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Este libro reflexiona sobre la puesta en valor de la arquitectura habitacional de raigambre moderna en Chile. En particular, se pregunta por la vigencia y sustentabilidad de las grandes unidades vecinales construidas por las corporaciones de vivienda a mediados del siglo XX en Chile, al alero de la Corporación de la Vivienda y de las sociedades constructoras EMPART.
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Seitenzahl: 252
Veröffentlichungsjahr: 2021
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© LOM ediciones Primera edición, diciembre 2016 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN IMPRESO: 9789560008572 ISBN DIGITAL: 9789560013064 RPI: 272.756 Edición y maquetación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 68 [email protected] | www.lom.cl Diseño de Colección: Estelí Slachevsky Aguilera Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile
Introducción
I Proyectar la comunidad
II Las vicisitudes de la obra
III La comunidad imaginada
Bibliografía
Notas
En la última década, ha sido una estrategia recurrente de las comunidades de barrios tradicionales de Santiago, organizarse de forma reactiva frente a la expansión de la nueva oferta inmobiliaria privada en altura. Una de las tácticas recientemente usadas es relevar el posible valor patrimonial de los conjuntos habitacionales, con el fin de obtener resguardo legal, mediante la obtención de la declaratoria de zona típica. Barrio Yungay, barrio Matta-Sur, Población de ex Sub Oficiales de Caballería, barrio Manuel Montt, entre otros, son comunidades de sectores tradicionales del Gran Santiago que han optado por el camino de la declaratoria patrimonial como defensa ante la presión inmobiliaria.
Recientemente vecinos de conjuntos habitacionales de raigambre moderna, normalmente construidos al alero de las antiguas corporaciones de vivienda y en el marco de la organización del trabajo desarrollada por las diversas cajas de previsión del período desarrollista chileno, se han organizado en torno a la valoración de su entorno construido y del modo de vida vecinal que dichos diseños habitacionales propician.
Para el caso de la comuna de Ñuñoa, la Villa Presidente Frei ha sido recientemente declarada Zona Típica por el Consejo de Monumentos Nacionales en mayo de 20152. El conjunto EMPART Salvador, obtuvo su declaratoria el 2013, y los vecinos de Villa Olímpica entregaron el expediente el año 2014.
El presente libro reflexiona sobre la puesta en valor de la Arquitectura Habitacional de raigambre moderna en Chile. En particular, se pregunta por la vigencia y sustentabilidad de las grandes Unidades Vecinales construidas por las Corporaciones de Vivienda a mediados del siglo XX. Para ello, despliega una metodología historiográfica que considera la correlación entre tres dimensiones de análisis: proyecto, obra y comunidad. El texto, correlaciona estas tres dimensiones para reconocer sus desfases y fisuras, de forma de abordar en profundidad las razones de la vigencia u obsolescencia de los conjuntos modernos en la actualidad. El caso de estudio es la Villa Presidente Frei construida en 1965 por la CORVI, emplazada en la comuna de Ñuñoa, en el sector oriente del Gran Santiago.
Las dimensiones de análisis propuestas: el proyecto, la obra y la comunidad son, en parte, fruto de una interpretación libre de la matriz de análisis planteada por Henri Lefebvre, en su texto clásico. La Producción del Espacio, de 19743. Donde el proyecto opera como unidad de análisis para abordar el ámbito de la concepción espacial, la obra hace referencia a lo que Lefebvre define como práctica espacial, y la comunidad vendría siendo la dimensión de espacio representacional o existencialmente vivido4.
Proyecto, hace referencia al ámbito de las teorías y concepciones implícitas en la práctica del ejercicio del diseño urbano y arquitectónico, poniendo en juego un entramado de visiones ideológico sobre la naturaleza del habitar moderno. Es el espacio de las utopías y los deseos en materia de la construcción de la ciudad moderna.
