Que la luz no te ciegue. - Domingo Arranz - E-Book

Que la luz no te ciegue. E-Book

Domingo Arranz

0,0

Beschreibung

Que la luz no te ciegue es una novela de aventuras que reflexiona sobre la ciencia, la religión, el mundo de la investigación, los orígenes del ser humano y el fana­tismo de ciertos grupos sociales. Javier, fotógrafo de prensa; dedica su vida a su familia y a su trabajo, pero un correo electrónico y el encuentro con el remiten­te cambiará su vida para siempre. Se verá envuelto en una búsqueda muy personal que lo sumergirá en un mundo lleno de grandes enigmas, secretos mile­narios y fuertes emociones, donde la muerte y la contradicción entre ciencia y religión sobre el origen deI hombre impregnan cada pensamiento.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 561

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Que la luz note ciegue

 

 

 

 

INTERNATIONAL (CC BY – NC 4.0)

1.ª edición, octubre de 2023

ISBN: 978-84-127758-0-8

Depósito legal: M-30738-2023

© Domingo Arranz, 2023

arrebato libros, 2023

C/ La Palma, n.º 21. 28004, Madrid

www.arrebatolibros.com · [email protected]

Diseño y maquetación: Rubonon

Ilustraciones y cubierta: Tamara Arranz Ramos

Corrección ortotipográfica y de estilo: Ana Escudero Portal (@Escudero Portal)

El cuerpo de texto de este libro está compuesto con las tipografías libres Baskervville diseñada por ANRT

(Atelier National de Recherche Typographique) en 2017, Barlow diseñada por Jeremy Tribby en 2017, publicadas bajo una licencia SIL Open Font License v1.10., y la tipografía Quikens diseñada por Brandsemut en 2022.

Hecho en Malasaña – Madrid

 

A mi hija, Tamara

La vida a veces duele, pero no por esohay que dejar de vivir.

Vive con ilusión y pasión conformea los dictados de tu corazón;

solo así lograrás convertir cada día en algonuevo que merece la pena ser vivido.

 

 

 

 

Domingo Arranz

PRIMERA PARTE

 

 

EL LEGADO DEL PASADO

Entre la verdad y la mentira,de la realidad a la ficción,solo hay un paso.

¿Cómo podemos asegurar que la información que nos llega sobre los acontecimientos pasados es la verdad si la percepción de un mismo suceso es diferente para cada persona que lo vive, debido a la comprensión e interpretación que de él haga, influenciada y mediatizada por pautas culturales, religiosas, políticas o sociales?

Capítulo 1

Jerusalén

Nueve años antes

—¡No me creo que se haya perdido un manuscrito! Resulta evidente que uno de los investigadores lo ha sustraído. Quiero una relación de todo el personal que está participando en la excavación en mi mesa cuanto antes. Y un informe con vuestras sospechas sobre quién ha sido el responsable de su desaparición ¡Tenéis hasta esta noche para averiguarlo!

El hombre que gritaba a las puertas de la cueva 12 de Qumrán, en un desolado paraje sobre riscos de arenisca a orillas de mar Muerto, había dejado claro que no aceptaría que su orden se cuestionara. De estatura baja, castaño, cara afilada, nariz pronunciada y pinta de intelectual, aquel enérgico sujeto tenía una personalidad arrolladora. Y, a juzgar por la expresión de su rostro y forma de hablar, estaba más que acostumbrado a mandar. Su simple presencia, aun con su ligero problema de pronunciación, como si tiempo atrás hubiera tenido un trastorno de lenguaje, imponía temor.

Se hacía llamar Hubbard.

Un joven árabe alto, de ojos y cabello negro y complexión atlética, de nombre Maalouf Zuhair, lo escuchaba, acompañado de otro hombre exquisitamente refinado, culto y de aspecto occidental, con el cabello blanco peinado hacia atrás, llamado Carlo.

En la cueva 12 de Qumrán, escondidos en nichos y en una serie de vasijas de barro, habían hallado doscientos cincuenta y cinco manuscritos en hebreo antiguo. Estos textos, pertenecientes a la comunidad esenia, también llamada «Hijos de la luz», tenían una antigüedad de unos cinco mil años.

Dos días más tarde de su hallazgo, al agruparlos para enviarlos a la sede de la entidad que financiaba el proyecto, detectaron que faltaba uno. Los contaron varias veces, pero la cifra seguía siendo la misma: tan solo había doscientos cincuenta y cuatro.

Alguien, aun a sabiendas de los riesgos que corría ante el valor de la información que contenía el manuscrito, todo un hito en la investigación arqueológica, y previendo lo que vendría más tarde, había decidido que aquel manuscrito no debía ir a parar, bajo ningún concepto, a la Religions World Unity.

Al día siguiente de la sustracción del texto, la RWU, que había financiado la investigación, publicó el hallazgo, pero dio una versión muy diferente de los hechos, tal y como había vaticinado la persona que sustrajo el manuscrito: el comunicado enviado a los medios de comunicación indicaba que el hallazgo no había cumplido las expectativas.

—«En la cueva 12 no ha aparecido ningún manuscrito, a diferencia de las otras once cuevas de Qumrán, en las que se han llegado a encontrar novecientos setenta y dos rollos o manuscritos redactados en hebreo y arameo, entre los que se hallan los textos bíblicos más antiguos hasta ahora conocidos. Las vasijas que se han encontrado en la cueva número 12 estaban vacías y, algunas de ellas, rotas. Alguien (saqueadores, ladrones o algún pobre diablo inducido por coleccionistas) se nos ha adelantado» —dijeron los responsables de prensa.

Anochecía cuando Maalouf Zuhair y su acompañante llegaban a la puerta de una casa baja, sucia y vieja en el barrio ultraortodoxo Mea Shearim; el barrio de los judíos Haredim o jaredíes. Allí esperaba la persona que les había ordenado que averiguaran quién estaba tras la desaparición del manuscrito.

—¿Y bien? —preguntó Hubbard sin darles un respiro.

—De momento, no hemos averiguado el paradero del manuscrito —respondió Maalouf— ni quién puede estar detrás de su desaparición.

—Nadie sabe ni ha visto nada —añadió, no sin temor, el acompañante de Maalouf, mientas alargaba el brazo hacia Hubbard y le entregaba un folio doblado—. Aquí tienes la lista que nos encargaste.

Tras ojearla rápidamente, Hubbard estalló en cólera.

—¡Maldita sea! ¿Cómo habéis dejado que esto ocurra? ¡¿Por qué hay un investigador de la UNESCO en nuestro proyecto?!

Ninguno sabía justificar lo ocurrido.

—Ni idea. No es a mí a quien corresponde seleccionar al equipo —señaló Maalouf.

—Soy consciente. No te preguntaba a ti.

—¡Es mi culpa! —interrumpió Carlo en un perfecto inglés con acento italiano—. Nunca pensé que algo así podía ocurrir. Lo contraté porque su ayuda era vital para localizar la cueva. Además, creí tenerlo controlado en todo momento, con la ayuda de otro de nuestros investigadores, a quien ordené que no lo perdiera de vista.

—¡Basta de lamentaciones! —gritó Hubbard—. Ya da igual. Tenemos que solucionarlo. ¿Creéis que él ha podido sustraer el manuscrito?

—Es muy probable, ahora que lo dices. Dudo que alguien más del equipo haya robado el texto —agregó Maalouf—. Todos los demás pertenecen a la organización o son religiosos.

—Estoy totalmente de acuerdo con la suposición de Maalouf —respondió Carlo.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó el árabe.

—¡Mal asunto! Estamos hablando de personal perteneciente a un organismo internacional. Esto puede tener repercusiones —argumentó Hubbard, visiblemente cabreado.

Tras tomarse unos segundos más para meditar, añadió:

—¡Está bien! No tenemos más alternativas. ¡Interrogadlo! Que os diga dónde ha escondido el manuscrito y sacadle toda la información que podáis: ¿por qué lo ha hecho?, y ¿para quién? Maalouf, te harás cargo del interrogatorio. ¡Después, silenciadlo! —ordenó Hubbard con frialdad.

