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El siglo XX está por concluir. En la farmacéutica WGH Deutsche Forschungsgemeinschaft se impulsa la investigación para descubrir por qué envejecen los seres humanos. Se trata del proyecto AMRITA. La multinacional tiene importantes laboratorios en Estados Unidos, Alemania, y España, y también sedes menores en otros países. AMRITA es un proyecto audaz, pero con escasa probabilidad de éxito, así que el presidente debe convencer a los miembros del consejo, empezando por su propia familia —que son los accionistas mayoritarios—, para destinar los cuantiosos fondos que se precisarán. * Tres temas. Cada uno da para su propia novela. Aquí, se entretejen en una obra de ¿ciencia ficción? que entremezcla el deseo de detener el envejecimiento, la actuación de las empresas transnacionales y la proliferación de sectas..., entre muchos otros asuntos que van amenizando y contextualizando una trama sorprendente y cautivante que ¿finaliza…? en el siglo XXIII. *
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Seitenzahl: 662
Veröffentlichungsjahr: 2026
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PROYECTO AMRITA
Vicente Martín Crespo
Febrero 2026
ISBN eBook: 978-84-685-9389-0
ISBN papel: 978-84-685-9390-6
Depósito legal: M-1871-2026
Editado por Bubok Publishing S.L. [email protected]
Tel: 912904490
Paseo de las Delicias, 23
28045 Madrid
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Vive para ti
solo si pudieres,
pues solo para ti,
si mueres, mueres.
Francisco de Quevedo
La vida es demasiado corta cuando piensas
en la longitud de la muerte.
Sean Mangan
PRIMERA ÉPOCA
Capítulo 1
Farmacéutica WGH
El señor Ferdinand Bachmann era un multimillonario suizo residente en Basilea que presidía el consejo de administración de la WGH Deutsche Forschungsgemeinschaft1. Su sede central estaba en un moderno edificio de cuatro plantas cercano al Rin, en el municipio de Kaiseraugst, del cantón de Argovia (Suiza), a diez minutos de Basilea. Tenía su despacho en la cuarta planta, en una estancia muy amplia, con un formidable mirador al río que ocupaba casi todo el frontal. Podía contemplar desde su sillón el horizonte y el cauce del Rin, donde las barcazas y gabarras navegaban sin parar, yendo y viniendo sin tregua.
Siempre le gustaron los colores claros en las paredes, y por eso había ordenado que se las pintaran en color pastel antes de colocar su mesa de trabajo, de forma ovalada y diseño muy moderno. Se destacaba del resto del mobiliario que había pertenecido a su padre y que estaba realizado en maderas nobles. En el muro de la izquierda tenía colgado un bodegón clásico de buen tamaño que representaba varias frutas, realizado por Paul Cézanne. Estaba allí desde que su madre se lo regaló a su padre en la celebración de su quincuagésimo aniversario. Al otro lado, frente a la puerta, pendían dos pinturas modernistas que había comprado él, una de Gustav Klimt y otra firmada por René Magritte. En un óleo colgado a su espalda estaba un cuadro de su padre muy joven, pintado por su amigo Ludwig Zimmermann, al poco de ser nombrado presidente de la compañía. Sobre su mesa tenía tres fotos enmarcadas en idéntico tamaño. La primera era de su esposa; la segunda, de un grupo familiar en el que estaban su hermana, su hermano y él, cuando sus padres celebraron sus bodas de plata; y la tercera era de Alya, su sobrina, el día que celebró su matrimonio.
El señor Bachmann llegaba al despacho en el coche conducido por su chófer a las ocho de la mañana con bastante puntualidad, salvo que tuviera algún compromiso excepcional.
En la sala adjunta a su despacho trabajaba Emily, su secretaria. Era una señora soltera de unos cincuenta años que llevaba en aquel puesto desde los tiempos de su padre. Tenía una altura media y cuerpo delgado, con el pelo entrecano cortado al estilo garçon2, que le daba un aspecto poco atractivo. Era muy eficaz y conocía muy bien los gustos y costumbres de su jefe, y por eso casi siempre se anticipaba a sus deseos. Por las mañanas permanecía pendiente de su llegada, y en cuanto el portero accionaba el mando para abrir el portón de entrada al coche, ella salía y enviaba el ascensor a la planta sótano.
En otros recintos, también de la misma planta, pero en la otra ala, estaban las dependencias de los miembros del staff3, el salón de consejo, el comedor privado de presidencia y dos salas de reuniones.
Ferdinand Bachmann había estudiado la carrera judicial por exigencia paterna, aunque a él le hubiera gustado ser marino mercante. Tener el mando de un navío había sido su mayor ambición, pero nunca llegó a conseguirlo. Las relaciones con su progenitor siempre fueron un poco difíciles, y por eso, cuando acabó Derecho, no quiso ingresar en el departamento jurídico de WGH. Se alejó de su padre y comenzó a trabajar en la sociedad de servicios financieros UBS AG. Su actividad estaba relacionada con la supervisión de bancos, que nada tenía que ver con la industria farmacéutica que gestionaba su progenitor.
Su padre murió de repente a los sesenta y seis años, y la familia, que era la accionista mayoritaria de WGH, eligió a Ferdinand por ser el hijo mayor para representarlos en el consejo de administración, aunque nunca había tratado asuntos de la multinacional. En la elección no estuvo de acuerdo su hermano David, que ya era miembro del consejo, y al que le hubiera gustado ser el designado. La formación jurídica de Ferdinand resultó decisiva para la elección y también le fue muy útil para defender los intereses de la familia un año más tarde, cuando fue nombrado presidente.
La multinacional farmacológica disponía de laboratorios en Alemania, Estados Unidos, Francia y España, y unidades de fabricación en numerosos países. Antes de que el mundo sufriera la pandemia de COVID-19, en la estrategia de la compañía para reducir costes figuraba como objetivo principal transferir parte de la producción de Europa a las plantas de China y la India, y así lo estuvieron haciendo en los últimos cinco años, con buenos resultados económicos. El varapalo que supuso la pandemia durante los años 2019 y 2020, sobre todo con la escasez de productos farmacéuticos, hizo que la Comunidad Europea recomendase a las multinacionales del ramo que se replanteasen esa estrategia. En la reunión del consejo, el señor Bachmann propuso que, para cumplir esa directriz, todos los nuevos preparados que se lanzasen en el siguiente año se fabricasen en plantas de Europa. Además, para aprovechar los nuevos equipos robotizados de producción que se habían instalado en las unidades europeas para conseguir más calidad y mejor coste, recomendó que se estudiase el retorno de la producción de los fármacos con mayor impacto económico, desde las unidades fabriles de China o la India.
* * *
El señor Bachmann iba a cumplir los sesenta y dos años en el segundo sábado del mes de junio, y por eso ocho días antes había telefoneado a sus amigos Gerhard e Hildebert para invitarlos al restaurante del club del embarcadero de Grillboot Bodensee, en el lago Constanza. A Gerhard Schmidt le unía un parentesco lejano, y a Hildebert Fischer lo conocía desde el colegio de primaria, cuando ambos tenían cinco años. Eran sus amigos de toda la vida, y deseaba celebrar con ellos aquel día tan especial.
Ferdinand era delgado, de 1,85 metros de altura, tenía los ojos grises, la tez muy clara, y peinaba su cabello con raya al lado izquierdo. Hablaba pausadamente y era muy elegante en el vestir, usaba todos los días un traje y complementos diferentes. Decía que le habían enseñado a hablar de esa forma durante su época de estudiante de Derecho, porque tuvo una catedrática que exigía a los alumnos buena modulación y hablar sosegado, y el tutor de las prácticas demandaba pulcritud en la indumentaria durante el debate para un juicio oral.
