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Que nadie te ausente relata una historia intrigante que narra múltiples situaciones desde la perspectiva de los cambios emocionales y psicológicos de quien reviste el papel protagonista. Quizás es la historia de la pervivencia del sufrimiento, de quien ha experimentado un abandono, o es la ausencia persistente de un ser querido con el que añora reencontrarse, o tal vez es el encuentro recurrente de quienes se aman o de quienes aún no se han conocido y perduran en sus respectivas ausencias. Quizás es la historia de la incertidumbre que impulsa los hechos, o de la certeza inequívoca del destino, aunque también puede que sea la historia del deseo reprimido, o la del dolor que finalmente es liberado. Tal vez, simplemente, sea la búsqueda de un sentido a la vida. El límite entre lo real y lo irreal lo define quien lee, siempre y cuando no caiga en la trampa de sus propias ilusiones, siempre y cuando logre evadirse del poder que tienen las ausencias: las que nos viven, las que nos rodean y las que aún no han acontecido.
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Seitenzahl: 254
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Arte de tapa: Sofía Easdale.
Fotografía: Mercedes Do Eyo.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Easdale, Marcos Horacio
Que nadie te ausente / Marcos Horacio Easdale. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
196 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-111-1
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.
CDD A863
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Easdale, Marcos Horacio
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Trichuris trichiura,
a quienes fuimos alguna vez
Que nadie te ausente
Marcos H. Easdale
1
No ha pasado mucho tiempo, apenas unos meses, pero igual voy percibiendo que olvido algunos detalles. Las horas transcurren con lentitud, a pesar de que son las mismas horas que viví a principios de año. He intentado identificar cuándo fue que el tiempo comenzó a enlentecerse, pero no he llegado a ninguna conclusión. Buceo en el pasado, recorro los recuerdos que mi mente me habilita cada vez que intento explorarlos, y siempre termino arribando al mismo punto. Identifico solo ese día, casi como una fotografía que detuvo al mundo en un instante. Tanto es así que ya me voy resignando a reconocer que es probable que ese haya sido el punto de inicio, el único posible.
Llegué al taller a media mañana. El sol ya calentaba lo suficiente como para no sentir el aire helado en el cuello. Apoyé la bicicleta sobre la chapa amarilla del contenedor, que parecía un mechero encendido en plena oscuridad. El brillo me cegaba, no podía verme las manos y me costaba insertar la llave en el candado que mantenía trabada la puerta. Por un momento, hasta pensé que mis pupilas se habían cerrado por completo. Mis dedos descifraron la ubicación del cilindro donde debía introducir la llave. Luego de reconocer el cuerpo del candado, el aro giró y logré extraerlo sin esfuerzo. Para mi sorpresa, el candado estaba abierto y no hizo falta introducir ni girar la llave. Liberé la tranca y abrí la puerta doble. El aroma a caucho y a pegamento me invadió, entremezclados con la fresca humedad del interior. Recuerdo que respiré profundamente un par de veces. Todo estaba en su lugar, no faltaba nada y eso me hizo olvidar del percance del candado.
Comencé a sacar las bicicletas depositadas en el ingreso al contenedor: dos todoterrenos, una de ruta y una rodado catorce. Me las habían ofrecido algunos clientes en forma de pago o en trueque por alguna otra bicicleta de mayor tamaño o en mejores condiciones. El canje lo aceptaba siempre y cuando, en la transacción, se mantuviera una diferencia a mi favor. No era mi rubro principal pero me permitía negociar y ofrecer la posibilidad de cobrar un trabajo con algún material en desuso, y quedaba algún saldo, a veces mínimo, en efectivo. Por otro lado, había descubierto que esa alternativa motivaba a ciertos clientes a acercarse, dado que de otra manera no hubieran podido acceder a renovar su bicicleta. Por ello, las había ido acondicionando de a poco y las ofrecía a la venta. En general, disponía de una o dos bicicletas, pero en los meses previos se me habían ido acumulando. Hacía varias semanas que me solicitaban solo trabajos de menor envergadura; me refiero a parchar una cubierta, arreglar algún eslabón de una cadena o regular los frenos. Algún que otro trueque me hizo dudar, pero finalmente tuve que empezar a excusarme porque los números no me cerraban.
