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Si deseamos comprender cómo somos y la manera como encaramos la vida, es imprescindible mirar al pasado y conectarnos con nuestras raíces históricas. Somos el producto de una larga historia, en donde confluyen múltiples corrientes culturales. Las que recogemos en este libro no son obviamente todas. Pero sí creemos que son las más importantes. Profundizar en ellas nos permite no sólo entendernos mejor, sino también retomar contacto con aspectos que marcaron nuestra historia y que pudieran sernos muy útiles para sortear el futuro que hoy encaramos. Siempre hemos reconocido que el ser occidental se ha nutrido de dos grandes tradiciones: por un lado, aquella que viene del mundo greco-romano, y por otro, la que recibimos del mundo judeo-cristiano. Lo que no siempre reconocemos es que esas dos tradiciones reciben una importante influencia del mundo cultural egipcio, que se desarrollara mucho antes. El papel de Egipto en los textos judíos, por tomar una de estas tradiciones, tiende a reducirse al período asociado con el trauma de la esclavitud. Como apreciará el lector, nosotros levantaremos una hipótesis alternativa y exploraremos la idea de que la tradición judeo-cristiana podría ser heredera de corrientes que nacen en el Egipto antiguo.
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Seitenzahl: 822
Veröffentlichungsjahr: 2021
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© COMUNICACIONES NORESTE LTDA.
INSCRIPCIÓN Nº: 157.748
ISBN EDICIÓN IMPRESA: 956-306-016-4ISBN EDICIÓN DIGITAL: 978-956-306-161-1
DIRECCIÓN: CARLOS LABBÉ
SUBDIRECTOR EDITORIAL: DANIEL CARO MATEU
DIAGRAMACIÓN: JOSE MANUEL FERRER
EDITA Y DISTRIBUYE
COMUNICACIONES NORESTE LTDA.
[email protected] • CASILLA 34-T SANTIAGO
FONO-FAX: 326 01 04 • 325 31 48
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PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL, PARA USO PRIVADO O COLECTIVO, EN CUALQUIER MEDIO IMPRESO O ELECTRÓNICO, DE ACUERDO A LAS LEYES Nº17.336Y 18.443 DE 1985 (PROPIEDAD INTELECTUAL).
DIAGRAMACIÓN DIGITAL: EBOOKS [email protected]
A Sofía
ÍNDICE
I. INTRODUCCIÓN
II. EL MUNDO SEGÚN LOS EGIPCIOS
1. CONTEXTO INICIAL
2. UN POCO DE HISTORIA
3. LOS MITOS EGIPCIOS DE LA CREACIÓN
A. Dos primeros mitos de la creación: Elefantina (Aswan) y Hermópolis (Khemnu)
B. El mito de la creación de Heliópolis (Inun)
C. El mito de Osiris, Isis y Horus
D. La Piedra Shabaka
E. El mito de la creación de Menfis (Men-Nefer)
4. EL PODER DE LOS NOMBRES
5. LA MAGIA DE LOS NÚMEROS
6. LA MUERTE, EL JUICIO FINAL Y EL RETORNO DEL CORAZÓN Y LA LENGUA
7. EL ARTE FUNERARIO
8. EL CARÁCTER CÍCLICO DE LA VIDA
9. EL OCULTISMO EGIPCIO
BIBLIOGRAFÍA
III. LOS GRIEGOS
1. EL MUNDO MITOLÓGICO DE LOS GRIEGOS
A. Introducción
B. El panteón olímpico
Del caos a los Titanes
La emergencia del orden olímpico
Zeus
Hera
Poseidón
Deméter
Hefaísto
Afrodita
Ares
Atenea
Apolo
Artemisa
Hermes
Hestia
Hades y el mundo de las tinieblas
La creación de los humanos: Prometeo, Epimeteo y Pandora
C. Dionisos, el dios extraño
El nacimiento de Dionisos
Niñez y adolescencia del dios
Algunos rasgos de Dionisos
Relación de Dionisos con otros dioses
Ariadna
Algunos episodios en la vida de Dionisos: los enojos del dios y la presencia de la muerte
