Psicoanalistas al teléfono - Jorge Chamorro - E-Book

Psicoanalistas al teléfono E-Book

Jorge Chamorro

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Beschreibung

"El teléfono se ha convertido en una herramienta indispensable para los psicoanalistas durante la pandemia, permitiendo sostener el trabajo analítico en ausencia de la presencia en el consultorio. En Psicoanalistas al teléfono, Jorge Chamorro explora esta nueva realidad en la que la voz se convierte en el único vínculo directo entre analista y analizante. Este desafío ha obligado a revisar y consolidar los fundamentos de la práctica psicoanalítica, manteniendo la esencia del análisis y produciendo efectos de división y resonancia que, según el autor y quienes mantienen el diálogo con él en este seminario, difícilmente se alcanzarían en el consultorio tradicional. A través de sus reflexiones, J. Chamorro sostiene que la cuestión radica principalmente en la interpretación, más allá de la presencia física o la visibilidad del analista. En este sentido, la posibilidad de ver o no ver al otro puede introducir ciertos matices, pero no parece ser esencial. La práctica telefónica, según Chamorro, no presenta impedimentos significativos respecto a la división del sujeto y la interpretación, y muchos aspectos del análisis se sostienen perfectamente tanto por teléfono como de manera presencial. También es cierto que la ausencia del cuerpo introduce una variable que debe ser investigada en sus consecuencias. Esta obra invita a los psicoanalistas a reconsiderar la importancia de la voz y la escucha en la transferencia. J. Chamorro argumenta que, aunque algunos han sostenido antes de la pandemia la práctica telefónica, "el contexto de la pandemia ha ofrecido una oportunidad única para explorar sus alcances y consecuencias en un entorno que desafía nuestras concepciones tradicionales del espacio analítico."

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Seitenzahl: 657

Veröffentlichungsjahr: 2024

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PSICOANALISTAS AL TELÉFONO

Jorge Chamorro

PSICOANALISTAS AL TELÉFONO

Página de legales

© Grama ediciones, 2024.

Manuel Ugarte 2548 4° B (1428) CABA

Teléfono 4781-5034

[email protected]

http://www.gramaediciones.com.ar

@ Jorge Chamorro, 2024.

Chamorro, Jorge

Psicoanalistas al teléfono / Jorge Chamorro. - 1a ed - Olivos : Grama Ediciones, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-631-6643-10-0

1. Psicoanálisis. I. Título.

CDD 150.195

Seminario “Psicoanalistas al teléfono”

Dictado durante el 2020.

Dirección general: Jorge Chamorro

Gestión de los encuentros: Carlos Vilaseca

Colaboran: Lucila Pereyro, Analía Trachter, Daniela Detta,

Carla González y Carlos Vilaseca

Desgrabación y revisión: Carlos Vilaseca, Lucila Pereyro, Daniela Detta,

Marcos Benedini, Mariana Calancha, Adriana Bruges, Carla Camurati,

Héctor Frattini, Belén Ibalo, Lili Calligros, Estefanía Bonifacio, Paula Williams,

Betania Xamo, Analía Villamayor, Mirta Mikolaitis, Marina Parreño,

Brígida Grifin, Analía Trachter, Graciela Falco, Marcela Piaggi, Mikolaitis,

Juana Posse y Mariela Colomietz

Establecimiento: Alejandra Glaze

Diseño de tapa: Gustavo Macri

Primera edición en formato digital

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

Hecho el depósito que determina la ley 11.723.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por medios gráficos, fotostáticos, electrónicos o cualquier otro sin permiso del editor.

Índice de contenido

Portada

Portadilla

Legales

Presentación

1. La división del sujeto

2. ¿Qué es un psicoanálisis lacaniano?

3. El silencio en la interpretación

4. Psicoanalistas activos

5. La causalidad

6. Lo que hacemos con los niños en análisis

7. Una nueva pareja

8. Parejas

9. Pandemia y real

10. Real y pandemia

11. Ética y moral

12. La ética y su relación con lo real

13. Qué es leer

Clase final. Serenidad

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Puntos de referencia

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Tabla de contenidos

Comienzo de lectura

Presentación

Este texto es el reflejo de la primera parte del Seminario que comenzó una vez desatada la pandemia. Está guiado por un axioma: los psicoanalistas tienen el imperativo de sostener el psicoanálisis y, por lo tanto, la relación con la palabra bajo cualquier circunstancia. El aislamiento abrió un camino inédito que es la virtualidad. Nuestra clínica se hizo posible a través del teléfono, del video y del Zoom. Este último se desplegó en la enseñanza. En mi caso, no tuve ninguna duda y, sin vacilación, invité a mis analizantes a continuar sus análisis en forma virtual, sin ofrecerles ninguna otra opción. Un pequeño grupo que trabajaba en mi consultorio desde hacía años fue la base sobre la cual se abrió este Seminario.

La insistencia de uno de sus miembros, Carlos Vilaseca, para que retomáramos el trabajo vía Zoom, me convenció.

Ocurrió un fenómeno inesperado: una catarata de pedidos de inscripción fue agrandando este pequeño grupo hasta convertirlo en un Seminario con 1100 inscritos. El clima de trabajo y de participación me resultó conmovedor y se constituyó en causa de mi propio entusiasmo.

Un equipo formado por Daniela Detta, Analía Trachter, y Carlos Vilaseca sostuvo la estructura necesaria. A este equipo se agregaron luego una larga lista de participantes que desgrabaron las clases y me permitieron hacer un primer establecimiento. Mariela Colomietz hizo una primera corrección y Alejandra Glaze le dio el ordenamiento final que permite esta publicación.

Este espacio estuvo cargado de una cierta épica y funcionó para mí como un lugar de contacto, solidaridad y afecto conmovedor del que aún hoy sigo recibiendo efectos.

–1–La división del sujeto

En el Seminario sobre “El acto psicoanalítico”, (1) Lacan formula: “Es el analista el que autoriza el acto y lo sostiene”. Esto quiere decir que es el analista el que determina si los pacientes pasan, dónde pasan y si continúan su análisis. Melanie Klein adoptó este enfoque durante la guerra, y nosotros también podemos sostenerlo actualmente. El asunto es si el analista ha considerado durante mucho tiempo que esta es una forma bastarda de usar el psicoanálisis. Personalmente, estoy en total desacuerdo desde hace rato con esta idea. Para mí, el psicoanálisis tiene su lugar cuando la palabra está en juego, y no importa por qué medio se hace presente. Los que se oponen a este tipo de prácticas, que son muchos, ahora la están practicando. Pero la están practicando bajo la premisa de “No estoy haciendo psicoanálisis”. Entonces, mi pregunta es: ¿qué es hacer psicoanálisis? Es crucial determinar si lo que realizamos a través del teléfono califica como psicoanálisis. Según mi perspectiva, para definir lo que es o no es psicoanálisis, especialmente el lacaniano, ya sea telefónico o presencial, se requiere necesariamente que el sujeto se divida.

No hay psicoanálisis lacaniano, ya sea telefónico o de cualquier otra forma, si no hay división. Entonces, por teléfono o por cualquier otro medio practicamos la división. Para los que no me escuchan habitualmente; ¿qué es la división? Es el pasaje entre “lo que quiero decir” y “lo que digo”.

El analista se centra en lo que el sujeto dice, no en lo que quiere decir. Por ejemplo: cuenta un analizante que su pareja le dice: “Hacé esto o aquello”, a lo que él concluye: “¿Qué soy, un monito de circo?” Nos olvidamos de los problemas de pareja, y la cuestión de la virtualidad, para centrarnos en el monito. Dividir implica justamente eso. En vez de estar desplegando todos los problemas de vínculos y de pareja, ejercemos “el monito”. Y si este ejemplo no es suficientemente claro, otra persona dice: “Soy un mastodonte”. ¡Mastodonte! Terminó el encuentro con la voluntad de decir, con lo que quiso decir, y avanzamos con el Mastodonte. Que es una palabra muy particular, un tanto antigua, para decir “Soy muy grande”. Recuerden también que nosotros usamos las metáforas no en el sentido figurado, que es el que usa el yo, sino en el sentido literal, que es lo que el sujeto dice con las palabras que usa.

