¿Qué es ser hombre? - Carmelo Lisón Tolosana - E-Book

¿Qué es ser hombre? E-Book

Carmelo Lisón Tolosana

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Beschreibung

Vivimos en un mundo dominado por el canon científico que nos aporta certezas antes desconocidas, pero vivimos, también, en una cierta perplejidad moral y con dilemas éticos que no son fáciles de resolver. Cada grupo humano comparte, en principio y con variaciones internas, un conjunto de valores, una moral y un modo de vida tradicional. La presentación etnográfica narrativa sobre qué aprecian, qué menosprecian y cómo lo verbalizan nos lleva a la estructura del pensamiento evaluativo comunitario; las relaciones de cooperación, dependencia y evaluación de los otros como portadores de intención y significado nos llevan a la transcendencia de la intersubjetividad, mientras que la debilidad en la conformidad cultural y el desdén de la tradición minan la identidad colectiva. En este nuevo estudio antropológico de Carmelo Lisón Tolosana el octavo sobre Galicia, norma, valor, obligación y derecho aparecen presentados etnográficamente, con el rigor, la ambivalencia y la sofisticación con los que los dialogantes los han transmitido, enmarcado todo en casos, situaciones y contextos, sin el fetichismo que envuelve en abstracto y en abstrusa retórica mucha filosofía sobre los derechos humanos.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Akal / Universitaria / 304 / Sociología y antropología

Carmelo Lisón Tolosana

Qué es ser hombre

(valores cívicos y valores conflictivos en la Galicia profunda)

Vivimos en un mundo dominado por el canon científico que nos aporta certezas antes desconocidas, pero vivimos, también, en una cierta perplejidad moral y con dilemas éticos que no son fáciles de resolver. Cada grupo humano comparte, en principio y con variaciones internas, un conjunto de valores, una moral y un modo de vida tradicional. La presentación etnográfica –narrativa sobre qué aprecian, qué menosprecian y cómo lo verbalizan– nos lleva a la estructura del pensamiento evaluativo comunitario; las relaciones de cooperación, dependencia y evaluación de los otros como portadores de intención y significado nos llevan a la transcendencia de la intersubjetividad, mientras que la debilidad en la conformidad cultural y el desdén de la tradición minan la identidad colectiva.

En este nuevo estudio antropológico de Carmelo Lisón Tolosana –el octavo sobre Galicia–, norma, valor, obligación y derecho aparecen presentados etnográficamente, con el rigor, la ambivalencia y la sofisticación con los que los dialogantes los han transmitido, enmarcado todo en casos, situaciones y contextos, sin el fetichismo que envuelve en abstracto y en abstrusa retórica mucha filosofía sobre los derechos humanos.

Carmelo Lisón Tolosana, doctor en Antropología social y cultural por la Universidad de Oxford, es académico de número de la Real Academia de las Ciencias Morales y Políticas, Honorary Fellow of the Royal Anthropological Institute of Great Britain and Ireland, Medalla de Plata de Galicia y Premio Aragón a las Ciencias Sociales y Humanas, así como doctor honoris causa por la Universidad de Burdeos. Autor de una veintena de libros, en Akal ha publicado, entre otros, La España mental (1990), Individuo, estructura y creatividad (1992), La fascinación de la diferencia (2005), Introducción a la antropología social y cultural (ed., 2007), De la estación del amor al diálogo con la muerte (2008) y su obra recopilatoria Antropología cultural de Galicia (6 vols., 2004).

Diseño de portada

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Carmelo Lisón Tolosana, 2010

© Ediciones Akal, S. A., 2010

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-4621-9

A Jaime Terceiro Lomba

PRESENTACIÓN

Ofrezco en este octavo volumen sobre Galicia otro itinerario cultural para el posible descubrimiento antropológico de segmentos del εθοξ o espíritu de un pueblo. Parto, como siempre, de la voz etnográfica lugareña en detalle, pero general en concepción, enraizada en el comportamiento observable y concreto, pero significativo y trascendente. Cierto que esta doble evidencia es siempre incompleta, pero el material que aporto es denso, está fundamentado en agentes, acciones, factores situacionales, circunstancias, escenarios locales y contexto. Sé que las voces son individuales pero también que las lexias o semantemas que profieren son comunitarias, de uso público y común; sé que el lenguaje es esencialmente indeterminación y que conlleva la posibilidad y aun la incitación a la duda y al escepticismo, pero el multiverso lingüístico de que parto está hecho de particulares intensos, innumerables, objetivos y exactos y sé que no es fácil pintar los encuentros de ayer con los colores de hoy, pero también que sin palabras somos poca cosa y que lo particular no puede alcanzar lo general sin una teoría subyacente; por eso comienzo con unas breves notas metodológicas y termino con un esquisse antropológico para mostrar los caminos del espíritu sugiriendo cómo la esencia no siempre requiere existencia y cómo las creaciones del espíritu son mayores que la suma de sus partes.

El valor, como la creencia, y la ética, como la moralidad –la fluidez ontológica entre los dos últimos conceptos es suma–, configuran conjuntos de interés, significado y especificidad propios, poseen una cierta autonomía analítica. Éste es el universo privilegiado por la polisemia y por la isocronía, por la intertextualidad, por polaridades que misteriosamente se disuelven y por metonimias enfáticas concluyentes que reflejan hechos, pero, como todo régimen lingüístico, sujeto a inestabilidad textual, requiere exégesis puntual y hermenéutica interpretativa que descubre correspondencias y afinidades secretas. Pero, insisto, el punto de partida es en mi disciplina necesariamente empírico no filosófico, objetivo no abstracto, basado en esfuerzo de campo, no reclusión en el aislamiento del propio gabinete, y esto es así porque la comprensión antropológica es objetiva, fundamentada en hechos sustantivos etnográficos personalmente recogidos, en experiencias intensas, en palabras, acciones, gestos y omisiones, en comportamiento, intención decible y observable, en ceremonia y rito, todo en un determinado grupo humano. Y esto es así porque los sucesos ordinarios pueden alcanzar un potencial de valor épico, el nivel de lo extraordinario. Estos hechos son además inseparables de la intención subyacente que es normativa, de la experiencia en tensión y convivencia que por su parte rezuma obligación, derecho, norma y valor; intención, valor y convivencia que se objetivan en acción.

