Quetzalcóatl - Román Piña Chan - E-Book

Quetzalcóatl E-Book

Román Piña Chan

0,0

Beschreibung

Al llegar a la costa del Golfo, Quetzalcóatl tendió su manto sobre el mar y desapareció; así cuentan las viejas tradiciones de los pueblos mesoamericanos. A esclarecer el símbolo, el mito y el culto de Quetzalcóatl están dedicadas estas páginas.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 125

Veröffentlichungsjahr: 2014

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



ROMÁN PIÑA CHAN

(Campeche, 1920-Distrito Federal, 2001), graduado en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, profesor emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia, participó en numerosas excavaciones arqueológicas, entre las que se pueden citar Uxmal y Kabah. El FCE también ha publicado de este autor Las culturas preclásicas de la cuenca de México (1955), Historia, arqueología y arte prehispánico (1972), El lenguaje de las piedras: glífica olmeca y zapoteca (1993), Cacaxtla: fuentes históricas y pinturas (1998) y, en coautoría con Patricia Castillo Peña, Tajín. La ciudad del dios Huracán (1990).

SECCIÓN DE OBRAS DE ANTROPOLOGÍA

QUETZALCÓATLSerpiente emplumada

ROMÁN PIÑA CHAN

QUETZALCÓATL

Serpiente emplumada

Primera edición, 1977 Primera edición (Lecturas Mexicanas), 1985 Segunda edición, 2012 Primera edición electrónica, 2014

Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero

D. R. © 1977, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen, tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-2224-2 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

NOTA EDITORIAL

Quetzalcóatl. Serpiente emplumada, de Román Piña Chan, se publicó por primera vez en 1977, y debido al gran interés que los lectores mostraron por el tema, el Fondo de Cultura Económica ha reimpreso este libro en varias ocasiones. En él, Piña Chan se remonta al origen del dios mesoamericano y hace interesantes planteamientos: explica cómo el culto a Quetzalcóatl partió de la adoración a una antigua deidad acuática (la serpiente-nube de lluvia) que tenía atributos asociados a elementos como el relámpago, el rayo, el trueno y el fuego, y cuya presencia es posible rastrear hasta el sitio arqueológico de Xochicalco, Morelos, que para el autor no es otro que Tamoanchán, el lugar mítico por excelencia. Años más tarde, afirma, en tiempos de los mexicas, la deidad acuática pasó a ser el dios del aire (Ehécatl Quetzalcóatl), y hacia la época colonial, las crónicas se refieren al personaje por sus atributos. Sin embargo, bien advierte Piña Chan, en esas crónicas hay cierta confusión tanto en lo relativo a esos atributos como a los sacerdotes que se dedicaban a su culto.

A más de tres décadas de haber sido escrito, es lógico que algunos de los planteamientos aquí plasmados hayan sido rebasados por posteriores investigaciones. Uno de ellos es la caracterización del periodo Clásico mesoamericano, al que se definía principalmente por la aparición de sociedades teocráticas, premisa que en la actualidad ya no se sostiene, por los muchos datos que nos hablan de rasgos militaristas en diversas áreas culturales de ese momento: Teotihuacan, la zona maya, Oaxaca y otros sitios mesoamericanos. En cuanto a Quetzalcóatl, muchas son las investigaciones que se han realizado acerca del personaje, las cuales han ampliado de manera considerable la imagen del “hombre-dios”, como lo llamara Alfredo López Austin. En ellas se han incorporado nuevos datos que tratan de su evolución y del papel trascendental que desempeñó en el México prehispánico. Referiré sólo algunas: el estudio del ya mencionado López Austin, Hombre-dios, religión y política en el mundo náhuatl (1973); el de Henry Nicholson, Topiltzin Quetzalcoatl (2001), y más recientemente, el catálogo de la exposición Isis y la Serpiente Emplumada (2007), que incluye diversos ensayos en los que, además de comparar ambas deidades y la relevancia que cada una tuvo en lugares tan distantes como Egipto y México, varios estudiosos ofrecen un amplio panorama sobre la deidad panmesoamericana de la que se ocupa esta obra. Allí puede leerse el pensamiento de Miguel León Portilla, Alfredo López Austin, Felipe Solís, Sara Ladrón de Guevara y Eduardo Matos Moctezuma, entre otros autores.

