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En el libro, profusamente ilustrado y redactado de forma amena y desenfadada en ocasiones (un mecanismo de defensa evidente para soportar la crudeza de lo que se relata), Cebrián escribe sobre treinta asesinos, algunos de fama mundial, otros menos conocidos, pero todos auténticos monstruos. El vampiro de Dusseldorf; el carnicero de Hannover; Jeane Weber, la estranguladora de París; el depredador de Seattle; son sólo algunos de los nombres que asoman su mirada criminal por estas páginas y que nos devuelven la imagen del infierno que reposa expectante en un resquicio del corazón de todo ser humano. Psicokillers escrito por Juan Antonio Cebrián y publicado por la Editorial Nowtilus es una obra excepcional que aborda los perfiles, las biografías, de los asesinos en serie más famosos de la historia a lo largo de las doscientas cincuenta y tres páginas que conforman este trabajo donde queda retratada con palabras la vida y la muerte. Cebrián ha seleccionado quince especímenes únicos en su género que en su dia fueron protagonistas del espacio 'pasajes del terror' en el programa radiofónico 'La rosa de los vientos'. Una galería del horror humano, la descripción, de un modo periodístico, huyendo del morbo gratuito, de los treinta casos de asesinos en serie más aterradores de todos los tiempos. La labor de Juan Antonio Cebrián como investigador está fuera de toda duda, tampoco es debatible su talento como comunicador, tanto a través de las ondas como sobre el papel. Ambas características confluyen en esta obra en la que Cebrián nos presenta, dividido en dos bloques, los crímenes de los 30 mayores asesinos de la historia. Caníbales, estranguladores o descuartizadores se nos presentan de un modo riguroso evitando el morbo de la casquería fácil pero dándonos la justa medida de las atrocidades que estos hombres cometieron.
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Seitenzahl: 216
Veröffentlichungsjahr: 2010
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PSICOKILLERS
Perfiles de los asesinos en serie más famosos de la historia
JUAN ANTONIO CEBRIÁN
Colección: Investigación abiertawww.nowtilus.com
Título: PsicokillersSubtítulo: Perfiles de los asesinos en serie más famosos de la historiaAutor: Juan Antonio Cebrián
© 2007 Ediciones Nowtilus S. L. Doña Juana I de Castilla 44, 3o C, 28027 Madridwww.nowtilus.com
Editor: Santos RodríguezCoordinador editorial: José Luis Torres Vitolas
Diseño y realización de cubiertas: Rodil&HerraizIlustraciones: Josué Maguiña SánchezDiseño y realización de interiores: JLTV
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
ISBN 13: 978-84-9763-410-6
Libro electrónico: primera edición
Este libro está dedicado a mis hermanosy compañeros de la Tertulia Zona Cero:Carlos Canales, Jesús Callejo y Bruno Cardeñosa,con ellos sería capaz de explorarel misterioso infinito y aún más allá.
Índice
Introducción
John Ketch El verdugo cruel
Catherine Hayes La cabeza misteriosa
Burke y Hare Ladrones de cadáveres
Alexandre Pearce Un canibal irlandés en Australia
John Wesley Harding Cuando la muerte se instaló en el Oeste
Brynhylde Paulsetter Sorenson Belle Gunnes, la viuda negra
Jeanne Weber La estranguladora de París
Henry Desideré Landru Un Barba Azul seductor de viudas
Fritz Haarmann El carnicero de Hannover
Peter Kürten El vampiro de Düsseldorf
Albert H. Fish El ogro de Nueva York
Ed Gein La mansión de los horrores
Ted Bundy El depredador de Seattle
Daniel Camargo La bestia de los Andes
Chikatilo
Introducción
Bienvenidos queridos lectores a mi quinta obra literaria. Como pueden comprobar, y si no utilicen la imaginación, me encuentro escribiendo estas líneas desde mi despacho estilo victoriano. Sí, ya sé que está algo vetusto y recargado, pero créanme que estos detalles son los que más me gustan. Acabo de apagar el enésimo cigarrillo, luego pasaré a la pipa, pero antes déjenme que les confiese que este es sin duda el libro más extraño al que me he enfrentado.