A su vez este conjunto estimativo o de valor forma parte de otro núcleo organizativo más englobante y éste de otro a escala mayor hasta conformar un todo cultural maussiano que aglutina orgánicamente a los segmentos, partes y dimensiones, los remonta y supera dotando al totum de un significado plural extra, de un sentido moral regido por una lógica trascendente. Vivimos en un mundo dominado por el canon científico-técnico que nos aporta certezas antes desconocidas, pero vivimos también en oscuridad, ignorancia y perplejidad moral, con dilemas éticos que nos asaltan pero que no son fáciles de resolver. Cada grupo mira con lentes culturalmente coloreadas y con ideas normativas ad hoc y promulga un decálogo general, en parte propio y en parte común para afrontar el lado duro de la convivencia desde una visión tolerante e ideal a la vez que razonable y pragmática. Norma, valor, obligación y derecho vienen aquí presentados etnográficamente, con el rigor y la sofisticación con la que mis dialogantes me la han contado, enmarcado todo en casos, situaciones y contextos, en realidad, sin el fetichismo que envuelve en abstracto y abstrusa retórica mucha filosofía sobre los derechos humanos.

En mis prolongados y repetidos diálogos –sin esquema fijo ni preguntas predeterminadas– pude apreciar cómo la deliberación ética reflexiva y crítica de los informantes se convertía en sentido moral, cómo fundamentaban la eticidad en la realidad ordinaria en la que vivían; también, y muy significativo, cómo se esforzaban en justificar la incertidumbre, ambigüedad y perplejidad moral conceptual en que vivían proclamando como modelo de convivencia el valor sosegado de la comprensión del Otro y el valor supremo de la tolerancia. Lección moral no fácilmente olvidable.

Recuerdo con nostalgia aquellos agradables escenarios inquisitivos –por mi parte y por la de ellos– a la noche casi siempre, en los que las preguntas y respuestas producían brillantes chispazos estimativos, base y fundamento de esta monografía que a ellos debo[1]. Don Pablo Ramírez, jefe de la Biblioteca de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, ha sido incansable en su ayuda. Aquí queda mi reconocimiento.

Madrid, Navidad de 2008

[1] La mayor parte de datos están recogidos en la década de los sesenta y a ella, aunque no exclusivamente, se refieren.

I

NOTA METODOLÓGICA

Mis notas etnográficas atesoran todo un vocabulario que proyecta una cuarta dimensión, la interior del humano predicamento, esto es, el esquema moral normativo por el que se rigen, en principio, los vecinos de lugares, aldeas y parroquias de la geografía regional. Como el tema es muy complejo y no exento de vaguedad verbal e indeterminación jerárquica –en él confluyen razón y pasión, experiencia de libertad y presión obligatoria, praxis local, historia y generalización argumentativa, intuición personal y código colectivo, justificación y valoración lógica, relativismo y facticidad objetiva, todo en problemática amalgama–, creo pertinente comenzar esquematizando algunos puntos básicos que sirvan de guía en tan brumoso laberinto.

Esta particular cualidad moral no se ve, se infiere, porque es la idea escondida en la realidad, pero es ésta la que, si estamos alerta al detalle y conocemos el canon del grupo, nos informa de esa silueta invisible porque el significado intencional ético vibra en ella. Desde esta perspectiva se nos presenta con la fuerza de lo obvio, con algo así como una signatura rei –las cosas, acciones y personas son apropiadas, correctas, neutras– o como una voluntas signi –son estimables, preferibles, buenas, malas, peores– en el contexto de un sistema ético local jerárquicamente organizado. La variedad de expresiones que vehiculan valor en Galicia es muy rica en detalle y matiz, múltiple en contenido diacrítico, novedosa y heterogénea porque lo es la plasticidad humana, pero, como todas llevan la marca de origen local, forman parte de un conjunto orgánico o totum moral que se bifurca y ramifica ofreciéndonos especificidad distintiva y sorprendente. Revela aspectos del ethos y retazos del pathos de un pueblo.

Todos hacemos juicios morales porque la conciencia de valor es, creo, un primitivo en nuestra condición; todos evaluamos y valorativamente enjuiciamos con arreglo a un código a la vez personal y colectivo y todos tenemos –y damos– razones para ello. Aporto a continuación y como muestra expresiones locales, relativamente claras y localmente precisas, para introducir intuitivamente el tema. Al etiquetar a personas se sirven de adjetivos como «ese é un mal veciño» o «una mala muller», o «é un pelexón» o un «cagán» o un «medrán» [miedoso], «mareante», «chambón» [torpe], «trapalleiro», «lugrumante»[1], «un xan» [demasiado bueno], «moi valente» [demasiado atrevido], «más terco cos marraos», «non é plato limpio» o, por el contrario, «bo mariñeiro», «boa persoa», «home legal», etc., expresiones que marcan la apreciación del carácter, positiva o negativa, y valoración de una persona. Pero el arco referencial es mayor como insinúan estos términos: «non é bo» que los animales queden en la cuadra al sacar el cadáver de una casa[2], «tres berros» o graznidos de algunas aves «non é cousa boa»[3], «o fionllo [hinojo] é moi bo» contra las tormentas y las tenidas como plantas medicinales «son moi boas». Por Mugueimes y Parada de Ventosa «era vergonzoso» no respetar la costumbre de tardar los recién casados una semana en acostarse juntos aunque la novia estuviera embarazada, mientras que en Rosal daba vergüenza «ir a enamorar» cabalgando una burra. En la romería de Santa Eufemia una mujer pedía a gritos limosna para una hija allí presen­te porque «estaba deshonrada», esto es, porque le faltaba un brazo se­gún mostraba. «Por aquí no anda cousa boa», me dijo un vidente de Bertamiráns con referencia a la Compaña; «cousas boas [son] cousas santas» como medallas, estampas, agua bendita, etc.; «xa tua nai era bruxa» y «ten feitos do demo» son duras expresiones apofánticas que elevan la maldad a un plano metafísico.