En virtud de la importancia que reviste Quetzalcóatl en la historia de Mesoamérica no es de extrañar que el ensayo de Piña Chan y las ideas que el autor expresa en él se impriman nuevamente, pero no sin antes advertir al lector de las otras investigaciones y lecturas sobre el tema, las cuales complementan la de este libro, al plantear aspectos y tópicos que la enriquecen. Con seguridad en el futuro surgirán nuevas investigaciones que conduzcan a otros tantos planteamientos e interrogantes acerca de una de las figuras emblemáticas del panteón mesoamericano.

EDUARDO MATOS MOCTEZUMA

Febrero 2012

NOTA INTRODUCTORIA

EL INVESTIGADOR mexicano Wigberto Jiménez Moreno, desde cuando menos el año 1946, decía: “El dios Quetzalcóatl ha sido confundido varias veces con el héroe de Tula - Topiltzin, que lleva en cuanto sumo sacerdote suyo, su mismo nombre… entre el Quetzalcóatl de los aztecas y el de los toltecas hay una enorme diferencia, pues entre los aztecas era sobre todo el dios del aire (Ehécatl) y se le había ya confundido con Topiltzin; entre los toltecas parece haber sido un dios del bien y de la cultura, y, antes de ellos, era quizá, como ya lo anticipamos, una divinidad conectada preferentemente con el culto del agua, un desdoblamiento de Tláloc, es decir, que parece había dos advocaciones del dios del agua; una en cuanto rayo y lluvia (Tláloc y su esposa) y otra en cuanto agua que corre (Quetzalcóatl)… Pero cualquiera que sea su origen, Quetzalcóatl es una deidad más antigua en el Valle de México que los toltecas y su santuario, repetimos, estaba en Xochicalco, aunque más tarde tuvo uno muy importante en Cholula. En Xochicalco fue quizá donde Topiltzin se inició en el culto de este dios”.

Independientemente de estas sugerentes hipótesis planteadas por dicho investigador, a la vez que por caminos diferentes, es notable la concordancia que obtuvimos al realizar este ensayo. Trataremos de mostrar, pues, que el dios Quetzalcóatl tuvo su origen en una vieja deidad del agua (la serpiente-nube de lluvia), desde luego asociada al rayo-trueno-relámpago-fuego; que su creación y culto se realizó en Xochicalco (o Tamoanchán) hacia los fines del Horizonte Clásico de Mesoamérica; que sus sacerdotes llevaban sus atributos y su nombre; que uno de ellos llamado Ce Ácatl Topiltzin fue el que llevó el culto de la deidad a Tula, Hidalgo, como otros con el mismo nombre, pero traducido a diversas lenguas, lo llevaron a otras partes; que el Quetzalcóatl de los toltecas fue distinto al de los mexicas, ya que se transformó en dios del aire (Ehécatl); y que desde tiempos cercanos a la conquista española ya existía una cierta confusión respecto al dios y los sacerdotes de su culto, aspecto que se agudizó con los cronistas y estudiosos posteriores.

DE LA MAGIA A LA RELIGIÓN

I. EL MOMENTO DE LAS ALDEAS

ANTES que se integraran las complejas religiones agrarias de las altas culturas mexicanas, que surgieran las verdaderas imágenes de los dioses para el culto y que los sacerdotes gobernaran a la sociedad, las comunidades aldeanas agrícolas vivían en un mundo sobrenatural y mágico, en el que los fenómenos naturales eran gobernados por espíritus, ya que las fuerzas externas que actuaban sobre la vida del hombre eran desconocidas y no podían ser explicadas en otra forma.