Me propusieron intercambiar una bicicleta rodado catorce por la rodado dieciséis que había terminado de acondicionar la semana previa. Todavía la estaba limpiando con el trapo engrasado cuando Úrsula me visitó junto con su hija. La niña saltaba de excitación porque había aprendido a pedalear sin rueditas de apoyo. La bicicleta ya le estaba quedando demasiado pequeña y necesitaba cambiarla por una de mayor rodaje. La madre me aseguró que le era más sencillo desplazarse con ambas piernas sobre el suelo, a que los pies empujaran los pedales. Recuerdo haber observado que la cadena estaba muy tensa, casi rígida, como si no hubiera sido utilizada desde hacía mucho tiempo. Mientras revisaba la bicicleta, Úrsula insistió en su explicación: «Cuando va rápido, las rodillas le golpean en el manubrio y ya tuvo una caída fea porque no pudo controlar la dirección». No pude negarme. Sus ojos inquietos y su mano tironeando la pollera de su madre pagaron la diferencia. Durante cuatro semanas, todos los lunes recibí una caja de bollos de pan y bizcochos amasados por una madre agradecida.
Recuerdo que al poco tiempo un muchacho recién llegado a la zona me ofreció una bicicleta playera, en buen estado, a cambio de una todoterreno, la más viejita de las dos que disponía. En ese momento no acepté su propuesta debido a que no me representaba un ingreso y ya no tenía suficiente respaldo económico para tomar un trueque directo. Pensándolo ahora, podría haber aceptado, total no hubiera cambiado en nada la situación. De todas formas, después tampoco iba a obtener nada a cambio, aunque en ese momento no lo sabía. Es verdad que había alguna leve diferencia a mi favor entre las bicicletas, pero podría haber priorizado la felicidad de aquel joven, quien era aparentemente amigo del segundo hijo de Rocío, la enfermera de la salita de primeros auxilios. Ni siquiera pensé en ella, que la peleaba todos los días, y hasta me ha salvado un par de veces curándome alguna infección originada en mis caídas, provocadas por algún que otro descenso por la montaña. En cambio, lo mandé a que juntara unos pesos para llegar a un acuerdo razonable. Ahora me siento culpable al reconocer que haberle dicho eso significaba cerrarle la puerta. Al final de cuentas, él se quedó sin la bicicleta que ansiaba tener y yo me quedé sin venderla y con esta sensación amarga de haber sido el verdugo. Cuando todo esto cambie, voy a llevársela, sin más rodeos.
Volvamos al punto inicial. Al quitar las bicicletas había liberado el ingreso, pero no había mejorado mucho el acceso al taller. Debo reconocer que el orden no era mi principal virtud. No hacía falta decirlo, quedaba en evidencia en la maraña de materiales y repuestos distribuidos sobre estanterías de chapa que ocupaban toda la pared del contenedor, achicando el espacio disponible y entorpeciendo el acceso. Me pregunto cómo hacía para caminar entre los montículos de llantas y cubiertas usadas.
