Chichén Itzá - Román Piña Chan - E-Book

Chichén Itzá E-Book

Román Piña Chan

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Beschreibung

Tras identificar los orígenes, desplazamientos y creaciones de los itzaes, Román Piña Chan logra fundamentar una hipótesis innovadora: no fueron los toltecas los que influyeron en los itzaes, sino éstos quienes determinaron, si bien tardíamente, ciertas concepciones artísticas y aun religiosas entre los habitantes de Tula.

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Seitenzahl: 213

Veröffentlichungsjahr: 2016

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ROMÁN PIÑA CHAN ≈

(Campeche, 1920-Ciudad de México, 2001), graduado en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, fue profesor emérito del mismo instituto y participó en numerosas excavaciones arqueológicas, entre las que se pueden citar Uxmal y Kabah. De este autor el FCE también ha publicado Las culturas preclásicas de la cuenca de México (1955), Historia, arqueología y arte prehispánico (1972), El lenguaje de las piedras: glífica olmeca y zapoteca (1993), Cacaxtla: fuentes históricas y pinturas (1998) y, en coautoría con Patricia Castillo Peña, Tajín. La ciudad del dios Huracán (1990).

SECCIÓN DE OBRAS DE ANTROPOLOGÍA

CHICHÉN ITZÁ

LA CIUDAD DE LOS BRUJOS DEL AGUA

ROMÁN PIÑA CHAN

CHICHÉN ITZÁ

La ciudad de los brujos del agua

Primera edición, 1980 Segunda edición, 2013 Primera edición electrónica, 2016

Diseño de portada: Laura Esponda/Noemí Zaldívar

D. R. © 1980, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-3414-6 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

PREFACIO

Más de tres décadas han pasado desde que el arqueólogo campechano Román Piña Chan (1920-2001) publicó por primera vez esta obra, que hoy es uno de los clásicos de la colección de Antropología del Fondo de Cultura Económica. En su momento, el texto constituyó un estudio erudito y de vanguardia, que no sólo sintetizaba en pocas páginas el conocimiento académico centenario que se tenía sobre Chichén Itzá y los itzaes, sino que aportaba distintas interpretaciones y puntos de vista novedosos en torno de la historia, rasgos arquitectónicos y cultura de aquella sociedad precolombina, comenzando por la polémica tesis de que el estilo artístico de la ciudad no es “Tolteca”, sino más bien el de Tula es de origen “Maya Yucateco”. Tal idea es sustentada por Piña Chan mediante una rigurosa interpretación de las fuentes escritas durante la época colonial.

La misma etimología del término itza’, ‘brujo del agua’ —tomada por Piña Chan del idioma cakchiquel—, ha sido probablemente la más difundida y aceptada por los mayistas hasta hoy, generando incluso complejas interpretaciones de la raíz morfémica itz, como aquella publicada en 1993 por David A. Freidel, Linda Schele y Joy Parker en su libro Maya Cosmos, que la vincula con las facultades chamánicas de los dioses, gobernantes y especialistas rituales mayas.

De hecho, aunque durante la década de 1980 se siguieron publicando obras importantes sobre Chichén Itzá —sin contar las tesis e informes arqueológicos—, especialmente sobre el cenote de los sacrificios, la cronología, el patrón de asentamiento y la epigrafía de la ciudad, pocos esfuerzos de interpretación global se dieron a conocer, y los que se editaron se encuentran en libros muy especializados y de difícil acceso para el público en general o los estudiantes de habla hispana. La obra que el lector tiene en sus manos encabezó la discusión sobre el tema durante la década de los ochenta, orientando la formación de algunas generaciones de estudiantes. Al mismo tiempo, fomentó el debate entre los estudiosos, quienes ya no estaban seguros —como sucedía antaño— de que la lejana Tula hidalguense fuera el origen del estilo artístico militarista que se aprecia en Chichén Itzá, ya que éste había alcanzado mejores acabados en la segunda ciudad que en la primera, cuyos edificios parecen algo más crudos.