El deporte favorito de Ferdinand, desde muy joven, fue la navegación, que empezó a practicar con un esquife que le regaló su madre. Cuando era un adolescente, competía junto a Gerhard con una piragua durante los veranos en los ríos que descendían de la montaña y acababan en el lago. Al cumplir los veinticinco años, su madre le regaló un magnífico velero de tres mástiles que todavía conservaba. Era un barco de lujo con dos camarotes amplios y una cabina principal en la que podían estar hasta quince personas. Lo conservaba con esmero, haciéndole todos los años las labores de mantenimiento apropiadas sin escatimar gastos. Su amarre lo tenía concertado en el centro del pantalán, en el mejor lugar.
Ferdinand tenía una personalidad sentimental e introvertida que le dificultaba mantener la amistad en su círculo íntimo con un grupo grande de personas. Debido a su posición social, algunas veces se veía obligado a invitar simultáneamente a muchos a su barco, y eso le hacía sentirse a disgusto, aunque lo disimulara. No le agradaban las fiestas multitudinarias y prefería tener reuniones con poca gente, y si podía ser solo con sus amigos íntimos, mejor. Por eso, para celebrar su aniversario, el domingo después de la comida en el club con Gerhard e Hildebert preparó un crucero con ellos por el lago, haciendo escala en varios puertos.
El viernes anterior a su cumpleaños pidió que lo llevasen en su helicóptero privado desde el domicilio en Basilea hasta el chalet de Bodman-Ludwigshafen. El domingo del festejo, un poco después de las once, salió andando desde su casa para dar un paseo que le llevase hasta el club. La mañana estaba espléndida, aunque el día anterior y casi toda la noche había estado lloviendo. Llegó ocho minutos antes de las doce, hora a la que estaban citados, y esperó en el mostrador del bar a que se presentasen sus amigos. Desde el lugar en que se encontraba, vio llegar un BMW negro y lo reconoció de inmediato. Era el de Gerhard. Sus dos amigos venían sentados en el asiento trasero. Lo conducía el chófer porque a Gerhard no le habían renovado su permiso de conducir por un problema en la visión. Ferdinand salió a la puerta del club a recibirlos.
—¡Feliz aniversario! —exclamó Gerhard Schmidt estrechándole las manos. Seguidamente, le dio un abrazo.
—¡Lo mismo digo! —añadió Hildebert Fischer, repitiendo el ceremonial.
El maître del restaurante esperaba a un lado de la puerta que conducía al comedor que había reservado el señor Bachmann. Una vez sentados a la mesa, Gerhard se quedó mirando muy serio a Ferdinand y dijo:
—¡Cómo pasa el tiempo! Ferdinand, ¿te acuerdas cuando tu madre no nos dejaba que bajásemos solos a jugar en el embarcadero del lago?
—Entonces éramos unos críos. No recuerdo bien cuántos años tendríamos, puede que no hubiésemos cumplido ni los diez.
—Tú tenías once y yo estaba a punto de cumplirlos.
—Si tú lo dices, será verdad, porque yo no puedo precisarlo, ya que hace mucho tiempo de eso.
—Algunas veces tú le lloriqueabas mucho y conseguías que nos dejase bajar, pero solo si nos acompañaba el jardinero.
—¡Ah, sí! El bueno de Bod. ¡Qué magnífica persona era!
—¿Por qué no nos dejaba bajar tu madre?
—Tenía motivos para ser tan precavida. Su hermano menor, cuando tenía ocho años, bajó solo al pantalán jugando con el perro. En un resbalón cayó al lago y lo encontraron ahogado dos horas más tarde.
—No sabía eso —manifestó Gerhard.
—Aunque hayan pasado muchos años, es posible que ese accidente todavía se recuerde en tu familia —dijo Hildebert, que hasta ese momento había estado callado escuchándolos.
—¡Pues claro que se recuerda!
—¿A pesar de tanto tiempo? —preguntó Gehard.
—Sí, mi madre tenía solo diecisiete años cuando su hermano murió —indicó Ferdinand,
—¡Menudo montón de tiempo ha pasado! —exclamó Gehard.
—Esa muerte debió causar tanto impacto en la familia que, a consecuencia de ella, se implantó una regla rigidísima: ningún chico podía bajar solo a la orilla del lago, y menos aún acercarse al embarcadero. Para poder hacerlo, tenía que estar presente una persona mayor.
—Todo eso quedó muy atrás —manifestó Ferdinand.
—Ferdinand, es que ya nos hemos hecho unos viejos —murmuró Hildebert.
—No protestes, que eres el más joven. Cuando llegaste a este mundo, Ferdinand y yo ya teníamos un año —dijo Gerhard dando una carcajada.
—Sí, y a Ferdinand le cabe el honor de ser el más viejo, aunque solo sea por dos días —añadió Hildebert.
—Celebremos este momento —respondió Gerhard, levantando su copa.
—A tu salud —añadió Hildebert con la suya en alto.
—A la de los tres —manifestó Ferdinand.
—A veces miro hacia atrás y me parece que la vida se me fue en un suspiro. Mirémonos en ese espejo. Somos tres ancianos —comentó Hildebert, que se había puesto muy nostálgico al recordar la juventud perdida.
—No exageres, solo somos un poco mayores —dijo riendo Ferdinand.
—¿Os habéis parado a pensar alguna vez cuál será la causa por la que se pierde la juventud? —preguntó Hildebert.
—¡Vaya pregunta! —exclamó Ferdinand.
—Envejecemos por el paso del tiempo.
—No estoy totalmente de acuerdo. Cuando tenía veinte años, también corría el tiempo de la misma forma que ahora, pero yo no envejecía. Comenzamos a envejecer en un determinado momento y por alguna causa que no se conoce —añadió Hildebert, levantando la copa para que el camarero se la volviese a rellenar.
—Es la ley que impone la vida: nacemos, crecemos, envejecemos, y en la última etapa, moriremos —dijo Gerhard con total normalidad, dando por hecho que no cabía otra opción.
—Ya sé que así es la ley de la vida, pero me gustaría saber por qué sucede —aseguró Hildebert.
—La vejez la tenemos programada en nuestras células desde el nacimiento y nos llega con toda certeza, aunque no queramos. No sé por qué.
Ferdinand iba a continuar, pero se detuvo al ver que Hildebert quería argumentar algo.
—Algo se activa o desactiva en nuestro cuerpo en un determinado momento para que comience el proceso de degradación del organismo —explicó Hildebert mirando a los otros dos alternativamente, como deseando que apoyasen aquella idea.
—Leí en un artículo que el envejecimiento llega cuando el tiempo ha degradado las proteínas que forman las células —manifestó Ferdinand—. En otro documento, su autor argumentaba que la vejez era causada por el efecto de los radicales libres. Pero como soy de letras, no entiendo bien lo que esas teorías nos quieren decir.
—Esa degradación se produce constantemente desde que nacemos; sin embargo, en las primeras etapas de la vida nuestro cuerpo tiene formas de corregir esos deterioros y regenerarse constantemente. Y lo mismo ocurre con los radicales libres. Después, la capacidad de regenerar tejidos disminuye y... —musitó Hildebert sin acabar la frase.
—Es que, si no llegase la vejez, podríamos vivir indefinidamente.
—Pues claro, la eterna juventud.
—Ya en tiempos remotos existía el mito de la eterna juventud. Los clásicos griegos hablaban de ello, no sé si lo recordáis. Por ejemplo, el mito de Glauco de Antedón, en el que contaba que se hizo inmortal comiendo una hierba que le dieron los dioses —indicó Gerhard sonriendo.