Este menudo elenco expositivo vale para mostrar que tanto la bondad como la maldad tienen un arco de referencia múltiple y diverso, rico en máscaras y disfraces, con variado carácter polisémico; sugiere a la vez, que los casos y las cosas pueden tener un perfil marcadamente local, un punto de mira que reclama atención porque debajo de la piel de los hechos y de la vida de las personas puede haber una vibración interna que requiere examinar toda una gramática de casos y esquemas de instrucciones partiendo de un vocabulario opulento en fuerza moral. La muestra que he presentado abarca palabras y semantemas, sujetos, verbos, acción, movimiento, y analogía, elementos naturales y místicos, roles, trabajos y creencias, legalidad y estructura social, cuestiones básicas de la vida rural ordinaria que revelan el universo de deseos e intenciones, de reprobación y desprecio, de qué es deseable y vale y de qué es imperioso evitar. Más aún, proyectan sus aspiraciones y preferencias a un nivel normativo trascendente que deja entrever una metateoría axiológica implícita, subyacente, a sorprender y analizar por el investigador.

Fundamento, como siempre, y reproduzco verbatim el vocabulario etnográfico y la gramática local, con su particular precisión y vaguedad simultáneas, aporto variantes que introducen complejidad y persigo el significado del informante hasta rastrearlo en la práctica en la que las palabras adquieren su sentido porque es, en definitiva, la forma de vida el punto de referencia del valor; los hechos corroboran y dan sentido a las palabras. Qué dicen, cómo lo dicen, cómo lo ven y palabrean, cómo lo muestran en contexto estructural y jerarquizan en un conjunto proposicional existencial son indicadores fidedignos que nos prestan una sensación de certeza cuando intentamos penetrar en el universo moral local. La palabra empírica, esto es, el totum social del que es parte, el vocabulario observacional y su forma de expresión vehiculan un halo de significado que no es separable del juicio de valor. En suma: el vocabulario impone –y es resultado de– estructura y conceptualización, adscribe propiedades y funciona como una teoría inicial para el investigador[4].

Junto al bien y a la bondad fascina, desde una perspectiva antropoló­gica, la terribilidad y pluralidad del Mal; todos los grupos conocidos lo discriminan a su manera, lo describen, elaboran y clasifican, lo que prueba no sólo su construcción cultural sino algo muy importante: su fundamento ontológico humano; dicho de otra manera: la finitud, debilidad y fragilidad humanas, sus ilimitadas aspiraciones, inquietud y angustia vital son el núcleo constitutivo dinámico, la base estimulante, las líneas de fuerza que hacen posible e inevitable el mal. Nuestra cultura configura universos de bondad y maldad desde premisas teológicas y metafísicas y desde coordenadas estructurales y creencias culturales. Hay un mal, por ejemplo, radical, fundamental, el mal absoluto, puro y sin mezcla, perfecto y en exceso, fuera de límite, concepto pensable, pero inimaginable en la realidad; pero hay un mal contiguo, próximo al anterior: el genocidio, los crímenes contra la humanidad, el mal gratuito e incomprensible como el abuso del inocente, la guerra y la tortura. Hay un mal cósmico, terribles catástrofes naturales como nos recuerda el sunami, pero hay también un mal moral que se teologiza, politiza y retoriza según momentos, etapas, ideologías y situaciones. La bruja, el Otro, el extraño, la Inquisición, la Stassi, el poder y el fundamentalismo religioso son algunas de esas figuras sintéticas del mal como también lo son Stalin, Hitler, Pol Pot y Mao y algunos iconos geográficos como Vietnam, Hiroshima, Dresde, Guantánamo y Abu Graib. La retórica con su poder intensificador es pródiga en designaciones: «el eje del mal», «el imperio del mal» y «el gran Satán» apuntando simultáneamente a Saddam, Bush, Iraq, Irán y Norteamérica son conocidos exponentes, pero lo que quiero realzar es su versatilidad adscriptiva que subraya cómo el valor es también estrategia, justificación y uso, ambiguo, indeterminado, maleable y relativo, mal de siècle que nos ha tocado vivir, que depende del ojo del que mira; estamos en el registro de la simbólica del mal.

Hay, en quinto lugar, un mal existencial, originario y profundo, el del παθοξ de la miseria humana, de sus contradicciones internas, el de la enfermedad, la frustración y la muerte; hay lo que conceptos tales como Weltschmerz,Angst, ennui sugieren, a saber, el tedio y la desazón humana, que provienen del hiato entre las aspiraciones y la realidad, que se originan en el desacuerdo entre un espíritu infinitamente ávido e inagotable y el impacto negativo de la cruel y grosera realidad, todo inherente a nuestra humana y común condición[5]. Y por último, y para lo que aquí directamente interesa, hay una experiencia comunitaria del mal –y del bien–, experiencia que se tiene y sufre aquí y ahora, en la ecología rural en la que viven, con particulares instituciones, trabajos, festividades y normativa, general estructura básica de convivencia que conforma el espacio de manifestación en el que se da, se observa, se hace y se experiencia necesaria y personalmente el mal –y el bien.

