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"Cuando Aether creó la existencia, pensó en las esencias de la misma. Encadenadas en los cuatro elementos y portadas por los humanos, la vida, la muerte, la inteligencia y la belleza fundamentan la base de todo lo que conocemos. Sin embargo, solo el portador que se siente en el trono podrá dirigir el rumbo del mundo. Aunque la esperanza de existir amenaza con desaparecer, la esencia de la vida abre un nuevo camino en el destino de Alexia, una adolescente que se embarca en la búsqueda de su padre en el mundo creado por Aether, y de Kilian, su mejor amigo. Juntos, se unirán a la Revolución y enfrentarán las adversidades que impone el trono. ¿Logrará Alexia encontrar a su padre? ¿Devolverán la esperanza al mundo?".
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Seitenzahl: 699
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Luis López López
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-153-8
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
Dedicado a todas las personas
que afrontan la vida con una sonrisa.
Para que nunca oculten sus sentimientos
ni cubran la tristeza con una falsa felicidad.
.
Con mis manos, construí la tierra que sostuvo el peso de la realidad.
De mi respiración surgió el aire que alentó a la existencia.
En mis ojos nació la llama que hizo arder su curiosidad.
Y, al presenciar su latido, la borré con mis lágrimas.
~Aether
- CARTA DE DISCULPA -
Cuando creé la existencia, dividí mi don en las esencias en las que la misma se basa. Idealicé un mundo en el que su poder coexistía sin intereses propios, y ese fue mi primer error. El equilibrio de las esencias era la clave de la subsistencia y no me vi capaz de sostenerlo con la delicadeza que precisaba.
Por ello, erigí cuatro torres, cada una en su elemento correspondiente, para que los portadores de las esencias controlaran el mundo que les regalé.
Y ese fue mi segundo error.
Las primeras personas que portaron las esencias pulieron la forma de mi mundo.
Cuando Airón, el primer portador de la muerte, se hizo con su trono, ahogó al mundo en la inmensidad de los océanos.
Cuando Eva, la primera portadora de la vida, se sentó en su trono, elevó las tierras para sustentar a los seres.
Cuando Jofiel, el primer portador de la belleza, ocupó su lugar en el trono, hizo que respirar fuera placentero.
Cuando Brigit, la primera portadora de la inteligencia, obtuvo su trono, avivó la llama del raciocinio.
Las esencias serían portadas por humanos, seres creados a mi imagen y semejanza, pero evité que cayeran en la tentación de sentirse superiores a las demás razas que merecían existir. Así, repartí el flujo de mi don por el resto del mundo.
Sin embargo, el equilibrio sucumbió cuando las esencias originaron una guerra por el ego de sus portadores. Una única torre resistió, aquella que se erguía sobre la tierra, y el equilibrio que deseé para la existencia terminó. En ese momento, cometí mi tercer error, elegí que mi creación tuviera la libertad de ser.
La maldad en los latidos de algunos seres me parecía irracional, nunca logré entenderla. Descubrí que el poder del ego es mayor que el mío, con lo que envié a los Guardianes para intentar retomar el control.
Decepcionado, ideé el destino de mi creación con el deseo de que ningún ego tuviera el valor de superar mis planes de salvación.
Conocer el destino de mi creación es aburrido, pero es la única manera en la que puedo deshacerme de algo tan perjudicial para la existencia ideal. Me disculpo por no ser capaz de solucionarlo de otra manera, perdí la confianza en lo existente, ya no confío en mi propio ser.
Yo también existo, también me hice existir.
Y en cada latido me pregunto si ese fue mi cuarto error.
~Aether
- ALEXIA -
Unos lunares rojos resplandecían en los iris verdes del joven que aspiraba a sentarse en el trono. El impetuoso torrente de agua que había pulverizado la colorida vidriera del salón lo engulliría sin piedad. Sonrió con los labios ensangrentados, despidiéndose del mundo que le vio crecer con la mirada fija en aquel que lo había corrompido.
Sin embargo, ni la ola más grande del océano podría acabar con él, y ambos lo sabían. Por esa razón, su rival cedió a sus peticiones.
Su deseo se había concedido, podría vivir feliz lejos de aquel lugar sin esperanza. Ni su corazón sentía el ímpetu de la Revolución ni su cuerpo la fuerza para seguir batallando.
Y eso lo reafirmó cuando su hija heredó la mirada de la vida.
Tiempo después, los ojos verdes de Alexia sosegaban la agitada salida del instituto. Su largo y ondulado cabello escarlata ondeaba como una llama que luchaba por no desvanecerse bajo la tormenta. La acompañaba un grupo de adolescentes de su edad. Sonrió al ver a Kilian cerca de la puerta. Tenía una intrigante mirada azul que la invitaba a acercarse. Su pelo era negro como la noche, con un flequillo despeinado que se posaba por encima de una ceja. Acababa de sacar un paraguas de su mochila.
—Nos vemos mañana, Alexia —comentó una de sus compañeras al ver al chico.
Los demás adolescentes del grupo la imitaron, serios, y se marcharon. Sus miradas antipáticas se oponían al chico. Alexia se despidió alzando una mano.
—¿Cómo ha ido el día, Kilian? —dijo sin detenerse.
—Estoy disfrutando de la lluvia —contestó Kilian con una sonrisa—. Por cierto, ¿vendrás al concierto de mi hermano?
Antes de que Alexia pudiera contestar, Marvin empujó a Kilian con el hombro. La mochila del chico cayó al suelo y ambos se miraron. Los ojos azules de Kilian mantuvieron su indiferencia ante la afilada mirada oscura del otro estudiante.
—¿Algún problema, llorón? —preguntó Marvin.
Estaba rodeado de otros jóvenes y era mayor que los demás. Tenía una cicatriz en la frente y el pelo rojizo. Kilian se agachó, calmado, para recoger su mochila del suelo.
—Ninguno.
El pelirrojo comenzó a reír.
—¡Lárgate de una vez, Marvin! —ordenó Alexia.
Marvin la miró antes de seguir su camino, escoltado por los demás adolescentes. Kilian se levantó y abrió el paraguas ante la mirada de Alexia. Desde que lo conocía, le había visto usar el mismo paraguas, aquel con la firma de alguien en el mango. Ambos se miraron y Kilian mostró una sonrisa.
—Ven, Álex, seguro que no quieres mojarte.
—¿De verdad vuelves a sonreír? —preguntó Alexia aceptando su invitación.
—¿Por qué no debería hacerlo?
—No dejes que te trate así. —Frunció el ceño—. Si hace algo que no te gusta, díselo.
Kilian le revolvió el pelo.
—No te preocupes, chica escarlata. —La miró de reojo—. Sabes que no me importa.
Alexia resopló y se peinó. Caminaban mientras hablaban de las clases de esa misma mañana, como de costumbre. El día era intermitentemente iluminado por los relámpagos que adornaban la tormenta.
Llegaron al pequeño jardín de la casa de la adolescente.
—¿Estás sola hoy, Álex?
—Deberían estar mis padres, voy a llamarlos.
Llamó a ambos un par de veces, primero a su madre y luego a su padre, sin éxito.
—No funciona, parece que no hay cobertura por la lluvia. —Le miró—. Mi padre suele llegar antes que yo, hoy se habrá retrasado.
—No te preocupes —dijo Kilian con seguridad—. Esperaré aquí hasta que lleguen.
—No hace falta.
—Insisto.
La mirada de Kilian la hizo olvidar la estrepitosa lluvia que caía sobre el paraguas que les cubría.
—Hace frío, ¿entramos? —propuso Alexia agachando la cabeza.
Salió de la falda del paraguas para entrar a su casa; parecía no importarle la lluvia. Estaba demasiado centrada en ocultar sus mejillas sonrojadas. Kilian la detuvo agarrándola de un brazo.
—Llévatelo.
Puso sobre ella el paraguas para que no se mojara.
—No, no quiero que te resfríes —negó Alexia antes de girarse hacia él.