—Así lo haré —aceptó Maalouf, dejando entrever una pequeña cicatriz en su mejilla izquierda, semioculta por una barba recortada—. Como siempre, procuraré que no puedan relacionarlo con nosotros —terminó diciendo mientras su acompañante esbozaba una sonrisa maliciosa.

Maalouf parecía un hombre frágil, pero no lo era. Más bien era distante, frío, calculador, y podía llegar a ser terriblemente violento, para nada psicópata.

Veinticuatro horas después, la directora de la UNESCO, Waleska Prakova, expresaba su consternación por la manera brutal en que había muerto un investigador de su organización, el arqueólogo jordano Asher al-Asaad, responsable por la Organización de las Naciones Unidas del cuidado de los tesoros de la antigüedad inscritos en la lista del Patrimonio Mundial que atesoraba Oriente Medio. El asesinato, según la señora Prakova, había tenido lugar en la ciudad de Palmira, en Siria, durante uno de los fugaces desplazamientos que el arqueólogo solía hacer por las zonas arqueológicas de Oriente Medio.

—Estoy triste e indignada por el brutal asesinato de un gran valedor de la cultura y la investigación —reconoció Waleska Prakova. Aquella mujer mantenía el tipo como podía. No en vano conocía al investigador asesinado—. Asher al-Asaad era un hombre bueno y un gran profesional —añadió—, y su única preocupación fue salvaguardar los grandes tesoros de esta ciudad, crisol de culturas, y del resto de joyas arqueológicas de Oriente Medio. Sus asesinos lo mataron por eso mismo: por proteger lo que los fanáticos del ISIS odiaban: la cultura. Estos fanáticos han asesinado a un gran hombre, pero nunca podrán silenciar su trabajo.

Según los despachos de prensa que circulaban ese día por embajadas de distintos países occidentales, el investigador Asher al-Asaad había sido decapitado por el ISIS y, su cuerpo, colgado de una grúa. Dichas informaciones indicaban que el arqueólogo, de sesenta años, habría sido secuestrado horas antes por este grupo terrorista.

A la misma hora que la directora de la UNESCO anunciaba la muerte de Asher al-Asaad, tres hombres se reunían de nuevo en la casa de la calle Akkadian, en el barrio judío Mea Shearim, a pocos minutos a pie de la Puerta de Damasco, en Jerusalén.

—¡¿Y bien?! —preguntó de forma enérgica Hubbard.

—¡Objetivo cumplido! —respondió Maalouf—. No hemos podido localizar el manuscrito, pero al menos este tipo no podrá contar nada de lo que se dice en él.

—¡Bien, problema solucionado! Por cierto, Maalouf, has hecho un buen trabajo desviando la atención hacia el ISIS. Nunca podrán asociarnos con esta muerte. No creo que a ellos les importe que hayamos reclamado la autoría de la muerte del investigador en su nombre. Es más, seguro que estarán encantados. Esto les dará mayor notoriedad y reputación, al ser un investigador que trabajaba para un organismo internacional.

—¡Gracias, Hubbard! Me tomo mi trabajo muy en serio. Mi implicación con la organización es absoluta. Daría mi vida por nuestros ideales.

Maalouf y su acompañante contaron cómo habían llevado a cabo el secuestro y asesinato del investigador hasta que Hubbard los interrumpió; le había surgido una duda tras escucharlos…

—Me cuesta creer que el investigador no soltara prenda tras el brutal interrogatorio al que lo sometisteis. Cabe la posibilidad de que estuvierais equivocados y él no fuera el autor del robo, ¡¿no creéis?! —dijo, torciendo la cabeza con gesto de desaprobación, sin ocultar su ira. Maalouf y su acompañante se quedaron de piedra ante la insinuación—. ¡Señores! Esto no ha terminado —concluyó Hubbard—, la búsqueda del manuscrito debe continuar hasta verlo en nuestro poder. ¡¿Queda claro?!

Capítulo 2

La carta

15 de diciembre de 2019. En la actualidad

—¡Atención! ¡Motor! —gritó el ayudante de dirección.

Actores y equipo técnico iban de un lado a otro en el set de rodaje, siguiendo sus órdenes. Lucía, la foto fija, se movía buscando un lugar desde donde realizar su trabajo sin molestar, pero con la visión suficiente para recoger con su cámara los mejores momentos del rodaje, así como cualquier otro detalle interesante para el making-off.

Lucía era una jovencita morena, menuda, con el cabello castaño y gran expresividad en los ojos; creativa, con carácter y muy tenaz, como su madre, y rebelde, impulsiva y apasionada, como su padre. Contaba veintiséis años y se dedicaba a la foto fija, aunque su verdadera pasión era la fotografía social y el reportaje. Pero esto apenas daba para vivir. Su otra pasión: su compromiso en defensa de los inmigrantes, el medio ambiente y los animales, que le había llevado en más de una ocasión a participar con una ONG en actuaciones de denuncia y protesta.

Su amor por la fotografía le venía de su padre, Javier Echeverría, periodista gráfico. Desde bien pequeña le había encantado trastear con las cámaras. Aquellos momentos la llevaron a seguir los pasos de su progenitor y dedicarse a la fotografía profesional. Así lo había reconocido en alguna de las entrevistas que le habían hecho a raíz del éxito alcanzado por alguna de las películas y series en las que había participado.

Eran las seis de la tarde. La jornada de rodaje había sido larga y dura. La serie estaba producida por una gran plataforma estadounidense reconocida a nivel internacional y la exigencia era absoluta.

Agotada y helada, Lucía, después de despedirse de los compañeros, recogió el equipo y salió disparada para su casa. Ardía en deseos de cenar y tumbarse bajo una mantita en el sofá.

La tarde era lluviosa; grandes nubarrones cubrían el cielo de un intenso gris oscuro, al tiempo que una cortina de agua golpeaba de forma incesante y repetitiva el asfalto.

Intentando protegerse de la tempestad, Lucía se puso la mochila con el material de trabajo en el pecho y, cubriéndola con los brazos y el cuerpo, corrió hasta refugiarse en el interior de la marquesina para aguardar la llegada del autobús. Tras esperar más de lo acostumbrado, y viendo el caos del tráfico y el atasco monumental que se había formado, como cada vez que llovía en Madrid, se acercó hasta la boca de metro más cercana.

A merced de la lluvia, corrió por la acera, sorteando un charco tras otro. El olor a tierra y asfalto mojado que flotaba en el ambiente era embriagador. Llevaba mucho tiempo sin llover en Madrid de esa manera.

Lucía vivía cerca de la plaza de toros de Las Ventas, en un pequeño ático de la Avenida de los Toreros distribuido en dos plantas. En la parte baja, un pequeño salón, un baño y una pequeña cocina. En la parte superior, una habitación abuhardillada y otro baño.

Pero lo mejor de la casa eran sus dos terrazas: una totalmente acristalada, de unos quince metros cuadrados, y otra, exterior, llena de plantas, de unos veinticinco. En estas terrazas, Lucía pasaba sus horas trabajando o descansando, ya fuera invierno o verano.

Subió a su habitación para cambiarse de ropa. Necesitaba ponerse algo seco cuanto antes. Momentos después descendió los diez escalones que la separaban de la planta baja para dirigirse a la terraza acristalada.

El equipo no había sufrido con la lluvia; estaba seco gracias a que la mochila era impermeable. Tomó las tarjetas de memoria y volcó su contenido en el ordenador y en un par de discos duros, creando una doble copia de seguridad de todo el material conseguido en el día. Con la tranquilidad que le daba tener varias copias, mandó un correo electrónico a la central de la productora en Estados Unidos, adjuntando todo lo fotografiado en el largo día de rodaje, conforme a lo que habían pactado.