Como se verá en las siguientes páginas, desde 1980, año en que salió a la luz esta obra, nuestro conocimiento sobre los mayas precolombinos, y particularmente sobre Chichén Itzá y los itzaes, se ha transformado radicalmente. No obstante, el Fondo de Cultura Económica reedita la valiosa obra de Piña Chan, en virtud de que en su momento constituyó un hito sobre el tema, al grado de que hoy es un clásico y —como todos los clásicos— las interpretaciones, datos y puntos de vista que contiene siempre podrán volver a leerse, aprovecharse, cuestionarse e incluso se podrá retornar a ellos bajo la luz de nuevos enfoques, tanto actuales como futuros. El propósito de agregar este prefacio no es desechar los argumentos del estudio original, sino orientar al lector sobre los nuevos planteamientos en torno del tema, a fin de que pueda tener acceso a la lectura de este clásico con las herramientas que otorgan el diálogo entre distintos momentos interpretativos y la ubicación de la obra en el contexto de la época en que fue generada.

Es necesario aclarar que no todas las interpretaciones del autor aquí contenidas han sufrido transformaciones a la luz de nuevos hallazgos. La obra sigue siendo una mina caleidoscópica de datos, pues difícilmente se pueden encontrar en un solo texto descripciones tan detalladas, sabias y certeras sobre cada estructura o edificación de Chichén Itzá, provistas con la precisión derivada del dominio de los tecnicismos arquitectónicos. Del mismo modo, el lector reconocerá agudas observaciones sobre el atuendo, la parafernalia marcial y ritual de la iconografía, los materiales arqueológicos, los usos y costumbres, el sistema económico y político, la organización social, las creencias religiosas, el comercio, las artes —que se diferencian de las artesanías—, las joyas y adornos personales, entre otros elementos. Cada uno de estos aspectos de la cultura material y visual fue correlacionado por el autor con manifestaciones análogas que se encuentran tanto dentro como fuera del área maya, así como con un hábil, fluido y erudito manejo de las fuentes escritas en la época colonial —virtud que en la actualidad se ha desdibujado mucho en la formación de los mayistas—. De esta manera, surgen múltiples deducciones y explicaciones originales, concernientes a los más mínimos detalles.

Piña Chan se muestra no sólo como un eminente mayista de su tiempo, sino como un mesoamericanista, cuya perspectiva amplia y global difícilmente se encuentra entre los investigadores modernos, quienes han cedido a las presiones de la alta especialización. Así, mediante un enfoque multidisciplinario, la obra ofrece las perspectivas de un arqueólogo experimentado, sensible y bien documentado en los ámbitos de la historia del arte y la religión, la iconografía y la etnohistoria. Las imágenes con que cuenta (un plano de la ciudad, diversas fotografías antiguas y modernas, esquemas y dibujos) son de aceptable calidad y cumplen adecuadamente la función de lograr que este libro sea más inteligible.

Para comprender el punto de vista de Piña Chan, y de dónde tomó sus ideas principales, es necesario señalar que, a grandes rasgos, la tesis que expone en este libro se fundamenta en tres premisas básicas.

a) La cronología propuesta en 1948 por Alfredo Barrera Vásquez y Silvia Rendón para la Crónica Matichu, texto colonial que habla de la migración de los xiu y los itzaes, es correcta. El periodo abarcado por el documento iniciaría presuntamente en el siglo v de nuestra era, cuando los itzaes “descubrieron” Ziyan Chan Bakhalal, y llegaría hasta mediados del xv, cuando fue destruida Mayapán. Tal cronología se encuentra, con variaciones, en los libros Chilam Balam de Chumayel y Chilam Balam deTizimín, así como en el Códice Pérez.