Extraño mi antiguo banco de carpintero, que por cierto hacía las veces de mesada, donde ya no cabía ni un alfiler. Es notable que aquel desorden no me perturbara. Es más, ni siquiera lo registraba y eso me aflige ahora, aunque reconozco que lo recuerdo con cierta melancolía. Recuerdo una imagen: en un extremo del banco sobresalía un yunque y junto a él, la pava de aluminio, una masa y la caja de herramientas. En una de las patas del banco, la prensa mantenía sujeta una barra de hierro, que solía utilizar para estirar las cámaras y limpiar la zona averiada antes de parchar alguna pinchadura. Por allí cerca, una garrafa extendía una manguera con piel de serpiente que se perdía también sobre la mesada, entre frascos y herramientas sueltas, hasta dar con un anafe. El compresor asomaba en una esquina y su respectiva manguera negra había quedado extendida por el suelo, esquivando cajas repletas de accesorios usados. Recuerdo ese detalle porque el pico de la manguera se había incrustado en el orificio de una corona y me costó bastante extraerlo de allí. Ese es todo el recuerdo de aquel lugar, lo que aún he podido mantener en la memoria. Cada vez que vuelvo a esa imagen, me doy cuenta de que el único espacio disponible para moverse con libertad lo constituía la sección del ingreso, que se ensanchaba justamente al abrir las hojas de la puerta del contenedor.
Tal vez mantengo ese recuerdo porque lo asocio con el momento más agradable del día y que solía ocurrir inmediatamente después de abrir la puerta doble. Aquella mañana no fue la excepción. Luego de extender el toldo, señal de que el boliche ya estaba abierto al público, saqué la botella de agua de la mochila y vacié su contenido en la pava. Encendí el anafe y, por alguna razón que no termino de descifrar, me detuve de pie mirando hacia el interior del taller. Permanecí inmóvil unos segundos, tal vez fueron algunos minutos, no lo recuerdo bien, pero creo que fue una de las últimas veces que observé con detenimiento aquel lugar. Tal vez por eso puedo recordar la disposición de las cosas, aunque me he ido dando cuenta que voy olvidando detalles. Recorrí las estanterías con la vista, el banco repleto de materiales y elementos de todo tipo. Sigo viendo que por allí estaban las pinzas y los destornilladores que hoy ya no tengo entre las manos y hasta mantengo el recuerdo de la cáscara negra de una banana junto a una tenaza, que tal vez he fijado porque hace semanas que no consumo frutas. Los requechos, las piezas y los componentes de bicicletas desarmadas formaban pilas sin un orden aparentemente lógico, pero en donde podía encontrar, con mucha precisión y paciencia, lo que estuviera necesitando. Se dice que cada cual sabe moverse en su propio desorden. Pues así me sentía en mi taller, a pesar de no comprender cómo hacía para que ese caos no me irritara.
La visible desorganización me hacía sentir en mi hogar, quizá porque nadie más que yo podía ingresar en ese mundo. Tengo el convencimiento de que nadie más podía desplazarse con la facilidad con que yo lo hacía, pudiendo reconocer la ubicación de cada tornillo y encontrar, sin rodeos, su respectiva tuerca. He ido concluyendo que tal vez fuera la sensación de exclusividad la que me otorgaba cierta pertenencia. Tal vez sea eso lo que extraño.
El tema es que no logro recordar si esa sensación la tenía en aquel momento, aunque reconozco que la percibo por estas horas. Me refiero a la pertenencia a un espacio que podría definirse como el hogar, pero no este hogar donde habito ahora, sino aquel en donde una serenidad cómplice nos mantiene a gusto, y que no parece ser esta serenidad que me habita en este momento y cuya complicidad no me resulta tan obvia. Es probable que la lejanía otorgue mayor apego a todo aquello que vivimos sin reconocer que nos llenan las horas y los días.
Tal vez porque extraño mis cosas pienso que el taller era mi verdadero hogar. El aroma a caucho, el golpeteo del compresor, el silbido del aire liberado a presión. Quizá lo era por la interacción pasajera con la gente, porque no soporto estar mucho tiempo charlando con alguien, y precisamente el taller me permitía encontrar la medida justa, o sea rodearme de una compañía transitoria y suficiente como para no estar en soledad. Por momentos tengo algunas oleadas de nostalgia. Extraño aquel grupo de niños montados en bicicletas ingresando todas las tardes por el camino de acceso al taller, girando en torno al maitén y regresando a la avenida, como si fuera un circuito obligado para ir a alguna parte. También me agitan recuerdos fotográficos, el diálogo casual sobre algún acontecimiento ocurrido en el pueblo; la ansiedad de un cliente, retenida en su mirada, contenida por unos minutos, a la espera de que el pegamento vulcanizante seque en la superficie del caucho; una rueda rebotando en mis manos rumbo al cuadro invertido sobre el suelo; la entrega de un trabajo y, en devolución, el rostro de satisfacción de un cliente. Aquellos breves gestos, invisibles en la rutina diaria, regresan de tanto en tanto, pero se me han ido alejando también.