Me pregunto: ¿es posible realizar esta práctica a través del teléfono? ¿Se puede o no se puede?

Me canso de hacerlo todo el tiempo. Cabe destacar que, aunque menciono el teléfono, esto también aplica a Skype o cualquier otro medio que incluya la imagen. Esta preferencia no es definitiva; es simplemente mi enfoque personal. Prefiero el teléfono, ¿por qué? Durante mi intervención, tendrán la oportunidad de compartir experiencias y reflexiones sobre este tema. A mí me parece que el Skype, al hacer presente la imagen del analista y del paciente, es intrusivo. Mediante la cámara, invadimos el espacio personal del otro; ya sea que yo entre en la casa de mi paciente o que mis pacientes entren en la mía. Es lo contrario a la imagen del analista y del paciente ligados a una voz. ¿Dónde está el cuerpo? Lacan dice que el objeto a, en este caso la voz, es profundamente corporal. Por lo tanto, el cuerpo está en la voz, siendo una de las tantas manifestaciones del cuerpo que no harían imprescindible la presencia del cuerpo imaginario, es decir, del cuerpo reflejado en el espejo. Esta es la posición desde la que opero, enfocándome en el objeto a como voz y cuerpo. Para ilustrar este punto, hago referencia a la película “Her”, donde se destaca la extraordinaria voz de Scarlett Johansson. La voz puede hacer cosas impresionantes, es la causa a partir de la cual el sujeto puede desplegar una serie de sentimientos y actos.

El teléfono y la voz

Entonces: el analista autoriza, el teléfono es el medio, y en consecuencia, no existe inconveniente alguno en dividir repetidamente. Otro aprendizaje proviene de mi práctica de muchos años. De hecho, entre los presentes, hay personas con quienes he trabajado en psicoanálisis durante cinco años o más, y apenas los conozco. Quizás las he visto una vez o dos, pero no tenemos contacto. Y yo me pregunto: ¿qué lo sostiene? Lo sostiene firmemente el trabajo telefónico. Por ello, concluyo que algo significativo ocurre, y yo no entablo conversaciones casuales con los pacientes, ni por teléfono ni en persona. A esta altura, es una práctica casi natural. Incluso me preguntaba, un poco en broma, si ahora que uno analiza por teléfono, y ni los pacientes ni yo tenemos que viajar, ¿continuaremos de esta manera una vez que todo vuelva a la normalidad? [Risas]. Si uno se acostumbra, se demuestra que funciona. No obstante, veo el siguiente peligro: que funcione tan bien que los consultorios se vuelvan innecesarios. Veremos. En el contexto actual, todos estamos amenazados y en cierta forma escondidos, unos más otros menos. “Escondidos” en el sentido que también hay distintas edades involucradas, y un experto llamado Pollack me advirtió: “Vos borrate de todos los lugares hasta que se cure el último, no podés salir de tu casa ni un minuto, ningún día”. Esto aplica a todas las personas de sesenta y picos de años en adelante. Y se extenderá por meses, no serán quince días, un plazo que el gobierno puede proponer por razones que trascienden la pandemia, relacionadas también con necesidades económicas que, a su vez, también pueden resultar letales. Así, el gobierno va a autorizar la circulación, pero muchos de nosotros no podremos hacerlo con la misma libertad debido a que la pandemia continúa contagiando gente.

Este real que se nos impone, es lo que llevó a Freud a señalar las condiciones desfavorables para el psicoanálisis. Cuando la realidad se impone con fuerza, es muy difícil dividir al sujeto, decir necedades, especialmente cuando la muerte está cercana y no es fácil diferenciarla de los fantasmas. En ese punto, en mi práctica actual, a diferencia de otras ocasiones, muchos pacientes hablan y hablan, y de hecho, una sola no volvió al análisis, pero todos los demás están trabajando conmigo. Esto me condujo a modificar mi enfoque y mi manera de intervenir. Y aquí les invito a compartir sus propias experiencias y enfoques de intervención, así como lo que deseen transmitir sobre este tema.

¿Qué es la realidad?

Este real que se nos impone, no favorece fantasmatizar los dichos, y empecé a entender que se generaba en cada encuentro telefónico una especie de conversación, que no es lo nuestro. Hablar y conversar sobre los acontecimientos actuales, cuántos infectados o muertos hay hoy y cuántos habrá mañana, se convirtió en el antipsicoanálisis. Es para conversar en la familia, en el café o con los amigos, pero no en el análisis. Para que eso aparezca como un síntoma, hay que formular la consigna adecuada. Les comparto la mía: al observar que las sesiones telefónicas se desviaban hacia conversaciones que ocupaban casi todo el encuentro, en las cuales uno terminaba involucrándose (por ejemplo, comentando lo que dijo el médico), decidí adoptar un nuevo enfoque. Inicio las sesiones preguntando: “¿Hoy sobre qué vamos a hablar?” Si alguien responde, como muchos lo hacen: “¿De qué otra cosa vamos a hablar?”. Le digo: “Ah, veo que ese es su problema”, señalando su fijación a los eventos actuales. ¿Qué significa esto? Lacan dice: “Cuídense de comprender”, es decir, cuídense de entender que esta situación es algo complicado para mucha gente, o para todos, por lo que no se puede dejar de ver el televisor. Eso hace síntoma en todos nosotros, de una forma para unos y de otra para otros. Por ello, cuando pregunto: “¿Hoy sobre qué vamos a hablar?”, lo que realmente estoy diciendo es: “Cuídense de comprender”. Varios pacientes me plantean: “¿Y de qué vamos a hablar?”, refiriéndose a los eventos actuales. Uno de ellos, hoy mismo, lo propuso de manera sorprendente, casi cómica de tan extrema. “Vamos a hablar de lo que ocurre en el planeta. Porque esto es planetario”. Esto revela un enfoque típicamente obsesivo, donde el yo se percibe distante, centrando la atención en el planeta. Mi respuesta fue: “Perfecto, hablemos de planetas”, de su relación a los planetas, desviando la conversación de lo que ya sabemos de la pandemia y demás, para focalizarnos en el planeta, que es el significante clave. Cuando cortamos le dije: “Planeta es nuestra clave de hoy”. Entonces tratamos de extraer esos significantes y de dividir. Pero el sujeto me dice: “Esto es todo el tiempo así”, a lo que respondí: “Todo el tiempo. Usted está pegado a esto”. “No, es mi mujer”. “¡Ah! Es su mujer”. “Sí, porque mi mujer prende la televisión mientras estamos comiendo, y cuando le digo que la apague no lo hace. Le sugerí entonces centrarnos en su relación personal invitándolo a descender del planeta y a hablar sobre su sujeción a su mujer. De este modo, el paciente comenzó a ver la preocupación por la pandemia como algo vinculado a su esposa, lo que lleva a una reflexión acerca de la obsesión por estar constantemente informados. Esto demuestra que una cosa es que realicemos la práctica y conversemos sobre el coronavirus, y otra cosa es que marquemos bien claro de qué vamos a hablar en una sesión, y el que quiera hablar del coronavirus se tendrá que hacer cargo de por qué de centra solo en eso. Es decir, si está haciendo o no un pequeño síntoma de obsesión.