He tomado el mal como paradigma ilustrativo, pero podía también haber tomado la bondad, su opuesto antitético e inseparable; la finalidad metódica es la misma porque voy a circunscribir ambos al área local vecinal. Este particular espacio lugareño es el lugar donde aparecen el bien y el mal, el situs donde se manifiesta la dialéctica bien/mal porque es inherente a nuestra necesaria convivencia. El carácter dialógico, relacional, el ser y estar con otros, en la familia, en el lugar y en la parroquia nos pone en deuda con los demás. Éste es el nivel y el registro pertinente según me han enseñado los informantes, en mis numerosas horas de conversación, donde situar la vida moral, el a priori ecológico que va a centrar me atención en esta monografía, adelgazando, por tanto, los grandes problemas generales aunque siempre colorearán desde el trasfondo el fluir y operar de los valores comunitarios[6].

[1] Personaje mítico que desde las nubes destruía las cosechas.

[2] Lo describo en mi última monografía sobre Galicia.

[3]Idem. Anuncian muerte.

[4] Espero sustanciar estos extremos a lo largo de esta monografía.

[5] He escrito sobre alguno de estos extremos en mi última monografía sobre Galicia y en la titulada La España mental: Demonios y exorcismos en los siglos de oro [1990], Madrid, Akal, 2004.

[6] Dos son las obras que aportan profundidad antropológica al estudio de los valores locales en nuestra disciplina: E. Couceiro Domínguez, Labrado de gentes. Matrices culturales de las prácticas laborales en la aldea gallega y su transformación, Pontevedra, Diputación de Pontevedra, 2008; y R. Sanmartín Arce, Valores culturales. El cambio social entre la tradición y la modernidad, Granada, Comares, 1999. Ambos aportan bibliografía. También J. A. Fernández de Rota, Gallegos ante un espejo, A Coruña, Edición do Castro, 1983.

II

ÁREA PILOTO

Creo que el mejor y más directo método para levantar el mapa moral de la Galicia rural es comenzar recogiendo en puntilloso detalle el vocabulario pertinente local ejemplificado en comportamiento; qué dicen, cómo lo ven y piensan y cómo lo describen verbalmente pero, ejemplificado en acción, genera datos fiables y comparables. En largas conversaciones, generalmente nocturnas, con unas 576 personas[1], hombres y mujeres, jóvenes y de edad, recogidas en cinta, pregunté sobre sus ideas y recogí versiones descriptivas en torno a comportamientos y acciones moralmente positivos, ambiguos, dudosos y negativos, concretamente qué consideraban en aquel momento, lugar y ecología, importante, de aprecio y estima, injusto, rechazable, preferible y valioso. Las respuestas centraron inmediatamente el tema en la persona como repositorio de intención y valor. 272[2] condensaron inicialmente el juicio moral en la expresión boa persona o persona boa y sus equivalentes home bo, bo home, boa muller, bon rapaz y boa rapaza. 148 respondieron en negativo: mala persona, mal ome, malebo, maleba y mala muller. 108 concretaron por su parte esa dimensión moral, significativamente, en mal veciño y 48 en testigo falso.

Todas estas cifras requieren hermenéutica porque pueden inducir a error, primero porque el número de páginas dedicadas a describir la portada negativa, o sea, las connotaciones indeseables, es considerablemente mayor; segundo, si sumamos a los 148 primeros los 108 que responden mal veciño y los 48 testigo falso, la suma 304 supera a la primera –272–; tercero porque es muy frecuente que definan negativamente a la boa persona apuntando que no es mala, ni lieira, ni envidiosa[3], ni xusticieira etc., es decir, tienen como punto de referencia a la mala persona o al mal home. No obstante, éste es el vocabulario base del que voy a partir siguiendo las instrucciones culturales que ellos me imponen al semantizar su propia experiencia y dicción en descripciones proposicionales, y lo voy a hacer con la pretensión de alcanzar una jerarquía cognitiva de valor.

I

¿Qué es una persona boa? ¿Qué es una persona mala? Selecciono, para comenzar esta monografía, la falda de la barrera montañosa lucense en su límite oriental conformada por El Cebrero, Cervantes y Caurel, geografía homogénea por su altura, habitada por pequeños núcleos pobres, mal comunicados[4] y caracterizada por un cuadro arcaico económico, autosuficiente en patatas, centeno, carne de cerdo y con prados para alimentar el ganado vacuno. La información fue recogida en Piedrafita, Cebreiro, Barxamaior, Fonteferreira, Zanfoga, Riocereixa, Sixto, Pacios, Nullán –Los Nogales–, Folgoso de Caurel, Visuña, Mercurín, Teixeira, Donís y Robledo. En invierno la nieve incomunicaba a un buen número de lugares que visité en primavera a lomos de mula; la cordialidad de la recepción contrastaba con lo elemental del hábitat y del condumio, factores ecológicos todos que pronto advertí marcaban aspectos del canon de valor.

