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El miedo se me metió dentro y ahí se quedó. Para siempre. La vida de Maira nunca fue la misma. No puede caminar por la calle sin que la acompañe la sensación de que alguien la está persiguiendo. No consigue relacionarse con nadie como el resto de las personas lo hacen. No le es fácil conciliar el sueño a causa de las pesadillas que reviven hechos de su pasado. Cuando tenía doce años, un grupo guerrillero la sacó de su casa y la obligó a formar parte de sus filas. Tuvo que dejar su hogar, su familia, su muñeca favorita y todo lo que conocía para hacer parte de un conflicto armado que nunca logró ni quiso entender, un flagelo cruel y atroz que le robó su niñez y quebró por completo su existencia. En un país que sigue sufriendo los estragos de la violencia, una novela como «Reclutada» de Laura Pinilla De Brigard resulta valiente y reveladora. Esta historia es un doloroso retrato de la realidad que deben enfrentar miles de niñas, niños y adolescentes que son víctimas del reclutamiento forzado, a quienes se les saca de sus hogares y de su infancia para enfrentar una adultez prematura y una realidad atroz.
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Seitenzahl: 302
Veröffentlichungsjahr: 2025
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©️2025 Laura Pinilla De Bigard
Reservados todos los derechos
©️Calixta Editores S.A.S
Primera Edición Febrero 2025
Bogotá, Colombia
ISBN: 978-628-7759-26-8
Editado por: ©️Calixta Editores S.A.S
Correo: [email protected]
Teléfono: (571) 3476648
Web: www.calixtaeditores.com
Directora general y editora: María Fernanda Medrano Prado
Director de proyectos editoriales: Luis E. Izquierdo
Director de diseño y maqueta de cubierta: David Avendaño
Corrección de estilo: Jimena Torres
Primera edición 2025
Impreso en Colombia – Printed in Colombia
Todos los derechos reservados:
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.
Para la guerra nada.
Marta Gómez
A Camilo.
En honor a Juan Manuel Silva García (q.e.p.d.).
I
Hoy, por primera vez en su vida, Leidy compró un libro.
Ubicado a la perfección en la librería Boston, parecía pedirle a gritos que lo llevara consigo cuando se disponía a regresar a su apartamento, luego de comprar pan, huevos y panela en el supermercado del pequeño centro comercial Mercurio, a unas pocas cuadras de su casa. No era amante de las vitrinas, pero su portada, a blanco y negro, tenía un poder especial de atracción que la hizo detenerse a contemplarla: unos pequeños brazos cargando un fusil AK-47, demasiado grande para quien lo portaba, un individuo con pasamontañas, uniforme camuflado y, terciado al pecho, un cinturón de balas sin principio ni fin. Detrás, figuras humanas borrosas, adultos en perfecta formación militar. El pasamontañas impedía revelar el rostro completo: solo unos ojos oscuros, brillantes, de pestañas largas y curvas, se asomaban por el orificio dispuesto para ellos. Pero no necesitaba más para tener la certeza de que se trataba de un menor: eran brazos de niño, ojos de niño, manos de niño… ¿O niña? Reclutada, leyó mentalmente en la parte superior del libro de tapa blanda. Unos segundos después, ya estaba en la caja, ansiosa por iniciar la lectura.
Al llegar a su casa, repitió la rutina de siempre: dejó la bolsa de mercado en cualquier lugar de la cocina y aseguró las cinco cerraduras de la puerta; mientras bajaba las cortinas revisó que ningún extraño anduviera por ahí y se desplomó en la hamaca con su nueva adquisición, que comenzó a leer de inmediato:
***
Capítulo 1 - Un amor moribundo
El domingo es el único día en que uno descansa de la guerra.
Si acaso hay un momento en el que uno sonríe en el monte, ese es. Incluso usté puede ver al enemigo a tres metros suyo y estar seguro de que no se lo va a bajar.
Pero antier, domingo, aunque quería descansar, no pude. Descubrí a Jhon viéndome desde la otra orilla del río. Estaba flaco. La piel morena le brillaba con el sol. Desvió la vista cuando intenté mirarlo fijamente, tratando de que no me diera cuenta. Yo, en cambio, no pude disimular. Cada parte de mi cuerpo lo extrañaba. A gritos.
Ayer a las cuatro de la mañana yo ya estaba desayunando y con el cambuche empacado. Solo había agua de panela, ¡yo quería arepitas! No es que sean ricas, no, esa mezcla rendida de agua, harina y azúcar es horrible, pero lo bueno es que sí lo llena a uno de energía. En cambio, el agua de panela solo calma el hambre por un rato y no más.