Todo sucedió en una mañana de hace algunos meses, recuerdo que ese día la temperatura había bajado ostensiblemente, me levanté tarde como siempre, y tras haber pasado la hora de rigor en el baño bajé las escaleras que conducían desde mi dormitorio hasta la cocina –lo mejor para inaugurar una jornada es desayunar a placer lo que el cuerpo pida–. Sin embargo, esa mañana fue distinta, algo estaba a punto de ocurrir y yo permanecía ajeno a ello dando buena cuenta de una tostada cubierta por mermelada de melocotón. Justo en el momento de hincar el diente sobre el pan sonó el teléfono –mi reacción y los improperios que solté será mejor que me los reserve–, cogí el auricular dispuesto a proclamar mi sed de venganza, pero la voz que llegó del otro lado calmó cualquier impulso criminal. Sí amigos, era él, con su voz profunda y entrañable, era él, mi querido amigo Fernando Jiménez del Oso. Este es un extracto de la conversación que se produjo entre los dos:
Fernando: Hola Juan Antonio, ¿te interrumpo?
Juan Antonio: No, no, ¡que alegría!, ¿cómo estás querido Fernando?
F.: Bien. Te llamó porque se me ha ocurrido una cosa.
J.A.: ¿Ah, sí?, ¿y qué es ello? –dije con la habitual ironía simpática utilizada en nuestras conversaciones.
F: Pues que escribas un libro para una colección que estoy preparando.
J.A.: Pero Fernando, un libro, me pillas muy mal, estoy terminando la Cruzada del Sur y me tengo que poner con la segunda entrega de Pasajes de la Historia. Estoy muy agobiado, no me hagas esto.
F.: Ya, pero a mí me gustaría.
J.A.: Y si aceptara ¿qué temática abordaríamos?
F.: No sé, algo de eso que tú haces sobre los psicópatas asesinos. ¿Qué te parece?
J.A.: Bien, pero ten en cuenta que son personajes muy complicados y que será difícil plasmar en papel todo lo que soy capaz de contar verbalmente en la radio.
F.: Estoy convencido que tú lo harás muy bien, de ahí mi llamada. ¿Puedo contar contigo?
J.A.: Sí, Fernando sí, eres único para hacerme entender qué es lo mejor para mí. Cuenta conmigo. ¿Algo más?
F.: Nada más, solo haz lo que tú sabes hacer y entrégalo rápido que Santos, el editor, tiene prisa.
J.A.: Pero si te acabó de decir que sí, cómo puede ser que tenga prisa.
F.: Es que le dije que ibas a decir que sí, ¿me perdonas?
Desde luego que las dotes de seducción de mi amigo Fernando son innatas y poco explotadas, pero conmigo siempre han funcionado. Con presteza prusiana comencé a seleccionar a los especímenes adecuados para confeccionar este trabajo.
Como saben buena parte de los lectores, dirijo hace unos años un programa de radio cuyo nombre es La Rosa de los Vientos. En la temporada 2001-2002 aparecieron los Pasajes del Terror, hijos ilegítimos y oscuros de los Pasajes de la Historia, si no recuerdo mal conté vida y crímenes de treinta y cuatro psicópatas asesinos. La sección fue un auténtico éxito de audiencia con casi trescientos mil oyentes en la noche de los martes. Este espacio se convirtió sin pretenderlo en un lugar de culto para los aficionados al género: caníbales, destripadores, ogros, bestias infernales, estranguladores y sangre, sobre todo mucha sangre, personajes de difícil evaluación. Las mentes más perversas engendradas por humanos. Un cóctel explosivo que saborearon los aterrorizados oyentes nocturnos de onda cero.