La historia de Licurgo, rey de Tracia
La historia de Penteo, rey de Tebas
Reflexiones sobre el significado de Dionisos
D. El mito de Teseo y el Minotauro 159
Minos, Pasifae y el Minotauro
Dédalo e Ícaro
Egeo, Medea y Teseo
Teseo, Ariadna y el Minotauro
La muerte de Egeo
Teseo, Fedra e Hipólito
E. El mito de Edipo y su respuesta a la Esfinge
Tiresias y el nacimiento de Edipo
Edipo huye del destino: la muerte de Layo
El encuentro de Edipo con la Esfinge
El destino sigue su curso
Antígona y los dos tipos de leyes
F. Reflexiones finales
Los mitos y sus imágenes
El carácter de los dioses
La estructura arquetípica de los mitos
Los mitos y la estructura del alma
Politeísmo y polifonía del alma: Nietzsche y Jung
Coaching ontológico: una interacción entre Hermes y Dionisos
Picasso Minotauro
Láminas: PICASSO MINOTAURO, obras e imágenes
BIBLIOGRAFÍA
III. LOS GRIEGOS (Segunda parte)
2. EL NACIMIENTO DE LA FILOSOFÍA EN GRECIA
A. Antecedentes
B. Los filósofos naturales
Tales
Pitágoras
Anaximandro
Parménides
Heráclito
C. Los sofistas
Protágoras
Gorgias
D. Sócrates, una figura sin precedentes
E. El nacimiento del programa metafísico
Platón
Aristóteles
BIBLIOGRAFÍA
IV. EL MUNDO RELIGIOSO DE LOS JUDÍOS
1. BREVE RESEÑA DE LA HISTORIA DEL PUEBLO JUDÍO SEGÚN SUS TEXTOS SAGRADOS
A. La creación
B. La crisis moral y el diluvio: Noé
C. La alianza de Dios con Abraham: el período de los patriarcas
D. La esclavitud en Egipto y el Éxodo: Moisés
E. El período de los jueces
F. El período de los reyes: David y Salomón
G. El cisma y los profetas: los reinos de Judea y de Israel
H. El cautiverio de Babilonia y la subordinación al imperio persa
I. El período helenístico
J. El período romano
K. La diáspora y el judaísmo rabínico
La sinagoga y el rabino
Sefarditas y ashkenazis
Los trabajos de compilación
Maimónides
La cábala
La expulsión de España y Portugal
El holocausto
L. El Estado de Israel
2. LA HIPÓTESIS EGIPCIA
A. La inquietud original de Freud
B. Recapitulación histórica: el dominio de los hicsos en Egipto y el reinado de Akenatón
Láminas: XVIII Dinastía egipcia, siglo XIV a.C
Reyes de la XVIII Dinastía de Egipto en el siglo XIV a.C
C. Algunas interpretaciones posteriores
3. RASGOS BÁSICOS DEL JUDAÍSMO
A. La noción de Dios de los judíos
La instauración del monoteísmo
El judaísmo, una religión revelada
Un Dios sin nombre y sin cara
El temperamento de Dios
B. Un pueblo elegido por Dios
C. La Tierra Prometida
D. La Ley
E. El libro sagrado
F. El Templo y el sacerdote
G. La figura del Mesías
H. Una religión encarnada en la historia: la noción de tiempo del judaísmo .
I. La importancia del padre y la familia
J. El poder de la palabra
4. PALABRAS FINALES:
Algunas diferencias entre el judaísmo y el cristianismo
BIBLIOGRAFÍA
V. LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO
1. INTRODUCCIÓN
La crisis espiritual del Imperio Romano y el nacimiento del cristianismo
2. EL PROBLEMA DEL ANACRONISMO
3. LA FIGURA DE JESÚS
A. Juan Bautista
B. El advenimiento inminente del reino de Dios
C. El anuncio de la reaparición del profeta Elías
D. Juan y el rito del bautismo
E. Juan bautiza a Jesús
F. La relación entre Juan Bautista y Jesús
G. La visión de Jesús durante el bautismo
H. La reclusión en el desierto y las tentaciones del diablo
I. El inicio del apostolado de Jesús
J. Algunos hechos de la vida de Jesús
K. Jesús y sus apóstoles
L. El juicio final
M. El Sermón de la Montaña
N. Los días finales
O. La resurrección de Jesús
4. PABLO, FUNDADOR DEL CRISTIANISMO
A. Sobre la vida de Pablo
B. La doctrina de Pablo
5. DESARROLLOS EN LA CRISTIANDAD TEMPRANA: EL MOVIMIENTO GNÓSTICO
A. Tomás, el apóstol
B. Simón Magus
C. Pablo
D. Valentín
E. La reacción contra los gnósticos
F. El gran descubrimiento de Nag Hammadi
G. La doctrina gnóstica
H. Algunos desarrollos posteriores
6. PALABRAS FINALES
A. Fortalezas y debilidades del cristianismo primitivo
B. Un imperio en decadencia
C. Una nueva Pompeya
D. Dios y el sentido de la vida
E. Dos responsables, según Nietzsche
F. Más Dios
G. Dos elementos de la crisis: Iglesia y Fe
H. Crisis del concepto de Iglesia
I. Crisis del concepto de fe
J. El renacimiento del espíritu gnóstico
BIBLIOGRAFÍA
I. INTRODUCCIÓN
Este es un libro que he venido incubando desde hace algún tiempo. La realización durante 2005 de un Programa Avanzado para quienes ya disponían de la certificación básica que otorga Newfield Consulting me brindó la oportunidad de darle a este proyecto un impulso final. Muchos de los materiales que aquí recogemos fueron parte de dicho Programa, conformando uno de sus múltiples módulos, ya fuera como material escrito o como base para presentaciones orales. Sólo partes de la última sección de este libro, aquella referente al cristianismo, fueron escritas con posterioridad al término de este Programa. El objetivo que se proponen los materiales recogidos en esta obra es profundizar en las raíces más antiguas y profundas de nuestro ser occidental. Si deseamos comprender cómo somos y la manera como encaramos la vida, es imprescindible mirar al pasado y conectarnos con nuestras raíces históricas. Somos el producto de una larga historia, donde confluyen múltiples corrientes culturales. Las que recogemos en este libro no son obviamente todas. Pero sí creemos que son las más importantes. Profundizar en ellas nos permite no sólo entendernos mejor, sino también retomar contacto con aspectos que marcaron nuestra historia y que pudieran sernos muy útiles para sortear el futuro que hoy encaramos.
Hay, sin embargo, ausencias que es importante advertir. Mucho me hubiese gustado haber podido incluir algún trabajo sobre las antiguas culturas de Mesopotamia: asirios, babilónicos, persas y los pueblos que los antecedieron. Dadas las restricciones de tiempo con las que encaré este proyecto, ello no fue posible y, por tanto, lo que presentamos lleva esta importante laguna. De otra parte, si de lo que se trata es el desplegar una mirada al ser occidental de hoy, evidentemente era imprescindible haber explorado también el mundo del Islam. Esta ausencia me duele. Estamos enfrentando actualmente un peligroso distanciamiento con el Islam y me parece de la máxima importancia reconocer que éste forma parte de nuestra misma genealogía occidental. Se trata de una parte con la que tenemos la obligación de reencontrarnos.
Muchos sitúan al Islam en el Oriente: con ello sólo expresan el carácter crítico que ha alcanzado nuestro distanciamiento. El Islam es tan occidental como lo es Europa. Se trata tan sólo de una rama diferente de aquella que nosotros terminamos por seguir. Es importante, por ejemplo, no olvidar que fue gracias al Islam que durante el Renacimiento nos reconectamos con el mundo griego. Éste había sido un mundo en gran medida olvidado durante nuestra Edad Media, mundo que la cultura islámica había preservado mientras nosotros le dábamos la espalda.
Problemas prácticos, de plazos y urgencias impidieron que el Islam fuera parte de este libro. Pero es importante advertir también su ausencia, y los efectos que ésta tiene, si queremos contar con un cuadro más completo del ser occidental. Todo ello implica que los temas finalmente abordados remiten a nuestras raíces occidentales directas, aquellas que dan cuenta de la rama del Occidente que termina instalándose en Europa, y que desde allí conduce a nosotros. El Islam no forma parte de esas ramas. Aunque estamos con él emparentados, no forma parte del árbol de nuestros antepasados directos.
Parte de la urgencia que he sentido en publicar este libro surge de mi convencimiento de que hoy los occidentales estamos enfrentando una aguda crisis. Se trata de una crisis en el nivel más profundo de nuestro ser: en sus dimensiones espirituales. El alma occidental se ha ido vaciando progresivamente, generando una sensación de honda alienación. Nuestro propio mundo se nos muestra cada vez más pobre en su capacidad de proporcionarnos el sentido de vida que requerimos para conducirnos y establecer modalidades de convivencia que nos resulten a todos satisfactorias. Nuestras tradiciones nos dan la impresión de haberse secado y de ser incapaces de entregarnos el alimento espiritual que requerimos para conferirle a la vida un sentido de plenitud.
Algunos han descrito esta crisis con el término de nihilismo. Un gran malentendido ha rodeado la noción de nihilismo. Algunos acusan de nihilistas precisamente a quienes han levantado la acusación de que hemos caído en él, como si éstos lo estuvieran defendiendo. Pero, ¿quiénes podrían defender ese agudo desgarramiento, en el que nada pareciera tener sentido, que llamamos nihilismo? Esos acusadores parecieran no percatarse de que son ellos mismos los responsables de él. No logran darse cuenta de que esa acusación se dirige contra ellos mismos. Son las instituciones que tradicionalmente sostuvieron nuestra espiritualidad, y que nos proveían el sentido de vida que nos resultaba necesario para vivir, las responsables de haber generado este fenómeno, al mostrarse crecientemente incapaces de cumplir con su misión.
Evidentemente no se trata de que ellas quieran promover el nihilismo. Sin embargo, independientemente de sus deseos, eso es precisamente lo que han estado haciendo. Estas instituciones han entrado en una fase de agotamiento y dan inequívocas señales de decadencia. Algunos posiblemente hablen de fracaso. Sus debilidades, sus insuficiencias, no son directamente reconocibles entre quienes todavía reciben su influjo y siguen sus preceptos.
Pero no puede ser de otra forma. Es la masa creciente de los que se alejan de ellas la que nos revela cómo estas instituciones han perdido su poder de convocatoria y cómo su vigencia histórica pareciera estar en cuestión. El nihilismo no es la expresión de lo que estas instituciones hacen, sino de lo que no son capaces de hacer. De allí que lo percibamos no entre quienes todavía adhieren a ellas, sino en quienes se han alejado y, al hacerlo, han perdido la fe en la vida. Es absurdo culpar a los que no creen por su falta de fe. Son las instituciones a las que corresponde promover la fe y sostenerla, a estas debemos exigir cuentas por los que han dejado de creer.
Muchos son aquellos que, desilusionados con lo que hoy nos lega nuestro propio pasado, se vuelcan hacia las tradiciones del Oriente en la búsqueda de aquel sentido que occidente pareciera ser incapaz de proporcionarnos. Personalmente creo que tal opción sólo resuelve parcialmente nuestros problemas. Lo hace quizás tan sólo a un nivel personal, y muchas veces de manera provisoria. El sentido que nos falta no es algo que pueda pedirse de prestado y traerse desde fuera. Y aunque respeto las búsquedas en el oriente, pienso que lo que ellas nos aportan será precario y obligadamente de corto aliento. Estoy convencido de que una crisis espiritual como la que estamos viviendo sólo puede resolverse de manera válida y duradera enfrentándonos a nosotros mismos. Una crisis del alma occidental no se resuelve sino al interior de esa misma alma. Importar remedios desde fuera no logrará producir la sanación que requerimos. El hecho de que sean tantos los que vuelven su mirada al oriente nos muestra la profundidad de nuestra propia crisis, pero no nos exime de la tarea de confrontarnos.
