Psicoanalizar - Serge Leclaire - E-Book

Psicoanalizar E-Book

Serge Leclaire

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Beschreibung

Psicoanalizar sería una empresa fácil al igual que irrisoria si sólo se tratara de enseñar al paciente lo que ya sabe (la existencia de los complejos de Edipo y de castración), pretendiendo, a la vez, descubrir con él que, a tierna edad, deseó el amor de su padre o de su madre y que teme el castigo. La singularidad del deseo que el psicoanálisis busca se inscribe en la universalidad de esas estructuras; pero falta descubrirla para cada persona. Para ello es necesario precisar cómo puede concebirse la fijación de un rasgo: la constelación original no sólo encuentra su referencia en la anécdota del recuerdo olvidado o en las particularidades del relato familiar, sino sobre todo en una cifra, en una fórmula, una letra, modelos de la organización fantasmática. Para ilustrar su teoría, Leclaire toma dos casos: unos de Freud y otro de él mismo; en los que el análisis gira alrededor de una palabra, de una letra o de unas siglas que dan la pauta para la prosecución del análisis. Por lo tanto, psicoanalizar es, antes que nada, oír la palabra y asir el cuerpo de la letra.

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Seitenzahl: 275

Veröffentlichungsjahr: 2023

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ÍNDICE

PREFACIO A LA PRESENTE EDICIÓN

1.CON QUÉ OÍDO CONVIENE ESCUCHAR

2.EL DESEO INCONSCIENTE. LEER A FREUD, CON FREUD

3.TOMAR EL CUERPO A LA LETRA O ¿CÓMO HABLAR DEL CUERPO?

4.EL CUERPO DE LA LETRA O LA INTRICACIÓN DEL OBJETO Y DE LA LETRA

5.EL SUEÑO DEL UNICORNIO

6.EL INCONSCIENTE O EL ORDEN DE LA LETRA

7.LA REPRESIÓN Y LA FIJACIÓN O LA ARTICULACIÓN DEL GOCE Y DE LA LETRA

8.PSICOANALIZAR. NOTA SOBRE LA TRANSFERENCIA Y LA CASTRACIÓN

BIBLIOGRAFÍA

psicología ypsicoanálisis

traducción deJULIETA CAMPOSrevisión técnica deJUAN DAVID NASIOen colaboración con el autor

Catalogación en la publicación

NOMBRES: Leclaire, Serge, autor | Campos, Julieta, traductor | Nasio, Juan David, editor

TÍTULO: Psicoanalizar : un ensayo sobre el orden del inconsciente y la práctica de la letra / Serge Leclaire ; traducción de Julieta Campos ; revisión técnica de Juan David Nasio en colaboración con el autor

DESCRIPCIÓN: Segunda edición. | Ciudad de México : Siglo XXI Editores, 2021. |

COLECCIÓN: Psicología y psicoanálisis

TRADUCCIÓN DE: Psychanalyser. Essai sur l’ordre de l’inconscient et la pratique de la lettre

IDENTIFICADORES: ISBN978-607-03-1168-0 | E 978-607-03-1169-7

TEMAS: Psicoanálisis

CLASIFICACIÓN: LCC BF175 L4418 2021 | DDC 150.195

primera edición, 1970

tercera reimpresión, 1980

segunda edición, 2021

© siglo xxi editores, s.a. de c.v.

isbn 978-607-03-1168-0

isbn-e 978-607-03-1169-7

primera edición en francés, 1968

© parís, éditions du seuil

título original: psychanalyser. essai sur l’ordre de l’inconscient et la pratique de la lettre