Las gotas se estrellaban sobre ella en la tela del paraguas. Kilian seguía bajo la lluvia; su ropa se empapaba y de su oscuro flequillo caían finos hilos de agua.
—Yo tampoco quiero que te resfríes, Álex.
Alexia agarró inconscientemente el mango del paraguas. Las gotas se detuvieron en el aire cuando los ojos azules de Kilian adornaron la oscuridad con el reflejo de sus iris verdes en ellos.
—Así te resfriarás tú, idiota —comentó Alexia con el corazón acelerado.
—Me gusta la lluvia, Álex.
En ese momento, Kilian abrió los brazos y mostró una sonrisa radiante.
—Iba a cubrirme en la entrada, no era necesario —reprochó Alexia.
Después, se acercó a una maceta que había cerca de la puerta. Debían subirse un par de escalones para llegar y un pequeño techado la cubría por completo. La maceta tenía un cactus con hermosas flores rojas en su parte superior. Miró a Kilian, que seguía a la intemperie.
—Si mojas mi casa, te echo a la calle.
Kilian se rio y se resguardó bajo el techado.
—No me gustaría quedarme solo en la calle.
Alexia le dejó el paraguas para levantar la maceta. En el suelo había una llave.
—¡Calla! ¡Mira mi pequeño truco! —exclamó al mostrarla.
El chico asintió con una sonrisa.
—Ya veo. —Se detuvo—. Por algo eres la más inteligente del instituto.
Alexia se rio. Después, intentó abrir la puerta, sin éxito.
—¿Todo bien, chica escarlata?
—No puedo abrirla —masculló entre tirones.
—Permite que un hombre valiente y fuerte te ayude —dijo Kilian antes de cerrar el paraguas y forzar la llave.
Alexia arqueó una ceja y se cruzó de brazos.
—No necesito a ningún hombre valiente y fuerte. —Kilian le hizo caso omiso y sacó la lengua para centrarse—. Por suerte, mi amigo no lo es —prosiguió.
Se encogió de hombros y se puso un mechón detrás de la oreja.
—Dime que soy gracioso, al menos.
—No, eres idiota.
Tras varios intentos, la puerta se abrió. Al entrar, intentaron encender la luz; estaba todo oscuro y había un olor desagradable.
—La luz no se enciende —dijo Alexia después de haber pulsado por enésima vez la llave de la luz.
—Es culpa de la tormenta, pronto volverá —dijo Kilian en su intento de aportar seguridad con la sonrisa que mostraba siempre.
Después, encendió su teléfono para tener algo de luz que le permitiera avanzar hasta el paragüero que Alexia tenía cerca de la entrada. Cuando lo encontró, colocó el paraguas dentro. Se fijó en una mancha del suelo.
—¿Y esto? —se preguntó.
Por otro lado, Alexia se apoyó en la puerta del salón. Estaba vacío.
—Esto no tiene ni pies ni cabeza —dijo, pensativa.
Kilian se acercó a ella.
—Tranquilízate —dijo con pies de plomo—. Tu padre vendrá pronto del trabajo.
Le puso una mano en el hombro antes de sentarse en el salón. Alexia lo imitó, pensativa. Dejaron sus mochilas en el suelo, apoyadas a la parte baja del sofá.
—¿Dónde está tu madre?
—No lo sé, Kilian.
La lluvia manchaba el silencio. Kilian tenía la mirada perdida en la mochila de su amiga. Estaba intranquilo.
Los relámpagos iluminaban sus caras cada vez que aparecían entre las nubes. El chico se encogió de hombros.
—A lo mejor te están preparando una fiesta sorpresa.
Alexia no pudo evitar sonreír.
—Si no es mi cumpleaños, idiota.
Kilian se rio.
—¡Ah!, ¿no?
La chica suspiró y negó con la cabeza.
—¿Tienes hambre, vacilón?
—Bueno, si me ofreces algo, no lo puedo rechazar.
Alexia se levantó hacia la puerta, sin mirarle. Conocía a su amigo y sabía que tenía la odiosa costumbre de ocultar sus emociones detrás de bromas y sonrisas.
—¿Te ocurre algo, Kilian?
Kilian cerró los ojos y se apoyó en el respaldo.
Se perdió en la golpeada sinfonía de la lluvia. Para él, esas gotas eran las lágrimas del cielo, y el tejado la mano que las secaba para que nadie se mojara con su tristeza.
—No me pasa nada, Álex.
Alexia observó la oscuridad del pasillo antes de salir. Detestaba que Kilian no fuera sincero, pero era una conversación que había repetido demasiadas veces.
De repente, volvió la luz. La televisión se encendió y asustó a Kilian por el sonido. El chico se incorporó con rapidez y cogió el mando a distancia para bajar el volumen. Había una señora dando las noticias; advertía de la llegada de una potente tormenta que podría causar grandes daños al inmobiliario de la ciudad.
Alexia no se percató de la mancha de la entrada cuando atravesó el pasillo. La puerta de la cocina también tenía manchas y varios arañazos. El marco también estaba roto por algunas zonas, como si hubiera sido golpeado con rudeza. Alexia, sin percatarse de ello, la abrió. Sus ojos se llenaron de lágrimas bajo la presión de un silencio amargo. Le tiritaba la mano con la que sujetaba la manivela. Su corazón se aceleró y sus rodillas cedieron.
Deseó que nada fuera real.
—¿Álex? —preguntó Kilian al escuchar la caída— ¿Estás bien?
Alexia no era capaz de contestar.
Kilian se acercó a la cocina, y lo que vio le obligó a retirarse al baño, mareado.
—¡Ayúdame! —sollozó Alexia cuando su única compañía la abandonó ante la realidad.
Estaba sola. El hedor de la muerte le revolvió el estómago como si aquel ambiente cálido hirviera sus entrañas. Unas finas lágrimas resbalaron tímidamente por sus mejillas. Los latidos de su corazón le aporreaban el pecho con rabia, y el dolor que le hacían solo se amainó cuando una brisa fresca acarició su cabello.
—Alexia —musitó alguien tras ella.
La chica soltó la manivela y se levantó, temblando. Alzó la cabeza y vio la cara de su padre. Era un hombre recio y alto, con el pelo castaño y reflejos rojizos.
—¡Papá!
Lo abrazó entre llantos. Deseaba que todo fuera un sueño, deseaba no haber despertado aún, deseaba haber estado en su casa esa misma mañana.
Su padre la miró y le puso una mano sobre la cabeza. Observó el interior de la cocina con indiferencia. Grandes cantidades de sangre bañaban todas las paredes, hasta el techo. Había cubiertos y cacharros por el suelo. En el fondo, apoyado en un mueble, había un cuerpo deforme, ensangrentado, con un cuchillo clavado en el lado contrario al corazón. Tenía la mandíbula caída y el pelo rubio, largo y revuelto. En la cara del cuerpo inerte perduraba una mirada de horror, centrada en lo que quedaba de unos brazos que parecían haber sido brutalmente arrancados a trozos.
Era su madre.
Kilian oía los llantos de Alexia mientras controlaba sus náuseas en el lavabo.
«abnamA», pensaba una y otra vez.
Alzó la mirada al espejo como si se hubiera percatado de la realidad. En la pared de la cocina había algo escrito en sangre y no había logrado leerlo hasta ese momento.
—Amanda, eso pone —descubrió, sorprendido—. Es como si fuera un reflejo.
Cerró los ojos con fuerza y negó con la cabeza, asqueado. Los latidos de su corazón palpitaban al ritmo de la tristeza. En ese instante, comprendió la verdadera situación.
—Es la madre de Álex, es ella de verdad —musitó con la voz temblorosa.
Forzando una triste sonrisa, agachó la cabeza y respiró hondo. Las lágrimas bañaron sus mejillas pese a su esfuerzo por retenerlas. No había nadie que pudiera juzgarle por llorar, pero él mismo se sentía débil e indefenso.
—Álex —susurró—, no quiero que tengas que sufrir lo mismo que yo.