De todas maneras, todo eso ya no está, al menos no por ahora. Solo tengo presente que aquella mañana, mientras aguardaba el punto de hervor del agua, permanecí de pie pensando en algo que no logro recordar. Mi actitud era reflexiva, aunque tengo dudas, diría que mantenía una postura de incertidumbre, aunque no puedo encontrar las razones. Tal vez pensaba que todo aquello me pertenecía y constituía una parte central de mi vida, una síntesis de mis esfuerzos y de mi pasión por el ciclismo. Pero de eso me doy cuenta ahora, con todo el tiempo en mis manos y escindido de aquella rutina. Insisto, aunque dudo que haya sido plenamente consciente de esa sensación en aquel momento. Incluso he pensado que, tal vez, me encontraba reconociendo que sería tiempo de acomodar un poco aquel desorden, pero también me cuesta imaginar que aquello me preocupara en verdad. No tenía registro ni molestia alguna por la falta de orden como lo he empezado a tener ahora. No puedo creer que haya pasado tan poco tiempo y que haya perdido la capacidad de reconstruir mis propias sensaciones. Es como si mis recuerdos se estuvieran difuminando y su acceso estuviera encriptado, guardados dentro de un laberinto del cual no tengo un mapa que me conduzca hacia el destino final. Es que tal vez no existe tal destino, al menos no uno definitivo.
Allí estaba de pie. La pava comenzó a alertar el instante previo al hervor, como todas las mañanas. Cerré el paso de la garrafa y me dispuse a tomar unos mates. Me senté en el tronco ahuecado que solía ubicar afuera, sobre el piso de tierra, trancando una de las hojas metálicas de la puerta de ingreso. Si había un instante que disfrutaba, sin dudas, eran esos primeros mates en soledad. El panorama ante mis ojos se abría al camino de ingreso, rodeado por un bosque tupido y de mediana altura, suficiente para tapar la vista a la avenida principal del pueblo. Tan solo alcanzaba a divisar el tráfico de vehículos y la figura de los transeúntes cruzando a través de aquella apertura en el bosque. Es una imagen que no puedo borrar de mi mente, delimitada al fondo por una tranquera que permanecía abierta al público, señal de que me encontraba en el taller.
El contenedor estaba ubicado, aún lo está, en un terreno baldío situado en el ingreso al pueblo, en una zona muy valorada. El dueño de aquellos dos mil metros cuadrados no residía en la región. Si bien viajaba con asiduidad, necesitaba que alguien cuidara de su propiedad y fue así que llegamos a un acuerdo. Todavía considero que fue justo. Me permitió instalar mi taller de bicicletas a cambio de mantener la limpieza y custodiar el terreno, tanto para evitar robos como de quienes aprovechaban para descargar basura y escombros. No había dinero de por medio, tan solo un cambio de favores. Eso me permitió disponer de todos los ahorros que tenía para destinarlos a comprar aquel contenedor. Lo había bautizado el “submarino amarillo” y ese fue el nombre que le asigné también a mi taller. Aun disfruto al imaginar que aquel contenedor fue utilizado para transportar accesorios y bicicletas nuevas fabricadas en China, tan relucientes como su propia estructura metálica que las protegía de la sal y de los rayos del sol.