Obra, corresponde a la materialización concreta del ejercicio proyectual, donde la deseabilidad de las utopías es puesta en tensión por las condiciones del contexto operacional donde la obra se genera. Es el espacio de los marcos institucionales de la producción del espacio metropolitano. En el caso de estudio la gestión de las Corporaciones de la Vivienda y la Caja de Empleados.
Comunidad, se refiere al conjunto humano que habita el espacio materializado, que lo vivencia y significa. Los habitantes experimentan diversas lógicas cotidianas para convivir, tanto con el imaginario de matriz utópica, así como de las penurias emanadas de la obra y su precaria génesis institucional.
A nuestro entender es necesario correlacionar estas tres dimensiones para reconocer sus desfases y fisuras, de forma de abordar en profundidad las razones de la vigencia u obsolescencia de los conjuntos modernos en la actualidad. Veamos:
Permite poner en tensión el ejercicio teórico proyectual de la arquitectura y el diseño urbano con el entramado institucional, normativo y contextual que determina la construcción de la obra propiamente tal. Lo que no es otra cosa que guardar las distancias entre proyecto conceptualizado y proyecto obrado. El proyecto en este sentido, es arrojado al mar de las contingencias históricas y contextuales que determinan su imposibilidad en cuanto lugaridad imaginada. Es el ámbito del desarme de las utopías, de los fracasos y los fragmentos de una modernidad a medio camino.
Este cruce levanta la relación entre los marcos interpretativos relacionados con las teorías de diseño residencial y la construcción imaginaria del sujeto usuario. Supone una lectura proyectual de la deseabilidad social y apuesta por construir un engranaje entre las teorías de la habitabilidad y la percepción de los habitantes. Podríamos decir que en esta dialéctica se juega con mayor claridad la producción de subjetividad asociada a determinada concepción espacial. Ideales de comunidad, normativas de la interacción social y gobernabilidad territorial son algunos de los aspectos que se desprenden de este cruce.
Esta dialéctica se juega en las coordenadas de la construcción de la cultura material y sus diversas escalas de valoración. Se instala en el ámbito de las prácticas y valoraciones de los sujetos en relación con el espacio obrado. Es el lugar del sabotaje y la re-significación; pero también aquel de la memoria y la reivindicación de la identidad. Es en este cruce donde se juega la definición de espesor de la pertenencia, la sutileza de la distinción y la definición de la otredad. Sujeto, memoria y espacialidad se conjugan para interrogar a la obra respecto a su incompletitud, a sus fisuras. El lugar antropológico es una meta inalcanzable, que las comunidades persiguen al ritmo de su devenir temporal, de su propia historicidad.
Ahora bien, corresponde operacionalizar cada dimensión en función de un caso estudiado en profundidad, para luego, desde un análisis interrelacionado de las tres dimensiones, plantear una hipótesis posible respecto a la sustentabilidad de un conjunto en particular: La Villa Presidente Frei, de 1965.
Son, en este caso, las perspectivas teóricas que alimentan el discurso proyectual y su expresión material en la propuesta de presentación a los concursos organizados por las Corporaciones, el material que nutre la interpretación histórica. También concurren a esta dimensión, el sello y alcance de las oficinas y autorías individuales, que dan origen a algunos de los proyectos más emblemáticos. Los marcos conceptuales reconocibles en el caso de estudio analizado en profundidad corresponden, por una parte, a las visiones críticas del urbanismo moderno de raíz más heterodoxa, en particular la visión del CIAM 8 y del Team X, desplegadas en Europa en la década de 1950; la teoría de la Unidad Vecinal de Clarence Perry (1923) y sus variopintas adaptaciones regionales; y, desde una perspectiva más teorética, los estudios de interacción vecinal emanados de la escuela de ecología urbana de Chicago (décadas del 30 y 40). Desde una mirada algo más sutil, es posible rastrear ciertas genealogías de inspiración compositiva y plástica en el movimiento De Stijl (configuración geométrica en el diseño de casas y bloques) y en la Arquitectura Brutalista (por ejemplo, en la materialidad y tratamiento a la vista del hormigón en monobloques y dúplex). En este sentido, proyectos como la Villa Presidente Frei encarnan cierta presencia de las vanguardias artísticas de la primera mitad del siglo 20 en su periclitar crítico en el confín del mundo. Desde un ángulo de reivindicación de lo moderno como condición crítica de la contemporaneidad, representan también un puente entre la modernidad ortodoxa racional-funcional y la emergencia de las concepciones fenomenológicas y antropológicas de la noción de lugaridad. Por último, es menester instalar estas obras como ejemplos de operaciones de lectura y adaptación locales (regionales) de una modernidad tardía, a decir de Frampton5. Constituyen en cierto modo, el alma de nuestra propia modernidad latinoamericana6, pues operan tanto como representación del progreso económico y de la integración social, así como de los dispositivos de modelación de los cotidianos de interacción comunitaria y doméstica7.