—Puede que cuando pasen algunos años la ciencia llegue a identificar el mecanismo que desencadena la degradación del organismo para traer el envejecimiento, pero dudo que pueda ponerle remedio. No creo que se pueda alcanzar la inmortalidad. Lo peor de todo es que la vejez es un vehículo para la aparición de algunas enfermedades que traen padecimientos muy serios en la última fase de la vida, la más triste —comentó Hildebert.
—Seguro que habrá equipos de científicos investigando esto —añadió Gerhard.
—¿Vosotros lo estáis haciendo? —preguntó Hildebert a la vez que miraba a Ferdinand.
—Creo que no, aunque no conozco todo lo que se investiga en nuestros laboratorios.
—Cuando los científicos descubran algo sobre esto, si es que lo consiguen, ya será tarde para nosotros —añadió Gerhard con tristeza.
—Me gustaría poder disfrutar de una vida muy larga, siempre y cuando mantuviese una buena salud.
—La vida se ha prolongado mucho. Recordad que, hace solo cien años, la esperanza de vida era un tercio de la de ahora.
—Dimos un buen salto, y seguro que se progresará más en el futuro, porque los científicos seguirán consiguiendo alargar la vida para beneficio de la humanidad —indicó Ferdinand.
—Puede que se vivan más años, pero ¿a costa de qué? —preguntó Gerhard.
—¿Por qué piensas que va a ser a cambio de algo? —quiso saber Ferdinand.
—Los antibióticos fueron los responsables del gran aumento de la esperanza de vida sin que hubiera ninguna consecuencia negativa —dijo Hildebert.
—Ya, pero no sé si será de ese modo como se conseguirá aumentar la esperanza de vida, porque, si se hace artificialmente para mantenernos como vegetales, me parecería inhumano, y yo no lo quiero.
—Os voy a exponer algo en relación con el tiempo que os hará reflexionar. Cerca de donde yo vivo existen dos chalets, construidos a la vez a principios del siglo pasado. Los mandó a edificar un pastelero adinerado para sus dos hijos. El primer edificio pasó a su nieto cuando su hijo murió. Siempre le hicieron un buen mantenimiento, reponiendo todo lo que se deterioraba. El edificio permanece en magnífico estado, y tiene ya más de ciento veinte años. El segundo chalet lo recibió su hija, que vivió en él muchos años, pero no le hizo ni lo imprescindible. Ella murió hace unos treinta años y lo heredó el nieto. El joven nunca vivió en él porque lo hacía en París y solo lo ocupaba en algunas vacaciones o en visitas cortas. Le encomendaba la limpieza y el cuidado a un casero. Supongo que por motivos económicos le redujo el presupuesto para conservación y, naturalmente, el casero pudo hacer pocas reparaciones, ni lo imprescindible. Poco a poco el edificio se fue deteriorando. Empezó a tener desconchones en la fachada, falta de algunas tejas arrancadas por el viento y el óxido invadió las rejas, las vallas y las contraventanas. Ahora está tan mal que no quedan ni cristales en las ventanas. Eso es lo que vemos desde fuera. Imagino que en su interior habrá también muchos desperfectos. Como no le ha puesto remedio, el deterioro ha seguido incrementándose, afectando la estructura, y ha comenzado a hacerse peligroso. Naturalmente, el dueño ya no lo visita. Ahora parte del tejado se ha hundido y dos paredes tienen grandes grietas. La amenaza de ruina es total. Por el contrario, la biznieta está usando el primer chalé. Vive en él y lo mantiene en perfecto estado, incluso diría que está aún mejor que en tiempos de su bisabuela.
—¿Y cuál es la moraleja?
—Tengo una conclusión. El tiempo ha pasado igual para los dos palacetes, y mientras uno está a punto de desaparecer, el otro permanece en magnífico estado. Es muy evidente que la desidia del hijo y el primer nieto, al reducir el presupuesto de mantenimiento, hizo que comenzase el declive. El proceso de degradación fue cada día a más y repararlo demandaba recursos cada vez más grandes. Como su dueño no los ponía, ni parece que tenga intención de hacerlo el actual, el deterioro terminará por derrumbarlo en poco tiempo.
—No pretenderás comparar la vejez humana con este ejemplo, ¿verdad? —preguntó Gerhard.
—No exactamente, pero quiero haceros reflexionar que hubo una causa que justifica la diferente situación que ahora tienen los dos edificios. De haberse hecho un mantenimiento similar en ambos, los dos estarían en buen estado. El cuerpo humano necesita un mantenimiento y dispone de medios propios para hacerlo, hasta que este se ralentiza o se elimina. Unas veces la causa de que desaparezca es una enfermedad y otras los excesos que en la vida diaria se cometen. Y si no suceden los anteriores, es la vejez la que aparece y progresa lentamente hasta matarnos. ¿Por qué llega? Lo desconocemos.
* * *
El señor Bachmann convocó a todos los miembros de su familia que tenían intereses económicos en la farmacéutica a una comida en su mansión en Basilea, el primer domingo de mayo, sin que hubiera un motivo conocido de antemano. Entre todos poseían el 48 % del accionariado; eran, por tanto, decisivos en las reuniones del consejo.
Cuando acabó el banquete, les pidió un momento de atención y les explicó la razón por la que los había citado; tratar una importante propuesta económica para un proyecto que quería llevar al consejo, pero antes quería saber si contaba con su aprobación. Al terminar de exponer su idea, hubo dudas y dos presentaron un desacuerdo relevante. Tras un buen rato gastado en argumentación y contrapropuestas, terminaron dándole su autorización, menos su hermano David. Todos sabían que los criterios que David mantenía no eran suyos, se debían a la influencia de su esposa, Inés Simone, que estaba enemistada con toda la familia. Aunque no estaba en la reunión, el influjo que ejercía en el apocado carácter de David se notaba mucho.
A Ferdinand le quedó claro que no podría contar con el apoyo de su hermano en el consejo, pero tenía la aprobación del resto de los miembros, y eso era suficiente.
El lunes siguiente a la reunión familiar, su chófer lo llevó a la sede de WGH Deutsche Forschungsgemeinschaft a primera hora de la mañana, como cualquier otra semana. Su secretaria ya estaba esperándole y, cuando vio entrar el auto, rápidamente salió al hall para enviar el ascensor a la planta sótano del garaje, como tenía por costumbre.
—¿Tiene acabada la agenda de la próxima reunión de operaciones? —le dijo a Emily antes de entrar a su despacho.
—Sí, señor, pero todavía no la he repartido. Esperaba que usted la aprobase.
—Mejor que no se haya enviado. Quiero añadir un punto más para tratar en consejo. Emily, tome nota: abrir nuevo proyecto para desentrañar el mito de Glauco.
La secretaria lo apuntó rápidamente, pero a la vez hizo un gesto de extrañeza. Al darse cuenta, él añadió:
—Tal y como le he dicho: el mito de Glauco. Y pásela para que la firme enseguida, quiero que se envíe hoy mismo —dijo el señor Ferdinand.
* * *
La reunión de operaciones congregaba en Basilea a todos los directores de unidades de fabricación de genéricos y específicos, más los directores de todos los laboratorios de investigación farmacológica. Tenía por objetivo aprobar los planes de coordinación, las inversiones y establecer las estrategias a medio y largo plazo. La presidía el señor Bachmann, asistido por los miembros del staff financiero y de administración.