Imperativo o elección

Existe un tema crucial en la transición de las sesiones presenciales a las virtuales. No ofrezco el paso a sesión telefónica, ya que el analista no ofrece nada, más bien, impulsa la elección forzada del paciente, no la elección forzada de él con el paciente. O sea, que se haga cargo del forzamiento que permite y da la trayectoria del análisis. Por lo tanto, la consigna establece un marco en el que, si el sujeto se centra exclusivamente en un tema, se explorará dicho enfoque y sus monoconversaciones y sus monotemáticas. En ciertos sujetos, aunque no en todos, cuando corremos esa cuestión aparece un vacío, un vacío de actividades, etcétera. Incluso una persona me habló de un vacío de aburrimiento. O sea que se entretiene, goza –como decimos nosotros– con esa historia, con todo lo que nos ofrece la televisión, todo lo que nos preocupa, que se nos ofrece para gozar y encubrir lo mismo de siempre, el vacío existencial de todo neurótico. De este modo, esta situación se presenta como una gran oportunidad para cubrir dicho vacío mediante la distracción en estos temas.

Al mismo tiempo, sabemos que el vacío cumple una función fecunda, al igual que los fantasmas. Los fantasmas que se activan al estar confinados en nuestras casas, son muy interesantes, porque son causa de un trabajo, siempre que uno no se hunda en ese fantasma. Hundirse en el fantasma, por ejemplo, podría manifestarse en la creencia de que el confinamiento nos convertirá en amas de casa dedicadas únicamente a tareas domésticas. Ese fantasma del ama de casa, registrado, subrayado, provoca que en el encuentro siguiente la persona se involucre en actividades que contrarresten ese percepción. De hecho, yo estoy aprendiendo a limpiar baños, porque no tenía esa experiencia, y otras cosas más. Y ahora también me interesa aprender a cocinar, dado que antes no sabía ni freír un huevo. Cada uno inventa lo que puede.

Durante los primeros días de esta situación, la impresión era que parecía haber tiempo para todo, incluida la lectura de novelas, lo cual también destaca el valor de la ciencia y la técnica, vilipendiada por sus efectos negativos, pero no suficientemente valoradas por las posibilidades que ofrecen. En medio de esta especie de guerra que enfrentamos, estas herramientas nos permiten reinstalar y activar diversas actividades. Por ejemplo, recientemente, tuve tiempo libre para leer, pero en los últimos días he estado ocupado debido a la reactivación de compromisos a través de medios digitales, como impartir una clase en el ICdeBA o participar en esta reunión. Es decir que comienzan a activarse todas las actividades que la ciencia nos permite. Digo vilipendiada porque siempre se hablan de los daños de la ciencia, lo cual también es cierto, pero no se habla de lo que la ciencia y la técnica nos permite, sobre todo en este caso.

El corte de la sesión se maneja de la misma manera que en el consultorio. La sesión termina cuando aparece el dato crucial, ya sea “mastodonte” o “monito de circo”. En ese momento termina la sesión. Sin embargo, sabemos también que eso no es suficiente por sí solo, hay que dar un paso adicional para estimular al sujeto a utilizar esos datos que han surgido en la sesión, que le permitan avanzar, y no que se cierre solamente en esos hallazgos. No tengo la menor idea del destino de esto, ni si se va a repetir. Para mí es totalmente novedoso lo que ocurrió con el llamado Zoom, y veremos si habrá repetición. Alguien me preguntó: “¿Hay que pagarlo?” La idea de que hubiera que abonar por este servicio ni si quiera se me había cruzado por la mente. Es algo que surgió de manera espontánea, en mi opinión, una respuesta psicoanalítica ante un síntoma que la realidad nos impone y que es “el uso del teléfono y de la voz”.

Iniciamos ahora una instancia de comentarios y preguntas. Invito a aquellos que puedan y estén interesados, en caso de que haya una segunda sesión, a compartir también sus propias experiencias relacionadas con estos temas. Esto podría incluir la presentación de casos y de análisis pertinentes.

Diana Paulozky: Yo me acordaba de una frase de Lacan en “El atolondradicho”: “Todas las jugadas están permitidas” (2) cuando se puede justificar el fin, tema sobre el que me gustaría trabajar, y quería subrayar dos cosas. Primero, que lo que dice Jorge acerca de la formulación del analista es muy importante, porque si el deseo es el que mueve la cura, la forma en que lo formule va a producir efectos o no. Deberíamos pensar qué pasa en la clínica de cada uno para los que dijeron que sí, o para los que dijeron que no. En segundo lugar, me parece muy interesante poner a discusión la cuestión de que la voz tiene cuerpo como objeto. Al respecto, he escuchado a muchos analistas, a quienes podría llamar “ortodoxos” –aunque sea una palabra muy antigua–, que plantean que el goce solo es posible si hay cuerpo. Y plantean esta cuestión desde Aún, siguiendo a Lacan, insistiendo en que sin el cuerpo no hay posibilidad de análisis. A mí me gustó mucho esto que subraya Jorge respecto a que “la voz tiene cuerpo”. Incluso mientras te escuchaba recordaba un ejemplo horroroso (que no es de un análisis), pero nos sirve, y es que la voz de Hitler movió el mundo. Era la voz lo que manejó a cada uno de los ciudadanos. De modo que me parece interesante en esta discusión cómo conceptualizamos el cuerpo de la voz separándolo del cuerpo imaginario.

Dolores Amden: No tengo mucho para contar, actualmente estoy aprendiendo a atender por teléfono. Anteriormente, ya había tenido experiencia con algunos pacientes a través de Skype, pero lo que Jorge ha compartido es novedoso para mí y resulta sumamente interesante. Es nuevo e interesante cómo los pacientes saben que nosotros estamos en “la misma”, lo que propicia cierto nivel de identificación o conexión en el plano imaginario, ya que saben que compartimos circunstancias comunes. Me he topado con situaciones en las que los pacientes, de manera inesperada, me preguntan por mi familia. Entonces, estoy atenta a desinstalar ese diálogo que se filtra aprendiendo, básicamente, de lo que no sé.

J. Chamorro: Lo que mencionás, Dolores, es muy interesante. Los pacientes, especialmente los obsesivos, tienden a transformar la sesión analítica en una conversación. Y entonces, ¿cuál es el síntoma del obsesivo? Es reducir el Otro, con mayúscula, a una mera persona. Por eso Lacan decía: “Cuando se vean charlando con un obsesivo pateen los perros, pateen el tablero”. Esto que describís, la tendencia en las sesiones telefónicas a sentirnos en la misma situación, es precisamente lo que debemos evitar. Todo lo que yo decía va en la dirección de no consentir el “estamos en la misma”. Es decir: “¿De qué vamos a hablar?” “Yo hablaría de tal cosa”, “¿De qué vas a hablar vos?” “De los planetas”, “Muy bien, hable de los planetas”.

Justamente, nuestro trabajo analítico es no consentir al diálogo, y el diálogo es eso. Nuestro trabajo es hacer obstáculo al diálogo. Y frente a quien quiera incluirte en un diálogo, tenemos procedimientos para sostener: “¡A mí no!”. A todos nos puede suceder, pero esta distancia, aunque sea una ironía, apuesta a desarticular la propuesta neurótica de poner al analista en el lugar de un partenaire para conversar. Esta es la tensión que enfrentamos y lo que se llama el forzamiento, que implica un no comprender. No puedo entablar un diálogo porque no comprendo el mundo en que vivimos. Un tipo muy inteligente me decía: “No te hagas el vivo, que vos estás con los mismos problemas que yo”.

D. Amden: Además, en esta coyuntura, estamos todos tan atravesados por esta realidad, que es difícil no entrar en ese diálogo del “¿Y a vos como te va?”. Es necesario estar muy atentos.

J. Chamorro: Ese es el trabajo. No adoptar esa posición. Se puede entrar dos segundos, pero después a lo nuestro. No comprender quiere decir que “no me identifico al lugar del paciente”, y por lo tanto, no comparto. Se trata de cerrar la puerta a ese diálogo que se puede tener con otras personas y no con el analista. El teléfono y las circunstancias actuales se prestan, por eso tenemos que estar bien atentos.

