Rarezas - Marc Dingman - E-Book

Rarezas E-Book

Marc Dingman

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Beschreibung

El cerebro humano es un instrumento increíblemente complejo y delicado, capaz de realizar cálculos extraordinarios, mostrar una creatividad abundante y una gran destreza lingüística. Pero el cerebro no es solo la maravilla más brillante de la evolución, también es una de las más extrañas. Este libro muestra una cara completamente distinta de cómo funciona el cerebro: desde la paciente que tiene miedo de ducharse porque cree que su cuerpo se deslizará por el desagüe, hasta el hombre que está convencido -contra toda evidencia- de que es un gato, o la mujer que come compulsivamente cenizas de cigarrillos. Aunque son casos entretenidos, no son solo rarezas. Al intentar comprenderlos, los neurocientíficos han descubierto detalles importantes sobre cómo funciona el cerebro. 'Rarezas' examina estos detalles mientras explica lo que los pacientes más inusuales de la neurociencia nos han enseñado sobre el funcionamiento normal del cerebro. Es ideal tanto para lectores que desean una mejor comprensión del funcionamiento interno del cerebro como para quienes simplemente buscan temas extraordinarios para conversar en una cena.

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Seitenzahl: 404

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Dr. Marc Dingman

RAREZAS

LOS CASOS MÁS PECULIARES DEL COMPORTAMIENTO HUMANO Y LO QUE DESVELAN SOBRE EL FUNCIONAMIENTO DEL CEREBRO

Para Michelle.Sin tu amor y apoyo,verdaderamente no imagino qué sería de mí.

Opiniones sobreRAREZAS

«Rarezas es una colección de relatos que cuentan cómo del cerebro pueden surgir zombis, miembros de sectas, extremidades adicionales, músicos instantáneos y acentos repentinos, entre otros casos sorprendentes. Tras la lectura de este libro, se apreciará aún más el valor de este singular órgano. Si te gustan los libros de Oliver Sacks, te harás sin duda fan de las Rarezas de Dingman».

—Dra. Allison M. Wilck, investigadora y profesora adjunta de Psicología, Eastern Mennonite University.

«A través del estudio, tanto de casos de individuos excepcionales como de otros de personas con trastornos, Rarezas nos embarca en un fascinante viaje con destino a una mejor comprensión de lo que ocurre en nuestro cerebro».

—Dr. William J. Ray, profesor emérito de Psicología, The Pensilvania State University, autor de Introduction to Psychological Science, Research Methods for Psychological Science, y Abnormal Psychology (Introducción a la ciencia psicológica, Métodos de investigación en ciencia psicológica y Psicología anormal).

«Una combinación excepcional de capacidad narrativa y explicación científica que atraerá tanto a quienes se inician en el estudio del cerebro como a neurocientíficos experimentados, así como a todos aquellos en un nivel intermedio. Dingman investiga algunas de las materializaciones más intrigantes y enigmáticas del comportamiento humano, en un estilo que fusiona en un mismo texto la descripción de estudios de caso, los contenidos propios de un manual académico introductorio y la novela narrativa».

—Dra. Alison Kreisler, PhD, instructora en Neurociencia, Californa State University, San Marcos.

«Dingman recupera la historia de la neurociencia y la entrelaza con las ideas contemporáneas en este campo con total fluidez. Los lectores disfrutarán de una lectura cautivadora, pudiendo incluso adquirir ciertos conocimientos sobre neurociencia por el camino».

—Dra. Erin Kirschmann, profesora asociada de Psicología y asesoramiento, Immaculata University.

«Rarezas es una de esas lecturas excepcionales capaz de proporcionar información neurocientífica en un formato verdaderamente accesible. El estilo de escritura ameno de Dingman, junto con su profundo conocimiento del tema, convertirán este libro en un recurso valioso tanto para el científico principiante como para el experto».

—Dra. Kate Anderson, profesora asociada de Psicología, Presbyterian College.

ÍNDICE

Introducción

1. Identificación

Muertos vivientes

Quejas muy poco habituales

Dándole sentido al mundo

El cerebro ilógico

Un mundo de impostores

Los síndromes de falsa identificación delirante

2. Fisicalidad

La licantropía en la historia

El cerebro licántropo

Miembros fantasma

El cuerpo dentro del cerebro

Negaciones extrañas

Una extraña obsesión

Buscando quien me ampute desesperadamente

3. Obsesiones

El enigma de la pica

Deseos irrefrenables

El TOC desde el punto de vista neurocientífico

Acumuladores compulsivos

Sobrepoblación de mascotas

El cerebro del acumulador

4. Excepcionalidades

Gente extraordinaria

El cerebro sin límites

Y de repente, el talento

Surgido de la nada

5. Intimidades

Objeto de deseo

La mirada indiscreta

Tarros de monedas, pies e imperdibles: análisis de las bases neurológicas del fetichismo

La desconcertante variedad de intereses sexuales del ser humano

Cambios en el cerebro y parafilias

6. Personalidad

Un fallo de integración

Exorcismos, hipnosis y TID

Los fundamentos biológicos del TID

La disociación en todas sus tonalidades

Sed de sangre

7. Creencias

La muerte por vudú

El poder de la fe

No todo es cosa de tu cabeza

Creencias nocivas

Alejados del mundo

8. Comunicación

No sé leer lo que escribo

Una nueva perspectiva sobre la función del lenguaje

Herpes y cerebro

Los trastornos del lenguaje en toda su diversidad

El cerebro lingüístico, ¿dividido?

Despertar con acento extranjero

9. Sugestión

La receta del delirio compartido

Hipnosis, sugestión y corteza prefrontal

Influencia indebida

Cerebros de secta

La presión de grupo y sus efectos sobre nuestra mente

El robo de penes y el poder de la cultura

La universalidad de los síndromes culturales

10. Ausencia

Desconocer lo conocido

La formación de imágenes visuales vista desde dentro

Origen anatómico de las agnosias

En busca del tiempo perdido

La «ceguera mental»

Qué poca imaginación

11. Desconexión

Extremidades ajenas

Perdido

Sin capacidad de acción

El cerebro en movimiento

Coleccionando síntomas raros

12. Realidad

Curioso, más curioso

Fallo de conexión

La sofisticada capacidad del cerebro para alucinar

Biología de secundaria: ha vuelto y viene a por ti

De la nada

Veo fantasmas

Alucinaciones de duelo

Conclusiones

Reconocimientos

Créditos

INTRODUCCIÓN

Sobre las 11:40 de la mañana de un cálido día de agosto—uno de esos en los que ni una nube mancha el azul del cielo—, Charles Whitman, de veinticinco años, se subía al ascensor que le llevaría al último piso del Edificio Principal de la Universidad de Texas (UT) en Austin. Corría el año 1966 y, por aquel entonces, el Edificio Principal —más conocido como «La Torre» entre los estudiantes y los habitantes de la ciudad— era el segundo edificio más alto de Austin, alzándose con sus casi 94 metros de altura hacia el cielo de Texas desde el mismo centro del campus de la UT.