Los temas que normalmente se trataban solían ser conocidos por todos de antemano, pero en esta ocasión el último punto de la agenda los sorprendió. Ninguno sabía qué quería decir su enunciado. Antes de que comenzase, cuando ya estaban frente a la mesa del salón, se susurraban unos a otros, preguntando por qué se había añadido aquel tema tan enigmático. En la reunión se siguió el orden establecido en la agenda y, una vez que los demás asuntos quedaron zanjados, fue el propio señor Bachmann quien explicó lo que había tras aquella frase misteriosa:
—La ciencia ha progresado mucho, en algunas materias se han desentrañado misterios que traían de cabeza a los médicos de medio mundo; en cambio, no hemos mejorado en algo esencial, que es la causa de muchísimos padecimientos y enfermedades. Me estoy refiriendo a la vejez y a la degeneración de nuestro propio cuerpo. No sabemos con certeza por qué sucede. Hay muchas teorías no probadas. Las hipótesis de unos, y las sospechas de otros, sirven de poco, mientras no se refuten y demuestren. Propongo que se inicie en nuestros laboratorios una investigación que determine la causa del envejecimiento y, llegado el caso, diagnostique las posibilidades científicas de evitarlo o reducir su avance.
Se detuvo y pasó la mirada lentamente por los asistentes, quienes, a medida que le habían ido escuchando, se habían quedado todavía más asombrados. Nadie había acertado con lo que había tras aquella frase enigmática de la agenda. Se miraban unos a otros, esperando que el señor Bachmann añadiera algo más, pero el presidente permaneció callado. Tras unos segundos de silencio, como ninguno se atrevió a decir nada, él continuó:
—Parece que todos están muy sorprendidos. Espero que solo sea eso y que acojan mi idea con entusiasmo, porque son ustedes los que la llevarán a cabo. En los laboratorios de Fráncfort, de Boston y de Madrid se prepararán planes para investigar sobre lo que he dicho desde diferentes enfoques. Tengo el apoyo económico del consejo para acometer este proyecto. Contrataremos a los mejores científicos que estén dispuestos a trabajar intensamente en el objetivo expuesto anteriormente. Antes de tres meses, los directores de los tres complejos indicados deben remitirme su propuesta de candidato o candidatos para dirigir la investigación, en caso de que haya más de uno. Su selección debe hacerse con la máxima discreción, hay que evitar que la competencia conozca nuestros planes y se nos adelante. ¿Ha quedado claro? A ver, primera pregunta.
—¿Los recursos que sean necesarios usar en este proyecto habrá que detraerlos de los que ya tenemos asignados a otros o serán nuevos? —preguntó el señor Friedrich Hartmann, director de las instalaciones de España.
—Este es un proyecto totalmente nuevo y está al margen de lo que ya tenían comprometido. El primer paso, como ya dije antes, será encontrar a los científicos que lo dirijan; a continuación, harán un presupuesto de todos los recursos necesarios. Si tuviéramos técnicos que pudieran reasignarse sin comprometer otros objetivos, debe hacerse, pero considero que lo más normal será que tengamos que incorporar nuevo personal.
—¿Qué plazo tenemos para esa selección? —dijo el director de la planta de Boston.
—Les propongo hacerla antes de dos meses. ¿Les parece aceptable? —manifestó el presidente.
Como nadie dijo nada, añadió:
—Antes de la próxima reunión de operaciones, deberán tener seleccionados a los directores de este proyecto en los tres complejos. La coordinación de los tres será esencial y la llevará a cabo el señor Schneider.
El aludido levantó la cabeza; ya había sido avisado anteriormente por el presidente de que le asignaría aquel encargo, pero no dijo nada. El señor Bachmann lo buscó con la mirada y añadió:
—Konrad, por favor, lo primero que debe hacer es buscar un nombre para el proyecto más acorde con el objetivo que buscamos, porque no me parece apropiado mantener Mito de Glauco para algo tan importante.
* * *
Dos meses más tarde, el señor Hartmann, director de los laboratorios de Madrid, viajó a la sede de Basilea, acompañado por el profesor Kerstin Wunterfaze, para una reunión con el presidente. El motivo de aquella reunión era formalizar el nombramiento del nuevo director para el proyecto Mito de Glauco en Madrid. El presidente tenía previsto recibir durante esa semana a los directores del proyecto en las tres sedes. El de Madrid fue el primero, y después le seguirían los de los centros de Alemania y Estados Unidos. Se cumpliría así lo que habían establecido en la reunión de operaciones anterior.
El presidente conocía al señor Wunterfaze, porque anteriormente había dirigido el proyecto de síntesis de una nueva insulina. Tras los saludos, el señor Bachmann felicitó al candidato y enseguida pasó a hablarle del reto que la organización ponía en sus manos.
—Quiero que abordemos la investigación en este proyecto lo antes posible. Las teorías que existen sirven de poco, y ninguna está refutada. Espero que usted, junto a sus colaboradores, consiga unos resultados fehacientes que demuestren su origen. Le remarco el objetivo principal: averiguar por qué envejecemos los humanos. Cuando lo sepamos, estableceremos otras metas.
—Tuve muchas ideas en la vida que me propuse investigar, pero nunca se me ocurrió algo así. Es el reto más motivador que podían darme. Muchas gracias, señor presidente. —El profesor Kerstin Wunterfaze estaba muy entusiasmado.
—Este reto no se le puede asignar a cualquiera. Usted es un científico de prestigio y confío en que va a poner mucho empeño en resolver el enigma. Tendrá a su alcance los medios que estime precisos. Pida lo que necesite y trataremos de facilitárselo. Me hará muy feliz poder ofrecer al mundo la solución de esta incógnita: ¿por qué la vida se autodestruye? Espero que lo consiga con el apoyo de los ayudantes que elija, porque será nuestra gran contribución para las siguientes generaciones.
—No me asusta el reto, me motiva, y desde este instante haré cuanto pueda para abordarlo —respondió el profesor.
—Desde este momento el reloj ya está en marcha —añadió el presidente, levantándose y mirando directamente a sus dos interlocutores. Les estrechó la mano y continuó—: No pierdan tiempo y pónganse a trabajar duro.
—Lo haremos, señor —respondió Friedrich Hartmann, dándose por aludido.
—Sé que esta no es una investigación de la que obtendremos resultados a corto plazo, llevará tiempo y no voy a apremiarlos, pero quiero estar enterado de sus progresos. Me deben informar inmediatamente de cualquier avance que consigan. Señor Hartmann, tiene libertad para organizar el trabajo de su unidad de la forma más conveniente, pero dando prioridad absoluta a este proyecto. Si precisa de más recursos, comuníquemelo con un presupuesto detallado y tendrá mi respuesta inmediata.
—¿Alguna otra indicación que debamos considerar? —dijo el señor Friedrich Hartmann.
—Una advertencia: no creo que en la competencia exista esta inquietud por ahora, pero en cualquier caso no quiero que se nos adelanten. Nuestro grupo debe ser el primero en abordar esta investigación. Enfóquenlo adecuadamente para que se haga eficazmente y sin que trascienda. Quiero tener en el plazo de dos meses un plan con la estrategia que van a seguir. Ya saben que he nombrado al señor Schneider del staff responsable de coordinar el proyecto en los tres centros. Colaboren con él y facilítenle la información que les pida.
* * *
La actividad fue frenética en los departamentos de recursos humanos de Fráncfort y de Boston para seleccionar a los responsables del proyecto. Personal de tan alta cualificación no era fácil encontrarlo, y menos hacerse de sus servicios. Después de elegirlos hubo que entrenarlos en los protocolos y reglas internas de la compañía, que algunas veces representaban un freno al ímpetu que traían al llegar y con el que deseaban comenzar. En Madrid no hubo tanto trajín, porque el profesor Kerstin Wunterfaze conocía la casa, al llevar más de cinco años en plantilla, y sabía cómo moverse para batallar con la burocracia interna. También lo tuvo más fácil para conseguir personal, porque muchos de sus colaboradores en el proyecto anterior todavía estaban sin ocupación. En quince días tenía prácticamente organizado el núcleo de su equipo, y enseguida comenzó los primeros trabajos. Pudo disponer de los laboratorios y sus instalaciones porque estaban operativos.