He seleccionado quince perfiles que no le dejarán indiferente en su butaca del salón. Por favor procure leer este libro con luz tenue y siempre a solas, lea con detenimiento, disfrute de cada página, notará como al poco algunas sombras empiezan a introducirse por las habitaciones de su casa, no se preocupe, son ellos, y ya no pueden hacer daño a nadie, han pagado sus culpas terrenas en el infierno y ahora sienten curiosidad por todo lo que se escribe o se habla sobre ellos. En el fondo no eran tan malos, pero las circunstancias, las humillaciones, las provocaciones los impulsaron a cometer toda suerte de actos delictivos. Eran psicópatas, pero no enfermos mentales, siempre supieron discernir entre el bien y el mal. ¿Por qué eligieron el lado oscuro de la vida?, supongo que este libro ofrece algunas claves para entender su comportamiento anómalo y antisocial, y si conocemos al enemigo tendremos la oportunidad de combatirlo.
Dicen los expertos en criminología que la infancia es sumamente importante a la hora de moldear nuestra personalidad; según esas mismas investigaciones, existe una tríada homicida que con frecuencia aparece en las pautas de conducta de los niños candidatos a psychokillers. Lo primero sería la micción nocturna en la cama hasta más allá de los doce años, lo segundo la obsesión por infringir daños a los animales domésticos o a los amiguitos y por último una gran atracción hacia el fuego. Como ven son asuntos que todos hemos vivido más o menos de cerca, porque ¿quién no ha provocado alguna vez un pequeño incendio?, ¿quién no ha clavado una mariposa en un cartón o ha metido insectos destripados en un frasco?, ¿quién no se ha hecho pipi alguna vez de pequeño? ¡Caramba!, intuyo que usted está en el grupo. No se sienta culpable, a veces estos pronósticos fallan, no necesariamente tiene que ser un psicópata por cumplir algunos de los requisitos establecidos. Ahora déjenme que atienda una visita inesperada, qué raro, quién podrá llamar a la puerta a estas horas de la madrugada, pero si es Santos, el editor, a lo mejor se ha enfadado porque no entregué el libro a tiempo:
J.A.: Hola Santos, ¿qué haces por aquí? Demonios que mal aspecto presentas, tienes los ojos inyectados en sangre y ese cuchillo. ¡Dios mío!, no lo hagas Santos, piensa en Nowtilus. No, Santos, no…
John Ketch
Inglaterra, (1630 - 1686)
EL VERDUGO CRUEL
Número de víctimas: De 100 a 300 ejecuciones legales. Frase favorita de Ketch:“Yo soy el mejor remedio para curar el mal detraición, limpiaré Inglaterra de traidores”.
Durante siglos los verdugos han ejecutado su lúgubre trabajo con la complacencia de una dudosa legalidad. Han sido cientos de miles las víctimas de estos personajes de variado pelaje. Diríase, observando la biografía de alguno de ellos que, posiblemente, nos encontremos ante el perfil de un psicópata. No olvidemos, y en este libro los conoceremos un poco más, que los psicópatas no son, en contra de lo que se pueda pensar, enfermos mentales. El psicópata sabe discernir perfectamente entre el bien y el mal, por eso disfruta mucho más con la consumación de sus terribles actuaciones. En efecto, estos seres abominables son los más peligrosos del catálogo criminal, auténticos embajadores del infierno en la tierra. Sus fechorías, por inusitadas y crueles, conmovieron a la sociedad que los padeció en diferentes épocas.
Richard Jacquet es un fiel ejemplo de ello, su perfil psicológico sin duda cumple los cánones más escrupulosos de la psicopatía universal. Su solo recuerdo hoy en día en el Reino Unido sigue aterrorizando a jóvenes y mayores, los cuales denuncian ante los tribunales a todo aquél que se arriesgue a insultarles llamándolos con cualquier nombre por el que se conoce al verdugo más sanguinario de Inglaterra, en ese sentido: “John o Jack Ketch”, “Jack Catch” o el mismo “Richard Jacquet” son insultos considerados más gruesos y humillantes que otros exabruptos comúnmente utilizados. En 1926 un tribunal británico condenó por difamación a un ciudadano que había llamado a otro simplemente “Jack Ketch”, eso fue suficiente para que el juez lo condenara a una multa seguida de un pequeño escarmiento popular que consistió en arrojar a un estanque al difamador.