derechos reservados conforme a la ley

PREFACIO A LA PRESENTE EDICIÓN

LEER A LECLAIRE, CON LECLAIRE

En 1968 salía a la luz en Francia, Psicoanalizar. Nuestra editorial lo publicó en 1970. Fue el primer libro de Leclaire. Previamente había escrito numerosos artículos pero es quizá en este libro donde surge con toda nitidez el cuerpo de su letra. No es cualquier año y no sólo por los acontecimientos políticos que cimbraron varias ciudades del mundo, entre ellas París. En el contexto del psicoanálisis francés, Lacan, su nombre, sus seminarios, sus escuelas, habían producido un parteaguas tanto en el pensamiento como en las instituciones psicoanalíticas. En aquel año, Lacan trató en su seminario el tema del acto psicoanalítico y empezó otro al cual nombró De un Otro al otro. A petición de Foucault, también organizó en la universidad de Vincennes, París VIII, un departamento de psicoanálisis, mismo que le pidió a Leclaire que dirigiera. Hacía ya varios años que Leclaire había tomado análisis con Lacan. Ésa fue parte de la atmósfera y los diversos tiempos –entre ellos, los transferenciales– que se entramaron en el momento de escribir Psicoanalizar. “Con qué oído conviene escuchar” es el título del primer capítulo. Hay algo extraño en él. Nadie más lejano a la tentación de ser un preescriptor o un maestro que Leclaire. ¿A quién va dirigido? Arriesguemos una ficción: ¿a él? “Psicoanalizar es una práctica incómoda”, sostiene Leclaire, lector de Freud, justo ahí donde el analista escucha entre la teoría y la singularidad del deseo inconsciente del sujeto. Práctica incómoda porque teoría y singularidad se niegan en la escucha. En el campo psicoanalítico, en la experiencia de la clínica, en la transferencia, “¿cómo concebir una teoría del psicoanálisis que no anule, por el hecho mismo de su articulación, la posibilidad fundamental de su ejercicio?”1 Entre Freud y Lacan, Psicoanalizar es un primer esbozo de esa teoría, que Leclaire continuó en sus siguientes libros. Entre Freud y Lacan, el cuerpo de la letra de Leclaire… y la diferancia de Derrida. Hay dos capítulos en el presente libro que pueden ser considerados como una suerte de grado cero a partir del cual se puede leer a Leclaire con Leclaire: “Tomar el cuerpo a la letra, o ¿cómo hablar del cuerpo?” y “El cuerpo a la letra o la intricación del objeto y la letra”. No hay texto posterior, sea libro, artículo o ponencia que no esté articulado a la letra, en cierto sentido, inaugural, de estos capítulos. El lector atento podrá notar las diferencias y los sutiles matices que hay respecto a los conceptos freudianos y lacanianos ahí tomados como referencia: “cuerpo erógeno”, “deseo”, “letra”, “falo”, “objeto”, “goce”, “inconsciente” (lo “real” en libros posteriores) son, en efecto, conceptos que adquieren en esos capítulos una singularidad que tiene un nombre propio: Leclaire.

Y esa singularidad que no busca lugar y nombre en las instituciones y grupos psicoanalíticos –aunque estuvo en varias– ni en las filiaciones teóricas, es la que puede leerse ya en el presente libro.

Psicoanalizar (1968) es, entonces, el primer libro de la singladura de Leclaire; El país del otro (1991) es el último, también publicado por esta casa editorial. Tres años después, en 1994, moriría. En ese libro, nos invita a hacer un viaje al país del entre-dos. La letra, su letra, siempre habitó entre-dos. Nadie mejor que él mismo para decirlo:

Mi interés es otro: es de experiencia, y me sostengo en la incesante dependencia de su alteridad plural, vibrando ante todas las formas de la polifonía: el suspenso de un silencio me anima, entre las voces ya escritas y las que faltan por componer (Leclaire, El país del otro).

Y sí, cincuenta y tres años después, las polifonías de Psicoanalizar siguen llevando al país del otro con nuevas singladuras.

OCTAVIO CHAMIZO

1 Véase la página 25 de esta edición.

1. CON QUÉ OÍDO CONVIENE ESCUCHAR

Un día el paciente, recostándose en el diván, relata la siguiente fantasía: un ladrón de comedia, ofensivamente enmascarado, con guantes negros y sombrero de ala ancha que cae sobre los ojos, rompe la vitrina de una galería de pintura y se apodera de un cuadro que representa la escena misma que se está actuando: un ladrón, vestido de negro, que rompe la vitrina de una galería de pintura, antes de abismarse en el “automóvil negro” que arranca como tromba según la mejor tradición de las películas del género; frente a esta escena, el narrador, quien aparece representado en un ángulo de la escena, afecta indiferencia y, con un gesto lento; extrae un cigarrillo de una cajetilla roja y blanca, de Craven “A”.