Además, tu comentario me lleva a reflexionar sobre otro aspecto. Hay personas que han tenido malas experiencias con el uso del teléfono o con Skype, y me han indicado que no les ha resultado útil. El pasaje no es automático, a la gente le cuesta pasar de hablar con una persona a hablar con una voz. Por ello, hasta que se familiaricen con el procedimiento telefónico, hay que ayudar a hablar. Tendremos que hablar un poco más nosotros, estableciendo el marco que el paciente aún no puede concebir.

Carlos Vilaseca: En ese sentido, sería interesante considerar lo que tiene que ver con los momentos de un análisis. Porque una cosa es un paciente que está recién comenzando y haciendo entrevistas preliminares, y que todavía no se armó el síntoma ni el análisis. Otra cosa es un paciente que ya está inmerso en el trabajo de análisis. ¿Cómo abordas la utilización del teléfono en estos varios momentos del análisis?

J. Chamorro: Efectivamente, el uso del teléfono, independientemente de si es ya un análisis o aún no, requiere acostumbrarse, porque es una situación distinta. Todos tenemos que acostumbrarnos a ella. Lo que decía es que a veces hay que ayudar a la gente que no ha hecho la experiencia, que desconfía de hablar por teléfono, que suelen ser aquellos que tiene dificultades para estar en el diván porque no ven al analista. A estos pacientes les ofrecemos un marco a través de la conversación, diciendo cosas interesantes, no diciendo cualquier pavada, con el objetivo de sostener la dinámica de la sesión. En cierta forma tenemos que construir la transferencia con la sesión telefónica. Al principio, la transferencia se establece con el psicoanálisis en sí, pero ahora también debe extenderse a la conexión telefónica. La mayoría de los desconfiados con el teléfono me dijeron: “La verdad, bastante bien, yo creí que iba a ser un despelote, creí que no íbamos a poder hablar, que no se iba a entender nada”. Esto se logró activando un enfoque específico y estableciendo un marco que facilita la transición gradual hacia el análisis propiamente dicho. Me llamó la atención, en relación a lo mencionado por Carlos, que la semana pasada había hecho entrevistas a tres personas, dudando de su continuidad. Sin embargo, están los tres trabajando. Hablaba anoche con Gustavo Dessal y me decía que en Madrid –que es una tragedia lo que está pasando–, tenía fuertes demandas de análisis telefónicos. Diez personas lo llamaron en los últimos tres días. O sea que hay demanda, hay recursos, y tenemos la enorme ventaja de apreciar y agradecer a Lacan, ya que su legado nos permite seguir trabajando. Hay quienes no tienen esa posibilidad, y enfrentan la responsabilidad de empleados a los que deben remunerar sin tener actividad económica. Por ello, considero que debemos realizar una suerte de ritual de agradecimiento al teléfono que nos permite seguir trabajando, ocupados, y seguir pensando, ayudándonos a manejar el vacío que el coronavirus ha impuesto.

María del Pedro: Soy una de las que antes estaba firme todos los jueves, y últimamente iba cada tanto. Sin embargo, la modalidad virtual de este encuentro me ha permitido estar presente hoy. Estoy de acuerdo en agradecer que podemos seguir trabajando, ya que no todo el mundo puede hacerlo, y que la voz es el objeto privilegiado para nosotros. En mi experiencia, anteriormente he trabajado de manera telefónica, pero nunca he usado Skype, de modo que estoy en la línea de Jorge, y encantada de escucharlos.

Ángeles Romay: Antes que nada, agradezco infinitamente tanto a Jorge como a Carlos la posibilidad de brindarnos este modo de encuentro. Pensé que la soledad que esto supone, el aislamiento, era un modo de elaborar una formalización de esta práctica, que creo muy necesaria. Les comparto que no tenía experiencia de trabajar por teléfono ni por Skype. Opté por la videollamada de WhatsApp, desde la semana pasada, y esta modalidad se ha convertido en mi práctica habitual, dado que, al igual que muchos, no podré salir de casa por un tiempo.

Pero lo que sí observé con respecto a esta cuestión de la voz y la mirada, en realidad, es que hay que estar atentos a la distorsión que puede introducir la imagen. Hubo personas que de entrada me pidieron que fuera sin imagen, que son aquellas que no estaban en diván. Acepté esta preferencia, y en mi opinión facilita el desarrollo de la sesión de una manera distinta a si se incluye la imagen. Estas son algunas reflexiones basadas en mi experiencia reciente.

Un aspecto particular que he notado es el manejo de la angustia y cómo esta evoca en los pacientes temas relacionados con la muerte y recuerdos de situaciones traumáticas pasadas. Además, el trabajo con púberes y adolescentes presenta desafíos únicos, exigiendo que se inventen nuevas estrategias. Hoy, por ejemplo, tendré mi primera sesión con una paciente de seis años. En un caso ya hemos logrado construir algo significativo a través del relato, lo que sugiere que este enfoque podría ser efectivo. Sin embargo, todo este proceso se está desarrollando sobre la marcha.

Thamer Prieto: Como saben, actualmente resido en Bolivia, y es una ventaja la que nos permite la tecnología al poder franquear estas distancias territoriales enormes, y muy a gusto de participar en este espacio. Quería comentar mi experiencia, porque como yo vivo en Cochabamba, Bolivia, sostengo mi análisis por vía telefónica. Mi analista se encuentra en Buenos Aires. Pero acuerdo con Jorge en un fenómeno respecto a la presencia física, el cuerpo imaginario y la voz, más precisamente la voz del analista. Respecto a algo que me sucede a mí como analizante.

Desde mi punto de vista, la voz del analista tiene un efecto particular –y es algo que vengo pensando hace mucho tiempo, ya que hace dos años que sostengo el análisis de modo telefónico–. Al principio, era un poco escéptico acerca del uso del teléfono, pero hay algo que se produce por el efecto de la voz del analista –que es lo que me parece que está en juego–, en todo análisis, ya sea que uno esté presente físicamente o telefónicamente. Y el mejor ejemplo que tengo para pensarlo es una analogía con la física, a partir de la gravedad, porque yo lo que experimento en las sesiones telefónicas es un efecto gravitacional, es decir, hay algo en la voz del analista, en sus silencios, que produce una especie de gravedad en las palabras y una atracción en relación a la cuestión libidinal. Este fenómeno, en cierto modo, puede ser más intenso que en las sesiones presenciales, dado que la ausencia física del analista y el vacío que esto genera conducen a otros tipos de efectos, enfatizando ciertas palabras y resonancias a nivel pulsional de una manera diferente. Esa cosa del espejo del cuerpo imaginario y los silencios en el teléfono, han producido otro tipo de efectos y ha logrado que ciertas cosas se puntualicen de otra manera, incluso diría más, que las palabras giren de otra manera, y se produzcan efectos a nivel pulsional. Otra resonancia. Es un tema que lo estoy investigando y localizando en mi experiencia. Y a partir de ello estoy practicando con algunos pacientes esta modalidad, y por ahora se me ha hecho muy cómoda en el sentido que permite que el análisis prosiga, no se detenga, y se produzcan estos efectos que puedo vincular con un agujero negro. Esa gravedad del agujero negro que atrapa hasta a la luz, que tiene efectos en las sesiones telefónicas, pero que también se evidencia en las sesiones presenciales. Allí hay un movimiento libidinal producido por la presencia del analista, pero no por su presencia imaginaria, sino por esta vertiente de la voz misma.

J. Chamorro: Es muy interesante porque Thamer introduce la palabra del analizante. Estábamos hablando más del analista, y son interesantes las modalizaciones que Thamer plantea en versión analizante. Aunque él es analista, plantea su experiencia como analizante con una voz. Y marca una cosa bien interesante que es el agujero, la ausencia del cuerpo como un agujero. Interesante la figura y las resonancias que eso tiene en la voz, que el cuerpo esté sin aparecer.