Arrancamos a las cuatro y media, a pata como siempre, porque don Moto no quería que los paracos –o los paramilitares, como los llama el Gobierno– coronaran esa zona de la cordillera oriental. Entonces dio la orden de llegar al otro campamento a las seis de la tarde. La selva es húmeda, caliente y espesa. Claro que después de tantos años ahí metidos, uno prácticamente se acostumbra, porque solo así se puede sobrevivir.
Duré todo el camino con Jhon clavado en la mente. Intenté pensar en otra cosa, pero no pude. Se me venía esa imagen del día en que nos trajeron a la guerrilla, el día en que me dejó sola y acabó con el sueño de huir juntos. Como no llegó, me tocó irme, al mismo tiempo que la luna se escondía sin él. Nos prometieron buena plata para mandarle a las familias y poder estar juntos, pero justo le dio por no aparecer ese día en la escuela. En cambio, sí llegó el Brayan y otros tres pelados como yo, de once y doce años: Tatiana, Viviana y Cipriano. Eran unos cinco tipos, todos armados. Les dije:
«Me monto ahorita, cuando llegue mi novio».
Me contestaron que no, que ellos no esperaban a nadie, que el que no llegaba de malas, y me subieron al camión. Avanzamos un tiempo hasta que nos hicieron bajar más adelante de Triunfo a caminar. Ahí me desubiqué, no supe bien por dónde íbamos, pero le dimos pata duro. Gracias a Dios, cuando ya empezó a calentar, llegamos por una cascada grandota, tomamos agua y hasta nos reímos mojándonos unos a otros. Íbamos con la ilusión de trabajar y ganar plata para ayudar a nuestras familias. Algunos también querían dejar atrás cosas que uno vive en su hogar y que no le gustan. En todo caso, me mantuve pensando en mi mamá, en qué iba a decir cuando viera que yo ya no estaba. El atardecer nos cogió en la carretera y, como para ese entonces todavía existía la Zona de Distensión y por donde íbamos era zona de la guerrilla, pudimos cruzar sin problema. Ellos eran los dueños de todo y los que mandaban. Cruzamos y llegamos a una población indígena. Uno de los guerrilleros los obligó a darnos comida y posada y ahí dormimos. Al otro día, nos despertaron como a las cuatro de la mañana y otra vez a caminar. Yo sentía que ya no podía más; el Brayan igual, pero esos señores se veían tan bravos que no fui capaz de decirles nada. Vivi sí se quejó y uno de los tipos la empujó con el fusil y le gritó:
«¡Hágale, hágale!».
Seguimos caminando, solo que esta vez tuvimos que adentrarnos en la selva, monte arriba, entonces fue más duro. En esas duramos dos días más a punta de agua de panela, arroz y papa, hasta que llegamos al campamento, cerca al río Guayas.
En ese tiempo, recién entrados al movimiento, yo me culpaba a cada rato: dejé botado a Jhon, me decía. Hasta que un día, en medio de un combate en pleno monte, cuando iba a disparar, me encontré de frente con una cara y quedé paralizada. Pensé: hasta aquí fue.
Solo oía balas y gritos.
Cuando logré mirar bien, me di cuenta de que era Jhon apuntándome.
¡Casi me muero! Traté de disparar. Algo dentro de mí no me dejó. Él sí pudo y falló, seguro con intención, porque ese tiro no se lo come nadie. Me boté al piso. Cuando me di cuenta de que nada me había pasado, me levanté, pero a Jhon se lo tragó la niebla. En cambio, a esa imagen no; desde ese día todo el tiempo se me venía a la mente. Tanto, que a ratos dudaba que hubiera sido real.
Me decía: no, no puede ser, y en las noches me despertaba pensando: y si le hubiera disparado, ¿qué?, entonces sí quería meterse a esta guerra de mierda, solo que, del otro bando, ¡es un traidor!… ¿Y si a él también lo engañaron?
Y así, no sé cómo, me volvía a dormir.
El caso es que ayer, cuando llegamos al campamento, ya empezaba a atardecer.
Comimos arroz con lentejas y otra vez a armar cada uno su caleta y a compartirla con el que tocara. Yo ya no protestaba. En la guerra es mejor resignarse que pelear; si no, puede que a usté no lo mate el enemigo, sino su superior o su propio compañero.
Como a las tres de la mañana, me despertó Karen:
—¡Leidy, levántese! ¡Llegaron los paracos!
A uno lo entrenan para reaccionar de una vez; puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, entonces estuve lista en treinta segundos. Tomé el arma y me llené de energía. La adrenalina le da fuerzas a uno, así no haya comido.