Aprovechando el silencio que se establece por un instante, antes de que el paciente comente su fantasía, instalémonos junto al sillón, en el secreto de las reflexiones del psicoanalista. Reconoce de inmediato, sin poder defenderse de un ligero malestar debido a cierta sensación de familiaridad, una fantasía típicamente obsesiva; esto le confirma, una vez más, su punto de vista diagnóstico sobre el paciente, y nuestro psicoanalista empieza a recordar las variantes de esa fantasía que ha podido escuchar otras veces: la interrogante perpleja, divertida o fascinante, angustiosa en última instancia, sobre las etiquetas de la “Vaca que ríe” en las que figura la representación de una vaca de cuyas orejas cuelgan, a guisa de pendientes, dos latas que llevan naturalmente la misma etiqueta en la cual figura la misma representación duplicada, y así hasta el infinito; es también, imagina nuestro analista, atormentado a esas horas por el apetito, la repetición en innumerables facetas de la etiqueta de los vinos Nicolas, en la que “Néctar”, el mandadero, lleva en las manos sendos abanicos de botellas y cada una marcada con la misma representación; en los términos más puros esa fantasía se funda, piensa también el analista, en una disposición real que produce su propia estructura, cuando el sujeto se encuentra colocado entre dos espejos casi paralelos: de cada lado la imagen se reproduce, de frente y de espaldas, en una serie infinita. Pero el analista no puede dejarse arrastrar a esas trampas obsesivas: tiene que escuchar lo que así pretende decirse; la representación de los juegos de espejos le evoca el problema de la identificación y lo refiere al trabajo princeps de Lacan sobre “El estadio del espejo como formador de la función del yo” (Lacan, 1966: 93-100).

Pero ¿qué puede hacer en este caso con los recuerdos que conserva de ese texto notable? y, por otra parte, ¿por qué habría de dejarse fascinar a su vez por esa evocación de los juegos posibles del espejo? El psicoanalista siente deslizarse, en ese corto intervalo, por el hilo flotante de su atención; reacciona. En la escucha del discurso de su paciente debe estar atento al deseo –inconsciente– que se dice; tal ha sido el partido que ha tornado al hacerse psicoanalista; entender algo más que la simple significación de las palabras pronunciadas y poner en evidencia el orden libidinal que manifiestan. Por lo demás, la forma misma del discurso que acaba de hacerle su paciente, una fantasía, debería incitarlo naturalmente a ello y ser por lo menos un signo de que su interlocutor se adapta a las reglas del juego analítico de decir, sin restricción voluntaria, todo lo que le viene a la mente. Así, el hecho mismo de que el paciente, ese día, en vez de enumerar, una vez más, el encadenamiento lógico inexorable de sus preocupaciones, relate una fantasía onírica, testimonia cierta aceptación de la posición de su interlocutor. El psicoanalista debería alegrarse, pero no lo hace, porque presiente que esa fantasía encubre intenciones de seducción para con él, un poco como si el paciente dijera: “¡Ah! He aquí una historia que le interesará, pertenece a su campo”. Y el psicoanalista empieza a añorar, frente a tal forma de convivencia, al paciente menos socarrón, o menos informado, que dice lisa y llanamente, antes que su interlocutor haya abierto siquiera la boca: “Pues lo que es yo, doctor, no creo en sus historias”.

Pero he aquí que nuestro psicoanalista, en ese corto intervalo de silencio, el tiempo apenas para un pensamiento, se deja llevar de nuevo por sus problemas en tanto que analista: otra vez se recupera, más sobrio, más preciso. Se dice: “Muy bien, estoy a la escucha de su deseo, y no oigo tan mal, puesto que acabo de percibir una intención seductora; si intenta seducirme, es sin duda para ‘poseerme’, para aprovecharse de mí o, con mayor seguridad, para neutralizarme, porque teme lo que yo pudiera hacer o decir. Me encuentro en terreno seguro y conocido: el temor es seguramente de castración, que aparece en respuesta a ciertos deseos edípicos; es natural, puesto que mi paciente sabe, más o menos confusamente, que estoy precisamente a la escucha de sus deseos; que, un poco más, y se imaginaría que estoy aquí para provocarlos, convertido a mi vez en seductor.”

En el sillón surge la paz: nuestro psicoanalista ha encontrado las dos referencias principales que lo ayudan a sostener su posición en toda circunstancia: Edipo y la castración.