Atraída por el golpeteo de la lluvia en los cristales, caminó hasta el ventanal de la terraza, desde donde divisaba los tejados de las casas colindantes. Empujada por un deseo irrefrenable, extendió el índice y lo deslizó por la húmeda superficie, garabateando trazados incoherentes. La condensación transformaba los trazos en gotas de agua que se deslizaban cristal abajo; primero una, después otra… Los surcos que dejaban en su loca carrera anegaron su mente, una vez más, dejándola sumida en el recuerdo…

Cogida en los brazos de su madre, se acercaron a la ventana. Tessa tomó el índice de Lucía y pintarrajearon sobre la capa de vaho que se depositaba en los cristales. Una sensación cautivadora de serenidad se apoderaba de la niña tras el contacto de su dedo con la superficie. Su mirada limpia y directa reía viendo aquellas gotas correr por el cristal, mientras su madre la sostenía con ternura.

Podía oler su aroma y sentirla rodeando su cuerpo, mientras sus mejillas acariciaban las suyas. Llegó a sentir a su madre como si estuviese allí mismo, a su lado…

Aquellos recuerdos se desvanecieron como un castillo de naipes derribado cuando Lucía retornó a la cruda realidad.

«¡Maldita noche! ¿Una pequeña distracción? ¿Un descuido? ¡Qué más da el motivo! ¡Ya todo da igual! Ella está muerta de todos modos».

Los recuerdos irrumpían en su cabeza sin que pudiera evitarlo, llenándola de pesar. Lucía quería a su madre con locura, y su trágica muerte había dejado un vacío imposible de llenar.

Cinco años después de la desaparición del manuscrito en la cueva 12 de Qumrán, Tessa regresaba en coche desde Burgos.

Llevaba varias semanas sin aparecer por casa. El trabajo en los yacimientos de Atapuerca, concretamente en la Sima de los Huesos, la había tenido ocupada. Tessa Muñoz Jiménez, una de las mejores paleoantropólogas a nivel mundial, había vuelto a formar parte destacada del importante equipo investigador.

Había participado anteriormente en un proyecto semejante como personal investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En los dieciséis años que Tessa había trabajado en Atapuerca, desde 1991, había sido copartícipe de los hallazgos en la Gran Dolina y en la Sima de los Huesos, datados en más de novecientos mil años, de instrumentos y herramientas, así como una gran acumulación de restos humanos de, al menos, veintiocho individuos distintos. También de una docena de cráneos, entre ellos, el famoso cráneo número 5, de un Homo Heidelbergensis, bautizado como Miguelón. Pero había sido en 2007, en la Sima del Elefante, en el nivel TE-9, cuando hallaron la mandíbula de un homínido de un millón trescientos mil años que dio nombre a una nueva especie, a la que se definió como Homo Antecessor. Este hallazgo confirió relevancia internacional y científica al yacimiento de Atapuerca y a los investigadores que habían participado en la excavación. Este ser era el ancestro común de los neandertales, el Homo Sapiens y los humanos modernos.

Creían que estos restos, los más antiguos de Europa, estaban relacionados con la expansión de este Homo Antecessor, proveniente del valle del Jordán, en Oriente Medio, hacía varios millones de años. El hallazgo hizo que, año tras año, científicos de todo el mundo quisieran participar en las excavaciones que se realizaban en Atapuerca.

La temporada de excavación de 2015 no sería muy distinta a las anteriores. Debido a la cantidad de investigadores que había secundado la convocatoria a nivel internacional, el caos en la recepción de tanto científico había supuesto trabajo extra para las personas que debían organizar y distribuir todos los trabajos de excavación, entre las que se encontraba Tessa.

Pero este no fue el único causante de que se ausentara de su casa más de lo habitual.

El jueves 14 de octubre de 2015, Tessa, en compañía de la investigadora Khaled Haser Husan, realizó uno de los hallazgos más importantes de las últimas décadas en relación con el origen del hombre: localizaron unos restos óseos humanos de más de dos millones de años. Esta datación lo situaba como nuestro ancestro común en el sistema evolutivo, anterior al Homo Neanderthalensis, al Homo Sapiens, y también, y lo más importante, al Homo Antecessor.

La carga de trabajo acumulada durante la temporada de excavación, la tensión que había generado aquel hallazgo y el tiempo que hacía que no veía a su marido y su hija la llevaron a regresar a Madrid para pasar el fin de semana con su familia.

Pero eso nunca ocurrió.

Mientras conducía aquella fatídica noche del 15 de octubre de 2015, el coche en el que viajaba chocó contra el quitamiedos. El golpe le arrebató el control del vehículo y la sacó de la carretera. A continuación, el automóvil dio varias vueltas de campana hasta estrellarse en el fondo del terraplén.

El atestado levantado por la Guardia Civil, personada en el lugar del siniestro y advertida por la llamada anónima de alguien que pudo haber presenciado el accidente, indicaba que el siniestro se había producido en la E-1, a treinta y cinco kilómetros de Aranda de Duero. Según este atestado, el exceso de velocidad, unido a un posible descuido, fue el causante de tan trágico accidente.

La Guardia Civil no llegó a tiempo de prestar primeros auxilios. Tessa había fallecido instantáneamente a causa de politraumatismos severos sufridos.

Tessa Muñoz, en el momento del trágico accidente, tenía cincuenta y dos años. Sus ojos extremadamente vivos, su tez tersa, su peinado desenfadado y su forma sencilla de vestir hacían que pareciera más joven. Aparte de ser una gran madre, había estado volcada en su profesión. Había dedicado su vida a buscar entre las distintas capas de la Tierra, en cualquier lugar del mundo, los restos perdidos de nuestros antepasados con la ilusión de cumplir su mayor sueño: un hallazgo que permitiera saber quiénes somos, de dónde venimos y establecer una correlación entre las distintas teorías existentes sobre el origen del hombre. Los logros de su carrera se debían fundamentalmente a su tenacidad y a ese afán de ir siempre un poco más allá.

Ella era el sostén de la familia Echeverría. Su dulzura, su buen humor y su equilibrio emocional, como buena libra, hacía del hogar de los Echeverría Muñoz un refugio.

«Han pasado cuatro años de la muerte de mi madre. Años complicados. Fue un golpe difícil de asimilar. Aún hoy echamos de menos su presencia en nuestras vidas. Sobre todo mi padre, por haber perdido a su gran amor y compañera. Llevaban veintiocho años juntos, y el tiempo parecía no haber hecho mella en ellos. Algunas veces parecían adolescentes enamorados por su forma de tontear».

A este dolor de la familia Echeverría hubo que añadir otro. La muerte parecía perseguirlos.

«Tan solo había pasado un año de lo de mi madre cuando la muerte volvió a golpearnos: Senda, nuestra queridísima perrita, fallecía.

»La noche de su muerte me abracé a mi padre y lloramos desconsoladamente. Rememoramos la muerte, pero esta vez no llorábamos solo por mi madre… Senda formaba parte muy activa y afectiva en nuestras vidas».

Lágrimas sin consuelo corrían por sus mejillas mientras sentía la nostalgia del pasado; aquel en que su madre estaba a su lado, en el que Senda vivía y en su hogar reinaba la felicidad.

La entrada en casa de su gran amigo Ismael interrumpió bruscamente aquel nostálgico y abrumador momento.

—¡Hola!

—¿Eres tú, Isma? —preguntó, secándose rápidamente las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas.

Atrás quedaba el sonido de las gotas contra el ventanal.

—Sí, ya estoy de vuelta.

Ismael, su gran amigo y expareja, estaba pasando unos días en su casa, aprovechando que había venido a Madrid desde Córdoba por un tema de trabajo. Tras seis años de relación y varios más de amistad, su afecto estaba muy por encima de la amistad. Como pareja no habían podido congeniar, pero el cariño entre ellos era de tal magnitud que casi parecían hermanos.

—¿Qué tal te ha ido?

