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¿Qué quiere una madre? Esta es la pregunta que nos guía en las intensas páginas de este libro de Angelo Villa. En ella resuena el eco de una famosa inquietud planteada, y no resuelta, por el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud: ¿qué quiere una mujer? Para Freud, esta pregunta queda sin respuesta y representa el enigma por excelencia, pero a ello parece oponerse la claridad del deseo materno, en estos términos independiente del deseo de la mujer. A partir de una pregunta sobre la naturaleza del trauma, encaminada a investigar su significado y la posición subjetiva que asume el niño en el acontecimiento, el autor introduce la idea lacaniana de trauma ligada a la entrada en el lenguaje del sujeto. Villa se detiene en la importancia de las posiciones simbólicas dentro de la familia y, en particular, en las dificultades —muchas veces ignoradas o menospreciadas— que encuentran las madres para sostener su deseo. A través de la presentación de siete casos clínicos, Villa analiza las relaciones que el deseo materno mantiene con el malestar del niño, construyendo el caso con el lector y sugiriendo posibles vías para encaminarse hacia la cura. Esta es una lectura importante para quienes estén interesados en encontrarse a través de la principal herramienta que tenemos a nuestro alcance como seres hablantes: la palabra, y su necesaria implicación de decir y escuchar.
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Seitenzahl: 475
Veröffentlichungsjahr: 2023
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¿QUÉ QUIERE UNA MADRE?
El psicoanálisis del trauma y la relación madre-hijo
Angelo Villa
© Angelo Villa
© El psicoanálisis del trauma y la relación madre-hijo
Julio 2023
ISBN papel: 978-84-685-7731-9 ISBN ePub: 978-84-685-7730-2
Depósito legal: M-24624-2023
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
Paseo de las Delicias, 23
28045 Madrid
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Índice
Capítulo I
La segunda vez de Emma
La herencia silenciosa
Capítulo II
La novela del abandono
Fantasma y excitación
Dos elementos agregados
Capítulo III
De la ley de la religión a la religión de la ley
La nueva alianza
De la emergencia a la evidencia
Para concluir...
Capítulo IV
Una cuestión abierta
Capítulo V
La trasmisión y el idéntico
Caso 1: Eugenio y Carmelo
Eugenio, la víctima
Las sesiones con Eugenio
Segunda fase
Carmelo, el seductor
Caso 2: Michele
Michele, la historia
Michele y el dibujo
Gordon y el Otro
Caso 3: Mario
El nacimiento de Mario
Los nuevos padres
Caso 4: Tommy
La madre
Las sesiones
Hacia el síntoma
Caso 5: Alex
Roberta y Alex
Primeras sesiones
Pasajes al acto
La búsqueda de la palabra
Caso 6: Marina
La Historia
La transferencia
¿Y la madre?
Caso 7: Ghigo
Las sesiones con Ghigo
El espejo opaco
La demanda de Lina
¿Ex-sistir?
Capítulo VI
El trauma y sus declinaciones
Regresando a Emma
La madre y la muerte
El niño y el espejo
Vocación religiosa y prostitución
Sexualidad infantil y sexualidad femenina.
La mama y la madre
La segunda madre
Capítulo VII
La clase de religión y el abogado
Sexualidad infantil y sexualidad del niño
“ ...¿no?”
Amor y fantasma
La repetición de Roberta
Respecto a la queja
Bibliografía
Capítulo I
En el principio era el trauma. Al inicio del psicoanálisis, al comienzo de la sexualidad, tal como lo descubre Freud, tal y como lo revela el psicoanálisis mismo, está el trauma. Como el espectro paterno de Hamlet, el trauma acosa la existencia humana desde el principio. Nos acompaña como una sombra, como una banda sonora, como una música de fondo. Hoy en día incluso más, sin ninguna duda. Más allá de la 1ógica freudiana, la insistencia y la reiteración de una vuelta constante al concepto de trauma obsesionan tanto al lenguaje común como a la terminología clínica. Predomina sobre todos los discursos, sobre todos los eventos de malestar individual y colectivo, mucho más allá de su acepción psicoanalítica. Entonces, ¿quién puede salvarse?
En este sentido, el recurso masivo e indiferenciado de la palabra “trauma”, como era previsible, ha terminado por no aportar claridad al problema, como si se identificara como trauma cada experiencia espontáneamente clasificada de este modo por el individuo, inscribiéndola directamente, quizás de forma precipitada, en el registro de la intolerabilidad. Entonces, ¿todo o casi todo es trauma? Empujada por el apremio del malestar individual y social, la línea de demarcación trazada por Freud alrededor de las vicisitudes que afligen a un sujeto parece oscilar. El límite de las fronteras se desvanece. La invocación del trauma ha tornado con frecuencia el semblante de una súplica, de una demanda. La forma explícita de una denuncia redundante del propio esfuerzo de vivir, de estar día tras día en el mundo.
Si, además, en este cuadro, que es una manifestación sintomática del actual malestar en la cultura, la atención se desplaza del mundo adulto al de la infancia, el tema del trauma aumenta aún más su peso hasta volverse exasperante. Es el imán que atrae el conjunto de las preocupaciones, justificadas o no, que el adulto vuelca en el niño durante el periodo de su crecimiento. Su sueño narcisista vive a través de un espejismo estereotipado. El niño debe desarrollarse armoniosamente, gozando de todas las oportunidades y seguridades que el adulto le ofrece, y esto no sin ansiedades y generosidad. Lo importante es que el niño no tenga o sufra traumas. Bajo esta óptica, todos los acontecimientos y sus daños consecuentes deben ser desterrados. Si es posible, evitados a priori. Actualmente, no es raro que el adulto viva su función educativa como una actividad de prevención respecto a experiencias traumáticas a las cuales el menor pudiera exponerse. La cualidad de absoluto asignada al trauma lo hace transformarse en una pesadilla colectiva y, como consecuencia, en un imperativo social. El adulto, responsable y consciente, se consagra a emplear todas sus iniciativas pedagógicas intentando proteger al niño del impacto de esta negatividad devastadora. El niño no puede sufrir traumas, insistimos. Evitar el trauma al menor será la garantía para su felicidad, para el futuro, así como el certificado para el adulto de ser una persona capaz y sensible, moderna y disponible. En una palabra, una persona exenta de culpas.
Un fenómeno como el denominado maltrato infantil ha sido y es una caja de resonancia para toda esta cuestión. Los medios de comunicación también han contribuido mucho a exasperar los tonos. Semejante a una inundación, la emotividad adulta ha tornado su lugar como sucede a menudo cuando los niños son el centro de la atención.
En el caso del niño, el maltrato ha logrado dar una voz casi tangible a los fantasmas más variados y contradictorios que la referencia al trauma plantea. Así, constituye un símbolo claro e indeleble. El maltrato reabsorbió la referencia al trauma, convirtiéndolo en su sinónimo. El estruendo producido a nivel social llegó a la clínica, condicionándola y orientándola en consecuencia, volviendo el maltrato un tipo de categoría diagnóstica específica capaz de promover una terapia dirigida, con estructuras especiales y un saber ad hoc creado para ello, y más. Debido al uso genérico e indiferenciado del trauma, el maltrato ha permitido aislar un punto, circunscribir un espacio, aunque los límites no estén siempre definidos con claridad. El chantaje sentimental de la infancia contra el mundo de los adultos ha hecho el resto. El maltrato es el candidato que ocupa un puesto privilegiado, casi exclusivo, en la clínica de los menores. Es el termómetro sensible e indiscutible de la tensión afectiva y del malestar general que recorre a la sociedad entera en un periodo histórico determinado. ¿Quién podría contradecir tal evidencia?