Pero la euforia es breve: esta vez el silencio se prolonga, y sería casi el intervalo de un segundo sueño; lo que el analista esconde, abriendo por fin la boca, con un “sí’’ evasivo, más interrogante que aprobador. Nada, por parte del paciente, le responde de inmediato, lo que permite a su interlocutor poco indiscreto la oportunidad para proseguir interrogándose sobre su practica presente; ¿qué decir más, por el momento, salvo ese sí de espera, ya que sería sin duda prematuro, y sobre todo azaroso, denunciar su intención seductora, aunque nuestro analista piense en ella, por lo mismo que en la práctica se recomiende justo intervenir preferiblemente “en el nivel de la transferencia”, es decir, justamente en el nivel de lo que se hace evidente del deseo en el marco de la sesión? Entonces, todo sucede como si el psicoanalista hubiera hablado en alta voz, y el paciente le responde como hombre advertido de los rudimentos de la teoría y la práctica psicoanalíticas, como sucede en la actualidad con la mayoría de las que se someten a un análisis.

El analizado toma de nuevo la palabra, poniendo fin a un silencio que no ha durado más de dos minutos, para contar, con cierta amargura, que esa fantasía se relaciona sin duda con la larga visita que hizo recientemente a Iolas, una galería de pintura, en la que admiró particularmente, y soñó con adquirir, un cuadro de Magritte. Desgraciadamente, lo que le cuesta su tratamiento excluye por un tiempo cualquier compra de ese género y ése es un impedimento que podría llevarlo a la cólera más violenta, sobre todo si se pusiera a pensar que el analista sí podría adquirir un cuadro semejante, precisamente con los honorarios que le está pagando. En seguida añade, además, que no le faltó la oportunidad, mientras esperaba en la antesala, de imaginar que podría llevarse una revista de arte o sustraer una de las estatuillas expuestas en una vitrina o, lo que hubiera sido lo más delicioso del mundo, romper una jarra que se encuentra allí. Después prosigue en silencio esas evocaciones violentas.

Nuestro analista se siente colmado: no sólo el paciente, mediante sus asociaciones, ofrece espontáneamente la actualidad de esa dimensión transferencial,1 expresando las emociones que experimenta en el marco del tratamiento y en relación con el analista, pero sus manifestaciones ilustran o confirman lo bien fundado de una secuencia muy conocida de quienes practican el análisis: frustración, agresión, regresión.2 En efecto, el analista reconoce lo que le ha sido enseñado de la manera más académica, o sea que la situación analítica, que no debe responder de ninguna manera a las demandas del paciente, éste la resiente necesariamente como “frustrante”3 y que, como tal, debe suscitar las reacciones agresivas del paciente, el cual, colocado por el protocolo del tratamiento en la imposibilidad de satisfacer sus (im)pulsiones, no puede sino “regresar” a modos de reacción más arcaicos.

Sin duda el analista no sabría explicar esa secuencia académica a su paciente, pero no puede dejar de reconocer en ella un encadenamiento conocido y, si todavía es un poco novicio o ingenuo, no dejará de sentir cierta satisfacción por ello, por lo mismo que esa referencia a una secuencia descrita por los autores clásicos le da la sensación de haber hecho lo que debía en ese caso concreto. Pero afanoso, como lo estaba un momento antes, “por interpretar en la transferencia”, no dejará de aprovechar la oportunidad, y hay que decir que todo lo inclina a ello. Desde luego, no ha olvidado los relatos en los que el paciente se describe en la niñez, rabioso por no poder encontrar entre las cosas de su padre la llave que abre la gaveta del escritorio donde sabe escondida la pistola, lo mismo que se acuerda, en la misma serie de evocaciones, de cuando se deleitaba con el manejo de un encendedor que sustraía del secrétaire, más fácilmente accesible. Además, nuestro analista ha sabido captar de pasada lo que el nombre de la galería Iolas, tenía de singular, por ser el anagrama de Laïos (Layo): no queda duda acerca de las intenciones homicidas del Edipo en potencia (o en vela) que es el paciente (como todo paciente), que sólo plantea el enigma de esa inversión de “Io” y de “la”, precisamente en ese contexto.

Es pues la ocasión que se ofrece, “en la transferencia”, de hacer surgir el carácter siempre actual de los sentimientos de rivalidad violenta hacia su padre, en torno a la posesión de un objeto simbólico, tan real y tangible como imaginario, e infinitamente misterioso. Nuestro analista, no menos afanoso por no sugestionar a su interlocutor y, por lo tanto, por no decir demasiado (mucho menos cuanto más cosas piensa), se limita entonces a una intervención de las más clásicas, en el límite mínimo de la interpretación propiamente dicha: “Hay que observar que usted tiende a expresar –y a callar– sentimientos violentos hacia mí, acerca de objetos que usted codicia, sentimientos que no dejan de evocar la rabia impotente que usted manifestaba cuando su padre o, en ciertas ocasiones, su escritorio, se resistían a sus deseos”; y añade, insinuando: “¿Que era, pues, lo que se trataba de tomar?”