b) La historia de Chichén Itzá puede dividirse en dos grandes periodos, uno previo al año 928 de carácter teocrático, en el que se supone que predominaron expresiones culturales típicamente mayas, como los estilos arquitectónicos Chenes y Puuc, el uso de la escritura jeroglífica, de la bóveda falsa, corbelada o salediza y la fabricación de cerámica pizarra. A esta época pertenecen los edificios ubicados al sur de la Gran Plaza, como la Casa Colorada, el complejo de las Monjas, el Akab Dzib y los templos de los Tres y Cuatro Dinteles. Luego del año mencionado comienza el segundo periodo, en el que el estilo artístico de la ciudad adquirió características nuevas, producto de una serie de influencias que se gestaron en la costa del Golfo de México y del Pacífico de Guatemala, Xochicalco y la ribera del río Usumacinta. Dicho nuevo estilo tuvo una orientación militarista y estuvo asociado con el culto al dios Kukulcán, con esculturas de Chac Mool, con la edificación de columnatas y salas hipóstilas, y fue llamado por Piña Chan Maya Yucateco. A la vez, el autor subdivide el segundo gran periodo en dos etapas sucesivas. La primera la denomina la ciudad militarista de los itzaes (928-1185), época en la que este grupo, asentado en Chichén Itzá, supuestamente estableció una triple alianza con los xiues de Uxmal y los cocomes de Mayapán. A la siguiente fase la llama segundo periodo de la ciudad militarista (1185-1350), y explica que durante ésta los habitantes de la urbe siguieron construyendo edificios, pero bajo el poder hegemónico de Mayapán. El área edificada luego de 928 correspondería, en general, a los edificios ubicados alrededor de la Gran Plaza, tales como el Castillo, el Templo de los Guerreros, el Gran Juego de Pelota, el Mercado y el Tzompantli, entre otros. Este modelo explicativo de Piña Chan es en realidad un refinamiento de la antigua tesis del Chichén Viejo Puuc (horizonte cerámico Cehpech) y el Chichén Nuevo Tolteca (horizonte cerámico Sotuta), que fue formulada por Alfred M. Tozzer alrededor de 1957.

c) El llamado estilo Maya Yucateco (928-1350), considerado en su momento como un símbolo supremo de civilización y de refinamiento artístico, fue llevado de Chichén Itzá a Tula por medio de un grupo de migrantes, conocidos como nonoualcas, que Piña Chan identifica con los itzaes. A partir de que este estilo llegó al altiplano central de México puede ser llamado Tolteca. El lector debe saber que la tesis de que Chichén Itzá influyó a Tula y no al revés, como han supuesto la mayoría de los autores, no fue una aportación del todo novedosa por parte de Piña Chan, ya que había sido desarrollada desde 1962 por el historiador de arte George Kubler.

Una vez señaladas las tres premisas anteriores, es importante mencionar que nuevos fechamientos de radiocarbono han mostrado que el apogeo de Chichén Itzá tuvo lugar entre 800 y 1050, mientras que el de Tula es, efectivamente, un poco posterior, pues va de 950 a 1100 o 1200, periodo conocido como la fase Tollan. Esto apoyaría las hipótesis de Kubler y Piña Chan en el sentido de que fue Chichén Itzá la que influyó a Tula. Sin embargo, en 2005 el epigrafista Erik Boot optó por la idea de que el estilo arquitectónico e iconográfico de ambas ciudades se inspiró en elementos que ya estaban presentes en asentamientos del Bajío, norte de Mesoamérica y Oaxaca, los cuales, a su vez, recuperaron temas bélicos y sacrificiales del arte tardío de Teotihuacan. En otras palabras, lo que Boot señala es que las semejanzas entre Chichén Itzá y Tula obedecen a que ambas compartieron modelos previos comunes.

Como resultado de esta última idea, algunos estudiosos —entre ellos Enrique Florescano Mayet— han sugerido que el modelo político, ideológico e incluso arquitectónico, iconográfico y estilístico de las principales metrópolis mesoamericanas fue, en última instancia, Teotihuacan (ca. 150 a.C.-600 d.C.), que debe interpretarse como la Tollan primigenia a la que aluden las fuentes escritas del siglo XVI, siendo Chichén Itzá y la Tula hidalguense ejemplos de sus principales réplicas posteriores.