Efectivamente, las respuestas sobre bondad o maldad se centraban casi invariablemente en la persona en cuanto miembro de la pequeña comunidad pero realzando con mayor frecuencia su lado negativo; después de conceptuar como lo peor matar a una persona –caso más bien teórico–, focalizaban su respuesta en algo más concreto y posible, en robar[5]. Ser ladrón, ser gatuelo, comeón, comer lo de otro, comer lo ajeno son designadores rígidos de una persona mala, sin paliativos, intrínsecamente, es un mal nacido. Espetar en una riña a otro «eres un ladrón» es insulto mayor, próximo a mentar a la madre. Como la idea está en la acción es imperativo escuchar el razonamiento local que precisa el difuso concepto. Robar el agua es una de las verbalizaciones más recurrentes; quitan el agua de un prado para canalizarla al propio violentando la norma de la vecera o quenda que sigue el modo tradicional de antigüedad; el que roba el agua es un garduño. «El que roba hierba en los prados, toxo o xesta [aliaga], patatas y trigo en gavillas, berzas, nabos, leña y herramientas de trabajo» es mala persona. También lo es «el que deja ir el ganado a un centeno, a un prado o a las patatas de otro», lo mismo que el que «se come el campo de otro poco a poco por los linderos». La forma en que lo hacen consiste en mover los marcos o pedreiros que trazan la línea imaginaria que divide el prado en provecho propio: «Al correr los lindeiros [piedras de referencia] de un campo puede tener uno un poco más de tierra. Y, si uno planta dentro de su propio campo una restre [línea] de castaños y las raíces se meten en el campo del otro, se le come la tierra, y todo el que se come las tierras de otro es un dañino». Sólo una mala persona «quema castaños, corta árboles y estropea el fruto» de otro.

La maldad se hace real también al materializarse en otro tipo de acción articulado con el anterior: el testigo falso es otro icono primario de maldad. Nombrarlo equivale a instintivamente rechazarlo, actualiza el mal. «Ser testigo falso es lo peor que puede haber», me afirman con rotundidad. Como anteriormente me han asegurado que lo peor es matar pregunto: ¿peor que matar? «Peor porque arruina para toda la vida», aseguran varios aunque no todos; voces discrepantes minoritarias aparecen con alguna frecuencia. «El testigo falso quita lo que no tiene y se lo da a otro», es dos veces perverso. «Tramposo [mentiroso], maligno designa por el Caurel al que da falso testimonio», aludiendo también al modo dual de su maldad. Pero hay algo más: «o maligno» o «malino» es el demonio, Satán, en lenguaje ordinario, lo que semánticamente coloca a testigo falso a la cabeza de la perversidad, de aquí la pronta afirmación de algunos. Sin embargo, dado que con alguna frecuencia actúan de ese modo ante el juez –por devolver favores, por amistad, conexión familiar, dinero, por vengarse, etc.–, la valoración primera moral viene relativizada por otros que consideran peor matar. Todos, por otra parte, denigran con vehemencia al lieiro, xusticieiro, o «litigoso que sempre anda de abogados»; es o demo, demonio inferior a Satán en ideología local[6]. El xusticieiro es «amigo de meterse en líos, en justicia», lleva a la gente al juzgado; es a la vez «un mal vecino» cuando lleva a alguien «a la justicia sin razón» y lo es también una mujer «que influye al marido para que vaya de justicia». El testigo falso es, si no lo peor, al menos de lo peor en el canon ético aldeano; coadyuva el venir envuelto en un halo de trascendencia maligna que no tiene el ladrón. El xusticieiro es un mal vecino porque pulveriza las relaciones cívicas de la comunidad y porque convierte a sus vecinos en reos frente a la ley. Ante este variado teclado el prudente duda y ejercita su pensamiento práctico moral que tiene su propia lógica. «Aquí cerca[7] había un señor rico; a veces los vecinos iban por junto a sus fincas y le metían el ganado en sus prados. Él desde lejos a veces les decía: “Eh, pastores, si dejáis el ganado en mis prados os voy a llevar al juzgado”. Pero nunca fue, sólo era de lengua para meterles miedo.» Se refieren a él como boa persona, home reuto y limpio.

Que una vaca muerda hierba en prado ajeno es tolerable, el animal no ve límites ni sabe de propiedades, por tanto no es pertinente, al contrario es «de mal instinto» pegarla y maltratarla; si reincide el comportamiento correcto del perjudicado es «ir a la casa del propietario del animal y decirle: “Mira, ten cuidado, que tus reses entran en mis prados”. Este hombre es legal, pero si va gritando y de malas maneras ya no es hombre bueno, no tiene peso ni formalidad». «En lo de la justicia a veces el que calla y queda por cobarde es el que mejor sale porque si se enzarza sobrevienen líos, amenazas, golpes, abogados, o demo.» El disimulo puede conllevar, a la larga, mayores ventajas y el restablecimiento del equilibrio moral, vindicaciones refinadas ocultas muy satisfactorias. Sólo si la reincidencia es notoria se recurre a la ley; «uno no puede dejarse pisotear». Robar, testigo falso, xusticieiro y mal vecino conforman un totum que encabeza la ética política negativa de la comunidad, centrada, por tanto positivamente, en la convivencia pacífica de buena vecindad.

Mal vecino tiene mayor arco de referencia que el hasta ahora indicado. Mal vecino es o trangalleiro porque hace con frecuencia trangalladas, esto es, «trata de engañar a otro, hace tratos que no cumple, no paga deudas, dice unas cosas y hace otras…; trangalleiro es el que no se puede tratar [en sentido amplio] con él, ése é un trangalleiro». También lo es o trapalleiro, el que es tardo en cumplir los tratos, por ejemplo, «quedar en pagar un animal el domingo y traer parte del dinero, al otro domingo trae otra parte; vuelve los cuartos como los cuartos de los responsos [en los entierros] que dan dinero a los curas poco a poco. Hacen trapalladas personas que no son formales; no quedan bien». «Argalleiro es el que después de hacer un trato se vuelve atrás, cambia de opinión en un momento sobre la compra faltando a la palabra.» El mal vecino miente causando perjuicio, murmura, calumnia y critica y esto es grave porque «se libra uno dos feitos y no se libra dos ditos». No hace favores, no presta los servicios comunales ni participa en ayudas mutuas y se mete con los demás sin necesidad. Está mal considerado y es impropio de todo vecino maltratar a las vacas que pastan y a las gallinas que picotean en lugar ajeno, comportarse indebidamente o «dar mala vida a ancianos, hijos, padres, marido o mujer en el interior de una familia»; el que lo hace es un mal nacido.