Corrí a esconderme donde pude. Aunque se oían disparos por todas partes, si usté no sale a atacar, después le hacen Consejo de Guerra por cobarde o por traición, ¡por lo que sea y sin escrúpulos! Me tocó salir, de árbol en árbol, a ver qué encontraba. Me rozó una bala. No pasó nada. Avancé con mi fusil. Pisé algo blando. Miré al piso: paraco malparido, pensé y seguí. No se veía nadie, solo selva negra. En cambio, sí se oían tiros por todos lados. Escuché un ruido, ya no por allá lejos, sino ahí al lado, entre las matas. Apunté y me quedé quieta, calladita. Silencio aquí, disparos allá. Fui avanzando de a poquitos, con cuidado. Me hice detrás de un cedro. Una bala pegó en el tronco. La guerra es así: hay días de suerte y días que no; uno nunca sabe. Pensé: me salvé.
Disparé.
Me devolvieron una ráfaga tremenda.
Tocó atacar con otra peor.
Ahí duré harto rato echando plomo, disparándole a lo que se moviera. Se escuchaban gritos, quejidos, respiraciones. Y yo, igual, corriendo de un lado al otro, sudando como un cerdo, disparando… En esas se pasó el tiempo y empezó a amanecer. Maldije. Ahora sí se va a poner fea la cosa, pensé. Porque claro, ya de día esconderse es más jodido y a usté el enemigo lo ve más fácil. De pronto, hubo un silencio largo. Esperé un rato, ¿qué tal que me estuvieran engañando? Nada, ningún ruido, ninguna bala. Ya ni siquiera allá lejos.
No sé por qué, decidí ir a mirar.
A uno le dicen que no, que si ya ve la zona despejada, que no sea güevón y se retire. Pero quise avanzar. Volví a pisar algo blando. Creí que era otro paraco. Ya me iba a ir, pero me dio por mirar al piso y ¿qué me encuentro? ¡Un cuerpo bocabajo! Pensé: ¡Lo maté!, ¿será que es Jhon? No, no, no, él está más flaco, este muy gordito.
Me acerqué.
Sentí frío.
Justo al fusil le dio por empezar a moverse solo.
Hice fuerza para que no temblara más.
Un pie no me respondía.
Más frío.
La cara empapada. Con el pie que me funcionaba, y sin bajar el fusil, empujé el cuerpo por la cadera. Muy pesado. No se volteó. Ese man no es tan pesado, me dije. Lo empujé otra vez. Se voltearon solo las piernas.
Sangre.
Empujé por el brazo, con el mismo pie.
Una vez. Dos. Tres.
Por fin lo pude voltear por completo: ¡Jhon!
Caí al piso, le solté la mano con la que tenía agarrado el fusil como a su propia vida, se la cogí y le cerré los ojos, porque me miraban con rabia. De pronto, sentí algo mojado. Me miré: llena de sangre. No hay nada que hacer, me tengo que devolver. Pero ya la otra pierna tampoco respondió.
Entonces, en medio del calor de la selva, me acosté a su lado y lo abracé.
***
Leidy cerró el libro, se quedó pensando que no resultó como lo imaginaba y notó una sensación extraña, algo se movió dentro de ella durante la lectura, algo que la dejó ensimismada y ahora le impedía detener la oleada de pensamientos que inundaba su mente, esa que solía acompañarla hace algunos años y que, hasta hoy, había logrado dominar. Fue a la cocina por una Cóndor helada, la cerveza más económica del mercado y la única que le gusta, y regresó a la hamaca a pensar.
II
Alas tres de la mañana, Leidy se enfrentó a la tediosa imposibilidad de conciliar el sueño de nuevo, luego de haberse despertado en medio de una pesadilla que revivió el combate narrado en el libro con tal nitidez, que dudó si lo había estado soñando o viviendo. Y, aunque podría jurar que escuchó una ráfaga, cuando se asomó por la ventana no encontró más que el silencio y la quietud propios de aquella hora. En todo caso, prefirió revisar, una a una, las cinco cerraduras de su apartamento, las mismas que le costaron meses enteros de trabajo y ahorro disciplinado, incluso la primera, que ya estaba ahí cuando se mudó, pero que tuvo que cambiar porque no podía permitirse vivir en un lugar del que alguien más tuviera llave. El dueño se enfureció al enterarse, pero Leidy le replicó: «Tranquilo, sumercé, que es para mí. Yo con usted no me meto, no lo voy a robar, no se preocupe». Su tono fue tan serio y su mirada tan firme, que el hombre no le discutió ni volvió a visitarla en más ocasiones que el treinta de cada mes a las siete de la noche, cuando Leidy pagaba, sin excepción, su cuota de arrendamiento.