Las creencias en lo sobrenatural, en otra vida después de la muerte y en potencias de la Naturaleza regidas por espíritus o seres demoniacos, condujo al desarrollo de la magia y a la existencia de brujos, magos o chamanes que se suponía eran los intermediarios entre el hombre y lo sobrenatural, que mantenían relaciones con los espíritus de las cosas y de los antepasados, que podían controlarlos; y paralelo a la magia estaba el totemismo o culto a los antepasados, generalmente bajo la forma de animales, en el cual la idea de descendencia dominaba las relaciones del hombre con su tótem, ya que éste era como un aliado, un pariente o un antepasado bienhechor.

La ideas mágicas regían la vida de las aldeas agrícolas, pues el trabajo de los campos se ajustaba a la marcha de las estaciones, al devenir del tiempo cíclico, del año dentro del cual transcurría también la existencia del hombre; y así las épocas de siembra y de cosecha eran los momentos culminantes de la agricultura, cuya producción permitía la supervivencia del grupo; pero las fuerzas que actuaban sobre ella eran imprevisibles y desconocidas, sobrenaturales.

En otras palabras, las estaciones tenían que ver con el nacimiento, crecimiento y muerte de las plantas, con el manto vegetal que cubría la tierra, que nacía, moría y se regeneraba de nuevo, periódicamente; mas esa vegetación, que era al mismo tiempo manifestación de la vida, sólo era posible por el sol y la lluvia, por el calor y el agua que actuaban sobre la tierra, fenómenos explicados como fuerzas sobrenaturales ajenas al hombre y que podían ser acompañados por otros fenómenos imprevisibles, como sequías, heladas, inundaciones, etcétera.

Dentro del pensamiento aldeano la vegetación, la agricultura y la vida se relacionaban íntimamente; también se relacionaban varias plantas, el maíz, la tierra y el agua, sin las cuales no habría vida. De igual modo, la mujer era asociada a la tierra, por ser fecunda y generar vida, de manera que el semen del hombre se equiparaba al agua, siendo ambos los agentes que intervenían en la creación vegetal y humana.

En cuanto al totemismo, hay que recordar que éste aparece en los grupos clánicos, y que el clan es una forma de organización social; que el mago, brujo o chamán servía de intermediario entre los hombres y el tótem; que en los ritos y ceremonias los oficiantes —brujos o hechiceros— podían portar los atributos del tótem en su vestimenta, tocados, máscaras, etc. que los afiliados a un clan totémico se podían reconocer entre sí por ciertas escarificaciones, tatuajes o marcas; igualmente por diseños pintados sobre el cuerpo y la cara, por el tipo de ceremonias y por motivos especiales en las vasijas, artefactos, etc. También podían atribuirse a los espíritus y al tótem ciertas acciones y poderes buenos o malos, entre ellos: producir o quitar las enfermedades, la muerte, el embarazo, el nacimiento, la reencarnación de un antepasado en un niño recién nacido, la protección, etcétera.

Así se explica por qué los grupos aldeanos asociaron la fecundidad de la tierra y de la mujer con el nacimiento de la vegetación y de los niños, y del maíz con los nuevos seres; que la tierra-madre fuera el origen de la vida y que fuese común el modelado de figurillas de barro para los cultos a la fertilidad. Tales figurillas representaban, por lo general, a mujeres jóvenes, desnudas y a veces con pintura facial y corporal; se ponían, por otra parte, como ofrenda a los muertos y campos de cultivo. (Fig. 1.)

Estas figurillas, en cierto sentido mágicas, se ligaban al totemismo, al animal protector del grupo y por consiguiente a los recién nacidos dentro del clan, como sucedió entre los olmecas aldeanos que ocuparon Tlatilco y otros sitios de la cuenca de México; mismos que traían una serie de rasgos sureños como el juego de la pelota, sacrificios humanos, cerámica con adornos excavados o raspados, deformación del cráneo, mutilación dentaria, rapado de la cabeza y otros rasgos más. (Fig. 2.)

Estos olmecas aldeanos tuvieron al jaguar como animal totémico, el cual estaba vinculado a la tierra y era el protector de los nuevos hombres, de los niños que asegurarían la supervivencia del grupo; y por ello modelaban las figurillas ahora conocidas como baby face o cara de niño, que se caracterizan por sus bocas entreabiertas y desdentadas, casi triangulares y con las comisuras contraídas hacia abajo, de cuerpos bajos y regordetes; las cuales indican un culto a los recién nacidos, al producto de la fertilidad materna, relacionadas a su vez mágicamente con la tierra y el nacimiento. (Fig. 3.)