Whitman había sido scout Águila1, además de exmarine y estudiante de la UT. Era un joven fuerte y rubio, de 1,83 metros de estatura, y en general caía bien a todo el mundo. Mostró su carné de estudiante al guardia de seguridad y este le permitió acceder a la torre. Whitman empujaba un carrito cargado con una de esas taquillas típicas de un cuartel militar. El guardia no sabía que en la taquilla ocultaba un verdadero arsenal.

Whitman subió al piso 27. Desde allí tuvo que subir tres tramos de escaleras bastante empinados para acceder a la plataforma mirador que rodea el piso 28 de la torre. Al llegar a la plataforma le dio la bienvenida Edna Townsley, la recepcionista del mirador, de cincuenta y un años. Él respondió con un ataque fulminante, hiriéndola mortalmente con un golpe en la nuca, probablemente propinado con la culata de su rifle. A los pocos minutos llegaba un grupo de visitantes con la intención de disfrutar de las vistas de la ciudad. Whitman les disparó con una escopeta de cañones recortados, matando a dos de ellos y dejando a los otros dos en estado crítico.

Fotografía del estudiante Charles Whitman incluida en el anuario de 1963 de la Universidad de Texas.

A continuación, Whitman salió a la plataforma, abrió su taquilla y colocó por el suelo sus armas. Contaba con diversas pistolas y rifles, además de unas setecientas balas. Whitman eligió un rifle de largo alcance y a las 11:48 de la mañana comenzó a disparar contra las personas que paseaban por el campus de la UT a decenas de metros de distancia.

Su primer disparó atravesó el vientre de una mujer embarazada, Claire Wilson, acabando al instante con la vida de su bebé. Claire cayó al suelo y su novio se acercó a ella apresuradamente para tratar de ayudarla. Recibió un disparo en la espada y murió instantáneamente. Las siguientes tres víctimas de Whitman fueron un profesor de física, un becario de los Cuerpos de Paz y un estudiante.

Todo ello ocurrió durante los primeros diez minutos de aquel sanguinario ataque cometido por Whitman. Sus disparos aleatorios contra viandantes se prologaron durante más de una hora y media, hasta que finalmente la policía asaltó la torre y lo abatió de un disparo. Para entonces Whitman había acabado con la vida de catorce personas (incluido el bebé de Claire Wilson) y herido a más de treinta. En 2001 moriría un estudiante cuyo riñón había resultado gravemente dañado durante aquel tiroteo, considerándose su muerte como homicidio.

Obviamente, la primera pregunta que todo el mundo se hizo fue la misma: ¿Por qué? ¿Qué pudo haber llevado a un estudiante de ingeniería arquitectónica al que todos describían como «un chico majo» a cometer un crimen tan atroz?

Las investigaciones de la policía desvelaron una serie de horrendos acontecimientos ocurridos en paralelo al ataque. A primera hora de la mañana, antes del tiroteo, Whitman había matado a su madre y a su mujer con un gran cuchillo de caza.

Durante el registro de su vivienda, la policía encontró una nota escrita por Whitman en su máquina de escribir la noche antes del ataque. En ella Whitman trataba de dar sentido a su ansia homicida. Escribió lo siguiente:

No logro entender lo que me pasa últimamente. Se supone que soy un joven normal, medianamente razonable e inteligente. Sin embargo, desde hace un tiempo (no sé exactamente cuándo empezó) me veo asaltado por pensamientos irracionales y extraños. Se trata de ideas recurrentes y me cuesta un esfuerzo tremendo centrarme en tareas útiles y productivas… Tras mi muerte, desearía que se me realizara una autopsia para tratar de detectar cualquier posible trastorno físico. Sufro tremendos dolores de cabeza y en los últimos tres meses he tomado grandes cantidades de Excedrin.23

El deseo de Whitman se cumplió y a su cuerpo se le practicó la autopsia al día siguiente de su muerte. Aunque el caso ya había generado gran interés entre sociólogos y criminólogos, la autopsia practicada al cuerpo de Whitman lo situó en la primera plana del debate sobre la influencia del cerebro en el comportamiento. Cuando los médicos examinaron el cerebro de Whitman observaron que presentaba un gran tumor que afectaba a la estructura denominada amígdala y que es determinante en el proceso de control de las emociones (hablaremos más sobre la amígdala en capítulos siguientes).

Este descubrimiento llevó a algunos a atribuir el comportamiento de Whitman a la presencia de ese tumor en el cerebro. De hecho, parece plausible que el tumor de Whitman hubiera afectado a la amígdala provocando cambios en su personalidad, incluso capaces de impulsarle a cometer sus abominables crímenes4.

Otros no se apresuraron tanto a la hora de culpar al tumor de Whitman de los actos cometidos por este. A pesar de que en general se consideraba a Whitman una persona agradable, tenía su genio y su mujer en ocasiones había sentido miedo de él. Whitman admitió haber agredido físicamente en dos ocasiones a su mujer. Además, cuando se produjo el tiroteo, Whitman consumía grandes cantidades de anfetaminas que le permitían permanecer despierto durante días. Este tipo de comportamiento incrementa la probabilidad de estallidos violentos y puede producir una pérdida de contacto con la realidad.

Sea como fuere, el caso de Whitman resultaba interesante desde un punto de vista neurocientífico porque era obvio que no se podía descartar la posibilidad de que la matanza por él cometida tuviera su explicación en los efectos del tumor cerebral que padecía. De hecho, se conocen innumerables casos en la historia en los que tumores, ictus, lesiones cerebrales o trastornos similares han provocado cambios en la personalidad de un individuo convirtiendo a esa persona en un ser difícilmente reconocible para los que tiene a su alrededor.

