presupuestos.

Sueños de papel

En 1971, el presidente Richard Nixon suspendió la obligación que tenía la Reserva Federal de Estados Unidos de canjear dólares por oro a un precio estipulado. En aquellos días, el oro estaba valorado en tan solo 35 dólares la onza; en agosto de 2011, se cotizaba a 1 900 la onza. Este salto evidencia los temores de aquellos que creían en la moneda fuerte: el dinero fiduciario tiene una tendencia inherente a perder su valor. Algunos dirán que tiende forzosamente a su valor intrínseco: cero. En opinión de sus detractores, elpapel moneda es tan sólido como las millas que se obtienen con las compañías aéreas: un tipo de moneda que puede acumularse pero que nunca es posible canjear por dinero de verdad.

La decisión de Nixon marcó el comienzo de una nueva era en los mercados de divisas. A partir de ese momento, la mayoría de países desarrollados dejaron que sus monedas flotasen; es decir, que subieran y bajaran en los mercados todos los días. Las antiguas restricciones de los sistemas con tipos de cambio fijos, que obligaban a los gobiernos a pegar un frenazo a la economía cuando su moneda se veía amenazada, habían desaparecido. No es casual que este periodo haya estado marcado por enormes superávits y déficits comerciales, booms en los mercados de activos y engrosamiento de la deuda.

Para ser rigurosamente exactos, este mundo de tipos flotantes comprende las grandes economías (Estados Unidos, Japón, Europa continental y Reino Unido), que permiten que sus monedas fluctúen en relación al resto. Sin embargo, el poder económico ha ido basculando hacia los países emergentes, con China a la cabeza, que tienden a controlar sus tipos de cambio —por lo general, vinculándolos al dólar— en lugar de dejarlos fluctuar. En los últimos años, esto ha implicado a menudo el uso de políticas que previenen una subida demasiado rápida de sus monedas, algo que encarecería excesivamente sus exportaciones. China, por ejemplo, se asegura a diario de que su moneda, el yuan, se cotice dentro de un rango muy estrecho frente al del dólar.

Esa política ha avivado las posibilidades de un conflicto económico. Por un lado, tenemos a Estados Unidos emitiendo dinero para estimular su economía; por otro, a China, controlando su tipo de cambio para mantener los puestos de trabajo. En consecuencia, a finales de 2010 los periódicos no dejaban de hablar de una «guerra de divisas».

En cierto modo, no es más que una variante de la guerra entre acreedores y deudores, pero en un escenario global y conChina como acreedora y Estados Unidos como deudor. Lo que sí es nuevo esta vez es que tantos países se enfrenten al mismo tiempo a problemas de deuda sin que estos vengan generados por una guerra mundial. Además, el mundo disfruta hoy de unas tasas de interés más bajas que nunca antes en la historia, incluso a pesar de que el riesgo de suspensión de pagos y/o inflación parezca alto. Tenemos unas tasas de interés propias de una época regida por el patrón oro, pero sin limitaciones a la hora de emitir más dinero.

La crisis llega precedida por un largo periodo en el que las actitudes hacia la deuda han experimentado cambios profundos a nivel individual, empresarial y estatal. En los ochenta y noventa pedir crédito se veía como un signo de sagacidad, más que una cuestión de necesidad. El mundo desarrollado construyó un modelo económico cimentado en la deuda: los consumidores se endeudaban para financiar su estilo de vida, las empresas se endeudaban para optimizar sus ganancias, las entidades financieras se endeudaban para disponer de más dinero con el que especular en los mercados y los países se endeudaban para que sus economías superaran las recesiones. Bien puede ser que la contracción del crédito de 2007-08 fuera una señal de que se había forzado el modelo hasta romperlo. Pero ¿qué lo reemplazará?

El pez que se muerde la cola

Los budistas utilizan una rueda como símbolo del ciclo de la vida, la muerte y el renacimiento. Los estudiosos de las religiones afirman que los humanos lo ven todo desde su marco de referencia propio, desde el punto del círculo en el que se encuentren. De modo similar, la economía fluye en un círculo: el dinero que gasta un individuo pasa a manos del siguiente. Los debates sobre economía tienden a depender del punto del ciclo que cada bando escoja como punto de partida.

Para algunos, la solución de la crisis es muy sencilla. Debemos abandonar nuestras costumbres derrochadoras y empezar a vivir dentro de nuestras posibilidades. El ahorro es necesario para financiar la inversión; y solo invirtiendo en nuevas tecnologías y equipamientos puede aspirar el mundo desarrollado a que su economía crezca a largo plazo. Pero la naturaleza cíclica de la actividad económica hace que este tipo de decisiones individuales tengan consecuencias colectivas. Como señaló Keynes, ahorrar dinero (en lugar de gastarlo) reduce la demanda de bienes y, por tanto, el empleo. La economía puede quedar atrapada en un círculo en el que se ahorra demasiado, se gasta demasiado poco y no hay suficientes puestos de trabajo. Y lo que se aplica a nivel nacional se aplica también al internacional: si los países occidentales gastan menos, las economías de los países emergentes venderán menos.