Me motiva pensar que el destino del contenedor, antes de una empresa naviera y ahora mío, quedó encadenado al ciclismo y al reciclaje. Siempre me enorgulleció defender la postura de que aquello fue un rescate. Estoy convencido que lo recuperé del abismo del descarte, al igual que lo hago con cada bicicleta que logro hacer que retorne a los caminos. Me imagino que afloró desde el olvido a tanto servicio prestado para un transporte que no descansa cruzando los mares y que tampoco reconoce de trayectorias y esfuerzos, perdido en la vorágine de un comercio anónimo. Por fin una vida estacionaria, pienso a menudo. No puedo asegurar que este nuevo destino le haya traído una vida más llevadera. Sin embargo, se podría decir que reencontró su utilidad original, al toparse con una tregua ante lo inevitable: el desguace. Me gusta pensar que la sortija quedó en la mano de quien decidió reciclar bicicletas y mantener la función de contención. Tal vez por eso he llegado a la conclusión de que el taller era mi verdadero hogar.
Recuerdo que allí me encontraba aquella mañana, cebando unos mates junto al submarino amarillo. La mañana se presentaba cálida y estática. Las hojas de los árboles estaban tan inmóviles como lo estaba la falta de movimiento en la vereda de la avenida, al fondo de aquella imagen que aún mantengo en mi memoria, hasta que una silueta ingresó por el camino, acompañada por una bicicleta de pequeño porte. Luego de transcurridos algunos pasos reconocí que se trataba de don Laureano, el panadero que todos los días, sin descanso, despuntaba el alba en la otra esquina de la misma cuadra. Su metro ochenta de altura lo obligaba a arquearse sobre el manubrio y el asiento de la bicicleta que rodaba a su lado. Era evidente que era la bicicleta de su nieta. Por un segundo, me llamó la atención que ella no lo estuviera acompañado, hasta que apareció corriendo por detrás, con una muñeca en sus brazos. Le gritaba algo que no alcancé a escuchar. Se adelantó a su abuelo y soltó la muñeca en el canasto delantero. Luego, custodió el andar mientras cubrieron a pie lo que restaba del camino, hasta alcanzar mi posición.
—Buen día, don Laureano —me anticipé al saludo—. Se ve que viene con buena custodia.
—Buen día —respondió agitado mientras inclinaba la bicicleta sobre el suelo, no antes de que su nieta retirara la muñeca del cesto—. En efecto, vengo con guardaespaldas. Bella mañana, se ve que el verano no se quiere ir.
—Así es. Tampoco lo llame al invierno que después se nos hace largo el tirón —acote ofreciéndole un mate.
—No, gracias, ya tuve doble ronda esta mañana. Una mientras amasaba y la otra junto al mostrador —se excusó secando el sudor de la frente con el dorso de la mano. Su prominente ombligo parecía irradiar más calor del que ya ofrecía el aire del mediodía—. Vinimos con la compañera —prosiguió haciendo un ademán a la niña— para ver si se puede parchar la rueda delantera y, ya que estamos, acondicionar los frenos. Me parece que están un poco flojos.
—¡Abu! Ya te dije que no fue culpa de los frenos. Me caí porque se me cruzó el gato de Simona —refunfuñó la niña elevando la voz y frunciendo el ceño. Luego, cruzó con firmeza sus brazos a la altura del pecho y la muñeca quedó colgando de una mano.
—Sí, querida. Solo estoy sugiriendo que ajuste los frenos. Al fin de cuentas es una medida de seguridad —argumentó Laureano en tono conciliador.
—No se preocupe, don Laureano, va a quedar como nueva —improvisé una respuesta mirando de reojo a la niña, pero ella ni se inmutó ante mi comentario. Tomé la bicicleta y me dispuse a retirar la rueda delantera. Ambos permanecieron de pie debajo de la sombra del maitén que secundaba el ingreso al contenedor.
—¿Y qué me contás de la situación? —me preguntó Laureano en el momento en que jalaba de la cubierta para retirar la cámara.
—Una pinchadura nomás, el resto parece estar bien —respondí en el mismo momento en que encendí el compresor.
—No me refiero a la bicicleta, aunque ya que lo mencionás, en verdad me preocupan los frenos —acotó elevando la voz por sobre el sonido que retumbaba desde adentro del contenedor.