Asimismo, existe evidencia de que algunos elementos culturales atribuidos a los toltecas son mucho más comunes en Chichén Itzá. El caso más notable es el de una serie de jeroglíficos no mayas, sino de estilo centromexicano (y que posiblemente representen un idioma diferente al de la escritura maya tradicional), de los cuales hay más de 244 ejemplos en Chichén Itzá, según el catálogo elaborado en 2011 por Bruce Love y Peter J. Schmidt, mientras que en Tula sólo existen entre cuatro y seis. Mi colega Boot opina que se trata en realidad de jeroglíficos de esa época que están en maya yucateco, pero que pertenecen a una escuela o tradición regional de escribas que él denomina Escritura C, la cual adoptaba de manera deliberada un estilo caligráfico “internacional” o “mexicanizado”, que probablemente se especializaba en escribir sustantivos y adjetivos. De tener razón, este fenómeno recordaría al de los jeroglíficos mayas que fueron labrados un siglo antes en la cima del Templo 26 de Copán, los cuales, como señaló David S. Stuart desde 1994, imitan intencionalmente un estilo caligráfico teotihuacano y dan la impresión de ser un texto bilingüe, pero en realidad están en cholano oriental clásico.

Las semejanzas artísticas que guardan Chichén Itzá y Tula fueron observadas por Désiré Charnay desde 1885. Sin embargo, resulta inquietante el hecho, descubierto por Augusto Molina Montes en 1982, de que las restauraciones realizadas en la década de 1940 por el arqueólogo Jorge R. Acosta al Templo de Tlahuizcalpantecuhtli (o Templo B), las columnatas que tiene enfrente y el Palacio Quemado de Tula adolecen de muchos datos locales y fueron copiadas en buena medida de los templos de los Guerreros y de las Mil Columnas de Chichén Itzá. Ante esto, cabe preguntar en qué grado las semejanzas estilísticas que hoy vemos son producto de reconstrucciones arqueológicas prejuiciadas.

Por otra parte, la idea de que los itzaes habitaron en Chichén Itzá entre ca. 495 y 692, tal como sugiere el fechamiento de los datos de la Crónica Matichu tradicional y que, como ya se dijo, fue propuesto por Barrera Vásquez y Rendón —y empleado por Piña Chan en este libro—, es muy poco creíble actualmente. Nuevos datos arqueológicos, defendidos sobre todo por Rafael Cobos Palma, sugieren que aunque el asentamiento de Chichén Itzá tuvo ocupación humana desde 300 a.C., fue poco más que una aldea sin importancia hasta que entre 650 y 750 comenzó su proceso de urbanización. El arqueólogo Schmidt opina, incluso, que aun antes de 800 tuvo muy escasa ocupación.

En la actualidad tampoco se puede sostener la idea de Piña Chan de que los habitantes de Chichén Itzá seguían construyendo edificios entre 1185 y 1350. Si bien existe un debate en torno de dos posibles fechamientos para ubicar el cese de construcciones en la ciudad: la llamada cronología corta (que llega como máximo hasta 1050 o 1100), defendida por Cobos Palma, y la cronología larga (que por ningún motivo rebasa el año 1200), sostenida principalmente por Schmidt. Es preciso agregar que los arqueólogos no han sido capaces de confirmar la existencia de la llamada Triple Alianza o Liga de Mayapán, fechada por Piña Chan entre 928 y 1185, pues el auge de las tres ciudades —Chichén Itzá, Mayapán y Uxmal— no coincidió en el tiempo.

Otra revolución importante de los años recientes consistió en la ratificación de la sospecha de Tatiana A. Proskouriakoff, expresada en 1970, en el sentido de que las inscripciones mayas son contemporáneas al estilo Tolteca (llamado por Piña Chan Maya Yucateco), lo cual cuestionaría el modelo tradicional de un “Chichén Viejo” y un “Chichén Nuevo”, formulado por Tozzer. Es preciso decir que la cronología cerámica de Chichén Itzá era muy confusa, pues los terrenos donde se ubica esa zona arqueológica han estado sometidos desde hace siglos a grandes alteraciones, producto de las prácticas de cultivo. Pero las investigaciones practicadas en otros lugares de Yucatán o terrenos poco alterados cercanos a Chichén Itzá revelan que las vasijas de la esfera Cehpech (asociadas con el estilo Puuc) fueron fabricadas en la misma época que las de la esfera Sotuta (presuntamente vinculadas con el estilo Tolteca o Maya Yucateco). De manera adicional hoy sabemos que las calzadas y los caminos dentro de Chichén Itzá fueron hechos para unir o conectar ambos sectores, tanto el de estilo Puuc, como el del llamado Maya Yucateco, lo que es señal de que funcionaron al mismo tiempo. La hoy llamada hipótesis del traslape entre el Chichén Puuc Cehpech y el Tolteca o Maya Yucateco de Sotuta en realidad fue sugerida desde 1979 por Joseph W. Ball y corroborada en 1980 por José Fernando Robles Castellanos, aunque su impulsor más vehemente fue Charles E. Lincoln, en 1986.