Para el caso específico de la Villa Frei, el proyecto representa fielmente los principios de la arquitectura tardo-moderna (espacialidad pública, áreas verdes, centralidad vecinal).El anteproyecto ganador del concurso en la exchacra Valparaíso, definía la organización de los volúmenes en torno a un parque, como columna vertebral de todo el conjunto, con una solución plástica, funcional y económica, que representó un avance significativo en las perspectivas de la política habitacional de la época. El proyecto primitivo estaba compuesto por 1918 viviendas ubicadas en un terreno de 40 hectáreas, con un parque existente de 2 hectáreas aproximadamente
Es asunto de esta dimensión el reconocimiento y análisis del contexto histórico que permite la generación de proyectos de esta envergadura. Se despliega ante nosotros un marco institucional que permite la materialización de utopías urbanas en distintos niveles de concreción. Por un lado, la emergencia de una nueva clase media, asociada a los empleados públicos y privados, requiere de una estructura organizacional que encarna en Las Cajas de Previsión de Empleados. La vivienda se yergue como tema central. Se configuran las Sociedades Constructoras EMPART. Por otra parte, el Estado, al calor de los procesos de modernización, aborda el problema de la urbanización y el desarrollo urbano como eje de las políticas públicas. La Corporación de la Vivienda (CORVI, 1953), es expresión institucional de un modo de producción del espacio habitacional, caracterizado por una preponderancia de la gestión y generación de proyectos habitacionales cuyo énfasis está tanto en la dotación masiva de soluciones habitacionales de alto estándar, como en la configuración de grandes paños de espacialidad pública y comunitaria. El caso especifico de Villa Frei es un concurso público de viviendas económicas llamado por CORVI por encargo de la Caja de Empleados Particulares, adjudicado a la propuesta de los arquitectos Larraín, Larraín y Balmaceda. El proyecto acordado finalmente con la Caja de Empleados Particulares se configuró a partir de tres sectores: el primero contiguo a Avenida Irarrázaval, formado por bloques colectivos y torres de altura en una macro-manzana; el segundo sector intermedio, similar al primero, incluye el equipamiento comunitario, configurando una centralidad vecinal. Y el tercer sector, más al sur, formado por habitaciones individuales y algunos colectivos. Los tres sectores se unen entre sí por un parque que constituye una especie de espina dorsal de todo el conjunto y por tres puentes que permiten la no interrupción de la circulación peatonal a través de los tres sectores.
A ello se suma el proyecto de ampliación que construyó posteriormente otro equipo de arquitectos, mandatados por la CORVI y que corresponde a la tipología edificatoria de bloque 1010/1020 y que corresponden a 1.860 viviendas distribuidas racionalmente en un territorio de 50,8 hectáreas que también incluye espacios libres y equipamiento.