La intervención es justa y acorde con las reglas más académicas, pero apenas es interpretativa, salvo por lo que se sobreentiende. El analista se ha mostrado, en efecto, demasiado tímido y no tardará en comprobar los efectos de su discurso. Los sentimientos “agresivos” de su paciente encuentran sin duda un aliento para manifestarse, pero quizá no exactamente coma sería deseable; es buena la ocasión para dejar en la sombra su verdadero objeto, aun expresándose en tono irónico, ampliamente nutrido por la sustancia de esta intervención.

“Así, pues –dice en sustancia a su interlocutor fingiendo sorpresa–, yo habría experimentado realmente sentimientos hostiles hacia mi padre, que me impedía apoderarme de algo que le pertenecía; tengo la intuición de que debe tratarse no sólo de su pistola, ¿por qué no decir de su pene?, sino también y sobre todo de su mujer, mi madre; de donde habría de inferir que tuve el deseo de poseer a mi madre. ¡Qué descubrimiento…! ¡Y qué irrisión! “Es evidente que, aún antes de comenzar el análisis, el paciente sabía, como lo sabe todo el mundo en la actualidad, que había vivido una situación edípica; por eso, lo que le dice el analista es tan cierto como irrisorio, y sólo se basa en la idea del privilegio de un presente que debería subrayar el acento que ha puesto la intervención sobre el carácter actual, transferencial, de las emociones agresivas. Pero no es menos evidente que el paciente, en ese caso, tiene legítimamente la sensación de ver colocado sobre su relato una especie de cancél de precomprensión por el que entrará necesariamente todo lo que pueda ocurrírsele, para ordenarse en ciertos estereotipos, poco numerosos, siguiendo el modelo de Edipo o de la castración. Por lo demás, con su agresiva ironía no se priva de forzar la nota para confundir a su interlocutor; subraya el elemento “cuadro” de su fantasía onírica, en tanto que representa en segundo grado la escena del sueño, cuyo punto focal es al mismo tiempo, y se complace en imaginar lo que Michel Foucault, en lugar del analista, habría podido hacer con esa “representación de la representación” cuando escribía “Las meninas”.4

Dejándose llevar entonces, un instante, por el culto de un principio bien conocido según el cual son los pacientes quienes siempre se equivocan, nuestro analista no quiere oír en estas últimas palabras sino una manifestación de resistencia del paciente al impacto de alguna verdad que afectará demasiado vivamente su inconsciente. Y, sin embargo, en cualquier hipótesis, sea que el analista persista en pensar que ha dado en el clavo o que reconozca que se le ha escapado la carne viva de aquello que está en cuestión, no le queda más que precisar la naturaleza de ese punto sensible, pues no podría ser “la agresividad’’, la “rivalidad” o el “temor a la castración” en su valor general de verdad. Lo mejor en estas circunstancias es siempre, para el psicoanalista, una vez pasado el estado de ánimo del que se supone que no debe experimentarlo, volver a las palabras del paciente: y resulta justamente que, incluso en su expresión irónica, evocando a un Michel Foucault analista, el psicoanalizado pone el acento en un término del sueño, el cuadro. Todo invita, pues, a interrogar sobre ese punto focal; hasta ahora el paciente no lo ha evocado sino a través de su autor, Magritte e, imprecisamente, por su tema, un cuerpo de mujer. “¿Y qué me dice usted de ese cuadro?”, puntualiza entonces el analista en tono interrogativo.

Es una mujer hecha de piedras ensambladas, como un monumento, en su cuerpo se recorta una forma de pájaro planeando, inmóvil, enmarcando el mar. Sorprendente composición que se ofrece a un sinfín de interpretaciones posibles que convergen todas, fascinadas por esa huida hacia el mar. Pero esta composición se muestra todavía más sorprendente cuando se descubre que no es obra de Magritte sino invención del paciente, que reordena a su manera temas familiares al pintor: toma prestada la mujer, quizá, de la estatua de las Flores del mal, o quizá de ese tronco de piedra venusino, tirado en la playa, cuyo título es Cuando suene la hora; las piedras ensambladas se encuentran, macizas, en la pared carcelaria (donde se inscribe una mesa con mantel blanco) de La amable verdad; en cuanto al pájaro, es la figuración fiel e inversa del Ídolo, pájaro petrificado que planea al borde del agua y de una ribera pedregosa.5