Es preciso aclarar que, a pesar de lo anterior, en un libro publicado en 2009, Roberto García Moll y Rafael Cobos Palma sugieren que los edificios de estilo Puuc que están presentes al sur de la Gran Plaza —como el Akab Dzib, las Monjas, el Anexo de las Monjas, la Iglesia y los templos de los Tres y Cuatro Dinteles— fueron construidos durante el Clásico tardío (600-800), mientras que las edificaciones asociadas con el estilo ecléctico, Tolteca o Maya Yucateco —tales como el Castillo, el Templo de los Guerreros, el Gran Juego de Pelota o el Caracol— pertenecen al Clásico terminal (800-1100). Esto sólo nos demuestra que la cronología de Chichén Itzá está lejos de ser aclarada en su totalidad, sin mencionar el problema de que los edificios Puuc ya señalados, aparentemente del Clásico tardío, contienen inscripciones dedicatorias del siglo IX, tal como reconocen García Moll y Cobos Palma.

Del mismo modo, hoy existen otras propuestas de fechamiento para los datos de la Crónica Matichu, que difieren de la que usó Piña Chan, basado a su vez en Barrera Vásquez y Rendón. La más difundida es la que propusieron inicialmente en 1995 los epigrafistas Linda Schele, Nikolai Grube y Erik Boot en el marco del Tercer Congreso Internacional de Mayistas, que por primera vez toma en cuenta los datos de las inscripciones jeroglíficas mayas.

La propuesta de estos autores inicia con una serie de conjeturas epigráficas, que se basan en el hecho de que un señorío Itza (Itza’) aparece mencionado en el Vaso Trípode de Berlin (ca. 400-500), en la Estela 2 de Motul de San José (ca. 740-756) y en una inscripción de Nadzcaan (ca. 860). Estrechamente asociado con la distribución de la palabra Itza’ en las inscripciones mayas se encuentra el nombre de Chan Ek’, que designa a una serie de personajes mencionados en monumentos de Ceibal, Itzán, Pusilhá, Tayasal-Flores, Xultún y Yaxchilán, en las tierras bajas centrales, así como Chichén Itzá, Edzná y Ek Balam, en la península de Yucatán. Debemos recordar que los itzaes que halló Hernán Cortés en 1525, en su viaje a las Hibueras, habitaban en el lago Petén Itzá y eran gobernados por funcionarios llamados Kaan Eek’ (Canek), cognado yucateco del antropónimo cholano Chan Ek’.

Estos descubrimientos, que se han hecho por medio de la epigrafía, prueban que el concepto Itza’ y el nombre de Chan Ek’ o Kaan Eek’ (Canek) son de origen plenamente maya, y refutan la idea —sugerida en el pasado por algunos autores— de que guarden alguna relación, directa o indirecta, con el centro de México.

Usando datos epigráficos, Schele, Grube y Boot propusieron que los itzaes eran grupos humanos que comenzaron a migrar de Sur a Norte en el katún 8 Ahau (k’atuun 8 Ajaw) que tuvo lugar entre 672 y 692, presionados por el clima de conflicto y guerra que imperaba en las tierras bajas centrales a raíz de la rivalidad entre los aliados de Calakmul y de Tikal. De este modo, consideran que los itzaes no ocuparon Chichén Itzá entre 495 y 692, como sugiere Piña Chan, sino entre 731 y 948.