El proyecto queda inconcluso. El segundo sector que contemplaba la edificación de un área central de equipamiento comunitario, no se completó por decisión de la CORVI. Se edificaron sólo los establecimientos educacionales. La materialización del parque Ramón Cruz y de las plazoletas y las pequeñas áreas verdes entre volúmenes son gestionadas por las organizaciones vecinales, con apoyo de la administración de la Caja de Empleados y de la Municipalidad de Ñuñoa.
Dimensión que se instala desde la experiencia subjetiva del habitar. Las prácticas individuales y colectivas que (re) interpretan el proyecto obrado y los relatos que dan vida a la historicidad de una comunidad, son los materiales que permiten la indagación. Los discursos asociados a la memoria local y a los hitos que configuran lumbres de identidad y pertinencia, se ponen en juego con la configuración espacial y sus significados asociados.
En nuestro caso de estudio, la lógica proyectual fomenta la interacción de las relaciones vecinales. Un parque longitudinal y un sistema de áreas verdes que privilegian la permanencia y la circulación peatonal, más el equipamiento comercial distribuido homogéneamente en la Unidad Vecinal. Sin embargo, la historia del conjunto da cuenta de las dificultades que enfrentó la comunidad para alcanzar grados importantes de organización. La mantención de una obra de la envergadura de Villa Frei (25 mil personas) se pensó como una gestión centralizada en la oficina de Administración de la Caja de Empleados Particulares, que se ubicaba en una torre del conjunto. Tenía a su cargo la mantención de las viviendas, el equipamiento y los espacios comunes. En 1970 llegó a tener a más de 160 operarios trabajando en la Villa. En el marco de la agitación social de los años de la Unidad Popular, la organización vecinal de la comunidad no se quedó atrás. Se creó una Junta de Vecinos de todo el conjunto, así como comités de vecinos por torres y bloques.
Desde una perspectiva conceptual, debemos reconocer que, desde hace algunas décadas, la antropología se ha distinguido por trabajar en espacios urbanos locales, acotados geográfica y/o simbólicamente, como son los barrios, pueblos, poblaciones o vecindades. Esta forma de aproximarnos a la ciudad nos introduce en un problema central de los estudios etnográficos: la delimitación del concepto de comunidad. Desde los pioneros estudios de comunidades marginales de Oscar Lewis en México8, hasta la nueva preocupación por los imaginarios urbanos a escala local9, dan cuenta de una tradición al interior de las Ciencias Sociales por interrogar la vida de escala barrial en el marco de los procesos de crecimiento metropolitanos. Ahora bien, no sólo podemos echar mano a la producción antropológica e historiográfica de la generación de «historias locales», también tributan a esta dimensión el rescate de las múltiples interacciones vecinales que al decir de Jane Jacobs10 dan vida al espacio público y las lecturas de las prácticas cotidianas como sabotaje y resignificación que releva De Certau11.
No es sino ponderando este juego de relaciones en una red compleja y multidimensional en donde podemos, con cierta certeza, preguntarnos por la sustentabilidad de estas formas de habitar en la contemporaneidad. Proyectualidad, Obra y Comunidad son materiales indispensables para ponderar estrategias de lectura e intervención de estos conjuntos en el marco de las banderas de la gestión local del territorio. A modo de ejemplo, interrogaremos el tema de la sustentabilidad de las áreas verdes en el caso de estudio, considerando esta red de variables en juego.
Es así como, cada uno de los tres capítulos del libro pone el acento en una de las tres dimensiones descritas. El capítulo primero se concentra en las lógicas proyectuales, que, desde la arquitectura y el diseño urbano, concentran sus esfuerzos en el desarrollo de la escala vecinal y barrial. El segundo, da cuenta de las condiciones institucionales en que fue posible la materialización de obras de arquitectura habitacional de alto estándar, con énfasis en lo colectivo y la espacialidad pública. El tercero se adentra en la memoria de la comunidad, dando cuenta de las estrategias de gestión socio-territorial que potenciaron las condiciones conceptuales y materiales que sustentaron el desarrollo y consolidación del conjunto.