Las consideraciones de la ética y de la clínica misma en su acepción más tradicional se han colocado, implícitamente, en un segundo plano. La asociación entre traumaniño agrega la urgencia. Ya basta. Involuntariamente, la denominada clínica del maltrato ha acelerado los pasos, precipitando los tiempos al enfocar estas cuestiones considerándolas como propias. No obstante, esto no ha logrado opacar el conjunto de las problemáticas que se ocultan detrás de la continua referencia al trauma y detrás de las angustias alimentadas por el ideal de niño. En efecto, el intento risible de psicologizar la temática en su totalidad no ha disuelto, al menos para nosotros, el caudal ontológico de toda la cuestión, ni tampoco el nudo decisivo alrededor del cual se disponen y se reflejan pasado y futuro, sociedad e individuo. El niño no es solo el hijo del hombre, es también lo opuesto: el niño es el padre del hombre, como sostenía el poeta Wordsworth.
El maltrato infantil, separado del énfasis que lo acompaña, abre las puertas a dos cuestiones cruciales: la primera se refiere a las condiciones en las cuales el ser humano se encuentra con su nacimiento y su estar en el mundo, la segunda, se refiere a aquellas que presidirán su reproducción. Para ello, el concepto de trauma desarrolla un rol fundamental y al mismo tiempo ambiguo. En una sociedad profundamente «traumatizada», el maltrato pone en evidencia, por un lado, una referencia extremadamente detallada del mismo; por otro, el aislamiento del trauma como instancia en sí misma que funda -o pretende fundar- una práctica y una teoría clínica autorreferencial que suspende el reenvío de referencias más precisas y articuladas, como aquellas de síntoma o de fantasma.
El trauma termina por ser siempre un acontecimiento, un hecho imprevisto que un individuo puede encontrar, así como, por el contrario, el núcleo irreductible de su esencia en cuanto sujeto. Su cifrado específico, personal. El trauma ya no acompaña al individuo, como en la perspectiva freudiana, marcando las etapas más significativas de su desarrollo evolutivo. Ahora el individuo es succionado por el trauma, como si fuera un apéndice inerte, como si este último tuviera el poder de reabsorber, de forma irrebatible, su posición exclusiva, declinando y sintetizando en su interior la entera dimensión del ser del sujeto. Desde esta óptica, el niño ofrece una oportunidad doble en cuanto menor y pequeño hombre. Su traumatización es la traumatización de la existencia, recibida al nacer. Curar el trauma, especialmente si es infantil, es curar la vida. Liberarla de los traumas que la vuelven infeliz y que, precisamente en el maltrato infantil, aparecen palpables en su inmediatez brutal. En resumen: si el niño es el padre del hombre, el trauma, tal y como se impone en el maltrato (o como es identificado), es lo negativo que anula el ser. Lo obstaculiza y, en perspectiva y proyección, avergüenza a todos. El desafío que se nos presenta es ambicioso. Pasa por la clínica, pero la trasciende.
Sin embargo, la confusión que se apodera del concepto de trauma, la superposición con las más asombrosas y equívocas manifestaciones fenomenológicas que a menudo derivan de esto, nos obligan a una mayor cautela al respecto. Por otra parte, la misma clínica del maltrato no queda eximida de incurrir en clamorosos malentendidos sobre el tema. Por un momento, tomemos distancia del clamor que se forma alrededor del argumento y abordemos el origen freudiano del problema. ¿Qué es un trauma? O, en otros términos, ¿qué provoca un trauma?
En su ensayo Masallá del principio del placer, Freud subraya que lo que traumatiza al individuo es el comienzo de “aquellas excitaciones” que, por su fuerza, hacen saltar las barreras defensivas del sujeto. El aparato psíquico, ahogado por grandes estímulos, se ve incapaz de ligarlos, en una palabra, de dominarlos. El sujeto queda aplastado. El recurso a representaciones dirigidas a reconducir esa energía incontrolada «del estado de libre fluir al estado quiescente»1 resulta comprometido. El individuo queda a merced de las sensaciones que lo habitan, sufriéndolas. Entonces, trauma es el nombre que toma esta irrupción violenta, desestabilizadora. Una precipitación en lo real de los afectos y de las pulsiones, una precipitación que las palabras, por lo menos en un principio, no son capaces ni de recuperar, ni de poner al individuo en condiciones de enfrentar lo que está viviendo.
Se trata de una definición clásica de trauma. Freud la retoma y la reelabora a partir del discurso médico. Mas allá de agotarse en sí misma, esta sería el sedimento de una articulación más amplia y extendida, la formula adoptada en los años veinte constituye esa premisa necesaria e indispensable; Freud es consciente de esto. Su reflexión sobre el trauma recorre de forma transversal gran parte de su pensamiento clínico. De hecho, si el trauma indica esta implosión de sensaciones fuera de control, la estructura del trauma mantiene en su interior un conjunto de facetas y ramificaciones que, una vez profundizadas, pueden diferenciarlo sutilmente de aquel indicado por el paradigma médico. Precisemos: a mayor entrelazamiento del trauma con la respuesta del sujeto, mayor es la complicación del cuadro que lo caracteriza, o, fundamentalmente, del mismo modo, se aleja del modelo trazado por el paradigma médico. Como es sabido, el niño constituye la figura privilegiada para investigar a fondo la cuestión. Se convierte de nuevo en el interlocutor freudiano por excelencia. Examinemos este aspecto en detalle.
La segunda vez de Emma
Desde su exordio, el psicoanálisis descubre y valora el rol y la función del niño en el desarrollo de la personalidad del adulto. Es más, enfoca su interés alrededor de las experiencias que el sujeto vive o vivió en los primeros años de su existencia. Los síntomas que conducen al paciente a un analista originan la activación de un proceso introspectivo que, a través de cadenas asociativas, instituye un constante ir y venir entre lo consciente y lo reprimido, entre el presente y el pasado. Finalmente, el niño aparece lentamente, sesión tras sesión, detrás de la imagen egocéntrica que el adulto construye de sí mismo, se presenta a los ojos de Freud como la verdad más íntima, la verdad más actual de su ser.
La madurez es un sueño en el cual el adulto, o el que presume serlo, se complace en creer. El análisis pone al paciente delante de esta cruel realidad. El trayecto a través del cual se articula el análisis implica una linealidad precisa, rigurosa.