No obstante, esta propuesta contiene un problema sin explicar: tanto los itzaes de la península de Yucatán como los que encontró Cortés en el Petén —cuyos descendientes aún habitan en la región del lago Petén Itzá— hablaban y hablan variantes del idioma maya yucateco, lengua de la que no existe ninguna evidencia en las inscripciones de las tierras bajas centrales anteriores al año 900. Por lo tanto, los itzaes de esta última región, mencionados entre 400 y 860 en los textos jeroglíficos, eran hablantes de idiomas cholanos y nada tenían que ver con los de Chichén Itzá.

Trabajos de dialectología maya clásica, elaborados entre 1999 y 2000 por el epigrafista español Alfonso Lacadena García-Gallo y el lingüista danés Søren Wichmann, han demostrado que la migración de los itzaes nunca pudo tener lugar de Sur a Norte, sino tan sólo de Norte a Sur, pues las lenguas del subgrupo yucatecano se expandieron hacia el sur de Campeche y Quintana Roo, así como a Belice y el Petén, con posterioridad a 900. Aunado a ello, los textos jeroglíficos de la propia Chichén Itzá, que comprenden un periodo que va de 832 a 998 —aunque se concentran mayormente entre 869 y 890—, contienen importante evidencia interna de que fueron escritos por hablantes de preprotoyucatecano, lo que desmiente cualquier migración importante que haya tenido lugar de Sur a Norte durante el Clásico tardío (600-900).

Sin duda alguna el desciframiento de los jeroglíficos de Chichén Itzá y de Ek Balam, que tuvo lugar mucho después de la publicación de este libro de Piña Chan, constituye un logro científico que modificó muchas de las antiguas creencias. Las inscripciones de Ek Balam son más tempranas que las de Chichén Itzá, pues abarcan un periodo que va de 770 a 849. El último gobernante conocido de Ek Balam aparece representado en la estela 1 de su propia ciudad hacia 849. Su nombre era Ju’n Pik To’k’, y todavía es mencionado en la Banda Jeroglífica de la Casa Colorada y en el Dintel de Halakal de Chichén Itzá, aparentemente ocupando una posición superior a la de los nobles locales hacia 870. Luego de esta última fecha desaparece toda mención a cualquier señor de Ek Balam. Por ello, en 2007 Nikolai Grube y Ruth J. Krochock sugirieron que hacia 874 Chichén Itzá pudo haber sustituido a Ek Balam como centro hegemónico de su región.

Como he mencionado, los textos jeroglíficos de Chichén Itzá se concentran en un periodo muy corto, que va de 869 a 890, pero su temática no se parece a las de las inscripciones de las tierras bajas centrales, ya que se enfoca en una serie de ritos de consagración de edificios y relieves, vinculados con ceremonias de fuego, cuyos agentes son dos hermanos llamados K’ahk’ Upakal K’awiil y K’inil Kojol. Más allá de que el antropónimo de K’ahk’ Upakal es semejante al de un capitán de los itzaes (Kakupacal) que mencionan las Relaciones geográficas de Yucatán en el siglo XVI, la idea de que un par de hermanos fueron funcionarios del más alto rango en Chichén Itzá durante la segunda mitad del siglo IX le otorga cierta credibilidad a lo que escribió fray Diego de Landa hacia 1566, en el sentido de que esa ciudad fue regida por tres hermanos que llegaron del poniente.

No obstante, inscripciones inéditas e imágenes grabadas sobre pilares y jambas pertenecientes al Castillo Viejo fueron publicadas en 2008 por Peter J. Schmidt, David S. Stuart y Bruce Love. Ellas revelan el nombre de un nuevo señor o gobernante supremo (ajtepal), lo que debilita las hipótesis anteriores de un tipo de gobierno conjunto (muultepal) en Chichén Itzá. Además, este gobernante tenía un nombre calendárico, Lahchan Ahk’ab, ‘12 Noche’, situación que era inusual en la tradición maya clásica, pero posiblemente más frecuente en la mitad poniente de Mesoamérica. Por otro lado, la sintaxis de sus títulos, colocados después del nombre personal, es contraria al uso yucatecano, lo que refuerza la sospecha de que se trataba de un individuo extranjero.