En el pasillo, Alexia se abrazaba a su padre sin ser consciente de que Kilian sufría tanto como ella. Miró a su padre cuando sus latidos se tranquilizaron. Él no actuaba con tristeza o rabia, únicamente le decía que se relajara mientras le acariciaba el pelo. La miraba con ternura, pero sus ojos no eran los de siempre.
—Papá, ¿cómo puedes estar tan tranquilo? —preguntó entre llantos.
Su padre la abrazó con fuerza, le impedía respirar. Apretó los dientes, cohibida.
—Papá, me estás haciendo daño —dijo, confusa.
Haciéndole caso omiso, su padre intentó sacar algo del bolsillo trasero del pantalón.
—¡Papá, suéltame! —gritó ahogadamente.
Logró alejar a su padre con un empujón. Le dolía el pecho y sentía presión en las costillas. Jadeando, encontró la libertad de poder respirar de nuevo.
Su padre se dio en la parte trasera de la cabeza contra un estante que había en el pasillo con algunas fotos apoyadas, fotos que cayeron junto a él al suelo manchado de la sangre de su madre.
—¡Lo siento! —exclamó.
Su cuello se retorció cuando se acercó a socorrerle. Alexia retrocedió y se apoyó en el marco roto de la puerta de la cocina, aterrorizada.
—¿Papá?
Kilian salió del aseo, que estaba al final del pasillo. Se detuvo un instante, confuso, cuando vio a su amiga tirada en el suelo. Su padre se acercaba a ella empuñando un cuchillo.
Alexia se apretó las manos contra el vientre, encogiéndose de dolor. Sangraba. La mirada de Kilian, azul como el océano, se inundó de una sensación que le recordaba al pasado. Las gotas de sangre que caían desde la punta del cuchillo perpetraban contra el suelo.
Sacó el teléfono para llamar a la Policía. Un hilo de agua cayó del dispositivo, inservible.
Apretó los dientes.
—No había cobertura, igualmente —susurró.
Cerró los ojos y respiró profundo. La lluvia le permitió asimilar la situación. Cuando volvió a abrirlos, comprendió lo que podría ser capaz de hacer por Alexia.
Tiró el teléfono al suelo y apretó los puños.
—¡¿Cómo te atreves a hacerle daño?! —exclamó, enfurecido.
Cogió una toalla blanca que había en la entrada del baño y corrió hacia ella; le levantó la camiseta hasta ver mejor la herida. Era profunda y no se detenía el sangrado.
—Tranquila, no pasa nada, estoy aquí contigo —dijo mientras le ataba la toalla por la cintura para taponar la herida. Miró sus confusos ojos verdes—. Álex, estoy aquí, ¿vale? —dijo poniendo la mano de su amiga sobre la herida—. Todo va bien, en un momento vuelvo contigo, aguanta.
Sollozó. Sus ojos azules se inundaron de lágrimas al pensar que la había perdido.
Alexia era la única que le acompañaba en el arduo camino de su vida. Arturo, su hermano mayor y tutor legal, apenas pasaba tiempo a su lado.
Los sollozos de Alexia le hicieron volver en sí. Se levantó, frustrado, y miró a su padre. Se limpiaba la camisa de las salpicaduras de sangre de su hija, pero a Kilian no le importó. Le empujó, consiguiendo que cayera al suelo.
Kilian se secó las lágrimas con decisión.
El padre de Alexia seguía limpiándose las manchas de la camisa sentado en el suelo, sin dar importancia a lo que sucedía a su alrededor. Kilian se impuso de pie ante él.
—¿Por qué estás haciendo esto? —preguntó.
El hombre le sostuvo la mirada como respuesta. Kilian se sorprendió y supo que esa persona no era el padre de su amiga. Esos extraños iris verdes le consumían la energía.
Tenía miedo.
Se estaba enfrentando a la muerte.
Sin previo aviso, aquel hombre saltó hacia él con una velocidad sobrehumana. Kilian cayó al suelo sin poder respirar después de estrellarse contra la pared. Le dolía todo el cuerpo. Solo pudo quedarse mirando al pelo escarlata de su amiga mientras la veía recibir patadas del monstruo que tenía delante.
Estaba intentando no cerrar los ojos, pero todo daba vueltas a su alrededor.
—¿Qué estás haciendo? No la toques más —murmuró con dificultad mientras Alexia seguía recibiendo patadas—. Pégame a mí, déjala en paz —susurró entrecerrando los ojos—. No toques a mi amiga.
Encogió los brazos con un quejido e hizo todo lo posible para ponerse en pie. Los brazos le temblaban al sujetarse contra el suelo. Finalmente, después de hacer un gran esfuerzo por levantarse, consiguió mantener el equilibrio.
—¿Acaso no me escuchas? —preguntó, tambaleándose.
Seguidamente, saltó hacia él agotando la fuerza de sus piernas. Lo agarró del cuello para alejarlo de su amiga, que yacía en el suelo con los ojos cerrados.
Kilian sangraba por el lateral de la cabeza, pero no soltaba el cuello de aquel monstruo. Ambos cayeron de espaldas tras un forcejeo y Kilian perdió la consciencia al golpearse la cabeza contra la pared. El asesino se irguió y estiró todos los rechinantes huesos de su cuello. Con el cuchillo en mano, fue a por él.
Alexia abrió los ojos, débil. Su amigo estaba a punto de morir por salvarla. Sacó fuerzas de flaqueza al verlo tirado en el suelo y, mientras apretaba su herida, intentó levantarse.
Las piernas le temblaban, pero ella intentó llegar caminando hasta el maltratado cadáver de su madre. Parecía que el asesino se había olvidado de ella. Cayó de rodillas al intentar dar el primer paso, pero siguió gateando. Sus rodillas se manchaban con la sangre del suelo y sus manos chapoteaban en ella. Cuando llegó, sacó con dificultad el cuchillo que el cuerpo tenía clavado.
Miró el cuerpo de su madre.
No supo ni qué pensar ni qué sentir.
Agarró con decisión el mango del cuchillo y fue hacia la espalda de ese ente con la apariencia de su padre. Gateó hasta que el ardor de su vientre se expandió por todo su ser. Impulsada por la presión de sus sentimientos, se puso de pie con dificultad y le clavó el cuchillo en la espalda con la fuerza que ejercía su cuerpo al dejarse caer. Aun así, fue suficiente para atravesarlo de lado a lado, haciendo que su padre cayera al suelo con el cuchillo metido en el cuerpo. Aquel monstruo se arrastró hacia la pared y se sentó usándola como respaldo. Fue entonces cuando se marchó, sus iris desaparecieron como si de un reflejo se trataran.
Alexia cayó al suelo, tiritando, y no sabía si era por frío, por miedo o por la llegada de la muerte. Sus sollozos complementaban el golpeado sonido de la lluvia. Sus lágrimas caían al suelo deslizándose tristes por las mejillas. Sus dedos temblaban.
—¡Mamá! —exclamó sin fuerza.
Los suspiros no le permitían respirar.
—¡Papá! —sollozó.
Apretó los dientes acompañando su llanto y las violentas sacudidas de su cuerpo. Estiró la mano para tocar a Kilian. Se le rompió la voz cuando la herida de su vientre se agrandó. Sentía que su cuerpo ardía y que su cuello iba a estallar. Su brazo no se movía, era incapaz de controlar su cuerpo. Lentamente, su visión se enturbió y sus oídos dejaron de escuchar el sonido de la lluvia. El olor a sangre desapareció y el contacto con el suelo se hizo imperceptible. El hecho de pensar que había acabado con la vida de su padre, la hizo desear su propia muerte. Su fuerte respiración y la presión de los latidos de su corazón la encerraron en un pesado y apagado ambiente. A su lado había un niño con el cabello blanco, vigilándola sin pestañear con unos ojos tan verdes como los suyos.
En la casa reinaba el incesante ruido de la lluvia chocando con el tejado. Los tres seguían tirados en el suelo. Una luz verdosa apareció de improviso entre la lluvia. Era una pequeña esfera luminosa que se movía como si tuviera vida propia. La bolita viajó por el cielo hasta atravesar la ventana de la casa. La esfera de luz se detuvo sobre la espalda de la chica, a la altura de su pecho y, sosegadamente, se atenuó por un pequeño hilo de luz verde que surgía entre ellas.