Quizás esté equivocado. Es una posibilidad que nunca podemos descartar. Con todo, pienso que los occidentales tenemos un problema pendiente, un problema urgente que resolver con nuestro propio pasado. No basta con salir a buscar fuera de nosotros mismos lo que nos hace falta. Debemos entender primero qué nos pasó, cómo fue que nos vaciamos de ese sentido espiritual que tanta falta hoy nos hace, dónde nos extraviamos. No nos es posible eludir la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos, pues es en nosotros donde reside esta crisis. Mientras no entendamos cómo y por qué llegamos al punto en que nos encontramos, esa crisis no dejará de acecharnos. Podremos arrancar de muchos lugares, pero no podremos arrancar de nosotros mismos, pues donde vayamos allí estaremos de nuevo; porque independientemente de nuestros desplazamientos, siempre nos llevamos a nosotros dondequiera que nos dirijamos con una tarea pendiente por resolver.
Y aunque personalmente muchas veces me asomo a lo que nos proporcionan las tradiciones del Oriente, me he hecho el propósito en mis trabajos de no cruzar la frontera de la India. Tengo el mayor respeto por esas tradiciones y no descarto incluso que ellas puedan proporcionarnos algo de lo que hemos perdido. Pero estoy convencido de que nada que nos llegue de fuera logrará evitar que nos enfrentemos a nosotros mismos y a nuestro propio pasado. No podemos escapar de nuestras propias responsabilidades. Si el camino que tomamos nos ha conducido al sinsentido, al nihilismo, tenemos que ser capaces de identificar dónde y cuándo nos perdimos, para rehacer el camino equivocado. En ello es indispensable volver la mirada y desandar lo caminado. Es necesario reconectarnos con nuestras propias raíces.
Este libro expresa un intento en esa dirección. No pretende resolver el problema de la profunda crisis de nuestra alma occidental, pero busca al menos reconocernos, examinando las principales tradiciones de sentido que nos han constituido. Al desplegar esa mirada hacia el pasado tenemos la esperanza de encontrar no sólo algunas de las causas de nuestra alienación, sino también la savia que nos permita volver a orientarnos. Se trata, como esperamos mostrarlo, de una tradición de gran riqueza y diversidad.
Siempre hemos reconocido que el ser occidental se ha nutrido de dos grandes tradiciones: por un lado, aquella que viene del mundo greco-romano, y por otro, la que recibimos del mundo judeo-cristiano. Son tradiciones muy diferentes que, sin embargo, han confluido para convertirnos en el tipo de ser que hoy somos. Difieren con respecto al papel que cada una le confería a la razón y la religión, al concepto del tiempo y al vínculo con la historia, y por sobre todo cada una de ellas concluye en una manera muy diferente de concebir la vida y el ser humano. Con todo, estas dos tradiciones tan diferentes encontraron formas de confluir y converger en relaciones diversas y no siempre estables, con pesos y ponderaciones variables que además se modificaban en el tiempo.
Lo que no siempre reconocemos es que esas dos tradiciones reciben una importante influencia del mundo cultural egipcio, que se desarrollara mucho antes que éstas. Los vínculos del mundo egipcio con la tradición griega son más conocidos, aunque no siempre suficientemente apreciados. Muchas veces pareciera creerse que el mundo griego surgió milagrosamente, de la nada, sin influencias culturales significativas. Ello no es así. En él confluyen muy diversas influencias, y la de Egipto es una de las que no es posible prescindir.
Los vínculos de los egipcios con la tradición judeo-cristiana, aunque no desconocidos, se suelen plantear a un nivel bastante más superficial del que defenderemos en este libro. Se supone que el judaísmo habría nacido en Mesopotamia, en el valle que conforman los ríos Tigris y Éufrates. Este libro se permitirá sospechar de esa interpretación. No es descartable que ella haya sido desarrollada en el período en el que fueron escritos buena parte de los textos que hoy componen los escritos sagrados de los judíos, período que nos sitúa durante el cautiverio de los judíos en Babilonia. En esos años haber enfatizado la relación con Egipto resultaba peligroso, pues éste era un polo de poder alternativo al que se había desarrollado en Mesopotamia. El papel de Egipto en los textos judíos tiende, por lo tanto, a reducirse al período asociado con el trauma de la esclavitud. Como apreciará el lector, nosotros levantaremos una hipótesis alternativa y exploraremos la idea de que la tradición judeo-cristiana podría ser heredera de corrientes que nacen en el Egipto antiguo.
Sin embargo, la presencia del mundo egipcio en el ser occidental actual no se restringe tan sólo a una cuestión genealógica. Parte de lo que argumentaremos es que hoy en día, más allá del pasado, los occidentales tenemos una capa en nuestra forma de ser que es propiamente egipcia, y que ella no nos llega a través de otras influencias mediadoras. El Egipto antiguo vive como parte de nosotros en el presente. Quienes conciben la historia sólo como cuestión del pasado prescinden de lo más importante. La historia nos es importante por cuanto ella vive en nosotros hoy en día. Somos lo que nuestra historia determinó que fuéramos y llevamos esa historia como parte de nuestra existencia presente.
Habiendo dicho todo lo anterior, estamos en condiciones de anticiparle al lector lo que encontrará en esta obra. La primera sección nos conducirá al Egipto antiguo. Lo que buscaremos en él no son los hechos de su historia; aquello que atraerá nuestra mirada serán los desarrollos de sentido que se generaron en ese mundo o, dicho de otra forma, la particular mirada al mundo, a la vida, a los seres humanos que nacerán alrededor del Nilo.
En seguida, penetraremos en el mundo de los griegos. Allí bifurcaremos la mirada. Por un lado exploraremos los rasgos más importantes de la mitología desarrollada por ellos. Sin ofrecer una mirada exhaustiva de la mitología griega, creo que nuestra incursión será lo suficientemente extensa para comprender los rasgos más sobresalientes de su mundo religioso. Advertimos que nuestra mirada estará marcada desde el inicio por nuestras predilecciones. Hay aspectos de la mitología griega que nos atraen más que otros, y nos dejaremos guiar por nuestras propias sensibilidades. Pensamos que al hacerlo servimos mejor al lector. Ello implica, por ejemplo, que le daremos una gran importancia a la comprensión de un dios griego que ni siquiera formaba parte del panteón olímpico. Nos referimos a Dionisos. Creemos que Dionisos tiene una importancia muy grande en permitirnos comprender aspectos centrales del alma humana, y que el significado que los griegos entonces le conferían mantiene una inmensa vigencia hoy en día. Como forma de exhibir esa vigencia haremos, al final de esa sección, un salto en la historia para culminar hablando de Pablo Picasso. Esperamos que el lector nos perdone esta licencia y que el resultado logre justificar nuestra imprudencia.
Habiendo abordado la mitología helénica nos mantendremos todavía en el mundo de los griegos, pero seguiremos esta vez un segundo camino. Si deseamos entender adecuadamente la influencia griega de la que somos portadores es imprescindible abordar el tema del nacimiento de la filosofía en Grecia. Es allí, es entonces que los occidentales encontramos las premisas más relevantes de la manera como concebimos a los seres humanos y, en consecuencia, de cómo nos concebimos a nosotros mismos. Pocos desarrollos serán tan determinantes en la conformación del ser occidental como aquellos que nos remiten al nacimiento de la filosofía griega. La importancia de lo que acabamos de señalar se incrementa cuando comprendemos, además, que nuestra actual crisis en Occidente nos obliga a volver la mirada y revisar las premisas que en ese entonces tomamos como parte central de nuestro sentido común. En Grecia se impuso lo que hemos llamado el programa metafísico, programa que devino hegemónico durante gran parte de nuestra historia y que consideramos que hoy ha llegado a los límites de sus posibilidades, obligándonos a ponerlo muy profundamente en cuestión. No creo posible, en consecuencia, comprender nuestra encrucijada actual sin vernos obligados a reconectarnos críticamente con lo que hicieran determinados filósofos griegos.