Probablemente el caso más famoso de este tipo sea el de Phineas Gage, un supervisor ferroviario que en 1848 provocó una pequeña explosión mientras trabajaba. La deflagración lanzó una barra de metal de más de un metro de largo y casi seis kilogramos de peso directamente hacia su cabeza. La barra tenía uno de sus extremos afilado, lo que permitió que penetrara en su cabeza por debajo del pómulo izquierdo, atravesara el cerebro y saliera por la parte superior del cráneo a gran velocidad, aterrizando a unos veintitrés metros de él. Milagrosamente, Gage sobrevivió al accidente y —tras varias semanas en los que su pronóstico parecía bastante poco prometedor— acabó por recuperar sus capacidades físicas casi por completo, a excepción de la visión en su ojo izquierdo.

No se sabe con certeza lo que ocurrió con Gage a partir de ese momento, puesto que no se conocen muchos detalles sobre su vida después del accidente (la mayor parte de su biografía se reconstruyó posteriormente y a partir de rumores). Se cuenta que, según sus amigos y familia, el Gage de antes del accidente se esfumó para siempre. Gage era una persona responsable y meticulosa, mientras que tras el accidente Gage se convirtió en un ser impulsivo, sin escrúpulos y vulgar. Su nueva personalidad impidió que recuperara el puesto que tenía en la compañía de ferrocarriles y durante doce años fue saltando de un trabajillo a otro. Uno de esos trabajos consistió en exponerse a sí mismo, sosteniendo la barra de metal que le hirió, en el American Museum de P.T. Barnum en Nueva York.

Phineas Gage sosteniendo la barra de metal que atravesó su cerebro y su cráneo tras una explosión en 1848.

Murió en 1860 víctima de un ataque muy probablemente relacionado con el trauma cerebral sufrido en aquel accidente.

Si existe una mitología de la neurociencia, la historia de Phineas Gage sería sin duda uno de sus mitos fundacionales. Es verdad que ciertos detalles de su personalidad se han ido adornando con los años y según los intereses de aquel que cuenta la historia. En cualquier caso, el caso de Gage suele presentarse como un buen ejemplo de cómo el cerebro en su conjunto determina quiénes somos en un sentido amplio, por lo que cualquier alteración en su funcionamiento puede provocar cambios drásticos en los rasgos básicos de nuestra personalidad.

Los casos de Gage y Whitman resultan enigmáticos, pero se ven además envueltos en controversias derivadas de la incertidumbre sobre muchos de los detalles explicativos de dichos casos (relacionados tanto con su comportamiento como con sus cerebros). En este libro vamos, sin embargo, a centrarnos en analizar un conjunto de casos bastante menos conocidos, pero mucho mejor documentados, en los que personas normales ven cómo su forma de experimentar el mundo cambia radicalmente tras sufrir un episodio perjudicial para su cerebro. Los cambios que analizaremos van mucho más allá de la personalidad. De hecho, nos centraremos en las rarezas —y hablamos de verdaderas rarezas— sufridas como consecuencia de anormalidades en la función cerebral. Conocerás a pacientes que ven cómo su vida mental se ve desagradablemente enriquecida, por ejemplo, con la sensación de que su cuerpo pertenece a un animal de otra especie, o descubrirás que hay personas que directamente creen estar muertas. En otros casos el paciente experimenta alucinaciones tan intensas que dejan a la altura del betún a las producidas por cualquier droga psicodélica. Conocerás a personas que carecen de ciertas competencias fundamentales, como la capacidad de reconocer la cara de otras personas a las que conocen de toda la vida, la capacidad de distinguir entre la imagen de un espejo y la del mundo real, o la facultad de generar imágenes dentro de su propia cabeza.

A pesar de que la mayoría de los fenómenos extraños que abordo en este libro tienen su origen en algún trastorno adverso sufrido por el cerebro —como un traumatismo, un tumor, una infección, un ictus o un trastorno psiquiátrico—, en otros casos no parecen haber surgido como consecuencia de trastorno alguno. En su lugar, se trataría más bien de manifestaciones peculiares de lo que por lo demás se consideraría el funcionamiento habitual de un cerebro normal, aunque situándonos en el extremo del espectro de ese comportamiento cerebral normal.

Algunos de estos comportamientos son bastante comunes y casi todos los mostramos en cierto grado, a menudo sin ni siquiera ser conscientes de ello o al menos sin comprender bien las razones por las que nos comportamos así. Es muy probable que te sorprenda saber de las muchas cosas extrañas que tu cerebro hace a diario, aparentemente sin tu conocimiento ni participación.

De hecho, las únicas características que comparten los comportamientos que presento en este libro son su extremada rareza y la responsabilidad del cerebro en todos ellos. Representan la que, en mi opinión, es la más extraña colección de curiosidades surgidas del cerebro. Aunque no sirvieran para otra cosa, deben considerarse como la prueba irrefutable de lo poderoso, y al tiempo extraordinariamente raro, que es el cerebro humano.

Incluso si no crees que sea así, lo más probable es que hayas cambiado de opinión para cuando concluyas la lectura de este libro. En cada capítulo presentaré una serie de fenómenos extraordinarios relacionados con el cerebro y agrupados según una temática común. Utilizaré descripciones de personas reales —normalmente pacientes con un cuadro clínico concreto, aunque no siempre ocurrirá así— como ejemplo de comportamientos verdaderamente extravagantes. He recurrido a la ficción para añadir algunos detalles poco relevantes de esos casos. Por ejemplo, he asignado nombres a pacientes anónimos para facilitar la descripción de sus casos (he procurado que los nombres asignados se correspondan con la región geográfica en la que se documentó el caso con objeto de representar con la mayor precisión posible la cultura del paciente). En algún caso he añadido detalles triviales o algunos fragmentos de diálogo con la intención de presentar una idea más nítida de la experiencia por la que pasaba el paciente. En ningún caso he exagerado los elementos fundamentales de cualquiera de los casos hasta el punto de que mi presentación no se corresponda con la realidad. En otras palabras, a pesar de que algunos de estos casos puedan parecer imposibles, representan el comportamiento real de personas reales.