Las cuenteras, murmuradoras, liosas y chismosas, las reñidoras, faltonas y maleantes, «las que van llevando cuentos por ahí no son boas mulleres, porque por el rabo de la cuchara entra el gato en la ollar». Ellos son faltones, faltan de palabra especialmente en la cantina, «dicen pero no hacen, se enzarzan en picantelas, en discusiones, en reyertas de palabras». También pueden ser calificados de holgazanes, larchanes y cochos los cabezas de familia que trabajan poco y cuyos hijos «andan mal y sucios». Pero es la maldición formal profunda la que intrínsecamente merece desaprobación rotunda y que, en casos, puede alcanzar sanción divina. Dos comadres riñeron por una gallina y en la discusión una dijo a la otra: «Dios quiera que no puedas entrar en el reino de Dios sin pagarme la gallina. Murió la maldecida y una noche, estando en su cama [la perjudicada oyó], “Comadre, co­madre, toma el dinero de la gallina que no puedo entrar en el cielo”»[8].

A un foco ético un tanto secularizante nos lleva el vocabulario siguiente, ligeramente desaprobador, pero desprovisto de rigor teísta. El vicioso, el borracho y el no religioso ilustran esta local antropología ética. Vicioso es el soltero mujeriego, donjuanesco, «pero es libre y aunque vaya con mujer no es mala persona», está en la edad; hacerlo «está bien, es libre, es un correlobos, un volero, [o sea, es] como ave que pica hoy aquí, mañana allí». Los que esto hacen «están mecosos [vanidosos] con sus éxitos, porque valen más, porque tienen más meco [gracia, elegancia] que los otros». «Los solteros que se entienden con solteras no son malas personas» y «si la soltera está siempre con el mismo hombre no está mal vista»[9]. Más aún, «non é mal home o [casado] que alguna vez se va co outra», pero es apodada zorra la casada que adultera, «hombre… [piensa], buena ya no es, el hombre no pierde prestigio, ella sí, queda avergonzada, el hombre no». Pero nótese la ambivalencia, porque esta afirmación no quiere decir que esas mujeres sean siempre peores que las demás; «pueden ser mejores, es una ilusión que les pasa». Obviamente el marido lo ve de otra manera, pero la censura pública no alcanza el grado patente en otras geografías regionales. Una mujer maleante, «que anda con varios, es mala para sí y para sus padres, pero puede ser una buena rapaza; normalmente se casa [aunque ya tenga hijos] sobre todo si es rica». Del que se casa con mujer que tiene hijos de otro dicen que «se casó con una que ya tiene [o lleva] carrancas». A una muchacha que se acuesta con un joven poco deseable llaman «ovella e dicen “no sabe a terra que pisa” y si lo hace con varios cona arrastra», conducta ciertamente censurable, «pero esa que lo hace por amor, por pasión o engañada no es mala mujer». La sexualidad no sufre formulación teológica, no tiene conexión obvia con el pecado.

No obstante, en la sexualidad aflora a veces un cierto trasfondo moral y por tanto algo de halo cristiano, parámetro a usar según convenga. Conocen el código general exterior. En un lugar de esta zona una pareja contrajo matrimonio; al poco tiempo de la boda ella mostró estar embarazada. El marido hace cuentas y ve que por aquellas fechas no tenía relaciones con ella. Va a su suegro y le dice: o aumenta la dote o aquí tiene a su hija. El padre accede; a cambio admite y trata al hijo de su mujer como si fuera propio; hay pues un eco religioso-honorable en operación pero, como siempre, todo flexible, nada rígido.

No importa si uno bebe demasiado de vez en cuando; si se emborracha con frecuencia es una persona viciosa pero no mala, le hace mal el vino pero puede ser una buena persona siempre que haga favores, no moleste, tenga buen corazón y buenas entrañas. Se endurece al adjetivo calificador cuando el exceso es muy frecuente, se cae al suelo, lo tienen que recoger y llevar a casa: «Es un perdido [dicen] pero no mala persona porque no se mete con nadie»; «es malo para sí mismo». «Pobre [comentan], nacería con mala estrella, tiene su sino». Son comprensivos. Tampoco tiene, en general, raíz religiosa expresa la ética comunitaria: «no entra lo religioso», «lo de la religión no importa», «sería mejor una relación directa con Dios» y más concretamente: «No importa no ir a misa porque hay gente que no va a la iglesia y tiene más devoción que los que van y ponen las manos juntas». Pero existen razones a las que conceden más peso: «Yo no voy a la iglesia pero no quito nada a nadie, vivo de lo mío y tengo la conciencia tranquila», reafirmación de las virtudes propias de la buena persona que también corroboran las siguientes citas: «Quien vive con lo suyo, con su trabajo, sin envidiar lo de nadie, llevándose bien con todo el mundo no necesita ir a la iglesia para ser un hombre bueno, [y aduce como contraprueba] hay un refrán que dice: “á porta do rezador non poñas ó trigo ó sol”» y «no quiero nada de confesiones, ni curas ni frailes; mi confesión es mi conciencia que dice: “lo que no quieras para ti no lo quieras para los demás”». Pero de nuevo encontramos aquí un substratum normativo externo con eco religioso y con posibilidad de uso si conviene: «Si el cura se acuesta con soltera non facemos caso porque hay muchos curas que tienen hijos, [pero] decimos: “Vaya padre de ánimas, qué ejemplo nos da”, pero si se acuesta con casada eso es buscar crimen». Ahora bien, cuando la comunidad considera que el cura los extorsiona escriben al obispo acusándole precisamente de que se acuesta con mujeres porque saben que el prelado atenderá más la queja si el delito es sexual[10]. Otro ejemplo de confluencia y manipulación de códigos que muestra el suelo fértil en el que crece la moral en su variedad y discriminación.