—Todo arreglado. He podido hablar con el Decano y no hay problema para que siga desplazado en la Universidad de Córdoba para terminar el proyecto. Y tú, ¿qué tal?

—Harta de trabajar. El rodaje se me ha hecho interminable.

Ismael acertó a ver en el semblante de Lucía que algo no iba bien.

—Pero el trabajo bien, ¿no?

—Sí, claro. Es solo que… hoy no tengo un buen día —zanjó Lucía mientras terminaba de secarse las lágrimas con las manos. No le apetecía que Ismael se diera cuenta de que el problema era más de lo mismo—. Llevo sin probar bocado desde este mediodía. Nos van a matar en este rodaje. Tan solo han hecho un parón de un cuarto de hora para comer un tentempié a eso de las doce y media de la mañana. ¿Qué te parece si nos damos un homenaje?

Ismael vio su mirada ausente y la tristeza que reflejaban sus ojos. Sabía por lo que estaba pasando, por lo que no creyó conveniente ahondar en el tema.

—Me parece una gran idea. Vengo con un agujero en el estómago que parece la boca del Metro —dijo Ismael, dirigiéndose al baño con los pantalones vaqueros, la camisa y el jersey totalmente empapados. A él también le había sorprendido la lluvia—. Me cambio y preparo unos huevos con patatas mientras tú haces una ensalada. ¿Qué te parece la propuesta?

—Pues qué quieres que te diga. Me parece genial.

—Ah, se me olvidaba —se apresuró a decir Ismael mientras se secaba con una toalla—. Esta mañana, nada más irte, alguien dejó un sobre para ti por debajo de la puerta.

—¿Por debajo de la puerta? ¿De quién? —preguntó sorprendida.

Lucía no acostumbraba a recibir cartas, salvo multas, recibos del banco o publicidad. Lo más chocante de todo era que no hubieran utilizado el buzón para dejar el sobre.

—No tengo ni idea. No tiene remitente.

«¡Qué extraño!», pensó Lucía.

Ismael se acercó al mueble que había en el rincón, junto al sofá, y cogió el sobre con idea de acercárselo.

Pero no fue necesario. Lucía se había levantado y se encontraba junto a él. Se dieron un beso fraternal a modo de saludo y se abrazaron un instante.

Lucía cogió un abrecartas y rasgó la parte superior.

—¡Es de mi padre! —exclamó llena de alegría.

Llevaba sin tener noticias de él desde el pasado 10 de noviembre, día de su cumpleaños, en el que habían mantenido su última videollamada, cuando lo normal era que se conectaran un par de veces por semana. Pero lo peor de todo era que llevaba sin poder abrazarlo desde el pasado 20 de septiembre, cuando había viajado a Tailandia para participar en el rodaje de una serie. Para cuando regresó a Madrid, el 1 de diciembre, Javier había partido por segunda vez a Jerusalén para una investigación.

Lucía echaba muchísimo de menos a su padre. Tras la muerte de su madre, se había convertido en su único valedor, su luz y mayor apoyo.

Javier Echeverría, entusiasta, incansable y lleno de una imaginación desbordante, contagiaba optimismo y ganas de vivir. En todo lo que hacía había pasión. Era imposible estar a su lado y no contagiarse de su ilusión.

Pero lo que más valoraba de su padre no era esto último, sino su derroche de cariño hacia ella y su constante protección, además de su permanente preocupación. Y, sobre todo, que jamás permitiera que olvidara a su madre, sin que ello supusiera un trauma para ella. Nunca podría olvidar todos los momentos vividos junto a él; las charlas, su compañía, las subidas a la sierra y sus consejos en los buenos y malos momentos.

Tras la muerte de Tessa, Javier había tenido que dejar a un lado la tristeza para volcarse de lleno en Lucía. No se separaba de ella salvo que el trabajo se lo impidiese. Había dejado todo lo que pudiera suponer un distanciamiento con respecto a su hija, por pequeño que fuera. Era tal el amor por su niña que nunca se preocupó por rehacer su vida con otra mujer. Su existencia a partir de aquel momento quedó limitada a su hija y a su trabajo. Ella lo era todo para él.

Fue tal el desconcierto y la curiosidad que causó en Lucía aquella carta que olvidó por completo hasta lo que había dicho minutos antes sobre el hambre que tenía.

—¿Vienes? —preguntó Ismael desde la cocina.

—Ve cenando tú, Isma. Yo cenaré más tarde.

Este, comprendiendo totalmente la situación, respondió con un simple:

—¡Vale! No te preocupes. Te lo dejo guardado en el microondas para que se mantenga caliente.

Lucía se dirigió a la terraza acristalada, encendió la lámpara de sobremesa y se sentó a leer la carta.

Jerusalén, 11 de diciembre de 2019

Hola, peque:

¡Te echo de menos! Son ya muchos los días que hace que no te abrazo. Menos mal que con las videollamadas que hemos ido haciendo y pensar que al recibo de esta carta te encontrarás bien, es más llevadero no poder estar cerca de ti.

La verdad es que pensé que este asunto me llevaría menos tiempo, pero ya ves… Me encuentro en Jerusalén por segunda vez, donde espero realizar las últimas averiguaciones que me permitirán saber algo más sobre las extrañas circunstancias que rodean la muerte de tu madre, y que no he creído conveniente comentarte hasta averiguar la verdad de lo ocurrido.

En mi pasado viaje a Jerusalén conocí a una persona que había trabajado con ella. Me contó ciertas cosas que me han hecho recapacitar acerca del accidente.

Tengo muchas cosas que contarte y poco tiempo para hacerlo, pero no te preocupes que te contaré todo, con gran lujo de detalles, a mi regreso, cuando esto haya terminado.

Espero estar pronto de vuelta. Mientras tanto, pon a buen recaudo la tarjeta de memoria que te hago llegar. No le hables a nadie de su contenido, ya que forma parte de la investigación que estoy llevando a cabo.

Según leía, el asombro de Lucía iba en aumento.

Otra cosa: necesito que hagas algo por mí, aunque sea difícil de entender. Por favor, deja tu casa lo antes posible. No te quedes en el ático por nada del mundo. Vete a pasar una temporada a casa de Manu. Ya lo conoces y es una persona en la que confío plenamente No vayas a ningún otro sitio donde puedas estar localizada y desprotegida. Te aseguro que hay razones suficientes, que ahora no puedo explicarte, para lo que te pido.

No intentes contactar conmigo; no es seguro, y probablemente no puedas.

Ten mucho cuidado y no te fíes de nadie, y menos de Arnau Gual, mi jefe; no es quien dice ser.

No te preocupes por mí, estaré bien.

Un beso muy fuerte,

Lucía no daba crédito a aquella carta. Un sinfín de preguntas se precipitaron en su cabeza en cascada.

«¿A qué investigación se refiere? ¿Qué tiene que ver la muerte de mi madre con Jerusalén? ¿A qué extrañas circunstancias alude? ¿Con quién se ha visto? ¿Qué tiene que contarme que no pueda hacerlo a través de una videollamada? ¿Por qué debo dejar el ático cuando tengo a Ismael y a otros colegas a los que recurrir? ¿Por qué no me ha contado nada hasta ahora? Y, sobre todo…, ¿de qué o quién debo tener cuidado? Demasiadas preguntas sin respuesta», se dijo.

Pero aquella carta dejaba entrever algo más: Lucía creyó vislumbrar desasosiego en las palabras de su padre.

«¡Algo no va bien!».

Tras unos instantes de preocupación, trató de desdramatizar aquella lectura, atribuyendo a aquella carta lo mucho que su padre notaba la ausencia de su madre.

Desde su muerte, su padre andaba perdido: no dormía, había vuelto a fumar y se había vuelto solitario. Él pensaba que su hija no se daba cuenta, pues hacía lo posible para no demostrar lo que sufría cuando ella estaba cerca.