Conviene recalcar estas dos últimas palabras: personas reales. He querido escribir este libro porque los comportamientos descritos en él son fascinantes, tanto desde el punto de vista neurocientífico como meramente humano. Puede caerse con facilidad en la trampa de los detalles curiosos y olvidar que los trastornos presentados causan un gran sufrimiento a las personas que los padecen. A pesar de que he tratado de evitar un tono excesivamente serio al escribir sobre estos casos, quiero recalcar el absoluto respeto que me merecen las personas que sufren estos trastornos. Me tomo muy en serio sus padecimientos y muchos de los pacientes de los que hablo aquí representas increíbles ejemplos de resiliencia que nada tienen que ver con las atracciones circenses.

La descripción de un cierto tipo de comportamiento viene siempre acompañada de una explicación de lo que puede estar ocurriendo en el cerebro para causarlo. Debo precisar, sin embargo, que la mayoría de los fenómenos que describo en este libro son extraordinariamente raros y su explicación está escasamente descrita. Por tanto, las hipótesis explicativas que propongo no son otra cosa que eso: hipótesis. Y no son mis hipótesis, sino las que he recopilado al estudiar los trabajos realizados por investigadores de gran prestigio al respecto. En cualquier caso, es necesario seguir investigando si se pretende poder, en algún momento, dar una explicación plausible de lo que ocurre en el cerebro y de la mayoría de los extravagantes comportamientos que se presentarán a continuación.

Mi esperanza es la de que este libro ofrezca al lector un escenario atractivo sobre el que profundizar en el conocimiento del cerebro. Después de todo, mi interés en la neurociencia vino de la mano del conocimiento de casos curiosos que generaron en mí una fascinación y un deseo irrefrenable de aprender y descubrir cómo puede ese enigmático órgano que se aloja en nuestras cabezas provocar tales rarezas. Por tanto, si al cerrar este libro he conseguido que tu interés por la neurociencia haya aumentado, habré cumplido con mi misión. Es posible que además logres comprender un poco mejor cómo funciona tu propio cerebro o que incluso seas capaz de apreciar algo más la estabilidad de la realidad que experimentas cada día.

Después de todo, muchos de los casos que incluyo en este libro constatan que la realidad que damos por sentada se sostiene sobre cimientos increíblemente débiles. Recorremos nuestra senda vital desde una inconsciencia, en cierto modo consciente, de que cualquier acontecimiento inesperado puede transformar radicalmente nuestra forma de experimentar el mundo. Muchos de los cambios neurológicos que se describen en este libro son de los que nadie cree que le puedan ocurrir. Y sin embargo, hay personas que los sufren todos los días. Como en muchos de estos casos, la vida mental de una persona puede verse alterada de manera inesperada e impredecible en cuestión de minutos. Y nunca se vuelve a ser la misma persona.

1 N. del T.: El rango de «Águila» es el más alto que se puede alcanzar entre los scouts del programa Scouts BSA de Scouting America en EE. UU.

2 N. del T.: Excedrin es un medicamento indicado para el tratamiento de las migrañas comercializado en España bajo el nombre de Excedite en comprimidos conteniendo 250 mg de ácido acetilsalicílico, 250 mg de paracetamol y 65 mg de cafeína.

3 LAVERGNE, G.M., A Sniper in the Tower: the Charles Whitman Murders, Denton (EE. UU.): University of Texas Press, 1997, p. 82.

4 Debe precisarse que los asesinatos en masa no pueden atribuirse en todos los casos a trastornos psiquiátricos o neurológicos. De hecho, no se ha logrado hasta ahora explicar la naturaleza de estos fenómenos que se ven influenciados por factores complejos que varían de un individuo a otro. Aunque suele achacarse a trastornos del cerebro la ocurrencia de asesinatos en masa, no se cuenta habitualmente con evidencias suficientes que justifiquen este punto de vista.

1

IDENTIFICACIÓN

A finales del siglo XVIII, una mujer de setenta años llamada Hilde preparaba la comida en su cocina de Dinamarca. De repente, su cerebro se vio privado del tan necesario flujo de sangre y, desafortunadamente para Hilde, las células del cerebro humano no toleran demasiado bien este tipo de situaciones. Sin sangre, las neuronas —las células fundamentales del cerebro— comienzan a sufrir la escasez de sustancias como el oxígeno y la glucosa. Pasados unos pocos minutos, empiezan a morir. La tasa de defunción de estas neuronas es impresionantemente rápida y alcanza los casi dos millones por minuto. Durante ese mismo minuto, pueden llegar a desaparecer hasta doce kilómetros de fibras neuronales (los alargamientos de las neuronas a través de los cuales se transmiten las señales de una célula a otra).5 En resumen, la falta de riego sanguíneo en el cerebro tiene consecuencias devastadoras. Este cuadro tan sombrío se denomina ictus y, en el caso de Hilde, la sumió en un coma.

Los detalles del caso de Hilde se recogen en un artículo científico publicado en 1788. El artículo no menciona la reacción de los familiares de Hilde cuando esta despertó del coma cuatro días después de sufrir el ictus, pero debe asumirse que sintieron un cierto alivio. También es probable que esa sensación de alivio se desvaneciera al observar que Hilde insistía en decir que estaba muerta. Aclaremos que Hilde no hablaba de haber vivido una experiencia cercana a la muerte —no había avanzado por un túnel hacia la luz para ver cómo en el último momento retornaba al mundo de los vivos—, sino que insistía en la idea de que, mientras hablaba con su familia, ella ya no estaba viva.

Conocemos el caso de Hilde a través de los escritos de un científico suizo del siglo XVIII llamado Charles Bonnet.6 Bonnet era abogado de profesión pero, como ocurría con la mayoría de las mentes brillantes de su época, se mostraba interesado por muy diferentes áreas del saber, embarcándose en aventuras científicas con el mismo desparpajo con el que nosotros nos sentamos a ver una nueva serie en la televisión. Sorprendentemente, tenía además bastante éxito en cada una de esas aventuras.

Bonnet fue, por ejemplo, el primero en corroborar que el sexo no es condición necesaria para la procreación al documentar la reproducción asexual de los áfidos, unos molestos insectos sobradamente conocidos, y normalmente despreciados, por cualquier jardinero que se precie. Realizó otras investigaciones entomológicas a través de las cuales contribuyó a explicar la respiración de los insectos. Su interés se centró posteriormente en la botánica y sus trabajos sentaron las bases para entender que las hojas son el lugar en el que se produce el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono en la planta. No está mal para alguien sin estudios científicos formales y que se tomaba la ciencia como un hobby.