Tanto el bien como el mal son categorías contrastantes –el mal se contrasta con el bien y éste con aquél– porque su estructura de evaluación es dicotómica; para penetrar en el mallum hay que encarar el bonum porque el valor es término polar, bifronte, positivo y negativo; y jerárquico, como queda expuesto. Con la mala persona rivaliza la buena, la persona legal, el buen vecino, u ome reuto, limpio, servicial, dereito, formal, etc., pero siempre con modulaciones significativas concretas. Además hay que contar siempre también con cierta relatividad conceptual –no es fácil ser preciso–, cuando se trata de penetrar en zonas morales difusas, imprecisas, ambiguas, lo que hace que en discriminaciones puntuales no siempre estén de acuerdo como sucede al jerarquizar matar y testificar en falso. En todo hay circunstancia y perspectiva. Un galbán puede dilapidar su hacienda y casa por no trabajar y «ser un mal administrador, pero, si no se mete con nadie, ayuda a los vecinos y a nadie molesta, es también buena persona». El perfil estimativo es aún más complejo porque la sensibilidad valorativa para focalizar aspectos y ordenar valores jerárquicamente puede pulsar variedad de teclas discriminatorias penetrantes como, por ejemplo, cuando se refieren a valores-para. Uno que gasta mucho en juego o bebida «es un perdido, malo para sí pero no para el público si es bueno en sus tratos normales y no hace mal a nadie; es buena persona». La lógica del discurso moral lugareño es prolífica y ambigua, zigzaguea entre personas, situaciones, circunstancias y comportamientos, navega entre valoraciones internas y externas cuando conviene, concretas, particulares, generalizables.

II

Éstas son las coordenadas, sumariamente expuestas en vocabulario local, que determinan los planos y líneas de fuerza generales que rigen la conciencia individual y vecinal. Aportan en realidad algo así como la anatomía de la ética lugareña pero con sus matices de significado y con sus puntos de divergencia y ambigüedad y todo en un periodo de tiempo concreto y respondiendo, al menos implícitamente, al tipo de aldea en convivencia en la que quieren pasar sus días, a cómo quieren vivir, en una palabra. No dudan de que son necesarios unos principios que regulen la vida en armonía a pesar de las pulsiones individuales y fuerzas coercitivas estructurales propias también de la vida en comunidad; reconocen la necesidad de una mínima moralidad popular. Ésta, a su vez, coloca al individuo en un conjunto relaciona1 inevitable, en interacciones obligatorias que complementan y problematizan las estructuras locales según edad, estado y sexo. No es posible prescindir de un núcleo de valores culturales primarios para el funcionamiento de la comunidad y si nos fijamos en ellos nos dan algo así como el perfil del hombre virtuoso en su contexto ecológico, valores no siempre reducibles pero inseparables, en alguna de sus dimensiones, del medio físico-geográfico.

La etnografía reproducida pergeña también, en lectura antropológica, la figura de la persona razonable, el ideal de un buen carácter, el buen sentido común del lugareño que sin grandes elucubraciones ve la vida como es a su vera, en simbiosis con los hechos, con sus trabajos y sus días, en sus instituciones, sin olvidar, desde luego, aspiraciones y deseos que sabe cercenados por esa misma estructura del vivir. El buen vecino oye la voz de la racionalidad a través del sentido común y de la sabiduría práctica, se apoya en la convención social tradicional y dialoga cuando es necesario; desarrolla además y cultiva el autocontrol, señorea sus emociones en la evaluación de hechos y comportamientos para resolver con prudencia sus conflictos; intenta un equilibrio entre el ideal –que nunca se alcanza ni se puede alcanzar– y los valores concretos que vienen avalados por su conciencia, por la tradición, por un modo de vida y por los fines que se persiguen. Piensa desde la vecindad y desde la fragilidad humana para juzgar moralmente; no ve la sexualidad como algo necesariamente pecaminoso u obsceno porque sabe que lo corporal va también con lo espiritual, lo profundo del amor con lo trivial y lo caprichoso con lo razonable. Tampoco lo religioso tiene entrada fácil en su canon comunitario, canon que hay que inferir en su metafísica subyacente yendo por detrás de cuestiones empírico-etnográficas para alcanzar el conocimiento antropológico que va más allá de los fenómenos al trascenderlos en busca de valores últimos y esencias. Revelador de este proceso es el comentario final de un informante: «Limpio, limpio nada hay, ni nadie; el abogado está para sacar dinero, lo mismo el médico y lo mismo el cura», esto es, ninguna profesión, ni las más dignas están exentas de impureza; más aún, en realidad de ninguna persona puede decirse que es buena; pesimismo radical que centra sus dardos en la humana condición en cuanto a disposiciones personales que se ven forzadas, además, a actuar en el interior de fuerzas destructivas que emanan de la estructura social y de las creencias.