Con esta ventana que da al mar, recortada con una mujer-monumento o prisión, el análisis se abre a la dimensión de su verdad singular; ahora hay que seguirlo en los meandros inesperados de sus desviaciones. La rotura del vidrio en el sueño no sucede sin recordarle al paciente una caída a través de un invernadero y la herida profunda que le quedó. Pero nuestro analista no se apresura, esta vez, a cerrar su entendimiento por el recurso al término de castración, y deja sabiamente que prosiga el discurso; esta rotura recíproca de la superficie vidriada y del cuerpo a la vez, comenta de un modo activo la apertura en el muro de piedra de la prisión-cuerpo-de-mujer. Y entonces viene la evocación de las composiciones de la arquitectura, masas, volúmenes y aperturas: esas ventanas de los cuadros de Magritte reavivan el recuerdo de una fotografía de viaje donde aparecen, netamente dibujados, los vanos regulares en la masa tranquila y cuadrada del campanario de la iglesia de Cravant.6

A la escucha, ahora más libre de prejuicios, el analista no se deja arrastrar por la fascinación de los juegos de apertura y puede oír literalmente el nombre de Cravant como un remiendo afrancesado –u obtemperante en la “A”– de los Craven “A” del sueño. No sin “razón”, por lo demás, ya que en varias ocasiones, para expresar la comicidad del efecto producido por la escena duplicada del cuadro del sueño, el paciente había repetido que era “crevant”,7 para ligarlo después con otras situaciones “crevantes” de estructura análoga, donde el término inconsciente se revela, inesperado, suscitando la risa,8 al borde de la angustia. Aquí, para la interpretación, cuyo tiempo oportuno conviene no perder, bastan dos palabras: “à crever” [a reventar] lanzadas como un eco, que tocarán al paciente en lo más vivo, revelando por espacio de un instante lo más secreto de su intención inconsciente de desfondar, “reventar” [crever], el cuerpo materno. En esta forma, la generalidad del movimiento agresivo ya advertido en su relativa indiferencia se encuentra bruscamente especificado de la manera más singular como una intención de fractura violenta, destructora, del espacio que se ordena en torno al tesoro inaccesible que se supone oculta.9

Ya no sorprende en la actualidad lo extraordinario de una situación en que el interlocutor de referencia parece no abrigar otra preocupación que la de no manifestarse jamás cuando se espera que lo haga. Desde un principio, el psicoanalista se sustrae a la vista de su paciente y, si este último lo considera interesado por la sutil historia edípica que le está contando, su interlocutor sólo retendrá los traspiés del habla; a la inversa, el psicoanalizado “ofrece” a quien lo escucha un “precioso” lapsus y el psicoanalista no tiene oídos sino para la secuencia que el tropiezo esconde. Hasta el punto que, en última instancia, el arte del analista parece ser el de no esperar nada, lo que hace que no falten hoy pacientes avisados que redarguyen, desde el principio, ¡que tampoco ellos esperan nada! Es fácil imaginar la dificultad particular que representa esa sutil complicidad con el juego del escondite.

Pero ¿qué se propone esta elusión sistemática frente a todas las trampas del discurso que hace el paciente? Ésta es una pregunta que no sabríamos evadir y todo nuestro esfuerzo se dedicará a dar cuenta del orden de verdad que tiene que manifestarse en la situación psicoanalítica.

Psicoanalizar, como acabamos de verlo, es una práctica incómoda. Si nos fiamos de lo que creemos saber de la estructura psíquica o de la técnica del tratamiento, de inmediato advertimos que los propios puntos de referencia resultan inoperantes en la práctica por el solo hecho, por ejemplo, de que el paciente comparta, más o menos, ese supuesto saber. Si no tomamos en cuenta la importancia de esa común referencia implícita al saber, el psicoanálisis se instala entonces, muy pronto, en el desconocimiento del hecho de esa complicidad teórica, para llegar a los efectos más radicalmente obturadores por no decir enajenadores: imaginamos simplemente la bufonesca equivocación del paciente y del analista refiriéndose, cada uno por su parte, a la noción figurada de resistencia: uno para sobreentender que no cesa de ser obstaculizado en su decir por la inevitable resistencia, el otro para hacer como que descubre que el discurso (o el silencio) de su interlocutor no es más que resistencia a otras confesiones, a menos que, todavía más refinado pero no menos obstinado, no denuncie como resistencia la confesión de un sentimiento de resistencia. Y, sin embargo, es bien cierto que no sabríamos rechazar, por lo mismo, lo justo de esas referencias técnicas que son la resistencia o la transferencia, al igual que no podríamos impugnar seriamente el recurso necesario a las estructuras fundamentales de Edipo y la castración.

