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La vida de Angélica Santos no fue fácil. Nacida en un pequeño pueblo del Tolima a comienzos del siglo XX, Angélica era una criatura pequeña y frágil, de tez pálida y cabello oscuro como la noche. Postrada en su cama, luchaba contra la enfermedad con la fuerza de su espíritu, anhelando descubrir los misterios que el mundo guardaba para ella. Luego de superar la enfermedad y a sus escasos 13 años, la niña enfrentó una tragedia que cambió su vida para siempre. Su vida estuvo marcada por la oscuridad de este secreto doloroso, un misterio que solo ella conocía y que la perseguía en cada uno de sus pasos. Por esto, Angélica decidió huir y dejar todo atrás, forzada a tomar una difícil decisión entre salvarse a sí misma o criar a su hija en un hogar abusivo. A medida que Angélica lucha por superar sus traumas, también se enfrenta a otro obstáculo: un amor cuyo destino estaba escrito en la imposibilidad, trazado por la distancia abismal entre dos mundos que nunca debían encontrarse. A pesar de encontrar la felicidad en una familia adinerada, ella no puede olvidar su pasado, que le susurra «vuelve». En su novela, Reflejos de Mamá, Lucila Sánchez, la abuela poeta y soñadora, nos lleva en un viaje a través de la vida de su madre y de todas las mujeres colombianas que han luchado contra la violencia de género. A través de sus palabras, se revela una historia de sacrificio y perseverancia que nos invita a reflexionar sobre el valor de la familia y el poder de la esperanza. Esta conmovedora novela nos enseña que, a pesar de la adversidad, siempre hay una luz al final del túnel.
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Seitenzahl: 141
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Lucila Sánchez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-251-1
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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En memoria de mi madre, Librada, quien sufrió demasiado por tener un corazón tan noble.
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Hoy escribo esta historia real basada en circunstancias dolorosas sucedidas hace mucho tiempo en un pueblo del departamento de Tolima, alejado de la ciudad y en cierta forma apartado de la bondad. Sin embargo, este poblado refleja las historias de muchas madres, hijas y mujeres colombianas, entre esas, mi madre.
Dedicatoria
Estas líneas las dedico a un hermano. Mi hermano era ingeniero y tenía un alma serena, él compartía todos sus bienes sin ataduras y fue para mí un guía, siempre atento para servir a la humanidad incondicionalmente. Yo fui feliz mientras lo tuve a mi lado, pero todos al nacer emprendemos un viaje, unos se quedan en la primera estación, otros en la segunda; el tren de la vida recoge y deja pasajeros en cada estación. Las personas buenas no duran mucho y vuelan al reino universal del Soberano Creador prematuramente.
Una mañana de mayo la muerte imprevista lo llevó a aquel lugar donde no hay penurias ni tristeza. Doy gracias a Dios por haberme dado la oportunidad de compartir varios años con él. Cuando un ser querido se va, deja una honda huella difícil de olvidar. Él era un hombre vigoroso, firme y amoroso. Solía llevarme a pasear y mis hijos lo consideraban su segundo papá.
Prólogo
Al despertar, la niña estaba bañada en sangre. Él, temeroso, la limpiaba, cambiaba y aseaba con afán, alistándose para el regreso de Sara, tratando de ocultar su cobardía.
—No cuente nada porque su mamá se va a poner furiosa con usted y le va a pegar y echar de la casa como un animal. Va a creer que usted me quiere robar de su lado y nadie va a creerle nada. Además, yo la amo a usted, le prometo que la voy a cuidar.
Capítulo ILos misterios de la vida
Los misterios del tiempo son desconocidos por la humanidad, guardan enigmas, secretos, alegrías y pesares. Si analizamos detenidamente nuestras vidas, vemos diferencias. Hay muchos caminos; unos van por la ruta verdadera y otros se pierden en el recorrido.
En la lejanía se divisa un personaje muy conocido en el pueblo por ser un hombre bueno, trabajador y responsable del hogar que formó. Él sale continuamente, sin temer a la lluvia o al invierno camina presuroso por un angosto camino enlodado por la inclemencia del tiempo, con el fin de terminar su trabajo. Ansía regresar temprano a la casa donde lo esperan sus hijos aún pequeños. Estos pensamientos alegran su espíritu y sonríe al pensar en su esposa que lo espera en casa. Él acelera la marcha y añora a Sara, su mujer. El gran amor que siente por Sara lo hace feliz.