María Pía Frattini: Lo que yo quiero plantear, siendo la primera vez que participo en este grupo, es algo que me está sucediendo en la clínica con niño, respecto al objeto voz y mirada, sobretodo en algunas situaciones de niños muy pequeños. Tengo el caso de una nena de cuatro años, donde es fundamental la voz, y también la presencia del cuerpo. La semana pasada intentamos vía Skype con mucha disponibilidad de los padres para armar un encuentro y pudimos jugar. Yo me sorprendí, era como un aprendizaje en el momento. Hace un montón que atiendo niños, pero no sabía si iba a ser viable. Me sigo preguntando, ya que esa fue una primera entrevista, y quiero ver cómo seguir con esto.

J. Chamorro: Me parece que esa es la parte interesante de nuestro trabajo, que con chicos, y aún chicos muy chiquitos, hay que inventar, y a lo mejor con chicos más que el teléfono es el WhatsApp para escribir si escribe, o para el uso de la cámara. Ahí empezamos con lo que tenemos que crear para estas particularidades que esta situación nos propone. Por eso, creo que está muy bien lo que estás haciendo, aunque me imagino que con un niño de cuatro años puede ser difícil trabajar solo con la voz.

Romina Carbone: Me he encontrado con dos modalidades según el paciente, algo que también me pasa en mi práctica habitual. Hay pacientes que están muy angustiados y que en algún momento la llamada por teléfono no fue suficiente o efectiva. Para aliviar un poco esa angustia, me sirvió no escucharlos llorar sin hablar, sino empezar a escribir, marcando algunos puntos de referencia. Ellos, al ponerse a escribir también canalizaron la tensión y lograron expresar eso que se estaba metiendo en la conversación que era el llanto, sin ninguna palabra. Y por otro lado, con pacientes que estaban en diván desde hace mucho tiempo, para mi asombro, no encontré casi diferencia en el modo en que ellos me transmitían y yo intervenía. Esa es una observación que quería compartir.

Sin embargo, tengo una pregunta: me está pasando con algunos pacientes que ante un mensaje recibo mucho agradecimiento, un agradecimiento que parece querer decir “que persona tan buena sos”. Me resulta difícil marcar que eso es parte del tratamiento y no una demostración de mi bondad personal. Me cuesta contestar o correrme de ese lugar al que el otro me convoca.

J. Chamorro: Romina, en este aspecto, la cuestión es clara. Esos pacientes tienen un fantasma de bondad y lo encarnan en vos. La clave es no creerse que uno es bueno, sino te envuelven en ese fantasma de bondad. Por lo que, tanto sea en el diván o en el teléfono, explorar ese fantasma que aloja en el lugar del Otro del analista, da cuenta de un fantasma transferencial. La cuestión es no identificarse a eso. Eso me parece fundamental.

En cuanto a la angustia, empezamos a encontrar coincidencias. Tanto en la sesión presencial como por teléfono, a mi entender, la angustia siempre tiene que encontrar un límite de parte del analista. Yo me oriento por la siguiente formulación de Lacan: “El análisis es para gozar, pero no demasiado”. Si una sesión se utiliza solo para llorar y angustiarse, termina pagando el precio de la degradación de la sesión, porque termina diciendo que asistir a las sesiones genera más angustia. La angustia tiene que tener un límite. Escuchar que alguien lloró todo el fin de semana es inaceptable; es un goce de la lágrima. Nuestro objetivo es entender ese relato como una construcción, aplicable tanto a las sesiones telefónicas como a las presenciales. Además, es difícil creer que “lloró todo el fin de semana”. La clave siempre es entender eso como fantasma. Esto vale tanto para las sesiones analíticas por teléfono como para las sesiones analíticas presenciales. Si una persona se dedica solo a llorar durante la llamada, llega un momento en que es necesario interrumpir para pedirle que hable, porque de lo contrario no se avanza. Esto vale para una forma u otra. Se puede alojar el llorar, pero no todo el tiempo. O sea que empezamos a encontrar incógnitas, creaciones que responden a las incógnitas que tenemos en esta práctica. Pero también, empezamos a encontrar coincidencias. Sin embargo, esto nos deja con el desafío abierto sobre si estas modalidades alternativas realmente constituyen psicoanálisis. Mi enfoque sigue siendo el mismo: división y división y división.

Daniela Detta: Una pregunta, respeto a la transición a consultas telefónicas, porque cuando yo transmití a mis pacientes que iba a continuar telefónicamente, algunos de ellos me dijeron que no se sentían cómodos. Intenté cuestionar un poco eso y no hubo caso, pero si se extiende la cuarentena, que es lo más probable, me preguntaba si volver a escribirles a estos pacientes y convocarlos nuevamente, y me preguntaba si eso no es invertir la demanda. Qué hacer con esos pacientes que dijeron que no, pensando que iban a ser quince días, y ahora puede ser un mes o más.

J. Chamorro: Esto es importante, es una coyuntura que permite a algunos pacientes hablar de eso. No permitiría que los pacientes se marcharan basándose en esos argumentos. Preguntaría: “¿A qué se refiere con comodidad? ¿Qué es? ¿Un cómodo?”. Acá estamos hablando de cosas sumamente importantes, relacionado con un análisis que compromete la vida de una persona, y ahora resulta que no se siente cómodo. Me parece que es una frivolidad y se lo diría así. Me gustaría que me explicara ese “no me siento cómodo”. ¿Y qué si no se siente cómodo? El análisis no es para estar cómodo. Es para incomodarse y ser incomodado. Para esos casos recomiendo ir a la esquina de mi consultorio y hacer yoga. El análisis no es para estar cómodo. Entonces interpelaría a un sujeto que dice que no le es cómodo. Obvio, en la vida muchas cosas son incómodas. Y esto que nos pasa hoy es muy incómodo. ¿Cómo manejaría esta persona el coronavirus, diciendo “esto es incómodo”, cuando lo que propone el virus es precisamente la incomodidad? Le diría: “Usted tiene pocas chances de enfrentar bien esta situación”. ¿Cómo se las arreglaría una persona que busca comodidad con este problema que enfrentamos? No se puede ir a otro lugar del mundo porque está en todos lados, y yo le recomendaría empezar a trabajar para alojarse en Marte. ¿Qué quiero decir con esto? Antes de rechazar el cambio propuesto, es necesario revisar lo que uno ha formulado y cómo lo ha hecho; después, respecto a la comodidad, es crucial interrogar qué significa para este paciente. Y, eventualmente, explorar la consistencia de la transferencia.

Como decía una ex-amiga mía: “Hay ofertas que no se pueden rechazar”. Y rechazar la oferta del analista de continuar el análisis es una transgresión. Y actúo como tal. No dejaría de señalar su relación con la transgresión y la comodidad en su vida, alterando un proceso de años al decir “no me resulta cómodo”. ¿Y el coronavirus? ¿Le resulta cómodo? Por eso, la idea de la incomodidad es fundamental. Se supone que una persona analizada, que no viene de la estratosfera, ha aprendido a lidiar con la incomodidad. ¿Qué es la incomodidad? Nosotros, en el análisis, incomodamos a los pacientes todo el tiempo. Entonces, ¿cómo puede ser que alguien reivindique la comodidad, cuando he estado incomodándolo durante diez años? Es incurable, por lo tanto, la recomendación es practicar yoga. Lo que quiero decir es que utilizamos los argumentos para el análisis. Así que, esto que planteas lo continuaría a través de WhatsApp, por ejemplo. Le preguntaría: “¿En qué hamaca paraguaya está alojado? Usted, que valora tanto la comodidad, ¿cómo la sigue manteniendo? Y respecto al coronavirus, ¿cómo se siente? ¿Cómodo? ¿Muy cómodo? ¿Requete cómodo? Y empezaría a abordar la comodidad por WhatsApp. Si prende o no prende es otra cosa; a veces funciona a través del WhatsApp.