Pero todo había ido a peor a su regreso del primer viaje a Jerusalén, hacía tres meses, antes de su partida a Tailandia. El trabajo que lo había llevado a aquella ciudad agudizó su mal estado de ánimo: se lo veía mucho más distante y preocupado. Su forma de actuar después del viaje resultaba extraña y fuera de lugar. Y lo peor de todo: había dejado de sonreír, como si la alegría lo hubiese abandonado.

¡Su padre no parecía el mismo!

Capítulo 3

El Padre Miguel

17 de septiembre de 2019. Tres meses antes de que Lucía reciba la carta enviada por su padre

Javier Echeverría había acudido a Jerusalén, acompañado de su buen amigo y compañero Manu Zayed, para cubrir la noticia sobre las hostilidades que pudieran darse entre judíos y palestinos ante el anuncio de Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, de querer anexionarse una parte de la Cisjordania ocupada. Lo que pretendía ser un anuncio impactante para ganar votos a una semana de las elecciones legislativas de Israel se había convertido en una decisión geopolítica que actuaría como una bomba de relojería. El anuncio había desestabilizado la región, lo que había suscitado el interés de toda la prensa internacional.

Javier Echeverría Etxeberria era un respetado fotógrafo de prensa de cincuenta y cinco años que llevaba más de tres décadas ejerciendo la profesión. Desde muy joven, había aceptado el desafío que suponía vivir del periodismo gráfico.

Con veinticinco años había conseguido publicar en la mayoría de medios de comunicación a nivel nacional. Sus trabajos sobre ETA, en los ochenta, lo llevaron a hacerse un nombre en la profesión.

Su mayor logro profesional lo obtuvo como corresponsal de guerra de la Agencia EFE en Nicaragua, en los noventa, donde cubrió la intensa lucha que los revolucionarios sandinistas mantuvieron con la CONTRA; un grupo de mercenarios financiados por la CIA, trabajo por el que consiguió un premio Pulitzer. Después vendrían otros muchos conflictos: Irak, Afganistán, Ruanda…

Javier era un tipo curtido en mil y un conflictos, y no solo por las guerras a las que había acudido como corresponsal, sino también por la vida…

Nacido en 1966, era un tipo cercano, lleno de inquietudes, familiar, de gustos sencillos, apasionado, impulsivo, rebelde, algo hiperactivo y de gran empatía. De origen navarro, descendía de una familia muy humilde. Hijo único y huérfano de madre, nunca había destacado en los estudios. Su rebeldía e hiperactividad de adolescente, unidas a la atracción que sentía por la naturaleza, lo llevaban a faltar a clase para subir a la montaña. Con dieciséis años ya había ascendido las cimas más altas de la zona: la Mesa de los tres Reyes, el Ezcaurre, el Ukerdi, el Petrechema…

Cada vez que podía, cogía su mochila y su saco de dormir y se aventuraba por cualquier montaña a vivaquear, actividad que nunca abandonaría. Allí arriba conseguía relativizar sus problemas y sentirse diferente.

La montaña era para él más que un deporte: era su segundo hogar, su refugio, su religión. Según Javier, «la montaña te desnuda de toda arrogancia, postureo y ego inútil, haciéndote ver lo insignificante que eres. Solo la determinación, perseverancia, el coraje y una gran dosis de sacrificio hacen que alcances la cima. O lo que es lo mismo: tus sueños».

En cuanto a su vida más íntima, era reservado, aunque socializaba sin problemas: le encantaba estar cerca de la familia y los amigos. Aprovechaba cualquier motivo para organizar una quedada o fiesta con ellos. Físicamente, era una persona corriente: tez morena, ojos marrones y pequeños, pero vivos y con una mirada sagaz. Debía pesar unos setenta y tantos kilos, algo normal para una persona que medía 1,70 y que hacía bastante deporte. Le gustaba vestir con vaqueros, polos y camisas de sport, y habitualmente calzaba deportivas. Sin embargo, cuando la ocasión lo requería, no tenía inconveniente en vestir traje y corbata; eso sí, siempre de color azul marino, su color favorito.

A Echeverría, como lo llamaba su compañero Manu, le atraía enormemente cubrir este tipo de noticias. Pero lo que no sabía Manu era que, en aquella ocasión, Javier tenía otro objetivo en mente. Su viaje estaba más condicionado por el correo electrónico que había recibido unos días antes en la cuenta de Gmail de su mujer, que nunca llegó a cerrar, que por la noticia relacionada con Netanyahu y los territorios palestinos.

Hola, Javier;

Espero que pueda leer este correo, ya que no tengo otra forma de contactar con usted.

No sé si Tessa le habló de mí en alguna ocasión. Me llamo Miguel Ferran y soy arqueólogo y geólogo. Hasta no hace mucho trabajé para el Centro de Estudios Arqueológicos del Vaticano. Tiempo atrás, colaboré con su mujer en más de una ocasión. De hecho, durante años mantuvimos una magnífica y estrecha relación profesional, hasta la llegada de aquella fatídica noche.

Le parecerá extraño que me dirija a usted después del tiempo que ha transcurrido desde la muerte de su esposa. Sé que debí ponerme en contacto mucho antes, pero créame si le digo que preferí no hacerlo por su seguridad y la de su hija. Desde entonces han pasado muchas cosas, demasiadas, que me han obligado a cambiar de opinión. Cosas que usted tiene todo el derecho a saber. Entre ellas, el descubrimiento que hizo su mujer en Atapuerca unas horas antes de su muerte.

Por favor, es muy importante que nos veamos.

Siento no poder anticiparle nada más, pero lo que tengo que decirle solo puede hacerse en persona.

Puede usted contactar conmigo durante los próximos diez días, en el número 3 de Colonia de los Artistas (Hutzot Hayotzer), en Jerusalén. Tendrá que dar el nombre de su mujer a la persona que lo atenderá.

No deje de venir, se lo ruego. Hay en juego mucho más de lo que usted puede imaginar.

Un abrazo.

Miguel Ferran

Tessa le había hablado en más de una ocasión de Miguel durante el tiempo que trabajó en Atapuerca, pero nunca había llegado a conocerlo personalmente.

No comprendía el porqué de la premura angustiosa que reflejaba el correo, como tampoco entendía qué tenía que contarle sobre su mujer y su descubrimiento, de sobra conocido, que fuera tan importante después de tanto tiempo. Y, menos aún, la referencia sobre su seguridad y la de Lucía.

Tras recibir el correo, Javier se fue a hablar con Arnau Gual, su jefe, para pedirle con urgencia algún trabajo en Jerusalén. Su jefe, extrañado, le preguntó por qué necesitaba ir a Jerusalén, pero Javier no quiso dar ninguna explicación. Tan solo alegó motivos personales.

Arnau Gual descendía de una saga de periodistas catalanes de mucho prestigio. Educado en Estados Unidos, donde residió durante bastantes años, había sido fichado por la Agencia EFE para ocupar el cargo de redactor jefe, bastante joven en apariencia para dirigir la redacción, aunque esto nunca había sido impedimento para que lo hiciera francamente bien y con mano firme.

Arnau tenía cuarenta y pocos años; bajo, delgado y de aspecto empollón por sus gafas de pasta y de alta graduación. Era serio, de carácter fuerte y controlado. Pero, cuando perdía ese control, era mejor no estar cerca.

Al día siguiente de su llegada a Jerusalén, tras desayunar con su compañero Zayed, Javier fue al encuentro de la persona que le había hecho llegar aquel correo.

Como la situación del hotel se lo permitía, se dirigió andando al centro de la ciudad vieja. Allí, cruzó la puerta de Jaffa, junto al Muro de las Lamentaciones, una vieja puerta llena de historia que daba acceso principal al barrio cristiano, que, junto a los barrios musulmán, armenio y judío, conformaba el viejo Jerusalén.

A pocos minutos de allí, una persona solitaria aguardaba con impaciencia la posible llegada de Javier, como había hecho durante los últimos cinco días.