Freud lo expone en aquel que, por lo menos al principio, fue su manifiesto teórico: los Estudios sobre lahisteria. El síntoma, es decir el sufrimiento que angustia al sujeto, es un proceso inconsciente del cual se necesita encontrar la causa. La elaboración en clave verbal de este último, su recuperación en el área de la consciencia de la cual había sido alejado, pondrá las premisas para la curación del paciente. Es preciso volver a llevar a la luz lo que ha sido sepultado. El analizante sufre de reminiscencias, a saber, pensamientos que han sido entregados a un olvido, tenaz y frágil al mismo tiempo. Por un lado, estos parecen estar desaparecidos del archivo de la memoria; por otro, al contrario, están allí, siempre allí, apenas se da la espalda a la conciencia aparecen nuevamente, camuflados, en los sueños, en los lapsus, en los chistes, se escapan involuntariamente. La causa de estas manifestaciones, en las primeras tesis clínicas freudianas, tiene un nombre preciso: se llama trauma.
El trauma hegemoniza inconscientemente la memoria del analizante, paraliza sintomáticamente su acción. Es la instancia que condiciona lo psíquico. La memoria olvidada donde sobrevive y se conserva la huella inderogable del estrago con la sexualidad que el paciente, en aquel momento un niño, ha experimentado. He aquí, entonces, la “substancia” de la cual está constituido el trauma freudiano en su origen. El niño ha sufrido un impacto negativo con la sexualidad, más con la del adulto que con la suya. El encuentro lo ha marcado, por más que de algún modo, él (o ella) se haya esforzado por olvidar.
Después de todo, la 1ógica que dirige toda la dinámica es conceptualmente simple. Eso no niega, de todas formas, que el mismo fenómeno considerado más de cerca ponga inmediatamente en evidencia algunos detalles significativos, por lo menos cierto tipo de detalles, que permitan hacer una objeción a una simplificación en suma esquemática. En este sentido, es ejemplar el fragmento del caso que Freud, en su Proyecto de psicología, describe bajo el nombre de Emma. La paciente se lamenta de un síntoma: no logra entrar sola en un negocio. ¿Cuál es la base de este malestar? ¿Cuál puede ser su causa? Freud pone a trabajar a su paciente. El padre del psicoanálisis subraya que la paciente asocia al síntoma un acontecimiento que se remonta a la edad de diez años, sucedido poco después de la pubertad. Entrando en un negocio para comprar algo, la paciente recuerda que dos vendedores se reían. Los dos hombres se divertían con su vestido, uno de ellos le atraía sexualmente. Un examen posterior permite aislar un segundo recuerdo, más remoto que el primero. Cuando tenía ocho años, Emma había entrado dos veces sola en un negocio de golosinas «y este caballero le pellizcó los genitales a través del vestido»2; Freud agrega después: «No obstante la primera experiencia, acudió allí una segunda vez. Después de la segunda, no fue más. Ahora bien, se reprocha haber ido por segunda vez, como si de ese modo hubiera querido provocar el atentado»3. He aquí su conclusión: «En efecto, cabe reconducir a esta vivencia un estado de «mala conciencia opresiva»4. Esta nos permite hacer dos consideraciones estrictamente relativas al problema del trauma. La primera: el acontecimiento no ha sido caracterizado como traumático en el momento en el cual se ha verificado, ni tampoco poco después. Solo sucesivamente, en el momento de la madurez sexual, es decir, al final de la infancia, el recuerdo del evento ha comenzado a pesar, de forma inhibitoria, sobre la joven. La llegada de la pubertad ha puesto a Emma en condición de buscar una respuesta al enigma de la sexualidad: ¿Qué es una mujer? O mejor dicho: ¿qué significa para una mujer ser deseada por un hombre? La memoria del trauma ha proporcionado, fantasmáticamente, una respuesta. Mejor que nada, mejor que el vacío. La huella del episodio, sedimentada en el inconsciente, ha organizado una suerte de pantalla angustiante destinada a contener un sufrimiento de otro modo excesivo. Una ventana desde la cual llevar a cabo una estrategia para protegerse de aquello que no se conoce: el síntoma, precisamente. Es ahora y no antes que, partiendo de la inquietud que acompaña su crecimiento y su entrada en la sexualidad, Emma «redescubre» y resucita una experiencia que solo a posteriori se revela traumática. No lo era en el momento en el cual se verificó. En este caso, la temporalidad que regla el trauma aparece invertida. Es la adolescencia la que plantea a la infancia como traumatizante, no al contrario.
La segunda consideración es lo impactante. Emma es solo la primera, como confirmará luego cada paciente independientemente del sexo o de la edad: el encuentro con el sujeto de la sexualidad es traumático. El niño parece hecho a propósito para representar el semblante del drama de lo ingenuo o de lo incomprendido que mide sobre su piel la enorme brecha que se abre entre las expectativas y la realidad, entre sus representaciones y su cuerpo. La sexualidad pone a prueba la diferencia abismal que se produce entre unas y otras. El abismo es turbador, objetivamente traumático. No hay palabras que puedan colmar esa distancia. No existen tiempos, modos o lugares idóneos para hacer de esto una experiencia que excluya semejante laceración. Un dato indiscutible requiere la atención de Freud: la sexualidad es traumática, en sí misma y por sí misma. El trauma, en cuanto asociado a lo sexual, no es contingente o accidental, es más bien estructural. No hay solución. A partir de aquí, la conclusión es clara: el descubrimiento del niño que se encuentra con la sexualidad es el descubrimiento del niño traumatizado. El niño sexuado es el niño traumatizado. La adolescencia es la prueba de los estragos perpetrados en la infancia. Sin embargo, el caso de Emma pone en evidencia un elemento adicional, no menos inquietante, que se deja entrever detrás del muro de su “grave mala conciencia”: si el primer encuentro con el comerciante perverso ha sido para la niña tan negativo, ¿por qué volvió? ¿Por qué no pidió ayuda? C ¿Por qué no se lo confesó a nadie? ¿Qué la ha empujado a actuar de aquel modo? La «segunda vez» de Emma, permite suspender toda interpretación apresurada de lo acontecido, evita recurrir a justificaciones unilaterales. La observación sobre el caso es breve y el mismo Freud no nos hace saber más. Aunque la «segunda vez» nos lleva a una pregunta fundamental sobre la responsabilidad del sujeto respecto a su conducta, cuestión que no dejará de presentarse nuevamente en los casos de abuso infantil. ¿Qué es lo que mueve al niño? ¿Cuál es su posición en el ámbito del evento traumático? Como veníamos anunciando, el cuadro se complica.