Analía Trachter: Quería compartir que mi experiencia también cambió mucho de la semana pasada a esta. Como mencionaba Jorge, la gente comentaba cómo estamos o cómo va a seguir esto, lo que dificultaba continuar con la tarea psicoanalítica. Probablemente fue un error de mi parte haberles dado a los pacientes la opción de que elijan entre videollamada o comunicación telefónica.

J. Chamorro: Eso es un problema, darle a elegir a un neurótico…

A. Trachter: Los que estaban en diván contestaron todos que seguirían por teléfono.

J. Chamorro: Muy bien, esos son pacientes.

A. Trachter: La segunda semana fue bastante distinta. Me enfoqué a correrme de lo que les está pasando con el coronavirus, del querer encarar un diálogo. Y lo que ocurrió es que empezaron a surgir algunas cuestiones muy interesantes que tampoco aparecían en las sesiones. Observé en varios pacientes un fantasma de soledad, que nunca había salido en sesión. Tengo muchos pacientes que están solos. Cuando empiezan a transmitir todo lo que les está sucediendo, aparece una experiencia muy distinta a lo que ellos creían que era estar solos. Y a pesar de eso, se la están arreglando mejor de lo que pensaban. Sin embargo, esta semana pude posicionarme mejor como analista. La semana anterior estaba atravesada por la contingencia de lo nuevo. Así que esta segunda vuelta fue más interesante para ambos lados, para el paciente y para mí.

J. Chamorro: Analía, este tema es bien interesante, porque solemos decir que ofrecer al yo neurótico opciones, siempre resultará en una elección equivocada. Porque el yo neurótico saltea la determinación. Nosotros tenemos que tratar de no preguntarle demasiadas cosas al yo neurótico, y convocar al sujeto, que es el que tiene las marcas del análisis, todo lo que hemos trabajado con un sujeto; incluso, el yo puede elegir descansar –lo que decía Daniela–, o puede elegir la comodidad. Ese es el yo, caracterizado por la desorientación y el desconocimiento. Por eso hablamos de la “ética del forzamiento”, que lo determina la historia del análisis, la transferencia con el analista. No le preguntamos al yo, lo hacemos responsable de esa trayectoria. Por eso no hay nada que elegir. “Elección forzada”, ¿forzada por el analista? No. Forzada por la trayectoria, y en todo caso si ustedes quieren ponerse un poquito más sofisticados, forzados por su sinthome. Es decir, por lo que ha hecho consistir el trabajo analítico. Así, la idea del libre albedrío, en contraposición, es una noción religiosa que Lacan opone al forzamiento. Por eso digamos que esto sirve para cualquier historia de análisis, pero lleva al analista a tener que preguntarle al yo: ¿qué prefiere?, ¿esto o aquello?, ¿no quiere seguir analizándose? Incluso hoy, una persona me comentó que su esposo, quien también es analizante pero ha interrumpido su análisis temporalmente (he intentado motivarlo a retomarlo), piensa que mi objetivo es seguir ganando dinero, manifestando el típico fantasma del obsesivo de ser utilizado. Le respondí que si precisaba plata yo le podía prestar y que si no quería pagar que no pagara. Por eso, un sujeto que ha sido analizado durante mucho tiempo y que ha pasado por múltiples análisis, desarrolla un yo tan fuerte que utiliza cualquier fantasma que surja para abandonar el análisis (y de esta manera no contribuir al sustento del analista que necesita trabajar).

Brígida Griffin: Voy en la misma línea de lo que se ha discutido entre Analía y Daniela. Y quiero hacer énfasis en aquella frase que dice que “las resistencias son del analista”. El domingo anterior al inicio de la cuarentena, propuse que atendería telefónicamente, pero noté que mi enunciación a los primeros pacientes sonaba débil. No les daba a elegir, pero escuché que era floja la enunciación. Lo enuncié diciendo que a partir de ese momento comenzaría a atender telefónicamente, casi dejando la decisión demasiado del lado del paciente, como si pudiera decirme que sí o que no. Entonces rápidamente empecé a sostener de otra manera la enunciación: “El análisis continúa vía telefónica”. Y en ese cambio encontré que los pacientes continuaron sin casi diferencia. Alguno me contestó por el lado de la comodidad o por el lado de que le resultaba difícil pasar a hablar por teléfono. En este caso, como decía Jorge, hice el intento de introducirlo como una cuestión singular y una dificultad que era cuestión del paciente. Y felizmente lo pusieron a trabajar y se plegaron. Solo quería comentar esto, que el análisis continúa bajo la misma modalidad que estando en presencia, con las mismas dificultades que el paciente tendrá que enfrentar, incluyendo aquellas que presenta la modalidad telefónica. Si existe alguna diferencia, esta debe surgir en el discurso y el texto del paciente, y será nuestra tarea forzar esa aparición.

J. Chamorro: Lo que plantea Brígida es bien sutil y nos enseña mucho. ¿Qué nos enseña? Que tenemos un problema con el amo. Esto nos pasa a los lacanianos, de tanto decirnos que ocupamos el lugar del objeto, cuando hay que ocupar el lugar del amo, fallamos. Brígida lo plantea muy precisamente: “yo paso a tal lado”, y se olvida de decirle cuándo nos vemos: qué día y a qué hora. En esta formulación faltó convocarlo a ir. En ese espacio el neurótico se hace una panzada: voy, no voy, lo voy a pensar. No hay nada que pensar. El pensamiento es nuestro coronavirus, nada que pensar, hay que seguir y punto. Pero en cuanto le ofrecés un dedo se toma el brazo. Entonces está muy bien la formulación de Brígida: “Yo paso”, pero tenés que agregar: “Vos también”. Tiene que ponerse en juego la elección forzada que provoca su análisis.

Tenemos una dificultad con el amo. De hecho, muchas veces nos ocurre a todos que algunos pacientes, como se dice, “pican en los techos”, y el analista sigue analizándolo y atendiéndolo una vez por semana, pero finalmente tiene que intervenir un psiquiatra para poner las cosas en orden. Por eso, a veces cuestiono la práctica de ver a un paciente solo una vez por semana.

“¿Y con quién se analiza?”, “Con fulano”, “¿Y cuántas veces va?” “Una vez por semana”. Pero cuando un paciente está desorientado, desubicado, haciendo despelotes en la vida, no basta una vez por semana. A veces esto hay que sacudirlo, y por lo tanto es en este punto donde no hay elección. Creo que Brígida nos lo dice muy claro, al mostrarnos cómo puede fallar. Qué quiere decir: que tenemos una dificultad con la figura del amo en términos de definir y dirigir. Pero hay dos formas de ejercer como amo: el amo autoritario y el amo que encarna la pulsión, que dice “esto es lo que hay que hacer y basta”. El amo en general es el que dice lo que hay que hacer, pero el amo que encarna la pulsión, también es el amo que no dice “hagamos esto…”, dice “es esto”. Por supuesto alguien puede decir que no, y se hará cargo. No es que amenazamos a los pacientes que no quieren pasar, sino que forzamos, acorralamos y proponemos una cuestión que es ineludible. No es cuestión de dejar ir a las personas ligeramente porque eligieron no venir. Entonces, ¿qué somos? ¿Nuestro amo es el yo del paciente? No. Es aquí donde tenemos que cuestionar y retener a las personas. Como decía Fernando Ulloa, un analista no lacaniano: “No hay que soltar a los pacientes”.