La cuarta sección de este libro trata de la tradición judía. El contraste que encontramos con el mundo griego es sorprendente. Y sin embargo esta tradición es una parte fundamental de nosotros. Nuestra historia confrontó permanentemente estos mundos tan radicalmente distintos. ¿Por qué lo eran tanto? ¿En qué consistían sus diferencias? Estas son preguntas que procuraremos responder. Al hacerlo, nuestras respuestas llevarán siempre el sello particular de nuestra propia mirada. Y aunque no puede ser de otra forma, me interesa que el lector sepa que estamos siempre muy conscientes de ello. Uno de los aspectos más destacados en los que esta mirada nuestra se expresa será la sección en la que desarrollaremos lo que llamamos la hipótesis egipcia, y que adelantábamos arriba. No se trata de una hipótesis nuestra; de hecho fue originalmente levantada por Freud. Pero permite un giro en la manera como observamos el mundo judío, giro que creemos interesante sopesar.
Por último culminamos con una larga sección sobre los orígenes del cristianismo, sección que, a pesar de advertir que posa la mirada en un pasado distante y que no realiza un seguimiento de todo el proceso de desarrollo histórico que luego lo acompaña, creemos que nuevamente nos permite volver con elementos de juicio que nos son útiles para mirar la encrucijada del presente con otros ojos. Ello implica que esta sección, luego de restringirse a los primeros siglos de la evolución del cristianismo, no puede dejar, al final, de saltar hacia el presente con el propósito de mostrarnos cómo en ese entonces escogimos algunos caminos que parecieran habernos conducido a callejones sin salida.
Me es importante advertir que esta sección sobre los cristianos me fue la más difícil. Para quienes venimos de la tradición cristiana, los egipcios, griegos y judíos se nos presentan con la gran ventaja de la distancia histórica. Abordar, sin embargo, el tema del cristianismo nos obliga a revisar muchos de los presupuestos que viven todavía en nosotros. Nuestro principal enemigo es el hecho de que ello nos hace creer que sabemos mucho más de lo que en realidad sabemos, y que a partir de nuestro conocimiento presente ya disponemos un conocimiento relativamente sólido del pasado. Uno de mis principales descubrimientos es que nuestros conocimientos presentes son el principal obstáculo que encontramos para comprender ese pasado. Para acceder realmente a éste requerimos pensar contra nosotros, poner en cuestión muchos de nuestros supuestos. Sólo una vez que lo hacemos descubrimos que disponemos de pistas para reconstruir nuestra mirada sobre nuestro propio presente. Espero que el lector tenga, a través de la lectura que le ofrecemos, una experiencia equivalente.
Todo lo que escribo se sabe una interpretación. Nada de lo que señalo busca quedar grabado en piedra. Ello implica que desde el mismo momento que entregamos este libro al público sabemos que es posible desarrollar miradas muy diferentes de las que yo propongo. Y no sólo diferentes, también más poderosas. No defendemos a brazo partido nada de lo que argumentamos. Desarrollar estos argumentos, tejer estas diferentes narrativas, ha sido una experiencia muy enriquecedora en lo personal. Nuestra expectativa no es entregar verdad alguna, sino abrir temas de discusión y promover debates sobre cuestiones que consideramos de máxima importancia. Si lo que planteamos sirve para llegar a conclusiones que nos permitan avanzar hacia la búsqueda de una salida para la crisis que enfrentamos, aunque tales conclusiones sean muy diferentes de las mías, aunque ellas me contradigan en mucho de lo digo, me declararía plenamente satisfecho.
Maitencillo, abril de 2006
II. EL MUNDO SEGÚN LOS EGIPCIOS
1. CONTEXTO INICIAL
Si deseamos trazar una historia de las interpretaciones que hoy nos constituyen, y de aquellas que nos constituyeron en el pasado, es difícil ir más lejos del Egipto Antiguo. Allí se inician la escritura y sofisticadas manifestaciones artísticas capaces de comunicarnos, a los seres humanos del presente, algo sobre el mundo interpretativo que entonces existía. Antes de eso los rastros que encontramos están constituidos por fósiles y por algunos artefactos y herramientas muy rudimentarias, que aunque nos entregan información valiosa sobre la vida en épocas más remotas, poco nos dicen sobre las concepciones que entonces suscribía nuestra especie. Quizás más adelante encontremos formas de ir todavía más lejos en el desarrollo de una historia de la cultura. Actualmente, por desgracia, es poco lo que logramos cuando nos adentramos en un pasado más remoto que el Egipto Antiguo.
Por lo que sabemos, en Egipto se inventa la escritura alrededor del tercer milenio antes de nuestra era. Ello marca lo que convencionalmente se considera el inicio de la historia, que no es otra cosa que el comienzo de la historia registrada. Sabemos que desde el año 5450 a.C. diversas poblaciones hasta entonces semi nómadas inician un lento proceso de asentamiento en ambas riberas del río Nilo. Se trata de una zona particularmente fértil debido a las crecidas del río, que se repiten todos los años y que fertilizan la tierra, haciéndola propicia para su explotación agrícola. Las crecidas anuales del Nilo durarán hasta 1968, cuando se construye la gran represa de Aswan. El valle del Nilo es una zona extensa que cubre alrededor de 900 kms desde Aswan hasta el Delta, en el norte, en donde se encuentra la desembocadura del río en el mar Mediterráneo. El Mediterráneo, sin embargo, jugará un papel secundario en el desarrollo de la antigua civilización egipcia que será, fundamentalmente, una civilización de río.
Ese proceso de asentamiento da lugar al desarrollo de diversas comunidades que inician un proceso sostenido hacia una forma de vida sedentaria a través del cultivo de algunos productos básicos, la domesticación de animales y el uso de metales para la construcción de armas y herramientas. Heródoto, el gran historiador griego proclamado por muchos como el padre de la historia, luego de una larga visita a Egipto, acuñará una frase que resuena desde entonces: “Egipto es un don del Nilo”.
Con los griegos mantenemos un mismo hilo conductor que nos ha hecho considerarlos, durante mucho tiempo, el punto de partida de nuestra cultura occidental. De ellos hemos heredado el alfabeto, parte de nuestros idiomas y tradiciones que remiten de manera inconfundible a ellos. Los griegos fueron, además, quienes inventaron la historia como disciplina sistemática y, al hacerlo, quedaron situados como el inicio de nuestra propia historia. Posteriormente, a través de la influencia del cristianismo, nos integramos con una segunda tradición que nos conduce y nos conecta con el mundo hebreo. Para muchos el mundo occidental se constituye a partir de un tejido que reconoce en lo fundamental dos hebras culturales diferentes: la tradición greco-latina y la tradición judeo-cristiana. Todo lo restante, incluyendo a las culturas de Mesopotamia y Egipto, parecía pertenecer a corrientes históricas diferentes, a veces incluso asimiladas del mundo cultural oriental. Pero estas culturas, que como ningunas tuvieran un papel destacado en la historia, son parte de nuestras propias raíces occidentales. Afortunadamente ello está siendo crecientemente reconocido y se han hecho importantes avances en esta dirección durante el último tiempo.
No es extraño señalar, sin embargo, que durante un largo período hemos tenido una mirada histórica de un marcado helenocentrismo, a través del cual hemos colocado a Grecia como el origen de nuestro mundo cultural. La historia anterior a la griega era observada con la mirada que de ella nos transmitían los propios griegos. Creemos que ello es el resultado de al menos dos factores. Primero, el ya indicado hecho de que fueron precisamente los griegos quienes desarrollaron la historia como disciplina sistemática y, al hacerlo, dejaron la marca de su mirada en la forma de registrar la historia que los antecedía, así como en la que los acompañaba. El segundo factor guarda relación esta vez no con una determinada mirada histórica, sino con acontecimientos históricos muy concretos que helenizan buena parte del mundo antiguo. Nos referimos al período helenístico que se inaugura con las conquistas de Alejandro Magno, específicamente con su toma de posesión del gran imperio persa de la época. Al quedar una vasta zona de Europa, Asia y África bajo control macedónico, los nuevos soberanos helenizan ese mundo y comienzan a llamar tanto a las ciudades como a los dioses de las naciones conquistadas con nombres helenizados.