Además de las figurillas de recién nacidos o niños, los olmecas aldeanos dejaron representaciones de magos o brujos ataviados con pelucas y máscaras, de acróbatas y jugadores de pelota, de jorobados y otros seres patológicos; también dejaron máscaras de barro en forma de caras humanas y de animales, entre éstos de jaguar, pato y aves fantásticas, todo lo cual refuerza lo dicho anteriormente respecto a la magia y totemismo que prevalecía en los tiempos de las comunidades aldeanas. (Figs. 4, 5, 6.)

De hecho, las figurillas con caras de niño definen al arte olmeca, obsesionado por el aspecto felino de jaguar y el origen de la vida, por la dualidad tierra-madre o jaguar-niño. Así, en la misma cerámica aparece una serie de vasijas decoradas con los rasgos del animal totémico por excelencia, el jaguar, por lo general realizados por la técnica del excavado o raspado, cuya inspiración se observa objetivamente en la piel de jaguar que lleva a la espalda un brujo o mago de esos tiempos, es decir, en una figura hueca de barro, procedente de Atlihuayán, Morelos, que muestra las garras, manchas, cejas, etcétera. (Fig. 7.)

Dentro de los rasgos mencionados sobresalen las garras del jaguar, a veces representadas con algo de realismo, pero por lo general esquematizadas y abstractas, algunas con cinco dedos, como copiando la mano humana que vincularía, en este caso, al hombre con el jaguar; pero también hay representaciones de manos francamente humanas, con la palma vista de frente o con tres dedos cuyas uñas están claramente marcadas, todo esto tal vez reminiscente del sacrificio humano que practicaban los olmecas, como lo era el desmembramiento de partes del cuerpo y el corte de cabezas y manos. (Fig. 8, a.)

Otro elemento o rasgo del jaguar era la mancha de la piel. Generalmente se representaba dicha mancha por medio de una X, aislada o combinada con otros atributos del animal, libre o enmarcada dentro de cuadretes variables; también podía estar indicada por una especie de rombo estrellado, solo o combinado con una serie de líneas en cuadrícula o curvas incisas. (Fig. 8, b.)

Por su parte, la encía superior del jaguar era representada por medio de pequeños rectángulos, cerrados o abiertos en su parte inferior, en número de dos y tres, a menudo ligeramente curvos y con los extremos aguzados o en punta (Fig. 8, c); mientras que las cejas del animal se parecían a crestas o flamas, ondulantes o curvilíneas, hechas por medio de anchas líneas incisas. (Fig. 8, d.)

Todos estos elementos del jaguar aparecen en la cerámica de Tlatilco y Tlapacoya, Estado de México, lugares en donde se asentaron grupos de olmecas aldeanos, aunque también están presentes en otros sitios contemporáneos (Chalcatzingo, Yautepec, Las Bocas, Etla, etc.); pero en Tlatilco hay otros motivos decorativos en la cerámica, también significativos, entre ellos: ganchos o grecas rectangulares, eses (SSS), bandas entrelazadas a manera de cuerpos serpentinos, flores de tres, cuatro o cinco pétalos, mazorca de maíz parecida a una flor, etcétera. (Fig. 8, e.)

Por estos tiempos, en Tlatilco hay la representación de una serpiente que parece simbolizaba el agua de los ríos o del lago; es decir, una especie de espíritu del agua terrestre, por el hecho de que ciertas serpientes viven en el agua. Esta representación tiene el cuerpo ondulante y escamoso, logrado por medio de la decoración de rocker-stamp o mecedora, aunque podría tratarse de pelo o pluma, ya que así se representaba el cabello en algunas figuras huecas baby face o cara de niño; en la cabeza lleva crestas, como flamas, tiene un colmillo saliente y la lengua bífida, lo mismo que un ojo inciso, todo ello en forma bastante realista. (Fig. 9, a.)