El mismo debate se plantea cuando un gobierno opta por el estímulo fiscal, incentivando la economía con una bajada de impuestos o un incremento del gasto. Este tipo de estímulos, afirman los keynesianos, da lugar a un círculo virtuoso cuando la economía está en recesión, ya que impulsa la demanda y crea empleo. A medida que la economía se recupera, la recaudación de impuestos aumenta y se reduce el gasto en subsidios de desempleo, lo que cubre el déficit presupuestario.

Tonterías, responden sus detractores: el dinero del gasto público sale irremediablemente de otro punto del círculo. A corto plazo, el gobierno toma prestado ese dinero, con lo que desvía capital de las empresas que podrían haber creado por sí mismas puestos de trabajo. Y a largo plazo, los déficits se traducen en subidas de impuestos que restan poder adquisitivo a los bolsillos de los consumidores.

Este debate económico internacional, además, está atascado, porque la postura de cada país frente a los problemas viene dictada por su punto de partida en el círculo. Dentro de Europa, los alemanes consideran que otros países deberían adoptar su modelo basado en la exportación. Pero si los alemanes se dedican a exportar, alguien tiene que importar. Las naciones europeas que se enfrentan ahora a una crisis de deuda incurrieron en parte de ella comprando productos alemanes. Si dejan de hacerlo, la industria alemana se resentirá.

En las relaciones entre China y Estados Unidos, los chinos se consideran a sí mismos el bando virtuoso, con una economía basada en la manufactura y la exportación de bienes a otros países. Ahorran e invierten para sacar a su población de la pobreza. A los estadounidenses, por el contrario, los ven indisciplinados, gastando dinero que no tienen en lujos como televisores de pantalla panorámica. Según Estados Unidos, sin embargo, es China la que debe cambiar, pues solo mantiene la competitividad de sus exportaciones conteniendo el yuan dentro de unos niveles artificialmente bajos. Occidente adquiere productos baratos (pero pierde puestos de trabajo) mientras que China recibe a cambio pagarés que puede que cobre o puede que no. No parece un pacto demasiado estable.

La disputa tiene una relevancia histórica inmensa. A día de hoy, la capacidad de los países desarrollados de usar su poder económico para marcar la agenda está en duda. Tiempo atrás, en 1956, británicos y franceses emprendieron una acción militar contra Egipto después de que el presidente Nasser nacionalizara el canal de Suez. Esta acción tuvo que ser abandonada rápidamente por la presión financiera que impuso sobre Reino Unido el gobierno de Estados Unidos. ¿Llegará el día en que Washington se vea coartado por la necesidad de tener contentos a sus acreedores chinos?

A un nivel más mundano, las reglas de las finanzas internacionales quizás deban cambiar. Los países occidentales establecieron las antiguas reglas en los cuarenta, cuando ostentaban todo el poder económico; no parecen apropiadas para este mundo nuevo. El foco se está desplazando de las cumbres del G7, con los países desarrollados, al foro, mucho más amplio, del G20, que incluye a naciones emergentes como China o Brasil. Los países anglosajones han sido unos incondicionales de la libre circulación de capital internacional; el mundo en vías de desarrollo, con China a la cabeza, no se muestra ni mucho menos tan entusiasta.

La deuda como una cuestión política y moral

La crisis no solo tendrá consecuencias económicas sino también políticas. A William Jennings Bryan se lo consideraba un populista, una etiqueta que se aplica hoy en día al movimiento del Tea Party. El populismo parece haber migrado de la izquierda a la derecha, del Partido Demócrata al Partido Republicano; pero el movimiento no consiste realmente en una cuestión de izquierdas o derechas, sino en la reivindicación de representar «al pueblo» frente a la élite. El populismo parece tener también un fuerte tinte moral, y contrapone los valores del honrado hombre corriente a los de un gobierno corrupto o especuladores corporativos.

En el caso de Bryan, «el pueblo» eran los granjeros, puesto que la agricultura residía en el corazón de la identidad nacional (irónicamente, algunos analistas estadounidenses modernos piensan lo mismo de la industria). Los granjeros se ganaban la vida con un trabajo duro y honesto; los financieros, mediante la vana especulación. Bryan encarnó una antigua costumbre estadounidense de recelo hacia los banqueros que exhibieron también algunos presidentes del XIX como Thomas Jefferson y Andrew Jackson. John Adams, uno de los padres fundadores de la nación y segundo presidente de Estados Unidos, proclamó que «Cada banco de América es un impuesto enorme sobre el pueblo para beneficio de unos pocos».