Con el transcurrir del tiempo, con el proceder de la práctica y de la investigación teórica, la tesis freudiana sobre el trauma se modifica; poco después es superada. Cuanto más intenta el analista vienés recomponer y situar la constitución del trauma en el interior de las vicisitudes del sujeto, con más ahínco captura la ambigüedad que lo caracteriza. En la célebre carta, la 69, que en el 1867 Freud escribe a Fliess, anuncia: [...] no creo más en mi neurótica5. Su neurótica, así definía Freud el conjunto de su elaboración conceptual sobre el funcionamiento del aparato psíquico, fundado sobre la centralidad del evento traumático en la génesis de los síntomas. Su certeza comienza a tambalear, Freud lo reconoce. No es así, puntualiza. O, por lo menos, podemos agregar, no es del todo así. Una complicación posterior se agrega a las precedentes. El lugar que antes había sido asignado al trauma viene tomado por una instancia más psíquica y, en un cierto sentido, menos objetiva: el fantasma, estrictamente unido a la producción imaginaria del sujeto. La perspectiva cambia sensiblemente, haciendo espacio a un revés que los detractores del psicoanálisis no dejarán de reprochar a Freud. La realidad deja el campo a la fantasía o, al menos, las fronteras entre la primera y la segunda se vuelven siempre más lábiles. Huelga decir que lo que Freud experimentaba, especialmente en la clínica de la histeria, iba exactamente en esa dirección. El trauma en psicoanálisis era el trauma narrado, contado, retomado, soñado por el paciente. En síntesis, desde el principio no estaba constituido por otra cosa que no fuera una secuencia de representaciones que ocultaban el fantasma en cuanto tal. Mientras que Freud pensaba en recobrar el trauma en su implacable objetividad, su investigación analítica lo empujaba a evidenciar de forma siempre más marcada el peso de las invenciones fantasmáticas que se entrelazaban con el hecho traumático, haciendo imposible separar lo objetivo de lo subjetivo, la verdad de la imaginación. El trauma (¿real?, ¿fantasmatizado?) de su reconstrucción.
Los recuerdos se forman, se obstinará en repetir Freud. La memoria no es un lugar neutro, protegido de las contaminaciones del inconsciente. Al contrario, es precisamente la cercanía del trauma con la sexualidad lo que compromete la credibilidad del recuerdo. Imaginación y memoria se mezclan entre ellas. Cuanto más sustituimos la referencia al trauma por la del fantasma, más se manifiesta el papel que juega oscuramente la subjetividad de cada uno en nuestras pesadillas, en nuestras manías, en nuestros deseos.
La dimensión “realista”, en el sentido de la evidencia, se desliza hacia un segundo plano, deja libre un espacio que es ocupado por el inconsciente. El trauma es una herida abierta, pero es siempre menos disociable de la relación que tiene con el individuo. El fantasma “des-objetiva” el trauma, sin que, por este motivo, pierda su potencia detonante. A través del fantasma -y todo lo que arrastra consigo- se abre camino una intuición muy turbadora: si el niño “sexuado”, en cuanto tal, es el niño traumatizado, esto no significa que sea del todo o a priori inocente, como la “segunda vez” de Emma dejaba presagiar. Si no, ¿cómo explicar de otro modo la reticencia de los pacientes, después de tantos años, a volver sobre los embarazosos recuerdos de la infancia? ¿Cómo interpretar el sentido de culpa que los aflige profundamente?
Laherencia silenciosa
El concepto de trauma elaborado por Freud se atiene al orden de su experiencia analítica. Su entrelazamiento con el fantasma responde a las exigencias del tratamiento terapéutico. Lo que, no obstante, muestra sus límites cuando es comparado con la amplitud global que puede, trágicamente, tomar el fenómeno más allá de la pareja evocada con anterioridad. Como objetará Ferenczi6, hay que reconocer que el trauma “freudiano” resulta ser un trauma, en cierto sentido, contenido. Doblemente “domesticado”, minado por su carga de violencia, sea por la existencia de representaciones que lo inscriben en un escenario fantasmático, sea por su ocultarse en un pasado que, si bien no lo aleja del presente, lo separa de todas formas de una inmediatez inminente. La crudeza del trauma resulta, en parte, amortiguada, enmascarada; filtrada a través de un proceso inconsciente de simbolización.
Paradoja de las paradojas. El trauma resulta debilitado por la contaminación con el hecho vivido (o imaginado) por el sujeto durante la experiencia de su impacto con el lenguaje. La posibilidad de recuperarlo, de retomarlo verbalmente y de forma psíquica no satura el hiato subsistente entre el trauma y la representación. Sin embargo, permite a esta última circunscribir la invasión del mismo y, para concluir, lo hace accesible a la cura analítica. En resumen: el trauma se opone al lenguaje, que es llamado a intervenir para reestablecer en el interior de la simbolización lo que se ha escabullido. Pero el lenguaje y la experiencia cotidiana de su asimilación por parte de los niños lo testifican ampliamente. ¿No se presenta, a su vez, como traumático para el menor? ¿La etimología latina del término infante no nos lleva, precisamente, a la definición de aquel que no habla? E incluso, siguiendo las críticas que Ferenczi dirige a Freud, ¿los traumas más graves no son más difíciles de reconocer en una representación que los haga pasar de la realidad del cuerpo y de los actos a construcciones más elaboradas, “mentales”?
Ferenczi pone en evidencia el circulo vicioso implícito que domina el trauma freudiano. Conforme el evento traumático se presta a ser retomado e inscrito en el lenguaje se vuelve más susceptible de remitirlo al fantasma, se hace más tratable de manera analítica; objetivamente, por lo tanto, es menos traumatizante. Al contrario, si el trauma logra ser relacionado con una simbolización a posteriori, queda más adherido a la realidad de la experiencia del sujeto, se vuelve más destinado a repetirse, aparece una mayor exposición del individuo. En el fondo, su misma responsabilidad con respecto a los acontecimientos que le conciernen parece suspendida, débil, próxima a desvanecerse.
El trauma intratable, el trauma “ferencziano”, poco susceptible de ser asimilado por el fantasma, remite en su crudeza al trauma subyacente a la “tratabilidad”. Es aquel relativo, como decíamos, a la inscripción del sujeto en el lenguaje. Si psicoanalíticamente el trauma es la laceración de un tejido, significa también la existencia del tejido mismo, entendido como la red que ordena y aprisiona la trama instituyente del sujeto. Freud presenta el alcance del problema, tocará a Lacan exponerlo con claridad. La cuestión del lenguaje ilumina un nuevo aspecto del trauma, un lado “positivo”. Disminuye ulteriormente su impacto sobre el individuo: el trauma del lenguaje precede al de la sexualidad. Del niño se pasa al infante, de lo sexuado a lo asexuado. El trauma del lenguaje es, en cierto sentido, la versión psicoanalítica del célebre trauma del nacimiento de Rank. Para Rank, el nacimiento biológico representa el modelo de las angustias que el individuo encontrará en el curso de la vida; el psicoanálisis afirma, por el contrario, que el nacimiento en el lenguaje es el evento que determina y marca proféticamente la posición del sujeto. El infante accede al ser solamente pasando a través del lenguaje, perdiendo la dudosa naturalidad que guía sus instintos. Para poder ser, debe llegar a expresarse en la lengua en la cual es hablado, nombrado por sus padres. Debe ceder a esta alienación mortífera y vital al mismo tiempo, renunciando a lo in-fantil que lo asocia de forma estable al cuerpo y que termina por exiliar el ser en la pura y simple dimensión de la presencia. El lenguaje permite al individuo “subjetivarse”, instituir su particularidad limitando la relación que tiene con sus pulsiones corporales más inmediatas y directas. Es un troumatisme7, se podría decir, retomado un neologismo lacaniano. El lenguaje vacía, hace un hueco en la realidad de la economía de la satisfacción del sujeto, corrompiéndolo a su modo. La lengua es un virus, afirmaba el escritor norteamericano William Borroughs.