La historia de Egipto es un caso en cuestión. Baste señalar que el propio nombre de Egipto es un nombre griego, nombre que los mismos egipcios no utilizaban para referirse a su tierra y a la nación que en ella se desarrolló. Egipto proviene del término griego AIGUPTOS, que significa país. Hay quienes sostienen, sin embargo, que el vocablo griego provenía a su vez del nombre de uno de los templos dedicados al dios Ptah en Menfis, templo que era llamado Hwt-ka-Ptah (“la mansión del ka –espíritu o fuerza vital– de Ptah”), lo que es expresivo de las múltiples influencias que la antigua cultura egipcia ejerce sobre la griega. No olvidemos que en el último período de la historia del Egipto Antiguo –período que durará 300 años–esta región estará bajo la soberanía de reyes griegos. Para los propios egipcios, sin embargo, su tierra se llamaba Kemet, vocablo que significa “tierra negra”, en referencia al cieno que el Nilo depositaba sobre la tierra con sus crecidas. Con este nombre los egipcios distinguían las tierras del valle de las del desierto, a las que llamaban Deshret o “tierra roja”. No es descartable que el vocablo latíno para designar al desierto (DESERTUM) proviniera a su vez del vocablo egipcio.
El uso de nombres griegos para referirse a la historia anterior a los griegos es un fenómeno frecuente. Ocurre lo mismo con Mesopotamia, que es igualmente un nombre griego que significa “entre dos ríos”, y que los griegos utilizaban para referirse a las tierras que se encontraban entre los ríos Tigris y Éufrates, en el territorio actualmente ocupado por Irak. Zoroastro, de igual forma, era el nombre que los griegos le daban al gran profeta persa Zaratustra. Los ejemplos abundan.
2. UN POCO DE HISTORIA
Desde el momento de los primeros asentamientos en el valle del Nilo (5450 a.C.), impulsados por drásticos cambios climáticos, se extiende un período que hoy denominamos Pre-dinástico, el cual tendrá una duración de alrededor de 2.500 años. Algunos señalan como su fecha de término alrededor del año 3100 a.C., otros lo hacen en el 2950 a.C. Durante este período Pre-dinástico se van conformando progresivamente dos reinos. Uno de ellos está en el sur del valle, en lo que representa el Alto Egipto, y recibirá el nombre de Shemau; el otro se ubica al norte, en lo que representa el Bajo Egipto –no olvidemos que el Nilo baja de sur a norte hacia el Mediterráneo–, y se llamará Ta-Mehu. La presencia de estos dos reinos será uno de los elementos centrales en el origen de la concepción dualística en la cultura egipcia. Una de las tareas más importante del faraón será la de acometer y preservar “la unidad de las dos tierras” (SEMA TAWY).
En efecto, los egipcios creían que los orígenes del país y su Estado se remontaban al momento en que un primer gobernante llamado Menes, del cual no existe evidencia arqueológica, logró acometer “la unidad de las dos tierras” al inicio del Período Dinástico Temprano, alrededor de año 3100 a.C. Es precisamente en esa época cuando se inicia la historia de la gran civilización egipcia, con la aparición de la primera dinastía faraónica. Esta historia se cierra más de 3.000 años después, cuando en el año 30 a.C., con la muerte de Cleopatra, cae la última dinastía, la dinastía Ptolomaica.
Tres mil años es mucho tiempo. Si consideramos que el inicio de la gran civilización egipcia marca simultáneamente el inicio de lo que hemos convencionalmente denominado historia –es decir, el período que se inicia con la invención de la escritura, y que diferenciamos del período anterior, que llamamos prehistoria–, podemos darnos cuenta de que la historia del Egipto antiguo cubre más del sesenta por ciento del conjunto de la historia de la humanidad. Poder encontrar los múltiples vínculos que nos unen a ese importante período histórico reviste por tanto de una gran importancia. A su vez, sorprende que seamos tan ignorantes sobre este período y, todavía más, que por lo general tengamos tan poco interés por saber más sobre él.
Ese gran pedazo de historia que representa el Egipto antiguo ha sido dividido en diversas etapas. Uno de los criterios importantes de esta división ha sido la incapacidad que algunas veces encontraron las dinastías faraónicas para preservar “la unidad de las dos tierras”. En efecto, en varias oportunidades durante esos más de 3.000 años Egipto enfrenta la separación de sus dos grandes zonas. A veces ello sucede por disputas internas; otras veces por invasiones a través de las cuales pueblos vecinos pasan a controlar alguna de esas zonas y obligan a los soberanos egipcios a replegarse en la otra.
El conjunto de la historia del Egipto Antiguo ha sido divido en diez grandes etapas. Es conveniente hacer una breve mención de ellas. La primera etapa remite a la prehistoria de Egipto, es llamada Período Pre-dinástico y cubre el período que va desde el año 5450 a.C. hasta 3100 a.C., cuando se constituirá la Primera Dinastía. Este período marca el inicio de la agricultura, de la producción de objetos de greda y de las primeras herramientas en cobre.
En seguida tenemos el Período Dinástico Temprano, que se inicia el año 3100 a.C. y que durará algo más de 400 años. Su inicio se produce con la primera experiencia de “unidad de las dos tierras” y la fundación de la ciudad de Menfis –nombre otorgado por los griegos a la antigua ciudad de Men-nefer–, capital del imperio situada inmediatamente al sur del Delta, en el Bajo Egipto, y punto de encuentro de los dos reinos.
Menfis será por excelencia la ciudad imperial de los egipcios, el lugar en el que muchos de los faraones son coronados y un centro religioso importante, aunque durante ciertos períodos el gobierno es trasladado a otras ciudades. En esta etapa florecerán la Primera y la Segunda Dinastía. Será en este período cuando surgirán las primeras formas de escritura. Con la Tercera Dinastía, Heliópolis se convierte en un importante centro para el culto religioso del sol –al que se identificaba con el dios Ra–, dedicado también a la observación y adoración de las estrellas.
Más adelante, la figura del dios Ra se fusionará con la figura del dios Atum, constituyendo una divinidad única, Atum-Ra. Ra será considerado como la expresión del sol naciente, símbolo luego compartido con Khepri, el escarabajo, y Atum como la expresión del sol del atardecer.
ESCRIBA
Los egipcios estuvieron siempre conscientes de la importancia de la escritura. Habiendo reconocido en su mitología el gran poder del lenguaje, entendían que la escritura permitía abolir las limitaciones temporales del habla y extenderla infinitamente en el tiempo. Gracias a la escritura, la palabra devenía eterna. De allí la importancia que para ellos tomaba el registrarla en las paredes de los mausoleos, en los sarcófagos, en las mismas momias. La persona fallecida quedaba así acompañada eternamente por el poder sacramental de la palabra. Michael Rice nos señala que “registrar y preservar un nombre era entre los egipcios una cuestión esencial, porque si el nombre pervivía, entonces, la esencia vital de la persona podría perdurar en el tiempo”. Si esta era la creencia, no es extraño que ello pudiera motivar la construcción de mastabas (grandes tumbas de piedra) y pirámides para preservar el cuerpo y la palabra de los faraones para la eternidad. A partir de la Quinta Dinastía se desarrollan los textos de las pirámides, los textos religiosos más antiguos del mundo.
Posteriormente, en el año 2686 a.C., con la Tercera Dinastía surge el período que se conoce como Reino Antiguo, que durará aproximadamente 500 años. Durante este se construyen las primeras pirámides, y de él provienen los primeros textos piramidales, los cuales aparecen como inscripciones en las paredes de los pasillos y las habitaciones mortuorias para relatar la vida del faraón, su muerte y lo que se creía que le sucedería después de morir. El Reino Antiguo termina con la disolución de la Sexta Dinastía en el año 2181 a.C., cuando el imperio se desmembra.