Juan es el padre de cinco hijos que habitan en una parcela situada en un caserío del Tolima. Juan es humilde, bondadoso y trabaja sin descanso construyendo Iglesias en los pueblos, para mantener dignamente a su mujer y sus cinco hijos. Juan había sido un militar retirado, que se distinguió por ser un hombre íntegro sin malicia o maldad dentro de su ser. Estas cualidades lo llevaron a incorporarse en las filas del ejército, donde ascendió a coronel por ser un aguerrido combatiente en la guerra de los Mil días. De linaje español, era alto, delgado, blanco y delicado. Su familia había llegado a Colombia a probar suerte y se mezclaron con los indígenas chibchas.
Juan era conocido en los pueblos como «el constructor de Iglesias», así que lo llamaban continuamente de los diferentes pueblos, porque dirigía las obras con esmero y dedicación, con su fama nunca le faltaba trabajo. Cuando llegaba a la casa se dedicaba a descansar y acariciar a sus hijos en especial a la pequeña que no podía caminar. Un día cuando llegó, encontró a Sara colocando compresas de agua fría a su hija menor, Angélica, porque la niña tenía fiebre y no había dormido la noche anterior.
Sara era analfabeta, hosca y burda. Ella se había formado rústicamente, sin principios morales y sin preparación alguna para ser madre de familia y formar un hogar. Ella siempre se quejaba de tener que cuidar a los niños, y vivía cansada y decepcionada de la vida por casarse y tener hijos tan joven. Sin ninguna preparación para formar un hogar se unió a Juan. Cuando llegaron los hijos, Sara no podía encargarse del hogar y no sabía cómo limpiar, barrer o cocinar adecuadamente. Cuando Juan llegaba, la ayudaba en las faenas del hogar.
Criar cinco hijos en el campo es duro. Se necesita sacrificio, vocación, voluntad y consagración, cualidades que Sara no poseía, entonces le tocaba a Juan afrontar esta responsabilidad. Sin embargo, cuando él viajaba, no faltaban los percances, tal como el suceso funesto del que fue víctima la protagonista de esta historia, Angélica.
En una ocasión estando Sara sola, Angélica, con tan solo cinco años, enfermó gravemente. Ante la imposibilidad de controlarle la fiebre o buscar ayuda, la niña convulsionó. A raíz de esto, la niña perdió la movilidad en sus miembros inferiores y no volvió a caminar. Los años pasaron y Angélica quedó postrada en una cama sin poder disfrutar del sol o de jugar con sus hermanitos. Su cuerpecito se fue debilitando, su rostro blanco tenía la palidez de un lirio, su imagen bella y suave dejaba traslucir una mirada triste y tierna, como un tesoro escondido bajo las ruinas. Cuando hablaba, su voz frágil resonaba como una triste melodía moribunda. Su cuerpo delgado, lánguido y encorvado, se asemejaba a aquellos seres furtivos que como sombras llegan y se van.
Angélica se entretenía jugando con sus manitas pequeñitas con las que tejía sueños y esperanzas con tanta vehemencia que casi los convierte en realidad. El hermoso perfil de su rostro enmarcaba unos ojos negros y brillantes, cercados con un velo de pestañas arqueadas y traviesas. Su mirada iluminaba la noche más oscura con destellos de luz, como una luciérnaga. Ella tenía unos marcados rasgos delicados, una hermosa nariz aguileña heredada de su padre, y una piel blanquísima que se tornaba un poco azul al reflejo de la luz.
En medio de su invalidez, nunca perdió su sensibilidad, sensatez y sobre todo su imaginación. Cuando sus hermanos jugaban, ella participaba con su pensamiento, tanto que disfrutaba y se reía como si de verdad estuviera en el juego. En esa simpleza transcurría su vida, para ella era igual el día y la noche, el lunes o el domingo. Angélica vivía en un encierro permanente, con la única ilusión siendo el momento de la llegada de su padre, a quien amaba con todo su ser. Sus hermanos vivían pendientes de ella y la querían mucho, su madre ni se preocupaba, pero su padre la amaba, cuidaba y comprendía.
Angélica sufría mucho por no poder caminar y correr como los demás niños. En muchas ocasiones se preguntaba ¿Por qué mi cuerpo no es ágil y flexible como otros niños de mi edad? ¿Por qué mis piernas no responden? Todas sus preguntas se quedaban sin respuesta y resignada vivía el presente en un desasocio constante, alejando recuerdos del pasado y viviendo en función de sus ilusiones futuras. Quizás algún día caminaré, quizás ya casi vuelve papá, quizás mamá si me ama, pensaba.
Cierto día vio lágrimas deslizándose en los rojos cachetes de su papito, pero ella con valentía le decía: «no se angustie, soy feliz porque estás conmigo y tengo al papá más bueno del mundo». Ella lo decía con una expresión candorosa rica en inocencia y vivacidad, y su padre la escuchaba sin hablar con la angustia natural de quien se encuentra impotente para evitar un mal imposible de controlar, él sólo la estrechaba contra su pecho con aflicción como si pudiera así sanar su enfermedad. Aunque en su desamparo parecía más frágil que una porcelana, en su pecho guardaba el temple del acero. Angélica era una niña fuerte.