—¿A qué se refiere, don Laureano? —indagué a la vez que el silencio retornó de golpe al apagar el compresor. De inmediato, sumergí la cámara hinchada en una palangana con agua turbia.
—Me refiero a la situación del país. Nos vienen castigando duro y parejo. Primero la suba impagable de la luz y del gas, luego el dólar disparado como liebre —comentó mirando al cielo—. Falta que nos caigan ranas del cielo.
—No sé, don Laureano. Hace rato que no cambio la garrafa, que por cierto viene aguantando bastante. Del otro tema, del dólar y todo eso no entiendo nada. Pero que las cosas han subido, estamos de acuerdo —concedí mientras desplegaba el pegamento sobre la superficie de la cámara, que mantenía extendida sobre el yunque—. Estoy un poco perdido, incluso ya no sé cuánto cobrar los arreglos. ¡Igual no se preocupe que usted tiene precio de cliente fiel! —me apresuré a aclararle.
—Hay cosas que no cambian más en este país. Igual tampoco podemos hacer mucho. Mientras podamos pasarla sin que apriete demasiado el cinturón...
—No lo dude, don Laureano, estamos para pucherear nomás. Pero igual la seguiremos remando, algo siempre sale —propuse en tono optimista.
—A propósito, ¿escuchaste algo sobre cómo va a ser la cosa con este tema del virus de China? —me preguntó como queriendo cambiar de tema o evitando que el silencio incómodo se propague en los próximos segundos.
—No, don Laureano. No sé nada —respondí sin prestar mayor atención, mientras armaba la rueda nuevamente.
—¿No has escuchado las noticias? —insistió un poco sorprendido.
—No escucho las noticias. No tengo televisor y la radio solo la prendo de noche para que me acompañe la música. Escuché algo al respecto, de lo que me estuvo comentando la gente cuando viene por acá. Estoy seguro que usted debe saber más que yo sobre el tema —comenté buscando interiorizarme.
—Parece que hay un virus que se está esparciendo por el mundo y ya ingresó a la Argentina. Hay un primer caso reportado en Buenos Aires —comentó con tono de preocupación.
—¿Cuántas enfermedades deben circular por el mundo y por Buenos Aires? —Laureano se dispuso a responder, pero encendí el compresor de nuevo para inflar la rueda recién reparada. Al apagarlo, proseguí—: Perdón, don Laureano, repítame que no alcancé a escucharlo.
—Te decía que esto parece diferente. Es un virus nuevo y se esparce con mucha facilidad. Parece que los médicos están muy preocupados. Hay lugares donde los hospitales están llenos de gente y no dan abasto con la atención.
—Mire usted, se ve que es serio entonces —se me ocurrió comentar, sin mucho convencimiento.
—Como si anduviéramos escasos de problemas, ahora se nos viene una peste ¡Lo que nos faltaba! —exclamó Laureano con visible ofuscación.
—Despreocúpese, don Laureano, igual estamos lejos de Buenos Aires. Acá no creo que tengamos mayores problemas con ese virus —respondí intentando sosegar su preocupación.
—No creo. Se dice que se mete por todos lados porque viaja con la gente. Si bien estamos lejos, a estos lugares llega con los turistas, asique estamos fritos —me refutó con un argumento al cual no pude oponerme—. Vivimos en un mundo nuevo, muy conectado. La gente viaja mucho en aviones y parece que eso está ayudando al virus.
—Habrá que cerrar los aeropuertos y viajar menos —respondí sin mucho análisis.
—Eso es justamente lo que están haciendo muchos países y escuché que ya están estudiando implementar esa medida en Argentina —me respondió con convicción. El problema nuestro es que, si hacen eso, no va a ingresar turismo. ¿Te acordás cuando explotó el volcán y cerraron el aeropuerto de Bariloche?