«Cuarenta mil pesos», le había dicho el cerrajero que costaba cada guarda. ¡Uy! Ni que fueran de oro, pensó Leidy. En todo caso, al día siguiente consiguió una alcancía en forma de cerdo y de plástico para no tenerla que romper cada vez, a la que fue añadiendo las monedas que los clientes le daban de propina y los pesos que le sobraban al final de la semana. Cada quince días, sacaba el dinero y contaba moneda por moneda, billete por billete, hasta completar los cuarenta mil y volver a empezar.
Encontró todas las cerraduras aseguradas, sin ninguna señal de forcejeo. ¿Cómo puede ser?, pensó, si lo que soñé parecía tan real. Tendría que volverse a dormir, pero, como ya estaba alerta y se sentía incapaz de hacerlo, decidió preparar un agua de panela y sentarse a leer un rato mientras llegaba la hora de marcharse a trabajar:
***
Capítulo 2 – Adelaida
A mí me cambiaron la muñeca por un fusil.
Era hermosa: con el cabello amarillo y los ojos azules, parecía gringa. Tenía un botón para hacerla llorar y apenas uno le colocaba el tetero, paraba. Yo le puse Adelaida, porque así se llamaba la hija del patrón de mi papá, que era idéntica. Me la trajo la última Navidad que estuvo allá en la casa. Me dijo que la niña no había podido venir, pero que ahí me mandaba de regalo. Después de eso, solo le hacía llegar razones a mi papá y plata para mantener la finca y los animales, pero no regresaron. ¿Quién sabe si ahora la cosa esté mejor por allá? El caso es que yo no los volví a ver. Y de ahí en adelante era Adelaida para aquí, Adelaida para allá: la sentaba a comer conmigo, le cambiaba el pañal, le tenía una cobija, le contaba cosas… Mi mamá me decía:
«Ay, deje de molestar con eso, que solo es un juguete. Además, está viejo y ya casi toca botarlo».
«¡Qué es mi hija, mamá!», le contestaba yo, cansada de tener que repetirle siempre lo mismo. «Se llama Adelaida y es su nieta». Y me iba a jugar.
La tenía ya sucia de tanto meterme con ella por los potreros, entre las vacas y la quebrada Santa Rita. Pero todas las noches me robaba un papel de la cocina de esos que absorben, lo mojaba un poquito y la limpiaba. Cuando me cuadré a Jhon, por la pena de que me viera en esas, la dejaba guardada entre el armario. En las noches la sacaba, le pedía perdón por haberla escondido y le contaba lo que había hecho en el día. Nos arrunchábamos y dormíamos juntas.
Ella siempre me escuchó.
Siempre me entendió.
En eso era lo que pensaba mientras limpiaba mi fusil. Herida y todo, conectada a una bolsa de suero y sin poder caminar, me mandaron a dejarlo reluciente por si cualquier cosa y para que no se vaya a dañar mientras me recupero.
Me veía enjabonándole la cara a Adelaida, las manitos, peinándola para que mi mamá no la viera fea y en un descuido mío le diera por botarla a la caneca. Cada uno es responsable de su fusil y tiene que estarlo aseando y engrasando a cada rato, sobre todo después de combate, porque ahí termina vuelto nada: lleno de tierra, pasto, a veces piedritas que se le meten y, claro, sangre. Y cualesquiera de esas cosas se le van por el cañón y traban el arma; entonces hay que ser muy cuidadoso, porque donde se le dañe o lo pierda, lo ponen a combatir sin dotación hasta que usté logre quitarle una al enemigo. Toca descargarla primero, que no vaya a matar a alguien por error o, peor, a usté mismo. Bueno, aunque si eso pasara, tampoco sería tan malo, una buena manera de darle fin a esta vida de mierda. Luego se agarra el cepillito y uno se lo mete por el cañón hartas veces. Después coge un palo más grandecito, le envuelve un trapo y desbarata el fusil. Con el palo envuelto, limpia bien por todo el hueco y sopla para que salga el polvo. Si acaso se necesita, moja un poquito el trapo. Por último, tiene que brillarlo bien, porque al final eso es lo que van a ver los superiores y de nada sirve que esté limpio por dentro y sucio por fuera.
La misma le da.
Recuerdo que me la entregaron al quinto día de estar en la guerrilla, el segundo de haber llegado al campamento, hace mil setecientos sesenta y nueve días. Brayan y Tatiana, los únicos todavía vivos de los que entraron conmigo, dicen que no, que llevamos mil setecientos sesenta y seis días. Pero no. Lo que pasa es que ellos no cuentan el día en que nos incorporaron y los dos días más de caminata, porque llegamos al campamento tarde en la noche. En cambio, para mí, cuenta desde el primer minuto en que esos tipos me subieron al camión: mil setecientos sesenta y cuatro días. Entonces hace mil setecientos sesenta y nueve me dieron el fusil.