En ese momento, Kilian se despertó como si hubiera sido víctima de una pesadilla. Con sudores fríos, se sentó bruscamente. Después, miró a su amiga. Estiraba una mano hacia él. La agarró; estaba helada. Un repentino dolor de cabeza le atacó, poniéndose la otra mano en la frente. Al separarla, vio que estaba llena de sangre. Con la respiración acelerada, apretó los dientes y se limpió la mano con la camiseta.
Detrás de él se encontraba el cuerpo del padre de Alexia, con la camisa bañada en sangre y una perforación en el pecho de la cual salía el filo ensangrentado de un cuchillo. Kilian lo observó con indiferencia. No sentía nada, solo lo miraba. No había nadie más.
Kilian volvió a mirar a Alexia, perdido en sus pensamientos, ordenando en su mente todo lo que había pasado antes y lo que podría haber ocurrido mientras estaba inconsciente. Finalmente, llegó a la conclusión de que ella lo había salvado, no sabía cómo, pero era la única opción que tenía sentido.
—Soy inútil —susurró con los ojos llenos de lágrimas y una leve sonrisa mientras miraba a su amiga—. Siempre eres tú la que me salva.
En ese momento se puso en pie, mareado, y volvió a echarse las manos a la cabeza. Cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes; se apoyó en la pared para no volver a caer. Le escocía el brazo que había apoyado, pero no había tiempo de preocuparse por eso.
Se sobrepuso al mareo y, con el mundo dándole vueltas, cargó con el cuerpo de Alexia hasta llevarla al sofá del salón. La chica respiraba con dificultad.
Kilian la acostó en los cómodos asientos del mueble y la observó descansar. Se arrodilló en el suelo porque no podía estar más tiempo de pie, las piernas le fallaban. Él no quería dejar a su amiga sola, no quería desmayarse de nuevo, quería ayudar a Alexia, así que le apretó de nuevo la herida del vientre.
No notaba la herida.
Le quitó con esfuerzo la toalla que le había puesto antes y vio una pequeña cicatriz en el lugar donde se encontraba la herida que causó el cuchillo. Se sorprendió. Parecía que la herida era antigua, ya que estaba completamente cerrada y apenas era notoria. Confuso, se llevó de nuevo las manos a la cabeza. Una lágrima causada por el dolor vaciló con salir de sus ojos, pero no lo hizo.
De repente, la habitación se iluminó con una suave luz verdosa. Emanaba de la frente de Alexia. En ella, un símbolo soltaba la hermosa luz.
La mano de la chica se movió lentamente hasta la cabeza de Kilian, expulsando una tenue luz verde parecida a la que salía de su frente. El chico no comprendía lo que pasaba, pero no se movió, dejó que la luz verde lo iluminara con su amabilidad. Su cuerpo comenzó a sanar, ya no le dolía ni la cabeza ni el brazo.
Conquistada por el cansancio, la mano de Alexia se dejó caer sobre su cabeza. Él mantenía su asombro. La mano de su amiga había expulsado una luz y le había curado las heridas. No lo podía creer. Miró al suelo, pensativo, antes de poner de nuevo la mano de Alexia en el sofá.
Agarró el teléfono de su amiga y se puso en pie en busca de cobertura, sin éxito. Quería llamar a la Policía y advertir a su hermano. Miró hacia la ventana. Las hojas de un árbol chocaban con el cristal. La abrió antes de esquivar las grandes hojas del exterior. Las apartó para asomarse.
El jardín estaba repleto de grandes y frondosos árboles.
—No deberían crecer así por una tarde lluviosa —comentó.
La rama crecía sin detenerse dentro del salón. Kilian retrocedió, confuso, antes de salir por la puerta del salón. Se detuvo en el pasillo al ver el cuerpo inerte del padre de su amiga, desconfiado. Dio un paso sin apartar la vista del sujeto. Le pareció que se había movido. Se acercó a él antes de que su cuerpo comenzara a moverse con brusquedad: el cadáver retorcía los brazos de forma inhumana, quebrando cada uno de sus huesos. Se detuvo cuando encontró la azul mirada de Kilian en sus pálidos ojos. La mandíbula se le había descolgado. El cuchillo que tenía clavado cayó al suelo, junto al chico. Kilian lo empuñó y, con el arma en alto, retrocedió sin desviar la mirada ni un instante. El miedo se apoderó de su cuerpo. Pasó un eterno instante hasta que el cadáver se deterioró. Kilian sabía que sucedía algo extraño, pero no lograba comprenderlo.
Unos pasos a su espalda le alarmaron.
—Hola, Kilian —dijo Alexia saliendo del salón.
Ocultaba un suave bostezo con la mano y sujetaba la toalla ensangrentada con la otra. Su largo cabello escarlata ondeaba por la fresca brisa que entraba de la ventana.
—Hola, Álex, ¿cómo va tu herida? —preguntó, preocupado.
—¿Mi herida? —Al pensar un instante, observó la toalla que sujetaba en la mano y, luego, miró hacia donde antes se encontraba la herida—. Ya no me molesta, me encuentro bien.
Kilian se mosqueó. Se cuestionó nuevamente lo que estaba pasando ante él y, como era de esperar, no obtuvo ninguna respuesta lógica. Tenía miedo, así que sonrió.
La sonrisa protegía su corazón desde que era un niño.
—Álex, tu herida se ha curado en apenas unos minutos, ¿qué pasó mientras yo estaba inconsciente?
—Bueno, era tu vida o la de él, y él quería matarme, así que elegí la tuya —dijo Alexia sin titubear.
Le mantenía la mirada, tranquila. Tenía los brazos relajados. Kilian dio un respingo cuando la toalla que llevaba en la mano cayó al suelo. Alexia arqueó una ceja.
—¿Este es el chico valiente que me ayudaría?
De imprevisto, el cadáver volvió a convulsionar. Alexia lo miró. Apretó los dientes antes de que su frente se iluminara y sus iris se bañaran del rojo color de la sangre, despidiéndose de la dulzura que mostraba el verde que la caracterizaba.
La rama del salón creció hasta asomarse por la puerta; las hojas que asomaban por la ventana seguían moviéndose por el viento.
Kilian retrocedió hasta la puerta de la cocina protegiéndose con el cuchillo, tratando de deducir, asustado, qué clase de locura pasaría ahora. La gélida mirada del putrefacto cadáver lo seguía.
Alexia cogió una lámpara de mesilla que había en una mesa al entrar al salón, le dio un golpe contra la pared y la rompió, dejando una parte puntiaguda. Gritando, atravesó el ojo del cadáver, que detuvo sus espasmos y le manchó las manos de sangre. Kilian no había percibido el movimiento de su amiga, era veloz.
Alexia miraba la sangre de su padre con una sonrisa de satisfacción. Los iris rojos de sus ojos disfrutaron el contacto con la muerte.
—Álex…
Retrocedió otro paso, temblando. Apenas era capaz de sostener el cuchillo. Alexia le miró inadvertidamente, haciendo que su corazón se acelerara de nuevo. La lámpara cayó al suelo con un ruido estridente y sus ojos volvieron a su verdoso color original.
—Kilian, debo contarte algo.
Le invitó a sentarse en el sofá del salón. Sus ojos verdes miraron el árbol de la ventana al entrar. Ya no crecía. Alexia parecía haber vuelto en sí, pero Kilian la seguía con precaución.
—Creo que me ha pasado algo extraño —dijo, cabizbaja, y se tocó el pecho—. Vita forma parte de mí ahora —explicó.
Kilian se llevó una mano a la cara.
—No te entiendo, Álex.
—Es una esencia, Kilian.
El chico la miró. Las manos de Alexia temblaban, pero no se atrevió a acercarse a ella para tranquilizarla.
—¿A qué te refieres? ¿Qué es una esencia? —preguntó cruzando los brazos.
—No lo sé con exactitud —se sinceró Alexia—. Pero, por alguna razón, tengo unas ganas inmensas de ir a otro lugar —expuso, aún sin levantar la mirada.