Es necesario sostener y apoyar a los pacientes, especialmente en circunstancias como estas. En este caos y desorden, los que han otorgado quince días de vacaciones están equivocados. ¿Quince días de vacaciones? Ante esta catástrofe, hay que sostener los tratamientos en medio de las bombas que nos caen. “Suspendí el consultorio quince días”, y entonces se dejan sueltos a todos los pacientes, angustiados, con ideas de muerte, haciendo actings mortales frente a esta situación. ¿Y tomarse entonces quince días de vacaciones? No, este es precisamente el momento de estar. Posiblemente, es gente que considera que con el teléfono no se sostiene un psicoanálisis, y por lo tanto, se patea a los pacientes, se los deja a merced del coronavirus. No estoy de acuerdo con la idea de suspender quince días el consultorio, no sirve de nada, sino que es el momento de sostener a los pacientes y avanzar en la lógica de la cura.

Julián Cánovas: Este título que pusieron de “Psicoanálisis al teléfono”…

J. Chamorro: No, se trata de “Psicoanalistas al teléfono”, porque hay analistas que siempre se resistieron al uso del teléfono y me criticaban a mí como a otros colegas. Ahora, el teléfono se ha convertido en una herramienta indispensable para ellos, les guste o no.

J. Cánovas: Vamos a discutir acerca de la necesidad de adaptarnos al uso del teléfono, y percibo que hay un forzamiento, eso fue lo que entendí. Por otro lado, pensando en mi clínica, con algunos pacientes opté por la videollamada, durante la cual ni siquiera nos mirábamos a la cara, quedando en valor solo la voz. Por lo tanto, la semana siguiente continuamos con llamada telefónica. Ese cambio significó perder cierta consistencia de la imagen que proporcionaba la videollamada, especialmente con pacientes que no estaban en diván.

J. Chamorro: Julián, no entendí bien qué pasó con la cámara.

Julián Cánovas: Que muchos pacientes me pidieron realizar la sesión por videollamada, que incluye la imagen y la voz. Pero esa imagen perdió consistencia rápidamente, porque ya nadie miraba la cámara, ni los pacientes ni yo. Por lo tanto, al próximo encuentro, les propuse pasar al teléfono, lo cual fue aceptado sin inconvenientes. Así, nos centramos únicamente en la voz.

J. Chamorro: Muy interesante, la práctica misma lleva a velar la cámara y ese encuentro de las miradas.

D. Amden: Tu aporte sobre la enunciación floja fue muy útil, Brígida, y reconozco que caí en la trampa al no abordarlo como un tema relevante para el tratamiento. Un par de veces la respuesta fue: “Como vivo en un monoambiente, y estoy con mi pareja, no tengo la intimidad como para hablar, lo dejamos para más adelante”, y no me había dado cuenta que se puede forzar por WhatsApp. Existe un aspecto importante, y es que uno puede quedarse atrapado en la realidad tangible, como es el caso del espacio reducido y el problema de la intimidad. Esto podría convertirse en un tema de análisis o ser interpretado como un síntoma. Por otro lado, no había tomado en cuenta la idea de continuar por escrito hasta que sea posible integrarlo al análisis.

J. Chamorro: Una observación, Dolores, que tiene que ver con tu propia experiencia. Hay personas que efectivamente no tienen un espacio para hablar. Algunas tienen el cancerbero encima (el cancerbero, dicen los muchachos del trap, que es el que los vigila). Antes lo llamábamos superyó. Ahora prefiero el término más moderno de cancerbero. Esta mujer está bajo la constante vigilancia del cancerbero, quien además de disuadirla de continuar con el análisis, monitorea lo que dice y lo que no dice. Entonces ella encontró dos momentos posibles para el diálogo. Por eso le ofrecí disponibilidad total, interrumpiendo lo que estuviera haciendo para atenderla en el momento en que el cancerbero se esté bañando, lo cual representa una oportunidad, o cuando al cancerbero va al supermercado a comprar víveres o a pasear al perro. Ella tuvo que construir su propio espacio para poder trabajar en él. Otro caso es el de una persona que tiene un negocio; sale de su trabajo, se dirige a una plaza enfrente y habla desde allí. Esto demuestra la creatividad de los pacientes y también la nuestra, en cómo acoger la voz del otro. En principio somos paranoicos, todos los argumentos nos parecen excusas. Como somos desconfiados (una feminista decía que siempre los psicoanalistas sospechan del feminismo, y tiene razón), siempre sospechamos de estos argumentos, evitando caer en los argumentos neuróticos para no hacer lo que hay que hacer.

Betsy Rivera: Soy de México y quería plantear dos cuestiones. Una del lado del analizante: llevo años sosteniendo mi propio análisis a través del teléfono, nunca he usado videollamadas ni nada por el estilo, solo el teléfono, ya que mi analista está en Buenos Aires. Muchos colegas que sostienen su análisis de manera presencial aquí en México me preguntan cómo se hace presente el cuerpo de mi analista en este proceso a través del teléfono. Generalmente, les respondo que no me he dado cuenta de la ausencia del cuerpo, sino que, a través de la voz, he sentido ese acompañamiento del cuerpo con sus intervenciones, con su saludo, o incluso en la despedida. Pero es una pregunta frecuente y constante, acerca de si en mi análisis no me hace falta el cuerpo de mi analista. Creo que se compensa la presencia del cuerpo del analista con la voz y las formas de intervención del analista; pero la pregunta siempre proviene de otros, nunca ha sido mía.

En México las cosas no han sido tan rígidas hasta esta semana, que se ha instaurado la fase de confinamiento. Estoy empezando a adaptar mi práctica con pacientes a la modalidad telefónica, a pedido de ellos mismos. Y tampoco he notado una diferencia significativa respecto al trabajo en mi consultorio.

Pero como analista-analizante me pasó algo muy curioso: mi analista tendrá un poco más de tiempo, porque a veces es difícil coincidir con los tiempos y los cambios de horarios, pero por otro lado tengo la casa llena, porque la familia está también en casa. Un poco lo que decía Dolores. Sin embargo, he encontrado los espacios libres para poder continuar por la vía telefónica.

Y en cuanto a los pacientes, tengo una duda, especialmente en el trabajo con niños autistas. El tema de la voz es crucial y ha sido ampliamente estudiado en el contexto del autismo, donde Jean-Claude Maleval ha investigado profundamente el objeto voz y su potencial invasividad. Estoy pensando en cómo poder dar continuidad a los pacientes autistas, considerando que ya ha sido un desafío adaptar las sesiones de análisis para ellos.

J. Chamorro: Betsy, hay un aspecto a considerar con respecto al trabajo con niños autistas. Habría que pensar hasta qué punto se puede tratar a un niño autista solo. Tal vez sea necesario involucrar a la madre y armar un funcionamiento con ambos. Esto también nos recuerda que no somos magos; hay situaciones que están fuera de nuestro alcance. Es particularmente complicado para un niño autista recibir tratamiento sin la presencia física del analista.

En cuanto a la práctica que se nos ha impuesto, siempre ha sido un punto de debate la ausencia del cuerpo del analista… Y no tenemos todas las respuestas. Nuestra práctica debería ser un camino hacia la investigación. Sería muy bueno que usáramos esta nueva práctica para ver cuáles son los efectos de la ausencia del cuerpo del analista. Ese es un eje que ha sido la principal objeción.

Jacques-Alain Miller ha planteado muchos argumentos sobre el cuerpo y la presencia del cuerpo, y está a favor de que no se puede hacer psicoanálisis sin la presencia del cuerpo del analista. En alguna ocasión, mencionó que en ausencia del cuerpo del analista los análisis son meramente simbólicos. En ese momento, me pregunté: ¿por qué son solo simbólicos? Son interrogantes a responder, y que podemos abordar como investigación. No está todo dicho al respecto. Por supuesto, hay poco dicho sobre esta práctica, y sería bueno que contribuyamos con nuestras investigaciones y casos para entender qué se pierde sin la presencia del cuerpo del analista.