Aun a día de hoy existe un apasionado debate literario sobre si el clásico infantilEl mago de Ozes una alegoría enmascarada de la cruzada de Bryan.2Dorothy, arquetipo de la inocencia americana y llegada de un estado agrícola del Medio Oeste, sigue el camino de baldosas amarillas (una alegoría del oro) hasta la ciudad de Oz, que casualmente es la abreviatura de onza, la medida tradicional que se usa para el precio del oro. Por el camino mata a la malvada bruja del Este: los estados del Este se consideraban los representantes de los financieros. Sus compañeros son el espantapájaros (los granjeros), el hombre de hojalata (los obreros de la industria) y el león (el propioBryan). A su llegada a Oz descubren que el mago es un fraude, un viejo sin poder alguno.

Los populistas consideraban la creencia en el oro una ilusión similar. En la convención demócrata de 1896, Bryan clamó con voz atronadora:

Venís y nos decís que las grandes ciudades están a favor del patrón oro. Nosotros os respondemos que las grandes ciudades descansan sobre nuestras anchas y fértiles praderas. Si quemáis vuestras ciudades y dejáis nuestras granjas, vuestras ciudades brotarán de nuevo como por arte de magia; pero destruid nuestras granjas y la hierba tomará las calles de todas las ciudades del país.

La última imagen de su discurso constituye uno de los pasajes más célebres salidos jamás de una convención:

No ceñiréis la frente de los trabajadores con esta corona de espinas.

No crucificaréis a la humanidad en una cruz de oro.

El tono religioso no es casual. Abstemio y devoto presbiteriano, Bryan terminó sus días convertido en un hazmerreír: ejerció de fiscal en el Juicio de los Monos de Scopes, en el que se juzgó a un maestro de Tennessee por enseñar la teoría de la evolución. (El caso se convirtió en una obra de teatro y en una película, La herencia del viento.) Pero en el otro bando se empleó un tono similar: un senador republicano llamado George Frisbie Hoar proclamó que «Una moneda fuerte representa para los asuntos de esta vida lo que una religión pura y un sólido sistema moral representan para los asuntos de la vida espiritual».

En la época victoriana, no afrontar el pago de una deuda era un delito penal, y a menudo a los deudores se los mandaba a la cárcel. En La pequeña Dorrit, Charles Dickens centraba su argumento en la prisión de Marshalsea, donde William Dorrit está recluido por deudor; y en David Copperfield, Wilkins Micawber vive con el temor constante de ser arrestado. Como afirmaba acertadamente el personaje: «Ingresos anuales veinte libras, gastos anuales diecinueve libras con diecinueve chelines y seis peniques; resultado: felicidad. Ingresos anuales veinte libras, gastos anuales veinte libras con cero chelines y seis peniques; resultado: miseria».

Los acreedores tienden a pensar que un deudor debería honrar sus deudas por una cuestión de principios; «Contrataron el préstamo, ¿no es así?», como observó en los años veinte el presidente de Estados Unidos Calvin Coolidge ante las peticiones de sus aliados de renegociar el pago de las deudas de la primera guerra mundial. La idea de que a los deudores les debería estar permitido evadirse es un ejemplo de «riesgo moral» en economía: dejemos que los deudores crean que serán rescatados de su desatino, implica el tono, y nunca harán frente a sus responsabilidades. El concepto de riesgo moral disuadió a las autoridades estadounidenses de rescatar al banco de inversión Lehman Brothers en septiembre del 2008, una decisión a punto que estuvo de paralizar el sistema financiero global.

Los deudores también apelan a la moralidad. Argumentan que los acreedores reclaman un precio demasiado alto por prestar dinero. Un beneficio «inmerecido», a diferencia del jornal de un honrado trabajador. Aristóteles razonaba que el dinero, al contrario que el ganado, no daba fruto, en el sentido de que no se multiplicaba automáticamente. La Iglesia desarrolló el concepto de usura para referirse a las tasas de interés abusivas; el Islam ha ido un paso más allá y ha tratado de eliminar por completo el pago de intereses.

Cuando tiene lugar una crisis de deuda, se oye a menudo que muchos deudores se han visto en apuros por las malas artes de prestamistas sin escrúpulos, y que exigirles el pago íntegro beneficia al rico a costa del pobre. En las relaciones internacionales existe el concepto de «deuda odiosa», según el cual los habitantes de países en vías de desarrollo no deberían estar obligados a retornar deudas contraídas por gobiernos cleptócratas o tiránicos. La gira de conciertos Live 8 de 2005 vino inspirada, en parte, por el deseo de persuadir a los gobiernos occidentales de que condonasen las deudas de estos países.