Este apartado intenta dar cuenta de las influencias disciplinares que fundamentan los ámbitos de creación de proyectos de grandes unidades vecinales modernas en el período desarrollista chileno. En este sentido, se busca reconocer una suerte de genealogía de las teorías que inspiran la generación de nuestra propia escuela de proyectación de diseño residencial moderno. El relato intenta bosquejar los derroteros por los que atraviesa el discurso moderno de la Arquitectura y el Urbanismo, en pos de responder a las interrogantes asociadas con el habitar colectivo. Es decir, cómo desde el diseño urbano es posible generar, potenciar o consolidar comunidades cohesionadas e integradas a la metrópolis, salvaguardando lazos de vecindad e identidad propios. La Ville Radieuse, el CIAM 8, El Team 10, la teoría de la Unidad Vecinal y la Escuela de Sociología de Chicago, son, a nuestro juicio, componentes que permiten comprender la presencia de ciertos atributos que caracterizan el ejercicio proyectual de las obras de este período de la Historia de la Arquitectura habitacional chilena. Por cierto, estas influencias conceptuales, son adaptadas a los contextos socio-territoriales locales; salvaguardando una cierta identidad regional, generada por nuestra propia condición de economía periférica y las inventivas, prácticas y resignificaciones asociadas a nuestra precariedad socio-institucional.
Martin Heidegger, en su ensayo Der Feldweg12, da cuenta de la profunda nostalgia que el espíritu de occidente parece sentir por las pequeñas dimensiones de la villa, la ciudad centrada en el domus, en el taller, la plaza y el templo. A esa nostalgia, natural al espíritu de la modernidad occidental, Heidegger, la llama «la voz del camino del campo».
Frente a la perdición de las «peregrinaciones sin fin en que se dejan para siempre orillas que no han de volver a ser pisadas», el habitar auténtico del hombre en la tierra, está en el horizonte limitado, pero profundo, de las cosas que retornan según el principio de lo «siempre idéntico», donde se encierran, según Heidegger, potencias regeneradoras13. Escrito después de la segunda guerra mundial y en el marco de la consolidación de los procesos de urbanización y metropolización en Europa y Estados Unidos, este texto da cuenta de la nostalgia por el lugar y contiene un alegato contra la mecanización de la sociedad.
La voz del camino sólo la entienden los que han nacido en su ambiente y son capaces de escucharlas. Obedientes ellos a sus orígenes, rompen las cadenas aherrojantes de las maquinaciones humanas.
La pequeña ciudad y el escalón barrial al interior de las grandes urbes, son añorados como «patria chica», aquella polis mensurable y a escala humana, que se pierde en el proceso metropolitano. Es así como, la pequeña villa, es el espacio de las pequeñas rutinas reforzadoras de la identidad y sus raigambres. Constituye la proyección imaginaria de la casa, en la medida en que la ciudad es una gran casa que nos alberga poéticamente, como lo dijera tan bellamente Gaston Bachelard14. La ciudad utópica sería, en este marco, una agregación armónica de lugares que complementan al domicilio, pero no lo sustituyen: plaza, el paseo, bar, parroquia, mercado, vecindad. En todas ellas prima la presencia de la alteridad, el encuentro con el otro, donde la relación cara a cara todavía sustenta la sociabilidad15.
Desde el enfoque fenomenológico se ha planteado una mirada menos drástica de los efectos de la mecanización de la ciudad y la sociedad moderna, en un intento por reconocer los esfuerzos de las vanguardias por recomponer el tejido social rasgado por el desarrollo industrial. De este modo, podemos relevar aquellos momentos en que la proyectualidad arquitectónica moderna busca complementar el despliegue de sus elementos formales y tecnológicos, con la idea del fortalecimiento de los lazos de solidaridad orgánica.