Durante su enseñanza, Lacan insiste repetidamente sobre este tema con acentos diferentes: desde Función y campo de la palabra y el lenguaje8 al tema de la lalengua, hasta los ultimos seminarios que culminan con el análisis de la obra del escritor irlandés James Joyce. El muro dellenguaje9 se transforma en otro lugar en un chancro10. Le toca al lenguaje dar sentido «En efecto, cabe asociar a esta vivencia un estado de «mala conciencia opresiva» a la relación que el sujeto vive con la sexualidad. El lenguaje lo hace ser, lo condena a la equivocación, al malentendido, al error. El lenguaje es substancia inaprensible y compleja. Nada tiene que ver con un simple etiquetado: esono se atrapa tan fácilmente, ni la esencia [...].»11 Y todavía:
La cuestión es más bien saber por qué esque un hombre normal, llamado normal, no se da cuenta deque la palabra es un parásito, que la palabra es un enchapado, que la palabra es la formade cáncer de la que el ser humano está afligido. ¿Cómo es que hay quienes llegan hasta sentirlo?12
Sin embargo, no es evidente. El encuentro del infante con el lenguaje y su acercamiento a la palabra se da después de un encuentro simultáneo y decisivo: el encuentro con la madre. El niño habla porque otra persona, no un individuo cualquiera, le habla, humanizando así el trauma del lenguaje que le servirá para vivir y ayudándolo a relacionarse mejor con los traumas que sucesivamente experimentará. La sexualidad en primer lugar.
La atención puesta en el trauma del lenguaje traslada el problema del niño a quien se ocupa de él, desde la sexualidad infantil a la sexualidad del adulto, en particular de la madre, llamada a interactuar con él.
A veces reconociéndolo como un futuro “hablanteser”, en otras ocasiones, al contrario, destraumatizándolo hasta el punto de reducirlo a objeto de goce. A la merced exclusiva de las sensaciones que lo habitan y que el adulto se complace posteriormente en erotizar. Reforzando inevitablemente el estatuto de inferioridad propio del in-fantil. Las experiencias infantiles son mucho más graves si se verifican en periodos de desarrollo incompleto, por este motivo, precisamente, pueden actuar de manera traumática: esta es la tesis de Freud. Los cuidados que la madre da al hijo asumen, desde su punto de vista, un valor absolutamente esencial, objetivamente determinante. Retomemos la cuestión a partir de la lección que, en su ciclo de conferencias reunidas con el título Introducción al psicoanálisis, Freud dedica a los caminos para la formación de los síntomas13. Esta resume, de manera sintética, el eje de la reflexión psicoanalítica al respecto. Investigando sobre las causas de la neurosis, Freud las imputa o a una “disposición debida a la fijación de la libido” o a “una experiencia accidental traumática”, vivida por el adulto14. Detengámonos en la primera, pues nos interesa más para nuestro trabajo. En una nota anexa al texto, Freud propone nuevamente un esquema ilustrativo de su tesis. La disposición debida a la fijación de la libido resultaría de la sumatoria de dos factores entrelazados entre ellos. El primero, en sentido 1ógico y cronológico, es aquel de la así llamada “constitución sexual”, una experiencia prehistórica, como la define Freud. El segundo es, al contrario, aquel relativo a las experiencias de la infancia, o, ciertamente, aquello que podríamos englobar en el ámbito de la sexualidad del niño o del encuentro del niño con la sexualidad, como sucedía en el caso de Emma.
Insistimos entonces sobre el primer factor. Freud subraya con fuerza la significación clínica: “las disposiciones constitucionales son, con seguridad, la secuela que dejaron las vivencias de nuestros antepasados; también ellas se adquirieron una vez: sin tal adquisición no habría herencia alguna”15. Se trata de una problemática cuyo peso no se debe subestimar, por más que el mismo Freud no se arriesgue en su profundización en ese contexto. Significativamente, aparece nuevamente como prueba posterior de su incidencia en el inconsciente del sujeto, en lo que puede ser considerado como el testamento psicoanalítico de Freud: Análisis terminable e interminable16.
La tenacidad de la “constitución” es, entonces, indudable. Hasta tal punto que puede
desalentar cualquier eventual ambición preventiva optimista. Freud advierte:
El riguroso resguardo de los niños pierde valor porque es impotente frente al factor constitucional; además, su ejecución es más difícil de lo que creen los educadores, y trae aparejados dos nuevos peligros nada despreciables: que consiga demasiado, vale decir, que favorezca una represión sexual desmedida en el niño, la cual resultará después dañina, o bien que lo lance al mundo inerme frente al asedio de los requerimientos sexuales que le sobrevendrán en la pubertad. Por eso sigue siendo sumamente dudoso cuanto pueda avanzarse con ventaja en la profilaxis de la infancia, y si un cambio de actitud frente al estado actual no prometería un mejor punto de abordaje para precaver las neurosis.17
¿Dónde se origina dicho factor, entonces, insensible a la prevención y resistente al análisis?
Observando bien, la denominada “disposición constitucional” se remite a un tipo de herencia que el sujeto recibe inconscientemente de sus padres, exactamente de la madre, como resultado de la inversión libidinosa que lo privilegia, en un modo o en otro. En el amor como en el odio. Del inconsciente, el materno, al inconsciente del niño. O, de manera más precisa, del infantil materno al infantil del pequeño. Ahí llega el legado erotizado de una historia, la de la madre, que es a su vez también la historia de otros, de los cuales la madre es a la vez filtro y repetición. Lo que verterá en el hijo, la forma en que lo tratará, como lo llevará o no al lenguaje y al ser, corresponde a esta dinámica que se dispone justamente en la frontera entre la simbolización y su potencial negación. En otros textos, Freud recurre al termino de “herencia arcaica”.
Arcaico, en el sentido etimológico del término, nos lleva al comienzo, a lo prehistórico, a lo que está precisamente antes de la historia o, quizás, fuera de ella. En lo no simbolizado, en lo no inscrito, en el silencio. La herencia es arcaica precisamente porque es sustraída al lenguaje, a su elaboración. In-fantil, en la acepción que se ha dicho, traumatizante en cuanto no traumatizada por el virus de la palabra. Escribe Freud:
Cuando hablamos de «herencia arcaica», solemos pensar únicamente en el ello y al parecer suponemos que un yo no está todavía presente al comienzo de la vida singular. Pero no descuidemos que ello y yo originariamente son uno, y no significa ninguna sobrestimación mística de la herencia considerar verosímil que el yo todavía no existente tenga ya establecidas las orientaciones del desarrollo, las tendencias y reacciones que sacará a la luz más tarde. Las particularidades psicológicas de familias, razas y naciones, incluso en su conducta frente al análisis, no admiten ninguna otra explicación. Mas aún: la experiencia analítica nos ha impuesto la convicción de que incluso ciertos contenidos psíquicos como el simbolismo no poseen otra fuente que la trasferencia heredada [...].18
Es una observación que puede servir para contextualizar nuevamente, respecto a su génesis histórica, la célebre definición freudiana de niño como ser perverso y polimorfo, afirmación que, por otro lado, el mismo Freud, en oposición con sus más entusiastas divulgadores en el momento de su formulación, se ha cuidado de relativizar. Es evidente que la herencia arcaica desplaza los equilibrios y las implicaciones subjetivas en la dialéctica entre madre e hijo, entre adultos y niño. El niño, precisa Freud, puede volverse polimorfo y perverso, es decir puede volver la espalda al lenguaje y a todo lo que ello conlleva “bajo el influjo de la seducción”19.