Existiendo en la historia miles de verdugos ¿por qué se hizo tan conocido Richard Jacquet? Momento es para descubrir su horrenda existencia teñida por la sangre de un número indeterminado de pobres ajusticiados. Nunca sabremos cuántos.
Las primeras noticias sobre Richard Jacquet se producen en 1663, hasta entonces nada se supo sobre este hombre marcado por un peculiar aspecto físico. Su cuerpo era diminuto y, en consecuencia, de escaso peso, el rostro horadado por la viruela no disimulaba el odio visceral que manaba de los vivaces ojillos de Jacquet. Sí amigos, Richard odiaba a la humanidad y eso no hay que perderlo de vista. Su pequeño tamaño y las huellas que la enfermedad había dejado en él, provocaban sin duda un pésimo sentimiento hacia esos congéneres que, a buen seguro, se habían mofado de él en la infancia y juventud.
En una época donde religión y superstición iban de la mano, John Ketch se convirtió en un asesino cruel, de quien ni siquiera las brujas con sus supuestas “artes mágicas” pudieron escapar.
El enano Richard comenzó en ese tiempo de su vida a gestar inconscientemente una particular venganza contra la sociedad que le repudiaba. No es de extrañar que se empleara como verdugo de alquiler para realizar algunos trabajillos sin importancia.
En el siglo XVII era muy frecuente que pueblos y ciudades contrataran los servicios de verdugos para los castigos de baja monta: narices amputadas, orejas sesgadas, lenguas arrancadas de cuajo, latigazos y azotes componían la macabra oferta de unos hombres acostumbrados a la sangre y el horror. El oficio de verdugo, como es obvio, estaba mal visto, no obstante, muchos marginales vivían espléndidamente a costa del sufrimiento ajeno. Pocos deseaban pasar a la historia como asesinos, sin embargo, en estos siglos de oprobio algunas familias europeas implantaron en su seno la tradición de matar legalmente. Tenemos casos extendidos por buena parte de la geografía europea: Francia, Italia, Alemania o la propia Inglaterra pagaron magníficas sumas a estos negros linajes, lo que les permitió vivir por encima de la media y eso, en el siglo XVII, era vivir muy bien. Además de este importante factor económico, también existía la parte de espectáculo que cada verdugo aportaba.
El hacha fue la herramienta de trabajo preferida de John Ketch. Dada su baja estatura, jamás la utilizó con facilidad para desgracia de los condenados.
En el siglo XVII los reos condenados a muerte eran ejecutados siguiendo curiosas y diferentes parafernalias: decapitación, tortura, ahorcamiento, –tengamos en cuenta que los que morían lo hacían por traición a la corona, asesinato, robo…–; es decir, hechos supuestamente terribles que merecían el más severo castigo a fin de ejemplificar en aras a mantener un estricto orden social. Por tanto, cuánto más vistosa fuera la ejecución, mayor ejemplo se daba a la sociedad sobre la fortaleza del sistema.
En aquella época, hombres lobo, brujas y otros seres supuestamente infernales eran los candiatos propicios para pasar bajo la hoja del despiadado Ketch.
Richard Jacquet desde 1663 se convirtió en el arma más mortífera del gobierno inglés. Sus escandalosas ejecuciones recorrieron el país durante más de veinte años. Los cadalsos donde actuaba eran los más frecuentados por el populacho, nadie se quería perder las payasadas de aquel enano tan sádico y odioso.
En los días previos a la ejecución se podía ver a Richard paseando por las calles de la ciudad que le había contratado anunciando “el distinguido evento”. A Jacquet le gustaba la música, él mismo componía dulces cancioncillas donde contaba con profusión las lindezas que iba a cometer próximamente. Se podían escuchar estrofas como esta: “oídme, ha llegado la mejor medicina para la traición, soy John Ketch, el que limpia de traidores a nuestra querida Inglaterra”. Así cantaba mientras distraía a la concurrencia con volteretas y saltitos grotescos. No me nieguen que, al margen de las vísceras, era todo un showman.