Este hecho marca el inicio de una etapa conocida como el Primer Período Intermedio, en el que regirán de la Séptima a la Decimoprimera Dinastía. Estas gobernarán desde Herakleópolis –al sur de Menfis– y luego desde Tebas o Luxor, aún más al sur, en el centro del Alto Egipto. Este período tendrá una breve duración de 126 años.
En el año 2055 a.C. se inicia la etapa conocida como Reino Medio, que durará nuevamente alrededor de 400 años. Su inicio está marcado por la reunificación de los dos reinos, lograda por Mentuhotep II de la Decimoprimera Dinastía, que ya gobernaba desde el Primer Período Intermedio.
La etapa siguiente es conocida como el Segundo Período Intermedio, durará cien años y se inicia en 1650 a.C. Se trata de un período marcado por la invasión de los hiksos, término tomado de la palabra egipcia hekaw-khasut, que significaba “gobernantes de tierras extranjeras”. Los hiksos forman la Decimoquinta y Decimosexta Dinastía, tras lo cual deben replegarse a la zona norte. Mientras gobernaban los reyes hiksos de estas dos dinastías, desde Tebas –en el sur– gobiernan los reyes propiamente egipcios de la Decimoséptima Dinastía.
Tebas pronto se convertiría en la ciudad más grande del mundo. En ella se adoraba al dios Amun, dios también conocido como el Oculto. Este dios llegará a convertirse en la principal divinidad de las clases de los faraones, convirtiéndose prácticamente en el dios nacional de todo Egipto. Más adelante, tanto Amun como el dios Atum serán fusionados con Ra, el dios sol, y se hablará tanto de Amun-Ra como de Atum-Ra. Ambos serán entonces identificados con el sol.
AMUN
En el año 1550 a.C., el imperio logra reunificarse tras la expulsión de los hiksos, y los kushitas son derrotados por Ahmose, primer faraón de la Decimoctava Dinastía, considerada quizás la dinastía más gloriosa por los gobernantes posteriores. Con ella se inicia la etapa que se conoce como Reino Nuevo, que durará nuevamente cerca de 500 años. Este importante período estará marcado por el reinado de tres dinastías diferentes. En la primera de estas dinastías destacan dos faraones. El primero es Amenofis IV o Akenatón, cuyo gobierno de 16 años es recordado por su intento de implantar el monoteísmo en Egipto alrededor de la figura del dios Atón, revolución religiosa que fracasa al enfrentar una fuerte resistencia de la casta sacerdotal.
NEFERTITI
Akenatón es el esposo de Nefertiti, una de las mujeres más bellas de la Antigüedad. Durante su período se construye una nueva capital del reino en la localidad de Amarna. El último faraón de esta dinastía es el célebre Tut o Tutankhamón, que sucede a Akenatón y hace regresar la capital del reino a Tebas. Como centro religioso, Menfis recupera su importancia, pues es ahí donde Tutankhamón deja uno de los centros mortuorios más destacados de la historia de Egipto.
La Decimonovena dinastía es aquella a la que pertenece Ramsés II (1279 - 1213 a.C.), gran estratega militar que derrota a los hititas y se casa con una princesa de los derrotados. Ramsés II establece la capital en el Delta, bordeando el istmo de Suez. Se destaca por sus construcciones y el embellecimiento de templos en Luxor y Karnak. La mayor parte de los faraones de la Vigésima Dinastía adoptarán también el nombre de Ramsés, y seguirán por la senda abierta por Ramsés II hasta ser derrotados e invadidos por los tanitas, en el año 1069 a.C.
La invasión de los tanitas abre una nueva etapa en la historia del antiguo Egipto, etapa que conocemos con el nombre de Tercer Período Intermedio, que se extiende de 1069 a 747 a.C. y que se prolonga, por lo tanto, algo más de 300 años hasta su culminación en la Vigesimocuarta Dinastía, que será una dinastía local. Durante esta etapa, Egipto no sólo es invadido por los tanitas, sino también por los bubastitas y los libios. Egipto vuelve a dividirse. El norte es gobernado por reyes del Delta, mientras que en el sur lo hacen los Altos Sacerdotes de Tebas y otros gobernantes locales.
La novena etapa en la historia de Egipto es conocida como el Período Tardío. Esta tiene una duración de algo más de 400 años, desde 747 a 332 a.C., cubriendo desde la Vigésimo quinta a la Trigésima Dinastía. Las primeras de estas dinastías expresan el gobierno de los pueblos kushitas y saítas sobre Egipto. Posteriormente las fuerzas asirias conquistan el país y, para demostrar su poderío, destruyen la ciudad de Tebas. Las restantes dinastías de este período corresponden a los reyes persas, que en el año 525 a.C. conquistan Egipto y lo integran a uno de los imperios más extensos que conoce la Antigüedad. Entre estos reyes está la figura de Darío I, el más destacado de los monarcas persas. El Período Tardío llega a su fin cuando Alejandro Magno, rey de Macedonia, derrota a los persas y se apodera en el año 332 a.C. del imperio que estos habían conquistado y organizado.
La décima y última etapa de la historia del Egipto Antiguo es el llamado período Ptolomeico, que inicia una sucesión de reyes griegos tras la conquista de Egipto por parte de Alejandro Magno. La capital de Egipto se traslada hacia la costa del Mediterráneo –que fue siempre el centro del desarrollo del mundo greco-romano– hasta Alejandría, ciudad construida en homenaje al gran líder macedónico y famosa, entre otras cosas, por su gran faro y su inmensa biblioteca. Luego de la temprana muerte de Alejandro, en 323 a.C., el imperio por este conquistado será dividido entre sus generales. El sucesor de Alejandro en Egipto será Filipo Arrhidaeus, medio hermano de Alejandro. Más adelante, sin embargo, de entre los nuevos soberanos griegos en Egipto surge la dinastía Ptolomeica. Con la sola excepción de Cleopatra, todos los soberanos de esta dinastía llevarán el nombre de Ptolomeo; estos serán en total 15. Cleopatra, mujer sobresaliente tanto por su inteligencia como por su belleza, quien tendrá amores primero con Julio César y luego con Marco Antonio, buscando preservar la autonomía de Egipto frente al poder ascendente de los romanos en la cuenca del Mediterráneo, será la última soberana de esta dinastía. Aliada con Marco Antonio, Cleopatra es derrotada por los romanos y, antes de enfrentar su sometimiento al poder imperial de Roma, se suicida haciéndose picar por una áspid vennsa en el año 30 a.C.
Ese año marca el término del Egipto Antiguo. A partir de entonces –luego que Egipto es saqueado por los romanos– este deviene una provincia más del Imperio Romano. La historia posterior la conocemos bastante más. Durante el Imperio Romano, Egipto recibirá la influencia y animosidad del cristianismo frente a sus antiguas tradiciones religiosas y culturales. Con todo, Alejandría devendrá uno de los centros culturales cristianos más destacados. Más adelante, en el siglo VII, Egipto será invadido por los árabes, los que continuarán la labor de destruir su pasado y lo integrarán al mundo musulmán, del cual todavía forma parte. Su antiguo pasado glorioso se nos hará cada vez más distante, en la medida que se olvide cómo leer su particular sistema de escritura, los jeroglíficos.
Sólo aprenderemos a descifrar los jeroglíficos a partir de 1828, gracias al trabajo que realizara el francés Jean-François Champollion (1790-1832) sobre un texto escrito simultáneamente en jeroglíficos egipcios, en griego y en demótico sobre una roca oscura de basalto, la famosa piedra Rosetta encontrada durante la expedición de Napoleón a Egipto en 1799, justamente cerca de la ciudad de Rosetta, en el Delta. En esta piedra se relatan las ceremonias religiosas que tuvieron lugar con motivo de la coronación de Ptolomeo V, en el año 205 a.C., y que fueron grabadas en 196 a.C.