Capítulo 2
Comienza la investigación
En el primer año, después de que le asignaran la coordinación de aquel proyecto, el señor Schneider viajó dos veces a Boston, tres a Madrid y varias a Fráncfort. Recabó datos, verificó planes y coordinó estrategias. Con toda esta información realizó un dosier muy completo en el que detalló el plan maestro de cada sede, con la finalidad de informar a la presidencia y recabar su aprobación. Después de conocer los detalles, el señor Bachmann convocó a todos los implicados a una reunión en Basilea el 5 de mayo.
—Bienvenidos —dijo el señor Bachmann, pasando lentamente la mirada por todos los asistentes. Estaban los miembros del staff, los responsables de las finanzas, recursos humanos y de la administración central, más los directores de los laboratorios de Aravaca (Madrid), de Boston y de Fráncfort, y los directores del proyecto en cada sede. En total, veintidós personas. Logrado el silencio con unos leves golpes sobre la mesa, el presidente comenzó:
—Las noticias que se indican en la documentación del señor Schneider son esperanzadoras. He comprobado que todos ustedes se han puesto a trabajar con entusiasmo, pero hace un año que empezó este proyecto y todavía no sabemos a dónde nos conducirá. No tenemos nada que nos permita asegurar que trabajamos en algo viable. Estamos casi en el mismo punto que el año pasado. Sé que hay abiertas varias líneas de investigación, y en algunas existe la esperanza de encontrar novedades. Solo eso: esperanzas. No interpreten mal mis palabras, no son una crítica negativa, sino el reconocimiento de que se están enfrentando a un reto tremendamente difícil.Los animo a seguir, poniendo, si cabe, mayor afán para conseguir algún resultado antes de la próxima reunión. Señor Schneider, muéstrenos sus conclusiones.
El aludido tecleó en su portátil y en la pantalla del fondo de la sala apareció lo siguiente:
Madrid: Proyecto AMRITA BMH (Batterie Menschlicher Hormone)4
Boston: Proyecto AMRITA IMG (Instabilität des Menschlichen Genoms)5
Fráncfort: Proyecto AMRITA ANP (Abbau Neuronaler Proteine)6
—Propongo que al proyecto lo identifiquemos como AMRITA, y no es un acrónimo. Si se preguntan qué significa AMRITA, les diré que es un vocablo tomado delsánscrito, «sin muerte». Eso es lo que vamos a buscarpor tres caminosde investigación para responder a la pregunta: ¿por qué se produce el envejecimiento humano? —explicó el señor Schneider—. Los laboratorios de Madrid investigarán en las relaciones interhormonales que existen en el organismo. Para su identificación particular lo apellidaremos BMH, es decir, que su denominación completa será AMRITA BMH. En los laboratorios de Aravaca (Madrid) ya se había trabajado antes en el campo hormonal y podrán aprovechar su experiencia. La investigación en Boston se hará vía genoma humano, tratando de identificar al gen o a los genes responsables de la degradación celular, y al proyecto lo identificaremos como AMRITA IMG. Y por último, en Fráncfort se explorará la causa de la degradación de las proteínas neuronales, denominando al proyecto AMRITA ANP. Esperamos que por alguna de las tres vías de investigación se alcance el fin perseguido.
—Gracias, Konrad. El nombre sugerido creo que es muy adecuado, porque se ajusta al objetivo. Más o menos lo de investigar por tres vías ya quedó establecido cuando se decidió que las tres unidades trabajasen coordinadamente en el proyecto, y que ahora veo perfectamente delimitado. Quisiera saber si esta estrategia ha planteado algún problema a los tres centros. Me gustaría escuchar lo que opinan al respecto los directores de cada proyecto —dijo el presidente.
El primero en hablar fue el señor Weber, director del proyecto AMRITA ANP, un hombre de unos cuarenta años, con gafas de acero, mirada penetrante y pelo rubio. Llevaba una barba muy corta y cuidada y vestía pulcramente un traje azul, con camisa gris claro y corbata del mismo color, algo más oscura.
—Tengo experiencia en el estudio de las proteínas y soy de los que defiende la teoría de que su degradación es la causa principal del envejecimiento. Mi propósito es poder demostrarlo. Buscar una forma de evitarlo o, al menos, de ralentizarlo, será el paso siguiente, que es lo que todos deseamos, pero habrá que esperar hasta saber por qué surge esa degradación. Cualquier ralentización que se consiga en la degeneración proteínica haría que la esperanza de vida aumentase espectacularmente. No voy a entrar en esta reunión en detalles con tecnicismos de laboratorio que les aburrirían, simplemente quiero decirles que las proteínas constituyen la parte esencial de las células cuyas estructuras moleculares al degradarse causan su muerte. Sin su degradación, la vida celular se alargaría indefinidamente y la nuestra también. Nada más.
—Gracias, doctor Weber. Doctora Taylor, usted es la que menos tiempo lleva con nosotros, pero sus credenciales son extraordinarias. Háblenos de las líneas maestras de investigación que se seguirán en su equipo.
Era una mujer de unos cincuenta años, de melena oscura y ojos negros. Vestía un elegante traje color verde oliva y una camisa clara del mismo tono. Su expresión era risueña y muy agradable. Sobre la mesa tenía una carpeta de cuero negro que acercó a su lado.
—Señor Bachmann, agradezco sus palabras, y a todos los demás, gracias por su grato recibimiento. Hasta hace aproximadamente un año, estuve dedicada a la docencia y a la investigación del genoma humano en la universidad. Es un mundo apasionante, del que cada día vamos aprendiendo poco a poco a leer sus significados. Podría hablarles mucho de lo que hasta ahora se sabe, pero, al igual que ha dicho el doctor Weber, no pretendo aburrirles con jerga de científicos. Soy de las que creen que el envejecimiento es debido a dos causas: una es genética y la otra es ambiental. Se ha comprobado que hermanos gemelos, y que, por tanto, tienen la misma genética y edad cronológica, debido a su trabajo, a la alimentación o a otras causas ambientales, tienen una edad biológica notablemente distinta. Se sospecha que los hábitos o el medioambiente pueden causar la mutación de algunos genes, causando una inestabilidad genómica. En nuestro equipo trataremos de demostrar si esta teoría es cierta y de qué forma se podría mejorar. Si el genoma no fuese alterado, no habría razón para la llegada de la vejez. —La doctora, llegada a este punto, se puso unas gafas de vista cansada, abrió la carpeta negra y miró sus notas. Después hizo un gesto con las manos, indicando que había terminado, y dijo—: Por hoy no se puede decir mucho más. Eso es todo.
—Gracias, doctora. Le deseo que en nuestra empresa tenga tanto éxito como en el mundo universitario del que la arrancamos. Espero que pronto nos pueda ofrecer resultados irrebatibles. Gracias. Le corresponde ahora a usted —dijo el presidente, señalando con la mano al profesor Wunterfaze.