Seducir, etimológicamente, significa “conducir a sí, hacer propio”. Tradicionalmente esto le concierne al hombre, “el experto seductor”, en relación con la “mujer no cultivada”, pero también a la madre, en un contexto más ambiguo, menos explícitamente sexual, con respecto al niño. Un periodo en el cual el menor no está todavía en condiciones de poder elaborar una adecuada simbolización de los hechos que vive. Freud escribe:
El trato del niño con la persona que lo cuida es para él una fuente continua de excitación y de satisfacción sexual a partir de las zonas erógenas, y tanto mis por el hecho de que esa persona-por regla general, la madre-dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su vida sexual, lo acaricia, lo besa y lo mece, y claramente lo toma como sustituto de un objeto sexual de pleno derecho por el hecho de que esa persona -por regla general, la madre- dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su vida sexual, lo acaricia, lo besa y lo mece, y claramente lo toma como sustituto de un objeto sexual de pleno derecho.20
El cuadro dibujado por Freud muestra al niño en el papel de un cuerpo gozado por parte de la madre o, como diría Lacan, del Otro materno. Objeto más que sujeto, pasivo más que activo, mudo más que hablado o dispuesto a entrar en el mundo del lenguaje. Apéndice de las sensaciones maternas. Consciente de la provocación de la imagen propuesta, Freud recurre a la autoridad de un psicólogo de fama: Havelock Ellis21, para atestiguar la veracidad de sus afirmaciones.
Teme rozar el “sacrilegio”. ¿Es el goce de la madre el verdadero tabú, la seducción de la cual no se puede hablar? ¿Es aquella la “realidad” dónde se juega y se materializa el tesoro de la herencia arcaica?
En este sentido, se pueden repensar las objeciones que Freud presenta respecto a la teoría rankiana del trauma del nacimiento y sobre la cual vuelve en continuación22. Para Freud, la tesis rankiana no es demostrable. El motivo es simple: no tiene representación, está fuera de la historia y si queremos, precisamente por esto, está fuera del lenguaje. Una escena de fondo tanto universal como genérica y naturalista es rechazada. La única alteridad en juego, admitida como tal, es el cuerpo materno. No subsiste “interlocución”: “en la vida uterina la madre no representaba objeto alguno”23. Traducimos, lacanianamente: la madre no era un Otro, fuente de interés y de afecto para el niño, dado que no existían objetos entonces.
La abolición del trauma del lenguaje equivale a un intento, más o menos exitoso, de relacionar al niño con una suerte de condición fetal, por lo menos imaginariamente, llevándolo más allá de la barrera de la diferenciación entre él mismo y el Otro materno. Esto pasa a través de formas explicitas de seducción o de modos de goce exasperado, que suprime toda pregunta sobre qué es o representa un niño, en cuanto sujeto, para la madre. La herencia arcaica, en el sentido específico del «arché» y la disposición constitucional definen en el modo más radical la dimensión transindividual del inconsciente por cómo se representa en relación con lo que el Otro reserva para el hijo que viene al mundo. La madre, o mejor, su inconsciente, pone en relación esta herencia en su rol doble y contradictorio, ya sea como agente de transmisión generacional o como agente innovador potencial y creativo de la misma.
La entrada del niño en el lenguaje y la consecuente «traumatización», entonces, hacen las cuentas con la demanda y el deseo materno. Estos serán el motor de un camino de inscripción simbólica que animará los procesos de identificación del menor. Si la sexualidad se erige como una encrucijada inevitablemente traumática para el sujeto, una dificultad insoluble sin ajustes sintomáticos, la fallida o débil traumatización del niño con respecto al lenguaje da cuenta del modo inadecuado en el cual un individuo puede acceder a la misma. La no lograda traumatización a nivel del lenguaje evidencia la escasa dependencia del sujeto a la dimensión simbólica, de frente a aquella más sólida que él mismo podrá establecer. Conservar sensaciones que lo vuelvan a llevar a la muda memoria de una situación “fetal”, pre lingüística de cuerpo gozado y gozante. En el plano del encuentro concreto con las experiencias problemáticas, esto podrá ser equivalente a una falta de “preparación” que agudizará el estado de malestar del sujeto, sea en el acercamiento o en sucesivas reelaboraciones de las mismas.
El afecto dominante podrá, en tal caso, estar más cerca del espanto (como manifestación de una caída brutal y desorganizada, de una implosión emocional), que de la angustia propia y verdadera. Esta última, de hecho, indica el estado «en que el centro de gravedad de la causación parece situarse en el factor de la sorpresa24». En la angustia, subraya Freud, hay algo que protege del horror, una barrera protectora que permite al individuo prepararse frente a los potenciales resultados de las experiencias que enfrentará, orientándolo mínimamente gracias a una intuición más o menos elaborada de qué puede esperar del impacto con realidades desconocidas:
En toda persona normal hay un poco de esto. Asombrosamente, su «conciencia moral» es tanto más puntillosa cuanto más moral sea la persona. Es como si imagináramos que un hombre es tanto más «achacoso» -sufre más infecciones y efectos de traumas- cuanto más sano es. Esto se debe, sin duda, a que la conciencia moral misma es una formación reactiva frente a lo malo sentido en el ello. Cuanto más intensa es la sofocación de lo malo, más susceptible se vuelve la conciencia moral.25
1. Freud, S. (1992 [1920]) Mas allá del principio delplacer, en Obras completas, vol. XVIII, p. 31. Amorrortu Editores, Buenos Aires.
2. Freud, S. (1992 [1895]). Proyecto de psicología, en Freud, Obras Completas, vol. I, p. 401. Amorrortu Editores, Buenos Aires.
3. idem.
4. idem.
5. Ibidem, p. 301.
6. Me permito invitarlos a leer el ensayo, Villa, A. (2006). Sulla perversione, en Domenico Cosenza, Massimo Recalcati, Angelo Villa (compilación), Civiltà e disagio. Forme contemporanee della psicopatologia, Bruno Mondadori, Milán.
7. Del francés trou, «agujero, hueco» [N. del T.]
8. Lacan, J. (2009). Función y campo de la palabra ydel lenguaje en psicoanálisis, en Escritos, pp. 269, 288. Vol. 1, Siglo XXI Editores, México, D.F. «Los símbolos envuelven en efecto la vida del hombre con una red tan total, que reúne antes de que él venga al mundo a aquellos que van a engendrarlo “por el hueso y por la carne”, que aportan a su nacimiento con los dones de los astros, si no los dones de las hadas, el dibujo de su destino, que dan las palabras que lo harán fiel o renegado, la ley de los actos que lo seguirán incluso hasta donde no es todavía y más allá de su misma muerte, y que por ellos su fin encuentra su sentido en el juicio final en el que el verbo absuelve su ser o lo condena -salvo que se alcance la realización subjetiva del ser-para-la muerte». «Me identifico en el lenguaje, pero solo perdiéndome en él como un objeto».