PIEDRA ROSETTA
La piedra Rosetta será trasladada a Inglaterra tras la derrota de Napoleón ante los ingleses, y pronto se volverá uno de los tesoros que se guardan actualmente en el Museo Británico de Londres. El desciframiento de los jeroglíficos que permite la piedra Rosetta desencadena un proceso que dista de concluir, en el cual se inicia el gran redescubrimiento del Egipto Antiguo a una escala que no tenía antecedentes previos.
No es, sin embargo, la historia social, política o militar de Egipto la que nos interesa en esta oportunidad. Aunque esta sea un contexto quizás imprescindible, lo que realmente nos interesa es el reconocimiento de la influencia cultural que Egipto ejercerá sobre nosotros, a la vez que buscamos explorar, aunque sea de manera muy limitada, la mirada que ellos les daban al mundo y a la vida.
3. LOS MITOS EGIPCIOS DE LA CREACIÓN
A. Dos primeros mitos de la creación: Elefantina (Aswan) y Hermópolis (Khemnu)
Durante la extensa historia del Egipto Antiguo se constituyen distintos centros religiosos de importancia. En una religión de carácter politeísta como era la de Egipto, estos distintos centros albergaban y mantenían el culto dirigido a diferentes dioses, y en cada uno de ellos se desarrollaban corrientes mitológicas diferentes. El mundo religioso de Egipto distaba de ser homogéneo. Sus diferencias se expresaban tanto geográficamente como en el transcurso de su historia, donde algunas de estas corrientes alcanzaban mayor o menor influencia. Toda religión desarrolla sus versiones sobre la creación del mundo y la humanidad; en Egipto encontramos distintos mitos fundacionales, asociados cada uno de ellos con centros religiosos diferentes.
Así por ejemplo en Elefantina –ubicada sobre la ribera opuesta de Aswan, cerca de la primera catarata del Nilo, casi en el límite sur– el dios creador era Khnum, dios del Alto Egipto, el cual era representado por una cabeza de carnero. Su residencia en el sur permitía que los egipcios lo consideraran como el dios que controlaba las corrientes de las aguas del Nilo a través de una manilla o llave que, al girar, permitía el flujo de más o menos agua. Khnum jugaba un rol importante en las crecidas anuales del río, junto con el dios Hapy, que era representado con características fisonómicas bisexuales.
Se sostenía en Elefantina que Khnum habría creado a los demás dioses, al mundo natural y a los seres humanos. Otras fuentes lo hacen sólo responsable de ser el creador de la humanidad. Esta creación se había realizado modelando la arcilla, tal como lo hicieran los antiguos habitantes de la zona. Posiblemente se trate del más arcaico de todos los mitos egipcios de la creación.
KHNUM
Para crear un ser vivo, Khnum producía dos estatuillas de arcilla. La primera representaba el cuerpo de la persona y la segunda –que se ubicaba detrás– su alma o personalidad (ka). Muchas veces esta segunda figura era designada como el doble.
El ka era normalmente representado por dos brazos doblados en ángulo recto, apuntando hacia arriba. Es necesario señalar que el nombre era considerado como parte determinante de la personalidad: sin nombre no era concebible la individualidad i, como veremos más adelante, la posibilidad de resucitar a la vida eterna. Al integrarse estas dos estatuillas del cuerpo y la personalidad nacía el nuevo ser, que integraba sus dos principios constitutivos. Complementariamente, los egipcios sostenían que todo ser humano poseía también una sombra. Esta aparentemente no jugaba ningún papel destacado sino hasta luego de la muerte, cuando la sombra retornaba al cuerpo y se integraba al resto de los elementos de la personalidad.
En Hermópolis Magna (Khemnu), situada en la zona de Egipto Medio (a no ser confundida con la ciudad de Hermópolis en el Delta), existía un mito de la creación muy diferente. Según este, la creación se llevó a cabo a través de una concentración inicial de cuatro elementos fundamentales organizados en pares, integrados cada uno por una dimensión masculina y otra femenina. Estos cuatro elementos eran el agua (integrada por Nun y Naunet), el aire o poder oculto (integrado por Amun y Amaunet), la oscuridad (integrado por Kut y Kauket) y finalmente lo informe, lo indeterminado e infinito, muchas veces interpretado con la fuerza de las crecidas del Nilo (integrado por Huh y Hauhet, divinidades del agua, que eran representadas en forma de rana).
Estas personificaciones divinas de los cuatro elementos básicos del universo eran reconocidas con la expresión egipcia KHUM y la expresión griega OGDOADA (que significa grupo de ocho). Los cuatro dioses masculinos eran representados con cabezas de sapos, mientras que los cuatro dioses femeninos eran representados con cabezas de serpientes. En un cierto momento estos ocho dioses interactuaron de tal forma que produjeron una explosión de energía, con la cual la creación tuvo lugar.
A partir de ese momento encontramos dos versiones diferentes de lo que habría sucedido. En la primera versión, de las aguas emerge una colina de tierra llamada “Isla de la Llama” o “Divina Isla Emergente”, en la cual el dios Thot –dios de la palabra y de la sabiduría–, asumiendo la forma de un ibis, pájaro de gran tamaño, habría puesto un huevo que luego se rompería para que desde su interior saliera el Sol, que de inmediato se eleva al cielo. De este modo, la creación es fruto de la palabra, cuyo poder divino simbolizaba Thot, dios adorado en Hermópolis. Thot era reconocido como el inventor de la escritura y el patrón de los escribas.
THOT
Existe una segunda versión de este mito del origen egipcio, donde lo que emerge del elemento primordial de las aguas habría sido una flor de lotus, personificada en la figura de la diosa Nefertem, que al abrir sus pétalos dejó salir al sol, el cual era identificado con el dios Horus, quién se encarnaba en todos los faraones. Michael Rice nos señala que “el nombre Horus era el nombre más sagrado que un rey podía poseer. Era su fuente de poder, como rey y como dios”.
B. El mito de la creación de Heliópolis (Inun)
Según la cosmovisión del centro religioso de Heliópolis, situado al norte, no muy distante de Menfis en la zona del Bajo Egipto, antes de la creación sólo existía el caos indiferenciado, informe, indefinido, indeterminado y oscuro, un espacio sumido en un olvido cargado de niebla y agua inerte viscosa que lo cubría todo, y que era personificado a través del dios Nun. Es importante retener esta imagen, pues de ella se van a nutrir diversas tradiciones posteriores.
De este estado, habría emergido una colina de cieno, material que el Nilo depositaba en el valle con sus crecidas. Desde allí se habría autogenerado el dios solar y creador Atum (término que significaba “el todo” o “el que es completo”). Dado que en el estado previo a la creación no existían entes, Atum requiere crearse a sí mismo para luego, en la medida en que no existe posibilidad de una unión sexual, continuar la creación consigo mismo para sentar las bases del posterior proceso de procreación sexual. Se trata primero de un acto de auto impregnación donde Atum se da placer a sí mismo con sus propios dedos, masturbándose y llevando luego su semen a la boca para desde ahí escupirlo. Este semen escupido, espetado desde la boca, es manifestación de la palabra primordial y originaria, con todo su gran poder generativo.
La teología de Menfis hará todavía más explícita la participación de la palabra en la creación. Según esta, el acto de la creación implica la generación de orden, el cual está simbolizado en la diosa Maat. La creación es el tránsito del caos al orden. Sin embargo, el caos no desaparece. Orden (Maat) y caos (Isfet) estarán siempre en lucha; siempre cabe la posibilidad de perder el orden y volver al caos, pues el caos acecha. La principal responsabilidad del faraón será precisamente servir a la diosa Maat por medio de la preservación del orden, la justicia y la verdad, todos estos atributos propios de la diosa. Simultáneamente, en su capacidad de cumplir con esta tarea y de preservar la unión de las dos tierras, el faraón da testimonio de que es efectivamente la personificación del dios Horus.