—Hace más de cinco años que me incorporé a este grupo, en el que encontré un apoyo importantísimo para la investigación, sin desligarme completamente de la universidad. Nuestro equipo consiguió un notable éxito que ya está beneficiando a muchos enfermos diabéticos. Como imagino que ya suponen, me estoy refiriendo a la insulina de nombre comercial Nhucemarzida. El reto que en esta ocasión el señor presidente me ha planteado es tremendo, pero a la vez muy estimulante. Voy a explicar de forma sencilla, procurando no usar tecnicismos del gremio, qué es lo que pienso sobre las causas del envejecimiento. Me parece que los mecanismos que tiene nuestro organismo para regenerarse funcionan muy bien hasta una cierta edad. —Ante los gestos de algunos, insistió—: Y creo que todos somos conscientes de que, cuando nos aproximamos a los cuarenta años, nos llegan señales de que ha empezado nuestro declive. ¿Qué lo motiva? Podría ser la degradación de las proteínas, como se ha dicho antes, o fallos genómicos, como ha explicado la doctora. Yo opino que el origen de esta degradación puede estar causado por la acción defectuosa de alguna hormona. La mayoría de nuestros órganos intercambian mensajes bioquímicos constantemente que les hacen modificar su comportamiento. Estos mensajes les llegan en las hormonas. Su equilibrio es fundamental para gozar de una vida saludable. De alguna forma que no sabemos, cuando se altera este equilibrio, comienza la degradación celular. Muy levemente al principio, pero poco a poco se hace más evidente. Naturalmente, me estoy refiriendo a personas que no padecen una enfermedad, porque en ese caso el equilibrio está roto por ella. Comenzaremos a investigar las glándulas endocrinas, que son las principales generadoras hormonales. Se conocen más de sesenta tipos de hormonas, cada una con finalidad distinta. Imagínense lo fácil que es que se altere el equilibrio entre ellas. La inestabilidad puede estar motivada por causas exógenas o endógenas. Esto es lo que nos proponemos averiguar. Si no se conoce la causa, no se le puede poner remedio. Identifiquemos cuál es y después trataremos de evitar sus efectos. Nada más.
—Gracias, doctor Wunterfaze. Señor Schneider, como cada unidad ya ha comenzado su investigación de forma independiente y no parece que haya puntos de solapamiento, su misión va a ser más sencilla de lo que al principio yo pensaba. No obstante, quiero que siga coordinando el proyecto e informe periódicamente a esta presidencia de los progresos que se consigan, así como de cualquier inconveniente o problema que surja. Cada seis meses deberá celebrarse una reunión similar a esta con los que aquí estamos para conocer el avance de la investigación. Se encargará usted de convocarla con antelación suficiente para que todos puedan preparar su intervención adecuadamente. ¿Algo más?
Nadie dijo nada y la reunión finalizó.
* * *
Diego Hurtado y su familia vivían desde hacía cinco años en Barcelona, en un chalé en el distrito de Les Corts. Por necesidades de su trabajo, Diego viajaba con frecuencia a Madrid, donde vivía su amigo Friedrich Hartmann. Solía usar el puente aéreo como medio de transporte y muchas veces lo llamaba al llegar al aeropuerto Adolfo Suárez. Se conocían desde muy jóvenes, cuando estuvieron juntos en la universidad de Oxford, donde compartieron habitación en la residencia de estudiantes. Los dos hicieron la licenciatura de Química, a la vez que formaban parte de un grupo musical de escaso renombre. Terminada la carrera, abandonaron Inglaterra y Diego invitó a su amigo a su casa familiar en Mataró. En pocos días los dos encontraron su primer trabajo en un laboratorio de análisis clínicos de la misma localidad, en el que estuvieron un año, y después sus caminos se separaron. Diego ingresó en el departamento industrial de una planta de fabricación de celulosa en Barcelona y Friedrich se marchó a su país para trabajar en una manufactura de pinturas, en la que solo estuvo un año. Tras haber vivido en Cataluña, el frío de Berlín le resultó insoportable y regresó a España con la intención de disfrutar de su mejor clima. A Diego no le agradaba el ambiente laboral de la fábrica de papel y pudo trasladarse a una empresa alemana de fabricación de parafinas y sus derivados en la zona franca de Barcelona, que suministraba sus productos a la industria automovilística. En tres años pasó por varios departamentos, hasta llegar a ser el subdirector general. Al regresar de Berlín, Friedrich estuvo unos meses buscando empleo en Barcelona, pero, como no encontró un trabajo que le satisficiera, marchó a Madrid, donde lo contrató la multinacional farmacéutica alemana WGH Deutsche Forschungsgemeinschaft en el departamento de análisis bioquímicos en sus nuevas instalaciones. Al año siguiente lo nombraron responsable del departamento de esterilizantes, y director general dos años más tarde.
Desde que vivían alejados, Diego y Friedrich no siempre podían encontrar tiempo libre para disfrutar un rato juntos. Procuraban verse cuando viajaban a la ciudad del otro, aunque el encuentro fuera breve. Si sus agendas lo permitían, se reunían a comer o a cenar, y después se quedaban charlando frente a una copa hasta bien tarde. Aquella noche de mayo estaban en un restaurante de la Gran Vía, en Madrid.
—Tenía pensado regresar mañana, pero no tendré más remedio que quedarme hasta el viernes, porque la feria está resultando para nosotros más importante de lo que creíamos. Hemos firmado tres contratos de mucho volumen y hay otros dos que probablemente también salgan adelante —dijo Diego mientras esperaba que les sirvieran los mariscos que habían pedido.
—¿Vosotros estáis eliminando la subcontratación?
—Solo lo estamos haciendo con algunos productos estratégicos que tienen mucho peso en la producción. No se pueden traer todos, porque fabricar aquí resulta bastante más caro que hacerlo en la India, y perderíamos competencia. ¿Cuándo irás por Barcelona?
—No lo sé. Hace más de seis meses que no voy, pero tengo muchas ganas de volver —añadió Friedrich.
—Espero que no te olvides de avisarme.
—Cuenta con ello.
—Después de aquello de la insulina, ¿tenéis algo importante entre manos?
—Sí, ya hace casi dos años que empezó otro proyecto grande, pero estamos atascados. Desde hace seis meses no hemos progresado nada.
—En investigación suele pasar eso.
—Ya lo sé.
—Me acuerdo del éxito con la insulina, fue sensacional. La prensa estuvo hablando de ello mucho tiempo.
—Sí, es un magnífico producto que está beneficiando a muchos diabéticos.
—Y supongo que también estará mejorando vuestra cuenta de resultados —añadió entre sonrisas Diego.
—Claro. Ese preparado será la estrella en las ventas de este año. Probablemente nos hará doblar beneficios.
—¿Y sobre qué investigáis ahora?
—En hormonas.
—¡En hormonas! ¿No está todo ya descubierto?
—Te va a sorprender lo que andamos buscando. ¿Te suena la leyenda de la fuente de la eterna juventud?
—¡No jodas! ¿No me digas que estáis buscando algo relacionado con eso?
—En cierto modo, eso es lo que queremos conseguir —respondió Friedrich mostrando una gran sonrisa.
—¿En serio? ¿No bromeas?
—No es una broma, es eso lo que buscamos. Nuestro presidente tiene mucho interés en que se averigüe por qué envejecemos, y en ello estamos.
—¿De verdad?
—Totalmente. En los tres laboratorios más grandes de la empresa, hace dos años que se organizaron equipos y comenzó la investigación. En Aravaca tenemos un grupo de unas veinte personas trabajando en este proyecto. Boston y Fráncfort tienen organizaciones similares.
—¿Y habéis conseguido algo?
—Hasta ahora no han encontrado nada estimulante. Las hipótesis son importantes, pero continúan sin materializarse.
—Leí hace tiempo un artículo sobre los radicales libres. Me parece recordar que afirmaba que eran los responsables de la destrucción de las células.
—Esa es una de las teorías, pero hay algunas más. Nosotros investigamos el desajuste hormonal como causa de la vejez. Se supone que, según pasa el tiempo, por algo que no se conoce, se altera el equilibrio endocrinológico. Se supone que eso es lo que hace que comience la vejez.