Un ejemplo que grafica esta visión positiva de la técnica, la encontramos en un reconocido fenomenólogo, como Norberg Schulz. En un reciente texto, advierte que los griegos daban el significado ‘producir’ al término techne y se correspondía con poiesis, ‘creación’, ‘revelación’; la esencia de la tecnología no es en absoluto tecnológica –decía Heidegger– porque «la tecnología es un modo de revelación». La tecnología cobra presencia en el ámbito donde tiene lugar la revelación y el desvelamiento, donde aparece la aléthei. Para Norberg Schulz el enfoque fenomenológico puede devolver a la tecnología su verdadera significación y así restablecer la arquitectura como construcción, en el verdadero sentido de la palabra. «Solo cuando somos capaces de habitar podemos construir». Aquí habitar hace referencia a una relación poética y fenomenológica con el mundo o lo que Heidegger llama Andenken, que significa acordarse, pensar con devoción.
En este sentido, la puesta en valor de la Arquitectura habitacional moderna debe explorar la relación entre la expresión material de la espacialidad construida y la experiencia vivida del sujeto en el lugar. A nuestro juicio, la susentabilidad social de ciertos conjuntos modernos se explica por la correcta adecuación entre la teoría proyectual (el espacio concebido desde el pensamiento de vanguardia moderno), la institucionalidad propia de los estados planificadores (que permite una específica práctica espacial) y la deseabilidad social expresada en la acción de una determinada comunidad respecto a la construcción del paisaje. De este modo, la apropiada relación entre tecnología como expresión material y simbólica de lo nuevo, con la producción de subjetividad moderna de los años sesenta (expresada tanto en el ámbito institucional como cotidiano), permite la creación de una lugaridad, que es recordada, mediante operaciones de rescate de la memoria social, con tintes épicos. Por tanto, la monumentalidad de ciertas obras habitacionales modernas, se fundamenta no sólo por la magnitud de su emplazamiento y edificatoria, sino que también por la grandeza de su relato social e institucional. Es en esta relación dialéctica entre memoria social y utopía tecnológica en que encontramos la clave de su vigencia.
Desde una óptica conceptual, nos situamos también, desde la mirada de la Antropología del Diseño, para la cual siempre un objeto será la expresión legítima de un modo de vivir y ver el mundo. Esta disciplina tiene como objeto explorar lo que vincula lo humano (tema central de la Antropología) con el objeto (tema central del diseño); aquello que guía la creación de las cosas, sus usos y el lugar que guardan en la memoria de la comunidad16.
Este nuevo enfoque permite cuestionar el tradicional carácter eminentemente funcional de los objetos y con él la noción de que el propósito del diseño era la satisfacción de necesidades básicas. Al ampliar las perspectivas del problema, se hace
evidente que los objetos son también metáforas de orden colectivo y personal que determinan, con su carga de sentidos (…) el deseo por un objeto; el desarrollo de las habilidades que lo hacen pertinente y las destrezas que permiten su uso, la construcción de verosímiles, creencias e instituciones, y de las relaciones entre cada uno de nosotros y con nosotros mismos (…) el objeto no es solamente un útil, es también una idea. Una prótesis buena para usar y una metáfora buena para pensar17.
Es evidente que una de las inspiraciones de los grandes proyectos habitacionales modernos está en las utopías verdes de las vanguardias de principios del siglo pasado. Los pioneros de la arquitectura moderna prestaron particular atención al problema de la ciudad. Al ser el ámbito principal en el que tiene lugar la vida humana, la ciudad, más que cualquier edificio particular, encarna el modo de vida de una época.
La arquitectura moderna nació para ayudar al hombre a sentirse a gusto en un mundo nuevo. Sentirse a gusto significa algo más que tener cobijo, ropa, alimentos; ante todo significa identificarse con el entorno físico y social, implica una sensación de pertenencia y participación (...) Los entornos cerrados y seguros del pasado se han desintegrado, y las nuevas estructuras sociales y físicas exigen nuevas formas de entendimiento18.