Afortunadamente, Bonnet también se interesó por casos extraños sufridos por humanos como lo era el de Hilde. Lo cierto es que su nombre no era Hilde, o a lo mejor sí lo era. En cualquier caso, Bonnet nunca mencionó el nombre de esta mujer al describir su caso. Como ocurre con tantos casos médicos recogidos en la literatura científica a lo largo de los años, es probable que no revelara el nombre real de Hilde para proteger su anonimato. Le he asignado un nombre habitual en Dinamarca para facilitar la descripción del caso.

Antes de que sufriera el ictus, Hilde nunca había padecido trastorno mental alguno, por lo que su comportamiento sorprendió todavía más a los suyos. Su familia trataba de convencerla de que no estaba muerta. A fin de cuentas, estaba sentada y charlando con ellos. Se había recuperado de un ataque y debía centrarse en celebrar la vida y disfrutarla. Pero Hilde no estaba por la labor. Se ponía muy nerviosa y regañaba furiosamente a su familia por no haber tenido la decencia de darle el funeral que se merecía. Exigió que se la vistiera para su entierro, se la colocara en un ataúd y se le ofreciera la despedida que una mujer de su posición merecía.

Todos esperaban que su delirio desapareciera con el tiempo, pero la insistencia de Hilde se volvía cada vez más intensa y derivó en amenazas. Parecía que la única forma de conseguir aplacarla pasaba por cumplir sus deseos.

Y eso fue lo que, a regañadientes, acabó haciendo su familia. La envolvieron en una mortaja funeraria (aparentemente eso es lo que se llevaba en la Dinamarca del siglo XVIII) y simularon prepararse para su entierro. Hilde dedicó un tiempo a recolocar la mortaja y a quejarse infantilmente de que no fuera lo suficientemente blanca. Después se tumbó tranquilamente y acabó por dormirse.

Su familia retiró la mortaja y la acostó en su cama con la esperanza de que hubiera superado el trance. Pero Hilde despertó y retomó la discusión exactamente en el mismo punto, exigiendo a su familia que la enterraran de inmediato. Su familia no estaba dispuesta a llegar al extremo de enterrarla —ni siquiera a simular un entierro para aplacarla— y se resignaron a esperar y confiar en que su extraño delirio pasara.

Y ocurrió, aunque solo de manera temporal. Cada pocos meses, Hilde volvía a recaer en el convencimiento de que estaba muerta y se sorprendía al ver que era la única capaz de reconocer su desgracia.

Muertos vivientes

No se ha documentado ningún caso como el de Hilde en escritos científicos anteriores al informe de Bonnet, aunque sí se han documentado bastantes casos similares desde entonces. De hecho, se han observado suficientes casos equiparables como para poder asegurar que Hilde no sufrió una singularidad neurológica difícilmente repetible. Se trataba, por el contrario, de un trastorno con síntomas precisos y predecibles, aunque es tan poco habitual que resulta difícil estimar la frecuencia con la que se presenta en humanos.7 Aun así, es lo suficientemente frecuente como para haber recibido un nombre: «síndrome de Cotard».

El epónimo de este trastorno es el del neurólogo francés Jules Cotard, que vivió en la segunda mitad del siglo XIX. En 1874, Cotard trabajaba en una ciudad situada a las afueras de París y una de sus pacientes le explicó que no tenía cerebro, ni nervios, y tampoco órganos internos. Afirmaba que no necesitaba comer para sobrevivir y que era además inmune al dolor. Esta última afirmación sí parecía corresponderse con la realidad. Cotard escribió que podía «insertar agujas profundamente» en la piel de la mujer sin que esta reaccionara al pinchazo (a los médicos del siglo XIX se les permitía hacer cosas impensables hoy en día).8

La paciente, a la que Cotard se referiría como «Señorita X», no creía estar muerta, sino que situaba su existencia en una especie de limbo en el que no estaba ni viva ni muerta. Temía quedar atrapada en ese estado de inexistencia para la eternidad, motivo por el cual anhelaba morir de verdad. Creía que su muerte solo se produciría si era quemada viva, a pesar de no contar con evidencia alguna que respaldara esa idea. Trató de lograr su objetivo por su cuenta, aunque afortunadamente no tuvo éxito en el intento.

El caso de la Señorita X despertó el interés de Cotard y este comenzó a buscar referencias a casos similares en el pasado. Para su sorpresa, rescató varios informes de pacientes que afirmaban estar pudriéndose, carecer de sangre en su cuerpo, haber sido condenados a vivir en un olvido permanente o cualquier otro tipo de hecatombe vital similar. Cotard concluyó que todos ellos debían sufrir un trastorno parecido y lo denominó délire des négations o «delirio de negación». Un delirio se caracteriza por la creencia en algo ostensiblemente falso, pero que al paciente en cuestión le parece ser una verdad irrefutable. Cotard utilizaba la palabra négations para referirse al síntoma más característico en estos pacientes: negaban la existencia de cosas que, a la mayoría de nosotros, nos parecen indispensables para la vida.

Muchos años después de la muerte de Cotard, otro científico que trabajaba en un estudio sobre los delirios de negación se refirió a este trastorno como «síndrome de Cotard». Desde entonces ha adoptado otros nombres más como «delirio de Cotard» e incluso «síndrome de los cadáveres andantes». Los científicos suelen evitar esta última denominación, dado que afirmar que se está muerto es solo una de las muchas formas a través de las que se manifiesta el síndrome de Cotard (además de recurrir a una hipérbole muy poco científica, recurso que suele chirriar bastante a los científicos). Algunos de los síntomas que se mencionan más arriba son más habituales que los de la muerte.

El síndrome de Cotard puede provocar muchos otros síntomas que van desde la apatía a una sensación de adormecimiento sensorial, además de pérdida del apetito o de la sensación de sed (con el consiguiente riesgo de sufrir inanición o deshidratación), alucinaciones, ansiedad, depresión aguda, riesgo de autolesión o tendencias suicidas. Estos son solo algunos de sus síntomas, pero lo que de verdad caracteriza a los pacientes con síndrome de Cotard y los hace parecer sacados de una película de ciencia ficción es la negación de su propia existencia.

Quejas muy poco habituales

Un agente de bolsa de veintiocho años, al que llamaremos Will, sufrió un grave accidente de moto en octubre de 1989. El traumatismo cerebral sumió a Will en un coma del que logró despertar a los pocos días, aunque pasó varios meses más en el hospital recuperándose de los diversos daños sufridos por su cerebro, así como de múltiples infecciones en las demás heridas y lesiones que presentaba.