Cuando llegaba el momento de la verdad, el verdugo pequeñito se enfundaba en unas ajustadísimas mayas negras que solo dejaban al descubierto la reducida cabeza salpicada de viruela. Los condenados contemplaban estupefactos a su futuro ejecutor; sospecho que, más de uno, se fue al otro mundo con una agria mueca de diversión. Y es que no era para menos. La multitud presa del delirio aplaudía cualquier gesto de Richard, este les mostraba sus hachas, cuchillos y cuerdas, utensilios imprescindibles para consumar aquella salvajada. Situaba por ejemplo el filo del hacha sobre la nuca o cuello del condenado sin llegar a cortar la carne, luego se dirigía al vulgo como si aquello fuera un mitin político, el acto se podía prolongar todo lo que el capricho de Jacquet quisiera. Finalmente, con el visto bueno de las autoridades allí presentes, terminaba la sangrienta faena, y esto último llegó a ser un molesto problema, dado que como hemos advertido, Richard Jacquet o John Ketch, no era precisamente una mole humana, sino, todo lo contrario, este asunto fue penoso, pues su pequeño tamaño le impedía asestar golpes de hacha certeros. Por si fuera poco, sus armas no eran de buena calidad, muchas de ellas se encontraban melladas por el mal uso, y eso impedía un correcto afilado. Se pueden ustedes imaginar lo dantesco de aquellas ejecuciones y lo mal que lo debieron pasar los condenados que caían en manos del diminuto verdugo. Aún así, nuestro personaje consiguió la popularidad necesaria para trabajar sin descanso durante algunos años. Pero a todo cerdo le llega su San Martín.
En 1679 Richard Jacquet alcanzó la cúspide de su infernal gloria cuando masacró en una sola jornada a 30 hombres condenados por traición. Lo hizo sin ayuda, provocando consternación y odio entre los asistentes, los cuales ya no reían las gracias de aquel psicópata convencido. En esos años John Ketch –recordemos que este era su nombre artístico– había diezmado la población de brujas, conspiradores y delincuentes de Inglaterra. Los hierros candentes, las sogas y el acero integraban su especial elenco del horror. Además, su afán por amasar fortuna lo impulsaba a cometer todo tipo de expolios sobre las víctimas llegando a robar los ropajes y las escasas joyas que portaban en ese instante final de sus vidas. John Ketch era un auténtico carroñero humano.
En 1683 aconteció una de sus más famosas anécdotas. En ese año, Lord Russell había sido condenado a muerte por diseñar un plan para secuestrar al rey Carlos II. Conocedor de la terrible fama que rodeaba al patético verdugo, ajustó un precio con este para que realizase el trabajo con precisión quirúrgica. Qué nadie se extrañe, pues esto era práctica habitual en aquella época donde las cabezas nobles rodaban por doquier. En consecuencia, el Lord británico indicó a su secretario particular que entregase a Jacquet diez guineas si el resultado era el convenido. El verdugo cruel aceptó el difícil reto de cortar limpiamente a cambio del dinero. Sin embargo, todo falló una vez más, y tras dar el primer hachazo la cabeza siguió unida al cuerpo de Lord Russell. Este movido por la eterna flema inglesa, volvió su rostro para espetar irónica mente al enano: “Oye, cabrón, ¿te he dado diez guineas para que me trates tan inhumanamente?”. Jacquet, sonrojado por la humillación del mal trabajo, tuvo que golpear tres veces más hasta conseguir separar la cabeza del tronco. Fue horrible y sangriento. Casos como este se repitieron constantemente en la vida de Richard Jacquet. En 1685 el duque de Monmouth ofreció seis guineas a Jacquet por idéntico esfuerzo, en esta ocasión fue peor, dado que el noble recibió cinco hachazos y, finalmente, su cuello tuvo que ser cortado con un cuchillo. John Ketch estaba tocando fondo, pocos querían contratarlo y su afición a la bebida le mantenía borracho la mayor parte de los días. En 1686 fue a la cárcel por una deuda; cuando salió del presidio lo celebró matando a golpes a una prostituta, lo que motivó su condena a muerte en noviembre de ese mismo año. El ahorcamiento de Jacquet fue lamentable como su vida. Su escaso peso hizo que estuviera pataleando durante diez minutos hasta morir. Nadie lloró por él, y ahora le sufren en el infierno.