Las narrativas copiadas parecen dar pie, en conjunto, para inferir que creen que los valores negativos radicales como matar, robar y testimoniar en falso son objetivos, reales, que están ahí visiblemente, para todos, para ser apreciados por todos, encarnados además en nuestro instinto, en la costumbre y en la conciencia. Se podrá dialogar y afiligranar el puesto que ocupan en la jerarquía o escala de maldad, pero toda mente humana se percata de su existencia y esencia intrínseca. Nuestra conciencia nos hace ver cómo podemos llegar a una normativa general fundamentados y partiendo de nuestra racionalidad que nos asegura que sólo la definición mínima de nociones éticas con finalidad generalizante hace posible la necesaria convivencia. La ley de la comunidad y la ley de la naturaleza son una y lo mismo que la ley moral y la ley de la razón, de la razón práctica. Su pensamiento ético es inseparable de su ecología y modo de subsistencia, de las relaciones sociales vecinales, de la forma de comunidad históricamente situada, de sus intereses y necesidades, de la situación particular de la persona y, desde luego, del modo general de vida; comunidad de discurso coherente, congruente y sin duda racional. Las instituciones, las formas sociales y prácticas de vida encarnan valor. La narración estimativa conecta directa e inmediatamente con el contexto en que se sitúan y que domina sus vidas; otras dimensiones de valor que escapan a estos condicionamientos, por ejemplo, los placeres preceptuales sensoriales o los valores estéticos, panorámicos y naturales, etc., ocupan, frente a los otros, un espacio periférico. Primum vivere.

Otra lectura hermenéutica, el valor como experiencia, corrobora y robustece la glosa anterior. Efectivamente, a la normatividad natural y a la ética de la relación anteriores hay que añadir el sentido intrínseco de las cosas según la perspectiva y experiencia vecinal cuotidiana. ¿Y qué es lo que experiencian los vecinos? Cuestiones empíricas primarias, condiciones ecológicas, necesidades humanas, recursos a la mano, tensión y conflictos, formas tradicionales de organización y condicionamientos estructurales que tienen que ser redefinidos y por tanto codificados para suavizar la difícil convivencia. Necesidades perentorias, intereses razonables, reciprocidad social y prácticas de vida conforman el trasfondo experiencial sobre el que se erige una comunidad de discurso evaluador que se manifiesta y conecta con un empirismo moral expresado en narrativas ad hoc y en una explosión de específico vocabulario. El resultado es de una simplicidad sistemática que está al alcance de todos, lo que no es de extrañar porque estos valores son proyecciones de pretensiones, deseos y aspiraciones que en último recurso expresan, en teoría moral implícita, los fines de la vida humana según los ven ellos.

Creen en la dignidad axiológica al jerarquizar positiva o negativamente la bondad y la maldad. Al comparar al asesino con el ladrón y con el testigo falso establecen un baremo, evalúan la altura respectiva de cada acción en la que la intensidad estimativa disminuye en proporción inversa a la alzada del valor moral, o sea, cuanto mayor es ésta menor aquélla. Expresado de otra manera: A es peor que B quiere decir que el grado en que A tiene la propiedad B es mayor que el grado en que B tiene esa misma propiedad. La jerarquización requiere contexto y comparación y en ésta pueden competir diferentes criterios, todos relevantes. Si A es peor que B depende de cómo A y B se miden en virtud de algún criterio, pero tanto A como B pueden depender a la vez de otros criterios; además los predicados que acumulan bondad o maldad no son monádicos, esto es, precisos, radicales o monovalentes, pueden soportar valencias formales diferentes, lo que abre la puerta tanto a la vaguedad como a la ambigüedad. Hemos visto que frente a un intento de jerarquización de valores primarios y nucleares ellos mismos son los primeros en dudar y disentir, cuanto más es de esperar que suceda en relación con los restantes o de segundo rango. Añade dificultad el hecho de que las nociones éticas son difíciles de definir con descripciones ordinarias basadas en observación y que las intuiciones morales no dan fácilmente reglas morales universales porque se perciben vagamente y se expresan, como sabe todo antropólogo con experiencia de campo, confusamente. En resumen, todo intento de jerarquización puede conducir, comprensiblemente, a desacuerdo e indeterminación.

He subrayado varias veces para en las frases «bueno para» o «malo para» reproduciendo literalmente la versión nativa con el fin de mostrar cómo aplican la preposición en un entramado modal. Destaca, en primer lugar, el carácter tanto relativo como de relación en su uso, lo que nos alerta del posible relativismo del valor y de la importancia de su forma lógica. Para es una relación que A tiene en relación con un momento, un caso o una persona más que una propiedad moral en sí. Con complementos de adjetivo moral expresa la actitud hacia la persona, esto es, cómo aquí y ahora cuentan su situación, la evaluación de su carácter, la secuencia de sus motivos e intenciones, el contexto social, etc., sin olvidar lo relativo a tiempo y espacio, a población, amistad, dignidad y trato, al actualismo de la situación, en una palabra. Por otra parte la relación para no es una relación plenamente determinada, caben alternativas; tampoco es fácil combinar una axiología relativista con una descripción discriminadora positiva y negativa simultáneamente, pero ya sabemos que la conjunción de polaridades, la ambigüedad y la vaguedad de dicto son culturalmente relevantes, parte del ethos en el esquema de valores[11] en el que diferentes circunstancias adscriben a la vez diferentes y aun contradictorios valores. La puerta a la duda y a la opción está abierta.

Este capítulo inicial ha tenido por objeto sugerir, primero, cómo partiendo de un conjunto de adjetivos de estima y valor, negativos más que positivos en este caso, podemos comenzar a levantar una cartografía ética zonal aproximada; segundo, que este mapa requiere necesariamente de amplia exégesis para ir mostrando el subtexto de lo referido, pues lo implicado, que es lo valioso, queda un tanto en la penumbra; tercero, que esta exégesis interpretativa demanda consolidación in genere