Nos levantaron bien temprano, cuando todavía estaba oscuro. Yo no me acordaba de que estaba ahí, pensaba que era mi mamá despertándome y alcancé a decir: «Ay, no, espéreme un poquito más». Pero alguien me pegó una patada en la cintura y me gritó que me levantara, que aquí ya no estaba mi mamá para cuidarme el sueño. Soltó una carcajada y empezó a decirle a un compañero:
«¡Qué tal esta! Dizque un ratico más, ¿qué dice?, ¿le contamos al jefe o no?».
Yo miraba aterrorizada.
Quedé parada y despierta en un segundo.
El otro le contestó que no, que más bien esperaran a ver cómo me portaba y que si seguía así, a la próxima, sí me echaban al agua, me delataban. Yo sentí unas ganas enormes de llorar. Pero no lo hice, sino que obedecí: que se levanten, que arreglen su cambuche, ¡rápido!, que se paren acá, en una línea, tiene que ser recta, porque si no, no es una línea, el de allá, dé un paso al frente que está torciendo la línea, eso parece una culebra. Y así. Nos mirábamos entre todos, niños de entre once y trece años máximo. Ninguno decía nada. Solo acatábamos instrucciones. Yo me hice en la mitad de la tercera fila, la de más atrás. Pero el mismo tipo que me había pegado, que estaba al frente de todos mirándonos, gritó:
«¿Dónde está la niña que quería dormir más?».
Silencio.
«¿Dónde estááá?», gritó más fuerte.
Me puse helada en medio de ese calor de selva.
«Que ¿dónde putas está? ¡Que hable rápido o empiezo a disparar!».
«¡Aquí!», grité.
Las piernas me temblaban.
«¡Un paso al frente!», me ordenó.
Yo intenté darlo, pero los pies no me respondían. Tampoco se lo podía decir. Se me escapó una lágrima y me la limpié con fuerza para que no salieran más. En ese momento, cualquier lamento significaba una amenaza para mí. Sentí que alguien por detrás me agarraba del hombro.
«¡Camine!», me gritó el de atrás. Y luego me repitió en un susurro que anduviera, que no fuera boba, y me empujó con el cañón del fusil.
Fue con decisión, más que con fuerza, porque claro, tenía que empujarme, pero fue suave, no a las malas. El caso es que yo no me lo tomé a mal, sino que obedecí. Como pude, caminé hacia el frente con el tipo detrás de mí. Silencio total. Solo se escuchaba el canto de los pájaros, los grillos y otros bichitos.
Nadie hablaba.
Nadie, excepto nosotros dos, se movía.
Yo seguía helada.
«¡Rápido!», gritó el tipo de adelante. Después supe que era don Moto.
Por fin llegué al frente. El de atrás dejó de empujarme, pero se quedó parado detrás de mí. Podía oler su respiración y su cuerpo rígido.
«¡Voltéese!», me ordenó don Moto.
Lo hice y quedé mirando a los demás niños, formados en tres filas. Empezó a hablar, yendo de un lado al otro. Cuando pasaba por mi lado, caminaba a mi alrededor, muy cerca, amenazante. Sentía su aliento en la nuca y la boca del fusil que rozaba mi cuerpo.
«Muchachos, bienvenidos al movimiento guerrillero bolivariano, el ejército del pueblo», dijo en voz alta, hablándole a todo el grupo. Tenía una voz fuerte y gruesa, pavorosa, que le salía de los intestinos. «De ahora en adelante, esta es su familia. Sus nombres… a nadie le importan acá, ¡a nadie! Los vamos a bautizar nuevamente, con su nombre verdadero, ese que los hace pertenecer a nuestra Organización. Acá el reglamento es claro. Lo único que tienen que hacer, es cumplirlo y no hacer preguntas bobas. ¿Entendieron? Nada de seguir como esta», me señaló con el fusil, «que creyó que seguía en su casa y quería dormir más. ¡Nada de eso! Acá se madruga siempre. Porque mientras el Estado opresor duerme, nosotros ponemos en marcha la revolución del pueblo. Esa de la que ustedes hacen parte ahora. Así que hoy, niña, es una amonestación, pero la próxima… no hay próxima, ¿me entendió?», gritó. Yo solo dije que sí con la cabeza. «¡Que si me entendió!», volvió a gritar.
Los ojos rojos.
«Sí, señor», contesté.
«No es más, compañeros», se retiró.
Entonces, otro se paró al frente y dijo:
«Ahora, les vamos a entregar sus fusiles. Cuídenlo como a su propia vida, porque si lo pierden, les toca conseguir uno del enemigo. Y a don Moto le gusta que los tengan limpiecitos, bien brillantes, así que, ¡ojo! No se preocupen que les vamos a enseñar a usarlos. Por ahora, vean cómo se dispara».