La ciudad histórica, cerrada y relativamente estática del siglo XIX, no se correspondía con la imagen del mundo abierto, en permanente cambio, de la sociedad finisecular. Este cambio epocal requería nuevas formas y estructuras y la arquitectura moderna será una de ellas.
La arquitectura moderna es una de esas formas. Su intención general es proporcionar al hombre una nueva «vivienda». Esta nueva vivienda debería satisfacer la necesidad de identificación y, por tanto, ser expresión de una renovada amistad entre el hombre y su entorno19.
El hacinamiento, las insalubres condiciones de vida, la dispersión urbana y la congestión propias del impacto del desarrollo industrial sin precedentes y sin regulaciones, hacen ver en los maestros del movimiento moderno, la necesidad de una renovación radical del paisaje urbano. Así surgió la visión de una ciudad verde,
que pretendía devolver al hombre esos placeres esenciales del sol, el espacio y la vegetación. Para materializar esa idea la planta libre se transfirió desde el edificio a la ciudad, y un nuevo modelo de edificios exentos y de aspecto prismático llegó a reemplazar las calles, plazas y manzanas de la ciudad tradicional20.
El concepto de ciudad verde formulado por Le Corbusier tiene la cualidad de ser una visión global, y como tal representó una protesta contra las ciudades históricas superpobladas y degradadas. La idea de relacionar la vivienda con la naturaleza, y asegurar así el disfrute de los «placeres esenciales», es sin duda valiosa y en innumerables lugares ha traído consigo una mejora en las condiciones de vida.
La crítica a la ciudad verde no está en las viviendas como tales, sino más bien en que no son capaces de construir un «lugar de instituciones reunidas». A este respecto hay que considerar dos problemas. La necesidad de un núcleo donde se concentren las instituciones, y en segundo, lugar, la definición espacial de esa concentración.
Acá encontramos dos aspectos que caracterizan la proyectualidad habitacional moderna. Uno, la generación de un área de equipamiento central definida por la unidad vecinal. Dos, la presencia de viviendas en grandes paños de explanadas verdes. La Villa Frei, es ilustrativa respecto de ambas condiciones.
Sin embargo, la expresión más radical del racionalismo, no estuvo exenta de costos en relación con la generación de pertinencia e identidad colectivas. Mientras la planta libre y la forma abierta, dos pilares del nuevo orden moderno, no suponían una pérdida de edificios identificables, la ville radieuse o ciudad verde, representa una ruptura radical con todas las propiedades tradicionales del lugar. Este concepto de ciudad abolió la cualidad figurativa de los asentamientos con respecto al paisaje, el espacio urbano definido y la sensación de una atmósfera o carácter local.
La pérdida del lugar trajo consigo, evidentemente, un debilitado sentido de la pertenencia y la participación21.
En este sentido, Collin Rowe ha señalado que la interpretación que hacía Le Corbusier del espacio público representa una inversión de las relaciones tradicionales entre figura y fondo de la ciudad. En la ciudad histórica, la matriz construida (los llenos), formaban un fondo continuo sobre el que los espacios públicos aparecían como figuras. En los proyectos de Le Corbusier y en la ciudad moderna proyectada por los primeros maestros, el espacio abierto (el vacío) se convierte en un fondo ocupado por edificios exentos, situados en un verde continuo22.
En este sentido se debe reconocer cierto camino sinuoso y conflictivo de la forma en que el urbanismo moderno va considerando a la habitabilidad como una variable pertinente en cuanto elemento a considerar en la lógica del proyecto de diseño urbano.
La declaración de La Sarraz del CIAM de 1928, hacía más hincapié en la construcción que en la arquitectura, asumiendo un discurso productivista, muy acorde a los influjos del desarrollo industrial. Este CIAM «afirmó abiertamente que la arquitectura estaba supeditada a los temas más amplios como la economía y la política, y que, lejos de separarse de la realidad del mundo industrializado», debía depender de los métodos de producción racionalizados23. La declaración de La Sarraz es clara en señalar que el urbanismo no puede venir determinado por cuestiones estéticas, sino exclusivamente por exigencias funcionales.