Sin lugar a dudas, todos quienes han oído el nombre de John Ketch, tienen guardada en la memoria la terrible imagen del hacha desdentada, cayendo sobre la víctima.
Catherine Hayes
Inglaterra, (finales S. XVII - 1726)
LA CABEZA MISTERIOSA
Número de víctimas: 1 Extracto de la confesión:“Convencí a Billings y a Wood para que asesinasen a mi marido, era un ateo desalmado y asesino de sus hijos. Yo le emborraché con seis pintas de vino y luego lo mataron a hachazos”.
El asesinato va unido inexorablemente a la condición humana. Durante milenios los criminales han cometido sus fechorías con el morboso anhelo de que estas no les fueran imputadas. En algunos casos fue así, miles de asesinatos perpetrados escaparon a la acción de la justicia, bien, por falta de pruebas, o porque sencillamente, los cadáveres se evaporaron con lo que sus crímenes pasaban a ser perfectos.
La policía desde su creación ha mantenido como primer objetivo la resolución de cualquier caso por complicado que este fuera. En los primeros siglos de su implantación los testigos presenciales o las rotundas confesiones eran la principal baza a la hora de resolver un caso. Posteriormente, la tecnología y los métodos deductivos se mostraron fundamentales para evitar los crímenes perfectos. Hoy en día series televisivas como CSI nos enseñan que las diferentes policías científicas del mundo cuentan con una sofisticada maquinaria que permite descubrir a cualquier asesino por muy previsor que este sea a la hora de ocultar pruebas esenciales que delaten su crimen. Lo único que se precisa es tener a disposición el cuerpo del delito y las circunstancias que rodearon su muerte. Como dice Gil Grisson, el protagonista de la serie anteriormente citada: “no importa lo que usted nos cuente, las pruebas hablarán por usted”.
Sin embargo, a principio del siglo XVIII la policía distaba mucho de ser lo que hoy es. En esos tiempos se desconocía la fotografía, el valor de las huellas digitales y los estudios de ADN. En consecuencia, se debían barajar otras técnicas bastante más rudimentarias y no siempre eficaces.
Los policías dieciochescos cultivaban sin duda la perspicacia, la intuición y, sobre todo, el conocimiento exhaustivo de la sociedad a la que debían servir.
Les voy a relatar una historia que nos pone en contacto con los métodos utilizados por la policía londinense en el primer tercio del siglo XVIII.
Corría el 2 de marzo de 1726, Londres era por entonces la metrópoli de un incipiente imperio que se empezaba a extender por todos los continentes. Los orgullosos habitantes de la populosa urbe aprovechaban cualquier rayo de sol para disfrutar de saludables paseos por los bellos parajes que rodeaban la ciudad del Támesis. Precisamente, cerca de este río se produjo en ese día un macabro descubrimiento que alteraría sensiblemente la vida cotidiana de los londinenses.
Trafalgar Square fue uno de los lugares por donde los cuerpos de seguridad británicos desarrollaron esta investigación que parecía destinada al olvido y a la impunidad más absoluta.
En aquella mañana soleada unos vecinos que paseaban por Horse Ferry Wharf se toparon con lo que parecía una cabeza humana. En principio fue difícil esclarecer la deducción, dado que la zona había sido anegada por la lluvia días antes y ahora se presentaba cubierta de barro. No obstante, los viandantes se introdujeron en el lodazal hasta el sitio donde había sido vislumbrada aquella presunta testa. Una vez llegados al punto concreto se incrementó su temor. En efecto, era una cabeza humana y todavía fresca; la sangre aún sin coagular así lo atestiguaba. Con presteza envolvieron el macabro hallazgo en una tela y raudos se dirigieron a la comisaría más próxima. Una vez allí contaron excitados lo que les había sucedido, y para asombro de los presentes, descubrieron el particular tesoro escupido, a buen seguro, por el Támesis.