—No estarás hablando de morir o algo así, ¿verdad?
Alexia no respondió. Levantó la cabeza mostrando una mirada capaz de viajar libremente por su alma. Los ojos de la chica se volvieron del color rojo que acompañaba el tono de su cabello.
Una tímida luz verdosa emanaba de la marca de su frente
—Iré a Yakuen —le dijo con seriedad.
Kilian retrocedió con un ardor en el pecho, incapaz de mantenerle la mirada. No le dolía, no sentía miedo, sino inquietud, como si los ojos de Alexia perforaran hasta el fondo de sus pensamientos y emociones. Como si una divinidad estuviera frente a él.
Alguien que nadie podría alcanzar.
Apartó la mirada con rudeza, sofocado, secando sus sudorosas manos en el pantalón.
—Yakuen. —Repitió Alexia, que volteó su cabeza hacia el techo, apedreado por la tormenta, frunciendo el ceño.
Bajó la cabeza, indiferente, y prosiguió:
—El nuevo mundo. Mi mundo. —Suspiró—. Tengo ganas de ir después de lo que ha pasado hoy. —Le dio un pequeño empujón a su amigo—. Realmente, todos los humanos morimos.
Kilian era incapaz de alzar la cabeza. Sabía que sus ojos no eran lo único que cambiaba en ella cuando la marca de su frente se iluminaba.
—Si no quieres venir, iré yo sola, no te preocupes. Quiero ir, ese es mi propósito. —Suspiró—. Mi padre debe estar ahí —finalizó.
Kilian apretó los dientes antes de mirarla.
—¿Te has vuelto loca, Álex? —preguntó con decisión—. ¿Piensas que voy a quedarme aquí?
Alexia volvió a la realidad, sorprendida. Sus ojos habían vuelto a ser los de siempre.
—¿Vendrás conmigo, Kilian?
Apretó los puños con un imperceptible atisbo de ilusión. Kilian sonrió. Recordó la canción que su hermano siempre tocaba en el piano cuando no podía dormir.
—Claro que iré, chica escarlata, es una gran oportunidad para descansar de toda esta gente. —Suspiró—. Además, estaré contigo. Es perfecto.
Se había tranquilizado, la sonrisa le protegió de nuevo.
Alexia cerró los ojos, feliz. Kilian miró la rama del árbol que había crecido hasta la puerta. El aire le acariciaba la piel. Deseó poder volar y escapar de su vida un instante. La luz verde de la frente de Alexia llamó su atención. Se encontró con sus rojizos iris al mirarla. Ya no se asemejaba a la chica que se asustó al entrar en su propia casa.
—Ven, Kilian —dijo ofreciéndole las manos.
Kilian la cogió de las manos, mirándola con decisión. Percibió la brillante ternura de sus iris rojos. La calidez que le transmitían le hizo olvidar el miedo que sintió hacia ellos un momento atrás. Era una mirada poderosa, capaz de dominar los latidos de quien la presenciara. Pertenecía a alguien superior a él.
Pero Alexia era su amiga, la persona más bondadosa que había tenido la oportunidad de conocer.
—¿Cuándo volveremos, Álex?
El cuerpo de la chica se vio envuelto por la luz verde que expulsaba la marca de su frente. Kilian cerró los ojos sin recibir respuesta.
Fue entonces cuando comenzó a vivir.
- ESENCIA -
Tres señales grabadas en una pared alumbraban una gran cueva. Se oía tímidamente el incesante y rítmico goteo del agua. Kilian estaba tirado en un suelo de piedra fría y húmeda, cerca del gigante trío de marcas luminosas. La luz que emanaba de la central era anaranjada. A un lado, había otra cuya luz era amarilla. Al otro, la marca que aparecía en la frente de Alexia, del mismo color verde que avisaba de su presencia. Había una cuarta marca junto a la de su amiga, apagada, lo que la camuflaba entre las señales de vejez de la pared.
Alexia estaba cerca de ellas, concentrada en la luminosa marca verde que ahora formaba parte de ella.
—Kilian, mira esto —dijo sin haber tenido que comprobar si su compañero estaba despierto o no.
Kilian se levantó, mareado. Caminó con dificultad hasta donde estaba Alexia. Su brazo también parecía haberse curado. Se sentía bien. Paró un momento y se sorprendió al ver que una de las marcas de la pared era del mismo color y forma que la de su amiga. No se apreciaba nada más, todo lo que había a su alrededor estaba oscuro. Se detuvo al encontrarse mirando las señales junto a su amiga, como si estuviera hipnotizado.
—¿Qué es eso? —preguntó Kilian con intriga—. Parecen letras.
—Vita —respondió Alexia tocando y mirando con una sonrisa una señal en forma de «V».
El grabado se asemejaba a la forma de una hoja.
Alexia tenía los iris rojos. Kilian se extrañó. Cuando ella mostraba los ojos rojos, no expresaba ni sentía ninguna emoción.
—La «V», la «A» y la «D» —susurró—. ¿Son las esencias, Álex?
—Son sus símbolos.
—¿Cómo lo sabes? Es por Vita, ¿verdad?
Tenía los ojos clavados en las flores que recorrían, cruzándose, la forma esbelta de la letra, uniéndose con gracilidad para formar el elegante símbolo de Vita.
—¡Sí, es por mi esencia! —afirmó con emoción.
Kilian suspiró.
—¿Por qué te ha elegido a ti?
Alexia le imitó.
—No lo sé. Creo que antes de conocer a Vita había alguien conmigo, pero no recuerdo nada. Sin embargo, tengo claro quién soy —replicó—. Soy el elemento Terra, la tierra representada por esta hoja que se combina con la «V» de Vita.
—¿Y esta? —dijo Kilian acercándose a la marca anaranjada.
—¡No la toques! —advirtió mientras su amigo posaba la mano en la marca.
Kilian la separó en cuanto pudo reaccionar a las palabras de su amiga.
—¡Perdón!
Alexia frunció el ceño.
—Debí imaginarlo, las esencias no se defenderían de alguien que no las posee. Cuando yo la toqué, sentí una descarga en mis dedos. Solo las de Vita y Decor me han permitido hacerlo, así que parece que a la tierra no le cae bien el fuego. —Cerró los ojos—. Hay otra, pero está apagada, desconozco si es peligrosa o no para mí.
Kilian miró la pared en busca de la cuarta marca, sin éxito.
—Tiene sentido, el fuego quema a las plantas, igual que el agua lo apaga —comentó rascándose la cabeza.
—Es como un ciclo —supuso Alexia mirando la marca anaranjada—. La que has tocado es Astuia, la inteligencia. Deduzco que tiene forma de llama porque el fuego es su elemento portador —se detuvo—. Hay cuatro elementos y una esencia para cada uno de ellos, complementándose entre sí. Las esencias son las llaves que abren las puertas de los elementos, y yo soy uno de ellos —explicó, ilusionada—. Al igual que Decor —dijo tocando la «D» sin verse atacada—. La belleza portada por Ventus, el aire, representado por esas espirales que la deforman.
—No he entendido ni una palabra, Álex —dijo con los brazos en jarras—. Además, ¿qué relación tienen la belleza y la inteligencia con la vida?
Alexia se miró las manos, extrañada, haciendo caso omiso a su amigo.
—Aquí me siento diferente —explicó—. En este lugar hay algo especial.
—¿Ves? Así es más fácil entenderte, chica escarlata.
—Siento el flujo de Vita con cada latido de mi corazón —prosiguió—. Soy la portadora de la vida, ¿te das cuenta de cómo suena eso?
El chico frunció el ceño sin esforzarse por comprender lo que, aparentemente, era incomprensible. Alexia había disfrutado al matar a aquel hombre en su casa y llenarse las manos de su sangre. Miró hacia donde debía estar la cicatriz del cuchillo en su vientre, pero no había nada. No se sorprendió, ya lo sabía. Comenzaba a interiorizar que lo que sucedía ante él no había sido mostrado nunca en su mundo. Nada de lo que él sabía podría aplicarse con certeza a esas nuevas experiencias que estaba viviendo.