—Si conseguís descubrir por qué sucede, ¡menudo éxito!
—Naturalmente, pero estamos más cerca del fracaso que del éxito.
—¿Seguro?
—Los gastos son muy grandes para mantener un equipo de investigación tan potente. De momento no hay impedimento para satisfacer las demandas de los científicos; no obstante, todo tiene un límite, y si no se vislumbra algo tangible, se tendrá que reducir o cancelar.
—¿Qué ambiente hay en el consejo?
—Por el momento, la presidencia tiene apoyo mayoritario en el consejo y logró la aprobación para invertir en este proyecto lo que sea preciso durante cinco años, naturalmente con la debida justificación. Lo más estimulante es que tenemos al frente del equipo a uno de los mejores investigadores que existen en el mundo.
—¿Quién es?
—Se llama Kerstin Wunterfaze. Es alemán y nació en un pueblo cercano a Stuttgart. Setrata del mismo profesor que consiguió sintetizar la insulina para tratar la diabetes tipo 2 que tanto éxito está teniendo.
—¡Ah, sí! Me suena ese nombre.
—Salió bastante en entrevistas de televisión y también en la prensa.
—Sí, lo recuerdo.
—Quizás no logre lo que le han encomendado, pero indirectamente, a lo mejor descubre otro producto interesante. Ya le ha ocurrido eso a otros científicos.
—¡Quién puede saber lo que va a ocurrir!
—Está entre los mejores que hay en este momento.
—Ojalá repita éxito y descubra el elixir de la vida.
—¡Cualquiera sabe! Oye, hablando de otra cosa, ¿ha mejorado tu abuela?
—No, continúa igual. Sigue con los dolores que la hacen sufrir mucho.
—¿Cuántos años tiene?
—Ochenta y siete.
—¡Caray! Con esa edad hay pocas personas que no tengan algunas dolencias.
—Son mucho más que leves dolencias. Sobrevive a base de calmantes. Cualquier día la perderemos.
—Y los demás, ¿cómo siguen?
—Mi mujer y los chicos están bien —dijo Diego a la vez que miraba su reloj—. ¡Joder, son casi las doce! Vamos a dejarlo ya porque tengo que madrugar mañana.
—¿Regresarás a Barcelona en el tren?
—No, si se confirma lo que te dije antes, lo haré el viernes en el puente aéreo. Pero me queda mucho por hacer, no creo que llegue a Barcelona antes de las diez de la noche.
Capítulo 3
El gurú
Jairo Gaitán llegó a Málaga en el buque carguero Saint Thomas el 15 de agosto de 2010. Había zarpado de Bombay, en la costa occidental de la India, pero como el buque tenía por destino el puerto de Charleston, en los Estados Unidos, él había pensado quedarse en la escala que harían en Gibraltar para poder ir a Londres. La escala se cambió y se detuvieron en Málaga, donde la feria había comenzado dos días antes, por lo que encontró un ambiente festivo muy animado en la ciudad. La temperatura, que rondaba los veinte o veinticinco grados, le resultó mucho más agradable que los cuarenta que había al salir del puerto. El carácter alegre y acogedor de los malagueños enseguida lo cautivaron. Debido a esto, pospuso la marcha a Inglaterra por unos días, hasta que acabasen las fiestas. Se pateaba la ciudad desde la mañana hasta la tarde, y cuanto más lo hacía, más prendado se sentía por ella y por su gente. La comida a base de tapas fue su gran descubrimiento, por su enorme variedad y buena calidad. Repensando los planes que traía, retrasó sine die su marcha al Reino Unido.
Tendría casi cuarenta años, era delgado, de hombros anchos y fuerte constitución. Llevaba una larga melena oscura, casi negra, rizada y suelta. La barba era espesa y ondulada, con más de un palmo y del mismo tono que el cabello. Tenía el rostro ovalado y la nariz aguileña, y su boca mostraba al reír una perfecta dentadura. Se vestía con un dhoti7 de seda de color azafrán muy llamativo, tanto que constituía por sí mismo un espectáculo cada vez que caminaba por las concurridas calles del centro malagueño.
Hablaba un castellano con acento y fonemas sudamericanos, por lo que no le planteó ningún problema entenderse con la gente local. Enseguida trabó amistad con Mariano Galindo, que era el dueño de la floristería Las Rosas, en el barrio del Perchel. Su tienda estaba enfrente del modesto hotel Los Mejores Huéspedes, en el que él se alojaba.
Un tercio de las rupias que traía las cambió en el banco de la calle Larios y le dieron casi siete mil euros. Con aquella cantidad podría vivir en la India durante un año, pero, aunque gastase solo lo estrictamente imprescindible, calculó que en Málaga se le agotaría en solo tres o cuatro meses.
Al bajar una mañana, vio a Mariano a la puerta de su negocio. Estaba colocando macetas de flores en los expositores y se le ocurrió plantearle las dudas que sentía.
—Tú que conoces bien esta ciudad, indícame dónde podría trabajar.
—¡Coño, pues no pides tú nada! Eso es muy difícil. Conseguir aquí un empleo cuesta mucho. ¿En qué quieres trabajar?
—Podría ejercer como médico naturista o sanador espiritual.
—De eso no entiendo. No sé ni lo que son esas profesiones. De los papeles y permisos que puedas necesitar no tengo ni idea. Lo mejor será que preguntes en alguna gestoría. Aquí no se puede hacer como me contaste que hacías en la India, porque lo primero que debes lograr es que te den una autorización legal. También será preciso hacer publicidad para que te conozca la gente, y precisarás alquilar un despacho en el que trabajar. Todo eso no es barato.
—¿Y de maestro de yoga me darían empleo?
—Creo que algunos hoteles ofrecen yoga. Te puedo hacer una lista de los más importantes para que vayas a preguntar. No te desanimes por las dificultades, porque la gente de aquí tiene muchos problemas para conseguir un empleo.
—Soy obstinado cuando deseo algo, no me arredran las dificultades.
—Te aconsejo que te compres otra ropa, ya que esa que llevas llama mucho la atención y será una dificultad añadida.
Jairo, siguiendo su recomendación, se compró un pantalón vaquero y camisetas como las que usaba la gente local, y también se recortó la barba y se recogió la melena en una coleta. En los tres días siguientes visitó quince hoteles de la lista que le dio Mariano, pero solo en tres le dijeron que ofrecían el yoga a los clientes. Le tomaron nota para avisarle si les surgía necesidad, porque en la actualidad tenían ocupado el puesto de monitor.
Pasaron dos meses y su preocupación aumentó, porque no había encontrado forma de lograr ingresos.
—Me gustaría poder ofrecerte empleo en mi tienda, pero ya ves que vendo poco. Yo solo me basto para atender a los clientes que llegan, que son escasos —le dijo Mariano una mañana al verlo muy apesadumbrado—. ¿Por qué no buscas empleo de algo con menos pretensiones? Tal vez podrías encontrar trabajo como camarero, conserje de hotel o dependiente en un supermercado. No ganarás mucho, pero será una ayuda para que no se te agoten las reservas muy pronto.
Esa misma semana, aprovechando el tiempo de mediodía en el que cerraba su tienda, Mariano lo acompañó hasta los locales de tres amigos del barrio. Uno tenía un bar, otro una pescadería y el tercero un pequeño supermercado. Fue inútil, porque ninguno precisaba de más empleados. Lo que sí consiguió fue alquilar una habitación en casa de un primo de Mariano, que le resultó bastante más barata que el hotel Los Mejores Huéspedes en el que se hospedaba.
Mariano tenía la floristería en la parte baja de la misma casa en la que vivía, y por las tardes, después de cerrar, solía ir a la taberna de la esquina a tomar unos vinos. Jairo lo acompañaba. Allí pasaban largos ratos de charla, unas veces ellos solos y otras con algunos amigos de Mariano que se les unían.