En enero se puede decir que Will había logrado una recuperación espectacular y estaba listo para recibir el alta. Continuaba sufriendo alguna secuela física, como la pérdida parcial de movilidad en la pierna derecha y también una ceguera parcial. Sin embargo, su principal y más preocupante queja se centraba en sus pensamientos: estaba seguro de estar muerto.

En un intento desesperado por tratar de ayudar a Will a recuperarse, su madre se lo llevó de viaje a Sudáfrica. El calor sudafricano hizo pensar a Will que estaba (literalmente) en el infierno, por lo que su convicción de que estaba muerto no hizo más que acentuarse. Cuando su madre le preguntó por la causa de su muerte, Will propuso varias opciones. Creía que una infección en la sangre —un problema que se presentó en la primera fase de su convalecencia— podía explicar su muerte, así como las complicaciones sufridas como consecuencia de la vacunación frente a la fiebre amarilla. También sugirió que podía haber muerto de SIDA, a pesar de no sufrir la enfermedad ni estar infectado por el VIH.

Will estaba atrapado sin remedio en esa sensación de que todo lo que le rodeaba no era real. Le costaba reconocer lugares y personas que le habían sido más que familiares antes del accidente, lo que acentuaba más si cabe esa sensación de vivir en un mundo extraño y ajeno a él. Incluso su madre no parecía ser la misma. Will llegó a la conclusión, durante el viaje a Sudáfrica, de que era otra persona. Su madre seguía dormida en casa y su espíritu es el que le acompañaba en este viaje de descubrimiento del inframundo.9

Julia era una mujer de cuarenta y seis años con un grave trastorno bipolar. Llegó al hospital convencida de que su cerebro y sus órganos internos se habían esfumado. Sentía que ya no existía y que solo era un cuerpo vacío. Su «ser» había desaparecido y, en consecuencia, estaba efectivamente muerta. Le daba miedo darse una ducha o un baño por el riesgo de que su cuerpo vacío pudiera irse directamente por el desagüe.10

Kevin era un hombre de treinta y cinco años cuya depresión se había ido acentuando en los últimos meses, hasta llegar a un punto en el que comenzó a sufrir delirios. Empezó por sospechar que su familia estaba organizando un complot secreto contra él. Después comenzó a pensar que había muerto y estaba en el infierno, habiendo dejado su cuerpo en nuestro mundo. Eso sí, su cuerpo no era nada más que un cascarón vacío y sin sangre. Para demostrar que así era, cogió un cuchillo de la cocina de su suegra y comenzó a clavárselo repetidas veces en el brazo. Su familia tomó la sabia decisión de llamar a una ambulancia para ingresarle en un hospital.11

Dándole sentido al mundo

Está claro que hay algo en el cerebro de los pacientes con síndrome de Cotard que no funciona bien. Un accidente neurológico grave (como un ictus, un tumor o un traumatismo encefálico) o un trastorno psiquiátrico (como la depresión, el trastorno bipolar o la esquizofrenia) suele preceder a la aparición de este trastorno. Sin embargo, este tipo de accidentes o trastornos raras veces desembocan en la aparición del síndrome de Cotard, por lo que los neurocientíficos siguen trabajando para establecer qué es lo que verdaderamente diferencia al cerebro de los pacientes con este síndrome. El hecho de que el síndrome de Cotard se manifieste con ligeras variaciones de un paciente a otro complica aún más el asunto. En cualquier caso, sí se cuenta con un cierto número de síntomas comunes que pueden ayudarnos a entender en qué consiste este síndrome.

Los pacientes con síndrome de Cotard suelen quejarse de la extrañeza que les genera el mundo que los rodea. Las personas y los lugares que conocen no logran hacerse estrictamente reconocibles para ellos, como nos ocurre a la mayoría de nosotros cuando nos encontramos con algo o alguien que ya hemos visto repetidas veces en el pasado. Por ejemplo, un paciente con síndrome de Cotard puede ser capaz de reconocer la cara de su madre, pero algo en ella le resultará extraño. Alguna cualidad intangible, pero esencial, impide al paciente desencadenar la respuesta emocional que normalmente se produciría al ver a una de las personas más importantes de su vida.

Los pacientes también se sienten distantes, como si fueran meros observadores de un mundo del que no participan. A esta situación se la denomina con el término técnico de «despersonalización». Los síntomas del paciente pueden ir más allá y adquirir un tinte surrealista cuando llegan a creer estar viviendo en un sueño, síntoma al que nos referimos como «desrealización». Esta combinación de extrañeza, despersonalización y desrealización hace que los pacientes con síndrome de Cotard vean su percepción de la realidad drásticamente alterada. Como parece obvio, el cerebro va a sudar tinta para tratar de procesar todo esto.

Cuando el cerebro se ve sometido a señales tan discordantes, sufre para darles un sentido. Nuestro cerebro necesita imperiosamente someter los acontecimientos de la vida a una interpretación racional. Sin esa interpretación, el mundo se vuelve rápidamente un entorno impredecible, incompresible y, finalmente, insufrible. En consecuencia, el cerebro se empecinará, casi con desesperación, en dar explicaciones claras a cada una de las experiencias que vive. Si algún elemento de esa experiencia le resulta difícil de explicar, hace lo que mejor se le da: inventarse algo.

Ninguno de nosotros somos inmunes a este tipo de fabricaciones: lo hacemos continuamente y sin darnos cuenta. Por ejemplo, las investigaciones científicas sugieren que tomamos innumerables decisiones cada día —desde comernos un aperitivo a salir a cenar con alguien— sin detenernos realmente a pensar sobre ellas. Es como si pasáramos una gran parte de nuestra vida con el piloto automático encendido. Sin embargo, si se nos preguntan las razones por las que hemos tomado una decisión, el cerebro casi siempre es capaz de ofrecer una buena explicación que la justifique. Aunque en ocasiones esa explicación carezca de sentido.

En un estudio científico, los investigadores mostraron a hombres y mujeres dos rostros femeninos y pidieron a los participantes que indicaran cuál de las dos caras les parecía más atractiva. Inmediatamente después de que realizaran su elección, los investigadores volvieron a mostrar el rostro elegido y pidieron que explicaran su decisión. Sin que los participantes lo supieran, en el 20 % los casos se les mostró en ese momento la cara que no habían elegido, por lo que en realidad se les estaba pidiendo que justificaran una decisión que no habían tomado.