Siguiendo las indicaciones del correo electrónico, Javier llegó a la calle Hutzot Hayotzer; un camino con escalinatas, lleno de jardineras con plantas que hacían del lugar un sitio agradable para pasear. Los edificios eran de una sola altura, antiguos, construidos con piedra amarillenta. La callejuela estaba llena de tiendas de antigüedades, museos y galerías de arte que albergaban la obra de diferentes pintores, fotógrafos, escultores, artesanos… Además de admirar las obras, se podía charlar con los autores.

Se disponía a entrar en el número 3, una tienda de antigüedades, cuando escuchó unos gritos desesperados pidiendo socorro. A unos cien metros de la puerta del pequeño local, en la zona contraria por la que había accedido, vio, a duras penas, cómo dos hombres forcejeaban con un tercero, de edad avanzada, para quitarle la cartera. Aquellos asaltantes habían aprovechado un recoveco, que se formaba entre dos tiendas, para cometer su fechoría.

Javier salió corriendo… No podía quedarse de brazos cruzados mientras presenciaba cómo aquellos mangantes agredían al anciano, que apenas podía defenderse. Temía lo que aquellos tipos pudieran hacerle.

De un empujón, apartó a uno de ellos, que cayó de espaldas, golpeándose la cabeza contra el bordillo. Sin dar tiempo a que el segundo reaccionara, le propinó un puñetazo en toda la mandíbula. Aun siendo dos contra uno, aquellos dos tipos salieron en estampida, como si los persiguiese el diablo.

«¡Qué extraño! Han huido sin hacerme frente, cuando podían haberme dado una paliza; eran bastante más jóvenes. Esta vez he tenido suerte».

Javier era una persona tranquila y pacífica y, por lo general, nada bravucona. No disfrutaba la violencia, pues había visto demasiada por su profesión. Pero no toleraba las injusticias ni rehuía las dificultades. Esto lo había llevado a tener algún que otro problema en más de una ocasión.

Mientras veía cómo se alejaban aquellos hombres, escuchó «¡Gracias! ¡Muchas gracias!». El anciano aún yacía en el suelo.

Con ayuda de Javier, el señor, de ojos claros, cara redondeada y mata de pelo grisáceo fue incorporándose. Su rostro era un poema: tenía varios moratones en la cara y un hilo de sangre corría por la comisura de su labio izquierdo. Vestía un pantalón tipo chino de color claro y una camiseta negra con unas letras serigrafiadas a modo de siglas, y unas playeras, también negras.

Cuando se hubo incorporado del todo, se dirigió a Javier y, de un modo trastabillado, se presentó.

—Mi nombre es Miguel Ferran —dijo con voz afligida sin dejar de mirar su cartera.

Javier quedó sorprendido tras escuchar aquel nombre. No en vano era la persona a la que estaba buscando.

—Me llamo Javier Echeverría —respondió, estrechando su mano—. Creo que habíamos quedado, aunque este encuentro, la verdad, ha sido sorprendente, además de bastante embarazoso.

—Pero muy afortunado —respondió Miguel Ferran—. Se lo agradezco de corazón. Si no es por usted, esas malas bestias me habrían robado la cartera, o algo peor.

—¿Se encuentra usted bien? —preguntó Javier, ayudando a limpiar su camiseta.

—¡Sí, sí! Me encuentro perfectamente, de verdad. Ha sido una bendita casualidad que estuviera usted cerca. —Sus ojos reflejaban una cierta sorpresa, al tiempo que su semblante parecía alegrarse.

Esta alegría sería efímera.

El hombre volvió a mirar la cartera, pero esta vez, en su interior.

—¿Le falta alguna cosa? —preguntó Javier.

—Sí, mi cuaderno de notas —respondió él, alterado—. Me va a tener que perdonar, pero debo irme.

Aquel hombre no dejaba de mirar de un lado para otro, escrutando su alrededor.

—¡Pero si acabamos de encontrarnos! Recuerde que teníamos una cita.

—Sí, sí. Lo sé. No es por usted: es por lo ocurrido. Espero que lo entienda.

—No se preocupe, no creo que vuelvan. El peligro ya ha pasado. Debían ser unos malhechores pretendiendo pillar algo de dinero —indicó Javier, desdramatizando para darle confianza.

«Aunque la verdad es que no lo parecían», pensó para sí.

—No se trata exactamente de eso… Por desgracia, es mucho más complicado y peligroso.

Javier empezó a preocuparse. El hombre parecía realmente aterrorizado.

—¿Necesita que le ayude? —preguntó Javier—. Puede usted contar conmigo.

—¡Sí! Claro que puede ayudarme, pero no aquí. No en este lugar, ni en este momento. Este sitio ya no es seguro para mí, ni tampoco para usted —dijo mientras la angustia lo invadía. Su corazón latía a dos mil por hora.

—Pues dígame cómo puedo localizarle.

—De acuerdo. Escúcheme muy atentamente, por favor. Esta noche le espero a las doce en el interior de la iglesia de San Pedro en Gallicantu. No falte. Allí trataré de explicarle todo. Confíe en mí, se lo ruego. Ahora necesito salir de aquí —dijo, huyendo a toda prisa.

Javier lo siguió con la vista hasta verlo doblar la esquina. En aquel momento, tuvo la sensación de ser observado. Miró a un lado y a otro, pero no pudo apreciar nada fuera de lo normal.

Capítulo 4

San Pedro en Gallicantu

Con la llegada de la noche, Javier salió del hotel y tomó el taxi que había pedido desde recepción.

—Lléveme a la iglesia de San Pedro en Gallicantu, por favor —dijo en inglés.

El coche circuló por la parte vieja de Jerusalén, en dirección a la iglesia que se encontraba en la ladera del monte Sion, una colina en Jerusalén a las afueras de las murallas de la ciudad vieja.

Durante la tarde y parte de la noche, Javier había intentado quitarse de la cabeza lo sucedido en su encuentro con Miguel Ferran, pero le fue imposible.

«¿Qué coño hago? ¿Qué tiene que contarme ese hombre? ¿Por qué me cita en una iglesia? ¿Qué lo aterroriza?».

Mil y una dudas lo asaltaban… Aunque ardía en deseos de saber más acerca de aquel hombre y, sobre todo, de lo que tenía que contarle sobre su mujer.

Descendió del vehículo tras pagar al taxista y enfiló la entrada de la iglesia. Volvió a dudar, pero se decidió a entrar.

Una enorme cristalera suspendida del techo, en forma de cruz y repleta de colores radiantes, iluminaba el templo. Por su simetría, se asemejaba mucho a una cruz ortodoxa. La perspectiva de la cristalera, unida al resto del interior, le impactó extraordinariamente.

Al no ver al hombre que lo había citado, Javier se movió despacio, mirando detenidamente cada una de las partes de la iglesia para hacer tiempo; había llegado unos minutos antes de la hora convenida.

Al acercarse al altar, alguien chistó desde el fondo. Allí, detrás del altar y al lado de una puerta, apareció aquel enigmático anciano.

—¡Pase, rápido! —ordenó Miguel Ferran, dejándolo con la palabra en la boca.

Javier, dubitativo, no sabía qué hacer. No le resultaba fácil seguir las indicaciones de aquel hombre. Se trataba de confiar ciegamente en una persona que acababa de conocer… Pero la bondad que desprendía Miguel Ferran terminó por convencerlo.

—Sígame —insistió Ferran.

Pasaron a la sacristía para continuar escaleras abajo, a las que accedieron por una abertura tras un mueble ancho y alto, separado de la pared unos cuarenta centímetros. Tras bajar una treintena de escalones, llegaron a una sala rectangular de unos cuarenta metros cuadrados.

La sala tenía toda la apariencia de haber albergado una iglesia muy antigua; unas columnas de granito amarillento sustentaban el techo. Las paredes y la base habían sido excavadas en piedra de manera manual, a pico y pala…

Atravesaron la sala hasta llegar al inicio de un pasadizo de unos cinco metros, que los condujo a un cuarto de unos doce metros cuadrados. Una vieja mesa, una silla, un mueble deteriorado y un camastro, todo ello de madera, componían el mobiliario.