—Sí, claro que me acuerdo. De todas maneras, no me afectó mucho porque trabajo con la gente del pueblo, no con los turistas —respondí sin ocultar mi despreocupación.
—Yo también le vendo pan a los residentes, pero la mayoría de los clientes trabajan en el turismo, así que indirectamente nos pega igual.
—Habrá que ver qué pasa, don Laureano, no se preocupe de antemano —le insistí procurando cambiar de tema.
—En eso tenés razón. Pero lo que sí se viene es que no nos van a dejar salir de nuestras casas —sentenció a modo de cierre.
—¿Cómo es eso? —pregunté al ajustar la rueda nuevamente en el cuadro. La impulsé con la mano y comenzó a girar sobre su eje. Dediqué unos segundos para corroborar su correcta alineación y nos quedamos en silencio observando la desacelerada rotación de la rueda.
—Sí, se habla que en algunos días se estaría implementando una cuarentena, como ya ocurrió en muchos países europeos. Acá vamos a la cola de lo que pasa en el norte —me explicó con la vista fija en los rayos de la rueda, que aún giraba lentamente—. Pero no puedo decirte cómo será, nunca lo he vivido.
—No creo que sea tanto problema —resolví ya con desinterés por el tema. Terminé de acondicionar los frenos bajo la fiscalización de don Laureano y le entregué la bicicleta a la nieta. Me pagó el trabajo y nos despedimos.
Me dediqué a terminar de armar un par de ruedas que me habían encargado. Nada complicado, el cambio de un par de cubiertas lisas por unas nuevas y otra en la que había que reemplazar tres rayos que estaban cortados. De todas maneras, se me esfumó la mañana y ya empezaba a tener hambre. Me senté nuevamente en el tronco ahuecado y almorcé un sándwich de milanesa que saqué de la mochila. De postre, me comí uno a uno los gajos de una mandarina y escupí las semillas hacia un costado. Sabía que eran los últimos días cálidos del verano y me picaban las ganas de aprovecharlo de otra manera. En verdad no lo pensé mucho, decidí cerrar el taller un rato antes de lo acostumbrado. Me imaginaba que todo el pueblo estaba en las playas de los alrededores disfrutando de aquella espléndida tarde.
Llené el termo con agua caliente y verifiqué en la mochila que aún me quedaba una manzana. Recuerdo que cerré la tranquera y no circulaba ni el aire por la avenida. La siesta dominaba la ausencia de movimiento. Crucé el pueblo en bicicleta y tomé el camino que bordea el lago. Imaginé que el núcleo de cemento ubicado en el corazón del pueblo había expulsado a todos los seres humanos y habían quedado desparramados en las playas que se extienden junto al camino. Se apiñaban unos a otros, sentados o recostados sobre las piedras, rozando las rodillas en círculos cerrados por reposeras o formando hileras aplastadas de cara al cielo. El mate circulaba entre bocas sedientas, a la par de las botellas de cerveza. Los gritos parecían anticipar alguna zambullida proveniente del salto desde una roca o algún golpeteo de remos sobre los kayaks. El murmullo permanente se entrecortaba con las melodías que disparaban los parlantes, reproduciendo trap o cumbia. Reduje la velocidad sin dejar de pedalear. No pensaba detenerme en medio de ese gentío, pero el espectáculo me resultaba atractivo. Imaginé que un hormiguero acababa de ser destruido y todas las hormigas habían huido hasta alcanzar la orilla del lago. Allí quedaron, desparramadas sobre la playa, aprisionadas entre las pisadas de un gigante que descargó su enojo sobre su nido y la superficie del agua. Continué sin demoras y me alejé lentamente hasta alcanzar aquella escueta playa de arena volcánica a la que prácticamente nadie accedía, creo, por desconocimiento. Para mí, constituía un refugio ante tanta humanidad ocupando todos los rincones. Tal vez nadie llegaba hasta allí justamente porque estaba alejada de aquel bullicio atrapante. En todo caso, la gente replicaba lo que ya ocurría en las ciudades y los pueblos; me refiero a la imperiosa necesidad de estar amuchados en un lugar, saciando la exigencia de ver gente por todos lados y en todo momento. La ventaja adicional de aquella pequeña playa era que se encontraba en el camino rumbo a mi casa. Me evitaba tener que recurrir a un desvío que luego prolongara mi regreso definitivo.