A la inversa, si nos dejamos llevar por el relámpago de la intuición, muy pronto advertimos, conservando un mínimo de lucidez, que la supuesta intuición sólo es, casi siempre, la proyección de un elemento privilegiado del saber o de la fantasía inconsciente del analista; así, cuando nuestro psicoanalista subraya que el delineamiento del cuadro representa la apertura o el cuadro de la fantasía, finge olvidar, en ese instante, que justamente por el ejemplo de los cuadros de Magritte10 Lacan ilustró en un momento dado la estructura de la fantasía11 y es entonces, a través de la intuición, cuando utiliza esta reminiscencia sabia. En un nivel de crítica todavía más radical, es necesario advertir que nada parece poder garantizar jamás, en lo absoluto (para atenernos al texto de nuestro ejemplo), que el privilegio reconocido al “crevant” del discurso del paciente no se debe a que se trate de un término particularmente investido por las fantasías inconscientes del analista; nada lo garantiza salvo, en cierta medida, el psicoanálisis que el analista experimentó antes de tener acceso al sillón.

En los análisis cuya relación nos ha dejado Freud, encontramos los signos de esas profundas dificultades inherentes a la práctica psicoanalítica. Así, en el análisis de Dora, Freud reconoce en una nota de 1923, más de veinte años después del tratamiento, que no había comprendido lo que su paciente decía del amor homosexual que sentía por la mujer de K.: “Cuanto más tiempo me separa –escribe–del término de este análisis, más me voy convenciendo de que mi error técnico consistió en la omisión siguiente: omití adivinar a tiempo, comunicándoselo a la paciente, que su impulso amoroso homosexual (ginecófilo) hacia la mujer de K. era la más poderosa de las corrientes inconscientes de su vida anímica… Antes de haber reconocido la importancia de la corriente homosexual en los psiconeuróticos he fracasado en muchos tratamientos por no saber cómo continuar el análisis” (Freud, 2010: 656).12 Sin duda estas dificultades del tratamiento se deben, como escribe Freud, a que todavía no había “reconocido la importancia de la corriente homosexual en los psiconeuróticos”, pero puede decirse también, complementariamente, que fue porque en esa época estaba más ansioso por experimentar en la transferencia, la verdad y la universalidad del amor incestuoso de la hija hacia su padre13 que Freud no “reconoció” la tendencia homosexual o, mejor dicho, no le prestó toda la atención deseable.

La influencia de un afán teórico en el desarrollo del tratamiento es igualmente sensible en la Historia de una neurosis infantil [Hombre de los lobos] y encontramos, desde las observaciones preliminares, la confesión en forma de negación: “Los lectores –escribe Freud– pueden estar seguros por lo menos de que sólo expongo aquello que surgió ante mi como vivencia independiente y no influida por mi expectativa” (Freud, 2010, II: 787; GW,XII: 34). Ahora bien, el lector avisado percibe pronto que todo el material relativo a la escena primitiva,14 que constituye la esencia de la observación, fue obtenido “bajo la presión inexorable” de un plazo fijado por Freud, lo que manifiesta que ya el analista espera que algo le sea dado. En el contexto de este tratamiento, se advierte que la espera de Freud es identificable con toda precisión: desea obtener de su paciente una prueba complementaria, y esta vez perentoria, de la existencia de un núcleo de realidad en torno de la cual se ordene la neurosis;15 pero parece indudable que el relato, o la reconstrucción, de la escena primitiva del paciente responde con mucha exactitud a lo que esperaba Freud.