Javier miró con extrañeza aquellas pertenencias, sin saber qué pensar, salvo que, quien viviera allí, lo hacía de forma muy austera.

—Siéntese, Javier, por favor —rogó Miguel, ocupando la silla que se encontraba de frente a la puerta, a la que no cesaba de mirar. Su actitud parecía indicar que esperaba que, de un momento a otro, alguna persona apareciese por aquella puerta.

«La forma de tomar asiento —pensó Javier— no ha sido nada fortuita».

—Siento lo ocurrido esta mañana, pero no pude más que huir. Temí por mi vida —aclaró Miguel Ferran, iniciando así la conversación.

—Pero ¿por qué? ¡No entiendo nada! Es más, no sé qué hago aquí —se sinceró Javier.

—Por favor, tranquilícese. Entiendo que esto le pueda parecer una locura, pero le aseguro que no le haré perder el tiempo. Voy a intentar explicárselo, aunque no sé bien por dónde empezar —matizó Miguel.

Lo que le tenía que contar era difícil de explicar sin que lo tomase por un loco alucinado y charlatán.

—Le hablaré de lo ocurrido en Atapuerca y de lo que vino después, pero antes es necesario que le hable de mí y de por qué me veo en esta situación. Como ya le dije en mi correo, me llamo Miguel Ferran García, soy arqueólogo y geólogo, además de religioso especializado en arqueología bíblica —dijo, tendiéndole la mano nuevamente.

Javier respondió estrechándola con firmeza. En aquel contacto, sintió en Ferran una gran vitalidad, al tiempo que tuvo una sensación de paz. Esto lo reconfortó, tranquilizándolo. Ahora entendía por qué lo había citado en una iglesia: aquel hombre era sacerdote.

—Mi trabajo como arqueólogo bíblico consiste en estudiar el pasado a través de restos: huesos, tejidos, cerámica, herramientas y demás materiales que mantengan relación directa con los relatos bíblicos, ya sean del Antiguo o del Nuevo Testamento, siempre que tengan que ver con la historia del origen de las religiones judeocristianas.

El Padre Miguel era un gran especialista en mitología religiosa, o cosmogonía, y uno de los principales estudiosos de los manuscritos encontrados en las cuevas de Qumrán, además de un excelente geólogo. Era uno de los científicos que, junto a otros arqueólogos pertenecientes a todo tipo entidades (religiosas, como el Vaticano; privadas, como Religions World Unity; docentes, como la Universidad Hebrea de Jerusalén, o internacionales, como la UNESCO), había hallado la cueva número 12 de Qumrán en unas elevaciones, cerca de la orilla noroeste del mar Muerto.

—Le ruego que no piense que, por ser religioso, tengo que ser místico y fundamentalista. Ante todo, me considero un científico que trata de confirmar o desmentir lo narrado en los relatos bíblicos.

»Hoy día no cabe duda de que algunos de los hechos acaecidos en el pasado sucedieron como se cuentan, pero otros no, como ocurre con las narraciones bíblicas sobre Abraham, Moisés, el diluvio y otras narraciones, que se adaptan y transforman de acuerdo a quienes las relatan y en el contexto en el que las transmiten. En ellas juegan un papel fundamental la comprensión e interpretación de los narradores, influenciados y mediatizados por pautas culturales, religiosas, políticas o sociales. También de quienes las escuchan.

»Estas historias reflejan la transmisión de evocaciones y recuerdos históricos de pueblos, hechos y lugares, pero que, a ciencia cierta, son inexactos y contradictorios conforme a las evidencias arqueológicas actuales. Como ejemplo tendríamos el Génesis, primer libro de la biblia y de la Torá, y por tanto el primer libro del Tanaj judío y del Antiguo Testamento. Este libro, sagrado para millones de personas, cuyo contenido es considerado como verdad intangible para quienes profesan las tres religiones monoteístas, no deja de ser una ficción convertida en leyenda de la creación. Una historia mitológica religiosa que describe los comienzos del universo, de la tierra y la vida, en un lenguaje altamente simbólico con la participación de un dios como ser creador:

»En el principio, Dios creó el sol, los cielos y la tierra. Y dijo Dios: «Que exista la luz». Y fue la luz.

»Llegó el quinto día, y dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza para que domine sobre los peces del mar, las aves de los cielos y los animales terrestres». Y creó Dios a los hombres…

—Perdóneme —interrumpió Javier educadamente—. Lo que comenta me parece muy interesante, pero no sé qué tiene que ver conmigo ni con mi mujer…

—No desespere, Javier, por favor. Permítame terminar: es la única forma de que entienda lo que tengo que decirle.

El Padre Miguel prosiguió con su testimonio. Javier escuchó con una gran atención y, por qué no decirlo, con cierta curiosidad.

—Desde la antigüedad, las historias y mitos sobre la creación se han trasmitido mediante narraciones que eran rememoradas de una generación a otra para dar respuesta al origen de la vida y a los fenómenos naturales (y no tan naturales). Estos relatos, que han servido para generar unidad social, han legitimado determinadas estructuras de poder para controlar la vida y muerte de las personas.

»En mi caso, estas historias, leyendas o mitos tienen un significado diferente al que tienen para un creyente que necesita concebir un orden físico y metafísico que remedie el caos, la incertidumbre y la muerte. Por mi fe y convicciones científicas, siempre he afirmado que formamos parte de un «todo» eterno. La muerte no es tan definitiva como pensamos, pero no en el sentido metafísico religioso, sino en el biológico, ya que nos perpetuamos en genes. La evolución es compatible con las religiones monoteístas en su parte más purista, natural y sencilla. Nunca he sido partidario de dogmas ni creencias mitológicas. Siempre he tratado de buscar la verdad, aunque esto me lleve a poner en duda cualquier narración bíblica e interpretar el Génesis como una metáfora de la vida relacionada con la materia y también con el tiempo.

El Padre Miguel era seguidor de las teorías del geopaleontólogo y jesuita francés Teilhard de Chardin (1881-1955), que opinaba que ciencia y religión no debían estar reñidas, y proponía una reconciliación entre ellas en busca de la verdad. Esa búsqueda había llevado al Padre Miguel a aceptar teorías científicas que proporcionaban elementos de juicio necesarios para esclarecer el origen del universo y lo que hubiera en él, ya fuese la teoría del Big Bang o la de la síntesis evolutiva moderna como origen y evolución de la vida. Origen, por otra parte, explicado por las diferentes religiones solo a través de la cosmogonía.

—Espero no estar aburriéndole con todo esto —indicó el Padre Miguel—. No tardará en comprender a dónde quiero llegar.

—¡No, no, para nada! Pero, necesito saber: ¿qué tiene esto que ver con mi mujer?

—¡Mucho! Más de lo que puede suponer.

Capítulo 5

Gran Adria

—Hace años, allá por 1997, conocí a su mujer en Atapuerca, colaborando en un proyecto subvencionado por la Unión Europea. Durante varios meses estuvimos trabajando codo con codo en la Sima de los Huesos.

»Trabajar con su mujer fue toda una experiencia para mí. Tessa era educada, agradable, tenaz, de fuertes convicciones. Su entusiasmo por el trabajo contagiaba a todo su equipo. Era considerada una gran paleoantropóloga por sus compañeros, además de una investigadora ejemplar.