9. Ibidem, p. 281: «[…] lo que nosotros llamamos el muro del lenguaje».
10. Véase, por ejemplo, la conferencia de Ginebra del 4 de octubre del 1975 dedicada al tema del síntoma (Versión crítica). Traducción y notas de Ricardo Rodríguez Ponte, material de consulta de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Argentina, p. 20. «[…] que ese chancro que yo defino que es el lenguaje, porque no sé cómo llamarlo de otro modo, ese chancro que es el lenguaje, implica desde el comienzo una especie de sensibilidad».
11. Lacan, J. (1964). Seminario 11 (Versión critica). Del sujeto alque se supone saber, de la primera diada, y delbien, en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, p. 88, Traducción y notas de Ricardo Rodríguez Ponte, material de consulta de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Argentina.
12. Lacan, J. (1975-1976). Seminario 23 (Versión crítica. Palabras impuestas, en El síntoma, clase del 17/2/76, p. 7-8. Traducción y notas de Ricardo Rodríguez Ponte, material de consulta de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Argentina.
13. Freud, S. (1991[1916-17]). Conferencias de introducción al psicoanálisis. Los caminos para la formación del síntoma, en Freud, Obras Completas, vol. XVI, p. 326, Amorrortu, Buenos Aires.
14. Véase por ejemplo el caso de las así nombradas neurosis actuales. Para orientarse en una bibliografía freudiana sobre el tema, véase la definición especifica en: Laplanche, J & Pontalis). (1974). Enciclopedia de psicoanálisis, vol. 2, Laterza, Bari.
15. Freud, S. Conferencias de introducción al psicoanálisis, op.cit., p. 329.
16. Freud, S. (1991 [1937]). Análisis terminable e interminable, en Obras Completas, vol. XXIII, p. 211. Amorrortu Editores, Buenos Aires.
17. Freud, S. Conferencias de introducción al psicoanálisis , op. cit., pp. 332-3.
18. Freud, S. (1991[1934-38]). Moisésy la religión monoteísta, en Freud, Obras Completas, vol. XXIII, p. 242, Amorrortu Editores, Buenos Aires. No obstante, se debe recordar cómo el tema de la herencia aparece en breves pasajes de otras obras del psicoanalista vienés, desde Tótem y tabú, y en sus diversos trabajos de Metapsicología.
19. Freud, S. (1992[1901-1905]). Tres ensayos deteoría sexual, y otras obras, vol. VII, en Freud, Obras Completas, p. 173, Amorrortu Editores, Buenos Aires.
20. Ibidem, p. 203.
21. Idem. Escribe Freud: “Si alguien considera «sacrílega» esta concepción, que lea el tratamiento que da Havelock Ellis (DasGeschlechtsgefuhl, 1903, p.16), casi en el mismo sentido, a las relaciones entre madre e hijo”.
22. Véase en particular Freud, S. (1992 [1926]). Inhibición, síntoma y angustia, en Freud, Obras Completas, vol. XX, pp. 78-159, Amorrortu Editores, Buenos Aires.
23. Idem.
24. Freud, S. (1992 [1920]) Mas allá delprincipio del placer, en Obras Completas, vol. XVIII, p. 12. Amorrortu Editores, Buenos Aires.
25. Freud, S. (1992 [1925]). Algunas notas adicionales a la interpretación de las sueños en su conjunto, en Obras completas, vol. XIX, p. 136, Amorrortu Editores, Buenos Aires.
Capítulo II
Pasando de un trauma asociado a la noción de fantasma a otro construido alrededor de la adquisición del lenguaje por parte del sujeto, toda dialéctica entre representación y goce se articula en forma diferente. De hecho, en un primer momento, el trauma estaba considerado una consecuencia de un exceso de sensaciones que invadían al sujeto, desestabilizándolo. Mientras que, en un segundo momento, compatible con el primero, el trauma es el resultado de una operación de signo opuesto: lo que traumatiza es la falta de un goce al cual el sujeto estaba apegado. Son dos perspectivas que no agotan las bifurcaciones freudianas en referencia al trauma. Además, se agrega otra perspectiva en relación con la sexualidad infantil. Si las dos derivaciones precedentes de trauma respondían, casi impersonalmente, a la idea de «cosa» que traumatiza (la entrada en la sexualidad y la adquisición del lenguaje), una tercera versión del trauma propone el tema de «quién» traumatiza. Potencialmente, el concepto trauma se psicologiza o adquiere la posibilidad de ser reconducido, no sin ser forzado, en esta dimensión. En efecto, el «quién» proporciona al trauma un correspondiente identificable, detectable como figura traumatizante.
El trauma parece, de manera significativa, ganar certeza respecto a la causalidad, a su origen. El inconsciente parece guiar con seguridad la construcción del sujeto hacia un objetivo preciso, casi indiscutible. Después, con el niño y la madre, el triángulo se completa. Quien traumatiza tiene un nombre, un rostro, y Freud no tiene dudas: es el padre.
La sexualidad «freudiana» conoce solamente un órgano, el falo; la libido una única connotación, la del masculino. El universo sexuado se divide, antes que en masculino y femenino, en quien tiene el falo y quien no lo tiene. La anatomía es el destino, confirma Freud, retomando el dicho de Napoleón. Lo que ahora traumatiza al niño no es la sexualidad, sino el descubrimiento de la sexualidad adulta a partir de la denominada escena primaria, es decir del coito entre los padres. El padre goza del cuerpo de la madre. La visión sugiere y alimenta el fantasma de lo que implica la diferencia sexual. El padre que goza es, precisamente, el poseedor del falo. Órgano de la sexualidad, efectivamente, como también del poder. La «traumaticidad» o lo traumático de la escena responde a la actuación del padre en relación con la madre y, también, a lo que su figura puede encarnar como amenaza para el hijo. Freud se inspirará en esto para hallar la fuente de la angustia de castración que el menor puede experimentar en relación con el padre. Por ejemplo, el posible castigo a sus prácticas de masturbación. En la familia, el padre es el poseedor del falo y de la madre. La falta de sujeción a su poder tiene un precio establecido: la emasculación. Quien socava su poder, quien codicia sus objetos de deseo, puede exponerse a los más terrible castigos. La amenaza de castración anticipa, como una profecía, la suerte que le espera: la perdida de la prestancia fálica y, por lo tanto, la asimilación a la madre. O, de manera más precisa, a aquella madre que, inesperadamente, le revela la escena primaria: una madre castrada, una madre «convertida» en mujer, un ser sin aquel falo que el niño imaginariamente le atribuía.
La problemática del trauma vinculado con la imagen de la castración materna se enlaza y se superpone con aquella imaginada de la castración del niño. El amor del niño hacia su madre refuerza el proceso de identificación, lo ilumina sobre la verdad del enemigo común.
Para el niño, defender a la madre equivale a defenderse a sí mismo. Y viceversa: defenderse es defender el propio pequeño falo, real o carente, así como el deseo incestuoso que lleva aparejado. Pues, en el fondo, como subraya muchas veces Freud, ¿no es quizás el falo el órgano con el cual el sujeto busca en la sexualidad unirse simbólicamente con la madre, el objeto con el cual puede encontrar la unidad perdida?