La mayoría de los participantes no detectaron la treta y, en lugar de mostrar su disconformidad, fueron capaces de racionalizar sobre la marcha una explicación de su elección asumiendo que era suya y dijeron cosas del tipo «está muy guapa en esa foto» o «me había parecido que tenía más personalidad» (debe precisarse que los dos rostros eran muy distintos entre sí, por lo que no puede pensarse que los participantes los confundieran sin más).12

Este tipo de invento no intencionado se denomina «confabulación» y nuestros cerebros recurren a él con más frecuencia de lo que nos gustaría creer. Aunque el recurso a la confabulación puede tener distintos motivos, parece ser que es una de las estrategias que el cerebro utiliza para dar sentido a acontecimientos para los que no cuenta con una explicación suficientemente clara. Los neurocientíficos creen que en el síndrome de Cotard pasa algo parecido.

Desde este punto de vista, el síndrome de Cotard surge con un trastorno cerebral causado por algún accidente de los ya mencionados (traumatismo, tumor, etc.). Este trastorno provoca síntomas como la desrealización o la despersonalización, que hacen que el paciente perciba la realidad que le rodea como ajena y «falta de realidad». El cerebro del paciente trata de dar sentido a estas sensaciones y busca frenéticamente una explicación.

Por razones desconocidas, los pacientes con el síndrome de Cotard vuelcan su búsqueda hacia sí mismos, asumiendo que si hay algún tipo de fallo en lo que están experimentando, el problema debe tener su origen en ellos mismos. Por razones todavía más oscuras, sus cerebros acaban concluyendo que la mejor explicación a su situación sería la de que están muertos, en descomposición, poseídos o cualquier otra cosa por el estilo.

Es posible que esta secuencia explicativa pueda sonar un poquito rebuscada. Después de todo, la desrealización no es un síntoma tan extraño: muchas personas (algunas estimaciones llevan la cifra hasta el 75 % de la población)13 sufren episodios similares en algún momento de su vida, aunque normalmente de forma temporal. Sin embargo, casi nadie cree estar muerto durante un episodio de desrealización. Algo más debe ocurrir en los cerebros de los pacientes con síndrome de Cotard. Los neurocientíficos creen que podría deberse a un fallo grave del mecanismo de comprobación de la verosimilitud.

El cerebro ilógico

A pesar de que nuestros cerebros recurran de vez en cuando a explicaciones equivocadas de los acontecimientos que se producen en nuestras vidas, no es normal que se dediquen a fabricar interpretaciones totalmente alejadas de la racionalidad. Nuestro cerebro parece contar con un mecanismo que analiza los pensamientos desde un punto de vista lógico para asegurarse de que pasan el filtro de la verosimilitud.

En la mayoría de las personas que sufren síntomas como los de la desrealización o la despersonalización, el mecanismo de control de la verosimilitud debería descartar de inmediato una idea como la de que su sensación de desconexión se deba a que estén muertos. Esta propuesta debería clasificarse como disparatada y lo más probable es que el cerebro no volviera a pensar en ella. Sin embargo, en los pacientes con síndrome de Cotard no parece que ese filtro de verosimilitud funcione correctamente. Cuando sus cerebros vinculan su desconexión con la posibilidad de estar muertos, la propuesta retiene su credibilidad y el cerebro la acepta como una explicación válida. El resultado es la creencia en algo que el resto de las personas consideramos sin duda delirante.

Cuando los médicos analizan los cerebros de pacientes con síndrome de Cotard en busca de posibles lesiones —y, como veremos más adelante, también en el caso de muchos otros trastornos caracterizados por delirios descabellados—, a menudo encuentran esas lesiones en el lado derecho de este órgano.

Vista cenital del cerebro mostrando ambos hemisferios. El hemisferio izquierdo se muestra en un tono más oscuro para destacar la división entre ambos hemisferios.

Por este motivo, los neurocientíficos han concluido que es en esta zona en la que debe alojarse el mecanismo de comprobación de verosimilitud.

Nuestro cerebro está dividido en dos mitades conocidas como «hemisferios cerebrales». Esta partición es literal, ya que una gran fisura secciona prácticamente en dos el cerebro. A primera vista, ambos hemisferios parecen idénticos. Sin embargo, un neuroanatomista experimentado detectará a simple vista ciertas asimetrías. Al microscopio, estas diferencias se hacen aún más evidentes. Por tanto, puede que no sorprenda saber que cada hemisferio realiza funciones en cierto modo distintas.

El reconocimiento de estas diferencias funcionales ha alimentado generalizaciones equivocadas y exageraciones en cuanto a la disparidad entre los hemisferios cerebrales. Se dice, por ejemplo, que algunas personas usan más su hemisferio derecho («con hemisferio derecho dominante») y tienden, por tanto, a pensar de manera más creativa, mientras que las personas «con hemisferio izquierdo dominante» son normalmente más lógicas. A pesar de que estas ideas se repiten a menudo, los neurocientíficos las consideran un mito. Realmente nuestros cerebros no muestran sesgos de activación hacia un hemisferio u otro y usamos los dos por igual.

Sin embargo, sí existen funciones, como ocurre con ciertos aspectos relacionados con el lenguaje, cuya ejecución depende en mayor medida de uno de los hemisferios cerebrales. Por tanto, la hipótesis de que el síndrome de Cotard se deba a lesiones en el hemisferio derecho no va desencaminada. En todo caso, la vinculación del síndrome de Cotard —y en consecuencia de un hipotético mecanismo de comprobación de verosimilitud— con el hemisferio derecho no es más que una hipótesis basada en numerosos casos observados —aunque no en todos— y estudiados en profundidad por los neurocientíficos.

Independientemente de su localización en el cerebro, la hipótesis del mecanismo de comprobación de verosimilitud es de gran importancia a la hora de desarrollar un modelo explicativo general del síndrome de Cotard. En primer lugar, algunos trastornos cerebrales provocan síntomas de distanciamiento, como son la desrealización y la despersonalización. El cerebro, como acostumbra, trata de ofrecer explicaciones de lo que ocurre. Sin embargo, su capacidad para analizar esas explicaciones y descartar aquellas que se desvían del pensamiento racional parece estar disminuida. En consecuencia, el cerebro elabora una explicación descabellada, como la de que su cuerpo está muerto (o en descomposición, poseído o algo parecido), y no consigue rechazarla.