»Nunca olvidaré nuestras discusiones sobre el origen del ser humano. Casi todas las noches, una vez terminada la jornada en la Sima, nos dirigíamos al pueblo más cercano, Ibeas de Juarros, o al pueblo de Atapuerca que da nombre al lugar de las excavaciones, para tomar algo. Allí pasábamos horas y horas enfrascados en verdaderas disertaciones relativas al origen del hombre…

El Padre Miguel estaba absorto. Se podría decir que estaba allí, en Atapuerca…

Tessa era seguidora a ultranza de George Simpson y su «evolución cuántica» de 1944. Según esta, el origen del hombre tiene que ver con el nacimiento de nuevos diseños biológicos que aparecen de manera espontánea cuando surge algún cambio brusco en las condiciones medioambientales, teoría evolutiva que corroborarían y ampliarían en 1962 Niles Eldridge y Sthen Hay Gould con su «equilibrio puntuado», que defiende que algunos cambios son, ante todo, locales y suceden relativamente rápido, tratándose de cambios accidentales de carácter violento. Por ello apenas quedan fósiles y restos arqueológicos que documentar. De ahí que, hasta el momento, no se hayan realizado hallazgos de fósiles de nuestro antepasado común.

Aun compartiendo en parte estas tesis que defendía Tessa, Miguel era más partidario de la teoría de la panspermia, con matices en cuanto al origen de la vida y del hombre.

La panspermia es una vieja idea del filósofo griego Anaxágoras, (siglo vi a. C.), puesta de nuevo de actualidad por Carl Edward Sagan, astrónomo, astrofísico, cosmólogo, astrobiólogo y escritor (1934 - 1996). Según esta teoría, la vida se originó en algún lugar del Universo y llegó a la Tierra incrustada en restos de cometas y meteoritos, al igual que ocurrió con el agua del mar.

Sus encendidas charlas siempre acababan sin acuerdo. Este desencuentro se daba, ante todo, en relación a cuál de las dos disciplinas, arqueología o paleontología, los llevaría a hallar su origen: el antepasado común.

La idea de Miguel era que religión y mitología formaban parte de una misma cosa, y que la transmisión en el tiempo de aquella amalgama de conceptos e ideas de unas sociedades a otras, más o menos mediatizada o manipulada en el tiempo por conductas sociales, preceptos políticos o principios religiosos, era la llave que permitiría abrir la puerta del pasado. Tessa, por el contrario, opinaba que, excavando en las entrañas de la tierra, lograrían descifrar, con ayuda de la ciencia, el pasado y la respuesta a tantas preguntas.

Lo que no sabían era cuán cercanas estaban sus opiniones. El tiempo les daría la razón a ambos.

En lo que estaban completamente de acuerdo, aun cuando partían de ideas realmente distintas, era en que los seres humanos son producto de la evolución biológica y descienden de un individuo común ya extinguido, del que se separaron varias líneas de nuevos individuos; que en ningún caso descienden de los grandes simios; y que este individuo común, a la fecha, sigue siendo una gran incógnita, y que sin él, el estudio de la evolución humana seguiría incompleto.

Miguel seguía dirigiéndose a Javier, que escuchaba con un enorme interés.

—Nuestro ancestro común, según los símiles religiosos y conforme a las narraciones bíblicas, tendría que ser Adán, no teniendo por qué ser como lo representan en los textos sagrados.

»Su mujer siempre respondía que esta afirmación solo podía ser fruto de la invención humana. Algo en lo que yo estaba de acuerdo. Siempre he mantenido que estas narraciones están relacionadas con el creacionismo y lo que esta teoría defiende, que no es la mía. Según mis conocimientos, algunas de las narraciones bíblicas están sacadas de un hallazgo acaecido en el siglo vii a. C. en Mesopotamia, que no supieron comprender ni interpretar salvo con metáforas y leyendas. Este descubrimiento daría origen, cientos de años más tarde, a las tres grandes religiones monoteístas, o abrahámicas, que hoy día conocemos.

—Es evidente que pudiera darse alguna diferencia de opinión en relación a este tema entre usted y mi mujer —argumentó Javier.

—Si lo dice usted por mi condición de sacerdote, le diré que no. Nada más lejos de la realidad: su mujer y yo compartíamos una misma idea. Una obsesión que no era otra que la búsqueda de la verdad sobre el origen del hombre.

»Pero ciertos acontecimientos lo cambiaron todo para mí, y también para su mujer —afirmó el Padre Miguel, ahora sí, completamente turbado.

Se hizo el silencio en la habitación.

Javier, perplejo, no acertaba a comprender todo lo que acababa de escuchar. ¿A qué acontecimientos se estaba refiriendo aquel sacerdote? Tessa jamás le había mencionado nada acerca de los sucesos a los que hacía referencia el Padre Miguel.

La búsqueda de aquella verdad le había supuesto a Miguel más de un quebradero de cabeza con sus superiores. Y, al parecer, también con otra gente. La desmitificación de algunos mitos religiosos tal y cómo aparecen en los textos sagrados, las hipótesis sobre el origen del hombre y, ante todo, los estudios realizados sobre cómo y cuándo surgió por primera vez el concepto del monoteísmo que comparten las tres grandes religiones, islam, cristianismo y judaísmo, no habían gustado a la alta jerarquía eclesiástica católica. Tampoco a las otras dos confesiones abrahámicas. Por lo pronto, la Iglesia Católica le había abierto un expediente, retirado toda asignación económica y prohibido la práctica de cualquier actividad relacionada con su trabajo de arqueólogo.

Sin embargo sería otro hecho el que finalmente le traería mayores problemas.

Miguel rompió el silencio, respirando profundamente.

—Me temo que lo que viene ahora no le va a gustar.

Javier estaba a punto de descubrir algo que jamás hubiera podido imaginar. Más le hubiese valido haber hecho caso omiso a aquel email.

—La noche en que falleció su mujer, poco antes de morir, me llamó al móvil.

—Hola, Miquelón. ¿Cómo estás? Hace mucho tiempo que no conversábamos. —Tessa continúo, sin dar opción alguna a que Miguel respondiera al saludo—. Hay algo que tengo que contarte que te va a sorprender: hace un par de días realizamos un nuevo hallazgo en la Sima de los huesos —expuso exaltada.

—¡Cuánto me alegro! ¡Enhorabuena! Pero ¿de qué se trata exactamente? —preguntó él, asaltado por la curiosidad.

Algo muy importante debía ser. Tessa hablaba acelerada y eso solo lo hacía cuando había por medio algo transcendental.

—Hemos hallado un cráneo que, creemos, tiene más de dos millones de años, según la datación provisional que hemos realizado teniendo en cuenta la capa de sedimentos estratigráficos en la zona del hallazgo y los restos encontrados de un roedor múrido, similar al Golunda aouraghei, encontrado al noroeste de Marruecos. Pero aún hay más: me atrevería a decir que estos restos óseos humanos encontrados corresponden a un mismo individuo. Y lo que es más importante de todo: estos restos, al igual que los del Homo Antecessor, sugieren un vínculo evolutivo común con el Homo Heidelbergensis, Homo Neanderthalensis y el Homo Sapiens.

—¡Lo que dices es sorprendente e impresionante! —exclamó Miguel.

—¡Sí! Sí lo es… De confirmarse, estaríamos ante el mayor descubrimiento de la Historia. Probablemente sean los restos humanos más antiguos hasta ahora encontrados.

Tessa estaba tan nerviosa que seguía hablando a borbotones y de forma atropellada…

—Me alegro mucho por ti. Espero que después de esto tengas el reconocimiento que te mereces.

—¡¿Más?! —dijo ella—. Pero si ya lo tengo. Te aseguro que no necesito inflar más mi ego. Son otras las motivaciones que me impulsan —manifestó, liberando una pequeña carcajada de tensión y nerviosismo.

Miguel, contagiado por Tessa, también soltó una ligera carcajada.

—Pero hay algo más que debes saber, y que es el objeto fundamental de mi llamada —precisó—. Junto a aquellos huesos había un pequeño trozo de roca. Para ser exactos, un fragmento de asteroide, cuya parte exterior está cubierta por una caótica mezcla de material fragmentado, formada en su mayoría por escombros vidriosos provenientes de los sedimentos que se depositan tras el impacto de un gran asteroide al fundirse por la presión y el calor.

—No entiendo que esto te parezca más importante que el hallazgo del cráneo.