—Álex, si eres la portadora de la vida, ¿por qué mataste a tu padre? —preguntó.
—Esa cosa no era mi padre —contestó, cortante.
El color rojo de sus iris se intensificó, desafiante. Cerró los puños y miró al frente.
—¿Sabes lo que era? —preguntó el chico.
—Era un enviado de Yakuen, alguien de aquí.
Kilian suspiró.
—¿Un enviado para qué?
—No lo sé.
Centró su mirada en los abrumados ojos azules de Kilian. La indiferencia de su amiga le inquietaba.
—Álex. —Suspiró.
Puso los ojos como platos cuando se percató de que había hablado en voz alta. No sabía de qué manera continuar.
—¿Qué sucede? —preguntó la chica.
Kilian tragó saliva.
—¿Por qué disfrutaste matando a esa cosa? —titubeó.
Resaltó las palabras que había dicho ella con anterioridad.
—Es simple. —Se acercó a él mostrando una placentera sonrisa—. Sentía el flujo de la muerte dentro de él, y Vita no la soporta; me dejé llevar y disfruté haciéndolo.
Sus intensos ojos rojos se detuvieron en la profundidad azul de los iris de su amigo. Le abrazó.
—Kilian, aquí incluso la vida es capaz de matar por placer.
El verde de sus iris se mostró de nuevo. El chico no sabía con certeza lo que debía hacer. Cuando se decidió por devolverle el abrazo, Alexia se separó y miró hacia la infinita oscuridad del lugar.
—¿Te apetece dar un paseo? —preguntó comenzando a andar.
Kilian no contestó, sino que la siguió tras echar un último vistazo a las marcas de la pared.
Las palabras de su amiga resonaban en su cabeza. Tenía muchas dudas. No comprendía cómo el enviado de Yakuen sabía quién era el portador de la vida, el elemento Terra. Por otra parte, deseaba saber la razón por la que su amiga ahora fuera tan distinta a como era antes. Parecía que ya no tenía sentimientos; encontró el cuerpo sin vida de su madre, mató al enviado que calcaba la figura de su padre y, sin embargo, parecía no importarle.
Usaban la linterna del teléfono de Alexia para vislumbrar el lugar por el que pasaban, pero ya no tenía suficiente batería para continuar y no iban a poder llamar a nadie usándolo desde ahí.
—Álex, ¿volvemos a casa?
—No sé cómo hacerlo.
Kilian se rio.
—¿Cómo que no? Tú nos trajiste aquí. Pensaba que íbamos a poder volver, al menos, para asimilarlo mejor.
Alexia se detuvo con brusquedad.
—Kilian, cállate —susurró.
—¿Qué pasa? ¿Acaso no puedo…?
Alexia apretó los dientes y empujó al chico, tirándolo junto a su móvil con la linterna encendida. Se puso sobre él y le tapó la boca con la mano. La respiración de Kilian se agitó.
Los ojos verdes de Alexia presionaban con intensidad la confusa mirada de su amigo. Sus mechones escarlatas llegaban a apoyarse en el suelo. Kilian se ruborizó en un instante que no quería que acabara. Su amiga estaba tan cerca que podía sentir su aliento acariciándole las mejillas. Alexia volvió a girar la cabeza hacia la oscuridad. Sus iris volvían a ser rojos como la sangre y su fuerza aumentaba cada vez más. Hizo caso omiso a los ahogados quejidos de Kilian. Sin previo aviso, una luz apareció ante ellos. El adolescente cerró los ojos.
—¡Kilian, corre! —gritó la portadora levantándose con rapidez.
Estaba conmocionado por la luz que tenía en frente. De repente, el móvil estalló, lo que lo hizo volver en sí. Maldijo por lo bajo a lo que hubiera hecho que el teléfono se hubiera roto. Miró a su amiga, escondida tras una roca. Se preguntó cómo había llegado hasta ahí en tan poco tiempo. Se dio la vuelta en el suelo y se echó los brazos a la cabeza.
De repente, Alexia le agarró del brazo. Mientras que se volvía a preguntar la manera en la que su compañera se había movido tan rápido, fue llevado hacia el lado de la misma roca en la que se encontraba antes. Les protegía de la luz.
Ocurrió tan rápido que no se dio cuenta de la enorme distancia que había recorrido en aquel instante.
Ante el asombro de ambos, todo volvió a quedar a oscuras. La chica se levantó y miró las marcas de las esencias. Para su sorpresa, se seguían viendo los símbolos como si apenas se hubiera movido del sitio de donde llegaron, aunque tenía la sensación de haber caminado durante horas.
Un instante después, la luz rojiza volvió a iluminar el sitio en el mismo lugar en el que apareció anteriormente. Irradiaba sutiles haces que iluminaban cariñosamente las paredes del lugar.
Kilian se incorporó. Se empezaron a escuchar pasos y, poco a poco, la bonita luz rojiza desapareció.
—Tohil. —Se escuchó.
Una pequeña esfera luminosa ascendió hacia lo alto de la cueva, iluminándola por completo con una luz que parecía natural, como si fuera el sol y se estuviera al aire libre. Era una cueva enorme y las paredes tenían un brillo dorado. Al surgir la luz, una figura esbelta se dejó ver bajo una caperuza que ocultaba su rostro. Era la persona que había hablado y que se acercaba a las marcas inscritas en la pared. Su voz era masculina y madura. Cuando el encapuchado llegó a la pared de los símbolos, tocó el de Vita.
—Jade tenía razón, Vita ha encontrado a su portador —comentó.
Tenía un extraño acento. Kilian se percató de algo que antes no estaba ahí. El símbolo que faltaba se había iluminado de repente, junto al símbolo de la belleza, quedando a la derecha de los demás. Era una marca en forma de «M», y expulsaba una dulce luz azul.
El símbolo atrajo la atención del encapuchado, que lo tocó. Una descarga surgió de la marca, obligándolo a retirar la mano. Se agarró la muñeca y, cabizbajo, cerró el puño. Tras un instante, el encapuchado se encaró a la roca donde se encontraban Kilian y Alexia. Se vislumbraba cómo apretaba los dientes por el dolor. Sin tiempo para que los jóvenes reaccionaran, una ráfaga de aire caliente envolvió el lugar, haciendo que la cara del encapuchado saliera a la luz.
Kilian no se movió del amparo de la roca, sino que lo observó. Tenía el pelo anaranjado y sus ojos eran de color ámbar, intensos y cálidos, lo que le recordaba al fuego. Además, era un hombre joven, pero su mirada daba muestra de una madurez sobrevenida. Parecía desgastado y mayor de lo que era. Al chico le resultaba familiar, como si ya lo hubiera visto anteriormente.
Vestía con una caperuza marrón, que ahora revoloteaba por la ráfaga de aire caliente. Debajo llevaba una camiseta blanca fina, rota en algunas zonas, que poseía cordones más abajo del cuello, unos pantalones oscuros, anchos y deteriorados que se sujetaban mediante un cordón grueso que los apretaba a la camiseta, y unas botas de piel claramente desgastadas. También llevaba envainada una espada.
—Oye, Álex —susurró—. Él es otro elemento, ¿verdad?
Al no recibir respuesta, la miró. Alexia se agarraba la cabeza con rabia, como si la impotencia la consumiera. Cabizbaja y temblorosa, era incapaz de escucharle. Kilian la agarró del hombro, asustado.
—¿Qué te pasa, Álex?
—¡Pensé que sentía a Vita, pero eras tú, Elrik! —rugió el pelirrojo.
Kilian se centró en él de nuevo.
—Álex, debemos irnos de aquí, ese hombre parece enfadado con nosotros —murmuró.
—¡Gibil!
Cuando la primera gota de sudor nació en la frente de Kilian, una enorme llamarada fue hacia ellos, rompiendo en pedazos la roca que los cubría. Dejó completamente al descubierto al chico, que miró fijamente al atacante mientras se mentalizaba en proteger a su amiga de cualquier manera que le fuera posible. Los ojos del hombre del fuego se veían tristes y cansados.