Algunos creen que este proceso multifásico en la generación de delirios podría ser el que el cerebro siguiera también en otros trastornos delirantes, un conjunto de trastornos cuyos síntomas rivalizan con los del síndrome de Cotard por su grado de extravagancia.

Un mundo de impostores

Alex tenía cuarenta y cuatro años en 1974, el año en el que su vida comenzó a deslizarse por un pozo sin fondo. Había estado en el paro un tiempo y tenía problemas económicos, pero las cosas se torcieron de verdad cuando encontró un nuevo empleo. Sus dificultades económicas habían hecho mella en su salud mental y ahora no podía dejar de pensar obsesivamente en el dinero. Sufría un miedo continuo a perder su trabajo en cualquier momento, motivo por el que no lograba dormir más de dos horas cada noche.

Estaba claro que Alex sufría algún tipo de problema psiquiátrico, pero las cosas todavía iban a ir a peor. Mientras vivía en este caos mental, Alex fue atropellado por un coche y resultó gravemente herido en la cabeza. Los médicos operaron a Alex para detener una hemorragia cerebral y concluyeron que lo más probable es que sufriera una lesión cerebral permanente. La sangre acumulada en la región frontal derecha del cerebro de Alex había generado una presión elevada sobre un área de tejido cerebral especialmente sensible, produciendo la muerte de las neuronas de esa zona.

Alex permaneció hospitalizado durante diez meses tras el accidente. Mejoró bastante con el tiempo y los médicos acabaron por darle el alta hospitalaria durante los fines de semana para que pudiera así visitar a su familia. Durante sus traslados a casa, Alex comenzó a mostrar un comportamiento peculiar.

Nada más regresar al hospital después de su primera visita, Alex les contaba a sus médicos que su familia vivía ahora en una casa distinta a la de antes del accidente. Este tipo de afirmación no tendría que generar ningún tipo de alarma, salvo por el hecho de que la familia de Alex no se había mudado: la casa que visitó era la misma en la que vivía antes del accidente. Cuando se le pidió que describiera su nueva hogar, Alex explicó que era casi igual a su vieja casa. No era capaz de describir diferencias o cambios, pero estaba completamente seguro de que la casa no era la misma.

Los médicos de Alex podrían haber pasado por alto este episodio si el proceso lógico aplicado por Alex se limitara únicamente a su hogar. Sin embargo, Alex también afirmaba que en su casa vivía una familia distinta. Al igual que le ocurría con la vivienda, esta nueva familia era casi idéntica a la suya. Alex afirmaba que las esposas de estas dos familias tenían el mismo nombre, habían nacido en el mismo lugar, se parecían físicamente y tenían costumbres similares. En su nueva familia tenía cinco hijos, como en la original, y eran idénticos incluso en sus marcas de nacimiento. Sin embargo, Alex insistía en que podía distinguir a una familia de la otra, aunque no podía explicar cómo lograba hacerlo.

Lo sorprendente es que a Alex no parecía afectarle esta situación. Aceptaba feliz y sin reservas aparentes la presencia de esta nueva familia. No tenía muy claros los motivos por los que su primera mujer se había marchado, pero se mostraba agradecido por haber encontrado a otra persona que ocupara su lugar.

Incluso era consciente de lo increíbles que a oídos de los demás sonaban sus afirmaciones. A continuación, reproduzco una conversación con sus médicos:

Médico:

¿No te parece raro (lo de las dos familias)?

Alex:

¡Es increíble!

Médico:

¿Y cómo te lo explicas?

Alex:

No lo sé. He tratado de entenderlo por mi cuenta, y me resulta prácticamente imposible.

Médico:

¿Qué dirías si te dijera que no me lo creo?

Alex:

Lo entiendo perfectamente. De hecho, cuando lo cuento me da la sensación de que me lo estoy inventando… que algo falla. Algo tiene que fallar.

Médico:

Si alguien te contara a ti una historia parecida, ¿qué pensarías?

Alex:

Me parecería verdaderamente difícil de creer…14

A pesar de esta consciencia de la situación, Alex persistía en su creencia. Los médicos volvieron a hablar con Alex varios meses después e insistió en su idea de que llevaba bastante tiempo sin ver a su verdadera familia. Afirmó que su segunda familia había ocupado el hueco familiar que había dejado la primera.

Alex sufría lo que se conoce como «síndrome de Capgras», un trastorno que lleva el nombre del psiquiatra francés Joseph Capgras, el primero en describirlo en el año 1923. Los pacientes con síndrome de Capgras presentan una anomalía muy específica en su comportamiento: creen que las personas cercanas a ellos (como el cónyuge, los hijos o hermanos) han sido sustituidos por impostores que se parecen y actúan como sus seres queridos. Los pacientes afirman poder distinguir a estos impostores de las personas «reales» a las que han sustituido, a menudo por detalles insignificantes en su apariencia física o comportamiento, o bien por alguna cualidad intangible que el paciente no consigue explicar.

A medida que pasa el tiempo, los pacientes con síndrome de Capgras van identificando a un número creciente de impostores en sus vidas. En algunos casos, estos impostores llegan a abarrotar su mundo. «Madame M» es el primer caso de este síndrome en el mundo y fue descrito por Joseph Capgras. Ella pensaba que su hija había sido secuestrada y sustituida por una impostora. La impostora inicial fue sustituida por otra, y así sucesivamente, hasta que Madame M acumuló más de dos mil impostoras en un periodo de cuatro años. Madame M creía igualmente que su marido había sido asesinado y sustituido por un impostor. Intentó recurrir a la justicia para esclarecer la muerte de su marido, pero fracasó en su empeño al haber sido los policías sustituidos igualmente por impostores.15 El delirio puede llegar a extenderse a las mascotas, existiendo un caso en el que el paciente estaba convencido de que su perro era un impostor.16

Las funciones cognitivas de los pacientes con síndrome de Capgras son, por lo demás, relativamente normales. Su memoria suele permanecer intacta, piensan con claridad y suelen incluso apreciar lo absurdos que resultan sus delirios (a pesar de lo cual no desisten a la hora de creerlos y defenderlos). Sin embargo, sí hay ciertas cualidades psicológicas que se ven afectadas en pacientes con síndrome de Capgras.