—¿Dónde naciste? —le preguntó Mariano una noche.
—Con certeza, no lo sé. Solo recuerdo que, cuando era niño, vivía en el barrio de Acahualinca, en la ciudad de Managua.
—¡Coño! ¿Dónde queda eso?
—En Nicaragua.
—¿En América?
—Sí.
—Joder, ¡qué lejos!
—No conocí a mis padres y me crie en la calle. De niño pasé mucha hambre y miedo, porque las maras8 controlaban toda la Barriada del Lago, en las que morábamos y mataban por cualquier motivo. Era gente muy violenta y peligrosa que traficaba con polvo del cielo y caspa del diablo. A los pinoleros9 pequeños nos obligaban a colocarnos en sitios estratégicos para avisarles si veíamos acercarse a la policía.
—¿Qué es el polvo del cielo?
—Así llaman allá a la cocaína con la que trapichean.
—¿Y la caspa del diablo?
—Lo mismo, también cocaína. Las peleas entre ellos eran frecuentes y solían terminar en baleadas en las calles. Me tuve que esconder muchas veces para no resultar muerto, como le ocurrió a un amigo.
—¿Se disparaban entre ellos?
—Sí. Los nicoyas10 estábamos acostumbrados porque escuchábamos tiros casi todos los días en nuestras calles. Lo peor era cuando la baleada duraba mucho, porque en ese caso siempre había muertos, bien entre ellos o entre gente inocente.
—¿Con quién vivías?
—Con mis panas11 en la calle. Para subsistir trabajaba en el vertedero municipal de La Chureca con tres amigos. Con un gancho escarbábamos en la basura buscando botes, latas de aluminio y chatarra. A veces teníamos suerte y encontrábamos una bobina de cobre de un viejo aparato, y dependiendo de su peso, nos daban entre una y cuatro monedas de cincuenta centavos. Otras veces hallábamos envases con resto de pegamento y podíamos preparar un globeo12.
—¿Qué es eso?
—A los bidones con restos de pegamento los llamábamos chemos13. Lesquitábamos el tapón, los rajábamos y los dejábamosal sol dentro de una bolsa grande de plástico cerrada. Con el calor se hinchaba por el vapor que soltaba el bidón y lo aspirábamos poco a poco. Enseguida nos daba mucha risa. Era una forma de drogarnos gratis, pero a la vez bastante peligrosa. Llamábamos a eso hacer bolseo otambién hacerglobeo.
—Además de escarbar en el vertedero, ¿trabajaste en alguna otra cosa?
—Con catorce o quince años trajiné de aprendiz con un maestro sanador que se llamaba Uidoro. Me tomó de discípulo y me enseñó a curar los huesos rotos de los pies o de los brazos.
En ese momento llegó a la taberna el amigo pescadero de Mariano, que aparentaba unos cincuenta años. Era muy risueño y charlatán. De altura media y con una gran barriga que le sobresalía por encima del cinturón.
—Hola, Mariano y compañía. ¿Cómo lleváis la tarde?
—Aquí, trajinándonos unos vinillos. ¿Quieres?
—Eso no se pregunta, se da por hecho. —Mirando a Jairo, le preguntó—: ¿Conseguiste algún trabajo?
—Todavía no.
—Me está contando su vida. No veas la cantidad de cosas que le han pasado, y supongo que habrá más, ¿no? —indicó Mariano mirando a los dos.
—Sí, tengo treinta y nueve años y en ese tiempo me ocurrieron muchas cosas.
—¡Chico, no los aparentas! —exclamó el pescadero a la vez que pedía al camarero que sirviera otra ronda.
—Nos hablabas de un sanador.
—Se llamaba Uidoro y se dedicaba a curar huesos rotos.
—¿En tu país llaman sanadores a los médicos? —preguntó Mariano.
—Es que no era médico, era curandero, pero tenía mucha experiencia. Sin ni siquiera tocar al enfermo, enseguida le encontraba el hueso que estaba quebrado. Era muy viejo y estuve poco con él, porque el Gran Espíritu se lo llevó. Estoy seguro de que pronto reencarnó en otro cuerpo más poderoso, porque había ayudado mucho a sus semejantes, y el Gran Espíritu tuvo que premiarlo.
—¿Cuánto te pagaba?
—Nada. Me tenía acogido en su casa y me daba de comer. Para mí era suficiente porque no pasaba hambre.
—¿Qué hiciste cuando él murió?
—Volví al barrio de Acahualinca, aunque por poco tiempo, porque cuando llegué mis dos amigos no estaban. A Gega lo habían matado los narcos en una baleada y a Bambana no pude encontrarlo, se había marchado. Me hablaron de unos chamanes indios muy poderosos de Kakabila y fui a conocerlos, pero estaban muy lejos y tardé una semana en llegar. Cuando me presenté, se estaban celebrando las fiestas de Santo Domingo, a las que acudía mucha gente de lugares muy diversos. Me acuerdo de que hubo un ceremonial en la plaza con participación de toda la muchedumbre que resultó muy largo y confuso, porque los chamanes mezclaron los ritos católicos con ceremonias dawanka14. Fue la primera vez que asistí a una ceremonia de esas, y apenas entendí nada, pero me fascinó cómo manejaban los chamanes a la gente y conseguían enfervorizarlos. Allí fue la primera vez que pensé en hacerme chamán.
—¿Te hiciste?
—No, eso no se consigue fácilmente, pero ayudé a uno llamado Uxhin. Tenía facultades sobrenaturales y curaba a la gente mediante actos de fe. Era un gran seductor y excitaba al público que asistía a sus actos; lograba que algunos alcanzasen el clímax.
—¿Cuántos años tenías entonces? —preguntó el pescadero.
—Catorce o quince.
—Ese chamán al que has nombrado, ¿qué hacía en sus ceremonias?
—Rendía culto al poder de Dios y al de otros seres espirituales, implorando la sanación de todos los enfermos.
—¿Y tú qué hacías?
—Le ayudaba a moverse, porque lo hacía con mucha dificultad, debido a sus muchos años. Era un hombre exigente pero amable, y no era difícil cumplir con sus preceptos y reglas, aunque era riguroso. Me dijo en una ocasión que, si le obedecía y seguía sus instrucciones, lograría ser un chamán como él. Escuchar aquellas palabras me alentaron mucho y desde aquel día lo imité en todo. De una forma que no sé explicar, después de bastante tiempo practicando la meditación, logré en una ocasión establecer contacto con otros seres invisibles. Aquel pequeño éxito me estimuló mucho y desde entonces lo he seguido logrando cada vez que me lo he propuesto. Es un tipo de relación diferente a la que mantenemos los humanos, no hace falta hablar ni escuchar para relacionarse sutilmente con los seres que nos rodean.
—¡Joder, no me digas que hablas con los muertos! —exclamó Mariano.
—¿Eres un brujo? —le preguntó el pescadero, con bastante desconcierto.
—No, soy una persona normal, pero en determinadas circunstancias pongo en acción unas facultades que tú nunca has intentado activar y a lo mejor también las tienes.
—¡Calla, calla!
—Esas facultades se despiertan cuando entro en estado de trance. Son las que me permiten conectar con los seres menores que están a mi alrededor. Aunque haya infinidad de ánimas de entes inferiores acompañándome, me conecto solo con algunos.
—A mí hablar de los espíritus y de los muertos me da un poco de canguelo, porque luego tengo pesadillas por la noche. No hables más de eso por hoy, que mi mujer me dice que la asusto si doy muchas voces por la noche —añadió el pescadero.