Empuñó su fusil, me lo pasó por la nuca haciéndome sentir el cañón helado y apuntó hacia otro lado, donde no había nadie. Me volteé para poder ver. Hizo tres disparos seguidos: ¡pam-pam-pam! El sonido se ahogó en la espesura de la selva. Silencio. Sentí algo caliente entre mis piernas, húmedo. Creí que era el sudor.
Dos o tres de los otros guerrilleros que estaban ahí parados, empezaron a repartir fusiles, uno a cada uno. Luego, unas bolsas.
«En la bolsa están sus pertenencias. Cuídenlas, porque aquí no hay nada de repuesto. ¡Descansen!», gritó y se retiró.
Yo agarré la bolsa con una mano e iba a alzar el fusil con la otra, pero pesaba como una piedra de río. Aunque lo jalé con toda la fuerza, era como si estuviéramos ahí clavados en el suelo. Además, se sentía caliente. Así que dejé la bolsa botada, agarré el cañón con las dos manos y lo arrastré hasta un árbol, donde no había nadie.
Puse el fusil a un lado, muerta del susto de que se fuera a disparar.
Ya iba a devolverme por la bolsa cuando otra vez sentí eso caliente y húmedo entre las piernas. ¡Me había hecho pipí! Y ahora, ¿cómo me iba a limpiar?, ¿dónde podría cambiarme?, y ¿con qué? Otra vez quise llorar. Me di la vuelta para poderlo hacer sin que lo notaran y quedé mirando la espesura de la selva. Pensé en escapar. Se veía fácil… Un golpe en la espalda me despertó del ensueño.
«¡Tiene que estar atenta!», me advirtió un guerrillero. «Por acá lo que deja botado, se pierde. Y si se pierde, se jode», y se fue.
Me limpié las lágrimas y miré qué me había lanzado: ¡mi bolsa!
El hombre tenía la misma voz del que me empujó con el cañón. Lo vi alejarse: era mayor que yo, caminaba con seguridad y pasos fuertes, parecía que el fusil no le pesara ni un poquito, tenía la piel morena y el cabello negro, muy cortico. Iba vestido de camuflado y tenía una pañoleta amarilla amarrada en la parte superior del brazo izquierdo, como todos. Unos días después supe que se llama Dariel.
Abrí la bolsa emocionada, a ver qué era lo que nos habían dado: dos pantalones y dos camisas de camuflado, dos camisetas blancas de algodón, dos pares de medias de color verde militar, un par de botas de caucho negras, marca Machita, una boina negra, un cepillo de dientes, una crema de dientes y un paquete de toallas higiénicas. Y ¿yo para qué quiero esto?, pensé cuando las vi.
Luego, tomé el fusil. Lo miré. ¡Me acuerdo de que me pareció enorme! La culata y el resorte recuperador eran cafés, de madera. Lo demás, negro. Incluso la cuerda que le amarran para que uno se lo pueda colgar. Brillaba con el sol. Lo toqué con cuidado, suavemente, porque ¿qué tal que se me disparara?
«Si vas a ser mi compañero», le dije al fusil, «y te tengo que cuidar como a mi vida, entonces a ti también te voy a bautizar: te vas a llamar Adelaida».
***
Al terminar el capítulo, Leidy miró el reloj y se dio cuenta de que ya eran las cuatro de la mañana, hora de bañarse si no quería llegar tarde a trabajar, así que, mientras tibiaba un poco de agua de panela, se dio una ducha rápida y helada.
III
Por fin llego de trabajar!, pensó Leidy, que se moría de ganas por continuar con la lectura de su nuevo libro. O, tal vez, lo que en realidad sentía era necesidad. Sí, su cabeza insistía en que ‘necesitaba’ seguir leyendo ese libro. Y, a decir verdad, su corazón también, pues había tenido a Adelaida incrustada en su mente todo el día, mientras tenía que aguantar a doña Myriam, su jefe, que justo estuvo encima vigilándola: que llegara a la hora exacta, que no tuviera aliento a alcohol, que no hablara por celular en horas laborales, que completara adecuadamente cada oficio, que los clientes estuvieran bien atendidos. Con sus ochenta kilos de más, cada paso que daba hacía retumbar la panadería, las viviendas vecinas, ¡la cuadra entera! Leidy se llenaba de pavor cuando la veía acercarse con su imborrable gesto enfurruñado, pues pocas veces lo hacía para felicitarla: «Limpie aquí, limpie allá. Esto quedó sucio, esto también. ¿Qué van a decir los clientes? Que el pan que les damos lleva cucarachas dentro, ¡me hace el favor y no se va hasta que me deje todo impecable!», repetía impaciente.