Capítulo IILa sabiduría de una niña solitaria
Angélica pasaba los días acompañada de la melancolía y cada día para ella era un tormento. El trato de su madre cuando tenía que vestirla, peinarla y alimentarla la hacían sentir culpable por no poder cuidarse a sí misma. Sara la trataba como una carga indeseada. Cuando sus hermanos iban a la escuela le enseñaban lo que aprendían y así aprendió a leer y a escribir. Ella era una niña vivaz e inteligente, siempre atenta a las instrucciones que le daban.
En su encierro añoraba las caricias de su padre. Sentía su ausencia, no entendía porque su padre viajaba y se demoraba en sus jornadas, sólo necesitaba verlo. Los días mientras ella esperaba su regreso transcurrían como un sedante que tan sólo mitigaba sus penas, porque para ella, la vida sin él, no tenía sentido. A su llegada, Juan la tomaba en sus brazos fuertes y la levantaba hacia el cielo, abrazándola con cariño y haciendo que su corazón latiera con vehemencia. Angélica se reía dichosa con su boca que parecía un estuche rojo aterciopelado, donde se guardan perlas preciosas. Juan colocaba a Angélica en sus hombros y comenzaba a cantar y bailar al sonido de una canción infantil que entonaba, mientras los otros hermanitos se colgaban de sus piernas. Estos comportamientos enojaban a Sara: «dejen tanto alboroto que me duele la cabeza, dejen tanto ruido, me molesta tanta bulla, cálmense». Juan no escuchaba sus protestas y continuaba el juego hasta que los niños se cansaban.
Una noche, mientras conversaban sobre las novedades durante la ausencia de Juan, Sara aprovechó la oportunidad para preguntarle cuando viajaba y hacia dónde se dirigía la próxima semana. Él le informó que lo llamaron de Venadillo (Tolima) para construir una Iglesia y que debía viajar el próximo lunes.
Por la mañana, Sara salió a recoger agua limpia y cristalina, porque no les llegaba del acueducto. No existía el acueducto y todos los que vivían en esa vereda se surtían diariamente de este líquido en la cascada, porque era natural y salía filtrada. A ella le gustaba ir cuando los niños estaban en la escuela porque tenía un amigo allí. Él tenía más o menos unos veinte años, era alto, delgado, de ojos verdes, pelo claro y tenía aspecto desaliñado, con manos callosas por los trabajos del campo. Su apariencia era la de alguien humilde. Ambos charlaban y se reían siempre que se encontraban. A veces a ella se le regaba el agua y él, muy atento, volvía a llenarle la vasija. Ellos pasaban mucho tiempo juntos, y ella era feliz en su compañía, especialmente cuando Juan viajaba. Sara se sentía sola a pesar de tener hijos, se sentía incomprendida y buscó en el joven, Luis, un refugio.
Cada día crecía la amistad entre ellos, y pronto esta se convirtió en amor. Un amor prohibido. A escondidas se besaban y hacían el amor en cualquier parte cuando Juan se iba a trabajar. A veces hasta lo llevaba a la casa y lo ponía a traer leña del monte y a cortarla, simulando una amistad sincera. Sara abrigaba una fuerza extraña que la impulsaba a vivir nuevas ilusiones, lo cual aprovechó Luis para seducirla y divertirse con ella.
En la madrugada del lunes, Juan se marchó para realizar las labores propias de su profesión. Antes de irse, se acercó a la cama de Angélica, la abrazó, la retuvo unos instantes y le dio la bendición y un beso en la mejilla. Sara estaba en la cocina preparando el desayuno para que el papá llevase a los niños a la escuela. Antes de que salieran, ella los afanó y regañó a todos, incluso a Juan, ya que iban tarde al colegio. Jamás se imaginó que esta sería la última vez que vería a su esposo.
Angélica estaba acostumbrada a que los fines de semana su papito siempre regresaba con detalles y regalos especiales para ella y sus hermanitos. Con ansiedad esperaba todos los viernes su llegada, pero este fin de semana no vino, pasó otra semana y así sucesivamente. La niña tenía un mal presentimiento y sufría por su ausencia.
—¿Por qué papito no viene? — pregunta Angélica temerosa —. ¿Cuándo vuelve? ¿Por qué no hay noticias de él? Quiero verlo, lo quiero mucho.
—No sé, no moleste, yo no sé qué le habrá pasado, ni por qué no ha vuelto. Me extraña que no regrese —responde Sara malhumorada.
Así pasaron varios días sin tener noticias de ninguna clase. Una tarde, Sara le dijo a Angélica y a los niños que su padre no regresaría nunca.