Es preciso decir que, como descubrió Ralph L. Roys y también menciona Piña Chan, Chichén Itzá no era el nombre original de esa ciudad, sino Uuc Yabnal (Wuk Habnal o Wuk Yabnal, “Siete Arbustos, Matorrales” o “Maleza”). Aunque en las inscripciones jeroglíficas no aparece con claridad el topónimo anterior, es del todo cierto que nunca se encuentra escrito el de Chichén Itzá (Chi’ch’e’en Itza’), situación que confirma que este último nombre es al menos posterior al siglo IX o X.

Por otro lado, aunque algunos epigrafistas piensan que el término itza’ se encuentra asentado en las inscripciones de Chichén Itzá, Nikolai Grube, Alfonso Lacadena García-Gallo y Simon Martin opinan que debemos ser más cautelosos, pues lo único que existe es una palabra parecida, llamada tza’ (tza-a o ?-tza-a), la cual aparece mencionada en la Estela 1 de Dzilam González y en la llamada Estela 1 del Caracol, en Chichén Itzá (ca. 884-890), así como en los bloques de las serpientes jeroglíficas (ca. 877-968) y del llamado disco o escultura circular del mismo edificio (ca. 948). Ello parece contradecir la idea de que los itzaes se establecieron en Chichén Itzá entre 731 y 948, como había sido propuesto por Schele, Grube y Boot.

El desciframiento de las inscripciones reveló también otros misterios, pues los nombres de miembros del linaje cocom, que según Landa rigieron sobre Mayapán (ca. 1224-1451) por ser la casa “más antigua y más rica”, han sido encontrados en los textos jeroglíficos del Dintel del Abrevadero (866), la Banda Jeroglífica de la Casa Colorada (869) y el Dintel del Akab Dzib (870) de la propia Chichén Itzá. Aparecen calificados como k’uhul koko’m, “cocomes divinos”, y habitantes encumbrados de la ciudad, lo cual confirma, parcialmente, las aseveraciones del fraile. Es importante recordar que uno de los informantes de Landa, Juan Nachi Cocom, pertenecía justamente a ese antiguo linaje maya. Aunado a ello, un documento de 1618, conocido como Querella de Valladolid, habla, según Ball, de un gobernante cocom que vivía en Chichén Itzá, a quien estaba sometida la isla de Cozumel, y agrega que luego de habitar en Chichén Itzá los cocomes emigraron a la provincia de Sotuta.

Otra ausencia enigmática en las inscripciones de Chichén Itzá es el nombre de Kukulcán (K’uk’ul Kaan), que de acuerdo con Landa estaba asociado con los itzaes. La Serpiente Emplumada penetró Yucatán por el Poniente y gobernó la ciudad luego de la muerte de los tres hermanos; posteriormente se trasladaría a Mayapán, donde rigió antes de cederles el mando a los cocomes y pasar por Champotón, para, al final, retornar a México. Las Relaciones geográficas del siglo XVI coinciden en afirmar que no era un hombre maya y sugieren que practicaba cultos del poniente de Mesoamérica, mientras que los libros de Chilam Balam asocian su llegada a la región con un katún 4 Ahau (k’atuun 4 Ajaw). Como ya observaba J. Eric S. Thompson, la pirámide conocida como el Castillo Interior carece de ornamentación asociada con la Serpiente Emplumada, situación que contrasta con la del Castillo Exterior, que de acuerdo con las investigaciones arqueológicas recientes fue construido con posterioridad al año 890. Ello refuerza la sospecha de que el fenómeno cultural de los itzaes en Chichén Itzá —si de verdad éstos se asociaban con Kukulcán (K’uk’ul Kaan) o con los distintos funcionarios que llevaron ese nombre— es más reciente de lo que se ha pensado.

Por otra parte, investigaciones realizadas independientemente, a partir de 2006, por Lacadena García-Gallo y por el autor de este prefacio, en coautoría con el arqueólogo Arturo Pascual Soto, han mostrado que el culto a la estrella matutina, vinculado con la Serpiente Emplumada, la guerra, el sacrificio, los escudos, lanzadardos y los días canónicos para los ortos heliacales de Venus —característicos de los códices Borgia,Cospi,Dresde y Vaticano B,