—¡Girra!
Dos esferas de luz ámbar le rodearon las manos, que se convirtieron en dos bolas de fuego flotantes que salieron disparadas hacia él. Kilian las esquivó con torpeza, saltando hacia un lado para que su amiga no saliera herida de ese ataque. El fuego abrasó parte de su ropa.
—¡Espera! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡¿Por qué me atacas?! Y, más importante, ¡¿cómo puedes hacer eso?!
De repente, la luz de la marca de la «M» desapareció, haciendo que se volviera a camuflar entre las grietas que tenía la dorada pared de la cueva. Dándole la espalda a esas marcas, el hombre entrelazó los brazos. Sus manos expulsaron la luz ámbar de siempre. Sonrió.
—No me subestimes, Elrik, sé perfectamente lo que has venido a hacer.
Kilian consiguió entenderle, pese a que no pronunciaba bien todas las palabras. Su acento era completamente desconocido para el chico. La ráfaga de aire ardiente se intensificó. Kilian se tapó los ojos, irritados, y se arrodilló en el suelo. Le dolía todo el cuerpo, parecía que su piel se derretía.
—¡Ishum!
Al hombre de fuego le salió vapor por la boca y su sonrisa se hizo más amplia. Entre sus manos apareció flotando el símbolo de la esencia de la inteligencia, rodeada por llamas. Sopló el símbolo, y salió una enorme lengua de fuego directa hacia Kilian. En ese instante, el suelo se resquebrajó y se alzó entre ellos como una barrera. Alexia se había movido al lado de Kilian con los brazos extendidos al frente y con la nariz sangrando. Sus manos estaban rodeadas de la misma luz verdosa que emanaba del símbolo de Vita que se mostraba tanto en la pared como en su frente.
—¡Álex, ya estás bien! —le dijo Kilian, emocionado, aunque él solo la veía de espaldas.
Sin ninguna contestación por parte de su amiga, el fuego acechó con agresividad la pared empedrada, que, al contacto con el fuego, se partió como si se tratara de un cristal. El fuego se volvió magma, como si hubiera absorbido el elemento de Alexia. Cuando las piedras ardientes del magma iban a golpear a los chicos, se detuvo y se secó en un imperceptible instante, cayendo al suelo con un potente estruendo.
El silencio apareció, manchado por el goteo del agua que se filtraba desde el techo de la cueva. Alexia cayó al suelo de rodillas, con los ojos en blanco. Kilian la sujetó de los hombros y se sentó para apoyarla en sus piernas. La chica respiraba con dificultad.
—Gracias por salvarme, chica escarlata, ahora cuidaré de ti —le dijo Kilian mientras le acariciaba la cara.
—¡Es ella! —exclamó el hombre que les había atacado.
—¡No le hagas nada! —gritó Kilian.
El hombre que le había atacado se acercó a ellos, sorprendido.
—¡Terra está aquí! —dijo el hombre, feliz y emocionado.
—Pyro, detente —susurró Alexia descansando sobre su amigo, con la respiración entrecortada—, por favor.
—¿Os conocéis, Álex? —preguntó sabiendo que no iba a obtener respuesta.
La chica se centraba en respirar, no respondió.
—Me alegro de que Vita haya encontrado a Terra, ahora ya habrá alguien que me pueda ayudar —dijo Pyro arrodillándose, abatido, junto a Kilian—. Vamos, no tenemos mucho tiempo.
—Se llama Alexia, no Terra —dijo—. Es su nombre, deberías usarlo.
—Calma, chico. Perdóname por lo de antes. Soy Gildeon, el portador de la inteligencia —dijo con una sonrisa.
Le ofreció la mano a Kilian, que arqueó una ceja.
—Parece que ella te importa —dijo—. Yo soy Kilian. —Después, le estrechó la mano.
Se fijó en sus ojos del color de la lava, ojos que, pese a la sonrisa del portador, se veían desgastados y doloridos. Además, se percató de que estaban repletos de lunares rojos, el mismo color que inundaba los de Alexia cuando Vita salía a la luz.
—¿Eres capaz de controlar el fuego?
—Es una de mis capacidades. Además de controlarlo, puedo crearlo de la nada gracias al flujo…
—¿Entonces sí? —cortó el chico.
Gildeon suspiró.
—Yo soy el fuego y la inteligencia es mi esencia —expuso—. Y tu amiga es la tierra y portadora de la vida. ¿Has visto que acaba de manipular la tierra para crear esa barrera?
—¿Cómo sabes que lo hace igual que tú?
Gildeon ocultó la sonrisa.
—No es la única Terra que he conocido —tragó saliva—. Parece que está portando a Vita desde hace un tiempo.
Kilian comenzó a acariciarle el cabello.
—Álex acaba de conocer a Vita.
—Si eso es cierto, es posible que tenga el destino a su favor.
Kilian no creía en el destino, le gustaba pensar que todas las personas tenían la libertad de intentar tomar sus propias decisiones, aunque las situaciones de la vida no se lo permitieran algunas veces. Tenía la mirada perdida en la cicatriz del vientre de su amiga.
—Gildeon, antes me llamaste por un nombre —dijo cambiando de tema.
—Te confundí con alguien. Aquí es conocido como Elrik —respiró hondo—. El portador de la esencia de la muerte.
Gildeon alzó la mirada hasta encontrarse con la del chico. Sus ojos azules brillaban con ganas de saber más.
—Tu mirada es completamente diferente, pero tus atuendos me confundieron —explicó el portador de la inteligencia.
Kilian se miró las mangas como si no recordara lo que llevaba puesto. Después, señaló a Alexia manteniendo la mirada con el portador.
—No debes sorprenderte, yo tampoco soy un humano normal —dijo con una sonrisa—. Soy el mejor amigo de la portadora de la vida.
Gildeon mostró una sonrisa forzada. Un gran estruendo alteró el lugar. Se produjo un temblor. De repente, un gran pedrusco cayó del techo, justo delante de la pared donde estaban grabados los símbolos de las esencias y sus portadores. Ocultó tras él las marcas de Astuia y Decor, permitiendo ver únicamente las majestuosas marcas de la vida y de la muerte.
El techo se desprendía, haciendo que los pedruscos pararan de brillar una vez se soltaran de la parte alta del lugar. El temblor cesaba en instantes, como si la cueva estuviera siendo atacada desde fuera con una gran brutalidad. Respondiendo a esto, Gildeon se levantó y abrió los brazos mientras cerraba los ojos y suspiraba, emanando una tranquilidad que contrastaba con el derrumbamiento. Tras susurrar alguna palabra que quedó sorda a causa del estruendo de los peñascos que caían al suelo, un conjunto de llamas comenzó a girar con rapidez hasta formar una cúpula que cubrió a los tres de la caída de pedruscos.
—Kilian, huye con tu amiga, volved a vuestro mundo —dijo aún con los ojos cerrados y concentrado en mantener la cúpula de llamas en pie.
Una roca le impidió contestar. Caía hacia ellos estrepitosamente. Kilian se echó hacia delante para proteger a Alexia, pero la roca se derritió al tocar la cúpula que sostenía Gildeon y se arrastró hacia el suelo como si fuera lava. Alexia miró los cercanos ojos azules de su amigo; quiso acariciarle una mejilla, pero se vio impedida por el cansancio.
—Aquí dentro estáis a salvo, pero el Esenciario no. Necesito que os vayáis por el momento, tengo que proteger este lugar —explicó Gildeon intentando mantener la calma—. ¿Recuerdas aquel con el que te confundí? Realmente está aquí.
Kilian se enervó. Le costaba un poco entender al portador, pero la situación mejoró su percepción como si su cuerpo se hubiera dado cuenta de que estaba peligrosamente cerca de morir.
—¡Pero yo no sé salir de aquí, nos trajo Alexia!
—Chico, corre hacia la marca de Vita y ponle ambas manos en ella, así volveréis al último lugar en el que estuvisteis antes de entrar al Esenciario —siguió explicando Gildeon centrado en mantener sus llamas mientras otro pedrusco caía sobre la cúpula.