La fase de los siguientes CIAM, mayormente determinada por la figura de Le Corbusier (1933-1947), se reorientó hacia el urbanismo. El IV CIAM de 1933, fue el más significativo, ya que incluyó el análisis de 43 ciudades europeas, y concluyó con la declaración de Atenas. El documento incluye 111 proposiciones que se componen en parte de declaraciones sobre las condiciones de las ciudades, y en parte de propuestas para la rectificación de esas condiciones, agrupadas en cinco categorías principales: vivienda, diversión, trabajo, circulación y edificios históricos. El documento, sin embargo, ha sufrido embates críticos, por ser considerado dogmático y universalista, ya que cae en generalizaciones en aspectos centrales como la definición del sujeto y las variables regionales.
En este sentido, la declaración contiene una rígida proposición respecto a los principios orientadores del diseño de la vivienda económica y la ciudad. Desde una mirada crítica, apunta K. Frampton:
Ese aire de aplicabilidad universal oculta una concepción muy limitada, tanto de la arquitectura como del urbanismo y comprometía inequívocamente los CIAM, con la rígida zonificación funcional de los planes urbanísticos, con cinturones verdes entre las áreas reservadas para las diferentes funciones; y un único tipo de vivienda social, descrita en palabras de la carta como «bloques altos muy separados, allí donde exista la necesidad de alojar mucha densidad de población24.
Aunque el consenso inmediato de la carta de Atenas redundó en la imposibilidad de estudiar otros modelos posibles de habitabilidad residencial, el tono dogmático fue cambiando significativamente. Las exigencias políticas radicales del movimiento de vanguardia inicial habían sido abandonadas, aunque el funcionalismo seguía siendo el canon principal, los preceptos de la carta eran puestos en juicio tanto por su dogmatismo como por su inaplicabilidad práctica. Ya a partir de 1937, los CIAM estuvieron preparados para reconocer no sólo el impacto de las construcciones históricas sino también la influencia de la región en que estaba situada la ciudad.
Después de la segunda guerra el racionalismo materialista estaba puesto abiertamente en tela de juicio. Con la celebración del VI congreso en 1947, los CIAM intentaron superar la esterilidad de la ciudad funcional, declarando que el objetivo de los CIAM es trabajar para la creación de un entorno físico que satisfaga las necesidades emocionales y materiales de las personas. El grupo inglés MARS, al calor del tema del VIII CIAM –el corazón de la ciudad-, insistió en la idea que los edificios representen en la población algo más que su sola satisfacción funcional, abarcando aspectos como la monumentalidad, la alegría, el orgullo y entusiasmo.
Es significativo, sin embargo, que la reacción contra esta ciudad dispersa surgiera al interior del propio Movimiento Moderno, y no como una crítica exógena. En 1951, la octava reunión de los CIAM, estuvo dedicada al corazón de las ciudades y su objetivo declarado era «la humanización de la vida urbana».
En su discurso de presentación el presidente de los CIAM. José Luis Sert, destacó la necesidad de un proceso de recentralización y, con ello, de «nuevos centros» porque todavía creemos que los lugares de congregación pública como las plazas, los paseos, los cafés, los clubes comunitarios populares, donde la gente puede reunirse libremente, estrecharse la mano y discutir con tranquilidad, no son cosa del pasado y si, se replantean adecuadamente para las necesidades de nuestros días, deberían tener lugar en nuestras ciudades25.
Si bien las ponencias de este VIII CIAM versaron sobre la importancia de los centros históricos y la recuperación de la escala humana26, los proyectos presentados siguieron estrictamente los cánones de la primera modernidad ortodoxa. Proyectos de tipo anti urbano, con edificios aislados en un continuum verde.
Sin embargo, este principio de tabula rasa