Junto al Támesis fue hallada la cabeza del asesinado. A partir de ese instante, la policía se puso en marcha y realizó acciones tan “extrañas” como colocar la cabeza para que el público que la observara, pudiera identificar a quién pertenecía… y dio resultado.
Desde luego que aquello era una cabeza humana, pero ¿quién era su dueño?, ¿dónde estaba el resto?
Pronto la policía londinense destinó varios efectivos a la zona del descubrimiento. El propósito no era otro, sino localizar los restos del cadáver a fin de intentar una mejor identificación. No obstante, se contaba con la faz del fiambre y eso facilitaba enormemente las cosas.
En esos años las desapariciones misteriosas eran frecuentes en el Reino Unido: presos huidos de las cárceles, asesinos escondidos de la justicia, ladrones con más prisa que pausa o víctimas ocultadas para siempre por sus verdugos. Lo cierto es que, por entonces, era sumamente fácil escapar de cualquier pena impuesta por los tribunales. Las colonias americanas constituían un auténtico santuario, no solo para inmigrantes económicos o políticos, sino también para delincuentes de toda clase y condición. Por tanto, era frecuente encontrarse con listas interminables de fugitivos de la justicia o simples desaparecidos de los que nada se volvía a saber. Como antes he dicho, los métodos policiacos eran todavía primitivos y el trabajo abundante.
Durante un par de días los policías estuvieron rastreando el lugar donde había sido descubierta la enigmática cabeza. Todo se complicaba por momentos, el cuerpo parecía haberse esfumado y, además, nadie reconocía el rostro de aquel individuo tan extraño. Finalmente, las autoridades decidieron algo extremo, nada menos que clavar la cabeza en una pica para mostrarla a la ciudadanía londinense; quizá esta exposición pública obtuviera los resultados que por el momento no se estaban consiguiendo. Así pues, el cráneo de ojillos vivaces fue empalado frente a Saint Margaret en Westminster. Pronto la noticia circuló por plazas y barrios de la city. Cientos de curiosos se acercaron para contemplar los rasgos morfológicos de aquella cabeza que, por cierto, ya empezaba a estar algo pútrida y transfigurada. La imagen como ustedes pueden imaginar, no era muy agradable. Con todo, la policía esperaba que el asesino se aproximara a su víctima. Los guardias que custodiaban los restos humanos tenían ordenes expresas de detener a todo aquél que ofreciera signos evidentes de arrepentimiento o culpabilidad, pero nada de esto se produjo, y los días fueron pasando hasta que una mañana alguien elevó la voz para exclamar: “¡Parece John Hayes!”. La frase pasó desapercibida dado que anteriormente muchos habían proferido frases idénticas atribuidas a otros tantos desaparecidos. La policía resignada al no poder descubrir el origen de aquel cadáver, tuvo la delicadeza de refugiar lo que quedaba de cabeza en una tinaja llena de ginebra, así al menos, se podría conservar mientras se seguía buscando la clave de aquel misterio. De ese modo tan artístico, la cabeza fue a parar a una sala olvidada de las dependencias policiales londinenses.
Se pusieron anuncios animando a los ciudadanos denunciantes de alguna desaparición que fueran a inspeccionar la cabeza por si se trataba de algún allegado. Durante días cientos de curiosos se acercaron para ver el cráneo. El policía de turno lo sacaba de la urna a petición del demandante, y tras la negativa en cuanto a su reconocimiento, lo volvía a depositar en la ginebra. Así una y otra vez, lo que convirtió a esta curiosa cabeza en la más embriagada de la historia del crimen. Finalmente, aquel testigo que había creído reconocer en el rostro expuesto al de su vecino John Hayes, pasó a la acción. Y es que John Hayes era un carpintero muy popular en su barrio y, curiosamente, su desaparición coincidía con las fechas en las que la cabeza fue descubierta. ¿Sería él?
John Hayes fue asesinado en una carpintería, su lugar de trabajo, por unos motivos más que “justificados”, claro está para su esposa y asesina.