Encontramos por último, en ese mismo análisis del caso del hombre de los lobos, un ejemplo desde todo ángulo demostrativo de la forma en que las representaciones que marcan el inconsciente del analista pueden interferir en el camino del tratamiento. Poco antes del plazo fijado para concluir el tratamiento el paciente vuelve, con Freud, al recuerdo infantil que había permanecido enigmático del miedo terrible que lo invadió el día en que una hermosa mariposa de rayas amarillas, a la que persiguió, se posó tranquilamente sobre una flor; no relataremos aquí, por el momento, el análisis de este recuerdo, sino únicamente una de las ideas que se le ocurrieron a Freud para preparar una interpretación: “Propuse la posibilidad de que las rayas amarillas de las alas de la mariposa le hubieran recordado el traje de una mujer determinada […cosa] que no quiero silenciar” (ibid.: 825 [GW,XII: 123]). Si conviene observar que esta sugerencia no encontró eco por parte del paciente, es interesante señalar lo que significaba para Freud un traje [rayado de] amarillo; lo dice en el artículo sobre Los recuerdos encubridores (Freud, 2010, I: 157-166; GW,I: 531-554) cuyo argumento central está constituido para un fragmento autobiográfico.16 El vestido amarillo, de un amarillo oscuro, es el que llevaba una amiga de su infancia, Gisela Fluss, cuando volvió a verla a los diecisiete años y se enamoró de ella, apasionada y secretamente: “Recuerdo muy bien que durante mucho tiempo después no podía ver nada de un color amarillo, parecido al del traje que llevaba en nuestra primera entrevista, sin emocionarme profundamente”.

Estos fragmentos fieles de lo que es la práctica del tratamiento demuestran que, de hecho, las reglas de la escucha analítica no se pueden sostener: “[Esta técnica] consiste simplemente –escribe Freud en sus Consejos al médico– en no intentar retener especialmente nada y acogerlo todo con una igual atención flotante. Nos ahorramos de este modo un esfuerzo de atención […] y evitamos un peligro inseparable de la retención voluntaria […] seleccionar el material que se nos ofrece: nos fijamos especialmente en un elemento determinado y eliminamos en cambio otro, siguiendo en esta selección nuestras esperanzas o nuestras tendencias. Y esto es precisamente lo que más debemos evitar. Si al realizar tal selección nos dejamos guiar por nuestras esperanzas, corremos el peligro de no descubrir jamás sino lo que ya sabemos, y si nos guiamos por nuestras tendencias, falsearemos seguramente la posible percepción. No debemos olvidar que en la mayoría de los análisis oímos del enfermo cosas cuya significación sólo a posteriori descubrimos.

”Como puede verse, el principio de acogerlo todo con igual atención equilibrada es la contrapartida necesaria de la regla que imponemos al analizado, exigiéndole que nos comunique, sin crítica ni selección algunas, todo lo que se le vaya ocurriendo. Si el médico se conduce diferentemente, anulara casi por completo los resultados positivos obtenidos con la observación de la ‘regla fundamental psicoanalítica’ por parte del paciente. La norma de la conducta del médico podría formularse como sigue: debe evitar toda influencia consciente sobre su facultad retentiva y abandonarse por completo a su memoria inconsciente. O, en términos puramente técnicos: debe escuchar al sujeto sin preocuparse de si retiene o no sus palabras” (Freud, 2010, II: 418-419; GW,VIII: 377-378).

Así, en este estado de atención flotante que se le recomienda, el psicoanalista debe poder recibir, sin establecer privilegios, lo que el paciente, invitado a dejarse llevar sin selección ninguna, dice en el curso de la sesión. Es tal la situación en su paradoja que evoca con toda naturalidad una alocada empresa en la que el navegante, ciego y sin brújula, invitara a su pasajero a dejarse llevar por el viento. Se trata, evidentemente, de una posición insostenible y Freud fue el primero en entenderlo así. Pues ¿quién podría pretender seriamente que logra hacer tabla rasa de todos sus prejuicios, que renuncia a todos los privilegios íntimos que constituyen el orden de su mundo, su manera misma de ver, de sentir, de amar, de comprender? Frente a semejante pretensión, el psicoanalista, severo, evoca en el peor de los casos el mundo del esquizofrénico en el que se desvanece todo orden posible y, en el mejor, el del obsesivo preocupado constantemente por fingir que impugna el orden establecido, para forjarse la ilusión de que se desliga de él. Y, sin duda, sólo el psiquiatra puede denunciar la imposibilidad y el absurdo de lo que suele llamarse la neutralidad del analista; en última instancia, sería fácil denunciar el carácter sistemático, así coma ilusorio, de una posición que pretendiera ser absolutamente acrítica. Basta, por lo demás, con un poco de práctica para saber que hay pacientes que no vacilan en utilizar sistemáticamente el principio acrítico de la regla de libre asociación con el único fin de no decir nunca nada, tal coma podemos imaginar que hay psicoanalistas que, aplicando al pie de la letra la regla de libre atención, convierten en deber el no escuchar nunca nada.