Leidy ingresó a su apartamento, cerró la puerta, les puso llave a las cinco cerraduras, constató que cada una hubiera quedado bien asegurada e hizo una ronda para verificar que estuviera vacío, siempre dándole la espalda a la pared, con la mirada al frente y atenta, sin distracciones. Revisó, una a una, las tres ventanas: en la sala-comedor, en la cocina y en su habitación. Todas cerradas. Luego, revisó la calle, la lámpara del alumbrado público estaba encendida y nadie extraño por ahí. Todo en orden.
Se sirvió arroz y lentejas en un plato hondo y los calentó en el microondas, ese aparato mágico que descubrió hace unos pocos años y que no terminaba de asombrarla y ahorrarle horas enteras de cocina. Tomó una Cóndor helada de la nevera, sacó su comida y se recostó en la hamaca a leer:
***
Capítulo 3 – La enfermería
Cuando me trajeron para acá, ya me habían hecho los primeros auxilios de la pierna. Después me amarraron a una mula y, durante seis horas, nos enmontamos, anduvimos monte arriba hasta llegar acá. Lo único que sentí fue la punta de cada hueso que se me clavaba por todos lados.
Al final, me quedé dormida.
O me desmayé.
No sé.
Pero acá desperté, acostada en esta cama, que dicen que no es cama, sino camilla.
Al comienzo me dio un ataque, quería liberarme de todo, grité como una loca que me soltaran, que yo no me iba a dejar hacer nada otra vez, me arranqué el cable, traté de salir corriendo, pero con esta cojera maldita, me caí y hasta ahí me llegó. Yohana me agarró, me dijo que me calmara, que no era para tanto, que solo me iban a cuidar una pierna, que dejara la histeria.
Me volvieron a colocar una aguja que me chuzaba el brazo y un cable que salía y daba no sé cuántas vueltas antes de llegar a una bolsa de suero. Prometían que con eso me iba a mejorar. ¿Quién sabe? Yo me sentía amarrada, porque con esa joda no podía moverme para ningún lado. La pierna derecha quedó intacta; la izquierda, jodida. Dicen que la bala me entró por delante y salió por detrás, que por eso boté tanta sangre, pero que no alcanzó a tocar el hueso.
—Se salvó —me dijo Yohana—, porque si no, le hubiera tocado irse para Bogotá y ahí sí nadie responde por lo que le pase. Algunos nunca vuelven.
—Ah, bueno, gracias —le contesté, ¿qué más le iba a decir?
—No me dé las gracias a mí. Déselas a Dariel, que fue el que la sacó de allá.
No dije nada. La mujer se fue.
Es un campamento distinto a los otros: se ven pocas armas y todo es más callado y tranquilo. Se alcanzan a escuchar los pajaritos, uno que otro rugido y algunos micos. Lo llaman La Enfermería. Tiene un cambuche de madera con paredes y techo de lona, que es donde se la pasa Yohana, la enfermera. Le decimos La Oficina. Parece que ella es la que manda acá, porque no se hace nada sin que ella autorice. Y siempre está visitándolo a uno a ver cómo sigue. Es la que decide si a uno le dan o no un medicamento. No siempre depende de si usté lo necesita, sino de si «hay existencias», como dice ella. Yo la molesto y le digo: «¿Hay existencias de cerveza? Eso seguro me quita este dolor tan berraco». Ella sonríe y no dice nada. Aparte de La Oficina, está La Casita, que es donde me tenían al comienzo y donde se quedan los enfermos más graves. Ya después de eso, a uno lo mandan a armar su propia caleta y ahí duerme. Según me ubico, debo estar todavía en la cordillera oriental, entre el Parque de Los Guácharos y la Cordillera de los Picachos. Como por acá la selva es tan espesa, lo bueno es que no se necesita estar armando y desarmando la caleta a cada rato, porque acá es difícil que llegue el enemigo. En todo caso, a uno siempre le están recordando que no es que la guerra se haya acabado, ni que no nos vayan a atacar, que hay que estar pilas, con el fusil cargado y listo y los ojos bien abiertos.
En La Casita estuve como un mes. La aguja esa me la quitaron como a los tres días de estar acá y ya con eso me sentí más libre. Aunque todavía no podía desplazarme, el dolor de la pierna era tenaz. Debo estar como un marrano, porque sin moverme para ningún lado y sin siquiera entrenar, es muy difícil. Al mes ya Yohana me puso a hacer unos ejercicios con los pies, luego con las piernas: que veinte de esto, diez de lo otro, camine de aquí para allá, de allá para acá, despacio, agárrese de algo, no va y sea que se caiga, y así. Duré como otro mes en esas y ya después, hace como quince días, me tocó armar mi cambuche y me ordenaron caminar más, colaborar en la cocina, hacer cositas que también le ayudan a uno a pasar el rato, porque ya estaba desesperada.