Cuando Miller afirmó que la ausencia del cuerpo del analista lleva a un análisis simbólico, mi primera impresión fue que no sería tan negativo que el análisis se mantuviera en el plano simbólico. De hecho, antes de que se enfatizara el cuerpo y el goce en los análisis lacanianos, estos eran considerados simbólicos, y a mí me parecían igualmente válidos. Destacaban la importancia del significante, entre otros aspectos, lo que no me parecía mal. Sin embargo, debemos profundizar en este tema y, por ello, les propongo una investigación: “¿Qué se pierde en el análisis con la ausencia del cuerpo?”

D. Paulotzky: Ojalá que sí. Respondo esto porque me pareció un espacio sumamente enriquecedor; aprendí mucho de las intervenciones. Quería compartir algo de mi práctica que me parece novedoso. Yo propuse a mis pacientes seguir telefónicamente, porque es una práctica que realizo ya hace tiempo. Pero un paciente, al que ya había trasladado al diván, me equivoqué y le consulté qué tecnología usaríamos, y me dijo: “No, no, yo prefiero videollamada”. Me di cuenta de mi error, porque me comentó que había sido la mejor sesión que había tenido, y que para hablar conmigo se había trasladado a su auto para alejarse de su familia. Y lo que aporto como novedoso, es que creo que la pantalla, el recuadro, a la manera de una pantalla de cine, fue el marco que permitió que la angustia quede enmarcada, y es por eso que a él le vino muy bien. Es lo que traigo que pensemos para la próxima. El marco de lo que él veía fue crucial porque su angustia desapareció inmediatamente, aunque es cierto que discutimos muchos temas para alcanzar ese punto, pero me parece que el dispositivo mismo de que esté en el auto, y de que esté en el marco de la pantalla, le sirvió mucho, y es lo que pongo a consideración. Esto es similar a lo que ocurre en las películas, donde lo terrorífico se tolera mejor debido al marco de la pantalla.

J. Chamorro: Está muy bien.

Silvia Macri: Por un lado, retomo lo mencionado por Jorge acerca de que el cuerpo está en la voz. Pensaba en lo que plantea Lacan, creo que en el Seminario 10, sobre la ectopía del cuerpo, que es hasta dónde llega el cuerpo, y es hasta donde llegan los objetos que se separan del cuerpo, y en este caso, la voz está llegando como parte del cuerpo. En ese sentido, considero que hay un sustento teórico como para ver que donde está la voz está el cuerpo. Y, por otro lado, respecto a esto de los efectos simbólicos, la voz puede tener efectos en el cuerpo del paciente aunque la esté escuchando por teléfono o por cualquier otro medio. Me parece que eso no es simbólico. También lo puedo decir desde mi experiencia como analizante; he tenido muchas sesiones por teléfono, y la voz del analista tiene efectos en el cuerpo del analizante aunque el cuerpo del analista no esté presente. Está el cuerpo del analizante y es tocado por la voz del analista. Así, se verifica la idea de la ectopía del cuerpo, donde el cuerpo del analista se extiende hasta donde llegan los objetos que se desprenden de él, y con la tecnología actual, estos pueden alcanzar cualquier lugar.

Por otro lado, quiero expresar que me encanta este encuentro, y que es lo único bueno que trajo el coronavirus, la posibilidad de armar este grupo por Zoom, para que los que estamos lejos, podamos participar. Ojalá se repita.

Mirta Blasco: Quisiera añadir que, en mi experiencia, fue sorprendente que los primeros pacientes, incluso en algunos casos, se anticiparan solicitando este tipo de atención. Se trataba específicamente de individuos con psicosis. En el ámbito de la psicosis, la respuesta fue realmente muy interesante, positiva y, prácticamente, sin ninguna diferencia con respecto al trabajo en el consultorio.

Carina Licovich: Hola, gracias por este espacio. Es sumamente valioso para mí, especialmente estando tan lejos. Lo que me lleva a reflexionar es mi experiencia en Los Ángeles, ee.uu., donde dicen que el psicoanálisis no sirve, es antiguo, lleva mucho tiempo, etcétera. Estaba pensando que esto nos convoca como psicoanalistas a pensar o conservar los paradigmas del psicoanálisis. Desprendiéndonos y convocándonos a flexibilizarnos, adaptarnos y a estar presentes como una voz que tiene algo para decir en el siglo xxi y en estas circunstancias. Entonces, pensaba que este momento, al menos para mí, además de todas las particularidades de estar en ee.uu. y todo lo que eso implica, plantea la posibilidad de cuestionarnos cuáles son los paradigmas del psicoanálisis que, más allá de la coyuntura actual, siguen permitiendo que el psicoanálisis no sea solo una voz, sino también una práctica clínica que tiene mucho que decir y mucho que aportar a la salud.

J. Chamorro: Muy bien, ¿hay alguien más?

Florencia Arellano: Desde la perspectiva del analizante, el tener sesiones telefónicas no me sorprendió, ya que siempre he considerado a los analistas como una simple voz. Tal vez mi aversión por la tecnología y temas relacionados me hacía más difícil adaptarme a esta idea. Sin embargo, esta mañana, por ejemplo, atendí a un paciente al cual yo había ofrecido… [Se interrumpe].

J. Chamorro: ¿Hay alguien más?

M.Molinari: Lo que quería comentar es que, al principio, me generaba cierta inquietud la preferencia de algunos pacientes por las videollamadas en lugar de las llamadas telefónicas. Todo lo que he escuchado hasta ahora ha funcionado como una especie de supervisión para mí. Justamente hoy, a las seis de la tarde, tengo una sesión con una paciente que me dijo: “Bueno, dame tiempo para ponerme presentable”. Es una paciente que suele estar en el diván, pero la cuestión de la imagen parece ser un aspecto relevante para ella. Por eso digo que este intercambio me ha sido de gran ayuda, ya que lo que planeo hacer con esta paciente no es una videollamada, sino una llamada telefónica. Por lo tanto, les agradezco por ayudarme a reflexionar sobre esto. Estaba a punto de abordar la situación sin considerar lo suficiente el tema de la imagen. Y he concluido que la imagen no es necesaria; siendo puramente imaginaria, lo importante es la voz. Por ello, he decidido atenderla solo por teléfono.

F. Arellano: Desde el lugar de analizante, no me sorprende el uso del teléfono. Hoy atendí a un paciente que comenzó la sesión diciendo que “estamos todos en la misma”. Al preguntarle cómo lo impactaba, me respondió que siente mucha ansiedad por no tener cigarrillos. Esta ansiedad se calma cuando puede ir al supermercado chino a comprar, pero también mencionó que la posibilidad de quedarse sin cigarrillos podría motivarlo a dejar de fumar. Me pareció interesante, especialmente cuando le pregunté por qué dejaría de fumar, dado que no sabía que él fumaba, a pesar de atenderlo desde hace dos o tres años. Reveló un mandato familiar, pues su padre está enfermo de epoc, y por ende, fumar es perjudicial para su salud y podría llevarlo a la muerte. Comenzó a hablar de una especie de rebeldía contra los mandatos y de contradicción, lo que me pareció particularmente interesante dado que es una persona muy sumisa y tímida. Por lo tanto, hablar de cierta rebeldía y contradicción me parece algo nuevo, ya que nunca había surgido en las sesiones presenciales. Ese era mi comentario. Fue interesante observar cómo se desmarca de la idea de que “estamos todos en la misma”, como cuando él inició la sesión de esa manera.

J. Chamorro: Es una formulación típicamente obsesiva: “A todos nos pasa lo mismo”. Es cuestión de desarticular esa posición. Pero el obsesivo lo hace en el teléfono y fuera del teléfono. ¿Guillermo?

Guillermo Vilaseca