—¿Por qué? —replicó Angélica.
—Se fue al cielo —respondió Sara tranquilamente.
—Yo quiero irme con él —repetía la niña inocentemente.
—No puede irse con él porque su padre murió.
El rostro de Angélica palideció, sus ojos se llenaron de lágrimas, ella no podía creer que fuera cierto lo que decía su madre. Un dolor inmenso oprimía su pecho y sólo podía sollozar sin consuelo. Ya no volvería a sentir sus abrazos, su calor, su abrigo. La desdicha tocaba sus puertas para robarle lo único que le pertenecía. Los sueños y esperanzas de Angélica murieron con su padre y fueron reemplazados por la angustia. «¿Por qué mi papá?». Angélica no entendía cómo Dios le podía quitar a su único protector. Quizás si fuera mayor como sus hermanitos o tuviera la salud de ellos no tendría tanto miedo a los peligros, si no fuera inválida, tantas cosas, tantos «si». Mientras sentía lástima consigo misma escuchó la voz de su padre como un ángel guardián.
—No llores, no te aflijas, estoy contigo. Cálmate, no sufras, deja de llorar, la vida es bella. Levántate, tú puedes caminar, deja atrás esas lágrimas, debes luchar contra la adversidad, eres valiente, eres fuerte. Ten fe.
Al escuchar la voz de su padre desde el más allá, lo obedece automáticamente y haciendo un esfuerzo sobrehumano da sus primeros pasos. Aunque desconoce las premisas de la mente trata de gobernar las piernas, «yo ordeno a mi cuerpo a seguir adelante» pensaba. Así, poco a poco, fue consiguiendo dominar sus piernas hasta lograr moverlas por primera vez. Sin saber por qué se sentía con tanta fortaleza logró cambiar su vida. Quizás eran las fuerzas de su nuevo ángel guardián o quizás su fé en Dios y este por fin escuchó sus súplicas.
Un nuevo fuego se había prendido en su cámara de ilusiones. El deseo de Angélica de caminar era ferviente. Daba dos pasos, se caía, se levantaba enseguida, y así cada día a toda hora. Era una obsesión y después de varios días Angélica logró caminar. Su cuerpo se incorporaba como por arte de magia, era una lucha tenaz todos los días pararse y sostenerse, pero cada día su cuerpo evolucionaba dominando sus limitaciones. Su recuperación fue lenta. Se le asignó una fisioterapia completa y eficaz, que creó un hábito en su cuerpo y le exigía un alto rendimiento. Varias veces desfallecía. No quería seguir adelante, se desalentaba y frustraba por no poder caminar largas distancias, pero recordaba a su padre entonces y con esta fuerza retomaba. Esta prueba fue una enseñanza para no dejarse vencer ante ninguna adversidad. Así aprendió a creer en sí misma, que todo se consigue con esfuerzo para lograr llegar al final y que el cuerpo es un regalo de Dios. Todos los días religiosamente practicaba sin descanso, hasta lograr caminar aferrada a las paredes. Por fin podía respirar el aire fresco de la mañana y abandonar el lecho, ya nunca más quería estar atada a una cama. Por obra divina la mente de Angélica dominó la materia, sin ayuda médica se le cumple su más preciado anhelo, caminar.
Angélica se veía poderosa, enérgica y feliz. Un día se levantó temprano para ver el amanecer. Estaba extasiada contemplando la naturaleza, recorriendo el sendero, disfrutando del paisaje, de los colores matizados de las flores, de los verdes campos que rodeaban la casa, de la lejanía de las montañas y de las rocas inmensas que escondían el sol al atardecer. Empezó a llover y sintió la lluvia en sus piernas como un milagro del cielo. La vida le sonrió y ella jugaba con las gotas de agua danzando como una doncella y refrescando su cuerpo que ardía por el sol.
Al amanecer, ella despertaba gracias al cántico de los pájaros anunciando la alborada. En la tarde, la distraía el ruido del follaje de los árboles, movidos por el viento. Jamás había podido disfrutar de la belleza natural que la rodeaba y ahora aprovechaba al máximo su posición en la madre tierra. Angélica adoraba observar los atardeceres al ocultarse el sol, cavilando sobre el crepúsculo y comparándolo con su triste niñez. Niñez que iba desapareciendo con el tiempo sin haber podido vivirse plenamente como otros niños. Lo único hermoso de este tiempo fueron los recuerdos bellos que le prodigó su amado padre ausente. El sol la despedía sin lástima dejándola libre para escoger su futuro.
En las noches se dormía al arrullo del tintineo del riachuelo cristalino que rodeaba su casa, así pasaba las noches serenas soñando que su papito regresaba con buenas noticias para ella y sus hermanitos.