En democracia, los gobiernos pueden sentirse tentados a favorecer los intereses de los deudores, que superan en número a los acreedores. Pero tienen que andarse con cuidado. Al fin y al cabo, los acreedores tienen la libertad de hacer lo que quieran con sus ahorros. Como poco, pedirán unos intereses más altos a los imprudentes; y en el peor de los casos, pueden negarse a prestar su dinero, salvo bajo unas condiciones muy estrictas.

También sería un error dar por supuesto que perdonar, o inflacionar, deudas no es más que una forma de recompensar a los pobres que lo merecen a costa de los ricos codiciosos. A veces el remedio de la inflación puede ser peor que la enfermedad. Una de las razones por las que Bryan perdió las elecciones de 1896 fue que sus ideas no resultaban demasiado atractivas para los obreros de la industria, para los cuales unos alimentos más caros suponían un empeoramiento de su nivel de vida; más allá del Sur (por aquel entonces un bastión demócrata), Bryan solo consiguió imponerse en una ciudad que tuviese más de 100 000 habitantes. La inflación penaliza a los ahorradores. En el caos que siguió a la primera guerra mundial, la hiperinflación alemana, diseñada para aligerar la carga de las reparaciones impuestas por el Tratado de Versalles, destruyó los ahorros de la clase media y preparó el terreno para el ascenso de Hitler.

Hasta los banqueros parecen menos preocupados por la noción de moneda fuerte cuando su propia supervivencia está en juego. Se apresuran a pedir a los gobiernos y a los bancos centrales que rebajen las tasas de interés y emitan tanto dinero nuevo como sea necesario para estabilizar el sistema financiero. Los granjeros perdieron la batalla en 1896, pero los deudores de 2008 y 2009 tenían mucho más poder que ellos: los gobiernos de todo el mundo corrieron a rescatarlos.

Cuando la moneda es demasiado dura, la actividad económica puede contraerse, ya que los consumidores y las empresas quedan aplastados bajo la losa de sus deudas. Cuando la moneda es demasiado frágil, la actividad económica también puede desplomarse: no hay incentivos para el ahorro y los estantes de los supermercados están vacíos. Cuando el dinero es demasiado activo, el país se ve atrapado en una espiral especulativa en la que sus ciudadanos tratan de hacerse ricos vendiendo y comprando activos en plazos muy cortos. El resultado final es una quiebra espectacular cuando los precios caen en picado. Pero cuando el dinero es demasiado ocioso, cuando se deja debajo del colchón o descansa inmóvil en cuentas corrientes, la industria se estanca por falta de capital y no se crea nuevo empleo. El economista Paul Krugman ha criticado esa idea de que «la deuda es nefasta, los deudores deben pagar por sus pecados y de ahora en adelante todos debemos vivir dentro de nuestras posibilidades… [Y] que ese tipo de sermón moral es lo que nos tiene inmersos en un declive aparentemente sin fin».3

Encontrar el equilibrio es de suma importancia. De modo que este libro comenzará por analizar la naturaleza y los orígenes del dinero y el modo en que este pasó de ser un objeto palpable a una entrada en una pantalla de ordenador. Luego hará un relato de cómo los imperios y los reinos se han alzado y hundido junto con su dinero, de cómo estas monedas propias se desarrollaron de la mano del comercio mundial y dejaron de ser símbolos de orgullo nacional para convertirse en herramientas de la política económica. Y también explicará la forma en que la deuda comenzó siendo una especie de vergüenza y se transformó prácticamente en un derecho humano. Por último, considerará la moderna crisis de deuda encuadrada en el contexto de esa historia y tratará de demostrar que la situación actual es insostenible. Muchos deudores han hecho promesas de papel que no podrán cumplir.

1 En inglés, hedge funds. (N. del e.).

2 La terminología española no parece distinguir entre private equity y venture capital, ambos traducidos del inglés como «capital riesgo». Para poder diferenciar estas dos actividades, se utiliza la denominación «capital inversión» para la primera y «capital riesgo» para la segunda. Ver también la nota 9 en el capítulo 9. (N. del e.).

1. La naturaleza del dinero

«Alguien mencionó la piedra filosofal. Para sorpresa de todos los presentes, Law afirmó haberla descubierto. «Os contaré mi secreto», dijo el financiero: «Consiste en convertir en oro el papel».»

John Law, por H. Montgomery Hyde

«No hay nada en relación al dinero que no pueda comprender una persona razonablemente curiosa, aplicada e inteligente.»

El dinero: De dónde vino, adónde fue, J. K. Galbraith

Dos mil cuatrocientos años separan los reinados deDionisio de Siracusa y Kim Jong-il de Corea del Norte. Pero la similitud de sus políticas financieras demuestra que más sabe el tirano por viejo que por tirano.

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