MAAT
De la forma antes descrita, por tanto, Atum se crea a sí mismo y crea enseguida dos dioses: Shu (dios masculino y personificación divina tanto del espacio como del aire) y Tefnut (diosa femenina y personificación divina del tiempo, la Luna y la humedad) los cuales, a partir de ese momento, pueden iniciar un proceso normal de procreación sexual. De la unión de Shu y Tefnut, surgen Geb (dios de la tierra) y Nut (diosa del cielo) que son separados a la fuerza por Shu, quien coloca a Nut (elemento femenino) por sobre la tierra. Atum encabeza la Enéada (del vocablo griego que significa “grupo de nueve”) y recibe el nombre de Toro de la Enéada.
De Geb y Nut nacerán a su vez el dios Osiris, la diosa Isis, el dios Seth y la diosa Nephtys, cuatro dioses hermanos que tendrán un papel fundamental en la mitología egipcia. Estos cuatro dioses están emparejados. Osiris tiene como esposa a Isis, y Seth tiene como esposa a Nephtys. Todos estos dioses conforman la Enéada de Heliópolis, integrada por Atum, Shu, Tefnut, Geb, Nut, Osiris, Isis, Seth y Nephtys.
C. El mito de Osiris, Isis y Horus
De Osiris e Isis nacerá Horus, dios que se encarna en el faraón y que tiene como misión preservar el orden, la justicia y la verdad, atributos que se identifican con la gran diosa Maat, como está dicho. Es también tarea del faraón garantizar “la unidad de las dos tierras”. El faraón, por lo tanto, es considerado el representante de los dioses en la tierra, pues él mismo es un dios (Horus).
HORUS
La figura de Horus –con la que se representa al faraón– representa el décimo elemento (piramideón), constituyéndose así la sagrada década del orden, que en la concepción de Heliópolis regirá tanto el cielo (a través de la Enéada de nueve dioses) como la tierra (residencia del Faraón).
OSIRIS
Por su parte, la convivencia de los cuatro dioses hermanos Osiris, Isis, Seth y Nephtys no será fácil. Se indica que el nacimiento de Osiris estuvo acompañado por señales positivas. Antes de su aparición predominaban la guerra y el canibalismo, en un estado de gran barbarismo y desorden. Muy pronto, Osiris llegará a ser el dios de la región del Delta –región donde fue siempre venerado–y luego rey de todo el Egipto. Ello le permite restablecer el orden y enseñarle a su pueblo el arte del trabajo agrícola, el respeto por la ley y por los dioses. Todo ello produce un fuerte resentimiento en su hermano Seth quién lo convence de que entre en un cajón mortuorio para luego encerrarlo y matarlo. Desde ese momento Osiris se convierte en el dios de la otra vida, del más allá donde van todos los muertos. Seth, en cambio, pasa a representar la maldad. El cuerpo de Osiris será posteriormente cortado en 14 pedazos por el mismo Seth, que serán dispersados en distintos lugares. Isis, su hermana y esposa, inicia entonces la búsqueda de todos esos pedazos. Con la excepción del pene, que había sido tragado por un pez (lo que quizás habla del gran poder fertilizante de las aguas del Nilo), logra reunir el resto de los pedazos y, luego de construirle un pene artificial, logra darle sepultura. Una segunda tradición sostiene que el pene de Osiris fue posteriormente recuperado y guardado en la ciudad de Menfis, el principal centro de poder político del Imperio. Es posible que este mito sea también la razón por la cual los sacerdotes egipcios no comían pescado.
ISIS Y NEPHTYS
Luego de la muerte de Osiris, que dejaba vacante el trono de Egipto, se produce una gran lucha entre Seth y Horus, hijo de Osiris y de Isis, que buscaba la ocasión para vengar a su padre. Con la ayuda de Isis, Seth será finalmente derrotado y obligado a retirarse al desierto, donde habita desde entonces, aunque suele sin embargo aparecer inesperadamente en Egipto para hacer el mal. Durante la lucha, Seth logra arrancarle el ojo a Horus y lo lanza al océano, donde será encontrado por Thot, dios de la sabiduría y la palabra. Más adelante, el ojo de Horus será identificado con la Luna, y se convertirá en un símbolo popular de protección, portado por muchos como amuleto. Luego de derrotar a Seth, Horus se hace del trono de Egipto, trono que en su nombre ocuparán todos los faraones, como su personificación.
Egipto produce otros mitos de la creación de menor influencia, en los cuales no profundizaremos. Uno de ellos, según nos relata Michael Rice, involucra directamente a la diosa Maat. Según este mito, “cuando el creador decidió iniciar el proceso de creación, su primer acto fue acercar a Maat a sus labios y besarla”. No nos indica Rice cual fue este dios creador. ¿Fue acaso el propio Atum en el momento anterior a su masturbación? No hemos logrado determinarlo. Nos señala también Rice un mito “según el cual el proceso de la creación había comenzado con el grito solitario de las aves acuáticas en los pantanos”. ¿Se refiere acaso a una parte de los mitos de Hermópolis Magna que hace que la creación se inicie a partir del agua? Tampoco hemos podido precisarlo. Ambos relatos, se caracterizan sin embargo por su gran fuerza poética.
D. La piedra Shabaka
Uno de los mitos de la creación más sobresalientes, no obstante, proviene de otro centro religioso, quizás el más antiguo e importante durante la historia del Egipto Antiguo. Se trata del centro religioso y de gobierno de Menfis, ciudad supuestamente fundada por Menes, creador de la Primera Dinastía y primer unificador de los dos reinos de Egipto. Como hemos dicho, Menfis se encuentra al sur del Delta, 24 kms al sur de la actual ciudad de El Cairo.
El mito de la creación de Menfis ha sido descubierto no hace mucho, pues aparece inscrito en un gran trozo negro de granito conocido como la Piedra Shabaka. Aunque no tan famosa como la piedra Rosetta, célebre por cuanto nos entregó las llaves para descifrar el mundo egipcio, la Piedra Shabaka destaca por la importancia de lo que en ella se relata. Esta es una piedra rectangular de 93 por 138,5 cms, que tiene una cavidad en el centro y varias ranuras que salen desde ahí a la periferia, pues fue usada como instrumento para moler granos en el período posfaraónico. Esta piedra fue regalada al Museo Británico por el conde Spencer en 1805.
A ambos extremos de la piedra encontramos una columna de jeroglíficos en las que aparece escrito un relato. El centro de la piedra lamentablemente se ha perdido debido a la cavidad y a las ranuras que salen de ella. Inmediatamente después que este texto comenzara a ser descifrado se consideró que nos entregaba “la más antigua formulación de una weltanschauung filosófica que conocemos”, al decir de James Henry Breasted en 1901. Los visitantes al Museo Británico difícilmente dejan de rendirle homenaje a la Piedra Roseta; pocos, sin embargo, logran apreciar el inmenso valor de la Piedra Shabaka.
PIEDRA SHABAKA
En la columna del extremo izquierdo de la piedra se nos indica que el faraón Shabaka –perteneciente a la Vigésimo quinta Dinastía, correspondiente al Período Tardío– habría encontrado en “la Casa de su padre Ptah” (refiriéndose al Templo del dios Ptah) un antiguo texto proveniente de sus antepasados, el cual, comido por los gusanos como estaba, debió ser copiado en esta piedra para asegurarle vida eterna a su contenido.
Los diferentes centros religiosos de Egipto estaban conscientes de sus diferencias y sus distintos relatos competían entre sí. Una de las modalidades que asumía esa competencia consistía en hacer que los relatos propios fueran más comprehensivos que aquellos de sus centros rivales, relatos que fueran capaces de absorber dentro de sí lo que los otros contaban. Para entender adecuadamente la mitología egipcia es muy importante relacionarla con los acontecimientos históricos que tenían lugar en el momento cuando determinados relatos emergen. La mitología egipcia no es algo estático (como en rigor no es ninguna mitología, ni ninguna teología); se trata de relatos en permanente evolución, marcados por la historia.