Esta mañana, después del desayuno, me puse a hacer las caminatas que me ordenaron, dizque, para que se termine de arreglar la pierna y a mirar el paisaje, porque qué más hacía.
En esas estaba, cuando de pronto escuché una voz por ahí. Pero yo no veía a nadie. Alguien me silbaba, chiflaba, pero pasito, seguro no quería que se dieran cuenta. Entonces busqué entre las matas y sí, ¡ahí estaba Dariel! Bien escondido detrás de un matorral, con esa carita hermosa de papito rico que me encanta. ¡Yo me pegué una emocionada! Dariel me tuvo que tapar la boca con la mano para que no gritara.
—¡Venga! —dijo en un susurro y me jaló detrás del matorral.
—Y ¿usté qué hace acá? —le pregunté, tratando de hablar pasito.
—Quería venir a ver cómo sigue.
—Pero si lo pillan, lo matan. Donde don Moto se dé cuenta de que sumercé vino a verme, me manda a partirlo en pedacitos. ¡Para qué se pone a hacer güevonadas! —le dije. Ya me iba a ir, pero Dariel me jaló del brazo.
—Tranquila, mi amor, que nadie se va a dar cuenta. A mí me mandaron solo, a hacer un reconocimiento de terreno. No van a sospechar nada. Más bien, cuénteme cómo está.
—Pues bien, Dariel. ¿Para qué le digo que no? Aunque mamada de estar quieta. Eso lo pone a pensar a uno y a mí no me gusta pensar. A veces le entra a uno una nostalgia tremenda, que uno quisiera matarla como sea…, usté me entiende.
—Sí, sí, yo sé, eso no es fácil, pero ¿y la pierna?
—Pues bien, véala cómo quedó de bonita —Por fin le sonreí—. Ya responde para caminar, para saltar, para hacer los ejercicios esos. Quién sabe cómo vaya a ser ya con entrenamiento y combate y toda la cosa… pero bueno, don Moto tendrá que entender.
—Sí, claro, ¡más le vale! En todo caso, aproveche, porque acá no mandan a cualquiera. Solo a los que tienen rosca, como usted.
—Y sumercé, ¿cómo está? —le pregunté, tratando de ignorar lo que acababa de decir. Una cosa es vivirlo y otra que se lo digan en su propia cara.
—Bien.
—Y Mayerli, ¿qué tal? ¿Sí le da buena vida?
—Sí, sí, bien. Usted sabe que nunca va a ser igual que con sumercé, pero al menos tengo compañía.
—Pues me alegra por usté, Dariel. Ojalá le vaya bien con esa mujer.
—Gracias, mi amor. Aunque usted sabe que acá la estoy esperando cuando me diga, ¿no?
—Ay, Dariel, no empiece a molestar con eso. Mejor váyase ya, que si no, me van a venir a buscar y no quiero que le pase nada.
—Chao.
—Chao.
Me quedé mirándolo alejarse, se veía tan bonito. ¡Y siempre tan coqueto!, pensé, porque bien echa perros sí es.
Y es que Dariel siempre ha estado detrás de mí. Después de ese día que me llevó la bolsa de cosas y me advirtió que cuidado, yo quedé confundida, porque me trataba duro, pero a la vez me ayudaba. No entendía qué pasaba. Pensé que de pronto era el único amable por acá. Como a las cinco de la tarde de ese día, o sea el sexto de estar acá, nos dieron otros paquetes y nos mandaron a hacer las caletas con eso. Yo quedé loca. No tenía ni idea de qué hacer. Él se me acercó y me dijo que tranquila, que eso era muy fácil y me enseñó a armarlo:
«Mire, usted tiene que buscar dos palos gruesos, que aguanten su peso. Amarra una punta de la hamaca de acá y la otra de acá, bien fuerte para que no se caiga. Sus cosas las deja bien escondidas por acá, que nadie se las vaya a robar. Esta bolsa de basura la abre por la mitad para que le quede más grande y se la coloca de techo. No puede quedar plano, porque si llueve, se le aposa el agua, por eso hay que ponerle una cuerda o un palo en el centro y agarrarlo de las puntas hacia la parte inferior del árbol, que quede inclinado. Y listo. Ahí ya tiene dónde dormir. Y si le da frío, me avisa». La verdad es que eso me dio tranquilidad, saber que ese man, que se veía tan fuerte y sabio, me ayudaba.
Me devolví para La Casita a descansar un rato. Ya la pierna me volvía a doler.