—¡No voy a llegar a tiempo!
—No te preocupes, chico, yo te cubro.
Un instante después, cuando los pedruscos que se desprendían lo hacían con menos frecuencia, Kilian decidió correr hacia la marca de Vita. Respiró hondo, se dejó influenciar por la tranquilidad que trasmitía el portador de la inteligencia.
—Gildeon, gracias por protegernos, ¿volveremos a verte? —le preguntó cuando cargó a Alexia en sus hombros.
Miró la marca de Vita con decisión.
El portador observó a la chica.
—Mi sueño es que todas las personas sean felices, no lo agradezcas y sal de aquí, yo me encargo de esto —dijo Gildeon abriendo los ojos y bajando los brazos—. Volved pronto, el mundo la necesita.
Entonces, la cúpula se fue desvaneciendo, sirviendo de preparación a Kilian para correr. El chico pensó en quedarse para no abandonar a Gildeon, pero sabía que su prioridad era salir de ahí para que el portador de la inteligencia pudiera proteger el lugar sin preocuparse por ellos. Por esta razón, se subió junto a Alexia en la roca que había tapado las marcas de la inteligencia y de la belleza, Astuia y Decor. Cuando pudo mantenerse encima junto a su amiga, se agachó y le estiró los brazos hacia la gran «V».
Cuando sus brazos estaban a punto de llegar, otro estruendo retumbó en el Esenciario y el suelo tembló de nuevo. Asustado, Kilian tiró más fuerte de los brazos de Alexia, que abrió los ojos y se apoyó en él para estirar las manos hacia la marca de Vita, pero era tarde para hacerlo.
La enésima roca que cayó del techo se precipitó sobre ellos. Kilian alzó la mirada hacia la roca cuando su sombra los cubrió. Miró a Alexia, que no llegaba a la marca, y volvió a mirar a la roca. Tenía la mente en blanco, no era capaz de asimilar nada. Agarró a Alexia. La roca desprendida estaba cerca, demasiado cerca. A punto de ser aplastados, el fuego la envolvió, convirtiéndola en cenizas. Kilian se cubrió los ojos para protegerse de ellas. En ese instante, buscó a Gildeon, analizando lo ocurrido. El portador estaba arrodillado, jadeando, con las manos apoyadas en el suelo. Kilian retuvo las lágrimas tras haber sobrevivido al segundo más largo de su vida y mostró una sonrisa nerviosa. Fue en ese instante cuando vio otra roca caer sobre su salvador. Por instinto, soltó a Alexia y saltó hacia el portador.
—¡¡Gildeon!! —sollozó.
Gildeon iba a ser sepultado ante sus ojos. Sin embargo, una fría ceniza se interpuso entre ambos. Había aparecido un oscuro humo que le impedía respirar. Agachó la cabeza, mareado, esforzándose por no cerrar los ojos.
—Gild… —susurró antes de desmayarse.
- ESPERANZA -
Alexia había sacado a su amigo del Esenciario con ayuda de Gildeon, aunque se preocupó al no ver al portador junto a ellos. Además, cuando volvieron a casa ni llovía ni quedaba rastro del olor putrefacto que emanaba de la cocina. Cuando dejó a Kilian acostado en el sofá, salió al pasillo; tampoco estaba el cuerpo del que se hacía pasar por su padre. Después, se asomó a la cocina. El corazón le dio un vuelco; no le había dado tiempo a asimilar el fallecimiento de su madre. Se apoyó en el marco de la puerta y abrazó su propio corazón. Lloró y afrontó en soledad un momento eterno de dolor insoportable. Sentía que le habían arrancado una parte de su propia existencia, como si nunca más pudiera volver a sentirse feliz.
Unos golpes frágiles a la puerta de entrada la salvaron. El hermano de Kilian siempre estaba muy ocupado, pero apareció ante ella al abrirla. Todo estaba borroso ahí fuera, solo veía con claridad la mirada del joven.
—Alexia, ¿ocurre algo? —preguntó—. Kilian aún no ha llegado a casa.
La adolescente volvió al salón sin responder. Se apoyó en la pared con los brazos cruzados y la mirada perdida en su inconsciente amigo. Seguía pensando en su madre. Al verla, el hermano de Kilian la agarró de los hombros para que volviera en sí.
—Lo siento, Arturo, estaba pensando en algo.
—No te preocupes, entiendo que aún estés asimilando todo lo que puede haber pasado —dijo antes de ver a su hermano—. Kilian, despierta, chico. —Le zarandeó—. Kilian, escúchame, ¿estás bien?
No hubo manera de despertarlo. Arturo se detuvo y miró a la portadora.
—¿Has hablado con tus padres, Alexia?
—No —negó, cortante, con los ojos llorosos.
Tras un instante, Arturo se percató.
—Voy a traerte un vaso de agua —dijo con una amable sonrisa.
Alexia le agarró con fuerza del brazo. Se separó de la pared y le encaró. Arturo se quejó.
—¿Qué te pasa?
—No hace falta que vayas. Solo deberías preocuparte de que Kilian no vuelva solo a casa.
Sus ojos verdes lo miraban fijamente. Arturo la miró de reojo y su leve sonrisa se esfumó.
—Espero que no le haya pasado nada a mi hermano. —Su mirada gris se afiló—. Por la cuenta que os trae.
Él siempre mostraba una sonrisa. El tono oscuro de su cabello era similar al de Kilian, con flequillo, siempre acompañado por una apagada mirada. Actuaba como un padre para Kilian desde el accidente de tráfico.
—No salgas de aquí, Arturo —advirtió Alexia.
Arturo se acercó a ella y le agarró la muñeca con la que le sujetaba el brazo. En ese instante, mostró su sonrisa de nuevo y le rodeó la mano con las suyas intentando tranquilizarla.
—Vale, no lo haré.
Después, se sentó en el suelo y se apoyó en la parte baja del sofá, puso sus brazos sobre las rodillas y, sobre éstos, la cabeza, mirando al suelo.
—Alexia, te vas a venir con nosotros.
—No te preocupes por mí, estoy bien.
—Entonces llamaré a la Policía, mi hermano no lo está.
En ese momento, Kilian apoyó una mano sobre su hombro. Se tocó la frente con la otra, mareado, e hizo un esfuerzo por incorporarse.
—Arturo, no lo hagas, esto no es un problema que se pueda solucionar así.
Después, miró a Alexia, que lo observaba con arrepentimiento.
—Entonces, ¿qué hacemos? —dijo Arturo poniéndose en pie.
Se fijó en Alexia como si se hubiera acordado de algo. Su preocupación por Kilian desapareció. Captó la atención de la portadora. Sus ojos verdes presionaron el inexistente brillo de sus apagados iris. Apretó los dientes.
—Kilian, ten cuidado —pidió Arturo.
Tras esas palabras, todo se distorsionó. Alexia se arrodilló, mareada, y Kilian cayó al suelo después de que el sofá desapareciera. Todo lo que había en el salón, incluido Arturo, sin decir nada ni moverse, se fue desvaneciendo lentamente como si se tratara de un reflejo.
«¿Qué pasa? Esta es mi casa, no lo entiendo», se preguntó Alexia, nerviosa y confundida.
Antes de que Kilian pudiera decir nada, el reflejo desapareció. Solo quedaban Alexia y él, todo lo demás no existía. Estaban perdidos en la infinidad de un desierto. El calor se manifestó con viveza, la arena comenzó a ser incómoda y la necesidad de beber agua aumentó sin razón. Ambos llevaban la misma ropa; la camiseta de Alexia seguía rota y ensangrentada. No habían vuelto a casa.
—¿Dónde estamos?
—En medio de un desierto, Kilian.
Sintiendo y mirando la arena ardiente que arañaba sus rodillas, Alexia no era capaz de atender la realidad.
—Dime algo que no sepa, tengo sed y calor. —Se quitó la sudadera y dejó a la luz una camiseta corta de color azul—. Estábamos en tu casa, ¿no?