Tiré la bicicleta en la arena, arrojé la mochila y me quité la gorra, la remera, el pantalón y las zapatillas para zambullirme sin perder más tiempo. Entré corriendo y corroboré de inmediato que la decisión había sido la correcta. De todas maneras, sentí como si pequeñas agujas se fueran incrustando en mis músculos y me adormecieran las piernas, instalándome una sensación de satisfacción que me resultaba un tanto dolorosa. Al cabo de unos minutos, me encontraba flotando boca arriba y disfrutando del paisaje a mi alrededor. Al salir, me recosté sobre la arena fina y hasta creo que me sumergí de nuevo, pero esta vez en un sueño profundo. Aquella tarde disfruté más que otras veces del silencio y de la quietud. Las semanas siguientes me confirmaron que aquel había sido el último día del verano.
2
La tarde transcurrió con mayor velocidad que la mañana de aquel día, sugiriendo que el tiempo todavía me era indiferente. Luego de zambullirme una vez más en el lago, tomé unos mates y comí una manzana. Regresé a mi casa no antes de que el sol se escondiera detrás de las montañas. Al retomar el pedaleo, sentí los muslos rejuvenecidos y el aire fresco en el rostro me terminó de espabilar.
Me detuve en el almacén próximo a la cuesta que se pierde en la ladera de la montaña. Era una noche de despedida y me dije que no podía pasar inadvertida. Apoyé la bicicleta junto a la pared lateral y mi ingreso al almacén fue acompañado por el sonido de una campanilla. Compré una botella de vino, con lo que me alcanzó, y la metí en la mochila. Salí del almacén y la campanilla volvió a sonar. Antes de continuar, aproveché para beber dos sorbos de agua de la pequeña botella que acababa de comprar. Finalmente, me dispuse a continuar, pero al tomar la bicicleta de nuevo me quedé inmóvil. Algo en el suelo, junto a la rueda delantera, me heló la sangre. Tardé unos segundos en reconocer que se trataba de un rollo de soga de nylon hundido entre la densa gramilla que, por momentos, me pareció una serpiente enroscada. Una vez superado el susto retomé el camino, riéndome de mi propia reacción ante la falsa amenaza, aunque dudando si en verdad existen serpientes venenosas en esta región de la Patagonia.
Cuando la penumbra amenazaba con ocultarlo todo, llegué a mi casa. El sendero de ingreso estaba iluminado por la ventana. Dejé la bicicleta en el porche e ingresé dando un par de golpes con los nudillos.
—Buenas, buenas. ¿Hay alguien en casa? —pregunté con un tono fingidamente inocente.
—Buenas noches, la vivienda ya está ocupada.
—Me pregunto si estarías dispuesta a compartir la ocupación con un indefenso ser humano, que poco tiene para ofrecer más que un beso y la sangre de Dionisio embotellada —propuse al ingresar en la cocina, caminando rumbo al único ambiente de la vivienda que estaba iluminado.
—Habría que evaluar la calidad —me respondió de espaldas, sin dejar de cortar un par de rodajas de pan casero, que apiló sobre un plato de madera—. Me refiero al beso, obviamente.
—Si es lo único que tengo para ofrecer, más vale que valga la pena entonces —dije rodeándole la cintura con ambas manos. Luego, le deposité un beso breve en el cuello. Ella soltó el cuchillo, giró sobre su eje y quedó de frente a mí.
—Ha sido muy escasa la muestra como para realizar un buen control de calidad, necesito explorar un poco más antes de dar un dictamen —me rodeó el cuello con ambas manos y se mantuvo expectante, a escasos centímetros de mi rostro.