De hecho, si en el caso del trauma debido al encuentro negativo con la sexualidad este se encontraba ligado a la estructura del fantasma (por lo menos cuando se retomaba a posteriori), el trauma causado por el descubrimiento de la sexualidad adulta revela, de forma clara, la estrecha relación que la intencionalidad inconsciente mantiene con un deseo incestuoso, edípico. Cuanto mayor sea el carácter morboso que toma la relación con la madre, más fuerte será la angustia que abrumará al menor. La escena primaria organiza un cuadro que, sobre la base de la diferenciación sexual, separa moralmente las figuras que componen la estructura familiar. Por una parte, quien tiene el falo es el padre patrón. Por otra parte, quienes sufren su acción, las victimas: la madre y los hijos. Antes de toda verificación objetiva, el inconsciente ha emitido su veredicto. Al mismo tiempo, en anticipación a la clínica del maltrato, la clínica más específica y tradicionalmente freudiana da una versión sobre este fenómeno. Freud se presenta como un precursor en el tema. En el amplio panorama de su producción podemos citar dos ensayos significativos. El primero, de 1908, extremadamente breve, lleva el título de: La novela familiardel neurótico26; y el segundo, de 1919 y más amplio, se titula: Pegan a un niño.
La novela del abandono
En la cronología de las obras del maestro vienes, al texto La novela familiar del neurótico le sigue un breve artículo, el de Teorías sexuales infantiles, publicado en el mismo año. Este último está dedicado a las “falsas teorías”27 que los niños, de género masculino, elaboran en torno al nacimiento ya la diferencia sexual. Freud enumera tres. La primera teoría es formulada por el niño antes de poseer las más elementales nociones de anatomía. Se trata de una suposición, a priori inventada de la nada, sin el consuelo de alguna prueba visible. La tesis es simple, monolítica. Todos los seres humanos, mujeres y niñas incluidas, tienen un pene. En suma, la diferencia no existe. La segunda teoría se articula con la precedente, se basa sobre los mismos fundamentos. Tiene como base el nacimiento. Escribe Freud:
Su ignorancia de la vagina posibilita al niño convencerse también de la segunda de sus teorías sexuales. Si el hijo crece en el vientre de la madre y es sacado de ahí, ello ocurrirá por la única vía posible: la abertura del intestino. Es preciso que el hijo sea evacuado como un excremento, una deposición. 28
Ambas teorías tienen una huella ideológica fuerte, construidas sobre abstracciones puras. Bajo la presión de un «lastre vital»29, en la búsqueda ansiosa de una respuesta que aplaque su inquietud, el niño auto-produce su saber, emancipándose de la dependencia de las explicaciones (¿o de las reticencias?) de los adultos que comienza poco a poco a interrogar. Tanto la primera como la segunda teoría tienen un punto en común: el niño varón proyecta en el otro, niña o madre, el rasgo que anatómicamente define su pertenencia al género masculino. El otro, o, más concretamente, la otra, es como él. Fórmula que, obviamente, deja presagiar su reverso. Si yo, varón, soy como el otro, fémina, como consecuencia el otro, fémina, es como yo, varón. La investigación sobre la diferencia concluye en la negación. En suma, la exaltación de la similitud.
Con la tercera teoría las cosas cambian. El niño ha intuido la existencia de una realidad que anteriormente le era desconocida o quizás del todo inadvertida. Por alguno de los azares hogareños”30, ha encontrado a sus padres durante una relación íntima. Su mundo, su percepción del mundo, ha cambiado. La imagen de la relación sexual ha dejado en él una huella indeleble, por más que haya percibido resultados “algo incompletos”31. La tercera teoría, o, si queremos, el tercer tipo de teorías que el niño construye se apoya, esta vez, sobre una evidencia incontrovertible que lo ha turbado y conmovido profundamente. Nada será como antes, el impacto con la escena que Freud definirá como “primaria” marca un punto de no retorno. Se derrumban las teorías ingenuas anteriores, aquellas que instituían una línea imaginaria de continuidad entre el otro sexo y él. La separación es violenta. Esto se refleja en la nueva teoría que el niño inventa, y que Freud denomina «concepción sádica del coito». Los niños, escribe Freud, «ven en él algo que la parte más fuerte le hace a la más débil con violencia, y lo comparan, sobre todo los varoncitos, con una riña como las que conocen del trato entre niños, y que por cierto no dejan de ir contaminadas por una excitación sexual.»32. Traducimos: el acto sexual es percibido por el niño como una violencia perpetrada por el padre contra la madre.
Su visión lo certifica como una certeza a prueba de dudas. Los hechos no son palabras. Agrega Freud:
Y como confirmatorias de su concepción ve el niño unas huellas de sangre que eventualmente descubre en la cama o la ropa interior de la madre. Son para él pruebas de que a la noche se ha vuelto a producir una embestida así del padre sobre la madre, mientras que nosotros interpretaríamos la misma huella de sangre fresca más bien como indicio de una pausa en el comercio sexual.33
La tercera teoría sustituye las precedentes. Las hace caer como hojas muertas. El trauma nubla y apremia la imaginación del niño. El padre que el niño ha descubierto no es el buen padre que el suponía. El padre que el niño descubre ejerciendo su sexualidad es el hombre que asalta el cuerpo de la madre. Para mantener todavía en juego algo de la imagen paterna, el menor está obligado a reexaminar su perfil: por un lado, aquel idealizado y asexuado de un padre todavía digno de amor, por el otro, al contrario, aquel repugnante y despreciado del tirano de la «escena primaria».
De la teoría se pasa a la novela, se cambia género literario, pero la 1ógica que domina la construcción fantasmática de ambas elaboraciones permanece idéntica. Freud hace del encuentro con la sexualidad adulta la línea de separación interna del proceso imaginario del menor. Es la etapa que conlleva el salto decisivo.
La primera novela que el niño crea tiene origen en la desilusión que sustituye la desidealización de los padres. La causa es «un estado de ánimo de descontento»34, el equivalente a una desilusión. Había elevado al padre y a la madre, le habían parecido modelos inalcanzables. Pero frecuentando a otras personas, conociendo a otros adultos, el niño ha cambiado de opinión. Ha hecho comparaciones, confrontaciones. Sus padres, lamentablemente, no han salido bien parados. Si a eso se agregan, además, varios momentos en los que ha sido «dejado de lado»35, se comprenden las razones de su narcisismo herido. Se ha identificado con una condición que es de un nivel muy inferior a aquella que, engañosamente, se imaginaba.
La novela que el niño construye es una respuesta a este desaliento. La primera novela es, de hecho, una fantasía de reparación, una invención reivindicativa del amor propio frustrado. Un sueño con los ojos abiertos, sutilmente rabioso. El niño, dice Freud, se complace en imaginar ser hijo de padres que tienen una «posición social más elevada»36, que son «de mejor cuna»37 que los suyos. He aquí su verdadera identidad. Un pequeño príncipe, el heredero de una pareja de la realeza. Como en una fábula.
Padre y madre son un todo, poco diferenciados entre ellos. Será la percepción de la realidad sexual la que provocará una convulsión total. Como en la teoría, el salto es brusco. La unidad entre el padre y la madre se rompe. Oportunamente, Freud recuerda el apotegma latino «pater semper incertus
